Alfonso Aguiló, “Arranques llenos de suficiencia”, Hacer Familia nº 284, 1.X.2017

Desde 1618, Suecia se encontraba en guerra con Polonia dentro del creciente conflicto de la Guerra de los Treinta Años. El rey Gustavo II Adolfo deseaba mejorar la flota real sueca para lograr un mejor control sobre el mar Báltico. Había hecho una gran apuesta por el poderío naval, que ya le había permitido grandes victorias, como la conquista de Riga y Livonia en 1621.

En 1625 mandó construir cuatro grandes naves. Quería que fueran las más poderosas y mejor armadas que existieran. Una de ellas, el “Vasa” sería el símbolo del poderío naval del Imperio sueco. Una vez iniciada la construcción del buque, el rey quiso que se añadiera un nuevo puente de cañones, para que fuese una aún más temible máquina de guerra.

Ese añadido hizo que la nave fuera más alta de lo inicialmente previsto y que el centro de gravedad quedara más elevado de lo habitual. Poco antes de su botadura se hizo una prueba de estabilidad, que no fue muy satisfactoria, pero el monarca se impacientó con los retrasos, y nadie se atrevió a llevarle la contraria. Al observar que las ventanas de la fila inferior de cañones quedaban demasiado cerca del nivel del agua, el almirante Fleming decidió que solo se cargara la mitad del lastre previsto, con lo cual, quizá sin darse demasiada cuenta, hizo que el centro de gravedad quedara aún más elevado.

El buque desplazaba más de 1200 toneladas. Tenía un aspecto imponente, con su dotación de 64 cañones, 130 marineros y 300 soldados. Aunque no era el buque más grande de su época, era sin duda el más poderoso, y de hecho hasta casi dos siglos después no se construyó ninguno con semejante potencia de fuego.​ La decoración exterior era impresionante, con más de 700 esculturas de colores llamativos. La alta elevación de su popa permitía que los soldados pudieran disparar hacia abajo al efectuar abordajes de otros barcos, con una clara superioridad. El precio del navío superaba al 5% del producto nacional bruto del país.

El 10 de agosto de 1628 amaneció un hermoso domingo veraniego en Estocolmo. Toda la ciudad quería ver al grandioso buque iniciar su viaje para unirse a la armada real. Se desplegaron las velas y se efectuó la botadura. Cuando había recorrido menos de una milla, al pasar frente a la isla de Södermalm, se levantó una suave brisa. El navío se escoró un poco y el agua empezó a entrar por las ventanas de la línea inferior de cañones. La inundación de las bodegas produjo un hundimiento rapidísimo.

El viaje inaugural del gran buque que debía ser el orgullo naval sueco duró escasamente 13 minutos y dejó unos 50 muertos. Se hundió sin combate ni tempestades, por una simple ráfaga de viento en su propia bahía. De orgullo nacional, el Vasa pasó a ser sinónimo de decepción y de deshonra.

En 1961, después de pasar 333 años en el fondo de la bahía, el Vasa fue rescatado en un excelente estado de conservación y hoy puede contemplarse en el Vasamuseet, el museo más visitado de Escandinavia. Todo un ejemplo de cómo se puede hacer algo muy interesante a partir de lo que ha sido un vergonzoso fracaso, y una muestra también de cómo abordar con inteligencia las páginas más decepcionantes de la propia historia.

Muchos ven aquel museo como un recordatorio de la necedad de quienes, por soberbia y negligencia, atropellaron las buenas técnicas de construcción naval de la época. Algunos lo han llamado “el Titanic del siglo XVII”, un proyecto visionario del buque de guerra más poderoso del mundo, que quería provocar terror por su gran altura, por su puente extra de cañones nunca visto hasta la fecha, y por su fastuosa decoración exterior, pero cuya vida se redujo a unos pocos minutos y se hundió en la misma bahía donde fue botado.

La historia nos muestra que casi siempre acaban así los arranques llenos de suficiencia. La arrogancia, el engreimiento, los aires de grandeza, aunque estén fundamentados sobre cualidades y logros objetivos, con facilidad malogran el esfuerzo y las buenas dotes naturales. Hay muchas personas inteligentes que son víctimas de esa obcecación que les lleva a desoír los consejos, a actuar de modo autoritario, o a cegarse en su ridículo egocentrismo. A su alrededor suele haber demasiada adulación, demasiado servilismo, un ambiente en el que nadie les quiere contradecir: por miedo, o porque ya saben que no sirve para nada, o porque siempre hay otros culpables a mano.

Alfonso Aguiló, “¿Un entorno fácil?”, Hacer Familia nº 283, 1.IX.2017

En julio de 1599, el almirante Jacob Van Neck vuelve al puerto de Amsterdam después de la segunda gran expedición holandesa por el Océano Indico. Se encuentra con un gran recibimiento. La tripulación desfila por las calles precedida por trompeteros y suenan todas las campanas de la ciudad. Van Neck trae consigo toda una serie de especias muy apreciadas, entre ellas casi un millón de libras de pimienta y clavo, así como nuez moscada, maza y canela.

Y trae también algo que despierta un notable interés. Un ejemplar único de un ave de gran tamaño, que vive pacíficamente en grandes bandadas en la Isla Mauricio, a 900 kilómetros de Madagascar. Aquel enorme pájaro tiene un pico ganchudo y patas muy cortas, una especie de capucha en la cabeza y una cola con plumas blancas. Es tan pesado que no puede volar, y cuando corre es tan torpe que parece barrer el suelo con su enorme panza.

Era el primer “dodo” conocido en Occidente, hasta que seis años después traen otro para la colección de animales del emperador Rodolfo II de Habsburgo. Los dos ejemplares viven perfectamente en cautividad y pronto se transforman en tema predilecto para los pintores alemanes y holandeses.

Pero aquel descubrimiento no resulta nada positivo para esa curiosa especie de ave no voladora de la Isla Mauricio. La necesidad de los navegantes de encontrar carne fresca para su sustento, así como el ansia de los coleccionistas de especies raras, suponen en poco tiempo una gran merma. Los perros y cerdos de los colonos se comen los huevos de dodo, y las ratas de los fondeaderos de los barcos matan a las crías. De modo que, cien años después de su descubrimiento, no queda en la Isla Mauricio ni un solo dodo. Y en esa misma época, por parecidos motivos, se extingue también en la vecina Isla de Reunión.

Cuando se sabe que la especie ha desaparecido por completo, los científicos se quedan horrorizados, pues aparte de algo más de un centenar de pinturas y algunos ejemplares disecados, no se conserva por entonces nada más. Si aquellos pintores alemanes y holandeses no se hubieran interesado por el dodo, hoy sería difícil saber qué aspecto tenía, pues de todos esos dodos disecados hoy solo se conserva una cabeza y una pata en el Museo de Oxford.

El dodo es un ave columbiforme que, como otras aves del Océano Indico, habían dejado de volar para volverse aves terrestres.​ Aquella isla fue durante miles de años un hábitat extremadamente favorable para ellas. Con el paso del tiempo, se fueron adaptando a ese entorno tan generoso y acogedor, donde tenían alimento abundante y no había depredadores a los que temer. Incubaban en el suelo, y tanto los huevos como las crías no corrían peligro. Al estar bien alimentadas y con poco movimiento, acabaron siendo aves de gran tamaño, de casi un metro de altura, con un peso entre diez y quince kilos. Las patas eran robustas, pero el peso era tan grande que acabaron por perder totalmente la capacidad de vuelo y con ello sufrieron también una fuerte regresión en su musculatura, además de una transformación en el plumaje, que se volvió filamentoso. La cola se acortó extraordinariamente y conservó solo unas pocas plumas arqueadas y fijadas débilmente. Cuando los descubridores los encontraron, se sorprendían por su torpeza y por la facilidad con que podían ser cazados, pues el dodo evolucionó sin ningún contacto con seres humanos, y no los veía como una amenaza.

Traigo a colación este ejemplo pensando en la educación. Está claro que para educar no hace falta salir en busca de peligros, pero parece claro también que cuando no hay peligro alguno, cuando todo el entorno es fácil y cómodo, entonces, paradójicamente, esa falta de peligros acaba siendo el peligro mayor, porque no se desarrollan capacidades ni resistencias, y eso hace crecer a las personas sin defensas, sin recursos, sin sabiduría.

No se trata de buscar peligros ni ocasiones de tropiezo, basta quizá con no sobreproteger, con no querer evitar a toda costa cualquier contrariedad o sufrimiento. Cuando se vive demasiado resguardado de cualquier dificultad, se pierden oportunidades de desarrollo que no es fácil alcanzar de otra manera. Afrontar dificultades o peligros supone siempre un riesgo, pero es necesario para alcanzar la autonomía a la que siempre debe conducir la educación. Toda persona se encontrará tarde o temprano con enemigos, con malos ejemplos, con solicitaciones engañosas. Tendrá que aprender a gestionar dilemas complejos. Tendrá que sobreponerse al acoso de entornos hostiles. Y la experiencia de la plácida vida del dodo, con abundante alimento y sin depredadores, y sobre todo la experiencia de su abrupto final, nos muestra que un día ese equilibrio se puede romper y hay que estar preparados.

Alfonso Aguiló, “Vivir con humor”, Hacer Familia nº 281-282, 1.VII.2017

Ha fallecido Carles Capdevila con 51 años, y recuerdo con agrado sus charlas, sobre todo cuando hablaba de su tema favorito, “vivir con humor”. No hablaba de estar de broma todo el día, porque ni es posible ni se trata de eso. Decía que tener humor significa tener unos valores y un sentido de la vida que te hacen tener una buena disposición, que te hacen ser positivo. Y si a esa actitud se añade de vez en cuando un poco de ironía y de ingenio, podemos encontrar un cierto retorno a nuestro alrededor, con esas complicidades y esas risas o sonrisas que siempre ayudan a superar los malos momentos. Y lo decía él, que llevaba tiempo luchando contra un cáncer que estaba arruinando su salud.

En tiempos difíciles (y todas las épocas han considerado difíciles sus propios tiempos), es la actitud lo que marca la diferencia. Y la actitud depende mucho de la psicología que cada uno se ha ido forjando, del balance que hacemos con nosotros mismos cuando nos pasamos cuentas de cada cosa que nos sucede. Todos tendemos a cargar o descargar la autoestima en función de lo que dicen o piensan quienes tenemos alrededor. Y si estamos rodeados de gente que tiende a hacer valoraciones negativas de las cosas, es fácil que nos contaminemos de sus ganas de quejarse de todo, de su afán por considerarse víctimas y de su triste afición a buscar siempre y a toda costa culpables que carguen con la responsabilidad de cada cosa que no les gusta (o sea, de casi todo).

Quizá lo más importante, lo más decisivo, lo más transformador, es todo eso que nos decimos a nosotros mismos ante cada cosa que nos sucede. No se trata de decirnos constantemente cosas bonitas para halagarnos (aunque a veces no estaría de más), sino sobre todo salirnos un poco de esa moda cansina de la queja, procurar no pensar tanto en que los demás tienen más suerte, o que nosotros nunca recibimos lo que merecemos, o dejar de meternos en la cama cargados de reproches contra todo el mundo.

Si procuramos pensar un poco mejor de los demás y de nosotros mismos, si trabajamos por tener una psicología limpia y clara, si cada día sumamos a nuestra memoria balances positivos, algunos aprendizajes nuevos y enriquecedores, de ese modo iremos amueblando nuestra memoria con buenos recuerdos, sabremos ir hilando un relato real sobre la parte positiva de lo que nos pasó ayer, y así nos sentiremos con fuerza para vivir hoy con mejor actitud y más ganas.

Lo mismo puede decirse de los recuerdos de más atrás. No soy de los que dicen o consideran que todo tiempo pasado fue mejor, pero tampoco peor. Cada tiempo tiene su encanto, su atractivo, su nostalgia, sus aciertos y sus errores. Y hay muchas formas de valorar nuestras vivencias y nuestro pasado. Algunos quizá rumian tanto sus antiguos malos momentos que consiguen que esas impresiones ensucien toda su memoria.

Tengo para mí que cada uno se construye bastante a sí mismo al destilar sus propios recuerdos. Si centras tu atención y te fijas sobre todo en lo negativo, y piensas casi siempre en lo negativo, y hablas casi siempre de lo negativo, y quizá incluso lo exageras un poco, para dejar claro no se sabe qué, y estás casi siempre trayendo a tu memoria esos malos recuerdos… es probable que al final toda tu memoria y toda tu psicología sean negativas. Y en esa patológica búsqueda de culpables, ¿quién crees que es el culpable último de que te sientas así? Quizá esa actitud, que lleva años devorándote y tienes que vencer. ¿Cómo? Aprendiendo a ser positivos, a ser agradecidos, a ver con mejores ojos las situaciones y las personas, también las que peor consideramos. No es fácil, es verdad. Pero cambia por completo la perspectiva de una vida.

Alfonso Aguiló, “¿Una sociedad adolescente?”, Hacer Familia nº 280, 1.VI.2017

En la novela de Philip Roth, “La mancha humana”, la vida del decano Coleman Silk se viene abajo tras preguntar un día por dos estudiantes que han faltado a todas sus clases, “¿Conoce alguien a estos alumnos? ¿Tienen existencia real o se han desvanecido como humo negro?”, pregunta en el aula. Desgraciadamente para Coleman, uno de los aludidos resulta ser afroamericano y, cuando llega a sus oídos la pregunta, la interpreta como un ataque racista. Aunque no había ánimo ofensivo en las palabras de Silk, pues jamás había visto al estudiante, el profesor es acusado de racista, cesado como decano y despedido. En poco tiempo se encuentra rechazado por la comunidad universitaria y rehuido por sus amigos y conocidos.

Aunque se trata solo de una novela, su figura refleja el drama de no pocos profesores norteamericanos que han sido censurados o expulsados de la universidad porque sus palabras no se ajustaron en algún momento a lo políticamente correcto y molestaron a un alumnado cada vez más sobreprotegido e infantilizado.

No hace mucho, Judith Shulevitz contaba que unos estudiantes de la Universidad de Brown organizaron un debate abierto sobre el acoso sexual. Inmediatamente, algunos alumnos protestaron ante la dirección diciendo que la universidad debía ser un “espacio seguro” donde nada hiciera revivir los traumas de las víctimas. Las autoridades académicas pusieron a disposición de los asistentes una sala contigua donde cualquiera podía acudir para recuperarse de algún punto de vista turbador, y, si se sentía con fuerzas, regresar al debate. La estancia estaba equipada con cuadernos para colorear, juegos, cojines, chuches, música y vídeos relajantes, además de personal cualificado para atención psicológica, y pasaron por ella dos docenas de personas.

En otra ocasión, un profesor del Columbia College recomendó la visita a una interesante exposición de arte samurai japonés. Inmediatamente, uno de sus estudiantes protestó porque aquello podía herir la sensibilidad de los alumnos chinos. La invasión de China por el ejército imperial japonés había finalizado setenta años atrás. Siguiendo su lógica, el arte alemán ofendería en Francia, o el francés en España por la invasión napoleónica, o el español en Flandes.

Obviamente, las palabras son importantes, y no está bien herir la sensibilidad de nadie. Pero parece que la corrección política se extiende rápidamente por el mundo desarrollado y quizá ese fenómeno nos advierte de una cierta infantilización de la sociedad occidental. Tanto que llevó a Richard Dawkins, profesor la Universidad de Cardiff, a advertir un día a sus estudiantes, con cierta indignación: “La universidad no puede ser un ‘espacio seguro’ para todo. El que lo busque, que se vaya a casa, abrace a su osito de peluche y se ponga el chupete hasta que se encuentre listo para volver. Los estudiantes que se ofenden por escuchar opiniones contrarias a las suyas, quizá no estén preparados para venir a la universidad”.

La maduración personal cuenta con descubrir que el mundo no es siempre bueno ni perfecto, en advertir que el mal existe, en aceptar y encajar ideas que se oponen a las nuestras y aprender a rebatirlas sin indignarse más de la cuenta.

Hacer que los estudiantes se sientan cómodos y seguros es un deseo loable, pero quizá algunos lo exageran y están sacrificando en ese empeño la credibilidad y el rigor del discurso intelectual, impidiendo que las personas maduren. Y en algunos casos parece que se llega a un régimen autoritario que dictamina con rotundidad lo que es políticamente correcto y lo que no (casi siempre a favor del ‘establishment’ y de los grupos de presión mejor organizados).

Da la impresión de que todo esto se extiende como una mancha de aceite, prohibiendo palabras, ideas o actuaciones, estableciendo una siniestra policía del pensamiento. Aparece a veces como una nueva forma de censura, cada vez más parecida a otras más antiguas y que parecían hace tiempo superadas, y que, ante la dificultad de abordar los problemas, o ante la fatiga que implica el empeño por transformar el mundo, optan por una cruzada ideológica o lingüística de la que, me parece, nuestra sociedad empieza a estar ya un poco cansada.

Alfonso Aguiló, “La presión del grupo y el deseo de ser aceptado”, Hacer Familia nº 279, 1.V.2017

Jill es la primera novela del escritor británico, escrita entre 1943 y 1944, cuando tenía solo veintiún años y era un inadaptado estudiante de St John’s College, en Oxford. Tiempo después, en 1946, consiguió que se publicara.

La novela es como un autorretrato de esos primeros tiempos que el autor pasó como estudiante de literatura inglesa durante los años de la Segunda Guerra Mundial. El protagonista se llama John Kemp y es un joven provinciano de familia obrera, que llega a la universidad más prestigiosa de Inglaterra y le toca compartir habitación con Christopher Warner, un londinense adinerado y aficionado al alcohol. John es la figura típica del chico inteligente, responsable y aplicado, cuyo talento le ha permitido recibir una beca sin la cual jamás hubiera soñado con estudiar en Oxford, pero al llegar allí se siente atraído por la vida imprudente y disipada de su compañero, hasta el punto de que enseguida se deja seducir por los vicios de su amigo y los asume él mismo con toda su pasión.

John ha llegado a Oxford en tren, en un vagón de tercera, desde su casa en Huddlesford, en Lancashire. Tiene dieciocho años y el privilegio de ser el primero de su familia que tiene esa oportunidad. Siente el nerviosismo y la ansiedad de ser joven e inexperto. No sabe cómo hacer frente a los asuntos más triviales y se siente amenazado por toda una serie de complejos que de pronto surgen con una fuerza que le sorprenden. Tiene hambre, y lleva en su cartera unos bocadillos preparados por su madre, pero le da vergüenza comer delante de desconocidos y se esconde a hacerlo en los servicios del vagón, a solas, hasta que alguien llama a la puerta, se pone nervioso y decide tirarlos por la ventanilla. Cuando regresa al compartimento sus compañeros de viaje están comiendo… y acaban compartiendo con él su comida.

John quiere, por encima de todo, formar parte de su grupo de compañeros, y la inseguridad su vida social se vuelve cada vez más agobiante. Hace favores y recibe a cambio ingratitud. Sus colegas le ven tímido e irresoluto, y se aprovechan de su actitud complaciente y casi servil, al tiempo que le desplazan intencionadamente.

La novela describe desde muchos ángulos los sentimientos de unos y de otros. Comienza con la aparente seguridad de John, con sus hábitos metódicos, que se vienen abajo en cuanto aparecen sus primeros complejos. Lo que en realidad le perjudica, más que su procedencia humilde en comparación con sus colegas de internado, es su ciego rechazo a aceptarlo. De ahí viene el autoanálisis permanente, la conciencia de su propia torpeza y la obsesión por ser aceptado en un grupo de personas tan diferentes a él.

John era un alumno aplicado y sin conflictos que en poco tiempo se ve consumido por un torbellino de preocupaciones y ansiedades. El poder que ante él irradia el grupo que forman sus amigos, así como el ansia por alternar con ellos, acentúa su debilidad, sus inseguridades, la constante lucha que sostiene consigo mismo, su progresiva decadencia.

Todos necesitamos una cierta independencia del entorno para desarrollar la propia identidad, para tener perspectiva, para poder evolucionar y adaptarnos a las nuevas circunstancias, o para transformarlas si es preciso. El ansia por ser aceptado puede llegar a desestabilizarnos. Por eso, reflexionar sobre los sentimientos de pertenencia es sumamente interesante. Todos los necesitamos, pero manteniendo un posicionamiento individual de la propia identidad. De la observación del entorno surge la reflexión sobre la necesaria renovación de la propia identidad, que siempre tiene algo de esencial y algo de cambiante. El cambio es necesario, pero hemos de ser protagonistas reflexivos de él, porque la renovación no es una simple producción de novedad, ni un mimetismo con el entorno, ni un reflejo de los intereses de cada momento.

Alfonso Aguiló, “El triunfo y el fracaso, esos dos impostores”, Hacer Familia nº 278, 1.IV.2017

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Del escritor Rudyard Kipling (Premio Nobel de Literatura en 1907) se decía que, después de Shakespeare, era el único británico que escribía con todo el diccionario. Sabía administrar una inmensa profusión léxica sin caer en la pedantería. Cada línea y cada palabra suya habían sido sopesadas con todo cuidado.

Fue autor de poemas, relatos y cuentos. Quizá su obra más conocida fue “El libro de la selva”. Sus relatos han inspirado y siguen inspirando muchas películas de éxito. De la misma manera, casi todos sus escritos han sido objeto recurrente de citas y frases lapidarias. Sin buscarlo, ha inspirado multitud de recomendaciones que hoy encontramos en los libros de autoayuda.

Uno de sus éxitos más relevantes fue el poema titulado “If”, que apareció por vez primera en el «Brother Square Toes» en 1910. Está escrito en un tono paternal, como una serie de consejos para su hijo John. Es un ejemplo del estilo de la época victoriana, pero su reconocimiento ha sido enorme y duradero, hasta el punto de que numerosas encuestas lo han señalado durante décadas como el poema favorito de los británicos. Entresacamos algunos de sus versos:

Si puedes mantener la cabeza en su sitio cuando a tu alrededor todos la han perdido y te cubren de reproches.
Si puedes seguir creyendo en ti mismo cuando todos dudan de ti, pero también aceptas que tengan dudas.
Si puedes esperar y no cansarte de la espera. Si siendo engañado no respondes con engaños. Si siendo odiado no incurres en el odio. Y aun así, no te las das de bueno ni de sabio.
Si puedes soñar sin que los sueños te dominen. Si puedes pensar y no dejas que tus pensamientos sean tu único horizonte.
Si puedes hablar con éxito a las masas y conservar tu virtud. O caminar junto a los poderosos sin menospreciar por ello a la gente común.
Si puedes encararte con el triunfo y el desastre, y a esos dos impostores los tratas de la misma manera.

Este último verso está escrito en la pared de la entrada de jugadores de la pista central de Wimbledon, y es quizá el más conocido.

Los logros y derrotas se repiten de modo continuo en la vida de todos. Convivimos a diario con esos dos impostores, que aparecen y desaparecen de nuestras vidas cada vez que acometemos cualquier tarea, y con frecuencia nos confunden y nos ofuscan. Si los vemos con un poco de perspectiva, aceptaremos las victorias con humildad y las derrotas con ánimo y fortaleza, sin ver como permanentes ni a la una ni a la otra.

El éxito no es la medida ni el valor de lo realizado. Necesitamos tolerancia a la frustración, porque siempre habrá muchos fracasos. El dinero, el poder, la victoria, la popularidad, o todas las posibilidades de reconocimiento que presenta la vida, no son la mejor medida de las cosas, porque sabemos que muchas veces aparecen como un impostor bajo la máscara de logros efímeros y pasajeros.

En los años que nos queden de vida pasarán por nuestro lado una enormidad de éxitos y fracasos, de reconocimientos más o menos merecidos, de adulaciones de oportunistas, de fracasos en los que quizá pocos permanecerán a nuestro lado. Triunfo y derrota pueden ser efectivamente unos grandes impostores. Es fácil estar comprometido con una causa cuando las cosas van bien, cuando el viento sopla a favor, pero no es lo mismo cuando se complican las cosas, y es entonces cuando se muestra la calidad de las personas y su compromiso con los valores que las inspiran. Por eso Kipling recomienda la misma templanza ante los fracasos o ante los triunfos, pues ambos tienen una gran capacidad de deslumbrarnos o seducirnos.

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Alfonso Aguiló, “Educar en humildad”, Hacer Familia nº 277, 1.III.2017

No hace mucho podía leerse en la prensa una curiosa noticia: “Pagar 30.000 libras para que enseñen humildad a tu hijo: Avenues llega a Londres”. Hubo un tiempo en que los colegios más exclusivos ofrecían ese valor añadido a través de sus instalaciones deportivas, idiomas o cursos de intercambio. Sin embargo, lo que ahora parece que muchos buscan en las escuelas de élite es que enseñen humildad. Y las familias más pudientes hacen cola para poder pagar esas cantidades en Avenues, The World School.

El primer campus fue inaugurado en septiembre de 2012 en Nueva York, en el selecto barrio de Chelsea, con una inversión de 60 millones de dólares. Hay muchos otros colegios prestigiosos, como Eton donde la matricula ronda los 37.000 libras anuales, pero esto de la humildad aparece ahora como algo novedoso. La pregunta es: ¿es fácil enseñar humildad a unos alumnos cuyos padres pagan esas cuotas? Los fundadores de Avenue no lo explican con mucha claridad, pero cada año hay lista de espera para poder acceder al centro.

Según ‘The New York Times’, Manhattan se ha transformado en un mercado para la creación de futuros líderes globales. Los jóvenes son emocionalmente inteligentes, pero poco humildes. Cuando se solicitó un informe para estudiar la creación de nuevas escuelas, preguntaron a las universidades más reputadas cuál era la carencia que encontraban entre los solicitantes de la Gran Manzana. Casi todas las respuestas giraron en torno a la idea de los valores, el compromiso cívico, la inclusión y la diversidad. En una palabra, la humildad. Y fue entonces cuando los fundadores de Avenues vieron la oportunidad de negocio.

No deja de ser extraño hacer negocio en torno a la humildad, pero parece que se trata de una virtud que todos apreciamos bastante. A nadie nos gusta trabajar o convivir con personas arrogantes, vanidosas o engreídas. Cuando vemos a alguien que se considera superior, que está siempre presumiendo, que no deja pasar ocasión de intentar quedar por encima de los demás, de contarnos todo lo que ha hecho o sabe hacer, lo normal es que esa persona nos cause bastante mala impresión. Sin embargo, él o ella lo hacen pensando que con eso quedan muy bien. Y ahí está una de las primeras paradojas de la soberbia: ciega tanto a las personas que les hace mostrarse de modo contrario a lo que desean.

Pienso que no está de más enseñar a todos desde pequeños, en la escuela y en la familia, a ser menos orgullosos, menos altivos, menos engolados. Que nos ayuden a entender que ser jactancioso o fanfarrón es algo penoso y, además, claramente contraproducente. Todo esto puede ser un poco más difícil para quien procede de las capas más altas de la sociedad, pero lo cierto es que siempre es difícil para todos, porque ninguno escapamos de los engaños de la vanidad o la soberbia. Por eso es una suerte poder desarrollar la propia psicología en un entorno de sencillez, modestia y humildad. Porque solo cuando esas actitudes calan en nuestro interior se abre camino la verdadera lucidez de la mente. Cuando nos hacemos fuertes ante la adulación desarrollamos mejor nuestra propia identidad. Solo construimos de verdad nuestro carácter cuando resistimos ante la indignación que tantas veces nuestro ego se encarga de alimentar equivocadamente. Solo avanzamos en la buena dirección si sabemos contener ese excesivo afán de protagonismo, o esa tendencia a sentirnos agraviados por cualquier cosa, o ese sutil deseo de despertar envidias, o de quedar siempre por encima de los demás. Solo entonces nos hacemos fuertes frente a los celos, los resentimientos o la altanería.

Todo ello es compatible con un sano deseo de agradar a los demás, de ser valorado, de ser reconocido, de gozar de una buena imagen ante los demás. Son sentimientos sanos y legítimos, pero les sucede como a cualquier órgano de nuestro cuerpo, que pueden funcionar de forma sana pero también pueden arruinarse porque un tumor los haga desarrollarse desordenada y anormalmente.