Alfonso Aguiló, “La terapia del perdón”, Hacer Familia nº 247, 1.IX.2014

Cuenta Roland Joffé el impacto que le produjo una entrevista en la CNN en la que una mujer hutu de Ruanda estaba tomando el té con un hombre al que ella misma presentaba como miembro de una tribu tutsi que había asesinado a su familia. El entrevistador, muy sorprendido, le decía: “¿Y por qué toma el té con él…? ¿Le ha perdonado?”. “Sí –respondía ella–, le he perdonado”. Y explicaba a continuación que aquel hombre iba todas las semanas a tomar el té con ella. “Lo hace para vivir en mi perdón”, añadía.

Ese era el modo –continuaba Joffé– que ella tenía de tratar con su dolor. Y ese era el modo que aquel otro hombre tenía de tratar con el suyo. Del sufrimiento humano de ambos, salía algo nuevo y mucho más grande. En aquel acto heroico de la voluntad había un propósito. Aquella mujer estaba dignificando su propia vida al perdonar a aquel hombre hutu. Era una mujer campesina de una sencillez conmovedora, pero sobre todo de un enorme poder moral, que se estaba sobreponiendo a la llamada del odio para imponerse a sí misma la terapia del perdón.

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Alfonso Aguiló, “Desmarcarse”, Hacer Familia nº 245-246, 1.VII.2014

Cuando en 1961 se celebró en Jerusalén el juicio contra el líder nazi Adolf Eichmann, la revista The New Yorker escogió como enviada especial a Hannah Arendt, una filósofa judía de origen alemán exiliada en Estados Unidos. Arendt parecía un perfil muy adecuado para escribir un reportaje sobre el juicio al miembro de las SS responsable de la “solución final” del Holocausto. Sin embargo, los artículos que la filósofa redactó acerca de aquel proceso despertaron una gran polémica. Y cuando luego publicó esos reportajes en forma de libro con el título “Eichmann en Jerusalén”, se desató una fuerte campaña contra ella, organizada por varias asociaciones judías norteamericanas e israelíes.

Tanto el fiscal en Jerusalén como la opinión pública del país buscaban retratar a Eichmann como a un monstruo al servicio de un régimen criminal. Sin embargo, Arendt no lo veía así, como un demonio, sino más bien como un eficiente y ambicioso burócrata que había hecho suya la ideología nazi, y, orgulloso, la había puesto en práctica hasta el final. Arendt veía en él una terrible muestra de la banalidad que tantas veces reviste el ejercicio del mal.

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Alfonso Aguiló, “Paciencia para educar”, Hacer Familia nº 244, 1.VI.2014

Hay algo muy curioso que, según parece, sucede con algunas especies de bambú como el Guadua Agustifolia o el Dendrocalamus Giganteus, plantas originarias de China y Japón. Sus hojas son de color verde claro, bastante alargadas. Con el tallo de bambú se construyen muebles, objetos de artesanía, cañerías, viviendas, e incluso puentes. Es un material muy ligero y resiste tensiones muy altas. Pero quizá lo más curioso de esta especie vegetal es que… se siembra la semilla, se abona, se riega, se cuida… y durante los primeros meses no sucede nada apreciable, y durante los primeros años su crecimiento es tremendamente lento. Un cultivador inexperto pensaría que las semillas no son buenas, o que hay cualquier otro problema. Sin embargo, pasados unos años, en un período de solo seis u ocho semanas, la planta de bambú puede crecer bastantes metros. ¿Tarda entonces solo unas semanas en crecer? No exactamente, en realidad se ha tomado también los años anteriores, de aparente inactividad, para poder llegar al desarrollo que iba a tener después.

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Alfonso Aguiló, “Defender la razón”, Hacer Familia nº 243, 1.V.2014

Entre 1910 y 1935 Gilbert Keith Chesterton escribió cerca de cincuenta relatos sobre el legendario Padre Brown, un sacerdote de apariencia ingenua pero cuya agudeza psicológica lo convertía en un formidable detective. El Padre Brown era un hombre de baja estatura que se movía con soltura y energía por las calles de Londres, siempre con un enorme paraguas, y conseguía resolver los crímenes más enigmáticos gracias a su certero conocimiento de la naturaleza y la psicología humanas.

Su primera aparición fue con motivo de la famosa historia de “La cruz azul”, sobre el robo de una cruz de zafiros azules. Un conocido estafador francés de guante blanco llamado Flambeau se disfrazó de clérigo para intentar engañar al Padre Brown y hacerse con la famosa cruz. El Padre Brown es una persona que estudia muy cuidadosamente cada uno de los crímenes, piensa exactamente cómo pudo haberse hecho algo así y con qué disposición de ánimo o estado mental pudo un hombre cometerlo. Y cuando está bastante seguro de haberse puesto exactamente en el sentimiento del autor mismo, entonces, tarda poco en averiguar de quién se trata.

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Alfonso Aguiló, “Educación y nivel económico”, Hacer Familia nº 242, 1.IV.2014

Los niños británicos de clase media-alta tienen peor rendimiento académico que alumnos asiáticos que viven en el umbral de la pobreza. Ese ha sido un destacado titular reciente en los principales diarios británicos, a raíz de un estudio internacional de la OCDE. Los hijos de los trabajadores manuales de las fábricas de numerosas áreas del Lejano Oriente tienen un rendimiento que está al menos un año por delante de los hijos de los médicos y abogados británicos.

El estudio está basado en datos del último informe PISA, y muestra que con mucha frecuencia los adolescentes con menos recursos son más eficientes que los que tienen mucho más fácil las cosas en su vida diaria. No han faltado voces autorizadas que se han apresurado a decir que los países desarrollados deberían centrarse en mejorar sus modos de enseñar en la escuela y en la familia, en vez de achacar con tanta frecuencia sus problemas a la presencia de inmigrantes extranjeros en sus aulas.

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¿Siempre de acuerdo con el Papa?

—Entiendo que los que no son católicos pueden estar o no de acuerdo con lo que diga el Papa. Pero, ¿y los católicos? ¿deben estar de acuerdo siempre y en todo?

El Romano Pontífice habla “ex cathedra” y goza por tanto de infalibilidad en razón de su oficio cuando, como supremo pastor y doctor de todos los fieles, proclama de una forma definitiva la doctrina de fe y costumbres. En esos casos, el Romano Pontífice no da una sentencia como persona privada, sino que, en calidad de maestro supremo de la Iglesia universal, en quien singularmente reside el carisma de la infalibilidad de la Iglesia misma, expone o defiende la doctrina de la fe católica.

En el n. 25 de la Constitución Lumen Gentium, del Concilio Vaticano II, se señala también que los que somos católicos debemos aceptar con respeto el magisterio auténtico del Romano Pontífice aun cuando no hable “ex cathedra”, de tal manera que aceptamos con reverencia su magisterio supremo y con sinceridad prestamos adhesión al parecer expresado por él, según su manifiesta mente y voluntad, lo cual se deduce o se concluye principalmente por la índole de los documentos, por la frecuente proposición de la misma doctrina, o por la forma de decirlo.

A la vez, es obvio que, como es natural, con frecuencia los documentos magisteriales de los Papas presentan además otro tipo de consideraciones: referencias a hechos históricos y a la cultura del momento, observaciones sobre cuestiones relativas a las ciencias, exhortaciones y sugerencias para la vida espiritual,  etc., que han de recibirse con respeto y afecto, pero que por su misma naturaleza no piden una adhesión en sentido estricto, salvo que en algún caso, por su relación con la fe o la moral, el tenor de la enseñanza lo requiera.

Es decir, se puede ser un buen católico y disentir de algunas apreciaciones o consideraciones hechas al hilo de lo que es propiamente la enseñanza magisterial, pero, si son efectivamente buenos católicos, deben expresarlo con prudencia y respeto, y evitando que esto les lleve a ignorar o a desaprovechar la gran riqueza espiritual que contienen las palabras de los Papas.

Alfonso Aguiló

Alfonso Aguiló, “Reflejos humanos”, Hacer Familia nº 241, 1.III.2014

El lunes 20 de enero de 2014 era festivo en EEUU porque se conmemoraba el nacimiento de Martin Luther King. Ese día, Tyler Doohan, aprovechando el puente, preguntó a su madre si podía pasar la noche en el remolque donde vivía su abuelo.

Su madre se lo permitió y aquel día fue a dormir a la caravana donde residía Louis Beach, el abuelo de Tyler, en Penfield, un suburbio de Rochester, en el estado de Nueva York. Con aquel hombre, de 57 años, vivían diversos parientes en situación de necesidad y él los acogía en su modesta vivienda. A veces llegaban a ser diez o más personas las que habitaban aquel tráiler, incluidos varios nietos y bisnietos suyos.

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Alfonso Aguiló, “Postureo”, Hacer Familia nº 240, 1.II.2014

Observo que la palabra “postureo” es un término acuñado recientemente y usado especialmente en el contexto de las redes sociales y las nuevas tecnologías, para expresar formas de comportamiento y de pose que suelen ser más por imagen o por las apariencias que por otras motivaciones.

Parece que este neologismo aún no tiene registro en los diccionarios, pero no por eso deja de tener una amplia presencia, sobre todo en la plaza pública virtual, para impresionar a quienes te ven, te leen o te escuchan, y llegar al mayor número posible de personas.

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Alfonso Aguiló, “El fantasma de Canterville”, Hacer Familia nº 239, 1.I.2014

“El fantasma de Canterville” es una simpática parodia de los relatos de terror escrita por Oscar Wilde en 1887.

Un embajador norteamericano llamado Hiram B. Otis se traslada con su familia a un castillo recién comprado en un hermoso lugar en la campiña inglesa a siete millas de Ascot, al sur de Londres. El dueño anterior, Lord Canterville, que no quería engañarle, le avisa de que en el castillo habita un fantasma desde hace más de trescientos años, y que en todo ese tiempo nadie ha logrado vivir en paz en aquel lugar.

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Alfonso Aguiló, “Saberse vulnerables”, Hacer Familia nº 238, 1.XII.2013

“El caudal de las noches vacías” es la última novela de Mercedes Salisachs, que ha escrito con gran dificultad, a sus 96 años y aquejada de una grave enfermedad. La autora ha explicado que quiso escribir esta obra postrera porque tenía necesidad de hablar sobre una situación que observa cada vez con más frecuencia en las relaciones entre hombre y mujer.

El protagonista, Guillermo, es un sacerdote comprometido con su labor pastoral, con dotes literarias y don de palabra, atractivo, culto, pero un poco imprudente, que un buen día se encuentra aceptando, sin un motivo muy claro, ser profesor particular del hijo de una adinerada mujer divorciada. Sin pensarlo mucho tampoco, acepta poco después la invitación de esa mujer para pasar las vacaciones con ellos y así continuar la educación del hijo, que ha experimentado un enorme progreso gracias a las indudables cualidades de su nuevo profesor. Cuando quiere darse cuenta, Guillermo se ha convertido en el hombre de moda de los encuentros sociales de la clase alta de la ciudad. Poco a poco, su segura religiosidad y sus claros principios morales se van resquebrajando ante la sensualidad y el glamour de la mujer y de su entorno. En paralelo, vemos la trayectoria de su mejor amigo, un sacerdote llamado Esteban, que opta por el camino contrario y busca una vida de mayor austeridad y entrega a los demás.

No es difícil adivinar quién acaba mejor. La novela describe con habilidad ese tipo de enamoramientos que son un autoengaño disfrazado de amor, una solemne trampa. Es verdad que el enamoramiento es una fase maravillosa que puede llevar a descubrir y a afianzar el verdadero amor. Pero también puede ser un estado de elipsis donde los sentidos cobran demasiada relevancia y el raciocinio se ofusca con sensaciones que nublan la mente y eclipsan la sensatez.

Guillermo se da cuenta de los riesgos que corre, se da cuenta de que se engaña, pero se engaña a su vez pensando que es algo que puede controlar, se cree más fuerte de lo que en realidad es. Se aventura en caminos y enredos que casi siempre nacían de la vanidad, del dejarse llevar por impulsos poco rectos, de reflejos que convertían simples corazonadas en realidades infalibles. Es la historia de una infidelidad a lo que más apreciaba, la historia de cómo una persona inteligente y cultivada se va engañando poco a poco, de cómo las ideas claras son extremadamente vulnerables cuando una persona se deja envolver por la efusión del sexo, el poder, el lujo o la vanidad. La historia de la importancia de proteger nuestros puntos débiles. Porque uno puede resistir largo tiempo, pero luego, por unos cuantos descuidos, caer en el abismo.

Cada persona debe construir una defensa en torno a sus puntos más vulnerables. Debe aprender de los tropiezos de otros, aprender a verse capaz de cometer los mismos errores que nos sorprenden tanto en los demás y en los que quizá a nosotros nos parece imposible caer. Saber que los halagos de cualquier vicio pueden ensombrecer nuestra razón igual que ha sucedido con otros. Detectar el fatalismo que rodea a esos engaños, que tantas veces son objetivamente absurdos o inviables pero que están avalados por la sinrazón que se ha apoderado de la persona.

Se puede tener una excelente formación y una excelente tranquilidad y seguridad pero, si no se sabe controlar el corazón, cualquiera puede verse arrebatado por la locura de unos cuantos descuidos, que parecían perfectamente controlados, pero que acaban llevando a decisiones desastrosas. Cuántos desencantos producidos tras la explosión impactante de un cuerpo perfecto, o de una mirada abrasante, que tienen un “después” frustrante: porque en la pasión humana, la rutina siempre acecha, y fácilmente acaba por desentronizar lo que la mirada logró en su día entronizar.

Reconocer la propia debilidad, saberse frágiles, alejar la altivez de esa prepotencia que nos hace exponernos a situaciones que quizá podemos superar habitualmente pero que no dejan de ser una temeridad innecesaria. Todo eso nos ayuda también a comprender los errores de los demás, incluso los que quizá nos parecen menos razonables, y guardar distancia con lo que vemos que ha perdido a otros.

Alfonso Aguiló, índice artículos “El carácter”