Cultura y formación

  • Necesitas reflexionar
  • No tengo tiempo
  • Preparación personal
  • Una cabeza bien amueblada
  • Cultura
  • Afán de aprender

Necesitas reflexionar Cuando una persona se encuentra agobiada por el peso de una preocupación, solemos decirle que necesita distraerse. Y le recomendamos que salga un poco de todo ese entramado de tensiones que le oprimen, y busque fuera de él un horizonte más luminoso y recomponedor. Y efectivamente, lo normal es que ese periodo de descanso en un ambiente gratificante produzca el cambio deseado.

Pero también se puede dar el caso de que lo que una persona necesite no sea distraerse sino reflexionar: volverse sobre sí misma para hacer de su vida objeto de sereno estudio, y encontrar así conclusiones válidas para eliminar errores y vivir con más acierto.

Reflexionar con sosiego puede tener resultados muy beneficiosos para quien esté convencido de su necesidad. Lo malo es que muchas veces es precisamente esto lo más difícil, convencernos de que necesitamos reflexionar. Porque no suele costarnos comprender que necesitamos distraernos, pero cuando la necesidad es de reflexión, nos cuesta más caer en la cuenta, no se sabe bien por qué.

Quizá se deba, en bastantes ocasiones, a que la reflexión va intrínsecamente unida a la conducta diaria, y quizá advertimos que hemos de cambiar algo en nuestra vida, y nos cuesta hacerlo, y rehuimos pensar en ello. Si esto nos sucede —continúo glosando ideas de Miguel Angel Martí—, debemos alertarnos. Cuando la vida va más aprisa que nuestro pensamiento y nos encontramos actuando sin habernos dado tiempo a hacer una elección razonada, precisamente entonces resulta urgente decirnos, o que alguien nos diga: «necesitas reflexionar». Porque de no hacerlo, nuestras reflexiones (cuando las haya) serán siempre a posteriori, a hechos consumados. Y la reflexión —que es el ejercicio de la razón aplicada a nuestra propia vida— debe estar al inicio de nuestro actuar, para así elegir lo mejor.

La huida hacia adelante —que suele justificarse luego con complicadas razones que intentan disculpar los comportamientos erróneos— es una grave equivocación, de la que siempre sale perjudicado quien la toma como norma de conducta. Esta fuga hacia adelante deja de lado a la razón, que queda obligada a aparecer sólo al final, como una pobre esclava que es reclamada en última instancia para intentar justificar una elección que comprendemos que fue errónea.

El hombre no puede prescindir de la razón. Y si en lugar de darle una misión de alumbrar la verdad y el bien, la convierte en una simple justificadora de conductas, cuya máxima norma suele ser «está bien porque lo he hecho yo (y todo lo que yo hago, para mí está bien)», entonces se produce una perversión del uso de la razón, y la que debía ser antorcha de la verdad, pasa a ser una simple venda que tapa las heridas de una conducta irreflexiva.

La reflexión no es una actividad exclusiva de los filósofos. A lo largo de su vida, el hombre sensato se pregunta con frecuencia por su propia identidad, se hace cuestión de sí mismo, se interesa por él, no sólo por su actividad, se vuelve a su mundo interior en busca de respuestas. Y caemos entonces en la cuenta de que nos equivocamos, y descubrimos la importancia de la verdad, experimentamos como angustiosa la duda y deseamos salir de ella, surge en nosotros la incertidumbre, a veces también el desconcierto. Y se nos hace necesario pensar, poner orden, relacionar datos, examinar experiencias pasadas, ver posibles consecuencias en caso de optar por una solución determinada.

Y luego podemos preguntar, y pedir consejo, pero al final nuestra vida debe ser fruto de nuestras decisiones personales, todo lo contrastadas que se quieran, pero la última palabra la debemos dar nosotros. Y esa última palabra debe ser pensada con la seriedad que se merece.

No tengo tiempo Un hombre trabaja serrando árboles en un bosque. Pone mucho empeño y, sin embargo, está angustiado por el bajo rendimiento que obtiene de su prolongado esfuerzo. Cada día le lleva más tiempo acabar su tarea, de modo que le sorprende la noche cuando aún le quedan bastantes troncos por serrar.

En su afán por trabajar cada día más, no se da cuenta de que esa lentitud se debe a que tiene muy gastado el filo de la sierra. Un buen día se le acerca un compañero y le pregunta: —Oye, ¿cuánto tiempo llevas con este árbol? —Más de dos horas.

—Es raro que lleves tanto tiempo si trabajas a ese ritmo…, ¿por qué no descansas un momento y afilas la sierra? —No puedo parar, llevo mucho retraso.

—Pero luego irás más deprisa y pronto recuperarás los pocos minutos que supone afilar la sierra.

—Lo siento, pero tengo mucho trabajo pendiente y no puedo perder ni un minuto.

Y así concluyó aquella conversación.

Algo muy parecido a este diálogo se repite con frecuencia en el interior de muchas personas preocupadas por problemas que afectan seriamente a sus vidas. Se plantean que quizá deben mejorar su preparación profesional, que deben aumentar su cultura, que tienen que formarse, que necesitan una renovación personal que les saque de su fatigosa y rutinaria monotonía…; pero al final concluyen que no tienen tiempo, que tienen tanto trabajo que no pueden perder ni un minuto en teorías.

Es cierto que en muchos casos la formación que a uno le ofrecen o le han ofrecido parece muy teórica y que no resuelve los problemas que tiene la gente. La solución entonces es procurarse una formación que no sea tan teórica y se adapte a las propias necesidades, pero no renunciar a la formación.

El riesgo de caer en agotadoras disquisiciones teóricas no debe hacernos desdeñar la buena y sana teoría de las cosas. Es preciso encontrar un equilibrio, porque muchas veces, cuando alguien dice que la teoría no le interesa, que ya se la sabe, lo que probablemente le suceda es que esté confundiendo la teoría con una vaga y soporífera verborrea, puesto que no hay nada más práctico que una buena teoría. Y a bastantes que aseguran no querer ni oír hablar de teorías lo que quizá les falle es precisamente la teoría (en el buen sentido del término). O, visto de otra manera, lo que les pierde es una teoría de segundo grado: lo que les pierde es la teoría del desprecio por la teoría.

Atender con esmero a la propia formación es decisivo para la mejora del carácter y, en general, para alcanzar una vida lograda. El problema es que casi todas las actividades encaminadas a mejorar nuestra formación son de esas actividades importantes pero no urgentes que, por no apremiarnos en el día a día, muchas personas suelen dejarlas para un hipotético momento futuro que luego nunca llega.

Preparación personal Si consideramos los diversos ámbitos de la propia preparación personal, podríamos hablar en primer lugar de un nivel referido a lo estrictamente corporal: atender al cuidado de la salud, llevar una alimentación sana y equilibrada, hacer el necesario ejercicio físico, etc.

Estas exigencias pueden resultar bastante costosas para algunas personas. Y si uno no está acostumbrado a ellas, al comenzar a tomarlas más en serio, es fácil que el cuerpo proteste contra el cambio, y quiera seguir en su cómoda cuesta abajo de la vida: comer y beber lo que nos venga en gana, desdeñar el ejercicio físico, ser negligentes en el cuidado de la salud, etc. Se necesita un tiempo para acostumbrar al cuerpo a esa disciplina, pero a medida que se logra, uno se encuentra con más energía y mejor humor, las actividades normales van resultando menos costosas y aumenta la capacidad para hacer cosas más exigentes.

Si pasamos a analizar otro nivel más alto de nuestra preparación personal, referido por ejemplo a nuestras capacidades intelectuales, es probable que advirtamos que nuestras circunstancias de vida quizá no nos empujan a usar mucho de ellas. Depende mucho del tipo de ocupaciones que cada uno tenga, pero es algo que sucede con frecuencia a quien ha dejado ya la disciplina exterior de sus obligaciones de estudiante, y su trabajo tampoco le obliga a ejercer con exigencia su capacidad de leer, o de pensar analíticamente, o de expresarse por escrito con un mínimo de riqueza y corrección.

Es verdad que si el trabajo no nos lo exige, luego, en el poco tiempo libre que uno tiene, tampoco está uno para demasiadas florituras intelectuales. Y es verdad que tampoco se trata de caer en un obsesivo afán de ejercer las capacidades mentales, de la misma manera que hacer periódicamente un poco de ejercicio físico no es pasarse las tardes en un gimnasio dedicado al culturismo. Pero si nos detenemos a pensar en cómo empleamos nuestro tiempo libre, quizá advirtamos que pasamos bastante tiempo con distracciones demasiado pasivas y que nos aportan muy poco, y que podríamos dedicarnos más a otras que nos aportarían más, y que también descansan más.

Un ejemplo típico es la televisión. Ser capaz de autorregularse en su uso con sensatez y equilibrio es un hábito que puede tener unas importantes consecuencias para el futuro de una persona. Me refiero a que un consumo excesivo e indiscriminado de televisión supone perder la ocasión de hacer muchas cosas en la vida. Basta pensar que si una persona dedica tres horas diarias a ver televisión —y aún estaría por debajo de la media del mundo occidental—, ese tiempo supone casi la quinta parte del que se pasa cada día levantado de la cama. O sea, que es como dedicar quince años de la vida a ver la televisión quince horas diarias. Y en ese tiempo realmente se pueden hacer realmente muchas cosas.

Es cierto que viendo la televisión también se pueden aprender cosas. Hay programas que efectivamente tienen una alta calidad, bien por su contenido formativo o informativo, o incluso de entretenimiento y de descanso, y es verdad que pueden enriquecernos y ayudarnos mucho. Pero también es cierto que muchos otros sencillamente nos hacen perder el tiempo (y eso sin contar con los que puedan influirnos negativamente, que también los hay).

Además, si resulta que vemos la televisión a granel, sin que medie una selección y búsqueda de los espacios que de verdad nos interesan, tragándonos todo, de un canal a otro, todas las tardes, todas las noches, lo que haya… eso habría que calificarlo de adicción, y sus efectos no pueden ser positivos. La televisión es un buen siervo pero un mal amo, y no debemos dejar que su uso nos domine, sino ser capaces de emplearla con moderación y sensatez. Insisto en esto porque es la ocupación —quitando el trabajo y el sueño— a la que dedica más tiempo cada día el ciudadano occidental de tipo medio. Y parece claro que de ahí es de dónde en mayor cantidad de tiempo puede sacar para su preparación personal en todos los ámbitos.

Una cabeza bien amueblada Con el saber, entendido como un serio compromiso de búsqueda de la verdad, vienen siempre al hombre grandes bienes.

La ignorancia, por el contrario, está casi siempre en el origen de los comportamientos autoritarios, de los conflictos absurdos, de las descalificaciones necias, de los insultos y las agresiones. Sobre todo cuando se trata de una ignorancia no reconocida, ya que, como señaló Sócrates, “lo peor del ignorante no es que no sepa, sino que no sepa que no sabe”.

La ignorancia es siempre simplificadora, drástica en sus afirmaciones, muy amiga de trivializar, poco aficionada a matices o aclaraciones. Por eso, ganar terreno a la ignorancia mejorando la formación es uno de los grandes retos para la vida de cualquier sociedad, de cualquier institución, de cualquier familia, de cualquier persona.

Como ha señalado el profesor Ibáñez-Martín, una buena formación exige en primer lugar un conjunto de conocimientos que permita mejorar cualitativamente nuestra existencia. No se trata de almacenar datos, no es un simple enciclopedismo, sino lograr un conjunto de saberes bien estructurado: unos amplios conocimientos de la propia especialidad profesional, junto a un deseo universal de tener un mínimo de iniciación a otros saberes.

En segundo lugar, es preciso buscar la formación del juicio: de ese juicio que en ciencia significa espíritu crítico y método, que en arte se llama gusto, y que en la vida práctica se traduce en discernimiento y lucidez.

Junto a esa formación en los conocimientos y en el juicio, es preciso añadir, en tercer lugar, el ejercicio de las virtudes individuales y sociales, así como el cultivo de otras dimensiones humanas, porque bien sabemos que para vivir con acierto no basta con el conocimiento, pues los hombres de bien no se identifican simplemente con los que saben ética, ya que luego hay que poner en práctica lo que se sabe.

La formación debe llevar al hombre a profundizar en su conocimiento y en su identificación con la naturaleza que le es propia. Así tendrá una mejor visión de lo que es oportuno para sí mismo y para la sociedad, y un estímulo para dar lo mejor de sí mismo.

La formación debe despertar en lo más profundo del corazón del hombre una atracción hacia los valores. Debe descubrir la vida como un proyecto que parte de una plataforma que no hemos escogido, pero que discurrirá por los cauces que nos marquemos, puesto que, como afirmaba Ortega, la vida nos ha sido dada, pero no nos ha sido dada hecha.

La formación ha de tener influencia sobre nuestra vida práctica. Ha de llevar a profundizar en esa —por llamarla de alguna manera— filosofía básica que interesa a todos porque todos ansiamos encontrar respuesta a los últimos interrogantes de la existencia del hombre, que se pregunta con frecuencia por el sentido de su vida y de su libertad. Una formación que permita al hombre resolver las dificultades de la vida ordinaria y comprender las líneas generales de los principales problemas de su tiempo.

Cultura La vida de un hombre sin cultura es como una llanura desértica. La cultura nos facilita interpretar en clave de verdad la realidad del mundo que nos rodea. Con la cultura podemos despejar un poco de ese misterio que somos cada hombre. La cultura enriquece al hombre, le lleva a profundizar en sus raíces y en su historia. La cultura nos pone sobre la pista de nuestro pasado, nos hace valorar lo que ha sido nuestra andadura sobre la tierra —la nuestra personal y la de toda la historia del hombre—, y nos empuja —si es verdadera cultura— hacia la verdad y, por ella, hacia la libertad.

Pero la cultura de un hombre no se improvisa. Para llegar a tener un pensamiento profundo, unas valoraciones acertadas, unos principios claros, unas referencias ricas, es preciso dedicar a ello mucho tiempo y esfuerzo.

Ser culto, además, no es simplemente saber muchas cosas, sino, más bien, tener una explicación coherente, y en clave de verdad, de lo que es el hombre y el mundo que le rodea. Lo importante no es tener muchos conocimientos, sino que esos conocimientos den una respuesta acertada a los problemas nuestros y de quienes nos rodean. Porque, de lo contrario, ¿de qué nos sirve tener muchos conocimientos, si luego resultan fragmentarios y contradictorios, si desconozco por completo la verdad que pueda haber en ellos? No puede olvidarse que, sin un criterio de verdad, la multiplicidad de conocimientos adquiridos desembocará en una erudición simple y ramplona, pero no en una verdadera cultura.

Para ser culto, para ir avanzando en esa lucha por cultivarse cada día un poco más, el hombre ha de tener un proyecto personal mínimamente definido. Cada uno ha de buscar una síntesis personal de sus intereses y necesidades en este sentido, y contribuirá así a forjar conscientemente su propia personalidad y su actitud ante la vida, y a esforzarse por superar la seductora mediocridad de esas subculturas —superficiales, anónimas, masificadas— que a veces parece que se nos quieren imponer, con una sutil y terca persistencia, y contra las que es preciso oponer una auténtica búsqueda de la cultura, de una cultura que realmente nos sirva para aprehender la realidad, vivir en ella y saber a qué atenernos.

La verdadera cultura ha de servir para interpretar correctamente la vida, para hacerla más humana, para descubrir sus posibilidades más genuinas y apuntar a sus más auténticas aspiraciones. El hombre no se agota en su biología, sino que tiene un mundo interior: puede ser sabio o ignorante, cultivado o tosco, lleno de luces o cubierto de sombras, ordenado o caótico, coherente o ilógico, puede buscar la verdad o sobrevivir como puede en el sórdido mundo del error, la ignorancia o la mentira.

Se trata de cultivar el propio mundo interior, sabiendo además que ese mundo siempre tiene luego su consiguiente reflejo en el exterior de cada persona. Y no sólo el carácter, sino hasta lo más aparentemente inmotivado del porte externo, como la mirada, los gestos, el rostro, el mismo tono de la voz, todo eso, es matizado, vivificado y mediatizado por el propio talante personal, por la propia forma de ser, que nace de lo más profundo del hombre y donde al hombre se le presenta la apasionante oportunidad de cultivarse, de proyectarse, de hacerse a sí mismo.

Un buen camino para mejorar el propio carácter es enriquecer el propio mundo interior. Así, lo que de ese mundo interior salga luego al exterior se parecerá lo más posible a lo que uno anda buscando.

Afán de aprender Como ha escrito José Antonio Marina, nunca podemos estar seguros de lo que otra persona ve. Aunque sigamos con atención su mirada, no podemos adivinar el paisaje que está viendo. Coincidimos con él en el nivel básico, por supuesto. Ambos podemos estar viendo aparentemente lo mismo, pero ignoramos el nivel donde está instalada la percepción del otro. Un mismo campo no es el mismo, por ejemplo, para la mirada de un pintor y para la de una persona que va de caza. Cada uno recibe percepciones distintas. No es sólo que vean las mismas cosas y luego las interpreten de modo diferente, sino que la percepción de cada uno es filtrada por el valor y el significado que eso tiene para él. Un ejemplo claro es el lenguaje escrito: nos cuesta mucho mirar un texto sin leerlo; si entendemos esa lengua, no vemos unos extraños garabatos, sino que la mirada inteligente se resiste a detenerse en esos signos, y va más allá: no ve, sino que lee, recibe inevitablemente una percepción elaborada, y su atención se desplaza según el significado de lo que va viendo.

Los hombres, en la vida diaria, sometemos a la realidad a un interrogatorio continuo, y de la sagacidad de nuestras preguntas dependerá el interés de sus respuestas y nuestras posibilidades de enriquecernos con ellas.

Al hombre con afán de aprender le sucede lo mismo que al niño, que cada vez es más exigente a la hora de aceptar una respuesta. El niño repite una y otra vez las mismas preguntas: ¿qué es esto?, ¿por qué es como es?, ¿qué hace?, ¿por qué hace lo que hace?, etc., pero no siempre le valen las mismas respuestas. Según unos estudios de Branderburg y Boyd, los niños entre cuatro y ocho años formulan en un diálogo normal un promedio de 33 preguntas por hora (sin duda un buen estímulo para la inteligencia familiar, y a veces casi una tortura). Además, una misma pregunta no significará lo mismo en los diversos momentos de su vida. Hay una etapa en que la pregunta ¿qué es esto? queda contestada con el nombre de la cosa. Más adelante, sin embargo, habrá que dar más explicaciones, porque el niño espera más, necesita más, y volverá a hacer las mismas preguntas, pero entonces el interrogante que ha de ser satisfecho por la respuesta será mucho más profundo.

A través de su observación, su reflexión y sus preguntas, el hombre aprende desde muy niño a mirar y entender el mundo que le rodea. Es sorprendente, por ejemplo, la habilidad con la que ya un bebé de dos meses sigue la mirada de su madre para ver lo que ella ve. Hay un claro interés, desde los primeros meses de vida, por aprender, por preguntar, por apropiarse del mundo de los otros.

Quizá por eso uno de los más eficaces empeños educativos es enseñar a preguntar, enseñar a formular posibilidades de llenar esos huecos que la naturaleza abre en el interior de las personas y que reclaman ser colmados. La insensibilidad, la incapacidad de relacionarse con lo que es un poco profundo, es una de las más amargas fuentes de infelicidad, porque niega a las personas todo asomo de verdadera singularidad, porque dilapida toda una fortuna de posibilidades que se nos presentan de continuo a cada uno. Las personas insensibles afirman que todo eso les da igual, que están bien como están, pero cuando un día despierten y lo comprendan, y vean lo que han perdido, se lamentarán con verdadero pesar.

Sería una pena que el transcurso de los años acabara con ese natural y espontáneo deseo infantil de aprender. Todo hombre debiera esforzarse en mantener de por vida ese noble y fecundo deseo de enriquecerse con las aportaciones de los demás. Un deseo que nos lleva a no conformarnos con explicaciones que hace un tiempo quizá sí nos parecían suficientes. Un deseo que nos impide perder la capacidad de maravillarnos, que nos aleja del peligro de volvernos conformistas e insensibles. Un deseo que nos impulsa a profundizar en las cosas, que exige mejorar nuestra sensibilidad, nuestra capacidad de discernimiento. A lo mejor pensamos que esa capacidad apenas puede crecer ya en nosotros, pero quizá no sea así. Podemos aprender a discernir mejor. Podemos enriquecer nuestros esquemas perceptivos. Podemos ganar en sensibilidad. Debemos.

Carácter y autoridad

  • Autoridad y autoritarismo
  • Sentido de autoridad
  • Independencia y formación
  • Saber escuchar
  • El juicio de los niños

Autoridad y autoritarismo Hay personas que logran ganarse una posición de gran respeto por la vía de la fuerza o el miedo: tienden a utilizar un poder coercitivo para lograr lo que se proponen. Su eficacia a corto plazo suele ser alta, pero no es fácil de mantener por mucho tiempo, pues produce una sumisión tensa y provoca actitudes de resistencia que pueden llegar a ser enormemente activas e ingeniosas.

Este tipo de poder es el que ejercen algunas personas —en el trabajo, la escuela, la familia, etc.—, con resultados a largo plazo generalmente deplorables, pues entran con facilidad en una dinámica que alienta la simulación, la sospecha, la mentira y la inmoralidad.

En algunos casos extremos, cuando se lleva al límite esa tensión, produce conflictos personales más graves, pues —como escribió el pensador ruso Alexander Solzhenitsyn— «sólo se tiene poder sobre las personas mientras no se les oprima demasiado; porque si a una persona se le priva de lo que considera fundamental, considerará que ya nada tiene que perder y se liberará de esa sujeción a cualquier precio».

El poder coercitivo suele desaparecer cuando desaparece la capacidad de ejercer las amenazas o el miedo, y entonces surgen con facilidad, como reacción, sentimientos de rechazo, oposición o revanchismo.

Hay otros estilos de autoridad menos despóticos, que consiguen mantener una posición de dominio de una manera más utilitaria, por la vía de la contraprestación y el equilibrio de poderes, y la gente les obedece y les sigue en puntos concretos a cambio de unas ventajas determinadas. La relación que se establece suele ser de simple funcionalidad, y ese equilibrio de fuerzas se mantiene mientras beneficie a ambos, o al menos mientras continuar así les perjudique menos que romperlo. Es cierto que ofrece una cierta sensación de equidad y justicia, pero es el tipo de situación propia de relaciones laborales o familiares precarias y enrarecidas.

Hay, por último, otras formas de ejercer la autoridad más acordes con la dignidad del hombre. Es la autoridad moral que poseen aquellas personas en las que se confía y a las que se respeta porque se cree en ellas y en la tarea que están llevando a cabo. No es una fe ni una servidumbre ciegas, ni consecuencia del arrastre de un gran carisma personal, sino una reacción consciente y libre que esas personas producen en los demás gracias a su honestidad, su valía y su actitud hacia los demás.

Todos hemos conocido personas que han despertado en nosotros esos sentimientos de adhesión. Quizá esa persona nos sorprendió depositando una mayor confianza en nosotros, nos trató de forma distinta, nos alentó en momentos difíciles, o nos ofreció su ayuda cuando no lo esperábamos. El caso es que generó en nosotros una consideración especial hacia él: una actitud de respeto, de lealtad, de compromiso, de receptividad.

Se trata de algo que también puede producirse ante un personaje que nos presenten los medios de comunicación, o ante figuras que descubrimos en la historia, o ante escritores o artistas de otra época, por ejemplo. Pueden despertar en nosotros una corriente de extraordinaria simpatía o, por el contrario, de profundo rechazo. Estudiar esas figuras, y analizar los rasgos que producen esos efectos, será siempre una fuente de ideas interesantes para todo aquel que desee ganar en autoridad moral.

Sentido de autoridad Hay muy diversos modos de ejercer la autoridad, y aunque las personas y las situaciones sean muy distintas, hay bastantes rasgos de carácter que casi siempre confieren autoridad y son muy positivamente valorados por casi todo el mundo.

Por ejemplo, son importantes la paciencia, la sensibilidad y la consideración con los demás. O la disposición a aprender de otros, que hace que actuar con clara conciencia de que no solemos tener todos los datos, ni todos los puntos de vista, ni todas las experiencias que pueden aportarnos los demás. O la aceptación de las personas como son, sin pretender que todos tengan los mismos gustos y preferencias que nosotros. O la corrección en el trato, ajena a actitudes habitualmente tensas o cortantes.

Hay personas que muestran una actitud agresiva porque quizá encuentran en ella una fuente de suficiencia personal, y están quizá orgullosos de su prepotencia, pues piensan que eso les proporciona autoridad y reconocimiento. Lamentablemente para ellos (y aunque a veces algunas corrientes culturales hayan valorado quizá demasiado los modelos agresivos y avasalladores), sus resultados a medio y largo plazo suelen ser penosos.

Eso no quiere decir que haya que menospreciar otros rasgos más activos, como por ejemplo la firmeza, que ha de ser compatible con todo lo anterior. La autoridad precisa de un juicioso equilibrio entre firmeza en la propia posición y mostrar un sincero respeto e interés por las valoraciones de los demás, sin juzgarlas precipitadamente. Se trata, en definitiva, de comprometerse en un proceso de buena comunicación personal, de actitudes abiertas y al tiempo firmes y coherentes.

Otra característica importante es la confianza, que se manifiesta en la capacidad de dejar a los demás suficiente margen de decisión; o en la habilidad para elevar el grado de responsabilidad y adhesión con que los demás asumen las decisiones; o en la actitud que se toma cuando se advierten errores en los demás, que siempre habrá.

La sensibilidad de hoy —de siempre— rechaza la monserga autoritaria. Recusa también los aires oficial y pesadamente pedagógicos. Tampoco lleva nada bien las actitudes demasiado seguras de sí mismas, poco tolerantes, poco abiertas a la diversidad.

No puede faltar, en quien ostenta autoridad, un gran amor a la libertad, con el consiguiente respeto a los ámbitos de legítima autonomía personal de cada uno. Debe tener siempre presente que, en estos ámbitos, no goza de autoridad, y que la diversidad en esas cuestiones es un elemento positivo que no daña la autoridad ni la necesaria disciplina, y que debe ser respetada, sin caer en la tentación de imponer una uniformidad amorfa que ahogaría la libertad.

Aunque haya quedado para el final, otra cuestión básica es la integridad personal: honestidad, compromiso sincero de búsqueda del bien de los demás, veracidad, rectitud. Para las personas rectas, la vida no es tanto una carrera como cumplir con una misión. Y esto siempre lleva a orientar la vida hacia los demás. Porque todo intento de ser una persona equilibrada y honesta sin dar a la propia vida ese sentido de servicio, es un empeño imposible. Sólo ese sentido de ayuda a los demás, con sus responsabilidades subsiguientes, hace que la vida no acabe presentándose en conjunto ante nosotros como un esfuerzo vano y absurdo.

Independencia y formación Hay personas que piensan que formar a otros en unos valores supone una imposición de esos valores. Dicen que debería ser cada uno quien reconozca los que le interesen; que formar a otros en unos valores determinados es forzar a las personas, ahormarlas, someterlas a una influencia más o menos autoritaria y, en esa medida, destructora de la originalidad personal.

Sin embargo, parece claro que toda nuestra existencia está tejida con aportaciones de los demás, y que sería ridículo querer eludir de modo absoluto su influencia. Basta pensar en el proceso que sigue cualquier persona desde su nacimiento: el hombre viene al mundo como el más desvalido de los vivientes, incapacitado para casi todo durante largos años; y así como su desarrollo corporal no se produce sin una alimentación proporcionada por otros, algo parecido ocurre con su inteligencia, cuya potencialidad se desarrolla mediante la influencia de los demás, una influencia que —al menos durante los primeros años— resulta totalmente imprescindible. De hecho, los escasos ejemplos conocidos de niños que se criaron de modo salvaje, al margen de la civilización, muestran a las claras esa realidad.

Los más recientes estudios acerca de los factores que influyen en el desarrollo de la inteligencia coinciden en otorgar un considerable valor —al menos estadísticamente hablando— al medio cultural en que se ha vivido. El hombre apenas puede progresar en su propia vida, intelectual o moral, sin ser auxiliado por la experiencia colectiva que han acumulado y conservado las generaciones pasadas. Podría decirse que la sociedad atesora el pasado, y que gracias a ella en el hombre hay progreso e historia.

La pretensión de que todas nuestras acciones fueran realizadas de modo absolutamente autónomo y personal, significa desconocer la limitación del hombre. La búsqueda de la absoluta autonomía personal llevaría a una existencia empobrecida y agobiante, e incluso irracional en la medida en que sólo admitiría soluciones originales, renunciando sistemáticamente a todas las comprobadas y claras realidades que la humanidad ha ido acumulando a lo largo de los siglos.

Es un triste error pensar que cualquier cosa que hagamos, para que sea verdaderamente personal, debe hacerse de modo totalmente original y solitario, ajeno a toda influencia o colaboración, como si cualquier influencia atentara de inmediato contra nuestra personalidad. Eso supondría confundir el hecho de tener personalidad con adoptar una actitud de autosuficiencia y absolutez, que es un desatino de los más frustrantes en que se puede caer. Es cierto que conviene dejar un margen amplio a la creatividad personal, pero sin confundir la creatividad con esa vanidad pseudoinfantil que a algunos a les hace pensar que están llamados a introducir novedades geniales en todo lo que hacen, y que además lo lograrán partiendo únicamente de sí mismos, sin contar con aportaciones ajenas. Eso sería confundir la espontaneidad con la sabiduría.

La verdadera creatividad precisa siempre de un equilibrio: no es ni el originalismo necio de quien busca llevar la contraria a todo lo establecido; ni la producción serializada y gris de quien es incapaz de introducir una aportación personal en nada de lo que hace; ni tampoco el originalismo mimético de esa gran oleada de mediocres que suele seguir a los verdaderos creadores, imitando ingenuamente su estilo sin llegar a captar su sustancia.

Ninguno nos hemos dado a nosotros mismos la vida, ni hemos determinado las características de nuestra personalidad. Sin embargo, a nosotros corresponde desarrollarla. La plena realización de nuestra personalidad es como una progresiva colonización de nosotros mismos. Y para lograrlo, no tiene por qué ser obstáculo el hecho de ser ayudado por otros, es decir, recibir estímulo, consejo, ánimo, ejemplo. Ciertamente existe el peligro de que ese consejo acabe transformándose en una cierta dominación por parte de otra persona, y por eso —como ha escrito José Antonio Ibáñez-Martín— una cosa es recibir ayuda, hacer uso de esa segunda mano que se nos ofrece, y otra muy distinta es convertir nuestra vida en una existencia de segunda mano. Son cosas bien distintas, y de una no hay por qué pasar a la otra.

Podríamos compararlo a lo que sucede con otros fenómenos humanos como, por ejemplo, con el lenguaje. El lenguaje puede parecer que coarta la libertad porque obliga a usar un repertorio estereotipado; sin embargo, hay una enormidad de posibilidades de expresarse: basta ver la diferencia que hay entre un buen orador y quien habla torpemente. De la misma manera, recibir de otros una buena formación es muy distinto a ser dominado y manipulado por ellos. Es evidente que el hombre puede abdicar de su personalidad allí donde debía mantenerla, de modo que esa ayuda deje de ser una colaboración para transformarse en una dictadura, pero eso sería una perversión —o al menos una trivialización— del recto sentido que tiene el hecho de formarse.

¿Dónde está el límite entre una influencia realmente formadora y legítima, y otra que fuera autoritaria e invasora? Para que esa influencia sea legítima, es preciso que busque formar una auténtica interioridad en aquellos a quienes se dirige. Una interioridad que, entre otras cosas, pueda resistir a las tendencias superficializadoras y dispersoras de cada época. Un sólido núcleo personal que no deje a la persona a merced de los vaivenes de la moda del mundo del pensamiento.

Por otra parte, tener una notable autonomía personal no está reñido en absoluto con mostrar una conveniente receptividad, es decir, una apertura de mente que busque un constante enriquecimiento personal gracias a las aportaciones de los demás. Una receptividad que, como es natural, debe mostrarse solamente ante quien merezca esa actitud, y que no ha de ser pasiva sino activa, tanto en la búsqueda de las opiniones que nos merecen autoridad como en el esfuerzo por mantener después una actitud despierta ante ellas. Para lograrlo resulta preciso superar el orgullo y la pereza, mantener la necesaria frescura de imaginación y proceder con una total sumisión a las exigencias de la verdad que vayamos percibiendo.

Y quien asume la tarea de formar, ha de procurar siempre hacer pensar, puesto que formar no es modelar desde fuera el espíritu del otro a nuestra imagen y semejanza, sino despertar en su interior al artista latente que esculpirá desde dentro su obra. Una obra que muchas veces será imprevisible para nosotros, y quizá extraña a nuestros deseos.

Mediante la formación, no tratamos de conseguir la realización de unos actos determinados, ni buscamos simplemente transmitir unos criterios de conducta, por acertados que éstos fueran: se trata de buscar en cada persona el desarrollo más plenamente humano de sus capacidades, de modo que de ahí fluya con naturalidad un modo de ser y de actuar acorde con la formación que se ha ido asimilando.

Saber escuchar Con ése se puede hablar, no parece una persona mayor. Así se explicaba, refiriéndose a un profesor suyo, un chico de catorce años en un comentario informal con un compañero de colegio.

Al oírlo, me quedé pensativo. Me preguntaba por qué pensaría ese chico que con la mayoría de las personas mayores no se puede hablar. Descalificar sin más esa desenfadada apreciación juvenil me parecía demasiado simple, demasiado cómodo. Es más, puede que fuera un buen modo de confirmarla. Era preciso abordar ese asunto con un poco más de autocrítica por parte de la gente adulta. Tengo unas ideas al respecto y voy a intentar explicarlas.

Hay personas inseguras, que no logran detener su tendencia a alimentar sus dudas, que se atormentan de continuo con perplejidades y vacilaciones. Para decidir cualquier cosa necesitan apoyo, respaldo, adhesión. Sin embargo, es bastante corriente que esas personas tengan miedo a manifestar su inseguridad, y por eso procuran esconderla, al menos ante aquellos con quienes no tienen una gran confianza. El resultado es que, al menos de modo habitual, las personas inseguras no suelen transparentar su inseguridad, sino que intentan mostrarse exteriormente como seguras y decididas. En muchos casos, además, esa actitud se convierte en una inseguridad hipercompensada, que les lleva a hablar con gran rotundidad de cosas de las que en absoluto están convencidas, o a mostrarse muy decididas cuando no está nada claro que lo estén.

Hay otras personas cuyo problema es el contrario, aunque el resultado final tenga un cierto parecido. Son aquellas que por naturaleza tienen un exceso de evidencias y seguridades. Piensan, hablan y actúan pisando fuerte. Sus ideas suelen ser claras y rotundas. Tienen poca capacidad de sorpresa y poco afán de aprender. Su mente parece como si estuviera ya casi terminada. Parecen estar ya en posesión completa de la verdad. Cuando hablan, aleccionan. Les cuesta hacerse cargo de la situación emocional de los demás, y por eso hablan con poca oportunidad. Con facilidad descalifican o estigmatizan a quienes piensan de otra manera. Sus esquemas mentales están tan cerrados que cualquier nuevo dato siempre refuerza sus anteriores ideas. Apenas piensan en replantearse si sus ideas son acertadas, o si son las mejores, sino que todo nuevo dato es siempre a su favor, todo lo que escuchan les confirma en su línea de siempre. Como suelen ser simples, tienden a hacer apreciaciones de grupo: bueno es lo mío, o lo de los nuestros; malo es lo que no es mío, o no es de los nuestros. No juzgan las ideas, sino sobre todo –o exclusivamente– de dónde parten, de quiénes son. Están como blindados ante el embate de cualquier pensamiento de autocrítica.

Se les distingue con facilidad al verles comportarse en una conversación. Los años de vivir en esa actitud les han llevado a unos modos de manejarse que les hacen difícil escuchar. Están pensado en lo que van a decir a continuación. Y si no pueden colocar, se distraen enseguida, y entonces quizá preguntan lo que se acaba de decir. Piensan que tienen la razón, y con facilidad interrumpen, no dejan terminar al otro, porque no escuchan sino que ya han juzgado y sólo piensan en colocar su idea o, como mucho, en convencer a su interlocutor.

Quizá estoy describiendo casos un tanto extremos. Podríamos dibujar un perfil más moderado, en el que todos, de una manera u otra, nos deberíamos ver interpelados, porque a todos nos sucede en mayor o menor grado. Lo malo es que, al leer esto, casi todos pensamos en lejanos personajes intratables, y no nos damos cuenta de cuándo nos pasa eso precisamente a nosotros. ¿Por qué no se reconocen –o no nos reconocemos– al ser descritos? Quizá porque nos conocemos poco, porque tenemos miedo a cambiar, a plantearnos dudas sobre modos de ser que son refugios que nos parecen cómodos y en realidad son oscuros y fríos.

¿La solución? Despertar interés por las cosas. Aprender a escuchar. Infundir amor por la reflexión serena, por explicar las razones de las cosas, por facilitar la comunicación fluida entre las personas. Hacer un esfuerzo por ponerse en la mente de los demás, por preguntar y escuchar hasta entender las razones del otro, y sólo entonces exponer las propias, si es que resulta necesario.

A esto habría que añadir quizá una cierta defensa de la perplejidad, un esfuerzo por no trivializar lo complejo, por no etiquetar las cosas de forma simple para así rechazarlas con una contundencia que resulta penosa. No se puede estar diciendo constantemente que esto es así y ya está, porque la realidad suele resistirse a esos juicios y esos diagnósticos tan simplificantes.

Es lógico que, con los años, cada uno se vaya formando opinión sobre las cosas. Esto es positivo, evidentemente. Pero si eso nos lleva a tener una actitud de cerrar la mente, de dar las cosas ya por definitivamente resueltas, eso es a la larga un error de graves consecuencias. Porque incluso nuestras convicciones más profundas precisan reflexión, exigen que procuremos mejorar su fundamentación, que nos esforcemos por avanzar en esa autoexplicación de nuestros propios principios. Hay que saber expresar nuestras ideas, saber responder a las objeciones que a ellas se planteen, en vez de descalificarlas sin razonamiento alguno. Es preciso ejercitarse en un sano y oxigenante debate intelectual de contraste con otras ideas. Es lo que pienso que nos falta a muchos adultos, y lo que hace que a veces la gente joven nos vea como nos veía aquel muchacho de catorce años.

El juicio de los niños Leí no hace mucho un comentario interesante sobre el cuento de Caperucita Roja. Venía a decir que los niños de ahora reaccionan de forma distinta cuando escuchan la narración de aquel viejo cuento, o cuando lo presencian en el guiñol.

Los niños de hoy piensan que la familia de Caperucita Roja no era nada ejemplar. Una madre que tiene a la suya, con tantos años, viviendo a muchas leguas de su casa es, para empezar, una mujer poco cariñosa. Una madre que permite que su hija, en este caso Caperucita, se adentre sola en el bosque para llevar a la abuelita abandonada una cesta con un surtido de productos caseros, es una madre egoísta y poco responsable. De haber tenido algo más de sentido común, habría acompañado a su hija en tan larga y arriesgada travesía. El lobo feroz hace lo que tiene que hacer. Recibe la información, se adelanta a Caperucita, se come a la abuela que vive sola porque su hija no la quiere tener en casa, se viste con el camisón de la abuela, se ajusta su redecilla en la cabeza y se mete en la cama en espera de esa tontita que le ha dado todas las pistas. Y llega Caperucita y no reconoce a su abuela, y se cree que el lobo es la abuelita, lo que demuestra lo tonta que era la niña y lo poco que visitaba a su abuelita. Y el lobo se la come, porque se lo tiene merecido. Por eso, cuando el lobo se zampa a Caperucita, los niños de hoy aplauden a rabiar, hasta el punto que en los guiñoles suelen eliminar del cuento la figura del cazador que salva a ambas, porque no resultaría nada popular.

Se ve que a los niños de ahora les mueve poco el ternurismo o la moralina, y esperan sobre todo coherencia y sensatez. Los niños de hoy no perdonan a la fresca de la madre de Caperucita lo mal que se portaba con la abuela, porque a una madre no se la tiene enferma y sola en el bosque. Y tampoco perdonan el despiste de Caperucita, incapaz de distinguir entre una abuela y un lobo metido en la cama con el camisón y la redecilla de la abuela.

Todo niño es en principio un poco psicólogo, que juzga a sus padres, y, en general, a todos los mayores. Los estudia y tantea sin cesar, y pronto determina cuáles son los límites de su poder y su libertad. Usa a este efecto todas sus pequeñas armas, principalmente las lágrimas o los enfados. Una criatura de seis meses, por ejemplo, sabe ya leer en el rostro de su padre o de su madre para discernir lo que debe hacer o no, su aprobación o su desaprobación. Y cuanto más se mima al niño, más indefenso se le deja, como hacía aquella mujer que dejaba a su madre en mitad del bosque y enviaba a su hija sola a visitarla.

Con el paso del tiempo, los hijos juzgarán con dureza el abandono que supone haberles mimado, ese haberles ahorrado todo sacrificio, tantas oportunidades de robustecer su voluntad. Por eso es tan importante no confundir lo que es objeto de nuestro cariño con lo que puede ser nuestra perdición. Los padres que por amor ciego, por comodidad o por ingenuidad han procurado satisfacer siempre los caprichos de sus hijos, pronto se encuentran con que no pueden con el caballo que no fue domado cuando era potro. Y lo peor es que entonces los hijos tienen ya edad para advertir el daño que les han hecho sus padres con tanta condescendencia.

Por fortuna, también tienen edad entonces para valorar que se les haya educado en el esfuerzo y la exigencia personal, y lo agradecen a sus padres como un gran tesoro que les han dejado.

Carácter, libertad, compromiso

  • Libertad interior
  • Comprometerse
  • Una opción decisiva en la vida
  • Actitud ante la dificultad
  • El riesgo del autoengaño
  • Decidirse a forjar el propio carácter
  • Moral laica
  • Cuestión de hábitos
  • Decisiones latentes

Libertad interior Sus padres, un hermano y su mujer habían muerto en las cámaras de gas. Él mismo había sido torturado y sometido a innumerables humillaciones. Durante meses, nunca pudo estar seguro de si al momento siguiente lo llevarían también a la cámara de gas, o se quedaría de nuevo entre los que se salvaban, o sea, entre aquellos que luego tenían que llevar los cuerpos los hornos crematorios, y retirar después sus cenizas.

Victor Frankl había nacido en Viena pero era de origen judío, y eso precisamente le había conducido hasta aquellos campos de concentración nazis de la Segunda Guerra Mundial. Allí experimentó en su propia carne la dura realidad de una tragedia que asombró y asombra aún al mundo entero. Fue testigo y víctima de un gigantesco desprecio por el hombre, de todo un cúmulo de vejaciones y hechos repugnantes que, por su dimensión y su crueldad, constituyeron una triste y dura novedad en la historia.

Frankl era un psiquiatra joven, formado en la tradición de la escuela freudiana, y fiel a sus principios, era determinista de convicción. Pensaba que aquello que nos sucede de niños marca nuestro carácter y nuestra personalidad, de tal manera que nuestro modo de entender las cosas y de reaccionar ante ellas queda ya esencialmente fijado para el futuro, sin que podamos hacer mucho por cambiarlo.

Sin embargo, aquel día, estando desnudo y solo en una pequeña habitación, Frankl empezó a tomar conciencia de lo que denominó la libertad última, un reducto de su libertad que jamás podrían quitarle. Sus vigilantes podían controlar todo en torno a él. Podían hacer lo que quisieran con su cuerpo. Podían incluso quitarle la vida. Pero su identidad básica quedaría siempre a salvo, sólo a merced de él mismo.

Comprendió entonces con una nueva luz que él era un ser autoconsciente, capaz de observar su propia vida, capaz de decidir en qué modo podía afectarle todo aquello. Entre lo que estaba sucediendo y lo que él hiciera, entre los estímulos y su respuesta, estaba por medio su libertad, su poder para cambiar esa respuesta.

Fruto de estos pensamientos, Frankl se esforzó por ejercitar esa parcela suya de libertad interior que —aunque estuviera sometida a tantas tensiones— era decisivo mantener intacta. Sus carceleros tenían una mayor libertad exterior, tenían más opciones entre las que elegir. Pero él podía tener más libertad interior, más poder interno para decidir acertadamente entre las pocas opciones que se presentaban a su elección.

Gracias a esa actitud mental, Frankl encontró fuerzas para permanecer fiel a sí mismo. Y se convirtió así en un ejemplo para quienes le rodeaban, incluso para algunos de los guardias. Ayudó a otros a encontrar sentido a su sufrimiento. Les alentó para que mantuvieran su dignidad de hombres dentro de aquella terrible vida de los campos de exterminio. Su vida, precisamente en aquel momento de tanto desprecio por el hombre, de un desprecio como quizá nunca lo había habido, allí, en medio de unas circunstancias en que una vida humana no valía nada, precisamente entonces, la vida de este hombre se hizo especialmente valiosa.

En las más degradantes circunstancias imaginables, Frankl comprendió con mayor hondura un principio fundamental de la naturaleza humana: entre el estímulo y la respuesta, el ser humano tiene la libertad interior de elegir. Una libertad que nos singulariza como seres humanos. Ni siquiera los animales más desarrollados tienen ese recurso: están programados por el instinto o el adiestramiento, y no pueden dirigir en nada ese programa, ni cambiarlo; es más, ni siquiera tienen conciencia de que exista.

En cambio, los hombres, sean cuales fueren las circunstancias en que vivamos, podemos formular nuestros propios programas, proponernos proyectos en la vida y alcanzarlos. Podemos elevarnos por encima de nuestros instintos, de nuestros condicionamientos personales, familiares o sociales. No es que esos condicionamientos no influyan, porque sí influyen, y mucho, pero nunca llegan a eliminar nuestra libertad. Y son esas dotes específicamente humanas las que nos elevan por encima del mundo animal: en la medida en que las ejercitamos y desarrollamos, estamos ejercitando y desarrollando nuestro potencial humano.

Comprometerse Vivimos quizá una época histórica en la que hemos visto cómo grandes utopías han quebrado. Ahora, se mantiene vigente más bien —como señala José Antonio Marina— una utopía sin pretensiones, que había permanecido latente, oscurecida por la prepotencia de las demás. Se trata de la utopía ingeniosa. La nueva humanidad se siente cómoda en un ambiente poco agresivo, tolerante, en el que los individuos, liberados por desligación de la influencia de los demás, se disponen a probarlo todo. Se ha abolido lo trágico y se navega con soltura en una afectividad ingeniosa: divertida, no comprometida, y devaluadora de lo real.

Nuestro siglo, que ha sido, posiblemente, el más sangriento y trágico de la historia, justifica el descrédito de la seriedad, porque en el origen de las grandes tragedias que nos han conmovido aparece siempre alguien que se tomó algo demasiado en serio, fuese la raza, la nación, el partido o el sistema. La sociedad desconfía, con razón, de todo fanatismo. Hay un valor máximo, que es la libertad, y el resto son procedimientos para conseguirla. Le cuesta admitir cualquier afirmación sostenida con vigor. Cualquier norma excesivamente definida le asusta. Busca el vagabundeo incierto, el buen humor. Odia los tonos regañones y gruñones. Una consigna tácita nos ordena no tomar nada en serio, ni siquiera a nosotros mismos. Hemos descubierto las ventajas de la anestesia afectiva, todos somos divertidos, la publicidad adopta un tono humorístico, las costumbres son desenfadadas, las modas ingeniosas. Nada se libra de la atracción de la levedad.

Es cierto que hay que reconocer grandes conquistas a esta mentalidad. Entre otras cosas, haber barrido —literalmente— a toda una fauna de personajes bastante ridículos y prepotentes. Hay que reconocerlo y agradecerles sus servicios.

Sin embargo, es fácil comprobar que esa actitud de levedad produce frutos ambivalentes: pretende fortalecer el Yo, y acaba, sin embargo, propugnando un Yo débil, fluido e insolidario; en vez de exaltar la creatividad, que es lo que pretendía, engendra un sujeto errático y pasivo.

La huida de la realidad convierte al hombre en simple espectador de su vida. El rechazo del compromiso abre paso a una espontaneidad aleatoria, gracias a la cual el hombre es lo que le da la gana, es decir, lo que se le ocurre, es decir, una ocurrencia imprevisible. Las equivalencias impiden la elección, porque aunque hay abundantes solicitaciones, todas son equiparables y de carácter efímero.

Eludir el compromiso es eludir la realidad. Es ineludible comprometerse porque la vida está llena de compromisos: compromisos en el plano familiar, en el profesional, en el social, en el afectivo, en el jurídico y en muchos más. La vida es optar y adquirir vínculos: quien pretenda almacenar intacta su capacidad de optar, no es libre: es un prisionero de su indecisión.

Saint-Exupéry dijo que la valía de una persona puede medirse por el número y calidad de sus vínculos. Por eso, aunque todo compromiso en algún momento de la vida resulta costoso y difícil de llevar, perder el miedo al compromiso es el único modo de evitar que sea la indecisión quien acabe por comprometernos. Quien jamás ha sentido el tirón que supone la libertad de atarse, no intuye siquiera la profunda naturaleza de la libertad.

Una opción decisiva en la vida Llega un momento en la vida del hombre, una vez superada la niñez, en que tiene una clara percepción de su propia personalidad moral. Aunque está claro que el bien o el mal está detrás de cada una de las decisiones puntuales que toma muchas veces cada día, puede decirse también que hay momentos de la vida en los que la persona toma opciones de tipo mucho más global.

Muchas veces, esas decisiones no se toman explícitamente, o son difíciles de situar con precisión en el tiempo, pero sin duda se toman. Porque en una vida coherente no caben las rupturas continuas: una cosa es tener fallos, que son comprensibles aun en personas que se esfuerzan seriamente por evitarlos, y otra bien distinta es que esos fallos sean graves y habituales, y que los justifiquemos con cualquier excusa.

Vivir con acierto exige una disposición de búsqueda solícita del bien, un compromiso claro y firme de dirigirse hacia él. Cuando se actúa así, pronto se comprueba que la libertad se ensancha cuando se compromete con la verdad y el bien.

El ser humano necesita saber, sin trivializaciones, lo que es bueno y lo que es malo. Cuando reflexiona con profundidad, comprende que la vida fácil sólo proporciona satisfacciones fugaces en medio de una insatisfacción general, descubre que su acierto en el vivir está necesariamente ligado a su desarrollo moral.

Sin embargo, la mayoría de las personas suele dedicar poco tiempo a reflexionar con profundidad, no se sabe bien por qué. Quizá se deba a que la reflexión va muy unida a la conducta diaria, y quizá advertimos que hemos de cambiar algo en nuestra vida, y nos cuesta hacerlo, y por eso rehuimos un poco pensar en ello.

Sin duda, errar es muy humano. Pero también es muy humano —y quizá más— el empeño por superar esos errores. Por eso, si en nuestra vida hay una ruptura, sobre la que casi ni nos atrevemos a pensar, debemos alertarnos. Porque si la vida va por delante de nuestro pensamiento, y nos encontramos actuando sin habernos dado casi tiempo a hacer elecciones razonadas, precisamente entonces resulta urgente decirnos, o que alguien nos diga: necesitas reflexionar.

Actitud ante la dificultad «Trabajo como enfermera y llevaba unos meses atendiendo al hombre más desagradable que puedas imaginarte. Nada de lo que hacía podía satisfacerle. Nunca lo apreciaba, ni agradecía nada, ni mostraba ningún reconocimiento. Se quejaba constantemente y sacaba defectos a todo.

»El caso es que por culpa de aquel hombre llevaba un tiempo sintiéndome de bastante mal humor, pues atenderle me suponía mucho tiempo diario, y me enfadaba mucho, y esos berrinches me dejaban alterada para el resto del día, y al final eran los demás enfermos, mis compañeros y mi familia quienes más sufrían las consecuencias de mi estado de ánimo.

»Y fue entonces cuando una compañera mía, con la que tengo mucha confianza, tuvo el descaro de decirme que nadie podía herirme sin mi consentimiento, que en el fondo era yo quien elegía mi propio estilo de vida emocional que me llevaba a la infelicidad.

»De entrada, me pareció que su consejo era teórico e inaceptable. Pero estuve pensándolo unos días, hasta que me examiné a mí misma con verdadera sinceridad, y empecé a preguntarme: ¿soy en realidad capaz de influir en mi reacción ante las circunstancias que se presentan en mi vida? »Cuando por fin comprendí que sí podía hacerlo, o que al menos podía hacerlo bastante más, entendí que el hecho de que yo me sintiera tan desgraciada era básicamente culpa mía. Y fue entonces cuando supe que podía elegir no serlo, que debía liberarme de esa extraña dependencia del modo en que me estaba tratando ese paciente. Aquello fue un descubrimiento que ha influido después mucho en mi vida, ahora lo veo, varios años después. Desde entonces, atiendo a ese tipo de personas de una forma distinta, ya no se me hacen odiosos, como antes. Es más, estoy convencida de que tratar con ellos me hace mucho bien.» El relato de esta enfermera nos muestra que las circunstancias de dificultad, si se saben afrontar juiciosamente, suelen dar lugar a cambios en el modo de entender la vida, nos abren marcos de referencia nuevos, a través de los cuales las personas vemos al mundo, a los demás y a nosotros mismos de modo distinto, y nos permiten aumentar la perspectiva, madurar nuestros principios y alcanzar nuevos valores.

Es verdad que nuestra vida está bastante condicionada por muchas cosas que nos suceden y sobre las que apenas podemos actuar. Pero todas pueden superarse si se saben asumir adecuadamente.

Todos hemos conocido, por ejemplo, individuos que atravesaban circunstancias muy difíciles —una dolorosa enfermedad, una deficiencia física grave, un duro revés económico o afectivo— y, a pesar de ello, mantenían una extraordinaria fortaleza de ánimo.

Observar a esas personas, ver cómo afrontan el sufrimiento o superan el embate de una desgracia o una fuerte contrariedad, deja siempre una impresión y una admiración grandes. Son actitudes que dan vida a los valores que les inspiran. En ese sentido, puede decirse que las dificultades a las que nos vemos sometidos juegan, en cierta manera, a nuestro favor: las dificultades hacen lucir nuestra mediocridad, y nos brindan una espléndida ocasión de superarnos, de dar lo mejor de nosotros mismos.

Y de la misma manera que en su infancia y juventud las personas se curten y se superan a sí mismas con el esfuerzo ante la dificultad, y, por el contrario, la vida fácil las convierte en criaturas mimadas y endebles, de modo semejante, podría decirse que nuestra valía profesional, nuestro amor o nuestra amistad, maduran ante un ambiente difícil, arraigan con más fuerza y autenticidad en un entorno en el que no todo viene dado.

La historia apenas conoce casos de grandeza, de esplendor, o de verdadera creación, que hayan tenido su origen en la comodidad o la vida fácil. El talento no fructifica sino en la fragua de la dificultad. Quizá por eso decía Horacio que en la adversa fortuna suele descubrirse al genio, en la prosperidad se oculta.

El riesgo del autoengaño Todo hombre sensato ha de tener una sana y equilibrada preocupación por saber si actúa bien o no, una reflexión positiva que nos haga estar prevenidos contra el autoengaño, puesto que en las vueltas y revueltas de la vida aparecen muchas ocasiones de obrar mal y apenas reparar en ello. Y aunque somos libres de elegir nuestras acciones, no lo somos tanto para eludir luego las consecuencias de esas acciones que hemos elegido.

Por ejemplo, podemos elegir tirarnos a la calle desde un quinto piso, pero no podemos eludir lo que nos sucederá cuando nos estampemos contra el suelo. De la misma manera, podemos optar por ser deshonestos o corruptos en nuestro trabajo, con nuestros amigos o con la sociedad, pero no podremos escapar de sus consecuencias.

Alguno podría objetar que hay bastante gente que sí escapa, puesto que, por desgracia, no todos los corruptos son descubiertos ni acaban en la cárcel. Y es verdad que las consecuencias penales o sociales quizá puedan eludirse, pues depende de que nos descubran o no, pero el daño personal que con cualquier quebranto ético se hace uno a sí mismo es ineludible siempre.

Somos libres de elegir ante cualquier situación, pero nunca podemos dejar de cargar con la otra cara de la moneda. Sin duda, muchas veces nuestras decisiones tendrán consecuencias que preferíamos no padecer, y hemos llegado a ellas por no saber bien qué había en la otra cara de esa elección, y es entonces cuando nos damos cuenta de que nos hemos equivocado. Sin embargo, no son nuestros errores lo que más nos daña, sino nuestra respuesta ante ellos.

Porque, como decía Cicerón, todos los hombres pueden caer en un error, pero sólo los necios perseveran en él. Cuando una persona no reconoce sus errores, no los corrige, o no aprende de ellos, se introduce en una espiral de autoengaño y encubrimiento que potencia esos errores y causa un daño mucho más profundo.

Todos tendemos en cierta manera hacia el autoengaño y el encubrimiento de nuestros errores. Por eso la educación del carácter requiere un serio esfuerzo personal en ese sentido: cuando cometas un error, no te escudes en tu debilidad, no te lances a señalar defectos de otras personas, a culpar o acusar a otros. Es verdad que también habrá culpa en otras personas, pero hay que evitar que esa parte de culpa ajena te impida ver la tuya. Cuando observes en ti un error, lo verdaderamente necesario es, simplemente, que lo admitas, te corrijas y aprendas de él: de esta manera, además, una experiencia negativa puede convertirse en algo muy positivo.

Y si ves que tu pensamiento deriva enseguida hacia cuestiones que están fuera de tu alcance —fuera del círculo de influencia de que hablábamos antes—, frena en seco y vuelve a empezar. Hemos de tener la valentía de descubrir y afrontar las áreas de error o de debilidad que hay que en nuestras vidas, para eliminarlas o reformarlas.

También será positivo conocer nuestras áreas de talento, para potenciarlas. En ambos casos el proceso de avance es muy parecido: establecer una meta personal, hacer un propósito de mejora y mantener un compromiso serio con uno mismo para cumplirlo (un compromiso serio y firme, pero también cordial y deportivo).

Decidirse a forjar el propio carácter «Imaginen ustedes la escena —decía pausadamente Fred Smith, al inicio de una conferencia en Tennessee (USA) hace unos años.

»Sitúense en la sabana africana, a orillas del lago Victoria, por ejemplo.

»Una gacela se despierta por la mañana, con la salida del sol, y piensa: “hoy tengo que correr más que el más rápido de los leones, si no quiero acabar devorada por uno de ellos”.

»A pocos kilómetros de allí, se despierta también un león e inicia su día pensando: “si no quiero morir de hambre, hoy tengo que correr al menos un poco más que la más lenta de las gacelas.” Smith hace una pausa más larga y, dirigiéndose al auditorio, concluye: »No sé si el papel de cada uno de ustedes en su vida es hoy de león o de gacela. Pero, en cualquier caso, por favor, ¡corran!» Aunque Smith se refería al fenómeno de la competencia en los mercados financieros, podemos aplicar esta imagen al esfuerzo por la mejora personal del carácter: en la vida de cualquier persona sucede algo semejante, nos puede parecer que las circunstancias en que vivimos son duras, incluso crueles, como esa sabana africana en la que hay que estar siempre corriendo para lograr comer y no ser comido.

Ante esa coyuntura, tan real como la vida misma, podemos dedicarnos a pensar en el porqué de nuestra situación, o en la causa de todo lo que nos sucede, o en lo que sea…; y seguramente serán reflexiones positivas, pero lo que no podemos hacer, mientras, es dejar de correr.

Lo queramos o no, la vida supone un reto permanente, que exige un esfuerzo y una exigencia constantes. De hecho, la mayor parte de los fracasos humanos son causados por una precipitada cancelación del esfuerzo, porque uno admite demasiado pronto que no es capaz de resolver un problema, o que el problema no tiene solución.

En estas páginas se abordan muchas cuestiones sobre las que quizá conviene reflexionar con hondura, porque son cosas importantes, necesarias, incluso decisivas. Pero lo que no podemos hacer es dedicarnos plácidamente a pensar en ellas y dejar de correr: o sea, creernos en algún momento que no es necesario poner esfuerzo en las cosas.

Hay que esforzarse, espabilar, correr…, y tanto si pensamos estar en el papel del león (peleando por alcanzar un objetivo) como si nos vemos más bien en el puesto de la gacela (intentando evitar un desastre). La vida es así, qué le vamos a hacer.

El león y la gacela no pasan el día en una carrera continua. Y por eso tampoco sería exacto decir que la vida es una simple y extenuante carrera, puesto que lo que importa no es simplemente ir más rápido o ganar más tiempo, sino nuestra capacidad de acertar en la diana. Y es verdad que hay muchos periodos más tranquilos, de respiro, de mayor calma, pero también hay otros momentos de largas carreras, en los que todo parece muy difícil, y podemos llegar a estar cansadísimos, y desanimarnos.

Son ocasiones en las que notamos el desgaste de un esfuerzo continuado en determinada dirección, y la tentación que nos acecha es muy sencilla: dejar de correr.

Cuando esto sucede, hemos de pensar que, como el león o como la gacela, es preciso seguir corriendo si es que queremos sobrevivir. En eso la vida no va a cambiar. Bueno, mejor dicho: cambiará si nos paramos, porque ése será el principio del fin.

Forjar con acierto el propio carácter no es una tarea fácil ni rápida. Sin embargo, sí es posible y asequible a todos, y, sobre todo, decisiva para el resultado de nuestra existencia.

Es preciso, primero, centrar nuestra vida en principios y valores acertados; después hay que cultivar con paciencia esa buena simiente, sin desfallecer, sabiendo que exigirá de vez en cuando irrumpir con decisión en esas zonas cómodas y oscuras de nuestra vida, donde buscan cobijo nuestros errores y debilidades, para arrancar de allí la maleza y lograr que no gane terreno en nuestra vida.

Si acometemos esa tarea con empeño, constancia y deportividad, en poco tiempo nos sorprenderemos del resultado.

Moral laica Muchos padres y educadores están preocupados por la educación moral de sus hijos, alumnos, etc. Ven que bastantes de sus actuales problemas tienen la raíz en una deficiente o insuficiente formación básica en las convicciones morales, criterios de conducta, ideales de vida, valores, etc. Pero lo que más me llama la atención es que bastantes de esos padres y educadores, aun considerándose buenos creyentes, apenas cuentan con la fe a la hora de educar, y eso me parece un error de graves consecuencias.

Es cierto que se puede tener una moral muy exigente sin creer en Dios. Y también es cierto que existen personas de gran rectitud moral que no son creyentes. Y es verdad se pueden encontrar doctrinas éticas respetables que excluyen la fe. Pero no veo que ninguna de esas razones haga aconsejable que una persona creyente eduque a sus hijos como si no tuviera fe, o que ignore la importancia que tiene la religión en la educación moral de cualquier persona.

De entrada, no veo cómo puede existir una ética que prescinda totalmente de Dios y pueda considerarse racionalmente bien fundada, pues la ética se remite a la naturaleza, y ésta a su autor, que no puede ser otro que Dios. Además, una ética sin Dios, sin un ser superior, basada sólo en el consenso social, o en unas tradiciones culturales, ofrece pocas garantías ante la patente debilidad del hombre o ante su capacidad de ser manipulado. Una referencia a Dios sirve –y la historia parece empeñada en demostrarlo– no sólo para justificar la existencia de normas de conducta que hay que observar, sino también para mover a las personas a observarlas. El creyente se dirige a Dios no sólo como legislador sino también como juez. Porque conocer la ley moral y observarla son cosas bien distintas, y por eso, si Dios está presente –y presente sin pretender acomodarlo al propio capricho, se entiende– será más fácil que se observen esas leyes morales.

En cambio, cuando se prescinde voluntariamente de Dios, es fácil que el hombre se desvíe hasta convertirse en la única instancia que decide lo que es bueno o malo, en función de sus propios intereses. ¿Por qué ayudar a una persona que difícilmente me podrá corresponder? ¿Por qué perdonar? ¿Por qué ser fiel a mi marido o mi mujer cuando es tan fácil no serlo? ¿Por qué no aceptar esa pequeña ganancia fácil? ¿Por qué arriesgarse a decir la verdad y no dejar que sea otro quien pague las consecuencias de mi error? Quien no tiene conciencia de pecado y no admite que haya nadie superior a él que juzgue sus acciones, se encuentra mucho más indefenso ante la tentación de erigirse como juez y determinador supremo de lo bueno y lo malo.

Eso no significa que el creyente obre siempre rectamente, ni que no se engañe nunca; pero al menos no está solo. Está menos expuesto a engañarse a sí mismo diciéndose que es bueno lo que le gusta y malo lo que no le gusta. Sabe que tiene dentro una voz moral que en determinado momento le advertirá: basta, no sigas por ahí.

Sin religión es más fácil dudar si vale la pena ser fiel a la ética. Sin religión es más fácil no ver claro por qué se han de mantener conductas que suponen sacrificios. Esto sucede más aún cuando la moral laica se transmite de una generación a otra sin apenas reflexión. Como ha señalado Julián Marías, los que al principio sostuvieron esos principios laicos como elemento de un debate ideológico, tenían al menos el ardor y el idealismo de una causa que defendían con pasión. Pero si esa moral se transmite a los más jóvenes, a los hijos, y después a los hijos de estos, sin ninguna vinculación a creencias religiosas, es fácil que ese idealismo quede en unas simples ideas sin un fundamento claro, y por tanto pierden vigor.

Cuando se niega que hay un juicio y una vida después de la muerte, es bastante fácil que las perspectivas de una persona se reduzcan a lo que en esta vida pueda suceder. Si no se cuenta con nada más, porque no se cree en el más allá, el sentido de última responsabilidad tiende a diluirse, y la rectitud moral se deteriora más fácilmente.

¿Y qué decir al que, a pesar de buscar a Dios, no tiene fe? Le diría que buscar a Dios es un paso importante, y que casi siempre supone tener ya algo de fe. Si la búsqueda es sincera, tarde o temprano lo encontrará. Yo recomendaría a esa persona que pensara en su propia conducta y en la verdad, que reflexionara sobre qué está bien y qué está mal, y que procurara actuar conforme a ello, pues tal vez es Dios precisamente quien se lo está pidiendo, y al obrar bien se dispone a descubrir a quien es la fuente del bien.

Hay ocasiones en que los motivos de conveniencia natural para obrar bien nos impulsan con gran fuerza. Pero hay otras ocasiones –y no son pocas–, en que esos motivos de conveniencia natural pierden peso en nuestra mente, por la razón que sea, y entonces son los motivos sobrenaturales los que toman un mayor protagonismo y nos ayudan a actuar como debemos. Prescindir de unos o de otros es un error moral y un error educativo de gran alcance. Por eso, los padres creyentes que dan poca importancia a la formación religiosa de sus hijos suelen acabar por darse cuenta de su error, pero casi siempre tarde y con amargura.

Cuestión de hábitos Cuenta José Antonio Marina la historia de una chica que necesitaba hacer ejercicio y se propuso correr un rato un par de días a la semana. No le gustaba competir con otros, así que empezó a correr sola. Un día, un entrenador que ella conocía le dijo: “Deberías correr maratón”. Ella creyó que se trataba de una broma. Además, siempre había pensado que el maratón era extenuante y aburrido. Pero aquel hombre insistió hasta convencerla, y le hizo un plan de entrenamiento con unos objetivos precisos y bien calculados, que exigían un esfuerzo cada vez un poco mayor, pero siempre accesibles.

“Sin darme cuenta –explicaba ella–, empezó a ilusionarme la idea de aguantar un kilómetro más. Es un proceso curioso. Primero te inquieta, luego te fastidia mientras lo estás intentando y al final te sientes una estrella si lo consigues.” El modo de dosificar las metas convirtió una tediosa tarea en una actividad estimulante. “El ejercicio me sentaba bien, comprometerme en una tarea larga me agradaba, me gusta competir un poco conmigo misma. También influyó saber que lo que consiguiera le importaba a alguien, a mi entrenador.” Hay muchas fuerzas ocultas en cada uno que sólo alcanzan su eficacia cuando surge, como para aclararlas y fijarlas, un objetivo que pueda concretar y aunar esos impulsos confusos del deseo hasta hacerles tomar la forma y el atractivo de una meta. Ese proceso, por el que una serie de motivos vagos y dispersos configuran una nueva fuente de energía, es fundamental para hacer rendir el propio talento. Y es un proceso que casi siempre depende de nuestra capacidad de alcanzar hábitos que nos ayuden a gestionar bien nuestras aspiraciones, deseos y sentimientos, que muchas veces son confusos e incluso contrapuestos. Porque es frecuente que tengamos ganas de hacer algo pero no ganas de hacer lo necesario para conseguir ese algo. Se puede tener sed pero no tener ganas de caminar hasta la fuente. Se puede querer dar una alegría visitando a un amigo enfermo pero hay que vencer la pereza para levantarse e ir. Si no se tiene voluntad, sólo se logra hacer lo que se tiene ganas de hacer en ese instante, pero no se consigue nada fuera de ese corto plazo. Por eso la voluntad consiste en buena parte en adquirir el hábito de querer hacer las cosas, con lo que se produce la paradoja de que querer es una cuestión de hábitos.

Al correr, esa agilidad, esa zancada larga, rítmica, resuelta, es como una representación de la libertad, sobre todo cuando uno ha experimentado antes la esclavitud del jadeo, del ahogo y del cansancio. Por eso el entrenamiento es un gran logro de la inteligencia y de la voluntad. Cuando se ha adquirido cierta destreza gracias a los hábitos, la espontaneidad produce grandes creaciones; pero si no se tiene esa destreza que nace del esfuerzo por adquirir hábitos, la espontaneidad suele ser desastrosa.

El influjo y la sutileza de la propaganda y la masificación fomentan una sumisión aceptada y confortable de lo espontáneo. Somos solicitados por la fascinación de ser elementos pasivos de lo que nos apetece, y entonces rodamos dócilmente por esa pendiente, hechizados por el poder anfetamínico de su cálida retórica. Pero sabemos que al final siempre nos encontramos de nuevo abajo, otra vez decepcionados y frustrados por no tener los hábitos que realmente deseamos. Nos topamos, como siempre, con la terca realidad del esfuerzo, con la necesidad de cultivar hábitos inteligentes y con la evidencia de que lo que queremos no siempre coincide con lo que nos apetece.

Decisiones latentes Julien Green describe con maestría ese proceso personal, íntimo, por el que todas las personas escuchamos en nuestro interior una llamada a la responsabilidad, a ser mejores, y que unas veces escuchamos y otras no.

Una página de su diario lo expresa muy bien: “Tal día de tu infancia, mientras jugabas solo en el cuarto de tu madre y el sol brillaba sobre tus manos, vino hacia ti cierto pensamiento, ataviado como un mensajero del rey, y tú lo acogiste con alegría, pero más tarde lo rechazaste. Y aquel pensamiento te hubiera guardado, sostenido. Cuando caminabas bajo los plátanos de tal avenida, y tu primo te dijo tales palabras, comprendiste en seguida que aquellas palabras te llegaban de parte de Dios, pero luego las olvidaste, porque contradecían en ti el gusto del placer. Y tal carta, que rompiste y tiraste a la papelera, te habría disipado aquellas dudas, pero tú no querías cambiar…”.

Algunas de esas ocasiones tienen una trascendencia especial. Son segundos que parecen decidir nuestro destino. Y no son algo accidental o inopinado, sino el fruto de una larga serie de actos sutilmente ligados entre sí. Son instantes que parecen impuestos por un misterioso impulso, sin ningún debate interior, pero esa aparente ausencia de deliberación no implica falta de libertad. Nuestros actos interiores, esos mil pequeños detalles que registramos en nuestro interior casi sin darnos cuenta, todas las numerosas y minúsculas negativas que dejamos pasar cada día, tejen poco a poco, a nivel consciente o subconsciente, un entramado interior. Y un día, quizá con ocasión de un suceso mínimo, incluso indiferente en sí mismo, surge en nosotros una idea o una convicción que parece nacer ya formada de nuestra mente, como Atenea surgió de la frente de Zeus. Parecen actos o pensamientos espontáneos, pero en realidad expresan el resultado de una batalla que se venía librando desde tiempo atrás en un nivel muy personal, en pequeños hábitos ocultos, en pensamientos velados, en complicidades interiores. Y llega un momento en que nuestra conciencia está parcialmente enajenada, enredada en esas mallas que se han ido tejiendo con el tiempo y que impiden la expresión de nuestra libertad verdadera.

De manera semejante, nuestras buenas acciones, nuestras aspiraciones al bien, hasta nuestros más insignificantes actos de generosidad, tejen a su vez otra red profunda, que también aflora un día en decisiones personales importantes. Igual que el hábito de los muchos “noes” trae un “no” a la hora de la verdad, el hábito de responder que sí a los embajadores de la verdad es lo que endereza nuestra vida. Green cuenta en su diario un pequeño ejemplo. “La primera vez que pensé en la muerte como un acontecimiento al que yo no escaparía, tenía unos veinte años. Fue en el jardín de mi tío, en Virginia. Evidentemente, sabía que tenía que morir, pero, como dice Bossuet, no lo creía. Aquel día entreví lo que podía significar el hecho de morir. Supuso una especie de revelación interior, y aquel pensamiento tan sencillo –tú también morirás– puedo afirmar que me cambió por dentro”.

Vivimos en medio de una sucesión de decisiones que conforman nuestro modo de ser. Y no siempre es fácil acertar. Sería simplista pensar que cuando cerramos nuestro corazón a la llamada del bien viene de inmediato un sentimiento de angustia. Es más, puede haber incluso un inicial alivio interior, un sentimiento de liberación, de mayor posesión de uno mismo, como de un peso que uno se ha quitado de encima, de una responsabilidad que ha dejado de pesar sobre nosotros. El rechazo del bien no siempre va acompañado de remordimiento, pues el hombre que se desliza por la pendiente del mal vive en una especie de magia que le fascina. El mal puede resultar atractivo, y el bien, mientras no lo gustamos, puede parecer insulso e irreal. Sólo a la larga el mal descubre la saciedad que oculta, y luego no siempre resulta fácil salir de él. Por eso es preciso guardar nuestro propio corazón, velar por la sensibilidad de sus puertas, pues de lo contrario pronto nos encontraremos invadidos por un tropel de imágenes y pensamientos que hipotecan nuestra vida.

Simpatía y talento social

  • La timidez
  • Explicaderas y entenderas
  • Miedo a la intromisión
  • Necesidad de ser aceptado
  • Tacto para la convivencia
  • Estímulo y simpatía. Saber escuchar
  • Espontaneidad, ¿hasta dónde?
  • Aprender a corregir
  • El “qué dirán”. Aparentar
  • Las formas son importantes

La timidez «En ocasiones —decía Marcos, con aire un tanto fúnebre— me siento diferente y como aislado de los demás.

»A veces —continuó— siento como necesidad de abandonar el grupo en el que estoy, porque me siento incómodo. Trato de ser sociable, pero se me hace insufrible, no sé por qué. Creo que no sé disfrutar de la vida.

»No sé como lo hago, pero enseguida pierdo las amistades y sufro pensando en ello. Lo pienso una y otra vez, le doy vueltas y más vueltas, trato de vencer mi timidez, pero no me sale, meto la pata, siento una vergüenza terrible y pierdo las oportunidades, me quedo paralizado.

»Pienso que no voy a saber comportarme, noto que me preocupa demasiado lo que piensen de mí. Creo que de tanto pensar en eso, luego me falta naturalidad. Tengo la sensación de que todo el mundo me estará mirando y que se ríen interiormente de mí; y supongo que no debe ser así, pero lo pienso. Intento pasar desapercibido, pero soy tan tímido que precisamente por eso al final acaban fijándose en mí.

»Veo que otros se desenvuelven con gran soltura, caen bien a todo el mundo, dicen cualquier tontería y a todos les hace gracia, y les tengo envidia. Las cosas que se me ocurren a mí no tienen gracia.

»Siento una infinita tristeza ¿Cuál es la causa de que yo sea así? ¿Por dónde empezar? Yo —concluía— no quiero ser así.» Recuerdo, de hace años, esta conversación con Marcos, un buen estudiante de dieciséis años, alto y bien plantado. Como sucede con casi todos los que son tímidos, en cuanto hablan con confianza demuestran ser personas reflexivas y capaces de definir bastante bien su situación. Y entonces, curiosamente, hablan con gran soltura y sencillez. Y sorprende también descubrir que muchos se consideran tímidos y en absoluto lo parecen externamente.

La timidez puede tener su raíz en un excesivo proteccionismo en la infancia, en algún defecto o limitación —habitualmente con poca trascendencia objetiva— mal asumida, o en una educación que no ha logrado contrarrestar suficientemente el amor propio… y a veces responde directamente a la timidez de los propios padres.

Vencer la timidez no es cosa de un día. Es una batalla difícil en la que no hay que perder la esperanza y en la que también hay que saber perder con deportividad, perdonarse a uno mismo, darse la mano y tirar otra vez hacia delante. Para empezar, hay que renunciar seriamente a encerrarse en los recuerdos o imaginaciones de las horas felices, porque los tímidos casi siempre mezclan sus miedos con la satisfacción casi continua de ese deseo de replegarse al calor de la propia soledad.

Si eres tímido, no te encierres en ese sueño de tu propia imaginación. Aparta esos pensamientos como a un moscón, rechazándolos como se rechaza un pensamiento absurdo. Cumple todas tus obligaciones, busca más si es preciso. Ocupa tu tiempo. No te fabriques un mundo irreal en el que te complaces. No te refugies en la soledad, aunque digas que en ella encuentras grandes satisfacciones; no busques en tus sueños la coartada para no luchar en la realidad, que un hombre soñador rara vez es un hombre luchador.

Si te consideras tímido, has de saber que perteneces a un sector de la humanidad más amplio de lo que parece, y al que también pertenecen personas que probablemente no sospeches.

La timidez puede tener raíces muy diversas: baja autoestima, envidia, torpeza física, orgullo, falta de sociabilidad, o muchas otras. Resulta interesante, a la hora de esforzarse por configurar positivamente el carácter propio o el ajeno, analizar las posibles causas y reflexionar sobre ellas.

Hay personas que se consideran tímidas simplemente porque son —o les parece que son— un poco patosas en lo que hacen o lo que dicen. En estos casos, la timidez y la torpeza se alimentan la una a la otra. La torpeza física suele tener su raíz en algún defecto de coordinación motora: chocan con todo, se les cae todo y se les rompe todo. Otros son desafortunados más bien a la hora de expresarse o de intervenir en una conversación y, como consecuencia, suelen ser remisos a actuar ante los demás y pueden volverse tímidos. A su vez, la timidez les lleva a estar demasiado pendientes de su imagen y a ser menos naturales y, por tanto, más torpes.

La timidez siempre actúa dentro de un lamentable círculo vicioso, que es preciso romper haciendo descubrir a esas personas sus puntos fuertes, y haciendo que los demás los valoren. Por eso, por ejemplo, el buen profesor pregunta en clase al alumno tímido cuando supone que está en condiciones de responder correctamente, y hace así que tome seguridad y vaya actuando, poco a poco, en presencia de otras personas. Y el padre sensato sabe dar confianza a su hijo de modo que poco a poco vaya mejorando su nivel de autoestima, que siempre facilita al tímido consolidar su voluntad indecisa.

También hay que enseñar a no tener envidia de ése o de ésa que son tan extrovertidos, tan graciosos, tan ocurrentes…; con tanto afán de protagonismo quizá. Muchos de ellos son muy agradables, es verdad, pero quizá sólo para estar un rato, y no hay quien conviva con ellos tres días seguidos. Otros serán excelentes, de acuerdo, y habrá que aprender y sentirse estimulado por ellos, pero… ¿para qué la envidia? Recházala.

A veces será por orgullo, que lleva a una soledad que deshumaniza a quien la practica y que hace perder la objetividad. Hay quienes huyen a la soledad para olvidar, y sólo logran acrecentar sus recuerdos, revolver en sus vagabundeos mentales una y otra vez, o rumiar obsesivamente los fracasos y las heridas de la vida.

Cuando te propongas superar tu timidez en algo, no te consientas a ti mismo volverte atrás. No seas como el bañista vacilante, que mete el pie en el agua varias veces, comprueba que tampoco está tan fría, que no pasaría nada, que es cuestión solo de lanzarse…; pero no se atreve y vuelve a casa cabizbajo, avergonzado de sí mismo. Deja de pensar en si sabes hablar; y habla. O en si sabes de verdad ser amigo o amiga de alguien; y esfuérzate por serlo. O en si sabes educar, o comportarte en tal situación, o hacer tal otra cosa; y ponte a hacerlo como mejor sepas, sin tanto miedo al ridículo o al fracaso. Y si fracasas, no te atormentes y vuelve a intentarlo. Pero no llames intentarlo a algo que no es más que un vago deseo de que eso suceda pero sin proponértelo seriamente.

Explicaderas y entenderas Todos hemos observado cómo algunas personas poseen unas cualidades que les hacen conectar más fácilmente con los demás. No me refiero a los grandes líderes, o a esas personalidades geniales que poseen un carácter tan singular que poco podemos aprender de ellos las personas corrientes. Me refiero más bien a esas personas que viven a nuestro alrededor y tienen una buena capacidad de congeniar con los demás, saben captar sus sentimientos y logran mantener una buena relación habitual con casi todo el mundo.

La capacidad que las personas tienen de entenderse guarda una profunda relación con la educación afectiva, pues las personas no expresamos verbalmente la mayoría de nuestras ideas o sentimientos, sino que emitimos continuos mensajes emocionales no verbales, mediante gestos, expresiones de la cara o de las manos, el tono de voz, la postura corporal, o incluso los silencios, tantas veces tan elocuentes. Cada persona es un continuo emisor de mensajes afectivos del más diverso género (de aprecio, desagrado, cordialidad, hostilidad, etc.) y, al tiempo, es también un continuo receptor de los mensajes que irradian los demás.

Por esa razón, muchos de los problemas de comunicación entre las personas suelen tener su origen en una deficiente percepción de los mensajes emocionales que se reciben (podríamos hablar de problemas de entendederas) o en una deficiente emisión de los que se quieren expresar (problemas de explicaderas).

Es verdad que tanto los problemas de entendederas como de explicaderas pueden ser nuestros o de los demás (de hecho, lo más habitual en la práctica es que ambos problemas vayan unidos), pero normalmente podemos actuar mucho más sobre lo que está más a nuestro alcance, que son nuestros propios defectos.

Por ejemplo, como sugería Antonio Machado, cuando no acertamos a enseñar algo es porque quizá nosotros no lo sabemos bien todavía, y es probable que tengamos que aprender a comprenderlo y expresarlo mejor.

Y si observamos que otras personas suelen ver determinado asunto de modo distinto a como nosotros lo vemos, sería poco inteligente desdeñar por sistema la posibilidad de que los demás tengan razón, o al menos una parte de ella. Si tendemos de inmediato a considerar con rotundidad que están equivocados, y además lo manifestamos de tal manera que esas personas perciben que hay desagrado en nuestra actitud, entonces lo más probable es que levanten una barrera ante nosotros y nos consideren como personas ante las que no deben mostrar receptividad. Como es natural, no se trata de dudar constantemente de nuestros principios o de nuestro modo personal de ser, puesto que la inseguridad en ese sentido puede llegar a ser un defecto ciertamente peligroso, pero sí es preciso aprender a captar mejor el pensamiento de los demás y expresar mejor el nuestro.

Hay toda una serie de actitudes esenciales para mejorar la comunicación con las personas. Es preciso, en primer lugar, partir de una actitud de deseo de conocer los puntos de vista del otro y enriquecerse con ellos. Eso supone estar abierto a ser influido y a cambiar, lo cual es perfectamente compatible con tener convicciones firmes y serias. Después, es preciso concretar esas actitudes siempre en comportamientos. Por ejemplo, escuchar mucho y con atención; hablar sin despertar defensividad en el otro; procurar partir de puntos de acuerdo común y avanzar progresivamente hacia las áreas de desacuerdo; etc.

Nuestro entendimiento —vuelvo a citar a Antonio Machado— tiene una escala gradual: primero, entender las cosas (o creer que las entendemos); segundo, entenderlas bien; tercero, entenderlas mejor; cuarto, entender que no hay manera de entenderlas mejor sin mejorar nuestras entendederas.

Miedo a la intromisión «Aquel episodio —pensaba para sí la protagonista de aquella novela de Susanna Tamaro— vuelve a presentarse a menudo en mis pensamientos porque es el único momento en que tuve la posibilidad de hacer que las cosas cambiaran.

»Ella —su hija— había roto a llorar, me había abrazado: en ese momento se había abierto una grieta en su coraza, una hendidura mínima por la que yo hubiera podido entrar. Una vez dentro habría podido actuar como esos clavos que se abren apenas entran en la pared: poco a poco se ensanchan, ganando algo más de espacio. Habría logrado adentrarme un poco en su intimidad y convertido quizá en un punto firme en su vida.

»Para hacerlo, debería haber tenido mano firme. Cuando ella dijo “es mejor que te marches”, debería haberme quedado. Debería haberme negado a irme sin más, debería haber vuelto a llamar a su puerta cada día; insistir hasta transformar esa hendidura en un paso abierto. Faltaba muy poco, lo sentía.

»No lo hice, en cambio: por cobardía, pereza y falso sentido del pudor. A mí nunca me había gustado la invasividad, quería ser diferente, respetar estrictamente la libertad de su existencia. Pero detrás de la máscara de la libertad se esconde frecuentemente la dejadez, el deseo de no implicarse.

»Hay una frontera sutilísima entre una cosa y otra; atravesarla o no atravesarla es asunto de un instante, de una decisión que se asume o se deja de asumir; y de su importancia a veces te das cuenta sólo cuando el instante ya ha pasado. Sólo entonces te arrepientes, sólo entonces comprendes que en aquel momento pedía a gritos la intromisión, y me decía a mí misma: estabas presente, tenías conciencia, de esa conciencia tenía que nacer la obligación de actuar.

»El amor no cuadra con los perezosos, y para existir en plenitud exige gestos fuertes y precisos. Yo había disfrazado mi cobardía y mi indolencia con los nobles ropajes de la libertad.» Esta reflexión de aquella mujer atormentada por sus recuerdos puede servirnos para recordar que el verdadero afecto necesita a veces de energía y de firmeza. Querer de verdad a alguien puede exigirnos estar dispuestos a hacernos una cierta violencia para superar ese miedo a la intromisión que sentimos la mayoría de las personas.

Hay veces en que, efectivamente, la cobardía y la indolencia se disfrazan con los nobles ropajes de la libertad. Y detrás de esa máscara se esconde la dejadez, el deseo de no implicarse. No siempre será asunto fácil distinguir cuándo hay que intervenir y cuándo hay que respetar la intimidad y el aislamiento del otro, es verdad. Como bien decía aquella mujer, hay una frontera sutilísima entre el error por un extremo y por el contrario. Parece como si, en estos temas, el sendero del acierto discurriera oscura y tortuosamente entre otros muchos caminos que conducen al fracaso: unas personas tendrán que esforzarse para no caer en la pusilanimidad y el acobardamiento; otras, por el contrario, habrán de poner su esfuerzo en procurar mantenerse un poco más respetuosas del voluntario aislamiento de los demás.

La protagonista de nuestro ejemplo era una de esas personas que —según ella misma decía— se dejan llevar demasiado por una especie de deseo de no resultar impositivas, de no censurar nada, como si estuvieran repitiéndose constantemente: “somos diferentes y tenemos que respetar nuestra diversidad”. De esas personas que piensan que para ser amadas tienen que eludir cualquier apuro, cualquier conflicto, cualquier arista. Hay muchas veces —otras no— en que todo eso una falta de identidad, un no sentirse seguro de casi nada.

Necesidad de ser aceptado El miedo a no ser aceptado es uno de los principales factores que retraen a un niño a la hora de aproximarse a un grupo de compañeros de clase que están enfrascados en un juego. Se trata de una inquietud que produce en él un cierto grado de ansiedad, que habitualmente potencia su falta de habilidades sociales y aumenta el riesgo de que actúe con torpeza cuando se acerque al grupo —si finalmente se atreve— e intente incorporarse a él aparentando una total naturalidad.

Es ése un momento crítico, en el que esa falta de soltura y de habilidad social se hace patente con toda su crudeza. Como apunta Daniel Goleman, resulta tan ilustrativo como doloroso ver a un niño dar vueltas en torno a un grupo de compañeros que están jugando y que no le permiten participar. Además, los niños pequeños suelen ser cruelmente sinceros en los juicios que llevan implícitos tales rechazos.

La ansiedad que siente el niño rechazado, o que teme ser rechazado, no es muy distinta de la que experimenta el adolescente que se encuentra aislado en medio de una conversación de un grupo de amigos, y no sabe bien cómo o cuándo intervenir. O la del que está en una fiesta, o en una discoteca, y quizá sufre una profunda soledad, pese a estar rodeado de quienes parecen ser sus amigos íntimos. O la que siente un adulto en una comida o una reunión en la que no logra situarse y entablar una conversación fluida con nadie.

Si observamos cómo actúa un niño que sabe manejarse bien, veremos que quizá el recién llegado comienza observando durante un tiempo qué es lo que ocurre, antes de poner en marcha una estrategia de aproximación. Su éxito depende de su capacidad para comprender el marco de referencia del grupo y saber qué cosas serán aceptadas y cuáles estarían fuera de lugar.

Un error muy habitual es pretender tomar protagonismo demasiado pronto. Eso es lo que sucede a los niños más torpes, que enseguida dan sus opiniones o muestran su desacuerdo, cuando aún no han sido suficientemente aceptados por el grupo, y entonces son rechazados o ignorados.

Los niños más hábiles observan antes al grupo, para comprender bien lo que está ocurriendo, y luego hacen algo para facilitar su aceptación, esperando a confirmar esa aceptación por el grupo antes de tomar la iniciativa de dar sus opiniones o proponer un plan. Antes de expresar sus ideas o sus preferencias, procura que los demás expresen las suyas: así, al tener en cuenta los deseos de los demás, les resulta más fácil no perder la conexión con ellos.

En cambio, el niño que fracasa en sus relaciones sociales —en el aula o en otros ámbitos— sufre de una manera que a muchos adultos les resulta difícil comprender (o recordar). Pero la cuestión clave no es eso, sino el riesgo de que esa frustración reduzca seriamente sus posibilidades futuras en cuanto a las relaciones humanas y condicione negativamente el desarrollo de su estilo sentimental. Por otra parte, tampoco hay que olvidar que todo esto repercute con facilidad también en su rendimiento académico. Por eso, lo que la familia y la escuela puedan hacer para fomentar el talento social de los niños resultará de indudable trascendencia de cara a su futuro.

Tacto para la convivencia «Era una mujer que con su sola presencia aligeraba la pesadumbre de vivir. A veces bastaba con oír su voz.

»Con frecuencia me pregunto de dónde sacaba ella ese tacto para la convivencia, sus originales criterios sobre las cosas, su delicado gusto, su sensibilidad.

»Sus antepasados eran gente sencilla, inmigrantes del campo, con poca imaginación. ¿De quién aprendió entonces…?».

Estas palabras de Delibes recuerdan, por contraste, aquellas otras personas que quizá tengan una exquisita educación pero que su presencia no resulta agradable, a veces incluso más bien lo contrario.

A lo mejor les sucede porque todo lo que no es suyo les resulta totalmente ajeno. O porque son personas tan encerradas en sí mismas que han acabado por alterar su propio equilibrio y resultar extrañas. O quizá porque, en la práctica, no saben convivir.

Conviene buscar detalles concretos en los que cada uno pueda proponerse mejorar, en cada una de las facetas de las virtudes de la convivencia. Por ejemplo:

  • ir averiguando los gustos ajenos y procurar satisfacerlos siempre que se pueda, en vez de tratar de imponer los planes que a uno le apetecen;
  • ser complaciente y buscar factores amenizantes de la convivencia (sin ser excesivamente obsequiosos ni asediantes: el personaje untuoso y poco natural, que ríe de sus propias gracias, o de lo que no tiene gracia, resulta bastante desagradable);
  • no hablar demasiado (los excesivamente habladores marean), ni insistir sin confianza;
  • no darse aires de persona ocupadísima, ni de sabelotodo, ni de gran memorista, ni de don Preciso, que lo puntualiza todo;
  • aprenderse los nombres de quienes trabajan con nosotros o de quienes nos cruzamos en la escalera para tratarles luego por su nombre (si anotamos las fechas de los santos o cumpleaños y nos acordamos de felicitarles, mucho mejor);
  • decir cosas agradables a la gente siempre que se pueda (por ejemplo, frecuentando los temas de conversación que gustan a los demás y refiriéndose poco a uno mismo);
  • no olvidar la importancia de los buenos modales para hacer la vida agradable a los demás: ser deferentes, saludar con cordialidad, ser puntuales, no elevar destempladamente la voz ni decir tacos, ser pulcros, no caminar con estrépito ni tratar zafiamente las cosas (abrir la puerta con el pie o el codo, caer a plomo sobre el asiento…), etc.

  • hacer favores sin llevar la cuenta, empleando generosamente el tiempo, aunque el favorecido apenas pueda correspondernos con nada;
  • agradecer las cosas, aunque sean insignificantes, y contestar a quien nos ha llamado por teléfono o nos ha escrito;
  • animar a los desanimados, tratar con paciencia a los pesados, visitar a los enfermos y a la gente que sufre soledad; etc.

    Estímulo y simpatía. Saber escuchar Momo es la pequeña protagonista de aquel famoso libro de Michael Ende que lleva su nombre. Una niña surgida un buen día en la vida de unas personas sencillas.

    Nadie sabe quién es, ni de dónde viene, ni nada. Vive en unas ruinas de un antiguo teatro griego o romano. Pero todo el mundo quiere a la chiquilla. Las gentes se han dado cuenta de que han tenido mucha suerte por haber conocido a Momo. Se les hace la niña algo imprescindible. ¿Cómo han podido antes vivir sin ella? A su lado cualquiera está a gusto.

    A la hora de hacer balance de su atractivo, no es fácil decir qué cualidad especial le adorna: no es que sea lista; tampoco pronuncia frases sabias; no es que sepa cantar, o bailar, ni hacer ninguna maravilla extraordinaria… ¿Qué es entonces lo que tiene? La pequeña Momo sabe escuchar; algo que no es tan frecuente como parece. Momo sabe escuchar con atención y simpatía. Ante ella, la gente tonta tiene ideas inteligentes. Ante ella, el indeciso sabe de inmediato lo que quiere. El tímido se siente de súbito libre y valeroso. El desgraciado y agobiado se vuelve confiado y alegre. El más infeliz descubre que es importante para alguien en este mundo. Y es que Momo sabe escuchar.

    Todos tenemos en la cabeza la imagen de chicos o de chicas, quizá de apariencia modesta y de cualidades corrientes, pero perseverantes en la amistad, leales, que contagian a su alrededor alegría y serenidad; y su vida aparece ante los demás como una luz, como una claridad, como un estímulo.

    A veces parece que se trata de una cualidad que, simplemente, viene de nacimiento. Pero no es eso sólo: depende sobre todo de la educación que se ha recibido, y del esfuerzo personal que pone cada uno. En todos los hombres hallamos gérmenes de buenas y malas tendencias, y cada cual es responsable de la medida en que permite a unas u otras adueñarse de su persona. Todos sabemos que el alma sólo brilla después de muchos años de esfuerzo por sacarle lustre.

    Saber escuchar. Tener paciencia. Sabiendo que, las más de las veces, aguantar algo que a uno no le gusta no es ser hipócrita, sino que constituye una parte de ese hábito de preocuparse por los demás, y de procurar ser agradable, que todo hombre debiera esforzarse por adquirir. Además, cuando uno se esfuerza por serlo, pronto pasa a ser algo que sale casi siempre de modo natural.

    Pero escuchar no es sólo cuestión de paciencia. Requiere sobre todo deseo de aprender, deseo de enriquecerse con las aportaciones de los demás. Quien mientras escucha piensa sobre todo en preparar su respuesta, apenas escucha realmente. Sin embargo, quien escucha con atención, con verdadero deseo de comprender, sin dejarse arrastrar por un inmoderado afán de hablar él o de rebatir lo que oye, quien sabe escuchar de verdad, se hace cada vez más valioso y hace que la persona que le habla se sienta también más valorada y querida.

    Es triste que tantos hombres y mujeres hagan grandes sacrificios para poder lucir un coche o una ropa un poco mejor, o adelgazar un poco, o presumir de cualquier cosa, y que, sin embargo, apenas se esfuercen por escuchar más, o ser un poco más simpáticos y agradables, que es gratis y de mucho mejor efecto ante los demás.

    Espontaneidad, ¿hasta dónde? “Mamá, es que no lo entiendes. La gente joven dice lo que piensa, sin hipocresías.” Así defendía una joven adolescente la escasa educación y diplomacia de una amiga suya a la que había invitado a pasar unos días con ellos durante las vacaciones.

    Sin duda, la espontaneidad es un valor emergente en la sociedad de nuestros días. Ser espontáneo y natural es algo que hoy —afortunadamente— se valora mucho. Hay una gran pasión por todo lo que significa apertura y claridad. Un elogio constante de las conductas que revelan autenticidad. La gente joven tributa un apasionado culto a la sinceridad de vida, quizá como respuesta al rechazo producido por algunos resabios de corte victoriano que ha llegado a detectar en la anterior generación.

    Todo eso, no cabe duda, esconde un avance innegablemente positivo. Y en el ámbito de la educación, se trata de una conquista de la sensibilidad contemporánea que ha supuesto aportaciones especialmente valiosas. Moverse en un clima de confianza se considera hoy un principio educativo fundamental, decisivo también para la formación del propio carácter.

    Sin embargo, las razones que daba esa chica demuestran la necesidad de un sensato equilibrio en todo lo relacionado con la espontaneidad. Parece evidente que es preciso encontrar un equilibrio entre la hipocresía y lo que podríamos llamar exceso de espontaneidad. Porque parece posible lograr ser cortés sin caer en la hipocresía o la adulación, ser sincero sin recurrir a la tosquedad, y fiel a los propios principios sin necesidad de ofender a los demás.

    Decir la verdad que no resulta conveniente revelar, o a quien no se debe, o en momento inadecuado, es —fundamentalmente— una carencia de sensatez. Parece claro que conviene siempre añadir sensatez a la sinceridad, y así nos ahorraremos —como dice H. Cavanna— “la idiotez sincera, que no por sincera deja de ser idiota”.

    Echar fuera lo primero que a uno se le pasa por la cabeza sin apenas pensarlo, o dejar escapar los impulsos y sentimientos más primarios indiscriminadamente, no puede considerarse un acto virtuoso de sinceridad. La sinceridad no es un simple desenfreno verbal. Hay que decir lo que se piensa, pero se debe pensar lo que se dice.

    El que se encuentra a un amigo que acaba de perder a su padre y le dice que no lo siente lo más mínimo porque su padre era antipático e insoportable, no es sincero, aunque lo sintiera realmente, sino un auténtico salvaje.

    Como señala J.B.Torelló, bajo la excusa de esa falsa sinceridad, se esconden a menudo arrogancia, grosería, tendencia malsana a la provocación, inclinaciones exhibicionistas o gusto por zaherir a los demás. Quienes así actúan son figuras tristes de hombres o mujeres sin frenos, que se dejan llevar por sus impulsos más arcaicos y distan mucho de alcanzar un mínimo de madurez en su carácter.

    El equilibrio del carácter y la personalidad exige una cuidadosa compensación entre un extremo y otro. Y así como hace treinta años podía ser mayor el peligro del envaramiento y la desconfianza, quizá ahora sea más bien el de la excesiva deshinbición o desenfado. Se comprueba que la exaltación de la espontaneidad y la devaluación de la seriedad producen frutos ambivalentes. Pretenden fortalecer la personalidad, y en gran parte lo logran, pero también traen el riesgo de producir personas con una espontaneidad aleatoria, gracias a la cual son lo que les da la gana, lo que se les ocurre. Pero las ocurrencias siempre son imprevisibles.

    Aprender a corregir Para que la crítica sea positiva, habría que establecer una especie de reglas del juego. Podríamos intentar resumirlas en cuatro: Primera. Para que alguien tenga derecho a corregir, tiene primero que ser persona que esté capacitada para reconocer lo bueno de los demás, y que sea capaz también de decirlo: que no corrija quien no sepa elogiar de vez en cuando.

    Porque si una persona no reconoce nunca lo que su hijo o su mujer o su marido hacen bien —y seguro que harán cosas bien, probablemente más que las que hacen mal—, ¿con qué derecho podrá luego corregirles cuando fallen? El que nada positivo encuentra en los demás, tiene que replantear su vida desde los cimientos: algo en él no va bien, tiene una ceguera que le inhabilita para corregir.

    Segunda. Ha de corregirse por cariño. Tiene que ser la crítica del amigo, no la del enemigo. Y para eso, tiene que ser serena y ponderada, sin precipitaciones y sin apasionamiento. Tiene que ser cuidadosa, con el mismo primor con que se cura una herida, sin ironías ni sarcasmos, con esperanza de verdadera mejoría.

    Tercera. Tampoco debe darse la corrección sin antes hacer examen sobre la propia culpabilidad en lo que se va a corregir. Cuando algo marcha mal en la familia, casi nunca nadie puede decir que está libre de culpa.

    Además, cuando uno se siente corresponsable de un error, corrige de forma distinta. Porque corrige desde dentro, comenzando por el reconocimiento de la propia culpa. Y el corregido lo entenderá mucho mejor, porque empezamos por compartir su error con el nuestro, y no lo verá como una agresión desde fuera sino como una ayuda desde dentro.

    Resulta muy eficaz que en la familia haya fluidez en la corrección, que se puedan decir unos a otros las cosas con normalidad. Que los agravios o los enfados no se queden dentro de los corazones, porque ahí se pudren.

    Cuarta. Es una regla múltiple, inspirada en las que señala López Caballero. Se refiere a la forma de llevar a cabo la corrección:

  • ha de ser cara a cara, pues no hay nada más sucio que la murmuración o la denuncia anónima del que tira la piedra y esconde la mano;
  • a la persona interesada y en privado; si no, es contraproducente;
  • sin comparar con otras personas: nada de “aprende de tu primo, que saca tan buenas notas”, o “del vecino de arriba que es tan educado…”;
  • con mucha prudencia antes de juzgar las intenciones: hay que presuponer buena voluntad;
  • no hablar de lo que no se ha comprobado bien, pues de lo contrario, juzgamos con una frivolidad que espanta; corregir sobre rumores, suposiciones o sospechas, supone hacer méritos para ser injusto: recuerda aquello de que el bien debe ser supuesto, el mal debe ser probado, y eso otro de oír la otra campana, y saber quién es el campanero…;
  • específica y concreta, no generalizadora; sabiendo centrarse en el tema, sin exageraciones, sin superlativos, sin abusar de palabras como siempre, nunca…;
  • hay que hablar de una o dos cosas cada vez, porque si acumulamos una larga lista, parecerá una enmienda a la totalidad más que un deseo de ayudar;
  • sin reiterarlas demasiado: hay que dar tiempo para mejorar…, y además, la excesiva machaconería se vuelve también contraproducente;
  • hay que saber elegir el momento para corregir o aconsejar, que ha de ser cuanto antes, pero esperando a estar —los dos— tranquilos para hablar y tranquilos para escuchar: si uno está aún nervioso o afectado por un enfado, quizá sea mejor esperar un poco más, porque de lo contrario probablemente se estropeen más las cosas en vez de arreglarse;
  • y poniéndose antes en su lugar, haciéndose cargo de sus circunstancias, procurando —como dice el refrán— calzar un mes sus zapatos antes de juzgar.

    Actuando así, se corrige de modo distinto. Incluso veremos que muchas veces es mejor callarnos: hay quien dijo que si pudiéramos leer la historia secreta de nuestros enemigos, hallaríamos en sus vidas penas y sufrimientos suficientes como para desarmar toda nuestra hostilidad.

    El “qué dirán”. Aparentar Es muy conocida la historia de aquel labrador que, despatarrado y orondo en su burro, volvía del campo con el hijo, que caminaba detrás.

    El primer vecino con quien se toparon afeó la conducta del labriego: —¿Qué? ¿Satisfecho? ¡Y al hijo que lo parta un rayo! Apeose el viejo y montó al hijo. Unos cien pasos darían cuando una mujer se encaró con ellos: —¡Cómo! ¿A pie el padre? ¡Vergüenza le debía dar al mozo! Bajó éste abochornado, y amigablemente conversaban tras el jumento, cuando un guasón les tiró una indirecta: —¡Ojo, compadre, no tan deprisa que se les aspea el asno! No sabiendo ya a qué carta quedarse, montaron ambos. Andaba cansino el burro el último trecho, y alguien les voceó de nuevo: —¡Se necesita ser bestias!; ¿no veis que el pobre animal va arrastrando el alma por el suelo? La enseñanza del relato es evidente. No se puede andar por la vida constantemente al vaivén de lo que los demás piensen o digan de nosotros. Acabarían por volvernos locos, como casi sucede a este pobre labriego que tardó demasiado en comprender que era imposible complacer a todos aquellos con quien se cruzaba.

    El qué dirán constituye una agobiante preocupación que se abate sobre muchas personas. Puede llegar a ser como una especie de terror a hacer el ridículo, de obsesión por ser como todos que conduce a una excesiva preocupación por la propia imagen que puede llegar a ser realmente perjudicial.

    No se trata de ser un tipo raro, distinto a todos, por supuesto. También aquí hay que buscar un equilibrio sensato, para seguir razonablemente las modas pero no ser esclavo de ellas. No se debe sacrificar la libertad de pensamiento a cambio de lograr ser siempre igual a los demás y no llamar la atención.

    Porque hay gente que presume de libertad y de autenticidad, que quizá repite que a ellos nadie les influye, y luego resulta que obedecen sumisamente a costumbres y eslóganes que la moda establece como intocables. Son embaucados por la fascinación de frases o ideas en boga, pero apenas profundizan en ellas.

    A este fenómeno se refería Thibon cuando decía que, para ésos, la verdad es lo que se dice; la belleza, lo que se lleva; y el bien, lo que se hace.

    A esas personas no les angustia el tener o no razón. Les aterrorizaría, sin embargo, pensar cosas que estuvieron ayer de moda pero que hoy no lo están. Les falta estilo. Lo único que saben es elegir, de entre las diversas opiniones que circulan, la que les parece que mejor queda, y consumen su vida sin haber engendrado un pensamiento que puedan decir que es suyo.

    Hay otros que hacen auténticos malabarismos para tomar siempre una postura intermedia, y sobre todo para que nadie les tache de anticuados. Es un extraño complejo de inferioridad que lleva a algunos a estar dispuestos a decapitar todas sus normas morales antes que permitir ser acusados de conservadores, en nombre de no se sabe qué progresía. Para ellos no cuenta el sustrato de su pensamiento, cuenta sólo lo último que han oído o leído.

    O esos otros, que pasan por tremendos sacrificios para tener más poder a los ojos de los demás, o para ganar más dinero y así hacer una mayor ostentación de lujo o de originalidad.

    En ambos casos llevan una vida de cara a la galería que les impide construir su verdadera vida. Y con esas personas tan preocupadas por aparentar, las relaciones familiares o de amistad son siempre difíciles, porque la falta de naturalidad acaba siendo mutua: ellos aparentan ser distintos a como en realidad son, y los demás les pagan con la misma moneda.

    Hay que comprender, y hay que saber adaptarse a la realidad que nos rodea, en efecto, pero sabiendo que habrá algunas cosas en las que no se debe ceder. Lo digo porque a veces, incluso, la coherencia supone hacer sufrir un poco a los que tenemos alrededor. Es fácil que cualquier decisión de uno tome desagrade inevitablemente a alguien, pero eso no siempre significa que la acción sea mala o inoportuna. Chejov decía que quien coloca por encima de todo la tranquilidad de sus allegados debe renunciar por completo a una vida guiada por el pensamiento…

    Hablando del qué dirán resulta tradicional poner el ejemplo de la torre y la veleta. De esas torres medievales que desafían al paso de los siglos. A sus pies todo cambia, se mueve, se vende, se compra, pero ellas siguen ahí.

    La solidez de la torre viene a ser el símbolo del carácter firme, de la persona que sabe cumplir su deber. La veleta, en cambio, está en la cúspide, resulta muy vistosa, se mueve a un lado y otro sin dirección fija. Tiene su utilidad, sí: saber hacia dónde va el viento dominante. Igual que las personas sin carácter: sirven para saber cuál es la moda del ambiente en que se mueven, pero para poco más.

    Las personas cuyo carácter es como las veletas son menores de edad en cuanto a las razones. Quizá en su interior escuchan muchas voces, pero casi siempre sale ganando alguna de estas:

  • “es allí adonde va todo el mundo”;
  • “eso es lo que todos hacen”;
  • “nadie piensa así, ¿por qué voy a ser precisamente yo la excepción?”.

    Algunos arguyen que el qué dirán supone una esclavitud de la opinión ajena, pero también los propios principios y la conciencia suponen una atadura. Es un modo de verlo un poco negativo, pero sin duda hay que elegir entre ambas guías —o ataduras, como dicen— del obrar y del pensar. Pero una es mucho más noble que la otra. Decir de alguien que es dueño de su voluntad y respetuoso con su conciencia es uno de los mejores elogios que pueden hacerse de una persona.

    No temas a nadie, teme tan sólo a tu conciencia, decía Toth. Quien para hacer cualquier cosa tiene que mirar de reojo qué están haciendo los demás, qué dicen, qué piensan, o qué opinan de nosotros, se puede decir que es una persona que no pide consejo a su entendimiento sino que está servilmente dominada por el público ante quien actúa.

    Muchos adolescentes, por ejemplo, reconocen que empiezan a beber más de la cuenta, o a tomar pastillas que no son precisamente para la tos, o a fumar algo más que tabaco, sin necesidad de sentir especial satisfacción con eso. La razón más fuerte suele ser una de las antes apuntadas: “¿qué quieres que haga?, es lo que hace todo el mundo…” (todo el mundo…, en el mundo en que él se mueve).

    No es que haya que hacer precisamente lo contrario que todo el mundo, para así tener carácter, por supuesto, porque eso sería casi peor, sería como lo del mulo de la anécdota. Se trata más bien de tener una personalidad propia y atreverse a manifestarla así —si es oportuno— aun en medio de un ambiente o ante unas personas que piensan de modo distinto.

    Es verdad que pesa mucho el ambiente, pero en estas lides se templa el carácter y se demuestra la personalidad. Además, es miedo a un ridículo del que probablemente apenas hay riesgo, porque manifestarse con naturalidad ha sido siempre el gran secreto de la amistad y de la buena imagen. Lo que más suele agradecerse de un amigo o una amiga son precisamente esas virtudes que rodean a la verdad: sinceridad, lealtad, naturalidad, sencillez, autenticidad.

    Las formas son importantes Un Sultán soñó que había perdido todos los dientes. Después de despertar, mandó llamar a un sabio para que interpretase su sueño. “¡Qué desgracia, mi Señor! –dijo el sabio–, cada diente caído representa la pérdida de un pariente de Vuestra Majestad”. “¡Qué insolencia! –gritó el Sultán enfurecido– ¿Cómo te atreves a decirme semejante cosa? ¡Fuera de aquí!”. Llamó a su guardia y ordenó que le dieran cien latigazos.

    A continuación mandó que le trajesen a otro sabio y volvió a contarle lo que había soñado. Este, después de escuchar con atención al Sultán, le dijo: “Mi Señor, gran felicidad os ha sido reservada, pues el sueño significa que sobrevivirás a todos vuestros parientes”. Se iluminó el semblante del Sultán y ordenó que le dieran cien monedas de oro.

    Cuando este segundo sabio salía del palacio, uno de los cortesanos le dijo admirado: “¡Es curioso! La interpretación que habéis hecho de los sueños del Sultán es la misma que el primer sabio, pero a él le pagó con cien latigazos y a ti con cien monedas de oro”. “Recuerda, amigo mío –respondió el segundo sabio–, que casi todo depende de la forma en el decir”.

    Esta vieja historia muestra cómo uno de los grandes desafíos de la humanidad es aprender a comunicarse. De la comunicación depende, muchas veces, la felicidad o la desgracia, la amistad o la enemistad, la armonía o el conflicto. Es cierto que debe decirse la verdad, pero la falta de acierto en la forma de expresarla, o la falta de oportunidad en el momento y circunstancias de decirla, provoca muchas veces grandes problemas.

    Es cierto que hay verdades que son duras de decir, o duras de escuchar, y que quizá aún así hay que decirlas, pero todos hemos de aprender a hablar de manera que nuestras palabras no despierten la defensividad del interlocutor, es decir, que quien las escucha no las perciba como hostilidad o como provocación. Hay muchas formas de decir lo mismo, y normalmente no hay necesidad de hacer antipática la verdad. La verdad es como una joya, que puede lanzarse contra el rostro de alguien, para herirle, o bien ser presentada y ofrecida de modo afable, con la consideración que merece.

    La mayoría de los que presumen de andar por la vida cantando las verdades a todo el mundo, lo que quizá no dicen o no saben es que lo que les mueve a hacerlo no es su amor a la verdad sino su afán de impresionar a los demás, cosa que parece que les encanta. Quizá creen que quedan muy bien, que quedan por encima, cuando la realidad es que suelen hacer el ridículo, y sobre todo, no convencen a nadie. La razón expresada con malos modos no persuade, sino que enfurece y encona. Todos necesitamos de indulgencia, y –como decía Menéndez y Pelayo– el que no la otorga a los demás, difícilmente la encontrará luego para sí mismo.

    Sería interesante examinar con qué cuidado tratamos a cada uno, si tenemos la suficiente consideración con todos, si hablamos a todos y de todos con respeto y aprecio, si actuamos con justicia y lealtad. Y quizá con más razón en su ausencia: de manera que si el interesado estuviera presente, quedara agradecido por el modo en que se habla de él.