¿Quién pliega tu paracaídas?

Charles Plumb era piloto de un bombardero en la guerra de Vietnam. Después de muchas misiones de combate, su avión fue derribado por un misil. Plumb se lanzó en paracaídas, fue capturado y pasó seis años en una prisión vietnamita. A su regreso a los Estados Unidos, daba conferencias contado su odisea y lo que aprendió en su tiempo en prisión. Un día estaba en un restaurante y un hombre lo saludó: “Hola…, ¿usted es Charles Plumb, era piloto en Vietnam y lo derribaron, verdad…? ¿Y usted, cómo sabe eso?, le preguntó Plumb. “Porque yo plegaba su paracaídas. ¿Parece que le funcionó bien, verdad?” . Plumb casi se ahogó de sorpresa y gratitud. “Claro que funcionó. Si no hubiera funcionado, hoy yo no estaría aquí.” Plumb no pudo dormir esa noche, preguntándose: “Cuántas veces lo vi en el portaaviones, y no le dije ni los buenos días, porque yo era un arrogante piloto y él era un humilde marinero…” Pensó también en las horas que ese marinero pasaba en las bodegas del barco enrollando los hilos de seda de cada paracaídas, teniendo en sus manos la vida de alguien a quien no conocía. Ahora, Plumb comienza sus conferencias preguntándole a su audiencia, “¿Quién plegó hoy tu paracaídas? Todos tenemos a alguien cuyo trabajo es importante para que nosotros podamos salir adelante. A veces perdemos de vista lo que es importante, y dejamos de saludar, de dar las gracias, de felicitar a alguien, de decir algo amable.

Bajo sus alas

La revista “National Geographic” publicó hace unos años un artículo sobre algo sucedido después de un incendio en el Parque Nacional Yellowstone de EEUU. Después de sofocado el fuego empezó la labor de evaluación de daños, y un guardabosques encontró una ave calcinada al pie de un árbol, en una posición bastante extraña, pues no parecía que hubiese muerto escapando o atrapada, sino que simplemente estaba con sus alas cerradas alrededor de su cuerpo. Cuando el asombrado guardabosques la golpeó suavemente con una vara, tres pequeños polluelos vivos emergieron de debajo de las alas de su madre, que sabiendo que sus hijos no podrían escapar del fuego, no los abandonó en ese momento crítico. Tampoco se quedó con ellos en el nido sobre el árbol, donde el humo sube y el calor se acumula, sino que los llevó, quizás uno a uno, a la base de aquel árbol, y ahí dio su vida por salvar la de ellos. ¿Pueden imaginar la escena? El fuego rodeándolos, los polluelos asustados y la madre muy decidida, infundiendo paz a sus hijos, como diciéndoles: “No tengáis miedo, bajo mis alas nada os pasará”. Tan seguros estaban ahí tocando sus plumas, aislados del fuego, que ni siquiera habían salido de ahí horas después de apagado el incendio. Estaban totalmente confiados en la protección de su madre, y solo al sentir el golpe del guardabosques pensaron que debían salir.

El violinista

Ocurrió en París, en una calle céntrica aunque secundaria. Un hombre, sucio y maloliente tocaba un viejo violín. Frente a él y sobre el suelo estaba su boina, con la esperanza de que los transeúntes se apiadaran de su condición y le arrojaran algunas monedas para llevar a casa. El pobre hombre trataba de sacar una melodía, pero era imposible identificarla debido a lo desafinado del instrumento y a la forma displicente y aburrida con que tocaba. Un famoso concertista, que junto con su esposa y unos amigos salía de un teatro cercano, pasó frente al mendigo musical. Todos arrugaron la cara al oír aquellos sonidos tan discordantes. Y no pudieron menos que reír de buena gana. La esposa le pidió, al concertista, que tocara algo. El hombre echó una mirada a las pocas monedas en el interior de la boina del mendigo, y decidió hacer algo. Le pidió el violín, y el mendigo musical se lo prestó con cierto resquemor. Lo primero que hizo el concertista fue afinar sus cuerdas. Y después, vigorosamente y con gran maestría arrancó una melodía fascinante del viejo instrumento. Los amigos comenzaron a aplaudir y los transeúntes comenzaron a arremolinarse para ver el improvisado espectáculo. Al escuchar la música, la gente de la cercana calle principal acudió también y pronto había una pequeña multitud escuchando arrobada el extraño concierto. La boina se llenó no solamente de monedas, sino de muchos billetes de todas las denominaciones. Mientras el maestro sacaba una melodía tras otra, con tanta alegría. El mendigo musical estaba aún más feliz de ver lo que ocurría y no cesaba de dar saltos de contento y repetir orgulloso a todos: ” ¡¡Ese es mi violín!! ¡¡Ese es mi violín!!”. Lo cual, por supuesto, era rigurosamente cierto. La vida nos da a todos un violín, que son nuestros conocimientos, habilidades y aptitudes. Y tenemos libertad para tocar ese violín como nos plazca. Algunos, por pereza, ni siquiera afinan ese violín. No perciben que hay que prepararse, aprender, desarrollar habilidades y mejorar constantemente nuestras aptitudes si hemos de dar un buen concierto. Pretenden una boina llena de dinero, y lo que entregan es una discordante melodía que no gusta a nadie.

Aún puedes ser Einstein

Albert Einstein (1879-1955) es indiscutiblemente el mayor genio científico del siglo XX y uno de los más grandes de la Historia. Sin embargo su carrera de estudiante deja perplejos a más de uno y sirve de consuelo para muchos. Parece que ser que en su infancia algunos le consideraron algo retrasado. A la edad de cinco años algunos informes escolares le consideraban lento y con errores de cálculo, aunque con seguridad a la hora de encarar las matemáticas. Fue suspendido en el examen de ingreso a la Escuela Técnica de Zurich. Cuando terminó su formación intentó conseguir un puesto de ayudante y fue el único que suspendió de los cuatro estudiantes que habían pasado los exámenes finales. En 1901 entregó una tesis de física sobre la teoría cinética de los gases en la Universidad de Zurich,que fue rechazada. En 1902, gracias a una recomendación, pudo empezar a trabajar en la Oficina de Patente de Berna como “técnico experto de tercera clase”…

Dos ratones

Dos ratones caen en un cubo de leche. El primer ratón, desilusionado, perezoso, se dejó llevar. El segundo, no perdió el ánimo y, con su buen carácter, mientras nadaba, reflexionaba. Y comprendió algo importante: a base de agitar, la leche se coagula. Se animó, aceleró un poco, y al rato aquello fue nata, y después mantequilla, y después dió un salto y salió. Estos dos ratones reflejan dos formas de afrontar los problemas.

Un tipo con suerte

Recuerdo que conocí a Javi el verano pasado en un campo de trabajo con toxicómanos en rehabilitación. Cuando me preguntó que por qué empleaba mis vacaciones de verano en una cosa así, hinché el pecho y me enorgullecí de mi mismo y de lo bueno que era. Pero no me duró mas de 10 segundos, el tiempo que tardé en devolverle la pregunta y me contestó que le reventaba ver a gente sola, que la soledad hay que “mamarla”.

Pensé que Javi había sufrido mucho, más todavía cuando me dijo que a él lo abandonaron en un contenedor a los pocos días de nacer. La congoja que me entró no fue nada comparado con el océano que se abrió a continuación ante mi conciencia. Le dije que lo sentía, que vaya faena, y me respondió que si estaba tonto, que se sentía un afortunado… Debí poner la misma cara que un pingüino en un garaje, pues rápidamente me dio la mejor lección que han dado en la vida. “Soy un tío con suerte -me espetó-, pues está claro que fui un embarazo no deseado, si llega a ser ahora, por 50.000 pesetas me cortan el cuello.” Y siguió recogiendo patatas del suelo, como si nada. Siguió con su vida, ayudando a los demás. El valor de la vida humana y la dignidad del ser humano como tal, desde su comienzo hasta su fin natural, está por encima de cualquier situación adversa que se presente en el transcurso de la misma. Y si no, que se lo digan a Javi, un tipo con suerte. (Jesús García Sánchez-Colomer. Publicado en ABC, 19.VI.01).