Juan Manuel de Prada, “¿Disminuido o discapacitado?”, ABC, 5.XII.2005

Dos plagas simultáneas se han instalado en la jerga política, amenazando con descuajeringar para siempre el organismo del idioma, cada vez más anoréxico y contuso: el «frasihechismo» y la corrección política. Las frases hechas, convertidas en anestesia universal mediante su repetición aturdidora, disfrazan la vacuidad con los ropajes de la grandilocuencia, hasta encumbrar los topicazos más bochornosos como dogmas indiscutibles. La corrección política, con su munición de eufemismos babosos y estropicios gramaticales, empezó adornando con sus floripondios lingüísticos las paparruchas mitineras de unos cuantos idiotos e idiotas, pero sus miasmas ya infectan nuestras leyes. Pronto veremos el día en que este potaje de dislates semánticos y campanudas necedades se imponga coercitivamente a los hablantes, hasta hacer del lenguaje un artefacto explosivo que nadie se atreverá a emplear con naturalidad.

Auguro que en breve algún memo con poltrona propondrá una revisión global de la Constitución, que sustituya las designaciones de «españoles» y «ciudadanos», tan machistas, por otras más respetuosas de la igualdad de individuos e individuas. Para ir abriendo boca, e invocando esa sacrosanta igualdad, nuestro Adalid de las Causas Sociales ha anunciado una reforma del artículo 49 de la Constitución, que obliga a los poderes públicos a realizar «una política de previsión, tratamiento, rehabilitación e integración de los disminuidos físicos, sensoriales y psíquicos». A nuestro Adalid de las Causas Sociales el término «disminuidos» le suena discriminatorio o denigrante, y propone sustituirlo por «discapacitados». En plena orgía de frasihechismo y corrección política, nuestro Adalid de las Causas Sociales ha insinuado incluso que, al denominar «disminuido» a quien tiene mermadas sus funciones mentales o físicas, se le están negando los derechos de los que disfruta cualquier otro ciudadano, mentecatez que podría hacerse extensiva a otros términos que describen circunstancias biológicas o jurídicas. ¿Acaso cuando llamamos a alguien «menor» porque no ha alcanzado determinada edad lo estamos discriminando? La memez del Adalid de las Causas Sociales, que naturalmente se han apresurado a refrendar los cagachines de la corrección política de uno y otro bando (no sea que los vayan a acusar de defender la eugenesia), quizá no mereciera nuestro enojo si no ocultase, bajo los oropeles de la pomposidad huera, un alarde de cinismo. Pues lo sustancial del artículo 49 es el «amparo especial» que dispensa a los disminuidos (perdón, discapacitados) para el «disfrute de los derechos que la Constitución otorga a todos los ciudadanos». Derechos entre los que se cuenta, como principio rector y piedra angular del edificio jurídico, el derecho a la vida (artículo 15), sin cuyo respeto escrupuloso el ejercicio de los demás derechos resulta imposible. Pero hete aquí que nuestro Código Penal niega el derecho a la vida de los disminuidos (perdón, discapacitados), permitiendo el aborto cuando se presuma que el feto nacerá con «taras físicas o psíquicas». Parece el colmo del sarcasmo invocar paparruchas lingüísticas cuando la cruda y atroz verdad es que en España los disminuidos (perdón, discapacitados) pueden ser eliminados con todas las bendiciones legales. Nuestro Adalid de las Causas Sociales podría empezar por garantizar el derecho a la vida de quienes vienen al mundo con las facultades mermadas; entonces quizá resultaran más convincentes sus tiquismiquis palabristas. Pero sospecho que nuestro Adalid de las Causas Sociales, puesto a reformar ese precepto del Código Penal que permite eliminar impunemente disminuidos (perdón, discapacitados), se limitaría a sustituir el término «taras» por otro menos denigrante y discriminatorio. ¿Discapacidades, tal vez?

Juan Manuel de Prada, “Los dineros de la Iglesia”, ABC, 19.XI.2005

Hace unos días, el Congreso votaba una enmienda que pretendía retirar el complemento presupuestario que la Iglesia católica percibe anualmente del Estado. La enmienda fue rechazada mayoritariamente por los parlamentarios, si bien hasta seis diputados socialistas infringieron la disciplina de voto, alarde de bizarría que no mostraron en otras votaciones recientes mucho más peliagudas. De lo que se trataba, en fin, era de trasladar a la opinión pública la imagen de una Iglesia que sigue disfrutando de privilegios y esquilmando el erario público. Convendría especificar, sin embargo, que dicho complemento presupuestario, que suele oscilar entre los 30 y los 40 millones de euros, constituye tan sólo una décima parte del presupuesto anual de la Iglesia, que en sus dos terceras partes se abastece de las aportaciones de los fieles; del tercio restante, la cantidad más abultada la obtiene la Iglesia a través de la asignación tributaria, que una porción nada exigua de españoles destina a su sostenimiento a través de un porcentaje ínfimo del impuesto sobre la renta (el 0,52 por ciento, para ser exactos). Bastaría con que dicho porcentaje se incrementase al 0,8 por ciento, como ocurre en Alemania o Italia, para que la Iglesia pudiera autofinanciarse, renunciando a ese complemento que el anticlericalismo rampante utiliza como levadura para alimentar viejas rencillas.

Entre 30 y 40 millones de euros, repito. Enunciada así, en esa demagógica descontextualización que conviene a los propagandistas del odio, la cifra puede ser considerada por muchas gentes ingenuas y bienintencionadas una exacción intolerable. ¿Por qué, en cambio, no se informa a los españoles del dinero que la Iglesia revierte sobre la sociedad y ahorra a las administraciones públicas? Reparemos, por ejemplo, en las partidas destinadas a la educación. Una plaza en la escuela pública, por alumno y curso escolar, le exige al erario público (utilizo datos suministrados por el Ministerio de Educación) un desembolso de 3.517 euros; una plaza en la escuela concertada tan sólo 1.840. Teniendo en cuenta que el 70 por ciento de las plazas de la escuela concertada corresponden a centros católicos, descubrimos que la Iglesia ahorra al erario público alrededor de 2.300 millones de euros, cifra ligeramente superior a la que el Estado aporta como complemento presupuestario para su sostenimiento. Si probamos a calcular la ingente labor social y asistencial de la Iglesia, descubrimos que las cantidades que se dedican a paliar el sufrimiento y la miseria de los sectores más desfavorecidos de la sociedad dejan también chiquito ese complemento. Así, por ejemplo, el presupuesto de Cáritas durante el pasado ejercicio ascendió a 163 millones de euros, de los cuales más del sesenta por ciento -cerca de 100 millones- lo cubren las cuotas de sus asociados y las aportaciones de los católicos, a través de donaciones y colectas parroquiales; este porcentaje se eleva hasta el 83 por ciento en el presupuesto de Manos Unidas, que el pasado año logró recaudar 35 millones de euros procedentes de las cuotas de colaboradores y de las colectas. Son sólo dos ejemplos entre los miles de establecimientos y entidades católicas consagrados en cuerpo y alma a la ayuda de los más necesitados; ayuda que, naturalmente, la Iglesia seguirá prestando cuando deje de percibir el tan cacareado complemento presupuestario, porque su generosa aportación al bien común no depende de la componenda política, es fruto de un mandato divino.

El otro día, paseando por la plaza de la Marina Española, vi llegar el automóvil del presidente del Gobierno, que acudía a una sesión de control del Senado. Le hubiese bastado, al bajar del coche, con alzar la vista para contemplar a los mendigos que entraban en un centro de Cáritas, donde se les brinda comida y refugio frente a la intemperie. Ahí, señor presidente, ahí se destinan los dineros de la Iglesia.

Alfonso Aguiló, “El duelo de la lectura”, Hacer Familia nº 141, 1.XI.2005

«Leía mucho. Pero con la lectura sólo obtienes algo si eres capaz de poner algo tuyo en lo que estás leyendo. Quiero decir que sólo aprovechas realmente lo que lees si te aproximas al libro con el ánimo dispuesto a herir y ser herido en el duelo de la lectura, a polemizar, a convencer y ser convencido, y luego, una vez enriquecido con lo que has aprendido, a emplearlo en construir algo en tu vida o en tu trabajo.» »Un día me di cuenta de que en realidad yo no ponía nada en mis lecturas. Leía como el que se encuentra en una ciudad extranjera y por pasar el rato se refugia en un museo cualquiera a contemplar con una educada indiferencia los objetos expuestos. Casi leía por sentido del deber: ha salido un libro nuevo que está boca de todos, hay que leerlo. O bien: esta obra clásica aún no la he leído, por lo tanto, mi cultura resulta incompleta y siento la necesidad de llenar esa laguna.» Este personaje de una novela de Sándor Márai nos invita a ser valientes en nuestras reflexiones, para así adquirir, con ocasión de la lectura, más coherencia y más profundidad interior. Vivir con deseos de ser interpelado por lo que observamos, escuchamos o leemos es quizá una de las cosas que más contribuyen a sacar al hombre de los estratos primeros de la vida, que más le impulsan por encima de la simple inercia de los comportamientos de su entorno, que le previenen ante un dócil encuadre en las costumbres de moda.

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Alfonso Aguiló, “La impaciencia de los hombres”, Hacer Familia nº 140, 1.X.2005

Una antigua leyenda noruega cuenta la historia de un anciano monje llamado Haakon, que cuidaba una ermita en la que había una imagen de un Cristo muy venerada y a la que acudía a rezar mucha gente. Un día, aquel buen monje, impulsado por un sentimiento generoso, se arrodilló ante la cruz y dijo: “Señor, quiero padecer por Ti. Déjame ocupar tu puesto. Quiero reemplazarte en la cruz.” Y se quedó fijo con la mirada puesta en la imagen, como esperando una respuesta. El Señor abrió sus labios y habló. Sus palabras cayeron de lo alto, susurrantes y amonestadoras: “Hermano mío, accedo a tu deseo, pero ha de ser con una condición.” “¿Cuál Señor? ¡Estoy dispuesto a cumplirla con tu ayuda!”. “Escucha. Suceda lo que suceda, y veas lo que veas, has de guardar silencio”. Haakon contestó: “¡Te lo prometo, Señor!”. Y se efectuó el cambio.

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Juan Manuel de Prada, “Por caridad”, ABC, 17.IX.2005

De milagrosa podemos calificar la concesión del Premio Príncipe de Asturias a las Hijas de la Caridad. El desprestigio actual de la caridad, su degradación paulatina y su sustitución por simulacros campanudos, se ha convertido en uno de los signos distintivos de nuestra época. Hoy ya casi nadie emplea la palabra «caridad» (que viene de carus, dilecto, amado), por temor a que se le acuse de adhesión vaticanista. Hemos suplantado esta bella y valerosa palabra por un eufemismo más llevadero, «solidaridad», que nadie sabe exactamente lo que designa, pero que, a la vista de los acontecimientos, se refiere a una serie de actividades ostentosas (millonetis con mala conciencia y hambre de notoriedad que destinan una parte ínfima del dinero que les sale por las orejas en «labores humanitarias», etcétera) que antes quedaban comprendidas bajo la denominación menos hipocritona de «beneficencia». Pero la beneficencia es justamente lo contrario de la caridad; la beneficencia es el impuesto que pagamos para mantener nuestra conciencia tranquila.

La verdadera caridad, según nos enseñaba san Pablo, es sufrida y paciente, no se pavonea ni ensoberbece. La verdadera caridad (a diferencia de esa solidaridad de pacotilla que nuestra época ha impuesto, que siempre elige a sus beneficiarios a quienes viven en el otro hemisferio, para que no nos salpique su dolor) necesita un prójimo tangible sobre el que volcarse; y, si además se pretende cristiana, debe contemplar el rostro de Jesús copiado en el rostro de cada hombre que sufre. En el Evangelio de san Mateo, leemos: «Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; peregrino fui y me acogisteis; estaba desnudo y me vestisteis; enfermo y me visitasteis; preso y vinisteis a verme». Y es que, como afirmaba san Juan, es imposible amar a Dios, a quien no vemos, si no amamos antes a nuestro prójimo, a quien vemos. En estas pocas líneas se condensa el legado más hermoso del cristianismo: Dios anida en el rostro de cada una de sus criaturas afligidas; y el amor, la adhesión con esas criaturas sufrientes, se erige en la única justificación de nuestro paso por la tierra.

Naturalmente, esta mística centrada en el amor a Cristo, que se encarna en el hombre que sufre, resulta muy difícil de entender para nuestra época. San Vicente de Paúl consideró que la perfección cristiana no se alcanzaba sólo en la clausura, sino también a través del servicio a los pobres. Conviene resaltar el carácter secular de las Hijas de la Caridad: no son una orden ni una congregación, sino una sociedad de vida apostólica. No las obligan, pues, los tradicionales votos religiosos. Su convento son las casas de los enfermos; su claustro, las salas de los hospitales; su celda, las escuelas y las prisiones. Su fundador les dejó escrito: «Pronto verás que el amor pesa mucho más que el caldero de la sopa y el cesto de pan. Pero conserva tu dulzura y tu sonrisa. No todo consiste en dar el caldo y el pan. Eso pueden hacerlo los ricos. Tú eres la pobre sierva de los pobres, la sierva de la caridad. Siempre sonriente y de buen humor. Ellos son tus amos. Únicamente por tu amor, sólo por tu amor, te perdonarán los pobres el pan que les des».

Ese inmenso amor que cargan sobre los frágiles hombros, numeroso como el dolor que desgarra al hombre, no sería explicable si no lo alentase una encomienda divina. A la prensa correcta, que tanto gusto halla en caracterizar a la Iglesia católica como una fuerza oscurantista y en airear escándalos fantasmagóricos que la enfanguen y denigren, le habrá fastidiado sobremanera que, siquiera por una vez, se muestre a los ojos de la masa adoctrinada el verdadero rostro de la Iglesia, que es el rostro del hombre que sufre. Gracias, queridas Hermanas, por permitirnos escuchar el susurro de la caridad, entre tanto metal que suena y tanta campana que retiñe.

Alfonso Aguiló, “Tirar para arriba de los demás”, Hacer Familia nº 139, 1.IX.2005

“Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay otros que luchan muchos años y son mucho mejores. Pero hay quienes luchan toda la vida: esos son los imprescindibles”.

Estas palabras de Bertolt Brecht nos invitan a pensar en lo necesarias que resultan esas personas que todos conocemos y que parece que nunca se cansan, que siempre están ahí, que siempre tiran hacia arriba del ambiente en el que están, que son un catalizador de todo lo positivo de quienes le rodean.

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Juan Manuel de Prada, “Europa claudicará”, ABC, 1.VIII.2005

Eescribía hace unas semanas que Europa ha perdido la confianza en los valores y principios que fundaron su fuerza; este naufragio en las aguas del relativismo la torna más predispuesta a la claudicación. Leo en estos días un suculento libro de George Weigel, Política sin Dios (Ediciones Cristiandad), que fervorosamente les recomiendo. En él me tropiezo con una cita de Solzhenitsyn que logra designar sucintamente la razón del mal que corroe Europa: «Los fallos de la conciencia humana, privada de su dimensión divina, han sido un factor determinante en todos los mayores crímenes de este siglo, que se iniciaron con la Primera Guerra Mundial, a la que se remontan la mayor parte de nuestras desgracias. Esa guerra […] se produjo cuando Europa, que por entonces gozaba de una salud excelente y nadaba en la abundancia, cayó en un arrebato de automutilación que no pudo más que minar su vitalidad a lo largo de, por lo menos, todo un siglo y quizá para siempre. Esa realidad sólo puede explicarse por un eclipse mental de los líderes de Europa, debido a la pérdida de su convicción de que, por encima de ellos, existía un Poder Supremo».

Las palabras de Solzhenitsyn, que explican la progresiva decrepitud de Europa a lo largo del siglo XX, adquieren una significación aún más nítida y dolorosa en los albores del siglo XXI. Una civilización sólo es grande cuando la animan ideas trascendentes. La magnitud de los logros culturales alcanzados por un pueblo depende de la altura de sus aspiraciones espirituales. Basta contemplar el páramo espiritual de la Europa contemporánea, donde un día floreció la más elevada forma de civilización, para entender que su fin está próximo. No hará falta que ningún ejército islámico la invada y conquiste; bastarán unas cuantas bombitas, sabiamente dosificadas aquí y allá, para que Europa se entregue definitivamente a «ese arrebato de automutilación» al que se refería Solzhenitsyn. Europa capitulará porque ha renegado de Dios, porque cada vez un mayor número de europeos, desgajados del patrimonio que la historia les ha confiado, carecen de raíces espirituales. Este vacío interno se plasma en un desdén por la ética y la correspondiente obsesión por los privilegios y los intereses personales. Una sociedad cuyo único objetivo es su propia satisfacción acaba destruyéndose a sí misma.

Existe un vínculo directo e indisoluble entre la fe y la voluntad de futuro. Sin fe no hay futuro. Habiendo renegado de Dios, Europa carece de recursos imaginativos y morales para mantener su civilización; carece, incluso, de razones convincentes para perdurar. La relativización del Derecho (convertido en mero instrumento legal para la satisfacción de caprichos, sin fundamentos inmanentes), la fascinación por el suicidio y la eutanasia, las cifras industriales de abortos, el estancamiento demográfico, etcétera, son fenómenos automutiladores que revelan una profunda crisis moral, una descomposición acelerada de los cimientos sobre los que durante siglos se ha sostenido nuestra civilización. El hombre europeo ha llegado al convencimiento de que, para ser moderno y libre, tiene que ser radicalmente secular. Esa convicción ha tenido consecuencias letales para la vida pública europea y para su cultura, convertida hoy en un aguachirle relativista. Los padres fundadores de la Unión Europea -Konrad Adenauer, Alcide de Gasperi, Robert Schumann, Jean Monnet- eran todos hombres religiosos que concebían la integración europea como un proyecto de civilización cristiana. Hoy, ese soñado proyecto ha degenerado en una burocracia cristofóbica. Como decía el salmista, «si el Señor no construye la casa, en vano trabajan los constructores». Europa claudicará, salvo que salga de su eclipse mental y vuelva a reconocer a Dios.

Alfonso Aguiló, “La fuerza de la expectativa”, Hacer Familia nº 137-138, 1.VII.2005

Corría el curso 1968-69, en un colegio de California. El Doctor Robert Rosenthal cerró su portafolios y se dirigió a un grupo de profesores que le escuchaba con atención: «Los resultados de las pruebas realizadas no dejan lugar a dudas. Estoy en condiciones de asegurarles que este 20 por ciento de alumnos que les he señalado tiene unas capacidades intelectuales superiores a lo normal». Los profesores tomaron buena nota de todo aquello y regresaron a su trabajo habitual. Ocho meses más tarde, las calificaciones finales arrojaban un resultado contundente: el rendimiento de ese grupo de alumnos teóricamente más inteligente era notoriamente superior al del resto.

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Juan Manuel de Prada, “¿Qué valores? ¿qué principios?”, ABC, 10.VII.2005

En su primera comparecencia ante los medios tras la matanza, un consternado Blair afirmaba que «nuestra determinación para defender nuestros valores y nuestro modo de vida» es mayor que el ímpetu destructivo de los terroristas. En un tono algo enfático, Zapatero se pronunciaba en el mismo sentido: «Los terroristas no conseguirán jamás que abandonemos nuestros principios y nuestros valores». Ambas aseveraciones, irreprochables en su formulación y muy eufónicas, constituyen un desidératum, una aspiración muy loable; ambas adolecen, sin embargo, de un candor y un idealismo atroces. Pues, a la postre, el terrorismo islámico que azota Europa se alimenta precisamente de nuestra incapacidad para defender nuestros valores, nuestros principios, nuestras formas de vida. Europa ha perdido la fe en la validez universal de su cultura; quizá siga aferrada a afirmaciones retóricas y pomposas que proclaman lo contrario -apelaciones vacuas a la democracia, al muy manoseado Estado de Derecho, etcétera-, pero ese espejismo semántico no debe distraernos de la verdad pavorosa: también los romanos seguían invocando a sus dioses y ofrendándoles rutinarios sacrificios cuando ya habían dejado de creer en ellos.

Europa está enferma de relativismo; y esta enfermedad, instilada y sostenida por el pensamiento dominante, acrecienta cada día su debilidad. Lejos de mostrar una determinación inquebrantable en la defensa de sus valores, Europa proclama que no existen valores y principios de validez universal, sino más bien valores particulares que no deben confrontarse con los valores procedentes de otras culturas. Defender los valores propios se convierte automáticamente en un ejercicio de prepotencia intelectual, de arrogancia fundamentalista, de imperialismo cultural; naturalmente, cualquier intento de exportar esos valores se considera una imposición inaceptable, puesto que todos los modos de vida son igualmente legítimos y respetables. Europa ha dejado de creer en su superioridad moral; y, paralelamente, ha desarrollado una suerte de apatía o desistimiento que la corrección política disfraza de «tolerancia» hacia otros valores y formas de vida. Todo ello acompañado, además, de un brumoso y atenazador complejo de culpa que ha sumido a Europa en un estado de parálisis, de crisis de identidad, de falta de confianza en el futuro. Esta atonía espiritual se manifiesta, paradójicamente, acompañada de una mayor prosperidad material, de un disfrute ensimismado y onanista de las ventajas que esos valores y formas de vida nos proporcionan: pero ya se sabe que los pueblos que exprimen y saborean con fruición las ventajas de sus formas de vida, sin preocuparse de defenderlas, están condenados primero a la decrepitud y después a la mera extinción. Europa ha encontrado en su progreso material el pasatiempo que le permite descuidar su decadencia espiritual. Los terroristas islámicos, más atentos en el diagnóstico de la enfermedad que nos corroe, redoblan sus ataques porque saben que Europa se ha debilitado, porque saben que en su relativismo se esconde la semilla de la rendición.

¿Qué determinación puede oponer una sociedad que ha dejado de creer en su identidad espiritual frente a una fuerza hostil que pretende imponer sus formas de vida? Los pronunciamientos de los políticos en esta hora luctuosa insisten patéticamente en invocar un cadáver que el pensamiento dominante no quiere resucitar. Si en verdad Europa aspira a defender sus principios y valores, deberá empezar por recuperar la fortaleza espiritual que impulsó su nacimiento. Hoy esos principios y valores son letra muerta, despojos zarandeados por el oleaje manso del relativismo; vivificarlos exige un previo esfuerzo de fe para el que dudo mucho que los europeos estemos preparados.

Alfonso Aguiló, “La libertad interior”, Hacer Familia nº 136, 1.VI.2005

«Cuando la conocí tenía 16 años. Fuimos presentados en una fiesta, por uno que decía ser mi amigo. Fue amor a primera vista. Ella me enloquecía.

»Nuestro amor llegó a un punto en que ya no conseguía vivir sin ella. Pero era un amor prohibido. Mis padres no la aceptaron. Fui expulsado del colegio y empezamos a encontrarnos a escondidas. Pero ahí no aguanté más, me volví loco. Yo la quería, pero no la tenía. Yo no podía permitir que me apartaran de ella. Yo la amaba: destrocé el coche, rompí todo dentro de casa y casi maté a mi hermana. Estaba loco, la necesitaba.

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