Juan Manuel de Prada, “Animales y personas”, ABC, 28.VI.2003

Ayer aparecían publicadas en ABC, por caprichos del azar, dos noticias que invitan a la evaluación conjunta. El Parlamento catalán aprobaba una muy estricta ley de protección de los animales que, reconociéndoles su entidad de «seres vivos dotados de sensibilidad física y psíquica», castigará a quienes los abandonen a su suerte o les inflijan daño. Simultáneamente, se presentaba en Madrid un libro titulado «Los límites de la exclusión», firmado por los profesores Manuel Muñoz, Carmelo Vázquez y José Juan Vázquez, que nos habla de los mendigos, otros seres vivos (¿quizá menos dotados de sensibilidad física y psíquica?) igualmente abandonados y vapuleados por la indiferencia colectiva. Resulta paradójico y perturbador que la misma sociedad que permite que una porción nada desdeñable de sus miembros agonice en la calle se preocupe de aliviar el sufrimiento de los animales desamparados.

En el fondo de este comportamiento social, cada día más arraigado, subyace una peligrosa perversión del sentimiento. Acallamos la mala conciencia que nos produce el sufrimiento del prójimo (de quien nos es más próximo) ideando falsificaciones de la piedad que nos permitan posar de «humanitarios» ante la galería. Hemos logrado recubrirnos de una especie de coraza impertérrita que nos permite esquivar el dolor rampante que se enseñorea del mendigo de la esquina, de la prostituta que se ofrece al peor postor, del inmigrante que malvive en un cubículo o ergástulo; y, mientras las personas que sufren a nuestro derredor se convierten en un lejano runrún que preferimos no escuchar, desaguamos nuestra indignidad ideando leyes que consagran el respeto sacrosanto a los animales. Anticiparé que considero la protección de los animales una expresión muy enaltecedora y necesaria de humanidad; pero creo que esta expresión sólo resulta admisible cuando constituye un corolario natural de un deber mucho más perentorio que nos obliga a compadecer el sufrimiento de nuestros semejantes. En los últimos años, sin embargo, he observado que desde diversos púlpitos más o menos ecologistas se pretende hacer tabla rasa de hombres y animales, adjudicándoles los mismos derechos; esta pretensión igualitaria se me antoja el germen de un pavoroso relativismo moral. Y he observado también que, con excesiva frecuencia, el celo que destinamos a los animales constituye un sucedáneo que nos exonera de responsabilidad ante otras formas más insoportables de inhumanidad, que atañen directamente al hombre.

Con muy atinado sarcasmo escribía ayer Zabala de la Serna en las páginas de este periódico que acabaremos inaugurando más albergues para perros y gatos que albergues para indigentes. Los estudiosos de las patologías sexuales definen el fetichismo como un «andarse por las ramas», a través del cual el enfermo soslaya la angustia que le produce enfrentarse al ser amado y lo suplanta o sublima a través de su representación. ¿No serán también ciertas manifestaciones fanáticas de la zoofilia una forma de suplantación, una patología vergonzante que desarrollamos para soslayar la vergüenza que nos produce la aniquilación cotidiana del hombre, mediante la denuncia de otras aniquilaciones menores? Me parece muy loable que se prohíban -como hace esa ley catalana- las «atracciones feriales» y la «exhibición ambulante de animales que son utilizados como reclamo»; pero cuando permitimos que el dolor ambulante del prójimo forme parte del paisaje urbano y aceptamos la exhibición ferial de tantas vidas en almoneda, estas medidas legislativas se nos antojan un mero subterfugio ornamental, un «andarse por las ramas» demasiado hipocritón y exasperante.

Ignacio Sánchez Cámara, “El opio del progre (sobre la asignatura de religión)”, ABC, 28.VI.2003

El Consejo de Ministros aprobó ayer, entre otras medidas educativas, la nueva configuración de la asignatura de Religión, en sus dos versiones, confesional y aconfesional, ambas con valor académico. Algunas reacciones a la medida han sobrepasado los límites de la crítica razonable para adentrarse por los vericuetos del desenfreno ideológico. Se ha llegado a hablar de quiebra del consenso constitucional y del principio de aconfesionalidad del Estado. Por el contrario, se trata de la mejor solución adoptada desde la aprobación de la Constitución, absolutamente conforme con ella y respetuosa tanto con el valor educativo de la religión como con la libertad de los padres. Por supuesto que sin el conocimiento de la tradición cristiana no es posible entender ni la historia ni el arte ni, en general, la cultura española. Pero no se trata sólo de esto, con ser bastante, pues esta finalidad podría conseguirse sin una asignatura de carácter confesional. De lo que se trata es de integrar a la religión en el ámbito educativo, como parte esencial de la formación integral de la persona. Si no se trata de una ciencia, tampoco lo son las demás disciplinas humanísticas. Por lo demás, la idea de una asignatura no evaluable es una contradicción en los términos.

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Amando de Miguel, “La religión en la escuela”, La Razón, 27.VI.2003

Llevo muchos años de experiencia docente en la Universidad. Cada vez me resulta más difícil que los alumnos entiendan las alusiones a ideas que proceden de la Biblia o de la tradición cristiana. Por ejemplo, tengo que explicar el hecho social de la envidia. Resulta imprescindible la referencia a Caín y Abel, pero esos dos personajes son perfectamente desconocidos para mis alumnos y cada vez más. ¿Cómo van a entender la magistral novela de Unamuno sobre Caín? (Abel Sánchez). Si aludo a la «ética del trabajo», es inútil hablar de la revolución que supuso la vida monástica medieval o la influencia de Calvino. La conclusión es tan evidente como desmayada. Las últimas promociones de alumnos no tienen una idea clara de la Religión como hecho cultural. Ante esa circunstancia, resulta tan vergonzosa como necesaria la reciente propuesta de volver a introducir la Religión en el plan de estudios de la enseñanza obligatoria. Aciaga decisión fue en su día sustituirla por ratos de ocio escolar. En la televisión entrevistaban el otro día a un mozalbete sobre esta cuestión de la nueva asignatura. El zangolotino sostenía que «ahora, con la clase de Religión, ya no vamos a tener tiempo para relajarnos». Espero que al chico no le dé por estudiar Sociología.

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Juan Manuel de Prada, “Clase de religión”, ABC, 21.VI.2003

Una vez más, la clase de religión vuelve a convertirse en excusa de trifulcas partidarias. Con la clase de religión ocurre igual que con aquel timbre que provocaba la secreción de saliva en el perro de Paulov: basta mencionarla para que, por un impulso reflejo, a sus detractores se les llene la boca de invocaciones a la Constitución. Nunca entenderé por qué nuestros políticos, para disimular sus fobias y sus manías persecutorias en materia religiosa, tienen que sacar en romería la zarandeada Constitución; supongo que, a la necesidad de enjuagarse con palabras pomposas (en cualquier momento añadirán que «la clase de religión atenta contra el Estado de Derecho»), se suma una especie de anticlericalismo atávico o la supervivencia de algún trauma infantil. El decreto que desarrolla la Ley de Calidad de Enseñanza mantiene el carácter optativo de la asignatura de Religión; para quienes no deseen que sus hijos reciban una educación confesional, se establece una asignatura de Historia de las Religiones, que impartirán profesores de Historia y Filosofía. Ambas disciplinas serán evaluables y computables para la obtención de la nota media, aunque no se considerarán para la concesión de becas de estudio. No veo por parte alguna la necesidad de ensayar rimbombantes invocaciones a la Constitución, puesto que en nada se infringe la libertad religiosa que en ella se consagra.

A la postre, la reforma gubernativa no se extiende más allá de la consideración de la Religión como disciplina evaluable; y en la creación de una asignatura alternativa seria, que acabe con el cachondeíto en que se habían convertido la asignatura de Religión y los sucedáneos lúdicos inventados para mantener entretenidos a los alumnos que no la cursaban. Quienes se oponen a esta reforma sostienen que no es justo evaluar una materia de índole confesional; pero se olvida que la Religión, además de una elección trascendente, es una rama esencial del conocimiento, puesto que sobre ella se fundamenta nuestra genealogía cultural. Para entender cabalmente los tercetos encadenados de Dante hace falta tener una cultura religiosa; para hacer inteligible la exposición de Tiziano que estos días asoma al Museo del Prado hace falta una cultura religiosa; para disfrutar de la música de Bach hace falta una cultura religiosa. Y, puesto que no estamos hablando de nimiedades, se impone que esa transmisión cultural sea evaluable; no creo que haya asuntos mucho más importantes que hacer partícipes a nuestros hijos de este riquísimo legado.

Considero, pues, inobjetable la existencia de una disciplina que exija unos conocimientos básicos e irrenunciables sobre el fenómeno religioso. Los hombres de mañana no pueden crecer desgajados de su genealogía espiritual y cultural, como si esa herencia incalculable fuese algo inerte; si desterrásemos de las escuelas el esqueleto de nuestra cultura, estaríamos condenando a las generaciones futuras a una existencia invertebrada. Y, como católico, deseo que mis hijos reciban una educación acorde con los principios en los que creo. Puesto que la religión católica es mucho más que un mero repertorio de dogmas y liturgias, puesto que constituye el sustrato fecundo sobre el que se edifica nuestra civilización, nuestra cultura y nuestra moral, quiero que mis hijos sean instruidos en sus misterios. Quiero que sepan que hubo un hombre entreverado de Dios que se subió a una montaña para proclamar el más bello poema de bienaventuranza, que se negó a lapidar a una mujer adúltera, que no dudó en aceptar el agua que le ofreció una samaritana, que dignificó el sufrimiento inmolándose en una cruz. Quiero que ese hombre entreverado de Dios sea la piedra angular de su formación; a nadie perjudico con esta elección y a nadie se la impongo.

Alfonso Aguiló, “Las formas son importantes”, Hacer Familia nº 112, 1.VI.2003

Un Sultán soñó que había perdido todos los dientes. Después de despertar, mandó llamar a un sabio para que interpretase su sueño. “¡Qué desgracia, mi Señor! –dijo el sabio–, cada diente caído representa la pérdida de un pariente de Vuestra Majestad”. “¡Qué insolencia! –gritó el Sultán enfurecido– ¿Cómo te atreves a decirme semejante cosa? ¡Fuera de aquí!”. Llamó a su guardia y ordenó que le dieran cien latigazos.

A continuación mandó que le trajesen a otro sabio y volvió a contarle lo que había soñado. Este, después de escuchar con atención al Sultán, le dijo: “Mi Señor, gran felicidad os ha sido reservada, pues el sueño significa que sobrevivirás a todos vuestros parientes”. Se iluminó el semblante del Sultán y ordenó que le dieran cien monedas de oro.

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Alfonso Aguiló, “Referencias, modelos e ideales”, Hacer Familia nº 111, 1.V.2003

Balzac describió de manera incomparable cómo el ejemplo de Napoleón había electrizado a toda una generación en Francia. El deslumbrante ascenso del pequeño teniente Bonaparte al trono imperial del mundo, para Balzac significó no tan sólo el triunfo de una persona, sino también la victoria de la idea de la juventud. El hecho de que no fuera necesario haber nacido príncipe o noble para alcanzar el poder a temprana edad, de que se pudiera proceder de una familia modesta, cuando no pobre, y, sin embargo, llegar a ser general a los veinticuatro años, soberano de Francia a los treinta y, poco después, del mundo entero, ese éxito sin igual arrancó a millares de personas de sus pequeños oficios y sus pequeñas ciudades de provincia: el teniente Bonaparte despertó a toda una generación de jóvenes, los impulsó a una ambición más elevada.

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Juan Manuel de Prada, “Quédate, Wojtla”, ABC, 5.V.2003

SIEMPRE me ha sorprendido que, cuando se glosa la figura de Juan Pablo II, se acabe incurriendo en simplismos propios de una nomenclatura que nada tiene que ver con el cristianismo. Al analizar su pontificado, se recurre a calificativos extraños a su misión espiritual: se dice, por ejemplo, que Juan Pablo II es un Papa «progresista en las cuestiones sociales» y «conservador en los asuntos morales»: así, cuando denuncia los abusos del capitalismo salvaje, cuando anuncia la buena nueva a los pobres o condena la guerra de Irak, Wojtyla se convierte en un Papa izquierdista; cuando se opone al aborto o señala la conversión de la sexualidad en un chalaneo que despersonaliza al hombre, el Papa se transforma en adalid de la caverna y la carcundia. Esta trivialización de su mensaje denuncia la incapacidad de nuestra época para enjuiciar categorías espirituales que exceden la ramplona dialéctica materialista de «izquierdas» y «derechas». Una dialéctica, por lo demás, de vigencia muy restringida, que sólo adquiere sentido en la confrontación política de los últimos siglos. No se acaba de entender que el cristianismo es una opción más radical, un «camino mejor» -como lo definió San Pablo en su epístola primera a los corintios- que cifra el desarrollo del hombre en el reconocimiento de su fragilidad, trascendida por una fe que la dignifica. Así de complejo y así de sencillo; calificar esta exigente opción humanista con otros aderezos taxonómicos es una incongruencia, amén de una tergiversación. Pero llegará el tiempo en que hablar de «izquierdas» y «derechas» se convierta en pura arqueología del lenguaje (como hoy lo es, por ejemplo, hablar de «güelfos» y «gibelinos»); y, para entonces, el mensaje esencial del cristianismo mantendrá incólume su compromiso con el hombre.

Las multitudes que han seguido al Papa Wojtyla en esta visita con sabor a testamento gritaban con frecuencia: «¡Quédate!». Creo que, más que su mera presencia física, demandaban la permanencia del mensaje que predica, ese clima de emoción primigenia que sus palabras invocan. Escuchando a Juan Pablo II algo se remueve dentro de nosotros: es la nostalgia de una vida iluminada por el espíritu, en medio de un mundo que nos empuja a la búsqueda de una felicidad puramente hedonista y utilitaria. A la postre, esa consecución del bienestar material nos hace naufragar en un mar de insatisfacciones; y sentimos como una extirpación la pérdida de unas convicciones que hacen más enaltecedora nuestra andadura por el valle de las sombras. La soberbia contemporánea creyó que podría matar a Dios, como quien borra de una tachadura una entelequia demasiado lejana; pero enseguida esa soberbia se convirtió en hastío y desvalimiento, porque al matar a Dios estábamos matando una parte de nosotros mismos que nos completaba, una parte de nuestra humanidad intrínseca, pues nuestra naturaleza no puede entenderse sin esa vocación de espiritualidad.

De esa nostalgia de Dios nos ha hablado el Papa Wojtyla. Sus palabras, emitidas desde la lejanía de un micrófono, crean un encantamiento de proximidad, porque nombran ese hueco que nos duele como una amputación. Quienes han tenido la suerte de conocer a este hombre en la intimidad, nos hablan de una suerte de fluido espiritual contagioso que lo aureola. Creo que esa virtud misteriosa que no acertamos a designar tiene que ver con el despertar de nuestra conciencia, con el reconocimiento de una orfandad espiritual que nos obstinamos en mantener en hibernación, pero que, ante la eficacia revulsiva de sus palabras, reclama ser colmada. Y entonces exclamamos: «¡Quédate con nosotros!».

Juan Manuel de Prada, “Tú eres Pedro”, ABC, 3.V.2003

ANTES de que los ejércitos de Hitler invadieran Polonia, el joven Karol Wojtyla había decidido encauzar su talento por los senderos de la vocación literaria. Formado en la lectura de los románticos polacos, que reconocían en el catolicismo la levadura que había hecho posible el nacimiento de una conciencia nacional, Wojtyla descubre en la palabra un instrumento para aunar sentimiento y razón, emoción e intelecto, así como un canal privilegiado para volcar su búsqueda exigente de espiritualidad. En las baladas y epopeyas polacas, enardecidas por una gran pasión patriótica, Wojtyla aprenderá también que los quebrantos de un pueblo sometido a dominaciones atroces son el sustrato fecundo sobre el que se asientan los cimientos de una gloria venidera. Esta consideración del sufrimiento como escuela de redención y búsqueda radical de libertad halla su emblema más universal en el misterio de la Cruz, que el joven Wojtyla, poeta y dramaturgo, no tardará en reconocer como acontecimiento nuclear de la historia humana y epicentro de la vida cristiana. Y entonces llegaron los nazis.

El joven Wojtyla, que soñaba con una «Polonia ateniense», más perfecta aún que Atenas, pues la iluminaba «la ilimitada grandeza del cristianismo», presencia el saqueo de la Universidad Jagelloniana, donde acababa de inscribirse para cursar estudios de filología. La leyenda cincelada sobre el dintel del aula magna de la universidad -Plus ratio quam vis- es ultrajada por una horda de militares sin honor que arrasan su biblioteca y arrestan a sus profesores, enviándolos al campo de concentración de Sachsenhausen, donde perecerán entre innombrables torturas. Hans Frank, delegado plenipotenciario de Hitler en Polonia, distribuye entre sus subordinados consignas muy escuetas: «Uno de los objetivos principales de nuestro plan es acabar con la mayor rapidez posible con cuantos sacerdotes o líderes alborotadores caigan en nuestras manos. \ Cualquier vestigio de cultura polaca debe ser eliminado. Los polacos trabajarán. Comerán bien poco. Y acabarán por morir. Nunca volverá a existir otra Polonia». La Iglesia católica de Polonia, depositaria de la cultura y de la identidad nacionales, se convertirá de inmediato en obcecada diana de la vesania nazi: sus templos son demolidos, sus liturgias prohibidas, más de una tercera parte de sus ministros deportada a los campos de exterminio. «Dachau -nos relata George Weigel- se convirtió en el monasterio más poblado del mundo». Casi tres mil sacerdotes polacos fueron inmolados, por negarse a abjurar de su fe; muchos de ellos probaron en sus carnes dilaceradas, antes de expirar, los experimentos médicos de Mengele. El salesiano Józef Kowalski, que regentaba la parroquia de Karol Wojtyla en Debniki, fue ahogado por sus carceleros en una sentina rebosante de heces, tras negarse a pisotear las cuentas de un rosario. Y aún habrá quien atribuya a la Iglesia católica connivencias con el régimen nazi.

«Triste está mi alma hasta la muerte, mas no se haga mi voluntad, sino la Tuya», dice Jesús, en la noche de la tribulación, mientras sus discípulos duermen. Seguramente, estas mismas palabras frecuentaron los labios del joven Wojtyla, mientras extraía piedra caliza en la cantera de Zakrzówek, donde lo habían destinado los invasores. Seguramente, el eco de estas palabras ritmaba sus pasos, mientras regresaba a casa, tras una jornada extenuadora. No podemos entender cabalmente la estatura espiritual de Juan Pablo II, ni su denodado mensaje de confianza en la supremacía del espíritu sobre las debilidades y achaques de la carne, sin volver la mirada hacia ese joven que, ante la apoteosis del horror, decide postergar su vocación literaria y escuchar la llamada religiosa. «No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pues el alma no pueden matarla», leemos en el capítulo décimo del Evangelio de San Mateo; y también: «El que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí. El que halla su vida, la perderá; y el que la perdiere por amor a mí, la hallará». El joven Wojtyla acata el doloroso cáliz que se le tiende: sabe que Dios lo envía «como oveja en medio de lobos»; sabe que su sangre puede ser derramada en cualquier instante, pero también que no existe verdadero testimonio de fe sin ímpetu de entrega y aceptación del sacrificio. En el otoño de 1942, el joven Wojtyla ingresa en las catacumbas de la clandestinidad, para iniciar sus estudios de seminarista; algunos de sus compañeros serán arrestados y regados de plomo. Mientras reza ante sus cadáveres, arrojados por la Gestapo en las calles de Cracovia para que sirvan de alimento a los perros, el joven Wojtyla repite con la garganta estrangulada por el apremio de las lágrimas las instrucciones de Jesús a sus discípulos: «Seréis llevados a los gobernadores y reyes por amor de mí, para dar testimonio ante ellos y los gentiles. Cuando os entreguen, no os preocupéis cómo o qué hablaréis, porque se os dará en aquella hora lo que debéis decir. \ Seréis aborrecidos de todos por mi nombre; el que persevere hasta el fin, ése será salvo».

Y el joven Wojtyla perseveró, haciendo de su vocación una asignatura de dolor que cada día incorporaba nuevas lecciones; a la barbarie nazi no tardaría en suceder una arrasadora dictadura comunista cuya demolición no se hubiese completado sin su concurso. Este entendimiento de la vida como escuela de sufrimiento explica, sesenta años después, la epopeya de un viejo que rehuye la tentación de la renuncia y agota sus días en el cumplimiento de una encomienda que no puede rechazar, porque se la inspira una fuerza más poderosa que el declinar de su naturaleza. Sin esta comprensión del hombre como recipiente de misiones que exceden y rectifican su mera envoltura carnal, el sacrificio de Juan Pablo II, dispuesto a morir con las sandalias puestas, resulta ininteligible; de ahí que la lealtad a su misión -una lealtad que se sobrepone a la decrepitud, que anhela calcinarse en la hoguera de su pasión evangelizadora- provoque tanto rencoroso enojo entre quienes niegan la existencia de un misterio que enaltece el barro del que estamos hechos. Pero basta aceptar que bajo esa apariencia de fragilísimo barro se esconde un meollo espiritual de granito para que la figura de Juan Pablo II ensanche su significación histórica y aparezca ante nosotros -permítasenos parafrasear a Isaías- como una criatura ungida para predicar la buena nueva a los abatidos y sanar a los de quebrantado corazón, para anunciar la libertad a los cautivos y la remisión de sus penas a los encarcelados. Toda la ingente labor apostólica y pastoral de Juan Pablo II se resume, a la postre, en un mensaje liberatorio que exhorta al hombre a superar, mediante una abnegada catequesis del dolor, las plurales tiranías que pretenden sojuzgar su espíritu y pisotear su condición sagrada, encerrándola en las mazmorras de la esclavitud fascista o comunista, o engatusándola con los oropeles de un hedonismo caprichoso. El joven Wojtyla descubrió un día el rostro de Dios en el rostro de cada hombre que sufre; y desde entonces ha empleado sus esfuerzos en la vindicación de un mensaje humanista que, trascendiendo la condición perecedera de la carne, proclama la dignidad inviolable de cada persona, como recipiente privilegiado e irrepetible de un espíritu que halla su principal fuerza en la superación de la adversidad y que expresa esa fuerza en la donación al prójimo. Frente al concepto vacuo de libertad individualista entronizado en nuestra época (que exalta de modo absoluto la autonomía personal, llegando a convertirse en una aberrante legitimación de la libertad del poderoso para imponer sus designios sobre el débil), Juan Pablo II -fiel a la enseñanza aprendida en su juventud- defiende una libertad establecida sobre vínculos de piedad: por eso desenmascara en sus encíclicas el egoísmo de los países ricos que imponen su voluntad sobre los países pobres, impidiendo su desarrollo; por eso condena una guerra que diezma a los inocentes con la excusa de destruir fantasmagóricas armas de destrucción masiva; por eso execra el aborto, que somete el derecho supremo a la vida a razones de conveniencia social. El joven Wojtyla entendió que su vocación religiosa consistía en estar al lado de los que sufren, en cargar sobre sus hombros el dolor incontable que abruma a los mortales; y en esa misión indeclinable ha decidido emplear hasta su último hálito. El anciano octogenario que hoy nos visita está hecho de un barro a punto de desmoronarse; pero debajo de esa envoltura fragilísima alienta la piedra del espíritu, que no sabe de claudicaciones. Tú eres Pedro; y sobre tu fortaleza se sostiene el clamor agonizante del mundo.

Alfonso Aguiló, “Decisiones latentes”, Hacer Familia nº 110, 1.IV.2003

Julien Green describe con maestría ese proceso personal, íntimo, por el que todas las personas escuchamos en nuestro interior una llamada a la responsabilidad, a ser mejores, y que unas veces escuchamos y otras no.

Una página de su diario lo expresa muy bien: “Tal día de tu infancia, mientras jugabas solo en el cuarto de tu madre y el sol brillaba sobre tus manos, vino hacia ti cierto pensamiento, ataviado como un mensajero del rey, y tú lo acogiste con alegría, pero más tarde lo rechazaste. Y aquel pensamiento te hubiera guardado, sostenido. Cuando caminabas bajo los plátanos de tal avenida, y tu primo te dijo tales palabras, comprendiste en seguida que aquellas palabras te llegaban de parte de Dios, pero luego las olvidaste, porque contradecían en ti el gusto del placer. Y tal carta, que rompiste y tiraste a la papelera, te habría disipado aquellas dudas, pero tú no querías cambiar…”.

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Julio de la Vega-Hazas, “Violencia real, violencia virtual”, Arvo, 1.IV.2003

Desde hace unos años, la opinión pública está recibiendo cada vez con más frecuencia un mensaje de alarma sobre la violencia visual que están recibiendo los niños y jóvenes. Se ha referido particularmente a la televisión, frente a la cual pasan los más jóvenes un buen número de horas. Allí, un número creciente de programas mostraban muertes violentas de algún género, y en países como Estados Unidos, con un fuerte incremento de violencia juvenil, se empezó a estudiar la posible conexión entre los dos fenómenos. Los estudios tendían a concluir que la relación existía. Como afirma un manifiesto fechado en 2000 y firmado entre otros por el Director Ejecutivo Adjunto de la Asociación Americana de Psicología (una especie de colegio profesional, aunque con más atribuciones), “a estas alturas, más de mil estudios, incluyendo informes de la oficina del Ministerio de Salud y el Instituto Nacional de Salud Mental, y numerosos trabajos realizados por relevantes figuras de las organizaciones de salud médica y pública -nuestros propios miembros-, apuntan de manera decisiva hacia una conexión causal entre la violencia de los medios y el comportamiento agresivo en algunos niños”. En los últimos años, a la televisión y el cine hay que añadir los videojuegos. Éstos, cuando incluyen acciones violentas, se consideran aún peores: hay mayor densidad de muertes, y, sobre todo, aquí el niño o el joven se convierten en los ejecutores: ya no son meros espectadores, sino protagonistas. Estos mensajes crean una lógica inquietud en las familias, donde un creciente número de padres se preguntan si dejando que el chico juegue a videojuegos “de acción” no estarán contribuyendo a que su hijo se convierta en un ser violento, agresivo y asocial.

Los estudios sociales son más difíciles de lo que puede parecer a primera vista. La complejidad de nuestra sociedad y del ser humano mismo hacen que se pongan en juego muchos factores, de forma que aislar uno solo no es nada fácil. La coincidencia no puede transformarse en relación causal sin más. Los profesionales, cuando son honrados y no están dominados por alguna ideología, lo saben, y matizan mucho sus estudios. Un manifiesto extraído de sus estudios, como el citado arriba, ya tiene un componente de opinión sobre la conclusión científica, aunque conserva algunas reservas -“apuntan”… sobre “algunos niños”-. La prensa no especializada ya tiende a simplificar, con una sustancial pérdida de rigor, y emite el siguiente mensaje: los niños tienden a imitar lo que ven, y si ven mucha violencia se debe concluir que se hacen violentos. ¿Es así? Dicho de otro modo: ¿la violencia fantástica o virtual produce violencia real? Y hay que contestar que responder con un sí o un no a secas resulta insatisfactorio, o, si se prefiere, falso. El planteamiento, de puro simple, se ha convertido en equívoco.

Hagamos memoria. Volvamos atrás, a los años inmediatamente anteriores a la entrada en escena de la televisión. Encontramos a un niño que, pongamos, a los cinco años se divierte en el guiñol del parque; el argumento era repetitivo, y el final siempre el mismo: el bueno se despachaba a estacazos con la bruja de turno, mientras el coro infantil gritaba con todas sus fuerzas “¡¡¡bieeennnn!!!”. El mismo niño, a los diez años, pedía para Reyes un disfraz de guerrero -romano, vikingo, indio, etc.-, armamento incluido. A los doce, devoraba comics del Capitán Trueno, el Jabato o Hazañas Bélicas, con protagonistas nobles pero desde luego nada pacíficos; si le gustaba leer, es probable que entre sus favoritos figurara Salgari, en cuyas novelas rara vez se llegaba a la quinta página sin que hubiera ya algún cadáver con una muerte nada natural. Si iba al cine, la mayor parte de las películas que veía también abundaban en puñetazos, tiros -o flechas y espadas, según el caso- y muertos. Su imaginación también se llenaba de escenas con buenas dosis de violencia. ¿Ha creado todo esto una civilización especialmente violenta? No parece, al menos en lo que a España se refiere. En cualquier caso, es una constante universal. La misma literatura épica, que llenaba la imaginación de los jóvenes, ha sido bélica, desde la Iliada y la Odisea hasta los libros de caballerías. Y los cuentos de los hermanos Grimm solían tener asimismo un final nada pacífico.

Ahora bien, se trataba en todos estos casos de una violencia que se ajustaba a unos patrones: no era gratuita, respondía a algún tipo de necesidad -o sea, no se buscaba por sí misma- y, sobre todo, estaba asociada a la justicia. Lo primero significa que lo que esencialmente se ofrecía no era la violencia, sino la hazaña, la gesta heroica, siendo la violencia un medio que, a la vista de la situación, resultaba necesario, y servía para realzar el mérito de los protagonistas. Lo segundo rompe un cierto tópico contemporáneo, que ve a la violencia como un mal intrínseco -por tanto, mala sin excepción-, al poner de relieve que la restauración de un orden social violentamente roto exige emplear la violencia. Una violencia que debe ser proporcionada y no ir más allá de lo estrictamente requerido para ello, pero violencia al fin y al cabo. Pensar lo contrario entra en el terreno de lo utópico, de una visión roussoniana que desconoce la realidad humana, pecado original incluido. Es cierto que en buena parte de las historias que se ofrecían se iba más allá de esa justicia y se entraba en el terreno de la venganza -aquí se notaba bastante si la historia procedía de ambientes católicos o tenía otros orígenes-, sin espacio para el perdón; aunque también es cierto que en bastantes ocasiones, por el deber de proteger a terceros o a la sociedad en su conjunto, el perdón sólo puede otorgarse después de la victoria, lo que también quedaba reflejado en unos cuantos relatos. Para los niños, además, había alguna ventaja en todo este entorno, ya que estimulaba una cierta dosis de agresividad que temperamentalmente es necesaria para vencer las dificultades; o, dicho en términos más convencionales, de alguna manera enseñaba que la vida requiere luchar. Ciertamente, no a bofetadas, salvo casos muy extraordinarios, lo que significa que esa agresividad necesitaba ser educada, pero había quien se encargaba de ello, y los resultados eran casi siempre satisfactorios. En España concretamente, la violencia no llegó a las calles -incluso los delitos solían ser de “guante blanco”- por la profusión de escenas o relatos violentos. Llegó sobre todo por la droga.

En los años 70 empezó a cambiar la situación. Entraron en escena historias que difuminaban la clara distinción entre buenos y malos. En ellas, el malo seguía siendo malo, pero el “bueno” a veces era igual de malo, o casi, o de una rara bondad mezclada con cinismo, o por lo menos de un talante desalmado. Por otra parte, comenzó a verse en más de una película una recreación en la violencia misma -escenas particularmente crueles, muertes a cámara lenta, etc.-, que pasó así a convertirse en espectáculo ella misma. Junto con historias a la vieja usanza, entró, en otras, no ya la violencia, sino el sadismo. Y no es lo mismo. El mensaje es distinto, y así lo percibía el público, el infantil incluido. Aquí hay que deshacer un segundo tópico. Pensar que el hecho de ver violencia provoca una especie de mímesis en el niño, que tiende a imitar lo que ve, parece una afirmación muy razonable, pero en realidad tiene bastante de conductista, que no diferencia el aprendizaje humano del animal. El niño lo que percibe no son unos hechos físicos, sino unas conductas con significado, y entiende claramente la diferencia entre el vengador justiciero y el sádico, aunque en una escena determinada lo que hagan los dos sea lo mismo.

Lo verdaderamente decisivo es por tanto lo moral, no tanto lo material. No es tanto “ver muertos”, sino qué sentido tienen esas muertes. Se tratará de dilucidar primariamente si lo que se ofrece es una épica con buen fin y buenos personajes que tienen que acabar con el mal para conseguir un noble propósito, o si son el reflejo de un desprecio por el ser humano. Las mismas escenas muestran si el producto ofrecido es la aventura o el morbo que se estimula al recrearse en lo desagradable y lo violento. Si se trata de lo primero, la incidencia en la posible violencia de la vida real es verdaderamente escasa; si es lo segundo, la cosa empieza a ser más preocupante, pues sí produce efectos negativos; al menos, de una imaginación malsana, y en algunos casos de comportamientos antisociales y violentos. De ahí que en estas distinciones deben buscar los padres y educadores el criterio a la hora de elegir lo que los hijos puedan ver sin que sea contraproducente para ellos.

Lo mismo vale para los videojuegos. Es evidente que hay una gran diferencia entre un juego consistente en conquistar un espacio eliminando a todos los monstruos galácticos que salen al paso con actitud muy poco amistosa; y otro en el que el jugador se convierte en un conductor que se dedica a atropellar a todo el que puede, obteniendo desde un punto por anciana arrollada -la presa más fácil- hasta cien por un motorista de la policía, todo ello en medio de un baño de sangre (los ejemplos son reales). El primero puede ser una soberana pérdida de tiempo, y conllevar el peligro generalizado de los videojuegos que es la adicción a los mismos, pero en cuanto a generar conductas violentas resulta bastante intrascendente. El segundo, en cambio, no lo es. En cualquier caso, si no llega a producir una agresividad física, por lo menos invita a adoptar una actitud despectiva hacia el prójimo y potencia uno de los más bajos instintos del ser humano: la crueldad hacia el débil.

¿Cuál es por tanto la actitud correcta ante todo este mundo virtual violento? En primer lugar, hay que intentar suprimir lo inmoral: protagonistas sádicos, crueldad gratuita, cinismo violento, complacencia en el sufrimiento, modelos de conducta que hacen el mal. Y en segundo lugar, se trata de poner los medios para evitar lo que le sucedió al Quijote: dejarse absorber por un mundo fantástico de acción -en su caso, movido por las llamadas “libros de caballería”-, que desvincule al joven del mundo real, para lo cual hay que medir cuidadosamente lo que dedica a actividades que puedan desembocar en esa situación.

Ahora bien, al mismo tiempo hay que poner cada cosa en su sitio. Una cosa es evitar lo que pueda resultar perjudicial, y otra muy distinta es echarle la culpa a todo ese mundo virtual o fantástico de lo que sucede en el mundo real. Incidir en ello como factor primordial de la violencia juvenil es una ingenuidad, o un bote de humo que lanzan quienes no quieren enfrentarse a las causas reales de ese mal. ¿Cuáles son? Señalamos a continuación unas cuantas, al lado de las cuales los videojuegos o películas no pasan de ser un factor muy secundario (se debe tener en cuenta que suelen ser factores ambivalentes: en unos casos disparan la agresividad, en otros la anulan casi por completo, lo cual también es un daño a la personalidad): Sufrir la violencia. No hace falta vivir en un país en guerra: basta con un padre desquiciado o un colegio sin disciplina.

La droga. Es más que evidente que allí donde entra la droga se dispara la violencia.

La proliferación del alcohol y el mercado del sexo. Cuando se vive dejándose arrastrar por lo que apasiona o apetece, la voluntad se debilita y no sujeta a las pasiones. Una de éstas es la ira. Además, en particular, el sexo convertido en mercancía hace ver al prójimo sólo como objeto y dispara el afán de dominarlo, con lo que están servidas unas condiciones para que se prodiguen comportamientos violentos, que pueden llegar a lo patológico.

Las rupturas familiares. Ya de por sí generan con frecuencia actitudes violentas como reacción a la desprotección que suponen para los hijos. A lo que hay que añadir que, a falta de un ambiente acogedor en casa, el chico puede buscar refugio en pandillas callejeras donde imperan comportamientos violentos.

La construcción de la sociedad sobre la competitividad sin el contrapeso de la solidaridad. La competitividad es necesaria, porque estimula. Pero tan necesaria como ella es la integración que proporciona aceptación, confianza y seguridad. Si ésta falla, por una parte la agresividad se convierte en norma para salir adelante. Por otra parte, ese género de vida provoca no pocos resentimientos, cuya válvula de escape suele encontrarse en la violencia.