Alfonso Aguiló, “La timidez”, Hacer Familia nº 9, XI.1994

«En ocasiones –decía Marcos, con aire un tanto fúnebre– me siento diferente y como aislado de los demás.

»A veces –continuó– siento como necesidad de abandonar el grupo en el que estoy, porque me siento incómodo. Trato de ser sociable, pero se me hace insufrible, no sé por qué. Creo que no sé disfrutar de la vida.

»No sé como lo hago, pero enseguida pierdo las amistades y sufro pensando en ello. Lo pienso una y otra vez, le doy vueltas y más vueltas, trato de vencer mi timidez, pero no me sale, meto la pata, siento una vergüenza terrible y pierdo las oportunidades, me quedo paralizado.

»Pienso que no voy a saber comportarme, noto que me preocupa demasiado lo que piensen de mí. Creo que de tanto pensar en eso, luego me falta naturalidad. Tengo la sensación de que todo el mundo me estará mirando y que se ríen interiormente de mí; y supongo que no debe ser así, pero lo pienso. Intento pasar desapercibido, pero soy tan tímido que precisamente por eso al final acaban fijándose en mí.

»Veo que otros se desenvuelven con gran soltura, caen bien a todo el mundo, dicen cualquier tontería y a todos les hace gracia, y les tengo envidia. Las cosas que se me ocurren a mí no tienen gracia.

»Siento una infinita tristeza ¿Cuál es la causa de que yo sea así? ¿Por dónde empezar? Yo –concluía– no quiero ser así.» Recuerdo, de hace años, esta conversación con Marcos, un buen estudiante de dieciséis años, alto y bien plantado. Como sucede con casi todos los que son tímidos, en cuanto hablan con confianza demuestran ser personas reflexivas y capaces de definir bastante bien su situación. Y entonces, curiosamente, hablan con gran soltura y sencillez. Y sorprende también descubrir que muchos se consideran tímidos y en absoluto lo parecen externamente.

La timidez puede tener su raíz en un excesivo proteccionismo en la infancia, en algún defecto o limitación –habitualmente con poca trascendencia objetiva– mal asumida, o en una educación que no ha logrado contrarrestar suficientemente el amor propio… y a veces responde directamente a la timidez de los propios padres.

Vencer la timidez no es cosa de un día. Es una batalla difícil en la que no hay que perder la esperanza y en la que también hay que saber perder con deportividad, perdonarse a uno mismo, darse la mano y tirar otra vez hacia delante. Para empezar, hay que renunciar seriamente a encerrarse en los recuerdos o imaginaciones de las horas felices, porque los tímidos casi siempre mezclan sus miedos con la satisfacción casi continua de ese deseo de replegarse al calor de la propia soledad.

Si eres tímido, no te encierres en ese sueño de tu propia imaginación. Aparta esos pensamientos como a un moscón, rechazándolos como se rechaza un pensamiento absurdo. Cumple todas tus obligaciones, busca más si es preciso. Ocupa tu tiempo. No te fabriques un mundo irreal en el que te complaces. No te refugies en la soledad, aunque digas que en ella encuentras grandes satisfacciones; no busques en tus sueños la coartada para no luchar en la realidad, que un hombre soñador rara vez es un hombre luchador.