José María Martín Patino, “La religión en la escuela pública”, El País, 31.I.05

Creo que es un error plantear, en términos de estricta confesionalidad, el debate sobre la enseñanza de la religión en la escuela pública. El Estado español es aconfesional, no confesante, y por tanto neutral ante lo religioso. Este carácter del Estado y la naturaleza de la escuela deben situarse en el centro del debate. Ni siquiera la espiritualidad y la vida interior de las personas deben reducirse a la cuestión confesional. El libro verde del MEC, Propuestas para un debate, en el capítulo ‘Los valores y la formación ciudadana’, en el número 10, dedicado a La enseñanza de las religiones, presenta la novedad de ofrecer dos formas de entender esta asignatura. Una general, a la cual deben acceder todos los alumnos y tener carácter común, que debe ayudar a la comprensión de las claves culturales de la sociedad española mediante el conocimiento de la historia de las religiones y de los conflictos ideológicos, políticos y sociales que en torno al hecho religioso se han producido a lo largo de la historia… Otra dimensión de la enseñanza de las religiones se refiere a sus respectivos aspectos confesionales. La obligación que tiene el Estado de ofrecer enseñanza religiosa en las escuelas deriva de los acuerdos suscritos con la Santa Sede y con otras confesiones religiosas.

Quienes promueven la expulsión de la religión de la escuela se equivocan si enfrentan la confesionalidad de la asignatura con el carácter aconfesional del Estado. Tampoco me parece sensato desconfiar a priori de la propuesta del MEC por el simple temor de que esa asignatura general y obligatoria diluya el perfil de la verdadera religión, introduzca una especie de religión light, “convertida en contenidos transversales impartidos sobre todo en determinadas materias humanísticas y sociales”. Esta lectura del libro del MEC es por lo menos parcial. En todo caso, no deja de ser significativo que “laicistas” y “confesionalistas” arguyan con razones de estricta confesionalidad para hacer inviable la propuesta del ministerio. Un debate así, entre confesionalistas y laicistas, entre católicos y creyentes de otras religiones, recuerda más bien las disputas de los huertanos sobre lindes y exégesis de textos legales. En un servicio público básico como el de la educación, que desempeña un papel fundamental en la transmisión del sentido y la socialización de nuestros jóvenes, no deberían caber semejantes planteamientos parciales. Analizaremos primero la licitud y oportunidad de la oferta del MEC en consonancia con el carácter laico (no laicista) del Estado. Y, en una segunda parte, mantendré, en virtud de la naturaleza de la escuela (desarrollo del conocimiento y socialización), la necesidad y oportunidad de una asignatura general de religión obligatoria y evaluable.

1. El carácter laico del Estado aconfesional. El poder constituyente obligó a los poderes públicos a mantener “relaciones de cooperación” con las confesiones religiosas y a garantizar el ejercicio de la libertad religiosa. Una forma obvia de proteger esa libertad consiste en respetar “el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones” (CE, 27,3). Los sujetos de ese derecho son los padres, y no sólo de los católicos, sino también de los evangélicos, de los judíos y de los musulmanes, aunque el Estado no haya firmado con esas confesiones acuerdos especiales sobre la enseñanza. Este derecho es fundamental y anterior a cualquier ley de enseñanza. Nos hemos comprometido a cumplirlo en las diversas declaraciones internacionales de los derechos humanos y vamos a refrendarlo en el próximo referéndum sobre el Tratado para la Constitución Europea (art. II, 14,3). La coherencia axiológica de los centros docentes con los padres de los alumnos es consubstancial con la eficacia pedagógica. La oferta obligatoria de los centros se corresponde con la diversidad opcional de los padres en razón de la misma libertad religiosa. A esta enseñanza de la religión, que se ajusta a los fines y naturaleza de la escuela, han dado en llamarla “confesional”, porque es impartida por representantes de las confesiones, pero no puede confundirse con una catequesis, según las reiteradas declaraciones colectivas del Episcopado español sobre esta materia.

Entiendo que el MEC nos ofrece ahora una asignatura obligatoria y evaluable, cuyos contenidos contribuyen al desarrollo de la persona y pertenecen al núcleo del pensamiento ciudadano, como la historia, la filosofía, la sociología o la geografía. Tampoco me dejo llevar del temor a que esta nueva asignatura obligatoria revele alguna intención del Gobierno de relegar la otra enseñanza optativa, impropiamente llamada “confesional”, a franjas horarias periféricas o extraescolares. El derecho de los padres se refiere a todo el conjunto del proyecto educativo. La teoría de la cognición situada figura entre las tendencias pedagógicas actuales más representativas. Se considera que el aprendizaje es una actividad situada en un contexto que la dota de inteligibilidad. El conocimiento de la doctrina y moral católica, exilado del conjunto del programa educativo, lo alejaría de los otros saberes contextuales y degradaría su razón de ser en el marco de la escuela pública. Me cuesta mucho creer que las Administraciones educativas no sean capaces de solucionar el famoso problema de la “alternativa” a la religión “confesional”. Personalmente intuyo caminos de solución, pero no tengo los datos suficientes ni la competencia para hacer propuestas concretas a las expectativas de los acuerdos, tanto en lo que respecta a la evaluación académica como a las “condiciones equiparables a las demás materias”.

No es sostenible la neutralidad positiva del Estado laico sin ensanchar el horizonte del conocimiento y de la educación intercultural. La laicidad entró en la escuela de la mano de la Ilustración y se traicionaría a sí misma si se opusiera a ensanchar los horizontes del conocimiento, tanto por el campo de las religiones como por el de los movimientos laicistas que pertenecen ya al patrimonio cultural de Occidente. Tampoco en nombre de una religión como la católica puede construirse un argumento contra la asignatura obligatoria de la historia de las religiones o del hecho religioso en sí como fenómeno de hondura antropológica y de valor universal. Resulta extraño que los laicistas y los confesionalistas se unan para privar a la escuela de un conocimiento clave en el núcleo cultural de sociedad española.

2. Finalidad y naturaleza de la escuela. Ya habrá adivinado el lector el déficit cultural y social que padece la escuela española si la seguimos condenando a la ignorancia del mundo religioso. Basta recurrir a la ya clásica distinción de Régis Debray entre “el orden de los hechos” y “el orden de las creencias”. El conocimiento del hecho religioso no se va a convertir en un caballo de Troya, por el que se cuele un confesionalismo enmascarado. Algunos seguirán sosteniendo su escepticismo respecto a la diferencia entre conocimiento científico y catequesis. Y a ellos quiero ahora dirigirme. ¿Cómo separar el examen de los hechos de las interpretaciones que le dan sentido? Los defensores de la libertad de conciencia y de la escuela emancipada conocen bien la identidad del desarrollo del conocimiento. No se puede confundir la información y desarrollo del conocimiento, propios de la escuela, con la catequesis. La epistemología del saber humano discurre por cauces distintos a los de la palabra revelada. Tampoco la clase de religión impartida por representantes de las confesiones religiosas puede confundirse con la catequesis propiamente dicha. Tratará indudablemente de ahondar en el conocimiento de los dogmas y de constitución de la Iglesia, así como de los principios morales deducidos de la revelación. En la enseñanza de la religión nos aproximamos a hechos comprobables y localizables como los de cualquier otra ciencia experimental. Los describimos y los contextualizamos dentro de los hechos sociales y en relación con las otras ciencias, saberes o disciplinas escolares. En la catequesis contemplamos esos hechos como objeto y fundamento del culto religioso. Tratamos de preparar a los alumnos para que tomen parte en la celebración del misterio.

Nadie pone en duda la orfandad que padecen los jóvenes de hoy respecto a las instituciones fundamentales donadoras de sentido: la familia, la escuela y la religión. La desvertebración de la primera, la crisis de calidad de la segunda y la pérdida de confianza en las instituciones religiosas obligan a estos seres humanos entrañables, tan mimados por la familia y tan dramáticamente solos, a debatirse personalmente por la búsqueda de sentido, incluso de manera inconsciente. No es que sientan la necesidad de meditaciones metafísicas; viven el desasosiego como fruto de los acontecimientos cada vez más plurales y distintos que les asaltan a cada paso en su vida diaria. Las instituciones religiosas no pueden ostentar el monopolio de la donación de sentido, pero su colaboración es imprescindible. También las diversas visiones del mundo, así como el conocimiento de la filosofía, de la literatura y de las artes plásticas, llevan ya tres milenios tratando de señalar los puntos cardinales del sentido de la vida humana. El vigor y el reclamo de estas evidencias no han logrado impedir a lo largo de toda la historia que los hombres del pasado, los de hoy y probablemente los del futuro vivan y se maten entre ellos por los símbolos y en nombre de los símbolos. ¿Cómo reconstruir la aventura irreversible de nuestra cultura sin tener en cuenta el surco trazado por las religiones? Expulsar el hecho religioso fuera del recinto escolar ahondará nuestras patologías sociales en vez de curarlas. El mercado de la credulidad, del esoterismo y de la irracionalidad contaminarán, como la peste, el aire que respiramos. Abstenerse no es sanar. El pensador de Rodin, que da un puntapié a la Biblia, olvida que este gesto de desprecio no va a hacer desaparecer el Libro Sagrado de las relaciones sociales, ni va a ser olvidado por todos. En tal caso nos expondríamos peligrosamente a todo tipo de interpretaciones fundamentalistas tanto más perniciosas cuanto que provengan de jóvenes ignorantes, que no han recibido la instrucción necesaria para interpretar el Libro Sagrado de referencia.

La tradición cristiana no sólo es una parte integrante de la erudición exigible a un español para que pueda entender el patrimonio artístico religioso. Constituye un yacimiento inapreciable de recursos para la educación de la ciudadanía. Y ésta es la gran cuestión que no pueden dirimir las filias y fobias de los confesionalismos tanto religiosos como laicistas.

AIN, “La libertad religiosa brilla por su ausencia en muchos rincones del planeta”, 9.VII.05

Un informe anual analiza el alcance de la persecución por causa de la fe Continuar leyendo “AIN, “La libertad religiosa brilla por su ausencia en muchos rincones del planeta”, 9.VII.05″

Andrés Ollero, “¿Es o no España un Estado «laico»?”, Zenit, 28.IV.2005

Con ayuda de cinco lustros de jurisprudencia del Tribunal Constitucional, Andrés Ollero –diputado durante más de 17 años y catedrático de Filosofía del Derecho en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid– afronta la problemática suscitada (enseñanza de la religión en la escuela pública, participación de instituciones en ceremonias religiosas, financiación de las confesiones, etc.) en su obra recién publicada «España: ¿un Estado laico?» (Editorial Civitas), y la aborda en esta entrevista concedida a Zenit.
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Fernando Sebastián, “El laicismo de la Navidad”, Véritas, 13.XII.04

El arzobispo de Pamplona, monseñor Fernando Sebastián, se pregunta en su última carta pastoral si es posible una “Navidad laica”, despojada de toda referencia religiosa y señala las “grietas” por las que “se nos mete el laicismo de Navidad”.

El prelado tiene en cuenta no sólo “la presión de quienes quieren eliminar las referencias religiosas de la vida pública y construir una sociedad estrictamente laica, sin tiempos ni lugares para Dios” sino también “la fiebre del consumismo y la debilidad religiosa de muchos cristianos”.

En este sentido, el arzobispo pide “a las familias católicas”, que se planteen “cómo quieren celebrar la Navidad”, si “como cristianos de verdad” o arrastrados por “el modelo laicista y consumista que lo está devorando todo”.

Respecto al propósito de los que quieren “una sociedad en la que todos hablemos, actuemos, vivamos y muramos como si Dios no existiera” niega que esto sea moderno y menos “la condición indispensable para que podamos vivir en paz en una sociedad pluralista”.

“¿Qué pluralismo es éste que nos impide vivir a cada uno según nuestras propias creencias?” pregunta monseñor Sebastián; para él se trata del “pluralismo del rodillo, de la uniformidad, y del silencio preventivo”.

El arzobispo se refiere en este contexto a “los pequeños caciquismos de quienes quieren aplicar estas ideas para ser más progresistas que nadie” por ejemplo en la escuela: “no se cantan villancicos porque hay veinte niños que no son cristianos”.

“Invocar la no confesionalidad del Estado es del todo impertinente. Primero que la aconfesionalidad del Estado significa que el Estado no tiene religión propia, precisamente para poder proteger y fomentar la religión o las religiones que libremente quieran profesar y vivir los ciudadanos”.

“Es obligación del Estado aconfesional respetar y apoyar las manifestaciones religiosas que los ciudadanos quieran tener, sin agravio de nadie, en ejercicio del derecho sagrado de su libertad religiosa”, afirma.

En este sentido, sugiere que “los niños cristianos hagan su fiesta cristiana en la escuela, dejando a los no cristianos que vengan si quieren o que se queden en casa” y dejando “que los niños musulmanes celebren su fiesta otro día, ilustrando y entreteniendo a sus compañeros cristianos”.

Por otra parte, monseñor Sebastián, dice que “el laicismo de la Navidad” se mete en los propios cristianos cuando prevalece “la fiebre del consumismo y la debilidad de la fe religiosa”.

“Las fiestas de Navidad se van en regalos, cenas, viajes y comilonas. Se juntan las familias, cosa que está muy bien, se juntan los amigos, santo y bueno también, se lo pasan muy bien, pero no van a Misa, ni rezan, ni dan gracias a Dios, ni hay un gesto o una sola palabra que invite a vivir religiosamente la Navidad”.

El contexto de libertad religiosa que favorece la sociedad democrática, debe servir -según el prelado- para “vivir la Navidad correctamente”, dedicando “un tiempo para dar gracias a Dios por habernos enviado a su Hijo Jesucristo, nacido de María Virgen, como Salvador nuestro y Salvador de todos los hombres”.

La celebración religiosa de la Navidad implica la preparación durante “los cuatro domingos de Adviento, con sus lecturas, sus cantos, sus símbolos propios, que van poniendo poco a poco nuestro espíritu en sintonía con la Navidad”.

“El día de la fiesta hay que ir a Misa, y si se puede ir a la Misa del Gallo, mejor. Conviene montar en casa un Belén, pequeño o grande. Mucho mejor que la figura de “Papá Noël” o el árbol de Navidad. Una cosa no quita la otra, pero en una casa cristiana no debería faltar el Nacimiento, grande o pequeño”.

Las familias católicas deberían en la “cena de Nochebuena o en la comida de Navidad, rezar un poco, dando gracias a Dios por el misterio de la Encarnación de su Hijo que viene a salvarnos, hay que tener un recuerdo para María y José, cantando villancicos y repartiendo los regalos que queramos”.

El arzobispo dice que la “Navidad es una fiesta digna de ser bien celebrada”, y afirma que “no es hora de diluir nuestro cristianismo, sino de afirmarlo y vivirlo con tranquilidad y alegría, dando gracias a Dios por lo mucho que nos ha dado y ofreciéndoselo a los demás por si quieren asomarse a conocer la fuente de nuestra alegría”.

“Esto es lo moderno, conservar nuestra fe, conocerla y vivirla mejor, y ser capaces de dar testimonio de ella con tranquilidad y espontaneidad, sin molestar a nadie, ni tener miedo de nada ni de nadie”, concluye.

Fernando Sebastián, “Iglesia en democracia”, Alfa y Omega nº 421, 21.X.04

Con frecuencia, los católicos tenemos que oír que no estamos acomodados a la vida democrática. Esta acusación puede producir inseguridad y malestar en algunos de nosotros. Vale la pena que nos preguntemos seriamente si la fe cristiana dificulta realmente el desarrollo de una cultura democrática…

Si esto fuera así, sería difícil de explicar que la democracia haya nacido precisamente en el seno de los países de cultura cristiana. Sin exageración, podemos decir que los principios que rigen la vida democrática han nacido del cristianismo. La igualdad y los derechos de las personas, la soberanía de los pueblos, el concepto de autoridad como servicio al bien común y no como simple dominio o imposición, la igualdad de todos ante la ley, todo esto, nace históricamente de la experiencia cristiana y de los valores morales del cristianismo. Incluso cuando semejantes ideas se afirman contra la Iglesia, quienes las defienden son hijos de la tradición y de la cultura cristianas.

No es difícil mostrar la compatibilidad entre la Iglesia y la vida cristiana con la organización democrática del Estado. El Estado democrático se organiza como defensor y protector de las libertades de los ciudadanos. Entre estas libertades o derechos de los ciudadanos están universalmente reconocidas como algo esencial la libertad de conciencia y la libertad religiosa. Ahora bien, la Iglesia, que ha sabido vivir en todas las épocas y situaciones de la Historia, entiende que, en las sociedades modernas y democráticas, puede y debe vivir en el espacio de la libertad religiosa plenamente reconocida, sin privilegios ni discriminaciones de ningna clase. Los ciudadanos son quienes, en virtud de su propia decisión personal, abren el espacio necesario para que la vida religiosa y moral tenga un lugar en la sociedad, y las instituciones civiles puedan legítimamente tratar con las instituciones religiosas, que representan en materia religiosa la voluntad y los derechos civiles de los ciudadanos.

Desde estos principios, en los momentos de transición política, asumimos los españoles la figura de un Estado no confesional. Algo bastante diferente del Estado laico de tradición francesa. El Estado democrático no confesional es aquel que, sin tener ninguna religión como propia, protege positivamente la práctica religiosa de sus ciudadanos como parte del bien común, sin imponer preferencias ni rechazos que no vengan impuestos por las exigencias del bien común o del orden público. Aunque el Estado no sea confesional, la sociedad sí puede serlo, tal como lo decidan libremente los ciudadanos en el legítimo derecho de su libertad en materias religiosas. Ellos son quienes, en el ejercicio de su libertad, dan un determinado tono religioso a la vida social. Dentro del patrimonio cultural y espiritual de una sociedad entran de manera relevante las tradiciones religiosas y las convicciones morales de sus ciudadanos, su propia historia espiritual y religiosa. El Estado sirve y protege la libertad de los ciudadanos y, por tanto, también la vida religiosa que ellos libremente quieran tener y desarrollar. Un Estado no beligerante en materias religiosas no puede imponer ni excluir una determinada confesión en contra de otra, ni tampoco ignorarlas a todas en favor de una pretendida confesión de laicismo. Esto es exactamente lo que dice el artículo 16 de la actual Constitución española.

En el momento de la transición, muchos pensábamos que, con la nueva situación social de la Iglesia, iría desapareciendo el anticlericalismo y las diferencias de sensibilidad religiosa dejarían de ser un problema en la nueva sociedad democrática. Pero parece que no es así. Un movimiento de reacción contra la antigua situación de confesionalidad estatal, en la que no se reconocía plenamente el derecho a la libertad religiosa, sigue dando argumentos a personas e instituciones para considerar a la Iglesia y a los católicos como un peligro para una sociedad verdaderamente democrática.

Lo que algunos consideramos tratamiento justo de la vida religiosa de los ciudadanos en el marco de la sociedad civil, otros lo consideran como confesionalismo remanente. Para remediarlo propugnan la laicización del Estado y pretenden configurar una sociedad laica, sin ninguna referencia religiosa ni moral, sin otra norma objetiva que el pleno reconocimiento de una omnímoda y quimérica libertad que termina siendo un auténtico nihilismo moral. Ante semejante propósito surgen inevitablemente muchas preguntas. Si el Estado está al servicio de una sociedad concreta, ¿no deben los gobernantes tener en cuenta y favorecer las decisiones y preferencias religiosas y morales de los ciudadanos? ¿Acaso la religión o las religiones libremente profesdas por los ciudadanos no forman parte del patrimonio cultural y espiritual de la sociedad tal como existe en realidad? ¿Acaso los ciudadanos no necesitan una referencia objetiva para encauzar su libertad por los caminos de un progreso auténticamente humano? ¿Es que el legislador no tiene el deber de discernir moralmente lo que verdaderamente favorece el bien común de los ciudadanos? + Fernando Sebastián Aguilar Arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela

Ignacio Sánchez Cámara, “Llamado a la misión”, Congreso Apostolado Seglar, 13.XI.2004

Cristianismo y cultura moderna. Las dificultades para la difusión del mensaje cristiano.

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Fernando Sebastián, “Vocación apostólica de los fieles laicos”, Congreso Apostolado Seglar, 12.XI.2004

En el discurso de apertura del Congreso de Apostolado Seglar, monseñor Fernando Sebastián, arzobispo de Pamplona, ofreció un marco general para encuadrar la acción apostólica de los seglares, y se refirió a este Congreso diciendo que “no se trata de un Congreso para estudiosos sino para apóstoles”.

El prelado destacó la importancia de los seglares como “zona de encuentro entre la sociedad y la Iglesia, como confluencia real de los sagrado y lo secular, de la fe y la cultura, de la Iglesia y el mundo”.

Para monseñor Sebastián, los seglares “son la presencia más cercana y más profunda de la Iglesia en el mundo y por eso mismo agentes principales del anuncio del evangelio en el mundo y de la construcción del Reino de Dios”.

Aunque admitió que los acuerdos entre la jerarquía de la Iglesia y los poderes civiles son “legítimos, convenientes y hasta necesarios”, sostuvo sin embargo que los instrumentos jurídicos serán “apostólicamente eficientes sólo en la medida en que estén respaldados por un número creciente de cristianos laicos, presentes y operantes en el mundo” que los hagan valer. Continuar leyendo “Fernando Sebastián, “Vocación apostólica de los fieles laicos”, Congreso Apostolado Seglar, 12.XI.2004″