Alfonso Aguiló, “Hombres perdidos”, Hacer Familia nº 273, 1.XI.2016

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En el cementerio parisino de Thiais hay una tumba con una frase que revela al paseante curioso la identidad de su inquilino: “Escritor austriaco muerto en París”. Es una lápida sobria, fría, granítica. Allí descansa Joseph Roth, uno de los mejores escritores que dio el siglo XX, que vivió solo 44 años.

Joseph Roth había nacido en 1894 en Brody, una población de Galitzia, entonces en el Imperio Austrohúngaro. De familia judía, su padre los abandonó antes de nacer. Su infancia y adolescencia fueron difíciles. Acabó sus estudios de literatura y filosofía en Viena. Sirvió en el ejército austríaco durante la Primera Guerra Mundial. Después trabajó como periodista en diversas capitales europeas. Pronto empezó a publicar unas novelas que le proporcionaron una merecida fama como escritor, aunque la enfermedad, el alcohol y las penurias económicas nunca le abandonarían hasta su prematuro fallecimiento.

En 1939 publicó “La leyenda del Santo Bebedor”, muy poco antes de su muerte. Por la lucidez con que describe la perdición a la que nos arrastra irreparablemente la ebriedad, tiene una sobrecogedora carga de sinceridad. El protagonista se llama Andreas Kartak, un borracho sin oficio ni beneficio que acampa bajo los puentes del Sena. Es allí, en las escalinatas de piedra de uno de esos puentes, donde un caballero bien trajeado sale de las tinieblas y le ofrece doscientos francos, sin más, a cambio de nada, para que pueda cambiar y llevar una vida digna. Andreas es un hombre de honor, y aunque necesita el dinero, está dispuesto a restituirlo en cuanto pueda. El caballero no quiere que se lo devuelva a él, pero dada su reciente conversión, le pide que lo entregue al párroco de Sainte Marie des Batignolles. Allí, cuando acabe una misa, podrá dárselo al sacerdote. En pocos segundos, el caballero, igual que aparece, se vuelve a esfumar en las tinieblas de la noche.

Para Andreas, este suceso es como un milagro que irá dando sus frutos poco a poco, conforme pasen los días. Pero acaba derrochando el dinero en cafeterías y tugurios. Además, se suceden inesperados rencuentros con antiguas amantes y viejos conocidos que le sacan hasta el último franco. Junto a eso, se repiten golpes de suerte por los que recupera una y otra vez el dinero, manteniendo hasta el final la esperanza de poder devolverlo y redimirse.

No parece haber una moraleja directa en nada de lo que sucede. Sin embargo, hay en esta historia una lucidez extraña. Es como el testamento narrativo de Roth. Kartak, al igual que el escritor que le ha dado vida, malvive en París con la única compañía de una botella de alcohol. El relato es la crónica de una derrota tras otra, de la caída en la ignominia del ser humano, de las garras inescrutables de la adicción. Al igual que su creador, Karstak se ve arrastrado por las circunstancias, y el único recodo de su alma que queda en pie es su honradez.

Es un retrato conmovedor de los bajos fondos del alma humana. Andreas era un borracho irremediable que, en su indigencia, era un hombre de honor. Un borracho generoso y honrado que en su inocencia parece contener dentro toda la ternura, toda la inocencia del mundo. Una historia que quizá nos ayuda a comprender la tragedia humana que encierra cualquier adicción, los arranques de bondad que hay dentro de los hombres que todos consideran unos hombres perdidos. Un grito que quiere mostrar los deseos frustrados de quien se precipita en el error. Una llamada a comprender lo difícil que es juzgar al otro, quien quiera que sea y le pase lo que le pase.

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