25. La vida a una carta

Lo que se necesita para conseguir la felicidad,
no es una vida cómoda,
sino un corazón enamorado.

San Josemaría Escrivá

 

Cuando una chica de alta sociedad
opta por ponerse al servicio de los pobres
se produce una auténtica revolución,
la mayor de todas, la más difícil:
la revolución del amor.

Madre Teresa de Calcuta

       
       En el primer volumen de las Memorias de Julián Marías hay una reflexión especialmente conmovedora y que refleja una cuestión verdaderamente crucial. Escribe, después de su boda, cuando se encuentra subjetivamente en la cima de la felicidad, y dice: "Siempre he creído que la vida no vale la pena más que cuando se la pone a una carta, sin restricciones, sin reservas. Son innumerables las personas, muy especialmente en nuestro tiempo, que no lo hacen por miedo a la vida, que no se atreven a ser felices porque temen a lo irrevocable, porque saben que si lo hacen, se exponen a la vez a ser infelices."
      
       "Efectivamente -añade José Luis Martín Descalzo-, una de las carcomas de nuestro siglo es ese miedo a lo irrevocable, esa indecisión ante las decisiones que no tienen vuelta de hoja o la tienen muy dolorosa, esa tendencia a lo provisional, a lo que nos compromete "pero no del todo", que nos obliga "pero solo en tanto en cuanto". Preferimos no acabar de apostar por nada, o si no hay más remedio que hacerlo, lo rodeamos de reservas, de condicionamientos, de "ya veremos cómo van las cosas".
      
       "Ocurre en todos los terrenos. Por de pronto, en la vida matrimonial. Pero el "miedo a lo irrevocable" ha llegado incluso a lo religioso y lo más intocable, que es el sacerdocio. Uno puede fracasar y equivocarse, es cierto, pero ¿cabe mayor fracaso que lanzarse a volar con las alas atadas por toda una maraña de condicionamientos?
      
       "Y lo que más me preocupa es que parece que este pánico a lo irrevocable se ha convertido en una de las características espirituales de la mayor parte de nuestra juventud y de un buen porcentaje de adultos. La gente no es amiga de jugarse la vida a una carta en ningún terreno; prefiere embarcarse hoy en el barco de hoy y mañana ya pensará en qué barco lo hace.
      
       "Y lo más grave es que esto se está presentando como un ideal, como "lo inteligente", como "lo civilizado". ¿Con qué razones? Te dicen: todo es relativo, comenzando por mí mismo. Yo sé cómo es hoy el hombre que yo soy; pero no sé cómo seré mañana. Todos cambiamos de ideas, de modos de ser. ¿Por qué comprometerlo todo a una carta cuando el juego de mañana no sé cómo se presentará?
      
       "Y hay en este raciocinio algo de verdad: es cierto que hay muchas cosas relativas en la vida, en las que hasta será bueno cambiar en el futuro, cuando se vean con nueva luz. Pero, relativizarlo todo, ¿no será un modo de no llegar nunca a vivir?
      
       "En realidad, esas cosas permanentes son pocas: el amor que se ha elegido, la misión a la que uno se entrega, unas cuantas ideas vertebrales y, entre ellas, desde luego, para el creyente, su fe. En éstas, lo confieso, mis apuestas siempre fueron y espero que sigan siendo totales. Por esas tres o cuatro cosas yo estoy dispuesto a jugar a una sola carta, precisamente porque estoy seguro de que esas cosas o son enteras o no son. Así de sencillo: o son totales o no existen. Un amor condicionado es un amor putrefacto. Un amor "a ver cómo funciona" es un brutal engaño entre dos. Un amor sin condiciones puede fracasar; pero un amor con condiciones no solo es que nazca fracasado, es que no llega a nacer."
      
       -Pero es natural que ahora que la gente vive mejor, y que por tanto tiene más que perder, tenga más miedo a apostar por seguir caminos irrevocables.
      
       Me viene a la memoria la escena del Antiguo Testamento en que el rey Salomón pide a Dios sabiduría y discernimiento, en vez de riquezas, salud, larga vida, poder o placeres. A Dios le agradó ese deseo de Salomón, por ser una petición buena e inteligente, y le dijo que le daría lo que pedía, y también lo que no pedía.
      
       Con la entrega a Dios o a otra persona sucede algo parecido. No debemos dejarnos seducir por esos señuelos que absorben la vida de tantos, sino dirigir nuestra vida con un horizonte más elevado, con una apuesta decidida por ser fieles toda la vida, y entonces Dios se mostrará generoso con nosotros, y nos dará lo uno y lo otro: la sabiduría y la felicidad.
      
       -¿Crees entonces que no hay que tener miedo a pedirle a Dios que nos conceda aquello que no siempre nos apetece?
      
       Hay que pedirle luz y sabiduría, como hizo Salomón. Mucha gente tiene a Dios como un mero recurso en caso de dificultad. Le piden cosas como si Dios fuera un fontanero al que llaman cuando les falla un grifo o aparecen unas goteras. Pero quienes tratan a Dios con mayor cercanía, no le piden eso, o al menos no le piden solo eso. Comprenden enseguida que Dios no está para solucionarnos los problemas domésticos, sino que debe iluminar nuestra vida constantemente. Entonces, como Salomón, comprenden qué es lo que deben pedir. Y quizá les impone un poco pedirlo, pero lo hacen. Y piden lo que nadie pide. Piden a Dios que les llene de sabiduría, que alumbre su camino, que les haga ver qué quiere, qué espera de ellos. Y descubren su vocación, y dan a su vida un sentido de misión.
      
       Desde fuera, algunos pensarán que es una tontería no buscar y pedir riquezas y goces. No se dan cuenta de que Dios, con su sabiduría, da la mayor riqueza. No han comprendido aún que no hay nada más triste que la oscuridad de no querer ver a Dios que sale a nuestro encuentro. Que, en el fondo, Dios nos da también, con su sabiduría, lo que no hemos pedido y otros tanto ansían.
      
       Esa cercanía a Dios es necesaria para el discernimiento de la propia vocación, y también para corresponder a ella y alcanzar la felicidad. "Hemos de trabajar mucho cada día -explicaba la Madre Teresa de Calcuta- para vencernos a nosotras mismas. Hemos de pedir la gracia de amarnos mutuamente. Para poder hacer eso nuestras hermanas llevan una vida de oración y sacrificio. Por eso comenzamos nuestro día con la comunión y la meditación. Todas las noches, cuando volvemos del trabajo, nos reunimos en la capilla para hacer una hora ininterrumpida de adoración. En la quietud de la oscuridad encontramos paz en la presencia de Cristo. Esa hora de intimidad con Jesús es algo muy hermoso. He visto un gran cambio en nuestra congregación desde el día en que comenzamos a hacer adoración diaria. Nuestro amor por Jesús es más íntimo. Nuestro amor entre nosotras es más comprensivo. Nuestro amor por los pobres es más compasivo."
      
       Si uno se atreve a pedirle a Dios lo que pocos le suelen pedir, pero que supone la mayor inteligencia, Dios nos hace ver nuestro camino cada vez con más claridad. Eso supone exigencia, pero con la exigencia viene la satisfacción y la felicidad. Aunque no quiere decir que con eso uno tenga ya un seguro a todo riesgo para la santidad. De hecho, Salomón se descuidó al final de su vida y se apartó de Dios.
      
       -¿Piensas entonces que hay que jugarse la vida a una carta?
      
       Son una multitud los santos de la Iglesia. Cada uno de ellos tuvo su misión. Cada uno se jugó la vida a una carta. También nosotros tenemos una misión específica y concreta por la que hemos de apostar la vida. Un camino, un itinerario personal para alcanzar esa plenitud de la vida cristiana a la que estamos llamados. Un camino para realizar, en definitiva, la misión de la Iglesia, que continúa a través de los siglos la misión de Cristo de anunciar la salvación a todos los hombres de todos los tiempos. "Toda criatura humana -ha escrito Javier Echevarría- ha de enfrentarse a los años de su existencia con la conciencia de que son un tesoro puesto en sus manos por Dios, y de que, como toda dádiva, entrañan una responsabilidad. El cristiano ve sus días como el plazo que se le concede para responder a la vocación y a la misión que le han sido confiadas."
      
       Puede ser que Dios te llame a un camino específico y singular dentro de la Iglesia, por ejemplo, como sacerdote. En ese caso particular, te esperan miles de almas sedientas de los sacramentos, sedientas del mensaje salvador de Dios. Miles de hombres y mujeres encontrarán en tu palabra y en tu vida un refugio contra su soledad y su cansancio, una razón para seguir viviendo. Si respondes generosamente a su llamada, tus manos elevarán sobre la tierra el Cuerpo de Cristo, perdonarán los pecados en su nombre, facilitarán la salvación a muchas almas. Unas, por tu testimonio o tu trabajo directo; otras, fruto de tu oración, de tu sacrificio personal, de tu entrega escondida que Dios contempla y hace fructificar. De muchas de ellas tendrás noticia y conocimiento; de otras, quizá muchas más, no sabrás nunca. Todo eso, tanto en ese camino como en cualquier otro que Dios te señale, se hará realidad, como explica la parábola de la semilla que muere para dar fruto, si eres capaz de apostar tu vida a una carta y morir a ti mismo por amor a Dios.
      
       Jugarse la vida a una carta no es simplemente tomar una decisión en un momento determinado y renunciar por Dios a otros proyectos menores. Es una actitud que ha de estar presente a lo largo de toda la vida. Es apostar con total determinación por el camino que Dios nos inspire, y seguirlo con perseverancia aunque no siempre encontremos a nuestro alrededor la acogida o la correspondencia que esperábamos.
      
       Santa Francisca Cabrini había fundado en 1880 la Comunidad de las Misioneras del Sagrado Corazón y se había establecido en Lombardía con sus primeras religiosas. En aquel tiempo eran muchísimos los italianos que emigraban a Norteamérica, y allí apenas tenían asistencia espiritual. El Arzobispo de Nueva York, Mons. Corrigan, había pedido personalmente a Francisca que enviara a sus religiosas a ese país. Ella deseaba que fueran a China, pero León XIII le rogó que atendiera esa petición y Santa Francisca cambió de planes inmediatamente. El viaje le resultó muy duro, pues siendo niña se había caído a un río y desde entonces tenía horror al agua, pero cruzó el Atlántico con seis de sus religiosas y desembarcó en Nueva York en marzo de 1889. La acogida no fue precisamente entusiasta. Al llegar, se encontraron con que las benefactoras que habían prometido conseguir una casa para poner en marcha un orfanato y una escuela primaria, habían tenido algunas diferencias con el arzobispo y el proyecto se había abandonado. Cuando fueron a ver a Mons. Corrigan, estaba tan desanimado que terminó diciendo que, en vista de las circunstancias, lo mejor era que la madre Cabrini y sus religiosas regresaran a Italia. Pero ella respondió: "No, señor arzobispo, el Papa nos envió aquí, y aquí nos vamos a quedar". Podía haberse desanimado, pero había apostado su vida a una carta y no se iba a retirar por este nuevo envite de la dificultad. A los pocos meses ya habían encontrado otra casa y en menos de un año ya fueron a formarse a Italia las dos primeras novicias norteamericanas.
      
       La Comunidad de Misioneras del Sagrado Corazón no solo se asentó enseguida en Nueva York, sino que empezó a extenderse por toda América del Norte y del Sur, con numerosas escuelas, orfanatos y hospitales. A la vuelta de veinte años, eran ya más de mil religiosas. Santa Francisca Cabrini acabaría siendo la primera ciudadana norteamericana canonizada, y su vida fue un ejemplo de tesón y de fortaleza, de despliegue de actividad en servicio de Dios y de preocupación santa por el desamparo que muchas veces pasa la juventud.
      
       Al final, responder que sí a la llamada de Dios será siempre una apuesta, un acto de fe en esa llamada y en quien la hace. Así han obrado los santos a lo largo de la historia. Y así obró la Virgen, como testimonia el Evangelio en las palabras de la Visitación a su prima Santa Isabel: "Dichosa la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor".
      

26. ¿Demasiado joven?

En momentos difíciles,
la audacia sirve muchas veces de prudencia.

Publio Siro

       
       Luis Gonzaga era el mayor de los hijos del príncipe imperial italiano Ferrante Gonzaga, Marqués de Castiglione delle Stiviere. Don Ferrante puso todos los medios para que su hijo Luis fuese un prestigioso militar como él. En 1577, cuando tenía nueve años, lo llevó con su hermano Rodolfo a Florencia, dejándolo a cargo de varios tutores. A Luis le atraían mucho las aventuras militares, así como las posibilidades que le ofrecía el hecho de ser el primogénito y heredero de tan importante familia. Sin embargo, desde muy joven veía que un ideal más grande se abría camino en su horizonte personal.
      
       Fue en Montserrat, cuando tenía quince años, donde percibió con claridad en su interior una llamada de Dios. Habló de ello primero a su madre, que aprobó enseguida sus proyectos. Pero en cuanto lo supo su padre, montó en cólera hasta tal extremo que amenazó con ordenar que le azotaran hasta que recuperase el sentido común. Puso a la vocación de su hijo todas las dificultades imaginables, mientras repetía: "¡Mi hijo no será fraile!".
      
       Esperaba que el ambiente cortesano acabaría por conquistarlo, pero el joven Luis volvía siempre tan decidido como al principio. Se sucedieron escenas muy violentas entre padre e hijo. Persistió en su negativa hasta que, por mediación de algunos de sus amigos, acabó accediendo de mala gana a dar su consentimiento provisional. Pero al poco tiempo se reanudaron las discusiones sobre el futuro de Luis. El chico se encontró con nuevos obstáculos a su vocación, pues a la tenaz negativa de su padre se añadió la oposición de la mayoría de sus poderosos parientes -algunos de ellos eclesiásticos-, que recurrieron a diversas promesas y amenazas para disuadirle.
      
       Ferrante hizo los preparativos para enviar a su hijo a visitar todas las cortes del norte de Italia y, terminada esta gira, encomendó a Luis una serie de tareas importantes, con la esperanza de despertar en él nuevas ambiciones que le hicieran olvidar sus propósitos. Pero no hubo nada que pudiese doblegar la voluntad de su hijo. Después de haber dado y retirado su consentimiento varias veces, Ferrante capituló por fin. Al recibir el consentimiento imperial para transferir los derechos de sucesión a su hermano Rodolfo, escribió al padre Claudio Aquaviva, general de los jesuitas, diciéndole: "Os envío lo que más amo en el mundo, un hijo en el cual toda la familia tenía puestas sus esperanzas".
      
       Luis partió hacia Roma para ingresar en el noviciado en 1586, cuando tenía dieciocho años. Seis semanas después murió Don Ferrante. Desde el momento en que su hijo abandonó el hogar paterno, aquel hombre había transformado completamente su manera de vivir: el ejemplo de aquella vida de entrega había sido una luz que le hizo mejorar mucho en sus últimos momentos.
      
       Al poco de iniciar su vida religiosa, Luis tuvo que sufrir otra difícil prueba: la alegría espiritual que había tenido desde su más tierna infancia, desapareció de pronto. Pero supo ser fiel también en esos momentos de oscuridad, que acabaron desapareciendo. Para dejar claro que había abandonado las comodidades propias de su condición social, quiso vivir en la estancia más pobre, un cuarto estrecho debajo de la escalera y con una claraboya en el techo, sin otros muebles que un camastro, una silla y un estante para los libros. Pidió que le permitieran trabajar en la cocina, lavar los platos y ocuparse en las tareas más materiales de servicio a los demás.
      
       Su vida fue muy breve. Murió con fama de santidad en 1591, a los veintitrés años de edad. Pronto fue canonizado, y posteriormente proclamado protector de los estudiantes jóvenes y patrono de la juventud cristiana.
      
       "Bienaventurados los que se entregan a Dios para siempre en la juventud", escribió San Juan Bosco. La Iglesia ha bendecido siempre la entrega a Dios en la juventud: una entrega que le ha dado tantos santos. El panorama de los santos de la Iglesia católica nos muestra que la mayoría de ellos se entregaron a Dios siendo jóvenes, muy jóvenes. Basta repasar el santoral para ver que la Iglesia rezuma alegría de juventud, la venera en sus altares y aprende de ella y de su heroísmo. San Bernardo, gran doctor de la Iglesia, fue elegido abad del monasterio cisterciense de Claraval a la edad de veinticinco años. La mayoría de los mártires de Uganda oscilaban entre los quince y los veintidós años. San Estanislao de Kostka murió a los dieciocho, Santa Teresa de Lisieux a los veinticuatro, San Casimiro de Polonia a los veintiséis, Domingo Savio a los catorce, Kateri Tekakwitha -la primera indígena norteamericana beatificada- a los veinticuatro. Desde luego, si esas vocaciones jóvenes hubieran cedido a la sempiterna cantinela de que "son demasiado jóvenes para entregarse a Dios", o que "han de esperar a saber más de la vida", o que "han de probar antes otras cosas", ese después no les habría llegado y no tendríamos el ejemplo de su vida santa, que no necesita de muchos años de edad.
      
       Dios llega casi siempre en la juventud, en la hora ordinaria del amor. El primer atisbo puede experimentarse en la niñez o en la adolescencia. Teresa de Lisieux deseó hacerse religiosa desde el primer despertar de la razón, y así lo cuenta con detalle en sus memorias, cuando relata la ocasión en que, a los catorce años, en 1887, pidió a León XIII que la dejase entrar a esa edad en el Carmelo.
      
       -Pero no siempre será así. Supongo que la vocación puede llegar a cualquier edad.
      
       Efectivamente, cuando Dios llama, importa poco la edad. Ya hemos visto que San Alfonso María de Ligorio se decidió a los veintisiete, San Agustín se bautizó a los treinta y tres, y San Juan de Dios cambió de vida a los cuarenta y dos. No existe una "edad perfecta" para la entrega. Dios llama cuando quiere y como quiere. Nunca es demasiado pronto ni demasiado tarde para corresponder a su llamada. Pero el amor humano suele llegar en la juventud, y Dios suele llamar en la juventud. La Virgen era una adolescente. San José debía de ser también bastante joven. Y Juan, el único apóstol que acompañó al Señor al pie de la cruz, era también un adolescente.
      
       Cinco siglos antes, Jeremías vivía en Anatot, un pueblecito cercano de Jerusalén, en la finca de sus padres, cuando fue llamado por Dios a ser su profeta. Según cuenta el Antiguo Testamento, el chico se resistía a esa llamada aduciendo que él era demasiado joven y débil para esa tarea tan importante, pero Dios le respondió: "No digas que eres demasiado joven o demasiado débil, porque Yo iré contigo y te ayudaré".
      
       Ser muy joven no es motivo para retrasar la entrega a Dios. La juventud es la época del amor. Cuando se es joven, se está menos maleado, menos desencantado y menos mediatizado por el egoísmo. El corazón joven es más libre para el amor. Además, no vamos a esperar a ser viejos para darle a Dios las sobras de nuestra vida. Cualquier tiempo es bueno para la entrega, pero la juventud es la mejor edad. Es el momento en el que comienzan a despuntar los ideales que impulsarán el resto de la existencia.
      
       Se ha dicho, con razón, que una vida lograda es un ideal vislumbrado en la juventud y realizado en la madurez. Por eso insistía Juan Pablo II a un grupo numeroso de jóvenes: "¡No tengáis miedo de vuestra juventud! ¡No tengáis miedo de correr el riesgo de la libertad! ¡No ahoguéis los generosos impulsos del amor que os pide que hagáis, de vuestra vida, un servicio a los demás!".
      
       -Pero no puede negarse que la entrega a Dios de gente muy joven tiene sus riesgos.
      
       Es verdad que no todo ambiente autodenominado religioso es solo por eso recomendable para un joven. Pero me parece que una persona que se plantea entregarse a Dios suele tener un grado considerable de madurez y es capaz de distinguir entre un lugar de manipulación y una institución o unas personas que tienen la garantía de la autoridad eclesiástica.
      
       -¿Y por qué ahora hay menos vocaciones?
      
       Depende de dónde, porque en muchos lugares hay ahora muchas vocaciones. Pero cuando no hay vocaciones, conviene reflexionar sobre por qué ocurre. "Porque quizá -como ha escrito el arzobispo Fernando Sebastián- sí que hay vocaciones, porque Dios sigue llamando para todo aquello que la Iglesia y el mundo necesitan. Lo que quizás faltan son respuestas.
      
       "La voz de Dios se oye solo cuando hay un cierto grado de silencio interior. Es una voz íntima, que resuena solo a cierta profundidad de uno mismo. El que vive volcado sobre lo exterior, acaparado y seducido por las cosas exteriores, no puede oír la llamada de Jesucristo. Si uno no se pregunta para qué está en el mundo, qué es lo que de verdad vale la pena en la vida, qué quiere Dios de mí, nunca llegará a percibir ni formular una respuesta."
      
       Todos debemos sacar tiempo para cuestionarnos nuestra propia vida y preguntarnos para qué estamos en este mundo, qué es lo que puede dar verdadero valor a nuestra vida, lo que puede llenar el corazón y dar felicidad a largo plazo. No podemos ser cristianos de seguir la corriente. Hemos de tener el valor de decir, como San Pablo, "¿Señor, qué quieres de mí?". Esta es la actitud indispensable para poder escuchar la voz de Dios. Preguntar al Señor cuál es nuestro puesto, dónde nos quiere, qué necesita la Iglesia de cada uno de nosotros, qué podemos hacer por el bien de los demás.
      
       Responder a la vocación personal es tanto como vivir con libertad la propia existencia. Aceptar la propia vocación es intentar vivir libremente según el designio de Dios sobre nosotros. Por eso hemos de rezar por las vocaciones, pero no solo por la vocación de los demás, sino también y sobre todo para que Dios nos haga ver nuestro propio camino.
      
       "La ayuda decisiva que nuestros jóvenes necesitan -concluía Fernando Sebastián- es una comunidad cristiana clara, entusiasta, una comunidad de hermanos que rezan, que se quieren, que colaboran con alegría y con confianza dentro de la acción misionera de la Iglesia. Este es el clima que hay que difundir en nuestra Iglesia y esta es la labor que tenemos que hacer entre todos, padres, educadores, catequistas, sacerdotes, para que vuelvan a florecer en nuestra Iglesia las vocaciones y las respuestas, respuestas de todas clases y en todos los tonos, familias cristianas, apóstoles seglares, vírgenes consagradas, misioneros, sacerdotes."
      

27. Demasiado pronto

Lo que puedes hacer,
o sueñes que puedes hacer,
empieza a hacerlo.

Goethe

       
       Es natural que los padres tiendan a pensar que sus hijos son aún demasiado jóvenes e inmaduros para tomar decisiones importantes sobre su vida. Lo confirman los comentarios habituales de los padres cuando sus hijos empiezan a ejercer ciertas responsabilidades: ¡son tan jóvenes!
      
       Dios llama a las almas en diversas etapas de la vida: en la niñez, en la adolescencia, en la juventud…
      
       -¿En la niñez?
      
       Juan Pablo II, en su "Carta a los niños", en 1994, dice que "Dios llama a cada hombre y su voz se deja sentir ya en el alma del niño".
      
       El Cardenal de Madrid, Antonio María Rouco, contaba cómo sintió la llamada de Dios cuando tenía siete años. "Se dice, Don Antonio María -le preguntaron en una entrevista en la revista Ecclesia en 1996-, que para que una persona se plantee una vocación tiene que ser ya madura, que sepa lo que hace…, y se mira con un cierto recelo que un chico joven o que un niño se pueda plantear la vocación. En ese sentido, a un niño, a un adolescente que se está pensando la vocación, ¿qué le podría usted decir?". "Pues que yo… -contestó el Cardenal- ¡me planteé la vocación con siete años! Y no estoy exagerando nada. Yo a los siete años tenía unas ganas de ser cura… ¡locas! (…). A partir de ese dato de mi experiencia, veo que, primero, uno nace ya con vocación. Es decir, uno nace por vocación. Esa vocación te acompaña toda la vida y se manifiesta en las condiciones y en las circunstancias propias de la evolución del chico, a través de las distintas edades.
      
       "Un niño es capaz de responder a una vocación: como niño. Y esa respuesta la tendrá que traducir a una respuesta adolescente y a una respuesta madura cuando llegue el momento. Pero eso no quiere decir que no haya tenido vocación o que no haya podido responder a su manera. Yo creo que hay que respetar mucho esas vocaciones y esas respuestas: por amor al Evangelio y por exigencia del Evangelio. La Iglesia lo ha entendido siempre así y las ha cuidado mucho. Lo demás es una concepción demasiado…, digamos, prepotente: ¡la madurez personal!
      
       "¿Cuándo está uno maduro? Pues no lo sé. Naturalmente, se requiere un desarrollo biológico previo. Pero, ¿la madurez espiritual? ¿la madurez delante de Dios? ¿la capacidad de entrega? La puede tener un niño de una forma mucho más limpia, noble y total que una persona mayor."
      
       -Pero no creo que sea lo habitual que la vocación surja desde tan joven.
      
       Quizá es más habitual en la adolescencia, o en la juventud, pero también es bastante frecuente que los primeros deseos de entrega se presenten en la niñez, aunque no se concreten hasta tiempo después.
      
       Santo Tomás de Aquino explicaba la predilección de Jesús hacia el apóstol Juan, por su tierna edad, y dice que eso nos da a entender cómo ama Dios de modo especial a aquellos que se entregan a su servicio desde la primera juventud. Y Juan Pablo II lo comentaba en 1988: "¡Cristo tiene necesidad de vosotros, jóvenes! Responded a su llamada con el valor y el entusiasmo característico de vuestra edad."
      
       -¿Y qué crees que deben hacer los padres ante esto?
      
       Cuando Dios llama a esas edades, los padres deben actuar con mucho sentido común y mucho sentido sobrenatural. No pueden hacer una valoración exclusivamente terrena del misterio de la llamada divina, una interpretación ajena a lo sobrenatural. Ni pensar por principio que cuando una persona joven toma una decisión de entrega a Dios lo hace por desconocimiento de la realidad o ignorancia del mundo.
      
       El discernimiento de la llamada no es cuestión de experiencia humana o de conocimiento de otras realidades, sino sobre todo de madurez en el trato con Dios. Además, en la actualidad, para bien o para mal, lo habitual es que cualquier persona joven haya tenido que afrontar toda una serie de dilemas morales con los que la anterior generación no se enfrentó, y que haya conocido, y no siempre positivamente, bastante de ese mundo al que sus padres se refieren. Saben de todo eso quizá más de lo que los adultos piensan, pero en todo caso lo importante no es conocer mucho mundo sino decir a Dios que sí cuando pasa a nuestro lado, como hizo el apóstol San Juan, que era muy joven, un adolescente.
      
       La vocación no es programable: Dios llama como y cuando quiere. No debemos imponer a Dios nuestro propio calendario. El mismo Señor habla en el Evangelio de las distintas llamadas a diferentes horas del día, cada cual en el momento previsto desde la eternidad. Si fuera un simple "apuntarse" a una realidad humana (como sucede a la hora de elegir un club deportivo o una carrera universitaria, por ejemplo), sería natural estudiar las distintas posibilidades de elección, y programar los tiempos oportunos. Pero solo Dios decide el momento en que irrumpe en nuestra vida con su llamada.
      
       -Pero será bastante excepcional el hecho de plantearle a otra persona la posibilidad de entregarse a Dios.
      
       No es exactamente eso lo que dijo Juan Pablo II en su alocución del 13 de mayo de 1983: "No debe existir ningún temor en proponer directamente a una persona joven o menos joven la llamada del Señor. Es un acto de estima y confianza. Puede ser un momento de luz y de gracia."
      
       Hay que pensárselo bien, por supuesto, y hay que hacerlo con enorme respeto a la libertad, pero no es algo tan extraordinario. Si esa persona tiene esa vocación, hablarle de ello será una ayuda que siempre agradecerá. Si no tiene esa vocación, la propuesta no le causará ninguna inquietud, como de hecho sucede a la inmensa mayoría de las personas.
      
       Hay en algunos ambientes un auténtico tabú en torno a estos temas, que lleva a no mencionar casi nunca a los jóvenes que tal vez Dios puede llamarles. Debiera ser normal que una persona pregunte a otra: ¿has pensado alguna vez en entregarte a Dios? ¿no te gustaría ser sacerdote? ¿crees quizá que lo tuyo es ser religiosa? Esas preguntas se formulan con naturalidad en otros ámbitos de la vida: ¿te gustaría estudiar esa carrera? ¿quieres trabajar en ese sitio? ¿te gusta ese chico, o esa chica?
      
       Dios llama de mil maneras: a través de una pregunta, de un libro, de un ejemplo, de una película, de un accidente, de una enfermedad, de una conversación. Muchas personas han descubierto su vocación precisamente a raíz de que alguien les ha lanzado una pregunta de ese estilo, una pregunta que interpela, que invita a ser más generoso, que abre horizontes quizá no pensados hasta entonces.
      
       -Lo importante es la rectitud con que se hace ese planteamiento.
      
       Por supuesto, esa es la clave. Quien plantea la vocación, debe buscar como primer objetivo el bien de esa persona, y debe hacerlo con el máximo respeto a la conciencia, evitando cualquier falta de rectitud, como sucede con cualquier actuación de apostolado cristiano.
      
       Y por parte de quien se plantea el discernimiento de su vocación, también es fundamental la rectitud. Por eso en este apartado se habla de las "excusas", para ayudar a quien se plantea la vocación a detectar si sus razones buscan decir que "sí" a lo que Dios le pide y, por tanto, desea sinceramente saber en qué consiste ese "sí", para entonces, con su encuentro personal con Dios, ir definiendo y construyendo ese "sí". Cuando sucede lo contrario, y uno busca, en realidad, el modo de decir que "no" pero manteniendo la tranquilidad de conciencia, entonces el proceso de discernimiento se deteriora y acaba siendo un proceso de buscar o fabricar excusas. Por eso, al hablar aquí de las excusas no nos referimos tanto a los obstáculos objetivos que nos podemos encontrar, sino a esos otros obstáculos más subjetivos que nosotros mismos levantamos para no avanzar. Cuando eso sucede, hay dentro de nosotros una falta de rectitud que se afana en buscar esas excusas, en construir ese "no". Pero, en el fondo, si de verdad somos sinceros, sabemos distinguir bastante bien entre unas y otras, y sabemos si las dificultades son superables, si son indicios de la voz de Dios o si son excusas inconsistentes que nos fabricamos.
      

28. ¿Es necesario ser célibe?

Cuanto más renunciamos,
más amamos a Dios
y a los hombres.

Madre Teresa de Calcuta

       
       -Dios no pide el celibato a todos, sino solo a unos pocos, y no sé si seré capaz de vivir algo que Dios pide solo a unos pocos.
      
       A quienes Dios se lo pide, les da la capacidad para seguir ese camino. Y no son tan pocos a los que Dios ha pedido esa entrega total y han dicho que sí. Muchos millones de hombres y mujeres viven o han vivido gozosamente su vocación al celibato a lo largo de los dos mil años de historia de la Iglesia.
      
       Seguir a Jesucristo en celibato está presente en muchos pasajes evangélicos. El celibato ha sido y es una de las joyas más preciosas de la corona de la Iglesia. No es una soltería sin vínculos, sino un compromiso de entrega enamorada a Dios. No es solo el fruto de un esfuerzo, sino sobre todo un don, una gracia que Dios concede.
      
       -Pienso que bastantes personas se han planteado alguna vez entregarse a Dios pero no se deciden porque no están seguros de que esa vida les vaya a resultar bien.
      
       Esa incertidumbre se presenta tanto en el celibato como en el matrimonio. Cuando una persona se casa, no puede estar segura de que vaya a compartir su vida con alguien que vivirá muchos años o pocos, si le será fiel o no, si disfrutarán de salud o sufrirán el zarpazo de la enfermedad, si Dios los bendecirá con hijos o les bendecirá no dándoselos, si sus hijos llenarán su casa de alegrías o quizá de motivos de tristeza.
      
       La entrega a Dios en celibato no es un simple "estar" o "ser", sino que tiene también su proyecto, muy ilusionante, como sucede en el matrimonio, donde no se trata simplemente de estar casado, sino que es preciso construir día a día esa comunidad de amor. Cada uno debe poner para ello iniciativa y creatividad, sin limitarse a una actitud pasiva, porque, entonces, se cae en la rutina y el aburrimiento de la falta de horizontes a los que aspirar o dirigirse.
      
       No puede ser menos comprometida la entrega a Dios en celibato que la de los esposos entre sí, o la de los padres con sus hijos. ¿Qué entrega sería la de una madre o un padre que solo se ocupara de sus hijos cuando estos le devolvieran afecto por afecto, o solo si se cumplieran en ellos los sueños azules de cuando los niños nacieron? Dios pide en todos los casos una entrega completa, en tiempos de vigor y en tiempos de fatiga, con horizontes claros y con el cielo oscurecido por la tristeza. Sin esta perspectiva sobrenatural, es difícil entender el camino que a cada uno le depara su vocación. Hay que aceptar de buen grado la voluntad de Dios, aunque resulte a veces difícil de entender, aunque nos encontremos tras las alambradas de Auschwitz, como le sucedió a Maximiliano Kolbe, o tras las de Dachau, como le sucedió a Kentenich.
      
       Toda vocación tiene la promesa de ver cosas grandes. Los que aceptan entregar su vida a Dios se convierten en testigos privilegiados de las maravillas de la gracia de Dios en los corazones, del triunfo del amor divino sobre el mal en el mundo.
      
       -Todo eso es cierto, y todos conocemos personas célibes cuya vida de entrega nos resulta atractiva y ejemplar, como ese panorama que tú describes, pero también conocemos otros casos que no lo son tanto.
      
       Tienes razón. Hay vidas de entrega a Dios que son un ejemplo maravilloso, y hay otras en las que parece apreciarse más bien el aire gris de la rutina y de la mediocridad. Sucede lo mismo con los matrimonios, de los que también todos conocemos un amplio abanico de posibilidades: hay matrimonios unidos y desunidos, más entregados el uno al otro o menos, más o menos felices.
      
       Cuando un chico y una chica se casan, deben fijarse sobre todo en los buenos matrimonios, que pueden ser para ellos una referencia o un modelo, y fijarse quizá en los que no funcionan tan bien, para no caer en los errores que nos parece que han podido cometer. Al fin y al cabo, así hay que obrar para casi todo en la vida, tomando como pauta lo que en otros nos parece mejor, y procurando desmarcarnos de lo que nos parece peor, sin detenernos por los malos ejemplos, que siempre encontraremos.
      
       Además, si nos retrae el mal ejemplo de otros, podemos recordar que, según nos cuenta el Evangelio, Dios llama a quien quiere, y entre esos, encontramos a unos mejores y a otros peores, pero a todos con defectos. La vocación es un don gratuito de Dios y no un premio a los propios méritos. Dios llama, no porque se fije en tus cualidades o las mías, sino por pura bondad suya, y no podemos pretender que todos aquellos que tienen vocación sean perfectos y ejemplares en todo.
      
       Benedicto XVI lo explicaba así, respondiendo a la pregunta de un seminarista sobre el mal ejemplo que podemos recibir, incluso de quienes están constituidos en autoridad dentro de la Iglesia: "No es fácil responder a esta pregunta, pero ya he dicho, y es un punto importante, que el Señor sabe, sabía desde el inicio, que en la Iglesia también hay pecado. Para nuestra humildad es importante reconocer esto, y no solo ver el pecado en los demás, en las estructuras, en los altos cargos jerárquicos, sino también en nosotros mismos, para ser así más humildes y aprender que ante el Señor no cuenta la posición eclesial, sino estar en su amor y hacer resplandecer su amor."
      
       Y en otra ocasión se refería a que quien se entrega a Dios, "siempre ha estado tentado de acostumbrarse a la grandeza, a hacer de ello una rutina. Puede llegar un día en que sienta la grandeza de lo sagrado como un peso, e incluso desear, quizá inconscientemente, liberarse de ese peso, disminuyendo el Misterio de Cristo a su propia medida personal, en vez de abandonarse con humildad pero con confianza para hacerse elevar a esa altura." Es una tentación y un riesgo inherentes a cualquier ideal que ilumina una vida, y por tanto presentes tanto en el celibato como en el matrimonio, y el hecho de que unos lo lleven mejor que otros es algo totalmente normal.
      
       -Muchas personas dicen que el celibato es difícil de vivir y que debería reconsiderarse, pues es la causa de muchos abandonos en el servicio de Dios.
      
       Es cierto que algunos lo dicen, aunque bastantes menos de lo que pretenden algunos medios de comunicación empeñados en difundir esa idea en contra de la opinión mayoritaria de los católicos, que acoge el celibato con respeto y afecto.
      
       Muchas veces en la historia se ha intentado poner en tela de juicio el celibato, tomando como pretexto las debilidades humanas. Pero basta consultar, por ejemplo, los boletines oficiales de la Congregación para el Clero para demostrar, estadísticas en mano, que las deserciones del celibato sacerdotal, injustamente enfatizadas por esos medios de comunicación, constituyen un porcentaje irrisorio. Es cierto que no a todos les es dado entender el celibato "sino solo a quienes les ha sido concedido de lo alto", como señala con meridiana claridad el Evangelio, pero pienso que se puede llegar a intuirlo si se profundiza un poco en el mensaje de las Sagradas Escrituras y del Magisterio de la Iglesia, que describen el celibato como signo de un amor inagotable que hunde sus raíces en la virginidad, en el corazón indiviso.
      
       Es cierto que hay abandonos del celibato, como los hay del matrimonio, y la solución no es dejar de exigir entrega ni fidelidad, tanto en el matrimonio como en el celibato. La fidelidad da testimonio de la eternidad del amor, de que la razón y la libertad se ven constantemente atraídas por el ideal del amor fiel y fecundo: para el celibato, en el origen de la generación espiritual de la multitud de hijos que es la Iglesia; y para el matrimonio, en el origen de una familia humana que es la pequeña Iglesia doméstica.
      
       No deben exagerarse las dificultades del celibato frente a las del matrimonio, dramatizando con la posibilidad de un futuro abandono -como si esa posibilidad no se diese en todos los estados-, o pintando el matrimonio como un camino de rosas. Porque, igual que es una simpleza decir que "se llama santo al matrimonio porque cuenta con innumerables mártires", también lo es pensar que ser célibe es terriblemente arriesgado y difícil.
      
       -¿Y no habría más vocaciones al sacerdocio si no se exigiera el celibato?
      
       De entrada, quizá habría que decir que no suele valorarse de modo suficiente hasta qué punto el celibato preserva de lo que podríamos llamar un acceso "poco vocacionado" al sacerdocio. El celibato ha sido siempre una buena garantía de rectitud a la hora de la entrega a una misión.
      
       Además, la cuestión del matrimonio no se ha demostrado determinante ni decisiva respecto a las nuevas vocaciones. Es algo que puede verificarse fácilmente. Basta con fijarse en las Iglesias orientales (en las que se ordenan también sacerdotes casados) y en el anglicanismo y el luteranismo (en las que, además, están bien retribuidos), y fácilmente se comprueba que en ninguno de los tres casos hay una correlación entre vocaciones y matrimonio. De hecho, la disminución de vocaciones de pastores luteranos y anglicanos es superior a la de sacerdotes católicos en esos mismos países.
      
       Por el contrario, se ven aparecer de manera insistente y significativa vocaciones de sacerdotes solteros en Iglesias que admiten la ordenación de casados. Es un dato poco conocido, pero que confirma una tendencia que avanza desde hace más de un siglo en el anglicanismo, las Iglesias orientales, el luteranismo alemán y en algunos protestantes franceses.
      
       -Pero el celibato es vivir siempre solo, sin la compañía y el cariño de una persona amada.
      
       Eso es una visión negativa del celibato cristiano. Quizá provenga de la influencia de personajes más literarios que reales, que han contribuido a dar del hombre o de la mujer célibes una imagen triste o extraña. Es frecuente ver cómo se exageran los riesgos del celibato, a la vista de algunas situaciones que se producen, pero quienes insisten tanto en eso suelen olvidar que el índice de matrimonios rotos es notablemente mayor que el de abandonos del celibato.
      
       Además, igual que los fracasos matrimoniales no se deben a que la institución matrimonial sea nociva o defectuosa en sí misma, sino al fracaso del amor matrimonial en casos concretos, lo mismo puede decirse del celibato apostólico. Quien no se entrega suficientemente a su cónyuge, fracasará en su matrimonio, y quien no se entrega suficientemente a Dios fracasará en el celibato. La clave en ambos casos está en la victoria sobre el propio egoísmo. Quien no se toma en serio esa batalla, no avanzará mucho, ni en el amor humano ni en el amor de Dios.
      
       El celibato no es un sacrificio tan grande. Igual que para un hombre no es un gran sacrificio entregar su vida a una sola mujer, o para una mujer entregarse a un solo hombre, tampoco tiene por qué serlo dedicarse completamente a la propia elección en el celibato.
      
       -Pero no es lo mismo enamorarse de Dios que enamorarse de una persona.
      
       Desde luego, no es exactamente lo mismo. Enamorarse de Jesucristo, de la propia vocación, de la misión encomendada por Dios, es probable que no genere en nosotros los mismos sentimientos que el amor que hay entre los novios, o entre los esposos, o de los padres por los hijos. Son realidades distintas. De todas formas, si Dios da ese don, puede producir sentimientos incluso más intensos, pero el amor a Dios es sobre todo un cariño que surge de la inteligencia y la voluntad, de la comprensión de una realidad que nos empuja a un sentimiento de gratitud y de amor hacia quien nos ama infinitamente y lo ha dado todo por nosotros.
      
       Los que se entregan a Dios no dejan vacío el corazón. No están nunca solos, aunque algunas veces puedan vivir con menos compañía humana. Esto resulta difícil de entender a quienes olvidan que el celibato es un don. Los que se entregan por entero a Dios, los que renuncian por amor a Dios al amor humano, no mutilan de ningún modo su personalidad, ni recortan su capacidad de querer. No empequeñecen su corazón, sino que lo engrandecen.
      
       "Por mi voto de castidad -decía la Madre Teresa de Calcuta- no solo renuncio al estado del matrimonio, sino que también consagro a Dios el uso de mis actos interiores y exteriores, mis afectos. En conciencia no puedo amar a otra persona con el amor de una mujer por un hombre. Ya no tengo derecho a dar ese afecto a ninguna otra criatura, sino solamente a Dios. Pero no por eso somos como piedras, seres humanos sin corazón. No, en absoluto. Hemos de mantenernos como estamos, pero darlo todo por Dios, a quien hemos consagrado todos nuestros actos interiores y exteriores. La castidad no significa simplemente no estar casada, sino amar a Cristo con un amor indiviso. Es algo más profundo, algo vivo, algo real. Es amarlo con una castidad amorosa e íntegra por medio de la libertad de la pobreza."
      
       -¿Y la obediencia? Porque la vida de entrega a Dios supone someterse a otras personas, sea en el ámbito diocesano o en cualquier institución de la Iglesia.
      
       El concepto de autoridad es algo natural. Uno de los elementos distintivos de una sociedad humana es el principio de autoridad, que permite el imperio de la ley y de la justicia, no el imperio de la fuerza, como sucede en el mundo animal. La autoridad no debe verse como algo negativo, sino como algo necesario para que funcione bien cualquier país, cualquier empresa, cualquier organización, cualquier familia. Todos, de una manera o de otra, estamos sujetos a la jerarquía de una organización, en la vida profesional, en la vida familiar, en la vida social, porque todos estamos condicionados. El deporte tiene unas reglas, la familia tiene unas exigencias, cualquier ámbito profesional se somete a una jerarquía y unas reglamentaciones, al conducir hay que sujetarse a unas normas de circulación…, en fin, que es lógico que una vida de entrega a Dios en cualquier institución suponga atenerse a unas normas y someterse a un principio de autoridad, pero eso no tiene por qué ser algo muy distinto de lo que sucede a cualquier otra persona en la mayoría de los ámbitos de su vida.
      
       -¿Y no te parece que, en nuestra época, el celibato es una audacia muy notable?
      
       Yo no diría tanto, aunque supone efectivamente un cierto valor. Pero ese contraste es quizá lo que más necesita nuestra época. Podríamos hacer una comparación con la vida de los primeros cristianos. Tuvieron que ser fuertes para vivir con coherencia en una sociedad bastante violenta y corrupta, aficionada a los juegos sanguinarios del circo, y que por etapas los llevaba a las catacumbas y al martirio. Y el testimonio de esos primeros cristianos, en medio de ese mundo embrutecido, acabó por cambiar el imperio romano, que finalmente se hizo cristiano, y no precisamente por la fuerza de las armas. Fue el testimonio de los valores cristianos lo que se impuso sobre el imperio de la fuerza. Y ahora, en nuestra época, quizá el testimonio más rompedor es el de la castidad. En otros temas, es quizá más fácil encontrar áreas comunes con las mentalidades dominantes, pero el testimonio de la castidad y del celibato es un tanto escandalizador, e incluso irritante para muchos, que en cuanto se mencionan estos temas saltan con verdadera furia. Pero vivir hoy la castidad es un testimonio especialmente necesario, una prueba de autenticidad personal, de dedicación a un ideal, de respeto, de fortaleza. La castidad es una de las grandes claves del testimonio cristiano de la mujer y del hombre de hoy. Hay mucha gente con buenos sentimientos, de buen corazón, con deseos de hacer el bien, pero débiles, y quizá uno de los primeros aspectos en que se manifiesta es en este punto.
      
       -Pero el matrimonio también es importante, y también es una vocación.
      
       No solo es importante el matrimonio, sino que es imprescindible y esencial. Y es una vocación, ciertamente. "Nunca olvidaré -recordaba Juan Pablo II en 1994- a un muchacho, estudiante del politécnico de Cracovia, del que todos sabían que aspiraba con decisión a la santidad. Ése era el programa de su vida; sabía que había sido "creado para cosas grandes", como dijo una vez San Estanislao de Kostka. Y al mismo tiempo, ese muchacho no tenía duda alguna de que su vocación no era ni el sacerdocio ni la vida religiosa; sabía que tenía que seguir siendo laico. Le apasionaba el trabajo profesional, los estudios de ingeniería. Buscaba una compañera para su vida y la buscaba de rodillas, con la oración. No podré olvidar una conversación en la que, después de un día especial de retiro, me dijo: "Pienso que ésta debe ser mi mujer, es Dios quien me la da".
      
       "Como si no siguiera las voces del propio gusto, sino en primer lugar la voz de Dios. Sabía que de Dios proviene todo bien, e hizo una buena elección. Estoy hablando de Jerzy Ciesielski, desaparecido en un trágico incidente en Sudán, donde había sido invitado para enseñar en la universidad, y cuyo proceso de beatificación ha sido ya iniciado."
      
       El matrimonio cristiano es, plenamente, una vocación a la santidad. Y el ejemplo de padres que buscan la santidad es la primera condición favorable para el florecimiento de vocaciones sacerdotales y religiosas.
      
       -¿Y cuál es la vocación más importante?
      
       Aquella a la que a cada uno llame Dios. La vocación que Dios tiene pensada desde toda la eternidad. Todas las vocaciones son llamadas divinas al amor y a la santidad. Pero solo con el cumplimiento de nuestra vocación realizamos plenamente la voluntad de Dios para nosotros.
      
       Es cierto que la Iglesia nos enseña que el celibato apostólico es en sí una vocación más perfecta que la del matrimonio. Lo recuerda el Señor en el Evangelio, y lo aconseja San Pablo en sus epístolas. Pero aunque sea así de modo general, no es lo que Dios desea para todos.
      
       -¿Y cómo se puede saber si Dios te pide ser célibe o no?
      
       Dios, junto con la vocación, da las señales suficientes para reconocerla. Y algunas de esas señales pueden ser el momento y las circunstancias en que se percibe la llamada. Cuando se es joven y no existe ningún obstáculo objetivo, es quizá más probable que esa llamada sea en el celibato.
      
       -¿Y si una persona ha pensado siempre en casarse?
      
       Eso es lo natural en cualquier persona llamada por Dios al celibato, antes de descubrir esa llamada. Todos los hombres y todas las mujeres experimentan esa tendencia natural al matrimonio, como fruto de la atracción de ambos sexos. Por esa razón, Dios no necesita confirmar, como sucede con el celibato, esa vocación natural con una llamada interior: la experimenta cada hombre con lo que se podría denominar el llamamiento universal de la propia naturaleza. El llamamiento particular lo experimentan únicamente aquellos a los que Dios quiere comprometer en una plena disponibilidad a su servicio.
      
       -¿Pero qué crees que necesita más ahora la Iglesia: sacerdotes, frailes, monjas de clausura, padres de familia, laicos célibes en medio de su trabajo, misioneros…?
      
       Te contesto con unas palabras de Pablo VI que serán siempre actuales: "Por encima de todo, necesitamos santos. Mirando al estado en el que se encuentra hoy el mundo, os recuerdo que la mayor necesidad que tienen las naciones es esta, la de la santidad. Necesitamos santos. Santos por encima de todo. ¡Esa es la mayor necesidad del mundo actual!". Por encima de todo, hacen falta hombres y mujeres que respondan con generosidad plena al querer de Dios. Y en su sabiduría infinita, Dios ha dispuesto que unos le sirvan en el matrimonio y otros en el celibato.
      
       Dios da a cada uno los dones que necesita para la misión que le ha designado. Por esa razón, no todas las vocaciones tienen las mismas exigencias, porque Dios pide a cada uno en relación a los talentos que le ha dado.
      
       Se trata de una decisión personal que cada uno ha de tomar a la luz de su oración personal. No puede tomarse a la ligera. Ni tampoco pensando, como hacen algunos, que el celibato es para quienes no les atrae el noviazgo o el matrimonio.
      
       En definitiva, no plantees tu respuesta a Dios como la elección entre diversos "niveles": un nivel alto, el celibato, que exigiría renuncia absoluta; y otro nivel más bajo, el matrimonio, más suave y llevadero, más asequible: una especie de "clase turista", un vuelo barato a la santidad. Dios pide la plenitud de la entrega a todos, de acuerdo con las circunstancias de cada uno. La santidad no la determinan esos "niveles", y por eso no fue menos santo alguien como Santo Tomás Moro por el hecho de estar casado, sino que encontró la plenitud de la vida cristiana en el matrimonio; pero si hubiese elegido el matrimonio por falta de generosidad con Dios, difícilmente hubiese sido santo.
      
       -¿Y la razón del celibato es tener una mayor disponibilidad?
      
       Benedicto XVI ha recalcado que el testimonio del celibato es especialmente necesario en nuestro mundo completamente funcional, donde todo se basa en servicios calculados y verificables. El gran problema de Occidente es el olvido de Dios, y el celibato supone una mayor identificación con la vida de Cristo y un testimonio para llevarlo a toda la humanidad, que es el servicio prioritario que necesita. El celibato solo puede ser comprendido y vivido con este fundamento, porque las razones únicamente pragmáticas, de una disponibilidad mayor, no son suficientes y podrían llevar a pensar que el celibato busca simplemente ahorrarse los sacrificios y fatigas del matrimonio para tener más desahogo en otros campos. Es indudable que el celibato permite habitualmente una mayor disponibilidad, pero es sobre todo un testimonio de fe, y por eso es tan importante precisamente hoy.
      
       El celibato es el ejemplo que Cristo mismo nos dejó. Él quiso ser célibe. Su existencia histórica es el signo más evidente de que la castidad voluntariamente asumida por Dios es una vocación sólidamente fundada. No existe otra interpretación y justificación del celibato fuera de la entrega total al Señor, en una relación exclusiva, también desde el punto de vista afectivo. El celibato debe ser un testimonio de fe: la fe en Dios se hace concreta en esa forma de vida, que sólo puede tener sentido a partir de Dios. Fundar la vida en él, renunciando al matrimonio y a la familia, significa acoger y experimentar a Dios como realidad, para así poderlo llevar a los hombres.
      
       -Mucha gente dice que, en nuestro tiempo, en el que hay que afrontar tantas situaciones de pobreza y de necesidad, no tiene sentido que haya personas que se encierren para siempre entre los muros de un monasterio, pues privan a los demás de la contribución de sus propias capacidades y experiencias.
      
       La cuestión está en si se valora o no la eficacia que su oración puede tener para solucionar los numerosos problemas que afligen a la humanidad. El hecho de que hoy día haya numerosas personas que abandonan carreras profesionales, con frecuencia prometedoras, para abrazar la austera regla de un monasterio de clausura, es una llamada de atención sobre la importancia de la oración. No está de más preguntarse qué les lleva a dar un paso tan comprometedor.
      
       "Esas personas -afirma Benedicto XVI- testimonian silenciosamente que, en medio de las vicisitudes diarias, en ocasiones sumamente convulsas, Dios es el único apoyo que nunca se tambalea, roca inquebrantable de fidelidad y de amor. Ante la difundida exigencia que muchos experimentan de salir de la rutina cotidiana de las grandes aglomeraciones urbanas en búsqueda de espacios propicios para el silencio y la meditación, los monasterios de vida contemplativa se presentan como oasis en los que el hombre, peregrino en la tierra, puede recurrir a los manantiales del espíritu y saciar la sed en medio del camino.
      
       "Estos lugares, aparentemente inútiles, son por el contrario indispensables, como los "pulmones verdes" de una ciudad. Son beneficiosos para todos, incluso para los que no los visitan o quizá no saben ni que existen. Hay que agradecer a Dios que siga suscitando tantas vocaciones para las comunidades de clausura, masculinas y femeninas, y hay que hacer por nuestra parte lo necesario para que nunca les falte nuestro apoyo espiritual y también material para que puedan cumplir su misión de mantener viva en la Iglesia la ardiente espera del regreso de Cristo."
      

29. Las propias limitaciones

Muchos hombres no se equivocan jamás
porque nunca se proponen hacer nada.

Goethe

       
       -He pensado a veces que debería entregarme a Dios, pero enseguida me viene la idea de que no valgo para eso, de que no soy suficientemente brillante ni excepcional.
      
       Moisés también pensaba en su indignidad cuando dijo al Señor: "¿Quién soy yo para ir al Faraón y sacar de Egipto a los israelitas?". Pensaba solo en sus fuerzas y sus cualidades. Sus excusas parecían bastante razonables, pero Dios le dijo: "Yo estaré contigo", y le indicó lo que tenía que hacer. Moisés insistió en que sus dificultades no eran solo interiores: "Mira que no me van a creer, ni escucharán mi voz, pues dirán: "¡no se te ha aparecido Yahveh!"". Entonces Dios hizo dos milagros para mostrarle su poder: convertir su cayado en una serpiente y cubrir de lepra su mano durante unos momentos. Y añadió: "Si tampoco te creen estos dos prodigios ni escuchan tu voz, tomarás agua del Nilo y la derramarás en suelo seco y el agua que hayas tomado del río se convertirá en sangre."
      
       Nada de esto le pareció suficiente a Moisés, que siguió buscando más razones para convencerse. Había visto su bastón convertido en serpiente y su mano cubierta de lepra y curada en un instante. Había visto el poder omnipotente de Dios, pero insistía: "Yo no soy elocuente, y no de ayer ni de anteayer, ni incluso desde que tú hablas a tu siervo, pues soy torpe de boca y torpe de lengua."
      
       Parecía una excusa concluyente. ¿Cómo Dios iba a elegir para hablar al Faraón y liberar al pueblo precisamente a un tartamudo? Era de sentido común. Como las excusas que todos solemos poner, que nos vienen enseguida a la cabeza cada vez que nos enfrentamos a algo que nos cuesta. Son excusas llenas de ese falso realismo que cuenta tan poco con el poder de Dios, con la perspectiva de lo sobrenatural. Son razones bien estructuradas, bien armadas, que quizá nos repetimos una y otra vez y que acabamos por creernos sin fisuras. ¿Cómo me puede pedir Dios a mí, que soy tan tímido, esa misión de apostolado?
      
       Pero Dios le recuerda a Moisés: "¿Y quién ha dado boca al hombre? ¿O quién le hace mudo, sordo, vidente o ciego? ¿Acaso no soy Yo, Yahveh? ¡Ve, pues, y yo estaré con tu boca y te indicaré lo que has de hablar!".
      
       La misión le sobrecoge. Le falta fe. Intenta eludir la llamada diciendo que "hay otros" mucho más dignos que él. Se inflamó entonces la cólera de Yahveh, se lee en el Antiguo Testamento, y le dijo que Él mismo asistiría con su poder las palabras que salieran de la boca de Moisés.
      
       También nosotros hemos de confiar en Dios. Si Dios nos llama, si nos ha escogido para llevar a cabo una misión concreta, nos dará la ayuda necesaria. Dios no llama a nadie porque le deslumbren sus cualidades. Por ejemplo, sabemos por las cartas de San Pablo que no era un apóstol con especial talento como orador ni una figura atractiva: "Su presencia física es pobre y su palabra despreciable" (2 Cor 10, 10), decían de él sus adversarios. Los extraordinarios resultados apostólicos que alcanzó no se deben, por tanto, a una brillante retórica o a refinadas estrategias apologéticas, sino, sobre todo, a su compromiso personal, a que desafiaba los peligros, dificultades y persecuciones.
      
       Es Dios quien da las cualidades necesarias, y quien dice "sígueme". Por eso, no importa la historia de cada uno, o los errores pasados o presentes, como decía San Agustín cuando escuchaba el ruido de los juegos del Circo que habían dejado desiertas las calles de su ciudad: "¿Qué os creéis? ¿Cuántos futuros cristianos no estarán allí sentados? ¿Quién sabe? ¿Cuántos futuros obispos?".
      
       Nadie está libre de defectos. Los santos tuvieron defectos, y algunos de ellos muchos defectos. Y demostraron la santidad precisamente luchando contra esos defectos. Dios llama contando con virtudes y con defectos. Dios cuenta con tus virtudes, para que las cultives, y con tus defectos, para que luches por superarlos.
      
       Además, no exageres tus limitaciones. Hay muchos santos a los que la naturaleza no dotó aparentemente de demasiadas cualidades. Por ejemplo, cuando San Camilo de Lelis se planteó por primera vez entregarse a Dios, no era precisamente un dechado de virtudes. Desde pequeño, tenía muy arraigado un vicio que le causaría mucho daño: era un gran jugador de cartas. Su pasión por el juego le llevaba a numerosos conflictos y a perder constantemente el empleo. A los diecinueve años, decide enrolarse en el ejército, pero su padre muere unos días antes de embarcarse y Camilo se replantea su vida. Cruza por su mente la idea de hacerse capuchino, y va a consultarlo con un tío suyo en el convento de los capuchinos de Aquila. Su tío se lo desaconseja, viendo su vida tan poco ejemplar. Entretanto, se hace una herida en una pierna y acaba ingresado en un hospital de Roma, para curar la enorme llaga que se le ha abierto. Allí se queda a trabajar como enfermero, pero al poco tiempo es despedido por su incorregible vicio de jugador, que le hace ser negligente en la atención a los enfermos. Decide de nuevo seguir la carrera de las armas, y durante seis años lucha en diversos frentes. A pesar de la cercanía constante de la muerte en los campos de batalla, sigue siendo un vicioso del juego, hasta el punto de que en 1575 acaba mendigando, y poco después trabajando como peón de albañil en Manfredonia, donde los capuchinos están construyendo un nuevo convento.
      
       En aquel trabajo descubre lo vacía que está su vida y da un gran cambio. Entonces sí es admitido como capuchino y durante un tiempo es un fraile ejemplar. Pero aquello no dura mucho, pues se le abre nuevamente la llaga y tiene que volver a ingresar en el hospital de Roma donde antes había trabajado. En su nueva y larga estancia allí descubre el camino que Dios le tiene reservado. Los hospitales de aquella época parecen exteriormente verdaderos palacios, pero en las salas de los enfermos se desconoce la higiene y la limpieza más elementales. Muchos de los enfermeros son personas condenadas por la justicia que cumplen sus penas entre aquella pestilencia. Es fácil imaginar cómo están asistidos los enfermos, con un personal reclutado de esa manera. Camilo, en su nueva etapa, ejerce de nuevo como enfermero y da muestras de una diligencia y unos sentimientos tan fraternales con los enfermos, que pronto es nombrado administrador y director del hospital. Inicia entonces unas importantes reformas. Cada enfermo tiene su propia cama, con ropa limpia. Mejora mucho la alimentación. Los medicamentos se dan con rigurosa puntualidad. Y, sobre todo, el nuevo director, con su gran corazón, asiste personalmente a cada uno, comparte con ellos sus padecimientos, consuela a los moribundos y estimula el esmero de todos en favor de los que sufren.
      
       Una noche de agosto de 1582 se le ocurre un pensamiento: ¿Y si reuniera a unos hombres de corazón en una nueva congregación religiosa, para que cuidasen a los enfermos, no por dinero, sino por amor a Dios? Inmediatamente lo habla con cinco buenos amigos, que acogen la idea con entusiasmo. Piensa también que Dios le pide ser sacerdote, para dirigir esa fundación. Pasa por muchas dificultades, pero en 1586 el Papa Sixto V aprueba la Congregación y autoriza que sus miembros ostenten una cruz roja en la sotana y en el manto. Así nace la gran familia de los "Camilos", hermana de la de los "Hospitalarios", fundada en España por San Juan de Dios. No falta trabajo a los nuevos cruzados de la caridad. Camilo y los suyos se multiplican. En todas partes donde hay apestados, hambre o miseria, allí se presenta el admirable fundador y sus religiosos, que enseguida demuestran ser enfermeros atentos, hábiles y paternales, que se esfuerzan por considerar y ver a Jesucristo en cada enfermo.
      
       Pronto abre una segunda casa en Nápoles, y después en Milán, Génova, Bolonia, Florencia y otras ocho poblaciones de Italia. El Fundador se traslada de una a otra, incesantemente, al galope de su caballo o navegando en precarias embarcaciones. Sufre varios accidentes y pasa numerosos peligros. A su muerte, en 1614, hay quince casas, ocho hospitales y doscientos religiosos. Hoy es una institución extendida por todo el mundo, con casi dos mil miembros y ciento cincuenta hospitales.
      
       Y todo comienza con aquel joven que en 1569 empieza a trabajar como enfermero en un hospital de Roma, con ciertas inquietudes espirituales pero demasiado aficionado a los juegos de cartas. "No tiene la menor aptitud para el oficio de enfermero", había sentenciado el director al despedirle. Pero aquel hombre acaba fundando una gran institución que, junto con otras semejantes, cambia sustancialmente a partir de entonces el modo en que se atiende a los enfermos.
      
       Cuando pensamos si somos o no dignos de recibir determinada misión por parte de Dios, hemos de cuidarnos de que aquello no sea la excusa para quedarnos dignamente recostados en la comodidad. Porque no hay que pensar tanto en la indignidad personal, sino en cuál es el designio de Dios para nosotros.
      
       Y si, además, resulta que tendemos a pensar mucho en nuestras muchas limitaciones, y hasta las exageramos, pero solo cuando pensamos en la entrega a Dios, y en cambio, para el resto de nuestra vida, apenas consentimos que nos recuerden que tenemos defectos, parece claro que nos falta rectitud en todo ese aparentemente humilde planteamiento.
      
       -Pero a todos nos suele parecer que nuestra aportación personal será pequeña y tendrá poca trascendencia.
      
       Muchas veces, las pequeñas aportaciones tienen mucha trascendencia. En Venecia, en la plaza de San Marcos, sobre el dintel de una puerta, cerca de la Torre del Reloj, hay un relieve que es un simple vaso. Pero un vaso que tiene su historia. En 1310, algunas grandes familias de Venecia decidieron apoderarse por la fuerza de esta pequeña República y una noche reunieron a todos sus partidarios para asaltar el Palacio del Dux. Pero una viejecita que vivía cerca, en la entrada de una mercería, al verlos, tiró un vaso de metal desde su ventana para alertar a los guardias. Acudieron enseguida, y los conjurados, creyéndose traicionados, abandonaron su intento. Aparentemente hizo poco, pero con eso bastó para salvar la República. Y la República ordenó que se pusiese ese vaso en el dintel de su casa como recuerdo.
      
       A veces lo nuestro puede efectivamente parecer una pequeña aportación, como la de aquella anciana que arrojó a la calle un pequeño vaso de metal. Es cierto que hay otras personas con más virtudes y más cualidades. Pero si Dios nos llama, nos dará la fortaleza y las cualidades necesarias. Así sucedió con Moisés, que, a pesar de todo, al final hizo lo que Dios le dijo, y Dios dijo de él: "Moisés es en toda mi casa el hombre de mi confianza".
      

30. Hay otros mejor preparados

Todos los hombres
son superiores a nosotros en algún aspecto,
y en eso podemos aprender de ellos.

Ralph W. Emerson

       
       Rabindranath Tagore cuenta la famosa historia de un mendigo que se encontró con el carruaje del rey. "Posaste tu mirada en mí y bajaste sonriente. Sentí llegada la suerte de mi vida. De repente, tendiste hacia mí tu mano derecha y dijiste: ¿qué vas a darme?". El mendigo se quedó confuso y perplejo ante la petición del rey. Y cedió a la tentación del egoísmo y de la pequeñez: le dio un grano de trigo. "Al declinar el día y vaciar mi saco, hallé una minúscula pepita de oro entre el puñado de granos vulgares. Entonces lloré amargamente y pensé: lástima no haber tenido la generosidad de dártelo todo".
      
       Aquel pobre mendigo consideraba que tenía poco y, ante aquella sorprendente petición, dio muy poco. Así nos sucede muchas veces a los hombres ante las peticiones de Dios. Y al final del día, de la vida, lamentamos no haber tenido la generosidad de darle más, de darle todo.
      
       -Pero supongo que Dios llama sobre todo a personas de especiales cualidades.
      
       Quizá pensamos siempre en ese otro que es más inteligente, mejor persona, con más simpatía o más fe que nosotros. ¿Por qué Dios va a elegirme precisamente a mí? ¿A Dios, qué más le da? ¿No podría, mejor, elegir a ese otro, que es mucho mejor que yo? ¿Por qué, entre millones y millones de personas, tengo que ser precisamente yo?
      
       No hay respuesta fácil a esa pregunta. En el Evangelio se lee bien claro que Jesucristo eligió a los que quiso, no a los mejores. Su elección forma parte del misterio insondable del designio divino, y es natural que muchas veces escape a nuestra comprensión.
      
       En el episodio de la vocación de Mateo, por ejemplo, puede verse que Dios llama a personas en situaciones bastante poco predecibles. Jesucristo llama a ser apóstol a un hombre que, según la concepción de aquel tiempo en Israel, era considerado un pecador público. Pero Jesucristo no excluye a nadie de su amistad. Quien se encontraba aparentemente más lejos de la santidad, se convierte en un gran apóstol y evangelista. Mateo responde inmediatamente a aquella llamada, pese a que suponía abandonar su trabajo, que era una ganancia de dinero seguro, aunque con frecuencia injusto. Entendió así que el seguimiento de Jesucristo es incompatible con una actividad que desagrada a Dios, como es el caso de las riquezas injustas.
      
       No debemos exigir explicaciones a Dios sobre el porqué de su llamada. Pero, sobre todo, debemos pensar por qué hacemos a veces un planteamiento negativo de esa llamada. Hay que pensar en lo que Dios nos da con nuestro sí, no tanto en lo que nosotros damos a Dios, que, además, tampoco es tanto. Cuando Dios llama, ese camino es el que nos otorgará mayor felicidad. No hace falta tener dotes extraordinarias, ni un nivel extraordinario de santidad.
      
       -Pero supongo que, para ser llamado por Dios, habrá que tener un cierto nivel de perfección personal.
      
       "Para responder a la llamada de Dios -afirma Benedicto XVI- y ponernos en camino, no es necesario ser ya perfectos. Sabemos que la conciencia del propio pecado permitió al hijo pródigo emprender el camino del retorno y experimentar así el gozo de la reconciliación con el Padre. La fragilidad y las limitaciones humanas no son obstáculo, con tal de que nos ayuden a hacernos cada vez más conscientes de que tenemos necesidad de la gracia redentora de Cristo. Ser santo no comporta ser superior a los demás; por el contrario, el santo puede ser muy débil, y contar con numerosos errores en su vida."
      
       No te preocupes por tu falta de cualidades personales. Basta con esforzarse por mejorar. En la Francia del siglo XIX había miles de jóvenes de grandes virtudes que buscaban a Dios y, de entre todos, la Virgen eligió a una aldeana enfermiza e ignorante de un lugar sin importancia del Pirineo llamado Lourdes. Bernadette Soubirous era una chica muy atrasada en los estudios para sus catorce años, pues aún no había aprendido a leer ni a escribir, solo hablaba en su dialecto local y no sabía nada de catecismo.
      
       Piensa también en los pastorcillos de Fátima. Los tres recibieron la misma gracia, aunque de un modo distinto para cada uno: Lucia hablaba, Jacinta escuchaba, Francisco solo veía. ¿Por qué Dios lo hizo así? No esperes una respuesta simple. Él sabe bien cómo debe hacer las cosas. Y los tres fueron santos, y no porque se les apareciera la Virgen, ni por sus grandes dotes personales, sino porque hicieron lo que Ella les dijo de parte de Dios.
      
       -Pero muchas veces será mejor esperar a tener más formación, dedicar unos años a profundizar un poco, antes de tomar esas decisiones, para así tener un conocimiento más detallado sobre el camino al que Dios parece que nos llama. Así sabremos más exactamente a qué nos comprometemos.
      
       En principio, son consideraciones muy razonables. Pero cada uno debe ver si no encubren un miedo a comprometerse, o si enmascaran un cierto egoísmo con la excusa de la falta de una formación adecuada. Porque todos necesitamos formación, pero procurando que eso no se convierta en un pretexto para decir que no, y procurando también que esa necesidad de formarse se concrete en medios concretos para lograrlo. Podríamos referirnos a la figura del Santo Cura de Ars, que luego veremos con más detalle: también advertía su falta de formación mientras hacía sus estudios teológicos, pero puso todos los medios para alcanzarla y acabó teniendo una gran sabiduría y siendo un gran santo.
      
       Hay que leer, pensar, preguntar, informarse, tomarse tiempo, pero siempre afrontando de cara los deseos de Dios, buscando la máxima rectitud por nuestra parte. Y todo eso quizá no lleve demasiado tiempo. Lo decisivo suele ser la fe y la cercanía a Dios: cuando se cultiva, cuando se ponen los medios, Dios hace el resto.
      
       Y en cuanto a saber exactamente a qué nos comprometemos, tampoco hay que exagerar. Cuando una persona piensa en casarse, es bueno que procure conocer con profundidad a la otra persona, para saber bien con quién se casa, pero si se detuviera demasiado a indagar a qué se compromete exactamente al casarse con ella, y quisiera saber con demasiado detalle a qué está obligado con el matrimonio y a qué no, y enumerara exhaustivamente qué es lo que la otra persona puede pedirle o no a lo largo de toda su vida matrimonial, a todos nos parecería que ése no es el lenguaje del amor y de la entrega.
      
       -Pero es natural que cueste dar ese paso, y que por eso se retrase la decisión. Al fin y al cabo, es entregar mi vida, toda mi vida, como quien tira una moneda al agua.
      
       Sí, es toda tu vida, pero tu vida y la mía son un regalo inmerecido de Dios. Y el mejor destino que podemos darle es averiguar cuanto antes qué ha pensado Dios para ella, y seguir su designio. Y no solo porque esa vida nos la ha dado Dios previamente -igual que el amor y la generosidad que hay en nuestro corazón-, sino porque Dios nos ha creado con una misión y es para esa misión para lo que mejor estamos dispuestos.
      
       Si al plantearnos responder a la llamada de Dios nos encontramos regateando el precio de la entrega, o contando y recontando la calderilla de la propia vida, o apurando la nostalgia de unos pequeños proyectos que nos cuesta cambiar, o una parcela de autonomía que nos cuesta perder, o un pedazo del corazón que nos cuesta entregar a Dios, entonces hemos de considerar si quizá nuestro problema no es de discernimiento de la vocación sino sobre todo de generosidad y de miedo al sacrificio.
      
       "Ser santo -afirma Benedicto XVI- significa vivir cerca de Dios, vivir en su familia. Esta es la vocación de todos nosotros. Para ser santos no es preciso realizar acciones y obras extraordinarias, ni poseer carismas excepcionales, sino que es necesario, ante todo, escuchar la llamada de Dios y seguirla sin desalentarse ante las dificultades. Y cualquier forma de santidad, aun siguiendo sendas diferentes, pasa siempre por el camino de la cruz, por el camino de la renuncia a uno mismo. Las biografías de los santos presentan hombres y mujeres que han afrontado a veces pruebas y sufrimientos, y su ejemplo es para nosotros un estímulo para seguir el mismo camino y experimentar la alegría de quien se fía de Dios, porque la única verdadera causa de tristeza e infelicidad para el hombre es vivir lejos de Él."
      
       -¿Y si digo que no, es un pecado, una ofensa a Dios?
      
       Entiendo que si ese rechazo es abierto y consciente, no puede dejar de suponer una ofensa. De todas formas, la vocación se presenta sobre todo como una invitación, no tanto como una exigencia moral. Pero su rechazo no dispone muy bien para responder a otras cosas que sí son exigencias morales.
      
       En todo caso, debe ser el amor y no el miedo lo que te lleve a decir que sí a la llamada de Dios. "La fe no quiere infundirnos miedo -continúa Benedicto XVI-, quiere llamarnos a la responsabilidad. No debemos desperdiciar nuestra vida, ni abusar de ella, ni conservarla solo para nosotros mismos."
      

31. La duda sobre las propias cualidades

Las causas perdidas son las únicas
que merece la pena defender;
porque las demás se defienden solas.

Alejandro Llano

       
       Juan Bautista María Vianney nace en Dardilly, cerca de Lyon, en 1786. A los diecisiete años, desea ser sacerdote. Su padre, aunque buen cristiano, le pone algunos obstáculos, que finalmente logra superar. El joven inicia sus estudios eclesiásticos en Ecully, dejando las tareas del campo a las que hasta entonces se había dedicado.
      
       Un santo sacerdote, el padre Balley, se presta a ayudarle. Pero el latín se hace muy difícil para aquel mozo campesino. Aunque es de inteligencia mediana, su capacidad y sus conocimientos son extremadamente limitados, por la insuficiencia de su primera escolarización y por la avanzada edad a la que comienza a estudiar. Llega un momento en que todo su entusiasmo y su tenacidad no bastan y empieza a sentir un enorme desaliento. Decide entonces hacer una peregrinación, a pie, a la tumba de San Francisco de Regis, en Louvesc, para pedir que logre superar esas dificultades, pero sus oraciones no parecen ser escuchadas y continúa aprendiendo con gran lentitud.
      
       Por entonces se presenta, además, un nuevo obstáculo. El joven Vianney es llamado a filas, pues la guerra de España y la urgente necesidad de reclutas llevan a Napoleón a retirar la exención de que disfrutan los estudiantes eclesiásticos. Después de casi dos años de numerosos peligros y peripecias, Juan Bautista reanuda sus estudios, primero en Verrières y después en el seminario mayor de Lyon. Todos sus superiores reconocen su admirable conducta, pero insisten en el poco provecho en los estudios, hasta que finalmente es despedido del seminario. Intenta entonces, sin éxito, entrar en los hermanos de las Escuelas Cristianas. Cuando ya parece no haber solución para sus deseos de ser sacerdote, se cruza de nuevo en su camino el padre Balley, que había dirigido sus primeros estudios. Se presta a continuar preparándole, habla con sus profesores y, después de un par de años de gran esfuerzo por parte de los dos, es ordenado sacerdote en Grenoble en 1815, a los veintinueve años de edad. Había acudido solo a esa ciudad, y nadie le acompaña tampoco en su primera Misa, que celebra al día siguiente. Sin embargo, se siente feliz de haber llegado a alcanzar lo que está convencido que Dios le pide, aunque haya supuesto tantos esfuerzos y humillaciones.
      
       -Desde luego, es un ejemplo de constancia. Supongo que muchas veces pensaría en abandonar, ¿no?
      
       Fue un ejemplo de tenacidad suya, y también de tenacidad de su maestro, el padre Balley. Juan María estuvo muchas veces a punto de abandonar, pero su maestro le alentó siempre. El tiempo pasaba y había que tomar una decisión. ¿Servía como sacerdote o no? Todos tenían sobrados motivos para desconfiar de la calidad de su formación teológica. Algunos se lo hicieron notar así al Vicario General de Grenoble, que preguntó: "¿Es piadoso? ¿Sabe rezar el Rosario? ¿Tiene devoción a la Virgen?". Le contestaron que era un hombre de profunda piedad y de vida santa. "Pues bien, yo lo recibo. Dios hará el resto." Y Dios lo hizo. Fue unos de los santos más grandes de la Iglesia.
      
       El padre Balley fue quien le animó a perseverar cuando los obstáculos en su camino le parecían insuperables. Intercedió ante los examinadores cuando suspendió el ingreso en el seminario mayor, le ayudó en sus estudios y fue su preceptor y protector. Además, no consideró cumplida su misión con la ordenación de Juan María, sino que logró que, como aún no había terminado sus estudios, fuera destinado a Ecully, con la consideración de coadjutor suyo. Allí estuvo durante tres años, repasando la teología y ayudándole en las labores parroquiales, hasta que el padre Balley falleció, en 1818.
      
       Fallecido su maestro, y terminados sus estudios, el arzobispo de Lyon le destinó a un minúsculo pueblecillo, a treinta y cinco kilómetros al norte de la capital, llamado Ars. No tenía siquiera la consideración de parroquia, ni había tenido nunca sacerdote. Era una simple aldea dependiente de la parroquia de Mizérieux, que distaba tres kilómetros. Tenía 370 habitantes. El nivel moral era bastante bajo y la práctica religiosa muy reducida: los domingos solo asistía a Misa un hombre y unas pocas mujeres.
      
       Comenzó enseguida a visitar a sus feligreses, casa por casa. Atendía a los niños y a los enfermos. Amplió y mejoró la iglesia. Ayudaba a los sacerdotes de los pueblos vecinos. Todo ello, acompañado de grandes penitencias personales, de intensa oración y de constantes obras de caridad. Se empleó a fondo en una labor de moralización del pueblo, y no le faltaron calumnias y persecuciones, incluidas acusaciones ante sus propios superiores diocesanos.
      
       Y en el ejercicio de las funciones de párroco de esa remota aldea francesa, fue como el Santo Cura de Ars se hizo conocido en el mundo entero. No llevaba mucho tiempo allí cuando la gente empezó a acudir a él desde otras parroquias, luego de lugares más distantes, después de otras regiones de Francia y finalmente desde países cada vez más lejanos. Su consejo era buscado por obispos, sacerdotes, religiosos y laicos de toda edad y condición. El número de los que acudían a escucharle y confesarse pronto superó los trescientos peregrinos diarios. Pasaba de dieciséis a dieciocho horas diarias en el confesonario. Personas distinguidas visitaban Ars para ver al santo cura y oír su predicación, en la que, con un lenguaje sencillo, lleno de imágenes sacadas de la vida diaria y de escenas campestres, transmitía una fe y un amor de Dios arrolladores.
      
       -¿No es entonces tanto una cuestión de talento como de esfuerzo personal?
      
       La vocación no va ligada necesariamente a grandes talentos, al menos según lo que muchos entienden por talento. Una buena prueba de ello es el ejemplo de este pobre sacerdote, que había hecho tan dificultosamente sus estudios, y a quien la autoridad diocesana había relegado a uno de los peores pueblos de la diócesis, pero que, sin embargo, acabó siendo consejero buscadísimo y guía espiritual de millares de almas.
      
       Desde luego, para la santidad es preciso el esfuerzo personal, junto a la gracia de Dios, que nunca nos falta, y hay que decir que el Santo Cura de Ars se levantaba a la una de la madrugada para ir a la iglesia a hacer oración, y antes de amanecer iniciaba su trabajo en el confesonario, y dedicaba todas las horas del día a la celebración de la misa, la atención de los peregrinos, la explicación del catecismo y las confesiones. Su dedicación era tal, que con frecuencia comía de pie en unos minutos, sin dejar de atender a las personas que solicitaban algo de él.
      
       San Pablo decía que Dios escogió a los necios según el mundo para confundir a los sabios, y la flaqueza del mundo para confundir a los fuertes, de manera que nadie pueda gloriarse insensatamente delante de Dios. Y Dios bendecía manifiestamente la entrega de aquel modesto sacerdote, en contra de toda posible previsión humana. Una vida que todos auguraban gris y olvidada, resultó ser asombrosamente fecunda y conocida. El que a duras penas había hecho sus estudios, se desenvolvía con maravillosa firmeza en el púlpito, con enorme soltura, sin haber tenido tiempo para prepararse. El que parecía de inteligencia limitada, demostró un notable don de discernimiento de conciencias y resolvía delicadísimos problemas de conciencia en el confesonario. Durante cuarenta y dos años, hasta el momento de su muerte, se entregó ardorosamente al cuidado de las almas en aquel pueblo perdido de Francia. Sin moverse de allí, logró, sin buscarla, una resonante celebridad.
      

32. Nunca lo había pensado

Las grandes ideas son aquellas
de las que lo único que nos sorprende
es que no se nos hayan ocurrido antes.

Noel Clarasó

       
       El 7 de julio de 1935, un estudiante asiste a un día de retiro espiritual en la Residencia universitaria de la calle de Ferraz, en Madrid, predicado por San Josemaría Escrivá. El estudiante se llama Álvaro del Portillo y ha conocido al Fundador del Opus Dei a través de Manuel Pérez Sánchez, un compañero suyo de la Escuela de Ingenieros de Caminos de Madrid.
      
       Un tiempo antes, Manolo, que estudia unos cursos por delante, ha facilitado la colaboración de Álvaro en las actividades asistenciales que llevan a cabo varios estudiantes universitarios en las Conferencias de San Vicente de Paúl. En ese grupo hay estudiantes de diversas carreras. Acuden sobre todo a la parroquia de San Ramón, en el Puente de Vallecas. La zona está rodeada de chabolas construidas a base de chapa y cartón, y prestan ayudas diversas, tanto de tipo educativo como asistencial. La situación no es precisamente idílica, pues desarrollan su labor entre gente que vive en condiciones difíciles y muchas veces también en un clima hostil hacia la Iglesia.
      
       Con frecuencia van juntos Álvaro y Manolo, pues les resulta muy fácil ponerse de acuerdo en la Escuela de Caminos. Manolo ha conocido a San Josemaría hace un tiempo, y varias veces le ha hablado de su compañero Álvaro del Portillo, y de su idea de presentárselo más adelante. Álvaro es uno de los alumnos más brillantes de la Escuela y, al tiempo, una persona amable y sencilla. Finalmente, Manolo se decide a decírselo un día en que los dos se dirigen hacia el Arroyo del Abroñigal, para visitar a una familia desvalida. A Manolo le cuesta un poco iniciar la conversación, pues es algo tímido. Siempre recordará esto después, al narrar esta escena, por la trascendencia que luego tuvo ese pequeño vencimiento personal. Pero Manolo piensa que debe invitarle a conocer a aquel sacerdote, y al final, bajando por aquel campo de cereales, le habla de Josemaría Escrivá, y le invita a visitarle unos días después.
      
       La primera entrevista con San Josemaría le impresiona profundamente. En aquella brevísima conversación, de apenas cinco minutos, siente que el Fundador del Opus Dei le toma en serio y trasluce gran afecto. Quedan en hablar más despacio, largo y tendido, cuatro o cinco días después. Pero cuando acude Álvaro, habían llamado a San Josemaría para atender a un moribundo, y no pudo avisarle, porque no tenía su teléfono. Sin embargo, la imagen de aquel joven sacerdote queda grabada en el alma de Álvaro y, cuando ya termina el curso académico 1934-35, decide ir a verle de nuevo, con la idea de saludarle antes de irse de vacaciones.
      
       "Me recibió -evocaría años después- y charlamos con calma de muchas cosas. Después me dijo: mañana tenemos un día de retiro espiritual, ¿por qué no te quedas a hacerlo, antes de ir de veraneo? No me atreví a negarme, aunque mucha gracia no me hacía."
      
       Durante ese día de retiro en la Residencia de la calle de Ferraz, ve con claridad una llamada divina que no esperaba, y decide comprometer su vida en el Opus Dei. A partir de aquel 7 de julio de 1935, tiene clara conciencia de que su sí a Dios le compromete para toda la vida. Ni en esos días, ni en los meses anteriores, hubo nada que le hiciera presagiar que el Señor estaba a punto de llamarle. Había crecido en un ambiente cristiano, comulgaba casi a diario, y rezaba el Rosario todos los días, pero no era hombre inclinado hacia asociaciones piadosas ni organizaciones eclesiásticas. No mantenía un trato habitual con sacerdotes, ni había advertido ninguna señal de una posible llamada de Dios.
      
       Sin embargo, aquel joven estudiante pronto fue el colaborador más directo de San Josemaría y, a partir de 1975, su sucesor al frente del Opus Dei. Falleció en 1994, después de una vida de gran fecundidad, y ahora está en marcha su proceso de beatificación.
      
       -¿Y no es curioso que Dios haga ver la vocación así, de un día para otro? Da la impresión de que algo tan precipitado no puede ser una vocación madura y meditada.
      
       Puede que no sea lo más habitual, pero así funcionan las cosas también en el amor humano. No es infrecuente que una persona se enamore de otra así, de un día para el siguiente. Y eso no tiene por qué significar inmadurez.
      
       -Pues supongo que eso sucederá a personas especialmente entusiastas, que se sienten impulsadas con mucha fuerza a seguir una vida de entrega a Dios.
      
       No tiene por qué ser así. Álvaro del Portillo comentó en alguna ocasión que Dios le dio al principio un notable entusiasmo por la vocación recibida, pero que, al cabo de los meses, fue apagándose, dejando paso a una ilusión más sobrenatural, que es la clave de la perseverancia. La entrega a Dios no se basa en el entusiasmo, como tampoco la entrega en el matrimonio. Ha de haber un fundamento más profundo, en el que no debe minusvalorarse la importancia de la conciencia del deber y la abnegación. La vocación no es un estado de ánimo, ni depende de la salud, ni de la situación profesional o familiar en que uno se encuentre. Por encima del oleaje de la vida, con sus altos y bajos, con sus dolores y sus alegrías, la vocación divina brilla siempre como un lucero en la noche, señalando el rumbo de nuestro caminar hacia Dios.
      
       El camino de la fe, o de la vocación, nunca es una marcha triunfal, sino un camino salpicado de sufrimientos y de amor, de pruebas y de fidelidad que hay que renovar todos los días. Es más, la conciencia de la propia debilidad, de la posibilidad de no ser fiel, es la mejor preparación para evitar la suficiencia y la presunción que suelen estar presentes en las grandes caídas. Todos tenemos que aprender que somos débiles y que necesitamos ayuda y perdón. De ahí nace la confianza en Dios, que nos hace capaces de seguirle hasta el final.
      
       -¿Y crees que es corriente que una persona descubra su vocación un buen día, sin haber pensado nunca en que pudiera ser su caso?
      
       No puedo decir que sea lo habitual, pero sí bastante frecuente en la historia de la Iglesia y la vida de los santos. Podríamos recordar cómo fue la vocación de bastantes de los Apóstoles, o, por ejemplo, la de San Lorenzo de Irlanda. Siendo un adolescente, un enemigo de su padre, Dermot MacMurrough, rey de Leinster, le mantenía como rehén. Su padre, el Sr. O'Toole, capturó a doce oficiales de su enemigo y, para entregarlos, puso como condición que le devolvieran a su hijo. MacMurrough aceptó, pero llevó al niño al monasterio de Glendalough, para que en cuanto le devolvieran a sus hombres, los monjes dejaran marchar a Lorenzo. Y sucedió que al chico le impresionó tanto la vida del monasterio que pidió a su padre que le dejara quedarse allí. Su padre accedió a los deseos de su hijo y con el tiempo Lorenzo llegó a ser un monje tan excelente y de comportamiento tan ejemplar, que al morir el superior del monasterio, en el año 1154, los monjes lo eligieron a él por unanimidad como nuevo superior, aunque tenía solo veinticinco años. Y cuando falleció el arzobispo de Dublín, en el año 1161, volvió a suceder lo mismo. Fue un gran santo, una figura egregia en la historia de la evangelización de su país y uno de los muchos santos que encontraron su camino de una forma totalmente inesperada.
      

33. Dejar pasar el tiempo

Aprender sin pensar es inútil.
Pensar sin aprender, peligroso.

Confucio

       
       -¿Y no es mejor dejar pasar el tiempo? Quizá esa inquietud luego se resuelva en nada. Si tiene que venir, ya vendrá.
      
       Pienso que es mejor tratar de resolver la duda, no dejarla correr sin más. C. S. Lewis, en sus "Cartas del diablo a su sobrino", explica con agudeza cómo la mayor parte de las buenas acciones de los hombres dejan de realizarse simplemente por la tendencia a no pensar seriamente en ellas, por dejarlas para después.
      
       "Es curioso -comenta el diablo veterano a su sobrino, un tentador menos experimentado- que los mortales nos pinten siempre dándoles ideas, cuando, en realidad, nuestro trabajo más eficaz consiste en evitar que se les ocurran." Y cuenta el caso de una persona que estaba enfrascada en una interesante lectura. Sus pensamientos iban acercándose a comprender sus obligaciones con Dios. Su tentador vio enseguida que sería inútil defender sus posiciones a base de razonamientos, y dirigió su ataque, inmediatamente, hacia aquella parte de aquel hombre que tenía mejor controlada: le sugirió que ya era hora de comer. El hombre se resistió inicialmente, argumentando que aquellos pensamientos eran mucho más importantes que la comida, a lo que el veterano diablo repuso que, efectivamente, aquello era demasiado importante como para abordarlo con el estómago vacío. Era mejor estudiarlo a fondo, con la mente despejada, después de comer. Una vez en la calle, el tentador había ganado la batalla. Bastó con hacerle fijarse en unas cuantas cosas del bullicio urbano para que a los pocos minutos estuviera convencido de que cualquier idea extraña que pudiera pasársele por la cabeza a un hombre encerrado a solas con sus libros, una sana dosis de "vida real" era suficiente para demostrarle que "ese tipo de cosas" no pueden ser verdad.
      
       Muchas veces, el principal trabajo de nuestros tentadores es, simplemente, alejarnos de la tarea de pensar. La fe, o la vocación, no corren peligro habitualmente, como muchos creen, por pensar demasiado, sino por sustituir el razonamiento por unas sencillas percepciones acerca de si esas ideas son actuales o superadas, modernas o convencionales, si se llevan o no se llevan, si "tienen futuro" o no lo tienen. La imagen sustituye a la argumentación, el flujo de experiencias sentimentales sustituye a la razón, y el barullo de la supuesta "vida real" -sin preguntarse qué entiende por "real"- sustituye a cualquier análisis profundo sobre el sentido de su vida.
      
       Toda tentación tiende a apartar a Dios en nuestra vida, a poner por delante otras cosas que en ese momento consideramos más urgentes o necesarias. Vemos entonces las cosas de Dios como un tanto irreales. Además, es muy propio de esa tentación adoptar una apariencia moral. Aparece siempre con la pretensión del verdadero realismo. No nos invita directamente a hacer el mal, porque eso sería muy burdo. Finge mostrarnos la mejor opción: abandonar lo ilusorio y emplear eficazmente nuestras fuerzas en unas tareas buenas, pero que no son las que Dios nos está pidiendo.
      
       -Es verdad que a veces rehuimos la tarea de pensar, pero puede darse el caso contrario, de que nos enredemos un poco de tanto darle vueltas a las cosas, y eso no es un buen modo de dilucidar cuál es nuestro camino.
      
       Por supuesto. Hay que conocerse a uno mismo. Si tenemos tendencia a complicarnos y a cargar nuestra cabeza con extremos, puede suceder eso que dices, y entonces hemos de procurar no complicarnos. Pero si tendemos más bien a ser demasiado tranquilos, o un poco despreocupados, es probable que, si tenemos esas inquietudes, no sean una obsesión ni un escrúpulo, sino una cuestión sobre la que debemos reflexionar con hondura.
      
       -Pero hay muy pocos que se entreguen por completo a Dios, y por tanto sería rarísimo que fuera precisamente mi caso.
      
       Quizá no sean tan pocos. Pero, aunque fueran muy pocos, si esos pocos siguieran esa argumentación que tú haces, y pensaran que por ser pocos no será su caso personal, eso les llevaría al error sobre su propio camino.
      
       Es mejor no ponerse a la defensiva. No debes ver la llamada de Dios como un riesgo que evitar. Si caes en ese planteamiento, pronto te encontrarás manteniendo distancias con Dios, con miedo a que te pida demasiado. Y te encontrarás entonces con una íntima insinceridad, con una sutil falsedad interior que empaña tu vida y te paraliza. La sinceridad con uno mismo es vital para tener paz interior.
      
       Si te enfrentas con serenidad y honradez a esas inquietudes tuyas, quizá compruebes que, a medida que avanzas, a medida que cotejas el relato de tu vida con el del Evangelio, todo se va llenando de claridad. Y quizá también de sorpresa. Esas preguntas que ayer te parecían para gentes extrañas o lejanas, están ahí, ahora, más cerca, acechando tu rostro y tu alma. "¿Y si me entregara a Dios?". Y te encuentras quizá respondiéndote de inmediato, algo nervioso: "¡Calla!". Pero luego vuelve el pensamiento: "¿No estará Dios queriendo decirme algo?". Son sugerencias, impresiones, interrogantes, a veces casi imperceptibles, porque Dios habla bajito, pero te está pidiendo respuesta.
      
       Quizá eludes la oración, o, cuando rezas, no quieres planteártelo a fondo. Hablas con Dios de mil cosas pero, como si fuese la soga en casa del ahorcado, pasas de puntillas sobre este tema. Y si comprendes que debes ser más templado, para purificar el alma y ver más claro, no te lo tomas en serio. Y si te das cuenta de que deberías comentarlo con una persona que pueda realmente ayudarte, vas dando largas al asunto y no lo haces. O ves que te convendría hacer un retiro espiritual, pero nunca tienes tiempo para eso. Y van pasando los días, los meses, los años. Y si te remuerde la conciencia, enseguida repones que no hay que meterse presión a uno mismo con el tema, que en las cosas importantes no debe haber prisas.
      
       Te cuesta acometer lo costoso presente, y quizá, casi sin darte cuenta, sacrificas a eso tu futuro. No es demasiado novedoso. Así sucedió a Esaú, según cuenta el libro del Génesis, aquel día que "llegó del campo, agotado, y dijo a su hermano Jacob: Te ruego que me des a comer de ese guiso tuyo, pues estoy muy cansado. Y Jacob respondió: Véndeme a cambio tu primogenitura. Entonces dijo Esaú: Estoy que me muero. ¿Qué me importa la primogenitura? Y dijo Jacob: Júramelo ahora mismo. Y él se lo juró, y vendió a Jacob su primogenitura. Jacob dio a Esaú el pan y el guiso de lentejas, y éste comió y bebió, se levantó y se fue. Así menospreció Esaú la primogenitura." El comportamiento de Esaú refleja que era un hombre centrado en las necesidades materiales inmediatas, sin pararse a pensar mucho en las consecuencias a largo plazo de sus acciones. Le pareció que la primogenitura, con todas sus bendiciones materiales y espirituales futuras, era de poco valor frente a aquel plato de lentejas, tan atractivo y seductor en el presente.
      
       -¿Qué aconsejas hacer, entonces?
      
       Asegurarse de que no vendemos nuestra primogenitura por un plato de lentejas. Juan Pablo II ofrecía un programa para esto: "Necesitaréis el consejo de vuestros sacerdotes, de vuestros padres, de vuestros maestros. Y necesitaréis de la guía divina. Orad. Confiad en Cristo. Abridle vuestros corazones. Abrid vuestros corazones de par en par a Cristo. No tengáis miedo. Sed generosos. Quien da poco, cosechará poco. El que da con generosidad, recogerá una cosecha abundante. Podéis contar con la gracia de Dios".
      
       "No hay que conformarse con rezar para que el Señor suscite vocaciones. Es preciso estar personalmente atentos a la llamada que Él quiera dirigiros; y es preciso también que no falte el valor de responder generosamente a esa llamada".
      
       A lo mejor ves la llamada de Dios como un rayo que está a punto de derribar algunas de tus ilusiones. Como algo que reclama una serie de cosas que te habías reservado para ti mismo. Como una intrusión que pone al descubierto apegamientos, flaquezas, reductos que te parecían intocables. Sientes como si la mano de Dios fuese a complicarte la vida, como muchos se apresuran a señalarte. Y todo eso te detiene. Estás dispuesto a dar la ropa usada a la parroquia, a emplear unas horas en alguna tarea piadosa, a colaborar con un generoso donativo en la campaña en favor del hambre, o de lo que sea, pero… ¿a dar tu vida?
      
       Es lógico que estés muy enamorado de tus proyectos y te cueste cambiarlos por los proyectos de Dios. Y quizá por eso te cuesta dedicar tiempo a Dios (aunque dispones generosamente de ese tiempo cuando se trata de tus ocupaciones preferidas), y todo eso hace que vayas tan despacio, lento, muy lento.
      
       San Jerónimo Emiliano tenía un palacio del Renacimiento espléndido, como convenía a su condición de aristócrata, lleno de obras de arte, criados y lujos palaciegos. Pero lo abandonó todo por amor a Dios. Y toda Venecia lo vio distribuyendo sus riquezas entre los pobres. Y San Francisco de Asís, y muchos otros, renunciaron a sus posesiones para llevar una vida llena de austeridad. A ti quizá no te pida eso. Pero te pide, desde luego, que te liberes de lo que te apega a las cosas que te apartan de Él. Quizá las riquezas que lastran tu camino sean tus ataduras a la comodidad, a tu tiempo, a unos proyectos buenos, pero distintos de los que Dios te plantea.
      

34. ¿Seré capaz de perseverar?

No creas que, para ser auténtico,
el amor tiene que ser extraordinario.

Madre Teresa de Calcuta

       
       -La inquietud sobre si perseveraré o no es un miedo que frena mucho, por la incertidumbre del futuro.
      
       Es una preocupación bastante lógica ante una decisión de importancia. Peter Seewald planteó al entonces Cardenal Joseph Ratzinger en 1996 una pregunta muy personal sobre esta cuestión: "Y, una vez decidido a ordenarse sacerdote, ¿nunca tuvo dudas, tentaciones, nostalgias?".
      
       La respuesta del futuro Papa fue franca y clara. "Sí. Claro que tuve dudas. Concretamente en el sexto año de estudios de Teología, uno se encuentra frente a cuestiones y problemas muy humanos. ¿Será bueno el celibato para mí? ¿Ser párroco será lo mejor para mí? Estas preguntas no siempre tienen respuesta fácil. En mi caso concreto, nunca dudé de lo fundamental, pero tampoco me faltaron las pequeñas crisis."
      
       "Pero, qué clase de crisis. ¿Le importaría citarme algún ejemplo?", insistía el periodista alemán. "Durante mis años de estudiante de teología en Munich -prosiguió el cardenal-, yo me planteaba dos posibilidades muy distintas. La teología científica me fascinaba. La idea de profundizar en el universo de la historia de la fe, era algo que me interesaba mucho; aquello me abriría extensos horizontes del pensamiento y de la fe, que me llevarían a conocer el origen del hombre y el de mi propia vida. Pero, al mismo tiempo, cada vez veía más claro que el trabajo en una parroquia, donde atendería todo tipo de necesidades, era mucho más propio de la vocación sacerdotal que el placer de estudiar teología. Eso suponía que ya no podría seguir estudiando para ser profesor de teología que era mi más íntimo deseo. Porque, si me decidía al sacerdocio, significaba una entrega plena a mis obligaciones, incluso en trabajos muy sencillos y poco gratificantes. Por otra parte yo era tímido y nada práctico, estaba más bien dotado para el deporte que para la organización o el trabajo administrativo, y también tenía la preocupación de si sabría llegar a las personas, si sabría comunicarme con ellas. Me preocupaba la idea de llegar a ser un buen párroco y dirigir a la juventud católica, o dar clases de religión a los pequeños, atender convenientemente a enfermos y ancianos, etc. Me preguntaba seriamente si estaba preparado para vivir toda la vida así, si aquella era realmente mi vocación.
      
       "A todo ello iba siempre unida la otra cuestión, de si yo podría hacer frente al celibato, a la soltería, de por vida. La Universidad estaba, por aquel entonces, medio en ruinas y no teníamos local para la Facultad de Teología. Estuvimos dos años en los edificios del Palacio de Fürstenried, en los alrededores de la ciudad. Aquello hacía que la convivencia -no solo entre alumnos y profesores, sino también entre alumnos y alumnas-, fuera muy estrecha, así que la tentación de dejarlo todo y seguir los dictados del corazón era casi diaria. Solía pensar en estas cosas paseando por aquellos espléndidos parques de Fürstenried. Pero, como es natural, también haciendo largas horas de oración en la capilla. Hasta que, por fin, en el otoño de 1950 fui ordenado diácono; mi respuesta al sacerdocio fue un rotundo sí, categórico y definitivo."
      
       Cualquier decisión de cierta importancia en la vida comporta un riesgo y entraña unas dudas. Los que contraen matrimonio no saben si serán fieles, si tendrán hijos o no, si serán muy afortunados o si las desgracias azotarán su hogar. Y no por eso dejan de casarse miles de personas cada día.
      
       Los que eligen una carrera no saben si triunfarán o fracasarán en ella. Los que emprenden un viaje no saben si regresarán o no. Y sin embargo, la vida sigue, y hay que estar tomando decisiones constantemente. Pero no podemos pedir a la llamada de Dios una seguridad que no pedimos para otras decisiones importantes de la vida. No podemos exigir unas garantías que no se exigen a otras decisiones humanas importantes.
      
       -Me has contestado antes con un ejemplo de una persona que tuvo dudas y finalmente se decidió, y le fue bien. Pero hay otros casos que no acaban bien.
      
       Es verdad, y no hay por qué ocultarlo. Por ejemplo, Salomón, de quien ya hemos hablado antes como ejemplo de prudencia y de sabiduría, se apartó de Dios en su vejez. "El más sabio de los hombres -comentaba Newman- se convirtió en el más brutal. El más fiel se hizo el más pervertido. El autor del Cantar de los Cantares acabó esclavizado por las afecciones más viles. ¡Qué contraste entre esta figura de cabello gris, cargado de años y de pecados, inclinado ante mujeres y ante ídolos, y aquella otra figura juvenil y brillante cuando dedicó a Dios el templo que acababa de construir, y aparecía como un mediador entre Dios y el pueblo! Su vida es una advertencia que se aplica también a nosotros. Cuanto más santo es un hombre, más necesita vigilar atentamente su proceder, no sea que caiga y se pierda. Una honda convicción de esta necesidad ha sido la gran protección de los santos. Si no hubieran temido a Dios, no habrían perseverado."
      
       Es verdad que algunos acaban mal. Es más, todos tenemos la posibilidad de acabar mal, y es natural que sea así, pues si estuviéramos seguros de nuestra fidelidad, ni tendría mérito nuestra entrega ni pondríamos celo por mantener vivo nuestro amor.
      
       Decir que sí es siempre afrontar un riesgo y una incertidumbre. Pero el riesgo, la incertidumbre y la duda se pueden presentar tanto al que dice que sí como al que dice que no. En ese sentido Joseph Ratzinger escribió en 1963, que "tanto el creyente como el no creyente comparten, cada uno a su manera, la duda y la fe"; y eso puede aplicarse también a la vocación: el que decide entregarse a Dios puede hacerlo con algunas dudas, pero el que decide no entregarse puede albergar igualmente esas dudas.
      
       Perseverar es una cuestión de coherencia y de empeño a lo largo de la vida, de mantener la palabra dada a Dios, y en particular, de mantener esa palabra cuando lleguen los días malos. Porque es fácil ser coherente por un día, o por una temporada. Pero lo importante es ser coherente toda la vida. Es fácil ser coherente a la hora del entusiasmo o de la exaltación, pero hay que serlo también en los días malos, a la hora de la tribulación. Y solo puede llamarse fidelidad a una coherencia que dure toda la vida. Así lo expresa, por ejemplo, la fórmula del matrimonio ("…prometo serte fiel, en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, y amarte y honrarte todos los días de mi vida"), y es lógico que sea así, por el carácter definitivo del amor humano, por la responsabilidad que se contrae con la entrega personal plena que supone el matrimonio. En esto hay una gran sabiduría y una tradición que, en definitiva, están respaldadas por la palabra del mismo Dios. Solo al darme por entero, sin reservarme una parte mí, sin aspirar a una revisión, a una rescisión, se responde plenamente a la dignidad humana. No es un experimento, ni un contrato de arrendamiento, sino la entrega del uno al otro. Y la entrega de una persona a otra solo puede ser acorde con la naturaleza humana si el amor es total, sin reservas.
      
       -Pero el empeño por ser fiel a la palabra dada no quita la duda antes de dar esa palabra, y ése es ahora mi problema.
      
       Quizá estás ahora en una encrucijada. Ante ti, dos caminos: uno que regresa hacia atrás, hacia la propia tierra, donde todo es quizá más conocido, más cómodo, menos arriesgado. Y otro camino, que exige más decisión, que supone un riesgo, que abre la vida hacia un horizonte nuevo, que reclama un caminar un poco más audaz.
      
       Y sabes que ese camino no será idílico, como no lo es el otro, ni ninguno. Tendrá sus días de paisajes maravillosos, de altas montañas nevadas, de ríos y lagos de agua cristalina, de música suave que nos envuelve de paz, pero habrá otros de polvo y de cansancio, de andar y de subir, de monotonía, de incertidumbre.
      
       Pero retrasar una decisión no siempre la resuelve. A veces, la complica, o hace que se acabe tomando contra nosotros por eliminación o por indecisión. Por eso debemos actuar de modo distinto según sea nuestro carácter. Si sabemos que tendemos a ser demasiado dubitativos, hemos de procurar lanzarnos un poco más de lo que nuestro espíritu perfeccionista nos pide. Si, por el contrario, tendemos a ser demasiado impulsivos o precipitados, será mejor que procuremos madurar un poco más la decisión.
      
       Pero no pienses que si la decisión es entregarse a Dios en celibato vas a tener menos apoyo que si la entrega es en el matrimonio. Cuando Dios ve que un alma está determinada a seguirle pase lo que pase, no la deja en la estacada. Una persona puede dudar sobre cuál es su camino, y debe hacer lo posible por aclarar esa duda, pero, una vez que lo ve razonablemente claro, no debe pensar tanto en si perseverará o no, porque la perseverancia es algo que debemos construir día a día, y eso es cuestión de decisión personal y de gracia de Dios. Y como la gracia de Dios no nos faltará, quizá lo más importante es aquello de Santa Teresa, de "que importa mucho y el todo una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar, venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, trabájese lo que se trabajare, murmure quien murmurare, siquiera llegue allá, siquiera muera en el camino o no tenga corazón para los trabajos que hay en él, siquiera se hunda el mundo, como muchas veces acaece con decirnos: "Hay peligros", "Fulana por aquí se perdió", "el otro se engañó"".
      
       Lo importante es tener claro el horizonte y seguirlo con perseverancia. Y, como dice el poeta, "si quieres que el surco te salga derecho, ata a tu arado una estrella". La consideración frecuente del ideal de servicio propio de nuestra misión, y de todas las personas que esperan nuestra ayuda, siempre supondrá un excelente estímulo para nuestra perseverancia.
      
       -Pero perseverar por las expectativas de servicio a otros parece un poco utilitarista, no algo propio del amor.
      
       Las expectativas legítimas de otros pueden urgir y facilitar nuestra fidelidad. Así ha sucedido siempre, en la familia, en la amistad, en cualquier ideal de servicio o de entrega. Lo expresa admirablemente Antoine de Saint-Exupéry en "Tierra de hombres", donde cuenta la historia de un piloto perdido en la montaña después de estrellarse su avión. Aquel hombre, Guillaumet, tenía un montón de razones para dejar de luchar por seguir adelante: no conocía el camino, era casi seguro que todo aquel esfuerzo sobrehumano no serviría para nada. Estaba solo, perdido, roto de golpes, de fatiga, de cansancio. Derribado a cada paso por la tormenta, en una zona de la que se decía que "Los Andes, en invierno, no devuelve a los hombres".
      
       La muerte por congelación es una muerte dulce: entra una especie de sopor, lleno de sensaciones agradables en las que uno se encuentra, incluso, optimista, y en medio de ese sueño se escapa el alma. Aquel hombre lo sabía. No le costaba nada dejarse llevar, recostado sobre el suelo helado, no levantarse después de una caída, decir ¡ya basta, se acabó!, y no volver a intentarlo de nuevo. "Perdidas, poco a poco, tu sangre, tus fuerzas, tu razón, seguías avanzando, obstinado como una hormiga, volviendo sobre tus pasos para rodear el obstáculo, volviendo a ponerte en pie después de las caídas, o volviendo a subir aquellas pendientes que solo conducen al abismo, sin concederte ningún descanso, pues, de haberlo hecho, ya no te hubieras levantado del lecho de nieve.
      
       "En efecto, cuando resbalabas, tenías que incorporarte deprisa para no ser transformado en piedra. El frío te petrificaba en cuestión de segundos, y disfrutar, después de una caída, de un minuto más de descanso, te suponía mover unos músculos muertos para poder reiniciar la marcha. Te resistías a las tentaciones. "En la nieve -me decías-, se pierde todo instinto de conservación. Después de dos, tres, cuatro días de marcha, uno solo quiere dormir. Era lo que yo deseaba". Y tú caminabas y, con la punta de la navaja, cada día te ensanchabas un poco más la abertura de los zapatos para que los pies, que se te congelaban y se hinchaban, cupiesen dentro…".
      
       Guillaumet piensa en su mujer, en sus hijos, en sus compañeros. ¿Quién podrá mantener a esa familia que le aguarda en algún lugar de Francia si él se para? No, no les puede fallar. Ellos le quieren, le esperan. ¿Qué pasaría si supieran que estaba vivo? "Si mi mujer cree que vivo, cree que camino. Los compañeros creen que camino. Todos tienen confianza en mí, y soy un canalla si no camino." Cuando volvía a caerse, repetía esas palabras. Cuando las piernas se negaban a avanzar más; cuando los huesos todos de su cuerpo gemían entumecidos por el frío y el cansancio; cuando después de bajar tenía que volver a subir, como en un carrusel que no acababa nunca, volvía a repetir el mismo estribillo: "Si creen que vivo, creen que camino, y soy un canalla si no sigo".
      
       El pensamiento de las personas que nos esperan y nos necesitan, nos comunica fuerza para ir adelante. Y eso es un ejercicio de responsabilidad y una estupenda manifestación de fidelidad. Hay muchas personas a nuestro alrededor que necesitan de nosotros, y quizá Dios espera que dediquemos a ellas nuestra vida, y si es así, no podemos defraudar ni a Dios ni a esas personas.