Julio de la Vega-Hazas, “El complejo mundo de las sectas”

 

1)¿QUÉ SON? Aunque parezca mentira, hay que empezar diciendo, en un trabajo dedicado a las sectas, que no existe ninguna definición completamente satisfactoria de “secta”. Las acepciones que proporciona el Diccionario de la Real Academia de la Lengua (como la primera: “conjunto de seguidores de una parcialidad religiosa o ideológica”) pueden servir para cualquier religión, e incluso, en otros casos, se pueden aplicar a grupos con un ideario común como partidos políticos o incluso asociaciones constituidas para defender una idea. De hecho, al tratar de este tema se suelen eludir las definiciones precisas, y se suelen sustituir por descripciones a partir de unas propiedades: “secta es un grupo religioso en el que se cumplen las siguientes características: …”. En realidad, es un concepto bastante ambiguo, del que se tienen los elementos, pero cuando se intenta definir resulta que siempre encontramos alguno de los elementos que queda fuera de la definición, e incluso que pueden entrar otros grupos no considerados como secta. O sea, que no están todos los que son, y puede que no sean algunos de los que están. Continuar leyendo “Julio de la Vega-Hazas, “El complejo mundo de las sectas””

Julio de la Vega-Hazas, “La milonga sentimental”, II.05

La fuerte carga sentimental resulta así una mina de oro para cadenas de televisión, que pueden cuadrar sus cuentas y sacar beneficios con programas de bajo coste y buena audiencia. Al igual que los espectadores, las cadenas también son conscientes de la escasa calidad de ese tipo de programas, pero, paralelamente a los espectadores, su respuesta es que enganchan y atraen bastante audiencia. Buena parte del mecanismo generador de lo que se denomina “telebasura” está aquí.

De todas formas, nos engañaríamos si pensáramos que se trata de una novedad. Hace medio siglo triunfaban los seriales radiofónicos, y la escritora que más papel vendía en España era la principal productora de fotonovelas, Corín Tellado. Y, en cuanto al impacto que generaban, baste recordar anécdotas como lo sucedido un día en que el autor del más famoso serial -entonces todavía no se llamaban “culebrones”, Simplemente María, fue agredido en unos grandes almacenes por una señora al grito de “¡Sinvergüenza! ¡No hay derecho a lo que hace con la pobre María!”.

Lo que sí es más novedoso es la utilización de este tipo de recursos sentimentales para promocionar inmoralidades. Podemos poner dos ejemplos, sobre dos asuntos de gran actualidad, en los cuales se utiliza una propaganda de calado sentimental.

El primero es la investigación con células madre embrionarias. Pocas cosas tienen más calado en el público que la aparición de una joven madre de un niño pequeño enfermo por una tara hereditaria, descompuesta y llorosa, diciendo con voz cortada: “Haría lo que fuera para salvar a mi hijo… ¡Ay, por favor, por favor! ¡Lo que haga falta…!”. Poco importa aquí que, en cualquier caso, aunque sirvieran para algo esas investigaciones, los resultados no llegarán a tiempo para curar al niño. El espectador entiende que, si no sirve para este caso, servirá en un futuro para convertir en madres felices a otras igual de llorosas y descompuestas, transformando las lágrimas desgarradoras en otras de alegría desbordante.

El segundo es el “matrimonio” de homosexuales. ¿Quién no desea para sí, y para los demás si no es un insensible sin entrañas, un amor estable y feliz, que dé lugar a una vida satisfecha? Pues, en consonancia, se ofrece la imagen de parejas cuyo rostro refleja ilusión en un futuro que se les abre, en el cual podrán al fin desarrollar una vida afectiva con normalidad de modo semejante a todo matrimonio de hombre y mujer; porque, claro está, se trata de parejas del mismo sexo. Extraño, ciertamente, pero, tal como se plantea, quien les niegue esa posibilidad se sentirá… un insensible sin entrañas, que niega la felicidad a esos pobres, que tienen derecho a ella como cualquier otro.

Se puede replicar a una propaganda de este tipo que lo digno del ser humano es gobernarse por la razón, y no por los sentimientos. Si son éstos en última instancia los que deciden la conducta, estamos ante una claudicación de la razón, debida a la falta de convicciones, a la falta de formación, o a una educación deficiente. Una cabeza con convicciones firmes, bien amueblada y segura, es lo que de verdad puede proporcionar la necesaria serenidad en el juicio y la igualmente necesaria estabilidad en la vida, frente a unos sentimientos que son volubles, y que convierten, a quien se rige por ellos, en un ser que da bandazos de un lado a otro, tanto en el juicio como en su trayecto por la vida. Es, qué duda cabe, una respuesta cierta, pero hay que añadir que, en cierto sentido, es también una respuesta incompleta. Para completarla, hay que colocar todas las piezas en su sitio.

Comencemos por esta propaganda de moda. A la pobre madre llorosa se le podría contestar que el legítimo deseo de salvar la vida a su hijo no puede justificar que se sacrifique la vida de otros para conseguirlo. La exigencia moral es nítida: siempre es inmoral matar al ser humano inocente, como ocurre con los embriones utilizados para la investigación en células madre. Pero si ésta es la única respuesta se cae en una trampa, prevista por quien lanza el mensaje: la contraposición entre unos sentimientos sensibles y humanitarios, y una moral rígida e inhumana, que atiende al precepto abstracto sin preocuparse del verdadero bien de la persona.

De este modo, se oculta, tal como estaba programado, la realidad de la cuestión. ¿Cuál es? Pues que, si bien se han conseguido algunos avances y unas líneas de investigación prometedoras con células madre, se trata siempre de células madre adultas. Con las embrionarias, lo único que se ha conseguido son tumores. Y cualquier investigador serio, además de reconocer esto, sabe que en todo caso es más problemático el empleo de células embrionarias que adultas. Entonces, ¿por qué se insiste en lo que no resulta? Porque lo que se pretende con toda esa propaganda es dar salida a todos los embriones sobrantes de las fecundaciones in vitro, y que se subvencione esa investigación. Un negocio inconfesable, que se debe revestir de un disfraz falseado y sentimental para que sea aceptado. Y resulta así que esa madre llorosa que aparece ante las cámaras no es una mujer que simplemente desestima la exigencia moral por sentimentalismo u ofuscación. Es fundamentalmente una mujer radicalmente engañada, salvo en los casos en que se trate de una buena actriz.

¿Se puede decir algo semejante del “matrimonio” homosexual? Sí, se puede, y se sigue pudiendo aun dejando de lado la cuestión sobre la pretendida condición de constitutiva e irreversible de la homosexualidad. Esa unión serenamente estable, en realidad, sólo existe en la imaginación de sus promotores. Por poner un ejemplo ilustrativo, en 1984 se publicó un estudio sobre el tema, que estudiaba la trayectoria de 156 parejas de homosexuales que vivían juntas con pretensión de estabilidad, de las que dos tercios comenzaron la vida en común con pretensión de tener una relación fiel. El resultado del análisis daba como resultado que, a los cinco años de convivencia, el porcentaje de fidelidad se elevaba a… cero.

No existía sospecha de animadversión, por cuanto los autores del estudio eran ellos mismos una pareja homosexual (que, a la vista de los resultados, dieron un vuelco a las conclusiones, señalando que la monogamia era en el fondo una ilegítima pretensión de apropiarse del otro).

No es sólo una inmoralidad la que se pretende vender aquí; es, antes que nada, una mentira. Esconde una realidad muy alejada de un matrimonio -por no hablar de familia, un mundo neurótico y ansioso lleno de promiscuidad y sordidez. El que quizás una parte de los protagonistas puedan engañarse pretendiendo sinceramente lo que no es más que una ilusión, no resta nada al hecho de que lo defendido es una negación de la verdad.

Se podría decir más. El hecho de que nos estén vendiendo una “milonga” (término que parece que está sustituyendo últimamente al de “cuento chino”) sentimental, y que el mercado del entretenimiento esté saturado de sentimentaladas de baja calidad y con frecuencia también de baja moralidad, no debe llevar a una postura de confrontar razón y sentimientos, para despreciar éstos considerándolos poco menos que unos sucedáneos para personas carentes de formación o de voluntad. Sería mucho más certero pensar que todo ese mercado es el sucedáneo. ¿De qué? Pues de los sentimientos humanos más auténticos.

Los sentimientos, como por otra parte sucede con la razón misma, se pueden despertar con estímulos exteriores. Cuando se buscan en sitios como el mercado televisivo, dejándose “enganchar” a sabiendas incluso de que presentan situaciones artificiosas y son productos de baja calidad, el motivo, en última instancia, no se debe buscar en un superávit sentimental, sino más bien en un déficit. Y, en efecto, la herencia racionalista nos ha dejado un mundo muy funcional que ahoga, aunque sea sin quererlo, la vida sentimental. Un mundo frío, competitivo muchas veces, que deja poco tiempo para la vida familiar, con un mundo profesional que descarta cualquier expresión que suene a sentimental por considerarla un obstáculo.

Es significativo, a este respecto, la paulatina sustitución de los antiguos “ultramarinos” por las grandes superficies, en los que la pretensión de eficacia ha marginado la relación humana. Y algo análogo podría apreciarse en tantos otros establecimientos. A todo esto hay que añadir los desarreglos familiares, que arrojan un balance de un número creciente de personas solas, con posibilidades muy reducidas de manifestar su afectividad. E, incluso en las familias unidas, se puede apreciar un alto índice de falta de expresiones de una afectividad, por motivos diversos pero en último extremo derivados del estilo de vida que impone la sociedad actual: cansancio después de un horario laboral exagerado, modelos humanos de una fría eficacia que desprecia el sentimiento, etc.

Dos frases del Catecismo de la Iglesia Católica invitan a reflexionar sobre el tema. La primera dice que “las pasiones (en el punto anterior identifica sentimientos y pasiones) son componentes naturales del psiquismo humano, constituyen el lugar de paso y aseguran el vínculo entre la vida sensible y la vida del espíritu” (n. 1764). La segunda es consecuencia de la anterior: “La perfección moral consiste en que el hombre no sea movido al bien tan sólo por su voluntad, sino también por su apetito sensible según estas palabras del salmo: «Mi corazón y mi carne se alegran por el Dios vivo»” (n. 1770). Los sentimientos no están llamados a ser un factor desestabilizador, sino más bien lo contrario. El sentimiento más auténtico está llamado a reforzar la inteligencia y la voluntad en armonía, dando así lugar a una persona íntegra. El vínculo aludido indica que unos sentimientos bien encauzados y educados manifiestan el amor verdadero, a la vez que lo facilitan. Esos sentimientos rematan la configuración de un buen carácter, de modo que sin ellos la persona tiene carencias importantes que repercuten negativamente en sí mismo y en los demás.

De ahí que la postura adecuada no es rechazar lo sentimental o verlo por sistema con desconfianza. Eso se debe hacer con el sucedáneo, no con lo auténtico. Estamos necesitados de un redescubrimiento de la afectividad en el interior de las familias, de los lugares de trabajo, de cualquier equipo humano que valga la pena reunir y, por supuesto, en los modelos humanos que tenemos como ideal. En la medida en que se consiga, perderán su atractivo los engaños con envoltorio sentimental y los productos baratos que hacen su negocio de las carencias afectivas. Si no se consigue, veremos una vez más a gente que busca en la fantasía lo que no encuentra en la realidad, alimentando la nostalgia con todos esos subproductos que abundan en el mercado: la milonga sentimental.

Julio de la Vega-Hazas, “Violencia real, violencia virtual”, Arvo, 1.IV.03

Desde hace unos años, la opinión pública está recibiendo cada vez con más frecuencia un mensaje de alarma sobre la violencia visual que están recibiendo los niños y jóvenes. Se ha referido particularmente a la televisión, frente a la cual pasan los más jóvenes un buen número de horas. Allí, un número creciente de programas mostraban muertes violentas de algún género, y en países como Estados Unidos, con un fuerte incremento de violencia juvenil, se empezó a estudiar la posible conexión entre los dos fenómenos. Los estudios tendían a concluir que la relación existía. Como afirma un manifiesto fechado en 2000 y firmado entre otros por el Director Ejecutivo Adjunto de la Asociación Americana de Psicología (una especie de colegio profesional, aunque con más atribuciones), “a estas alturas, más de mil estudios, incluyendo informes de la oficina del Ministerio de Salud y el Instituto Nacional de Salud Mental, y numerosos trabajos realizados por relevantes figuras de las organizaciones de salud médica y pública -nuestros propios miembros-, apuntan de manera decisiva hacia una conexión causal entre la violencia de los medios y el comportamiento agresivo en algunos niños”. En los últimos años, a la televisión y el cine hay que añadir los videojuegos. Éstos, cuando incluyen acciones violentas, se consideran aún peores: hay mayor densidad de muertes, y, sobre todo, aquí el niño o el joven se convierten en los ejecutores: ya no son meros espectadores, sino protagonistas. Estos mensajes crean una lógica inquietud en las familias, donde un creciente número de padres se preguntan si dejando que el chico juegue a videojuegos “de acción” no estarán contribuyendo a que su hijo se convierta en un ser violento, agresivo y asocial.

Los estudios sociales son más difíciles de lo que puede parecer a primera vista. La complejidad de nuestra sociedad y del ser humano mismo hacen que se pongan en juego muchos factores, de forma que aislar uno solo no es nada fácil. La coincidencia no puede transformarse en relación causal sin más. Los profesionales, cuando son honrados y no están dominados por alguna ideología, lo saben, y matizan mucho sus estudios. Un manifiesto extraído de sus estudios, como el citado arriba, ya tiene un componente de opinión sobre la conclusión científica, aunque conserva algunas reservas -“apuntan”… sobre “algunos niños”-. La prensa no especializada ya tiende a simplificar, con una sustancial pérdida de rigor, y emite el siguiente mensaje: los niños tienden a imitar lo que ven, y si ven mucha violencia se debe concluir que se hacen violentos. ¿Es así? Dicho de otro modo: ¿la violencia fantástica o virtual produce violencia real? Y hay que contestar que responder con un sí o un no a secas resulta insatisfactorio, o, si se prefiere, falso. El planteamiento, de puro simple, se ha convertido en equívoco.

Hagamos memoria. Volvamos atrás, a los años inmediatamente anteriores a la entrada en escena de la televisión. Encontramos a un niño que, pongamos, a los cinco años se divierte en el guiñol del parque; el argumento era repetitivo, y el final siempre el mismo: el bueno se despachaba a estacazos con la bruja de turno, mientras el coro infantil gritaba con todas sus fuerzas “¡¡¡bieeennnn!!!”. El mismo niño, a los diez años, pedía para Reyes un disfraz de guerrero -romano, vikingo, indio, etc.-, armamento incluido. A los doce, devoraba comics del Capitán Trueno, el Jabato o Hazañas Bélicas, con protagonistas nobles pero desde luego nada pacíficos; si le gustaba leer, es probable que entre sus favoritos figurara Salgari, en cuyas novelas rara vez se llegaba a la quinta página sin que hubiera ya algún cadáver con una muerte nada natural. Si iba al cine, la mayor parte de las películas que veía también abundaban en puñetazos, tiros -o flechas y espadas, según el caso- y muertos. Su imaginación también se llenaba de escenas con buenas dosis de violencia. ¿Ha creado todo esto una civilización especialmente violenta? No parece, al menos en lo que a España se refiere. En cualquier caso, es una constante universal. La misma literatura épica, que llenaba la imaginación de los jóvenes, ha sido bélica, desde la Iliada y la Odisea hasta los libros de caballerías. Y los cuentos de los hermanos Grimm solían tener asimismo un final nada pacífico.

Ahora bien, se trataba en todos estos casos de una violencia que se ajustaba a unos patrones: no era gratuita, respondía a algún tipo de necesidad -o sea, no se buscaba por sí misma- y, sobre todo, estaba asociada a la justicia. Lo primero significa que lo que esencialmente se ofrecía no era la violencia, sino la hazaña, la gesta heroica, siendo la violencia un medio que, a la vista de la situación, resultaba necesario, y servía para realzar el mérito de los protagonistas. Lo segundo rompe un cierto tópico contemporáneo, que ve a la violencia como un mal intrínseco -por tanto, mala sin excepción-, al poner de relieve que la restauración de un orden social violentamente roto exige emplear la violencia. Una violencia que debe ser proporcionada y no ir más allá de lo estrictamente requerido para ello, pero violencia al fin y al cabo. Pensar lo contrario entra en el terreno de lo utópico, de una visión roussoniana que desconoce la realidad humana, pecado original incluido. Es cierto que en buena parte de las historias que se ofrecían se iba más allá de esa justicia y se entraba en el terreno de la venganza -aquí se notaba bastante si la historia procedía de ambientes católicos o tenía otros orígenes-, sin espacio para el perdón; aunque también es cierto que en bastantes ocasiones, por el deber de proteger a terceros o a la sociedad en su conjunto, el perdón sólo puede otorgarse después de la victoria, lo que también quedaba reflejado en unos cuantos relatos. Para los niños, además, había alguna ventaja en todo este entorno, ya que estimulaba una cierta dosis de agresividad que temperamentalmente es necesaria para vencer las dificultades; o, dicho en términos más convencionales, de alguna manera enseñaba que la vida requiere luchar. Ciertamente, no a bofetadas, salvo casos muy extraordinarios, lo que significa que esa agresividad necesitaba ser educada, pero había quien se encargaba de ello, y los resultados eran casi siempre satisfactorios. En España concretamente, la violencia no llegó a las calles -incluso los delitos solían ser de “guante blanco”- por la profusión de escenas o relatos violentos. Llegó sobre todo por la droga.

En los años 70 empezó a cambiar la situación. Entraron en escena historias que difuminaban la clara distinción entre buenos y malos. En ellas, el malo seguía siendo malo, pero el “bueno” a veces era igual de malo, o casi, o de una rara bondad mezclada con cinismo, o por lo menos de un talante desalmado. Por otra parte, comenzó a verse en más de una película una recreación en la violencia misma -escenas particularmente crueles, muertes a cámara lenta, etc.-, que pasó así a convertirse en espectáculo ella misma. Junto con historias a la vieja usanza, entró, en otras, no ya la violencia, sino el sadismo. Y no es lo mismo. El mensaje es distinto, y así lo percibía el público, el infantil incluido. Aquí hay que deshacer un segundo tópico. Pensar que el hecho de ver violencia provoca una especie de mímesis en el niño, que tiende a imitar lo que ve, parece una afirmación muy razonable, pero en realidad tiene bastante de conductista, que no diferencia el aprendizaje humano del animal. El niño lo que percibe no son unos hechos físicos, sino unas conductas con significado, y entiende claramente la diferencia entre el vengador justiciero y el sádico, aunque en una escena determinada lo que hagan los dos sea lo mismo.

Lo verdaderamente decisivo es por tanto lo moral, no tanto lo material. No es tanto “ver muertos”, sino qué sentido tienen esas muertes. Se tratará de dilucidar primariamente si lo que se ofrece es una épica con buen fin y buenos personajes que tienen que acabar con el mal para conseguir un noble propósito, o si son el reflejo de un desprecio por el ser humano. Las mismas escenas muestran si el producto ofrecido es la aventura o el morbo que se estimula al recrearse en lo desagradable y lo violento. Si se trata de lo primero, la incidencia en la posible violencia de la vida real es verdaderamente escasa; si es lo segundo, la cosa empieza a ser más preocupante, pues sí produce efectos negativos; al menos, de una imaginación malsana, y en algunos casos de comportamientos antisociales y violentos. De ahí que en estas distinciones deben buscar los padres y educadores el criterio a la hora de elegir lo que los hijos puedan ver sin que sea contraproducente para ellos.

Lo mismo vale para los videojuegos. Es evidente que hay una gran diferencia entre un juego consistente en conquistar un espacio eliminando a todos los monstruos galácticos que salen al paso con actitud muy poco amistosa; y otro en el que el jugador se convierte en un conductor que se dedica a atropellar a todo el que puede, obteniendo desde un punto por anciana arrollada -la presa más fácil- hasta cien por un motorista de la policía, todo ello en medio de un baño de sangre (los ejemplos son reales). El primero puede ser una soberana pérdida de tiempo, y conllevar el peligro generalizado de los videojuegos que es la adicción a los mismos, pero en cuanto a generar conductas violentas resulta bastante intrascendente. El segundo, en cambio, no lo es. En cualquier caso, si no llega a producir una agresividad física, por lo menos invita a adoptar una actitud despectiva hacia el prójimo y potencia uno de los más bajos instintos del ser humano: la crueldad hacia el débil.

¿Cuál es por tanto la actitud correcta ante todo este mundo virtual violento? En primer lugar, hay que intentar suprimir lo inmoral: protagonistas sádicos, crueldad gratuita, cinismo violento, complacencia en el sufrimiento, modelos de conducta que hacen el mal. Y en segundo lugar, se trata de poner los medios para evitar lo que le sucedió al Quijote: dejarse absorber por un mundo fantástico de acción -en su caso, movido por las llamadas “libros de caballería”-, que desvincule al joven del mundo real, para lo cual hay que medir cuidadosamente lo que dedica a actividades que puedan desembocar en esa situación.

Ahora bien, al mismo tiempo hay que poner cada cosa en su sitio. Una cosa es evitar lo que pueda resultar perjudicial, y otra muy distinta es echarle la culpa a todo ese mundo virtual o fantástico de lo que sucede en el mundo real. Incidir en ello como factor primordial de la violencia juvenil es una ingenuidad, o un bote de humo que lanzan quienes no quieren enfrentarse a las causas reales de ese mal. ¿Cuáles son? Señalamos a continuación unas cuantas, al lado de las cuales los videojuegos o películas no pasan de ser un factor muy secundario (se debe tener en cuenta que suelen ser factores ambivalentes: en unos casos disparan la agresividad, en otros la anulan casi por completo, lo cual también es un daño a la personalidad): Sufrir la violencia. No hace falta vivir en un país en guerra: basta con un padre desquiciado o un colegio sin disciplina.

La droga. Es más que evidente que allí donde entra la droga se dispara la violencia.

La proliferación del alcohol y el mercado del sexo. Cuando se vive dejándose arrastrar por lo que apasiona o apetece, la voluntad se debilita y no sujeta a las pasiones. Una de éstas es la ira. Además, en particular, el sexo convertido en mercancía hace ver al prójimo sólo como objeto y dispara el afán de dominarlo, con lo que están servidas unas condiciones para que se prodiguen comportamientos violentos, que pueden llegar a lo patológico.

Las rupturas familiares. Ya de por sí generan con frecuencia actitudes violentas como reacción a la desprotección que suponen para los hijos. A lo que hay que añadir que, a falta de un ambiente acogedor en casa, el chico puede buscar refugio en pandillas callejeras donde imperan comportamientos violentos.

La construcción de la sociedad sobre la competitividad sin el contrapeso de la solidaridad. La competitividad es necesaria, porque estimula. Pero tan necesaria como ella es la integración que proporciona aceptación, confianza y seguridad. Si ésta falla, por una parte la agresividad se convierte en norma para salir adelante. Por otra parte, ese género de vida provoca no pocos resentimientos, cuya válvula de escape suele encontrarse en la violencia.

Julio de la Vega-Hazas, “Información y Educación”, Arvo, XII.03

El asunto ya se planteó hace muchos siglos. En la antigua Grecia, Platón fue el primer filósofo que elaboró una teoría ética, con una idea central: la verdadera sabiduría, cuando se adquiere, propicia el buen obrar. Según esta manera de ver las cosas, la mala conducta se debía en último extremo a que la razón se engañaba al perseguir bienes aparentes, de forma que el conocimiento de los verdaderos bienes enderezaría cualquier mal obrar. La filosofía -literalmente, el amor a la sabiduría- se convertía en el garante de la moral. La educación moral se reducía a la enseñanza del bien.

Pronto fue contestado. Lo hizo su propio discípulo, Aristóteles, esgrimiendo un arma fácil de encontrar: la evidencia. Aristóteles constataba que sin duda la ignorancia es un obstáculo de primer orden para el buen obrar, pero a la vez se podían observar claras inmoralidades cometidas por personas conscientes de que obraban mal, y personas con una óptima formación, también en lo concerniente a la moral. De ahí que no bastara con la razón, y había que recurrir a un segundo factor: la voluntad. El buen obrar se conseguía con esfuerzo; era necesario el hábito conseguido por el arduo camino de la repetición de actos hasta reforzar la voluntad y acostumbrar a las pasiones y sentimientos a obedecerla: la virtud moral. La conclusión es que, a diferencia de Platón, para educar moralmente no basta la enseñanza del bien: hay que formar también la voluntad, lo que resulta más arduo que lo anterior.

No puede dudarse de la sinceridad y la buena intención de Platón. Pero, a la vez, tenía razón el renacentista Rafael cuando, al pintar su célebre cuadro que representaba la sabiduría antigua, situaba en el centro a un Platón apuntando hacia arriba junto a un Aristóteles señalando hacia el suelo. Era una manera de decir que el primero vivía un poco en las nubes, mientras el segundo pisaba terreno firme. No se debe negar mérito a la obra de Platón, pero su propia vida demostró que era un tanto ingenuo. En todo, caso, su visión ética en este aspecto quedó confinada a la vitrina de las antigüedades valiosas pero inútiles durante muchos siglos. Hasta hoy.

«Educadores» o «enseñantes» En nuestra actual sociedad se puede observar una progresiva tendencia a identificar «educar» con «enseñar». Hace unos años, incluso, se intentó -por fortuna, sin éxito de momento- sustituir de la terminología legal la palabra “educador” por “enseñante”. Pero, sea cual sea el vocablo, lo cierto es que el fenómeno se va consolidando. Lo más llamativo, por el objeto tratado, es la educación sexual. Aquí, un afán de información como único contenido se puede transformar fácilmente en una exhibición pornográfica. Pero, aunque no se quiera llegar a ese extremo, para quien quiera verlo es bastante obvio que los resultados de informar sin pretender educar la voluntad en este terreno son desastrosos: con una voluntad debilitada, no es la razón sino los impulsos irracionales los que se adueñan de la persona -especialmente en esa persona todavía sin consolidar que es el adolescente-, de forma que la información, en vez de servir como elemento de juicio, acaba sirviendo sólo para alimentar el instinto.

De todas formas, e independientemente del valor que le puedan dar a la sexualidad los promotores de ese tipo de “educación”, el fenómeno está generalizado. Cuando se detecta algún tipo de realidad alarmante en la juventud, sean drogas, alcohol, o incluso el llamado “fracaso escolar”, la reacción de las autoridades no suele ser la de abordar el problema en sus raíces, sino más bien la de desencadenar una campaña informativa. Pongamos como ejemplo la droga. Indudablemente, la información ayuda. Pero se demuestra bastante ineficaz frente a ciertos ambientes y amistades: casi todos los que se “enganchan” confiesan que se vieron empujados por la conducta del grupo en que se integraban. Para evitarlo, las medidas lógicas son cuidar las amistades y los lugares que se frecuentan. En la práctica, esto significa una vida más ordenada, recortando la vida nocturna y juntándose con amistades más responsables. Esto supone un esfuerzo, porque suele contradecir las apetencias, y hace por tanto necesario un apoyo que inculque unos valores -que permitan al joven comprender que vale la pena el esfuerzo- y ayude a tener un dominio de sí mismo que necesariamente conlleva un esfuerzo sostenido. En resumen, que se hace necesaria una educación. ¿Quién puede llevarla a cabo? Se pueden movilizar al efecto varias instancias, pero una de ellas es central, de forma que sin ella raramente fructifican los trabajos de las demás: la familia. Pero resulta que la familia no está en sus mejores tiempos: acusa una creciente inestabilidad, y las condiciones de vida actuales -unidas a la carencia de una adecuada política familiar- dificultan a los padres atender convenientemente a los hijos. Así, se llega pronto a una conclusión elemental, a la que puede llegarse con sólo un poco de sentido común: que cualquier remedio tiene necesariamente que fundarse en un refuerzo de los vínculos familiares y un estímulo a las familias para una correcta educación de los hijos.

Violencia doméstica y droga Pero ésa es precisamente la solución que nunca aparece. Ni siquiera ante problemas como el de la violencia doméstica, tan directamente vinculado con la institución familiar. Bastaría que aparecieran dos encuestas para abrir los ojos: la relación entre casos de violencia y la estabilidad -o sea, el porcentaje de casos en matrimonios y en parejas de hecho-; y, en casos de matrimonio, la proporción de casos de violencia cuyo detonante es la ruptura del mismo -o sea, el anuncio del abandono del hogar por una de las partes-. Pero nadie aparece muy interesado en publicar ese tipo de estudios, que señalarían por dónde tendría que ir una solución preventiva en vez de centrarse en castigar los hechos consumados. También aquí se quiere buscar la solución en una campaña informativa, que recuerda el mal de la violencia e intenta asustar recordando el castigo que el sistema legal depara al infractor.

Con todo, a primera vista puede parecer que esas campañas informativas por sí solas deben tener efectos significativos, pues a fin de cuentas es publicidad, y la publicidad consigue sus objetivos, al menos cuando está inteligentemente planteada. Si un buen anuncio de coches consigue aumentar sus ventas, ¿por qué un buen anuncio contra la droga no puede producir una significativa reducción de su consumo? Antes que nada, hay que constatar el hecho: no lo consigue. No deja de ser significativo que el balance de la última campaña anti-tabaco con visibles anuncios en las cajetillas, dé como resultado una insignificante variación en las ventas de tabaco, mientras que ha disparado las ventas de envoltorios para cajetillas. Dar una explicación es un poco más complejo que constatar los resultados. Pero pueden señalarse dos diferencias fundamentales con la publicidad comercial habitual.

La primera es que no es lo mismo una campaña a favor de algo que una campaña en contra de algo. Adquirir algo puede tener en sí mismo un atractivo, pero dejar algo no suele tenerlo. Está bastante comprobado, por ejemplo, que una campaña electoral centrada en descalificar al adversario en vez de promocionar el propio partido, fracasa siempre -salvo que ya preexistiera una fuerte indignación popular en contra del rival-, aunque en un primer momento la impresión sea la contraria. Los publicistas profesionales saben esto, e intentan “vender” una campaña dirigida contra algo convirtiéndola en una campaña a favor de algo que pueda ser atractivo. Pero resulta que esos mensajes suelen ser un tanto indeterminados o ambiguos. Siguiendo con el ejemplo anterior -el de la droga-, “engánchate a la vida” puede ser un slogan logrado, pero cada quien lo interpreta a su modo, y bien podría figurar en la puerta de una discoteca animando a entrar. Y más cuando se acompaña de unas imágenes de unos jóvenes en una actitud que los destinatarios del mensaje asocian fácilmente a la que tienen cuando se “animan” con un par de copas y quizás una pastilla. Todo esto significa que el mensaje positivo sólo puede consistir, si de verdad se quiere que penetre, en valores morales, y esto es algo que sólo en algunos aspectos se quiere hacer.

La segunda razón está emparentada con la primera. Consiste en que, por lo general, los anuncios encauzan una cierta apetencia o deseo preexistente hacia un producto concreto. Cuando eso no es tan claro, la publicidad intenta soslayar la parte ardua; así, por ejemplo, se anuncian cursos de idiomas en los que se aprende “sin esfuerzo” o “sin estudiar”, lo cual, así expresado, es un timo. Pero esto no sucede con un anuncio que invita a un no hacer, en donde la apetencia más bien conduce a lo opuesto de lo anunciado. Naturalmente, se puede anunciar cosas poco apetecibles, apelando a sentimientos o valores. Pero en ese caso estos últimos deben estar en las personas previamente, pues el anuncio por sí sólo no los suele suscitar. Pensar que la publicidad o la propaganda son todopoderosas si son bien manejadas es uno de tantos tópicos falsos en circulación.

¿Por qué la confianza en las campañas informativas? ¿Por qué, entonces, ante unos resultados tan limitados, esa confianza en las campañas informativas? Pues, básicamente, porque reduciendo educación a información se elude lo arduo. Por querer evitarlo, más que por fe en el progreso, nos hemos forjado la ilusión de que siempre se podrá encontrar una solución técnica para cualquier problema, con una ingeniería que permite evitar el esfuerzo. Y por eso, consciente o inconscientemente -de todo hay- se quita de la escena todo lo que no encaja en ese cuadro, por más que la realidad misma sea terca y se empeñe una y otra vez en poner de manifiesto que las cosas no son como se sueñan. O, por decirlo más concretamente, que todo lo que es humanamente valioso se consigue con esfuerzo sostenido; o sea, con la virtud. Hay por tanto una resistencia a aceptar la naturaleza misma de la persona y de la familia. Sobre esta última, esa tozuda realidad que no se somete al diseño señala que los sucedáneos de la familia no funcionan bien, y que para cumplir con su misión hay que entregarse a la ingrata tarea de educar a los hijos, en la que tiene un papel preponderante la formación de la voluntad. Guste o no, esto es lo que da resultados positivos.

La antropología cristiana confirma este diagnóstico. Evidentemente, no dice nada sobre campañas informativas, pero el Catecismo de la Iglesia Católica, hablando del pecado, alerta en el nº 387 sobre “la tentación de explicarlo únicamente como un defecto de crecimiento, como una debilidad psicológica, un error, la consecuencia necesaria de una estructura social inadecuada, etc.”. Para el tema aquí tratado, podemos fijarnos en el término “únicamente”. Por supuesto que hay errores e ignorancias. Pero no se pueden explicar satisfactoriamente los vicios sociales con sólo esas categorías. Y, correlativamente, por supuesto que una campaña informativa puede ayudar, pero si sólo se cuenta con ella tampoco el resultado es satisfactorio. Se responde con información donde lo que hacía falta era educación.

la cuestión problemática no está en aceptar la utilidad de la información para lograr una buena conducta. Está en considerar si con eso basta.

Julio de la Vega-Hazas, “La veta gnóstica”, Arvo, V.06

Una conocida fábula de Hans Christian Andersen es la del emperador y el traje invisible. En el reino de un emperador aficionado a los trajes refinados, llegaron un día dos sastres extranjeros, precedidos de gran fama. “El emperador -cuenta Andersen- les concedió una audiencia de inmediato.

– Quiero ver esa famosa tela de la que tanto hablan -exigió el emperador.

– Aún no la hemos tejido. Pero si su majestad nos proporciona una habitación espaciosa, unos telares y ciertos materiales, confeccionaremos para su excelencia esta magnífica tela -dijo uno de los sastres.

– Y nosotros, por supuesto, como regalo, añadiremos la magia -añadió el otro sastre.

– ¿Qué magia? -preguntó el emperador, entusiasmado.

– Nadie que sea perverso o estúpido, que esté en un cargo para el que no sirve o que ocupe un lugar inmerecido en la corte, podrá ver la tela ni el vestido que haremos -comentaron los sastres con ademán de estar contando un secreto importante.

– ¿Es eso cierto? -exclamó el emperador-. ¡Asombroso! ¡Estupendo! Comiencen ya, y, por favor, no escatimen nada. De inmediato haré que les proporcionen los materiales necesarios para elaborar esa tela”.

Los sastres recopilaron así gran cantidad de hilo de oro y piedras preciosas, mientras simulaban estar tejiendo. Los ministros que supervisaban el trabajo no podían ver nada, pero nadie estaba dispuesto a pasar por tonto o por inepto, por lo que daban todo por bueno y así siguió la farsa.

Cuando fue presentada en la corte, nadie veía nada. Pero… “hicieron cara de asombro, no por ver la tela, sino por no verla y, en su confusión, exclamaron: – ¡Magnífica! ¡Realmente magnífica! – Observe su majestad qué espléndidos estampados ¡y qué colores! -decían los cortesanos señalando los telares, creyendo en verdad que los otros veían lo que no podían ver.

¿Qué absurdo es éste?, pensó el emperador. No puedo ver nada. ¡Esto es horrible! ¿Soy un estúpido? ¡Esto es lo peor que me ha ocurrido! Nadie lo debe saber. Aprobaré la tela como sea.

– ¡Oh, es deliciosa, de verdad majestuosa! -dijo el emperador en voz alta, con una sonrisa de satisfacción de oreja a oreja.- ¡Cuenta con mi aprobación!” Así llegamos al gran día de la presentación oficial a todo el reino. Todo el mundo fingía admiración, pues nadie quería pasar por tonto. Hasta que, por fin, un niño de entre la multitud gritó: “¡Pero si está desnudo!”. Al principio, hubo desconcierto, hasta que el sentido común consiguió abrirse paso, y la multitud acabó burlándose del emperador. Quedó en ridículo y se descubrió el timo; tarde, pues los sastres estafadores habían huido con el rico botín.

La fábula es aún más vieja: se recoge en el cuento nº 14 de El Conde Lucanor, escrito en el siglo XIV (con la diferencia de que quienes no lo veían no eran aquí los tontos, sino los hijos ilegítimos). Pone de manifiesto, en todo caso, que la vanidad humana es capaz de pasar por encima del sentido común y aceptar las cosas más descabelladas.

Esto viene a cuento de que, dentro del ámbito de la religión, es una de las claves para entender una constante histórica que ha recibido el nombre de “gnosticismo”. El nombre viene del griego gnosis, que significa “conocimiento” (no se debe confundir con el agnosticismo, pues la “a” como prefijo significa negación: el “no-conocimiento”). Reúne una miriada de círculos esotéricos o sectas que tienen en común afirmar una visión de la auténtica realidad que escapa al conocimiento del vulgo y se reserva para un restringido grupo de privilegiados que puede alcanzar la iluminación necesaria para alcanzar la “gnosis”.

El gnosticismo ha sido una constante histórica: siempre ha habido sectas gnósticas, y siempre han sido religiones minoritarias. Entre sus seguidores han predominado, en contra de lo que pudiera suponerse a primera vista, personas de buena posición social y cultural, como sucedía con los cortesanos de la fábula. Y no puede decirse que haya un origen determinado de este tipo de grupos. Por el contrario, se puede decir que ninguna religión bien establecida se ha librado de algún parasitismo gnóstico. El cristianismo, por supuesto, tampoco. Aparecieron gnósticos tan al principio, que ya hay en el Nuevo Testamento alguna alusión a embaucadores que vienen con extrañas fábulas. Es posible que el descubrimiento reciente de un manuscrito del llamado Evangelio de Judas tenga valor arqueológico, pero desde luego no constituye un hallazgo sorprendente. Ya está mencionado en las obras de San Ireneo, en el siglo III. Es uno más de una larga lista de escritos gnósticos, como el Evangelio de Matías, el Evangelio de Felipe, los Hechos de Pedro, los Hechos de Tomás, el Apocalipsis de Adán, el Evangelio de la verdad, el Tratado de las tres naturalezas y un largo etcétera. Alguno enlaza con gnosticismos judíos anteriores a Cristo. Los argumentos varían, pero siempre hay un denominador común: la Biblia está dirigida al vulgo ignorante, mientras que estos documentos revelan la auténtica verdad, asequible tan sólo a unos privilegiados.

Si nos ceñimos a los gnosticismos de raíz cristiana y a la actualidad, encontramos dos filones de procedencia de sectas gnósticas: Sudamérica (sobre todo Colombia, Venezuela y Brasil) y Europa occidental; a diferencia de lo que sucede con sectas de otros tipos, los Estados Unidos no son aquí muy significativos. De América del Sur -el filón más reciente- vienen cosas como el llamado Movimiento Gnóstico Cristiano Universal, con alguna implantación en España. Lo fundó en 1954 el colombiano Víctor Manuel Gómez, que aseguró ser la última reencarnación de antiguos sabios y se hizo llamar “Venerable Maestro Aun Weor”. Sostenía lo que denominaba “gnosis del Cristo cósmico”: Cristo, que había estudiado en la pirámide de Kefrén y viajado al Tíbet, legó una “liturgia solar” para que quienes tuvieran acceso a ella pudieran pasar del “cuerpo lunar” o molecular al “cuerpo solar” o astral. No falta, como en la fábula, un toque de magia -de dudoso gusto-, que proporciona además la clave oculta para poder entender lo que esconde la narración de los Evangelios. Un típico producto gnóstico.

En el mundo occidental encontramos un mosaico de grupos, que tienen antecedentes en otros similares, en una cadena que se remonta siglos. Esto permite hablar de diversas tradiciones. Entre ellas, destacan dos. La primera es la rosacruciana, nombre que hace alusión al legendario viajero alemán del siglo XIII Christian Rosenkreutz. En la actualidad, la secta de este grupo mejor implantada -España incluida- es AMORC (Antigua y Mística Orden de la Rosa Cruz), fundada en 1915 por el norteamericano -algo poco común- Harvey Spencer Lewis. Presenta una mezcla de contenidos orientales -hinduistas sobre todo-, símbolos del antiguo Egipto y algún elemento de origen cristiano. Su gnosis debe llegar a la Gran Alma Universal, y no falta el elemento mágico, que aquí se llama alquimia espiritual. Como suele ser común, reivindica que fueron rosacrucianos personajes como Leonardo o Newton.

La otra tradición destacable es la templaria, radicada sobre todo en Francia. Sus exponentes tienen en común la pretensión de ser continuadores de los secretos de la antigua Orden Templaria, suprimida en el siglo XIV, cuando su último Gran Maestre, Jacques de Molay, fue injustamente ajusticiado en la hoguera en 1314. Los “secretos” en realidad no tienen nada que ver con los auténticos templarios. En este gran saco, y dependiendo de la miriada de sectas de esta línea -más de quinientas identificadas en Francia en los últimos dos siglos- se pueden encontrar todo tipo de santos griales, tesoros ocultos y revelaciones gnósticas supuestamente conservadas por una minoría iluminada a través de los siglos, sobre Jesús y sus primeros discípulos. Y, por supuesto, también aquí es moneda común decir que Leonardo, Descartes o Newton pertenecían a esa secreta minoría. El análisis de las doctrinas de cada grupo, así como las influencias y trasvases entre ellas o con otras tradiciones, la masonería, etc., nos introduciría en un enrevesado laberinto tan complicado como inútil.

En momentos de escasa libertad religiosa, las sectas gnósticas se encierran en un hermetismo estricto. Pero cuando pueden expresar con más libertad sus ideas, la tentación de mostrarse como seres de conocimiento privilegiado es difícil de resistir. Hay también en este aspecto un paralelismo con la fábula: el emperador tenía ganas de mostrar su maravilloso traje al pueblo. Si el deseo va aderezado con el encanto del misterio y de lo mágico, se convierte fácilmente en un producto comercial. Puede dar lugar a una erudita exposición gnóstica, como ocurrió con el best-seller El retorno de los brujos (de Louis Pauwels y Jacques Bergier) hace cuarenta años; a tratar la fantasía como tal y convertirla en un cómic filmado como es el caso del grial de Indiana Jones; o a una novela aderezada de morbo y con peor idea, como sucede con El Código da Vinci. En un sentido u otro, el gnosticismo siempre ha sido una veta para los buscadores de fantasías.

¿Qué sucede al final con toda esta ilusión gnóstica? Si no se toma en serio, simplemente entretiene, y nada más. Si se toma en serio, la fábula vuelve a ser ilustrativa. Parece que hay un primer momento de mezcla de incertidumbre -¿y si es verdad?-, curiosidad y fascinación. Después acaba por imponerse el sentido común, más propicio a salir de la gente sencilla que de los pretendidamente cultos e inteligentes, más propensos a mantener actitudes postizas por vanidad o miedo a quedar en mala posición. En la Roma del año 150 debía sonar muy moderna la doctrina de Marción -un conocido gnóstico, al que Tertuliano dedica una obra-, según la cual Jesucristo era un “eón” que rescató el mundo del orgulloso Gran Arkhón que adoraban los judíos, pero tardó poco en ser considerada una ridícula fantasía, y hoy nos cuesta entender que todo un Tertuliano le dedicara tanta atención. Hoy ocurrirá lo mismo. Pero hay una última enseñanza extraída de la fábula de Andersen. Cuando todos recuperaron la sensatez, los mágicos sastres causantes de la estafa ya estaban fuera de escena, disfrutando de sus pingües ganancias a costa de los ingenuos que deseaban ser inteligentes a toda costa.

Julio de la Vega-Hazas, “Nacionalismo y doctrina cristiana”

A primera vista, podría parecer que la cuestión del nacionalismo como un asunto a tratar desde la óptica cristiana es algo reciente. En realidad, aparece desde el primer momento. El nacionalismo judío era muy fuerte en el tiempo en que Jesucristo vivió en Palestina, y su doctrina del Reino de los Cielos contrastaba mucho con esa visión nacionalista, lo que supuso un factor de resistencia a su doctrina. Más adelante, en los primeros pasos de la naciente Iglesia, se vislumbra que esa mentalidad hebrea es fuente de problemas. El episodio de la desatención de las viudas que suscitó una queja de los “helenistas” contra los “hebreos” (Hechos, 6, 1), aunque se resuelve con facilidad, ya deja entrever que no es difícil que el nacionalismo caiga en un exclusivismo para con los miembros de su nación que es fuente de injusticias.

San Pablo, en sus epístolas, no trata directamente la cuestión, aunque incluye algunas frases que ayudan a resolverla. Quizás la más interesante se encuentra en la Carta a los Filipenses: nosotros somos ciudadanos del cielo (3, 20). No se niega, claro está, la ciudadanía terrenal, pero se descarta cualquier intento de asumirla como un valor absoluto. Un poco más tarde, la Epístola a Diogneto –redactada a finales del siglo II o comienzos del siglo III-, aclara un poco más esta afirmación, al afirmar que los cristianos “viven en sus respectivas patrias pero como forasteros; participan en todo como ciudadanos pero lo soportan todo como extranjeros. Toda tierra extraña es su patria; y toda patria les resulta extraña” (V, 5). En la Edad Media, cuando Santo Tomás de Aquino se refiere a la patria –así, a secas- está hablando del cielo, en contraposición a la via, el camino, con que se refiere a esta vida.

Se podrá pensar que todo esto se refiere a problemas del pasado, distintos de los de hoy en día. Es verdad, pero sólo en parte y, en cualquier caso, sirve para distinguir unos principios que es necesario tener en cuenta para enfocar las cuestiones actuales con una mentalidad cristiana.

Los problemas más serios llegaron con el inicio de la Edad Moderna. Un factor de primer orden en la expansión y consolidación del protestantismo fue el afán de los soberanos de crear unas naciones homogéneas e independientes en todos los sentidos, incluido el religioso, lo que dio origen al establecimiento de iglesias nacionales; la Inglaterra de Enrique VIII es el ejemplo mejor conocido, pero no el único. Más tarde, en el siglo XIX, los principales nacionalismos emergentes, el alemán y el italiano, fueron hostiles a la Iglesia. En el siglo XX, lo fue también la funesta mezcla de socialismo y nacionalismo exacerbado que dio lugar a los nazis (mezcla que conviene no olvidar), pero a la vez ha habido nacionalismos que han contribuido a preservar la fe en momentos muy difíciles, como el polaco y el lituano. Éstos no han estado exentos de algunas expresiones exaltadas inconvenientes, pero en conjunto han sido más bien positivos. Por último, los recientes acontecimientos de los Balcanes, en el territorio de la antigua Yugoslavia, han puesto de manifiesto una vez más en qué barbaridades puede desembocar un nacionalismo sin freno. Todo este panorama pone de manifiesto que, si bien proporciona indicios de que puede existir un nacionalismo dentro de unos límites razonables, nos hallamos ante un fenómeno peligroso, que con facilidad puede desembocar en particularismos exacerbados que rechazan o tienden a rechazar todo lo que no es propiamente suyo. Y entre esto último está siempre la Iglesia Católica, precisamente por ser católica, universal, no sujeta ni circunscrita a una nación determinada. De ahí que tiendan bien a rechazarla, bien a desfigurarla convirtiéndola en una iglesia nacional.

La cuestión principal consiste, por tanto, en determinar qué es razonable y qué no en esta actitud de exaltación nacional llamada “nacionalismo”. O, si se prefiere, cuando repetidas veces el Papa ha rechazado el “nacionalismo extremista” y el reciente documento de los obispos españoles hace lo mismo con el “nacionalismo totalitario”, hay que intentar delimitar la línea a partir de la cual empieza lo extremista o lo totalitario.

El mencionado documento del episcopado español tiene por objeto el terrorismo, pero, aunque afirme que “no pretende ofrecer un juicio de valor sobre el nacionalismo en general” (n. 26), lo cierto es que posiblemente los párrafos más interesantes son los dedicados al mismo. Entre ellos destaca el criterio de legitimidad que da: la opción nacionalista, “para ser legítima debe mantenerse en los límites de la moral y de la justicia, y debe evitar un doble peligro: el primero, considerarse a sí misma como la única forma coherente de proponer el amor a la nación; el segundo, defender los propios valores nacionales excluyendo y menospreciando los de otras realidades nacionales o estatales” (n. 31). Se sale así al paso de un equívoco bastante difundido en la actualidad, que utiliza como criterio moral el de la violencia: admisible si no predica o favorece la violencia, inadmisible en caso contrario. Y no es la violencia el criterio: es la justicia.

Cada nacionalismo es peculiar, pero a la vez suele haber unas señas de identidad comunes. Con cierta frecuencia, surge ante una situación injusta, o al menos que se piensa como injusta. Alrededor de esa situación se va creando un ideal de nación independiente –en un sentido amplio: soberanía si no se tiene, soberanía plena si se piensa que la que se tiene está limitada desde fuera-. Ese ideal va acaparando las aspiraciones políticas, de forma que se convierte prácticamente en el único objetivo: todo lo demás se resolverá una vez alcanzado. Antes de alcanzar el poder, se busca aglutinar a todos los que comparten el ideal en la idea de conquistarlo, siendo por el momento secundarias cuestiones tan importantes como la política social de la futura nación soberana emergente. Si se logra conseguir el poder, entonces la tarea fundamental es la implantación del ideal, afianzar la nueva entidad dándole una cohesión todo lo homogénea que se pueda.

En realidad, las dos posibles situaciones –nacionalismo con poder o sin él-, dan lugar a problemas distintos, aunque conectados entre sí y con posibilidad de cierta mezcla. Sin el poder, la tentación es la de la violencia (aquí se emplea el término en el sentido físico), casi siempre con dos excusas: la represión sufrida, y el que no quede otra salida para conseguir la meta. Esta violencia, más pronto o más tarde, degenera en terrorismo, o al menos tiende a ello. La justificación que se le da viene a querer decir que es la guerra de los pobres, de quienes no tienen otros medios a su alcance. Es injustificable, pero no debe olvidarse que, bastante antes de llegar a ese extremo, ya había quedado en la cuneta el principio moral elemental según el cual el fin no justifica los medios.

En el poder, la cuestión gira alrededor de la proporción de población que no comparte el ideal nacionalista. Cuando es mínima, como en Polonia o Eslovenia, no hay grandes problemas. Pero no siempre es así: por mencionar dos países vecinos de los anteriores, en Lituania hay una fuerte minoría rusa, y en Bosnia… Aquí lo que se presenta como tentador para la joven nación independiente es imponer lo que piensa que son los rasgos culturales de la nación a todos. Lo habitual es no querer de entrada utilizar la violencia, sino la presión social, que se hace progresivamente más fuerte conforme más resistencia encuentra. En el peor de los casos, el grupo no integrado se siente oprimido, con lo que puede generar una reacción de signo contrario; si llega a emplear medios violentos, proporciona la excusa para responder con contundencia e incluso con medidas de violencia generalizadas.

¿Dónde se sitúa aquí el límite que no se debe traspasar? Pues sencillamente en la adopción de la primera medida en favor de esa pretendida construcción nacional que se sabe injusta –lesiva de derechos- para con individuos concretos. A partir de ese momento, se da paso a una espiral de injusticias difícil de parar. Si algún gobernante quiere limitarlas, se verá arrastrado por una corriente que ha contribuido a crear, y probablemente si no se deja llevar por ella se verá sustituido por otros sin tantos escrúpulos. Hay unos derechos subjetivos y un ámbito personal de libertad que es injusto lesionar aunque se haga en nombre del bien común, que aquí se transforma en “bien nacional”. En una palabra, la barrera moral se traspasa en el momento en que se acepta una discriminación injusta, por pequeña que sea o que parezca.

No es muy difícil, con una cabeza fría, llegar a esta conclusión. Pero el problema radica en que el nacionalismo suele tener una mayor carga emotiva que racional. No en vano su mayor impulso contemporáneo se lo proporcionó el romanticismo. Ese clima emocional, dado a la exaltación, propicia que se idealice la nación y se sueñe con una especie de Arcadia nacional que viene a coincidir con un paraíso nacionalista. Lo cual tarde o temprano acaba por chocar con la realidad. Y ésta incluye el hecho de que hay gente ajena a ese sueño. Para conseguir ese mundo feliz resulta que sobra gente. Gente que echa a perder el sueño. Quien se aferre a él, enseguida concluirá que esa gente debe acoplarse o irse. Si no puede o no quiere lo primero, que se vaya. Pero resulta que tampoco suele querer irse, de modo que ese “irse” se transforma en ser expulsado. Es la odiosa “limpieza étnica” (que no siempre, ni mucho menos, es propiamente étnica). Como no se desea llegar a ese extremo por la vía directa, o trae malas consecuencias en el ámbito internacional, el medio es una presión social discriminatoria que invite a marcharse a los indeseados. No hay expulsión, sencillamente se les va dejando sin sitio en la sociedad, con el mensaje implícito –a veces explícito- de que no se les quiere; al menos, no se les quiere “así”. Y el gran peligro que tiene el nacionalismo es que genera un clima de exaltación colectiva –mejor dicho, victimismo si no consigue la meta, exaltación si la logra- en el que sus exponentes se van deslizando poco a poco hasta dejarse absorber por el ideal, de forma que casi no perciben el momento en que han podido traspasar esa barrera ética que les sitúa dentro de lo injusto, aunque no carezcan de sensibilidad para rechazar lo propiamente violento.

¿Es pues aceptable un nacionalismo moderado que sea admisible para un cristiano? Por supuesto que sí, pero sin que en ningún caso signifique que sea “moderadamente injusto”. Lo aceptable pasa por la ordenación al bien común, y por entender éste como algo al servicio de las personas, en vez de entenderlo como el bien de una colectividad abstracta –y en este caso parcial- sin referencia al individuo, una encarnación ideal –por no decir idealista- de un pueblo constituido en ara donde se acaba sacrificando todo para alimentarla.

Se llega por este camino a identificar lo que para un cristiano constituye el principal antídoto contra el veneno de cualquier tipo de exaltación colectiva absolutista, de cualquier emocionalismo desmesurado, de cualquier justificación de un orden social injusto. Consiste en que no cree en utopías. No existe espacio, en la fe católica, para el fetiche de un paraíso en este mundo, sea comunista, sea nacionalista o sea del tipo que sea. La sociedad perfecta no se puede conseguir en este mundo: tiene que esperar a la vida eterna. Por eso la principal ciudadanía a la que aspira el cristiano es la celeste, y su patria definitiva está en el más allá. Por supuesto, esto no significa que renuncie a aspirar a una sociedad más justa y contribuya a ello. Sí que significa, en cambio, que al no poder conseguirse una sociedad terrena perfecta o ideal, no puede poder tomarla como un fin último ni como un absoluto. Si lo hace, ese paraíso terrenal sustituirá al cielo, y su consecución requerirá una fe y una esperanza incondicionales, logradas sólo a costa de la fe y esperanza teologales. Y la caridad queda sustituida por la dedicación sin reservas a la causa terrena. En resumidas cuentas, si se coloca a la nación como un absoluto, ocupa el lugar de Dios. Ya se vio que sucedía en el comunismo, convertido en una pseudo-religión, y ocurre también con el nacionalismo extremista. De hecho, este tipo de nacionalismo ha sido el refugio de muchos comunistas tras la caída del telón de acero en Europa oriental y el desplome de su ideología.

Con el nacionalismo, como con otras posturas, hay que tener siempre presentes los principios fundamentales para, llegado el caso, mirarse en ellos y saber dónde se está. Así se evita perderse en una maraña de matices políticos, y que un clima político más o menos exaltado y más o menos enfrentado con otras posturas acabe siendo un campo de arenas movedizas por el que uno puede hundirse, perdiendo de vista poco a poco lo que lleva consigo la fe cristiana en todos los ámbitos, incluido el de la política.

Julio de la Vega-Hazas, “La salud como valor moral”, ARVO, XI.02

Últimamente estamos asistiendo a un fenómeno sorprendente. Desde diversas instancias públicas se ha empezado a combatir el llamado “botellón” callejero de adolescentes, con alarmantes avisos de chicos y chicas que empiezan a beber regularmente a los trece años.
Al mismo tiempo, desde las mismas instancias se quieren instalar expendedoras de preservativos en colegios y centros juveniles, en campañas que difícilmente esconden el fomento de la promiscuidad que conllevan, sin atender prácticamente a la edad de inicio. Continuar leyendo “Julio de la Vega-Hazas, “La salud como valor moral”, ARVO, XI.02″