Alfonso Aguiló, “Pensarse bien cada batalla”, Hacer Familia nº 311, 1.I.2020

Año 321 antes de Cristo. Los samnitas no se pliegan con facilidad al expansionismo romano. Cayo Poncio es un comandante samnita que varias veces les ha presentado batalla. En esta ocasión, le informan de la posición de un importante ejército romano cerca de Calacia, una ciudad próxima a Nápoles. Cayo Poncio envía algunos soldados disfrazados de pastores con órdenes de difundir la historia de que los samnitas están sitiando la ciudad de Lucera, una colonia romana clave situada en la Apulia.

Los comandantes romanos, los cónsules Espurio Postumio Albino y Tito Veturio Calvino, deciden ponerse en marcha con varias legiones, formadas por unos 50.000 hombres, para prestar ayuda a Lucera. Eligen la vía más rápida hacia esa ciudad, a través del desfiladero de las Horcas Caudinas (junto a la ciudad de Caudio, de ahí su nombre), sin tener apenas conocimiento del terreno. Se trata de un angosto valle que se abre entre los montes Tifata y Taburno.

Todo la zona es muy escarpada. Aquel paso es la única ruta que el ejército romano puede tomar. Cuando sus hombres se adentran en el primer desfiladero, que es muy estrecho, los más veteranos se sienten inquietos. Al alcanzar un segundo paso, lo encuentran cerrado por una barricada de piedras y troncos recién talados. De inmediato advierten la trampa. Postumio da orden de regresar rápidamente hasta el primer paso, pero está ya fuertemente custodiado por los samnitas, que les impiden la salida. Su situación es desesperada e intentan trepar por las empinadas laderas, pero los samnitas abaten a todo el que lo intenta.

La trampa es perfecta, pero enseguida los vencedores se encuentran frente a un problema inesperado. No saben cómo gestionar su victoria. Unos sugieren a Cayo Poncio que desarme a los romanos y los ponga rápidamente en libertad. Otros le proponen ejecutar sin piedad hasta el último hombre, pues así Roma será tan débil que por muchos años dejará de ser una amenaza. Otros sugieren que los deje ir sin más, para así obtener el respeto y quizá la amistad de Roma. También le hablan de alternativas intermedias, pero siempre con la duda de si sería aún peor, ya que dejaría a los romanos deseosos de venganza sin haber sido debilitados.

Al final, Cayo Poncio decide liberar a los derrotados, aunque en condiciones humillantes. Los soldados fueron desarmados y despojados de sus uniformes, de modo que vestidos solo con una túnica fueron obligados a pasar de uno en uno por debajo de una lanza horizontal dispuesta sobre otras dos clavadas en el suelo, que obligaban a los romanos a inclinarse para pasarlas. De este episodio, nació la expresión “pasar por las horcas caudinas”, que se emplea cuando hay que aceptar irremisiblemente una salida deshonrosa.

Las condiciones de rendición incluyeron la entrega de varias poblaciones fronterizas, la evacuación de los colonos romanos de Lucera, así como la retirada de todas las posiciones que mantenían en el Samnio y una tregua de cinco años.  El Senado no tuvo más remedio que aceptar el acuerdo. La afrenta quedó marcada en el orgullo de Roma. Cuando pasaron los cinco años pactados, se tomaron la revancha con la captura de Lucera y el rescate de las armas, estandartes y rehenes perdidos.

Este viejo y recordado episodio nos invita a pensar bien para qué queremos ganar cada batalla, antes de emprenderla. Por parte de los samnitas, hubo estrategia e ingenio para encerrar a su enemigo en aquel desfiladero y vencerlo, pero luego se encontraron ante otro tipo de desfiladero, quizá peor, a la hora de gestionar su victoria, enredados en un dilema verdaderamente complejo.

Hay victorias que generan nuevos escenarios no necesariamente mejores. Las victorias muy contundentes inducen grandes deseos de venganza. Las menos contundentes, en las que el vencido mantiene su fuerza, pueden ser aún más peligrosas. Si se busca una simple humillación que deje claro quién ganó, la venganza puede llegar igualmente. Humillar suele ser un logro poco productivo y bastante arriesgado. Por eso hay que pensarse bien cada batalla, cada enemistad, cada victoria. Quizá así tendremos un mundo más pacífico y menos polarizado.

Alfonso Aguiló, índice artículos “El carácter”