Saber mirar a nuestro alrededor

El drama de un desencantado que se arrojó a la calle desde el décimo piso, y a medida que caía iban viendo a través de las ventanas la intimidad de sus vecinos, las pequeñas tragedias domésticas, los amores furtivos, los breves instantes de felicidad, cuyas noticias no habían llegado nunca hasta la escalera común, de modo que en le instante de reventarse contra el pavimento había cambiado por completo su concepción del mundo, y había llegado a la conclusión de que aquella vida que abandonaba para siempre por la puerta falsa valía la pena ser vivida.

Relato de Gabriel García Márquez

Ser un héroe o morir

Rubén González Gallego nació sin extremidades y fue abandonado por sus padres. Le tocó vivir en un orfanato soviético. Casi nada. Cuando te compadezcas de tu suerte piensa en que otros muchos, como él, no han tenido la suerte que tú has tenido.

Soy apenas un pequeñín. Noche. Invierno. Necesito ir al baño. Es inútil llamar a la cuidadora.

La única solución es arrastrarme hasta los lavabos. Lo primero es salir de la cama. Es posible; a mi solito se me ha ocurrido el modo de hacerlo. Me arrastro hasta el borde de la cama, me doy la vuelta hasta quedar apoyado sobre la espalda; me dejo caer. El golpe contra el suelo. El dolor.

Me arrastro hasta la puerta del pasillo, la empujo con la cabeza y salgo de la habitación, relativamente tibia, al frío, a la oscuridad.

Por la noche, dejan abiertas las ventanas del pasillo. Hace frío, mucho frío. Estoy desnudo.

El trayecto es largo. Cuando paso por delante de la habitación donde duermen las niñeras, en voz alta pido ayuda y con la cabeza doy golpes contra la puerta. Nadie responde. Grito. Silencio. Acaso mis gritos no tienen fuerza suficiente para despertarlas.

Cuando llego al baño estoy totalmente helado.

En el baño las ventanas están abiertas. En el borde de la ventana hay nieve.

Llego hasta el orinal. Descanso. Necesito descansar antes de emprender el camino de vuelta. Mientras lo hago, la orina empieza a helarse por los bordes.

Me arrastro de vuelta. Llego a mi habitación. Con los dientes, tiro sobre mí la manta de la cama, me envuelvo en ella como puedo y trato de dormir.

Soy un héroe. Ser un héroe es fácil: si no tienes brazos ni piernas, eres un héroe o estás muerto. Si no tienes padres, confía en tus brazos y en tus piernas. Y hazte un héroe. Pero si no tienes extremidades y además te ha caído en suerte nacer huérfano, ¡no hay duda!: estás condenado a ser un héroe hasta el final de tus días. O a palmaría. Yo soy un héroe. Simplemente no me queda otro remedio.

Tomado de “Nueva Revista”, marzo-abril 2002.

Torpes y agonizantes

La ballena azul está desapareciendo por culpa del ser humano, pero el hecho de verse sometida a su brutal depredación no impide que las formas naturales de exterminio se sigan produciendo. Las orcas, unos cetáceos carnívoros, que cazan como los lobos, en manada, atacan también a las ballenas y lo hacen con una crueldad que convierte a cualquier arpón en un arma de la misericordia. Las orcas localizan una ballena solitaria, la rodean y acompasan su nadar al suyo, incluso salen a tomar aire a la vez que su majestuosa víctima. Navegan a ambos lados y van arrancando de ella a dentelladas enormes trozos de carne. La ballena no puede hacer otra cosa sino seguir nadando, incapaz de huir de la jauría asesina. El mar se va tiñendo de rojo, mientras la manada de orcas sigue mordiendo con furor, en un terrible festín sobre un ser vivo que aún respira. Las manadas de orcas –veinte, treinta– jamás podrán devorar por completo a su presa: pueden saciarse cuando ya han arrancado de ésta cuatro o cinco toneladas de carne. Y la enorme ballena azul sigue nadando, torpe y agonizante. Muchas veces en nuestra vida, por nuestra culpa, por dejarnos cercar por el peligro, acabamos como esas ballenas, pesadas y torpes, a merced de los mordiscos de las tentaciones.

Una entrevista con Dios

-“Pasa” me dijo Dios, -“¿Así que quieres entrevistarme?” -“Bueno, si tiene tiempo…” Se sonríe y me dice: “Mi tiempo se llama eternidad y alcanza para todo; ¿Qué preguntas quieres hacerme?” -“Ninguna nueva ni difícil para usted”. “¿Qué es lo que más te sorprende de los hombres?” Y dijo: “Que se aburren de ser niños, apurados por crecer, y luego suspiran por regresar a ser niños. Que primero pierden la salud para tener dinero y enseguida pierden el dinero para recuperar la salud. Que por pensar ansiosamente en el futuro, descuidan su hora actual, con lo que ni viven el presente ni el futuro. Que viven como si fueran a morirse, y se mueren como si no hubieran vivido, y pensar que yo…” con los ojos llenos de lágrimas y la voz entrecortada deja de hablar. Sus manos toman fuertemente las mías y seguimos en silencio.

Después le dije: -“Como padre, ¿qué es lo que pedirías a tus hijos para este nuevo año?” “Que aprendan que no pueden hacer que alguien los ame; lo que sí pueden es amar y dejarse amar. Que aprendan que toma años construir la confianza, y sólo segundos para destruirla. Que aprendan que lo más valioso no es lo que tienen en sus vidas, sino a quien tienen en sus vidas. Que aprendan que no es bueno compararse con los demás, pues siempre habrá alguien mejor o peor que ellos. Que aprendan que rico no es el que más tiene, sino el que menos necesita. Que aprendan que deben controlar sus actitudes, o sus actitudes los controlarán. Que aprendan que bastan unos pocos segundos para producir heridas profundas en las personas que amamos, y que pueden tardar muchos años en ser sanadas. Que aprendan que a perdonar se aprende perdonando. Que aprendan que hay gente que los quiere mucho, pero que simplemente no sabe cómo demostrarlo. Que aprendan que el dinero lo compra todo, menos la felicidad. Que aprendan que a veces cuando están molestos tienen derecho a estarlo, pero eso no les da derecho a molestar a los que los rodean. Que aprendan que los grandes sueños no requieren de grandes alas, sino de un tren de aterrizaje para lograrlos. Que aprendan que amigos de verdad son escasos y, quien ha encontrado uno, ha encontrado un verdadero tesoro. Que aprendan que no siempre es suficiente ser perdonado por otros, algunas veces deben perdonarse a sí mismos. Que aprendan que son dueños de lo que callan y esclavos de lo que dicen. Que aprendan que de lo que siembran cosechan, si siembran chismes cosecharán intrigas, si siembran amor cosecharán felicidad. Que aprendan que la verdadera felicidad no es obsesionarse con tener más sino ser feliz con lo que pueden tener. Que aprendan que la felicidad no es cuestión de suerte sino producto de sus decisiones. Ellos deciden ser feliz con lo que son y tienen, o morir de envidia y celos por lo que les falta y carecen. Que aprendan que dos personas pueden mirar una misma cosa y ver algo totalmente diferente. Que aprendan que sin importar las consecuencias, aquellos que son honestos consigo mismos llegan lejos en la vida. Que aprendan que a pesar de que piensen que no tienen nada más que dar, cuando un amigo llora con ellos encuentren la fortaleza para vencer sus dolores. Que aprendan que retener a la fuerza a las personas que aman, las aleja más rápidamente de ellos y el dejarlas ir las deja para siempre al lado de ellos. Que aprendan que a pesar de que la palabra amor pueda tener muchos significados distintos, pierde valor cuando es usada en exceso. Que aprendan que la distancia más lejos que pueden estar de Mí es la distancia de una simple oración…”.

Una fortuna sin saberlo

Un día bajó el Señor a la tierra en forma de mendigo y se acercó a casa de un zapatero pobre y le dijo: “Hermano, hace tiempo que no como y me siento muy cansado, aunque no tengo ni una sola moneda quisiera pedirte que me arreglaras mis sandalias para poder seguir caminando”. El zapatero le respondió: “¡Yo soy muy pobre y ya estoy cansado que todo el mundo viene a pedir y nadie viene a dar!”. El Señor le contestó: “Yo puedo darte lo que tu quieras”. El zapatero le pregunto: “¿Dinero inclusive?”. El Señor le respondió: “Yo puedo darte 10 millones de dólares, pero a cambio de tus piernas”. “¿Para qué quiero yo 10 millones de dólares si no voy a poder caminar, bailar, moverme libremente?”, dijo el zapatero. Entonces el Señor replicó: “Está bien, te podría dar 100 millones de dólares, a cambio de tus brazos”. El zapatero le contestó: “¿Para qué quiero yo 100 millones de dólares si no voy a poder comer solo, trabajar, jugar con mis hijos?”. Entonces el Señor le dijo: “En ese caso, yo te puedo dar 1000 millones de dólares a cambio de tus ojos”. El zapatero respondió asustado: “¿Para qué me sirven 1000 millones de dólares si no voy a poder ver el amanecer, ni a mi familia y mis amigos, ni todas las cosas que me rodean?”. Entonces el Señor le dijo: “Ah hermano mío, ya ves qué fortuna tienes y no te das cuenta”.

Una vida en rescate por otras

Hace algunos años, un tren que atravesaba los vastos despoblados de los Estados Unidos, fue el escenario, de un espectáculo terrible. El fogonero del tren había abierto la puerta del horno para echar más carbón. En el mismo instante una columna de aire que entró por la chimenea arrojó una llamarada de fuego en el rostro de aquel hombre, quien loco de dolor abandonó su puesto, no cerrando la puerta como debía, lo que llevó a las llamas a prender fuego en el depósito del carbón. La poderosa máquina marchaba a gran velocidad, y nadie podía ocuparse del control de la misma. Los viajeros que habían montado en aquel tren eran víctimas del miedo y el terror, viendo su trágico fin. De repente José Sieg, el maquinista del tren avanzó entre las llamas hasta llegar a la puerta del horno; con un supremo esfuerzo cerró la puerta que estaba casi incandescente, parando el tren a continuación. Cuando volvió a salir de aquel mar de fuego su cuerpo estaba envuelto en llamas, y sin dilación se precipitó en el depósito del agua, para mitigar su dolor. Lo sacaron al momento, pero el cuerpo de aquel héroe, dio su espíritu, víctima de tan terribles quemaduras. El tren ya había parado, y aquellos setecientos viajeros se habían congregado ante el cadáver de su salvador, mostrando en sus rostros el profundo agradecimiento que sentían hacia aquel que les había salvado la vida. Cristo, puso su vida en rescate de muchos. Es preciso expresarle también nuestro agradecimiento.

La lección de la mariposa

Un día, una pequeña abertura apareció en un capullo. Un hombre se sentó junto a él y observó durante varias horas como la mariposa se esforzaba para que su cuerpo pasase a través de aquel pequeño agujero. Entonces, pareció que ella sola ya no lograba ningún progreso. Parecía que había hecho todo lo que podía, pero no conseguía agrandarlo. Entonces el hombre decidió ayudar a la mariposa: tomó unas tijeras y cortó el resto del capullo.

La mariposa entonces, salió fácilmente. Pero su cuerpo estaba atrofiado, era pequeño y tenía las alas aplastadas. El hombre continuó observándola porque él esperaba que, en cualquier momento, las alas se abrirían, y se agitarían, y serían capaces de soportar el cuerpo, que a su vez se iría fortaleciendo.

Pero nada de eso ocurrió. La realidad es que la mariposa pasó el resto de su vida arrastrándose con un cuerpo deforme y unas alas atrofiadas. Nunca fue capaz de volar. Lo que aquel hombre no comprendió -a pesar de su gentileza y su voluntad de ayudar-, era que ese capullo apretado que observaba aquel día, y el esfuerzo necesario para que la mariposa pasara a través de esa pequeña abertura, era el modo por el cual la naturaleza hacía que la salida de fluidos desde el cuerpo de la mariposa llegara a las alas, de manera que sería capaz de volar una vez que estuviera libre del capullo.

En su afán de ayudar, de evitar un esfuerzo, o un sufrimiento, la había dejado lisiada para toda la vida. Algo parecido sucede a veces en la educación de las personas. Algunas veces, el esfuerzo es justamente lo que más precisamos en algunos momentos de nuestra vida. Si pasamos a través de nuestra vida sin obstáculos, eso probablemente nos dejaría lisiados. No seríamos tan fuertes como podríamos haber sido, y nunca podríamos volar.

Esto puede aplicarse también a la oración. Pedí fuerzas… y Dios me dio dificultades para hacerme fuerte. Pedí sabiduría… y Dios me dio problemas para resolver. Pedí prosperidad… y Dios me dio un cerebro y músculos para trabajar. Pedí coraje… y Dios me dio obstáculos que superar. Pedí amor… y Dios me dio personas para ayudar. Pedí favores… y Dios me dio oportunidades. Quizá incluso no recibí nada de lo que pedí… pero recibí todo lo que precisaba.

La mano cicatrizada

Willian Dixon era un infiel. No creía en la existencia de Dios. Y aún si Dios existiera, no le perdonaría por haberle quitado a su esposa a los dos años de casados. Su niñito también había muerto. Esto le hacía sentirse miserable y desamparado. Diez años después de la muerte de la esposa de Dixon, sucedió un incidente conmovedor en la aldea de Brackenthwaite. La casa de la anciana Peggy Winslow se incendió completamente. Sacaron a la pobre anciana con vida, aunque sofocada por el humo. Los presentes se horrorizaron al oír el grito lastimoso de una criatura. Era el pequeño Dickey Winslow, huérfano y nieto de la anciana Peggy. Las llamas le despertaron y se asomó a la ventana del último piso. La gente estaba muy afligida, porque sabían lo que podía pasarle a la criatura, ya que no había remedio, pues la escalera se había derrumbado. De repente, William Dixon corrió a la casa, subió por un tubo de hierro y tomó al niño tembloroso en sus brazos. Bajó con el con el brazo derecho, sosteniéndose con el izquierdo y puso pie a tierra entre los aplausos de los presentes exactamente al caerse la pared. Dickey no se lastimó, pero la mano de Dixon se sostuvo al descender por el tubo candente y sufrió una quemadura espantosa. Al final sanó pero le dejó una cicatriz que le acompañaría hasta la sepultura. La pobre anciana Peggy nunca se recobró del susto y murió poco después. El problema era qué hacer con Dickey. James Lovatt, persona muy respetable, pidió que le dejaran adoptarle, pues él y su esposa ansiaban un niño, ya que habían perdido el suyo. Para sorpresa de todos, William Dixon hizo una súplica similar. Era difícil decidir entre los dos. Se llamó una junta compuesta por el ministro, el molinero y otros más. El molinero, Sr. Haywood, dijo: “Es halagador que tanto Lovatt como Dixon se ofrezcan adoptar al huerfanito, pero estoy perplejo sobre quién deberá tenerlo. Dixon, que le salvó la vida, tiene más derecho, pero Lovatt tiene esposa y se necesita que a la criatura lo cuide una mujer”. El ministro, Sr. Lipton, dijo: “Un hombre de las ideas ateas de Dixon no puede ser el llamado para cuidar al niño; mientras que Lovatt y su esposa son ambos creyentes y lo educarán como debe ser. Dixon salvó el cuerpo del niño, pero sería muy triste para su futuro bienestar, que el mismo individuo que lo salvó del incendio fuese el que lo guiara a la perdición eterna.” “Oiremos lo que los interesados tienen a su favor -dijo el Sr. Haywood-, y después lo pondremos en votación. El Sr. Lovatt dijo: “Pues, caballeros, hace poco que mi esposa y yo perdimos un pequeño, y sentimos que este niño llenaría el hueco que ha quedado vacío. Haremos lo mejor para criarlo en los caminos de Dios. Además, un niño así necesita el cuidado de una mujer.” “Bien, Sr. Lovatt. Ahora el Sr. Dixon.” “Tengo sólo un argumento, señor, y es éste”, contestó Dixon con calma mientras quitaba la venda de su mano izquierda y alzaba el brazo herido y cicatrizado. Reinó un silencio por algunos momentos en la sala, nublándose los ojos de algunos. Había algo en aquella mano cicatrizada que apelaba al sentido de justicia. Tenía el derecho sobre el muchacho porque había sufrido por él. Cuando vino la votación, la mayoría voto a favor de William Dixon. Así comenzó una nueva era para Dixon Dickey. No echó de menos el cuidado de una madre, porque William era padre y madre para el huerfanito, derramando sobre la criatura que había salvado toda la ternura encerrada sobre su naturaleza. Dickey era un muchacho diestro y pronto respondió a la preparación de su benefactor. Le adoraba con todo el fervor de su corazoncito. Recordaba cómo “papaíto” lo había rescatado del incendio y cómo lo reclamaba por causa de la mano tan terriblemente quemada por su amor. Se conmovía hasta las lágrimas y besaba la mano cicatrizada por su causa. Cierto verano hubo una exhibición de cuadros en el pueblo y Dixon llevó a Dickey a verlos. El muchacho estaba muy interesado en los cuadros e historias que el papaíto le contaba acerca de ellos. La pintura que más le impresionó fue una en la que el Señor reprueba a Tomás, al pie de la cual se leían estas palabras: “Mete tu dedo aquí, y ve mis manos.” (Juan 20,27). Dickey, ya en la casa, recordó las palabras de ese cuadro y dijo: “Por favor, papá, cuéntame la historia de ese cuadro”. “¡No, esa historia no!”. “¿Porqué esa no papá?”. “Porque es una historia que no creo”. “Oh, pero no es nada, urgió Dickey; tú no crees la historia de Jack el matagigantes y sin embargo es una de mis favoritas. Cuéntame la historia del cuadro por favor, papá”. Así pues, Dixon le relató la historia, y a él le gustó mucho: “Es como tú y yo, papá, dijo el muchacho. Cuando los Lovatt querían adoptarme tú les enseñaste la mano. Quizás cuando Tomás vio las cicatrices en las manos del Buen Hombre sintió que le pertenecía.” “Probablemente”, contestó Dixon. “El Buen Hombre se veía tan triste, que creo que se entristeció porque Tomás no creía. Que malo fue, ¿verdad?, después de que el Buen hombre había muerto por él.” Dixon no contestó nada y Dickey continuó: “Hubiera sido yo muy malo si hubiera actuado así, cuando me contaron de ti y del fuego y dijera que no creía que lo hubieras hecho; ¿verdad papá?”. “Basta, no quiero pensar más de esa historia, hijo”. “Pero Tomás amó al Buen Hombre después así como te amo yo a ti. Cuando veo tu pobre mano, te quiero más que nada en este mundo.” Ya cansado, Dickey se durmió. Pero el descanso de su padre no fue bueno, pues no podía dormir pensando en el cuadro que había visto y en aquel semblante triste que le miraba desde la pared. Soñó con Lovatt y consigo mismo cuando discutían por el niño. Cuando enseñó la mano cicatrizada el muchacho le huía. Un sentido amargo de injusticia suavizaba su corazón. No se dejó llevar por esta influencia enseguida, mas su amor por Dickey había suavizado su corazón y la semilla había caído en buena tierra. Dixon era honrado y no dejaba de ver que el argumento que había usado para ganar a Dickey se levantaba en su contra al negar el derecho de aquellas manos cicatrizadas y heridas por él. Y cuando consideró la gratitud ardiente que manifestaba aquella criatura por la salvación que su padre adoptivo le había deparado, Dixon se sintió pequeño al lado del muchacho. Con el tiempo el corazón de Dixon se tornó como el de un niño. Al leer la Biblia, encontró que así como Dickey le pertenecía, él también era de Aquel Salvador, Jesucristo, que había sido herido por sus trasgresiones, y le dio su espíritu, alma y cuerpo por aquellas manos horadadas por él.

La niñita del parque

La niñita estaba sentada en el parque. Todo el mundo pasaba junto a ella y nadie se paraba a ver por que parecía tan triste. Vestida con un raído vestido rosa, con los pies descalzos y sucia, la niña simplemente estaba sentada mirando a la gente pasar. Nunca trataba de hablar, nunca decía una sola palabra. Mucha gente pasaba pero nadie se paraba.

Al día siguiente decidí volver al parque con la curiosidad de ver si la niña seguiría allí. Sí, lo estaba, justo en el mismo sitio que el día anterior, y todavía con la triste mirada en sus ojos. Me obligué a moverme y caminar hacia la pequeña. Como todos sabemos, un parque lleno de gente extraña no es lugar para que una niña pequeña juegue sola.

Mientras me acercaba pude ver que la espalda del vestido de la niña estaba terriblemente deformado. Me imaginé que esa era la razón por la cual la gente tan solo pasaba junto a ella sin hacer ningún esfuerzo por ayudarla. Las deformidades son una profunda desgracia para nuestra sociedad, y el cielo te asista si das un paso para ayudar a alguien que es diferente.

Conforme me acercaba aún más, la niñita bajó ligeramente sus ojos para rehuir mi mirada directa. Mientras me aproximaba, pude ver la deformidad de su espalda con más claridad. Tenía una grotesca joroba. Le sonreí para hacerle saber que todo estaba bien, que estaba allí para ayudar, para hablar. Me senté a su lado e inicié la conversación con un simple Hola.

La pequeña pareció sorprendida, y balbuceó un “hola”, después de mirarme largamente a los ojos. Sonreí y ella sonrió a su vez tímidamente. Hablamos hasta que cayó la oscuridad y el parque se quedó completamente vacío. Le pregunté por qué estaba tan triste. La niñita me miró y con cara triste repuso: “Porque soy diferente”.

Inmediatamente dije: “¡Así es como eres!”, y sonreí. La niñita se entristeció aún más y dijo: “Lo sé”.

“Pequeña” dije, “me recuerdas a un ángel, dulce e inocente”. Me miró y sonrió. Se puso lentamente de pie y dijo: “¿De veras?” “Sí, pareces un pequeño Ángel de la Guarda enviado para velar por toda esta gente que pasa por aquí”.

Movió la cabeza en un gesto de asentimiento y sonrió, mientras extendía sus alas y decía: “Lo soy. Soy tu Ángel de la Guarda”, guiñando un ojo. Me quedé sin habla, convencido de que estaba imaginando cosas. Dijo: “Por una sola vez has pensado en alguien más que en ti mismo. Mi trabajo está hecho”.

Me puse en pie y dije: “Espera. ¿Entonces por qué nadie se paró a ayudar a un ángel?”. Me miró y sonrió: “Tú eres el único que podía verme”, y entonces desapareció. Y con ello mi vida cambió totalmente.

Por eso, cuando pienses que no tienes a nadie mas que a ti mismo, recuerda, tu ángel siempre está velando por ti.