La ostra marina

Era una ostra marina que, como todas las de su especie, habia buscado la roca del fondo para agarrarse firmemente a ella. Una vez que lo consiguio, creyo haber dado en el destino claro que le permitiria vivir sin contratiempos su ser de ostra. Un dia, durante una tormenta en la profundidad del mar, de esas que casi no provocan oleaje en la superficie, pero que remueven el fondo de los océanos, un pequeño grano de arena entró dentro de ella. Aunque cerró rápidamente sus valvas -así lo hacia siempre que algo entraba en ella, pues es la manera de alimentarse que tienen las ostras-, ya había entrado, y la ostra no pudo hacer lo de siempre. Bien pronto constató que aquello era sumamente doloroso. El grano de arena le hería por dentro. En vez de digerirlo, más bien la lastimaba a ella. Quiso entonces expulsar ese cuerpo extraño, pero no pudo. Ahí comenzó su drama. Lo que Dios le había mandado pertenecía a aquellas realidades que no se dejan integrar, y que tampoco se pueden suprimir. El granito de arena era indigerible e inexpulsable. Y cuando trató de olvidarlo, tampoco pudo. Porque las realidades dolorosas que Dios envía son imposibles de olvidar o de ignorar. Frente a esta situación, no le quedaba más remedio que luchar contra su dolor, rodeándolo con él, y entonces vio que tenía una hermosa cualidad desconocida para ella. Era capaz de producir sustancias sólidas, que normalmente las ostras dedican a su tarea de fabricarse un caparazon defensivo, rugoso por fuera y terso por dentro, pero que también pueden dedicar a la construccion de una perla. Y eso fue lo que sucedió. Poco a poco, con lo mejor de sí misma, fue rodeando el granito de arena del dolor que Dios le había mandado, y a su alrededor comenzó a formar una hermosa perla. Normalmente las ostras no tienen perlas, sino que son producidas solo por aquellas que se deciden a rodear, con lo mejor de sí mismas el dolor de un cuerpo extraño que las ha herido. Muchos años después de su muerte, unos buzos bajaron hasta el fondo del mar. Cuando la sacaron a la superficie se encontró en ella una hermosa perla. Cada uno debe preguntarse qué ha hecho con ese granito de arena que Dios ha puesto en su vida y que tenemos la oportunidad de convertirlo en una perla.

La estatua de barro

La estatua del Buda de barro alcanzaba casi tres metros de altura. Durante generaciones había sido considerada sagrada por los habitantes del lugar. Un día, debido al crecimiento de la ciudad, decidieron transladarla a un sitio más apropiado. Esta delicada tarea le fue encomendada a un reconocido monje, quien, después de planificarlo detenidamente, comenzó su misión. Pero fue tan mala su fortuna que, al mover la estatua, ésta se deslizó y cayó, agrietándose en varias partes. Compungidos, el monje y su equipo decidieron pasar la noche meditando sobre las alternativas. Fueron unas horas largas, oscuras y lluviosas. De repente, al observar la escultura resquebrajada, cayó en cuenta que la luz de su vela se reflejaba a través de las grietas de la estatua. Pensó que eran las gotas de lluvia. Se acercó a la grieta y observó que detrás del barro había algo, pero no estaba seguro qué. Lo consultó con sus colegas y decidió tomar un riesgo que parecía una locura: pidió un martillo y comenzó a romper el barro, descubriendo que debajo se escondía un Buda de oro sólido de casi tres metros de altura. Durante siglos este hermoso tesoro había sido cubierto por el barro. Los historiadores hallaron pruebas que demostraban que, en una época, el pueblo iba a ser atacado por bandidos. Los pobladores, para proteger su tesoro, lo cubrieron con barro para que pareciera común y ordinario. El pueblo fue atacado y saqueado, pero el Buda fue ignorado por los bandidos. Después, los supervivientes pensaron que era mejor seguir ocultándolo detrás del barro. Con el tiempo, la gente comenzó a pensar que el Buda de Oro era una leyenda o un invento de los viejos. Hasta que, finalmente, todos olvidaron el verdadero tesoro porque pensaron que algo tan hermoso no podía ser cierto.

Una historia casi verdadera

Es la tarde de un viernes típico y estás conduciendo hacia tu casa. Sintonizas la radio. Las noticias cuentan una historia de poca importancia: en un pueblo lejano han muerto tres personas de alguna gripe que nunca antes se había visto. No le pones mucha atención a tal acontecimiento. El lunes cuando despiertas, escuchas que ya no son 3, sino 30.000 personas las que han muerto en las colinas remotas de la India. Personal del Control de Enfermedades de EEUU ha ido a investigar. El martes ya es la noticia más importante en la primera página del periódico, porque no sólo es la India, sino Pakistán, Irán y Afganistán y pronto la noticia sale en todos los telediarios. Todos se preguntan cómo van a controlar la epidemia. A los pocos días, Europa cierra sus fronteras: no habrá vuelos a desde la India, ni de ningún otro país en el cual se haya visto la enfermedad. Al día siguiente, en Francia hay un hombre en el hospital muriendo de esa enfermedad. Hay pánico en Europa. La información dice que cuando tienes el virus, es por una semana y ni te das cuenta. Luego tienes cuatro días de síntomas horribles y mueres. Inglaterra cierra también sus fronteras, pero es tarde, pasa un día más y el presidente de los EEUU cierra las fronteras a Europa y Asia, para evitar el contagio en el país, hasta que encuentren un modo de curar esa enfermedad. Al día siguiente la gente se reúne en las iglesias a rezar. Pero en la radio se oye la noticia: dos mujeres han muerto en Nueva York. En horas, parece que la epidemia invade todo el mundo. Los científicos siguen trabajando para encontrar el antídoto, pero nada funciona. Y de repente, viene la noticia esperada: se ha descifrado el código de ADN del Virus. Se puede hacer el antídoto. Va a requerirse la sangre de alguien que no haya sido infectado y de hecho en todo el país se corre la voz que todos vayan al hospital más cercano para que se les practique un examen de sangre. Vas de voluntario con tu familia, junto a unos vecinos, preguntándote ¿Qué pasará? ¿Será esto el fin del mundo? De repente el doctor sale gritando un nombre que ha leído en su cuaderno. El más pequeño de tus hijos está a tu lado, te agarra la chaqueta y dice: “¿Papá?, ¡Ese es mi nombre!”. Antes de que puedas reaccionar se están llevando a tu hijo y gritas: “¡Esperen!”. Y ellos contestan: “Todo está bien, su sangre está limpia, su sangre es pura. Creemos que tiene el tipo de sangre correcta”. Después de cinco largos minutos salen los médicos con cara de satisfacción, emocionados. Es la primera vez que has visto a alguien sonreír en una semana. El doctor de mayor edad se te acerca y dice: “¡Gracias! La sangre de su hijo es perfecta, está limpia y pura, se puede hacer el antídoto contra esta enfermedad”. La noticia corre por todas partes, la gente esta pletórica de felicidad. Entonces el doctor se acerca a ti y a tu esposa y dice: “¿Podemos hablar un momento? Es que no sabíamos que el donante sería un niño y necesitamos que firmen este formato para darnos el permiso de usar su sangre”. “¿Cuánta sangre?”. “No pensábamos que era un niño. ¡La necesitamos toda!”. No lo puedes creer y tratas de contestar: “Pero, pero…”. El doctor te sigue insistiendo: “Usted no entiende, estamos hablando de la cura para todo el mundo. Por favor firme este documento, la necesitamos… toda”. Tu preguntas: “Pero no pueden darle una transfusión?”. “Si tuviéramos sangre limpia, podríamos… ¿Firmará? Por favor…”. En silencio y sin poder sentir los mismos dedos que tienen la pluma en la mano lo firmas. Te preguntan: “¿Quiere ver a su hijo?”. Caminas hacia esa sala de emergencia donde tu hijo esta sentado en la cama. Tomas su mano y le dices: “Hijo, tu madre y yo te amamos y nunca dejaríamos que te pasara algo que no fuera necesario, ¿comprendes eso?”. Y cuando el doctor regresa y te dice: “Lo siento, necesitamos empezar, gente en todo el mundo está muriendo…”, ¿te puedes ir?, ¿puedes darle la espalda a tu hijo y dejarlo allí?… mientras el te dice: “¿Papá?, ¿Mamá? ¿por qué me están abandonando?”. Y a la siguiente semana, cuando hacen una ceremonia para honrar a tu hijo, algunas personas se quedan dormidas en casa, otras no vienen porque prefieren ir de paseo o ver un partido de fútbol y otras vienen a la ceremonia con una sonrisa falsa fingiendo que les importa. Quisieras pararte y gritar: “¡Mi hijo murió por ustedes!, ¿es que no les importa?”. Tal vez eso es lo que Dios nos quiere decir: “Mi hijo murió, ¿todavía no saben cuanto los amó?”.

El hilo rojo

Le fui a quitar el hilo rojo que tenía sobre el hombro, como una culebrita. Sonrió y puso la mano para recogerlo de la mía. Muchas gracias, me dijo, muy amable, de dónde es usted. Y comenzamos una conversación entretenida, llena de vericuetos y anécdotas exóticas, porque los dos habíamos viajado y sufrido mucho. Me despedí al rato, prometiendo saludarle la próxima vez que le viera, y si se terciaba tomarnos un café mientras continuábamos charlando. No sé qué me movió a volver la cabeza, tan sólo unos pasos más allá. Se estaba colocando de nuevo, cuidadosamente, el hilo rojo sobre el hombro, sin duda para intentar capturar otra víctima que llenara durante unos minutos el amplio pozo de su soledad. Pensé que debía adentrarme en el misterio de tantas personas que quizá no nos buscan como el señor del hilillo, pero nos necesitan.

Convertido por una frase del Papa

París. Parque de los Príncipes. Un universitario logra acercarse al Papa y le grita: “Santo Padre, soy ateo, ¡ayúdeme!”. El Papa se le acercó. Hablaron a solas unos instantes. De regreso a Roma, Juan Pablo II recordó a ese chico y le dijo a don Estanislao: “Pienso que quizá podía haberle ayudado mejor. Quizá todavía se puede hacer algo por él”. Escribieron a París. La respuesta fue algo así como “lo intentaremos pero va a ser más difícil que encontrar una aguja en un pajar”. Sin embargo, al final se localizó al muchacho y le dijeron: “El Papa quiere que sepas que reza diariamente por ti y está preocupado porque quizá no resolvió tu problema”. Aquel muchacho explicó que al salir de allí fue a una librería y compró un Nuevo Testamento, como el Papa le había dicho…, “y nada más abrirlo, encontré la respuesta que buscaba. Díganselo al Papa. Ya me preparo para mi bautismo”.

Tomado de Miguel Angel Velasco, “Juan Pablo II, ese desconocido”, p.56.

Descubrir al que sufre

Edith Zirer es judía y en 1995, cuando contaba este relato, tenía 66 años. En 1945 fue liberada por los soldados rusos después de pasar tres años en campos de concentración y haber perdido a su familia. Dos días después llegó a una pequeña estación ferroviaria. “Me eché en un rincón de una gran sala donde había docenas de prófugos. Wojtyla me vio. Vino con una gran taza de te, la primera taza caliente que probaba en unas semanas. Después me trajo un bocadillo de queso. No quería comer, pero me forzó levemente a hacerlo. Luego me dijo que tenía que caminar para poder subir al tren. Lo intenté, pero caí al suelo. Entonces me tomó en sus brazos y me llevó durante mucho tiempo, kilómetros, a cuestas, mientras caía la nieve. Recuerdo su chaqueta marrón y su voz tranquila que me contaba la muerte de sus padres, de su hermano, y me decía que él también sufría, pero que era necesario no dejarse vencer por el dolor y combatir para vivir con esperanza. Su nombre se me quedó grabado para siempre”.

Tomado de Miguel Angel Velasco, “Juan Pablo II, ese desconocido”, p.20.

Saber mirar a nuestro alrededor

El drama de un desencantado que se arrojó a la calle desde el décimo piso, y a medida que caía iban viendo a través de las ventanas la intimidad de sus vecinos, las pequeñas tragedias domésticas, los amores furtivos, los breves instantes de felicidad, cuyas noticias no habían llegado nunca hasta la escalera común, de modo que en le instante de reventarse contra el pavimento había cambiado por completo su concepción del mundo, y había llegado a la conclusión de que aquella vida que abandonaba para siempre por la puerta falsa valía la pena ser vivida.

Relato de Gabriel García Márquez

Ser un héroe o morir

Rubén González Gallego nació sin extremidades y fue abandonado por sus padres. Le tocó vivir en un orfanato soviético. Casi nada. Cuando te compadezcas de tu suerte piensa en que otros muchos, como él, no han tenido la suerte que tú has tenido.

Soy apenas un pequeñín. Noche. Invierno. Necesito ir al baño. Es inútil llamar a la cuidadora.

La única solución es arrastrarme hasta los lavabos. Lo primero es salir de la cama. Es posible; a mi solito se me ha ocurrido el modo de hacerlo. Me arrastro hasta el borde de la cama, me doy la vuelta hasta quedar apoyado sobre la espalda; me dejo caer. El golpe contra el suelo. El dolor.

Me arrastro hasta la puerta del pasillo, la empujo con la cabeza y salgo de la habitación, relativamente tibia, al frío, a la oscuridad.

Por la noche, dejan abiertas las ventanas del pasillo. Hace frío, mucho frío. Estoy desnudo.

El trayecto es largo. Cuando paso por delante de la habitación donde duermen las niñeras, en voz alta pido ayuda y con la cabeza doy golpes contra la puerta. Nadie responde. Grito. Silencio. Acaso mis gritos no tienen fuerza suficiente para despertarlas.

Cuando llego al baño estoy totalmente helado.

En el baño las ventanas están abiertas. En el borde de la ventana hay nieve.

Llego hasta el orinal. Descanso. Necesito descansar antes de emprender el camino de vuelta. Mientras lo hago, la orina empieza a helarse por los bordes.

Me arrastro de vuelta. Llego a mi habitación. Con los dientes, tiro sobre mí la manta de la cama, me envuelvo en ella como puedo y trato de dormir.

Soy un héroe. Ser un héroe es fácil: si no tienes brazos ni piernas, eres un héroe o estás muerto. Si no tienes padres, confía en tus brazos y en tus piernas. Y hazte un héroe. Pero si no tienes extremidades y además te ha caído en suerte nacer huérfano, ¡no hay duda!: estás condenado a ser un héroe hasta el final de tus días. O a palmaría. Yo soy un héroe. Simplemente no me queda otro remedio.

Tomado de “Nueva Revista”, marzo-abril 2002.

Torpes y agonizantes

La ballena azul está desapareciendo por culpa del ser humano, pero el hecho de verse sometida a su brutal depredación no impide que las formas naturales de exterminio se sigan produciendo. Las orcas, unos cetáceos carnívoros, que cazan como los lobos, en manada, atacan también a las ballenas y lo hacen con una crueldad que convierte a cualquier arpón en un arma de la misericordia. Las orcas localizan una ballena solitaria, la rodean y acompasan su nadar al suyo, incluso salen a tomar aire a la vez que su majestuosa víctima. Navegan a ambos lados y van arrancando de ella a dentelladas enormes trozos de carne. La ballena no puede hacer otra cosa sino seguir nadando, incapaz de huir de la jauría asesina. El mar se va tiñendo de rojo, mientras la manada de orcas sigue mordiendo con furor, en un terrible festín sobre un ser vivo que aún respira. Las manadas de orcas –veinte, treinta– jamás podrán devorar por completo a su presa: pueden saciarse cuando ya han arrancado de ésta cuatro o cinco toneladas de carne. Y la enorme ballena azul sigue nadando, torpe y agonizante. Muchas veces en nuestra vida, por nuestra culpa, por dejarnos cercar por el peligro, acabamos como esas ballenas, pesadas y torpes, a merced de los mordiscos de las tentaciones.

Vosotros sois mis brazos

En una iglesia de una aldea alemana tenían un Cristo muy bonito y valioso. Estaba crucificado y la gente le tenía mucha devoción. Durante la Segunda Guerra Mundial cayó una bomba y, al explotar, le arrancó los dos brazos. Al final de la contienda, los del pueblo se planteaban restaurarlo. Pero alguien sugirió dejarlo como estaba, sin brazos. Se aceptó la propuesta e incluyeron una leyenda explicativa que decía así: “Vosotros sois mis brazos”. Así recuerda a todos que Jesucristo tiene necesidad de nosotros para seguir su misión en la tierra.

Aceptarnos como somos

Un cantero se lamentó: —Ay, si tuviera tanto dinero como este rico.

El genio lo llenó de riquezas. Pero apretaba mucho el sol, era verano.

—Ay, si fuera sol.

El genio se lo concedió.

Una nube se interpuso entre el sol y la tierra.

—Ay, si fuera nube.

El genio se lo concedió. Pero comprobó como la roca resistía a sus embates.

—Ay, si fuera roca.

El genio se lo concedió. Pero cuando vio cómo el cantero la destrozaba comentó: —Ay, si fuera cantero.

Mantener el buen humor

Tomás Moro, al llegar al pie del cadalso, no perdió su habitual serenidad y sentido del humor. Le dijo al alcalde: “Ayúdeme a subir, que ya me las arreglaré para bajar solo.” Y al verdugo: “Anímate, hombre, y no temas en cumplir tu oficio. Corto es mi cuello: procura no darme un tajo torcido. Aparta mi barba, sentiría que la cortases. Ella no es culpable de alta traición”.

Erasmo decía sobre Tomás Moro: “El hombre que se adapta tanto a la seriedad como a la broma y cuya compañía resulta siempre agradable, ése es el hombre que los antiguos llamaban: “omnium horarum homo”, un hombre para todas las horas”.

Jonás y la ballena

Una niña estaba hablando de las ballenas a su maestra. La profesora dijo que era físicamente imposible que una ballena se tragara a un ser humano porque aunque era un mamífero muy grande su garganta era muy pequeña. La niña afirmó que Jonás había sido tragado por una ballena. La profesora le repitió con ironía que una ballena no podía tragarse a ningún humano, pues físicamente era imposible. La niña contestó: “Cuando llegue al cielo le voy a preguntar a Jonás”. La maestra le preguntó: “¿Y qué pasa si Jonás se fue al infierno?”. La niña contestó: “Entonces tendrá que preguntarle usted”.

Cuando callas

George Eliot (1819-1880) Continúa leyendo Cuando callas

Perdonar y agradecer

Dice una leyenda árabe que dos amigos viajaban por el desierto y en un determinado punto del viaje discutieron, y uno le dio una bofetada al otro. El otro, ofendido, sin nada que decir, escribió en la arena: “Hoy, mi mejor amigo me pegó una bofetada en el rostro”. Siguieron adelante y llegaron a un oasis donde resolvieron bañarse. El que había sido abofeteado comenzó a ahogarse, y le salvó su amigo. Al recuperarse tomó un estilete y escribió en una piedra: “Hoy, mi mejor amigo me salvó la vida”. Intrigado, el amigo preguntó: “¿Por qué después que te pegué escribiste en la arena y ahora en cambio escribes en una piedra?”. Sonriendo, el otro amigo respondió: “Cuando un amigo nos ofende, debemos escribir en la arena, donde el viento del olvido y el perdón se encargarán de borrarlo y apagarlo. Pero cuando nos ayuda, debemos grabarlo en la piedra de la memoria del corazón, donde ningún viento podrá borrarlo”.

Puntos fuertes y débiles

Cuentan que una vez en una pequeña carpintería hubo una extraña asamblea, fue una reunión de herramientas para arreglar sus diferencias. El martillo ejerció la presidencia, pero la asamblea le notificó que tenía que renunciar. ¿La causa? Hacía demasiado ruido y además se pasaba todo el tiempo golpeando a los demás. El martillo aceptó su culpa pero pidió que también fuera expulsado el tornillo, pues había que darle muchas vueltas para que sirviera de algo. Ante el ataque, el tornillo aceptó también, pero a su vez pidió la expulsión de la lija, pues era muy áspera en su trato y siempre tenía fricciones con los demás. La lija estuvo de acuerdo, a condición de que fuera expulsado también el metro, que siempre estaba midiendo a los demás según su medida como si fuera el único perfecto. En eso entró el carpintero, se puso el delantal e inició su trabajo, utilizó el martillo, el tornillo, la lija y el metro, y finalmente la tosca madera inicial se convirtió en un hermoso juego de ajedrez.

Cuando la carpintería quedó nuevamente sola, se reanudó la deliberación, fue entonces cuando tomo la palabra el serrucho y dijo: Señores ha quedado demostrado que tenemos defectos, pero el carpintero trabaja con nuestras cualidades, y eso es lo que nos hace valiosos. Así que no pensemos mas en nuestros puntos malos y concentrémonos en nuestros puntos buenos. La asamblea encontró entonces que el martillo era fuerte, el tornillo unía y daba fuerza, la lija servía para afinar y lijar asperezas, y el metro era preciso y exacto. Se sintieron entonces un equipo capaz de producir y hacer cosas de calidad se sintieron orgullosos de sus capacidades y de trabajar juntos.

Algo parecido sucede con los seres humanos. Cuando en un grupo (ya sea empresa, hogar, amigos, colegio, familia, etc.), las personas buscan a menudo defectos en los demás, la situación se vuelve tensa y negativa. En cambio, al tratar con sinceridad de percibir los puntos fuertes de los demás, florecen los mejores logros. Es muy fácil encontrar defectos, cualquier tonto puede hacerlo, pero encontrar cualidades, eso es lo que vale.

¿Rezar cambia las cosas?

¿Dicen que rezar cambia las cosas, pero es REALMENTE cierto que cambia algo? ¿Rezar cambia tu situación presente o tus circunstancias? No, no siempre, pero cambia el modo en el que ves esos acontecimientos.

¿Rezar cambia tu futuro económico ? No, no siempre, pero cambia el modo en que buscar atender tus necesidades diarias.

¿Rezar cambia corazones o el cuerpo dolorido? No, no siempre, pero cambia tu energía interior.

¿Rezar cambia tu querer y tus deseos? No, no siempre, pero cambiará tu querer por el querer de Dios.

¿Rezar cambia cómo el mundo? No, no siempre, pero cambiará los ojos con los que ves el mundo.

¿Rezar cambia tus culpas del pasado? No, no siempre, pero cambiará tu esperanza en el futuro.

¿Rezar cambia a la gente a tu alrededor? No, no siempre, pero te cambiará a ti, pues el problema no está siempre en otros.

¿Rezar cambia tu vida de un modo que no puedes explicar? Ah, sí, siempre. Y esto te cambiará totalmente.

Entonces, ¿rezar REALMENTE cambia ALGO? Sí, REALMENTE cambia TODO.

Teressa Vowell

Sé feliz

Cuenta la leyenda que un hombre oyó decir que la felicidad era un tesoro. A partir de aquel instante comenzó a buscarla. Primero se aventuró por el placer y por todo lo sensual, luego por el poder y la riqueza, después por la fama y la gloria, y así fue recorriendo el mundo del orgullo, del saber, de los viajes, del trabajo, del ocio y de todo cuanto estaba al alcance de su mano. En un recodo del camino vio un letrero que decía: “Le quedan dos meses de vida”. Aquel hombre, cansado y desgastado por los sinsabores de la vida se dijo: “Estos dos meses los dedicaré a compartir todo lo que tengo de experiencia, de saber y de vida con las personas que me rodean.” Y aquel buscador infatigable de la felicidad, al final de sus días encontró que en su interior, en lo que podía compartir, en el tiempo que le dedicaba a los demás, en la renuncia que hacía de sí mismo por servir, estaba el tesoro que tanto había deseado. Comprendió que para ser feliz se necesita amar, aceptar la vida como viene, disfrutar de lo pequeño y de lo grande, conocerse a sí mismo y aceptarse como se es, sentirse querido y valorado, querer y valorar a los demás, tener razones para vivir y esperar y también razones para morir y descansar. Entendió que la felicidad brota en el corazón, que está unida y ligada a la forma de ver a la gente y de relacionarse con ella; que siempre está de salida y que para tenerla hay que gozar de paz interior. Y recordó aquella sentencia que dice: “Cuánto gozamos con lo poco que tenemos, y cuánto sufrimos por lo mucho que anhelamos equivocadamente.”

Sembrar para cosechar

Una mujer soñó que estaba en una tienda recién inaugurada y para su sorpresa, descubrió que Dios se encontraba tras el mostrador. – ¿Qué vendes aquí?, le preguntó. -Todo lo que tu corazón desee, respondió Dios. Sin atreverse a creer lo que estaba oyendo, se decidió a pedir lo mejor que un ser humano podría desear. -Deseo paz, amor, felicidad, sabiduría… Tras un instante de vacilación, añadió: -No sólo para mí, sino para todo el mundo… Dios se sonrió y le dijo: -Creo que no me has comprendido. -Aquí no vendemos frutos, únicamente vendemos semillas. -Para sembrar una planta hay necesidad de romper primero la capa endurecida de tierra y abrir los surcos; luego, desmenuzar y aflojar los trozos que aún permanecen apelmazados, para que la semilla pueda penetrar, regando abundantemente para conservar el suelo húmedo y entonces… -Esperar con paciencia hasta que germinen y crezcan! En la misma forma en que procedemos con la naturaleza hay que trabajar con el corazón humano, “roturando” la costra de la indiferencia que la rutina ha formado, removiendo los trozos de un egoísmo mal entendido, desmenuzándolos en pequeños trozos de gestos amables, palabras cálidas y generosas, hasta que con soltura, permitan acoger las semillas que diariamente podemos solicitar “gratis” en el almacén de Dios, porque EL mantiene su supermercado en promoción. Son semillas que hay que cuidar con dedicación y esmero y regarlas con sudor, lágrimas y a veces hasta con sangre, como regó Dios nuestra redención y como tantos han dado su vida y su sangre por otros, en un trabajo de fe y esperanza, de perseverante esfuerzo, mientras los frágiles retoños, se van transformando en plantas firmes capaces de dar los frutos anhelados…

Todos los días

Un sacerdote estaba en su parroquia Iglesia al mediodía, y al pasar por junto al altar decidió quedarse cerca para ver quién había venido a rezar. En ese momento se abrió la puerta, y el sacerdote frunció el entrecejo al ver a un hombre acercándose por el pasillo. El hombre estaba sin afeitarse desde hace varios días, vestía una camisa rasgada, tenía el abrigo gastado cuyos bordes se habían comenzado a deshilachar. El hombre se arrodilló, inclinó la cabeza, estuvo así un momento y luego se levantó y se fue. Durante los siguientes días el mismo hombre, siempre al mediodía, entraba en la Iglesia cargando con una maleta, se arrodillaba brevemente y luego volvía a salir. El sacerdote, un poco temeroso, empezó a sospechar que se tratase de un ladrón, por lo que un día se puso en la puerta de la iglesia y cuando el hombre se disponía a salir le pregunto: “¿Que haces aquí?”. El hombre dijo que trabajaba cerca y tenía media hora libre para el almuerzo y aprovechaba ese momento para rezar. “Sólo me quedo unos instantes, sabe, porque la fábrica queda un poco lejos, así que solo me arrodillo y digo: Señor, sólo vengo para contarte lo feliz que me haces cuando me perdonas mis pecados; no sé muy bien rezar, pero pienso en Tí todos los días, así que, Jesús, éste es Jim a tu lado”. El sacerdote se conmovió y dijo a Jim que le alegraba mucho eso y que era bienvenido en la iglesia siempre que quisiera. El sacerdote se arrodilló ante el altar, emocionado, y sintió que las lágrimas corrían por sus mejillas, y en su corazón repetía la plegaria de Jim: Señor, sólo vengo para contarte lo feliz que me haces cuando me perdonas mis pecados; no sé muy bien rezar, pero pienso en Tí todos los días, así que, Jesús, éste soy yo a tu lado.

Un tiempo después, el sacerdote notó que el viejo Jim no había venido. Los días siguieron pasando sin que Jim volviese para rezar, por lo que comenzó a preocuparse, hasta que un día fue a la fábrica a preguntar por él. Allí le dijeron que el estaba enfermo, que pese a que los médicos estaban muy preocupados por su estado de salud, todavía creían que podía sobrevivir. La semana que Jim estuvo en el hospital sonreía todo el tiempo y su alegría era contagiosa. La enfermera no podía entender por qué Jim estaba tan feliz, ya que nunca había recibido visitas, ni flores, ni tarjetas. El sacerdote se acercó al lecho, y Jim le dijo: “La enfermera piensa que nadie viene a visitarme, pero no sabe que todos los días, desde que llegue aquí, a mediodía, un querido amigo mío viene, se sienta aquí en la cama, me agarra de las manos, se inclina sobre mí y me dice: Sólo vine para decirte, Jim, lo feliz que soy con tu amistad y perdonando tus pecados. Siempre me gustó oír tus plegarias, y pienso en ti cada día… Así que, Jim, éste es Jesús a tu lado”.

La lección de la mariposa

Un día, una pequeña abertura apareció en un capullo. Un hombre se sentó junto a él y observó durante varias horas como la mariposa se esforzaba para que su cuerpo pasase a través de aquel pequeño agujero. Entonces, pareció que ella sola ya no lograba ningún progreso. Parecía que había hecho todo lo que podía, pero no conseguía agrandarlo. Entonces el hombre decidió ayudar a la mariposa: tomó unas tijeras y cortó el resto del capullo.

La mariposa entonces, salió fácilmente. Pero su cuerpo estaba atrofiado, era pequeño y tenía las alas aplastadas. El hombre continuó observándola porque él esperaba que, en cualquier momento, las alas se abrirían, y se agitarían, y serían capaces de soportar el cuerpo, que a su vez se iría fortaleciendo.

Pero nada de eso ocurrió. La realidad es que la mariposa pasó el resto de su vida arrastrándose con un cuerpo deforme y unas alas atrofiadas. Nunca fue capaz de volar. Lo que aquel hombre no comprendió -a pesar de su gentileza y su voluntad de ayudar-, era que ese capullo apretado que observaba aquel día, y el esfuerzo necesario para que la mariposa pasara a través de esa pequeña abertura, era el modo por el cual la naturaleza hacía que la salida de fluidos desde el cuerpo de la mariposa llegara a las alas, de manera que sería capaz de volar una vez que estuviera libre del capullo.

En su afán de ayudar, de evitar un esfuerzo, o un sufrimiento, la había dejado lisiada para toda la vida. Algo parecido sucede a veces en la educación de las personas. Algunas veces, el esfuerzo es justamente lo que más precisamos en algunos momentos de nuestra vida. Si pasamos a través de nuestra vida sin obstáculos, eso probablemente nos dejaría lisiados. No seríamos tan fuertes como podríamos haber sido, y nunca podríamos volar.

Esto puede aplicarse también a la oración. Pedí fuerzas… y Dios me dio dificultades para hacerme fuerte. Pedí sabiduría… y Dios me dio problemas para resolver. Pedí prosperidad… y Dios me dio un cerebro y músculos para trabajar. Pedí coraje… y Dios me dio obstáculos que superar. Pedí amor… y Dios me dio personas para ayudar. Pedí favores… y Dios me dio oportunidades. Quizá incluso no recibí nada de lo que pedí… pero recibí todo lo que precisaba.

Tres árboles

Había una vez, sobre un colina en un bosque, tres árboles. Con el murmullo de sus hojas, movidas por el viento, se contaban sus ilusiones y sus sueños. El primer árbol dijo: “Algún día yo espero ser un cofre, guardián de tesoros. Se me llenará de oro, plata y piedras preciosas. Estaré adornado con tallas complicadas y maravillosas, y todos apreciarán mi belleza”. El segundo árbol contestó: “Llegará un día en que yo seré un navío poderoso. Llevaré a reyes y reinas a través de las aguas y navegaré hasta los confines del mundo. Todos se sentirán seguros a bordo, confiados en la resistencia de mi casco”. Finalmente, el tercer árbol dijo: “Yo quiero crecer hasta ser el árbol más alto y derecho del bosque. La gente me verá sobre la colina, admirando la altura de mis ramas, y pensarán en el cielo y en Dios, y en lo cerca que estoy de El. Seré el árbol más ilustre del mundo, y la gente siempre se acordará de mí”.

Después de años de rezar para que sus sueños se realizasen, un grupo de leñadores se acercó a los árboles. Cuando uno se fijó en el primer árbol, dijo: “Este parece un árbol de buena madera. Estoy seguro de que puedo venderlo a un carpintero”. Y empezó a cortarlo. El árbol quedó contento, porque estaba seguro de que el carpintero haría con él un cofre para un tesoro. Ante el segundo árbol, otro leñador dijo: “Este es un árbol resistente y fuerte. Seguro que puedo venderlo a los astilleros”. El segundo árbol lo oyó satisfecho, porque estaba seguro de que así empezaba su camino para convertirse en un navío poderoso. Cuando los leñadores se acercaron al tercer árbol, él se asustó, porque sabía que, si lo cortaban, todos sus sueños se quedarían en nada. Un leñador dijo: “No necesito nada especial de mi árbol. Me llevará éste”. Y lo cortó. Cuando el primer árbol fue llevado al carpintero, lo que hizo con él fue un comedero de animales. Lo pusieron en un establo, y lo llenaron de heno. No era esto lo que él había soñado, y por lo que tanto había rezado. Con el segundo árbol se construyó una pequeña barca de pescadores. Todas sus ilusiones de ser un gran navío, portador de reyes, se acabaron. Al tercer árbol simplemente lo cortaron en tablones, y lo dejaron contra una pared. Pasaron los años, y los árboles se olvidaron de sus sueños. Pero un día un hombre y una mujer llegaron al establo. Ella dio a luz, y colocaron al niño sobre el heno del pesebre que había sido hecho con la madera del primer árbol. El hombre querría haber hecho una pequeña cuna para el niño, pero tenía que contentarse con este pesebre. El árbol sintió que era parte de algo maravilloso, y que se le había concedido tener el mayor tesoro de todos los tiempos. Años más tarde, varios hombres se subieron a la barca hecha con la madera del segundo árbol. Uno de ellos estaba cansado, y se durmió. Mientras cruzaban un lago, se levantó una tormenta fortísima y el árbol pensaba que no iba a resistir lo suficiente para salvar a aquellos hombres. Los otros despertaron al que estaba dormido. El se levantó, y dijo: “¡Cállate!”, y la tormenta se apaciguó. Entonces el árbol se dio cuenta de que en la barca iba el Rey de reyes. Finalmente, tiempo después, se acercó alguien a coger los tablones del tercer árbol. Unió dos en forma de cruz, y se los pusieron encima a un hombre ensangrentado, que los llevó por las calles mientras la gente lo insultaba. Cuando llegaron a una colina, el hombre fue clavado en el madero, y levantado en el aire para que muriese en lo alto, a la vista de todos. Pero cuando llegó el siguiente Domingo, el árbol comprendió que había sido lo suficiente fuerte para estar sobre la cumbre y acercarse tanto a Dios como era posible, porque Jesús había sido crucificado en él. Ningún árbol ha sido nunca tan conocido y apreciado como el árbol de la Cruz.

La parábola nos enseña que aun cuando parece que todo nos sale al revés, debemos estar seguros de que Dios tiene un plan para nosotros. Si confiamos en El, nos dará los regalos más valiosos. Cada árbol obtuvo lo que deseaba y pedía, pero de otra manera mejor. No nos es posible siempre saber qué prepara Dios para nosotros; pero debemos saber que sus planes no son los nuestros: son siempre mucho más sublimes. (Anónimo inglés. Traducido por E.M. Carreira).

La mano cicatrizada

Willian Dixon era un infiel. No creía en la existencia de Dios. Y aún si Dios existiera, no le perdonaría por haberle quitado a su esposa a los dos años de casados. Su niñito también había muerto. Esto le hacía sentirse miserable y desamparado. Diez años después de la muerte de la esposa de Dixon, sucedió un incidente conmovedor en la aldea de Brackenthwaite. La casa de la anciana Peggy Winslow se incendió completamente. Sacaron a la pobre anciana con vida, aunque sofocada por el humo. Los presentes se horrorizaron al oír el grito lastimoso de una criatura. Era el pequeño Dickey Winslow, huérfano y nieto de la anciana Peggy. Las llamas le despertaron y se asomó a la ventana del último piso. La gente estaba muy afligida, porque sabían lo que podía pasarle a la criatura, ya que no había remedio, pues la escalera se había derrumbado. De repente, William Dixon corrió a la casa, subió por un tubo de hierro y tomó al niño tembloroso en sus brazos. Bajó con el con el brazo derecho, sosteniéndose con el izquierdo y puso pie a tierra entre los aplausos de los presentes exactamente al caerse la pared. Dickey no se lastimó, pero la mano de Dixon se sostuvo al descender por el tubo candente y sufrió una quemadura espantosa. Al final sanó pero le dejó una cicatriz que le acompañaría hasta la sepultura. La pobre anciana Peggy nunca se recobró del susto y murió poco después. El problema era qué hacer con Dickey. James Lovatt, persona muy respetable, pidió que le dejaran adoptarle, pues él y su esposa ansiaban un niño, ya que habían perdido el suyo. Para sorpresa de todos, William Dixon hizo una súplica similar. Era difícil decidir entre los dos. Se llamó una junta compuesta por el ministro, el molinero y otros más. El molinero, Sr. Haywood, dijo: “Es halagador que tanto Lovatt como Dixon se ofrezcan adoptar al huerfanito, pero estoy perplejo sobre quién deberá tenerlo. Dixon, que le salvó la vida, tiene más derecho, pero Lovatt tiene esposa y se necesita que a la criatura lo cuide una mujer”. El ministro, Sr. Lipton, dijo: “Un hombre de las ideas ateas de Dixon no puede ser el llamado para cuidar al niño; mientras que Lovatt y su esposa son ambos creyentes y lo educarán como debe ser. Dixon salvó el cuerpo del niño, pero sería muy triste para su futuro bienestar, que el mismo individuo que lo salvó del incendio fuese el que lo guiara a la perdición eterna.” “Oiremos lo que los interesados tienen a su favor -dijo el Sr. Haywood-, y después lo pondremos en votación. El Sr. Lovatt dijo: “Pues, caballeros, hace poco que mi esposa y yo perdimos un pequeño, y sentimos que este niño llenaría el hueco que ha quedado vacío. Haremos lo mejor para criarlo en los caminos de Dios. Además, un niño así necesita el cuidado de una mujer.” “Bien, Sr. Lovatt. Ahora el Sr. Dixon.” “Tengo sólo un argumento, señor, y es éste”, contestó Dixon con calma mientras quitaba la venda de su mano izquierda y alzaba el brazo herido y cicatrizado. Reinó un silencio por algunos momentos en la sala, nublándose los ojos de algunos. Había algo en aquella mano cicatrizada que apelaba al sentido de justicia. Tenía el derecho sobre el muchacho porque había sufrido por él. Cuando vino la votación, la mayoría voto a favor de William Dixon. Así comenzó una nueva era para Dixon Dickey. No echó de menos el cuidado de una madre, porque William era padre y madre para el huerfanito, derramando sobre la criatura que había salvado toda la ternura encerrada sobre su naturaleza. Dickey era un muchacho diestro y pronto respondió a la preparación de su benefactor. Le adoraba con todo el fervor de su corazoncito. Recordaba cómo “papaíto” lo había rescatado del incendio y cómo lo reclamaba por causa de la mano tan terriblemente quemada por su amor. Se conmovía hasta las lágrimas y besaba la mano cicatrizada por su causa. Cierto verano hubo una exhibición de cuadros en el pueblo y Dixon llevó a Dickey a verlos. El muchacho estaba muy interesado en los cuadros e historias que el papaíto le contaba acerca de ellos. La pintura que más le impresionó fue una en la que el Señor reprueba a Tomás, al pie de la cual se leían estas palabras: “Mete tu dedo aquí, y ve mis manos.” (Juan 20,27). Dickey, ya en la casa, recordó las palabras de ese cuadro y dijo: “Por favor, papá, cuéntame la historia de ese cuadro”. “¡No, esa historia no!”. “¿Porqué esa no papá?”. “Porque es una historia que no creo”. “Oh, pero no es nada, urgió Dickey; tú no crees la historia de Jack el matagigantes y sin embargo es una de mis favoritas. Cuéntame la historia del cuadro por favor, papá”. Así pues, Dixon le relató la historia, y a él le gustó mucho: “Es como tú y yo, papá, dijo el muchacho. Cuando los Lovatt querían adoptarme tú les enseñaste la mano. Quizás cuando Tomás vio las cicatrices en las manos del Buen Hombre sintió que le pertenecía.” “Probablemente”, contestó Dixon. “El Buen Hombre se veía tan triste, que creo que se entristeció porque Tomás no creía. Que malo fue, ¿verdad?, después de que el Buen hombre había muerto por él.” Dixon no contestó nada y Dickey continuó: “Hubiera sido yo muy malo si hubiera actuado así, cuando me contaron de ti y del fuego y dijera que no creía que lo hubieras hecho; ¿verdad papá?”. “Basta, no quiero pensar más de esa historia, hijo”. “Pero Tomás amó al Buen Hombre después así como te amo yo a ti. Cuando veo tu pobre mano, te quiero más que nada en este mundo.” Ya cansado, Dickey se durmió. Pero el descanso de su padre no fue bueno, pues no podía dormir pensando en el cuadro que había visto y en aquel semblante triste que le miraba desde la pared. Soñó con Lovatt y consigo mismo cuando discutían por el niño. Cuando enseñó la mano cicatrizada el muchacho le huía. Un sentido amargo de injusticia suavizaba su corazón. No se dejó llevar por esta influencia enseguida, mas su amor por Dickey había suavizado su corazón y la semilla había caído en buena tierra. Dixon era honrado y no dejaba de ver que el argumento que había usado para ganar a Dickey se levantaba en su contra al negar el derecho de aquellas manos cicatrizadas y heridas por él. Y cuando consideró la gratitud ardiente que manifestaba aquella criatura por la salvación que su padre adoptivo le había deparado, Dixon se sintió pequeño al lado del muchacho. Con el tiempo el corazón de Dixon se tornó como el de un niño. Al leer la Biblia, encontró que así como Dickey le pertenecía, él también era de Aquel Salvador, Jesucristo, que había sido herido por sus trasgresiones, y le dio su espíritu, alma y cuerpo por aquellas manos horadadas por él.

Una entrevista con Dios

-“Pasa” me dijo Dios, -“¿Así que quieres entrevistarme?” -“Bueno, si tiene tiempo…” Se sonríe y me dice: “Mi tiempo se llama eternidad y alcanza para todo; ¿Qué preguntas quieres hacerme?” -“Ninguna nueva ni difícil para usted”. “¿Qué es lo que más te sorprende de los hombres?” Y dijo: “Que se aburren de ser niños, apurados por crecer, y luego suspiran por regresar a ser niños. Que primero pierden la salud para tener dinero y enseguida pierden el dinero para recuperar la salud. Que por pensar ansiosamente en el futuro, descuidan su hora actual, con lo que ni viven el presente ni el futuro. Que viven como si fueran a morirse, y se mueren como si no hubieran vivido, y pensar que yo…” con los ojos llenos de lágrimas y la voz entrecortada deja de hablar. Sus manos toman fuertemente las mías y seguimos en silencio.

Después le dije: -“Como padre, ¿qué es lo que pedirías a tus hijos para este nuevo año?” “Que aprendan que no pueden hacer que alguien los ame; lo que sí pueden es amar y dejarse amar. Que aprendan que toma años construir la confianza, y sólo segundos para destruirla. Que aprendan que lo más valioso no es lo que tienen en sus vidas, sino a quien tienen en sus vidas. Que aprendan que no es bueno compararse con los demás, pues siempre habrá alguien mejor o peor que ellos. Que aprendan que rico no es el que más tiene, sino el que menos necesita. Que aprendan que deben controlar sus actitudes, o sus actitudes los controlarán. Que aprendan que bastan unos pocos segundos para producir heridas profundas en las personas que amamos, y que pueden tardar muchos años en ser sanadas. Que aprendan que a perdonar se aprende perdonando. Que aprendan que hay gente que los quiere mucho, pero que simplemente no sabe cómo demostrarlo. Que aprendan que el dinero lo compra todo, menos la felicidad. Que aprendan que a veces cuando están molestos tienen derecho a estarlo, pero eso no les da derecho a molestar a los que los rodean. Que aprendan que los grandes sueños no requieren de grandes alas, sino de un tren de aterrizaje para lograrlos. Que aprendan que amigos de verdad son escasos y, quien ha encontrado uno, ha encontrado un verdadero tesoro. Que aprendan que no siempre es suficiente ser perdonado por otros, algunas veces deben perdonarse a sí mismos. Que aprendan que son dueños de lo que callan y esclavos de lo que dicen. Que aprendan que de lo que siembran cosechan, si siembran chismes cosecharán intrigas, si siembran amor cosecharán felicidad. Que aprendan que la verdadera felicidad no es obsesionarse con tener más sino ser feliz con lo que pueden tener. Que aprendan que la felicidad no es cuestión de suerte sino producto de sus decisiones. Ellos deciden ser feliz con lo que son y tienen, o morir de envidia y celos por lo que les falta y carecen. Que aprendan que dos personas pueden mirar una misma cosa y ver algo totalmente diferente. Que aprendan que sin importar las consecuencias, aquellos que son honestos consigo mismos llegan lejos en la vida. Que aprendan que a pesar de que piensen que no tienen nada más que dar, cuando un amigo llora con ellos encuentren la fortaleza para vencer sus dolores. Que aprendan que retener a la fuerza a las personas que aman, las aleja más rápidamente de ellos y el dejarlas ir las deja para siempre al lado de ellos. Que aprendan que a pesar de que la palabra amor pueda tener muchos significados distintos, pierde valor cuando es usada en exceso. Que aprendan que la distancia más lejos que pueden estar de Mí es la distancia de una simple oración…”.

La niñita del parque

La niñita estaba sentada en el parque. Todo el mundo pasaba junto a ella y nadie se paraba a ver por que parecía tan triste. Vestida con un raído vestido rosa, con los pies descalzos y sucia, la niña simplemente estaba sentada mirando a la gente pasar. Nunca trataba de hablar, nunca decía una sola palabra. Mucha gente pasaba pero nadie se paraba.

Al día siguiente decidí volver al parque con la curiosidad de ver si la niña seguiría allí. Sí, lo estaba, justo en el mismo sitio que el día anterior, y todavía con la triste mirada en sus ojos. Me obligué a moverme y caminar hacia la pequeña. Como todos sabemos, un parque lleno de gente extraña no es lugar para que una niña pequeña juegue sola.

Mientras me acercaba pude ver que la espalda del vestido de la niña estaba terriblemente deformado. Me imaginé que esa era la razón por la cual la gente tan solo pasaba junto a ella sin hacer ningún esfuerzo por ayudarla. Las deformidades son una profunda desgracia para nuestra sociedad, y el cielo te asista si das un paso para ayudar a alguien que es diferente.

Conforme me acercaba aún más, la niñita bajó ligeramente sus ojos para rehuir mi mirada directa. Mientras me aproximaba, pude ver la deformidad de su espalda con más claridad. Tenía una grotesca joroba. Le sonreí para hacerle saber que todo estaba bien, que estaba allí para ayudar, para hablar. Me senté a su lado e inicié la conversación con un simple Hola.

La pequeña pareció sorprendida, y balbuceó un “hola”, después de mirarme largamente a los ojos. Sonreí y ella sonrió a su vez tímidamente. Hablamos hasta que cayó la oscuridad y el parque se quedó completamente vacío. Le pregunté por qué estaba tan triste. La niñita me miró y con cara triste repuso: “Porque soy diferente”.

Inmediatamente dije: “¡Así es como eres!”, y sonreí. La niñita se entristeció aún más y dijo: “Lo sé”.

“Pequeña” dije, “me recuerdas a un ángel, dulce e inocente”. Me miró y sonrió. Se puso lentamente de pie y dijo: “¿De veras?” “Sí, pareces un pequeño Ángel de la Guarda enviado para velar por toda esta gente que pasa por aquí”.

Movió la cabeza en un gesto de asentimiento y sonrió, mientras extendía sus alas y decía: “Lo soy. Soy tu Ángel de la Guarda”, guiñando un ojo. Me quedé sin habla, convencido de que estaba imaginando cosas. Dijo: “Por una sola vez has pensado en alguien más que en ti mismo. Mi trabajo está hecho”.

Me puse en pie y dije: “Espera. ¿Entonces por qué nadie se paró a ayudar a un ángel?”. Me miró y sonrió: “Tú eres el único que podía verme”, y entonces desapareció. Y con ello mi vida cambió totalmente.

Por eso, cuando pienses que no tienes a nadie mas que a ti mismo, recuerda, tu ángel siempre está velando por ti.

Una fortuna sin saberlo

Un día bajó el Señor a la tierra en forma de mendigo y se acercó a casa de un zapatero pobre y le dijo: “Hermano, hace tiempo que no como y me siento muy cansado, aunque no tengo ni una sola moneda quisiera pedirte que me arreglaras mis sandalias para poder seguir caminando”. El zapatero le respondió: “¡Yo soy muy pobre y ya estoy cansado que todo el mundo viene a pedir y nadie viene a dar!”. El Señor le contestó: “Yo puedo darte lo que tu quieras”. El zapatero le pregunto: “¿Dinero inclusive?”. El Señor le respondió: “Yo puedo darte 10 millones de dólares, pero a cambio de tus piernas”. “¿Para qué quiero yo 10 millones de dólares si no voy a poder caminar, bailar, moverme libremente?”, dijo el zapatero. Entonces el Señor replicó: “Está bien, te podría dar 100 millones de dólares, a cambio de tus brazos”. El zapatero le contestó: “¿Para qué quiero yo 100 millones de dólares si no voy a poder comer solo, trabajar, jugar con mis hijos?”. Entonces el Señor le dijo: “En ese caso, yo te puedo dar 1000 millones de dólares a cambio de tus ojos”. El zapatero respondió asustado: “¿Para qué me sirven 1000 millones de dólares si no voy a poder ver el amanecer, ni a mi familia y mis amigos, ni todas las cosas que me rodean?”. Entonces el Señor le dijo: “Ah hermano mío, ya ves qué fortuna tienes y no te das cuenta”.

La puerta del corazón

Un hombre había pintado un bonito cuadro. El día de la presentación al público, asistieron las autoridades locales, fotógrafos, periodistas, y mucha gente, pues se trataba de un famoso pintor, reconocido artista. Llegado el momento, se tiró el paño que revelaba el cuadro. Hubo un caluroso aplauso. Era una impresionante figura de Jesús tocando suavemente la puerta de una casa. Jesús parecía vivo. Con el oído junto a la puerta, parecía querer oír si dentro de la casa alguien le respondía. Hubo discursos y elogios. Todos admiraban aquella preciosa obra de arte. Un observador muy curioso, encontró un fallo en el cuadro. La puerta no tenía cerradura. Y fue a preguntar al artista: “Su puerta no tiene cerradura. ¿Cómo se hace para abrirla?”. El pintor respondió: “No tiene cerradura porque esa es la puerta del corazón del hombre. Sólo se abre por el lado de adentro”.

Una vida en rescate por otras

Hace algunos años, un tren que atravesaba los vastos despoblados de los Estados Unidos, fue el escenario, de un espectáculo terrible. El fogonero del tren había abierto la puerta del horno para echar más carbón. En el mismo instante una columna de aire que entró por la chimenea arrojó una llamarada de fuego en el rostro de aquel hombre, quien loco de dolor abandonó su puesto, no cerrando la puerta como debía, lo que llevó a las llamas a prender fuego en el depósito del carbón. La poderosa máquina marchaba a gran velocidad, y nadie podía ocuparse del control de la misma. Los viajeros que habían montado en aquel tren eran víctimas del miedo y el terror, viendo su trágico fin. De repente José Sieg, el maquinista del tren avanzó entre las llamas hasta llegar a la puerta del horno; con un supremo esfuerzo cerró la puerta que estaba casi incandescente, parando el tren a continuación. Cuando volvió a salir de aquel mar de fuego su cuerpo estaba envuelto en llamas, y sin dilación se precipitó en el depósito del agua, para mitigar su dolor. Lo sacaron al momento, pero el cuerpo de aquel héroe, dio su espíritu, víctima de tan terribles quemaduras. El tren ya había parado, y aquellos setecientos viajeros se habían congregado ante el cadáver de su salvador, mostrando en sus rostros el profundo agradecimiento que sentían hacia aquel que les había salvado la vida. Cristo, puso su vida en rescate de muchos. Es preciso expresarle también nuestro agradecimiento.

Parece que no está

En un colegio estaban preparando las Primeras Comuniones. Había un niño que sufría un pequeño retraso mental, y, aunque él y su familia estaban empeñados en que el niño hiciera la Primera Comunión, el capellán del colegio no las tenía todas consigo. Un día llamó al niño y lo llevó al oratorio. Sacó del bolsillo un crucifijo y preguntó al niño: “Éste, ¿quién es?”. “Jesús”, contestó el niño. Entonces señaló el Sagrario y volvió a preguntar: “Y, entonces, ése de ahí, ¿quién es?”. “También Jesús”, contestó el niño sin dudar. “¿Jesús, ahí y aquí…? Pues explícame cómo puede ser que Jesús esté a la vez aquí y ahí”. “Es muy fácil –explicó el niño-: Aquí (en el crucifijo), parece que está, pero en realidad no está. Ahí (en el Sagrario), parece que no está, pero sí que está”. Ni que decir tiene que aquel chaval hizo la Primera Comunión con sus compañeros de curso.

Huellas en la arena

Una noche tuve un sueño. Soñé que estaba caminando por la playa con el Señor y, a través del cielo, pasaban escenas de mi vida. Por cada escena que pasaba, percibí que quedaban dos pares de pisadas en la arena: unas eran las mías y las otras del Señor. Cuando la última escena pasó delante de nosotros, miré hacia atrás, hacia las pisadas en la arena, y noté que muchas veces en el camino de mi vida quedaban sólo un par de pisadas en la arena. Noté también que eso sucedía en los momentos más difíciles de mi vida. Eso realmente me perturbó y pregunté entonces al Señor: “Señor, Tú me dijiste, cuando resolví seguirte, que andarías conmigo, a lo largo del camino, pero durante los peores momentos de mi vida, había en la arena sólo un par de pisadas. No comprendo porque Tú me dejaste en las horas en que yo más te necesitaba”. Entonces, Él, clavando en mi su mirada infinita me contestó: “Mi querido hijo. Yo te he amado y jamás te abandonaría en los momentos más difíciles. Cuando viste en la arena sólo un par de pisadas fue justamente allí donde te cargué en mis brazos”.

El montañero

Cuentan que un alpinista, apasionado por conquistar una altísima montaña, inició su travesía después de años de preparación, pero quería toda la gloria solo para él, y por eso quiso subir sin ningún compañero. Empezó la ascensión, y se le fue haciendo tarde, y más tarde, y no se preparó para acampar, sino que decidió seguir subiendo, y oscureció. La noche cayó con gran pesadez en la altura de la montaña, ya no se podía ver casi nada. Todo era negro, y las nubes no dejaban ver la luna y las estrellas. Cuando estaba a solo unos pocos metros de la cima, resbaló y se deslizó a una velocidad vertiginosa. El alpinista solo podía ver veloces manchas oscuras y la terrible sensación de ser succionado por la gravedad. Seguía cayendo… y en esos angustiantes momentos, le pasaron por su mente todos los episodios gratos y no tan gratos de su vida. Pensaba en la cercanía de la muerte, y rogó a Dios que le salvara. De repente, sintió un fuerte tirón de la larga soga que lo amarraba de la cintura a las estacas clavadas en la roca de la montaña. En ese momento de quietud, suspendido en el aire, gritó : “¡¡¡Ayúdame, Dios mío!!!” De pronto, una voz grave y profunda de los cielos le contestó: “¿Y qué quieres que haga?” El montañero contestó: “Sálvame, Dios mío”. Y escuchó una nueva pregunta: “¿Realmente crees que yo te puedo salvar de ésta?” Y el hombre contestó: “Por supuesto, Señor”. Y oyó de nuevo a la voz que le decía: “Pues entonces corta la cuerda que te sostiene…”. Hubo un momento de silencio. El hombre se aferró más aún a la cuerda. Cuenta el equipo de rescate, que al día siguiente encontraron a un alpinista muerto, suspendido de un cuerta, con las manos fuertemente agarradas a ella… y a tan sólo un metro del suelo…

El peso de la cruz

Esta era una vez un hombre que quería seguir a Jesús y alcanzar a través de este servicio el Reino de los Cielos. En un sueño profundo, aquel hombre quiso entrevistarse con Nuestro Señor, y le indicaron el camino del bosque. A poco andar encontró a Jesús y le expuso sus intenciones. Nuestro Señor le miró con inmensa ternura, luego desprendió del suelo un árbol jóven pero alto y le dijo: “Recorre el camino de tu vida con esta cruz al hombro y así alcanzarás el Reino de los Cielos”. El hombre inició su camino con gran entusiasmo y lleno de buenas intenciones, pero rápidamente cayó en cuenta que la carga era demasiado pesada y le obligaba a un paso lento y en algunos momentos doloroso. En una de las oportunidades en que se dispuso a descansar se le apareció el mismísimo demonio, que le regaló un hacha, ofreciéndosela convincentemente sin condiciones. Él la aceptó, pensando que cargarla no constituía un mayor esfuerzo y considerándola una herramienta de mucha utilidad en su cada vez más difícil camino. Pasó el tiempo y el hombre mantenía su propósito, aunque nublado por el cansancio y angustiado por la lentitud de su marcha. Entonces se le volvió a aparecer el demonio bajo otra apariencia, y aparentando buena disposición de ayuda le convenció para usar el hacha para recortar un poco las ramas. ¡Qué distinta se sentía la carga, qué sensación tan agradable experimentó el hombre al reducirla! Al pasar algún tiempo, volvió a sufrir el peso agobiante de su cruz y pensó que si recortara otro poco la carga no cambiaría en nada su gran misión y más aún, con ello apresuraría su llegada al encuentro con Jesús; así que volvió a usar el hacha. De allí en adelante continuaron los recortes, hasta que el árbol se transformó en una hermosa cruz preciosamente tallada que colgaba de su cuello y causaba la admiración de todos. La cruz no tardó en convertirse en una moda, luego vino la fama y el reconocimiento, y adicionalmente un caminar de gacela hasta el Reino de los Cielos. Alcanzado el final del camino, el hombre muere. En medio del esplendor celestial, distingue un hermoso castillo, desde una de cuyas torres Jesús en Gloria y Majestad se dispone a recibirlo. El hombre dice: “Señor, he esperado mucho tiempo este momento. Señalame la entrada.” Jesús le responde: “Hijo, para entrar al Reino deberás subir hasta donde estoy, usando el árbol que te entregué cuando iniciaste el camino hacia mi.” El hombre lleno de vergüenza reconoció haberlo destruido y lloró amargamente su error. Despertó entonces de su profundo sueño, y agradecido con el Señor, regresó al bosque aquel para tomar su cruz y llevarla entera al Reino de los Cielos.

Huir del destino

Su padre era marino. Un día, cuando no era más que un niño, el padre le invita a dar un paseo en barco. De repente descubre a lo lejos un enorme pez, de aspecto terrible, que sigue al barco. Se lo comunica a su padre, pero su padre no ve nada; cree que son figuraciones de su hijo. En un segundo viaje vuelve a ocurrir lo mismo; pero esta vez el padre lo entiende todo, palidece de susto y le explica a su hijo: “Ahora temo por ti. Eso que has visto es un Colombre. Es el pez que los marineros temen más que a ningún otro en todos los mares del mundo, un animal terrible y misterioso, más astuto que el hombre. Por motivos que nunca nadie sabrá escoge a su víctima y le sigue años y años, la vida entera, hasta que consigue devorarla. Y lo más curioso es esto: que nadie puede verlo si no es la propia víctima”. “¿Y no es una leyenda?”, pregunta el hijo. “No -le dice su padre-. Yo nunca lo he visto, pero lo han descrito: hocico fiero, dientes espantosos… No hay duda hijo mío: el Colombre te ha elegido, y mientras andes por el mar no te dará tregua. Vamos a volver a tierra y nunca más te harás a la mar por ningún motivo. Tienes que resignarte. Por otra parte en tierra también puedes hacer fortuna”. Pasan los años y el chico crece y consigue en la vida todo lo que todo el mundo anhela. A los ojos de todos es un triunfador. Pero él sabe que su vida ha sido un fracaso, que en el fondo de su alma sigue presente, como herida abierta, la renuncia a la que debería haber sido su propia vida, la que le habría hecho feliz. Un día, viejo y cansado, sintiendo cerca la muerte, decide enfrentarse con aquel peligro, hacer por fin algo valioso, enfrentarse con aquel animal que había visto muchas veces, cada vez que se acercaba al mar, a cierta distancia de la costa. Un día, de noche, cogió un arpón, se montó en una pequeña barca y se internó en el mar. Al poco tiempo aquel horrible hocico asomó al lado de la barca. “Aquí me tienes, ahora es cosa de los dos”, dijo el hombre mientras levantaba el arpón contra el horrible animal. Entonces el pez empezó a hablar, quejándose con voz suplicante: “Ah, qué largo camino para encontrarte. También yo estoy destrozado por la fatiga. Cuanto me has hecho nadar. Y tú huías y huías… porque nunca has comprendido nada”. “¿A qué te refieres?”. “A que no te he seguido para devorarte. El único encargo que me dio el Rey del Mar fue entregarte esto”. Y el gran pez sacó de la lengua, tendiendo al anciano una esfera fosforescente. Él la cogió entre las manos y la miró. Era una perla de enorme tamaño. Reconoció en ella la famosa perla del mar, que da a quien la posee fortuna, poder, amor y paz de espíritu”. En aquel instante el viejo lo entendió todo. Y entendió también que ahora era demasiado tarde. “¡Ay de mí! ¡Qué horrible malentendido! Lo único que he conseguido es desperdiciar mi existencia y además he arruinado la tuya. Adiós, hombre infeliz.” Y se sumergió en las aguas para siempre. (D. Buzzati, El Colombre, Alianza).

El pétalo de la rosa

Un chico joven estaba en Roma con ocasión de la Jornada Mundial de la Juventud, el 20 de agosto de 2000. Se encontraba rezando ante la tumba de una persona santa. A uno y otro lado había dos jarrones con unos ramos de rosas frescas, de color rojo. El joven estudiante pensaba en el mensaje del Papa que había escuchado el día anterior en Tor Vergata, sobre la vocación a una entrega total. Esas palabras se le habían clavado en el corazón. Estaba casi decidido a dar ese paso. En ese momento observó que de una de las rosas había caído un pétalo al suelo, y enseguida pensó en tomarlo como recuerdo de aquel momento tan importante de su vida. Pasaron unos segundos de duda sobre si incorporarse o no para tomar ese pétalo. Mientras lo consideraba, llegó un hombre, se agachó, tomó el pétalo y lo guardó en su bolsillo. Fue un detalle nimio, pero a aquel chico le vino entonces a la cabeza una idea meridiana: en nuestra vida se nos plantearán oportunidades muy bonitas e importantes, pero esas oportunidades no esperan siempre.

La estrella verde

Había millones de estrellas en el cielo, estrellas de todo los colores: blancas, plateadas, verdes, rojas, azules, doradas. Un día, inquietas, ellas se acercaron a Dios y le propusieron: “Señor, nos gustaría vivir en la Tierra, convivir con las personas.” “Así será hecho”, respondió el Señor. Se cuenta que en aquella noche hubo una fantástica lluvia de estrellas. Algunas se acurrucaron en las torres de las iglesias, otras fueron a jugar y correr junto con las luciérnagas por los campos, otras se mezclaron con los juguetes de los niños. La Tierra quedó, entonces, maravillosamente iluminada. Pero con el correr del tiempo, las estrellas decidieron abandonar a los hombres y volver al cielo, dejando a la tierra oscura y triste. “¿Por qué habéis vuelto?”, preguntó Dios, a medida que ellas iban llegando al cielo. “Señor, nos fue imposible permanecer en la Tierra, allí hay mucha miseria, mucha violencia, demasiadas injusticias”. El Señor les contestó: “La Tierra es el lugar de lo transitorio, de aquello que cae, de aquel que yerra, de aquel que muere. Nada es perfecto. El Cielo es el lugar de lo inmutable, de lo eterno, de la perfección.” Después de que había llegado gran cantidad de estrellas, Dios las recontó y dijo: “Nos está faltando una estrella… ¿dónde estará?”. Un ángel que estaba cerca replicó: “Hay una estrella que quiso quedarse entre los hombres. Descubrió que su lugar es exactamente donde existe la imperfección, donde hay límites, donde las cosas no van bien, donde hay dolor.” “¿Qué estrella es esa?”, volvió a preguntar. “Es la Esperanza, Señor, la estrella verde. La única estrella de ese color.” Y cuando miraron para la tierra, la estrella no estaba sola: la Tierra estaba nuevamente iluminada porque había una estrella verde en el corazón de cada persona. Porque el único sentimiento que el hombre tiene y Dios no necesita retener es la Esperanza. Dios ya conoce el futuro y la Esperanza es propio de la persona humana, propia de aquel que yerra, de aquel que no es perfecto, de aquel que no sabe cómo puede conocer el porvenir.

Invita al verdadero festejado

Como sabrás nos acercamos nuevamente a la fecha de mi cumpleaños, todos los años se hace una gran fiesta en mi honor y creo que este año sucederá lo mismo. En estos días la gente hace muchas compras, hay anuncios en el radio, en la televisión y por todas partes no se habla de otra cosa, sino de lo poco que falta para que llegue el día. La verdad, es agradable saber, que al menos, un día al año algunas personas piensan un poco en mí. Como tu sabes hace muchos años que comenzaron a festejar mi cumpleaños, al principio no parecían comprender y agradecer lo mucho que hice por ellos, pero hoy en día nadie sabe para que lo celebran. La gente se reúne y se divierte mucho pero no saben de que se trata. Recuerdo el año pasado al llegar el día de mi cumpleaños, hicieron una gran fiesta en mi honor; pero sabes una cosa, ni siquiera me invitaron. Yo era el invitado de honor y ni siquiera se acordaron de invitarme, la fiesta era para mi y cuando llego el gran día me dejaron afuera, me cerraron la puerta. ¡Y yo quería compartir la mesa con ellos! (Apoc. 3,20). La verdad no me sorprendió, porque en los últimos años todos me cierran las puertas. Como no me invitaron, se me ocurrió estar sin hacer ruido, entré y me quedé en un rincón. Estaban todos bebiendo, había algunos borrachos, contando chistes, carcajeándose. La estaban pasando en grande, para colmo llego un viejo gordo, vestido de rojo, de barba blanca y gritando: “JO JO JO JO”, parecía que había bebido de más, se dejó caer pesadamente en un sillón y todos los niños corrieron hacia él, diciendo “Santa Claus” “Santa Claus”. ¡Cómo si la fiesta fuera en su honor! Llegaron las doce de la noche y todos comenzaron a abrazarse, yo extendí mis brazos esperando que alguien me abrazara. Y ¿sabes?, nadie me abrazó. Comprendí entonces que yo sobraba en esa fiesta, salí sin hacer ruido, cerré la puerta y me retiré. Tal vez crean que yo nunca lloro, pero esa noche lloré, como un ser abandonado, triste y olvidado. Me llegó tan hondo que al pasar por tu casa, tú y tu familia me invitaron a pasar, además me trataron como a un rey, tú y tu familia realizaron una verdadera fiesta en la cual yo era el invitado de honor. Que Dios bendiga a todas las familias como la tuya, yo jamás dejo de estar en ellas en ese día y todos los días. También me conmovió el Belén que pusieron en un rincón de tu casa. Otra cosa que me asombra es que el día de mi cumpleaños en lugar de hacerme regalos a mi, se regalan unos a otros. ¿Tú que sentirías si el día de tu cumpleaños, se hicieran regalos unos a otros y a ti no te regalaran nada? Una vez alguien me dijo: ¿Cóomo te voy a regalar algo si a ti nunca te veo? Ya te imaginaras lo que le dije: Regala comida, ropa y ayuda a los pobres, visita a los enfermos a los que están solos y yo los contaré como si me lo hubieran hecho a mí (Mt. 25,34-40). A veces la gente solo piensa en las compras y los regalos y de mí ni se acuerdan. (Probablemente así hablaría Jesucristo).

El silencio de Dios

Una antigua leyenda noruega nos habla de un hombre llamado Haakon, que cuidaba una ermita. A ella acudía la gente a orar con mucha devoción. En esta ermita había una cruz muy antigua. Muchos acudían ahí para pedirle a Cristo algún milagro. Un día el ermitaño Haakon quiso pedirle un favor. Le impulsaba un sentimiento generoso. Se arrodilló ante la cruz y dijo: “Señor, quiero padecer por Ti. Déjame ocupar tu puesto. Quiero reemplazarte en la Cruz.” Y se quedo fijo con la mirada puesta en la imagen, como esperando la respuesta. El Señor abrió sus labios y habló. Sus palabras cayeron de lo alto, susurrantes y amonestadoras: “Hermano mío, accedo a tu deseo, pero ha de ser con una condición.” “¿Cuál Señor? -preguntó con acento suplicante Haakon-. Es una condición difícil? ¡Estoy dispuesto a cumplirla con tu ayuda, Señor!”. “Escucha. Suceda lo que suceda, y veas lo que veas, has de guardarte en silencio siempre”. Haakon contesto: “¡Te lo prometo, Señor!”. Y se efectuó el cambio.

Nadie advirtió el trueque. Nadie reconoció al ermitaño, colgado con los clavos en la Cruz. El Señor ocupaba el puesto de Haakon. Y éste por largo tiempo cumplió el compromiso. A nadie dijo nada, pero un día, llegó un rico, después de haber orado, dejó allí olvidada su cartera. Haakon lo vio y calló. Tampoco dijo nada cuando un pobre, que vino dos horas después y se apropió de la cartera del rico. Ni tampoco dijo nada cuando un muchacho se postró ante él poco después para pedirle su gracia antes de emprender un largo viaje. Pero en ese momento volvió a entrar el rico en busca de la bolsa. Al no hallarla, pensó que el muchacho se la había apropiado. El rico se volvió al joven y le dijo iracundo: “¡Dame la bolsa que me has robado!”. El joven sorprendido replicó: “¡No he robado ninguna bolsa!”. “No mientas, devuélvemela enseguida!”. “¡Le repito que no he cogido ninguna bolsa!”. El rico arremetió furioso contra él. Sonó entonces una voz fuerte: “¡Detente!”. El rico miró hacia arriba y vio que la imagen le hablaba. Haakon, que no pudo permanecer en silencio, gritó, defendió al joven, increpó al rico por la falsa acusación. Éste quedó anonadado y salió de la ermita. El joven salió también porque teníia prisa para emprender su viaje. Cuando la ermita quedó a solas, Cristo se dirigió al monje y le dijo: “Baja de la Cruz. No sirves para ocupar mi puesto. No has sabido guardar silencio”. “¿Señor, como iba a permitir esa injusticia?”. Jesús ocupó la Cruz de nuevo y el ermitaño se quedó ante la cruz. El Señor siguió hablando: “Tu no sabías que al rico le convenía perder la bolsa, pues llevaba en ella el precio de la virginidad de una joven mujer. El pobre, por el contrario, tenía necesidad de ese dinero. En cuanto al muchacho que iba a ser golpeado, sus heridas le hubiesen impedido realizar el viaje que para él resultaría fatal. Ahora, hace unos minutos acaba de zozobrar el barco y él ha perdido la vida. Tu no sabías nada. Yo sí sé. Por eso callo.” Y el Señor nuevamente guardo silencio.

Muchas veces nos preguntamos por qué razón Dios no nos contesta, por qué razón Dios se queda callado. Muchos de nosotros quisiéramos que Él nos respondiera lo que deseamos oír, pero Dios no es así. Dios nos responde aún con el silencio. Él sabe lo que está haciendo.

La botella

Un hombre estaba perdido en el desierto, destinado a morir de sed. Por suerte, llegó a una cabaña vieja, desmoronada sin ventanas, sin techo. El hombre anduvo por ahí y se encontró con una pequeña sombra donde acomodarse para protegerse del calor y el sol del desierto. Mirando a su alrededor, vio una vieja bomba de agua, toda oxidada. Se arrastró hacia allí, tomó la manivela y comenzó a bombear, a bombear y a bombear sin parar, pero nada sucedía. Desilusionado, cayó postrado hacia atrás, y entonces notó que a su lado había una botella vieja. La miró, la limpió de todo el polvo que la cubría, y pudo leer que decía: “Usted necesita primero preparar la bomba con toda el agua que contiene esta botella mi amigo, después, por favor tenga la gentileza de llenarla nuevamente antes de marchar”.

El hombre desenroscó la tapa de la botella, y vio que estaba llena de agua… ¡llena de agua! De pronto, se vio en un dilema: si bebía aquella agua, él podría sobrevivir, pero si la vertía en esa bomba vieja y oxidada, tal vez obtendría agua fresca, bien fría, del fondo del pozo, y podría tomar toda el agua que quisiese, o tal vez no, tal vez, la bomba no funcionaría y el agua de la botella sería desperdiciada. ¿Qué debiera hacer? ¿Derramar el agua en la bomba y esperar a que saliese agua fresca… o beber el agua vieja de la botella e ignorar el mensaje? ¿Debía perder toda aquella agua en la esperanza de aquellas instrucciones poco confiables escritas no se cuánto tiempo atrás? Al final, derramó toda el agua en la bomba, agarró la manivela y comenzó a bombear, y la bomba comenzó a rechinar, pero ¡nada pasaba! La bomba continuaba con sus ruidos y entonces de pronto surgió un hilo de agua, después un pequeño flujo y finalmente, el agua corrió con abundancia… Agua fresca, cristalina. Llenó la botella y bebió ansiosamente, la llenó otra vez y tomó aún más de su contenido refrescante. Enseguida, la llenó de nuevo para el próximo viajante, la llenó hasta arriba, tomó la pequeña nota y añadió otra frase: “Créame que funciona, usted tiene que dar toda el agua, antes de obtenerla nuevamente”.

Hay muchas lecciones que podemos extraer de esta historia. Muchas veces tenemos miedo de iniciar un nuevo proyecto porque demandará una gran inversión de tiempo, recursos, preparación y conocimiento. Muchos se quedan parados satisfaciéndose con los resultados mediocres, cuando podrían lograr grandes victorias. Muchas veces tenemos grandes oportunidades que se nos presentan en la vida y que pueden ayudarnos a ser mejores personas o pueden abrirnos puertas nuevas que nos conducen a un mundo mejor… pero tememos… no confiamos. La vida es un desafío, ¿por qué no nos arriesgamos?, ¿por qué no creemos? El tren pasa algunas veces por nuestra vida cargado de cosas… podemos arriesgarnos y subir… o dejarlo pasar… ¿Y si no vuelve? ¿Y si esa oportunidad que hoy dejamos pasar no se repite?

Basta una cebolla

¿Conocen ustedes la fábula rusa de la cebolla? Cuentan los viejos cronicones ortodoxos que un día se murió una mujer que no había hecho en toda su vida otra cosa que odiar a cuantos la rodeaban. Y que su pobre ángel de la guarda estaba consternado porque los demonios, sin esperar siquiera al juicio final, la habían arrojado a un lago de fuego en el que esperaban todas aquellas almas que estaban como predestinadas al infierno. ¿Cómo salvar a su protegida? ¿Qué argumentos presentar en el juicio que inclinasen la balanza hacia la salvación? El ángel buscaba y rebuscaba en la vida de su protegida y no encontraba nada que llevar a su argumentación. Hasta que, por fin, rebuscando y rebuscando se acordó de que un día había dado una cebolla a un pobre. Y así se lo dijo a Dios, cuando empezaba el juicio. Y Dios le dijo: “Muy bien, busca esa cebolla, dile que se agarre a ella y, si así sale del lago, será salvada.” Voló precipitadamente el ángel, tendió a la mujer la vieja cebolla y ella se agarró a la planta con todas sus fuerzas. Y comenzó a salir a flote. Tiraba el ángel con toda delicadeza, no fuera su rabo a romperse. Y la mujer salía, salía. Pero fue entonces cuando otras almas, que también yacían en el lago, lo vieron. Y se agarraron a la mujer, a sus faldas, a sus piernas y brazos, y todas las almas salían, salían. Pero a esta mujer, que nunca había sabido amar, comenzó a entrarle miedo, pensó que la cebolla no resistiría tanto peso y comenzó a patalear para liberarse de aquella carga inoportuna. Y, en sus esfuerzos, la cebolla se rompió. Y la mujer fue condenada. Sí, basta una cebolla para salvar al mundo entero. Siempre que no la rompamos pataleando para salvarnos nosotros solitos. (José Luis Martín Descalzo, “Razones para vivir”).

El visitante

Ruth miró el sobre de nuevo. No llevaba sello, ni matasellos, sólo su nombre y dirección. Leyó la carta una vez más…

Querida Ruth. Voy a estar en tu barrio el sábado por la tarde y me gustaría pasarme a verte. Te quiere siempre, Jesús Sus manos temblaban mientras dejaba la carta sobre la mesa. “¿Por qué querría el Señor visitarme a mí? No soy nadie especial. No tengo nada que ofrecer”. Con este pensamiento, Ruth recordó los estantes vacíos de la cocina. “¡Oh, Dios Santo, no tengo absolutamente nada que ofrecer. Tengo que ir corriendo a la tienda para comprar algo para la cena”. Cogió el monedero y contó su contenido. Cinco dólares y cuarenta centavos. “Bueno, al menos puedo comprar algo de pan y fiambre”. Se puso la chaqueta y se precipitó hacia la puerta.

Una hogaza de pan francés, media libra de pavo en lonchas, y un cartón de leche… dejaron a Ruth con un total de doce centavos para pasar hasta el lunes. A pesar de ello, se sentía bien mientras volvía a casa, con sus escasas ofrendas envueltas bajo su brazo… “Eh, señora. ¿Puede ayudarnos, señora?” Ruth había estado tan absorta en sus planes sobre la cena que no había percibido las dos figuras acurrucadas en el callejón.

Un hombre y una mujer, ambos vestidos con poco más que harapos. “Mire, señora, yo no tengo trabajo, ¿sabe?, y mi mujer y yo hemos estado viviendo aquí fuera en la calle, y, bien, ahora tenemos frío y estamos hambrientos y, bueno, si pudiera ayudarnos, señora, realmente lo apreciaríamos”. Ruth miró a ambos. Estaban sucios, olían mal y, francamente, estaba segura de que hubieran podido trabajar en algo si realmente lo necesitaran.

“Oiga, me gustaría ayudarles, pero yo misma soy también pobre. Todo lo que tengo son unas pocas lonchas de fiambre y algo de pan, y voy a tener un invitado importante a cenar esta noche y planeaba servirle eso a Él”. “Ya, bueno, OK, señora, lo entiendo. Gracias de todas formas”. El hombre pasó su brazo por los hombros de la mujer y volviéndose se adentraron en el callejón.

Mientras los contemplaba irse, Ruth sintió una punzada familiar en su corazón. “¡Oiga, espere!” La pareja se paró y se dio la vuelta mientras ella corría por el callejón tras de ellos. “Mire, ¿por qué no toma esta comida. Ya encontraré algo más que servir a mi invitado”. Tendió la cesta de la comida al hombre. “Gracias, señora. ¡Muchas gracias!”. “¡Sí, gracias!” era la esposa del hombre y Ruth pudo ahora ver que estaba tiritando. “¿Sabe?, tengo otra chaqueta en casa. Vamos, ¿por qué no coge ésta?” Ruth se desabrochó la chaqueta y la deslizó sobre los hombros de la mujer. Entonces, sonriendo, se giró y caminó de vuelta a la calle… sin chaqueta y sin nada que servir a su invitado. “¡Gracias, señora! ¡Muchas gracias!” Ruth estaba helada cuando llegó a la puerta principal de su casa. Y preocupada también. El Señor venía de visita y ella no tenía nada que ofrecerle. Tanteó en su bolso buscando la llave. Mientras lo hacía, descubrió otro sobre en su buzón. “Qué extraño. El cartero no acostumbra a venir dos veces al día”. Sacó el sobre del buzón y lo abrió…

Querida Ruth. Ha sido tan maravilloso verte de nuevo. Gracias por la estupenda comida. Y gracias también por la preciosa chaqueta. Te quiere siempre, Jesús El aire todavía era frío pero, incluso sin chaqueta, Ruth ya no lo notaba. (Tomado de de www.andaluciaglobal.com/hadaluna)

La carreta vacía

Caminaba con mi padre cuando él se detuvo en una curva y después de un pequeño silencio me preguntó: “Además del cantar de los pájaros, ¿escuchas alguna cosa más?”. Agudicé mis oídos y algunos segundos después le respondí: “Estoy escuchando el ruido de una carreta”. “Eso es -dijo mi padre-. Es una carreta vacía”. Pregunté a mi padre: “¿Cómo sabes que es una carreta vacía, si aún no la vemos?”. Entonces mi padre respondió: “Es muy fácil saber cuándo una carreta está vacía, por causa del ruido. Cuanto más vacía la carreta, mayor es el ruido que hace”. Me convertí en adulto y hasta hoy cuando veo a una persona hablando demasiado, interrumpiendo la conversación de todos, siendo inoportuna o violenta, presumiendo de lo que tiene, sintiéndose prepotente y haciendo de menos a la gente, tengo la impresión de oír la voz de mi padre diciendo: “Cuanto más vacía la carreta, mayor es el ruido que hace”. La humildad hace poco ruidosas nuestras virtudes y permitir a los demás descubrirlas. Y nadie está mas vacío que aquel que está lleno de sí mismo.

Dio su vida por sus amigos

Al final de la Primera Guerra Mundial, un destacamento de soldados ingleses esperaba entrar en un pequeño pueblo cerca del Rhin, cuando repentinamente un soldado salió corriendo de un edificio gritando: “¡Alerta!”. Instantáneamente, una descarga de rifles le dejaron muerto en el suelo. Pero la advertencia salvó a la compañía de una emboscada. El destacamento luchó haciendo retirar al enemigo y pronto se supo la historia del que les había salvado. Era un soldado de la guardia real irlandesa, prisionero de los alemanes quien conociendo los planes del enemigo esperó el momento oportuno y sacrificó su propia vida para salvar la de muchos compatriotas. Reconocidos y conmovidos los ingleses le dieron una buena sepultura, poniendo sobre ella una cruz con este texto: “A otros salvó, a sí mismo no se pudo salvar”.

Estas fueron precisamente las palabras que los judíos lanzaron contra Cristo cuando estaba pendiente de la cruz. No pudo salvar a otros y a sí mismo a la vez, y prefirió sacrificarse él en favor de otros, incluso de aquellos que le crucificaron.

El zapatero

Estaba Dios sentado en su trono y decidió bajar a la tierra en forma de mendigo sucio y harapiento. Llegó entonces el Señor a la casa de un zapatero y tuvieron esta conversacion: – “Mira que soy tan pobre que no tengo ni siquiera otras sandalias, y como ves están rotas e inservibles. ¿Podrías tu reparármelas, por favor?, porque no tengo dinero”. El zapatero le contesto: -“¿Qué acaso no ves mi pobreza? Estoy lleno de deudas y estoy en una situación muy pobre; y aun así quieres que te repare gratis tus sandalias?” -” Te puedo dar lo que quieras si me las arreglas.” El zapatero con mucha desconfianza dijo: -“Me puedes dar tú el millón de monedas de oro que necesito para ser feliz?” -“Te puedo dar 100 millones de monedas de oro. Pero a cambio me debes dar tus piernas …” – “Y de que me sirven los 100 millones si no tengo piernas?” El Señor volvio a decir: -Te puedo dar 500 millones de monedas de oro, si me das tus brazos.” -“Y que puedo yo hacer con 500 millones si no podría ni siquiera comer yo solo? “El Señor habló de nuevo y dijo: – “Te puedo dar 1000 millones si me das tus ojos.” – “Y dime; ¿qué puedo hacer yo con tanto dinero si no podría ver el mundo, ni podría ver a mis hijos y a mi esposa para compartir con ellos?” Dios sonrió y le dijo: -“Ay, hijo mío; cómo dices que eres pobre si te he ofrecido ya 1600 millones de monedas de oro y no los has cambiado por las partes sanas de tu cuerpo? Eres tan rico y no te has dado cuenta! …”.

La confidencia del ángel

Una persona joven fue a visitar a un hombre santo para hablarle de sus afanes, ilusiones, la razón de su existencia y posible vocación. Recibió sus consejos y quedaron para verse más adelante. Cuando volvió por segunda vez, aquel hombre santo había tenido un sueño. Soñó que moría y al llegar al cielo le dicen que pida lo que quiera, que se lo conceden. Sorprendido, dice que tiene una gran curiosidad por conocer al ángel que confortó a Jesús en la agonía del Huerto de Getsemaní. Cuando se lo presentaron, le dice: “¿Qué dijiste a Jesús cuando sudaba sangre al ver todo lo que iba a sufrir por nosotros los hombres? ¿Cómo le consolaste?”. Se interrumpió el hombre y preguntó al joven: “¿De verdad quieres saber lo que me dijo el ángel?”. “¡Pues claro!”. Y el hombre prosiguió: “El ángel le habló a Jesús de ti y de mi, de tu generosidad y de la mía”.

El amor del Padre

Hubo hace años un hombre muy rico el cual compartía la pasión por el coleccionismo de obras de arte con su fiel y joven hijo. Juntos viajaban alrededor del mundo añadiendo a su colección tan solo los mejores tesoros artísticos. Obras maestras de Picasso, Van Gogh, Monet y otros muchos, adornaban las paredes de la hacienda familiar.

El anciano, que se había quedado viudo, veía con satisfacción como su único hijo se convertía en un experimentado coleccionista de arte. El ojo clínico y la aguda mente para los negocios del hijo, hacían que su padre sonriera con orgullo mientras trataban con coleccionistas de arte de todo el mundo.

Estando cercano el invierno, la nación se sumió en una guerra y el joven partió a servir a su país. Tras solo unas pocas semanas, su padre recibió un telegrama. Su adorado hijo había desaparecido en combate. El coleccionista de arte esperó con ansiedad más noticias, temiéndose que nunca más volvería a ver a su hijo. Pocos días más tarde sus temores se confirmaron: el joven había muerto mientras arrastraba a un compañero hasta el puesto médico.

Trastornado y solo, el anciano se enfrentaba a las próximas fiestas navideñas con angustia y tristeza. La alegría de la festividad, la festividad que él y su hijo siempre había esperado con placer, no entraría más en su casa.

En la mañana del día de Navidad, una llamada a la puerta despertó al deprimido anciano. Mientras se dirigía a la puerta, las obras maestras de arte en las paredes únicamente le recordaban que su hijo no iba a volver a casa. Cuando abrió la puerta fue saludado por un soldado con un abultado paquete en la mano. Se presentó a sí mismo diciendo: “Yo era amigo de su hijo. Yo era al que estaba rescatando cuando murió. ¿Puedo pasar un momento? Quiero mostrarle algo.” Al iniciar la conversación, el soldado relató como el hijo del anciano había contado a todo el mundo el amor de su padre por el arte. “Yo soy un artista”, dijo el soldado, “y quiero darle ésto”. Cuando el anciano desenvolvió el paquete, el contenido resultó ser un retrato de su hijo. Aunque difícilmente podía ser considerada la obra de un genio, la pintura representaba al joven con asombroso detalle. Embargado por la emoción, el hombre dió las gracias al soldado, prometiéndole colgar el cuadro sobre la chimenea. Unas pocas horas más tarde, tras la marcha del soldado, el anciano se puso a la tarea. Haciendo honor a su palabra, la pintura fue colocada sobre la chimenea, desplazando cuadros de miles de dólares. Entonces el hombre se sentó en su silla y pasó la Navidad observando el regalo que le habían hecho.

Durante los días y semanas que siguieron, el hombre comprendió que, aunque su hijo ya no estaba con él, seguía vivo en aquellos a los que había rozado. Pronto se enteró de que su hijo había rescatado docenas de soldados heridos antes de que una bala atravesara su bondadoso corazón. Conforme le iban llegando noticias de la nobleza de su hijo, el orgullo paterno y la satisfacción empezaron a aliviar su pena. El cuadro de su hijo se convirtió en su posesión más preciada, eclipsando sobradamente cualquier interés por piezas por las que clamaban los museos del mundo entero. Dijo a sus vecinos que era el mejor regalo que jamás había recibido.

En la primavera siguiente, el anciano enfermó y falleció. El mundo del arte se puso a la expectativa. Con el coleccionista muerto y su único hijo también fallecido, todas aquellos cuadros tendrían que ser vendidos en una subasta. De acuerdo con el testamento del anciano, todas las obras de arte serían subastadas el día de Navidad, el día en que había recibido su mayor regalo.

Pronto llegó el día y coleccionistas de arte de todo el mundo se reunieron para pujar por algunas de las más espectaculares pinturas a nivel mundial. Muchos sueños podían realizarse ese día; podía conseguirse la gloria y muchos podrían afirmar “Yo tengo la mejor colección de todas”.

La subasta empezó con una pintura que no estaba en la lista de ningún museo. Era el cuadro de su hijo. El subastador pidió una puja inicial. La sala permanecía en silencio. “¿Quién abrirá la puja con 100 dólares?, preguntó.

Los minutos pasaban. Nadie hablaba. Desde el fondo de la sala se escuchó: ¿A quien le importa ese cuadro? Sólo es un retrato de su hijo. Olvidémoslo y pasemos a lo bueno”. Más voces se alzaron asintiendo.

“No, primero tenemos que vender éste”, replicó el subastador. “Ahora, ¿quién se lse queda con el hijo?”. Finalmente, un amigo del anciano habló: “¿Cogería usted diez dólares por el cuadro? Es todo lo que tengo. Conocía al muchacho, así que me gustaría tenerlo”.

“Tengo diez dólares. ¿Alguien da más?” anunció el subastador. Tras otro silencio, el subastador dijo: “Diez a la una, diez a las dos. Vendido”. El martillo descendió sobre la tarima.

Los aplausos llenaron la sala y alguien exclamó: “¡Ahora podemos empezar y pujar por estos tesoros!” El subastador miró a la audiencia y anunció que la subasta había terminado. Una aturdida incredulidad inmovilizó la sala. Alguien alzó la voz para preguntar: “¿Qué significa que ha terminado? No hemos venido aquí por un retrato del hijo del viejo. ¿Qué hay de estos cuadros? ¡Aquí hay obras de arte por valor de millones de dólares! ¡Exijo una explicación de lo que está sucediendo!”. El subastador replicó: “Es muy sencillo. De acuerdo con el testamento del padre, el que se queda con el hijo… se queda con todo”.

Viéndolo desde otra perspectiva, como aquellos coleccionistas de arte descubrieron en el día de Navidad, el mensaje es aún el mismo: El amor de un Padre, cuya mayor alegría vino de su Hijo que se le dejó para dar su vida rescatando a otros. Y a causa de ese amor paterno, el que se queda con el Hijo lo obtiene todo. (Autor desconocido, tomado de de www.andaluciaglobal.com/hadaluna)

Empieza por ti mismo

De joven yo era un revolucionario y mi oración consistía en decir a Dios: “Señor, dame fuerzas para cambiar el mundo”. A medida que fui haciéndome adulto y caí en la cuenta de que me había pasado media vida sin haber logrado cambiar a una sola alma, transforme mi oración y comencé a decir: “Señor, dame la gracia de transformar a cuantos entran en contacto conmigo. Aunque sólo sea a mi familia y a mis amigos. Con eso me doy por satisfecho”. Ahora, que soy un viejo y tengo los días contados, he empezado a comprender lo estúpido que yo he sido. Mi oración es la siguiente: “Señor, dame la gracia de cambiarme a mí mismo”. Si yo hubiera orado de este modo desde el principio, quizá no habría malgastado mi vida.

El árbol de las manzanas

Hace mucho tiempo existía un enorme árbol de manzanas. Un pequeño niño lo apreciaba mucho y todos los días jugaba a su alrededor. Trepaba por el árbol, y le daba sombra. El niño amaba al árbol y el árbol amaba al niño. Pasó el tiempo y el pequeño niño creció y el nunca más volvió a jugar alrededor del enorme árbol. Un día el muchacho regresó al árbol y escuchó que el árbol le dijo triste: “¿Vienes a jugar conmigo?”. Pero el muchacho contestó: “Ya no soy el niño de antes que jugaba alrededor de enormes árboles. Lo que ahora quiero son juguetes y necesito dinero para comprarlos”. “Lo siento, dijo el árbol, pero no tengo dinero… pero puedes tomar todas mis manzanas y venderlas. Así obtendrás el dinero para tus juguetes”. El muchacho se sintió muy feliz. Tomó todas las manzanas y obtuvo el dinero y el árbol volvió a ser feliz. Pero el muchacho nunca volvió después de obtener el dinero y el árbol volvió a estar triste. Tiempo después, el muchacho regresó y el árbol se puso feliz y le preguntó: “¿Vienes a jugar conmigo?”. “No tengo tiempo para jugar. Debo trabajar para mi familia. Necesito una casa para compartir con mi esposa e hijos. ¿Puedes ayudarme?”. “Lo siento, no tengo una casa, pero… puedes cortar mis ramas y construir tu casa”. El joven cortó todas las ramas del árbol y esto hizo feliz nuevamente al árbol, pero el joven nunca más volvió desde esa vez y el árbol volvió a estar triste y solitario. Cierto día de un cálido verano, el hombre regresó y el árbol estaba encantado. “Vienes a jugar conmigo?”, le preguntó el árbol. El hombre contestó: “Estoy triste y volviéndome viejo. Quiero un bote para navegar y descansar. ¿Puedes darme uno?”. El árbol contestó: “Usa mi tronco para que puedas construir uno y así puedas navegar y ser feliz”. El hombre cortó el tronco y construyó su bote. Luego se fue a navegar por un largo tiempo. Finalmente regresó después de muchos años y el árbol le dijo: “Lo siento mucho, pero ya no tenga nada que darte, ni siquiera manzanas”. El hombre replicó: “No tengo dientes para morder, ni fuerza para escalar… ahora ya estoy viejo. Yo no necesito mucho ahora, solo un lugar para descansar. Estoy tan cansado después de tantos años…”. Entonces el árbol, con lágrimas en sus ojos, le dijo: “Realmente no puedo darte nada… lo único que me queda son mis raíces muertas, pero las viejas raíces de un árbol son el mejor lugar para recostarse y descansar. Ven, siéntate conmigo y descansa”. El hombre se sentó junto al árbol y éste, feliz y contento, sonrió con lágrimas.

Esta puede ser la historia de cada uno de nosotros. El árbol son nuestros padres. Cuando somos niños, los amamos y jugamos con papá y mamá… Cuando crecemos los dejamos… Sólo regresamos a ellos cuando los necesitamos o estamos en problemas… No importa lo que sea, ellos siempre están allí para darnos todo lo que puedan y hacernos felices. Parece que el muchacho es cruel contra el árbol… pero es así como nosotros tratamos a veces a nuestros padres. Valoremos a nuestros padres mientras los tengamos a nuestro lado.

Escogiendo mi cruz

Cuentan que un hombre un día le dijo a Jesús: – “Señor: ya estoy cansado de llevar la misma cruz en su hombro, es muy pesada muy grande para mi estatura”. Jesús amablemente le dijo: – “Si crees que es mucho para ti, entra en ese cuarto y elige la cruz que más se adapte a ti”. El hombre entró y vio una cruz pequeña, pero muy pesada que se le encajaba en el hombro y le lastimaba; buscó otra pero era muy grande y muy liviana y le hacía estorbo; tomó otra pero era de un material que raspaba; buscó otra, y otra, y otra…. hasta que llegó a una que sintió que se adaptaba a él. Salió muy contento y dijo: – “Señor, he encontrado la que más se adapta a mi, muchas gracias por el cambio que me permitiste”. Jesús le mira sonriendo y le dice: – “No tienes nada que agradecer, has tomado exactamente la misma cruz que traías, tu nombre está inscrito en ella. Mi Padre no permite más de lo que no puedas soportar porque te ama y tiene un plan perfecto para tu vida”. Muchas veces nos quejamos por las dificultades que hay en nuestra vida y hasta cuestionamos la voluntad de Dios, pero Él permite lo que nos suceda porque es para nuestro bien y algo nos enseña a través de eso. Dios no nos da nada más grande de lo que no podamos soportar, y recordemos que después de la tormenta viene la calma y un día esplendoroso en el que vemos la Gloria de Dios.

El día que Jesús guardó silencio

Aún no llego a comprender cómo ocurrió, si fue real o un sueño. Sólo recuerdo que ya era tarde y estaba en mi sofá preferido con un buen libro en la mano. El cansancio me fue venciendo y empecé a cabecear… En algún lugar entre la semiinconsciencia y los sueños, me encontré en aquel inmenso salón, no tenía nada en especial salvo una pared llena de tarjeteros, como los que tienen las grandes bibliotecas. Los ficheros iban del suelo al techo y parecían interminables en ambas direcciones. Tenían diferentes rótulos. Al acercarme, me llamó la atención un cajón titulado: “Muchachas que me han gustado”. Lo abrí descuidadamente y empecé a pasar las fichas. Tuve que detenerme por la impresión, había reconocido el nombre de cada una de ellas: ¡se trataba de las chicas que a mí me habían gustado! Sin que nadie me lo dijera, empecé a sospechar dónde me encontraba. Este inmenso salón, con sus interminables ficheros, era un crudo catálogo de toda mi existencia. Estaban escritas las acciones de cada momento de mi vida, pequeños y grandes detalles, momentos que mi memoria había ya olvidado. Un sentimiento de expectación y curiosidad, acompañado de intriga, empezó a recorrerme mientras abría los ficheros al azar para explorar su contenido. Algunos me trajeron alegría y momentos dulces; otros, por el contrario, un sentimiento de vergüenza y culpa tan intensos que tuve que volverme para ver si alguien me observaba. El archivo “Amigos” estaba al lado de “Amigos que racioné” y “Amigos que abandoné cuando más me necesitaban”. Los títulos iban de lo mundano a lo ridículo. “Libros que he leído”, “Mentiras que he dicho”, “Consuelo que he dado”, “Chistes que conté”, otros títulos eran: “Asuntos por los que he peleado con mis hermanos”, “Cosas hechas cuando estaba molesto”, “Murmuraciones cuando mamá me reprendía de niño”, “Videos que he visto”… No dejaba de sorprenderme de los títulos. En algunos ficheros había muchas más tarjetas de las que esperaba y otras veces menos de lo que yo pensaba. Estaba atónito del volumen de información de mi vida que había acumulado. ¿Sería posible que hubiera tenido el tiempo de escribir cada una de esas millones de tarjetas? Pero cada tarjeta confirmaba la verdad. Cada una escrita con mi letra, cada una llevaba mi firma. Cuando vi el archivo “Canciones que he escuchado” quedé atónito al descubrir que tenía más de tres cuadras de profundidad y, ni aun así, vi su fin. Me sentí avergonzado, no por la calidad de la música, sino por la gran cantidad de tiempo que demostraba haber perdido. Cuando llegué al archivo: “Pensamientos lujuriosos” un escalofrío recorrió mi cuerpo. Solo abrí el cajón unos centímetros.. Me avergonzaría conocer su tamaño. Saqué una ficha al azar y me conmoví por su contenido. Me sentí asqueado al constatar que “ese” momento, escondido en la oscuridad, había quedado registrado… No necesitaba ver más… Un instinto animal afloró en mí. Un pensamiento dominaba mi mente: Nadie debe de ver estas tarjetas jamás. Nadie debe entrar jamás a este salón… ¡Tengo que destruirlo! En un frenesí insano arranqué un cajón, tenía que vaciar y quemar su contenido. Pero descubrí que no podía siquiera desglosar una sola del cajón. Me desesperé y trate de tirar con más fuerza, sólo para descubrir que eran más duras que el acero cuando intentaba arrancarlas. Vencido y completamente indefenso, devolví el cajón a su lugar. Apoyando mi cabeza al interminable archivo, testigo invencible de mis miserias, y empecé a llorar. En eso, el título de un cajón pareció aliviar en algo mi situación: “Personas a las que les he compartido el Evangelio”. La manija brillaba, al abrirlo encontré menos de 10 tarjetas. Las lágrimas volvieron a brotar de mis ojos. Lloraba tan profundo que no podía respirar. Caí de rodillas al suelo llorando amargamente de vergüenza. Un nuevo pensamiento cruzaba mi mente: nadie deberá entrar a este salón, necesito encontrar la llave y cerrarlo para siempre. Y mientras me limpiaba las lágrimas, lo vi. ¡Oh no!, ¡por favor no!, ¡Él no!, ¡cualquiera menos Jesús!. Impotente vi como Jesús abría los cajones y leía cada una de mis fichas. No soportaría ver su reacción. En ese momento no deseaba encontrarme con su mirada. Intuitivamente Jesús se acercó a los peores archivos. ¿Por qué tiene que leerlos todos? Con tristeza en sus ojos, buscó mi mirada y yo bajé la cabeza de vergüenza, me llevé las manos al rostro y empecé a llorar de nuevo. Él se acercó, puso sus manos en mis hombros. Pudo haber dicho muchas cosas. Pero Él no dijo ni una sola palabra. Allí estaba junto a mí, en silencio. Era el día en que Jesús guardó silencio… y lloró conmigo. Volvió a los archivadores y, desde un lado del salón, empezó a abrirlos, uno por uno, y en cada tarjeta firmaba Su nombre sobre el mío. ¡No!, le grité corriendo hacia Él. Lo único que atiné a decir fue sólo ¡no!, ¡no!, ¡no! cuando le arrebaté la ficha de su mano. Su nombre no tenía por que estar en esas fichas. No eran sus culpas, ¡eran las mías! Pero allí estaban, escritas en un rojo vivo. Su nombre cubrió el mío, escrito con su propia sangre. Tomó la ficha de mi mano, me miró con una sonrisa triste y siguió firmando las tarjetas. No entiendo cómo lo hizo tan rápido. Al siguiente instante lo vi cerrar el último archivo y venir a mi lado. Me miró con ternura a los ojos y me dijo: – Todo esta Consumado, está terminado, yo he cargado con tu vergüenza y culpa. En eso salimos juntos del Salón… Salón que aún permanece abierto…. Porque todavía faltan más tarjetas que escribir… Aún no sé si fue un sueño, una visión, o una realidad… Pero, de lo que sí estoy convencido, es que la próxima vez que Jesús vuelva a ese salón, encontrará más fichas de que alegrarse, menos tiempo perdido y menos fichas vanas y vergonzosas.

¿Existe Dios?

Un hombre fue a una barbería a cortarse el cabello y recortarse la barba, como es costumbre. En estos casos entabló una amena conversación con la persona que le atendía. Hablaban de tantas cosas y tocaron muchos temas. De pronto, tocaron el tema de Dios. El barbero dijo: -Fíjese caballero que yo no creo que Dios exista, como usted dice. -Pero, ¿por qué dice usted eso?- preguntó el cliente. -Pues es muy fácil, basta con salir a la calle para darse cuenta de que Dios no existe. O… dígame, acaso si Dios existiera, ¿Habría tantos enfermos? ¿Habría niños abandonados? Si Dios existiera no habría sufrimiento ni tanto dolor para la humanidad. Yo no puedo pensar que exista un Dios que permita todas estas cosas… El cliente se quedó pensando un momento, pero no quiso responder para evitar una discusión. El barbero terminó su trabajo y el cliente salió del negocio. Recién abandonada la barbería, vio en la calle a un hombre con la barba y el cabello largo; al parecer hacía mucho tiempo que no se lo cortaba y se veía muy desarreglado. Entonces entró de nuevo en la barbería y le dijo al barbero: -¿Sabe una cosa? Los barberos no existen. -¿Cómo que no existen…? -preguntó el barbero- …si aquí estoy yo y soy barbero. -¡No! -dijo el cliente- no existen, porque si existieran no habría personas con el pelo y la barba tan larga como la de este hombre que va por la calle. -Ah, los barberos sí existen, lo que pasa es que esas personas no vienen aquí. -¡Exacto! -dijo el cliente- Ese es el punto. Dios sí existe, lo que pasa es que las personas no van hacia Él y no le buscan, por eso hay tanto dolor y miseria…