Mártires del siglo XX

La revelación del “tercer secreto” de Fátima ha vuelto a poner en primer plano el retrato del siglo XX como un siglo de mártires. La centuria que estamos dejando a las espaldas ha sido, en números absolutos, la más sangrienta de la historia del cristianismo. Dos libros publicados en Italia ayudan a entrever las dimensiones de ese martirio y a comprender cuál fue la actividad de la Santa Sede durante los años más difíciles de la persecución.

En 1917 no se habían vivido todavía los momentos más dramáticos del acoso a la Iglesia. Los regímenes nazi y comunista, junto con otros odios ideológicos y étnicos, iban a causar más víctimas cristianas que los diecinueve siglos anteriores. La visión descrita por sor Lucia del “Obispo vestido de blanco” que, apesadumbrado, atraviesa una ciudad en ruinas, rezando por las almas de los cadáveres que encontraba a su paso, se diría que se ha cumplido al pie de la letra.

Es muy probable que esa conexión entre el martirio y el mensaje de Fátima haya sido una de las razones que movieron al Papa, pocos días antes de emprender su último viaje al santuario portugués, a rendir homenaje a los “testigos de la fe”, en el acto celebrado el pasado mes de mayo en el Coliseo, lugar que simboliza el martirio de los primeros cristianos.

Desde hace ya años, Juan Pablo II viene haciendo hincapié en que no se puede perder la memoria de cuantos han dado su vida por la fe en “los coliseos” que se han sucedido a lo largo del siglo XX.

Para promover la recogida de esos datos se instituyó, en el ámbito del Gran Jubileo, una comisión específica. Su objetivo no ha sido acelerar o sustituir los procesos de beatificación y canonización, sino recabar toda la documentación disponible sobre esos mártires, en la inmensa mayoría de los casos, desconocidos. Una labor tanto más urgente cuanto que, sobre muchos de ellos, no existe solo el peligro del olvido sino el peso de la calumnia y de la sospecha, lanzado a veces por los mismos que los asesinaron y torturaron.

En pocos meses habían llegado a Roma datos sobre 12.692 personas de los cinco continentes que habían dado su vida por la fe: 2.351 laicos, 5.343 sacerdotes y seminaristas, 4.872 religiosos y 126 obispos. El historiador Andrea Riccardi ha tenido acceso a las cartas, testimonios y relaciones enviadas por obispos, congregaciones religiosas y conferencias episcopales. Con ese material, y con otros documentos históricos, ha preparado el libro “El siglo del martirio”, que se presenta como un primer estudio, pues “se intuye que estamos al inicio de la investigación y que queda mucho por descubrir”. Nos encontramos, por tanto, ante un libro casi telegráfico que pretende ofrecer una visión panorámica. Riccardi (muy conocido también por ser el fundador de la Comunidad de San Egidio) llega a la conclusión de que no relata “la historia de algunos cristianos valientes, sino la de un martirio masivo”.

¿Cuáles han sido las causas de esta persecución? Las motivaciones varían según el país e incluso los diversos momentos históricos. Detrás de muchas persecuciones hay ideologías ateas o formas de idolatría del Estado. Tales son los casos de la Unión Soviética, y de los regímenes comunistas de Hungría, Yugoslavia, Polonia, Checoslovaquia, Rumania, Bulgaria, Albania, China, Vietnam, Camboya, Laos, Corea del Norte. O del nazismo, con sus estragos contra los cristianos en Alemania, Polonia, Francia e Italia (de Holanda y Bélgica, entre otros países, no habían llegado aún datos a la comisión). Fue el caso también de las guerras civiles de México y España.

En otras ocasiones, razones políticas se unen a impulsos anticristianos, como los que llevaron a cabo soldados japoneses en varios puntos de Asia, como China y Filipinas. Si a veces se ha combatido el cristianismo por considerarlo una religión extranjera, en otras circunstancias las persecuciones no podían tener esa excusa, como ocurrió en algunas zonas de mayoría musulmana, donde la presencia del cristianismo –aunque minoritario– era anterior a la llegada del islam.

Un capítulo particularmente doloroso lo constituye el testimonio de las mujeres, laicas y religiosas, que en diversas circunstancias geográficas e históricas dieron su vida por no ceder a la violencia. “Con frecuencia, el martirio cristiano del siglo XX es una página de resistencia femenina en nombre de la fe y de la propia dignidad”. El siglo XX ha visto también a numerosos cristianos que fueron víctimas porque se opusieron a la injusticia. En todo caso, es un martirio que en muchos aspectos no pertenece a la historia pasada, como nos recuerdan a diario las páginas de los periódicos.

La persecución produjo también resultados inesperados. Por numerosos relatos de los supervivientes, se sabe que uno de los objetivos del trato inhumano que se infligía a los detenidos era el aniquilamiento de su dignidad humana. Por esa razón, resultan aún más sorprendentes los testimonios de fraternidad y de caridad que surgieron en aquellas circunstancias en las que católicos, ortodoxos y protestantes tuvieron que compartir los mismos lugares de reclusión y de muerte. Nació así el “ecumenismo de los mártires”, que Juan Pablo II ha presentado en muchas ocasiones como ejemplo de lo que supone ir a lo esencial y dejar de lado las disputas fosilizadas por los prejuicios.

Uno de esos escenarios fue el lager de Dachau, que llegó a reunir a 2.720 sacerdotes y ministros, de los que 2.579 eran católicos (en su mayoría, polacos), 109 evangélicos, 22 ortodoxos y 8 veterocatólicos, además de dos musulmanes. Uno de los internados, por ejemplo, y se trata de una historia entre mil, recuerda la figura del arzobispo de Praga, Josef Beran: “Con frecuencia, durante el rancho, veía una mano alargarse y dejar un pedazo de pan junto a mi escudilla… Beran se alejaba con su paso rápido, saludando con su sonrisa invencible. Hacía esto, por turno, con todos aquellos que le parecían en peores condiciones. Y cuando no tenía nada, trataba de consolarnos con una palabra pronunciada a media voz”.

Algo parecido ocurrió en el campo de concentración que los soviéticos instalaron en las islas Solovki, precisamente en lo que había sido uno de los monasterios más representativos de la ortodoxia rusa. El espectáculo debió de ser tal –teniendo presente los antecedentes de disputas y conflictos– que un testigo anota: “Aquel de nosotros que tenga la dicha un día de volver al mundo deberá dar testimonio de lo que estamos viendo. Y lo que vemos es el renacer de la fe pura y auténtica de los primeros cristianos, la unión de las Iglesias en la persona de los obispos católicos y ortodoxos”.

En 1949, el mariscal Tito preguntó a un grupo de “curas populares”: “Ahora que nosotros [el gobierno yugoslavo] nos hemos separado de Moscú, ¿por qué no os separáis vosotros de Roma?”. La pregunta muestra dos de las estrategias usadas por los regímenes comunistas en su lucha por eliminar la Iglesia: la creación de un clero adepto al régimen, que por lo general fue minoritario, y el interés por formar “Iglesias nacionales”, separadas de Roma y fácilmente manejables.

En muchos casos, de todas formas, la línea prioritaria fue la eliminación física. Albania fue un caso emblemático, con su profesión de ateísmo recogida en la constitución, que tanto enorgullecía a los jefes del partido. De los seis obispos y ciento cincuenta y seis sacerdotes que había en el país antes de que los comunistas tomaran el poder, solo sobrevivieron un obispo y treinta sacerdotes, y todos después de haber soportado largos años de detención. Sin embargo, la pequeña Iglesia de Albania permaneció fiel, como recordaba con emoción Frano Ilia, nombrado en 1992 arzobispo de Shkodër: “Ningún sacerdote, a pesar de las torturas de todo tipo, ha renegado de la fe. Y esto ha sido realmente una gracia de Dios porque los ultrajes eran tales que resultaba realmente difícil permanecer fieles”.

Aunque menos prolongado en el tiempo, también el régimen nazi se ensañó con la Iglesia. El clero católico alemán fue uno de los grupos más perseguidos: sufrieron la muerte, directamente o en los campos de concentración, 164 sacerdotes diocesanos, 60 religiosos, 4 religiosas, 2 miembros de institutos de vida consagrada y 118 laicos (perseguidos en cuanto que, como católicos, se opusieron a las injusticias del Reich). Según los elencos nominales que se han elaborado, los nazis asesinaron además a 171 sacerdotes y religiosos italianos, a los que hay que sumar otros 49 que murieron en los campos de concentración. Más tremenda todavía fue la suerte de los polacos: los nazis acabaron con 6 obispos, 1.923 sacerdotes diocesanos, 640 religiosos, 289 religiosas, más un número ingente de laicos.

De los relatos referidos a la Europa Central y Oriental emerge con frecuencia la estatura de pastores que, además de padecer ellos mismos, tuvieron que orientar a los fieles en medio de grandes turbulencias. Junto a los ya mencionados Stepinac y Beran, aparecen los nombres del húngaro Mindszenty, del polaco Wyszynski, del ucraniano Slipj, del rumano Hossun, del moravo Tomasek, etc.

Algunos de ellos sufrieron el martirio sin derramar sangre. El ejemplo más representativo es el del cardenal Jozsef Mindszenty, “víctima de la Ostpolitik”. El cardenal no estaba de acuerdo con la acción de la diplomacia vaticana en Hungría, pues consideraba que el único modo de ayudar a la Iglesia y al pueblo era favoreciendo la caída del comunismo. En 1971, por invitación del Papa, aceptó dejar la embajada de Estados Unidos, donde se había refugiado tras la invasión soviética de 1956, y exiliarse a Roma, de donde marchó luego a Viena. Pablo VI le nombró un sucesor, también contra la opinión de Mindszenty. Más de veinticinco años después de aquellos episodios, escribe Casaroli, personificación del modo diplomático criticado por el cardenal húngaro: “Mindszenty es una figura grande de la historia. Pienso que pocos conservarán de él un recuerdo más admirativo y, puedo afirmarlo, más afectuoso que el mío”.

Posiblemente, lo que ninguno de los dos podía imaginar entonces es que el libro donde se narran algunas de estas impresiones sería presentado años después en el mismo Vaticano por el que fuera último presidente de la Unión Soviética. El pasado 27 de junio, en efecto, Gorbachov elogió la actividad diplomática desarrollada por la Santa Sede, subrayó la admiración que –según su experiencia personal– producen en todo el mundo las palabras del Papa y recordó con alivio que su país había “abandonado ese sistema que ha costado tanto, tanto a la humanidad”.

Tomado de Diego Contreras, Aceprensa.

Un gitano mártir

Ceferino Jiménez Malla es el primer gitano que ha subido a los altares. Tendrá un sitio entre los grandes del espíritu, pues la santidad no tiene nada que ver con la cuna, ni con la cultura, ni con la raza. La santidad tiene que ver con el corazón. Aquí van dos muestras de su espíritu generoso.

Un día, el ex alcalde del pueblo oscense, Rafael Jordán, sufrió un vómito de sangre mientras iba por la calle, como consecuencia de la tuberculosis que padecía. Esa enfermedad inspiraba entonces un gran temor y la gente no se acercó. Ceferino lo limpió y lo llevó a su propia casa. Aquel acto de generosidad cambió su vida, pues la familia del ex alcalde le pidió que adquiriera una cuantas mulas en Francia y cuando Ceferino fue a entregarlas le dijeron que se las quedara. Era rico. Sin embargo muchos gitanos le pidieron favores y así, tío Ceferino, volvió a arruinarse: no podía dejar de socorrer a los suyos.

Ceferino presenció la detención de un joven sacerdote, que forcejeaba con los milicianos. ¡Válgame la Virgen!, exclamó, tantos hombres contra uno y además inocente. Varios milicianos se lanzaron contra él, lo cachearon y le encontraron una navajilla y un modesto rosario. Bastó para conducirlo, maniatado, a la cárcel popular. Un amigo influyente intentó salvar su vida y le aconsejó que pusiera una excusa para justificar la presencia del rosario. Ceferino se negó. No era su estilo de tratante de ganado decir hoy una cosa y mañana otra; la gente le conocía y sabía que su palabra era ley en la que se podía fiar. Se negó a mentir, se negó a excusarse, por más que sabía lo que le ocurriría por ello. Como así ocurrió, pues Ceferino fue ajusticiado pocos días después, junto al cementerio.

Ceferino rezaba cuando iba por la calle. El “Bomba”, otro gitano, recuerda a Ceferino rosario en mano en dirección a la iglesia: “Nos saludaba y después seguía rezando. Lo digo porque yo veía cómo movía los labios. Reunía a los niños y las familias para rezar juntos el rosario”. Araceli Dual recuerda haber sido convocada varias veces a casa del Pelé con otros niños para rezar juntos. El anciano era muy alto, y para estar a la altura de los chiquillos se ponía de rodillas.

Sé tú mismo

Había una vez, en un lugar y en un tiempo que podría ser cualquiera, un hermoso jardín, con manzanos, naranjos, perales y bellísimos rosales, todos ellos felices y satisfechos. Todo era alegría en el jardín, excepto un árbol, que estaba profundamente triste. El pobre tenía un problema: no sabía quién era. El manzano le decía: “Lo que te falta es concentración, si realmente lo intentas, podrás tener sabrosas manzanas, es muy fácil”. El rosal le decía: “No le escuches. Es más sencillo tener rosas, y son más bonitas”. El pobre árbol, desesperado, intentaba todo lo que le sugerían, pero como no lograba ser como los demás se sentía cada vez más frustrado. Un día llegó hasta el jardín el búho, la más sabia de las aves, y al ver la desesperación del árbol, exclamó: “No te preocupes, tu problema no es tan grave, es el mismo de muchísimos seres sobre la tierra. No dediques tu vida a ser como los demás quieran que seas. Sé tu mismo, conócete, y para lograrlo, escucha tu voz interior.” Y dicho esto, el búho desapareció. ¿Mi voz interior…? ¿Ser yo mismo…? ¿Conocerme…? Se preguntaba el árbol desesperado. Entonces, de pronto, comprendió. Y cerrando los ojos y los oídos, abrió el corazón, y por fin pudo escuchar su voz interior diciéndole: “Tú jamás darás manzanas porque no eres un manzano, ni florecerás cada primavera porque no eres un rosal. Eres un roble, y tu destino es crecer grande y majestuoso, dar cobijo a las aves, sombra a los viajeros, belleza al paisaje. Tienes una misión, cúmplela. Y el árbol se sintió fuerte y seguro de sí mismo y se dispuso a ser todo aquello para lo cual estaba destinado. Así, pronto fue admirado y respetado por todos. Y sólo entonces el jardín fue completamente feliz.

Carmina Cisneros

Una hora diaria

Contaba la Madre Teresa de Calcuta en su orden, inicialmente, que tenían media hora de adoración ante Jesús Sacramentado una vez al mes. En un congreso decidieron pasar a una hora diaria. Recibieron permiso para que una de ellas pudiera colocar a Jesús en la custodia durante esa hora de adoración. Desde entonces, cuenta, mejoró la alegría, la atención de los enfermos, se llegaba a más y se doblaron el número de aspirantes.

Lo mismo encontrarás aquí

Una historieta popular del cercano oriente cuenta que un joven llegó al borde de un oasis contiguo a un pueblo y acercándose a un anciano le preguntó: “¿Qué clase de persona vive en este lugar?”. “¿Qué clase de persona vive en el lugar de donde tú vienes?”, preguntó a su vez el anciano. “Oh, un grupo de egoístas y malvados –replicó el joven–; estoy encantado de haberme ido de allí”. A lo cual el anciano contestó: “Lo mismo vas a encontrar aquí”. Ese mismo día, otro joven se acercó a beber agua al oasis y viendo al anciano, preguntó: “¿Qué clase de personas viven en este lugar?”. El viejo respondió con la misma pregunta: “¿Qué clase de personas viven en el lugar de donde tú vienes?”. “Gente magnífica, honesta, amigable, hospitalaria, me duele mucho haberlos dejado”. “Lo mismo encontrarás aquí”, respondió el anciano. Un hombre que había oído ambas conversaciones preguntó al viejo: “¿Cómo es posible dar dos respuestas diferentes a la misma pregunta?”. A lo cual el viejo respondió: “Cada cual lleva en su corazón el medio ambiente donde vive. Aquel que no encontró nada nuevo en los lugares donde estuvo, no podrá encontrar otra cosa aquí. Aquel que encontró amigos allá, podrá encontrar también amigos aquí, porque la actitud mental es lo único en tu vida sobre lo cual puedes mantener control absoluto”. Si tienes una actitud positiva hallarás la verdadera riqueza de la vida.

Reconocer la tentación

Un rabino judío decidió poner a prueba sus discípulos. ¿Qué es lo que haríais, hijos míos, si os encontraseis un saco de dinero en el camino? El primero meditó un momento y contestó: Lo devolvería a su dueño, maestro. “Ha hablado muy prontamente -pensó para sí el rabino-, me pregunto si será sincero.” El segundo discípulo dijo: “Si no me viera nadie, me lo quedaría.” “Ha hablado con sinceridad -pensó el rabino-, pero no es digno de confianza.” Finalmente, el tercero dijo: “Probablemente tendría tentación de quedarme el dinero, por eso rogaría a Dios que me diera fuerzas para resistir este impulso y actuar correctamente.” “He aquí un hombre sincero en quien puedo confiar”, concluyó el rabino.

Hablar con los padres ancianos

Mi padre me llama mucho por teléfono -decía un hombre joven-. Voy poco a verle. Ya sabes cómo son los viejos, cuentan siempre las mismas cosas una y otra vez. Además nunca faltan cosas que hacer: el trabajo, mi mujer, mis amigos… En cambio yo -le dijo su compañero- procuro hablar mucho con mi padre. Caray -se apenó el otro-, eres mejor que yo. Soy igual que tú -respondió el amigo con tristeza-, mi padre murió hace tiempo y ahora sigo hablando con él, pues pienso que me escucha desde el Cielo. Pero mientras vivió, le visitaba poco y apenas hablaba con él. Ahora siento su ausencia, y lo busco cuando ya se me fue. Te recomiendo que procures hablar con él ahora que lo tienes, no esperes a visitarle en el cementerio, como tengo que hacer yo.

La canasta vacía

Así como una imagen vale más que mil palabras, una historia adecuada ilustra más que cien libros. La esposa del Faraón de Egipto había perdido muchos hijos en su vientre. Este parto, seguramente, era su última oportunidad para darle un heredero al Faraón. Rodeada de médicos y sirvientas el dolor de su vientre fue en aumento hasta que explotó en un grito de dolor liberador y, simultáneamente a su muerte dio un parto de cinco hijos, cuatro de ellos varones y una niña. El Faraón crió con amor y dedicación a sus hijos, dándoles la educación de futuros gobernantes a los varones y de princesa a la hija. Pasados los años y crecidos sus hijos, el Faraón se enfrentó al dilema de escoger a su sucesor. Dado que todos habían nacido en el mismo parto, no había un primogénito a quién el derecho le correspondiese naturalmente. Consultó con el Consejo de Ancianos: “Qué debo hacer? ¿Cómo elegir a mi sucesor? Quizás deba dividir el Imperio en cuatro reinos para ser justo con todos ellos.” Los sabios respondieron: “No, majestad, dividir el Imperio implica debilitarlo y ello acarreará su destrucción. Además, usted tuvo cinco hijos y sería injusto con su hija. Lo mejor es hacer un concurso entre ellos y el que traiga el proyecto que más beneficie a Egipto, ese sea el escogido”. Satisfecho con la sabiduría del consejo recibido, el Faraón citó a sus hijos -incluida la hija- y les dijo: “Tienen seis meses para plantear el Proyecto más beneficioso para Egipto, quién así lo haga será elegido mi sucesor.” Seis meses después los cinco hijos se congregaron en el Salón del Faraón portando los varones gran cantidad de maquetas y planos, y la hija una canasta vacía. El Faraón escuchó por turno los proyectos. Cada cual superaba al anterior: un sistema de caminos para el Reino, un sistema de canales de riego, un sistema de silos para las cosechas, un sistema de puertos para el comercio… Era difícil pensar en uno que superase en beneficios al otro. La discusión para analizar el valor de cada uno, sin duda sería ardua, problemática y difícil. Sin embargo, al llegar el turno a la hija ésta mostró su canasta vacía y dijo: “Padre, yo traigo una canasta vacía que hoy vale tanto como las maquetas que has visto. Nadie puede decir qué obra es la mejor hasta no verla hecha y, para ese entonces el contenido de mi canasta podría superar en valor a cualquiera de ellos.” Todos quedaron sorprendidos por el enunciado, pero el Faraón y el Consejo de Sabios estuvieron de acuerdo en que discutir el valor de los proyectos no tenía más sentido que discutir el valor del contenido de una canasta vacía. Entonces la solución fue obvia: los recursos del reino se emplearían para el desarrollo de los proyectos durante dos años y, al cabo de ese tiempo se analizaría el beneficio real de cada obra para el Reino. Pasaron los dos años de febril actividad y llegó el momento de presentarse al Salón del Trono. Cada uno de los hijos venía orgulloso con gran cantidad de documentos y asesores para demostrar que su obra había sido la más beneficiosa al Reino. Y la hija llegó con su canasta vacía. A su turno, cada hijo expuso el valor de las obras hechas: cómo ahora el sistema de riego había aumentado las cosechas, cómo el sistema de caminos permitía que esas cosechas llegasen hasta el último rincón del Reino, cómo el sistema de silos permitía almacenarlas de modo limpio y seguro, cómo los nuevos puertos eran fuente de comercio y prosperidad. Al llegar el turno de la hija, esta señaló su canasta y dijo: “Padre, tal como lo anuncié, el tiempo me permitiría dar valor al contenido de esta canasta. Ahora lo veis: gracias a mi canasta vacía el Reino tiene canales, caminos, silos y puertos. Sin ella sólo hubiésemos tenido proyectos y una larga discusión para ver cuál era el mejor sin que nunca ocurriese nada.” Los cuatro hermanos se dieron la vuelta, sorprendidos y azorados, y tras un momento de vacilación se arrodillaron frente a su hermana. Y así Egipto tuvo su primera Emperatriz. (Adaptación libre y resumida del cuento “La Canasta Vacía”, de Ana María Aguado, Buenos Aires, 1998).

Tu daño me hizo más fuerte

Ben Sarok, un hombre cruel, no podía ver nada sano ni bello sin destrozarlo. Al borde de un oasis se encontró con una joven palmera. Esto le irritó, así que cogió una pesada piedra y la colocó justo encima de la palmera. Entonces, con una mueca malvada, pasó por encima. La joven palmera intentó eliminar la carga, pero fue en vano. Después, el joven árbol probó una táctica diferente. Cabó hacia el interior para soportar su peso, hasta que sus raíces encontraron una fuente escondida de agua. Entonces el árbol creció más alto que todos los otros, logró culminar todas las sombras. Con el agua de las profundidades de la tierra y el sol de los cielos se convirtió en un árbol majestuoso. Años más tarde, Ben Sarok volvió para disfrutar de la imagen del pequeño árbol que había destrozado. Pero no pudo encontrarlo en ningún lugar. Por último el árbol se inclinó, le mostró la piedra sobre su copa y dijo: “Ben Sarok, tengo que agradecerte, tu daño me hizo más fuerte”.

Tener imaginación

Un cazador va a África y lleva su perrito Foxterrier para no sentirse solo. Un día, ya en África, el perrito, persiguiendo mariposas, se aleja y se extravía, comenzando a vagar solo por la selva. En eso ve a lo lejos que viene una pantera enorme a todo correr, y al ver que la pantera lo quiere devorar, piensa rápidamente qué puede hacer. Ve un montón de huesos de un animal muerto y se pone a mordisquearlos. Cuando la pantera está a punto de atacarlo, el perrito dice: “¡Uah…, qué rica estaba esta pantera que me acabo de comer!”. La pantera lo escucha y frena en seco, gira y huye despavorida pensando: “¡Este animal casi me come a mi también!”. Un mono que andaba trepando en un árbol cercano y que había visto y oído toda la escena, sale corriendo tras la pantera para contarle cómo había sido engañada por el perrito. Pero el perrito oye al mono chivato. El mono contó todo a la pantera, y esta, muy enojada, le dice al mono: “¡Súbete a mi espalda y busquemos a ese perro maldito, a ver quién se come a quién!”. Y salen corriendo a toda velocidad a buscar al Foxterrier. El perrito ve a lo lejos que vuelve la pantera, ahora con el mono chivato encima. “¿Y ahora qué hago…?”, se pregunta. En vez de salir corriendo, que habría sido su perdición, se queda sentado dándoles la espalda como si no los hubiera visto. Cuando la pantera está a punto de atacarle, el perrito dice: “¡Pero qué mono más sinvergüenza…! Hace media hora que lo mandé a traerme otra pantera y todavía no había aparecido…!”. Como decía Albert Einstein, en los momentos de crisis, sólo la imaginación es más importante que el conocimiento.

Redimir a un hombre

En “Los miserables”, esa gran novela de Víctor Hugo, Jean Valjean acaba de cumplir una condena injusta. Es acogido por el obispo de Digne. En pago de tanta hospitalidad, el hosco Valjean hurta a su anfitrión una cubertería de plata y se da a la fuga. La policía no tardará en prenderlo. Aherrojado y mohíno, Valjean tendrá que soportar un careo con el hombre cuya confianza ha defraudado. Entonces el obispo de Digne, en lugar de ratificar las sospechas de la policía, encubre el delito de Valjean, asegurando que la cubertería de plata es un regalo que él mismo hizo a su huésped; e incluso lo reprende por no haber querido llevarse también unos candelabros, que de inmediato introducirá en su faltriquera. Quizá encubrir a un delincuente merezca la reprobación de la justicia; pero, al obrar ilícitamente, el obispo de Digne redime a un hombre. Enaltecido por ese gesto, Jean Valjean convertirá a partir de ese momento su vida en una incesante epopeya de abnegación. El obispo de Digne entendía que Dios anida en el rostro de sus criaturas más afligidas.

Deformación de versiones

ORDEN INICIAL DEL CORONEL AL COMANDANTE: «Mañana a las nueve y media habrá un eclipse de Sol, hecho que no ocurre todos los días, que formen los soldados en el patio en traje de campaña para presenciar el fenómeno. Yo les daré las explicaciones necesarias. En caso de que llueva, que formen en el gimnasio».

EL COMANDANTE AL CAPITÁN: «Por orden del señor coronel, mañana a las nueve y media habrá un eclipse de Sol, según el señor coronel, si llueve no se verá nada al aire libre, entonces en traje de campaña el eclipse tendrá lugar en el gimnasio, hecho que no ocurre todos los días. El dará las órdenes oportunas».

EL CAPITÁN AL TENIENTE: «Por orden del señor coronel, mañana a las nueve y media en traje de campaña inauguración del eclipse de Sol en el gimnasio. El señor coronel dará las órdenes oportunas de si debe llover, hecho que no ocurre todos los días. Si hace buen tiempo y no llueve, el eclipse tendrá lugar en el patio».

EL TENIENTE AL SARGENTO: «Mañana a las nueve y media, por orden del señor coronel lloverá en el patio del cuartel. El señor coronel en traje de campaña dará las órdenes en el gimnasio para que el eclipse se celebre en el patio».

EL SARGENTO AL CABO: «Mañana a las nueve y media, tendrá lugar el eclipse del señor coronel en traje de campaña por efecto del Sol. Si llueve en el gimnasio, hecho que no ocurre todos los días, se saldrá al patio».

EL CABO A LOS SOLDADOS: «Mañana, a eso de las nueve y media, parece ser que el Sol en traje de campaña eclipsará al señor coronel en el gimnasio, lástima que esto no ocurra todos los días».

El inventario de las cosas perdidas

A mi abuelo aquel día lo vi distinto. Tenía la mirada enfocada en lo distante. Casi ausente. Pienso ahora que tal vez presentía que era el último día de su vida. Me aproximé y le dije: “¡Buenos días, abuelo!”. Y él extendió su mano en silencio. Me senté junto a su sillón y después de unos instantes un tanto misteriosos, exclamó: “¡Hoy es día de inventario, hijo!”. “¿Inventario?”, pregunté sorprendido. “Sí. ¡El inventario de tantas cosas perdidas! Siempre tuve deseos de hacer muchas cosas que luego nunca hice, por no tener la voluntad suficiente para sobreponerme a mi pereza. Recuerdo también aquella chica que amé en silencio por cuatro años, hasta que un día se marchó del pueblo sin yo saberlo. También estuve a punto de estudiar ingeniería, pero no me atreví. Recuerdo tantos momentos en que he hecho daño a otros por no tener el valor necesario para hablar, para decir lo que pensaba. Y otras veces en que me faltó valentía para ser leal. Y las pocas veces que le he dicho a tu abuela que la quiero, y la quiero con locura. ¡Tantas cosas no concluidas, tantos amores no declarados, tantas oportunidades perdidas!”. Luego, su mirada se hundió aun más en el vacío y se le humedecieron sus ojos, y continuó: “Este es mi inventario de cosas perdidas, la revisión de mi vida. A mi ya no me sirve. A ti sí. Te lo dejo como regalo para que puedas hacer tu inventario a tiempo”. Luego, con cierta alegría en el rostro, continuó: “¿Sabes qué he descubierto en estos días? ¿Sabes cuál es el pecado mas grave en la vida de un hombre?”. La pregunta me sorprendió y solo atiné a decir, con inseguridad: “No lo había pensado. Supongo que matar a otros seres humanos, odiar al prójimo y desearle el mal…”. Me miró con afecto y me dijo: “Pienso que el pecado más grave en la vida de un ser humano es el pecado por omisión. Y lo más doloroso es descubrir las cosas perdidas sin tener tiempo para encontrarlas y recuperarlas.” Al día siguiente, regresé temprano a casa, después del entierro del abuelo, para hacer con calma mi propio “inventario” de las cosas perdidas, de las cosas no dichas, del afecto no manifestado.

Atender al visitante inoportuno

Era un hombre pequeño, de cara redonda y trabajaba como representante comercial del ramo de los extintores. Yo no necesitaba ninguno y estaba a punto de partir para un partido de golf. Le dije caballerosamente que no necesitaba nada, pero él insistía en entrar: “será cosa de un minuto…” —¿No le he dicho que no me interesa? No necesito nada, es inútil que perdamos el tiempo, váyase.

Se volvió, dio un portazo y vi que bajaba las escaleras.

Entonces fue cuando reparé en el remiendo en la espalda de su abrigo, en sus tacones comidos y en que necesitaba un buen corte de pelo. Me impresionó el pequeño remiendo: éste, y la gracia de Dios, puesto que soy de natural poco dado a generosos impulsos. Renuncié, por tanto, a la cita de golf (me pareció que iba a llover), lo llamé y traté de mostrarme como un caballero, dándole mis excusas. Vio lo que teníamos en casa y comprendió que estábamos bien abastecidos. Luego, mientras fumábamos, charlamos un rato. Me dijo que vivía en un estado próximo, con su mujer y cuatro hijos. Que su mujer era católica y que él estaba aprendiendo el catecismo para ser pronto bautizado. (¡Qué vergüenza sentí!). Tímidamente le puse un rosario en sus manos.

Desde entonces soporto mucho mejor a los representantes y a las llamadas inoportunas. Cada vez que mi natural impaciencia se agitaba no tengo nada más que invocar aquel remiendo.

Tomado de Leo J. Trese, “Vasija de barro”, p.60.

Momentos de crisis

Todo empezó por una llamada de la hermana directora para decirme que los Karnicks iban a sacar a su niña de la escuela porque habíamos admitido a una negrita en séptimo. Y justamente cuando la pena estaba sobre la mesa vino la señora Knowies, hecha un mar de lágrimas, con una carta anónima en sus manos en la que le decían cosas repugnantes. Traté de consolarla. ¿Pero será posible que en mi rebaño haya gente con tanto veneno? Sí, todo esto, unido al natural cansancio del día, puede ser la causa del mal humor que tengo. Es una sensación de hombres hundidos, una tentación de preguntarme si todo lo mío vale la pena y de si voy realmente a alguna parte; si no hubiese estado mejor casado, con un trabajo sencillo y sin responsabilidad, como bombero, por ejemplo. Naturalmente, la cosa no llega siempre a ser tan sombría. Suelo empezar pensando con anhelo en claustros y monasterios, descubriendo súbitamente en mí una insospechada vocación religiosa, y que otro cargara con responsabilidades mientras yo respondo a las llamadas de la campana conventual. Desde luego, en momentos más lúcidos reconozco que no son más que estúpidos sueños. De sobra sé que no hay claustro donde refugiarse ni agujero donde escurrirse sin que tenga que llevarme a mí mismo conmigo.

Tomado de Leo J. Trese, “Vasija de barro”, p.138.

Dar de lo que cuesta

Poca gente sabe que Gaudí tuvo que salir a la calle a pedir dinero para poder proseguir las obras del templo de la Sagrada Familia. En una de esas visitas, exitosa, ocurrió lo siguiente: —Muchas gracias, dijo Gaudí.

—No, no me de las gracias. En realidad no me supone sacrificio.

—Entonces, añadió el arquitecto con gracia, no sirve. Mejor dicho, no le sirve a usted. Vea de aumentarlo hasta sacrificarse… ¡Le será más agradable a Dios! Porque la caridad que no tiene el sacrificio como base no es verdadera y tal vez no sea más que vanidad.

El caballero se quedó boquiabierto. Reflexionó. Buen cristiano, comprendió y entregó un donativo mucho mayor.

—Ahora soy yo quien le da a usted las gracias, señor Gaudí.

Tomado de Álvarez Izquierdo, “Gaudí”, p. 181.

Camino del instituto

Iba camino del instituto para un ensayo, cuando pasé ante la casa de Dave, que había sido mi mejor amigo antes de rechazarme porque yo había dejado las drogas. No sé cómo se me ocurrió entrar a despedirme de él, pues estaba a punto de terminar los estudios.

Dave bajaba por la escalera con su abrigo, pero me invitó a subir. Al principio la situación resultó muy tensa, pero después empezamos a hablar y hablar y reír y a contarnos todo tipo de anécdotas. Lo que iba a durar 15 minutos duró más de dos horas. ¡Nunca llegué a mi ensayo! —Pero Dave, tú ibas a salir, le dije al fin.

De repente cambió su expresión.

—¿Por qué has venido esta noche?, me preguntó.

—Sólo para despedirme.

—Pero, ¿por qué esta noche precisamente? —Pues… no lo sé.

Me enseñó una soga de dos metros con un nudo corredizo.

—Iba a ahorcarme.

Rompió a llorar y me pidió que rezara por él. Nos abrazamos y empecé a rogar por él en aquel mismo instante. De camino a casa le dije a Dios: —Señor, yo no sabía lo que Dave iba a hacer, pero Tú sí lo sabías, ¿verdad? Si puedes servirte de alguien como yo para ayudar a un pobre chico como Dave…, aquí estoy, Señor, úsame.

Tomado de Scott y Kimberly Hahn, “Roma, dulce hogar”, p.24. (Scott, que después se convertiría al catolicismo, era entonces pastor presbiteriano).

El anillo del Papa

De visita por una de las chavolas de la Favela de Vidigal, en Brasil, Juan Pablo II besó a un niño, se coló de repente en una de las barracas y, ante el asombro de los que le rodeaban, se quitó el anillo pontificio y se lo dio a aquellas gentes para que lo vendiesen. Por supuesto que el anillo no quisieron subastarlo y se guarda allí, en la parroquia de San Antonio, como el tesoro más precioso de la humilde barriada.

Firmes en medio de la persecución religiosa

Cuando el Papa estuvo en La Habana, el cardenal le comentó que, a la vista de las dificultades del momento, había decidido moderar su actividad y no hacer apenas proselitismo, para no tener más conflictos aún con el gobierno. El Papa le miró con afecto en silencio. Tenía tras de sí la experiencia de tantos años bajo la persecución comunista en Polonia. Sabía que este tipo de soluciones acomodaticias, incluso si eran de buena fe, terminaban aguando el cristianismo y haciendo perder el vigor de la fe. Transcurrieron unos segundos, y después el Papa pronunció con firmeza con unas palabras de la “Gaudium et Spes”: “La Iglesia no puede nunca dejar de ser misionera”.

Sacar una enseñanza de los malos ejemplos

Edit Stein de pequeña era muy sensible, pero también un poco irascible y presumida (era la pequeña de la casa). Así se lo hacían ver sus hermanas. Un día observó una pelea de borrachos en plena calle. La gente que estaba alrededor se reía y casi les incitaban. Sacaron los cuchillos y al final corrió la sangre. Le impresionó tan vivamente que decidió cambiar de carácter, controlar su ira y no probar nunca el alcohol.

Querer entenderse

Lo que no esperaban los protestantes alemanes era que el Papa, en su primer viaje a Alemania, citase varias veces a Lutero y lo definiese como “alguien que buscaba respuestas a sus interrogantes”. El presidente del Consejo de la Iglesia Evangélica alemana había sido implacable contra los católicos y sus dificultades ecuménicas. Estaba ante el Papa sin pestañear, hasta que rompió en aplausos. Un periodista comentaba que: “vale más mirarse a los ojos y estrecharse las manos tras hablar con franqueza, que diez mil documentos pensados hasta la última sílaba”.

Tomado de Miguel Angel Velasco, “Juan Pablo II, ese desconocido”, p. 92.

El milagro de Lanciano

Lanciano es un pueblo del Abruzzo, al sur de Chietti y Pescara. En el siglo VII un monje basiliano duda de la presencia del Señor en las Especies, mientras celebraba la Misa. Y, ante él, la Hostia se transforma en un trozo de carne, redondo, de la misma forma que la Hostia; y en el cáliz, el vino se transforma en Sangre que se coagula enseguida: forma 5 coágulos. Así se conserva hoy en día. La Hostia en una custodia y los coágulos en una ampolla. El 18-IX-70 se hizo una consulta a Roma para analizar lo que hay dentro. Los profesores Lindi y Bertelli, el 4-III-71, publican los resultados: carne y sangre humanas; grupo AB (el mismo de la Sábana Santa); de una persona viva; diagrama de la sangre corresponde a la sangre extraída ese mismo día del paciente; carne: fibras de miocardio.

A lo mejor no es todo tan difícil

Christine se asombra de lo fácil que le resulta de pronto la conversación. Algo se estremece bajo su piel. ¿Quién soy yo de hecho, qué me está pasando? ¿Por qué puedo hacer de pronto todo esto? ¿Con qué soltura me muevo, y eso que siempre me decían que era rígida y patosa? Y con qué soltura hablo, y supongo que no digo ninguna ingenuidad, porque este caballero tan importante me escucha con benevolencia. ¿Me habrá cambiado el vestido, el mundo, o lo llevaba todo dentro y sólo carecía de valor, sólo estaba siempre demasiado atemorizada? Mi madre me lo decía. A lo mejor no es todo tan difícil, a lo mejor la vida es infinitamente más ligera de lo que creía, sólo hay que tener arrojo, sentirse y percibirse a sí misma, y la fuerza acude entonces de cielos insospechados. (Stefan Zweig, “La embriaguez de la metamorfosis”)

Madre sólo hay una

Cuando viniste a este mundo, Ella te sostuvo en sus brazos. Tú se lo agradeciste gritando.

Cuando tenías 1 año, Ella te alimentaba y te bañaba.

Tú se lo agradeciste llorando la noche entera.

Cuando tenías 2 años, Ella te enseñó a caminar.

Tú se lo agradeciste huyendo de Ella cuando te llamaba.

Cuando tenías 3 años, Ella te hacía todas las comidas con amor. Tú se lo agradeciste tirando el plato al suelo.

Cuando tenías 4 años, Ella te dio unos lápices de colores. Tú se lo agradeciste pintando todas las paredes del comedor.

Cuando tenías 5 años, Ella te vestía para las ocasiones especiales. Tú se lo agradeciste rebozándote en los charcos.

Cuando tenías 6 años, Ella te llevaba a la escuela. Tú se lo agradeciste gritándole: ¡NO VOY A IR! Cuando tenías 7 años, Ella te regaló una pelota. Tú se lo agradeciste arrojándola contra la ventana del vecino.

Cuando tenías 8 años, Ella te trajo un helado. Tú se lo agradeciste derramándoselo sobre su falda.

Cuando tenías 9 años, Ella te pagó unas clases de piano. Tú se lo agradeciste no practicando nunca.

Cuando tenías 10 años, Ella te llevaba con el coche al partido de fútbol y fiestas de cumpleaños.

Tú se lo agradeciste saliendo del coche sin nunca mirar atrás.

Cuando tenías 11 años, Ella te llevo a ti y a tus amigos a ver una película. Tú se lo agradeciste diciéndole que se sentara en otra fila.

Cuando tenías 12 años, Ella te aconsejó que no vieras ciertos programas. Tú se lo agradeciste esperando que ella se fuera de la casa.

Cuando tenías 13 años, Ella te sugirió un corte de pelo que estaba de moda. Tú se lo agradeciste diciéndole que ella no tenía gusto.

Cuando tenías 14 años, Ella te pagó un mes de vacaciones en el campamento de verano. Tú se lo agradeciste olvidándote de escribirle una carta.

Cuando tenías 15 años, Ella venía de trabajar y quería darte un abrazo. Tú se lo agradeciste encerrándote en tu habitación.

Cuando tenías 16 años, Ella te enseñó a conducir su coche. Tú se lo agradeciste usándoselo todas las veces que podías.

Cuando tenías 17 años, Ella esperaba una llamada importante. Tú se lo agradeciste hablando por teléfono toda la noche.

Cuando tenías 18 años, Ella lloró en la fiesta de tu graduación de la escuela. Tú se lo agradeciste estando de fiesta hasta el amanecer.

Cuando tenías 19 años, Ella te pagó la matrícula de la universidad, te llevó en coche hasta el campus y cargó tus maletas. Tú se lo agradeciste diciéndole adiós desde fuera del dormitorio, así no te sentirías avergonzado ante tus amigos.

Cuando tenías 20 años, Ella te preguntó si estabas saliendo con alguien. Tú se lo agradeciste diciéndole: “A ti qué te importa”.

Cuando tenías 21 años, Ella te sugirió algunas carreras para tu futuro. Tú se lo agradeciste diciéndole: “No quiero ser como tú”.

Cuando tenías 22 años, Ella te abrazó en la fiesta de graduación de la universidad. Tú se lo agradeciste diciéndole si te podía pagar un viaje a otro país.

Cuando tenías 23 años, Ella te dio algunos muebles para tu primer piso. Tú se lo agradeciste diciéndoles a tus amigos que los muebles eran feos.

Cuando tenías 24 años, Ella conoció a tu futura esposa y le preguntó sus planes para el futuro. Tú se lo agradeciste con una mirada feroz y le gritaste “¡Cállate!”.

Cuando tenías 27 años, Ella te ayudó a pagar los gastos de tu boda y llorando te dijo que te quería muchísimo. Tú se lo agradeciste alejándote a otro país.

Cuando tenías 30 años, Ella te dio algunos consejos para cuidar al bebé.

Tú se lo agradeciste diciéndole que las cosas son diferentes ahora.

Cuando tenías 40 años, Ella te llamó para recordarte el cumpleaños de tu papá. Tú se lo agradeciste diciéndole que estabas muy ocupado.

Cuando tenías 50 años, Ella se enfermó y necesitó que la cuidaras. Tú se lo agradeciste leyendo sobre la carga que representan los padres hacia los hijos.

De repente, un día, ella silenciosamente murió.

Y todas las cosas que nunca hiciste cayeron sobre ti como un trueno.

Tomémonos un momento para rendir honor y tributo a la persona que llamamos mamá. No hay sustituto para Ella. Alegra cada momento. Aunque a veces, no parezca la mejor de las amigas, o quizá no concuerde con tu forma de pensar, pero aun así, es tu madre. Ella estará allí para ayudarte con tus dolores, tus penas, tus frustraciones.

Pregúntate a ti mismo: ¿Has buscado tiempo para estar con ella, para escuchar sus quejas sobre su trabajo y su cansancio? Sé prudente, generoso y muéstrale el debido respeto, aunque tú pienses diferente. Una vez que se vaya de este mundo, solamente los recuerdos cariñosos del quien llamamos mamá, sólo eso nos queda.

Autor desconocido Tomado de http://espanol.geocities.com/zcoronado/

Un burro en un pozo

Un día, el burro de un aldeano se cayó en un pozo. El pobre animal estuvo rebuznando con amargura durante horas, mientras su dueño buscaba inútilmente una solución. Pasaron un par de días y al final, como no se le ocurría mejor remedio a aquella desgracia, pensó que el burro ya estaba muy viejo y el pozo estaba casi seco, así que realmente no valía la pena sacar al burro del pozo sino que era mejor enterrarlo allí. Pidió a unos vecinos que vinieran a ayudarle. Cada uno agarró una pala y empezaron a echar tierra al pozo en medio de una gran tristeza. El burro advirtió enseguida lo que estaba pasando y rebuznó entonces con mayor amargura.

Al cabo de un rato, dejaron de escucharse sus lastimeros rebuznos. Los labriegos pensaron que el pobre burro debía estar ya cubierto por la tierra. Entonces el dueño se asomó al pozo, con una mirada temerosa, y vio algo sorprendente. Con cada palada el burro estaba haciendo algo muy inteligente: se sacudía la tierra y pisaba sobre ella. Había subido ya varios metros y estaba bastante arriba. Todos se llenaron de ánimo, siguieron echando tierra, el burro llegó hasta la superficie, dio un salto por encima del brocal del pozo y salió trotando pacíficamente.

Llevar una vida difícil, o tener contratiempos más o menos serios, es algo que puede sucederle a cualquiera. La vida a veces parece que nos aprisiona en un pozo, y que nos echa tierra encima, todo tipo de tierra. Hay modos de reaccionar inteligentes, como el de este burro, que de lo que parecía su condena supo hacer una tabla de salvación, y otros que son todo lo contrario.

Incredulidad en Plutón

Anoche tuve en mi casa una increíble visita de un viajero. Un extraño personaje que venía nada menos que de Plutón. Estaba muy nervioso. Me explicó como en su planeta corrían terribles rumores sobre los terrícolas: “En mi planeta, dicen las malas lenguas, que a millones de esos pequeños seres humanos, vosotros mismos, lo humanos, los tenéis congelados en neveras a la espera de ser objeto de experimentos o de ser destruidos.” “¿Qué mas se comenta de nosotros en tu planeta?”, le pregunté. “Pues cosas peores, como que también a millones de seres humanos, igualmente pequeños o un poco mas grandes, se les mata, se acaba con su vida, cuando aún no han nacido, en el vientre de su madre”. Sentí como la congoja apretaba mi pecho y como las lágrimas asomaban en mis ojos. “Te estás poniendo rojo. No te enfades, si quieres yo volveré a mi planeta y les diré que nunca cuenten mentiras tan horribles sobre vosotros los humanos”. “Amigo, no me enfado con los tuyos. Me avergüenzo de los míos. Todo lo que has dicho es cierto, eso hacen algunos seres humanos grandes, con sus pequeños seres humanos”. “Entonces me voy. No era capaz de creérmelo. Me vuelvo a casa, por que si eso hacéis con los vuestros, que no haréis con los que no somos de vuestra especie”.

Jesús García Sánchez-Colomer

Es como yo

Mi hijo hace poco llegó a este mundo, de manera normal… pero yo tenía que trabajar, tenía tantos compromisos… Mi hijo aprendió a comer cuando menos lo esperaba. Comenzó a hablar cuando yo no estaba. A medida que crecía, me decía: “Papá, algún día seré como tú ¿Cuándo regresas a casa, papá?”. “No lo sé, hijo mío, pero cuando regrese jugaremos juntos…, ya lo verás”. Mi hijo cumplió diez años y me decía: “Gracias por la pelota, papá. ¿Quieres jugar conmigo?”. “Hoy no, hijo mío, que tengo mucho que hacer.” “Está bien papá, otro día será”, y se fue sonriendo, y siempre en sus labios las palabras: “Yo quiero ser como tú. ¿Cuándo regresas a casa, papá?”. “No lo sé, hijo, pero cuando regrese jugaremos juntos…, ya lo verás.” Mi hijo regresó de la universidad, hecho todo un hombre. “Hijo, estoy muy orgulloso de ti. Siéntate y hablemos un poco.” “Hoy no, papá, tengo compromisos…; por favor, préstame el coche para ir a visitar a unos amigos.” Ahora me he jubilado y mi hijo vive en un barrio cercano. Hoy le he llamado: “Hola, hijo mío, quiero verte.” “Me encantaría, papá, pero es que no tengo tiempo…; tú sabes, el trabajo, los niños…; pero gracias por llamar, fue estupendo hablar contigo.” Al colgar el teléfono me di cuenta que mi hijo había cumplido su deseo, era exactamente como yo.

El hombre que plantaba árboles

Un hombre planta árboles y toda una región cambia. Recogemos una síntesis del relato del escritor francés Jean Giono.

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Cambio de rostro

A Leonardo Da Vinci le llevo siete años completar su famosa obra titulada “La Última Cena”. Las figuras que representan a los 12 apóstoles y a Jesús fueron tomadas de personas reales. La persona que sería el modelo para ser Cristo fue la primera en ser seleccionada. Cuando se supo que Da Vinci pintaría esa obra, cientos de jóvenes se presentaron ante él para ser seleccionados. Da Vinci buscaba un rostro que mostrara una personalidad inocente, pacífica y a la vez bella. Buscaba un rostro libre de las cicatrices y rasgos duros que deja la vida intranquila del pecado. Finalmente, después de unos meses de búsqueda seleccionó a un joven de 19 años de edad como modelo para pintar la figura de Jesucristo. Durante seis meses trabajó para lograr pintar al personaje principal de esa obra. Durante los seis siguientes años, Da Vinci continuó su obra buscando las personas que representarían a 11 apóstoles, y dejó para el final a aquel que representaría a Judas. Estuvo buscando durante semanas un hombre con una expresión dura y fría. Un rostro marcado por cicatrices de avaricia, decepción, traición, hipocresía y crimen. Un rostro que identificaría a una persona que sin duda traicionaría a su mejor amigo. Después de muchos fallidos intentos en la búsqueda de este modelo llegó a los oídos de Leonardo Da Vinci que había un hombre con estas características en el calabozo de Roma. Este hombre estaba sentenciado a muerte por haber llevado una vida de robos y asesinatos. Da Vinci vio ante él a un hombre cuyo pelo caía sobre el rostro escondiendo dos ojos llenos de rencor, odio y ruina. Al fin había encontrado a quien modelaría a Judas en su obra. Gracias a un permiso del rey, este prisionero fue trasladado a Milán al estudio del maestro. Durante varios meses este hombre se sentó silenciosamente frente a Da Vinci mientras el artista continuaba con la ardua tarea de plasmar en su obra al personaje que había traicionado a Jesús. Cuando Leonardo dio la última pincelada se volvió a los guardias y dio la orden de que se llevaran al prisionero. Cuando salía, se volvió hacia Leonardo Da Vinci y le dijo: “¡Da Vinci!! !Obsérvame!! ¿No reconoces quién soy?”. El artista lo observó cuidadosamente y respondió: “Nunca te había visto hasta aquella tarde en el calabozo de Roma”. El prisionero levantó los ojos y dijo: “¡Mírame bien, soy aquel joven cuyo rostro escogiste para representar a Cristo hace siete años…!”.

Tu rostro habla por ti

Hace tiempo, en un pequeño y lejano pueblo, había una casa abandonada. Cierto día, un perrito buscando refugio del sol, logró meterse por un agujero de una de las puertas de dicha casa. El perrito subió lentamente las viejas escaleras de madera. Al terminar de subirlas se encontró con una puerta se encontró con una puerta semiabierta, y lentamente se adentró al cuarto. Para su sorpresa se dio cuenta que dentro de ese cuarto había mil perritos más, observándolo tan fijamente como él los observaba a ellos.

El perrito comenzó a mover la cola y a levantar sus orejas poco a poco. Los mil perritos hicieron lo mismo. Posteriormente sonrió y ladró alegremente a uno de ellos. El perrito se quedó sorprendido al ver que los mil perritos también le sonreían y ladraban alegremente con él. Cuando el perrito salió del cuarto se quedó pensando para sí mismo: “¡Qué lugar tan agradable, tengo que venir más a visitarlo!”. Tiempo después otro perrito callejero entró al mismo sitio y al mismo cuarto, pero este perrito al ver a los otros mil perritos del cuarto, se sintió amenazado, ya que lo estaban mirando de una manera agresiva. Empezó a gruñir, y vio como los mil perritos le gruñían a él. Comenzó a ladrarles ferozmente y los otros mil perritos le ladraron ferozmente también a él. Cuando este perrito salió de aquel cuarto pensó: “¡Qué lugar tan horrible, nunca más volveré a entrar aquí!”. En el frontal de aquella casa había un viejo letrero que decía: “La casa de los mil espejos”. Los rostros del mundo son como espejos. Según seamos, así vemos.