15. Mañana, mañana

Moneda que está en la mano,
tal vez se deba guardar.
La monedita del alma
se pierde si no se da.

Antonio Machado

Agustín de Tagaste era un joven y brillante orador, dotado de una gran inteligencia y un corazón ardiente. Su adolescencia transcurrió entre diversas escuelas de Madaura, Tagaste y Cartago, de manera un tanto turbulenta. Durante años anduvo sin apenas rumbo moral en su vida, muy influida por amistades poco recomendables: “Mientras me olvidaba de Dios -dice de sí mismo-, por todas partes oía: ¡Bien, bien!”.

“Yo ardía en deseos de hartarme de las más bajas cosas y llegué a envilecerme hasta con los más diversos y turbios amores; me ensucié y me embrutecí por satisfacer mis deseos. Me sentía inquieto y nervioso, solo ansiaba satisfacerme a mí mismo, hervía en deseos de fornicar. (…) ¡Ojalá hubiera habido alguien que me ayudara a salir de mi miseria…!”.

No era feliz: “Sabía que Dios podía curar mi alma, lo sabía. Pero ni quería, ni podía. Tanto más cuanto que la idea que yo tenía de Dios no era algo real y firme, sino un fantasma, un error. Y si me esforzaba por rezar, inmediatamente resbalaba como quien pisa en falso, y caía de nuevo sobre mí. Yo era para mí mismo como una habitación inhabitable, en donde ni podía estar ni podía salir. ¿Dónde podría huir mi corazón que huyese de mi corazón? ¿Cómo huir de mí mismo?”.

Agustín buscaba la verdad en diversas ideologías. Habló con las figuras intelectuales más destacadas para encontrar respuesta a las situaciones culturales y sociales de su época. Pasaba de maestro en maestro, y de ideología en ideología. Pero nada le llenaba el corazón. Leía incesantemente. Triunfó dando clases y conferencias, hasta convertirse en un personaje de moda, y era un pensador influyente al que llamaban de todos los sitios.

Estando en Milán, en el año 384, acudía, sin demasiada buena disposición, a escuchar las homilías de Ambrosio, obispo de la ciudad. Ambrosio era un hombre de una gran talla intelectual, y Agustín estaba interesado en su oratoria, no en su doctrina, pero “al atender para aprender de su elocuencia -explicaba-, aprendía al mismo tiempo lo que de verdadero decía”. Le parecía que aquel hombre explicaba de un modo distinto los pasajes de la Sagrada Escritura que él ridiculizaba en sus clases y que ahora le empezaban a parecer verdaderos.

El 1 de enero del año 385 se estaba preparando para hablar ante toda la Corte del Emperador Valentiniano, instalada por entonces en aquella ciudad. Agustín estaba consiguiendo sus propósitos de triunfar gracias a su elocuencia, pese a ser aún muy joven. Pero notaba que algo en su vida estaba fallando. “Al volver -escribiría más adelante-, y pasar por una de las calles de Milán, me fijé en un pobre mendigo que, despreocupado de todo, reía feliz. Yo, entonces, interiormente, lloré”.

Una cascada de sentimientos se desbordó en el corazón de Agustín. Caminaba, como siempre, rodeado de un grupo de amigos. “Les dije que era nuestra ambición la que nos hacía sufrir y nos torturaba, porque nuestros esfuerzos, como esos deseos de triunfar que me atormentaban, no hacían más que aumentar la pesada carga de nuestra infelicidad”.

“No hago más que trabajar y trabajar para lograr mis objetivos, y cuando los consigo, ¿soy más feliz? No. Tengo que seguir bregando contra todo y contra todos para mantenerme en mi puesto. Mientras tanto, ese tipo vive tan contento sin tener nada… Bueno; no sé si estará contento, no sé si será realmente feliz, pero, desde luego, el que no soy feliz soy yo… No es que me guste su vida, ¡es mi vida la que no me gusta! He conseguido un estatus, una posición económica y cultural… ¿y qué?”. “No compares -le dijeron sus amigos-. Ese tipo se ríe porque habrá bebido. Y tú tienes todos los motivos para estar feliz, porque estás triunfando…”.

Sí, estaba triunfando, pero aquellos éxitos en su cátedra y en sus conferencias, más que alegrarle, le deprimían. “Al menos -se decía- ese mendigo se ha conseguido el vino honradamente pidiendo limosna, y yo… he alcanzado mi estatus a base de traicionarme a mí mismo. Si el mendigo estaba bebido, su borrachera se le pasaría aquella misma noche, pero yo dormiría con la mía, y me despertaría con ella, y me volvería a acostar y a levantar con ella día tras día”.

La crisis se había desencadenado. Pero la lucha no había hecho más que empezar, llena de vacilaciones. “La fe católica me da explicaciones a lo que me pregunto…; sin embargo, ¿por qué no me decido a que me aclaren las demás cosas?”.

En su vida moral seguía haciendo lo que le apetecía. Deseaba salir de aquella situación, pero, a la vez, se sentía incapaz. “Si uno se deja llevar por esas pasiones, al principio se convierten en una costumbre, pero luego en una esclavitud…”.

Era un esclavo de esas pasiones, lo reconocía. Por eso, el tiempo pasaba y Agustín se resistía a cambiar. “Deseaba la vida feliz del creyente, pero a la vez me daba miedo el modo de llegar a ella”. “Pensaba que iba a ser muy desgraciado si renunciaba a las mujeres…”. “¡Qué caminos más tortuosos! Ay de esta alma mía insensata, que esperó, lejos de Dios, conseguir algo mejor. Daba vueltas, se ponía de espaldas, de lado, boca abajo…, pero todo lo encontraba duro e incómodo…”.

Agustín va poco a poco logrando dominar mejor sus pasiones y su soberbia, pero se encuentra con otro poderoso enemigo: “Me daba pereza comenzar a caminar por la estrecha senda”. “Todavía seguía repitiendo como hacía años: mañana; mañana me aparecerá clara la verdad y, entonces, me abrazaré a ella”.

El proceso de su conversión pasó -según contaría él mismo en su libro “Las Confesiones”- por multitud de pequeños detalles. El giro definitivo se produjo un día de agosto del año 386, en que recibió la visita de su amigo Ponticiano. Tuvieron una animada conversación. En un momento dado, Ponticiano le contó la historia de un monje llamado Antonio, y luego, viendo el creciente interés de Agustín, una anécdota suya personal. Le contaba esas cosas con intención de acercarle a Dios, pero probablemente no sospechaba el fuerte influjo que sus palabras producían en Agustín. “Lo que me contaba Ponticiano me ponía a Dios de nuevo frente a mí, y me colocaba a mí mismo enérgicamente ante mis ojos para que advirtiese mi propia maldad y la odiase. Yo ya la conocía, pero hasta entonces quería disimularla, y me olvidaba de su fealdad”. “Me puso cara a cara conmigo mismo para que viese lo horrible que era yo.”

Mientras su amigo hablaba, Agustín pensaba en su alma, que encontraba tan débil, oprimida por el peso de las malas costumbres que le impedían elevarse a la verdad, pese a que ya la veía claramente. “Habían pasado ya muchos años, unos doce aproximadamente, desde que cumplí los diecinueve, desde aquel año en que por leer a Cicerón me vi movido a buscar la sabiduría.”

“Había pedido a Dios la castidad, aunque de este modo: “Dame, Señor, la castidad y la continencia, pero no ahora”, porque temía que Dios me escuchara demasiado pronto y me curara inmediatamente de mi enfermedad de concupiscencia, que yo prefería satisfacer antes que apagar.” “Se redoblaba mi miedo y mi vergüenza a ceder otra vez y no terminaba de romper lo poco que ya quedaba”.

Ponticiano terminó de hablar, explicó el motivo de su visita, y se fue. El combate interior de Agustín se acercaba a su final. Cada vez faltaba menos, pero “podía más en mí lo malo, que ya se había hecho costumbre, que lo bueno, a lo que no estaba acostumbrado.”

Se decía: “¡Venga, ahora, ahora!”. Pero cuando estaba a punto… se detenía en el borde. Era como si los viejos placeres le retuviesen, diciéndole bajito: “¿Cómo? ¿Es que nos dejas? ¿Ya no estaremos contigo, nunca, nunca? ¿Desde ahora ya no podrás hacer eso… ni aquello? ¡Y qué cosas, Dios mío, me sugerían con las palabras “eso” y “aquello”!”. Los placeres seguían insistiéndole: “¿Qué? ¿Es que piensas que vas a poder vivir sin nosotros, tú? ¿Precisamente tú…?”. Miró a su alrededor. Muchos lo habían logrado. “¿Por qué no voy a poder yo -se preguntó- si éste, si aquel, si aquella, han podido?”.

Salió con su amigo Alipio al jardín de la casa. “¡Hasta cuándo -se preguntaba-, hasta cuándo, mañana, mañana! ¿Por qué no hoy? ¿Por qué no ahora mismo y pongo fin a todas mis miserias?”. Mientras decía esto, oyó que un niño gritaba desde una casa vecina: “¡Toma y lee! ¡Toma y lee!”. Pensó que Dios se servía de ese chico para decirle algo. Corrió hacia el libro, y lo abrió al azar por la primera página que encontró. Leyó en silencio: “No andéis más en comilonas y borracheras, ni haciendo cosas impúdicas. Dejad ya las contiendas y peleas. Revestíos de Nuestro Señor Jesucristo, y no busquéis cómo contentar los antojos de la carne y de sus deseos.”

Cerró el libro. Esa era la respuesta. No quiso leer más, ni era necesario. “Como si me hubiera inundado el corazón una fortísima luz, se disipó toda la oscuridad de mis dudas”. Cuando se tranquilizó un poco se lo contó a Alipio, que quiso ver lo que había leído. Se lo enseñó y su amigo se fijó en la frase siguiente del texto de la Escritura, en la que no había reparado. Seguía así: “Recibid al débil en la fe”.

“Después entramos a ver a mi madre, se lo dijimos todo y se llenó de alegría. Le contamos cómo había sucedido, y saltaba de alegría y cantaba y bendecía a Dios, que le había concedido, en lo que se refiere a mí, lo que constantemente pedía desde hacía tantos años, en sus oraciones y con sus lágrimas”.

A los pocos meses, en la Vigilia Pascual, recibieron el bautismo Agustín, su hijo y su amigo. Años después, escribiría: “Tarde te amé, Belleza, tan antigua y tan nueva, ¡tarde te amé! Estabas dentro de mí, y yo te buscaba por fuera… Me lanzaba como una bestia sobre las cosas hermosas que habías creado. Estabas a mi lado, pero yo estaba muy lejos de Ti. Esas cosas… me tenían esclavizado. Me llamabas, me gritabas, y al fin, venciste mi sordera. Brillaste ante mí y me liberaste de mi ceguera… Aspiré tu perfume y te deseé. Te gusté, te comí, te bebí. Me tocaste y me abrasé en tu paz”.

El camino de San Agustín hacia la conversión refleja muy bien la tendencia de todo hombre a retrasar las decisiones que vemos bastante claras con la cabeza pero a las que se opone la resistencia de nuestras malas costumbres o pasiones. Su relato autobiográfico es uno de los mejores testimonios que se han escrito sobre los problemas, angustias y búsquedas que supone la lucha contra esa resistencia interior. Una lucha que acabó en victoria, y que ha dejado a la humanidad la memoria de un personaje tan insigne como San Agustín, un gran pensador y un gran santo, cuyos escritos filosóficos y teológicos constituyen una referencia ineludible en la historia del pensamiento.

Muchas veces, las llamadas de Dios chocan contra ese muro en nuestro interior, que retrasa nuestras respuestas, desvía nuestra mirada y nos hace repetir, como Agustín: ¡mañana!, ¡mañana! Muchas veces ese “mañana” acaba por ahogar en su mismo nacimiento la voz del Señor. De ahí la necesidad de luchar contra el mal de la indolencia, contra esa falta de reacción ante el frío y el calor que circundan a la persona, y que llegan a dejarla en una situación de indiferencia, de letargo inútil que le impide salir de sí misma para emprender acciones arriesgadas, pese a desearlo profundamente.

-Pero las cosas importantes necesitan un tiempo de maduración.

Si nos tomamos tiempo para considerar con calma las cosas en la presencia de Dios, para reflexionar y obrar con madurez y libertad, eso es algo no solo prudente sino lógico y necesario. Pero si nos tomamos ese tiempo para ver si así se diluyen las cosas y se pierde la voz del Señor en el ruido de fondo de nuestra vida, entonces nos estamos engañando, como explicaba San Agustín. Quizá entonces, a ese “mañana, mañana…” haya que encararse pensando si no es nuestro “hoy” precisamente el que nos pide Dios.

Además, todos esos “mañanas” no podemos tenerlos tan seguros. San Luis Gonzaga murió a los veintitrés años, San Estanislao de Kostka a los dieciocho, San Juan Berchmans a los veintidós, Santa Teresa de Lisieux a los veinticuatro, y así muchos más. Dios puede llamar a cualquier edad, pero si nos llama en la juventud, hemos de agradecerlo como una predilección muy especial. Algunos piensan lo contrario, y creen que es mejor dejar pasar esos años, disfrutar de la juventud lejos de responsabilidades y compromisos, pero quienes han descubierto pronto esa llamada saben que no se cambian por nadie.

Además, si se entiende bien lo que supone descubrir la vocación, es decir, conocer el designio de Dios para nuestra vida, lo propio no es la espera, sino la esperanza. Hemos de fomentar la esperanza de ese encuentro con Dios. La espera puede aguardarse durmiendo, la esperanza, caminando. La espera es un sillón; la esperanza, una camino en progreso. La espera, un refugio cómodo; la esperanza cristiana, una virtud aguerrida.

-Pero no se puede meter prisa.

Con el frío, muchas plantas se hielan. Y así pasa con tantas vocaciones que dejan pasar el tiempo sin responder a Dios. Si lo consideramos en el silencio de la oración, quizá encontremos que los tiempos de Dios implican un sentido de urgencia. Si pensamos en tantas personas que aún no conocen a Dios, en todas las que le conocen pero no le aman, y en todas las que le odian, y en las que mueren sin haber oído siquiera hablar de Él, quizá entonces entendamos que puede haber algo de esa urgencia divina.

No es cuestión de meter prisa a nadie, sino de asegurar que con el paso de los días y los meses, y quizá los años, no estemos dejando pasar nuestra hora. Hay que pensar las cosas con calma, pero sin eternizarse en la respuesta.

-Pero nunca puede ser buena la precipitación de una respuesta inmediata.

La preparación y la buena disposición no son inmediatas, sino meditadas y maduradas. Pero la respuesta puede ser inmediata, como lo fue, por ejemplo, la respuesta de la Virgen al anuncio del ángel, en esa entrañable escena de la Anunciación. Nadie calificaría de precipitada a Santa María por contestar con su “Hágase en mí según tu palabra” en unos pocos segundos. Los requerimientos de Dios a veces piden una respuesta rápida.

En el Evangelio se lee también que Nuestro Señor encontró a Simón Pedro y a Andrés echando las redes al mar y les llamó: “Venid conmigo y os haré pescadores de hombres”. “Y ellos, enseguida, dejando las redes, lo siguieron”. Y lo mismo sucedió poco después con Santiago y Juan, “que estaban en la barca con su padre Zebedeo remendando sus redes; y los llamó. Ellos, al instante, dejaron la barca y a su padre, y le siguieron.” El Señor les pidió dejarlo todo, y ellos respondieron con prontitud, sabiendo jugarse todo a una sola carta, la carta del amor de Dios.

Es verdad que la respuesta a la vocación puede requerir tiempo. No puede ser el fruto irreflexivo del impulso de un momento. Por eso, el tiempo en el que se plantea la vocación debe ser tiempo de oración intensa, no de dilación cómoda; tiempo de búsqueda y no de olvido; tiempo para responder, no para demorar la respuesta con un mañana engañoso.

Es verdad que siempre cabe “darle otra vuelta más” a nuestras dudas. Es una dilación que puede nacer de la recta prudencia, pero también de las excusas eternas, o de lo que San Agustín llamaba “sus viejas amigas”. Pedimos tiempo y calma, ¿para decidir o para olvidar? Así lo relataba San Agustín: “Me encontraba en la situación de uno que está en la cama por la mañana. Le dicen: “¡Fuera!, levántate, Agustín”. Yo decía, al contrario: “Sí, más tarde, un poco más todavía”. Al fin, el Señor me dio un buen empujón y salí.”

Agustín fue un apasionado buscador de la verdad. Al final descubrió que solo en Dios se pueden saciar los deseos profundos del corazón humano. Su historia es una interesante referencia para todos aquellos que, sedientos de felicidad, la buscan recorriendo caminos equivocados y se pierden en callejones sin salida.

16. Cambiar los propios planes

Donde haya un árbol que plantar, plántalo tú.
Donde haya un error que enmendar, enmiéndalo tú.
Donde haya un esfuerzo que todos esquivan, hazlo tú.
Sé tú el que aparta la piedra del camino.

Gabriela Mistral

“Quiero deciros algo del cónclave -explicaba Benedicto XVI a un grupo de peregrinos alemanes, poco tiempo después de ser Papa-, sin violar el secreto. Nunca pensé en ser elegido Papa, ni hice nada para que así fuese. Cuando, lentamente, el desarrollo de las votaciones me permitió comprender que, por decirlo así, la ‘guillotina’ caería sobre mí, me quedé desconcertado. Creía que había realizado ya la obra de toda una vida y que podía esperar terminar tranquilamente mis días. Con profunda convicción dije al Señor: ¡no me hagas esto! Tienes personas más jóvenes y mejores, que pueden afrontar esta gran tarea con un entusiasmo y una fuerza totalmente diferentes. Pero me impactó mucho una breve nota que me escribió un hermano del Colegio Cardenalicio. Me recordaba que durante la Misa por Juan Pablo II yo había centrado la homilía en la palabra del Evangelio que el Señor dirigió a Pedro a orillas del lago de Genesaret: ¡Sígueme! Yo había explicado cómo Karol Wojtyla había recibido siempre de nuevo esta llamada del Señor y continuamente había debido renunciar a muchas cosas, limitándose a decir: Sí, te sigo, aunque me lleves a donde no quisiera. Ese hermano cardenal me escribía en su nota: “Si el Señor te dijera ahora ‘sígueme’, acuérdate de lo que predicaste. No lo rechaces. Sé obediente, como describiste al gran Papa, que ha vuelto a la casa del Padre”. Esto me llegó al corazón. Los caminos del Señor no son cómodos, pero tampoco hemos sido creados para la comodidad, sino para cosas grandes, para el bien. Así, al final, no me quedó otra opción que decir que sí. Confío en el Señor, y confío en vosotros, queridos amigos. Como os dije ayer, un cristiano jamás está solo.”

No era esto algo nuevo en la vida de Joseph Ratzinger. Un día de 1977 recibió una visita del nuncio Del Mestri. “Charló conmigo de lo divino y de lo humano y, finalmente, me puso entre las manos una carta que debía leer en casa y pensar sobre ella. La carta contenía mi nombramiento como arzobispo de Munich y Frisinga. Fue para mí una decisión inmensamente difícil. Se me había autorizado a consultar a mi confesor. Hablé con el profesor Auer, que conocía con mucho realismo mis límites tanto teológicos como humanos. Esperaba que él me disuadiese. Pero, con gran sorpresa mía, me dijo sin pensarlo mucho: “Debe aceptar”. Así, después de haber expuesto otra vez mis dudas al Nuncio, escribí, ante su atenta mirada, en el papel de carta del hotel donde se alojaba, la declaración donde expresaba mi consentimiento.”

Joseph Ratzinger había elegido una vida de hombre de estudio, pero Dios le llevaba por otros caminos, pues después de este cambio de planes vino otro, en 1981, cuando fue llamado a Roma por Juan Pablo II para presidir la Congregación para la Doctrina de la Fe. Podía haberse negado, o haberse rebelado contra las tareas que llevaba sobre las espaldas y que le impedían la gran labor que sentía como su vocación más profunda.

-Al menos él tuvo claro qué camino tomar, pues le bastaba con seguir lo que Dios le iba marcando a través de esas peticiones del Papa, primero, o del cónclave, después. Pero los demás quizá no tenemos fácil elegir.

La vocación no se elige, sino que sobre todo se encuentra. Y, después, se acoge o no se acoge, se responde a ella con más o menos generosidad. Es una iniciativa de Dios, no nuestra. Es algo divino, no humano. La vocación de cada hombre forma parte del plan de la Providencia, que se manifiesta en un designio concreto sobre cada vida. Joseph Ratzinger podría haberse quedado encastillado en la idea de que todo eso que le proponían no era su camino, o que no se le había ocurrido a él, o que no respondía a sus deseos de toda su vida. Aquello no le resultaba atractivo, pues él prefería entregarse a su pasión por la tarea docente, a su cátedra de teología. Pero Dios le ha premiado con una cátedra mucho mejor, la cátedra de San Pedro, desde la que ahora desarrolla su pasión por la docencia enseñando a toda la humanidad.

-¿Y dónde entregarse a Dios?

Donde te quiera Dios. El dónde y el cómo son algo que corresponde a cada uno descubrir. Así lo explicaba Juan Pablo II: “Quizá seréis llamados para servir como un marido o una esposa, un padre, una persona soltera, un religioso o un sacerdote. Pero en cualquier caso se trata de una llamada a una conversión personal, una llamada a abrir vuestros corazones al mensaje de Cristo”.

-¿En qué consiste, más en concreto, eso de la conversión personal?

“Convertirse -escribió Benedicto XVI- es poner en tela de juicio el modo propio de vivir y el modo común de vivir; dejar entrar a Dios en los criterios de la propia vida; no juzgar ya simplemente con las opiniones corrientes (…), dejar de vivir como viven todos; dejar de actuar como actúan todos; dejar de sentirse justificados en actos dudosos, ambiguos o malos por el hecho de que los demás hacen lo mismo; comenzar a ver la propia vida con los ojos de Dios; por tanto, tratar de hacer el bien aunque sea incómodo; no estar pendientes de juicio de los demás, sino del juicio de Dios. En otras palabras, buscar un nuevo estilo de vida, una vida nueva.”

-¿Y es fácil equivocarse en esa búsqueda?

Al menos es posible. Por eso hay que discernir cuál es nuestro camino, y tomar una decisión en la presencia de Dios. Todos tenemos que buscar, con la máxima rectitud posible, y para ello quizá tendremos que tantear un poco.

-¿Qué quieres decir con lo de tantear? ¿Crees que es mejor equivocarse que no hacer nada?

Si el miedo a equivocarse es excesivo, paraliza y resulta contraproducente. Es bastante normal que las decisiones importantes de la vida necesiten de un cierto tanteo. Para eso está el noviazgo, por ejemplo. Lo que no podemos es quedarnos sentados esperando a que llegue una certeza absoluta y total.

También los santos más renombrados de la historia de la Iglesia tuvieron que buscar, y algunos se equivocaron al principio. Por ejemplo, Santo Tomás Moro probó en la Cartuja, donde estuvo viviendo cuatro años, hasta que comprendió que no era ese su camino. Pensó después en ser franciscano en el convento de Greenwich, pero tampoco parecía ser el lugar que Dios quería para él. Al final, comprendió que Dios le pedía que buscara la santidad en medio del mundo. No encerrándose en una celda en la cartuja, ni siguiendo el camino franciscano, sino en el matrimonio y en su trabajo como abogado, parlamentario y juez. Llegó a ser Lord Canciller de Inglaterra, y dio un ejemplo de rectitud heroica que siempre servirá de referencia para quienes se dediquen a esas tareas. También hemos visto cómo Santa Juana de Lestonnac estuvo un tiempo en un monasterio cisterciense antes de descubrir con claridad lo que Dios quería de ella. Y San Camilo de Lelis pensó en ser capuchino antes de comprender que su camino era fundar una nueva congregación dedicada a la atención de enfermos. Y así muchos otros.

Entregarse a Dios puede suponer “marcharse” a otro país, como sucede, por ejemplo, a muchos misioneros. Esto lo pide Dios a unos pocos, pero lo que pide a todos es “marcharse” de uno mismo, abandonar la propia comodidad, el egoísmo que paraliza y ciega. Lo decisivo ocurre dentro del alma. No siempre hay un cambio externo. Dios tiene muchos caminos y la Iglesia tiene necesidad de todos. Cada uno debe buscar el suyo.

Hay que estar dispuesto a entregarse a Dios en el camino que Él nos pida. Y esto no es solo para la primera decisión respecto a la vocación, sino una disposición que hay que mantener siempre.

-¿Y cómo aclararme entonces, con qué criterios?

Te respondo con otras palabras de Benedicto XVI, esta vez dirigidas a los jóvenes, en Colonia, en el año 2005: “¿Dónde encuentro los criterios para decidir? ¿De quién puedo fiarme; a quién confiarme? ¿Dónde está aquél que puede darme la respuesta satisfactoria a los anhelos del corazón? Cuando se perfila en el horizonte de la existencia una respuesta como ésta, hay que saber tomar las decisiones necesarias. Es como alguien que se encuentra en una bifurcación: ¿Qué camino tomar? ¿El que sugieren las pasiones o el que indica la estrella que brilla en la conciencia? Queridos jóvenes, la felicidad que buscáis, la felicidad que tenéis derecho a saborear, tiene un nombre, un rostro: el de Jesús de Nazaret. Quien deja entrar a Cristo en la propia vida no pierde nada, absolutamente nada, de lo que hace la vida libre, bella y grande. Solo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Solo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Solo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera.”

-¿Y si entregarme a Dios lo veo como una posibilidad que quizá pueda llegar, pero todavía bastante lejana?

Lo importante es mantener el rumbo hacia Dios, aunque todavía no veamos la orilla. Debemos seguir navegando en la dirección que consideramos más adecuada, con el viento a favor o en contra, es igual.

-¿Y hasta ese momento?

Lo importante es la decisión de darle a Dios lo que nos pida. Cuando se ha hecho eso, muchas veces hay que buscar el camino. Pero no es un tiempo de espera para entregarse, sino de dilucidar cuál es el camino.

Para encontrarlo, tenemos que mantener la mirada al Señor, estar atentos a esas estrellas que nos guían cuando el cielo está claro y aguzamos la vista y procuramos interpretar su posición. Mientras esperamos la luz más clara de la vocación, Dios nos va preparando con intuiciones, más o menos veladas, con impresiones, con incertidumbres y desasosiegos, que quizá sean misteriosos mensajeros de los designios de Dios para nosotros, hasta que un día aparece con más nitidez esa llamada.

Quizá nos ayude considerar la actitud de la Virgen, y dirigirnos a ella en busca de consejo y ayuda, porque comprende todo lo que nos pasa. Como ha escrito Benedicto XVI, “María está ante nosotros como signo de consuelo, de aliento y de esperanza. Se dirige a nosotros, diciendo: “Ten la valentía de ser audaz con Dios. Prueba. No tengas miedo de Él. Ten la valentía de arriesgar con la fe. Ten la valentía de arriesgar con la bondad. Ten la valentía de arriesgar con el corazón puro. Comprométete con Dios; y entonces verás que precisamente así tu vida se ensancha y se ilumina, y no resulta aburrida, sino llena de infinitas sorpresas, porque la bondad infinita de Dios no se agota jamás”.”

17. Perderlo todo

Buscando el bien de nuestros semejantes,
encontramos el nuestro.

Platón

El único superviviente de un naufragio llegó a la playa de una isla deshabitada y perdida en el océano. Durante meses, rezaba fervientemente a Dios pidiendo ser rescatado. Cada día, escudriñaba el horizonte suspirando por vislumbrar un barco que pasara por aquel lugar tan apartado de las rutas habituales, pero pasaba el tiempo y parecía que jamás llegaría nadie.

Cansado, finalmente optó por construir una cabaña de madera con la que protegerse de los rigores del invierno y resguardar también sus escasas y modestas pertenencias. Le costó muchas semanas de trabajo agotador. Un día, a media tarde, después de hacer una ronda por la isla en busca de alimento, encontró a su vuelta la cabaña envuelta en llamas, con el humo ascendiendo hasta el cielo. El rescoldo, que durante tanto tiempo había procurado conservar de modo permanente, había desprendido una chispa y su casa se había incendiado. Lo peor había ocurrido. Lo había perdido todo. Se quedó lleno de tristeza y de rabia. “¡Dios, cómo pudiste hacerme esto a mí! ¿No era suficiente con lo que tenía?”, se lamentó. Quedó dormido, tendido en la playa. A las pocas horas, le despertó el sonido de un barco que se acercaba a la isla. Habían venido a rescatarlo. “¿Como supieron que estaba aquí?”, preguntó el hombre a sus salvadores. “Vimos su señal de humo y acudimos enseguida”, contestaron ellos.

A veces, en nuestra vida, hemos puesto mucho empeño en conseguir algunos logros, probablemente bastante modestos si se miran desde la distancia, y un buen día nos encontramos con que los hemos perdido, o los vamos a perder, y nos parece algo realmente duro. Sin embargo, cuando perdemos todo por entregarlo a Dios, nos sucede como a aquel náufrago, que precisamente al perder todas sus modestas posesiones se encontró con algo mucho más grande.

-Eso es verdad, pero cuando nos planteamos algo serio y nos falta valor para acometerlo, se nos ocurren siempre muchos motivos para esperar.

Sí, en esos casos nos vienen muchos motivos razonables, e incluso ingeniosos, para no lanzarnos. El ingenio siempre acude en ayuda de la pereza, y nos habla de moderación, de sensatez, de realismo, de que no están los tiempos para heroísmos.

C. S. Lewis, en sus “Cartas del diablo a su sobrino”, describe admirablemente esta tentación que lleva al alma a regatear con Dios. “Háblale -aconseja el diablo veterano a su inexperto sobrino- sobre la “moderación en todas las cosas”. Una vez que consigas hacerle pensar que “la religión está muy bien, pero hasta cierto punto”, podrás sentirte satisfecho acerca de su alma. Una religión moderada es tan buena para nosotros como la falta absoluta de religión, y más divertida.”

La vocación no es el camino de los que sopesan y regatean sus obligaciones para con Dios y con los demás. Ni es camino de quienes se imaginan hacer un favor a Dios. Ni de los conformistas o los desilusionados. Ni de los que no se atreven a interrogarse sobre qué es lo que realmente puede hacerles felices. La vocación supone un camino de rebeldía, de aventura, de apostar por un ideal de vida.

-Desde luego, entregárselo todo a Dios solo puede hacerse si se está verdaderamente enamorado de ese ideal.

Es cierto. Muchas personas hacen grandes esfuerzos por escalar una montaña, o por ganar una medalla, o por amor a la ciencia, o por vanidad, por orgullo, por dinero, por afición, por pasión. Pero entregar la vida a Dios y, por Él, a los demás, solo puede hacerse por amor. Por amor hay quien lo deja todo para recorrer las calles de Calcuta ayudando a los pobres más miserables. Por amor hay quien abandona su casa confortable en Europa y vive, sin agua y sin luz, en un barracón de un pueblo olvidado del Tercer Mundo. Por amor hay hombres que cruzan continentes y mares, y por ese mismo amor hay otros hombres que se encierran en la celda de un monasterio. Por ese amor se entregan los años, la salud, el dinero, la juventud, la seguridad del futuro, el trabajo, el descanso, los gustos, todo. Ese amor es más fuerte que los lazos de la sangre, que las raíces de la tierra o que las llamadas del corazón. Ese amor es más fuerte que la vida y que la muerte. Pero todo eso es un camino seguro hacia la felicidad, porque, como escribió San Josemaría Escrivá, “lo que se necesita para conseguir la felicidad, no es una vida cómoda, sino un corazón enamorado”.

-Es un ideal extraordinario, nadie lo duda, pero cuesta decidirse, y por eso es natural replanteárselo una y otra vez.

Es bueno pensarlo bien, pero la solución no puede estar en darle vueltas y más vueltas, en pensarlo y volverlo a repensar indefinidamente, porque en algún momento hay que decidirse. No podemos hacer como Kafka, cuando se planteaba casarse o no, que ponía en columnas separadas las ventajas y los inconvenientes, sin decidirse nunca. Eso no es pensar bien las cosas, sino complicarlas. Porque siempre cabe considerarlo una vez más, la última vez, pero una última vez que luego siempre es la penúltima; y considerar, por una parte, las ventajas de la entrega; y por otra, las dificultades. El resultado de este proceso analítico circular desembocaría, como sucedió al novelista checo, en la angustia de la indecisión.

-Pero dejar pasar bastante tiempo es una forma de asegurarse frente a las influencias.

Según sea cada uno más o menos susceptible de ser influido, necesitará, efectivamente, más o menos tiempo. Desde luego, si una persona es demasiado sensible a las influencias externas, y le hacen perder su independencia interior, es mejor que espere un poco, o mejor, que madure un poco.

Pero lo normal es ser capaz de distinguir. No hay que olvidar que, en realidad, todo nos influye: el carácter, la familia, los amigos, el lugar de estudio o de trabajo, todo. Todo nos influye, pero no todo nos determina. Nuestra vida, como seres en sociedad que somos, es vida llena de influencias, y construimos nuestra personalidad en la medida que decidimos dar mayor o menor entrada a unas influencias o a otras. No existe la libertad “químicamente pura”. Y Dios también se sirve de las buenas influencias -de las que respetan la libertad- para atraernos a Él. Por eso, también es de Dios el sentimiento para mover el alma hacia la entrega.

Por ejemplo, los enamorados son personas muy influidas mutuamente, y nadie diría que han de esperar a que se les pase la influencia del enamoramiento para poder pensar razonablemente en casarse.

Por otra parte, la propia decisión de entregarse, y la perseverancia en ella, denota habitualmente un nivel de madurez, de responsabilidad y de independencia notables, pues la mayor parte de las influencias suelen ir contra la vocación. Por eso, son precisamente los menos influenciables, y los que poseen suficiente capacidad para seguir las propias resoluciones a pesar del ambiente adverso, los que se atreven a pensar en entregarse a Dios.

-También con la vocación da miedo sentirse un poco solo, pues no es algo que esté muy de moda.

Quizá esté más de moda de lo que creemos. Pero, aunque no lo estuviera, es una gran cosa defender lo que no está de moda, tener el valor de ir contracorriente, de saber decir que no cuando todos se apartan, y decir que sí cuando nadie se atreve a dar el primer paso.

A todos nos impone un poco sentirnos solos, pero pasarse la vida mirando de reojo a ambos lados antes de posicionarse, para así nunca salirse de la fila, eso no es una buena forma de vivir. Quien quiera tener ideas propias, o sacar cualquier cosa adelante, ha de asumir que en muchos momentos tendrá que sentirse solo. Es un peso inevitable que todos, de un modo o de otro, hemos de llevar sobre los hombros. Un costalero que no sintiera la carga del paso, que no se cansara, puede estar seguro de que está quitando el hombro, que son los demás quienes llevan el peso.

-¿Y los propios defectos?

María Magdalena era una pecadora antes de entregarse plenamente al amor de Dios. Agustín de Tagaste vivía atrapado por sus amoríos. Camilo de Lelis, antes de convertirse, era un jugador empedernido. Y Tomás Beckett no era un modelo de virtudes cuando el rey Enrique II lo nombró Arzobispo de Canterbury en el año 1162, pensando que con el nombramiento de aquel viejo amigo suyo podría manejarlo a su antojo y, con él, a toda la Iglesia de Inglaterra. Es entonces cuando Tomás descubre su llamada a defender el honor de Dios, una llamada inesperada y, desde luego, no deseada, pero no renunció a aquel compromiso escudándose en su indignidad, sino que aceptó ese querer divino hasta morir mártir en el suelo de su propia catedral.

Todos ellos se hicieron santos pese a que comenzaron teniendo muchos defectos, luego eso no debe retraernos, sea cual sea nuestro pasado o nuestro presente.

-Y si una persona es demasiado enamoradiza, o le gusta demasiado divertirse, o tiene… digamos que… “mucha vida ya recorrida”, ¿sería eso un gran inconveniente para el celibato?

Todo eso puede haber debilitado nuestra alma. Y hace falta una conversión personal verdadera y estable. Pero no tiene por qué ser un mayor inconveniente para el celibato. Quien ha conocido ya mucho mundo y recorrido mucha vida, como tú dices, ya sabe lo que todo eso da de sí, y puede ayudarle a no idealizar demasiado algunas cosas. Tanto en el Evangelio como en las vidas de los santos hay abundantes ejemplos de personas que tuvieron una vida un tanto “desarreglada” antes de encontrarse de lleno con Dios.

18. ¿Perder la libertad?

Si no se vive para los demás,
la vida carece de sentido.

Madre Teresa de Calcuta

El relato del Génesis nos presenta un retrato del hombre que no se fía de Dios. Tentado por las palabras de la serpiente, el hombre abriga la sospecha de que Dios, en definitiva, le quita algo de su vida, que Dios es un competidor que limita su libertad y, con ella, nuestra libertad, porque en Adán estamos representados todos los hombres.

La tentación, de entonces y de siempre, es pensar que Dios supone una dependencia y que el hombre necesita desembarazarse de esa dependencia para ser feliz. El hombre quiere tomar por sí mismo del árbol del conocimiento del bien y del mal, ansía poder dirigir de modo totalmente autónomo su vida, hacerse igual a Dios.

El episodio del Génesis describe la historia de todos los tiempos, la historia de ese modo de pensar, de ese principio corruptor que llamamos pecado original, de esa sospecha de que una persona que no peca es una persona aburrida, una persona a la que le falta algo en su vida. El hombre ansía de modo dramático esa autonomía, ansía experimentar la libertad de bajar a las tinieblas del pecado para disfrutar a fondo de todas sus posibilidades.

“Pero al mirar el mundo que nos rodea -continúa Benedicto XVI-, podemos ver que no es así, es decir, que el mal envenena siempre; que no eleva al hombre, sino que lo envilece y lo humilla; que no lo hace más grande, más atractivo o más rico, sino que lo daña y lo empequeñece. El hombre que se abandona totalmente en las manos de Dios no se convierte en un títere de Dios, en una persona aburrida y conformista; no pierde su libertad.

“Solo el hombre que se pone totalmente en manos de Dios encuentra la verdadera libertad, la amplitud grande y creativa de la libertad del bien. El hombre que se dirige hacia Dios no se hace más pequeño, sino más grande, porque gracias a Dios y junto con Él se hace grande, se hace divino, llega a ser verdaderamente él mismo. El hombre que se pone en manos de Dios no se aleja de los demás, retirándose a su salvación privada; al contrario, solo entonces su corazón se despierta verdaderamente y él se transforma en una persona sensible y, por tanto, benévola y abierta.”

-Pero tendemos a pensar que todo eso nos complica la vida, que Dios se mete en nuestra alma y perturba todo el egoísmo que nos envuelve y que no queremos perder.

Es cierto. No queremos complicarnos la vida. Es quizá la nostalgia de la comodidad perdida. Pensamos quizá en lo tranquilos que vivíamos sin tener esta inquietud en el alma. Y a lo mejor vivíamos efectivamente tranquilos, escuchando, desde la lejanía de una vida cómoda, el Sermón de la Montaña. Nos gustaba ver al Señor hablar allá arriba. Y pensar, perdidos entre la muchedumbre, que sus palabras se dirigían solo a una elite privilegiada de escogidos. Pero el caso es que se dirigen también a ti y a mí. Y su llamada es imperiosa y exigente, porque, como decía Santa Teresa de Ávila, “creer que admite a su amistad a gente regalada y sin trabajos, es disparate”.

Da un poco de miedo, es verdad. Pero, al tiempo, es una liberación. A ello se refería Benedicto XVI en la homilía de inicio de su pontificado. “¿Acaso no tenemos todos de algún modo miedo de que, si dejamos entrar a Cristo totalmente dentro de nosotros, si nos abrimos totalmente a Él, pueda quitarnos algo de nuestra vida? ¿Acaso no tenemos miedo de renunciar a algo grande, único, que hace la vida más bella? ¿No corremos el riesgo de encontrarnos luego en la angustia y vernos privados de la libertad? Y el Papa quiere deciros: ¡No! Quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada -absolutamente nada- de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Solo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Solo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Solo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera. Así, hoy, yo quisiera, con gran fuerza y gran convicción, a partir de la experiencia de una larga vida personal, deciros a todos vosotros, queridos jóvenes: ¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a Él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida.”

-¿Y qué se necesita para aceptar y fructificar el designio que Dios tiene para nosotros?

Dicen que una hermana suya preguntó a Santo Tomás de Aquino: “Tomás, ¿qué se necesita para ser santo? “. Y que él contestó, sencillamente: “Querer. Para ser santo se necesita eso, querer”.

-Yo quiero seguir el plan que Dios tiene para mí. Si no fuera así, no estaríamos hablando de esto. Lo que pasa es que acabo un poco confuso con tantas disquisiciones sobre qué debería hacer para lograrlo.

Quizá es que le das muchas vueltas a las cosas, lo hablas con unos y con otros, pides consejo a todo el mundo, y unos te desaniman, otros te alientan, unos te aconsejan una cosa, y otros lo contrario. Contestas, preguntas, cuentas, dices, y al final acabas más confuso que al principio. Quizá te aconsejan quienes no saben hacerlo, y te acaban confundiendo y haciéndote perder el tiempo, como sucede cuando te pierdes buscando una calle y te aconseja quien no sabe. Quizá lo mejor que puedes hacer, en vez de darle tantas vueltas, es recogerte en oración y preguntarle al Señor: “Señor, ¿realmente quiero conocer y hacer, sea la que sea, tu voluntad?”.

-¿Y no te parece que hoy día está en crisis el hecho de entregarse por completo, tanto en el matrimonio como en el celibato?

Siempre se ha dicho que los tiempos de crisis del celibato coinciden con tiempos de crisis del matrimonio. De todas formas, sería más correcto decir que quienes están en crisis son las personas que no quieren o no logran entregarse por completo, pero el matrimonio y el celibato en sí mismos, como instituciones, gozan de muy buena salud.

Entregarse por completo, en el matrimonio o en el celibato, es una forma de vida que conduce a una elevada realización personal, pero, junto a eso, comporta una exigencia mayor. Por eso es fundamental crear un clima favorable a esa actitud vital de generosidad, hacer ver a todos que el hombre puede vivir así, entre otras cosas porque hay una llamada de Dios que lo respalda, y también porque así han vivido millones de personas a lo largo de los siglos. Las familias, y todos los educadores, deben buscar con empeño formar en ese espíritu a la gente joven, de manera que su corazón sea capaz de un amor pleno, fundamentado en virtudes y hábitos que les hagan capaces de realizarlo.

-¿Y cómo crees que debe ser la educación para lograr ese matrimonio o ese celibato feliz?

Es preciso despertar y fomentar en todo momento la generosidad, tanto con los demás como con Dios. Por eso, cuando en la educación se introduce un sesgo de egoísmo, de ese realismo un poco cínico que previene malévolamente a la gente joven contra los “excesos de generosidad”, se deteriora su educación afectiva, que es fundamental para su futuro.

No debe minusvalorarse el efecto negativo de esos consejos que previenen contra una entrega total al cónyuge, o de esos otros que empujan a recortar más y más el número de hijos para tener una vida con más lujos y menos preocupaciones, o de quienes previenen contra la posibilidad de la entrega en el celibato. Cuando se tachan de ingenuidad los arranques generosos, o se incita a ese supuesto realismo de no ser “demasiado generoso”, las consecuencias suelen ser negativas globalmente, pues afectan lo más profundo de la educación afectiva de la persona. Cuando en la formación de una persona joven no se desarrolla lo que Juan Pablo II llamaba la “vocación al amor”, se está hipotecando su vida afectiva futura.

“Esta vocación al amor -escribía Juan Pablo II-, es el elemento más íntimamente unido a los jóvenes. Como sacerdote, me di cuenta muy pronto de esto. Sentía una llamada interior en esa dirección. Hay que preparar a los jóvenes para el matrimonio, hay que enseñarles el amor. El amor no es cosa que se aprenda, ¡y sin embargo no hay nada que sea más necesario enseñar! Siendo aún un joven sacerdote aprendí a amar el amor humano.”

“Los jóvenes, en el fondo, buscan siempre la belleza del amor, quieren que su amor sea noble. Si ceden a las debilidades, imitando modelos de comportamiento que bien pueden calificarse como “un escándalo del mundo contemporáneo” (y son modelos desgraciadamente muy difundidos), en lo profundo del corazón desean un amor hermoso y puro. Esto es válido tanto para los chicos como para las chicas. En definitiva, saben que nadie puede concederles un amor así, fuera de Dios. Y, por tanto, están dispuestos a seguir a Cristo, sin mirar los sacrificios que eso pueda comportar.”

“El problema esencial de la juventud es profundamente personal. La juventud es el periodo de la personalización de la vida humana. Los jóvenes, sean chicos o chicas, saben que tienen que vivir para los demás y con los demás, saben que su vida tiene sentido en la medida en que se hace don gratuito para el prójimo. Ahí tienen su origen todas las vocaciones, tanto las sacerdotales o religiosas, como las vocaciones al matrimonio o a la familia. También la llamada al matrimonio es una vocación, un don de Dios.”

-¿Te parece entonces que el sentido de servicio es vital para perseverar en el matrimonio o en el celibato?

La vida adquiere sentido en la medida que se entrega, en la medida en que se hace un don y un servicio a los demás. Quien acude al matrimonio buscando en el otro una persona que le quiera y le comprenda y le cuide, en vez de buscando querer, comprender y cuidar a la otra persona, comete un grave error. Quienes se casan como si fueran dos amigos que comparten vivienda y un poco de su tiempo libre, pero sin una apuesta clara por los hijos, o sin disposición para ceder y para superar las crisis que sin duda surgirán, o con la idea de romper el matrimonio en cuanto las cosas dejen de ser fáciles, esas personas deben saber que no será sencillo que aquello marche bien durante mucho tiempo.

Muchas parejas jóvenes comienzan su vida matrimonial poniendo muchas cosas por delante de las necesidades de su matrimonio o de la educación de sus hijos, como por ejemplo su ambición por el éxito profesional, sus aficiones, su deporte, sus amigos, o lo que sea. Muchos se lanzan a un matrimonio que esperan que sea una balsa de aceite, cuando no conocen ningún caso en que así sea, ni aun entre los matrimonios más felices. Otros, son más conscientes de que las cosas no serán fáciles, pero en vez de superarlo con entrega personal, anteponen la barrera del miedo al compromiso y no hacen una apuesta total.

-¿Y cómo puede incidirse en estos temas en la educación de los hijos?

Todos estos temas son esenciales para una vida de entrega feliz, tanto de entrega al otro cónyuge y a los hijos como de entrega a Dios en el celibato. Por eso, en la educación de la afectividad, especialmente durante la adolescencia, es fundamental enseñar a entregarse a los demás y a salir del propio egoísmo. Los hijos aprenden entonces a querer de verdad, sin cálculos egoístas, y ponen así las bases de su felicidad, y de la felicidad de su familia futura.

En cambio, cuando se les enseña a condicionar su entrega, tanto si es a otra persona como si es a Dios, se propicia una quiebra afectiva, al inducirles a la mezquindad y a la cicatería, al hacerles pensar demasiado en su propio beneficio, al no acostumbrarles a abrir su corazón a los demás.

Si perciben el amor como un mecanismo de autoabastecimiento, en el que lo prioritario son los propios impulsos y satisfacciones, crecerán escépticos y suspicaces, con actitudes cerradas a la amistad profunda y a la entrega de sí.

Y quienes animan a evitar las ocasiones de escuchar la voz de Dios, a no “exagerar” la vida cristiana o a evitar determinadas lecturas o conversaciones, para así alejarles sistemáticamente de la posibilidad de un encuentro con la vocación, quizá no se dan cuenta de que, con eso, además de dificultar el encuentro del propio camino, dañan algo tan fundamental como la nobleza de su corazón.

19. La sencilla palabra sí

Lo que hacemos es
apenas una gota en un océano.
Pero, sin esa gota,
al océano le faltaría algo.

Madre Teresa de Calcuta

“No hemos de tener miedo -decía la Madre Teresa de Calcuta- de decir que sí a Dios, porque no hay mayor amor que su amor, ni mayor alegría que su alegría. Mi oración por vosotros es que lleguéis a comprender y a tener el valor de responder a la llamada de Dios con la sencilla palabra “sí”. ¿Por qué os ha elegido a vosotros? ¿Por qué me ha elegido a mí? Eso es un misterio.

“Jesucristo dijo: “Tuve hambre y me disteis de comer”. Tuvo hambre no solo de pan sino del amor comprensivo de ser amado, de ser conocido, de ser alguien para alguien. Estaba desnudo, pero no solo por la falta de ropa sino por la falta de dignidad y de respeto, por las injusticias cometidas contra los pobres, a quienes se desprecia simplemente por ser pobres. No solo sufría por no tener una casa, sino también por aquellos que están encerrados, de aquellos que no son deseados, que no son amados, que van por el mundo sin nadie que los quiera ni cuide de ellos.

“Uno puede salir a la calle y no tener nada que decir, pero tal vez haya un hombre en la esquina y se le acerque. Quizá él se sienta ofendido, pero esa presencia estará allí. Hemos de irradiar esa presencia que tenemos en nuestro interior con la manera de dirigirnos a ese hombre con amor y respeto. ¿Por qué? Pues porque creemos que es Jesús. Jesús no puede recibirnos en ese momento. Debemos saber acercamos. Se presenta bajo la figura de esa persona que está ahí. En los menores de sus hermanos Jesús no solo está hambriento de un trozo de pan, sino también hambriento de amor, de ser conocido, de ser tenido en cuenta.”

-¿Ese sentimiento de servicio a los necesitados debe estar presente en cualquier tipo de vocación?

De maneras diversas, pero cualquier tipo de entrega a Dios pasa por un sentido de servicio a los demás, por ver el rostro de Cristo en cada hombre, y especialmente en quienes pasan más necesidad, sea material o espiritual.

“En muchos países -continúa diciendo la Madre Teresa- la pobreza es más espiritual que material, una pobreza que es sobre todo soledad, desaliento y falta de sentido en la vida. También en Europa y Estados Unidos he visto personas pobres durmiendo en la calle, tiradas sobre periódicos o harapos. Ese tipo de pobres los hay en Londres, Madrid y Roma. Pero lo más fácil es hablar o preocuparnos por los pobres que están muy lejos, ya que posiblemente sea más comprometido prestar atención y preocuparnos por los que viven en la casa de al lado.

“Cuando recojo a una persona enferma en la calle, le doy arroz y pan, y así satisfago su hambre. Pero, ¿cuánto más difícil es quitarle el hambre a una persona que está marginada, que se siente rechazada, que carece de amor, que está atemorizada? En Occidente hay más personas espiritualmente pobres que físicamente pobres. Entre los ricos suele haber personas espiritualmente muy pobres. Es fácil dar un plato de arroz a alguien que está hambriento, o bien ofrecer una cama a una persona que no tiene dónde dormir, pero consolar, o quitar la amargura, el rencor, la soledad, consecuencias de la privación espiritual, eso lleva muchísimo más tiempo.”

La entrega a Dios siempre tiene en su origen ese deseo de ayudar a los demás en sus necesidades materiales o espirituales, y ese deseo se fundamenta en el amor a Dios, no en la simpatía de esas personas, ni en su agradecimiento, ni siquiera en su petición formal de ayuda. Para entregarse a Dios debe estar muy presente ese deseo de vivir volcado en los demás, y eso exige una cierta liberación del apego a lo material y a las comodidades.

-¿Piensas entonces que hace falta también una cierta “pobreza” personal en cualquier tipo de vocación?

Hay muchas formas de seguir el ejemplo de Jesucristo en este punto, pues los que tienen medios económicos también están llamados por Dios, y esa llamada solo algunas veces conlleva abandonarlos. Hubo santos que vendieron todos sus bienes y los entregaron a los pobres. Y hubo otros que dedicaron su esfuerzo a emplear esos bienes en servicio de Dios y de los demás. Así actuó, por ejemplo, Santa Juana Isabel Bichier, que supo administrar con gran habilidad el patrimonio que había heredado de sus padres, puso en marcha más de sesenta colegios para niñas pobres y fundó la Comunidad de Hijas de la Cruz, hoy presente en numerosos países del mundo. Lo que Dios siempre pide a todos es emplear esos medios materiales con sentido cristiano de servicio a los demás, con sentido de desprendimiento, de austeridad personal y de templanza.

Otro testimonio ilustrativo es el Gaudí. Poco tiempo después de aceptar el proyecto de construir la Sagrada Familia, en 1894, quiso prepararse para esa tarea siguiendo el consejo del Beato Fray Angélico: “Quien desee pintar a Cristo solo tiene un procedimiento: vivir con Cristo.” Desde ese momento, pensó que debía esforzarse por vivir más plenamente el ideal evangélico. Abandonó la buena vida, el vestir esnob, los restaurantes refinados y el afán de riquezas y de gloria. Poco a poco, se fue transformando en el famoso arquitecto que recorría Barcelona a pie y vestido modestamente; que había renunciado a su sueldo a favor de la Sagrada Familia; en el hombre que destinaba los beneficios de otras obras suyas a construir aquel templo; en el alma que acudía a diario a la Santa Misa y leía libros espirituales. Fueron años de esfuerzo por un desprendimiento personal que contribuyó decisivamente a su excepcional dedicación al trabajo, a su constante servicio a los demás y a Dios, y a una humildad que fue gran parte de su grandeza.

La Madre Teresa insistía también en la necesidad de la austeridad personal, y no lo decía pensando solo en sus monjas, sino en cualquier persona: “Las riquezas pueden ahogarnos si no las usamos bien. Porque ni siquiera Dios puede poner algo en un corazón que ya está repleto de cosas. Un día surge el deseo de tener dinero, y todas las demás cosas que el dinero puede proporcionar, las cosas superfluas, los lujos en la comida, las exquisiteces en el vestir, los caprichos. Entonces, las necesidades aumentan, porque una cosa lleva a la otra, y todo eso termina en una insatisfacción incontrolable. Conservémonos todo lo libres que podamos para que Dios pueda llenarnos. El desprendimiento es libertad. Una libertad por la cual, lo que poseo no me posee a mí, lo que poseo no me subyuga, lo que poseo no me impide compartir o darme a los demás. Ese desprendimiento es una gran protección.”

“Todo el que está pendiente de su dinero, o vive con esa constante preocupación, no deja de ser una pobre persona. En cambio, si esa persona pone su dinero al servicio de los demás, entonces se siente rica, muy rica de verdad.” Porque nadie posee verdaderamente algo hasta que está dispuesto a regalarlo, pues hasta ese momento, esa cosa es quien lo posee a él.

Son bastante ilustrativos, a estos efectos, esos reportajes que hacen, al cabo de los años, a personas que les ha tocado una gran fortuna en la lotería o las quinielas. La mayoría están ahora más deprimidos y problematizados que antes, y es que suelen haber cometido el error de dejar atrás la vida que llevaban hasta ese momento, confiando su suerte a partir de entonces a la fortuna recibida. Piensan que lo que les ha tocado es el logro de su propia vida, pero eso es algo que nunca puede venir de fuera.

-¿Y cómo se relacionan el desprendimiento y la capacidad de respuesta a la vocación?

En que, muchas veces, para poder decir esa sencilla palabra “sí”, solo falta un poco más de desprendimiento de lo material, cultivar un poco más esas obras de misericordia que hacen que nuestra vida se vuelque un poco más en servicio a los demás.

Entonces descubrimos que quizá, lo que nos falta, no es tanto pensar, debatir o creer, sino sobre todo salir de nuestro egoísmo -de nuestra “habitación inhabitable”, como decía San Agustín-, y volcar nuestra vida en querer a los demás, y en quererlos con obras.

Además, si echamos un vistazo con sinceridad a nuestras experiencias vitales, a lo vivido hasta ahora, comprobaremos que ordinariamente las situaciones de particular entusiasmo y alegría no han estado vinculadas a las temporadas de mayor comodidad o posesión material, sino que han coincidido con las épocas en que hemos dedicado nuestras mejores energías a un ideal, encarnado en unas personas, en un proyecto o en una llamada.

Pilar Urbano hace una lúcida glosa sobre la importancia de ese sentido del desprendimiento personal para vivir de cara a los demás. Se refiere a la amplia envergadura de las alas del pájaro neblí, que le permiten remontar el vuelo y ganar altura. No son sus fuertes alas, sino la ligereza de su cuerpo, el vaciamiento de toda carga superflua y lastrante, lo que imprime agilidad, soltura, versatilidad y sutileza a sus evoluciones en el aire. No es solo cuestión de músculo, de esfuerzo, de voluntad; es decisiva esa ligereza de cuerpo. Y trasladando el símil a la ascesis del hombre, a su lucha y su elevación espiritual, las alas serían el empeño de una vida de entrega voluntaria; y el menguado cuerpo, vaciado de peso inerte, sería la pobreza, el desprendimiento libremente buscado, el desasimiento de los bienes, la liberación de la propia mismidad.

El desprendimiento, como una resolución señorial de no lastrarse con el poseer, aun teniendo, es lo que da libertad a su impulso de elevarse sobre las cosas de abajo. La pobreza, no como estatus social, sino como actitud vital, es lo que atenúa y adelgaza la pesantez del “yo”. Es lo que corta hasta la más fina atadura con toda esa quincalla que llamamos “bienes de la tierra”.

Tiene mucho que ver, ese desamarre de posesiones, con la soltura de lazos, con la soltería emancipada del célibe, “ceibe”, vaciado, liberado. Por eso, para ser apóstol, es preciso subrayar esas dos dimensiones necesarias: castidad y pobreza. Dos virtudes fuertes, dos virtudes recias, dos virtudes que no han de combatir contra ningún poder ajeno, sino contra el propio tirano que todo hombre lleva dentro.

20. La persecución de los bien intencionados

Lo peor que hacen los malos
es obligarnos a dudar de los buenos.

Jacinto Benavente

 

Cuando veas a un hombre bueno, trata de imitarle;
cuando veas a uno malo, examínate a ti mismo.

Confucio

       
       Es impresionante el relato que hace San Pablo sobre los padecimientos que tuvo que sufrir al anunciar el Evangelio: "Cinco veces recibí de los judíos cuarenta azotes menos uno; tres veces fui azotado con varas; una vez fui lapidado; tres veces naufragué; un día y una noche pasé náufrago en alta mar; en mis frecuentes viajes sufrí peligros de ríos, peligros de ladrones, peligros de los de mi raza, peligros de los gentiles, peligros en ciudad, peligros en despoblado, peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos; trabajos y fatigas, frecuentes vigilias con hambre y sed, en frecuentes ayunos, con frío y desnudez…". Y murió dando testimonio de esa fe, en Roma, junto a miles de mártires cristianos, después de haber soportado muchas afrentas y calumnias. Así ha sucedido en todas las épocas, y no ha sido otra cosa que el cumplimiento de lo que anunció el propio Jesucristo: "Os entregarán a los tribunales, os azotarán en sus sinagogas y seréis llevados ante los gobernadores y reyes por causa mía…".
      
       Esas palabras se han ido cumpliendo a lo largo de los siglos. No siempre han sido tribunales de justicia formalmente constituidos, sino a veces tribunales menos formales pero con no menos capacidad de juzgar y condenar. La fidelidad a Cristo se ha pagado muchas veces con la vida, con la deshonra, con el destierro.
      
       Por ejemplo, a San Juan Bosco, el fundador de los salesianos, en una ocasión quisieron encerrarlo en un manicomio; en otra, le dispararon; también intentaron acuchillarle; más tarde, quisieron envenenarle; y luego trataron de matarle a palos. Pasó también por la humillación de que el arzobispo de Turín, llevado por envidias y confundido por habladurías, le quitara las licencias para confesar y publicara acusaciones falsas e infamantes contra él y contra los salesianos. De hecho, las mayores penalidades que padeció no vinieron de los anticlericales o los masones, sino de su propio obispo. Tuvo que sufrir, como señaló Pío XI al proclamar su santidad, "contradicciones provenientes de los mismos de quien tenía derecho a esperar ayuda y socorro". Y fueron tantas, que exclamaba al final de su vida: "Si hubiera sabido lo que ahora sé, y tuviera que recomenzar el trabajo de fundar la sociedad salesiana, no sé si tendría valor para ello".
      
       -¿Y han solido ser más frecuentes los ataques desde fuera de la Iglesia, o desde dentro?
      
       Han sido igualmente frecuentes, pues, por una curiosa simbiosis, es bastante habitual que unos y otros se alíen con sorprendente facilidad. Me recuerda aquel principio militar que asegura que toda invasión lleva asociada una guerra civil, pues el enemigo siempre busca aliados dentro del territorio que desea someter, y es raro que no los encuentre.
      
       Por eso, las dificultades principales muchas veces no han venido de los enemigos de la Iglesia o de la fe cristiana. El arcabuz que disparó contra San Carlos Borromeo lo cargó un miembro de la Orden de los Humillados, que decidió llegar hasta el crimen para impedir las reformas del Concilio de Trento que San Carlos promovía. Y no fue una excepción. En la vida de la mayoría de los santos, hay un extenso capítulo dedicado a este tipo de difamaciones e injurias. La historia de la Iglesia muestra que no ha habido santo libre del doloroso zarpazo de la calumnia. Y en ese triste capítulo se proyecta con demasiada frecuencia la sombra de las insidias de personas que abandonaron su vida de entrega a Dios.
      
       Por ejemplo, Santa Teresa había admitido como novicia en Sevilla a una mujer que parecía tan santa "que estaba ya canonizada por toda la ciudad". Pero nada más entrar en el convento empezó con caprichos, problemas y descontentos, que sus compañeras tuvieron que soportar día tras día con infinita paciencia, hasta que al final aquella mujer se marchó, despechada, cuando vio que ese tipo de vida era manifiestamente superior a sus fuerzas. Tiempo más tarde, ya en el año 1575, llamaron a las puertas del convento de Sevilla los alguaciles de la Inquisición. Entraron jueces y notarios, y Santa Teresa descubrió, detrás de aquellas acusaciones, las calumnias de la antigua novicia que, en su animadversión, lo interpretaba todo mal y torcido: veía, en las cosas más sencillas, ceremonias extrañas, ritos peligrosos y cosas de iluminados. Decía que las monjas se confesaban entre sí, que se flagelaban entre ellas, y muchas otras cosas tremendas.
      
       Algo parecido le sucedió en Francia a San Francisco de Sales en el año 1615. Había logrado convertir de su mala vida a una tal Mlle. Bellot, que ingresó después en el convento de la Visitación, regido por Santa Juana de Chantal. Pero al cabo de una temporada lo abandonó, volvió a sus antiguas andanzas y se convirtió en la amante de un hombre de la corte del Duque de Nemours. El escándalo alcanzó grandes dimensiones, sobre todo cuando el amante de la que fue monja falsificó la letra del santo y puso en circulación una carta falsa, supuestamente dirigida a ella, que leyó toda la ciudad rasgándose las vestiduras.
      
       Los ataques han venido en otras ocasiones de los propios hermanos en la entrega a Dios. Un mediodía de agosto de 1642, las gentes de Roma contemplaron un espectáculo inesperado. Dos soldados conducían a un anciano de ochenta y seis años a lo largo de la calle Bianchi hacia las prisiones de la Inquisición. Su nombre era José de Calasanz, fundador de los escolapios. Le habían detenido de repente, a causa de las intrigas de Mario Sozzi, uno de sus provinciales, sin darle tiempo ni a ponerse el sombrero. El fundador andaba encorvado y tambaleante, pero con el rostro tranquilo. Mientras esperaba para el interrogatorio, se quedó profundamente dormido. Al final, triunfó la intriga, fue destituido y vio como la institución que había fundado quedaba reducida a una simple congregación secular presidida por quien le había calumniado con tanta saña. En esa situación le llegó la hora de su muerte. Por fortuna, en 1669 los escolapios recobraron su condición anterior, y aunque las falsedades que se dijeron contra el fundador le persiguieron tras su muerte, todo se fue aclarando poco a poco en su proceso de canonización, que duró más de un siglo, y desde entonces pasó a ser San José de Calasanz.
      
       Santa Juana de Lestonnac, que había fundado en 1607 la Congregación de las Hijas de María Nuestra Señora, tuvo también que sufrir mucho a causa de las calumnias de una de sus primeras religiosas, Blanca Hervé, que urdió una serie de mentiras por las que acabó sustituyendo a Santa Juana como superiora. Blanca maltrató cruelmente a la fundadora, que soportó esa prueba con gran paciencia hasta que la conspiradora finalmente se arrepintió de todo lo que había hecho.
      
       También San Alfonso María de Ligorio, fundador de los Redentoristas, sufrió numerosas calumnias por las que en 1780 se vio excluido de la congregación que había fundado, y en esa situación murió. Y algo parecido sucedió al Beato Guillermo Chaminade, fundador de los marianistas, que pasó por esa misma prueba desde 1841 hasta su muerte en 1850. En todos esos casos, ha llevado mucho tiempo restablecer la verdad y levantar la espesa capa de falsedades vertidas contra personas tan santas y que tan grandes servicios habían prestado a la Iglesia y a toda la humanidad.
      
       Otro ejemplo, más cercano en el tiempo, es el de las incomprensiones que sufrió el Padre Josef Kentenich, fundador de la Obra de Schoenstatt, fallecido con fama de santidad. En este caso, los ataques procedían de la falta de conocimiento o de rectitud de algunos eclesiásticos. En 1950, a causa de diversas calumnias, el Santo Oficio nombró un visitador apostólico que, después de un largo proceso, promovió la destitución de Kentenich. El fundador, que había pasado por la dura prueba de cuatro años de prisión en el campo de concentración nazi de Dachau durante la Segunda Guerra Mundial, tuvo que pasar por esta nueva prueba, aún más dolorosa, de catorce años en Estados Unidos apartado de las instituciones que había fundado. Además, como era de temer, todo aquello arrojó oscuras sombras sobre su persona y sobre su obra, con insidiosos rumores y calumnias. Al fin, en 1965 se aclaró la situación y se suspendieron todas las resoluciones contra el Padre Kentenich, que por entonces tenía ya ochenta años. Después de una entrevista con Pablo VI, retomó inmediatamente su trabajo, con un ritmo impresionante para su edad, hasta que falleció tres años después.
      
       -¿Y cuál crees que es la causa de todos esos ataques?
      
       ¿Causas de la murmuración y de la calumnia? ¿El rencor? ¿La desinformación? ¿La envidia? ¿El despecho? Es difícil saberlo. Pero siempre procede de un modo bastante parecido: insinuaciones viscosas, sospechas sibilinas, acusaciones infundadas, rumores que se repiten sin dejar ocasión a la defensa.
      
       Pero, se deba a una u otra causa, siempre hay que procurar sacar algo positivo de todas esas críticas, pues, como decía San Agustín, los ataques pueden ser con frecuencia más útiles que los elogios, ya que "muchas veces los amigos nos pervierten al adularnos, y en cambio los enemigos nos corrigen al insultarnos."
      
       Newman también insistía en que "no debemos confundir las críticas malévolas o las frases hirientes con lo que son auténticas argumentaciones". Además -añadía- "a veces nuestro enemigo se convierte en amigo; a veces se ve despojado de la virulencia maligna que le hacía tan temible; a veces se destruye a sí mismo; o queriendo hacer el mal hace el bien, y luego desaparece. En general, la Iglesia no tiene más que perseverar en sus propios deberes, con paz y confianza, permanecer tranquila y confiar en la salvación de Dios."
      
       Si somos humildes e inteligentes, sabremos aprovechar todo el potencial positivo que encierra cualquier crítica bien argumentada, al tiempo que procuramos no acobardarnos por la vehemencia de quienes solo buscan de modo sistemático la hostilidad y la denigración.
      
       -Pero ahora ya no es frecuente ese tipo de persecuciones, al menos en el mundo occidental.
      
       Ahora son quizá más sutiles y más sinuosas, aunque no menos eficaces. Juegan con nuestro miedo a lo que otros dicen, hayan dicho, dirán o dejarán de decir. Con nuestro miedo a quedar mal, a ser ridiculizados, a estar todo el día en boca ajena, a que se juzguen mal nuestras decisiones generosas, a quedar marcados.
      
       No nos llevarán al circo ni nos echarán a los leones. Pero quizá haya comentarios maliciosos, graciosos, murmuraciones en voz baja, risitas, frases de supuestos amigos que se escuchan en un sitio o en otro, nunca de cara. ¿No sabes? ¿No te lo han dicho? ¿No te parece que está un poco trastornado? ¿Cómo le habrán comido el coco de esa manera?
      
       Y no provienen solo de los extraños, o de los falsos amigos, sino que quizá haya también escenas familiares, todas enmarcadas en un gran halo de sensatez y de preocupación por el pobre obnubilado.
      
       -¿Y crees que influyen mucho esos comentarios? En el mundo de hoy, cada uno decide con quien se casa o no, o qué vida lleva, y apenas tiene importancia lo que la gente diga o piense.
      
       Así debiera ser, pero en muchos casos influye bastante y hace sufrir de un modo muy profundo. No son las grandes persecuciones las que frenan a algunos en el seguimiento de Dios, sino -como sucedió al apóstol Pedro- esos pequeños comentarios de una chismosa en torno al fuego. Si los grandes periódicos del país nos difamaran sin motivo, o si quisieran llevarnos al circo para ser devorados por las fieras, quizá nos creceríamos hasta el heroísmo. Pero soportar esos comentarios puede a veces resultar más difícil.
      
       Nos sucede como a aquel científico que viajó hasta el interior de una selva tropical. Pernoctó en una casa con las ventanas abiertas, sin protección alguna, aunque había alimañas por todas partes. Se extrañó, pero le dijeron que no se preocupara, porque rodeaba su cama un tupido mosquitero. Más tarde, a la hora del sueño, lo comprendió: en la selva, como en la vida cotidiana, los peligros más graves no son las grandes fieras, sino los pequeños insectos. De igual forma, a la hora de nuestra entrega, muchas veces, nos acechan más peligros por el miedo a qué pensarán algunos, que por las propias dificultades de seguir ese camino.
      

21. Dar la cara cuando no resulta fácil

Para que triunfe el mal,
solo es necesario
que los buenos no hagan nada.

Edmund Burke

       
       -Quizás hoy día resulta más difícil que se abra camino una vocación, en el modelo de sociedad compleja y tecnificada en que vivimos, donde el ambiente parece mucho menos propicio.
      
       Puede ser cierto que el ambiente no ayude mucho, pero eso, como hemos visto, no es algo exclusivo de nuestra época. Además, muchas veces, precisamente ese ambiente contrario puede templar y madurar una vocación.
      
       Así lo evocaba Joseph Ratzinger cuando escribió su autobiografía, antes de ser Benedicto XVI, narrando un sucedido de sus años de adolescente, cuando estaba terminando la Segunda Guerra Mundial. "En vista de la creciente carencia de personal militar, los hombres del régimen nazi idearon en 1943 una solución. Como los estudiantes de los internados debían vivir juntos en comunidad, lejos de casa, no había ningún obstáculo para trasladar de lugar sus colegios, colocándolos próximos a las baterías antiaéreas. Por otro lado, como evidentemente no podían estudiar todo el día, parecía del todo normal que utilizasen su tiempo libre en servicios de defensa de los ataques aéreos enemigos. De hecho, yo no estaba en el internado desde hacía mucho tiempo, pero desde el punto de vista jurídico sí formaba parte todavía del seminario de Traunstein.
      
       "Así, el pequeño grupo de seminaristas de mi clase -de los nacidos entre 1926 y 1927- fue llamado a los servicios antiaéreos de Munich. Habitábamos en barracones como los soldados regulares, que eran obviamente una minoría, usábamos los mismos uniformes y, en lo esencial, debíamos llevar a cabo los mismos servicios, con la sola diferencia que a nosotros se nos permitía asistir a un número reducido de clases.
      
       "El 10 de septiembre de 1944, en el período de edad del servicio militar, nos licenciaron del servicio antiaéreo en el que habíamos estado desde que éramos estudiantes. Cuando volví a casa, sobre la mesa estaba ya la llamada para el servicio laboral del Reich. El 20 de septiembre, un viaje interminable me llevó a Burgenland, donde -con muchos amigos del instituto de Traunstein- me asignaron a un campamento situado en el ángulo del territorio en el que Austria limita con Hungría y Checoslovaquia. Aquellas semanas de servicio laboral han permanecido en mi memoria como un recuerdo opresivo. Nuestros superiores procedían, en gran parte, de la denominada "Legión Austríaca". Se trataba, por tanto, de nazis de los primeros tiempos, que habían sido encarcelados bajo el canciller Dollfuss, unos fanáticos que nos tiranizaban con violencia. Una noche nos sacaron de la cama y nos hicieron formar filas, medio dormidos, vestidos de chándal. Un oficial de las SS nos llamó uno a uno fuera de la fila y trató de inducirnos a enrolarnos como "voluntarios" en el cuerpo de las SS, aprovechándose de nuestro cansancio y comprometiéndonos delante del grupo reunido. Un gran número de compañeros de carácter bondadoso fueron enrolados de ese modo en aquel cuerpo criminal. Junto con algunos otros, yo tuve la fortuna de decir que tenía la intención de ser sacerdote católico. Fuimos cubiertos de burlas e insultos, pero aquellas humillaciones nos supieron a gloria, porque sabíamos que nos librábamos de la amenaza de ese enrolamiento falsamente voluntario y de todas sus consecuencias."
      
       -¿Piensas entonces que se puede sacar provecho de las dificultades del ambiente?
      
       No siempre se logra, pues, como se ve en este relato, se llevaron por delante a muchas personas, a las que les faltó carácter o decisión para superarlas. Lo que sí puede decirse es que las dificultades juegan, en cierta manera, a nuestro favor, porque nos disponen a hacernos más firmes, más maduros, más resistentes. Hacen lucir nuestra mediocridad, y de esa manera queda más expuesta, más a la vista, y es más clara la necesidad de oponerse a ella y, por tanto, mejorar.
      
       Igual que las personas se curten con las dificultades, y que la vida fácil hace a los niños mimados y débiles, también las vocaciones maduran más ante un ambiente difícil, y arraigan con más fuerza y autenticidad en un entorno en el que el viento no sopla a favor. Incluso de las calumnias puede salir un bien, porque nos hacen experimentar lo que el Señor pasó en la tierra, aprendemos a purificar más la intención al ver que no todos nos aplauden, y todo eso puede llevarnos a trabajar más y a explicarnos mejor.
      
       -Pero el ambiente poco favorable ha hecho que haya menos vocaciones. Hay quien piensa que puede ser una muestra de que ahora son menos necesarias, y que la vida actual ha evolucionado y no precisa ya tanto de ellas.
      
       Es una posible interpretación, pero me parece más acertado pensar que, precisamente ahora, hacen más falta. Es la reflexión que se hacía Joseph Ratzinger al concluir el relato anterior. "El régimen nazi afirmaba con voz muy fuerte: "En la nueva Alemania no habrá ya sacerdotes, no habrá ya vida consagrada, no necesitamos ya a esa gente; buscaos otra profesión". Pero precisamente, al escuchar esas voces "fuertes", ante la brutalidad de aquel sistema tan inhumano, comprendí que, por el contrario, había una gran necesidad de sacerdotes. Este contraste, al ver aquella cultura antihumana, me confirmó en la convicción de que el Señor, el Evangelio, la fe, nos indicaban el camino correcto y nosotros debíamos esforzarnos por lograr que sobreviviera ese camino.
      
       "Como es natural, no faltaron dificultades. Me preguntaba si tenía realmente la capacidad de vivir durante toda mi vida el celibato. Al ser un hombre de formación teórica y no práctica, sabía también que no basta amar la teología para ser un buen sacerdote, sino que es necesario estar siempre disponible con respecto a los jóvenes, a los ancianos, a los enfermos, a los pobres; es necesario ser sencillo con los sencillos. La teología es hermosa, pero también es necesaria la sencillez de la palabra y de la vida cristiana. Así pues, me preguntaba: ¿seré capaz de vivir todo esto y no ser solo un teólogo? Pero el Señor me ayudó; y me ayudó, sobre todo, a través de la compañía de los amigos, de buenos sacerdotes y maestros."
      
       -Pero entregarse a Dios siempre será una aventura, y quizá en los tiempos que corren eso no tiene demasiado futuro.
      
       Emprender el camino de la entrega precisa ciertamente la valentía de afrontar la aventura, con la confianza de que Dios no nos dejará solos, de que nos acompañará y nos ayudará. Pero siempre habrá necesidad de esas vocaciones, y siempre habrá almas jóvenes que aceptarán ese reto. Así lo expresaba José Luis Martín Descalzo hace unos años, en plena crisis de vocaciones al sacerdocio en el mundo occidental: "Me pregunto a veces cómo será el siglo XXI y los hombres que en él habitarán. ¿Tendrán alma? ¿Seguirán descubriendo en ella esos vacíos que solo Dios llena y tendrán necesidad de alguien que les ayude a llenarlos?
      
       "La verdad es que nunca he temido por el futuro de la Iglesia y tampoco por el futuro del sacerdocio. Habrá tal vez oscilaciones en la curva de vocaciones, pero siempre seguirá habiendo muchachos que un día se atrevan a responder a la llamada de lo alto, por mucho que ciertos cretinillos se olviden de la importancia de su tarea.
      
       "Y hay algo de lo que aún estoy más seguro: sea o no sea importante el sacerdocio, lo reconozca o no la sociedad del presente o del futuro, lo que yo sé muy bien, y lo sé por experiencia, es que no hay nada más entusiasmante, nada que llene tanto el alma hasta los bordes. Conozco bien lo que es esto de ser periodista y yo sé que es una gran vocación. Pero es una zapatilla rusa junto al gozo de tener -si se cree- a Dios entre los dedos o el ver brillar a unos ojos humanos cuando se alejan, pacificados, de un confesonario.
      
       "Es también, lo sé, una vocación aterradora -porque la palabra de Dios quema al pasar por los labios-, pero con un terror luminoso y ardiente que bastaría para poner toda la vida en vilo. Ser cura -lo sepa el mundo o no, lo valore el mundo o no, y aunque el mundo llegara a prohibirlo- es literalmente un entusiasmo, es decir, según su etimología, una borrachera de Dios, uno de los pocos vinos que vale la pena que se le suban a uno a la cabeza."
      

22. Ser tomados por locos

Tendremos que arrepentirnos en esta generación
no tanto de las acciones de la gente perversa
sino de los pasmosos silencios de la gente buena.

Martin Luther King

       
       Juan Ciudad Duarte, el futuro San Juan de Dios, había nacido en el seno de una familia modesta y quedó huérfano muy joven. En 1517, cuando tenía veintidós años, entró en la milicia y participó en varias batallas con Carlos V. La experiencia fue un tanto desastrosa, pues por una grave negligencia estuvo condenado a la horca y se salvó de puro milagro. Participó también en la defensa de Viena contra los turcos. Después de diversas peripecias, retomó su oficio de pastor y leñador, luego fue albañil y finalmente librero, profesión que empezó a ejercer en Granada, en un puesto en la calle Elvira.
      
       El 20 de enero de 1539 escuchó la predicación de San Juan de Ávila en el Campo de los Mártires, cerca de la Alhambra. Su corazón quedó muy tocado. Aquellas palabras "se le fijaron en las entrañas". Se llenó de deseos de cambiar de vida, de enmendar la trayectoria que hasta entonces había llevado. Su conversión fue tan rotunda que repartió todas sus propiedades entre los pobres y se dispuso a llevar una vida de total austeridad. Lo tomaron por loco. Cuando quiso darse cuenta, le habían ingresado en el Hospital Real de Granada, en un ala destinada a los enfermos mentales. Allí, siente en sus propias carnes el duro tratamiento que se da a estos enfermos y se rebela al verlos sufrir de aquella manera.
      
       De su experiencia en aquel manicomio surge la dedicación de Juan hacia quienes desde entonces serán para él sus hermanos: "Que Jesucristo me traiga a tiempo y me dé gracia para que yo tenga un hospital, donde pueda recoger a los pobres desamparados y faltos de juicio, y servirles como yo deseo". En 1540 alquila una casa vieja en Granada para recibir a cualquier enfermo, mendigo, loco, anciano, huérfano o desamparado. Durante todo el día atiende a cada uno con el más exquisito cariño, haciendo de enfermero, cocinero, padre, amigo y hermano de todos. Por la noche, va por las calles pidiendo limosnas para sus pobres.
      
       Al principio sabía poco de medicina, pero tenía gran éxito atendiendo enfermos mentales. Comprobó que necesitaban cariño y atención como requisito previo para poder curarse. Había que curar primero el alma para obtener luego la curación del cuerpo. Más tarde, reunió un grupo de compañeros y fundó con ellos una congregación. En enero de 1550, tratando de salvar a un joven que se estaba ahogando en el río Genil, enfermó gravemente y murió. El que había sido considerado un loco, fue acompañado al cementerio por el obispo, las autoridades civiles y todo el pueblo de Granada, como un santo. Enseguida muchos milagros se atribuyeron a su intercesión. Pronto fue canonizado, y su congregación, los Hospitalarios de San Juan de Dios, atiende hoy más de doscientos hospitales en los cinco continentes.
      
       -¿Crees entonces que los santos tardan siempre en ser comprendidos?
      
       Solo el transcurso del tiempo ilumina con auténtica luz la vida de las personas. A lo largo de la historia, han sido muchas las aventuras de santidad que han sido consideradas por la gente de su tiempo como locuras, iluminaciones, comeduras de coco o ingenuidades agudas. Muchos santos han pasado inadvertidos a su época y han sido descubiertos mucho tiempo después. A los ojos del siglo XIII, San Francisco de Asís fue un exaltado. Y los compañeros de siglo de Santa Teresa de Ávila veían en ella una monja inquieta y un poco loca. También de San Juan Bosco se dijo que estaba loco, y en 1845 la murmuración llegó a tal punto que dos teólogos amigos suyos, Vincenzo Ponzati y Luigi Nasi, estaban tan convencidos de que estaba trastornado que, llevados por la caridad hacia él, intentaron encerrarle en un manicomio. En aquella ocasión, el intento tuvo visos un tanto cómicos: "Me di cuenta entonces de su juego -escribiría Don Bosco tiempo después- y, sin darme por enterado, les acompañé hasta el carruaje. Insistí en que entraran ellos primero a tomar asiento. Y cuando lo hicieron, cerré de golpe la portezuela y grité al cochero: "¡De prisa! ¡Al galope! ¡Al manicomio, donde esperan a estos dos curas!"."
      
       -Afortunadamente, en nuestra época ya no te toman por loco ni te encierran por querer entregarte a Dios.
      
       Ya no es muy habitual, gracias a Dios, pero tampoco ha dejado de suceder del todo. En estas últimas décadas, por ejemplo, ha habido bastantes casos de chicos o chicas jóvenes que han sido sometidos a atropellos semejantes por parte de sus familiares. Basta con considerar "sectas" a las instituciones de la Iglesia a las que esos jóvenes desean incorporarse, y asegurar después que esos chicos o chicas en realidad no obran libremente, sino que sus deseos se deben a depuradas "técnicas de manipulación mental" por parte de la "secta", para concluir que, por tanto, deben ser sometidos a "procesos de desprogramación" -contra la voluntad del "adepto", por supuesto-, a cargo del correspondiente equipo de "expertos antisectas", que someten al "pobre iluminado" a técnicas de laminación psicológica de las que sí podría decirse sin lugar a dudas que son realmente de manipulación mental.
      
       -Pero las sectas existen realmente y son un peligro.
      
       Es cierto que existen, y algunas son realmente muy destructivas, y es preciso actuar contra ellas de forma honesta, legal y contundente. Pero no han faltado quienes han querido con este motivo confundir las cosas, y considerar sectas a las instituciones católicas que les resultan antipáticas o que no coinciden con su modo de pensar.
      
       Tanto el argumento como el modo de trabajar es bastante antiguo. Ante fenómenos incomprensibles para la mentalidad de la época, con frecuencia se ha recurrido a poderes ocultos como explicación, y a la violencia para combatirlos. En la Edad Media, y hasta hace menos tiempo de lo que parece, se hablaba de encantamientos, hechizos y brujerías. Bien entrado el siglo XX, en los años sesenta y setenta, se empieza a utilizar la expresión "lavado de cerebro", acuñada por el periodista británico Edward Hunter para referirse al tratamiento recibido por los prisioneros norteamericanos de la guerra de Corea. En los años ochenta, con el auge de la era de la informática, se pasó a hablar de fenómenos de "programación" de jóvenes que, a su vez, debían contrarrestarse con "técnicas de desprogramación". Tras una serie de duros reveses, tanto en los resultados personales como en el intento de sustentar científicamente esas teorías, se empezaron a usar terminologías menos comprometidas, como "técnicas de control mental" u otras semejantes. Su apoyo científico ha sido siempre bastante precario. Cuando en 1987 la American Psychological Association (APA), se interesó por el tema y estudió el informe de un equipo dirigido por la principal defensora del empleo de esas técnicas, Margaret Singer, su dictamen no pudo ser más contundente, por la falta de rigor científico y de aparato crítico en todas esas técnicas y teorías.
      
       -De todas formas, parece que todo esto ha ido bastante a menos últimamente.
      
       Cada vez sucede menos, afortunadamente, porque la justicia ha puesto al descubierto que las auténticas manipulaciones mentales eran las que empleaban esos sujetos.
      
       Hoy día, es verdad, pocos llegan a extremos tan penosos, pero lo que siempre permanece es el peso del "qué dirán" a la hora de entregarse a Dios. Para muchos, es una locura frente al modo en que ellos se plantean la vida. Y su actitud es a veces tan cerrada, que hacen muy difícil seguir el propio camino sin tener que pasar por situaciones verdaderamente desagradables.
      
       Pero, en fin, si San Juan de Dios hubiera querido ser siempre complaciente con el ambiente que le rodeaba, no habría llegado a ser santo, ni habría sido posible el gran servicio a los enfermos que su impulso personal ha producido a lo largo de los siglos. Y lo mismo puede decirse de San Juan Bosco, o de toda una multitud de santos, conocidos o desconocidos, a la largo de la historia.
      
       -Pero nuestra época presume de ser enormemente respetuosa y tolerante con cualquier modo de vida que cada uno quiera seguir.
      
       Es cierto, y por eso hemos mejorado un poco en libertad en este punto, pero hay ocasiones en que los hechos demuestran que esa tolerancia es aún solo aparente, pues queda limitada a lo que el ambiente general aprueba.
      
       C. S. Lewis, en sus "Cartas del diablo a su sobrino", habla sobre este fenómeno, que atribuye a un sólido triunfo del diablo, hábilmente aliado con la estupidez humana. Una persona puede sentirse atraída por un determinado tipo de vida, y desear entregarse a Dios en servicio a los demás, pero el tentador siempre se las ingenia para "sustituir los gustos y las aversiones auténticas de un humano por los patrones mundanos, o la convención, o la moda. Yo llevaría esto muy lejos -aconseja el diablo veterano-, porque el hombre que verdadera y desinteresadamente disfruta de algo, sin importarle lo que digan los demás, está protegido, por eso mismo, contra algunos de nuestros métodos infernales de ataque más sutiles. Debes tratar de hacer siempre que abandone la gente, la ropa o los libros que le gustan de verdad, y que los sustituya por la gente "popular", la ropa que "se lleva" o los libros que "se leen"."
      
       Hasta de las actitudes más penosas puede llegar a hacerse una moda. Es cuestión de ridiculizar con un poco de ingenio la actitud contraria. Si un hombre deja, simplemente, que los demás paguen por él, es un tacaño; pero si bromea con ello, puede tener la habilidad de pasar por un tipo gracioso. La mera cobardía es vergonzosa; pero una cobardía de la que se presume con exageraciones, puede hacernos pasar por un antihéroe práctico y divertido. Hay detalles de egoísmo que pueden hacerse no solo sin la desaprobación de la gente, sino incluso con su admiración, simplemente ridiculizando los correspondientes actos de generosidad, logrando que lo egoísta sea "lo inteligente", "lo que se lleve". La entrega a Dios es un acto de generosidad personal que debería ser valorado muy positivamente, salvo que, con un poco de habilidad, se logre dar la vuelta al planteamiento y se presente como una opción ingenua, ridícula o sospechosa.
      
       -Pues para una persona que ha entregado su vida en servicio de Dios y de los demás, percibir esa actitud debe ser bastante ingrato.
      
       Lo es, aunque afortunadamente esa entrega no está basada en el aplauso o el agradecimiento de la gente. Al final, lo que cuenta es la valentía para oponerse al ímpetu de los tópicos de moda, que a veces son notablemente agresivos. Muchos critican simplemente porque los demás critican, y de la misma manera que los demás critican, sin molestarse apenas en conocer las cosas más de cerca. Pero si cedemos a los dictados de "lo que se debe pensar", para así merecer la aprobación del ambiente general, entonces no podremos evitar que muchas veces la verdad o la justicia sean pisoteadas por culpa de nuestro miedo a la prepotencia de la mentalidad dominante.
      
       -¿Piensas entonces que la mayoría de las veces la gente no valora lo que supone la entrega a Dios, y les parece el desperdicio de una vida?
      
       Pienso que la mayoría de la gente respeta y valora mucho la entrega de una persona a cualquier ideal. Pero eso no quita que haya algunos que lo vean como malograr o desaprovechar una vida. Les parece lógico que una persona guapa e inteligente entregue la vida a otra en el matrimonio, o a un proyecto profesional, o a la práctica de un deporte, pero les parece una lástima que se entregue a Dios y a los demás.
      
       Ha pasado siempre. Por ejemplo, San Alfonso María de Ligorio era un abogado napolitano brillantísimo, hijo del Marqués de Ligorio y con un porvenir muy prometedor. Tenía dos doctorados, dominaba varios idiomas, sabía música y era un enamorado de las artes. Se le daba muy bien la vida de relación política y como abogado obtenía resonantes éxitos, pues durante ocho años nunca perdió ningún caso.
      
       En el año 1723 participó en un pleito famoso entre el Doctor Orsini y el Duque de Toscana. Alfonso María defendía al Doctor Orsini, y su exposición fue brillante, contundente y sumamente aplaudida. Creía haber obtenido el triunfo para su defendido. Pero apenas terminada su intervención, se le acerca el defensor de la parte contraria, le entrega un papel y le dice: "Todo lo que nos ha dicho con tanta elocuencia cae por su base con este documento". Alfonso María lo lee, se dirige al tribunal y exclama: "Señores, me he equivocado".
      
       A partir de ahí comienza una fuerte crisis interior. Comprende que, como en aquella ocasión, muchas veces se emplea el propio talento en causas equivocadas, y piensa que Dios le envía esa humillación para quebrar su orgullo y buscar un sentido más alto a su vida. Dedica tiempo a visitar enfermos, y un día en un hospital de incurables ve con claridad que su camino es dedicar la vida a servir a los demás. Tuvo que sostener una fuerte lucha con su padre, que cifraba en él toda la esperanza del futuro de su familia. "Alfonso mío -le decía llorando-, ¿cómo vas a dejar tu familia?".
      
       Finalmente, en 1726, a los treinta años, se ordena sacerdote y desde entonces se dedica a las gentes de los barrios más pobres de Nápoles y de otras ciudades. Reúne a los niños y a la gente humilde y les enseña catecismo al aire libre. Su padre, que gozaba oyendo sus discursos de abogado, ahora no quiere ir a escuchar sus sencillos sermones de sacerdote. Pero un día entra por curiosidad a escuchar una de sus pláticas y queda emocionado: "Este hijo mío me ha hecho conocer a Dios".
      
       Con el tiempo, en 1752, funda la Congregación del Santísimo Redentor, más conocida como los Padres Redentoristas, que se dedican a recorrer pueblos y ciudades predicando el Evangelio. Al morir, en 1787, deja escritos más de cien libros, que se han traducido a todas las lenguas, y hoy es considerado como uno de los grandes santos, Doctor de la Iglesia, y su congregación está extendida por todo el mundo.
      
       No fue una vida desperdiciada, como pareció inicialmente a su familia y a casi todos sus contemporáneos. Lo habría sido si no hubiera escuchado los requerimientos de Dios.
      

23. La fuerza de la fe

Si un hombre no está dispuesto
a dar la vida por sus ideas,
es porque sus ideas no valen nada
o él no vale nada.

Ezra Pound

       
       En el año 304, el emperador Diocleciano prohibió a los cristianos, bajo pena de muerte, tener las Escrituras, construir lugares para el culto o reunirse el domingo para celebrar la Eucaristía. En Abitina, una pequeña localidad de la actual Túnez, cuarenta y nueve cristianos fueron sorprendidos un domingo mientras, reunidos en la casa de Octavio Félix, celebraban la Eucaristía, desafiando las prohibiciones imperiales. Tras ser arrestados, fueron llevados a Cartago e interrogados por el procónsul Anulino.
      
       Fue significativa, entre otras, la respuesta que un cierto Emérito dio al procónsul, que le preguntaba por qué habían transgredido la severa orden del emperador. Respondió: "Sine dominico non possumus". Es decir, sin reunirnos el domingo para celebrar la Eucaristía, no podemos vivir, nos faltarían las fuerzas para afrontar las dificultades diarias y no sucumbir.
      
       Después de atroces torturas, estos mártires de Abitina murieron heroicamente, pero con ello vencieron, y ahora los recordamos y nos llevan a reflexionar también a nosotros, cristianos del siglo XXI, sobre la Eucaristía y sobre nuestra disposición a dar la cara por nuestra fe.
      
       En el año 320, durante la persecución de Licinio, hubo otro grupo de mártires que se hizo muy popular entre los primeros cristianos: los cuarenta mártires de Sebaste. Estaban enrolados en una legión de guardia de frontera. Los cuarenta eran muy jóvenes, de menos de veinte años. Cuando llegó al campamento la orden de Licinio de que los soldados participaran en los sacrificios idolátricos, ellos rehusaron. Fueron arrestados, atados a una larga cadena y encerrados en la cárcel. La prisión se prolongó mucho tiempo, probablemente porque se aguardaban órdenes superiores, o incluso del mismo emperador. Durante la espera, previendo su fin, los presos escribieron un testamento colectivo en el que se recogían los nombres de cada uno.
      
       Llegada la sentencia de condenación, fueron destinados a morir de frío. Debían estar expuestos desnudos por la noche, en pleno invierno, en un estanque helado y ahí aguardar su fin. El lugar elegido para la ejecución fue un amplio patio delante de las termas de Sebastia. Para aumentar el tormento de las víctimas, se dejó abierta la entrada a las termas, de donde salían chorros de vapor del calidarium. Bastaban pocos pasos para salir unos de las angustias, renegar de Cristo y recuperar en las termas esa vida que se estaba yendo de sus cuerpos minuto a minuto. El tiempo pasaba y ninguno de los condenados salía del estanque helado. Mientras sufrían aquel frío tan intenso oraban pidiendo a Dios, que, ya que eran cuarenta los que habían proclamado su fe en Cristo, fueran también cuarenta los que lograran la gracia del martirio. El vigilante de las termas asistía estupefacto a la escena. De repente, uno de los condenados, extenuado por los espasmos del frío, salió del estanque y se arrastró hacia la puerta iluminada. Al ver esto, el vigilante decidió remplazarlo completando nuevamente el número de cuarenta: se proclamó cristiano y se arrojó junto a los otros condenados.
      
       -¿Y crees que era necesario morir de esa manera?
      
       Creo que el mundo avanza y sobrevive gracias al testimonio de personas que no se dejan doblegar y saben hacer frente con valentía a los atropellos que se hacen a la dignidad del hombre.
      
       Podríamos referirnos de nuevo al ejemplo de Santo Tomás Moro, que en 1534 prefirió ser destituido de todos sus cargos, ver confiscados sus bienes y acabar recluido en Torre de Londres, antes que aceptar las infamias de Enrique VIII. Allí estuvo encerrado durante quince meses, hasta que fue decapitado, soportando todo tipo de presiones para no ser fiel a lo que Dios, a través de su conciencia, le pedía. Su testimonio de coherencia cristiana hasta el martirio explica que su fama haya crecido incesantemente con el paso de los siglos. Su nombre figura tanto en el martirologio católico como en el anglicano, y su figura es reconocida universalmente, por encima de fronteras nacionales y de confesiones religiosas, como símbolo de integridad y como testimonio heroico de la primacía de la conciencia.
      
       También podríamos recordar el caso de San Estanislao de Polonia, que en el año 1079 tuvo la audacia de censurar al mismísimo rey Boleslao II por sus múltiples inmoralidades. El rey ordenó matarlo, y como sus sicarios no se atrevían a atentar contra una persona tan santa, subió él mismo al altar de la catedral de Cracovia y, mientras celebraba la Santa Misa, lo asesinó con sus propias manos.
      
       -Supongo que no habrá sido en vano el testimonio de tantas muertes en defensa de la fe, pero dan ganas de responder de otra manera ante los atropellos y las injusticias.
      
       Es cierto, y por eso en muchas ocasiones nos preguntamos por qué razón Dios se queda callado, por qué no hace de inmediato lo que para nosotros resulta quizá evidente. Muchas veces desearíamos que Dios se mostrara más fuerte, que actuara con más contundencia, que derrotara de una vez al mal y creara un mundo mejor.
      
       Sin embargo, cuando pretendemos organizar el mundo adoptando o juzgando el papel de Dios, el resultado es que hacemos entonces un mundo peor. Podemos y debemos influir en que el mundo mejore, pero sin olvidar nunca quién es el Señor de la historia. Porque, como ha señalado Benedicto XVI, nosotros quizá sufrimos ante la paciencia de Dios, pero todos necesitamos de su paciencia. El mundo se salva por el Crucificado y no por los crucificadores. El mundo es redimido por la paciencia de Dios y destruido por la impaciencia de los hombres.
      
       El testimonio de los santos ha tenido un gran peso a lo largo de la historia. Chesterton decía que, a fin de cuentas, todos los siglos han sido salvados por media docena de hombres que supieron ir contra las corrientes de moda en ese siglo. Cada época tiene sus audacias, y cada audacia, un hombre que tiene el valor de vivir contra corriente ante las ofuscaciones y cobardías del momento.
      
       Además, muchas veces, esas persecuciones han sido ocasión de grandes bienes. Si recordamos, por ejemplo, la figura de San Esteban, el primer mártir del cristianismo, vemos que a su asesinato siguió una persecución contra los cristianos, la primera en la historia de la Iglesia, pero aquella persecución, que les obligó a huir de Jerusalén y a dispersarse, les hizo transformarse en misioneros itinerantes, de manera que la persecución, y la consiguiente dispersión, se convirtieron en misión, y el Evangelio se propagó por Samaria, Fenicia y Siria, hasta llegar a la gran ciudad de Antioquía, donde, según cuenta San Lucas, fue anunciado por primera vez también a los paganos.
      
       En todas las épocas y lugares, aunque a primera vista no lo parezca, ha sido difícil vivir la fe o la entrega a Dios. Tampoco es fácil ahora, aunque en pocos sitios haya ya prohibiciones o persecuciones formales. El mundo en el que vivimos, marcado a menudo por el consumismo, por la indiferencia religiosa o por un secularismo cerrado a la trascendencia, aparece muchas veces, para la entrega a Dios, como un desierto no menos inhóspito que el de otros tiempos. Pero quizá precisamente por eso, vivir contra corriente es tanto o más necesario.
      

24. La forja de una vocación

Muy pocos grandes hombres
proceden de un ambiente fácil.

Herman Keyserling

       
       Juan Pablo II ha sido sin lugar a dudas -así lo han reconocido hasta sus más acérrimos detractores- la figura más colosal y carismática del final del segundo milenio. Junto a ser guía espiritual de más de mil millones de católicos, se convirtió enseguida en el más vigoroso defensor de la justicia social y de los derechos humanos de todo el mundo contemporáneo. En su largo pontificado demostró una prodigiosa capacidad para conciliar fidelidad y creatividad, prudencia e ingenio, paciencia y audacia. Apoyado en su prestigio y autoridad moral como pontífice, se reveló también como un diplomático de inmensa envergadura e influencia mundial. Fue además protagonista de descollantes realizaciones intelectuales, así como de un innegable carisma ante la gente joven.
      
       Muchos se preguntan con frecuencia de dónde vinieron a Juan Pablo II esas indiscutibles cualidades personales. ¿Cómo surgió este hombre? ¿Cómo se forjó una personalidad tan extraordinaria? ¿Qué hay en la biografía de Juan Pablo II que le permitió prepararse de un modo tan sobresaliente para ejercer su misión como cabeza de la Iglesia católica en una encrucijada tan difícil de su historia?
      
       Si unos grandes expertos se plantearan preparar un líder mundial a partir de un chico joven, seguramente pensarían en una educación de elite, con unas condiciones cuidadosamente preparadas para facilitar en todo lo posible su formación académica, intelectual y humana. Sin embargo, en la biografía del joven Karol Wojtyla no hay nada de eso. Apenas aparecen momentos de facilidad. Su infancia y su juventud están marcadas por la tragedia, la pobreza y la dificultad. ¿Qué había entonces distinto a otros? ¿Por qué esas difíciles circunstancias no le hundieron sino que curtieron su personalidad y le prepararon para ser un hombre tan extraordinario? ¿Cuál fue su actitud ante los obstáculos que encontró en su vida?
      
       La biografía de Karol Wojtyla es una prueba de que el hombre, sean cuales sean las circunstancias en que viva, puede elevarse por encima de sus condicionamientos personales, familiares o sociales. Su madre fallece cuando él aún no ha cumplido nueve años. Cuando tiene doce, fallece Edmund, su único hermano. Quedan solos él y su padre. Karol es terriblemente pobre. Asiste a sus clases vestido con unos pantalones de tela burda y una arrugada chaqueta negra, la única que tiene. Logra estudiar en la Universidad de Jagellón gracias a las excelentes calificaciones que ha obtenido en el instituto. Aquel curso, Karol se matricula de dieciséis asignaturas, asiste regularmente a cursos y conferencias sobre temas muy variados, se dedica durante meses a estudiar francés, participa en una escuela de arte dramático, en un círculo intelectual y en varias asociaciones literarias y estudiantiles más. También escribe de forma inagotable. Desarrolla una actividad con la que resulta difícil imaginar cuándo come y duerme. Permanece despierto gran parte de la noche en su casa, en el pequeño sótano de la calle Tyniecka, ya que las horas del día las llena el trabajo académico y todas esas actividades ajenas a los estudios, que también ocupan parte de la noche.
      
       Aun siendo duro, aquello va marchando. Pero, de pronto, todo salta por los aires con el comienzo de la Segunda Guerra Mundial y la invasión de Polonia por los nazis. A las pocas semanas del inicio de la ocupación, el mando nazi impone una obligación de trabajo público que no es otra cosa que trabajo forzoso. Karol empieza a trabajar en una fábrica que la Solvay tiene cerca de las canteras de Zakrzówek. Allí se arrancan grandes bloques de piedras calizas por medio de cargas explosivas. Sus primeros trabajos consisten en tender raíles y hacer de guardafrenos. El invierno resulta de una dureza extraordinaria aquel año. Pierde peso rápidamente y siente frío en los huesos y agotamiento de manera casi constante. Un día especialmente frío, encuentra muerto a su padre al llegar a casa. Karol aún no ha cumplido veintiún años. Pasa la noche rezando de rodillas ante el cadáver.
      
       La muerte de su padre, junto con el hecho de no haber podido estar con él cuando falleció, es el golpe más fuerte y dramático que sufre en su vida. A partir de entonces, va al cementerio todos los días al salir de trabajar de la cantera, cruzando Cracovia de parte a parte, para rezar ante su tumba. Sus amigos están preocupados, viendo su sufrimiento, pensado que quizá no supere aquel golpe.
      
       -¿Y cómo surge su vocación?
      
       Karol asiste a unos círculos de formación espiritual para jóvenes organizados por los salesianos en la parroquia de Debniki, cerca de su casa, y allí conoce a un hombre llamado Jan Tyranowski, que abre a Karol unos nuevos horizontes espirituales y humanos. Aquel hombre, que no es sacerdote, sino un sastre de unos cuarenta años, es un auténtico maestro y trabaja las almas de aquellos chicos con una gracia muy particular. Su palabra, en conversaciones personales o en aquellos círculos, va calando hondamente en cada uno de ellos, "liberando en nosotros -son palabras de Karol, años después- la profundidad oculta de una enormidad de recursos y posibilidades que hasta entonces, trémulamente, habíamos evitado".
      
       Karol charla cada semana con Jan Tyranowski, normalmente en el modesto y abarrotado piso del sastre, además de verse en los encuentros en grupo. En aquellas conversaciones, Karol va comentando el resultado de sus esfuerzos personales por mejorar en los puntos que se tratan en las reuniones. Tyranowski sabe la importancia de esa disciplina ascética para la formación de una persona. A medida que la amistad entre ambos va creciendo, pasean con frecuencia, se visitan en sus respectivos domicilios y pasan largos ratos leyendo y hablando.
      
       Un amigo suyo, que asiste con él a aquellos círculos, asegurará tiempo después que "fue la influencia de Jan Tyranowski la que le ayudó a recuperar el equilibrio"; y añade que "de no haber sido por Tyranowski, Karol no sería sacerdote, y yo tampoco; no quiero decir que nos empujara: sencillamente, nos abrió un camino nuevo."
      
       Sin embargo, la decisión del sacerdocio aún tardará año y medio en madurar en el corazón y en la mente de Karol. Años después, recordará "con orgullo y gratitud el hecho de que me fue concedido ser trabajador manual durante cuatro años; durante ese tiempo surgieron en mí luces referentes a los problemas más importantes de mi vida, y el camino de mi vocación quedó decidido…, como un hecho interior de claridad indiscutible y absoluta."
      
       La oración constante es lo que permite a Karol salir adelante, tanto en su vida espiritual como emocional, en medio de su dura vida de trabajo. Reza cada día en la iglesia de Debniki antes de ir al trabajo, reza en la fábrica, reza en una antigua iglesia de madera cerca de la fábrica, y cuando se dirige cada día al cementerio, después de trabajar, reza ante la tumba de su padre, y después reza en su casa. La mayoría de sus compañeros de trabajo, que conocen cómo es su vida en medio de aquella persecución religiosa, le miran con respeto, admiración y afecto. Stefania Koscielniakowa, que trabaja en la cocina de la planta, queda muy impresionada cuando el supervisor le señala en una ocasión a Karol y le dice: "Este chico reza a Dios, es un chico culto, tiene mucho talento, escribe poesía…; no tiene madre, ni padre…; es muy pobre…, dale una rebanada de pan más grande porque lo que le damos aquí es lo único que come".
      
       Una tarde de septiembre de 1942, después de ensayar una obra de teatro de Norwid, Karol habla con Kotlarczyk -que es el alma del grupo teatral, y con el que ahora comparte piso después de la muerte de su padre-, y le explica que piensa ingresar en un seminario clandestino porque quiere ser sacerdote. Kotlarczyk pasa varias horas intentando disuadirle de su propósito. Invoca la santidad del arte como gran misión, recuerda a Karol la advertencia del Evangelio contra el desperdicio del talento y le suplica que aplace su decisión.
      
       Sin embargo, Karol se mantiene firme y al mes siguiente comienza sus estudios sacerdotales. Las clases son individuales y se dan en lugares secretos. La mayoría de los alumnos no saben de la existencia de los demás seminaristas hasta el final de la guerra. La vida externa de Karol apenas cambia: continúa trabajando en la Solvay y cumple sus compromisos con la compañía de teatro durante seis meses. La diferencia es que, ahora, a sus anteriores obligaciones se añade la de estudiar en el seminario clandestino, lo cual supone además un gran riesgo. Ser detenido como seminarista secreto significa la muerte en un campo de concentración, como de hecho sucede a no pocos seminaristas polacos.
      
       El 29 de febrero de 1944, cuando un cierto optimismo se extiende en Polonia porque parece acercarse el final de la guerra, Karol sufre un grave accidente al volver del trabajo. Un pesado camión del ejército alemán cargado con unos tablones le golpea al pasar. Queda tendido en el suelo con una fuerte conmoción cerebral. Una señora que pasa por allí le lava un poco con agua de una zanja, paran a otro camión y es trasladado a un hospital, donde pasa quince días ingresado y varias semanas más de convalecencia.
      
       El 6 de agosto llega el llamado Domingo Negro, en que el mando alemán, temeroso de una sublevación en Cracovia, hace una gigantesca redada por toda la ciudad. Cuando irrumpen en la casa de Karol, éste permanece en su cuarto, arrodillado y rezando en silencio, e inexplicablemente los soldados no entran en esas habitaciones.
      
       Con el final de la guerra, el seminario deja de ser secreto. Karol culmina con gran brillantez sus estudios y es ordenado sacerdote. Cincuenta años después, es un Papa que, a pesar de su ancianidad y su falta de salud, sigue desplegando una actividad infatigable y valiente. Desde el principio, las circunstancias del ambiente parecían confabularse para impedir su avance en el camino de entrega a Dios. Pero también eran condicionantes que hacían madurar y curtir su vocación. Así supo asumirlos Karol, y así preparó Dios su alma para los altos designios que le tenía preparados, pero que, como sucede siempre, son designios que quedan en buena medida a merced de la libertad humana.
      
       -Es todo un testimonio de cómo sacar adelante una vocación en medio de mil dificultades.
      
       Puede servir para aquellos que asocian la idea de vocación con un entorno de facilidad donde abrirse camino. La realidad es que, cuando se analiza la vida de las grandes figuras de la historia de la Iglesia, nos encontramos con que muchas de ellas, si no todas, han pasado por serias dificultades interiores o exteriores para sacar adelante su vocación.
      
       En el año 1765, un joven austriaco llamado Hansl Hofbauer quiere ser sacerdote. Tiene catorce años. Desgraciadamente, al ser huérfano y de familia pobre, tiene pocas posibilidades de seguir los estudios necesarios. Comienza por hacerlos acudiendo a diario a la casa parroquial, pero aquello acaba al poco tiempo de modo repentino con la muerte del párroco. El nuevo párroco no encuentra tiempo para ayudarle en sus estudios, y el chico se ve en la necesidad de trabajar como aprendiz en la panadería de un convento. El superior del convento comprueba la valía y la abnegación del chico atendiendo a la gente necesitada que acude por allí, y le ayuda a retomar sus estudios para el sacerdocio. Sin embargo, pronto fallece el superior, y el joven candidato queda de nuevo desamparado. A los diecinueve años, decide hacerse ermitaño, pero a los pocos meses comprende que aquel no es su camino. Intenta después ingresar en el noviciado de los Padres Blancos de Kloster Bruck, pero el emperador ha prohibido que este monasterio premonstratense admita nuevos novicios. Una vez más, se le cierran las puertas al sacerdocio.
      
       Cuando tiene ya casi treinta años, un día acude en auxilio de dos señoras en medio de un aguacero. Aquel favor conmueve a aquellas mujeres que, al enterarse que Hansl desea ser sacerdote pero no puede costearse los estudios, se encargan de sufragar los gastos. Y así, a los treinta y cuatro años, logra llegar al sacerdocio después de cinco intentos fallidos a lo largo de más de veinte años. Ingresa por entonces en la comunidad redentorista, tomando el nombre de Clemente, y en las décadas siguientes da un enorme impulso a la congregación en toda Polonia y luego en Austria. Cuando fallece, con casi setenta años, su fama de santidad se extiende por toda Europa. Si no hubiera superado con tenacidad las numerosas dificultades que tuvo para llegar a ser sacerdote, y las muchas otras que vinieron después en el ejercicio de su ministerio, hoy la Iglesia no contaría con la figura de San Clemente Hofbauer, cuya fecundidad apostólica fue tan notable que es considerado como el segundo fundador de los Redentoristas.
      
       Unos pocos años antes, en 1731, en Nápoles, una chica joven trabaja muchas horas diarias en el taller de hilados de su padre y demuestra también una notoria vida de piedad. Rinde en el trabajo más que sus compañeras y, a la vez, dedica mucho tiempo a la oración y a dar catequesis a niños pobres. Como es muy hermosa, su padre le concierta un ventajoso matrimonio con un chico de clase alta. Pero María Francisca le dice que ella ha prometido a Dios dedicarse a la vida espiritual y a ayudar a las almas. Entonces su padre estalla en cólera, le da violentos azotes y la encierra en su habitación a pan y agua por varios días. Su madre logra que un padre franciscano vaya a la casa y convenza al furibundo padre para que deje libertad a su hija a la hora de escoger su futuro. El religioso lo logra y María Francisca, con dieciséis años, toma el hábito de Terciaria Franciscana. Sigue viviendo en su casa, y como demuestra un gran discernimiento de las conciencias y un extraordinario don de consejo, su padre quiere explotar económicamente las cualidades de su hija cobrando las numerosas consultas que recibe. Ella se niega, y de nuevo su padre la castiga ferozmente. Tiene que defenderse acudiendo al juez y finalmente se ve obligada a dejar la casa de sus padres. Pero resiste a todas esas dificultades y, hasta su muerte, pasa casi sesenta años de vida religiosa atendiendo a gentes venidas desde los lugares más recónditos a pedir su consejo. Recibió muchas gracias extraordinarias de Dios y hoy Santa María Francisca es venerada por millones de personas en todo el mundo. Nada de esto habría sido posible sin su fortaleza ante los obstáculos que encontró para defender su vocación.