Detectar barreras a la comunicación

  • Hacerse cargo
  • Escuchar, pero escuchar para comprender
  • Detectar y eliminar barreras
  • Errores de interpretación
  • Capacidad de guardar secreto
  • Superar las diferencias generacionales
  • Credibilidad personal
  • La oportunidad de explayarse
  • Operaciones de cirugía

Hacerse cargo Imagínate —sugiere Stephen Covey— que padeces un serio problema de visión y decides acudir a la consulta del oculista.

El médico, después de escuchar brevemente tu explicación del problema, saca del bolsillo sus gafas y te las entrega mientras dice con gesto solemne: —«Póngase usted estas gafas. Yo las he usado durante diez años y me han ido estupendamente.» Tú pones una cara de asombro mayúsculo, y el oculista, sin pestañear, añade: —«No se preocupe, tengo otras en casa, puede usted quedarse con éstas.» Con un escepticismo difícil de superar, te pruebas esas gafas y, como era de prever, ves aún peor que antes, y te quejas: —«Por favor, ¿cómo me van a servir sus gafas a mí? Veo todo borroso.» —«Oiga, haga el favor de poner más empeño», responde con gravedad el oculista. —«Ya lo pongo, pero no veo nada», contestas ya al borde de la ira.

El oculista insiste: —«Sea usted más paciente y colabore, por favor. Tienen que servirle. A mí me han ido muy bien todos estos años.» Finalmente te vas de allí, escandalizado ante semejante incompetencia, y el oculista —por llamarle de alguna manera— se queda pensando: —«Hay que ver, qué hombre más ingrato. No he logrado que me comprenda. Yo sólo pretendía ayudarle y… ¡cómo se ha puesto!».

Lo que este ejemplo pretende resaltar es que muchas veces, cuando damos un consejo a alguien, nos está pasando algo bastante parecido a lo que sucedía a ese oculista insensato. Nos sentimos frustrados porque una determinada persona no nos comprende, o porque rechaza nuestros consejos, y quizá nos quejamos de que no pone interés en escucharnos. Y en realidad el problema no es que a esa persona le falte interés, o le falten entendederas, sino que nosotros estamos equivocando el planteamiento, y esa persona no entiende lo que le decimos porque no hemos logrado antes comprender nosotros cuál es su verdadero problema: le estamos recomendando con vehemencia usar unas gafas que a nosotros nos van bien, pero a él probablemente no: tenemos que diagnosticar antes bien qué gafas necesita. Es preciso primero comprender bien, para luego poder diagnosticar bien, y finalmente aconsejar bien.

Pongamos otro ejemplo (éste quizá bastante más real y posible que esa esperpéntica conversación con el oculista): —Venga, Carlos, hijo mío, ¿por qué estás así? —Mamá, no puedes entenderlo.

—De verdad que sí, cuéntame.

—Que no, mamá.

—Sí que te entiendo, hijo mío. ¿Qué te pasa? —No lo sé, mamá.

—Venga, Carlos, ¿por qué estás tan triste? —Bueno…, en fin, es que el colegio no hay quien lo aguante. Quiero dejar de estudiar.

—Pero…, ¿estás loco? ¿A los quince años ponerte a trabajar? ¿Después de los sacrificios que tu padre y yo hemos hecho tantos años para que puedas ir a un buen colegio? Ni hablar. La educación es la base de tu futuro. Tienes que hacer una carrera, como tu hermana. Lo que tienes que hacer es estudiar más, y ya verás cómo termina por gustarte. Venga, hijo mío, que podrías sacar muy buenas notas si no fueras tan perezoso y tan soñador.

—Déjalo, mamá, no lo entiendes…

Se podrían poner otros muchos ejemplos como éste, que revelan una considerable falta de comunicación. En este caso, es muy probable que Carlos esté pasando por algunas dificultades en el colegio, dificultades que, al menos para él, son importantes y le hacen sentirse muy triste. Para poder ayudarle, parece importante saber cuáles son esas causas. Pero si cuando el chico abre una puerta de su intimidad, y empieza a contar lo que le inquieta…, si entonces, sin dejarle terminar, descargamos sobre él una retahíla de sesudos consejos y sabias advertencias, antes de hacernos cargo bien de qué le sucede; entonces, lo más probable es que la confianza sea muy difícil y la conversación acabe en un amargo «Déjalo, mamá, no lo entiendes…», o algo parecido.

Hay una cuestión clave en cualquier relación personal: procura primero entenderle tú, y sólo después, procura que te comprenda él.

Si pretendes ayudar en algo a otra persona —sea tu hijo, tu cónyuge, tu padre, tu jefe, tu subordinado, tu colaborador, tu amigo, o quien sea—, lo primero que necesitas es comprenderle. A medida que lo vayas logrando, te será muchísimo más fácil que comprenda lo que tú querías decir o hacer (e incluso, quizá, después de haberle comprendido mejor, lo que quieres hacer o decir es ya distinto de lo que al principio pensabas).

Escuchar, pero escuchar para comprender Cada persona está permanentemente dándose a conocer, irradiando mensajes, comunicando. A través de esos mensajes —la mayoría de ellos no directamente conscientes—, cada persona se gana la confianza o desconfianza de quienes le rodean.

Si tienes un carácter irascible, o voluble, o inmoderado, es difícil que llegues a crear confianza a tu alrededor. Si no coinciden tus hechos con tus palabras, tampoco. Si eres demasiado distante o mordaz, o escuchas poco, menos aún. Es preciso escuchar, pero escuchar con verdadera intención de comprender.

Hay personas que quizá escuchan bastante, pero no escuchan para comprender, sino que escuchan para contestar, para colocar sus ideas o sus aventuras en cuanto tengan el más mínimo resquicio. Mientras escuchan, sólo prestan atención a las ocasiones que su interlocutor les brinda para hablar entonces ellos de sí mismos. Apenas les interesa lo que oyen y, en cuanto pueden, interrumpen con su consejo vehemente, con su historieta aburrida, con su opinión reiterativa y no solicitada, con su verborrea agotadora. No se esfuerzan en dar consejos útiles, se limitan a recomendar lo que piensan que a ellos le ha ido bien. Como el oculista de que hablábamos antes: ofrecen sus gafas al paciente sin reparar en si son adecuadas para él o no.

Para acertar con cualquier consejo —parece bastante obvio, pero quizá no esté de más decirlo—, hay primero que dedicar atención al problema y hacerse cargo bien de qué le pasa a la persona a quien se lo vamos a dar. Mi experiencia en conversaciones de orientación personal, sobre todo en los casos más delicados y complejos, es que casi siempre, después de un buen rato de escuchar con atención, acabas sacando conclusiones sensiblemente diferentes a las que venías predispuesto al comenzar la conversación.

Hay padres, por ejemplo, que se quejan amargamente diciendo cosas como «No entiendo a mi hijo. Está en una edad muy difícil. Es tremendo, es que… ¡ni me escucha!» Y quizá en la propia formulación de la queja está la raíz del problema: parecen decir que no entienden a su hijo porque no les escucha, cuando para entenderle lo que deben hacer es sobre todo escucharle ellos, no que les escuche él. Muchos de estos casos se habrían resuelto —o pueden aún resolverse— con una adecuada actitud de escucha, escuchando con verdadera intención de comprender a la otra persona, y no sólo en el plano intelectual, sino también en el emocional, puesto que no basta con entender lo que piensa, también hay que entender lo que siente. Porque la vida no es sólo lógica, ni sólo emocional, sino las dos cosas.

Detectar y eliminar barreras Cuando hablamos, hay modos nuestros de expresarnos que facilitan la conversación y contribuyen a crear un clima de distensión y confianza. Y hay otros que, por el contrario, merman en gran manera nuestra capacidad de entendernos: son afirmaciones, preguntas, comentarios o rasgos de nuestro carácter que entorpecen el diálogo, y si prestamos atención descubriremos que son auténticas barreras; y cada uno tiene las suyas.

Son barreras que, de ordinario, son mucho más fáciles de advertir en los demás que en uno mismo. Aunque si uno tiene un mínimo de capacidad de observación, le resulta bastante sencillo detectar las causas por las que otra persona es de difícil relación. Sin embargo, cuando se trata de buscarlas en uno mismo, las cosas son mucho más complejas, supongo que por aquello de que nadie es buen juez en causa propia.

Sin embargo, es importante descubrir esas barreras, que tanto limitan nuestras posibilidades de comunicación. Se trata de un ejercicio de autoconocimiento sumamente eficaz, y es una pena que, como parece, sean tan pocos los que llegan a conocerse lo suficiente como para detectar cuáles son sus defectos o sus errores dominantes y así poder mejorar su carácter.

¿Por qué son tan pocos? Quizá porque en esa labor de conocimiento propio es bastante fácil caer en un círculo vicioso. Para descubrir esas barreras es preciso conocerse a uno mismo; para conocerse, es importante estar muy abierto a las observaciones o advertencias que los demás puedan hacernos; a su vez, para llegar a recibir esos comentarios es preciso no haber levantado antes personalmente barreras a la comunicación con esas personas que pueden ayudarnos.

¿Cuál es la solución entonces? Lo mejor es no haber entrado en ese círculo vicioso, gracias a una educación centrada en la confianza y en la buena comunicación, desde muy niño. Si uno no ha tenido esa suerte, ha de hacer un serio esfuerzo personal para salir de ese ciclo cerrado de incomunicación.

¿Qué tipo de barreras son más importantes? Por ejemplo, levantamos una barrera si prodigamos demasiado nuestros consejos, sobre todo si los formulamos dentro de nuestra propia experiencia y sin esfuerzo por hacernos cargo de las circunstancias de la otra persona. Es lo que sucedía en el ejemplo del oculista; o en el de la madre que descarga una batería de sabios consejos cuando el chico está tratando de expresar sus sentimientos; o en esas personas que interrumpen continuamente a los demás con su verborrea impenitente; o en los que se dan a opinar de todo inmoderadamente, o miran a los demás por encima del hombro. Todas son excelentes maneras de ganarse la antipatía de los demás y hacer el más soberano de los ridículos.

Otra gran barrera es lo que podríamos denominar la pregunta compulsiva. Es un defecto que algunas personas tienen en grado muy considerable y que les lleva a hacer auténticas baterías de preguntas de sondeo, formuladas habitualmente sin salir de su propio marco de referencia, y con las que irrumpen invasivamente en la intimidad ajena.

Hay otras barreras a la comunicación que proceden directamente del torpe empleo del lenguaje. En esos casos, lo que hay que hacer es esforzarse seriamente por aprender a expresarse. A veces, como apunta Mario Clavel, se dice de algunas personas que son buenos comunicadores, porque saben transmitir sus ideas y sus proyectos con una simpatía que provoca adhesión; y sin embargo, lo que aportan, más que simpatía, es sobre todo claridad en la exposición: una idea, y después otra, bien relacionadas entre sí; sabiendo ejemplificar lo necesario, siguiendo un orden lógico, empleando expresiones claras, destacando los mensajes que se quieren transmitir, etc.

Para comunicarse bien es preciso proponerse mejorar la calidad de nuestra conversación, empezando por el vocabulario: un vocabulario rico suele corresponder a una interioridad rica, pues cada acto de habla refleja un acto mental y es una ventana de la propia psicología. También hay que aprender a manejar el registro adecuado a cada ocasión: con el anciano, emplear el lenguaje de la paciencia; con el niño, ponerse a su nivel, pero sin mostrarse tontamente infantil; tratar al poderoso con deferencia, pero sin adulación; expresarse con precisión sobre cuestiones profesionales, pero sin pedantería; en casa y con los amigos, mostrarse distendido y usar términos más coloquiales, pero sin caer en la vulgaridad; etc.

También es importante la cordialidad, no ser personas quisquillosas ni susceptibles. Ni de esos que marchan por la vida con tan poca fijeza y tan poco tacto que van pisando callos continuamente. Ni ser como esos pelmazos cuya incontinencia verbal parece incapacitarles para escuchar, y van enhebrando un tema a partir del anterior, conduciendo siempre la conversación hacia un terreno que les permita hablar sin respiro. Ni voceras, de esos que llenan todo el espacio donde se encuentran, aunque estén hablando sólo a una persona y haya otras muchas presentes. Ni personas de conversación confusa o prolija, o demasiado lenta y premiosa. Ni del tipo metomentodo o sabelotodo, o de ésas que pretenden siempre agotar los temas y consiguen sobre todo agotar a quienes le escuchan (tampoco hay que pasarse por el otro lado, el del silencioso y taciturno).

Hay que buscar ese punto de equilibrio que lleva a hablar con sencillez, sin afectación, sin autoencumbrarse, refiriéndose poco a uno mismo, siendo buen escuchador, buen razonador y poco discutidor.

Errores de interpretación Podríamos hablar de otro bloque de barreras a la comunicación, que consiste básicamente en hacer frecuentes interpretaciones personales en las que tratamos de descifrar a alguien, o explicar sus motivos, o su conducta, sobre la base de nuestros propios motivos o nuestra propia conducta, sin hacernos cargo de su situación personal.

Volvamos a un ejemplo de un chico que se siente frustrado en el colegio a consecuencia de un serio fracaso. Lo pongo como ejemplo típico de conversación sorda entre un padre y su hijo adolescente: —Papá, estudiar no sirve para nada.

—¿Por qué dices eso, hijo? —En el colegio no se aprende nada que sea útil realmente…

—Lo que te pasa es que aún eres joven para entender la importancia de los estudios. Yo, a tu edad, pensaba lo mismo. Ya lo entenderás.

—Llevo ya un montón de años estudiando y sé que no es lo mío.

—Entonces… ¿qué es lo tuyo? —Lo mío es ser futbolista. Soy muy bueno. Hice una prueba la semana pasada y para la próxima temporada es posible que me fichen en un equipo juvenil del Real Madrid.

—Como diversión me parece muy bien, pero no vas a vivir de eso.

—A un amigo mío que empezó hace dos años, ahora le pagan una ficha de casi un millón, y ha dejado los estudios.

—Pero son muy pocos los que a la larga llegan a vivir del fútbol. Lo más probable es que dentro de unos años ese chico esté lamentándose de no haber hecho una carrera. ¿Qué te pasa? ¿Es que quieres arruinar tu vida? —Vale, papá, déjalo.

Está claro que el padre de este chico ha actuado con excelente intención, y que inicialmente se muestra dispuesto a escuchar, pero se ve que no llega a facilitar de modo eficaz que su hijo exprese sus verdaderos sentimientos.

¿Cuál fue su error? El muchacho empieza a explicarse y su padre le interrumpe con una rápida interpretación de lo que le sucede, cuando el chico aún no había podido terminar su segunda frase. Es entonces cuando se equivoca, como suele suceder cuando uno juzga antes de escuchar: trata de descifrar la situación de su hijo sobre la base de su propia situación personal, y sólo logra cortar el flujo de la confianza que débilmente se había iniciado.

También abusa de frases como lo que te pasa es que…, o aún eres joven para entender…, o yo, a tu edad…, u otras semejantes, que suenan a un paternalismo un poco desagradable. Usar ese tipo de entradillas es hacer oposiciones a padre autodescalificado. Repasemos de nuevo el diálogo, prestando atención a los posibles sentimientos del chico (se señalan junto a cada frase en cursiva y entre paréntesis): —Papá, estudiar no sirve para nada (Papá, quiero hablar contigo).

—¿Por qué dices eso, hijo? (¡Bien!, parece que hoy papá está dispuesto a escuchar).

—En el colegio no se aprende nada que sea útil realmente… (Tengo problemas serios en el colegio y me encuentro fatal).

—Lo que te pasa es que aún eres joven para entender la importancia de los estudios. Yo, a tu edad, pensaba lo mismo. Ya lo entenderás. (¡Horror!, otra vez está papá con que soy un niño que no entiende nada de la vida. ¿Pero no te das cuenta de que estoy hecho polvo, que necesito desahogarme?).

—Llevo ya un montón de años estudiando y sé que no es lo mío. (Papá, ¿cómo quieres que te diga que tengo problemas serios en el colegio y no quiero ni volver a pisarlo?) —Entonces… ¿qué es lo tuyo? (¿No te das cuenta de que voy a acabar repitiendo curso si siguen las cosas como van, y quizá me echen del colegio, y que para eso prefiero irme yo mismo?).

—Lo mío es ser futbolista. Soy muy bueno. Hice una prueba la semana pasada y para la próxima temporada es posible que me fichen en un equipo juvenil del Real Madrid (Casi no sé ni por qué digo esto…).

—Como diversión me parece muy bien, pero no vas a vivir de eso (Ya estamos con lo de siempre. No sé por qué habré sacado el tema, es inútil con este hombre…) —A un amigo mío que empezó hace dos años, ahora le pagan una ficha de casi un millón, y ha dejado los estudios. (Si no sé si quiero ser futbolista, pero no pienses que voy a replegarme tan fácilmente… me estás sacando de quicio).

—Pero son muy pocos los que a la larga llegan a vivir del fútbol. Lo más probable es que dentro de unos años ese chico esté lamentándose de no haber hecho una carrera… (En fin, encima, profeta). ¿Qué te pasa? ¿Es que quieres arruinar tu vida? —Vale, papá, déjalo. (Sencillamente, no comprendes).

Como se ve, padre e hijo hablan en distinto plano. No logran alcanzar un mínimo de sintonía que haga productiva la conversación. No brota la confianza, porque desde el inicio el chico comprueba que su padre no capta sus sentimientos.

La conversación ganaría en eficacia si ambos interlocutores lograran ponerse del mismo lado del mostrador —o sea, no enfrentados—, y cada uno se hiciera cargo de los sentimientos del otro.

—Eso me parece obvio. Lo difícil es conseguirlo, supongo.

Naturalmente, pero se puede ir avanzando si uno se fija en qué tipo de preguntas facilitan la confianza y cuáles la desbaratan (no son las mismas para todas las personas). Con un poco de agudeza, se pueden intuir cuáles son, aunque sólo sea por el sistema ensayo/error.

—¿Y se pueden dar reglas generales sobre qué tipo de preguntas son acertadas? No conviene reducir estos problemas a cuestiones de método, pero hay muchos modos más o menos prácticos de facilitar la confianza. El más simple, pensando en una conversación como la de este ejemplo, es hacer preguntas sencillas en las que —quizá empezando por parafrasear lo que se ha escuchado— se aventura con delicadeza el sentimiento que se intuye que late en el interlocutor, de modo que se sienta comprendido y así se le facilite explayarse.

Analicemos de nuevo cómo sería el diálogo siguiendo este método, para ver cómo podría mejorarse la comunicación entre padre e hijo. También señalamos entre paréntesis los posibles sentimientos del chico.

—Papá, estudiar no sirve para nada (Papá, quiero hablar contigo).

—¿Por qué dices eso, hijo? (¡Bien!, parece que hoy papá está dispuesto a escuchar).

—En el colegio no se aprende nada que sea útil realmente… (Tengo problemas serios en el colegio y me encuentro fatal).

—¿Te sientes decepcionado por lo que se estudia allí? (Menos mal, parece que no me suelta un sermón para empezar).

—Sí. Me parece que no saco nada en limpio.

—¿Piensas que no es lo mejor para ti? (Bueno, en fin, tampoco quería decir eso).

—Cada vez me va peor. Acabamos de terminar los exámenes y… (¿Lo digo…, o no lo digo? ¿Qué puede pasarme?).

—¿Y te han ido mal, ¿verdad? (Hombre, menos mal que se ha dado cuenta y no me lo hace decir a mí).

—Pues…, bueno…, sí, eso parece. He tenido muy mala suerte. Me ha ido peor que nunca. Se me quitan las ganas de seguir con esto… (¿Te das cuenta de que estoy en crisis completa con los estudios y necesito que me animen?).

—¿Y por qué crees que te ha ido peor esta vez? (En fin…, para ser sincero, he hecho bastante el vago, no sé cómo decirte…).

—Me parece que este año me he organizado fatal… (¿Soy suficientemente claro?).

—¿Y crees que tiene remedio? —Hombre, remedio siempre hay… (Bueno…, en fin, tonto tampoco soy; si me lo propusiera…).

—Me parece que si te lo propones seriamente este último trimestre, y haces un buen plan de estudio, puedes recuperar el tiempo perdido y sacar bien el curso (Por fin, alguien que cree en mí, creía que ya no quedaba nadie en el mundo capaz de semejante cosa).

—¿Tú crees? (Necesito escucharlo otra vez).

—Estoy seguro. Si quieres, descansa hoy un poco, te despejas, y mañana por la tarde vamos a hacer deporte, charlamos con más calma y hacemos juntos ese plan. ¿Te parece? (Estoy seguro de que me vendrá bien, estoy —estaba— en plena crisis).

—Vale, de acuerdo (¡qué fácil ha salido todo, menos mal, vaya alivio!).

En este caso, el padre ha logrado ir superando una a una las barreras que había en la comunicación con su hijo, hasta llegar al problema real.

Al principio, el chico está muy afectado, y sus afirmaciones y respuestas no destacan por su rigor lógico: no sigue un discurso lógico, sino más bien emocional, abre su intimidad buscando desahogo y comprensión. Su padre lo percibe, le deja hablar sin apabullarle con consejos, facilitándole decir lo que más le avergüenza, y al final, cuando se ha desahogado y aflora a un discurso más lógico, aprovecha para aconsejar, y entonces resulta eficaz.

Hay momentos para enseñar y momentos para escuchar, pues el intento de enseñar, cuando la relación es aún tensa o el ambiente está cargado emocionalmente, se recibe fácilmente como una forma de rechazo.

Hay otro aspecto interesante en este ejemplo. El padre no suelta su consejo de sopetón, con aire paternalista o de superioridad. No hace innecesarias manifestaciones de aprobación o desaprobación. Procura sobre todo conducir al chico de modo que se enfrente con su propia responsabilidad, entre otras cosas porque siempre son más eficaces los consejos no impositivos, aquellos que hacen que sea uno mismo quien llegue a la solución con su propio ritmo, sin forzar.

Capacidad de guardar secreto Otra peligrosa barrera a la comunicación es la falta de capacidad para guardar secreto. Por eso una cualidad que todos valoramos mucho a la hora de hablar confiadamente con alguien es encontrar en él la necesaria lealtad.

Bien sabemos que no todas las personas son capaces de dejar de comunicar a otros las cosas que saben, sobre todo cuando vienen a colación en un momento dado, y quizá les parece que quedarían muy bien contándolo y así poder dárselas de enterados. En este punto, la vanidad de que los demás sepan que les han contado algo confidencialmente suele ser la principal causa por la que lo desvelan. Son personas inmaduras e indiscretas, que se sienten obligadas a alardear de todo lo que saben, aun sabiendo que no deberían decirlo, y carecen de ese elemental sentido de la prudencia tan necesario en el mundo de la confianza.

Generalmente, cualquier padre o madre, cualquier educador, cualquier persona, conoce más información de la que es conveniente comunicar a otros en un momento dado. Es algo que sucede en el ámbito profesional, en el de la amistad, en la familia, en todo.

Por ejemplo, los hijos suelen tener con sus padres determinadas confidencias o desahogos que, aunque no les hayan solicitado formalmente que no las difundan, se entiende que no deben sacar esa información de su ámbito y darla a conocer a terceros. Hay que pensar, además, que los niños, por pequeños e infantiles que puedan parecernos, no suelen considerar que esos pensamientos, inquietudes, sentimientos, zozobras grandes o pequeñas, sean cosas triviales o insignificantes; y si no lo son para ellos, no deben serlo tampoco para quienes puedan escucharlas: no puede olvidarse que en cualquier confidencia hay una persona que está haciendo partícipe de su intimidad a otra, y eso es siempre algo muy serio.

Otra posible barrera a la comunicación puede provenir de la falta de oportunidad o de discernimiento al decir las cosas. No tenemos por qué saberlo todo, pero sí debemos ser prudentes. Prudentes, por ejemplo, en la suposición, sobre todo cuando se trata de hablar sobre personas: a veces hablamos demasiado deprisa, o hacemos un uso algo ligero de la poca información que tenemos, y nos vemos obligados a suponer lo que no sabemos, y nos equivocamos con facilidad. Los rumores, los bulos, el se dice, no siempre tienen la garantía suficiente para darles crédito, y si son asuntos graves, será necesario, antes de repetirlos, confirmar que esas informaciones son verdaderas, y aún así considerar después si es conveniente su difusión.

Hay momentos para hablar y momentos para callar, igual que hay momentos para el valor y momentos para la prudencia. Y una persona inteligente debe aprender a distinguirlos.

Superar las diferencias generacionales A veces se ha dicho que lo ideal sería poder vivir la vida dos veces, para en la segunda acertar; pero lo malo es que esto no es posible.

Sin embargo, aun en la hipótesis de que se nos brindara esa imposible oportunidad, es muy probable que acabáramos advirtiendo que de una vida a la siguiente han cambiado muchas cosas, y que nuestra experiencia, unas cuantas décadas después, ya no es tan eficaz como creíamos.

Algo parecido ocurre en la falta de entendimiento que a veces se da entre diferentes generaciones, tanto en un sentido como en otro: si uno se instala en su propia situación sin poner esfuerzo en asomarse un poco a la del otro, está en un claro riesgo de encerrarse en actitudes de seria incomunicación, y a veces incluso de intolerancia (en ambos sentidos).

Ante las diferencias generacionales, hay que procurar hablar y entenderse, dejar un poco de lado las posturas viscerales, y los argumentos de autoridad (también por ambas partes), entre otras cosas porque muchas veces esos cambios lo que cuestionan es precisamente la autoridad que da los argumentos. Es preciso actuar con sensibilidad e inteligencia para remontar esos años de distancia, que siempre dan de la vida una visión distinta.

Hay personas (y éste es un defecto más propio de los mayores) que, por sistema, se enfrentan a todo lo nuevo, a todo lo que sea distinto de lo que ellos han vivido siempre. Identifican novedad con perdición, desconfían de todo lo que ven nacer, como si sólo los siglos pudieran conferir bondad a las cosas, o como si toda variación en el rumbo que lleva la sociedad fuera absurda o temeraria.

Hay un regusto rancio de pesimismo y de acritud en esos planteamientos. Cuando repiten tanto que hoy día es una vergüenza cómo están las cosas, que la juventud de ahora no sabe lo que es la vida, que se ha perdido la idea de nosequé, que estamos en una sociedad sin valores, o cosas semejantes, incurren en un quejismo que les hace volver las espaldas al presente y al futuro, y que, sobre todo, dificulta la comunicación con las nuevas generaciones.

Igual de injusta sería la actitud opuesta, de considerar equivocado o ridículo todo lo que no sea nuevo, o llamar anticuado a todo lo que sea distinto a lo que ellos están viviendo. Y aunque esa actitud sea más frecuente en los más jóvenes, como la otra en los más mayores, la causa de fondo no está en la edad, pues hay abundantísimos ejemplos de personas mayores, e incluso ancianas, que están enormemente abiertas hacia lo nuevo, igual que de jóvenes vivamente interesados por aprender de lo antiguo.

Me parece que quienes manifiestan ese prejuicio obsesivo, tanto por lo viejo como por lo nuevo, suelen haber caído en él por culpa de su talante nada receptivo, por su pereza para entender lo diferente, lo que a lo mejor al principio se resiste a ser comprendido.

O quizá porque ven todo bajo el prisma de sus propias frustraciones, y no se dan cuenta de que es un error plantear las cosas como si la anterior o la siguiente generación tuviera las mismas percepciones de las cosas que ellos.

Pienso que son personas que están como un poco condenadas a perder, porque la vida no puede dejar ni de ir hacia delante ni de aprender del pasado, así que les conviene ser más receptivas ante lo viejo y ante lo nuevo, aunque sólo sea para no acabar viendo la vida con la misma trivialidad de que acusan a los otros.

En cualquier caso, pienso que hemos de amar el tiempo que nos ha tocado vivir, porque un hombre feliz ha de ser un hombre enamorado de su tiempo.

Las situaciones ideales sólo existen en la imaginación, o en una mala memoria, y una mente abierta siempre sabe descubrir —sin ingenuidades— los valores positivos de la sociedad en que vive, y en particular de la juventud, y sabe encontrar esos valores emergentes, esos rasgos y esas sensibilidades que siempre hay y que llenan de optimismo el futuro de cada nueva generación.

Credibilidad personal Para ganarse —mereciéndola— la confianza de los demás, resulta muy útil pensar cuáles son los rasgos de la persona a la que primero acudiríamos para confiar una preocupación seria, para desahogarnos de una inquietud que nos agobia.

Se trata de preguntarse cuáles son las condiciones que tendría esa persona, para así examinar nuestro propio caso y avanzar un poco.

Es muy probable que ese perfil de confianza sea el de una persona afable y serena, cercana, asequible, que sabe escuchar, leal.

Ahora pensemos si nosotros tenemos esos rasgos, si reunimos esas condiciones de credibilidad personal que estimulan la confianza de otras personas, y veamos cómo procurar adquirirlas.

Es verdad que la confianza exige sintonía entre dos personas, la culpa no tiene por qué estar siempre en uno mismo. Pero si de modo habitual no logramos ganarnos la confianza de las personas, es bastante probable que el problema esté básicamente en nosotros. Además, aunque estuviera sobre todo en el otro, nosotros sólo podemos remover esa barrera del otro en la medida en que actuemos sobre nosotros mismos para superarla entre los dos.

La comparación no es muy buena, porque son cosas muy distintas, pero lo normal es que cuando un vendedor no vende, al que hay que mandar a hacer un curso de reciclaje es al vendedor, no a los posibles compradores. Si no valoran nuestros consejos, si no generamos confianza, es probable que el principal problema esté en nosotros, en nuestro modo de ser, en que quizá nos falta comprender y escuchar mejor a los demás. En ese sentido, echar demasiado la culpa a los demás es como si el vendedor que no vende culpara siempre a los clientes cuando el problema es su propia incompetencia, puesto que hay otros vendedores que están vendiendo con éxito ese mismo producto a clientes similares.

Está claro que en la vida no vamos vendiendo nada, y tampoco hay buscar que todo el mundo tenga mucha confianza con nosotros, como si eso fuera un fin en sí mismo. Eso es cierto, y por eso traigo esa comparación sólo para fijarnos en que no se puede culpar siempre a los demás de que no sientan confianza en nosotros. Respecto a lo segundo, efectivamente, cuando buscamos mejorar nuestra credibilidad personal, procurando incorporar esos rasgos de carácter que hemos ido comentando, no lo hacemos como fin en sí mismo, ni como estrategia para generar morbosamente confidencias ajenas o repartir consejos de modo paternalista. Lo que buscamos es nuestro desarrollo humano pleno y el de los demás, una confianza mutua que será siempre origen de un enriquecimiento mutuo, porque aprenderemos siempre mucho de los demás.

Por esa razón hemos de escuchar con una disposición que no sea de curiosidad, ni de afán de dominar la situación o de mostrar superioridad, ni de un paternalismo mal entendido o un mezquino deseo de enterarse de todo. Ganarse la confianza de una persona no se parece en nada a un deseo malsano de curiosear en la intimidad ajena. La confianza brota cuando se escucha para comprender.

Glosando ideas de Miguel Angel Martí, podríamos decir que la actitud correcta es la de quien escucha con verdadero deseo de hacerse cargo, con el deseo de comprender y, si puede, aconsejar, consolar, animar o alegrarse con la otra persona. No nos interesa sobre todo lo que nos cuentan, sino más bien la repercusión que eso ha tenido en quien nos está hablando: nos debe interesar más la persona que las cosas que hayan podido sucederle, pues éstas son siempre pasajeras, lo definitivo son las personas.

Por otra parte, la credibilidad que infundimos en otros está bastante unida a la que nosotros les damos. Creer en los demás tiene efectos que muchas veces son sorprendentemente positivos. Todos hemos pasado alguna vez por pequeñas crisis, por momentos en los que nos faltaba un poco de fe en nosotros mismos, y quizá entonces encontramos a alguien que creyó en nosotros, que apostó por nosotros, y eso nos hizo crecernos y superar aquella situación. Goethe escribió: trata a un hombre tal como es, y seguirá siendo lo que es; trátalo como puede y debe ser, y se convertirá en lo que puede y debe ser.

La oportunidad de explayarse Cuando las personas están dolidas y se les escucha con verdadero deseo de comprender, dejándolas explayarse, sin querer contestar o precisar cada una de sus afirmaciones, es sorprendente lo rápido que abren su intimidad. Quieren abrirse. Muchos lo necesitan desesperadamente, y lo hacen sólo cuando encuentran suficiente comprensión. Y si no la encuentran, tienden a encerrarse en sí mismos, se amargan, se enrarecen y acaban saliendo por los registros más imprevisibles y menos lógicos.

Cuando las personas tienen la oportunidad de abrirse, cuando tienen la suerte de encontrar alguien sensato que les escuche, es frecuente que, sólo con contarlos, desenmarañen sus problemas. Y esto sucede porque muchas veces, en el mismo proceso de explicación —de verbalización— de su problema, perciben con claridad la solución, cosa que difícilmente habrían logrado pensando ellas solas.

Otros casos serán más complejos, y no será suficiente con explayarse para resolver los problemas. Entonces harán falta orientaciones claras y bien ponderadas que ayuden a desliar la maraña. Son casos que suelen llevar más tiempo, entre otras cosas porque su complejidad hace que esas personas necesiten recorrer un camino antes de abrir suficientemente su corazón. Necesitan una preparación previa, un tiempo de conocimiento que facilite mostrar con confianza su propia intimidad.

Hacerse cargo es no caer en el consejo rápido y ligero después de una confidencia atropellada; no actuar como un médico insensato que dijera «no tengo tiempo para hacerle un diagnóstico, pero pruebe con este tratamiento, que es muy bueno».

Otras veces no sabremos qué solución aconsejarles para sus problemas, pero al menos esa confianza mutua hará posible compartirlos, que siempre es un alivio grande. Quizá esas personas necesitan simplemente hablar, y en algunas ocasiones incluso que no se tenga demasiado en cuenta lo que dicen.

Hay veces en que no es momento de entrar al trapo de lo que una persona dice, sino que sobre todo hay que dejar que termine, que se desahogue. En esos casos, podría decirse —glosando ideas de Miguel Angel Martí—, que ha llegado la hora de escuchar: en la vida de bastantes personas, las situaciones de incomprensión, cansancio, cambios de estado de ánimo, aburrimiento…, a veces forman una madeja de inquietudes que rompe en un largo discurso en donde habla más el corazón que la cabeza, pero el estrépito y la fuerza iniciales suelen acabar —si se les deja tiempo hasta desahogarse— de modo más sensato y moderado.

En esos momentos, si el que escucha no se ha percatado de qué es lo que le pasa a quien habla, puede con sus intervenciones provocar una verdadera catástrofe, tomando excesivamente en serio lo que está oyendo y poniéndose en la conversación a la misma altura que el otro. Actuando así, no sólo no deslía la madeja de quien habla, sino que con ella se enreda también quien le contesta. La persona que se siente agobiada, no necesita un interlocutor que le conteste, discuta y critique, pues con eso sólo conseguiría una sobrecarga negativa a sus ya maltratados nervios; lo que necesita es una actitud de escucha, de interés, de comprensión: algo que podría llamarse efecto frontón.

Hay personas que digieren con facilidad las contrariedades y dificultades que cada jornada lleva consigo. Hay otras, en cambio, cuyos sufrimientos parecen ir amontonándose en el interior de su alma, hasta que llega un momento que tanto peso dolorido parece superior a sus fuerzas. Es entonces cuando la presencia de otro puede ayudar a eliminar eso que no se ha sabido digerir día a día. Necesitan a alguien que les ayude con su actitud humanitaria a hacer humo de todas esas astillas que se les han ido clavando, y que no han podido arrancarlas por sí solos.

Ese efecto frontón produce alivio fundamentalmente porque exteriorizar lo que a uno le pasa produce un desahogo afectivo, ayuda a aclararse uno mismo de lo que le está ocurriendo y facilita caer en la cuenta de la mayor o menor importancia de cada una de las cosas que se están verbalizando. Al hilo de la propia exposición, uno va encontrando soluciones, o sencillamente se percata una vez más de lo que es la vida, de que quizá no se le puede pedir más de lo que en ese momento nos da.

Si la persona que con su actitud de escucha hace efecto de frontón, es capaz además de esbozar brevemente algún comentario inteligente y apaciguador, es probable que —aunque en ese momento quizá el otro no lo valore— al menos sí lo guarde en su memoria, y le sirva de ayuda más adelante, cuando reflexione sobre aquello, que lo hará.

A mucha gente le cuesta bastante depositar su confianza en otros. Cuesta, por ejemplo, ganarse la confianza de los hijos a determinadas edades, o de nuestros compañeros, o nuestros vecinos. Pero si uno se esfuerza realmente en escuchar, y escuchar con deseo de comprender, es fácil que se sorprenda al comprobar la confianza con que se acaban manifestando las personas.

De todas formas, no puede quedar todo en una cuestión de simple técnica de cómo se escucha (aunque la hay). Ganarse la confianza de una persona ha de ser consecuencia de un deseo sincero; de lo contrario, si buscáramos la confidencia de una persona sin sinceridad, sin aprecio, sin importarnos realmente su dolor, esa confidencia, si es que llegara a producirse, sería más bien una invasión inmoral de la intimidad ajena, que dejaríamos expuesta y herida.

Ganarse la confianza requiere ser grandes escuchadores, personas que saben mostrar una aceptación y comprensión tales que quien habla no sienta reparo en ir descubriendo su intimidad, capa tras capa, hasta llegar al lugar donde está supurando el problema, para prestarle entonces nuestra ayuda desinteresada.

Operaciones de cirugía Consolidar una relación de confianza —con un amigo, con un compañero, con tu cónyuge, con uno de tus hijos— requiere una buena dosis de paciencia, y que de ordinario no conviene empujar ni presionar nada. Sin embargo, hay situaciones más extraordinarias en las que las cosas pueden ser algo distintas.

Por ejemplo, imagínate que has sabido a través de terceros que una persona te oculta algo de importantes consecuencias y que, por su bien y por el tuyo, es preciso aclararlo. Esto puede suceder en el ámbito familiar con uno de tus hijos, porque descubres quizá unas mentiras en cuestiones escolares, o pequeños robos, o que bebe más de la cuenta cuando sale con sus amigos, o incluso que ha hecho sus primeras incursiones en el mundo de la droga, blanda o dura (y sabemos bien que no se trata de posibilidades tan lejanas hoy para el ciudadano medio). O puede sucederte en el ámbito laboral, porque descubres una deslealtad de un compañero, o un atropello de tu jefe, o una camarilla de críticas entre unos subordinados, o lo que sea. O puede tratarse de una dificultad de entendimiento con tu cónyuge, tu hijo o tu suegra. O a lo mejor eres un adolescente que por una serie de detalles has visto ir deteriorándose la relación con tu padre o tu madre, hasta hacerse muy desagradable. O estás pasando un momento difícil en el noviazgo, o ves cómo una serie de agravios y malentendidos han llegado a enfriar una relación de amistad antes muy gratificante.

Son todas ocasiones que pueden presentarse y se presentan con cierta frecuencia. Es difícil dar reglas generales, pero en muchas de ellas sería un error —a veces un daño grave— dejar pasar las cosas y perder torpemente la oportunidad de tener una amplia conversación clarificadora con la persona en cuestión. Las situaciones pueden ser muy diversas, y es fácil que puedan en su comienzo resultarnos costosas, e incluso algo violentas, y exijan por nuestra parte un cierto ejercicio de fortaleza personal.

Lo que nunca conviene es ignorar neciamente la realidad: los problemas no desaparecen por ignorarlos. Las cosas que no se aclaran a su debido tiempo van formando como un muro de escoria entre las personas, una barrera que se va endureciendo poco a poco a base de inercias y cobardías, produciendo incomprensiones y agravios cada vez más lacerantes, y es una lástima dejar que ese muro crezca hasta hacerse inderribable.

Si vemos, por ejemplo, que alguien quizá no está siendo sincero con nosotros, y hay motivos que reclaman una solución a esa situación anómala, conviene afrontar el problema con decisión y lealtad. Será preciso comprobar las cosas que parece que no cuadran, atar cabos, contrastar, aclararse, hablar. Y no con una necia o dolida desconfianza, sino con un diligente y respetuoso deseo de arrojar luz y aire fresco sobre una relación que vemos —porque se nota— que se está enredando.

Son conversaciones muchas veces difíciles, pero es preciso afrontarlas. A veces será necesario pasar por momentos de cierta tensión, porque serán verdaderas operaciones quirúrgicas, en las que quizá haya que causar dolor, porque es preciso abrir hasta dejar a la vista el tumor, y así poder curar. Será preciso entonces pensar bien la conversación, y acometerla con valentía, ofreciendo nuestra sinceridad y nuestra franqueza al tiempo que solicitamos la suya y procurar dejarle una salida fácil, sin poner su amor propio en contra de la sinceridad, sino a favor.

Y plantear las cosas dejando fácil que se desahogue por completo, ayudándole con preguntas sencillas, quizá incluso aventurando delicada y prudentemente lo que suponemos que está en su mente y no termina de salir a la luz; y lo hacemos incluso pasándonos un poco, para que simplemente tenga que asentir, o matizar a la baja lo que nosotros hemos dicho y quizá a él le costaría decir por sí mismo.

Quizá, además del dolor propio, causemos también en el otro un dolor inicial, pero es preciso hacerlo, con la delicadeza necesaria, porque muchas veces será la única forma eficaz de ayudar, y otra cosa sería engañarnos, algo así como querer curar un cáncer a base de esparadrapo y mercromina. La cirugía de la sinceridad, si se hace bien, desatasca el cauce de la confianza y hace brotar ese agradecimiento grande que nace del desahogo.

En los casos en que, después de una cirugía profunda, haya salido a la luz un problema serio, de los que humillan, el postoperatorio puede ser largo. Entonces hay que saber profundizar en la psicología de esas personas en esos momentos, saber hacerse cargo del temporal que puede haberse desatado en su interior, de su posible desesperanza, de su tentación de dar un desplante y tirarlo todo por la borda si no encuentra en nosotros la acogida que él esperaba a su sinceridad. La clave está en saber valorar la dificultad que el otro puede tener para asimilar la humillación que subjetivamente le haya podido suponer.

De todas formas, como es lógico, lo ideal sería que raramente hiciera falta esa cirugía porque haya suficiente confianza. Si uno procura ser asequible, y se ocupa de ser receptivo a los problemas que surgen, pocas veces se presentarán problemas serios, porque se detectarán cuando son aún pequeños y pueden resolverse de forma sencilla.

Hay que saber aprovechar los momentos favorables, esas ocasiones en que se percibe una mayor confianza, cuando se distingue en la mirada un matiz que invita a la confidencia, una especie de receptividad especial por parte de la otra persona. Es una pena dejar escapar esos momentos en que resulta mucho más fácil hablar de una forma lúcida y relativamente serena acerca de esos temas delicados que necesitábamos tratar, sobre todo en aquellas relaciones personales en las que esos momentos no son frecuentes.

Llegar a tiempo. En esto sucede como en la medicina: se adelanta mucho si se detecta el mal en sus comienzos, cuando los síntomas son menos notorios. Es verdad que entonces es más difícil hacer el diagnóstico, y deducir cuál es el mal, pero también se cura mucho más fácilmente. En cambio, después, aunque el diagnóstico fuera perfecto, ya no es tan fácil. Y siguiendo esa comparación, podría decirse que hay que apostar decididamente por la medicina preventiva: favorecer estilos de vida sanos, diagnosticar a tiempo y dar tratamientos que curen pronto y sin secuelas: ahí se demostrará la calidad de nuestras relaciones humanas.

Se trata, por ejemplo, de crear a nuestro alrededor un clima que inspire confianza, que fomente la sinceridad y lealtad mutuas; de ser personas de talante positivo, animante, abierto, alentador: que la gente, después de hablar con nosotros, después de escucharnos, se sienta optimista, alegre, ilusionada (y eso aunque alguna vez hayamos tenido que decirles —por su bien— cosas fuertes); de ser personas que no se atrincheran en sus propias afirmaciones, como un retórico grandilocuente que se encastilla en sus excesivas seguridades; de ser personas que escuchan, que desean sinceramente enriquecer su mente con la aportación de los demás; de ser personas que saben que cuánto más profundamente comprendemos los problemas de los demás, más apreciamos a esas personas, y más respeto sentimos por ellas.

El carácter y las relaciones humanas

  • El símil de la cuenta bancaria
  • Claridad en las expectativas recíprocas
  • Lealtad, cercanía
  • No basta con pedir disculpas
  • Evitar antagonismos innecesarios
  • Conjugar lo que parece difícil de conjugar
  • Acuerdos yo-gano/tú-ganas
  • Descubrir y potenciar sinergias

El símil de la cuenta bancaria Es probable que la mayor parte de los problemas por los que pasamos las personas, y quizá los que más dolorosamente nos marcan, sean precisamente problemas de relación con otras personas.

Algunos quizá poseen una gran capacidad de relación en su vida profesional, y son altamente estimados y respetados en su trabajo, al que dedican todo el tiempo del mundo, pero está muy deteriorada su relación con su mujer o su marido, o con sus hijos.

En muchas empresas y organizaciones, cuando llegamos a conocerlas de cerca, advertimos que los problemas más graves también suelen provenir de dificultades de relación entre sus máximos responsables, o de ellos con el resto de los integrantes de la entidad.

Lo malo es que, tanto en unos casos como en otros, cuando comprueban que se ha deteriorado su relación con otra u otras personas, muchas veces, en vez de esforzarse por mejorarla, buscan refugio en otros ámbitos de su vida, o en otras relaciones, eludiendo así la grave necesidad de reconstruirlas. De este modo, los problemas se cronifican y son cada vez más difíciles de resolver.

Muchos expertos en relaciones humanas han recurrido, a la hora de abordar estas cuestiones, al símil de la cuenta bancaria emocional.

En una cuenta bancaria ingresamos nuestro dinero, y con ello creamos un depósito. Cuando sacamos el dinero de allí, o hacemos cualquier pago a través de esa cuenta, reducimos parte de ese depósito.

Continuando con este símil, todos tenemos abierta una especie de cuenta emocional con cada una de las personas que tratamos. En esa cuenta efectuamos ingresos mediante la cordialidad, el trato afable, la honestidad, la lealtad, el cariño, etc. A medida que hacemos ingresos en esa cuenta, aquella persona irá acumulando un mayor depósito en relación a nosotros. Cuando actuamos mal respecto a ella, es como si efectuáramos una salida, y el depósito disminuye. Cuando la cuenta de confianza es alta, la comunicación es buena y la relación es grata (en esto sucede también como con los bancos).

Pero si adquirimos la mala costumbre de mostrarnos ingratos y desagradables con esa persona, y traicionamos esa confianza, la cuenta irá bajando hasta llegar a un nivel bajo, incluso hasta ponerse en números rojos. Y si estamos continuamente haciendo equilibrios entre los números negros y los rojos, la relación será tensa y difícil (aquí también sucede como con los bancos); y si estamos habitualmente en números rojos, ya no será simplemente difícil, sino muy difícil.

El problema de muchas empresas e instituciones de todo tipo es que sus miembros funcionan entre ellos precisamente así, con su cuenta emocional en números rojos, o al borde de estarlo. En lugar de una buena comunicación, hay —como mucho— una difícil convivencia entre estilos diferentes, o una crispada tolerancia. Y muchas familias, muchos matrimonios, funcionan también ordinariamente así. Y entre muchos compañeros, vecinos o conocidos, hay también una relación de este género, fácilmente hostil, defensiva, susceptible.

Las buenas relaciones humanas, y sobre todo las más prolongadas —familia, trabajo, amistad, etc.— exigen ingresos continuos en eso que estamos llamando cuenta emocional, porque el desgaste de la vida diaria ya supone siempre un goteo continuo de salidas.

Apliquemos este símil a la relación de unos padres con su hijo. Por ejemplo, si a pesar de que le quieres sinceramente, el trato con un hijo tuyo adolescente se reduce en la práctica a periódicas reconvenciones (ordena tu cuarto, has llegado tarde, vístete como una persona normal, córtate el pelo, baja la basura, a ver si ayudas en casa, baja el volumen de la radio, dónde vas con esas pintas, etc.), más algunas conversaciones insustanciales, unos cuantos consejos (por desgracia, frecuentemente inoportunos), y poco más, entonces, es muy probable que la cuenta emocional con tu hijo esté en números rojos desde hace tiempo.

En esas circunstancias, si tu hijo tiene que tomar una decisión importante, la comunicación con él será tan difícil, y su receptividad tan baja, que toda tu sabiduría, tu experiencia de padre o de madre y tu afán de ayudarle te servirán en ese caso realmente para bien poco.

¿Cuál es la solución entonces? Si es ésa la situación, lo más práctico es salir cuanto antes de los números rojos y llegar pronto a niveles de cierta solvencia emocional en esa relación.

Habrá que tener pequeñas atenciones, mostrar una mayor capacidad de interesarse por él, de escucharle y comprenderle. Habrá quizá que dedicarle más tiempo, y procurar ponerse más en su lugar. Tendrás que hacerle sentir que se le acepta como es, que se le quiere ayudar a mejorar respetando lo más posible sus ideas y su personalidad.

Probablemente no logres mejoras rápidas ni espectaculares, porque quizá hay muchos números rojos y no somos capaces de hacer ingresos tan rápidamente: bien porque tenemos ingresos bajos (poco hábito de preocupación efectiva por los demás); o porque tenemos grandes y arraigados hábitos de gasto (por egoísmo, impaciencia, irascibilidad, susceptibilidad, distancia emocional, etc.); o bien porque somos de carácter cíclico o inestable, y hacemos grandes ingresos hoy pero mañana lo despilfarramos todo tontamente.

Lo malo es que a veces uno no sabe si está acertando o no, porque a lo mejor piensas que estás haciendo ingresos y resulta que estás haciendo una auténtica sangría en esa famosa cuenta… Por eso es importante considerar que en las relaciones humanas no basta con tratar a los demás como quisieras que te trataran a ti, porque quizá hay cosas que a ti te agradan y a esa otra persona no, o cosas que nosotros consideramos triviales pero que para ella son muy importantes.

Hay que asegurar, por ejemplo, que nuestros intentos de acercamiento no se produzcan en momentos inoportunos y generen nuevos rechazos. Y comprobar que no hay una profunda falta de comprensión mutua que haga que esa relación se esté construyendo sobre cimientos minados.

Hacerse cargo de la realidad intelectual y emocional de los demás —cómo piensan y qué sienten—, así como de su capacidad real de superarse —muy relacionada con su fuerza de voluntad—, es decisivo para construir una buena relación (dedicaremos a ese tema el próximo capítulo).

Otras veces, a lo mejor piensas que algo ha sido un error sin más trascendencia, y resulta que él, o ella, le dan una importancia enorme… Hay multitud de pequeños detalles que, aun siendo cosas objetivamente pequeñas, en la subjetividad emocional de la otra persona pueden ser llegar a ser muy grandes.

Pero, por fortuna, ese efecto, que observamos que se produce en sentido negativo ante pequeñas faltas de respeto o consideración, breves enfados, sencillas promesas incumplidas, etc., puede producirse igualmente en sentido positivo ante sencillas muestras de afecto, de reconocimiento, de deferencia, de lealtad, etc.

Cada uno valora de modo especial algunas cosas, y es verdadera muestra de buena convivencia esforzarse por conocerlas y mantenerlas en la memoria para poder así hacerles la vida más agradable. Todo el mundo valora en mucho los detalles, entre otras cosas porque por lo general las personas suelen ser más sensibles de lo que aparentan.

Claridad en las expectativas recíprocas Muchas relaciones personales se deterioran seriamente por algo tan simple como no haber hablado las cosas en su momento con normalidad, por falta de claridad en las expectativas recíprocas. Quizá a veces nos enfadamos porque no se ha hecho lo que habíamos pedido o deseado, y el problema es simplemente que no se había entendido lo que queríamos. O resulta que molestamos a alguien sin querer, y el problema se reduce a que no sabíamos que con nuestra actitud o nuestra conducta estábamos perjudicando o molestando a esa persona.

Por eso es preciso actuar con la necesaria naturalidad y sencillez, de modo que logremos crear a nuestro alrededor un clima de confianza en el que sea fácil saber qué es lo que cada uno espera de los demás.

Otro ejemplo. A lo mejor un día nos sorprendemos de que tenemos pocos amigos. Es algo que sucede a bastante gente en algún momento de su vida: advierten que su círculo de relación es corto, que hay poca gente que cuente con ellos de modo habitual.

Si eso nos sucede, es preciso recordar que tener verdaderos amigos siempre supone esfuerzo y constancia. Aunque, como es lógico, depende mucho de la forma de ser de cada uno, siempre es preciso vencer inercias, superar pasividades y arrinconar timideces (por cierto que es sorprendente el elevado porcentaje de personas que se consideran tímidas: en nuestro país, del orden del 40% según algunas estadísticas).

¿Y no es un poco antinatural eso de esforzarse para tener amigos, cuando la amistad debe entenderse como algo relajado y natural? La amistad debe ser, efectivamente, algo relajado, natural y gratificante. Sin embargo, la amistad, como tantas otras cosas en la vida que también son naturales y gratificantes, exige, para llegar a ella, superar un cierto umbral de pereza personal, y por eso muchos se quedan encallados en ese obstáculo. El tirón de la pereza puede llevarnos a una vida de considerable aislamiento o pasividad, y eso aunque sepamos bien que superándola nos iría mucho mejor y disfrutaríamos mucho más.

De todas formas, tienes razón en que a veces la causa de las pocas amistades está en algo más de fondo, y hemos de pensar si no vivimos bajo una cierta capa de egoísmo, si no hay una buena dosis de encerramiento en nuestros propios intereses, de refugio en una perezosa soledad.

Quizá tenemos un carácter difícil (o al menos manifiestamente mejorable) y somos de trato poco cordial, o hablamos sólo de lo que nos gusta, o vamos sólo a lo que nos gusta, o nunca nos acordamos de felicitar a nadie en su cumpleaños o en Navidad, ni nos interesamos por su salud o la de su familia, ni hacemos casi nada por estar cerca de ellos en los momentos difíciles.

O quizá ponemos poco interés en todo lo que no nos reporte un claro interés —valga la redundancia—, y aunque efectivamente tengamos una conversación paciente y educada, ponemos en esos casos un interés —exagerando un poco— similar al que se pone al hablarle a un canario en su jaula.

O quizá manifestamos habitualmente una actitud rígida o imperativa, que genera rechazo; o tendemos hacia una beligerancia dialéctica que nos lleva a buscar siempre quedar victoriosos en cualquier conversación, como si fuera una batalla, y encima queriendo dejar claro que hemos ganado; o escuchamos poco y hablamos mucho, y resultamos pesados; o somos demasiado premiosos, o prolijos (no debe olvidarse que el secreto para aburrir es querer decirlo todo); o nos pasamos de obsequiosos, y nuestro trato resulta un poco asediante, o untuoso; o tratamos a los demás con excesiva vehemencia, o con aires de superioridad, como dando lecciones.

Podríamos enumerar muchos otros defectos, pero quizá la clave para contrarrestarlos podría resumirse en algo muy sencillo: esforzarse por ser personas que saben escuchar y que buscan servir a los demás.

Lealtad, cercanía La lealtad, y en primer lugar con los ausentes, es otra cuestión clave en las relaciones humanas. Cuando una persona habla mal de otra a sus espaldas, o revela detalles que alguien le ha manifestado de modo confidencial, además de actuar injustamente en la mayoría de los casos, destruye su propia capacidad para generar confianza. Quizá esa persona busca ganarse la confianza de la otra gracias a esa indiscreción o ese desahogo, pero esa falta de integridad personal está minando en sus cimientos aquella confianza.

Ante los errores o defectos de nuestros amigos o conocidos, la lealtad exige que procuremos —en la medida en que eso sea posible— ayudarles a corregirse. Como es obvio, esto será más fácil cuanto mayor sea nuestra confianza con ellos.

Si no nos resulta posible decirles nada, o se lo hemos dicho y aparentemente no ha habido ningún cambio, no por eso la murmuración y el chismorreo dejan de ser una deslealtad. Sólo cuando lo exija la justicia o el bien de los demás, será legítimo advertir a otros —y siempre extremando la prudencia— de aspectos negativos que hemos observado en una persona.

Cuando hay una buena relación personal, los errores de quienes nos rodean son, si sabemos aprovecharlos, ocasiones excelentes para ayudar lealmente a esas personas a corregirse. Muchas veces, una advertencia sincera y prudente hecha a tiempo es la mejor forma de mostrar el afecto por una persona.

El problema es que muchas veces, cuando ves que habría que hacer una advertencia a alguien, precisamente entonces tu relación con esa persona está bajo mínimos, y no la aceptaría bien… Por eso es importante que haya una buena relación general entre las personas con las que uno trata (dentro de la familia, en el trabajo, con los vecinos, etc.).

Por ejemplo, si en la familia hay unos lazos fuertes entre padres, hijos, hermanos, abuelos, tíos, primos, etc., esa relación puede resultar decisiva en situaciones de mayor dificultad. Sentir y saber que hay muchos otros miembros de la familia que nos conocen y se preocupan por nosotros, aunque quizá vivan lejos, puede suponer una ayuda mutua importante para la convivencia familiar. Si uno de tus hijos, por ejemplo, tiene dificultades para relacionarse contigo en un momento determinado, quizá pueda ayudar a arreglarlo tu cónyuge, un hermano, o una tía, o el abuelo. En una familia unida, cada uno de sus miembros representa una referencia y una ayuda que pueden resultar de vital importancia en el momento más insospechado.

No basta con pedir disculpas Recuerdo ahora el relato de un padre de familia, hombre sensato aunque quizá un poco impulsivo, que un buen día advirtió que la bronca que acababa de echar a uno de sus hijos era desproporcionada e injusta.

No habían pasado más que unos minutos cuando comprendió que había interpretado la situación de un modo totalmente erróneo, y que su reacción había sido impropia y exagerada.

Como era un hombre leal y de principios, se dirigió hacia la habitación de su hijo para disculparse. En cuanto abrió la puerta, lo primero que escuchó fue: —No quiero perdonarte, papá.

—Lo siento, no me había dado cuenta de que tenías razón. ¿Por qué no quieres perdonarme, hijo? —Porque hiciste lo mismo la semana pasada.

En otras palabras, venía a decir: «Papá, no pienses que vas a resolver este problema simplemente pidiendo disculpas. Tienes que cambiar.» Aunque no sea éste un ejemplo especialmente modélico en cuanto al perdón, de este relato puede sacarse una enseñanza importante: no basta con pedir disculpas, es preciso también corregirse y procurar reparar el daño causado.

Sería un error pensar que pidiendo disculpas se arregla todo sin más. El daño que se haya hecho, aunque se perdone, suele tener unas consecuencias que no pueden ignorarse. Por eso la petición de disculpas ha de ir siempre unida a un sincero y eficaz deseo de corregir en ese punto nuestro carácter, rectificar nuestra conducta y compensar de algún modo ese daño.

Evitar antagonismos innecesarios Muchísimas personas tienen en su carácter una marcada tendencia a plantear todo en términos de oposición y de dicotomía:

  • «si yo consigo lo que quiero es porque alguien se queda sin ello»;
  • «si yo salgo ganando, si quedo más arriba, será básicamente porque tú sales perdiendo, porque te quedas más abajo»;
  • «si a él le interesa eso, será por algo, y seguramente a mí me conviene que suceda lo contrario»; etc.

    Es lo que podría llamarse la filosofía del yo-gano/tú-pierdes. Una forma de entender la vida en la cual parece que el éxito sólo puede lograrse a expensas de otros, o excluyendo el éxito de otros, o a costa del fracaso de otros.

    Se trata de una mentalidad que acaba conduciendo a continuas situaciones de angustia y frustración. Tanto es así que en toda la literatura mundial en torno a la efectividad humana que se ha escrito en los últimos decenios se ha impuesto con rotundidad un estilo muy distinto, que podríamos llamar del yo-gano/tú-ganas. No es una simple técnica para mejorar las relaciones humanas, sino todo un modo de sentir y de entender las cosas, que busca el beneficio mutuo en todas las relaciones e interacciones humanas.

    La filosofía del yo-gano/tú-ganas busca que los acuerdos o soluciones sean mutuamente benéficos y satisfactorios. Se basa en la convicción de que existen otras alternativas, de que en muchos casos no se trata de luchar entre tu éxito o el mío, sino de buscar un éxito mejor, y que sea de los dos.

    Es verdad que eso no siempre será fácil. Por ejemplo, en un partido de fútbol no pueden ganar los dos equipos al tiempo; o en unas elecciones no pueden salir elegidos a la vez los dos principales candidatos a la presidencia del gobierno. Es cierto que en la vida hay bastantes cuestiones que se plantean en clave yo-gano/tú-pierdes, y ciertamente esa competitividad es positiva en muchas ocasiones, o al menos es inevitable. Pero hay otros muchos casos en los que surgen planteamientos de competitividad agresiva que no tienen sentido alguno.

    Por ejemplo, en la familia: ¿tiene sentido hablar de quién de los dos está ganando en tu matrimonio?; ¿o de quién gana en la relación con tu hijo, o con tu padre, o con tu hermana? Son casos en los que parece obvio que, si no ganan ambos, esa relación está mal planteada. No tenemos por qué vivir compitiendo con nuestro cónyuge, con nuestros hijos, con nuestros padres, con nuestros vecinos o nuestros amigos. En ese sentido, la filosofía del yo-gano/tú-pierdes es una nociva mentalidad que muchas personas tienen profundamente inculcada, consecuencia quizá de muchos años de vivir bajo planteamientos de ese estilo.

    Además, incluso en las relaciones más competitivas, siempre debe haber un nivel al que esas relaciones sean del tipo yo-gano/tú-ganas. Por ejemplo, en un partido de fútbol los dos equipos salen ganando si se considera que están participando con deportividad en un campeonato cuyo desarrollo beneficia a ambos; varios candidatos a la presidencia de una nación pueden estar ganando si se consideran las cosas desde el punto de vista del servicio que ambos con su campaña electoral prestan al sistema democrático de esa nación; etc. El hecho de que cada uno compita leal y honestamente, respetando las reglas del juego, es algo que beneficia a todos y que por tanto cabe dentro de la filosofía del yo-gano/tú-ganas.

    Otro error de enfoque en la relación personal puede venir de una mentalidad parecida, aunque opuesta: la del yo-pierdo/tú-ganas. Se da, por ejemplo, en frases como: «haz lo que te dé la gana, nunca me haces ningún caso»; «sigue perjudicándome, siempre harás lo que a ti más te convenga»; «eso me pasa por haber querido ser honrado»; etc. Son actitudes que generan conformismo, resentimiento, victimismo o excesiva indulgencia.

    Por último, y para completar todas las variantes de este tipo de errores, cabe también la mentalidad del yo-pierdo/tú-pierdes, propia de conflictos entre personas envidiosas y vengativas que, en su afán de ver perder a su competidor, logran amargarse mutuamente la existencia.

    Conjugar lo que parece difícil de conjugar —A ver, contésteme con rapidez, ¿cuánto suman dos más dos? —Cinco.

    —No, hombre, no: dos y dos son cuatro.

    —Pero bueno…, ¿usted qué quería, precisión o rapidez? Muchas personas son como el interrogado en este viejo chiste, tienen una gran tendencia a los planteamientos dicotómicos. Son gente que todo lo quiere establecer en términos de dicotomías: esto o lo otro, blanco o negro, así o nada, y punto.

    Sin embargo, sabemos que la mayoría de las realidades de la vida son complejas y resulta un error plantearlas forzadamente así. Es más, muchas veces la clave está precisamente en hacer una cosa sin dejar de hacer la otra: no queremos lo uno o lo otro, sino las dos cosas, lo uno y lo otro (o sea, precisión y rapidez, si volvemos a lo del chiste).

    Por ejemplo, la madurez exige un equilibrio entre defender con energía las propias convicciones e intereses y, al tiempo, saber tratar con consideración a los demás. En cambio, los personajes dicotómicos creen que si uno es amable no puede ser exigente; que si uno trata con consideración a los demás no puede ser audaz; que si uno tiene confianza en sí mismo no puede confiar en los demás; que si uno quiere triunfar en la vida tiene que prepararse para pisotear a quienes le rodean. Y como actitud vital es un gran error, pues la vida no puede basarse en el radicalismo o la confrontación.

    Esos planteamientos dicotómicos pueden llegar a extremos bastante sorprendentes, si se miran las cosas con un poco de objetividad. Un ejemplo muy claro es la envidia. Hay personas que se sienten verdaderamente mal si tienen que compartir el éxito o el reconocimiento con otras personas. La envidia les corroe. Les duele en el alma que otros triunfen más que ellos, o incluso que se aproximen a su nivel de triunfo. Les molesta que otros tengan suerte, habilidades o méritos que ellos no tienen, en especial si se trata de personas cercanas a él. Su sentido de la propia valía está basado en la comparación negativa con quienes le rodean: necesitan del fracaso ajeno para aliviar su amargura vital.

    Para esas personas, parece que la felicidad es un bien tan terriblemente escaso que los demás se lo arrebatan cuando disfrutan de ella.

    De todas formas, aunque digamos esas cosas tan fuertes sobre la envidia, parece claro que es una mala inclinación que todos tenemos dentro, en mayor o menor medida. Quizá por eso puede decirse que la filosofía del yo-gano/tú-pierdes hunde sus raíces en inclinaciones humanas torcidas contra las que todos tenemos que luchar.

    Normalmente la envidia no nos hará desear de que otros sufran grandes desgracias (no somos tan perversos), pero sí puede incitarnos a una secreta e íntima satisfacción al ver que a otros no les va tan bien…, porque sentimos que eso nos sitúa de alguna manera mejor respecto a ellos.

    Cuando se produce de un modo espontáneo ese sentimiento, es preciso esforzarse personalmente por superarlo, buscando nuestra seguridad y nuestra satisfacción dentro del propio proyecto personal de vida. Un proyecto, además, que si está bien diseñado se sustentará en buena parte sobre un firme propósito de hacer y desear el bien a quienes nos rodean.

    Acuerdos yo-gano/tú-ganas En todas las clases hay alumnos que destacan y otros que suelen quedarse atrás. Recuerdo el caso de un profesor de enseñanza media que utilizaba un ingenioso sistema de motivación para recuperar a los alumnos más retrasados.

    El sistema consistía en hacer un acuerdo con toda la clase. Todo alumno que hubiera aprobado el examen parcial de la evaluación podía ofrecerse a ayudar a otro que hubiera suspendido, y preparar juntos el siguiente examen. Si lo hacían, ese alumno anotaba al comienzo de su examen el nombre del que le había ayudado. Si después aprobaba, el profesor recompensaba con una subida de un punto al que con sus explicaciones había logrado sacar al otro de las tinieblas del suspenso.

    Así lograba que los más inteligentes ayudaran a los que iban más retrasados, y esto cubría dos objetivos a cual más interesante: que unos aprendieran la asignatura y que otros aprendieran a ser más generosos y preocuparse de los demás (además, enseñando es como mejor se aprende).

    Cuando lo oí contar, me dispuse a experimentar ese método con mis alumnos, que por entonces tenían catorce o quince años. Aunque comencé con un cierto escepticismo, pronto comprobé sus buenos resultados. Los más aventajados ayudaban a los que iban peor, y las calificaciones medias subieron bastante.

    Podría objetarse que eso no sería propiamente generosidad, puesto que no lo hacían de modo desinteresado, sino por ganar ese punto más en sus calificaciones. Y es cierto que inicialmente quizá hubiera más de interés personal que de deseo de ayudar. Pero enseguida se vio que para ellos el punto que podían ganar era casi lo de menos: al final estaban casi más orgullosos del aprobado de su compañero que del suyo propio.

    El mayor éxito era que quizá con esto algunos redescubrían la alegría que siempre acompaña a la preocupación por los demás. Una prueba de cómo generosidad y felicidad están indefectiblemente ligadas, tanto como el egoísmo y la amargura.

    Aquella experiencia docente propiciaba un beneficio mutuo en todas las direcciones, tanto entre el profesor y los alumnos como de ellos entre sí: se trata, pues, de un caso del tipo yo-gano/tú-ganas. Con esto no quiero abominar de otras fórmulas más competitivas, que también pueden ser útiles, sino simplemente resaltar la eficacia de crear un clima de cooperación.

    La tendencia de algunos educadores a la excesiva competitividad lesiona fácilmente la autoestima de los menos dotados. Por eso es preciso encontrar un equilibrio. No es malo inducir un sano deseo de emulación ante los que son mejores, o presentar como estímulo el modelo que encarnan otras personas. Lo que no puede olvidarse es que los frutos que cada persona puede obtener de la ejercitación de sus facultades son enormemente variados, y nadie debe sentirse menospreciado por no conseguir los resultados que obtienen otros.

    Además, cada persona está más dotada para unas cosas y menos para otras, así que siempre habrá otros aspectos de su vida en los que podrá ser ayudada por los demás. Cualquier relación humana bien planteada supone siempre un beneficio mutuo, pues toda persona siempre tiene cosas que aportar a cualquier otra. Por eso toda persona debiera sentirse necesitada de la ayuda de los demás, y una generosidad que fuera ostentosa o paternalista sería ridícula e injusta: lo ideal es que quien está siendo ayudado casi no se dé cuenta de ello, por la elegancia y delicadeza de quien le ayuda.

    ¿Cómo crear ese clima de cooperación? Para que un profesor (o el gerente de una empresa, o un padre o una madre de familia, etc.) logre ese clima de colaboración con sus alumnos (o empleados, hijos, etc.), han de estar bien claros los valores y objetivos que presiden esa relación, así como los modos en que se evalúan los resultados. Naturalmente, esto será más formal en la clase o la empresa, y menos en la familia, pero también en ella ha de existir.

    Estando esto claro previamente, a partir de ahí el deseo del profesor ha de ser que todos saquen las mejores notas posibles, el del gerente que todos sus empleados cumplan su misión de forma excelente, y el del padre de familia que todos sus hijos se eduquen libremente de acuerdo con esas metas y valores. En la mayoría de los casos, ese sistema de cooperación suele resultar mucho más efectivo que el del autoritarismo o la simple confrontación, pues disminuye la necesidad de control, incrementa la motivación, y revela cómo en muchas ocasiones los problemas no estaban en las personas sino en el sistema de relación adoptado.

    Descubrir y potenciar sinergias Probablemente todos tenemos en la memoria experiencias personales en las que hemos llegado a una relación de entendimiento y complementariedad grandes con otra u otras personas. Quizá fue practicando un deporte, o trabajando con un equipo de personas con las que nos compenetramos extraordinariamente, o con ocasión de tener que acometer alguna cuestión grave y urgente que facilitó aunar esfuerzos para resolverla. Son ejemplos de situaciones de sinergia.

    La sinergia es un efecto que se produce entre dos o más personas y que les hace sincronizar y complementar sus esfuerzos e intereses de tal manera que logran alcanzar un resultado notablemente superior al que saldría de la simple suma aritmética de sus aportaciones individuales. En ese sentido, podría decirse que la sintonía humana y la armonía propias de la amistad o el amor son buenos ejemplos de situaciones de sinergia.

    Para algunas personas, esas situaciones se reducen a su relación con muy pocas personas, o sólo a algunos ámbitos de una vida que, por lo demás, discurre teñida de experiencias negativas en la relación con los demás.

    Sin embargo, otras personas han aprendido a descubrir y estimular lo positivo de quienes le rodean, y saben establecer sinergias con casi todo el mundo: son como los buenos escaladores, que logran encontrar pequeños puntos de apoyo donde otros no ven más que una pared totalmente lisa e impracticable.

    Cuando alguien aprende a descubrir y potenciar sinergias en su relación con los demás, abre su vida a una infinidad de nuevas posibilidades y alternativas.

    A muchas personas, por la educación que han recibido, les será muy difícil incorporar a su vida esa actitud. Les costará más, sin duda, pero —como cualquier otro rasgo del carácter— puede incorporarse regular y sistemáticamente a sus modos de plantear la vida cada día. Es cuestión de poner el necesario esfuerzo personal y, también, cierto espíritu de aventura. ¿En qué sentido? Me refiero a que exige un talante mínimamente activo, pues cualquier esfuerzo creador precisa de algo de arrojo e imaginación, y siempre se asumen algunos riesgos. El que no hace nada no se equivoca, pero el que hace algo a veces se equivoca, y precisa por tanto de una mínima resistencia a la frustración: debe abandonar la triste paz de la apatía y el apocamiento para adentrarse en la alegre satisfacción de una relación humana plena.

    Por ejemplo, muchas personas no logran un mayor entendimiento entre ellas simplemente porque no hablan las cosas. Por eso, un recurso clásico de comunicación sinérgica es el brainstorming, la tormenta de ideas, que consiste en provocar una profuso y abundante intercambio de ideas y puntos de vista a lo largo de una reunión de un grupo de personas.

    Se puede aplicar a cualquier relación humana, tanto a una reunión de trabajo como a una familiar informal o una tertulia entre amigos. Una tormenta de ideas puede aportar un torrente de imaginación y creatividad que desbloquee una situación de rutina o estancamiento. Desde luego, muchas de las ideas que surjan serán inútiles; pero otras serán interesantes, y puede que incluso alguna, en medio de tantas otras, llegue a tener rasgos de espontánea y auténtica genialidad.

    En general, lograr que pueda darse un intercambio natural y fluido de impresiones entre dos o más personas siempre resulta estimulante y permite superar las barreras de algunas inhibiciones negativas, o visualizar errores que de otra manera no habríamos advertido.

    Cuando se logra esa comunicación sinérgica, se puede unir de un modo extraordinario a un grupo de amigos, una familia, un equipo de investigadores o un consejo de administración.

    Es verdad que si uno se lanza y no se logra ese ambiente, puede caerse en el caos más absoluto. Sucede de vez en cuando, a veces incluso justo después de haber estado en un momento de buena sintonía, pero que por alguna razón se pierde y el curso de la conversación se desvía hasta descarrilar por completo y precipitarse en el caos. Por eso decía antes lo de tener cierto espíritu de aventura, pues en esa situación podemos pensar que habría sido mejor no arriesgarse a llegar a esos desencuentros.

    Habrá veces en que será imprudente tratar determinados temas en determinados momentos y circunstancias. Unas veces comprenderemos que no era un modo acertado de tratar esas cuestiones, y hemos sido efectivamente imprudentes, pero en otros casos el error procederá del modo de conducir la conversación, y entonces debemos sacar experiencia para posteriores ocasiones y no refugiarnos en la incomunicación, porque en la incomunicación el desencuentro es permanente.

    El éxito dependerá más de las personas que del método que se siga, porque hay gente con la que no hay forma de entenderse en ningún sitio. Para lograr una buena comunicación no es suficiente el método, ni el simple respeto, ni la cortesía o la diplomacia. Lo deseable es que la consideración de cada uno por los demás sea tan alta que, si surge un desacuerdo, en lugar de oponerse inmediatamente y procurar rebatir al otro, se inicie un esfuerzo personal de comprensión hacia la postura de esa otra persona.

    Es decir, que ante una diferencia de opinión con otro, se parta de una actitud que sea como decir: si una persona de tu valía disiente de mí, debe haber algo en tu desacuerdo que no entiendo, una nueva perspectiva que me interesa mucho percibir. La esencia de la sinergia está en valorar la diferencia y saber respetarla y complementarla.

    De esta manera, evitando las actitudes innecesariamente defensivas y autoprotectoras, se produce un sano deseo de mejorar nuestras ideas con lo que piensan los demás. Quizá nos sobran evidencias, y se trata, en definitiva, de no defender como cuestión de principios lo que no son más que unos puntos de vista que probablemente nos interese enriquecer.

    Otras veces, cuando una situación parece enfrentar sin remedio dos alternativas (y quizá pensamos que podrían calificarse como la nuestra y la errónea), casi siempre podremos buscar una salida más a gusto de los dos: lo que podríamos llamar una tercera alternativa sinérgica. La clave está en reemplazar la mentalidad dicotómica de o esto o aquello por una nueva solución que, sin ser quizá perfecta (sobre todo porque los problemas complejos no suelen tener soluciones perfectas), deje satisfechos a ambos.

    Puede aplicarse aquello de que «a veces lo mejor es enemigo de lo bueno», si se entiende bien ese dicho. Porque si la solución que a nosotros nos parece mejor va a provocar un conflicto que no guarda proporción con la ventaja que aporta esa solución, entonces esa solución deja de ser mejor, y será preferible que cedamos un poco.

    Esto no quiere decir que ceder sea bueno de por sí, puesto que otras veces lo sensato será demostrar firmeza, y tan equivocado sería ceder por sistema como encastillarse en la obstinación.

    En cualquier caso, la excesiva rivalidad, los conflictos y agravios permanentes, la continua preocupación por proteger la propia retaguardia, la desconfianza, la lucha por el dominio, la crítica destructiva… son siempre actitudes y planteamientos que consumen una energía enorme en cualquier relación personal. Son como conducir un coche con un pie en el acelerador y otro en el freno: la solución no es apretar más el acelerador —más elocuencia, más presión, más argumentos para fortalecer la propia posición—, sino levantar un poco el pie del freno y saber usar armónicamente ambos pedales.

  • Centrarse en los demás

    • Corresponder
    • Conocer a los demás
    • La personalidad y el entorno
    • Autosuficiencia y consejo
    • Desconfiados y resentidos
    • Creer en los demás
    • El cristalito en el ojo
    • Personas interesadas en los demás
    • ¿Y a mí qué?

    Corresponder «Mi madre —me decía hace ya tiempo un buen padre de familia— es muy absorbente. Y siento tener que decir que desde que la hemos traído a casa hemos empezado a tener un montón de problemas nuevos.

    »Tiene setenta y ocho años y está bastante enferma. Y la enfermedad le afecta ya un poco a la cabeza, y se ha hecho bastante absorbente, como te decía, por no decir que a veces —con perdón— está insoportable.

    »A ella le gustaría que estuviéramos todo el día a su lado, y nos controla hasta las horas de llegada a casa por la tarde. No para de opinar de todo, y la verdad es que hay veces en que acaba con mi paciencia.

    »Algunas veces pienso que lo mejor sería que estuviera en una residencia, y dejarme de problemas. Pero luego me avergüenzo al recordar todo lo que ella me ha soportado a mí, antes y después de nacer. Y pienso que no puedo menos que corresponder ahora así con ella.» Se trata de una situación bastante común en muchos hogares. Son circunstancias que a veces se hacen difíciles, pero que hay que asumir serenamente, como una tarea difícil y al tiempo maravillosa, de hacer felices a nuestros padres en esos pocos años que les quedan de vida.

    A veces, por su edad o por su enfermedad, ya casi no pueden evitar ser como son. Quieren atención, cuidados y cariño. Y a veces actúan con un egoísmo invasor que hay que saber encauzar, con un modo de ser que quizá nos cansa bastante, y entonces nos vienen a la cabeza pensamientos que luego vemos que no están bien.

    Hay que pensar que cuando nosotros teníamos seis meses, o cuatro años, también seríamos muchas veces pesados, desagradables o caprichosos. Y seguro que más de una vez nuestra madre perdió un poco los nervios y se le pasó por la cabeza la idea de que de buena gana nos tiraba por la ventana. Pero, naturalmente, no lo hizo y aquí estamos.

    Piensa que hace unos años tus padres te cuidaron a ti. Ahora se han invertido los términos y tienes que cuidarles tú a ellos. Y no olvides que dentro de no muchos años, se volverán a invertir las tornas, y será de ti de quien tendrán que cuidar. Piensa que cuidando a tus padres, o a tus suegros, aparte de cumplir un deber de justicia y de cariño, estás enseñando mucho a tus hijos. Ve preparándote para entonces y actúa ahora como quieres que suceda contigo en el futuro.

    He sabido que, en los días de comienzo de vacaciones, o de un puente un poco más largo, hay en los hospitales una avalancha de ingresos de personas de edad avanzada. Y no es porque esos días tengan los abuelos algún motivo especial de enfermedad, sino porque muchas familias quieren deshacerse de sus padres ancianos y pasar así más tranquilos las vacaciones. Me pregunto si en esas familias habrá realmente tranquilidad y alegría en el disfrute de esos días de descanso, después de abandonar así a quienes les dieron la vida.

    Esas familias en las que todos los hermanos se desentienden, en las que a todos les es materialmente imposible atender a sus padres ancianos, en las que —en el mejor de los casos— los soportan unos pocos días en cada casa y con cara de disgusto; en esas familias, es fácil que dentro de veinte o treinta años a ellos les espere de sus propios hijos un trato parecido en sus últimos años de vida.

    Sin embargo, he conocido, por fortuna, muchas otras familias que han considerado un orgullo hacer felices a sus padres ya ancianos, y que han hecho grandes equilibrios para acogerles gustosos. Eso les ha supuesto tantas veces renunciar a muchas salidas y a mucha aparente felicidad, pero son familias felices y se les puede augurar una vejez feliz, porque sus hijos habrán visto, como una lección práctica, cómo se trata a los propios padres cuando se hacen mayores.

    Conocer a los demás «Hay que elegir un poco los amigos. Se ve enseguida cómo son por la forma que tienen de pasar el rato —decía con convicción Jaime, un despierto estudiante de diecisiete años.

    »Encuentras colegas para pasarlo bien, dices bobadas, te ríes, acabas consiguiendo tener una gran habilidad dialéctica y humorística…, pero no logras una amistad seria. Hay mucho coleguismo. Aprendes a bandearte, porque en cuanto te descuidas le dan a uno en las narices.

    »Y, desde luego, como sean perezosos, acabas siéndolo tú también. No hay quien aguante que te llamen todos los días para salir cuando estás estudiando.

    »Yo tuve a los catorce años unos amigos que fumaban porros y en el recreo te ofrecían. Todavía no sé bien cómo logré quitármelos de encima. Es un tópico eso de que sólo fuman los macarras y los jatos. Es sobre todo la gente bien. Han probado ya todo y necesitan más. Esnifan coca, fuman marihuana o se empastillan en cuanto te quieres dar cuenta. Y en zonas muy corrientes, no en los suburbios.

    »Suele ser un problema de su familia. Y de él, que es un imbécil. Lo peor son el chico o la chica con demasiado dinero. Venga, vamos a probar, y ya no lo pueden dejar.

    »Lo más triste —seguía diciendo Jaime— es que está muy de moda. Se contagian entre ellos. Si vas con esa gente, caes, porque no se puede resistir estar con ellos y no enviciarse. Fumas porros, si no, no pintas nada allí. Te excluyen del grupo, y si no estás con los amigos, ¿adónde vas? Y si te dicen que todos los sitios son peligrosos pero no te dan soluciones, ¿en qué ocupas el tiempo libre? »Yo tuve suerte porque encontré otros amigos que hacían mucho deporte, iba a jugar con ellos a sus casas y venían a la mía, me aficioné a la bicicleta, y a leer. Desde luego, si juegas un partido el domingo a las diez de la mañana, o sales de excursión al monte, o con la bici, seguro que no te pasas la noche anterior de juerga.

    »Hay que tener amigos con buenas ideas, lo que pasa es que no hay muchos amigos de ésos.» Escuchando a Jaime me venía a la cabeza aquello de dime con quien andas y te diré quién eres. Sin que nadie se lo explicara, había llegado a comprender la importancia de seleccionar las amistades.

    ¿Pero eso de seleccionar las amistades no resulta poco natural, no suena a elitismo? Pienso que eso no es elitismo. O mejor dicho, toda persona sensata es elitista si por elitismo entiendes saber rodearse de amigos que no supongan un daño sino un bien mutuo. Y eso no sólo en la amistad, sino también, por ejemplo, a la hora de elegir con acierto marido o mujer.

    No es elitismo sino simple sensatez. Piensa un momento con quien vas, a quién admiras, a quien envidias, con quien quieres codearte. Y piensa si son los modelos de persona que realmente quieres para ti. Y piensa si no debes elegir un poco mejor tus amistades.

    La personalidad y el entorno En un reciente congreso de filósofos y pensadores de ámbito internacional se analizaron diversas cuestiones relativas a las corrientes de pensamiento actualmente más en boga. Una de las conclusiones más unánimes se refería a algo que quizá, a primera vista, puede parecer muy simple. Podría resumirse en que el atractivo de la persona individual tiene mucha fuerza, más que las doctrinas y que las ideologías.

    Que lo normal es seguir a las personas, más que a las ideas. Y ese natural deseo de emulación, muchas veces casi imperceptible, no es algo que se reduzca a los niños, o al seno de la familia, o a la educación.

    Siempre, pero quizá más en tiempos de controversias ante los valores, emerge con fuerza inusitada el hombre concreto, el modelo individual. Más que ideas generales, se buscan modelos humanos vivos, personalidades concretas que sirvan de referencia. Se escriben y se venden infinidad de biografías. Se buscan vidas que, por su categoría humana o espiritual, sean dignas de admirar o imitar. La gente no quiere teorías, busca la elocuencia de las obras.

    A la hora de pensar cuáles son los modelos humanos con los que tienen oportunidad de identificarse nuestros hijos, podríamos analizar algunos aspectos interesantes.

    Por ejemplo, Chesterton decía que los profesores son las primeras personas adultas distintas de sus propios padres que el niño conoce con cierta continuidad. Y que, por tanto, de ellos es quizá de quienes más aprenda a hacerse adulto. Desde luego, una razón de peso para elegir bien el colegio al que va.

    Primero sus maestros, y después sus profesores, tienen un gran protagonismo en su educación. Porque hasta el simple trato humano tiene ya un gran poder formativo o deformativo.

    De todas formas, quizá de unos años a esta parte ha aumentado la influencia de otros muchos modelos. Un deportista famoso, una cantante, o el protagonista de una película o de una serie de televisión, pueden producir en los chicos una fuerte tendencia a asumir detalles que consideran atractivos en el carácter de esas personas. Y lo malo es que a veces esos modelos son muy poco positivos.

    Quizá de ahí arranque la falta de pautas morales válidas en la vida de algunos jóvenes. Es decisivo que quien está a punto de ser hombre o de ser mujer tenga ante sus ojos modelos atractivos y logrados, de modo que adquieran así criterios de estimación válidos. El entorno es muy importante.

    A veces lo notan los padres cuando sienten, con dolor, que parece que a los ojos de sus hijos lo menos importante es lo que dicen sus padres. Es una actitud muy propia del adolescente y contra la que resulta difícil luchar de frente. Quizá de modo indirecto puede hacerse más. Muchas veces no basta con charlar con ellos y procurar hacerles razonar, porque quizá su autosuficiencia adolescente les retrae de hablar confiadamente con sus padres.

    ¿Qué hacer entonces si los hijos son ya adolescentes? Por tu parte, todo lo que puedas; pero quizá, considerando esto de los modelos y del entorno, procura también que tus hijos tomen contacto con personas que puedan hacerles bien. Por ejemplo, resumiendo lo que hemos tratado, puede ser positivo:

  • procura elegir bien el colegio y habla con frecuencia con el preceptor o tutor;
  • haz algo por ir conociendo a sus amigos, para poder así darle de vez en cuando algún buen consejo, delicadamente y respetando su libertad;
  • procura, siempre que sea posible, que la televisión se vea en casa de modo familiar: una película bien elegida puede ser una espléndida ocasión para provocar una tertulia donde conozcamos el modo de pensar de nuestros hijos y el eco que tiene en ellos lo que han visto;
  • aplica tu imaginación para que los chicos tomen contacto con ideas y actitudes sensatas;
  • haz lo posible para que se muevan en un ambiente favorable al buen desarrollo de su personalidad: por ejemplo acudiendo a un club juvenil donde puedan pasarlo bien de forma sana, hacer buenos amigos en un ambiente adecuado y recibir una ayuda en su formación;
  • evita esos lugares de vacaciones o de fin de semana donde resulta tan fácil verse envuelto en un ambiente de personas con planteamientos inadecuados sobre los modos de divertirse (es sorprendente el porcentaje de alumnos que vuelven irreconocibles a clase después de un verano desafortunado); etc.

    Si en las edades clave falla el entorno, de poco sirven los razonamientos teóricos con los hijos. Decía Confucio que no son las malas hierbas las que ahogan la buena semilla, sino la negligencia del campesino. Un colegio equivocado, un lugar de veraneo de bajo nivel moral, o una indigestión habitual de televisión indiscriminada, por ejemplo, pueden echar por tierra muchos esfuerzos hechos en casa por mantener limpias las mentes de los chicos.

    Si no se actúa sobre el entorno, puede suceder como en aquel dicho del cadáver en la piscina: “Mientras no se saque el muerto, de poco vale echar cloro.” Autosuficiencia y consejo Cuentan que en un puente estrecho, de aquellos típicos que se encontraban hace unos siglos como colgados entre las dos orillas de un torrente, se paró en cierta ocasión un mulo, afirmándose con terquedad en el sitio.

    Intentaron arrastrarlo por la cabeza, empujarle, e incluso molerle a palos las costillas, pero no había modo de hacerle avanzar. A uno y otro extremo del puente la gente esperaba con impaciencia.

    Hasta que llegó uno que parecía entender de mulos, se acercó, agarró al mulo por el rabo y tiró de él hacia atrás. Al sentir que le querían hacer retroceder, el animal salió como una flecha hacia adelante, dejando el paso libre.

    Hay personas que son como aquel mulo: el mismo espíritu de contradicción. Parece que están esperando a saber de qué se habla para decir que ellos piensan lo contrario. Su norma principal es decir y hacer lo opuesto a lo que se diga o se haga.

    Para educar a esas personas, quizá lo mejor sería contratar los servicios de un experto en testarudos, como ése de la anécdota, para que les diga en cada momento lo contrario de lo que de ellos se quiera conseguir.

    Es triste ser tercos como aquel mulo, o tan autosuficientes que nunca sepamos aceptar un consejo. Todos necesitamos la ayuda de alguien que nos ayude y nos comprenda; de alguien, al menos, con quien poder desahogarnos alguna vez. Desahogarse un poco y pedir ayuda a quien nos la puede prestar, es ya un paso importante.

    Primero, porque significa que ya nos hemos dado cuenta de que necesitamos esa ayuda.

    Después, porque al explicar las cosas a otra persona, suelen adquirir más objetividad y entonces ya las comprendemos mejor. Además, el mero hecho de contarlo produce ya un gran desahogo.

    Y por último, porque seguro que nos pueden ayudar mucho con algún buen consejo.

    Algunos dicen que quienes piden consejo para todo van como a remolque de los demás, que son gente de poca personalidad. Pero pedir consejo no implica seguirlo siempre, ni descargar en quien nos aconseja la responsabilidad de la decisión. No quita que sigamos siendo los autores y supremos responsables de nuestras vidas. El consejo hay que tomarlo de quien nos merezca confianza, y luego decidir por nuestra cuenta.

    Como el niño que aprende a nadar o a montar en bicicleta, poco a poco debe ir soltándose de quien le enseña, para poder aprender. Luego, sin que le estén sujetando, seguirá recibiendo consejos para mejorar su estilo. Pero tan equivocado sería sostenerle indefinidamente como dejarle caer mil veces mientras no logra aprender la técnica del equilibrio.

    Es muy duro para cualquiera no tener a nadie que le sepa dar un consejo oportuno en los momentos de dificultad. Les sucede a veces a las personas mayores, y sucede con más frecuencia a los niños: muchos no tienen ningún amigo de su edad ni ningún adulto a quien abrir su corazón, nadie en quien confiar.

    Pero más aún sufren aquellos que sí tienen en quien confiar, pero no quieren hacerlo porque son demasiado orgullosos y se empeñan en rumiar pesadamente en soledad lo que seguramente se arreglaría con facilidad en una sencilla conversación de padre a hijo, o de hermanos, o de amigos.

    Siempre contribuirá en gran medida a la paz y la alegría en la familia que todos se preocupen por ayudar, pero a veces resultará más importante que aprendamos a dejarnos ayudar, a escuchar esa voz amiga que tiene la lealtad de darnos un buen consejo. Son muchos los que recuerdan con emoción uno de esos encuentros providenciales con un consejo que determinó el cambio de rumbo de una vida.

    Desconfiados y resentidos Muchas personas tienen un profundo convencimiento de que en el mundo todo es egoísmo y mezquino interés.

    Y como ellos así lo piensan, les parece que lo normal y lo corriente es que todos los humanos sean también, como ellos, unos egoístas de muchísimo cuidado.

    Viven así una vida empobrecida, parece como que miran siempre de reojo. Son desconfiados. Es algo casi enfermizo.

    No hace falta insistir en lo negativo de ese planteamiento para la educación del carácter. La educación en la familia debe prender en un clima

  • de generosidad y de confianza,
  • de prestar ayuda siempre,
  • de no llevar cuenta de los favores,
  • de no pensar en si alguien es merecedor de un servicio,
  • de no tener en cuenta si nos lo van a devolver o agradecer.

    Hay padres y educadores que empujan habitualmente a desconfiar, y cometen con eso un grave error.

    Es verdad que tampoco hay que pasarse por el otro extremo, porque pueden efectivamente acabar siendo unos ingenuos y que luego todo el mundo les engañe y nunca espabilen. Es preciso encontrar un equilibrio. Es verdad que ese peligro existe, pero es bastante menor que su contrario, y, además, es más fácil de corregir.

    Repasemos algunas ideas para facilitar un clima de confianza en la familia:

  • Más vale ser engañados alguna vez por los hijos que educarlos en un clima de desconfianza o de control policíaco.

  • “Yo perdono, pero no olvido”, dicen algunos. En muchos casos, eso probablemente no sea perdonar, sino un refinado sucedáneo de resentimiento.
  • Atención a las listas de agravios que guardan celosamente algunas personas, esclavas de sus viejos rencores. En lugar de dedicarse a vivir, parece que se recrean en recordar lo malo de sus vidas para sufrir doblemente.
  • Se dice que para quien tiene miedo todo son ruidos. Para el que desconfía, todo son maniobras para aprovecharse de él. Sin embargo, las más de las veces son sólo fruto de su imaginación, y es su miedo lo que les angustia: no han logrado descubrir la maravilla de la confianza, son hombres esquivos y solitarios de espíritu.
  • Confianza en los demás, para poder perdonar. Y perdonar es ser generoso en conceder oportunidades de enmendarse.
  • A veces somos rígidos porque estamos inseguros, porque no nos lanzamos a educar en la confianza. Y la confianza es un gran medio de unidad y de educación.

    La desconfianza está detrás de los resentidos que, después de recibir una herida, están decididos a no volver a confiar. Detrás de los solitarios, de los desamorados. De los viejos que se esconden desconfiados porque piensan que ya no valen para nada y todos les desprecian. De los enfermos que piensan por sistema que nadie les comprende. De los jóvenes que ven a los mayores como gente que jamás les podrán entender. De los tímidos, que se encierran dentro del propio corazón por miedo a abrirse.

    Creer en los demás Cuenta Anthony Robbins cómo en la escuela tuvo un profesor de oratoria que, un buen día, le dijo que quería verle después de la clase. El chico se preguntaba si habría hecho algo malo.

    Sin embargo, cuando hablaron, el profesor le dijo: “Señor Robbins, creo que usted tiene condiciones para ser un buen orador, y quiero invitarle a un certamen de oratoria con otras escuelas”.

    Robbins no pensaba que poseyera ninguna capacidad especial como conferenciante, pero su profesor lo decía con tal seguridad que no dudó en creerle y aceptó. Aquella sencilla intervención de aquel profesor cambió la vida de ese chico, que en pocos años llegó a ser uno de los más valorados talentos de la comunicación, con un gran prestigio internacional. Aquel profesor hizo una cosa pequeña, pero logró cambiar la percepción que ese chico tenía de sí mismo.

    La imagen que cada uno tiene de sí mismo es en gran parte reflejo de lo que los demás piensan sobre nosotros. O, mejor dicho, la imagen que cada uno tiene de sí mismo es en gran parte reflejo de lo que creemos que los demás piensan sobre nosotros.

    No puede olvidarse que esa imagen es una componente real de la propia personalidad, que regula en buena parte el acceso a la propia energía interior, o incluso crea esa energía. Es un fenómeno que puede observarse con claridad, por ejemplo, en los deportes. Los entrenadores saben bien que en determinadas situaciones anímicas, sus atletas rinden menos. Cuando una persona sufre un fracaso, o se encuentra ante un ambiente hostil, es fácil que se encuentre desanimado, desvitalizado, falto de energía. En cambio, cuando un equipo juega ante su afición, y ésta le anima con calor, los jugadores se crecen de una forma sorprendente. También lo experimentan los corredores de fondo, o los ciclistas: pueden estar al límite de su resistencia por el cansancio de una carrera muy larga, pero una aclamación del público al doblar una curva parece ponerles alas en los pies.

    Nuestra energía interior no es un valor constante, sino que depende mucho de lo que pensemos sobre nosotros mismos. Si no me considero capaz de hacer algo, me resultará extraordinariamente costoso hacerlo, si es que llego a hacerlo. Hay que pensar que la opción del desánimo tiene también su poder de seducción, y que el derrotismo y el victimismo se presentan para muchas personas como algo realmente sugestivo y tentador.

    Y en esto también se puede adquirir hábito. El tono vital optimista o pesimista, el sesgo favorable o desfavorable con el que vemos nuestra realidad personal, también es algo que en gran parte se aprende, algo en lo que cualquier persona puede adquirir un hábito positivo o negativo.

    ¿Y no es un poco narcisista esto de pensar tanto en la propia imagen? Podría serlo si no se plantean bien las cosas, pero no tiene por qué ser así. El narcisista sufre porque en realidad no se ama a sí mismo, sino sobre todo a su imagen, de la que acaba siendo un auténtico esclavo. En el momento de elegir entre él mismo y su imagen, acaba en la práctica prefiriendo a su imagen, y ésa es la causa de sus angustias: una atención exagerada a su figura y, como consecuencia, una falta de identificación y afianzamiento en sí mismo. Desarrollar la autoestima, es decir, una equilibrada estimación de uno mismo, es algo muy necesario, para lo que es preciso tener una buena percepción de uno mismo. Si uno confunde eso con dejarse esclavizar por su imagen, equivoca el camino; pero si logra crear una imagen positiva de sus propias capacidades, sin duda éstas rendirán mucho más.

    Por eso, creer en los demás tiene efectos que muchas veces son sorprendentemente positivos. Todos respondemos conforme a las sinceras expectativas que otros tienen de nosotros. Si probamos durante un tiempo a tratar a alguien con mayor consideración y afecto, a creerle capaz de mejorar su carácter o su rendimiento; si nos esforzamos, en definitiva, por verle con mejores ojos –quizá más inteligente y más capaz de lo que ahora lo vemos–, es bien probable que esa persona acabe siendo mucho mejor de lo que ahora es.

    Todos hemos pasado alguna vez por pequeñas crisis, por momentos en los que nos faltaba un poco de fe en nosotros mismos, y quizá entonces encontramos a alguien que creyó en nosotros, que apostó por nosotros, y eso nos hizo crecernos y superar aquella situación. Goethe escribió: trata a un hombre tal como es, y seguirá siendo lo que es; trátalo como puede y debe ser, y se convertirá en lo que puede y debe ser.

    El cristalito en el ojo Uno de los cuentos de Andersen comienza con la historia de un espejo mágico construido por unos duendes perversos. El espejo tenía una curiosa particularidad. Al mirar en él, sólo se veían las cosas malas y desagradables, nunca las buenas. Si se ponía ante el espejo una buena persona, se veía siempre con aspecto antipático. Y si un pensamiento bueno pasaba por la mente de alguien, el espejo reflejaba una risa sarcástica. Pero lo peor es que la gente creía que gracias a aquel maldito espejo podía ver las cosas como en realidad eran.

    Un día el espejo se rompió en infinidad de pedazos, pequeños como partículas de polvo invisible, que se extendieron por el mundo entero. Si uno de aquellos minúsculos cristalillos se metía en el ojo de una persona, empezaba a ver todo bajo su aspecto malo. Y eso es lo que sucedió a un chico llamado Kay. Estaba una noche mirando por la ventana y de repente se frotó un párpado. Notó que se le había metido algo. Su amiga Gerda, que estaba con él, intentó limpiarle el ojo, pero no vio nada.

    Sin embargo, a partir de entonces Kay ya no era el mismo de siempre. Cambió su carácter. Sus juegos ahora eran distintos. Aparentaban ser muy juiciosos, pero su actitud era siempre crítica, ácida, distante. Veía ridículo todo lo positivo y bueno. Le gustaba resaltar lo malo, poner de relieve los defectos de todo. Y aquel odioso cristal, que tanto había cambiado su modo de ver las cosas, se fue deslizando desde el ojo hasta llegar al corazón, que se enfrió tanto como su mirada y se convirtió en un témpano de hielo. Y entonces ya no le dolía.

    El chico acabó recluido en un frío castillo, y allí vivía, persuadido de que era el mejor lugar del mundo. Su amiga lo buscó de un lugar a otro durante un año. Tuvo que superar muchas dificultades hasta que al fin lo encontró. Vio entonces cómo el chico se entretenía coleccionando trocitos de hielo y componiéndolos con diseños muy ingeniosos. Era el gran rompecabezas helado de la inteligencia.

    Quizá en la vida ordinaria a bastantes personas les ha pasado algo parecido. En determinado momento, su mirada cambió. Empezaron a ver todo con peores ojos, a fijarse siempre en lo negativo. Fueron seducidos por una dialéctica turbia y peligrosa que les llevaba a asomarse a todos los abismos. Pensaban que con eso superaban una ingenuidad anterior, y les sucedió como a los que miraban en aquel maldito espejo: estaban seguros de que ahora tenían una visión más madura, de que veían las cosas tal como en realidad eran.

    Y al cambiar su mirada, cambió también su corazón. Empezaron a ver a las personas por sus defectos en vez de por sus cualidades. Empezaron a ser envidiosos, a pensar mal, a sufrir con los éxitos ajenos, a ser victimistas. Muchos de ellos volcaron esa visión negativa también sobre sí mismos, y eso les llevó a agigantar sus defectos, a infravalorarse y autoempequeñecerse.

    Con el tiempo, quizá han advertido que ese proceso les atormenta y les consume, pero les cuesta controlar sus pensamientos. Saben que deberían reconducir esas ideas que se han adueñado de su cabeza, pero hay algo que congela sus recuerdos y emociones, como sucedía a Kay durante su cautiverio en el castillo.

    Para superar ese modo negativo de ver las cosas –que en alguna medida nos afecta a todos–, hemos de comprender lo equivocado de ese dolor, lo que hemos sufrido y hecho sufrir inútilmente, lo ingratos e injustos que hemos sido con nuestros pensamientos. Cuando lamentemos de verdad todo eso, cuando dejemos reponerse al corazón y empecemos a ver las cosas con los ojos de antes, volveremos a ver la realidad tal como es.

    Quizá el problema es que el corazón está ya un poco frío y apenas nos duele, como le pasaba a Kay. Pero no por eso deja de tener y necesitar arreglo. Es un cambio difícil, pero posible. En el cuento, fueron las lágrimas de Gerda las que se abrieron camino hasta el corazón de su amigo, que también comenzó a llorar, y lo hizo de tal modo que el maldito cristal salió flotando entre sus lágrimas. También a nosotros nos puede ayudar mucho una mano amiga, una persona que supere los obstáculos que sean necesarios hasta hacernos comprender lo triste de nuestra actitud. Porque la vida a veces es dura y difícil, pero lo es sobre todo por ese cúmulo de prejuicios que nos ha entrado por la mirada y ha ido descendiendo hasta el corazón. Y sólo ese llanto del alma nos hará valorar el error y superarlo.

    Personas interesadas en los demás «Así era mi madre —rememoraba la protagonista de El Volumen de la ausencia, esa gran novela de Mercedes Salisachs—. Un camino de renuncias sembrado de querencias que pocas veces manifestaba.

    »Su ejemplo era un continuo desafío para mis reacciones egoístas. Un día, exasperada, le pregunté cómo era posible que sintiera amor por todo el mundo. Su respuesta me dejó perpleja. Me contempló, asombrada, como si yo fuera un ser de otro planeta, y me dijo: “Hija mía —y golpeó con suavidad mi frente, como si quisiera despertarme—, ¿de dónde sacas que yo siempre siento eso? El amor verdadero no siempre se siente, se practica.” »Ella solía decirme: “Actuar es la mejor forma de querer, hija. No es necesario que sientas amor por ellas —recalcaba—; sencillamente, ayúdalas. Verás qué pronto las quieres”.

    »Yo le llevaba la contraria, y le hablaba de personas a las que no podía querer, y ella me replicaba: “Cuando sientas odio hacia una persona, acuérdate de su madre, de sus hijos o de cualquier ser que la haya querido como tú quieres a los tuyos. Trata de ponerte en su pellejo e inmediatamente dejarás de odiar.” Me insistía en que no hay posibilidad de amar sin rechazar el egoísmo, sin vivir para los demás, y que una vida sin querer a los demás es peor que un erial en tinieblas.» El afecto a los demás, con la generosidad y la diligencia que siempre llevan implícitas, son la principal fuente de paz y de satisfacción interior de cualquier persona. En cambio, la dinámica del egoísmo o de la pereza conducen siempre a un callejón sin salida de agobios e insatisfacciones. Por eso las personas con un buen nivel de satisfacción interior suelen tratar a los demás con afabilidad, les resulta fácil comprender las limitaciones y debilidades ajenas, y raramente son duros o inclementes en sus juicios. Pero lo que más les caracteriza es que son personas interesadas en los demás. Y esto es así porque sólo de ese modo el hombre se crece y se enriquece de verdad.

    No hay que olvidar, además, que hasta las satisfacciones más materiales necesitan ser compartidas con otros, o al menos ser referidas a otros. Una persona no puede disfrutar de una bonita casa, o de un coche que acaba de comprarse, o de una nueva prenda de ropa, o de su belleza física, o de un título académico, o incluso de una buena cultura, si no tiene a su alrededor personas que le miren con afecto, que se alegren y puedan disfrutarlo a su lado. Si no puede —o no quiere— compartir sus alegrías, antes o después se sumergirá en un profundo sentimiento de tristeza y de frustración, porque tarde o temprano el rostro del egoísmo aparece con toda su fealdad ante aquel que le ha dejado apoderarse de sus sentimientos.

    El hombre se enaltece y se plenifica cuando entiende su vida como un servicio a los demás, como una entrega a empeños nobles, que siempre tienen referencia a otros. En cambio, cuando cede a la seducción del egoísmo, es bien fácil que pronto las cosas dejen de tener sentido, que le cansen y le hagan perder pie. El egoísmo lleva, por su propia dinámica, a un modo pueril de entender la felicidad personal, que acaba siempre en el más rotundo de los fracasos.

    Servir es lo que más ennoblece a un hombre. A medida que la configuración moral de una persona adquiere la fortaleza y la libertad necesarias para contrapesar la inercia natural del egoísmo, esa persona logrará dotar a su vida de sentido y de interés. El acallamiento de la obsesión por lo propio, de la tiranía los deseos hipertrofiados, de la miseria de todos los corifeos del egoísmo, son modos de erradicar todos esos pequeños motivos de tristeza que pululan en torno al amor propio enfermizo.

    Como escribió Martín Descalzo, quien se acostumbró a cerrar su alma y su corazón a cuantos le rodean, siempre termina por tener la una y el otro acartonados, esclerotizados, petrificados. El egoísmo se paga. Y el que nunca amó está condenado a no amar jamás y a no ser querido por nadie.

    ¿Y a mí qué? Hace un tiempo leí que la decisión más importante en la vida de una persona, la que más condiciona el resultado global de su existencia, es una decisión que todos acabamos tomando, muchas veces sin darnos demasiada cuenta, y es esta: si centramos nuestra vida en nosotros mismos o en los demás.

    Todo nuestro entorno lanza llamadas continuas a despertar nuestra sensibilidad hacia las necesidades de los demás. Hay personas que se acostumbran a hacer oídos sordos a esas llamadas. Otros, en cambio, saben captarlas y reflexionar sobre ellas, y son personas que tienen ojos para descubrir los sufrimientos y las necesidades de los demás. Piensan poco en su propia satisfacción y, curiosamente, son los que luego alcanzan mayores cotas de satisfacción y de felicidad. Saben estar atentos y procuran colmar con la riqueza de su corazón las carencias de quienes les rodean. Y quizá parece que en ellos esa actitud es innata, pero la realidad es que se debe más bien a la educación recibida, y sobre todo al esfuerzo y la entrega personal a lo largo de su vida.

    Esta idea me recuerda la historia de un chico de quince años en una pequeña ciudad española. Transcurren las vacaciones navideñas del año 1917. Desde hace unos días nieva sin interrupción y el nuevo año entra con temperaturas glaciales. El termómetro desciende hasta dieciséis grados bajo cero.

    Una de esas mañanas sale a la calle y se encuentra con algo que variará el curso de su existencia: las huellas en la nieve de unos pies descalzos. Se paró a examinarlas con curiosidad y observó que aquel rastro correspondía a la pisada desnuda de un fraile carmelita. Se encontró enseguida sumergido en una profunda remoción interior. En su alma se metió una inquietud que ya no le abandonaría nunca. Había en el mundo personas, como aquel hombre, que hacían grandes sacrificios por Dios y por los demás. ¿Y él? ¿No era capaz de hacer nada? Es probable que bastantes personas pasaran por ese mismo lugar aquella mañana. Unos no repararían en aquellas pisadas, entremezcladas quizá con los rastros de otras personas, carros o bicicletas marcados también sobre la nieve. Otros las verían, y pensaron quizá que era admirable que hubiera personas tan extraordinarias, pero en su interior no surgió ningún pensamiento que les interpelase en su propia vida.

    Aquellas pisadas en la nieve hicieron ver a Josemaría Escrivá –así se llamaba aquel adolescente– que Dios le pedía que se complicara la vida, que se comprometiera en una gran tarea en servicio de los demás. Durante toda su vida recordaría con emoción aquel momento.

    Toda la realidad que nos rodea es una interpelación constante hacia la reflexión y el compromiso. El mundo a nuestro alrededor está lleno de preguntas que esperan respuestas personales. Pero esas preguntas son como susurros que sólo se oyen cuando hay un cierto grado de madurez personal y de rectitud de vida. El que vive acaparado y seducido por sus propios intereses egoístas no percibe esas preguntas ni esas llamadas, o a lo sumo responde ¿y a mí qué? Y si no percibe las preguntas, es difícil que encuentre respuestas que den un sentido claro a su vida.

    Quizá en el mundo hacen falta más personas con actitud de escucha y con sensibilidad, pero sobre todo hacen falta respuestas personales generosas. Si uno no se pregunta para qué está en el mundo, qué es lo que de verdad vale la pena en la vida, nunca llegará a percibir ni formular una respuesta clarificadora. Si uno no se hace esas preguntas nunca encontrará respuestas. Es preciso afinar el oído y preguntarse para qué estamos en este mundo, qué es lo que puede dar verdadero valor a nuestra vida, lo que puede llenar realmente nuestro corazón y otorgarnos una felicidad duradera. Son preguntas que, si se responden con acierto y luego se persevera en el compromiso que suponen, son la condición para llegar a ser uno mismo, para vivir la propia vida y para vivirla con la verdadera libertad.

  • Contar con los demás

    • Interdependencia personal
    • Jugar en equipo
    • La soledad moral
    • Superar el egoísmo
    • Ponerse en su lugar
    • El abismo de la soledad

    Interdependencia personal Todos hemos venido al mundo como niños totalmente dependientes de otros. Hemos sido dirigidos, educados y sustentados por otros durante bastante tiempo, y está claro que si no hubiera sido así no habríamos vivido más que unas pocas horas, o a lo sumo unos pocos días. Después, nos fuimos haciendo cada vez más independientes. Se podría decir que nos fuimos haciendo cargo gradualmente de nosotros mismos.

    Una persona con una dependencia física (un paralítico o un enfermo de Alzheimer, por ejemplo), necesita ayuda de los demás. Una persona que sea muy dependiente emocionalmente, tomará sus decisiones y se sentirá segura muy en función de la opinión de los demás, de lo que otros piensen de él. Una persona que sea muy dependiente intelectualmente, cuenta con que otros piensen y decidan por él ante los principales problemas de su vida.

    En cambio, una persona independiente se desenvuelve por sus propios medios, tiene su propia opinión sobre las cosas y sus propias pautas para la construcción de su vida.

    Sin embargo, esa independencia personal, que es un logro decisivo en la vida, ha de tener también su justa medida. Porque ser absolutamente independiente no parece que sea el gran paradigma de la existencia. Entre otras cosas, porque los más altos logros de nuestra naturaleza tienen siempre que ver con nuestra relación con los demás. La vida humana lograda es de por sí —por llamarlo de alguna manera— interdependiente.

    La sensibilidad de este final de siglo ha entronizado a veces de modo exagerado la independencia, como si fuera la más grande meta humana y una garantía segura de felicidad. Sin embargo, un mal entendido afán de independencia puede en muchos casos acabar en dependencias mucho más amargas.

    Por ejemplo, la que se ve en esas personas que abandonan su matrimonio y sus hijos en nombre del amor y la independencia, aunque en el fondo lo hacen por razones egoístas bastante fáciles de suponer. O en la de aquellos que desatienden a su familia, o traicionan a sus amigos, o renuncian a sus principios, en razón de un desmedido afán de afirmación personal en su trabajo, de ganar más dinero o de alcanzar mayores cotas de poder. O la que se ve en aquellos otros que hablan de romper las cadenas, liberarse, vivir la propia vida…, y en realidad están con ello sujetándose a otras cadenas que suponen dependencias mucho más fuertes, porque son dependencias que están en su interior: en una búsqueda egoísta de placer o comodidad, en una renuncia a enfrentarse a la propia responsabilidad, o en echar la culpa a los demás de todo lo que les resulta difícil en sus vidas.

    La independencia personal nos hace actuar por cuenta propia, en vez de entregar a otros el control de nuestra vida, y eso es un logro muy importante. Pero no es suficiente como meta final de una vida. Parece claro que conviene siempre añadir a la independencia una buena dosis de sensatez y buen criterio, para no caer en la idiotez independiente, que no por independiente deja de ser idiota.

    La vida, por naturaleza, es interdependiente. El hombre no puede buscar la felicidad poniendo la independencia como valor central de su vida. De entrada, porque cualquier logro en la vida afectiva de una persona pasa necesariamente por depender en cierta manera de su mujer, su marido, sus hijos, sus amigos, su proyecto profesional, etc. Por otra parte, todos necesitamos depender también de unos principios, ideales y valores personales acertados.

    En definitiva, se puede ser independiente y comprender que se avanza más trabajando en equipo, que necesitamos enriquecer nuestro pensamiento con los de otras personas, que hay que ser fiel a unos valores seguros, o que todo hombre necesita dar y recibir afecto. La vida ha de plantearse buscando compartirla profunda y significativamente con otros, y esto siempre supone un contrapunto a un afán de independencia mal entendido.

    Jugar en equipo Si a cualquiera nos preguntaran cuáles han sido las experiencias más enriquecedoras de nuestra vida, las que mejor conservamos en la memoria y recordamos con mayor satisfacción, casi siempre nos referiremos a vivencias personales dentro de un conjunto de personas a las que apreciamos. Quizá sea la familia, o un equipo de trabajo, o un grupo de personas dentro de un determinado ámbito cultural, o de un deporte, o de lo que sea.

    Saber compartir, hacer equipo, sentirse unido a otras personas, es siempre gratificante, y también de ordinario un buen acicate para esforzarse, para mejorar. La presencia de otros nos inspira y estimula a un nivel quizá difícilmente accesible para nosotros yendo en solitario. De los demás aprendemos muchas cosas que nos enriquecen enormemente, y por ayudarles a veces nos sorprendemos haciendo cosas que quizá incluso no haríamos ni por nosotros mismos.

    Los demás son un elemento decisivo en nuestra mejora personal. Es cierto que la fuerza para cambiar depende en gran parte de uno mismo. Pero también sabemos que las personas que nos rodean pueden ayudarnos o estorbarnos mucho en ese camino. La capacidad para cambiar se ve reforzada cuando sabemos convivir con los demás, cuando sabemos trabajar en equipo, cuando logramos estar cercanos a las personas que componen nuestro entorno.

    El que se esfuerza dentro de un ámbito de confianza e ilusión, bien integrado entre personas a las que aprecia, normalmente se esfuerza más y mejor. Y eso suele producir un benéfico efecto feedback. Cuanto más das, más recibes, y mejor clima de colaboración y apoyo logras, lo cual siempre refuerza la satisfacción de todos.

    Se trata de saber integrarse lo mejor posible en los ámbitos de relación en los que participemos. Como ha escrito Anthony Robbins, todos jugamos en varios equipos: la familia, nuestro entorno profesional, nuestra ciudad, nuestra cultura, nuestro país, la humanidad entera. Puede uno quedarse sentado en el banquillo y mirar, o bien levantarse y jugar. Y es mucho mejor jugar. Compartir nuestro mundo con otros. Cuanto más demos, más nos será dado. Cuanto más participemos, más daremos y más recibiremos.

    Y también hay que saber elegir equipo. Como recuerda el dicho popular, la ley más universal es la ley de la gravedad, que tiende a llevarnos hacia abajo, y nos hace abandonar muchos retos que deberíamos plantearnos. Si sabemos rodearnos de personas positivas, con deseos de mejorar, con ilusión por hacer rendir sus talentos en servicio a los demás, entonces nos veremos nosotros mismos mucho más estimulados. Si logramos jugar en un equipo así, eso es extremadamente valioso. Por eso es vital rodearse de personas que nos lleven a ser una persona mejor cada día.

    La felicidad y el acierto en el vivir no depende de lo que tenemos, sino más bien de lo que somos, de cómo vivimos. Y lo que hacemos con lo que tenemos determina en gran medida cómo vivimos, hasta en detalles mínimos. Por ejemplo, si somos generosos con una persona que ha hecho bien su trabajo, y le tratamos como merece, eso nos hace mejores a nosotros y a él. Y esto es aplicable a casi todo. Deberíamos hacer una reflexión personal sobre esto. ¿Y si hiciera el propósito agradecer siempre con calor cualquier favor que recibo, o cualquier servicio que me hagan, por pequeño que sea? ¿Y si dedicara más tiempo a hacer la vida agradable a quienes me rodean? ¿Y si llamara de vez en cuando a mis amigos y familiares, sin necesidad grandes motivos, aunque sólo sea para interesarme por ellos? ¿Y si hiciera el propósito de hacer un donativo, aunque sea modesto, a la medida de mis posibilidades, cuando tenga noticia de un proyecto interesante? Es un estilo de vida. No es cuestión de tener mucho tiempo ni mucho dinero. Es cuestión de cómo administro lo que tengo, sea poco o mucho. De decidir con acierto a qué dedico mi tiempo y mis recursos. De no dejarme llevar por la rutina, sino procurar poner en mi vida un poco más de ingenio y de reflexión.

    Todo esto puede parecer poca cosa, pero es más importante de lo que parece. Cualquier pequeño detalle tiene un efecto positivo sobre nosotros mismos y los demás. Y un conjunto de pequeños detalles puede cambiar por completo el ambiente de una familia, una oficina, un lugar de descanso, un grupo de amigos, un noviazgo o un proyecto cultural. Proponerse ese reto con ilusión es algo que siempre vale la pena.

    La soledad moral «Aquel chico —contaba el profesor Robert Coles— tenía quince años, le iban muy mal los estudios, y solía pasar horas y horas en su habitación escuchando música con la puerta cerrada.

    »Un día le pregunté por su vida y sus problemas, y se negó a hablar de ellos, con un gesto de desdén. “¿A qué se debe ese gesto?”, le pregunté. “A nada”, contestó. “¿Y no será quizá a ti mismo?”, aventuré yo. Al oír eso, se volvió, me miró con atención, y esperó unos segundos antes de musitar: “¿Por qué dice usted eso?”.

    »Sentí entonces que me había acercado a un punto importante, y que quizá ese chico estaba bastante cerca de abrir su corazón y dejarse ayudar, pero que también podía de pronto replegarse. Preferí no responder directamente a su pregunta y, con cierta incomodidad, después de haber sufrido su desplante, pero con afecto, le dije: “Me parece que comprendo lo que sientes, y sé que en esos momentos parece que uno no le puede contar nada a nadie, porque uno no sabe bien lo que le pasa, ni qué hacer consigo mismo, ni qué decirse.” El joven se quedó mirando, no dijo nada, pero cuando sacó su pañuelo me di cuenta de que sus ojos habían empezado a humedecerse.

    »Hablamos varias veces, y aquel chico fue saliendo poco a poco de su abismo de desesperación, de su aparente soledad impenetrable. Le resultaba extraordinariamente costoso analizar esa mezcla de sentimientos, dudas, anhelos y heridas interiores, y sobre todo expresarlas en palabras ante otra persona. Poco a poco fue mostrándose como un joven lleno de rencores, muy reservado, desdeñoso de cualquier pauta moral, hipercrítico. Era un brillante observador que detectaba con gran intuición los errores y las falsedades de todo el mundo, pero no podía quedarse ahí y dirigía después su atención sobre sí mismo y se juzgaba también con extremada dureza.

    »Sólo con el tiempo, y necesité bastante, empecé a darme cuenta de que en el fondo buscaba ayuda para evaluar su vida con criterios morales.» Aquel chico adoptaba una actitud de escepticismo vital, con la que intentaba ocultar que habitualmente se sentía solo, raro, triste y bastante irritado. Mentía, despreciaba a los demás, vivía en medio de una sexualidad precoz y de un abuso del alcohol que le habían llevado a una soledad persistente. Una soledad que no era sólo emocional, sino también moral. Su vida había roto con los valores morales aprendidos en su infancia, y estaba pagando por ello un precio muy alto.

    El abandono moral tiene consecuencias muy dolorosas, y eso es así tanto para los que acuden a un colegio de élite como para los que viven en las callejuelas de un suburbio. La ansiedad que acompaña a la falta de sentido, y a la que con frecuencia se añade el abuso del alcohol, o del sexo, o de otras cosas que intentan ocultar esa ansiedad, producen con facilidad situaciones como la que hemos descrito. ¿Y qué se puede hacer? Hay que entenderles, en primer lugar. Y luego hay que ofrecerles algo en lo que creer, algo que les ayude a controlar el impulso, la amargura, el abatimiento y la sensación de inutilidad angustiosa que acosa a todos aquellos que no cuentan con una brújula ética que les oriente en el fondo de sí mismos.

    La educación moral es más importante de lo que muchos creen. Es algo de lo que tiene hambre y sed la gente joven, y que intenta denodadamente encontrar. La enseñanza moral más persuasiva es la que se transmite con el testimonio de la propia vida, con nuestra forma de estar con los demás, de hablarles y de relacionarnos con ellos. ¿Cuándo? Cuando damos las gracias a la persona que nos sirve en la cafetería, y procuramos no tratarla con la indiferencia habitual en todos. O cuando procuramos utilizar más las palabras “gracias” y “por favor”, y no de una forma mecánica, superficial y autosuficiente, sino por un deseo auténtico de aprender a romper ese apego a nuestro individualismo, para dirigirnos más a los demás y tratarles con consideración, ser importantes unos para otros, interesarse por sus cosas con tacto y sensibilidad, y expresarles su gratitud por cualquier cosa, aunque sea pequeña. O cuando perdemos el miedo a reconocer que eso que hacemos está mal, y aunque parezca no hacer ningún mal a nadie al menos nos daña a nosotros mismos. O cuando nos esforzamos en hacer más espacio en nuestro interior para los demás, y ofrecer así un pequeño acomodo para los otros, para no vivir absorbidos por nuestra propia importancia. Todo esto crea un estilo de vida, una actitud que facilita el descubrimiento de la verdad moral, y que cala de forma lenta pero efectiva en nosotros y en quienes nos rodean.

    Superar el egoísmo Cualquier persona, cuando bucea en su interior y busca en lo mejor de sí misma, encuentra bien nítida esa llamada humana a la entrega desinteresada, a darse a los demás. Educar o educarse en ese impulso generoso de servir a los demás sin esperar nada a cambio, es a todas luces decisivo para llevar una vida verdaderamente humana.

    Aunque por fortuna son pocos quienes reivindican el egoísmo como elemento de la propia tabla de valores, no por eso sus efectos dejan de estar presentes de modo constante en la vida de todo hombre: se trata de una pugna que durará toda la vida, y puede decirse que quien no lucha decididamente contra sus tendencias egoístas, se encamina hacia una auténtica quiebra personal.

    Igual que una persona generosa encuentra la felicidad haciendo felices a los demás, el egoísta pasa su vida quejándose de que el resto del mundo no se consagra a hacerle feliz a él.

    La generosidad y el egoísmo pugnan por lograr el dominio de cada persona, y parece como si esa dominación cristalizara ya desde muy temprana edad. Un niño o una niña con muy pocos años de edad ya distingue bastante bien la generosidad del egoísmo, y hace opciones morales bien concretas. Son decisiones en las que influye mucho el ejemplo que reciben, pues en la educación de los hijos, como en cualquier proceso de formación, los gestos son más importantes de lo que parece: las conductas o actitudes egoístas engendran a su vez otras similares en quienes las observan, pues su capacidad de imitación es grande y los modelos vivos son los que tienen mayor capacidad de persuasión; los comportamientos, las palabras, los gestos, los modos de reaccionar ante sucesos concretos son imitados con rapidez y trasladados a la vida, y así se crea una dinámica que no siempre luego es fácil reconducir.

    Por fortuna, sucede lo mismo en sentido positivo. Y por eso es importante que las personas descubran pronto la satisfacción personal que brota de la generosidad, del servicio, del hecho de ayudar a otros. Incluso el trabajo nos satisface verdaderamente sólo cuando vemos que aporta algo, que está contribuyendo a hacer algo positivo para otros.

    “La mejor forma de conseguir la realización personal —asegura Víctor Frankl— es dedicarse a metas desinteresadas”. La búsqueda egoísta de la felicidad constituye una contradicción en sí misma, puesto que el egoísmo obstruye el camino de la felicidad. Cuando el placer o la comodidad se deben a intereses egoístas, se produce una curiosa paradoja: cuanto más se buscan, tanto más se diluyen; cuanto más se persiguen, tanto más se apartan de nosotros. Querer a los otros es el mejor regalo que podemos hacernos a nosotros mismos, porque ese cariño que damos a los demás revierte en nuestro propio enriquecimiento haciéndonos mejores.

    ¿Y ser generoso para alcanzar una satisfacción interior no es, en el fondo, una forma solapada de egoísmo? Existe ese riesgo, sin duda, aunque no me parece muy peligroso, puesto que la propia dinámica de la generosidad va mejorando a la persona y purificando su intención y sus intereses.

    Ponerse en su lugar Recuerdo el caso de otro alumno que desde el comienzo del curso me produjo bastante mala impresión. Su actitud era habitualmente negativa, incluso un tanto desafiante. Parecía como si a cada momento tuviera que comprobar hasta dónde estaba dispuesto el profesor a permitir sus pequeñas provocaciones. También tenía dificultades con sus compañeros, entre los que era bastante impopular.

    Su talante y su comportamiento en clase llegaron a producirme cierta irritación. A los pocos días de curso, decidí variar el orden que seguía en mis entrevistas con los alumnos nuevos para hablar con él cuanto antes. A la primera ocasión, le llamé. Nos sentamos, y le pregunté cómo se encontraba en su nueva clase.

    Los primeros diez minutos fueron por su parte de un mutismo completo, sólo interrumpido por algunos parcos monosílabos. Aunque me esforcé por mostrar confianza, buscando el motivo de su desinterés y sus dificultades de relación con sus compañeros, apenas encontraba respuesta por su parte.

    Pasé a preguntarle por cosas más personales, por sus padres, por el ambiente de su casa. Poco a poco, dejaba notar que en realidad sí quería hablar, pero encontraba dentro de sí una barrera.

    Finalmente, y sin abandonar ese tono altivo que parecía tan propio suyo, me contestó: «¿Qué cómo van las cosas en mi casa? Pues eso. Fatal. Que se te quitan las ganas de todo. Usted lo ve todo muy fácil, claro. ¿Pero cómo estaría usted si su madre estuviera en cama desde hace dos años, y su padre volviera a casa bebido la mitad de los días? Estaría muy entero, supongo. Pero, lo siento, yo no lo consigo.» Siguió hablando, al principio con cierto temple, pero a las pocas frases se vino abajo, se le quebró la voz y se echó a llorar.

    Una vez roto el hielo, aquel chico abandonó esa actitud postiza de orgullo y de distancia que solía usar como defensa, y se desahogó por completo. Poco a poco fue contando el drama familiar en que estaba inmerso y que le hacía vivir en ese estado de angustia y de crispación. La enfermedad, el alcohol y las dificultades económicas habían enrarecido el ambiente de su casa hasta extremos difíciles de imaginar. A sus catorce años llevaba ya sobre sus espaldas una desgraciada carga de experiencias personales enormemente frustrantes.

    No es difícil imaginar lo que sentí en aquel momento. Mi visión de ese chico había cambiado por completo en sólo unos segundos. De pronto, vi las cosas de otra manera, pensé en él de otra manera, y en adelante le traté de otra manera. No tuve que hacer ningún esfuerzo para dar ese cambio, no tuve que forzar en lo más mínimo mi actitud ni mi conducta: simplemente mi corazón se había visto invadido por su dolor, y sin esfuerzo fluían sentimientos de simpatía y afecto. Todo había cambiado en un instante.

    Me recordó aquella frase de Graham Greene: Si conociéramos el verdadero fondo de todo tendríamos compasión hasta de las estrellas. Y pensé que muchos de los problemas que tenemos a lo largo de la vida, que suelen ser problemas de entendimiento y relación con los demás, con frecuencia tienen su raíz en que no nos esforzamos lo suficiente por comprenderles.

    Cuando oigo decir que los jóvenes no tienen corazón, o que no tienen ya el respeto que tenían antes, siempre pienso que —como ha escrito Susanna Tamaro— el corazón sigue siendo el mismo de siempre, sólo que quizá ahora hay un poco menos de hipocresía. Los jóvenes no son egoístas por naturaleza, de la misma manera que los viejos no son naturalmente sabios. Comprensión y superficialidad no son cuestión simplemente de años, sino del camino que cada uno recorre en su vida.

    Hay un adagio indio que dice así: Antes de juzgar a una persona, camina durante tres lunas en sus zapatos. Vistas desde fuera, muchas existencias parecen equivocadas, irracionales, locas. Mientras nos mantenemos fuera, es fácil entender mal a las personas.

    Solamente estando dentro, solamente caminando tres lunas en sus zapatos pueden entenderse sus motivaciones, sus sentimientos, aquello que hace que una persona actúe de una manera en vez de hacerlo de otra. La comprensión nace de la humildad, no del orgullo del saber.

    El abismo de la soledad «El matrimonio tenía dos hijos: dos muchachos despiertos, inteligentes y resabiados que conocían al dedillo la forma de tratar a sus padres para conseguir lo que se proponían.

    »A menudo recurrían a buscar complicidades unilaterales cuando los padres estaban en desacuerdo, y era tal el acierto con que utilizaban sus trucos que siempre salían victoriosos: “Pero no se lo digas a tu padre”, o bien: “Sobre todo, que no se entere tu madre”. Era una forma cómoda de quitarse los problemas de encima, y de aceptar sin aceptar. O de asentir traicionando. Pero ni el marido ni la mujer se daban cuenta de que aquel sistema no sólo malcriaba a los hijos sino que los iba separando poco a poco de ellos. Estaban demasiado ocupados en organizar su vida con agendas apretadas: reuniones, viajes, estrenos, conferencias o invitaciones de alta sociedad, como para divagar sobre las consecuencias de las minucias de sus hijos.

    »Más que comprenderse, se ponían de acuerdo. Y más que intercambiar opiniones, intercambiaban un poco de tiempo. Así fueron distanciándose el uno del otro. Poco a poco fueron entrando en los destructivos arcanos de la rutina. Ese tipo de rutinas que jamás deja paso a la sorpresa y a las suposiciones adversas.

    »También los hijos se desligaban de ellos. No es que mediaran animadversiones destructivas: sencillamente se habían acostumbrado a la desunión de los que se consideran unidos por el simple hecho de vivir juntos en la misma casa o por llevar el mismo apellido.

    »De pronto ella empezó a sufrir arrebatos de tristezas sin sentido. Eran decaimientos fláccidos impregnados de desaliento y como sumergidos en aguas heladas. En realidad ella no sabía con exactitud por qué se notaba tan desalentada, no llegaba a comprender la causa. Tampoco echaba de menos que su marido, siempre tan ocupado, se quedara impávido y no tratara de averiguar qué le ocurría para poder ayudarla. Ella llevaba demasiado tiempo aceptando que su marido jamás se inmiscuyera en sus dominios privados, y él consideraba que lo esencial era actuar como siempre había actuado: con la naturalidad propia que requerían las personas a las que nunca les ocurría nada verdaderamente distinto y agobiante.

    »En ocasiones pasaban horas sentados el uno frente al otro en la misma habitación sin dirigirse la palabra. Metidos en sus cosas. O tal vez ideando como zafarse del otro para que el silencio que los estaba atenazando no fuera un silencio compartido sino algo eventual. Así comenzó aquel matrimonio a rozar el terreno de las infidelidades. Fue una transición lenta. Como el hecho de crecer. Nadie se encuentra alto de la noche a la mañana.» Así describe Mercedes Salisachs en una de sus últimas novelas la vida de un matrimonio “respetable”, que al principio fue feliz pero que fue abandonándose poco a poco. Una vida matrimonial que se había convertido en una yuxtaposición de egoísmos y de soledades autofabricadas.

    Como ha escrito Martín Descalzo, no es que todos los solitarios sean egoístas y se hayan ganado a pulso la soledad. Hay a veces mucha ingratitud que provoca muchas soledades inmerecidas. Pero, las más de las veces, el problema más grave es pensar que el problema está en el otro, o en los otros. Si una persona, al comprobar su soledad, se pregunta: ¿cuántos me quieren?, probablemente nunca saldrá de su soledad. Para vencer la soledad hay que formularse otra pregunta: ¿a quiénes quiero yo? Es preciso poner cariño en el trato con los demás, en lugar de angustiarse reclamando ser querido y valorado. Es el modo de alcanzar remedio a la soledad, porque si uno pone cariño, aunque le parezca que no sea correspondido, tarde o temprano acaba siendo querido también.

    La insinceridad era otra de las causas de la soledad en aquel matrimonio. Al principio aquella insinceridad estaba en pequeñeces, pero luego fueron cosas más serias. Y, sobre todo, manifestaba cosas más de fondo. Cuando una persona falta a la sinceridad, manifiesta, entre otras cosas, una cómoda tendencia a las soluciones fáciles y limitadas al presente. Se busca salir del paso, evitarse una incomodidad, satisfacer un deseo torpe. Y lo peor es que, normalmente, lleva al final a un callejón sin salida, porque la mentira tiene una validez muy corta, y para mantener la mentira enseguida uno se ve empujado a mentir más, y eso conduce a la soledad de quien está constantemente teniendo que “actuar”. Por eso decía Jankélévitch que uno de los más duros castigos del mentiroso es la pérdida de su propia identidad. El mentiroso está encerrado en una soledad autofabricada de la que no sabe bien cómo salir. Le cuesta sincerarse, porque piensa que se le viene abajo el edificio de su vida, cuando lo cierto es que la sinceridad es el único modo de reedificarlo.