William Wilberforce era un estudiante en la Universidad de Cambridge que procedía de una familia acomodada de Yorkshire. Desde muy joven demostró unas brillantes dotes como orador, hasta el punto de que fue nombrado miembro del parlamento británico a los 21 años. Su disoluto estilo de vida cambió completamente cuando, un tiempo después, se convirtió a la fe cristiana y comenzó a interesarse por la reforma social, en particular por la mejora de las condiciones laborales en las fábricas de Gran Bretaña.
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Categoría: 1 Mis escritos
Alfonso Aguiló, “Esperanzas equivocadas”, Hacer Familia nº 194, 1.IV.2010
Kino —el protagonista de “La perla”, de John Steinbeck— es un humilde pescador que vive con su mujer y su hijo pequeño en una mísera cabaña de un pueblo de pescadores. Una canoa heredada de su padre constituye su única fuente de supervivencia. Pasan por múltiples penalidades ocasionadas por su pobreza y por las injusticias de una sociedad llena de desigualdades.
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Alfonso Aguiló, “Un gran poder transformador”, Hacer Familia nº 193, 1.III.2010
«Una vez más, Michel, como impelido por todas sus fuerzas anímicas, se traslada en su imaginación al lado de la mujer amada y estima la deuda que tiene contraída con ella.
»Evelyne le ha moldeado de nuevo, lo ha reformado, ha hecho de él otro hombre. Recuerda lo que era antes de conocerla y lo que ahora es, sólo porque ella ha tenido fe en él, porque le juzgó, en el fondo, más perfecto y mejor de lo que era en realidad.
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Alfonso Aguiló, “La dinámica del rencor”, Hacer Familia nº 192, 1.II.2010
«El odio aparecía, con su aliento ardiente y hediondo, en medio de cualquier conversación, en la boca de la gente, derramándose sobre los demás, como si se hubiera abierto por descuido la puerta de la hirviente caldera del infierno.
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Alfonso Aguiló, “Pensamientos originales”, Hacer Familia nº 191, 1.I.2010
Son bastantes los que apenas leen nada y se consideran muy originales en su pensamiento. Les parece que están poco influidos por lo que dicen los demás y que, por eso, casi todo lo que dicen ellos es producto de su deducción personal. Hacen con rotundidad unas afirmaciones aparentemente propias, pero la realidad es que repiten frases que han cazado al vuelo en el comentario a una noticia, o en una conversación, y esas ideas les han seducido de tal manera que, sin demasiada reflexión, las han incorporado a su equipaje intelectual y las repiten sin apenas análisis crítico.
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Alfonso Aguiló, “La importancia de un momento”, Hacer Familia nº 190, 1.XII.2009
«Entonces, no sé cómo, estallé. El secreto que me había jurado a mí misma llevarme a la tumba subió hasta mis labios. Apenas salió ya estaba arrepentida, quería volver a tragármelo, hubiera hecho cualquier cosa por no haber dicho esas palabras, pero era demasiado tarde…
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Alfonso Aguiló, “Estudiantes brillantes”, Hacer Familia nº 189, 1.XI.2009
«Un día Matt y yo vimos a una pequeña araña que intentaba sacar un insecto tres veces más grande que ella de un hoyo que había en la arena. La arena estaba seca, y cada vez que la araña remontaba la pendiente, los bordes del hoyo cedían y la araña volvía a caer al fondo. Lo intentaba una y otra vez, sin cambiar de ruta ni aflojar el ritmo. Matt me dijo: “La pregunta es la siguiente, Kate: ¿es muy tozuda o tiene tan poca memoria que olvida lo que ha pasado hace dos segundos y siempre cree que lo está intentando por primera vez?”.
»Estuvimos observándola casi media hora y, al final, para gran alivio nuestro, lo consiguió, así que decidimos que no sólo era muy tozuda, sino también muy lista. »
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Alfonso Aguiló, “Sembradores de cizaña”, Hacer Familia nº 188, 1.X.2009
“Astérix y la cizaña” es quizá uno de los mejores álbumes de Astérix el Galo, ese simpático personaje creado por René Goscinny y Albert Uderzo hace ya más de medio siglo. Esta vez, la historia está protagonizada por Detritus, un curioso hombrecillo que tiene la extraña habilidad de lograr que, allá donde está, las personas se enfadan y discuten entre sí. Es un sembrador constante de discordia que, con sus continuas intrigas, viene a turbar la paz que reinaba en el pueblecito galo. Nada más llegar, consigue enemistar a Astérix con Abraracúrcix, y después con Obélix. Luego, organiza otro malentendido para hacer creer a los habitantes de la aldea que Astérix ha revelado el secreto de la poción mágica y ya la tienen los romanos.
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Alfonso Aguiló, “Ignorar la realidad”, Hacer Familia nº 187, 1.IX.2009
«La chica mentía. Cada palabra que pronunciaba era una gran mentira. Y su madre conocía demasiado bien a su hija para no saber que todo lo que estaba diciendo eran puros embustes.
»Pero no intentó llevarle la contraria. Parecía como si quisiera ayudarla a que siguiera mintiendo: “Mejor no saber que saber demasiado”, solía decir. En el fondo, toda su vida había adoptado el sistema que estaba practicando en aquellos momentos. Cualquier cosa antes que provocar escándalos o fomentar malos humores. Lo esencial para ella siempre había consistido en aceptar, en fingir que comprendía: dejar que la incertidumbre o la ofensa de sentirse engañada se aplacara sola y seguir la trayectoria dialéctica que le marcaban los demás.
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Alfonso Aguiló, “Prevenir la propia debilidad”, Hacer Familia nº 185-186, 1.VII.2009
Después de pasar una larga temporada en el palacio de Circe, Ulises emprende definitivamente el camino a Ítaca. La diosa, antes de dejarle partir, le había adelantado algunas de las aventuras que iba a vivir en los días siguientes. La primera de ellas era el encuentro con las sirenas.
Desde su nave, Ulises divisa el peñasco de las sirenas. La isla aparece rodeada de cadáveres cuya carne se pudre al sol sobre la arena. Los muertos son aquellos que han cedido a la seducción del canto. Al pasar por delante de aquel lugar en que los navegantes quedaban embaucados y acababan estrellándose contra los arrecifes, Ulises pide a sus hombres que todos se tapen con cera los oídos, y que a él le aten con cuerdas a un mástil del barco. Les ordena que no le suelten por mucho que luego lo pida: “Amigos, atadme con dolorosas ligaduras para que permanezca firme allí, junto al mástil; que me sujeten bien las amarras, y si os suplico o doy órdenes de que me desatéis, apretadme todavía con más cuerdas”.