35. Veo que algunos han fracasado

El que ha naufragado
tiembla incluso ante las olas tranquilas.

Ovidio

       
       -A mí lo que más me frena es ver cómo algunos han abandonado su vocación.
      
       La experiencia personal de ver que otros abandonan el camino emprendido, y los conflictos a veces inherentes a ese tipo de situaciones, son siempre una experiencia dolorosa y difícil. Pero hay que saber sacar de todo ello una enseñanza. Cuando uno ve, por ejemplo, noviazgos o matrimonios que se rompen, lo mejor que puede hacer es intentar sacar alguna experiencia de aquello para mejorar el propio noviazgo o el propio matrimonio. Pero ver que otros se rompen no debe llevarnos a romper el nuestro, ni a renegar del noviazgo o del matrimonio, sino a madurar nosotros y a procurar acertar en nuestra elección.
      
       Además, no todos los abandonos son iguales. Hay personas que emprenden el periodo inicial de prueba que hay en todos los caminos de entrega completa a Dios y, con el tiempo, comprueban que aquella no era su llamada. Y no hacen mal en dejar entonces ese camino, igual que no hace mal quien rompe un noviazgo cuando comprende que no debe casarse con esa persona. Y no por eso ha sido infiel el uno con el otro, ni ha habido propiamente un fracaso sino un periodo de prueba que se inicia y se concluye con toda normalidad.
      
       -Pero se puede ser infiel también en el noviazgo.
      
       Por supuesto, un novio puede ser infiel a su novia, o al revés. Pero si en determinado momento deciden dejar de ser novios, no por eso han sido infieles, sino que simplemente han decidido suspender un compromiso mutuo que por su propia naturaleza era temporal.
      
       Lógicamente, si se rompe un noviazgo por infidelidad de uno de los dos, o por no haber puesto el empeño y la consideración necesarias el uno con el otro, quizá esa pareja estuviera llamada a ser un matrimonio feliz, pero no ha podido llegar a serlo porque uno de ellos, o los dos, han maltratado su noviazgo. De manera semejante, una vocación al celibato podría malograrse durante el periodo de prueba, y aunque no se hubiera llegado a asumir ningún compromiso definitivo, podría suponer una infidelidad si ese fracaso se debe a que se ha malogrado la vocación y se ha hecho imposible que fructificara y se abriera camino.
      
       -En muchos casos, el camino de la vocación se inicia con bastante poco conocimiento de lo que supone, y me imagino que esa debe ser la causa de bastantes fracasos.
      
       Es algo que sucede tanto con el noviazgo como con en las etapas de prueba en el inicio del celibato. De todas formas, tampoco debería llevarse al extremo la cuestión del conocimiento previo, pues todos sabemos que los matrimonios que han surgido de un "flechazo", es decir, de un amor descubierto de forma súbita y con poco conocimiento previo, no tienen por qué ser menos felices o menos estables que los demás. En el celibato, como en el matrimonio, muchas veces el corazón va más allá que la inteligencia, y aunque los filósofos digan aquello de que "nihil volitum nisi praecognitum", es decir, que nada se quiere si antes no se conoce, en el amor no siempre sucede así.
      
       Tanto el noviazgo como el periodo de prueba del celibato son etapas que, por su propia naturaleza, no tienen carácter definitivo. Todas las instituciones de la Iglesia tienen unos plazos para comprobar la madurez y la idoneidad de las personas que manifiestan una posible vocación. Así se les facilita una mayor libertad de decisión, para que su entrega sea siempre consecuencia de un querer seguro, consciente y responsable. Y el hecho de que no todos los noviazgos acaben en matrimonio no debe entenderse como algo trágico, igual que sucede con el celibato. Es más, Dios puede contar con esos tanteos para ir descubriendo su camino a una persona.
      
       -Pero la vocación no puede ser algo temporal.
      
       La vocación no es algo que venga y se vaya, pero quienes están en periodo de prueba son conscientes de que durante esa primera etapa están todavía en un periodo de discernimiento y descubrimiento de su vocación. Creer que Dios les llama, y desear seguir esa llamada y entregarse a Dios para toda la vida, es perfectamente compatible con el hecho de que, un tiempo después, algunos puedan comprobar que no era su camino. Y eso no debe considerarse como un fracaso, ni como un tiempo perdido, sino quizá lo contrario: durante ese tiempo han sido generosos, han avanzado en su trato con Dios, han recibido una formación y han luchado por vivir unas virtudes. Todo eso, si se han hecho bien las cosas y si los planteamientos han sido claros, será una etapa que sin duda les ayudará mucho durante toda su vida. Lo han intentado de buena fe, y al poco tiempo han comprendido que no era lo suyo. Bien, no es tan grave. Peor sería percibir una llamada de Dios, tener una vocación, y no hacer nada, no intentarlo siquiera.
      
       También es posible que al principio haya una entrega inicial no demasiado reflexiva, quizá bastante basada en el entusiasmo, pero que luego madura y se descubre con todo su calado. Dios premia muchas veces la generosidad de ese primer arrojo de la entrega algo inmadura con una claridad posterior grande sobre la propia misión. Así sucede también a quien inicia un noviazgo deslumbrado por algunos rasgos externos de la otra persona, y luego descubre su verdadera valía, más profunda, y se entrega a ella con gran madurez y convicción.
      
       Ahí está, por ejemplo, el caso de Santa Jacinta, una chica procedente de una familia adinerada de Viterbo a finales del siglo XVI. Era muy hermosa y aficionada a lujos y vanidades. Como era bastante superficial y orgullosa, tuvo varios desengaños amorosos y un buen día dijo que se hacía monja y que se marchaba a un convento de las hermanas franciscanas. Tenía veinte años. Fue una primera conversión, pero muy leve, pues en el convento quería seguir teniendo las mismas comodidades de antes y mostraba bastante poco interés por la vida religiosa. Cuando tenía treinta años, pasó por una grave enfermedad, con muchos dolores y grave peligro de muerte. Aquello, junto a la ayuda de un santo sacerdote, el padre Bernardo Bianchetti, que supo ayudarla a enfrentarse a sus propios defectos, hizo que se arrepintiera de su vida anterior, hiciera una confesión general y, desde aquel día, empezara otra vida totalmente distinta. Aquella sí fue una verdadera conversión. Desde entonces fue una religiosa ejemplar, muy humilde y sacrificada. Fundó dos asociaciones piadosas que tuvieron enseguida una gran difusión y por medio de sus escritos logró la conversión de muchas personas. Recibió muchas gracias extraordinarias de Dios, y después de su muerte, en 1640, se le atribuyeron numerosos favores y milagros. Su figura ha quedado para la posteridad como ejemplo de una gran santa que, aunque no fuera nada ejemplar en los inicios de su vocación, supo ser finalmente muy fiel a ella.
      
       -Por lo que cuentas, durante sus primeros diez años más bien se podría haber dicho de ella que no tenía vocación y que estaba en aquel convento desengañada por sus desilusiones amorosas.
      
       Es una prueba de que Dios puede hacer que una vocación se abra camino a través de unos comienzos bastante imperfectos, tanto en el discernimiento de la vocación como en la correspondencia a ella, y que, pese a todo eso, esa persona alcance después una gran santidad en ese camino.
      
       Así sucedió también a San Telmo, que, siendo aún un joven sacerdote, fue nombrado canónigo de la Catedral de Palencia, y enseguida elevado a la primera dignidad después del obispo. Era muy inteligente y bien parecido, y eso le hacía ser engreído y ambicioso. Quiso tomar posesión de su cargo como Deán el día de Navidad, y con cabalgata sonada, de manera que dispuso organizarlo todo en medio de un gran festejo. Se encaminaba hacia el templo en un elegante caballo, desenvuelto y arrogante. El aplauso y los gritos iban creciendo. Estando en el culmen de la aclamación, cerca ya de la catedral, queriendo lucir tanto el caballo como su pericia de jinete, clavó las espuelas, y entonces el corcel se encabritó y resbalaron, cayendo ambos aparatosamente en un lodazal, entre las risas y burlas de quienes, momentos antes, le aplaudían. El ridículo fue espantoso. Como contaba luego él mismo, Dios se sirvió de aquello para salir a su encuentro, quebrar un poco su orgullo, hacerle ver lo vanidoso que era y suscitar en él una fulminante conversión. Ingresó en el convento de dominicos que Santo Domingo de Guzmán había fundado poco antes en la ciudad y allí se entregó a la oración, al estudio y al servicio a los demás. Pasado un tiempo, con sus grandes dotes de predicador, alentó numerosas conversiones y dedicó mucho tiempo a los pobres y a los enfermos, hasta su muerte en el año 1246. A pesar de su falta de rectitud en la primera etapa, tuvo después una vida austera y ejemplar, y ha pasado a la historia como uno de los santos medievales más populares.
      
       Y no es solo que un comienzo menos generoso pueda ser enmendado, sino que Dios también puede ir descubriendo poco a poco sus designios a una persona. Ha sucedido así también innumerables veces a lo largo de la historia de la Iglesia y de la vida de los santos. Por ejemplo, San Juan Bautista de la Salle, fundador de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, solo llegó a entender aquello a lo que Dios le estaba llamando, por etapas, a medida que reflexionaba en la oración sobre su experiencia acerca de lo que, poco a poco, Dios le iba descubriendo. El futuro santo llegó a decir que Dios probablemente lo habría asustado si le hubiera mostrado desde el principio todo lo que quería de él, con el esfuerzo y las dificultades que supuso la fundación de las Escuelas Cristianas y toda una vida dedicada a la educación de los hijos de los pobres. Al principio, cuando su amigo el padre Nyel le pide ayuda para iniciar una escuela gratuita en Reims, en 1679, Dios le mostró solamente una pequeña parte de lo que quería de él. Y así empezó todo. Llevado por su generosidad, se implicó en ayudar a su amigo en esa pequeña obra, y acabó descubriendo que Dios quería que él iniciara otra fundación, mucho más grande, a la que dedicaría la totalidad de su vida y sus energías.
      
       Dios sale a nuestro encuentro en el lugar donde estamos y después nos guía hacia sitios que quizá nunca imaginamos y a compromisos en los que jamás habíamos pensado como posibles. Y en eso no hay ningún engaño, sino una forma de hacer de Dios, que nos descubre poco a poco nuestro papel y nuestra misión, como hizo con San Juan Bautista de la Salle, que revolucionó la concepción de la enseñanza, fundó una congregación que dirige hoy más de mil colegios en todo el mundo y es considerado por la Iglesia como el patrono universal de los maestros.
      
       -Dices que los fracasos o el mal ejemplo de otros no deben influirnos negativamente, pero lo cierto es que siempre pesan.
      
       Es verdad. La vocación es un compromiso con Dios. Si vemos el fracaso de otros, o si recibimos un mal ejemplo directo, todo eso nos duele, lo sentimos en el alma. Eso es algo totalmente normal. Pero cada uno debemos mirar sobre todo a nuestro compromiso personal con Dios, y no tanto a la persona que ha dejado determinado camino, o a la que nos da mal ejemplo, o nos parece que nos da mal ejemplo.
      
       Santa Teresa de Lisieux cuenta en su autobiografía el impacto que sufrió en este sentido cuando, a los catorce años, viajó a Roma en una peregrinación para ver al Papa. La convivencia durante esos días era estrecha, y como su agudeza juvenil era grande, fue testigo de los defectos de los sacerdotes que viajaban con ella. Nada escapaba a su implacable mirada. Pero lo que agobia a los débiles, galvaniza a los fuertes. ¿Qué la debilidad de los sacerdotes es a veces grande? Pues bien, precisamente por ellos será carmelita: "Comprendí mi vocación en Italia -escribiría tiempo después-. A nosotros nos corresponde, al Carmelo le corresponde conservar la sal de la tierra." La pequeña Teresa supo desde entonces afrontar de forma más madura las desilusiones que siempre produce el mal ejemplo.
      
       Por otra parte, hemos de ser prudentes al formarnos una opinión sobre las actuaciones de las personas, pues solo Dios conoce el interior de cada una. Todos tenemos defectos, y nuestro deber es procurar superar los nuestros, no limitarnos a señalar los de los demás, escandalizarnos de ellos, y concluir finalmente que eso devalúa nuestro compromiso con Dios. Por otra parte, como idea general, es mejor tender a fijarse en los buenos ejemplos de los demás. Si buscamos la referencia del buen ejemplo, del estímulo de otros que son mejores que nosotros, eso tirará hacia arriba de nuestra vida. Es verdad que también se puede aprender de lo que nos parece fracaso o mal ejemplo en otros, pero no debemos compararnos constantemente con otros menos generosos que nosotros para así sentirnos justificados en nuestra propia mediocridad. Sobre todo, porque siempre encontraremos gente peor que nosotros, salvo que seamos la persona más malvada del planeta.
      
       -Pero no debemos compararnos con otros, sino con lo que nosotros debemos ser, con lo que Dios espera de nosotros.
      
       Por supuesto. Me refiero a que no debemos entretenernos evaluando los errores o dificultades de otros, aunque a veces sean innegables y evidentes, si resulta que el verdadero problema de fondo es nuestra falta de generosidad. Podemos repasar una y mil veces la eterna lista de ejemplos de personas que abandonaron su camino, o de las que siguen en él pero de modo poco edificante, pero todo eso no debería enfriar nuestro diálogo vital con Dios.
      
       -¿Y cómo puede saberse si alguien ha sido infiel o no?
      
       Solo Dios puede juzgar la intimidad de un alma, y solo Él puede saber qué sucedió de verdad en la historia de una presunta infidelidad. Por eso, lo mejor es ocuparse cada uno sobre todo de la propia fidelidad. Cuando una persona piensa en casarse, no debe retraerse pensando en los muchos casos de roturas o fracasos matrimoniales que conoce, o de los que ha oído hablar, sino que debe fijarse sobre todo en cómo los matrimonios felices logran serlo. Y todos sabemos que eso depende mucho de cómo ambos se preocupan día a día de ser fieles a su vocación matrimonial.
      
       -¿Y si después de entregarnos a Dios se ponen las cosas difíciles, y la gente no nos escucha con el interés que esperábamos?
      
       Algo parecido sucedió a Jesucristo en su paso por la tierra: sabía lo que había que hacer, lo explicaba maravillosamente, pero se encontró con innumerables obstáculos. Los hombres se resistían a escucharle, le calumniaron, le persiguieron, le cargaron una cruz y lo mataron. También nosotros podemos sufrir el zarpazo de la incomprensión. No siempre, ni la mayoría de las veces, pero tampoco debería sorprendernos demasiado.
      
       -¿Crees que importa mucho el atractivo que tenga para nosotros una determinada institución?
      
       La institución en la que vivamos nuestra vocación y nuestra entrega es importante. Nos aporta seguridad, compañía, formación, ayuda espiritual, consejo. Pero lo más importante es que nos hemos comprometido con Dios en ese camino, y nuestra santidad pasa por esa institución, como la santidad de una persona casada pasa por la persona de su cónyuge. Pero siempre hay que tener claro que estamos comprometidos con Dios, que hemos de tener una relación diaria con Dios y que tenemos que ser amigos de Dios.
      
       -¿Y si es la institución la que pierde un poco su objetivo sobrenatural y se aleja de Dios?
      
       Lógicamente, ese peligro existe. Igual que en el matrimonio existen los celos, o el protagonismo personal, el egoísmo, o muchos otros posibles defectos que deterioran la convivencia familiar o la relación con otros, en las instituciones de la Iglesia también hay que estar en guardia ante posibles relajaciones, envidias, celos, exclusivismos o cualesquiera de las otras múltiples formas que puede tomar la soberbia o la falta de rectitud, y que también se pueden presentar en los superiores diocesanos o en los obispos.
      
       Como señaló el entonces Cardenal Ratzinger, existe también el riesgo de exagerar el mandato específico que tiene origen en un carisma particular, y vivir entonces la experiencia espiritual a la cual se pertenece, no como una de las muchas formas de existencia cristiana, sino como si fuera la más perfecta expresión del mensaje evangélico, y eso sería un error grave.
      
       Todos esos peligros son riesgos ligados a la soberbia humana, bastante elementales por otra parte, de los que todos debemos procurar guardarnos, y sobre los que han procurado alertar con contundencia casi todos los grandes fundadores a lo largo de la historia. Leyendo los testimonios de quienes han promovido las obras que más gloria han dado a la Iglesia, siempre se encuentran esas recomendaciones, que insisten en la importancia de que los deseos de crecimiento y extensión de esas fundaciones estén siempre basados en la caridad y en el servicio a Dios y a las almas, sin conceder protagonismo al propio desarrollo, y sabiendo alegrarse de que haya muchos otros que trabajen en servicio de Dios, y deseando que esos otros obtengan cada vez más y mejores frutos.
      
       -¿Y si, al final del periodo de prueba, sigo teniendo dudas, y no lo veo claro?
      
       Tienes que verlo suficientemente claro; si no, no debes seguir adelante. Pero debes hacerlo con toda la honestidad que te sea posible, considerando si esa falta de claridad que sientes se debe a que no es tu camino, o bien a que has seguido ese camino sin el empeño necesario. No dejes de considerar que muchos planes de Dios han quedado sin realizarse por una falta de generosidad enmascarada en un "no lo veo claro". Muchas personas han dejado de recibir ayuda porque quienes estaban llamados por Dios a una mayor entrega no fueron sensibles a esa llamada, que casi nunca es rotunda ni apantallante.
      
       Si esa desconocida adolescente albanesa llamada Ganxhe Bojaxhiu no hubiera respondido que sí a Dios cuando le pidió ser monja -y pasó a ser la Madre Teresa-, o cuando después le pidió esa otra "llamada dentro de la llamada", si no hubiera dicho que sí, hoy millones de manos necesitadas se alzarían inútilmente sin encontrar respuesta, porque no habría existido la Madre Teresa de Calcuta ni la institución que ella fundó.
      
       Y si Maximiliano Kolbe se hubiera dejado vencer por la crisis que en 1910 le empujaba a abandonar el seminario franciscano en el que se encontraba, el mundo no habría tenido su ejemplo heroico de santidad en Auschwitz en 1941, ni tampoco la institución que fundó y que hoy atiende a cientos de miles de personas en todo el mundo. Es bastante natural tener dudas, y que esas dudas se disipen con la ayuda, a veces inopinada, de otras personas. En el caso de Maximiliano Kolbe, fue una visita imprevista de su madre al seminario. El chico estaba decidido a explicar a su madre sus dudas y su deseo de dejar el camino franciscano para seguir la carrera militar, pero, antes de que lo hiciera, ella le habló con tanta ilusión de la vocación de sus otros hijos, que el pequeño Maximiliano se encontró fortalecido por el entusiasmo de su madre y aquello disipó sus dudas, y acabó siendo un gran santo, hoy patrono de Europa.
      
       Como decía Benedicto XVI a un grupo de jóvenes en Cracovia en 2006, "el miedo al fracaso a veces puede frenar incluso los sueños más hermosos. Puede paralizar la voluntad e impedir creer que exista una casa construida sobre roca. Puede persuadir de que la nostalgia de la casa es solamente un deseo juvenil y no un proyecto de vida. Como Jesús, decid a este miedo: "¡No puede caer una casa fundada sobre roca!". Como San Pedro, decid a la tentación de la duda: "Quien cree en Cristo, no será confundido". Sed testigos de la esperanza, de la esperanza que no teme construir la casa de la propia vida, porque sabe bien que puede apoyarse en el fundamento que le impedirá caer: Jesucristo, nuestro Señor."
      

36. ¿Es un camino cerrado?

Donde todo el mundo piensa igual,
casi nadie piensa demasiado.

Julián Marías

       
       -¿Entonces, solo somos libres para contestar que sí o que no?
      
       Nosotros no decidimos nuestra vocación, ni la elegimos, sino que la elige Dios. En ese sentido, es cierto que, a la vocación, se responde que afirmativa o negativamente, pues la vocación es una llamada de Dios desde la eternidad.
      
       Pero esa llamada no es un hecho aislado, que nos llega en un momento concreto de la vida, al que se responde que sí o que no, y que a partir de entonces es ya cuestión cerrada. Esa llamada es una actitud permanente de Dios, que nos va desvelando su querer con mil pequeñas llamadas cada día.
      
       En toda vida hay momentos de especial lucidez, en los que cada persona advierte con mayor claridad su posición ante Dios y, con ello, la misión que está llamada a desempeñar en el mundo. Son momentos en los que toma especial conciencia de su vocación, pero que han sido precedidos por otros momentos que han preparado el terreno, y seguidos después por otros que contribuirán a manifestar las implicaciones del querer divino, interpelando de nuevo a la libertad de esa persona.
      
       La vocación es una llamada a la que podemos responder en mayor o menor medida. Cuando respondemos a una llamada telefónica, abrimos un diálogo, pero si no tenemos teléfono, o no respondemos a la llamada, ni siquiera comienza el diálogo. Pero si respondemos, se abre entonces una conversación con el Señor, que dura toda nuestra vida. Un diálogo que está abierto a la libertad de nuestra respuesta, que está condicionado a cada momento por nuestra generosidad.
      
       En ese sentido, puede decirse que no hay dos vocaciones iguales, porque Dios pide a cada uno cosas distintas cada día, como escribió León Felipe: "Nadie fue ayer, ni va hoy, ni irá mañana hacia Dios por este mismo camino que yo voy." No está todo preconcebido y cerrado. No somos como unas marionetas de Dios, sino que nuestra vida estará siempre condicionada por la generosidad de nuestras respuestas. Cada "sí" nuestro abre la puerta a nuevos requerimientos de Dios, a nuevas aventuras de generosidad y de entrega, y con ello a una felicidad cada vez mayor.
      
       -¿Quieres decir entonces que ser fiel es algo más que simplemente perseverar?
      
       Exacto. Hay modos de perseverar que no son fidelidad. Se puede perseverar en el matrimonio pero no ser fiel. Se puede perseverar en el celibato de un modo que tampoco debería propiamente llamarse fidelidad. Es verdad que mientras se persevera, aunque sea mal, tenemos ocasión de convertirnos y ser fieles a nuestro camino, pero la perseverancia sin fidelidad es siempre un drama personal.
      
       Al responder que sí a la llamada inicial de Dios, iniciamos un diálogo: "Tú, Señor, me llamas, y yo me pongo en tus manos. ¿Qué debo hacer, qué hacemos?". Según cómo respondamos, esa conversación con Dios que es nuestra vocación alcanzará mayor o menor intimidad, mayor o menor fruto. Tenemos incluso la posibilidad de cortar ese diálogo, de rechazar la vocación. Pero lo que se pierde entonces no es la vocación, lo que se pierde es la respuesta. En ese caso, nosotros seremos los principales perjudicados, pues, como escribió Saint-Exupèry, "conoces lo que tu vocación pesa en ti, y si la traicionas, es a ti a quien desfiguras; pero sabes que tu verdad se hará lentamente, porque es nacimiento de árbol y no hallazgo de una fórmula." La vocación es como un árbol que germina y crece, no un hecho aislado que un día hemos descubierto.
      
       -Pero no siempre dejar un camino concreto de entrega supone abandonar la vocación.
      
       Lógicamente. Puede que ese diálogo con Dios nos lleve, con rectitud, a un cambio, a resituarnos respecto a lo que inicialmente percibimos. Pero eso no es abandonar la vocación, sino precisar mejor el discernimiento. Por eso, en todas las instituciones y caminos de la Iglesia existen esos plazos y etapas de prueba, de los que ya hemos hablado, que permiten ir confirmando ese discernimiento personal, de manera semejante a como existe el noviazgo antes del matrimonio. Pero, una vez que han concluido los periodos de prueba, hay un evidente deber de fidelidad. La llamada divina se percibe en un momento determinado, pero es desde siempre y para siempre, porque "los dones y la vocación de Dios son irrevocables" (Romanos 11, 28-29). Con la vocación, el Señor concede los medios para poder descubrirla y para responder afirmativamente; y después, a lo largo de la vida, otorga las gracias necesarias para llevar a cabo la misión confiada.
      
       -Pero una persona puede haber hecho inválidamente esos compromisos definitivos, por falta de madurez psicológica o de conocimiento.
      
       Eso puede suceder, por supuesto, como también puede suceder en el matrimonio, donde pueden darse casos de matrimonios nulos por vicio del consentimiento. Pero igual que en el matrimonio existe una presunción a favor del vínculo, también debe haberla en el caso del compromiso definitivo de celibato.
      
       -Entonces, igual que cuando una persona obtiene la nulidad ya no puede decirse que no sea fiel, quien obtiene la dispensa o la anulación de su vínculo de celibato ya no tiene obligación ninguna en ese sentido.
      
       La comparación entre el matrimonio y el celibato arroja habitualmente bastante luz, aunque tiene sus límites, como sucede con cualquier comparación, en la que siempre hay una parte de similitud y otra de diferencia. Desde luego, si se declara una nulidad matrimonial de forma honesta y legítima, ya no existe el vínculo matrimonial, porque en realidad nunca existió. Pero si se recurre a ese proceso como un subterfugio para obtener algo que no responde a la realidad, las cosas son bastante distintas. Y con la dispensa del celibato sucede algo parecido. Pienso que, en todo caso, es Dios quien debe juzgar a cada uno según sus obras, pues solo Él conoce de modo completo lo que sucede en el interior de las personas.
      
       -¿Crees entonces que, una vez que se ha adquirido un compromiso libre y definitivo con Dios, lo que procede en todo caso es luchar por ser fiel?
      
       Así lo decía Juan Pablo II en 1995, refiriéndose entonces al caso concreto del sacerdocio. "La vocación al celibato necesita ser defendida conscientemente con una vigilancia especial sobre los sentimientos y sobre toda la propia conducta. Cuando en el trato con una mujer peligrara el don y la elección del celibato, el sacerdote debe luchar para mantenerse fiel a su vocación. Semejante defensa no significaría que el matrimonio sea algo malo, sino que para el sacerdote el camino es otro. Dejarlo sería, en su caso, faltar a la palabra dada a Dios.
      
       "La oración del Señor: "No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal", cobra un significado especial en el contexto de la civilización contemporánea, saturada de elementos de hedonismo, egocentrismo y sensualidad. Se propaga por desgracia la pornografía, que humilla la dignidad de la mujer, tratándola exclusivamente como objeto de placer sexual. Estos aspectos de la civilización actual no favorecen ciertamente la fidelidad conyugal ni el celibato por el Reino de Dios. Si el sacerdote no fomenta en sí mismo auténticas disposiciones de fe, de esperanza y de amor a Dios, puede ceder fácilmente a los reclamos que le llegan del mundo. ¿Cómo no dirigirme, pues, a vosotros, queridos hermanos sacerdotes, para exhortaros a permanecer fieles al don del celibato, que nos ofrece Cristo? En él se encierra un gran bien espiritual para cada uno y para toda la Iglesia."
      
       -¿Y en los casos en que una persona ha abandonado una institución para fundar otra?
      
       Así han nacido numerosas fundaciones que han llenado de gloria la historia de la Iglesia. Pero en todos los casos, esas personas han buscado siempre la aprobación de los superiores jerárquicos competentes -sus autoridades diocesanas, o bien la Santa Sede- para dar ese paso. Y aunque haya habido con frecuencia dificultades e incomprensiones, que se dan en todas las grandes obras, al final han demostrado su rectitud y su origen sobrenatural, y han dado ese paso con la correspondiente aprobación.
      
       -¿Y a qué facetas de nuestra vida afecta la vocación?
      
       Con la vocación no nos hemos propuesto simplemente hacer unas cuantas cosas buenas. La vocación es algo que abarca todas las dimensiones de nuestra vida, y la envuelve por completo. No es unirse a otras personas buenas para hacer unas cuantas cosas buenas; es proponerse cambiar el mundo, mejorarlo, y no porque seamos superhombres, sino porque así entendemos que lo reclama Dios de nosotros.
      
       Con la vocación, cambia la visión de la vida. "Si me preguntáis -escribió San Josemaría Escrivá- cómo se nota la llamada divina, cómo se da uno cuenta, os diré que es una visión nueva de la vida. Es como si se encendiera una luz dentro de nosotros." "La vocación enciende una luz que nos hace reconocer el sentido de nuestra existencia. Es convencerse, con el resplandor de la fe, del porqué de nuestra realidad terrena. Nuestra vida, la presente, la pasada y la que vendrá, cobra un relieve nuevo, una profundidad que antes no sospechábamos. Todos los sucesos y acontecimientos ocupan ahora su verdadero sitio: entendemos adónde quiere conducirnos el Señor, y nos sentimos como arrollados por ese encargo que se nos confía."
      
       Esta idea nos recuerda una reflexión que, siendo aún una niña, se hacía Santa Teresa de Lisieux. Le gustaba divertirse tomando en sus manos un caleidoscopio, y se admiraba de cómo aquella especie de catalejo podía producir un fenómeno tan fascinante. Un día, tras examinar el interior del mecanismo, vio que se trataba simplemente de algunos pedacitos de papel y lana, echados acá y allá, cortados de cualquier manera, y tres cristales en el interior del tubo. "Esto fue para mí -escribiría en sus memorias- la imagen de un gran misterio. Nuestras acciones, aun las más pequeñas, mientras no se salgan del foco del amor, la Santísima Trinidad, figurada por los tres cristales convergentes, da sobre ellas un reflejo y una belleza admirables… Pero, si salimos de ese centro inefable del amor, ¿qué queda? Briznas de paja…". La vocación nos introduce en la óptica del amor, en una nueva perspectiva que llena de color y de atractivo lo más ordinario.
      
       La vocación es una luz de Dios que nos ayuda a ver de modo concreto, hoy y ahora, personalmente, lo que Dios quiere de nosotros. La vocación no es simplemente una idea que nos inspira, sino una determinación clara de la voluntad de Dios para nosotros. Dios quiere de nosotros algo grande, y lo hará si no ponemos obstáculos.
      
       -Pero si la luz es de Dios, y todo depende de que se encienda esa luz, no hay nada que hacer por nuestra parte, salvo esperar a verla.
      
       Santo Tomás de Aquino ponía una interesante comparación. Dios es como la luz del sol, y nosotros estamos dentro de una habitación en la que, si abrimos la ventana, Dios nos inunda con su luz y tenemos claridad. La luz solar que entra en la habitación no es efecto solo de que la ventana esté abierta: tiene que alumbrar el sol. Es Dios quien actúa, pero es preciso que nosotros lo facilitemos, que no cerremos la ventana, que no lo impidamos.
      
       -¿Y si uno se siente con dudas de si será capaz de mantener dignamente ese diálogo con el Señor que es la vocación?
      
       Lo importante es que cada uno estemos firmemente decididos a ser fieles a lo que Dios nos pida. Luego ya Dios suple nuestra debilidad. Así lo contaba Lázaro Linares, al narrar la historia de su vocación, cuando un día de abril de 1955 expuso esas dudas al director del centro donde deseaba pedir la admisión en el Opus Dei. El director le escuchó con atención, se aseguró de la claridad con que se había planteado dar ese paso, y finalmente le preguntó acerca de aquella duda: "Lázaro… ¿tú crees que podrías perseverar un día? ". "Hombre, sí; un día sí", le contestó. "¿Y una semana? " "Sí, una semana pienso que también." "¿Y un mes? " "Hombre, un mes puede ser muy largo, pero supongo que también". "Entonces -concluyó-, si eres capaz de perseverar un mes, eres capaz de perseverar toda la vida."
      
       Había en todo aquello, aparentemente simple, mucha profundidad y mucha sabiduría. Dios nos da en cada momento la gracia necesaria para ser fieles. Cada día tiene su propio afán y su propia gracia de Dios. Si no hay ningún obstáculo para vivir el día a día, no tiene por qué haberlos después. Se trata de mantener la palabra dada a Dios, de mantener vivo ese diálogo personal con el Señor, pues ese diálogo nos hace ser receptivos a sus requerimientos.
      
       Me recuerda lo que sucedió a San Enrique, príncipe heredero de Baviera. A la muerte de su padre, en el año 995, Enrique ocupó el trono con solo veintidós años. Era uno de los príncipes más instruidos de su tiempo, y su fama de buen gobernante se difundió enseguida por toda Baviera, ganándose la simpatía de sus súbditos. Había tenido como maestro a San Wolfgang, que le dio una esmerada educación cristiana. Al poco de morir su maestro, tuvo Enrique un sueño, la noche del 1 de enero del año 996. En el sueño, San Wolfgang escribía en una pared esta frase: "Después de seis". Enrique se imaginó que por medio de ese sueño le avisaba de que dentro de seis días iba a morir, y se dedicó con todo empeño a prepararse para ese momento. Pero pasaron lo seis días y no murió. Entonces, pensó que serían seis meses, y procuró obrar en todo momento con ese mismo pensamiento. Pero a los seis meses tampoco murió. Concluyó entonces que el plazo era de seis años, y durante ese tiempo siguió actuando, en su vida personal y en el gobierno de su reino, con la idea de que el tiempo que Dios le concedía era ese. Pero, a los seis años, justo el 1 de enero de 1002, lo que le llegó no fue la muerte sino su proclamación como Emperador de Alemania. Los seis años de preparación para el encuentro definitivo con Dios fueron la mejor preparación para su misión en tan alto cargo, en el que estuvo hasta que falleció en el año 1024. Fue un gobernante santo y prestó grandísimos servicios a la evangelización de Europa. Sin duda, aquel sueño le fue de gran ayuda. A nosotros también puede ayudarnos la idea de poner empeño en ser fieles a la llamada de Dios pensando que el tiempo que tenemos por delante es corto, pues si somos fieles ahora, estaremos bien preparados para serlo siempre.
      
       -¿Y crees que es especialmente difícil ser fiel al celibato en la sociedad de hoy?
      
       Juan Pablo II decía que para vivir el celibato de modo maduro y sereno, es particularmente importante desarrollar profundamente en uno mismo la imagen de la mujer como hermana o del varón como hermano. En Cristo, hombres y mujeres son hermanos y hermanas, independientemente de los vínculos de la sangre. Se trata de un vínculo universal, gracias al cual el célibe puede abrirse a cada ambiente nuevo, hasta el más diverso, con la conciencia del deber de ejercer en favor de los hombres y de las mujeres a quienes es enviado una auténtica paternidad espiritual, que le concede "hijos" e "hijas" en el Señor.
      
       Y ponderaba de modo especial la figura del celibato femenino, de esa entrañable "figura de la mujer-hermana, de tan notable importancia en nuestra civilización cristiana, donde innumerables mujeres se han hecho hermanas de todos, gracias a la actitud típica que ellas han tomado con el prójimo, especialmente con el más necesitado. Una "hermana" es garantía de gratuidad: en la escuela, en el hospital, en la cárcel y en otros sectores de los servicios sociales. Cuando una mujer permanece soltera, con su "entrega como hermana" mediante el compromiso apostólico o la generosa dedicación al prójimo, desarrolla una peculiar maternidad espiritual. Esta entrega desinteresada de "fraterna" femineidad ilumina la existencia humana, suscita los mejores sentimientos de los que es capaz el hombre y siempre deja tras de sí una huella de agradecimiento por el bien ofrecido gratuitamente."
      
       El celibato siempre ha sido un testimonio necesario. "Cuando Cristo afirmó que el hombre puede permanecer célibe por el Reino de Dios -continúa Juan Pablo II-, los Apóstoles quedaron perplejos (cfr. Mt. 19,10-12). Un poco antes había declarado indisoluble el matrimonio, y ya esta verdad había suscitado en ellos una reacción significativa: "Si tal es la condición del hombre respecto de su mujer, no trae cuenta casarse". Como se ve, su reacción iba en dirección opuesta a la lógica de fidelidad en la que se inspiraba Jesús. Pero el Maestro aprovecha también esta incomprensión para introducir, en el estrecho horizonte del modo de pensar de ellos, la perspectiva del celibato por el Reino de Dios. Con esto trata de afirmar que el matrimonio tiene su propia dignidad y santidad sacramental y que existe también otro camino para el cristiano: camino que no es huida del matrimonio sino elección consciente del celibato por el Reino de los cielos.
      
       "El apóstol Pablo, que vivía el celibato, escribe así en la Primera Carta a los Corintios: "Mi deseo sería que todos los hombres fueran como yo; mas cada cual tiene de Dios su gracia particular: unos de una manera, otros de otra" (I Cor. 7,7). Para él no hay duda: tanto el matrimonio como el celibato son dones de Dios, que hay que custodiar y cultivar con cuidado. Subrayando la superioridad de la virginidad, de ningún modo menosprecia el matrimonio. Ambos tienen un carisma específico; cada uno de ellos es una vocación, que el hombre, con la ayuda de la gracia de Dios, debe saber discernir en la propia vida."
      

37. A contraola

Vivir con los grandes hombres en sus biografías
y ser inspirados por su ejemplo
es vivir con cuanto hay de mejor en la humanidad.

Samuel Smiles

       
       John Henry Newman sintió desde muy joven una pasión por Dios y por las cosas del espíritu, que le llevaron a ordenarse sacerdote en 1825, en el seno de la Iglesia anglicana. Desempeñó durante catorce años su labor como vicario de la Iglesia de Santa María, junto a la Universidad de Oxford, punto de encuentro de los mejores intelectuales ingleses de la época.
      
       Al tratar de hacer su propia interpretación de los 39 artículos de la doctrina anglicana, comenzó a descubrir la verdad en la Iglesia católica, ganándose las críticas de la comunidad universitaria de Oxford y de la misma Iglesia de Inglaterra. Tras retirarse en el silencio de la oración y el estudio durante tres años, en 1845 abrazó el catolicismo.
      
       Por aquella época, en que las antiguas certidumbres se tambaleaban, los creyentes se encontraban con la amenaza del racionalismo, por una parte, y del fideísmo por otra. El racionalismo rechazaba la autoridad y la trascendencia, mientras el fideísmo resolvía los desafíos de la historia y las tareas de este mundo con una dependencia mal entendida de la autoridad y del gobierno. En un mundo así, Newman estableció una síntesis memorable entre fe y razón.
      
       Pero todo ese proceso supuso para él una etapa de mucho sufrimiento. La lucha por la verdad siempre es costosa. Y Newman tuvo que padecer todas las dificultades que suelen acompañar a quienes emprenden con seriedad esa búsqueda. El apasionado amor al anglicanismo de sus primeros años y su casi instintiva repugnancia hacia los planteamientos de la doctrina católica, le supusieron un verdadero despellejamiento cuando, a raíz de la lectura de los antiguos padres de la Iglesia, fue descubriendo que la verdad estaba en la Iglesia Católica y que, al tiempo, no todos sus miembros más destacados la servían con rectitud y brillantez.
      
       -Pienso que ese sentimiento es bastante habitual en el proceso de conversión de una persona, e incluso en el de la vocación.
      
       Ciertamente. Es frecuente que, al plantearse la incorporación a la Iglesia, o al considerar la incorporación a un seminario diocesano concreto, o la entrega a Dios en una determinada institución católica, a esa persona le vengan a la mente algunas imágenes que no le resultan gratas. Newman sentía un rechazo natural por todo lo católico, pues había sido educado en ese sentimiento. Tuvo que pasar por todo un proceso de purificación, en el que fue descubriendo lo que había de leyenda y de desconocimiento en esas impresiones suyas. Pero también tuvo que aprender a deslindar lo que era sustancial en la Iglesia de lo que eran los defectos de quienes pertenecían a ella, e incluso de quienes la gobernaban. Comprendió que los defectos de quienes servían a la Iglesia no debían ocultarle el verdadero rostro de ella.
      
       -¿No ves inconveniente entonces en entregarse a Dios en un entorno en el que no todo nos resulta grato o convincente?
      
       Me parece que es natural que haya siempre algunas sombras. Lo mismo sucede, por ejemplo, en el matrimonio. Cuando una persona se enamora y piensa en el noviazgo, o en casarse, es natural que haya detalles de la persona amada que no le gusten. Y si no los ve, es porque está cegada por el enamoramiento, pues siempre los hay. Pero enamorarse, y casarse, supone entregarse globalmente a esa persona en su conjunto, con lo que nos gusta más y con lo que nos gusta menos.
      
       Toda persona es inevitablemente limitada, y por eso, incluso en el matrimonio más armonioso, se ha de contar con una cierta medida de desilusión. Es natural, por otra parte, que nos propongamos ayudar a esa persona a superar esos defectos que observamos, pero contamos con que siempre tendrá defectos, como los tenemos nosotros, y sabemos que sería muy egoísta enamorarse solo de las cualidades positivas de una persona y rechazarla en lo demás, o escandalizarse de que no sea perfecta.
      
       -¿No ves inconveniente entonces en iniciar el camino vocacional en una institución con el propósito de hacer cambiar a esa institución?
      
       Si por cambiar se entiende mejorarla, no solo no veo inconveniente, sino que es nuestra natural obligación. Lo que no se debe querer cambiar es un espíritu o un carisma fundacional, que se puede tomar o no tomar, pero que no sería lícito ni leal querer alterar. Además, para mejorar algo, lo primero que hay que hacer es mejorarse a sí mismo. Y a veces proyectamos nuestros defectos en los demás. Por eso, solo las personas santas hacen mejorar realmente las instituciones.
      
       Newman encontró dentro de la Iglesia Católica mucha santidad y también bastante conservadurismo, algunas tradiciones espurias que encubrían una cierta pereza mental, una excesiva resistencia al cambio. Pero desde el principio supo reconocer que la verdad, aunque a veces tan mal servida por algunos, estaba allí. Entró en la Iglesia Católica entre penumbras, como quien entra en la noche, sabiendo que la luz estaba allí pero viéndola solo en destellos. Newman fue un modelo de fe, un crítico disciplinado, un rebelde paciente, un avanzado prudente, un hombre del mañana que soportaba serenamente el lento ritmo del cambio.
      
       -Siempre se ha dicho que los grandes hombres han sido un poco adelantados a su tiempo.
      
       Sí. Lo describe bien Pilar Urbano, al hilo de su biografía de San Josemaría Escrivá, otro hombre adelantado a su tiempo. "Los grandes hombres -género muy distinto del de las meras "celebridades"- ofrecen una interesante dificultad al biógrafo y al historiador: por una parte, son contemporáneos de la mentalidad, de los usos y de los sucesos de su propia época; por otra, son hombres anticipativos, animados por una clarividencia del futuro. Van por delante de su tiempo vital, a contracorriente de las modas de pensamiento, a contrapelo de las masas gregarias, a contraola de las inercias de su generación. Avanzan afrontando el viento de cara. Derriban fronteras. Destripan tópicos. Hacen saltar por los aires el cartón-piedra de rancios prejuicios. Roturan caminos sin trillar… Ese ir más deprisa, con las manecillas del reloj adelantadas, y mirando más allá, les hace ser extemporáneos entre los de su propio siglo.
      
       "Ante los problemas, ellos proponen soluciones audaces, imaginativas, atípicas. Saben ver en lo invisible. Por eso se atreven con lo imposible. Son, por anticipados, proféticos. Y, por desinstalados, rebeldes. A causa de todo ello, mientras atraviesan su tiempo, suelen ser mal comprendidos. Llevan en soledad el peso del liderazgo. Sus seguidores les van muy a la zaga. La opinión pública, o no les atiende, o no les entiende. Los que viven en la cómoda griseidad de lo vulgar y corriente se sienten perturbados, molestados, por esos trallazos de inquietud… En fin, si llegan a un conocimiento popular, se les negará el reconocimiento de su excelencia. Y si alguna fama les visita en vida, será la mala fama o esa fama de bolsillo que se llama "ser noticia".
      
       "Los personajes célebres, los famosos de cada temporada, pueden llevar una vida confortable y muelle. Los grandes hombres, no. Un hombre grande jamás se arrellana, jamás se instala, jamás se conforma, jamás se solaza en la autocomplacencia de la tarea realizada. Su actitud permanente es la de levantarse, para recorrer el camino con prisa…"
      
       -¿Y te parece que toda esa incomprensión del ambiente es un riesgo para la perseverancia en la vocación?
      
       La entrega a Dios siempre se enfrenta a una cierta incomprensión, porque siempre va un poco a contraola de su entorno. Los santos siempre han sido un poco incómodos para quienes estaban a su alrededor. Cuando el Santo Cura de Ars llegó a aquel pueblo, sus habitantes lo menospreciaban, porque se fijaban en la tosquedad de su porte, en lo burdo de su sotana de mal paño, en su calzado campesino, en sus pobres dotes oratorias. Solo con el paso de los años descubrirían el tesoro que tenían. Y eso fue posible porque él no se arredró. Se consideró siempre responsable de los feligreses que tenía encomendados y fue capaz de perseverar aunque pasó por todas las dificultades imaginables. "Dadme, Señor -clamaba a Dios- la conversión de mi parroquia. Consiento en sufrir cuanto queráis durante toda mi vida. Si es preciso, durante cien años dame los dolores más vivos, con tal que se conviertan." Fue esa perseverancia suya la que hizo brotar tanta fecundidad. Y esa perseverancia no estaba garantizada, ni podía estarlo, cuando decidió hacerse sacerdote. Porque la perseverancia se conquista día a día.
      

38. La noche oscura

La verdad padece,
pero no perece.

Santa Teresa de Ávila

       
       La Madre Teresa de Calcuta nació en 1910 en una pequeña ciudad albanesa llamada Skopje. "No había cumplido aún doce años cuando sentí el deseo de ser misionera", contó más tarde ella misma. "Seguir mi vocación fue un sacrificio que Cristo nos pidió a mi familia y a mí, pues éramos una familia muy unida y muy feliz.
      
       "Durante cerca de veinte años, en tanto permanecí en las Hermanas de Nuestra Señora de Loreto, mi misión fue la de enseñar en el Colegio St. Mary's, frecuentado en su mayoría por chicas de clase media. Era el único colegio católico de Secundaria que había por entonces en Calcuta. La enseñanza me gustaba mucho. Enseñar es algo que, hecho por Dios, constituye una hermosa forma de apostolado. Entre las Hermanas de Nuestra Señora de Loreto, yo era la monja más feliz del mundo."
      
       El momento crucial para su vida se produjo de improviso: "Ocurrió el 10 de septiembre de 1946, durante el viaje en tren que me llevaba al convento de Darjeeling para hacer los ejercicios espirituales. Mientras rezaba en silencio a nuestro Señor, advertí una "llamada dentro de la llamada". El mensaje era muy claro: debía dejar el convento de Loreto y entregarme al servicio de los pobres, viviendo entre ellos." Dios le pedía que saliese de la comodidad de su congregación para ir en busca de los más pobres de entre los pobres.
      
       Recibió el permiso desde la Santa Sede y empezó por llevar a los moribundos de las calles a un hogar donde pudieran morir en paz y dignidad. También abrió un orfanato. Gradualmente, otras mujeres se le unieron. En 1950, recibió la aprobación oficial para fundar una congregación de religiosas, las Misioneras de la Caridad, que se dedicarían a servir a los más pobres entre los pobres. Hoy, son casi cuatro mil religiosas, repartidas en quinientas casas establecidas en cerca de cien países.
      
       Todos los pontífices han expresado una especial admiración hacia esta valiente misionera. Recibió el Premio Nobel de la Paz en 1979. Y aunque no faltaron las calumnias, algunas especialmente malintencionadas e insidiosas, lo cierto es que cuando la Madre Teresa falleció, en 1997, el mundo entero se volcó en su despedida. Su proceso de beatificación ha sido de los más rápidos de la historia reciente de la Iglesia, lo que testimonia su gran fama de santidad.
      
       Sin embargo, un dato de especial interés es que una santidad tan deslumbrante no estuvo exenta de crisis interiores. Dios quiso que pasara, como sucedió también a Santa Teresa de Ávila o a San Juan de la Cruz, por la dolorosa experiencia de la "noche oscura del alma". En 1956, confiaba al Arzobispo de Calcuta: "Quiero ser apóstol de la alegría". Pero, por una misteriosa disposición de la Providencia, a veces tenía que llevar a cabo ese apostolado de la alegría en medio de una sequedad que le resultaba insoportable: "En ocasiones la agonía de la ausencia de Dios es tan grande, y es a la vez tan profundo el vivo deseo del Ausente, que la única oración que aún consigo recitar es "Sagrado Corazón de Jesús, confío en ti. Saciaré tu sed de almas.""
      
       Cuatro años más tarde, todavía aquella prueba le atormentaba, pero seguía buscando a Dios obstinadamente, confiadamente, segura de que obtendría respuesta: "He comenzado a amar la oscuridad. Porque ahora creo que es una parte, una pequeñísima parte, de la oscuridad y del dolor que Jesús conoció en la tierra". La Madre Teresa pasó largas etapas sin notar el amor de Dios en el corazón, sin escuchar sus respuestas. Las miles de personas que ella atendía, sentían consuelo, amor y acogida, mientras que ella continuaba en la oscuridad.
      
       En sus cartas personales, publicadas al término de su proceso de beatificación, puede observarse cómo su compromiso con Dios es el sustrato de su vocación. Ella sigue adelante porque sabe que Jesús lo quiere. Está motivada por el pensamiento del dolor de Jesús, porque los pobres no le conocen y por eso no le aman. Este fue uno de los pilares que la mantuvo en su camino a través de la prueba de la oscuridad. En una de las cartas escribe: "Estuve a punto de dejarlo todo y entonces recordé mi promesa, y esto me hizo levantarme".
      
       Siguió adelante por lealtad a la palabra dada a Dios. Gracias a eso, superó aquella dura prueba. Si no hubiera perseverado en su lucha, la humanidad se habría visto privada de una aportación extraordinaria. Por eso, su lucha es una referencia interesante a la hora de pensar en nuestra perseverancia en los momentos de oscuridad o de tribulación. Porque, muchas veces, el secreto de la fecundidad de los santos ha estado, simplemente, en que han sido capaces de perseverar en esos momentos difíciles, en los que otros se rinden. Y la dificultad muchas veces está, no tanto en resistir ataques, sino en superar esos momentos de oscuridad o de penumbra por los que todos pasamos en algún momento.
      
       Los momentos de oscuridad han estado presentes en la vida de casi todos los grandes santos. Las biografías de Santa Juana de Chantal, San Vicente de Paúl o el Santo Cura de Ars narran admirablemente sus luchas en esas etapas de perplejidad y de cansancio. Y Santa Teresa de Lisieux cuenta en sus escritos cómo en esos momentos de desmayo descubre, casi sin saber explicárselo, que el mejor antídoto contra la duda y el desaliento es olvidarse de uno mismo para pensar en los demás. Cuando los largos razonamientos, o incluso las largas oraciones, no llegan a aportar la ansiada claridad, lo mejor es buscar a nuestro alrededor un sufrimiento y aliviarlo, una herida que sangra y curarla. Y viene entonces la serenidad.
      
       También los Magos de Oriente tuvieron sus momentos oscuridad, según cuentan los Evangelios. Cuando llegaron a Jerusalén, habían abandonado sus tierras y sus reinos, guiados solamente por el signo confuso de una estrella. Habían asumido la aventura de lanzarse a buscar lo desconocido, arrastrados por algo que tampoco era una llamada llena de evidencias. Y probablemente tuvieron que soportar alguna que otra incomprensión por lanzarse a hacer semejante viaje solo por haber visto una estrella. Y al acercarse a la gran ciudad, se encuentran con que la ciudad dormía. Y ven que los mismos sacerdotes a quienes los Magos consultan, que sabían que el Salvador podía haber nacido a pocos kilómetros de allí, ni se habían molestado en ir a comprobarlo. Incluso después de conocer la historia de la estrella, se limitaron a encaminar hacia Belén a los Magos, pero ellos siguieron durmiendo.
      
       A pesar de todo, los Magos tuvieron la humildad de preguntar, mantuvieron su fe sin escandalizarse por la actitud de esos sacerdotes, llegaron hasta Belén y cumplieron su misión. Y traigo aquí este ejemplo, pensando en que quizá algunas personas que buscan el camino de su vocación pasan a veces por esto mismo. Han descubierto, tal vez entre oscuridades, el resplandor de una estrella. Han comenzado a caminar hacia ella, renunciando probablemente a la tierra firme de muchas certezas fáciles de este mundo. Han soportado los comentarios, simples o ingeniosos, de quienes consideran su entrega a Dios como algo disparatado. Y han tenido que sufrir, por último, el desconcierto de encontrar a su llegada, dentro de la Iglesia, algunos ejemplos que no resultan muy edificantes, de ciudad dormida, de desconfianza y de recelo, y quizá precisamente entre aquellos de quienes debían esperar ánimo y apoyo. Todo este tipo de contratiempos y decepciones son muchas veces difíciles de vencer. Pero no por eso debemos dejar de seguir nuestra estrella, como hicieron los Magos. Y eso aunque a veces nos sintamos rodeados del frío del ambiente, y aunque tengamos que dejar atrás la ciudad de Jerusalén y a sus dormidos habitantes.
      

39. ¿No es una lucha extenuante durante toda la vida?

Algunos luchan un día, y son buenos;
otros luchan un año, y son mejores;
unos pocos luchan toda la vida:
esos son imprescindibles.

Bertolt Brecht

       
       -Mantener la generosidad que exige ese diálogo con Dios supone una lucha constante durante toda la vida. ¿No es un poco extenuante ese planteamiento?
      
       Todas las personas tienen que luchar y esforzarse por ser cada día mejores. No se trata de plantearse grandes hazañas, sino de proponerse cada día pequeñas metas con las que mejorar. Quienes lo hacen, alcanzan mucha más satisfacción y felicidad en sus vidas. En cambio, quienes se abandonan y eluden la lucha personal por mejorar, acaban teniendo que luchar más todavía para arrastrar el lastre de sus apegos y miserias, y así pierden buena parte de su libertad. Quien tiene muchos vicios, señala Plutarco, tiene muchos amos.
      
       En ese sentido, podría decirse que luchar es un descanso, pues, al menos a largo plazo, la virtud alivia y el vicio en cambio no satisface, sino que es como una droga que crea adicción, que cada vez exige más y en contrapartida da menos. Hay que contar con el esfuerzo, con la lucha, con la cruz del Señor. El que no cuenta con la cruz, se la encuentra de todos modos, y entonces, además, encuentra en la cruz la desesperación. En cambio, cuando contamos con ella, aunque puedan venir momentos difíciles, estamos mucho más felices y seguros.
      
       Quiero con esto decir que no debe tenerse una imagen negativa de la lucha ascética o de la entrega a Dios. Estar en buena forma física supone un esfuerzo, pero esa misma buena forma hace que cada vez esos esfuerzos sean menores. Y de manera semejante podría decirse que cuidar el espíritu hace que cada vez nos cueste menos el camino de la virtud.
      
       -Pero a veces vienen momentos malos en que no es así.
      
       Es cierto. Igual que podemos estar en buena forma física pero, en determinado momento, pasar por una etapa peor, o por una enfermedad o una lesión. Pero eso no quita lo anterior.
      
       Todos sabemos que la vida tiene momentos de euforia y otros de abatimiento (a veces, dentro de un mismo día), y hemos de aprender a sobreponernos a los efectos negativos de esos ciclos de los estados de ánimo. Esos malos momentos pueden provenir de que Dios ha permitido una etapa de sequedad interior, sin culpa nuestra, por motivos que Él bien sabrá (purificarnos, mejorar nuestra rectitud de intención, hacernos partícipes de su cruz); o pueden provenir de nuestro descuido personal, porque estamos eludiendo el esfuerzo necesario por mejorar.
      
       A esto último se refería Santa Teresa, al rememorar una larga etapa de desasosiego interior, provocado precisamente por eludir lo que Dios le pedía: "Pasaba una vida trabajosísima… Por una parte me llamaba Dios; por otra yo seguía lo mundano. Dábanme gran contento las cosas de Dios; teníanme atada las mundanas. Paréceme que quería concertar estos dos contrarios, tan enemigos uno de otro, como es vida espiritual y contentos y gustos y pasatiempos mundanos. (…) Pasé en este mar tempestuoso casi veinte años… Sé decir que es una de las vidas más penosas que me parece se puede imaginar: porque ni yo gozaba de Dios, ni traía contento con lo mundano. Cuando estaba en los contentos mundanos, en acordarme de lo que debía a Dios, era con pena; cuando estaba con Dios, las afecciones mundanas me desasosegaban. Ello es una guerra tan penosa, que no sé cómo un mes la pude sufrir, cuanto más tantos años."
      
       -Pero, aunque te decidas a ser más generoso, vendrán esos días malos en los que costará mucho ser leal a la palabra dada a Dios.
      
       En nuestra vida tendremos muchas ocasiones de no ser leales, pero en esas ocasiones es precisamente donde se prueba nuestro amor a Dios. La lealtad, la fidelidad de una persona, se demuestran sobre todo ante las situaciones difíciles, cuando lo bueno se presenta rodeado de inconvenientes y lo malo nos atrae mucho. La honradez se demuestra, por ejemplo, cuando a uno le intentan sobornar y necesita mucho ese dinero; la fidelidad conyugal cuando se presenta una solicitación contra ella; o la valentía cuando sentimos miedo pero lo superamos. La virtud se reconoce cuando es capaz de obrar en la adversidad.
      
       -Eso suena un poco a tener que fastidiarte porque has dado antes tu palabra.
      
       Puede verse así, como si fuera una simple obligación consecuencia de un contrato, pero eso es vaciar de contenido la vocación. Porque el compromiso vocacional es un compromiso de amor, igual que lo es el matrimonio, que no es un simple contrato, aunque tenga la forma jurídica de un contrato. Ser llamado de modo específico por Dios es una gran suerte. Es estar entre ese grupo de discípulos que seguían más de cerca al Señor, porque Él llamaba a la santidad a todos, pero a ese grupo de un modo especial.
      
       Y el hecho de que haya momentos en que la fidelidad se sostenga sobre todo por un sentimiento de lealtad a la palabra dada, no quita mérito ni eficacia a esa fidelidad, sino más bien al revés. Sabemos por ejemplo, que Santa Teresa, una gran santa, pasó muchos años en los que con frecuencia le parecía como si Dios no existiese, y sin embargo ha sido guía y modelo para infinidad de personas, porque fue leal a Dios. Y la Madre Teresa de Calcuta, como ya hemos comentado, pasó también por largos años de oscuridad interior, y su fidelidad en esa etapa ha llenado de luz a millones de almas.
      
       -Entonces, ¿qué recomiendas para los altibajos de ánimo, para los momentos de crisis?
      
       Hay que tener en cuenta que en los períodos bajos, cuando nuestro mundo interior está frío y gris, cualquier pequeño problema tiende a ocupar toda la mente y adquiere un peso desproporcionado. Entonces, es fácil engañarse pensando que nuestro primer entusiasmo de los inicios de la conversión o de la vocación tendría que haberse mantenido siempre. O creemos que nuestra aridez actual será una situación igualmente permanente y nos amargará la existencia. Si esas ideas se fijan en la mente, dejamos entonces el campo abierto a la desesperanza, o a un voluntarismo que se empeña en recobrar los viejos sentimientos de entusiasmo por pura fuerza de voluntad, cosa siempre agotadora. Y quizá llegamos al convencimiento de que los primeros entusiasmos han sido un ingenuo acceso juvenil que el tiempo está poniendo en su sitio, y que en realidad todo ha sido una "fase" de la vida que ya ha pasado.
      
       -Pero es que algo de eso puede ser cierto.
      
       Indudablemente. Pero si aplicas ese planteamiento a cualquier meta o logro que una persona se haya planteado, y lo haces precisamente cuando está pasando por un momento bajo, no hay meta de largo alcance que pueda lograrse, pues siempre hay momentos malos, y la perseverancia y la fidelidad dependen precisamente de la capacidad para superarlos.
      
       "Para construir la propia vida -explicaba Benedicto XVI-, nuestro futuro exige también la paciencia y el sufrimiento. La Cruz no puede faltar en la vida de los jóvenes, y dar a entender esto no es fácil. Como el montañero sabe que para hacer una buena experiencia de escalada tendrá que afrontar sacrificios y entrenarse, así también el joven tiene que entender que en la escalada al futuro de la vida es necesario el ejercicio de una vida interior."
      
       Tanto en el celibato como en el matrimonio se pueden pasar momentos de crisis, en los que se presenten deseos o afectos que suponen infidelidad. La convivencia diaria puede traer momentos de desencanto o de desilusión, puede hacernos descubrir y experimentar vivamente lo poco que es el ser humano, nuestra capacidad de frialdad o de antipatía, de establecer distancias. Por eso es tan importante cultivar la propia mirada para ver con buenos ojos al otro, para comprender sus limitaciones, para aceptar que toda persona es un ser normal, quizá nada excepcional en su vertiente cotidiana de la convivencia ordinaria. Todo esto es ineludible, sea cual sea la opción que tomemos, y solo afrontaremos con éxito esa difícil realidad si sabemos hacerlo de forma madura, sin evadirnos de los retos diarios de la mejora personal.
      

40. El hijo pródigo

No nos hacemos libres por
negarnos a aceptar
nada superior a nosotros,
sino por aceptar lo que
está realmente por encima de nosotros.

Goethe

       
       Cuando el hijo pródigo pide a su padre la parte de herencia que le corresponde -explica Henri J. M. Nouwen-, no hay detrás de eso un simple deseo de un hombre joven por ver mundo. Hay un corte drástico con la forma de vivir y de pensar en que había sido educado, una rebelión desafiante, una huida hacia lugares lejanos en busca de otros ideales. Esa huida representa la gran tragedia de la vida de quienes de alguna forma se vuelven sordos, o nos volvemos sordos, a la voz de Dios que nos llama, y abandonamos el único lugar donde podemos oír esa voz, para marcharnos esperando encontrar en algún otro lugar lo que no somos capaces de encontrar en casa.
      
       -¿Y por qué dejan, o dejamos, ese lugar?
      
       Porque hay muchas otras voces, fuertes, llenas de promesas seductoras, que nos ofrecen éxito, reconocimiento, liberación. Además, cuanto más nos alejamos del lugar donde habita Dios, menos capaces somos de oír su voz que nos llama, y cuanto menos oímos esa voz, más nos enredamos en las manipulaciones y juegos de poder del mundo, y más alejados nos sentimos de Dios.
      
       Nosotros somos el hijo pródigo cada vez que buscamos amor donde no puede hallarse, cada vez que tomamos la vida y el talento que Dios nos ha dado y lo utilizamos para nuestro egoísmo, para reafirmarnos, para imponernos con un fondo de arrogancia, como le pasaba al hijo pródigo, que malgastó todo lo que le había dado su padre y dilapidó su fortuna en caprichos y en despilfarros hechos para impresionar, en vez de hacer rendir esos talentos en servicio de los demás.
      
       -¿Y por qué su padre permite que actúe de modo tan irresponsable?
      
       Su padre no podía obligarle a quedarse en casa. No podía forzar su amor. Tenía que dejarle marchar, sabiendo incluso el dolor que aquello causaría a los dos. Fue precisamente el amor lo que impidió retener a su hijo a toda costa, lo que le hizo dejarle que encontrara su propia vida, incluso a riesgo de perderla. Así actúa Dios con nosotros, siguiendo ese misterio de amor y libertad por el que somos libres de abandonar el hogar de Dios, aunque Él siempre nos espera con los brazos abiertos.
      
       El hijo pródigo, que dejó su casa lleno de orgullo y de dinero, decidido a vivir su propia vida lejos de su padre, vuelve ahora sin nada. Ni dinero, ni salud, ni reputación. Lo ha despilfarrado todo. Solo trae vaciedad, humillación y derrota. Y solo se hizo consciente de lo perdido que estaba cuando nadie a su alrededor demostró interés alguno por él. Le habían hecho caso en la medida en que podían utilizarlo para sus propios intereses. Pero cuando ya no le quedaba nada, dejó de existir para ellos. Entonces sintió toda la profundidad de su aislamiento, la soledad más honda que se puede sentir. Estaba realmente perdido, y precisamente eso fue lo que le hizo volver en sí. De repente, vio con claridad que el camino que había elegido le llevaba a la autodestrucción.
      
       -¿Piensas entonces que hay que pasar por una cierta privación para valorar lo que se tiene, también en lo espiritual?
      
       No es necesario en absoluto, pero muchas veces es lo que hace despertar a algunas personas. El hijo pródigo tuvo que perderlo todo para entrar en lo profundo de sí mismo. Cuando se encontró deseando que le dieran la comida de los cerdos, se dio cuenta entonces de que tenía una dignidad y de que debía procurar recuperarla. La confianza en el amor de su padre, aunque borrosa, le dio fuerzas para reclamar su condición de hijo, aunque esa reclamación no estuviera basada en mérito alguno.
      
       Su regreso está lleno de ambigüedades. Hay arrepentimiento, pero un arrepentimiento un poco interesado. Es un acercamiento a Dios en el que nos sentimos culpables, pero en el que nos cuesta recibir el perdón de Dios.
      
       Luego, a su llegada, hay un hecho que ensombrece la alegría de la vuelta a casa del hijo perdido durante años. En medio de aquella escena de alegría y de perdón, hay una mirada sombría y distante, la del hijo mayor que no estaba en casa cuando el padre abraza a su hijo y le muestra su misericordia, y que, cuando llega y ve la fiesta de bienvenida en honor a su hermano, se enfada y no quiere entrar.
      
       -¿Qué piensas que ocurría en el interior de aquel hombre?
      
       Estaba tan perdido como su hermano. No solo se había perdido el hijo menor, que se marchó de casa en busca de libertad y felicidad, sino que también el que se quedó en casa se perdió. Aparentemente, hizo todo lo que un buen hijo debía hacer, pero interiormente, estaba también lejos de su padre. Trabajaba mucho todos los días, y cumplía con sus obligaciones, pero en su interior cada vez era más desgraciado y menos libre.
      
       También es algo que puede suceder a quienes, como el hermano mayor, han permanecido aparentemente cerca de Dios, pero en realidad su corazón está tan frío como el del hermano menor. Es una tentación, la del hijo mayor, muy propia de quienes quieren cumplir con las expectativas de otros, y desean que se les considere cumplidores y ejemplares, pero que también experimentan, desde muy temprano, cierta envidia hacia esos hermanos pequeños que abandonan el hogar y viven en el despilfarro y la lujuria. Ellos siempre han actuado con corrección, y les asalta la idea de que lo hacen porque no han tenido el coraje de ser tan irresponsables como los otros. Les resulta extraño admitirlo, pero en el fondo tienen envidia del hijo desobediente, cuando le ven disfrutar haciendo cosas que ellos reprueban. La vida de entrega a Dios les agrada, pero a veces la ven como una carga que les oprime. La obediencia y el deber se han convertido en una carga, y el servicio en una esclavitud.
      
       Hay quizá bastantes hijos e hijas mayores que están un poco perdidos a pesar de seguir en casa. El extravío del hijo menor es visible y claro, pero se comprende e incluso se simpatiza con él. Sin embargo, el extravío del hijo mayor es más difícil de identificar. Al fin y al cabo, parecía hacerlo todo bien. Era obediente, servicial, cumplidor de la ley y muy trabajador. La gente le respetaba, le admiraba y le consideraba un hijo modélico. Aparentemente, no tenía fallos. Pero cuando vio la alegría de su padre por la vuelta de su hermano menor, un poder oscuro salió a la luz. De repente, aparece la persona severa y egoísta que estaba escondida y que con los años se había hecho más envidiosa y arrogante.
      
       -¿Quieres decir con esto que quien se queda más cerca de Dios tiene más riesgo de caer en esa soberbia?
      
       Quiero decir que todos tenemos que esforzarnos por ser mejores, y que el riesgo de perderse es un riesgo que nos afecta a todos. Todos estamos expuestos al peligro de acomodarnos y enfriarnos. Ninguno debemos considerarnos exentos de la tentación por el hecho de habernos entregado a Dios. Igual que el hijo menor se perdió por no escuchar la voz de su padre y marcharse, el hijo mayor se perdió igualmente por no escuchar esa misma voz, aunque estuviera más cerca. Porque, en determinado momento de la vida, una persona entregada a Dios puede sentirse como el hijo mayor, que ha trabajado mucho en la granja de su padre, pero en vez de estar agradecido por todo lo que ha recibido, se siente invadido por los celos de ese irresponsable hermano menor. Y el único remedio es reconocer que esos sentimientos proceden de la soberbia y el egoísmo.
      
       -¿Y crees que el hijo menor que vuelve es más querido por Dios que el hijo mayor?
      
       Pienso que el padre quiere igual a los dos, pero expresa ese amor de acuerdo con la trayectoria personal de cada uno. Conoce bien a ambos, y comprende sus cualidades y sus defectos. A los dos les habla con afecto y con claridad, sin enredarse en compararlos tontamente, y les invita a participar de la alegría de estar allí.
      
       -Entonces, si ninguno de los dos fue fiel, no queda claro qué opción es la mejor.
      
       La opción mejor es la de ser fiel a la voz de Dios. Esta escena del Evangelio narra dos formas de ser infiel, y, sobre todo, la posibilidad de volver cuando se ha desoído esa voz.
      
       El hijo menor desoyó la llamada de Dios al principio. Si seguimos con aquella comparación, no atendió esa llamada telefónica que Dios le hacía, a pesar de resonar muchas veces, o la atendió pero enseguida cortó. El hijo mayor, en cambio, respondió que sí, pero con el tiempo se fue acostumbrando a oír esa voz y no actuar en consecuencia, y al final quedó tan ajeno a esa voz como su hermano pequeño. El efecto es parecido, uno por cortar y otro por malacostumbrarse o distraerse. Son distintas formas de no ser fiel, y no se trata de ver cuál es mejor o peor, sino de aprender a detectar el daño que siempre produce alejarnos de la voz de Dios.
      

41. ¿Mi hijo Tomás, un simple fraile?

Mi conciencia tiene para mí
más peso que la opinión de todo el mundo.

Cicerón

       
       Teodora de Theate, la madre de Santo Tomás de Aquino, provenía de una ilustre familia, los Caraccioli. Llevaba en las venas la energía indomable de los jefes normandos. Era prima de los Hohenstaufen y estaba emparentada con el mismísimo Emperador Federico II. Sus biógrafos la retratan como una mujer resuelta y autoritaria. Tenía unos planes muy concretos y meditados para su hijo. Y su hijo había decidido entregarse a Dios como fraile dominico. ¡Fraile dominico! ¡Y ella, que soñaba con que fuera Abad Mitrado de Monte Cassino! ¡Un simple monje, de una orden de la que todos hablaban mal! No estaba dispuesta en absoluto. ¿Un hijo suyo, fraile mendicante? ¡Jamás!
      
       Hoy estas cóleras y estas aspiraciones maternas nos hacen sonreír. Pocos padres sueñan hoy con un hijo Abad Mitrado, pero es cuestión de cierta perspectiva histórica, de hacer algunas traslaciones mentales poniendo un poco de imaginación. Hoy Teodora, mujer de la alta sociedad, hubiera soñado quizá para su hijo, formado en Oxford, en Harvard o en el M.I.T., un futuro "acorde a nuestra posición". Y su sueño dorado sería, quizá, verlo presidente de un alto organismo internacional o directivo de un prestigioso banco en Manhattan.
      
       La historia continúa con una carta de Teodora a Tomás en la que le ordena que vuelva inmediatamente a casa. En vano. Y cuando vio que las cartas resultaban inútiles, formó una comitiva para "rescatarlo". ¿Dónde estaba Tomás? ¿En Roma? Pues allí se fue. Pero al llegar, Tomás ya había abandonado la ciudad eterna. Se había ido a Bolonia con el Maestre General. Su furia se hizo incontenible. Llamó a otros hijos suyos que militaban a las órdenes de Federico II y les mandó que fuesen en su búsqueda y lo trajesen preso, o como fuera, pero que se lo trajesen y lo encerrasen en la fortaleza de Monte San Giovanni.
      
       Sus hermanos lo encontraron camino de Bolonia, cerca de Aquapendente, mientras descansaba junto a un manantial. Llegaron al galope, lo apresaron y se lo llevaron por la fuerza a la torre del antiguo castillo familiar. Allí su madre lo tenía todo planeado. Después de la fuerza viril pondría en juego la habilidad femenina: sus hermanas Marotta y Teodora se encargarían de hacerle cambiar de opinión, no por la fuerza, sino mediante la persuasión. Pero las palabras de las dos hermanas resultaron también inútiles. Es más, una de ellas empezó a vacilar al ver la actitud de su hermano y finalmente resolvería entregarse también a Dios.
      
       Pasaban los días. Había que poner todos los medios, así que cambió de táctica. Se le ocurrió algo no muy original, pero que se viene poniendo en práctica a lo largo de los siglos en casos parecidos. Ya que no se podía vencer su inteligencia con palabras, habría que reducir su corazón con la seducción de una mujer. Trajeron de Nápoles a una cortesana a sueldo, y una noche se introdujo sigilosamente, provocadoramente, en la habitación del joven. Pero Tomás, en cuanto vio sus intenciones, se acercó a la chimenea, tomó un tizón ardiente y la pobre napolitana huyó despavorida.
      
       Su madre y sus hermanos se admiraban ante la obstinación de Tomás. Le rogaban y amenazaban, le hacían jirones el hábito blanco, le quitaban sus libros, se burlaban de él para que se avergonzara, pero no lograban disuadirle de la idea de seguir adelante con su vocación. Aquel encierro duraría dos años. La historia concluyó cuando Tomás, ayudado por sus hermanas, se descolgó un buen día por los muros de la fortaleza y saltó sobre un caballo que le habían traído. Lo volvieron a prender, pero Tomás resistió firme y finalmente hizo prevalecer su voluntad.
      
       Todo esto parece una novela, pero son hechos históricos. Tomás resistió y venció, pero pudo no haber sido así, y si hubieran triunfado los esfuerzos de su madre, quizá la Iglesia y la civilización occidental hubiesen sufrido un retraso intelectual de siglos.
      
       Teodora, como ciertos padres a lo largo de la historia -también de ahora-, no tenía de la libertad un concepto demasiado elevado. Aunque argumentara "razones cristianas", y aunque se justificara pensando que lo que ella perseguía era tener un hijo Abad Mitrado en Monte Cassino, olvidaba que toda esa ilusión de madre insatisfecha estaba oscureciendo en su mente otras razones cristianas más importantes, como el deber de respetar la libertad de su hijo, o el de procurar cumplir la voluntad de Dios en vez de pretender que Dios cumpliera la voluntad de ella.
      
       -Pero no siempre es toda la culpa de los padres.
      
       Es verdad que, en estos conflictos, a veces los hijos tienen parte de culpa, por el modo de plantear las cosas, pero cuando la vocación de un hijo provoca un escándalo de dimensiones exageradas en una familia, y se producen rupturas o distanciamientos excesivos, escándalos o presiones, es probable que, por encima de las contingencias y posibles errores (falta de prudencia en las actuaciones de unos y otros, de tacto por parte del hijo o de información suficiente por parte de los padres), todo eso sea una muestra de que en esa familia ha calado poco el espíritu cristiano.
      
       Cada vocación es como un dedo divino que rasgase todas las notas de un arpa, y si ese rasgueo produce un chirrido estridente, es que en esa familia falta sentido cristiano de la vida. Revela, quizá, el quebrantamiento no aceptado de un afán posesivo. O un deseo a veces patológico de dirigir la vida de los hijos, considerándolos como eternos adolescentes. Dicen buscar su bien, pero en muchas ocasiones lo que persiguen es más bien su proyección personal como padres, o el cumplimiento en sus hijos de proyectos que ellos no lograron realizar (olvidando que no siempre lo que les proporcionó felicidad a ellos se la dará ahora a sus hijos), o quizá la búsqueda egoísta de satisfacciones afectivas como la cercanía de los hijos, la seguridad en la vejez, nuestro buen nombre, los apellidos, los nietos…
      
       -Pero suelen pensar que sus hijos no están maduros para esa decisión y que la han tomado por influencia de otras personas.
      
       Indudablemente eso puede suceder. Pero también puede suceder lo contrario, es decir, que estén tomando esas decisiones pese a la fuerte influencia en contra que ejercen sobre ellos quienes tienen más cerca.
      
       Me parece que esto último es más frecuente. Hace siglos que se repite el viejo tópico de presentar la llamada de Dios como una alucinación, y se pinta a las personas que se entregan al Señor como hombres y mujeres de personalidad débil y fácilmente influenciables. Todos esos ataques no son una novedad de nuestra época. A lo largo de los siglos, muchos padres se han quejado de "haber perdido un hijo" cuando éste les anuncia que desea entregarse a Dios. "Cuando mi madre supo mi resolución -escribía San Juan Crisóstomo hace dieciséis siglos- me tomó de la mano, me llevó a su habitación, y habiéndome hecho que me sentase junto a la cama donde me había dado el ser, rompió a llorar y a decirme cosas más tristes que su llanto."
      
       -¿Y qué explicación das a todo este tipo de conflictos familiares en torno a la vocación de los hijos? Quizá en muchos casos deberían evitarse, retrasando lo que sea preciso la entrega, hasta que se calmen los ánimos y haya un entendimiento mayor. Porque todos esos conflictos no parecen muy compatibles con el anuncio de paz del Evangelio.
      
       El anuncio de paz del Evangelio es indudable. Y retrasar prudentemente esa entrega puede ser oportuno en algunos casos. Pero hay que leer el Evangelio fijándose también en otros pasajes, y no puede obviarse que al hablar sobre el seguimiento de la llamada de Dios, Jesucristo preanuncia, para quien le siga, la posibilidad de ser incomprendido por parte de la propia familia, y a eso probablemente se refiere cuando dice "He venido a enfrentar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra y enemigos de cada cual serán los que conviven con él. El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí […] El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará". (Mt 10, 34-40).
      
       Así ha pasado en infinidad de ocasiones en la vida de los santos. Por ejemplo, lo más duro que esperaba a Santa Edith Stein, recién conversa del judaísmo, era decírselo a su familia. Edith era un orgullo para su madre, una mujer judía de una alta exigencia personal y que había educado a sus hijos en unos principios de gran rectitud. Por eso mismo se derrumbó y se echó a llorar cuando su hija se reclinó en su regazo y le dijo: "Madre, soy católica". Edith la consoló como pudo, e incluso la acompañaba a la sinagoga. Su madre lo consideraba una traición, aunque no tuvo más remedio que admitir, viendo a su hija, que "todavía no he visto rezar a nadie como a Edith". Y aún le resultó más costoso aceptar que su hija se hiciera carmelita descalza. Fue una decisión que Edith meditó durante años y que se hizo realidad en 1935, en Colonia, cuando hizo sus votos y se convirtió en Sor Benedicta de la Cruz. Fue una gran pensadora, una gran santa y hoy es patrona de Europa.
      
       -Supongo que habrá todo tipo de reacciones, y a muchos padres les parecerá muy bien la entrega a Dios de sus hijos.
      
       Cuando hay un buen conocimiento de los hijos y de lo que sucede en su interior, los consejos de los padres suelen ser una gran ayuda para el discernimiento de la vocación, y para la perseverancia en ella.
      
       Margarita Occhiena, la madre del futuro San Juan Bosco, al conocer la vocación de su hijo, le dijo: "Has elegido tu camino, hijo mío. No me expliques más. Sé que has elegido a Dios. Por eso, solo te doy un consejo: abrázate a la Cruz y no la dejes nunca." Y cuando, más adelante, comentó con su madre la idea de hacerse franciscano, ella le dijo unas palabras que quedaron grabadas a fuego en su corazón: "Óyeme bien, Juan. Te aconsejo mucho que examines el paso que vas a dar y que, después, sigas tu verdadera vocación sin mirar atrás, sin preocuparte de nadie. Pon, delante de todo, la salvación de tu alma. El párroco me pedía que te disuadiese de esta decisión, teniendo en cuenta la necesidad de ti que yo pudiera tener en el futuro; pero yo te digo: en asunto así no entro porque está Dios por encima de todo. No tienes por qué preocuparte de mí. Nada quiero de ti, nada espero de ti. Tenlo siempre presente: nací pobre, he vivido pobre y quiero morir pobre. Más aún, te lo aseguro: si no siguieras tu camino y, por desgracia, llegaras a ser rico, ni una vez pondría los pies en tu casa. No lo olvides."
      
       Y algo parecido le repitió siete años más tarde, en 1841, después de celebrar su primera Misa en su aldea de Castelnuovo d'Asti. Llegaron a su casa cuando ya anochecía. Ella encendió el candil y sentándose frente a su hijo y poniendo sus manos sobre las rodillas del nuevo sacerdote, le miró cara a cara y le dijo: "¡Ya eres sacerdote! Estoy segura de que todos los días rezarás por mí, esté viva o muerta, y eso me basta. De ti no quiero más. Tú, en adelante, piensa solo en la salud de las almas."
      
       La madre de este gran santo está actualmente en proceso de canonización y es considerada cofundadora de la Familia Salesiana. En su memoria se creó, hace muchos años, la "Asociación Mamá Margarita", que agrupa a los padres de los salesianos, invitándoles a la oración y al impulso y apoyo de la vocación de sus propios hijos. El ejemplo de Margarita es una referencia que la Iglesia pone a los padres de quienes Dios llama más directamente a su servicio. Ella acompañó con un cariño especial a su hijo Juan Bosco en su camino hacia el sacerdocio. Y a los cincuenta y ocho años, abandonó su casita del Colle y le siguió en su misión entre los muchachos pobres y abandonados de Turín. Allí, durante diez años, madre e hijo unieron sus vidas con los inicios del Trabajo Salesiano. Ella fue la primera y principal cooperadora de Don Bosco, y con su amabilidad hecha vida aportó su presencia maternal a la fundación de su hijo. Era una mujer analfabeta, pero estaba llena de aquella sabiduría que viene de lo alto. Así consumió el final de su vida en el servicio de Dios, en la pobreza, la oración y el sacrificio, ayudando a tantos niños de la calle, hijos de nadie. Cuando murió en Turín, en 1858, una multitud de muchachos que lloraban por ella como por una madre, acompañó sus restos al cementerio.
      

42. El hijo del pobre alguacil de Riese

Si de verdad vale la pena hacer algo,
vale la pena hacerlo a toda costa.

G. K. Chesterton

       
       Juan Bautista Sarto era alguacil en Riese, un pueblecito del norte de Italia, pequeño y humilde como la mayoría de los que había en toda aquella zona a mediados del siglo XIX. Aquel hombre vivía de su modesto empleo en el Ayuntamiento, de su trabajo en un pequeño huerto y de lo que le proporcionaba el cuidado de una vaca. Su mujer, Margarita Sanson, trabajaba como costurera. Tenían diez hijos, aún pequeños. El mayor, Beppino, parecía un chico despierto. Era una pena, pensaba, que esa inteligencia se perdiera, pero él no tenía dinero para dar estudios a ninguno de sus hijos.
      
       Un día de 1844 se plantó en su casa el coadjutor de la parroquia. Le dijo que habría que enviar a Beppino a estudiar a Castelfranco, porque el chico quería ser sacerdote. Su padre se angustió un poco. ¿Qué podía hacer él, un pobre alguacil de pueblo, sin más recursos que su huerto y su vaca, con tantos hijos a la mesa? Él esperaba, además, que Beppino empezara a ayudarle pronto a sostener a la familia, pero también estaba dispuesto a hacer cualquier sacrificio para que su hijo pudiera ser sacerdote. No se le ocurrió mejor solución que redoblar su trabajo para costearlo, aunque de todas formas Beppino tendría que ir y volver a pie todos los días de Riese a Castelfranco.
      
       Dicho y hecho. Su hijo salía de madrugada y volvía de noche. Castelfranco estaba a siete kilómetros y Beppino venía con los pies magullados, porque se quitaba las sandalias para no gastarlas por el camino. A la madre se le partía el corazón al verle llegar así. Pero no había más remedio. Y pasó el tiempo. El chico terminó brillantemente sus estudios en Castelfranco y tenía que continuarlos. Acudió al párroco. Todos querían sacar adelante la vocación de Beppino, pero ¿qué más podían hacer? Don Fito Fusarini tuvo una idea: escribirían al Arzobispo de Venecia, que era de Riese y procedía también de una familia humilde, como él. ¡Mamma mia! ¡El Patriarca de Venecia! Aquellas palabras sonaban imponentes y casi inaccesibles en sus oídos: ¡El Patriarca de Venecia! Pero la escribió. ¿Qué hay -pensaba- que un padre no haga por un hijo que quiere ser sacerdote?
      
       Pasaron las semanas. Cuando llegó la carta no se atrevían a abrirla. Les temblaba el pulso. Fueron corriendo a buscar al párroco. Don Fito leyó: ¡el Cardenal de Venecia concedía una beca para que su hijo estudiara en Padua! Aquello era un portillo de luz en medio de su pobreza, que seguía siendo agobiante: para hacerle la sotana, su mujer tuvo que llevar un viejo colchón al Monte de Piedad de Castelfranco. Siguieron las desgracias, porque el pobre alguacil falleció poco tiempo después. Y Beppino vio, con el corazón destrozado, cómo su madre tuvo que trabajar aún más, de día y noche, para sostener a la numerosa familia sin contar con su ayuda. Pero ella lo hizo gustosa, por sacar adelante la vocación de su hijo. Un día el pequeño Beppino llegaría a ser Cardenal de Venecia; y más tarde Papa, con el nombre de Pío X, y santo.
      
       Una historia admirable, pero no un caso aislado. Como esta, podrían relatarse miles de historias en las que muchos padres cristianos han escrito, con sencillez, páginas admirables de heroísmo silencioso y de abnegación que han dado grandes frutos de santidad en toda la Iglesia. Su vida fue, en gran medida, la de sus hijos. Su vivir fue desvivirse por ellos, y la gloria de sus hijos es su mejor gloria.
      
       La santidad de la vida de los santos nos deslumbra y casi nos impide ver a sus padres, pero fueron ellos en multitud de ocasiones los que cuidaron de que esa luz, encendida por el Espíritu Santo en el alma de sus hijos, no se apagara.
      
       Me recuerda la historia de Montse Grases, una chica de dieciséis años que en 1957 escribe a San Josemaría Escrivá para manifestarle su deseo de pertenecer al Opus Dei. "Mis padres que ya lo saben están muy contentos", explica en su carta. Efectivamente, unos días antes le dijo a su madre: "Mamá, me parece que tengo vocación". "Pero, ¿te lo has pensado bien, Montse?". "Sí, sí, mamá. Quiero pedir la admisión como Numeraria". "Pero Montse, ¿lo has consultado ya con tu director espiritual?". "No, mamá, porque antes quiero estar segura". "Pues yo te sugiero que lo hagas, porque él puede ayudarte. ¿Qué te parece si se lo decimos a papá?". Montse no parecía muy dispuesta. Le insistió: "Mira, papá puede ayudarnos a encomendarlo más". Montse dudó unos instantes. No había contado con esto. Al final aceptó: "Bien, hablaremos con él". Su padre recibió la noticia con su calma habitual. Contuvo su emoción como pudo. La entrega de sus hijos a Dios, por los caminos a los que Dios les llamase, era algo por lo que había rezado siempre. Ya tenía un hijo en el seminario y ahora Dios le daba una nueva vocación. Quince meses después, Montse fallecía con fama de santidad. Hoy esta joven adolescente catalana está en proceso de beatificación, y el ejemplo de su vida, a pesar de ser tan breve, ha ayudado a muchísimas personas a descubrir la alegría de la entrega y la aceptación de la enfermedad.
      
       El Espíritu Santo suscita vocaciones para la Iglesia habitualmente en el seno de las familias cristianas. Se sirve del santo afán de esos padres cristianos, que aspiran a salvar miles de almas gracias al apostolado de sus hijos, muchas veces en lugares a donde ellos habían soñado llegar. Y para ellos es un motivo particular de gozo ver cómo la nueva evangelización que necesita el mundo es fruto de su respuesta generosa. Gracias a esa respuesta generosa -de los padres y de los hijos- la Iglesia está presente en nuevos lugares, se revitaliza la vida cristiana en muchos ambientes, y se aprecian signos esperanzadores en todo el mundo.
      
       Dios concede a los padres tantas veces una gracia pedida durante años en su oración. Esa decisión es un acto de libertad que germina en el seno de una educación cristiana. La familia se convierte así, gracias a la respuesta generosa de los padres, en una verdadera Iglesia doméstica, donde el Espíritu Santo suscita todo tipo de carismas y santifica así a toda la Iglesia.
      
       -¿A qué te refieres con los diversos tipos de carismas?
      
       A que Dios llama por caminos muy diversos. Como decía Juan Pablo II en 1988, ante un estadio abarrotado de jóvenes: "Con el corazón encendido, dialogando con el Señor, tal vez alguno de vosotros se dé cuenta de que Jesús le pide más, de que le llama a que, por su amor, se lo entregue todo. Queridos jóvenes, quisiera deciros a cada uno: si tal llamada llega a tu corazón, no la acalles. Deja que se desarrolle hasta la madurez de una auténtica vocación. Colabora con esa llamada a través de la oración y la fidelidad a los mandamientos. Hay -lo sabéis bien- una gran necesidad de vocaciones sacerdotales, religiosas y de laicos comprometidos que sigan más de cerca a Jesús. "La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies" (Mt 9, 37-38). Con este programa la Iglesia se dirige a vosotros, jóvenes. Rogad también vosotros. Y, si el fruto de esta oración de la Iglesia llega a nacer en lo íntimo de vuestro corazón, escuchad al Maestro que os dice: "Sígueme". No tengáis miedo y dadle, si os lo pide, vuestro corazón y vuestra vida entera."
      

43. Cuatro hijos sacerdotes

El ejemplo noble
hace fáciles
los hechos más difíciles.

Goethe

       
       Juan Antonio Granados tiene veinte años. Es el segundo de siete hermanos. Ha conocido una Congregación religiosa que inició sus pasos hace poco en España, los Discípulos de los Corazones de Jesús y de María. Hace con ellos unos ejercicios espirituales. Se plantea qué quiere Dios de su vida y no halla respuesta clara. No sabe si lo suyo es el matrimonio o el sacerdocio. Ha empezado la carrera de Ingeniero de Caminos. "En segundo de carrera estaba yo ya un tanto inquieto. Todo iba bien, pero en mi vida faltaba algo. Visito un día un convento de carmelitas con unos amigos. Estamos charlando con las hermanas en el refectorio. Una de ellas lanza una pregunta: "¿Y usted qué estudia?". "Caminos", digo. La monjita se descara: "Deje los caminos de los hombres y siga los caminos de Dios". Nos reímos todos. Cosas de monjas, pienso. Pero en el fondo había quedado herido, como si aquellas palabras me tocasen hondo. "Señor, ¿qué quieres que haga?"".
      
       Lo habla con un sacerdote amigo, que le fue aconsejando y que le señaló el camino de la oración, de los ejercicios espirituales, de los sacramentos. "Y sobre todo hice un descubrimiento fundamental: la vocación es amistad. El Señor, frente a ti, te fascina con su presencia, ofrece más que cualquier amor o pretensión humana: compartir su intimidad, su misión, siendo su discípulo… El Señor decía: "¿A quién enviaré, quién irá, quién les hablará?… ¡Si yo tengo mis brazos clavados…!". Tras muchos regateos, tras un largo tira y afloja, aposté todo, me jugué la vida a una carta: "Heme aquí, ¿qué quieres de mi?". Órdago a la grande. Dios vio mi órdago y me lo ganó. Cierto es que Él siempre tiene un as en la manga. Fue la mejor jugada porque en verdad ganamos los dos: dos vencedores, dos amigos, un proyecto común."
      
       Juan Antonio no quería dar a sus padres la noticia de sopetón. Pensó prepararles. La decisión la había tomado en Semana Santa y tenía todavía tiempo, unos tres meses. Un día le dice a su madre: "Mamá, lee esto, a ver qué te parece". Es un libro con las cartas del Hermano Rafael, un joven arquitecto que ingresó en la Trapa de San Isidro de Dueñas en los años treinta y que había sido beatificado recientemente. "Sobre todo esta parte". Y le señalaba dos o tres páginas en que el monje se despedía de su madre antes de marcharse de casa. ¡No hacía falta demasiada intuición femenina para entender de qué iba el asunto! Su madre se lo cuenta a su padre. Juan Antonio quiere decírselo pronto, pero su padre se le adelanta. Están los tres comiendo en casa cuando su padre le pregunta: "¿Qué va a ser de ti el año que viene?". Juan Antonio habla entonces claro: será sacerdote. Se hace un silencio. Enseguida, el padre se levanta y le dice: "¡Dame un abrazo! ".
      
       Luego vino su hermano mayor, José. "Mi vocación la llevaba en secreto. Era mejor así. Ni siquiera mis padres lo sabían. ¿Lo sospechaban? Desde cuarto de carrera tenía tomada la decisión. Dos o tres años de discernimiento me hacían ver claro que el Señor me llamaba a una vida de consagración total. No soy de los que tuvieron una iluminación prodigiosa. La luz se fue haciendo poco a poco. Me atraía la pobreza del Señor, su llamada a dejarlo todo. Había, claro, momentos de lucha, difíciles; quería esquivar una vía que implicaba renunciar a formar una familia. La luz fue viniendo poco a poco, hasta que en cuarto de carrera no había duda: había amanecido. Llegó el último año, sexto. Tenía hechos mis planes. Mejor hablar con mis padres ya al final, hacia mayo. En agosto había pensado marchar al noviciado. Pero mi padre lo adelantó todo, porque me habló de la posibilidad de empezar a trabajar en su empresa, y tuve finalmente que decirle que ya tenía "otra oferta de trabajo". Me entendieron sin muchas explicaciones. Ellos ya tenían experiencia, mi hermano Juan Antonio les había dicho lo mismo hacía apenas un año. Tras el abrazo de rigor, mi padre reconoció, emocionado: "Ante un contrincante así, ¡qué se puede hacer!". Luego nos sentamos y les expliqué con más detalle el fraguarse de mi vocación. Mi padre permaneció un rato absorto y acordándose de Juan Antonio, pronunció unas palabras que luego se desvelarían proféticas: "¿No será una racha?".
      
       Y efectivamente lo era. Carlos vino después. Estudiaba por aquel entonces tercero de Caminos. Había seguido más o menos la misma formación que sus hermanos. "Toda vocación es un proceso largo: el mío había comenzado tiempo atrás, pero siempre como algo que se puede aplazar, como una de esas grandes decisiones lejanas que en el correr cotidiano de la vida no inquietan. Tres hechos vinieron a turbar esa aparente calma. El primero fue la entrada de mis hermanos Juan Antonio y José en el noviciado. Su respuesta era también una llamada dirigida a mí: aquella decisión eternamente dilatable, se transformaba ahora en algo cercano y que me interpelaba directamente. El segundo fue el viaje a Manila con el Papa para participar en la Jornada Mundial de la Juventud. Fue en enero, en plenos exámenes parciales de tercero de Caminos. Recuerdo cómo me impresionó la llamada del Papa en la Vigilia del Luneta Park de Manila. Aquellas palabras me parecieron dirigidas a mí, eran como un fuego interior. A pesar de todo, todavía no se concretaron en nada: aquello fue un primer aldabonazo del Señor a entregarme de lleno. El golpe tercero y definitivo fueron los ejercicios espirituales en Villaescusa, en concreto la vigilia de la noche del Viernes Santo. El Señor con toda claridad me hizo ver que me quería junto a Él. Era, como ya me había anunciado mi hermano Juan Antonio años atrás, haciendo de profeta, tan claro como un elefante que se pasea por una chatarrería. Aquella luz iluminaba toda la vida pasada, dejando ver la mano del Señor en cada pequeño acontecimiento. Ahora ya no hacía falta elegir nada, yo era el que había sido elegido.
      
       "Faltaba dar a mis padres la noticia. Una noche, en que vi que mis padres estaban aún despiertos, me acerqué a su cuarto y entré sin llamar. Mi padre leía en la cama y mi madre estaba de pie trayendo un vaso de agua de la cocina. No sabía cómo decirlo. Me miraron. Les miré. Y entonces mi madre comenzó a reírse. En fin, el caso es que comencé. Debo decir que mis padres ya eran expertos en vocaciones, con lo cual se conocían la situación. Abrazos, besos, risas de mi madre. Eran las siete de la mañana cuando me despertó la voz de mi padre. Habría pasado la noche pensando en ello (la verdad es que no elegí un buen momento para decírselo): "¿Estás seguro de lo que vas a hacer?". Luego he pensado muchas veces en estas palabras. Era la voz de mi padre, era la voz de mi madre también, era la voz de Dios que me invitaba a poner toda la seguridad en Él."
      
       Eduardo estudiaba Arquitectura. Veía a sus hermanos abandonar el hogar y pasaba él a ocupar la "primogenitura". "Comencé a salir con una chica pero había un reducto de mi corazón que se quedaba vacío. Los últimos años de Arquitectura ya estaba haciendo un discernimiento vocacional. Fue un tiempo de muchas dudas. Esto no quitaba de mi interior la incertidumbre. Seguía enamorándome y desenamorándome. Pero, a pesar de todo, la voz interior era cada día más fuerte. Y responder a la llamada se convertía en la verdadera asignatura pendiente que yo tenía que cursar: "Dios mío, ¿qué quieres de mí? ¿Qué quieres de mi vida?". Mi madre notaba durante ese año mi preocupación. Sabía que no era por los estudios sino por algo más profundo. Muchas veces se acercaba a mí para indagar. Yo sentía su apoyo. Hablaba con ella de mi falta de claridad con respecto al futuro, incluso de mis amores y desamores. Pero nunca llegué a comentarle las dudas más hondas." Es entonces cuando Eduardo conoce en la Escuela de Arquitectura al nuevo capellán, un misionero colombiano de la fraternidad Verbum Dei. Se hacen amigos. Termina yendo a unos Ejercicios espirituales de tres días que dirige este sacerdote. Allí percibe una llamada de Dios. "Recuerdo cuando les dije a mis padres, en el coche, que había pensado en ser misionero y cómo había sido todo. Mi madre lloró y calló. Lágrimas y silencio. Dijo algo así como "Ya lo sabía yo…"".
      
       La cosa sonaba a efecto dominó: cae una ficha, luego otra, y otra… hasta la última. Luis, el pequeño, se resiste a ver así las cosas. Protesta. Insiste en que cada vocación es personal. Que no vale apropiarse de la llamada de otro. A decir verdad, si de alguien podía su madre sospechar una vocación, era de él. Fue el único que dio muestras de una llamada temprana. En el colegio se hacían encuestas para orientar en la elección de carrera. Muy pequeño debía de ser cuando le dieron aquel cuestionario en que se le hacía una pregunta clásica: "¿Qué te gustaría ser de mayor?". Luis mostró tres preferencias: ingeniero (como su padre), profesor de matemáticas y… sacerdote. Todos los niños suelen soñar con una vocación fantástica, astronauta o piloto de Fórmula Uno. La cosa no pasó de ahí. Pero Luis lo debió ir viendo cada vez más claro, y los campos de trabajo en verano, los campamentos y los ejercicios espirituales le mostraron su camino. Cuando su hermano Juan Antonio reúne a todos los hermanos en su habitación y empieza con un "tengo algo que deciros" (una frase que luego se haría célebre, a fuerza de repetirse), Luis tiene quince años y se le ponen ojos como platos porque su hermano se le ha adelantado en una vocación que él ya tenía clara. Cuando, año y pico después, su madre va al colegio a recoger las notas de Selectividad de Luis, el director le dice: "La mejor nota". A su madre le da un vuelco el corazón: "Dios mío -dejó escrito en unos recuerdos de aquellos meses-, qué cosas tienes. Salgo entre nubes, me dan ganas de saltar de alegría, de llorar. Porque él, Señor, Tú lo sabes, no necesita esa nota para la opción elegida: responder a tu llamada, seguirte. Es necesario mucho más, dejarlo todo, incluida la puntuación, la mejor, y lo que se divisa en el horizonte, para servirte en pobreza, castidad y obediencia. Pero, qué bonito, Dios mío, que sea para Ti, la mejor nota de Selectividad, que suba directa al Cielo como el sacrificio de Abel. Ayúdanos a presentarte los mejores frutos y desprendernos de ellos, ofrecértelos sin apegos, sin que nuestras manos se aferren a ellos. Gracias por todo, Señor, y también, por qué no, por la mejor nota de Selectividad, para Ti".
      
       "Quién sabe -concluía José- el dolor que costaba aquello a mi madre, por entonces ya enferma de aquel cáncer que le costó la vida. Nunca me lo hizo ver. Si se le escapaba alguna vez, había que estar atento para percibirlo. Mi madre no pudo verme de sacerdote. Tampoco de diácono. El día de su muerte, el 3 de junio de 1998, estaba yo en Roma, estudiante de tercer año de Teología. Entre un examen de Moral y otro de Derecho Canónico, tuve que correr al aeropuerto y volar a Madrid. Tiempo después, en la primera Misa de mi sacerdocio, tuve presente especialmente a mi madre. Tampoco vivió mi madre el sacerdocio primero, el de Juan Antonio. Pero toda la historia de nuestra vocación ha sido una racha de síes que fue precedida de muchos otros síes de mis padres.
      
       "Para nosotros, la llamada a la vida consagrada se aúna con la historia del sufrimiento de nuestra madre. Cuando diagnosticaron a mi madre aquel furioso cáncer, habíamos entrado ya los cuatro en el noviciado. No es, por tanto, que su sufrimiento nos ayudara a discernir el camino. Ocurrió, eso sí, que a su luz lo comprendimos mejor. Nuestro horizonte vocacional está vinculado radicalmente al horizonte familiar.
      
       "En los fines de semana, cuando la familia escapaba a la casa de campo de mis abuelos, entonces mi padre, antes de la cena, tomaba un Nuevo Testamento de tapas azules y algo raídas que todavía andará por allí. Ya sabíamos el pasaje que iba a buscar y que nos hacía repetir hasta que acabamos aprendiéndolo de memoria. "Si no tengo caridad, soy como bronce que suena o címbalo que retiñe… La caridad es paciente, es servicial, no se hincha…"
      
       "Cuando en una familia se vive la gracia de una vocación al sacerdocio, tiene que ser porque antes se ha vivido otra, más radical por ser más a las raíces. En el hogar cristiano se aprende la definición verdadera del amor. La vida es al mismo tiempo un regalo y una llamada a la entrega. Está abierta por esencia a que en ella quepan otros y, por esa apertura, se hace fecunda. El derroche de alegría que esta vida produce explica otro derroche, el de la vida sacerdotal puesta al servicio de Dios y de los demás. Entender esas palabras de San Pablo, lograr que calen hondo y muestren su fuerza y su verdad, eso ha sido tarea de la familia."
      
       Los cinco hijos varones iniciaron el camino de la entrega completa a Dios. Eduardo, un poco más adelante, vio que su camino era trabajar como arquitecto y formar una familia cristiana. Los otros cuatro se ordenaron sacerdotes, y el relato de su vocación nos trae a la memoria aquella carta de Juan Pablo II en la que habla de la figura de la madre del sacerdote: "La madre es la mujer a la cual debemos la vida. Nos ha concebido en su seno, nos ha dado a luz en medio de los dolores de parto con los que cada mujer alumbra una nueva vida. Por la generación se establece un vínculo especial, casi sagrado, entre el ser humano y su madre. ¡Cuántos de nosotros deben también a la propia madre la vocación sacerdotal! La experiencia enseña que muchas veces la madre cultiva en el propio corazón por muchos años el deseo de la vocación sacerdotal para el hijo y la obtiene orando con insistente confianza y profunda humildad. Así, sin imponer la propia voluntad, ella favorece, con la eficacia típica de la fe, el inicio de la aspiración al sacerdocio en el alma de su hijo, aspiración que dará fruto en el momento oportuno."
      

44. A él le debo la vocación

De un gran hombre
hay siempre algo que aprender
aunque esté callado.

Séneca

       
       "Nuestro Señor fue preparando las cosas -contaba San Josemaría Escrivá- para que mi vida fuese normal y corriente, sin nada llamativo. Me hizo nacer en un hogar cristiano, como suelen ser los de mi país, de padres ejemplares que practicaban y vivían su fe, dejándome una libertad muy grande desde chico, y vigilándome al mismo tiempo con atención. Trataban de darme una formación cristiana, y allí la adquirí más que en el colegio, aunque desde los tres años me llevaron a un colegio de religiosas, y desde los siete a uno de religiosos."
      
       De su padre, D. José Escrivá, recibió un constante ejemplo de laboriosidad. El pequeño Josemaría le vio trabajar incansablemente, día tras día, en la pequeña industria que poseía en Barbastro, con una gran preocupación por el bienestar material y espiritual de las personas que trabajaban a sus órdenes. También de él aprendió a llevar con serenidad las contrariedades grandes o pequeñas de la vida, sin impaciencia, con buen humor: "No le recuerdo jamás con un gesto severo; le recuerdo siempre sereno, con el rostro alegre. Y murió agotado: con solo cincuenta y siete años murió agotado, pero estuvo siempre sonriente (…).Y vi a mi padre como la personificación de Job. Perdieron tres hijas, una detrás de otra, en años consecutivos, y se quedaron sin fortuna (…). Y fuimos adelante. Mi padre, de un modo heroico, después de haber enfermado del clásico mal -ahora me doy cuenta- que según los médicos se produce cuando se pasa por grandes disgustos y preocupaciones. Le habían quedado dos hijos y mi madre; y se hizo fuerte, y no se perdonó humillación para sacarnos adelante decorosamente. Él, que habría podido quedar en una posición brillante para aquellos tiempos, si no hubiera sido un cristiano y un caballero, como dicen en mi tierra."
      
       "Le vi sufrir con alegría, sin manifestar el sufrimiento. Y vi una valentía que era una escuela para mí. Fue una providencia de Dios. El Opus Dei debía nacer en el más absoluto desamparo, sin ningún asidero terreno en el que apoyarse. Mi padre se arruinó totalmente, y cuando el Señor quiso que yo comenzara a trabajar en el Opus Dei, yo no tenía ni una virtud, ni una peseta; no tenía más que la gracia de Dios y buen humor.
      
       "Ahora quiero más a mi padre, y doy gracias a Dios de que no le fuera nada bien en los negocios, porque así sé lo que es la pobreza; si no, no lo hubiera sabido. Tengo un orgullo santo: amo a mi padre con toda mi alma, y creo que tiene un cielo muy alto porque supo llevar toda la humillación que supone quedarse en la calle, de una manera tan digna, tan maravillosa, tan cristiana."
      
       En ese clima familiar de generosidad, de cariño y de fortaleza, maduró la llamada que Dios comenzaba a dirigirle. Primero fue un suave requerimiento, que sacudió lo más íntimo de su ser: un barrunto de amores divinos, que empezó a sentir desde los quince o dieciséis años, al ver aquellas huellas en la nieve. "Yo nunca pensé en hacerme sacerdote -recordaba-, nunca pensé en dedicarme a Dios. No se me había presentado el problema porque creía que eso no era para mí. Pero el Señor iba preparando las cosas, me iba dando una gracia tras otra, pasando por alto mis defectos, mis errores de niño y mis errores de adolescente…".
      
       Un día de 1918, Josemaría le dice a su padre que desea ser sacerdote. D. José, que continúa entregado a su trabajo para que la familia pueda remontar la difícil situación en que se encuentran, se queda absolutamente sorprendido. De pronto, se vienen abajo los planes que soñaba para su único hijo varón. Y él, que no ha llorado nunca ante tanto acontecimiento doloroso, nota ahora, irremediables, las lágrimas que cruzan por su cara. "A él le debo la vocación -afirmó San Josemaría muchas veces-. Un buen día le dije a mi padre que quería ser sacerdote: fue la única vez que le vi llorar. Él tenía otros planes posibles, pero no se rebeló. Me contestó: hijo mío, piénsalo bien. Los sacerdotes tienen que ser santos. Es muy duro no tener casa, no tener hogar, no tener un amor en la tierra. Piénsalo un poco más, pero yo no me opondré. Y me llevó a hablar con un sacerdote amigo suyo, el abad de la colegiata de Logroño."
      
       D. José aceptó con generosidad el camino que el Señor trazaba para su hijo, cuando escuchó sus confidencias. No quiso Dios, sin embargo, que tuviera la dicha de ver a su hijo en el altar. El Señor le llamó pocos días después de que recibiera el subdiaconado, cuatro meses antes de su ordenación sacerdotal en Zaragoza. Marchó al Cielo, cumplida ya su tarea en la tierra, cuando su hijo se orientaba definitivamente por ese camino sacerdotal que culminaría con la fundación del Opus Dei.
      
       Peter Berglar, uno de los biógrafos de San Josemaría, se detiene a considerar precisamente ese modo de reaccionar del pequeño Josemaría ante la desgracia. Era un niño alegre, normal, ni mimado ni libre de problemas. ¿Qué sucede en el interior de un adolescente que, por tres veces en tres años, tiene que pasar por el fallecimiento de sus tres hermanas pequeñas, el dolor de los padres, las terribles horas y los días de la muerte, las lacerantes visitas al cementerio?
      
       Y, haciendo una comparación audaz, se refiere a otro chico de diecisiete años, en esa misma época, a unos miles de kilómetros de distancia. Ese chico se llamaba Lenin y, bajo la impresión del fusilamiento de su hermano mayor, perdió la fe cristiana, hasta el punto que, según cuentan testigos presenciales, en ese momento se arrancó la cruz del cuello, la escupió con desprecio y la arrojó lejos de sí.
      
       Estamos ante un profundo misterio. Un hombre, al ver en la muerte de su hermano la adversidad del destino, empieza a recorrer el camino del odio, un camino que acarreará terribles consecuencias para sí mismo y para millones de personas. Otro hombre, ante la dureza de otra tragedia familiar, se fortalece en su deseo de dar un sentido más alto a su vida, y los frutos serán, en este caso, una vida de santidad.
      
       Ignoramos el sentido profundo de estos hechos: es el misterio de la libertad para el bien y para el mal. Hay una anécdota que es quizá una muestra de esas luchas interiores del pequeño Josemaría. Es un pequeño episodio que recuerda una amiga de la familia Escrivá. En sus juegos de niños, les gustaba hacer castillos de naipes. Una tarde de 1913, al poco de morir la segunda de sus hermanas, "estaban absortos en torno a la mesa, conteníamos la respiración al colocar la última carta de uno de aquellos castillos de naipes, cuando Josemaría, que no acostumbraba a hacer cosas así, lo tiró con la mano. Nos quedamos medio llorando, y Josemaría, muy serio, nos dijo: "Eso mismo hace Dios con las personas: construyes un castillo y, cuando casi está terminado, Dios te lo tira"". Esta frase deja entrever que el alma del pequeño se encontraba en medio de una fuerte crisis. Había experimentado la imposibilidad de comprender lo que Dios a veces permitía que sucediera, y sufría ante la posibilidad de tener que aceptar una fría arbitrariedad. Pero su alma, estremecida, se apartó de esa interpretación. El pequeño Josemaría se apartó del terrible abismo negro en el que cayó el joven Lenin.
      
       La reacción ante la dolorosa presencia de mal en el mundo suele marcar la profundidad con que ha calado el espíritu cristiano en una persona. Hay un pasaje en el Evangelio de San Lucas en que se aborda esta cuestión. Según la mentalidad de aquella época, la gente tendía a pensar que las desgracias recaen sobre las víctimas a causa de sus culpas personales. Jesucristo, por el contrario, les dice: "¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos, porque han padecido esas cosas? O aquellos dieciocho sobre los que se desplomó la torre de Siloé y los mató, ¿pensáis que eran más culpables que los demás hombres que habitaban en Jerusalén? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo". "Este es el punto -comenta Benedicto XVI- al que Jesús quiere llevar a quienes le escuchaban: la necesidad de la conversión. No la presenta en términos moralistas, sino realistas, como única respuesta adecuada a sucesos que ponen en crisis las certezas humanas. Ante ciertas desgracias, advierte, no sirve de nada echar la culpa a las víctimas. Lo verdaderamente sabio consiste más bien en dejarse interpelar por la precariedad de la existencia y asumir una actitud de responsabilidad: hacer penitencia y mejorar nuestra propia vida.
      
       "Esta es la sabiduría, esta es la respuesta más eficaz al mal, a todos los niveles, interpersonal, social e internacional. Cristo invita a responder al mal ante todo con un serio examen de conciencia y con el compromiso de purificar la propia vida. De otro modo, pereceremos, dice, pereceremos de la misma manera. De hecho, las personas y las sociedades que viven con aire de suficiencia tienen como único destino final la ruina. La conversión, por el contrario, a pesar de que no preserva de los problemas y adversidades, permite afrontarlos de manera diferente. Ayuda a prevenir el mal, desactivando algunas de sus amenazas. Y, en todo caso, permite vencer al mal con el bien, y aunque no siempre sea a nivel de los hechos, que a veces son independientes de nuestra voluntad, ciertamente siempre es así a nivel espiritual. La conversión vence al mal en su raíz, que es el pecado, aunque no siempre pueda evitar sus consecuencias."
      
       El mal está indiscutiblemente presente ante la vista de todos, y su presencia es una invitación a la conversión personal. Las personas que han pasado por mayores dificultades tienen más oportunidades de madurar. Y quizá quienes han alcanzado una mayor madurez, suelen haberla logrado por su experiencia a la hora de afrontar de modo positivo unas dificultades superiores a los demás. Y la familia suele ser la fragua donde se aprende a abordar bien esas situaciones.
      
       El ejemplo de los padres ha constituido habitualmente, a lo largo de la historia de la Iglesia, una ayuda insustituible en los primeros pasos de la entrega de sus hijos. Su paternidad se ha abierto hacia horizontes insospechados, que han buscado lo mejor para Dios y lo mejor para sus hijos, aunque fuese costoso para ellos. La historia presenta una galería magnífica, y a veces desconocida, de padres de santos, que con su ejemplo y su entrega silenciosa en favor de sus hijos, hicieron, sin saberlo, un gran servicio a la humanidad.
      
       -¿Y qué piensas que deben hacer los padres por la vocación de sus hijos, una vez que ya han decidido entregarse a Dios?
      
       Cuando un hijo o una hija se entregan a Dios, los padres tienen por delante una tarea que no acaba nunca. No deben desentenderse, pensando que otros ya se ocupan de él o de ella, sino que han de ayudarles a seguir su camino, especialmente cuando aún son jóvenes. Tienen ante sí algo sobrenatural, misterioso y frágil. Deben acoger con una estima grande su actitud generosa, y apoyarles siempre con su oración y su cariño, estén cerca o lejos, de modo que, pase lo que pase, encuentren siempre en los padres acogida y comprensión. Su misión, antes y después de que los hijos sientan la llamada de Dios, es de gran importancia.
      
       -Además de los padres, están los hermanos y el resto de la familia. ¿Qué dices sobre su influencia en la vocación?
      
       La influencia de la familia, y en especial de los hermanos, puede ser muy grande, en un sentido o en otro. Sucede en la vocación profesional y en muchas cosas más, pues la referencia personal que supone un hermano o una hermana mayor tiene un peso grande, y es bien posible que Dios quiera contar con eso al llamar a una persona a determinado camino. Así lo explicaba, por ejemplo, Santa Teresa de Lisieux en su autobiografía: "Estaba yo muy orgullosa de mis dos hermanas mayores, pero mi ideal de niña era Paulina… Cuando estaba pensativa y mamá me preguntaba "¿En qué piensas?", la respuesta era invariable: "¡En Paulina…!". Oía decir con frecuencia que seguramente Paulina sería religiosa, y yo entonces, casi sin saber lo que era eso, pensaba: "Yo también seré religiosa". Es éste uno de mis primeros recuerdos, y desde entonces ya nunca cambié de intención…".