45. Hijos demasiados místicos

El ideal o el proyecto más noble
puede ser objeto de burla o de ridiculizaciones fáciles.
Para eso no se necesita la menor inteligencia.

Alexander Kuprin

       
       Pietro Bernardone, un rico comerciante de Asís, tenía uno de los mejores almacenes de ropa de la ciudad y la familia gozaba de una buena posición económica. Su hijo Francesco era muy culto, dominaba varios idiomas y era un gran amante de la música y los festejos. La sorpresa de Don Pietro fue mayúscula cuando, un buen día del año 1206, se encontró con que Francesco había decidido entregarse a Dios en una vida de pobreza y desprendimiento total.
      
       Don Pietro se presentó en la sede arzobispal y demandó a su hijo ante el obispo, declarando que lo desheredaba y que tenían que devolverle todo el dinero que había gastado en la reparación de la Iglesia de San Damián. El prelado le devolvió todo ese dinero, y Francesco se presentó también, escuchó las palabras de su padre, y como respuesta le dio toda la ropa que llevaba puesta, quedándose solo con una faja de cerdas a la cintura. Después se puso una sencilla túnica de tela basta, que era el vestido de los trabajadores del campo, anudada con un cordón a la cintura. Trazó con tiza una cruz sobre su nueva túnica, y con ella vistió el resto de su vida y sería en lo sucesivo el hábito de los franciscanos. Porque pronto se le unió uno, y luego otro, y cuando tenía doce compañeros se fueron a Roma a pedir al Papa que aprobara su comunidad.
      
       Al poco tiempo, una joven muy santa, también de Asís, que se llamaba Clara, se entusiasmó por esa vida de desprendimiento, oración y santa alegría que llevaban los seguidores de Francesco, y dejando a su familia se hizo monja y fundó con él las hermanas clarisas, que, como los franciscanos, pronto se extendieron muchísimo. Cuando Francesco falleció, en 1226, eran ya más de cinco mil franciscanos, y apenas dos años después el Papa lo declaró santo. En la actualidad, la familia franciscana cuenta con decenas de santos en los altares, las clarisas son más de veinte mil religiosas y los franciscanos y capuchinos más de cuarenta mil religiosos.
      
       -De todas formas, hay que disculpar un poco a su padre, pues sin duda fue muy singular lo de su hijo, aunque acabara siendo San Francisco de Asís y hoy sea uno de los santos más grandes de la historia.
      
       Sin duda hay que disculparle, pero también hay que pensar que Dios llama de modos muy diversos, y que el respeto que todo el mundo tiene por la libertad de elección de esposo o esposa debe trasladarse al seguimiento de Dios, con independencia de los planes que tengan los padres o del entusiasmo que les produzca esa elección.
      
       Algo parecido sucedió, por ejemplo, a Monna Lapa di Puccio di Piagente, una madre sorprendida por los "caprichos incomprensibles de una niña demasiado mística". Porque ella, como cualquier madre de Siena de buena familia, tenía preparado para su hija un buen partido: un joven de una familia acomodada de la ciudad, con la que además les venía muy bien emparentar.
      
       Y cuando estaban a punto de concertar el matrimonio entre las familias, a Catalina le dio por cortarse el pelo casi al completo. La madre no era una mujer de genio fácil, y la riñó y la gritó como solamente ella sabía hacerlo: "¡Te casarás con quien te digamos, aunque se te rompa el corazón!". La amenazó: "No te dejaremos en paz hasta que hagas lo que te mandamos".
      
       Todo fue inútil. La hizo sufrir. Sin querer, desde luego, porque no podía entender que su hija había decidido entregarse a Dios para siempre, y que, además, no tenía la menor intención de irse a un convento. Catalina pensaba vivir célibe, allí, en su propia casa. Lapa seguía empeñada con el casamiento y empleó todas sus tácticas, su genio y su ingenio: la gritaba, la hacía trabajar sin desmayo, la reñía constantemente. Todo en vano. Y un día, Catalina reunió a toda la familia y les habló con una claridad meridiana: "Dejad todas esas negociaciones sobre mi matrimonio, porque en eso jamás obedeceré a vuestra voluntad. Yo tengo que obedecer a Dios antes que a los hombres. Si vosotros no queréis tenerme en casa en estas condiciones, dejadme estar como criada, que haré con mucho gusto todo lo que buenamente me pidáis. Pero si me echáis por haber tomado esta resolución, sabed que esto no cambiará en absoluto mi corazón."
      
       Fue entonces cuando, ante su sorpresa, su padre, Jacobo Benincasa, dijo gravemente: "Querida hija mía, lejos de nosotros oponernos de ninguna manera a la voluntad de Dios, de quien viene esa resolución tuya. Ahora sabemos con seguridad que no te mueve la obstinación de la juventud sino la misericordia de Dios. Mantén tu promesa libremente y vive como el Espíritu Santo te diga que tienes que hacerlo. Jamás te molestaremos en tu vida de oración ni intentaremos apartarte de tu camino. Pide por nosotros para que seamos dignos del Esposo que has elegido a edad tan temprana."
      
       Lapa estaba desconcertada. Su propio marido se ponía de parte de la hija, cuando era evidente que era solo una niña, pues tenía diecisiete años. Pero no tuvo más remedio que ceder. Luego empezó a sospechar, horrorizada, las mortificaciones que hacía su hija. No estaba dispuesta a aquello. Gritaba, lloraba: "¡Ay, hija mía, que te vas a matar! ¡Que te estás quitando la vida! ¡Ay, quién me ha robado a mi hija! ¡Qué dolor tan grande! ¡Ay, qué desgracia!".
      
       Y luego vino esa incansable preocupación de su hija por los pobres, y sus constantes limosnas. Aquello le importaba menos: al fin y al cabo, ella también era caritativa. Pero a lo que no estaba dispuesta era a las maledicencias. Ah, no, eso no: ella era de familia distinguida, y todos envidiaban en Siena su vieja casa en la Via dei Tintori, junto a Fontebranda, y las ropas de sus hijos, y sus posesiones. No, ella nunca había dado que hablar. Y ahora el nombre de su hija corría de plaza en plaza, por culpa de las malas lenguas que arremetían contra ella.
      
       Catalina murió joven, con solo treinta y tres años. Pero le dio tiempo a ser una gran santa, conocida en todo el mundo: Santa Catalina de Siena. El día de su entierro, el 29 de abril de 1380, toda la ciudad se volcó con aquella mujer que había fallecido en la flor de la vida. Los comerciantes, los miserables de Siena a los que su hija había acogido siempre, los artesanos, los nobles, los gobernantes de aquella pequeña república, todos miraban pasar a la madre fervorosamente tras el féretro de su hija. Contaban sus milagros, sus obras de caridad, y relataban en voz baja cómo Catalina, una mujer joven, sin más poder que su amor a Dios, había logrado cerrar uno de los capítulos más tristes de la historia de la Iglesia. Su palabra pudo lo que no pudieron las influencias más poderosas: logró que el Papa volviera a Roma y abandonara definitivamente Aviñón. Aunque era analfabeta, desde muy pronto muchas personas se agruparon a su alrededor para escucharla. A los veinticinco años tenía ya una reconocida fama como conciliadora de la paz entre soberanos y como sabia consejera de príncipes. Gregorio XI y Urbano VI se sirvieron de ella como embajadora en asuntos gravísimos, y Catalina supo hacer esa labor con prudencia, inteligencia y eficacia.
      
       Su madre iba como ausente, mirando al suelo para no encontrarse con las miradas de la multitud. Temblaba al pensar que su hija, de haber sido débil, si le hubiera hecho caso… Ahora, paradójicamente, su orgullo y su gloria era haber sido derrotada por el amor de su hija. Su triunfo era su fracaso. Se daba cuenta de que ella, como madre, había sido una de las sombras en la vida de su hija -la sombra más amada por ella-, en la que ahora se proyectaba poderosamente su luz. De vez en cuando, alzaba la mirada y contemplaba, en el relicario, aquel rostro bellísimo, apagado a los treinta y tres años. Y su corazón de madre no podía reprimir el antiguo lamento: "pero si es todavía una niña…".
      
       -Me parece que hoy día el principal miedo de los padres ante la vocación de sus hijos es el temor a que fracasen en ese camino.
      
       Es fácil de entender esa inquietud, pero ese riesgo se da igualmente en la elección matrimonial, y en muchas cosas más, y por eso me parece que los padres no deben oponerse a la entrega a Dios de un hijo simplemente porque no tengan seguridad absoluta de que sea su camino, o ante la incertidumbre de que pueda no ser fiel a su vocación.
      
       -Quizá es que también a veces ven a sus hijos con muchos defectos, con las crisis propias de la adolescencia, y no les cuadra que, dentro de todas esas limitaciones, haya una verdadera vocación.
      
       No sería razonable culpar a la vocación de toda la rebeldía, el desaliento o los altibajos de ánimo que a veces son propios de la adolescencia, de la misma manera que tampoco estaría justificado considerar esos defectos como síntomas claros de falta de vocación. Ya hemos dicho que la vocación no es un premio a un concurso de méritos o de virtudes, y que Dios llama a quien quiere, y que, entre esos, unos son mejores y otros peores, pero todos con defectos. Y espera de los padres cristianos comprensión y acompañamiento en el camino vocacional de sus hijos.
      
       -Pero los padres no dan ni quitan la vocación, así que el único problema es que con su resistencia puedan retrasar un poco la entrega de sus hijos.
      
       El problema no es solo ese posible retraso, sino que los padres pueden favorecer o malograr el encuentro de sus hijos con Dios. Hay estilos de vida que facilitan ese encuentro, y hay otros que lo dificultan. Lo natural es que los padres cristianos se preocupen de que sus hijos tengan una cabeza y un corazón cristianos, y de que el hogar sea una escuela de virtudes donde cada hijo pueda tomar sus propias decisiones con madurez humana y espiritual, según su edad. Por eso decía San Josemaría Escrivá que el noventa por ciento de la vocación de los hijos se debe a los padres, pues una respuesta generosa germina habitualmente solo en un ambiente de libertad y de virtud.
      
       La Iglesia, maestra en humanidad, conoce y comprende las dudas e inquietudes que sufren a veces los padres ante la vocación de sus hijos: hay avances y retrocesos, vueltas y revueltas. Lo que les pide es que estén siempre al lado de sus hijos, comprendiendo y alentando. Sería una lástima que se sometieran ingenuamente a las voces de alarma que a veces se propugnan desde algunos ambientes que demuestran poco espíritu cristiano, bien por su actitud contraria a la entrega o bien por su tibieza al acogerla. El "ten cuidado", el "no te pases de bueno", el egoísmo de querer tener los hijos siempre cerca, o que hagan siempre lo que los padres quieren, o el deseo de tener nietos a toda costa, son con frecuencia manifestaciones del fracaso del espíritu cristiano en una familia.
      
       Algunos padres buenos desean que sus hijos sean buenos, pero sin pasarse, solo dentro de un orden. Los llevan a centros educativos de confianza, desean que se relacionen con gente buena, en un ambiente bueno, pero ponen todos los medios a su alcance para que esa formación no cuaje en un compromiso serio. Esas actitudes denotan un egoísmo solapado y una falta de rectitud que pueden desembocar en problemas serios a medio o largo plazo. Desgraciadamente, hay abundantes experiencias de padres que ponen el freno cuando un hijo suyo se plantea ideales más altos, o incluso hacen lo posible por dificultar una posible vocación, y más adelante se lamentan de cómo evoluciona el pensamiento y la conducta de su hijo, quizá como consecuencia del egoísmo que, sin querer, han introducido en su alma. No debe olvidarse que el mayor enemigo de la personalidad madura es el egocentrismo, y que el punto óptimo de bondad no es el que nosotros establecemos con un cálculo egoísta, sino el que establece la voluntad de Dios y la libertad de cada hijo.
      
       -¿Y es coherente que unos padres cristianos no deseen que alguno de sus hijos se entregue por completo a Dios?
      
       Ante la entrega total a Dios de un hijo o de una hija, la reacción lógica de quien se ha propuesto hacer de su matrimonio un camino de santidad, es agradecer a Dios ese don. Y cuando los padres han creado un verdadero ambiente de libertad y de virtud, no es infrecuente que Dios les bendiga de esa manera en sus hijos.
      
       Los buenos padres desean ideales altos para sus hijos: en lo profesional, en lo cultural, en lo afectivo, en todo. Se comprende que los padres cristianos deseen, dentro de eso, que sus hijos respondan plenamente a lo que Dios espera de ellos y no se queden en la mediocridad espiritual. Así lo explicaba Juan Pablo II en 1981: "Estad abiertos a las vocaciones que surjan entre vosotros. Orad para que, como señal de su amor especial, el Señor se digne llamar a uno o más miembros de vuestras familias a servirle. Vivid vuestra fe con una alegría y un fervor que sean capaces de alentar dichas vocaciones. Sed generosos cuando vuestro hijo o vuestra hija, vuestro hermano o vuestra hermana decida seguir a Cristo por este camino especial. Dejad que su vocación vaya creciendo y fortaleciéndose. Prestad todo vuestro apoyo a una elección hecha con libertad."
      
       -¿Y si solo desean que sus hijos retrasen un poco ese paso?
      
       Algunos padres se encuentran hoy con que sus hijos retrasan durante años determinadas decisiones (por ejemplo, casarse y formar una familia, abrirse camino en lo profesional, etc.). Otros se lamentan de que sus hijos ya mayores no dejan el hogar paterno porque encuentran allí todas las comodidades sin apenas responsabilidad. Una buena formación cristiana se orienta hacia la decisión y el compromiso, y logra que los hijos sean capaces de administrar rectamente su libertad y asumir pronto responsabilidades y compromisos que suponen esfuerzo. Eso suele ser una muestra de madurez.
      
       Los padres tienen sus propios planes, sus proyectos para cada uno de sus hijos. Pero lo que importa es que esos sueños coincidan con lo que Dios quiere. El gran proyecto ha de ser su felicidad, y no hay proyecto más maravilloso que el que Dios tiene previsto para cada alma. Por eso, con su oración y su cariño, los padres cristianos deben secundar la entrega libre y generosa de sus hijos. A veces, esa entrega del hijo supondrá también la entrega de los planes y proyectos personales que los padres habían hecho. Pero eso no es un simple imprevisto, sino que es parte de su vocación de padres. En ese sentido, podría decirse que toda vocación es doble: la del hijo que se da, y la de los padres que lo dan; y a veces puede ser mayor mérito de los padres, que han sido llamados por Dios para dar lo que más quieren, y para entregarlo con alegría.
      
       En abril de 1949, pidió la admisión en el Opus Dei un estudiante latinomericano llamado Juan Larrea. Su familia no veía con agrado su decisión, tal vez por desconocimiento de lo que realmente era el Opus Dei, o acaso porque tal decisión desbarataba planes e ilusiones familiares. "Por entonces -contaba el propio Juan Larrea- mi padre era embajador de Ecuador ante la Santa Sede y me dijo que consultase el caso con Mons. Montini, Sustituto de la Secretaría de Estado. Hablé con Mons. Montini, contándole mi historia, y después de una larga y cariñosa conversación, Mons. Montini me dijo: tendré una palabra de paz para su padre. Días después recibió a mi padre diciéndole que había hablado con Pío XII y que le había dicho: "Diga usted al embajador que en ningún sitio estará mejor su hijo que en el Opus Dei". Veinte años más tarde, siendo yo obispo, visité a Mons. Montini, que era entonces el Papa Pablo VI, y me recordó con amabilidad la audiencia antes descrita".
      
       -Pero es natural que a los padres les cueste la separación física que habitualmente supone el hecho de que un hijo se entregue a Dios.
      
       Teresa de Lisieux había sido siempre la hija preferida de su padre; era tan alegre, atractiva y amable, que los dos sufrieron intensamente cuando llegó el momento de la separación. Pero ninguno de los dos dudó de que ella debía seguir su camino e irse al Carmelo.
      
       Es ley de vida que los hijos tiendan a organizar su vida por su cuenta. A algunos padres les gustaría que sus hijos estuvieran continuamente a su lado. Sin embargo, buscando su bien, muchos les proporcionan una formación académica que exige a veces un distanciamiento físico (estudiar en otra ciudad, o ir al extranjero para que aprendan un idioma, por ejemplo). En otras ocasiones, son los hijos los que se separan físicamente de sus padres por razones académicas, de trabajo, de amistad o de noviazgo. Y cuando Dios bendice un hogar con la vocación de un hijo o una hija, a veces también les pide a los padres una cierta separación física.
      
       Sería ingenuo pensar que si esos hijos no se hubieran entregado a Dios estarían todo el día junto a sus padres. Además, bien sabemos que la mayoría de ellos, a esas edades, buscan de modo natural un alto nivel de independencia. Por eso, a veces pueden confundirse las exigencias de la entrega con el natural distanciamiento de los padres que suele traer consigo el desarrollo adolescente o, simplemente, el paso de los años. Lo vemos quizá en la vida de otros chicos o chicas de la misma edad, cuando, por unos motivos u otros, no participan en algunos planes familiares. Cuando pasan los años y se ven las cosas con más perspectiva, suele comprobarse que la entrega a Dios no separa a los hijos de los padres, aunque a veces haya supuesto inicialmente una distancia física mayor.
      
       Es verdad que, con frecuencia, la entrega a Dios supone en determinado momento dejar el hogar paterno, y es natural que a los padres les cueste ese paso, pues lo extraño sería que no les costara, y a veces mucho. Pero también aquí se manifiesta el espíritu cristiano de una familia. En esos momentos, los padres no deben olvidar que también a los hijos les cuesta esa separación, y que puede resultarles tanto o más dolorosa que a ellos. Sin darles excesivas facilidades, no harían bien en ponérselo difícil. Santa Teresa de Ávila ofrece en esto su propio testimonio: "Cuando salí de casa de mi padre, no creo será más el sentimiento cuando me muera; porque me parece que cada hueso se me apartaba por sí; que, como no había amor de Dios que quitase el amor del padre y parientes, era todo haciéndome una fuerza tan grande, que si el Señor no me ayudara, no bastaran mis consideraciones para ir adelante. Aquí me dio ánimo, contra mí, de manera que lo puse por obra."
      

46. Es todavía un niño

El hombre inteligente
habla con autoridad
cuando dirige su propia vida.

Platón

       
       Estanislao era el segundo hijo del príncipe Jan Kostka, un jefe militar y senador polaco. Cuando Estanislao tenía catorce años, fue enviado a Viena, junto con su hermano Paolo, para proseguir sus estudios. La ejemplaridad de Estanislao hizo que enseguida fuese respetado y querido por todos los colegiales. Sin embargo, se le hacía difícil la convivencia con su hermano Paolo, que era de temperamento inestable y dominante, y llevaba una vida cada vez más frívola.
      
       Desde muy pronto, Estanislao quiso ingresar en la Compañía de Jesús, pero no fue admitido por temor de indisponer a su padre contra la Compañía. Paolo se burlaba de su hermano pequeño, y sus ironías contra su modo cristiano de vivir se hicieron cada vez más frecuentes y más desagradables.
      
       Considerando insuperable la oposición de su familia, y harto del maltrato constante de su hermano, decidió huir. Una mañana de agosto de 1567, partió a escondidas. En las afueras de Viena, cambió sus vestidos por unas ropas de peregrino. Durante veinte días marchó a pie y solo hasta Alemania, primero a Augsburg y después a Dillingen. Allí fue acogido amablemente por San Pedro Canisio, que dispuso que se dedicara a los trabajos más humildes de la casa. El joven cumplió su cometido con tal esmero y alegría, que todos quedaron profundamente impresionados por Estanislao y, viéndole tan convencido de su vocación, le enviaron a Roma.
      
       En cuanto su padre supo de la fuga, le invadió la ira y escribió cartas de amenaza a los superiores de la Compañía, así como a obispos y cardenales, asegurando que haría cualquier cosa para expulsar a los jesuitas de Polonia, y que, respecto a su hijo, lo llevaría de vuelta a su patria, aunque tuviera que atarlo de pies y manos. Entre tanto, Estanislao había recibido también una dura carta de su padre, en la que repetía esas mismas amenazas y le reprendía por "haber tomado una sotana despreciable y haber abrazado una profesión indigna de tu alcurnia". Estanislao respondió con corrección, pero manifestando su firme decisión de servir a Dios en la vocación a la que se sentía llamado.
      
       Una vez en Roma, tras un viaje a pie de casi mil quinientos kilómetros, se entrevistó con San Francisco de Borja, que accedió a su petición y le admitió en el noviciado. Poco había de durar, sin embargo, la vida de Estanislao de Kostka, pues falleció al año siguiente, con solo dieciocho años de edad. Pero ese tiempo tan corto fue suficiente para dejar impresionados a todos los que conocieron a aquel joven novicio polaco. Enseguida se difundió su fama de santidad y muchas personas visitaban su tumba en Roma. Pronto se atribuyeron a su intercesión numerosos milagros, se multiplicaron sus biografías en diversas lenguas, así como la difusión de sus retratos, imágenes y estatuas. Fue canonizado, y se le venera como patrono de Polonia. En su honor se construyeron muchas iglesias y se bautizó con su nombre a un gran número de niños. El culto popular se extendió más allá de cualquier expectativa.
      
       Llama la atención cómo una vida tan corta pudo dar lugar a tanta fecundidad. Es quizá una muestra de que para ser llamado por Dios no hace falta una edad muy alta, ni haberlo probado todo. Es más, con la inocencia de su vida, alcanzó en poco tiempo la madurez y la fecundidad de una larga existencia.
      
       -De todas formas, si unos padres ven muy tierno a su hijo, es lógico que piensen que necesita más tiempo y más experiencia de la vida para plantearse cuestiones de esa trascendencia.
      
       En unos casos, Dios llama a personas con una larga experiencia humana; en otros, no. Y de la misma manera que no hace falta haber pasado por varios noviazgos para acercarse con madurez al matrimonio, tampoco hacen falta para decidirse por Dios. Tolstoi decía que quien ha conocido solo a su mujer y la ha amado, sabe más sobre la mujer que quien ha conocido mil. La calidad o la madurez de un amor no depende de las experiencias previas. Es verdad que hay que ser maduro para emprender un noviazgo o una etapa de prueba en un camino vocacional, pero no es preciso "haber conocido mucho mundo", ni haber superado pruebas a las que quizá es una temeridad someter a una persona, como quizá habría sido ponerlas para probar el noviazgo o el matrimonio de sus padres.
      
       Los padres deben ayudar a los hijos a decidir con libertad. Las decisiones que determinan el rumbo de una vida, ha de tomarlas cada uno personalmente, con libertad, sin coacciones. Si, por la razón que sea, unos padres piensan que su hijo carece de la madurez necesaria para la entrega, lo normal será comentarlo con confianza con el propio interesado, y quizá también con otras personas que le conozcan bien y posean la sensatez y el sentido sobrenatural necesarios, pues siempre es arriesgado pensar que uno mismo es el único que lo conoce bien.
      
       Hay que discernir en cada caso concreto, sin presuponer por principio que el deseo de entrega de un hijo es un ímpetu juvenil, pasajero y superficial. En la actualidad, es tan fuerte la presión que reciben en contra, que ellos saben bien que entregarse a Dios les supondrá ir contra corriente, así como renuncia y sacrificio. Por tanto, cuando un hijo está decidido a hacerlo, más bien habría que presuponer que es reflejo de una actitud generosa y madura, no un arranque infantil.
      
       "Los padres -comentaba San Josemaría Escrivá- pueden y deben prestar a sus hijos una ayuda preciosa, descubriéndoles nuevos horizontes, comunicándoles su experiencia, haciéndoles reflexionar para que no se dejen arrastrar por estados emocionales pasajeros, ofreciéndoles una valoración realista de las cosas.
      
       "Pero el consejo no quita la libertad, sino que da elementos de juicio, y esto amplía las posibilidades de elección, y hace que la decisión no esté determinada por factores irracionales. Después de oír los pareceres de otros y de ponderar todo bien, llega un momento en el que hay que escoger: y entonces nadie tiene derecho a violentar la libertad. Los padres han de guardarse de la tentación de querer proyectarse indebidamente en sus hijos -de construirlos según sus propias preferencias-, han de respetar las inclinaciones y las aptitudes que Dios da a cada uno. Si hay verdadero amor, esto resulta de ordinario sencillo. Incluso en el caso extremo, cuando el hijo toma una decisión que los padres tienen buenos motivos para juzgar errada, e incluso para preverla como origen de infelicidad, la solución no está en la violencia, sino en comprender y -más de una vez- en saber permanecer a su lado para ayudarle a superar las dificultades y, si fuera necesario, a sacar todo el bien posible de aquel mal.
      
       "Los padres que aman de verdad, que buscan sinceramente el bien de sus hijos, después de los consejos y de las consideraciones oportunas, han de retirarse con delicadeza para que nada perjudique el gran bien de la libertad, que hace al hombre capaz de amar y de servir a Dios.
      
       "Y no es un sacrificio para los padres que Dios les pida sus hijos. Ni para los que llama el Señor es un sacrificio seguirle. Por el contrario, es un honor inmenso, un orgullo grande y santo, una muestra de predilección, un cariño particularísimo, que ha manifestado Dios en un momento concreto, pero que estaba en su mente desde toda la eternidad…".
      
       Para los padres, que Dios llame a sus hijos supone una muestra de especial afecto, un verdadero privilegio. "Los padres -señala el Catecismo Iglesia Católica- deben acoger y respetar con alegría y acción de gracias el llamamiento del Señor a uno de sus hijos. Deben respetar esta llamada y favorecer la respuesta de sus hijos para seguirla." Por eso, los padres cristianos que han entendido la vocación misionera de la Iglesia, se esfuerzan por crear en sus hogares un clima en el que pueda germinar la llamada a una entrega total a Dios.
      
       "La familia -explica Juan Pablo II- debe formar a los hijos para la vida, de manera que cada uno cumpla con plenitud su cometido, de acuerdo con la vocación recibida de Dios. Efectivamente, la familia que está abierta a los valores trascendentes, que sirve a los demás con alegría, que cumple con generosa fidelidad sus obligaciones y es consciente de su participación en el misterio de la Cruz gloriosa de Cristo, se convierte en el primero y mejor semillero de vocaciones a la vida dedicada al Reino de Dios."
      
       -Pero con lo mal que están las cosas en muchos ambientes, es lógico que a los padres les dé un poco de miedo pensar en el futuro de sus hijos tan jóvenes entregados a Dios en medio de todo eso.
      
       Es una inquietud natural, pero no podemos quejarnos de tantos males como aquejan al mundo, de la falta de recursos morales en la sociedad, de la falta de ideales grandes en la vida de tantos chicos jóvenes, o de lo mal que están determinados ambientes, si luego no ponemos de nuestra parte todo el calor y el ánimo posibles para que haya personas que sean llamadas por Dios para regenerar esos ambientes. La solución a esos problemas está, en gran medida, en la mano de los padres con verdadero afán misionero y apostólico, que se esfuerzan por dar a sus hijos una verdadera educación cristiana y procuran sembrar en sus almas ideales de santidad, ensanchar su corazón con las obras de misericordia y crear en torno a ellos un ambiente de sobriedad y de trabajo.
      
       -Pero quizá no hay necesidad de que comiencen tan jóvenes su camino de entrega a Dios.
      
       No parece que fuera así en el caso de San Estanislao, pues, como acabamos de recordar, solo vivió hasta los dieciocho años. Dios tiene sus tiempos, que no siempre coinciden con los nuestros. Y hay ideales que, si no prenden en la primera juventud, es fácil que se pierdan para siempre. Es en la juventud cuando suelen nacer los grandes ideales de entrega, los deseos de ayudar a otros con la propia vida, de mejorar el mundo, de cambiarlo.
      
       Cuando una persona joven se plantea ideales altos de santidad y de apostolado, las familias verdaderamente cristianas lo reciben con un orgullo santo. Por eso, si has conseguido ponerte en el lugar de tu hija o de tu hijo, ya te habrá contagiado un poco de esa felicidad y de esa alegría suyas. Como madre, o como padre, que desde el primer momento has buscado lo mejor para tu hija o para tu hijo, debes sentir también esa satisfacción. ¿Cuál sería tu reacción si te dijeran que tu hija ha sido seleccionada para representar a tu país en los juegos olímpicos? ¿O si designan a tu hijo como componente del equipo nacional en unos campeonatos del mundo? ¿Y si alguno de ellos es elegido para desempeñar un cargo público de elevada responsabilidad? Nadie acoge esas noticias con pesar o indiferencia. ¿Y cómo debes sentirte si el que elige no es un seleccionador deportivo, o un gobernante, sino el mismo Dios? ¿Y si, además, la recompensa no es simplemente una medalla, unos honores o unos ingresos económicos, sino el ciento por uno y la vida eterna?
      

47. Una incomprensión inicial

El que tiene la verdad en el corazón
no debe temer jamás que a su lengua
le falte fuerza de persuasión.

John Ruskin

       
       -Es natural que a veces haya una inicial resistencia por parte de los padres. El hijo debe convencerlos con la madurez de su comportamiento y con la perseverancia en su determinación.
      
       Es verdad que los padres pueden necesitar un poco de tiempo para asimilar la vocación de sus hijos. Pero la madurez y la rectitud en el comportamiento deben estar presentes por parte de todos.
      
       Así sucedió, por ejemplo, con San Francisco de Sales. Había decidido entregarse a Dios, pero su padre, Francisco de Boisy, le tenía preparado un magnífico partido: una joven llamada Francisca Suchet de Vegy, hija del consejero del Duque de Saboya. Al pequeño Francisco le costaba mucho contrariar a su padre, pero un día del año 1593 finalmente le hizo saber sus propósitos y estalló la tormenta: "Pero, ¿quién te ha metido esa idea en la cabeza?", gritaba su padre. "¡Una elección de ese tipo de vida exige más tiempo que el que tú te tomas!", tronaba furioso. Francisco contestaba que había tenido ese deseo desde la niñez. Y así una vez y otra. De vez en cuando, su madre intentaba ayudarle, sin que se notara que estaba de su parte, y sugería tímidamente: "Ay, será mejor permitirle a este hijo que siga la voz de Dios…". Finalmente, el Señor de Sales, después de un tiempo, cedió: "Pues adelante, hijo mío, haz por Dios lo que dices que Él te inspira. Yo, en su nombre, te bendigo." Y a continuación se encerró en su despacho para que nadie viera las lágrimas que derramaba por el sacrificio que Dios le había pedido.
      
       No todos los padres que ponen dificultades tienen ese carácter ardoroso y rompedor. Los señores Bertrán, una de las mejores familias de Valencia, no querían en absoluto interferir en la vocación de su hijo Luis. Solo querían "orientarla". Estaban acostumbrados a que su hijo les obedeciera en todo, y por eso, se quedaron desconcertados cuando un día les dijo que tenía unos planes diferentes a los que habían previsto: quería irse de casa y entregarse a Dios como fraile dominico. ¡Qué locura! No tenía salud suficiente, no sabía lo que hacía.
      
       Y empezaron su batalla. Aceptaban que se fuera, pero ahora no. Quizá en un futuro. No pasaba nada por esperar. Debía comprenderlo, su postura era razonable. Pero el joven Luis obró con la misma libertad que hubiese pedido en el caso de elegir una mujer que no hubiera agradado a sus padres. Escuchó sus consejos, y luego actuó con la libertad que sus padres decididamente le negaban. Así que, un buen día del año 1544, en vista de la rotunda negativa paterna, decidió no volver a casa. Tenía dieciocho años. Y estalló el escándalo familiar, una pequeña tragedia que se repite con frecuencia, con rasgos parecidos, siglo tras siglo, en algunos de los hogares en que una persona decide dejarlo todo por Dios. Ni lo podían ni lo querían entender. Si hubieran vivido en nuestra época, habrían dicho que a su hijo "le habían comido el coco".
      
       Afortunadamente, la historia acabó como la gran mayoría de estas pequeñas tragedias familiares: con la aceptación de la vocación por parte de sus padres, que finalmente comprendieron que Dios quería ese camino para su hijo, que acabó siendo un gran santo de la Iglesia, San Luis Bertrán. Aquel hijo suyo, por cuya salud se preocupaban tanto, evangelizó durante años las regiones selváticas más difíciles, aprendió a hablar en los idiomas de los indígenas y convirtió miles de indios desde Panamá hasta el Golfo de Urabá. Aseguran las crónicas que bautizó a más de quince mil, que hizo numerosos milagros y que sirvió eficazmente y sin desfallecer a la Iglesia. Cuando su padre estaba en el lecho de muerte, sus últimas palabras fueron: "Hijo mío, una de las cosas que en esta vida me han dado más pena ha sido verte fraile, y lo que hoy más me consuela es que lo seas."
      
       San Bernardo de Claraval consuela en una de sus cartas a los padres de un joven del siglo XII, Godofredo, que había decidido entregarse a Dios en Claraval, y les dice: "Si a vuestro hijo, Dios se lo hace suyo, ¿qué perdéis vosotros en ello y qué pierde él mismo? Si le amáis, habéis de alegraros de que vaya al Padre, y a tal Padre. Cierto, se va a Dios; mas no por eso creáis perderlo; antes bien, por él adquirís muchos otros hijos. Cuantos estamos aquí en Claraval, y cuantos somos de Claraval, al recibirle a él como hermano, os tomamos a vosotros como padres. Pero quizá teméis que le perjudique el rigor de nuestra vida. Confiad, consolaos: yo le serviré de padre y le tendré por hijo, hasta que de mis manos lo reciba el Padre de las misericordias y el Dios de toda consolación."
      
       En el siglo XIX, Bernadette Soubirous, la vidente de Lourdes, escribe una carta al padre de una amiga suya, M. Mouret, que no entiende la vocación de su hija. Bernadette le pide que la deje ir con ella: "Sea generoso con Dios -le dice-, que Él nunca se deja vencer en generosidad. Algún día estará usted contento de haberle dado su hija, a quien no puede dejar en mejores manos que las del Señor. Quizás haría usted grandes sacrificios para confiarla a un hombre al que apenas conoce y que puede hacerla desgraciada, y, no obstante, ¿quiere negarla al que es el rey del cielo y de la tierra? ¡Oh, no, señor! Tiene usted muy buenos sentimientos para obrar de esa manera. En cambio, yo creo que debe dar gracias a Dios por el beneficio que le concede…".
      
       Por aquella misma época, un joven ecuatoriano llamado Miguel Febres desea ingresar en el noviciado de los Hermanos de las Escuelas Cristianas. Le encanta la enseñanza y desea dedicar a ella su vida. Sus padres se oponen frontalmente, pues ellos pertenecen a la alta sociedad y en cambio aquellos religiosos viven muy austeramente y se dedican a la educación de niños pobres. Para disuadirle, lo envían a otro instituto, pero allí enferma y tiene que volver a casa. Finalmente, cuando el chico tiene catorce años, en 1868, su madre accede a que sea religioso. Su padre cede inicialmente, pero no deja de presionar para que abandone ese camino y no escribe a su hijo ni una sola línea en cinco años. Aquel chico pronto destaca como un profesor muy querido y valorado. Posee una gran cultura, domina cinco idiomas y escribe numerosos textos escolares que pronto se difunden por todo el país. Demuestra una enorme capacidad de querer y de hacerse querer, adquiere una gran confianza con sus alumnos y logra sorprendentes mejoras en las personas. Cuando muere, en 1910, su fama de santidad se extiende por numerosos países de Europa y América. Sin su constancia para superar la oposición familiar inicial, no tendríamos hoy a San Miguel Febres, que la Iglesia propone como modelo de hombre culto, pero sencillo y humilde, totalmente entregado a la obra de la evangelización a través de la enseñanza.
      
       Son testimonios diversos que confirman el gozo de tantos padres que inicialmente se opusieron tenazmente a la vocación de sus hijos, pero que, al final, comprendieron su decisión. Además, el gozo de los padres que han sido generosos con la vocación de sus hijos no acabará aquí en la tierra, pues será aún mayor en la otra vida, cuando contemplen, con toda su grandeza, el influjo espiritual de la vida de sus hijos en miles y miles de almas.
      
       Podemos imaginar el gozo de Luis Martín, al ver desde el Cielo los grandes frutos que ha supuesto la entrega de su hija Santa Teresa de Lisieux. O la alegría de la madre de San Juan Bosco al contemplar el crecimiento de aquel hogar espiritual que nació gracias a su esfuerzo. O la satisfacción de Juan Bautista Sarto al comprobar cómo él, un pobre alguacil, contribuyó sin saberlo a enriquecer la Iglesia contemporánea con la aportación de San Pío X.
      
       También podemos imaginarnos a Teodora Theate, a Monna Lapa, a Juan Luis Bertrán, a Ferrante Gonzaga, a la madre de Juan Crisóstomo, a Pietro Bernardone y a tantos y tantos otros. También ellos gozarán al ver las maravillas que ha hecho Dios por medio de sus hijos. Y darán gracias porque, pese a sus lamentos, sus amenazas o sus "pruebas", sus hijos no les hicieron demasiado caso. Si hubieran llegado a hacerlo, la Iglesia y la humanidad no contarían ni con Santo Tomás de Aquino, ni con Santa Catalina de Siena, ni con San Luis Bertrán, ni con San Luis Gonzaga, ni con San Juan Crisóstomo, ni con San Francisco de Asís. La Iglesia habría sufrido enormes pérdidas, en el ámbito de la teología, del papado, de la evangelización, de la espiritualidad, de la doctrina.
      
       Gracias a Dios, sus hijos fueron fieles a su vocación, y las palabras de Jesús adolescente en el Templo resonaron con fuerza en sus oídos: "¿No sabíais que yo debo ocuparme en las cosas de mi Padre?". Con esas palabras, Jesús Niño quiso dejar su propio testimonio para dar fortaleza a quienes debían seguirle en el futuro. Y dejó también una referencia para los padres, pues María y José no protestaron, sino que supieron buscar, aun en lo inicialmente incomprensible y doloroso, la voluntad de Dios.
      
       "En este episodio evangélico -comenta Benedicto XVI- se revela la más auténtica y profunda vocación de la familia: la de acompañar a cada uno de sus miembros en el camino del descubrimiento de Dios y del proyecto que Él ha dispuesto para ellos. María y José educaron a Jesús ante todo con su ejemplo. En sus padres, Jesús conoció toda la belleza de la fe, del amor por Dios y por su Ley, así como las exigencias de la justicia, que halla pleno cumplimiento en el amor. De ellos aprendió que en primer lugar hay que hacer la voluntad de Dios, y que el vínculo espiritual vale más que el de la sangre. La Sagrada Familia de Nazaret es verdaderamente el prototipo de cada familia cristiana, que está llamada a llevar a cabo la estupenda vocación y misión de ser célula viva no solo de la sociedad, sino de la Iglesia, signo e instrumento de unidad para todo el género humano."
      
       Porque no siempre las cosas de Dios son fáciles de entender. Dice el Evangelio que María guardaba todas estas cosas, ponderándolas en su corazón. Y a la Virgen no le faltaba inteligencia, ni buena disposición, ni cercanía a Dios. Pero recibía contestaciones que le resultaban un tanto misteriosas, no fácilmente comprensibles, y que, sin embargo, aceptaba y meditaba en su corazón. "María y José -explicaba Juan Pablo II- le habían buscado con angustia, y en aquel momento no comprendieron la respuesta que Jesús les dio. (…) ¡Qué dolor tan profundo en el corazón de los padres! ¡Cuántas madres conocen dolores semejantes! A veces porque no entienden que un hijo joven siga la llamada de Dios; (…) una llamada que los mismos padres, con su generosidad y espíritu de sacrificio, seguramente contribuyeron a suscitar. Ese dolor, ofrecido a Dios por medio de María, será después fuente de un gozo incomparable para los padres y para los hijos."
      
       Para quienes están en el proceso de discernimiento de su propia vocación, o para sus padres, meditar la vida de la Virgen siempre resultará enriquecedor. Todos obtendremos nueva luz si ponderamos en nuestro corazón esas escenas, contemplando, por ejemplo, el momento del Nacimiento, con su esperanza alegre y su calor humano; o la huida a Egipto, en los momentos duros de la fe o de la vocación; o su vida en Nazaret, para que lo cotidiano de nuestra vida no se tiña de rutina mala. La Virgen es siempre un modelo de la disposición con que debemos escuchar a Dios, de confianza para preguntar lo que no entendemos, de generosidad y de diligencia en la respuesta, de humildad, de perseverancia en las horas difíciles, de fidelidad a la misión recibida.
      

48. Dar la vida

El tirano muere,
y su reino termina.
El mártir muere,
y su reino comienza.

Soren Kierkegaard

       
       Maximiliano Kolbe es hijo de unos modestos tejedores que viven en Zdunska Wola, una pequeña ciudad polaca. Un domingo, cuando el chico tiene doce años, escucha en la homilía de la Misa que los padres franciscanos abren un nuevo seminario en Lvov. Aquello hace despertar y madurar su vocación, y al inicio del curso siguiente, en octubre de 1907, marcha a ese seminario junto con su hermano Francisco.
      
       Pasa un tiempo y ambos hermanos entran en una fuerte crisis interior. Maximiliano se convence y convence a su hermano de que lo mejor es abandonar el seminario y seguir la carrera militar en aquella ciudad, que es por entonces el centro de la resistencia polaca. Un día antes de comenzar el noviciado, el 3 de septiembre de 1910, se disponen a comunicar su decisión al ministro provincial, pero en ese momento suena la campanilla del recibidor: es María Dabrowka, su madre, que viene, como otras veces, a visitar a sus hijos. Sin saber nada de todo aquello, ella les cuenta con gran ilusión que José, el hermano pequeño, también va a ingresar en la orden franciscana. Y como ella y su marido son terciarios franciscanos, ahora toda la familia estará presidida por el espíritu de San Francisco. Aquella visita disipa sus dudas. Al día siguiente, ambos hermanos reciben el hábito negro conventual. Es entonces cuando adopta el nombre de Fray Maximiliano María, y emite su profesión simple bajo la Regla de San Francisco con diecisiete años de edad.
      
       Ya no tendrá más dudas. Tiempo más tarde, en una carta a su madre, recuerda con emoción aquel memorable episodio, que siempre considerará salvador de su vocación: "La providencia, en su infinita misericordia, por medio de la Inmaculada, te envió a nosotros en aquel crítico momento. Han pasado ya nueve años desde aquel día, y pienso en ello con temor y gratitud hacia la Inmaculada. ¿Qué habría sido de nosotros si no nos sostuviese con su mano?".
      
       En 1912, a la vista de sus excelentes cualidades intelectuales, es enviado a Roma. Allí permanece siete años, hasta terminar sus doctorados en Filosofía y en Teología, y es ordenado sacerdote. Son unos años muy fecundos y decisivos, en los que funda un movimiento llamado "La Milicia de la Inmaculada". En 1919 vuelve a Polonia, con veinticinco años y bastante mala salud, aunque con una fuerza espiritual extraordinaria. No le faltan incomprensiones, calumnias y obstáculos. En 1922 comienza la publicación de una revista mensual llamada "Caballero de la Inmaculada", con la que se propone "forrar el mundo entero con papel impreso para devolver a las almas la alegría de vivir". En 1929 funda en Niepokalanów, a cuarenta kilómetros de Varsovia, un convento de sacerdotes y hermanos franciscanos comprometidos a promover la Milicia a través de los medios de comunicación. Bajo su dirección, Niepokalanów se desarrolla con gran fuerza y en pocos años llega a albergar novecientos frailes. La tirada de sus publicaciones supera el millón de revistas mensuales destinadas a los miembros de la Milicia en todo el mundo.
      
       Pero el padre Kolbe presiente su final y la proximidad del calvario para sus hijos espirituales. En marzo de 1938 les dice: "Hijos míos, sabed que un conflicto terrible se avecina. No sabemos cuáles serán las etapas. Pero, para nosotros en Polonia hay que esperar lo peor. En los primeros tres siglos de historia, la Iglesia fue perseguida. La sangre de los mártires hacía germinar el cristianismo. Cuando más tarde la persecución terminó, un Padre de la Iglesia comenzó a lamentar la mediocridad de los fieles y no vio con malos ojos la vuelta de las persecuciones. Debemos alegrarnos de lo que va a suceder, porque en las pruebas nuestro celo se hará más ardiente."
      
       Tres días antes de estallar la Segunda Guerra Mundial, prepara de nuevo sus corazones: "Trabajar, sufrir y morir heroicamente, y no como un burgués en la propia cama. Recibir una bala en la cabeza para sellar el propio amor a la Inmaculada. Derramar valientemente la sangre hasta la última gota, para acelerar la conquista de todo el mundo para Ella. Esto os deseo y me deseo a mí mismo. Nada más sublime puedo augurarme y auguraros. Jesús mismo lo dijo: "No hay amor más grande que dar la vida por el propio amigo"."
      
       Los nazis invaden Polonia y en pocas semanas toda la nación sufre la humillación de la derrota. La Luftwaffe alemana bombardea Niepokalanów y después las tropas lo saquean. Destrozan imágenes, queman ornamentos sagrados y requisan la maquinaria tipográfica. El padre Kolbe, pese al clima de odio al enemigo, no se deja dominar por el rencor y perdona como Cristo en la Cruz. Un día se presentan allí los soldados de la Wehrmacht con gritos de "¡Todos fuera!¡Todos en marcha!". Los frailes son reunidos en el patio y cargados en camiones rumbo a campos de concentración: de Lamsdorf a Amtitz, y de aquí a Ostrzeszow. En mayo de 1941, el padre Kolbe es conducido a Auschwitz, donde le corresponde trabajar como peón en el acarreo de materiales para la construcción de un muro.
      
       El 3 de agosto, un prisionero escapa. Por la tarde, al pasar lista, se descubre la fuga. El terror hiela los corazones de aquellos hombres. Todos saben la norma establecida como represalia: por cada evadido, diez de sus compañeros, escogidos al azar, son condenados a morir de hambre en el bunker de la muerte. A todos aterroriza el lento martirio del cuerpo, con un frío y un calor extremos, la tortura del hambre, la agonía de la sed. Al día siguiente, mientras los otros grupos siguen sus faenas diarias, el suyo queda formado en la explanada bajo el sol calcinante del verano, sin comer ni beber. Las horas pasan con enorme lentitud. Cuando se distribuye la comida, todos observan como sus raciones son tiradas de las ollas al desagüe. Al romper filas van a sus catres sabiendo que pronto diez de ellos estarán en el bunker de la muerte. Ya ha sucedido antes en dos ocasiones.
      
       Al día siguiente, a las seis de la tarde, el coronel Fritsch, comandante del campo, se planta de brazos cruzados ante sus víctimas. Hay un silencio de tumba sobre la inmensa explanada, con dos mil presos formados, sucios y macilentos. "El fugitivo no ha aparecido. De modo que diez de ustedes serán condenados al bunker de la muerte. La próxima vez serán veinte." Los condenados son escogidos al azar. "¡Este! ¡Aquel!", grita el comandante. El ayudante Palitsch anota los números de los condenados. Aterrorizado, cada uno de los señalados sale de la formación, sabiendo que es su final. Entre ellos hay un sargento polaco llamado Franciszek Gajowniczek, que lanza un grito de dolor: "Dios mío, tengo mujer e hijos. ¿Quién los va a cuidar?".
      
       Las palabras del sargento sin duda tocan el corazón de muchos presos, pero en el corazón del padre Kolbe sucede algo más. Mientras los diez condenados se van quitando los zapatos, pues deben ir descalzos al lugar del suplicio, de pronto ocurre lo que nadie podía imaginar. Maximiliano Kolbe sale de su fila, se quita la gorra y se planta delante del comandante. Señala con la mano hacia Gajownieczek y se ofrece a morir en su lugar: "Soy un sacerdote católico polaco, estoy ya viejo. Querría ocupar el puesto de ese hombre que tiene mujer e hijos." El comandante, tras un momento de duda, acepta el cambio.
      
       Después de ordenar a los presos que se desnuden, los empujan al bunker, del que ya solo salen cadáveres para el crematorio. Diariamente, los guardias inspeccionan el bunker y ordenan retirar los cuerpos de los fallecidos. Son días de angustia en los que aquel sacerdote enfermo de cuarenta y siete años anima a los demás y reza con ellos. Poco a poco, van muriendo todos. Al final, queda solo él. Como los guardias necesitan ese lugar para otros presos que están llegando, le ponen una inyección de ácido fénico y muere. Es el 14 de agosto de 1941.
      
       En 1982 es canonizado por Juan Pablo II en Roma. En la ceremonia está presente un testigo excepcional: el anciano Franciszek Gajowniczek, aquel hombre que, cuarenta y un años antes, había salvado su vida en Auschwitz gracias al nuevo santo.
      
       San Maximiliano Kolbe venció al mal con el poder del perdón, el amor y la generosidad. Murió tranquilo, rezando hasta el último momento. Cuenta un testigo, el Doctor Stemler, que en los campos de exterminio casi no se veían manifestaciones de amor al prójimo, y era corriente que un preso se peleara con otro por un mendrugo de pan, pero aquel hombre, en cambio, dio su vida por un desconocido. Aquello fue la más elocuente y eficaz respuesta al odio y la barbarie impuestos por la brutalidad nazi. De esa manera, dio un testimonio y un ejemplo de dignidad en medio de la más terrible adversidad: "No hay amor más grande que dar la vida por el propio amigo" (Jn 15, 13).
      
       Muchas personas han sido beneficiadas por el influjo de la vida de este santo. Juan Pablo II dejó escrito cuál fue la influencia que tuvo en su propia vocación sacerdotal. La Milicia de la Inmaculada cuenta con más de tres millones de miembros en casi cincuenta países. Caben muchas preguntas y reflexiones, pero hay una que quizá puede ayudar a muchos en algún momento de dificultad al comienzo de su camino: ¿Qué habría sucedido si Maximiliano hubiera abandonado el seminario cuando atravesó aquella crisis en su vocación? ¿Cómo habría cambiado la historia de tantas vidas si su madre no le hubiera impulsado hacia delante, casi sin saberlo?
      

49. Ponerse en marcha

No maldigas la oscuridad,
enciende una vela.

Proverbio

       
       "A mi colegio de monjas de la Congregación del Amor de Dios -escribe Juan Manuel de Prada- iba de vez en cuando a visitarnos alguna misionera recién llegada de Nigeria o Mozambique. Eran mujeres que habían entregado su juventud a Dios y que, después de profesar, habían solicitado voluntariamente un traslado a aquellas regiones fustigadas por el hambre y la pólvora y las epidemias más feroces, para inmolarse en una tarea callada. Eran mujeres enjutas, prematuramente encanecidas, calcinadas por un sol impío que había agostado los últimos vestigios de su belleza, y sin embargo risueñas, como alumbradas por unas convicciones indómitas. Habían renunciado a las ventajas de una vida regalada, habían renunciado al regazo protector de la familia y la congregación para agotarse en una labor tan numerosa como las arenas del desierto. Entregaban su vida fértil en la salvación de otras vidas con un denuedo que parecía incongruente con la fragilidad de sus cuerpecillos entecos, reducidos casi a la osamenta. Con cuatro duros y toneladas de entusiasmo, habían puesto en marcha comedores y hospitales y escuelas, habían repartido medicinas y viandas y consuelo espiritual, habían enseñado a los indígenas a labrar la tierra y a cocer el pan. También habían velado la agonía de muchos niños famélicos, habían apaciguado el dolor de muchos leprosos besando sus llagas, habían sentido la amenaza de un fusil encañonando su frente. ¿De dónde sacaban fuerzas para tanto?
      
       ""Un día descubrí que Dios no era invisible -recuerdo que me contestó una de aquellas misioneras-. Su rostro asoma en el rostro de cada hombre que sufre." Este descubrimiento las había obligado a rectificar su destino: "Si no atendía esa llamada, no merecía la pena seguir viviendo". Y así se fueron al África o a cualquier otro arrabal del atlas, con el petate mínimo e inabarcable de sus esperanzas, dispuestas a contemplar el rostro multiforme de Dios. A veces tardaban años en volver, tantos que, cuando lo hacían, sus rasgos resultaban irreconocibles incluso para sus familiares; luego, tras una breve visita, regresaban a la misión, para seguir repartiendo el viático de su sonrisa, la eucaristía de sus desvelos. Y así, en un ejercicio de caridad insomne, iban extenuando sus últimas reservas físicas, hasta que la muerte las sorprendía ligeras de equipaje, para llevarse tan solo su envoltura carnal, porque su alma acérrima y abnegada se quedaba para siempre entre aquellos a quienes habían entregado su coraje. Algunas, antes de dimitir voluntariamente de la vida, eran despedazadas por las epidemias que trataban de sofocar, o fusiladas por una partida de guerrilleros incontrolados.
      
       "Repartidos por los parajes más agrestes u hostiles del mapa, una legión de hombres y mujeres de apariencia humanísima y espíritu sobrehumano contemplan cada día el rostro de Dios en los rostros acribillados de moscas de los moribundos, en los rostros tumefactos de los enfermos, en los rostros llagados de los hambrientos, en los rostros casi transparentes de quienes viven sin fe ni esperanza. Son hombres y mujeres como aquellas monjas que iban a visitarme a mi colegio, enjutos y prematuramente encanecidos, en cuyos cuerpecillos entecos anida una fuerza sobrenatural, un incendio de benditas pasiones que mantiene la temperatura del universo. Un día descubrieron que Dios no era invisible, que su rostro se copia y multiplica en el rostro de sus criaturas dolientes, y decidieron sacrificar su vida en la salvación de otras vidas, decidieron ofrendar su vocación en los altares de la humanidad desahuciada. Que nos cuenten su epopeya silenciosa y cotidiana, que divulguen su peripecia incalculablemente hermosa, a ver si hay papel suficiente en el mundo."
      
       -Es un ejemplo admirable, desde luego, pero la mayoría de la gente lo ve como algo inimitable, demasiado costoso, el sacrificio de toda una vida.
      
       Sin duda es admirable, y es cierto que no todos, ni la mayoría, estamos llamados a ese camino. Pero una vocación de entrega especialmente exigente no debe verse como algo triste o negativo. La entrega supone esfuerzo, es verdad, pero eso sucede con cualquier ideal o proyecto en la vida de cualquier persona.
      
       Como ha señalado Benedicto XVI, el esfuerzo personal es algo esencial, y eludir esa evidencia es engañarse: "El futuro de la Iglesia solo puede venir y solo vendrá de la fuerza de aquellos que tienen raíces profundas y viven con plenitud su fe. No vendrá de aquellos que hacen solo teorías. No vendrá de aquellos que solo eligen el camino más cómodo. De los que esquivan la pasión de la fe y declaran falso y superado todo aquello que exige el esfuerzo del hombre, que le cuesta superarse y darse a sí mismo. El futuro de la Iglesia está marcado, siempre, por los santos. Por personas que captan más que las solas frases huecas que están de moda."
      
       -Es un ideal atractivo, ciertamente, pero debe ser necesaria una ayuda especial de Dios para vivirlo.
      
       Dios da siempre esa ayuda. Nos da una luz que nos hace ver que nuestra misión es necesaria, que hay muchas personas que esperan mucho de nosotros. Es una vida de entrega a los demás, que no solo es compatible con la alegría, sino que está en su fundamento. "Un santo triste es un triste santo", decía Santa Teresa de Ávila.
      
       "En los momentos de incertidumbre sobre mi vocación -decía por su parte la Madre Teresa de Calcuta-, hubo un consejo de mi madre que me resultó muy útil: "Cuando aceptes una tarea, hazla de buena gana, o no la aceptes", me decía. Una vez pedí consejo a mi director espiritual acerca de mi vocación. Le pregunté cómo podía saber que Dios me llamaba y para qué me llamaba. Él me contestó: "Lo sabrás por tu felicidad interior. Si te sientes feliz por la idea de que Dios te llama para servirle a él y al prójimo, ésa es la prueba definitiva de tu vocación. La alegría profunda del corazón es la brújula que nos marca el camino que debemos seguir en la vida. No podemos dejar de seguirla, aunque nos conduzca por un camino sembrado de espinas."
      
       Y lo decía una persona que, como hemos visto, pasó por largas etapas de aridez interior, por la famosa "noche oscura del alma". Su entrega nos muestra que esa alegría interior no se fundamenta en la ausencia de inquietudes o tribulaciones, ni en que ese camino nos resulte fácil, sino en una convicción profunda del alma que nos confirma que ese sacrificio merece la pena y que debemos dedicar a él nuestra vida.
      
       -Pero hablas siempre, a lo largo de todo el libro, de metas muy altas, que ahora mismo veo inalcanzables.
      
       Quizá lo ves como algo inasequible, y esa es la causa de tu indecisión y tu retraimiento, de tu inseguridad. No se trata de plantearse la vida como una escalada al Everest, sino como un largo caminar, paso a paso, y no hace falta que sean pasos de gigante, pueden ser pasos cortos, pero es fundamental ponerse en marcha. Después de un paso tienes que dar otro, no pararte. Eso es lo decisivo. Quizá los ejemplos que han salido en este libro te resultan estimulantes pero lejanos. Los ves como grandes hazañas que nada tienen que ver con tu vida. Pero puedes verlos como un modelo, como una guía para ponerte en marcha, con humildad, sin creerte llamado a grandes éxitos, sino a una gran tarea. Los grandes ideales siempre deben concretarse en pequeños pasos, pues, de lo contrario, se quedan en metas inaccesibles que acaban frustrando todo.
      
       Además, los grandes santos nunca supieron bien a dónde llegarían. Es Dios quien marca los tiempos. En este sentido podría aplicarse aquí, y es una paradoja, aquello de que nadie llega tan lejos como quien no sabe adonde va, pues las vidas de los santos ponen de manifiesto, como hemos visto a lo largo de estas páginas, que el hombre que se encamina hacia Dios no debe mirar tanto hacia su futuro como hacia su presente, porque es en el presente donde se desenvuelve su relación con Dios, y de ello depende un futuro que no es fácil de prever, pues el detallismo de los proyectos humanos minuciosos suele ser un estorbo para arrancar el impulso que corresponde a los planes de Dios.
      

50. Arreglar al hombre

No hay ningún viento favorable
para el que no sabe
a qué puerto se dirige.

Arthur Schopenhauer

       
       Un hombre sabio vivía preocupado con los muchos problemas que aquejaban a la humanidad. Pasaba los días en busca de respuestas para sus inquietudes sobre cómo mejorar el mundo. Una mañana, un hijo suyo de nueve años entró en su despacho y se ofreció a ayudarle a trabajar. El hombre, nervioso por la interrupción, pidió al niño que se fuera a otro sitio a jugar. Viendo que no lograba que se marchara, pensó en algo que pudiese mantenerle ocupado durante un rato. Vio una revista donde había un mapa del mundo, y con unas tijeras lo recortó en numerosos pedazos. Se lo entregó a su hijo, junto con un rollo de cinta adhesiva, y le dijo: "Como te gustan los rompecabezas, te voy a dar este mundo roto en pedazos, que es como está, para que lo recompongas tú solo, sin ayuda de nadie".
      
       Calculó que al pequeño le podría llevar varias horas rehacer aquel mapa, si es que llegaba a conseguirlo. Sin embargo, pasados unos minutos, escuchó la voz del niño: "Papá, ya lo he acabado". Al principio no se lo tomó en serio. Era imposible que, a su edad, hubiese logrado recomponer un mapa que apenas había visto antes. Levantó la vista con la certeza de que vería el trabajo propio de un niño. Pero, para su sorpresa, el mapa estaba perfecto. Todos los pedazos estaban en su debido lugar. ¿Cómo era posible que un niño hubiera podido hacerlo?
      
       Le dijo: "Hijo mío, tú no sabías cómo era el mundo, ¿cómo has logrado recomponerlo?". "Papá, yo no sabía cómo era el mundo, pero cuando sacaste el mapa de la revista para recortarlo, vi que en la otra cara del papel estaba la figura de un hombre. Así que di la vuelta a los recortes y comencé a recomponer al hombre, que sí sabía como era. Cuando conseguí arreglar el hombre, di vuelta la hoja y había arreglado el mundo."
      
       Arreglar el hombre es arreglar el mundo. Por eso son tan necesarios los santos. Los santos son la salvación de la Iglesia, el verdadero honor de la cristiandad, el hilo de oro que atraviesa la historia de los hombres, el canal limpio por el que llega a nosotros el testimonio vivo de Dios. Los santos remueven a quienes tienen alrededor y les ponen de cara a su responsabilidad delante de Dios.
      
       Una tarde de noviembre de 1942, en Madrid, San Josemaría Escrivá acude al único centro de mujeres del Opus Dei que por entonces existe. Todo el Opus Dei femenino se reduce por entonces a diez chicas jóvenes. Se reúne con las tres que a esa hora están en la casa. Desdobla un papel y lo extiende sobre la mesa. Es como un cuadro, un esquema donde se exponen las diversas labores de apostolado que habrán de realizar en el mundo entero. Al tiempo que explica con viveza su contenido, va señalando con el dedo cada uno de los rótulos del cuadro: escuelas para campesinas, residencias universitarias, clínicas, centros de capacitación profesional de la mujer en distintos ámbitos, actividades en el campo de la moda, librerías… Les dice también, antes y después, que lo más importante ha de ser el apostolado de amistad que cada una desarrolle con sus familias, con sus vecinas, con sus conocidas, con sus colegas. El Padre repite varias veces: "¡Soñad y os quedaréis cortas!".
      
       Aquellas tres le miran pasmadas, entre el asombro y el vértigo. Les parece que allí, sobre la mesa, se está desplegado un sueño. Un bello sueño para un lejano futuro. Ellas se sienten inexpertas, sin medios, sin recursos, incapaces. No se les ocurre pensar que todo eso tengan que hacerlo ellas mismas. San Josemaría capta en esas miradas la ilusión y la impotencia, el deseo y el temor, un acobardado ¡ya nos gustaría…! Muy despacio, recoge el papel y comienza a doblarlo. Su rostro ha cambiado. Ahora está serio. ¿Decepcionado? ¿Triste? Por la mente y por el corazón de San Josemaría ha cruzado, posiblemente, como un pájaro torvo, el pensamiento derrengador de que hace más de doce años que lucha por dar cuerpo y vida al Opus Dei de las mujeres, tal como vio que Dios lo quería, el 14 de febrero de 1930. Primero llegaron unas que parloteaban y trajinaban, pero no rezaban. Se fueron. Luego llegaron otras que sí rezaban, pero no trabajaban: no eran esa clase de mujeres que han de bregar en la sociedad civil para poner a Cristo en la cumbre de toda actividad humana. Eran muy buenas, pero de pasta mística. Tuvo que decirles que tampoco servían. Éstas de ahora son de la tercera hornada, ¿y es posible que, a la hora de fajarse con la realidad, se queden ahí, paralizadas por el miedo? Sin desafíos, va a ponerlas de cara a su responsabilidad. Escogiendo muy bien las palabras, les dice: "Ante esto, se pueden tener dos reacciones. Una, la de pensar que es algo muy bonito pero quimérico, irrealizable. Y otra, de confianza en el Señor que, si nos pide todo esto, nos ayudará a sacarlo adelante."
      
       Calla. Las mira, deteniéndose en cada una, como si con esa mirada pudiera trasvasarles su propia fe, inundarlas con su seguridad. Después, antes de marcharse, añade: "Espero que tengáis la segunda reacción". Y la tienen. No es una utopía. Ciertamente, no están abiertos los caminos. Los harán ellas, al golpe de sus pisadas. A la vuelta de cuarenta años, todo aquello era una realidad extendida por más de setenta países en los cinco continentes. Aquellas tres se han multiplicado por más de diez mil cada una. Desplegando sueños, pero arremangándose en la faena diaria. Sin decir basta. Sin amilanarse. Martilleando sobre las resistencias. Sin detenerse en lo fácil.
      
       Una sociedad cristiana se mide por su capacidad de engendrar santos, es decir, personas decididas a seguir con empeño los designios de Dios. Y no me refiero a lo que se describe en esas colecciones de biografías de santos en las que se les pinta blanditos, dulcecitos, demasiado místicos. Tomados en su realidad, los santos queman. Los santos no son como los centauros o las sirenas, no son una especie de seres mitológicos que salen solo en los libros, sino seres normales, con defectos, porque los santos tenían defectos, quizá más que otros que no lo fueron, pero su santidad se plasmó sobre todo en la maravilla de dominarlos. No nacieron santos, sino que llegaron a serlo gracias a su lucha diaria por superarse.
      
       "Mediante el ejemplo de la vida de los santos -decía Benedicto XVI en Colonia en 2005-, Dios nos ha abierto a lo largo de la historia el Evangelio, hojeando sus páginas, y lo sigue haciendo todavía. En las vidas de esas personas se revela la riqueza del Evangelio como en un gran libro ilustrado. Son la estela luminosa que Dios ha dejando en el transcurso de la historia, y sigue dejando aún.
      
       "Los santos han sido personas que no han buscado obstinadamente la propia felicidad, sino que han querido simplemente entregarse, porque han sido alcanzados por la luz de Cristo. De este modo, ellos nos indican el camino para ser felices y nos muestran cómo se consigue ser personas verdaderamente humanas.
      
       "En las vicisitudes de la historia, los santos han sido los verdaderos reformadores que tantas veces han remontado a la humanidad de los valles oscuros en los cuales está siempre en peligro de precipitar; y la han iluminado siempre de nuevo. Los santos son los verdaderos reformadores. Solo de los santos, solo de Dios, proviene la verdadera revolución, el cambio decisivo del mundo."
      
       En ese mismo año 2005, todo el mundo había contemplado con asombro el vendaval de emoción que supuso el fallecimiento de Juan Pablo II. Fue una extraordinaria muestra de la fecundidad de una vida santa, de una vida de entrega absoluta a la misión que tenía encomendada por Dios. Fueron millones de personas que se conmovieron, que pedían su urgente canonización, que con aquello decidieron dar un cambio en sus vidas. Toda la biografía de Karol Wojtyla fue una lucha titánica contra las dificultades que se afanaban en impedir su avance en el camino señalado por Dios, pero su fidelidad inquebrantable ha dado luz y esperanza a nuestro mundo cansado.
      
       Su vida, como la de tantos otros que han salido en estas páginas, y como la de tantos otros millones de almas desconocidas que pueblan la tierra, son vidas abiertas a la respuesta personal a los requerimientos de Dios. No son vidas cerradas. Santo Tomás Moro podría haber cedido a los deseos de Enrique VIII y hoy sería un triste personaje más de un lamentable reinado de la Inglaterra del siglo XVI. Santo Tomás de Aquino o Santa Catalina de Siena podrían haber cedido a los deseos de su madre, o San Luis Gonzaga o San Estanislao de Kostka ante los de su padre. El Santo Cura de Ars o San Clemente Hofbauer podrían haberse rendido a las dificultades que tuvieron para hacer sus estudios sacerdotales, o Santa Jacinta ante las dificultades de su carácter. San Agustín podía haberse quedado enredado en sus amoríos. San Maximiliano Kolbe podría no haber tenido aquel arranque de generosidad en Auschwitz. Pero ellos, y muchos otros, fueron fieles a la llamada que Dios les hacía y hoy el mundo es distinto gracias a ellos.

Alfonso Aguiló, “Saber hacerse preguntas”, Hacer Familia nº 271, 1.IX.2016

Reg Revans nació en Portsmouth en 1907. Entre sus recuerdos de niño está la figura de su padre, que era inspector marítimo y formó parte del equipo investigador del hundimiento del Titanic., hablando con supervivientes de la tragedia. Cuando más adelante le preguntó qué había aprendido de todo aquello, su padre respondió: “me ha servido para conocer la diferencia entre la inteligencia y la sabiduría”, y siempre recordó aquella frase como un principio que conservó durante toda su vida.

Reg hizo un doctorado en astrofísica en la Universidad de Cambridge, al tiempo que practicaba el atletismo, llegando a participar en las pruebas de salto de longitud y triple salto en los Juegos Olímpicos de 1928 en Amsterdam. Posteriormente obtuvo una beca para estudiar en Michigan. A su regreso a Cambridge trabajó en un departamento del Laboratorio Cavendish donde había cinco premios Nobel. Revans evocaba con frecuencia su recuerdo de Albert Einstein diciéndole: “Si usted piensa que está entendiendo un problema, asegúrese de que no se está engañando a sí mismo”, y explicaba cómo aquellas palabras de aquel hombre tan eminente le llevaron a desarrollar toda una serie de ideas, que le harían famoso, sobre el papel de la “persona no experta” como un factor decisivo para resolver problemas.

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Alfonso Aguiló, “Atreverse a cambiar”, Hacer Familia nº 269-270, 1.VII.2016

Los Juegos Olímpicos de México dejaron muchos momentos para el recuerdo, pero quizá uno de los más destacados fue la sorpresa que dio un atleta norteamericano de 21 años llamado Dick Fosbury.

Fosbury había nacido en Portland en 1947, estudiaba en la Universidad de Oregón y practicó el baloncesto y el fútbol americano antes de dedicarse al atletismo. Pronto le cautivó el salto de altura y, al ver que no lograba obtener buenos resultados mediante el procedimiento convencional, descubrió que le iba mejor saltar de espaldas al listón, pasando sucesivamente la cabeza, la espalda arqueada y las piernas flexionadas, que tenía que estirar en el último instante. Tomaba carrerilla de forma transversal y, poco antes de llegar al listón, se giraba y saltaba de espaldas. Era un estilo mucho más efectivo desde un punto de vista biomecánico, pues permitía dejar menos espacio entre el listón y el centro de gravedad del saltador, con lo que se gana altura.

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Alfonso Aguiló, “Buscar lo que une”, Hacer Familia nº 268, 1.VI.2016

Después de las atrocidades cometidas durante la Segunda Guerra Mundial, la Organización de las Naciones Unidas, a través de la UNESCO, estaba comprometida a preparar una Declaración Universal de los Derechos Humanos que sentara unas bases comunes que todo el mundo pudiera reconocer.

Pasaba el tiempo y en 1947 los trabajos preparatorios de la Declaración estaban en un callejón sin salida. Los desencuentros ideológicos entre las distintas posiciones de fondo presentes eran muy fuertes. Julian Huxley, un prestigioso científico británico que era por entonces Director General de la UNESCO, insistía en que esos derechos no podían basarse en convicciones religiosas. Se buscó una salida invitando a intelectuales de diversas culturas del mundo a interrogarse sobre el significado y la posibilidad de un acuerdo respecto a esos derechos.

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Alfonso Aguiló, “El asno de Buridán”, Hacer Familia nº 267, 1.V.2016

El venerable maestro francés Jean Buridán, nacido en Artois a comienzos del siglo XIV, abanderado de los nominalistas y dos veces rector de la Universidad de París, hizo en su vida más que suficientes méritos como para ganarse un puesto en los tratados de filosofía, por sus contribuciones acerca de la lógica y la gramática, o bien en los de otras ciencias, puesto que formuló con sorprendente acierto los principios básicos de la cinemática al descubrir que el “ímpetus” de un móvil es proporcional a la cantidad de materia que contiene y a la velocidad, lo que le hizo precursor directo, en este punto fundamental, de Copérnico, Galileo y Newton.
Pese a todo, Buridán no es apenas recordado por los filósofos del lenguaje, ni por los físicos, ni por los astrónomos, sino que su memoria ha quedado vinculada a una paradoja conocida como “El asno de Buridán”. Buridán era defensor del libre albedrío y de la posibilidad de ponderar toda decisión a través de la razón. Para satirizar su posición, algunos críticos imaginaron el caso absurdo de un asno que no sabe elegir entre dos montones de heno idénticos, y que como consecuencia de semejante perplejidad acaba muriéndose de hambre. La paradoja es que, pudiendo comer, no come porque no logra decidir qué montón es más conveniente, ya que ambos le parecen iguales.

Parece que el relato original procede nada menos que de Aristóteles, protagonizado por un perro que debe elegir entre dos comidas igualmente sabrosas, y que no llega a decidirse por ninguna de ellas, de modo que efectivamente acaba muriendo de hambre.

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