Alfonso Aguiló, “Educar en la fe”, Revista Palabra, nº 468, IV.2003

Un testimonio de vida

La educación de la fe no es mera enseñanza, sino transmisión de un mensaje de vida. En todas las familias cristianas se sabe, por experiencia, qué buenos resultados da la coherencia de una iniciación a la fe en el calor del hogar. El niño aprende así a colocar a Dios entre sus primeros y más fundamentales afectos. Aprende a rezar, siguiendo el ejemplo de sus padres, que logran así transmitir a su hijo una fe profunda, que prende con facilidad en él cuando la contempla hecha vida sincera en sus padres.

Los niños tienen necesidad de aprender y de ver que sus padres se aman, que respetan a Dios, que saben explicar las primeras verdades de la fe, que saben exponer el contenido de la fe cristiana en la perseverancia de una vida de todos los días construida según el Evangelio. Ese testimonio es fundamental. La palabra de Dios es eficaz en sí misma, pero adquiere una fuerza mucho mayor cuando se encarna en la persona que la anuncia, y eso vale de manera particular para los niños, que apenas distinguen entre la verdad anunciada y la vida de quien la anuncia. Como ha escrito Juan Pablo II, “para el niño apenas hay distinción entre la madre que reza y la oración; más aún, la oración tiene valor especial porque reza la madre”.

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Juan Manuel de Prada, “Un hombre que sufre”, ABC, 30.III.2003

Nadie se hubiera atrevido a augurarlo hace casi veinticinco años, cuando el polaco Karol Wojtyla inauguraba su papado; hoy ya podemos afirmar sin temor a incurrir en la hipérbole que su estatura sobrepuja a la de cualquiera de sus contemporáneos.

Wojtyla entendió desde un principio que el mejor emblema de Jesucristo no es aquél que lo representa en la cúspide del poder y de la gloria, sino ese otro que lo muestra doliente y abrumado bajo el peso de la cruz.

Un cuarto de siglo atrás, Juan Pablo II era un hombre de complexión robusta, bendecido por la naturaleza; hoy, después de casi cien viajes pastorales que lo han empujado a los finisterres del atlas, después de que el plomo mordiese su carne, después de haber entregado su vigor en mil tareas apostólicas, se ha convertido en un anciano decrépito que apenas se tiene en pie.

Pero en su estampa de árbol herido, en su figura desvencijada y heroica de viejo que prefiere el polvo del camino a la molicie de su palacio vaticano, se sigue encarnando una epopeya demasiado incómoda para quienes niegan la existencia de un misterio que enaltece el barro del que estamos hechos.

Veinticinco años después de su elección, Juan Pablo II sigue entregado a una misión que ni siquiera concluirá el día que entregue su hálito. Porque su recuerdo, y la reverberación que su espíritu dejará en el aire, nos seguirán dictando la verdad escueta de la religión que predicó. Y es que Dios quizá sea ubicuo, como nos enseñaron en el catecismo; pero su más noble aposento es el rostro de un hombre que sufre.

Alfonso Aguiló, “Cuestión de hábitos”, Hacer Familia nº 109, 1.III.2003

Cuenta José Antonio Marina la historia de una chica que necesitaba hacer ejercicio y se propuso correr un rato un par de días a la semana. No le gustaba competir con otros, así que empezó a correr sola. Un día, un entrenador que ella conocía le dijo: “Deberías correr maratón”. Ella creyó que se trataba de una broma. Además, siempre había pensado que el maratón era extenuante y aburrido. Pero aquel hombre insistió hasta convencerla, y le hizo un plan de entrenamiento con unos objetivos precisos y bien calculados, que exigían un esfuerzo cada vez un poco mayor, pero siempre accesibles.

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Alfonso Aguiló, “La fuerza de la educación”, Hacer Familia nº 108, 1.II.2003

“El señor de las moscas” es una magnífica novela de William Golding. Cuenta la historia de una treintena de chicos ingleses que son los únicos supervivientes de un accidente aéreo. Deben organizar su vida ellos solos en una pequeña isla desierta, sin ayuda de ningún adulto. Agrupados en torno a dos jefes, Ralph y Jack, pronto comprueban que convivir no es tarea sencilla. Aparecen los primeros conflictos, difíciles de resolver en aquella situación, y finalmente estalla la violencia, que desemboca en una guerra abierta entre ellos, con trágicas consecuencias.

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Juan Manuel de Prada, “Cultura religiosa”, ABC, 15.II.2003

Quizá no exista espectáculo más deprimente y perturbador que la contemplación de esas expediciones de adolescentes que, capitaneadas por su profesor, visitan de vez en cuando nuestras pinacotecas. Mientras el profesor les explica no sé qué erudiciones pictóricas, los chavales se aproximan a los cuadros, para leer el rótulo donde se especifica la escena bíblica que representan. Con consternación, con desaliento, con resignada lástima, compruebo que esos muchachos no saben interpretar los motivos de la iconografía religiosa: Eva sucumbiendo a la tentación ofidia, el clamor de la sangre derramada por Caín, las faunas enciclopédicas recolectadas por Noé, el sacrificio fallido de Isaac, las lentejas de Esaú, los sueños del faraón interpretados por José, las siete plagas de Egipto, el maná que desciende como una nieve sutilísima, las tablas de piedra donde se esculpe la voz de Dios, las trompetas que debelaron los muros de Jericó, las asechanzas de Dalila, las decapitaciones de Goliath y Holofernes, los juicios prudentes de Salomón, las calamidades que afligieron a Job y hasta los episodios más divulgados de la vida de Jesús les resultan ininteligibles, porque nadie se ha preocupado de incorporarlos a su bagaje cultural.

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Alfonso Aguiló, “La espiral del rencor”, Hacer Familia nº 107, 1.I.2003

Stefan Zweig cuenta en su biografía la triste y fugaz historia de Ernst Lissauer, un escritor alemán de los tiempos de la Primera Guerra Mundial.

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Juan Manuel de Prada, “Felicitaciones de Navidad laicas”, ABC, 21.XII.2002

Recordarán las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan que, hace relativamente poco, se llegó a considerar la celebración de «bautismos civiles» en los Ayuntamientos. La suplantación del sacramento religioso por la bufonada municipal ya cuenta, sin embargo, con algunos precedentes: según me asegura un alguacil amigo, cada vez son más las parejas contrayentes por el rito civil que, nostálgicas o envidiosas del empaque y el ringorrango de las celebraciones religiosas, solicitan al alcalde o concejal que oficia el casamiento que no se limite a leer los artículos preceptivos del Código Civil, sino que los aderece de juramentos plagiados de la liturgia católica y fragmentos del Cantar de los Cantares, y hasta que improvise una suerte de homilía laica y alquile un organista, para que la ceremonia no quede desangelada y pobretona. Diríase que la religión, al perder ascendiente sobre el hombre, hubiese dejado desguarnecidos territorios que necesitan amueblarse con burdos sucedáneos. Diríase también que, entre algunos negadores epilépticos de la religión, existiese un fondo de nostalgia u orfandad que los impulsa a imitar grotescamente aquello que aborrecen.

Pero allá cada cual con sus complejitos. Más exasperante se me antoja esa moda que se ha instaurado de felicitar la Navidad con tarjetas postales que rehuyen el motivo iconográfico religioso y lo sustituyen por garabatos de índole más o menos laica. Yo comprendo que haya gente que reniegue de la esencia religiosa de la Navidad; incluso puedo llegar a admitir que existan por ahí pobres diablos que, para no herir susceptibilidades, se abstengan de repartir entre sus amistades tarjetas que incorporen la Adoración de los Magos o la Huida a Egipto. Lo natural sería que estos negadores de la esencia religiosa de la Navidad se abstuviesen de enviar felicitaciones en estas fechas que muchos vinculamos a los misterios de una fe que nos sustenta. Pero no, señor. Los tíos necesitan meter el cazo en plato ajeno y bombardearnos con felicitaciones horterísimas que eluden el asunto religioso o lo falsifican. Este año he recibido, entre otros mamarrachos ínfimos, una felicitación que ostenta en su carátula la consabida palomita picassiana; a mí las palomitas picassianas (que son al arte lo que la fabricación de churros a la alta repostería) me la refanfinflan muchísimo, casi tanto como las latas Campbells que perpetraba el pintamonas de Warhol. De inmediato, he devuelto al memo que me la envió su palomita picassiana, con la siguiente inscripción: «Cómetela en pepitoria, y ojalá revientes».

Esta moda de las felicitaciones navideñas laicas se ha extendido como una gangrena, incluso entre instituciones de inspiración cristiana, que se avergüenzan de la iconografía que nutrió su formación. De una de ellas me han remitido una birria aderezada de garabatos, en cuyo interior figura una cita bastante mostrenca de Arthur Miller; yo no es que tenga nada contra este conspicuo señor, pero, en fin, el evangelista Lucas me sigue pareciendo un escritor mucho más vigente y universal. A las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan les ruego encarecidamente que no me apedreen con estos bodrios de felicitaciones laicas; si de verdad desean alegrarme la Navidad, abríguenme espiritualmente con tarjetones que reproduzcan cuadros de Van Eyck o Tintoretto, Murillo o El Greco, donde figuren nítidamente la Virgen y San José, los Magos de Oriente, el Niño Dios y los pastores que lo adoran, y dejen esa morralla de pintarrajos para los acomplejados y los necios, los esnobs y los cagones.

Mi hija Jimena -nueve mesecitos clarividentes- arranca a llorar como una descosida cada vez que le muestro una paloma picassiana.

Alfonso Aguiló, “El hombre que plantaba árboles”, Hacer Familia nº 106, 1.XII.2002

Jean Giono escribió hace tiempo un magnífico relato sobre un curioso personaje que conoció en 1913 en un abandonado y desértico rincón de la Provenza. Se trataba de un pastor de 55 años llamado Elzéard Bouffier. Vivía en un lugar donde toda la tierra aparecía estéril y reseca. A su alrededor se extendía un paraje desolado donde vivían algunas familias bajo un riguroso clima, en medio de la pobreza y de los conflictos provocados por el continuo deseo de escapar de allí.

Aquel hombre se había propuesto regenerar aquella tierra yerma. Y quería hacerlo por un sistema sencillo y a la vez sorprendente: plantar árboles, todos los que pudiera. Había sembrado ya 100.000, de los que habían germinado unos 20.000. De esos, esperaba perder la mitad a causa de los roedores y el mal clima, pero aún así quedarían 10.000 robles donde antes no había nada.

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Alfonso Aguiló, “La falsa compasión”, Hacer Familia nº 105, 1.XI.2002

“La piedad peligrosa” es una interesante novela de Stefan Zweig. Un joven teniente austríaco es invitado a una fiesta. Durante la celebración invita a bailar a la hija del dueño de la mansión, sin saber que la joven está impedida. Al día siguiente le envía unas flores para pedir disculpas por el incidente y, a raíz de ese detalle, la chica piensa que el teniente se ha enamorado de ella.

El protagonista parte de una noble y buena sensibilidad ante el dolor ajeno. Es un hombre que se propone ayudar hasta donde puede a todos. Cualquier indefensión reclama su interés. Sin embargo, esa buena disposición se encuentra de pronto con un difícil escollo. Su deseo de no hacer sufrir, de no incomodar, de evitar el dolor ajeno, le lleva a un prolongar el pequeño malentendido que se ha producido en la fiesta. Por no entristecer a aquella ilusionada y caprichosa chica inválida, retrasa una y otra vez la necesaria aclaración sobre su supuesto amor por ella, y se ve envuelto poco a poco en un inmenso absurdo que tiene consecuencias cada vez más trágicas para él y para aquellos a quienes quería evitar cualquier daño.

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Alfonso Aguiló, “¿Y a mí qué?”, Hacer Familia nº 104, 1.X.2002

Hace un tiempo leí que la decisión más importante en la vida de una persona, la que más condiciona el resultado global de su existencia, es una decisión que todos acabamos tomando, muchas veces sin darnos demasiada cuenta, y es esta: si centramos nuestra vida en nosotros mismos o en los demás.

Todo nuestro entorno lanza llamadas continuas a despertar nuestra sensibilidad hacia las necesidades de los demás. Hay personas que se acostumbran a hacer oídos sordos a esas llamadas. Otros, en cambio, saben captarlas y reflexionar sobre ellas, y son personas que tienen ojos para descubrir los sufrimientos y las necesidades de los demás. Piensan poco en su propia satisfacción y, curiosamente, son los que luego alcanzan mayores cotas de satisfacción y de felicidad. Saben estar atentos y procuran colmar con la riqueza de su corazón las carencias de quienes les rodean. Y quizá parece que en ellos esa actitud es innata, pero la realidad es que se debe más bien a la educación recibida, y sobre todo al esfuerzo y la entrega personal a lo largo de su vida.

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