Saciar la sed

Cuenta una leyenda oriental que un hombre buscaba en el desierto agua para saciar su sed. Después de mucho caminar, ya muy fatigado, con la boca reseca, el peregrino descubre por fin las aguas de un arroyo. Pero, al arrojarse sobre la corriente, su boca encuentra sólo arena abrasadora. Vuelta a caminar, leguas y leguas; su sed y su cansancio van en aumento. Por fin, ya oye el rumor del agua. Se divisa en la lejanía un río caudaloso, ancho; ya toman sus manos el líquido tan ansiado, pero de nuevo era sólo arena. Más andar aún, con la lengua fuera, como un perro sediento. Hasta que de nuevo se oye rumor de aguas de una fuente. Su chorro cristalino forma un gran charco. Pero sólo la decepción responde a la sed del caminante. Y con renovado afán se lanza al desierto. Atraviesa montes, valles, y sólo halla soledad y aridez. No hay agua, ni rastro… Un día le sorprende un viento de humedad; allá, a lo lejos, parece que el mar inmenso brilla ante sus ojos. El agua es amarga, pero es agua. Al hundir su cabeza ansiosa entre las olas, no hace sino sumergirse en un fango que no está originado por el agua. El peregrino entonces se detiene; se acuerda de su madre, que tanto sufrirá por él cuando sepa de su muerte. Las lágrimas vienen a sus ojos, resbalan y caen en el cuenco de sus manos, y entonces le permiten saciar su sed. Algo parecido nos sucede a todos a veces, después de haber tratado en vano de apagar nuestra ansia en tantas fuentes engañosas, que descubrimos al fin que en las lágrimas de contrición y el arrepentimiento por nuestras errores está el agua que puede remediar nuestra sed.

Se está mal lejos de Dios

Un matrimonio asistía a una audiencia con Juan Pablo II en Roma. Cuando el Papa pasó por delante de ellos, la mujer le dijo en voz alta: “Santo Padre, dígale algo a mi marido, que hace diez años que está alejado de Dios”. Juan Pablo II continuó unos pasos más, pero se detuvo un momento, y se volvió atrás, puso la mano sobre el hombro de aquel hombre y le dijo con voz baja pero profunda: “¡Qué mal se está lejos de Dios!”. Aquel hombre quedó muy impresionado y aquel mismo día se confesó y volvió a la práctica cristiana.

Ser francos

Einstein se encontro con Charlot en una fiesta y le dijo: -Lo que admiro en usted es que su arte es universal, todo el mundo lo comprende. Charlot le respondió: -Lo suyo es mucho más digno de elogio: todo el mundo lo admira y prácticamente nadie lo comprende.

La providencia

En un lugar perdido en las montañas se produjeron unas inundaciones que fueron empantanando de agua todo el pueblo. La Cruz Roja y Protección Civil enviaron lanchas de salvamento. Una de las lanchas se para a la puerta de uno de los caseríos y el aldeano que allí se encuentra les dice: “No, no; id a por otros, que a mí me salvará la Providencia”. Pasa el tiempo, el agua le cubre por encima de la cintura, llega otra lancha, y les dice lo mismo. Tuvo suerte, porque cuando el agua le llegaba al cuello, otra lancha le ofreció su socorro, pero el aldeano insistió que la Providencia le salvaría. No llegó ninguna otra lancha, y el aldeano murió ahogado. Entró en el Cielo entre protestas: “Yo confiando en la Providencia divina… y la Providencia, nada, dejó que me ahogara”. Y escuchó la siguiente respuesta: “¡Cómo que nada! ¡Tres lanchas te hemos enviado!”.

Una pierna deforme

Un niño pequeño entró en una tienda de mascotas con tres monedas en la mano comprar un cachorro de esos que se anunciaban en venta en el escaparate de la tienda. Lo recibió el tendero: “Buenos días. ¿Qué se te ofrece?”. El niño le dijo: “En el escaparate hay un letrero anunciando que venden cachorros y yo quiero comprar uno. ¿Cuánto cuestan?”. “Mira, cuestan quinientos pesos”. “¡Uy! Traigo sólo esto”, y le enseñó las tres monedas. “¿Puedo verlos?”, le preguntó el niño. “Claro que sí”, contestó el tendero con una sonrisa. Entró a verlos y se encontró con una perrita con cinco cachorros. El último cachorro cojeaba. “¿Qué le pasa a ese cachorro?”, preguntó el niño. “Nació con un defecto en las patas traseras. Ese perrito no puede correr, ni saltar”. “Ése es el que quiero”, dijo el niño entusiasmado. “No querrás ese, si no podrá correr contigo. Llévate mejor este otro que está muy bien”, dijo el tendero. “No, yo quiero ése”. “¿Por qué?”, preguntó el tendero. El niño se levantó el pantalón y le mostró su pierna derecha que estaba deforme y maltrecha, y le dijo: “Yo tampoco puedo correr bien, ni saltar, y ese perrito necesita alguien que le comprenda.” El tendero se quedó conmovido y enseguida le dijo: Bueno, pues entonces te lo vendo por las tres monedas que traes”. “No, de ninguna manera. El hecho de haber nacido así no lo hace menos valioso. Yo le pagaré el mismo precio que pide por los demás, hasta el último centavo”. El tendero, aún más conmovido, le dijo: “Ojalá los demás cachorritos tengan un dueño como tú, que los quiera y los comprenda así. Todos merecemos tener alguién que nos comprenda y nos quiera así como somos”.

La silla

La hija de un hombre le pidió al sacerdote que fuera a su casa a hacer una oración para su padre que estaba muy enfermo. Cuando el sacerdote llegó a la habitación del enfermo, encontró a este hombre en su cama con la cabeza alzada por un par de almohadas. Había una silla al lado de su cama, por lo que el sacerdote asumió que el hombre sabía que vendría a verlo. – “Supongo que me estaba esperando”, le dijo. – “No, ¿quién es usted?”, dijo el hombre. – “Soy el sacerdote que su hija llamó para que orase con usted. Cuando vi la silla vacía al lado de su cama supuse que usted sabía que yo iba a venir a verlo”. – “Oh sí, la silla”, dijo el hombre enfermo. “¿Le importa cerrar la puerta?”.

El sacerdote, sorprendido, la cerró. “Nunca le he dicho esto a nadie, pero … toda mi vida la he pasado sin saber cómo orar. Cuando he estado en la iglesia he escuchado siempre al respecto de la oración, que se debe orar y los beneficios que trae, etc., pero siempre esto de las oraciones me entró por un oído y salió por el otro, pues no tengo idea de cómo hacerlo. Por ello hace mucho tiempo abandoné por completo la oración. Esto ha sido así en mí hasta hace unos cuatro años, cuando conversando con mi mejor amigo me dijo: “José, esto de la oración es simplemente tener una conversación con Jesús. Así es como te sugiero que lo hagas … Te sientas en una silla y colocas otra silla vacía enfrente tuyo, luego con fe mira a Jesús sentado delante tuyo. No es algo alocado el hacerlo, pues Él nos dijo ‘Yo estaré siempre con ustedes’. Por lo tanto, le hablas y lo escuchas, de la misma manera como lo estás haciendo conmigo ahora mismo”. José continuó hablando: “Es así que lo hice una vez y me gustó tanto que lo he seguido haciendo unas dos horas diarias desde entonces. Siempre tengo mucho cuidado que no me vaya a ver mi hija, pues diría que son tonterías”. El sacerdote sintió una gran emoción al escuchar esto y le dijo a José que era muy bueno lo que había estado haciendo y que no cesara de hacerlo, luego hizo una oración con él, le extendió una bendición, los santos óleos y se fue a su parroquia.

Dos días después, la hija de José llamó al sacerdote para decirle que su padre había fallecido. El sacerdote le preguntó: “¿Falleció en paz?”. “Sí”, respondió la hija. “Cuando salí de la casa a eso de las dos de la tarde me llamó y fui a verlo a su cama. Me dijo lo mucho que me quería y me dio un beso. Cuando regresé de hacer compras una hora más tarde ya lo encontré muerto. Pero hay algo extraño al respecto de su muerte, pues aparentemente justo antes de morir se acercó a la silla que estaba al lado de su cama y recostó su cabeza en ella, pues así lo encontré. ¿Qué cree usted que pueda significar esto?”. El sacerdote se secó las lágrimas de emoción, se lo explicó, y concluyó: “Ojalá que todos nos pudiésemos ir de esa manera”.

Yo tampoco

Un día le dijo un señor a Teresa de Calcuta: “El trabajo que tú haces, yo no lo haría ni por todo el oro del mundo”. La Madre Teresa de Calcuta le respondió: “Pues yo tampoco”. Después añadió: “Si lo hacemos es porque tomamos fuerza de la adoración a Jesús Sacramentado”.

La última pregunta

Durante mi último curso en la escuela, nuestro profesor nos puso un examen. Leí rapidamente todas las preguntas, hasta que llegué a la ultima, que decía así: ¿Cuál es el nombre de la mujer que limpia la escuela? Seguramente era una broma. Yo había visto muchas veces a la mujer que limpiaba la escuela. Era alta, cabello oscuro, como de cincuenta anos, pero… ¿cómo iba yo a saber su nombre? Entregué mi examen, dejando la última pregunta en blanco. Antes de que terminara la clase, alguien le preguntó al profesor si la última pregunta contaría para la nota del examen. Por supuesto, dijo el profesor. En sus vidas ustedes conoceran muchas personas. Todas son importantes. Todas merecen su atención y cuidado, aunque solo les sonrían y digan: !Hola! Yo nunca olvidé esa lección. Tambien aprendí que su nombre era Dorothy.

Fallecido en vida

Gioacchino Rossini fue uno de los músicos más afamados del siglo XIX. Caminó por un sendero alfombrado de triunfos, animado por un coro de aclamaciones. En España gozó de una inmensa popularidad, y se le consideraba –siendo muy poco posterior a Mozart y contemporáneo de Beethoven– “el mejor músico de todos los tiempos”.

Así como otros talentos del pasado apenas lograron éxito entre sus contemporáneos, Rossini tuvo, por el contrario, fama, popularidad y riqueza desde el principio. Le idolatraron desde la puesta en escena de sus primeras óperas.

A la edad de 37 años, tras el estreno de Guillermo Tell en el año 1829, Rossini entró en una misteriosa y larguísima etapa de inactividad creadora. Tras veinte años de producción abundante y felicísima, se sumió en un período de sorprendente vacío, que sólo rompió en un par de ocasiones –dejando aparte algunas canciones que compuso para deleite de unas reuniones semanales que celebraba en su casa– en los 39 años de vida que transcurrieron hasta su fallecimiento en 1868.

Se produjeron múltiples interpretaciones ante un silencio tan largo en un artista total y absolutamente consagrado. Muchos pensaron que se debía a su temor de quedar a un nivel inferior al de otros talentos musicales que habían surgido como competidores. Ya anciano, reconoció: “Después de Guillermo Tell, un éxito más en mi carrera no añadiría nada a mi renombre; en cambio, un fracaso podría afectarlo. Ni tengo necesidad de más fama, ni deseo de exponerme a perderla”.

Tomado de Perfiles humanos, Juan Antonio Vallejo–Nájera, Ed. Planeta, p. 191.

Lealtad a un hermano

Uno de dos hermanos que combatían en la misma compañía, en Francia, cayó abatido por una bala alemana. El que escapó pidió autorización a su oficial para recobrar a su hermano. “Tal vez esté muerto -dijo el oficial-, y no tiene sentido que arriesgues la vida para rescatar el cadáver”. Pero ante sus súplicas el oficial accedió. Cuando el soldado regresó a las líneas con su hermano sobre los hombros, el herido falleció. “¿Ves? -dijo el oficial- Arriesgaste la vida por nada”. “No -respondió Tom-; hice lo que él esperaba de mí, y obtuve mi recompensa. Cuando me acerqué y lo alcé en brazos, me dijo: ‘Tom, sabía que vendrías, estaba seguro de que vendrías’.”