Alfonso Aguiló, “Los malos tienen también su papel”, Hacer Familia nº 274, 1.XII.2016

Frodo y Sam lograron escapar de las cavernas de Ella-Laraña y llegaron a la caldera volcánica de Sammath Naur en el Orodruin (el Monte del Destino). Gollum los siguió durante todo este camino, esperando una oportunidad de tomarlos por sorpresa y robar el Anillo. Cuando Frodo y Sam casi llegaban a su destino, él los atacó, pero falló. Momentos más tarde, Frodo estaba parado en el borde de la grieta de la montaña y, en ese momento, casi con sorpresa para sí mismo, no se mostró dispuesto a destruir el Anillo, sino que lo reclamó como suyo y se lo puso en su dedo.

Entonces Gollum le atacó de nuevo. Ambos lucharon y finalmente Gollum le arrancó a Frodo el dedo de un mordisco. Para celebrar su logro, Gollum bailó al borde del abismo, levantando en alto su tan preciado tesoro. Fue entonces cuando dio un paso en falso al borde del gran pozo, perdió el equilibrio y cayó mientras sujetaba el dedo de Frodo junto con el Anillo, y cayendo daba un último grito de “¡Tessssssorooo!”.

Así, el Anillo, Gollum y el dedo de Frodo fueron destruidos en la lava del Monte del Destino. Gollum cayó junto con el Anillo al fuego del que había sido forjado, y al morir cumplió, por medio de su mala acción, la buena misión que Frodo y Sam no habían logrado culminar: destruir el Anillo y con él, el poder de Sauron en la Tierra Media.

Se podría decir que Gollum terminó involuntariamente haciendo el bien, pues si no hubiera atacado a Frodo, éste se habría quedado con el Anillo y eso le habría convertido en un nuevo Señor Oscuro; sin embargo, gracias a la maligna intervención de Gollum, el Anillo fue destruido.

Esta historia nos puede hacer pensar en todas esas ocasiones en que comprobamos cómo “los malos” tienen también su papel, y que muchas veces, sin querer, acaban facilitando o provocando cosas buenas, o incluso decisivamente buenas.

Quizá la primera enseñanza es que “los buenos”, por el hecho de serlo, no lo hacen todo bien: tienen fragilidades, errores, incoherencias. Frodo había sido fiel a su misión hasta el final, a lo largo de innumerables peripecias, siempre al borde de la muerte. Pero cuando logra llegar al borde mismo de la infernal grieta de la montaña, y ya solo tiene que dejar caer el Anillo al fondo del abismo, su voluntad se quiebra. Se descubre entonces la ancha fractura que había permanecido oculta a lo largo de su azarosa y heroica historia. Se encuentra sorprendido a sí mismo por una impetuosa fuerza interior que le impulsa a no dejar caer el anillo, y decide quedarse con él. Enloquecido, el virtuoso Frodo se ve entonces como el nuevo amo. No quiere o no puede ver en ese momento que, al hacer eso, quedará eternamente esclavizado bajo el poder de Saurón, condenado a la soledad y el odio eternos. Es entonces cuando Gollum le ataca súbitamente, ambos luchan a muerte, con feroz determinación, y el monstruo inicialmente vence, pero a continuación resulta vencido porque, víctima de su propia presunción y su maldad interior, oscila al borde del abismo y cae.

Frodo se salva en el último instante, a pesar de él mismo, aun habiendo tomado una mala decisión. Y se salva gracias precisamente a que alguien peor que él, queriendo hacer y hacerle el mal, le arrebata el anillo y, celebrándolo, cae al abismo y hace y le hace un gran bien. Y entonces Frodo se encuentra ante la oportunidad de rectificar y aceptar con resignación un grave contratiempo a sus deseos pero que en realidad le salva la vida y le reencamina hacia el bien. Es esto quizá algo cotidiano de todos los mortales, en situaciones diarias grandes o pequeñas que nos contrarían y que nos cuesta entender, pero que a lo mejor nos traen un bien que en ese momento desconocemos, y todo eso constituye un misterio de los distintos efectos del ansia de posesión y de poder que nos acechan a todos, por buenos que nos consideremos o seamos.

Alfonso Aguiló, “Hombres perdidos”, Hacer Familia nº 273, 1.XI.2016

En el cementerio parisino de Thiais hay una tumba con una frase que revela al paseante curioso la identidad de su inquilino: “Escritor austriaco muerto en París”. Es una lápida sobria, fría, granítica. Allí descansa Joseph Roth, uno de los mejores escritores que dio el siglo XX, que vivió solo 44 años.

Joseph Roth había nacido en 1894 en Brody, una población de Galitzia, entonces en el Imperio Austrohúngaro. De familia judía, su padre los abandonó antes de nacer. Su infancia y adolescencia fueron difíciles. Acabó sus estudios de literatura y filosofía en Viena. Sirvió en el ejército austríaco durante la Primera Guerra Mundial. Después trabajó como periodista en diversas capitales europeas. Pronto empezó a publicar unas novelas que le proporcionaron una merecida fama como escritor, aunque la enfermedad, el alcohol y las penurias económicas nunca le abandonarían hasta su prematuro fallecimiento.

En 1939 publicó “La leyenda del Santo Bebedor”, muy poco antes de su muerte. Por la lucidez con que describe la perdición a la que nos arrastra irreparablemente la ebriedad, tiene una sobrecogedora carga de sinceridad. El protagonista se llama Andreas Kartak, un borracho sin oficio ni beneficio que acampa bajo los puentes del Sena. Es allí, en las escalinatas de piedra de uno de esos puentes, donde un caballero bien trajeado sale de las tinieblas y le ofrece doscientos francos, sin más, a cambio de nada, para que pueda cambiar y llevar una vida digna. Andreas es un hombre de honor, y aunque necesita el dinero, está dispuesto a restituirlo en cuanto pueda. El caballero no quiere que se lo devuelva a él, pero dada su reciente conversión, le pide que lo entregue al párroco de Sainte Marie des Batignolles. Allí, cuando acabe una misa, podrá dárselo al sacerdote. En pocos segundos, el caballero, igual que aparece, se vuelve a esfumar en las tinieblas de la noche.

Para Andreas, este suceso es como un milagro que irá dando sus frutos poco a poco, conforme pasen los días. Pero acaba derrochando el dinero en cafeterías y tugurios. Además, se suceden inesperados rencuentros con antiguas amantes y viejos conocidos que le sacan hasta el último franco. Junto a eso, se repiten golpes de suerte por los que recupera una y otra vez el dinero, manteniendo hasta el final la esperanza de poder devolverlo y redimirse.

No parece haber una moraleja directa en nada de lo que sucede. Sin embargo, hay en esta historia una lucidez extraña. Es como el testamento narrativo de Roth. Kartak, al igual que el escritor que le ha dado vida, malvive en París con la única compañía de una botella de alcohol. El relato es la crónica de una derrota tras otra, de la caída en la ignominia del ser humano, de las garras inescrutables de la adicción. Al igual que su creador, Karstak se ve arrastrado por las circunstancias, y el único recodo de su alma que queda en pie es su honradez.

Es un retrato conmovedor de los bajos fondos del alma humana. Andreas era un borracho irremediable que, en su indigencia, era un hombre de honor. Un borracho generoso y honrado que en su inocencia parece contener dentro toda la ternura, toda la inocencia del mundo. Una historia que quizá nos ayuda a comprender la tragedia humana que encierra cualquier adicción, los arranques de bondad que hay dentro de los hombres que todos consideran unos hombres perdidos. Un grito que quiere mostrar los deseos frustrados de quien se precipita en el error. Una llamada a comprender lo difícil que es juzgar al otro, quien quiera que sea y le pase lo que le pase.

Alfonso Aguiló, “No lo sé”, Hacer Familia nº 272, 1.X.2016

Leo un simpático relato sobre un docente que cierto día se atrevió a responder con un “no lo sé” a un alumno. Proviene de un libro escrito por el profesor de economía Steven Levitt y el periodista Stephen Dubner, y que lleva por título “Piensa como un freak”.

El escenario es una clase en la que se propone a los alumnos la siguiente narración: “Una niña llamada Mary va a la playa con su madre y su hermano. Viajan en un coche rojo. En la playa nadan, comen un helado, juegan en la arena y almuerzan unos sándwiches.” Y estas son las preguntas que se plantean al hilo de esta narración: 1) ¿De qué color era el coche? 2) ¿Comieron pescado con patatas para almorzar? 3) ¿Escucharon música en el coche? 4) ¿Tomaron limonada en el almuerzo?

Un extenso grupo de escolares británicos, de edades comprendidas entre los cinco y los nueve años, respondieron a esas cuatro preguntas. ¿Cuál fue el resultado? Afortunadamente, casi todos los niños respondieron correctamente a las dos primeras preguntas. Pero lo sorprendente es que el 76% de los alumnos respondió a las dos últimas preguntas con un sí o un no, con toda seguridad.

Habría que preguntarse qué les llevó a responder sí o no a preguntas a las que no podían tener respuesta.

Quizá es porque parece que una de las frases más difíciles de pronunciar es “no lo sé”.

Un 76% es mucho. A lo mejor por eso hay tanto “experto” que opina sobre muchas cosas de las que sabe muy poco. Y a veces nosotros mismos nos encontramos opinando con bastante seguridad sobre cosas que no conocemos bien. ¿Por qué? ¿Será porque el coste de decir “no lo sé” nos parece más elevado que el de equivocarnos? Es una prueba de que muchas veces la inseguridad, la presión del grupo, el miedo al ridículo o a perder estatus… nos hace hablar de lo que no sabemos, aparentar lo que no somos, aun sabiendo que esa es una de las mejores maneras de hacer el ridículo y acabar perdiendo nuestra reputación.

Y hay una cuestión añadida. Mientras no se reconoce lo que todavía no se sabe, es bastante más difícil aprender. No debería ser ninguna humillación decir que no conocemos bien determinado asunto, pero que nos ha interesado y nos vamos a enterar bien. Es lo característico, por ejemplo, de un buen docente. Los profesores más sabios son los que saben que les queda mucho por aprender, y precisamente por eso aprenden tanto. Cuando sale un tema que no dominamos por completo, lo natural y lo constructivo es manifestar que no lo sabemos todo, pero que el tema es muy interesante y que, en ese momento, o más adelante, buscaremos el modo de profundizar en él.

Tener la valentía y la naturalidad necesarias para decir que no sabemos algo, es una muestra de autenticidad. Además, si nos dedicamos a enseñar y no sabemos algo, o no lo recordamos con precisión, lo más pedagógico es reconocerlo sin hacer aspavientos. Y manifestar interés por saberlo o recordarlo, y efectivamente después hacerlo: esa es la mejor enseñanza. De lo contrario, engañamos, no aprendemos, hacemos el ridículo y contribuimos a propagar la insensatez.

Un poco de sinceridad, de humildad y de ganas de aprender, seguramente nos viene bien a todos. En eso conviene ser un poco freak, un poco friki, salir de la burbuja, aprender a decir “no lo sé”, pensar con independencia, y profundizar más en el conocimiento y las razones de las cosas. Estar dispuesto a cambiar de opinión si nos ofrecen razones, a renunciar a lo que nos hagan ver que no es digno de nosotros, y a aprender a explicar bien por qué somos cómo somos y decimos lo que decimos.

Alfonso Aguiló, “Saber hacerse preguntas”, Hacer Familia nº 271, 1.IX.2016

Reg Revans nació en Portsmouth en 1907. Entre sus recuerdos de niño está la figura de su padre, que era inspector marítimo y formó parte del equipo investigador del hundimiento del Titanic., hablando con supervivientes de la tragedia. Cuando más adelante le preguntó qué había aprendido de todo aquello, su padre respondió: “me ha servido para conocer la diferencia entre la inteligencia y la sabiduría”, y siempre recordó aquella frase como un principio que conservó durante toda su vida.

Reg hizo un doctorado en astrofísica en la Universidad de Cambridge, al tiempo que practicaba el atletismo, llegando a participar en las pruebas de salto de longitud y triple salto en los Juegos Olímpicos de 1928 en Amsterdam. Posteriormente obtuvo una beca para estudiar en Michigan. A su regreso a Cambridge trabajó en un departamento del Laboratorio Cavendish donde había cinco premios Nobel. Revans evocaba con frecuencia su recuerdo de Albert Einstein diciéndole: “Si usted piensa que está entendiendo un problema, asegúrese de que no se está engañando a sí mismo”, y explicaba cómo aquellas palabras de aquel hombre tan eminente le llevaron a desarrollar toda una serie de ideas, que le harían famoso, sobre el papel de la “persona no experta” como un factor decisivo para resolver problemas.

Revans siempre insistió en la importancia de desarrollar la capacidad de hacerse preguntas interesantes, y cómo eso era un elemento decisivo para mejorar cualquier proceso de aprendizaje. Hacerse preguntas que tengan su origen en experiencias, preguntas hechas en el momento adecuado, tomándoselas en serio: todo eso es una enorme fuente de nuevos conocimientos, sobre todo cuando el entorno en el que trabajamos está sometido a cambios.

Con el tiempo, se fue interesando cada vez más por la formación y la gestión. Trabajó en diversas ciudades y finalmente se trasladó a Bélgica, donde dirigió un proyecto interuniversitario para mejorar el ranking del país en la Organización para la Cooperación y el Desarrollo. Trabajó con las mejores empresas y universidades, y sus enfoques sobre la colaboración lograron elevar sensiblemente las tasas de crecimiento de la productividad industrial. Viajó por todo el mundo y escribió sus libros más famosos. Sus aportaciones se centraron en la idea de que el aprendizaje mejora cuando, además de tener el conocimiento programado propio del aprendizaje tradicional, se pone empeño en enriquecerlo constantemente trabajando en equipo, compartiendo los problemas con los demás, tomando distancia respecto a las respuestas habituales y siendo capaz de analizarlas críticamente.

Una de sus frases más célebres fue aquella que aseguraba que “una persona, una institución o una sociedad deben aprender al menos a la misma velocidad con la que cambia su entorno”. Todos estamos en un permanente proceso de aprendizaje, y quizá el más importante es el que podríamos llamar aprendizaje estratégico, ese conocimiento que se establece a un nivel superior, cuando se tiene una visión más amplia y más profunda de los problemas que en ese momento nos conciernen o que se pueden presentar en el futuro. Una visión que nos lleva a hacernos preguntas que otros no se hacen, o que no se atreven a hacerles a otros. Una sabiduría que nos hace advertir detalles que a otros pasan inadvertidos, o que nos hace dar importancia a pequeñas señales que nos indican el principio de un cambio o, por el contrario, que nos enseñan a no dar importancia a lo que ahora parece muy importante pero que, con una mirada más amplia, no es tan importante o tan permanente como a primera vista parece.

Darwin decía que las especies que más han sobrevivido no son las más fuertes sino las que han tenido más capacidad de adaptarse. Algo parecido podría decirse de nuestra capacidad de adaptarnos al cambio. Y adaptarse al cambio no siempre es para plegarse a su impulso, sino, muchas veces, precisamente para saber prepararse y afrontar su empuje sin dejarse abatir por él.

Alfonso Aguiló, “Atreverse a cambiar”, Hacer Familia nº 269-270, 1.VII.2016

Los Juegos Olímpicos de México dejaron muchos momentos para el recuerdo, pero quizá uno de los más destacados fue la sorpresa que dio un atleta norteamericano de 21 años llamado Dick Fosbury.

Fosbury había nacido en Portland en 1947, estudiaba en la Universidad de Oregón y practicó el baloncesto y el fútbol americano antes de dedicarse al atletismo. Pronto le cautivó el salto de altura y, al ver que no lograba obtener buenos resultados mediante el procedimiento convencional, descubrió que le iba mejor saltar de espaldas al listón, pasando sucesivamente la cabeza, la espalda arqueada y las piernas flexionadas, que tenía que estirar en el último instante. Tomaba carrerilla de forma transversal y, poco antes de llegar al listón, se giraba y saltaba de espaldas. Era un estilo mucho más efectivo desde un punto de vista biomecánico, pues permitía dejar menos espacio entre el listón y el centro de gravedad del saltador, con lo que se gana altura.

Con ese estilo venció en los campeonatos de la National Collegiate Athletic Association, se clasificó para los Juegos Olímpicos y se presentó aquel memorable 20 de octubre de 1968 en el Estadio Olímpico de Ciudad de México.

Cuando el público vio a aquel chico con pantalón blanco y camiseta de tirantes azul marino dar su primer salto de una forma “tan poco natural”, la mayoría lo consideró una excentricidad. Pero al ver los resultados de los saltos siguientes, se convirtió en la gran atracción. Ya nadie prestaba atención más que a ese rubio pecoso, con una zapatilla blanca y otra negra, que acabó demostrando que su técnica era muy válida, puesto que, tras 12 saltos, logró la medalla de oro con 2,24 metros, derrotando a los grandes favoritos, su compatriota Edward Caruthers y el ruso Valentin Gavrilov.

Hasta ese momento, todos los saltadores de la historia habían aprendido la técnica de saltar hacia adelante, encogiendo todo lo posible las piernas para superar el listón: el rodillo ventral, el rodillo occidental o el estilo tijera. Pero ese día Fosbury pulverizó aquellos modos de saltar que parecían incuestionables. El debate sobre la superioridad de uno u otro estilo duró muy poco. Hoy en día todos emplean el Fosbury Flop, y su mayor eficacia está totalmente demostrada.

Dick Fosbury se retiró tras no lograr la clasificación para los Juegos Olímpicos de Múnich en 1972, pese a ser muy joven aún. Quedó claro que no era el saltador más dotado de su época, pero gracias a su innovación consiguió ser campeón olímpico y cambió para siempre la forma de entender el salto de altura. No tenía mejores cualidades para el atletismo que sus competidores, pero quizá descubrió ese estilo revolucionario precisamente por eso. Su proeza no estuvo basada en sus condiciones físicas: no era el más rápido, ni más alto, ni el más fuerte (como señalaba el famoso lema “Citius, altius, fortius” del barón Pierre de Coubertin con el que arrancaron los Juegos de 1896 en Atenas), pero fue capaz de superar a sus adversarios gracias a su perseverancia y a su pensamiento “outside the box”, a esa capacidad de pensar de manera diferente, poco convencional, desde una perspectiva nueva. Volvió a mostrar lo que todos sabemos, que muchas barreras que nos retienen se pueden sortear con mayor creatividad y mayor esfuerzo.

Pensar “outside the box” es mirar un poco más lejos y tratar de no quedarse en lo de siempre, sino ir más allá. Fosbury supo hacerlo sin rendirse cuando se reían de él por su original idea. Años después, lo explicaba así: “la popularidad actual de mi estilo es un premio maravilloso a cuanto tuve que aguantar al principio con un estilo que no gustaba a nadie. El salto de espaldas ya lo practicaba en el instituto y todos se reían de mí, considerándome un chiflado y algunos como un snob por salirme de las normas establecidas.”

La mayoría de las veces, para mejorar, basta con hacer las cosas un poco mejor de cómo se venían haciendo. Pero hay otras ocasiones en que, para mejorar, es preciso hacer algo diferente. Y a veces hay que actuar completamente al revés de como hace todo el mundo.

Alfonso Aguiló, “Buscar lo que une”, Hacer Familia nº 268, 1.VI.2016

Después de las atrocidades cometidas durante la Segunda Guerra Mundial, la Organización de las Naciones Unidas, a través de la UNESCO, estaba comprometida a preparar una Declaración Universal de los Derechos Humanos que sentara unas bases comunes que todo el mundo pudiera reconocer.

Pasaba el tiempo y en 1947 los trabajos preparatorios de la Declaración estaban en un callejón sin salida. Los desencuentros ideológicos entre las distintas posiciones de fondo presentes eran muy fuertes. Julian Huxley, un prestigioso científico británico que era por entonces Director General de la UNESCO, insistía en que esos derechos no podían basarse en convicciones religiosas. Se buscó una salida invitando a intelectuales de diversas culturas del mundo a interrogarse sobre el significado y la posibilidad de un acuerdo respecto a esos derechos.

El Gobierno francés encargó al filósofo y embajador Jacques Maritain encabezar la delegación francesa a la II Conferencia General de la UNESCO, celebrada en México en noviembre de 1947. Le correspondió el discurso inaugural, como Presidente de la Conferencia, con una intervención que marcaría de modo decisivo su resultado. Insistió en que para resolver los problemas de la posguerra se necesitaba una organización supranacional de los pueblos, de modo que quienes estaban divididos por convicciones ideológicas muy diferentes pudieran colaborar en un común compromiso práctico.

Maritain aseguraba estar convencido que su manera personal de fundamentar los derechos humanos era la única asentada sólidamente en la verdad. Pero eso no impedía estar de acuerdo con quienes llegaban a esos mismos derechos a partir de presupuestos muy diferentes a los suyos pero igualmente convencidos de ser los únicos bien fundados. “¡Y Dios me guarde –concluía– de decir que no importa saber cuál de ellos tiene la razón! ¡Importa y mucho! Pero sobre esta afirmación práctica de los derechos humanos se podrán formular juntos muchos principios comunes de acción”.
Según cuentan los cronistas de la época, los delegados de las naciones representadas escuchaban en silencio, cautivados. Sobre la escena internacional, que no era rica en personalidades fuertes, aparecía un hombre nuevo y unas ideas nuevas. Su llamada a todos los hombres de buena voluntad resultaba una brillante solución al estéril debate que les había precedido.

Tras su intervención, se comienza a hablar de una cooperación más efectiva entre los hombres de distintas visiones religiosas. La “conversión” propuesta por Maritain fue, en definitiva, aceptada por todos. Todos quedaron sorprendidos de que los grupos más radicales de oposición acabaran estando de acuerdo con la lista de los derechos: “estamos de acuerdo con los derechos, con la condición de que nadie nos pregunte por qué”. Al principio les resultaba difícil ponerse de acuerdo en cuáles eran los derechos, pero era bastante más fácil coincidir en qué es lo que rechazaban, y así, poco a poco, salió la lista completa. El propio Huxley dejó de insistir en su línea de pensamiento, netamente materialista, y mostrando en esto nobleza y altura de miras, encargó a Maritain la redacción de la introducción del informe final.

Aunque Maritain partía de un planteamiento filosófico muy distinto al de Huxley, en su discurso no planteaba un duelo especulativo con él. Al contrario, su objetivo era mostrar que, aunque la humanidad se encontraba dividida sobre la base de desacuerdos intelectuales, era posible la cooperación práctica.

Han pasado muchos años, pero la escena se repite constantemente. Muchos debates se enconan de modo estéril porque falta voluntad de buscar lo que une, de trabajar y convivir pacíficamente. Muchos problemas quedan sin resolver porque prima el deseo de imponerse y avasallar a los demás. Porque se plantean las conversaciones como duelos a muerte en cuestiones en las que se podría disentir y al tiempo convivir pacíficamente. Porque hay demasiada gente empeñada en que los demás piensen en todo como ellos.

Puede que las ideas provoquen distancia entre los seres humanos, pero tenemos en común nuestra naturaleza humana, y eso es muchísimo. Con independencia de nuestras ideas, muchas veces tan diferentes, los hombres podemos vivir en armonía, pues, al fin y al cabo, el hecho de ser humanos nos hace miembros de una misma familia universal.

Alfonso Aguiló, “El asno de Buridán”, Hacer Familia nº 267, 1.V.2016

El venerable maestro francés Jean Buridán, nacido en Artois a comienzos del siglo XIV, abanderado de los nominalistas y dos veces rector de la Universidad de París, hizo en su vida más que suficientes méritos como para ganarse un puesto en los tratados de filosofía, por sus contribuciones acerca de la lógica y la gramática, o bien en los de otras ciencias, puesto que formuló con sorprendente acierto los principios básicos de la cinemática al descubrir que el “ímpetus” de un móvil es proporcional a la cantidad de materia que contiene y a la velocidad, lo que le hizo precursor directo, en este punto fundamental, de Copérnico, Galileo y Newton.
Pese a todo, Buridán no es apenas recordado por los filósofos del lenguaje, ni por los físicos, ni por los astrónomos, sino que su memoria ha quedado vinculada a una paradoja conocida como “El asno de Buridán”. Buridán era defensor del libre albedrío y de la posibilidad de ponderar toda decisión a través de la razón. Para satirizar su posición, algunos críticos imaginaron el caso absurdo de un asno que no sabe elegir entre dos montones de heno idénticos, y que como consecuencia de semejante perplejidad acaba muriéndose de hambre. La paradoja es que, pudiendo comer, no come porque no logra decidir qué montón es más conveniente, ya que ambos le parecen iguales.
Parece que el relato original procede nada menos que de Aristóteles, protagonizado por un perro que debe elegir entre dos comidas igualmente sabrosas, y que no llega a decidirse por ninguna de ellas, de modo que efectivamente acaba muriendo de hambre.

En todo caso, Buridán no escribió nada sobre eso. Se trata de un relato satírico difundido contra él, pero que se hizo muy famoso, hasta el punto de que desde entonces –y han pasado casi siete siglos– se ha hablado siempre del asno de Buridán para referirse a la perplejidad que producen las decisiones difíciles, cuando parece imposible discernir si son mayores las ventajas o los inconvenientes a la hora de elegir entre dos opciones posibles.
Hay efectivamente ocasiones en la vida diaria en que no resulta fácil saber qué elección es mejor, y eso hace que retrasemos nuestra decisión. Y muchas veces, retrasar la decisión es en sí mismo otra nueva opción, y a veces es la peor.

Los indecisos son personas que nunca sabe bien qué hacer, que están siempre dudando sobre sus actuaciones futuras, y que cuando por fin se deciden pasan a dudar de sus actuaciones pasadas. Son complicados, problemáticos, atormentados, están siempre perdiendo oportunidades. Jamás se sienten seguros y conformes con lo que han elegido.
Hay que empezar por decir que sentirse indeciso no es en sí mismo nada malo. Y que la rapidez en las decisiones no siempre es buena, pues cabe el error contrario, el de ser precipitados. Y también puede añadirse que muchas veces la duda es el gran motor del cambio personal, lo que nos hace repensar las cosas, corregir errores, mejorar nuestros planteamientos o nuestras actitudes.

Lo que no conviene es que la indecisión se convierta en el eje de nuestra conducta. Tenemos que ver si el hecho de prolongar el tiempo de análisis nos aportan un mejor conocimiento o si, por el contrario, lo único que hace es prolongar patológicamente nuestro miedo a equivocarnos. Cada uno tenemos que conocernos, y considerar si tendemos a ser demasiado decididos o más bien tendemos a ser demasiado indecisos, para así, en función de eso, autoestimularnos en la dirección que necesitemos.

A veces, para combatir la indecisión, es útil buscar feedback de otras personas: verbalizar las razones, a favor o en contra, en presencia de alguien que nos ayude a objetivarlas, a centrarlas, a ver si verdaderamente están alineadas con lo que buscamos. Todos tenemos experiencia de cómo una maraña de ideas en la cabeza puede desenredarse en cuanto esas ideas salen de su encierro y se contrastan con las de otros.

Alfonso Aguiló, “Horror vacui”, Hacer Familia nº 266, 1.IV.2016

“Mamá, no puedo parar los pensamientos que me llegan a la cabeza”, asegura una niña de apenas cinco años de edad, sentada en su sillita, en el asiento trasero del coche, camino de una fiesta de cumpleaños. La madre se queda sorprendida con el comentario, porque ve a la pequeña agobiada y desconcertada, y sobre todo por el hecho, bastante significativo, de que la niña considera que los pensamientos le llegan desde fuera.

No parece tratarse de ninguna patología especial, sino, por lo que leo, quizá del efecto propio de una situación de sobreestimulación. Hasta hace pocas décadas, los estímulos que recibíamos del exterior eran muy limitados y moderados. Eran estímulos procedentes de nuestro entorno más inmediato, familia y amigos, y a las pocas horas a la semana que podíamos pasar viendo un casi único canal de televisión o escuchando algún programa de radio. Hoy, cualquier niño de diez años en el mundo occidental ha recibido mucha más información que nadie a lo largo de toda la historia pasada. Cosas con las que ningún sabio de la antigüedad se atrevió a soñar, un volumen de información no siempre fácil de gestionar. Estímulos dirigidos a todos sus sentidos: imágenes, sonidos y ritmos de todo tipo. Un tiempo siempre lleno de actividad. Un tiempo libre absolutamente copado, que se combina con numerosas series, largas y absorbentes partidas de videojuegos y todo tipo de aplicaciones para llenar sus móviles, tabletas y cabezas.

No es de extrañar que los niños, en ese hábitat, se encuentran con facilidad sobreestimulados. Toda una industria del entretenimiento que ha sido diseñada para absorber la atención de los niños hasta límites próximos a la adicción. Un breve espacio de tiempo sin nada que reclame su atención les produce enseguida un sentimiento de ansiedad. Es el llamado “horror vacui”, horror al vacío, al silencio, a tener unos segundos sin una pantalla en la que ver o hacer algo, una ocupación que calme la tan temprana aparición de la ansiedad en sus vidas. Incapacidad de pasar unos minutos reflexionando sobre algo, contemplando algo o atendiendo sin prisas a alguien. Su psicología se acostumbra a recibir un elevado ritmo de estímulos, y con frecuencia se encuentra con que esa dosis no le satisface y le demanda una mayor. Se hacen menos sensibles a los estímulos y necesitan más. Se vuelven extremadamente activos o se muestran desmotivados, mientras su imaginación y creatividad se van mermando. Su capacidad de atención y de concentración se reduce. Les cuesta centrarse mucho tiempo en una misma actividad y sienten que sus pensamientos se atropellan unos a otros y no son dueños de su imaginación.

Puede resultar un poco paradójico, pero quizá los niños y niñas necesitan algo de tiempo para aburrirse. El horizonte del aburrimiento es lo que siempre ha empujado a los niños a estimular su imaginación y su creatividad, a salir de sí mismos y buscar relaciones humanas, aficiones, intereses nuevos. Si siempre tienen el fácil escape de las pantallas, esa reacción no se produce o se produce mucho menos.

Sin embargo, nadie piense que soy de los que abominan de las pantallas en la vida de los niños, sino quizá lo contrario, creo que las pantallas deben estar en el aula desde muy temprano, inmersas de modo natural en un ámbito de estudio, de trabajo, de cultura, de enriquecimiento personal, y no de ocio, de entretenimiento casi adictivo o de relaciones vacuas.

“Nunca hemos vivido mejor, y nunca nos hemos sentido peor”, oí decir hace poco. Los niños deben aprender a divertirse, a automotivarse, a relacionarse físicamente con otros. La ilusión no está en las cosas, la ilusión se pone. No estás aburrido porque las cosas sean aburridas, sino que todo te parece aburrido porque no has aprendido afrontar el aburrimiento. Los adultos sabemos hasta qué punto podemos ser enganchados por esos estímulos, y precisamente por eso tenemos que ayudarnos todos, a los niños y a los adultos, a establecer hábitos sanos de gestionar la creciente estimulación en que vivimos. Una estimulación que es digna de celebrar casi siempre, pero que debemos mantener en unos límites razonables, que cada uno debe considerar y establecer.

Alfonso Aguiló, “Aquellos que no te imaginas”, Hacer Familia nº 265, 1.III.16

De repente, descubres una historia sorprendente y desconocida. Te asombras y te preguntas cómo algo así ha podido pasar oculto durante tanto tiempo. Es quizá la sensación después de ver “The Imitation Game”, sobre la tremenda historia del matemático y criptólogo británico Alan Turing, cuya misión fue descifrar los códigos secretos de los nazis durante la Segunda Guerra Mundial.
Los nazis contaban con una máquina llamada “Enigma” para codificar los mensajes secretos con que dirigían sus operaciones militares. Alan Turing recibe en Londres el encargo de de descifrar ese código liderando un pintoresco equipo de expertos en criptografía, matemáticos, lingüistas e incluso un campeón de ajedrez. El éxito final de la misión, y la inteligente gestión posterior de ese logro, permitió a los aliados anticiparse a muchas operaciones del ejército de Hitler y así ganar la guerra. Se estima que gracias a Turing la guerra terminó dos años antes y se salvaron catorce millones de vidas. Además, el prodigioso ingenio que construyó sirvió para sentar las bases de lo que después sería la informática.
El motivo por el que esta historia es conocida desde hace relativamente poco es porque toda ella ha sido un secreto de estado celosamente guardado durante cincuenta años. Es una película bélica vista desde la retaguardia, que retrata tanto lo que ocurría detrás del frente como, sobre todo, la conflictiva personalidad del protagonista y los complejos procesos por los que finalmente se producen los grandes avances de la ciencia o los grandes cambios de la historia. Turing se presenta como un genio antisocial e incomprendido, perdido en un mundo al que presta un valiosísimo servicio pero que le acaba destruyendo. Y hay una frase, repetida en varios momentos, que resume el mensaje que se quiere resaltar: «a veces son aquellos que no te imaginas, quienes hacen aquello que nadie puede imaginar».

Quizá estamos acostumbrados a historias que recorren la biografía de una celebridad señalando sus habilidades, ya desde la infancia, como si estuviera predestinado, mostrando sus logros como un chispazo genial, siempre lleno de inspiración, que supera grandes dificultades y al final triunfa y es reconocido por todos. Pero muchas veces no es así. Y son personas desconocidas, con un carácter difícil, personas quizá nada normales, con una genialidad que nadie reconoce, incluso que ellas mismas desearían ser más normales pero no lo son, y resulta que son precisamente esas personas que nadie imagina las que son capaces de hacer grandes cosas, cosas que nadie podía imaginar.

Así lo resume Joan Clarke en un diálogo final con Alan Turing: «Nadie normal podría haber hecho eso. ¿Sabes? Esta mañana… yo estaba en un tren que pasó por una ciudad que no existiría… si no fuera por ti. Compré un billete a un hombre… que probablemente estaría muerto, si no fuera por ti. He leído luego… que hay todo un nuevo campo de investigación científica… que existe gracias a ti. Ahora, si lo quisieras, podrías haber sido normal… Te puedo prometer que yo no. El mundo es un lugar infinitamente mejor… precisamente, porque tú no lo fuiste. Yo creo que… a veces es la gente… de la que nadie imagina nada… son quienes hacen las cosas que nadie puede imaginar».

Quizá efectivamente solemos ansiar una normalidad, en nosotros o en los demás, que es una normalidad más o menos buena o deseable, pero es cierto que, muchas veces, es la gente que se aleja de esos estándares quienes luego son capaces de hacer lo que otros nunca habrían logrado. Quizá juzgamos y valoramos a las personas por cuestiones y aspectos que, luego, con una perspectiva mayor, se demuestran un error de apreciación. Quizá tenemos que aprender a querer más a la gente como es, a respetarla y admirarla en su peculiaridad, en su diversidad, en sus diferencias con nosotros, o en sus diferencias con lo que nos gusta a nosotros. Quizá tenemos que ser más agradecidos y más justos con el esfuerzo de cada uno por hacer el mundo un poco mejor, aunque se salga de los estándares que nosotros consideramos normales. También con eso podemos hacer este planeta más humano y más habitable.

Alfonso Aguiló, “Pensamiento de grupo”, Hacer Familia nº 264, 1.II.2016

Una calurosa tarde en Coleman (Texas), una familia compuesta un matrimonio y sus suegros están muy animados jugando al dominó cómodamente a la sombra en su pequeño jardín. De repente, el suegro propone hacer un viaje a Abilene, ciudad distante 80 kilómetros. La mujer dice «Suena muy bien, una gran idea», pese a tener sus reservas porque el viaje promete ser largo y caluroso, pero piensa que sus preferencias personales no coinciden con las del resto del grupo. Su marido dice: «A mí me parece bien. No sé si tu madre tendrá ganas de ir.» La suegra después asegura: «¡Por supuesto que quiero ir. Hace mucho que no vamos a Abilene!».

Así, todos de acuerdo, emprenden viaje. Hay mucho tráfico y mucho calor, por lo que el desplazamiento resulta largo y pesado. Cuando por fin llegan a Abilene, dan una vuelta por el poblado y no encuentran ningún sitio interesante para disfrutar, ni para hacer una parada. Entran en una cafetería y acaban disgustados por el mal servicio y la pésima comida. Finalmente deciden regresar y, después de varias horas de camino, están de nuevo en casa, totalmente agotados y decepcionados.

A la llegada, uno de ellos, con cierta intención, dice: «¿Fue un gran viaje, no?». La suegra explica entonces que, de hecho, hubiera preferido quedarse en casa, pero apoyó la idea porque los otros tres parecían estar muy entusiasmados. El marido dice: «Vaya, pues yo solo fui para satisfaceros a vosotros». La mujer añade: «Pues yo igual, solo fui para agradaros. No me apetecía nada salir con el calor que hace». El suegro por último confiesa que él lo había sugerido únicamente porque le pareció que los demás lo estaban deseando.

El grupo se queda perplejo por haber decidido en común hacer un viaje que ninguno de ellos quería hacer. Cada cual hubiera preferido quedarse sentado cómodamente en el jardín, como estaban, pero no llegaron a decirlo cuando todavía tenían tiempo para quedarse a disfrutar de la tarde allí.

La situación narrada se presenta con cierta frecuencia en los equipos de trabajo. Se debe a una sutil inseguridad que cohíbe la expresión sincera de nuestros juicios y pensamientos acerca de las propuestas o decisiones que se toman en conjunto, impidiendo así su libre análisis y produciendo las consiguientes consecuencias negativas para todos los involucrados. Y es un fenómeno que se presenta también en equipos altamente cohesionados pero en los que falta seguridad y confianza para hablar sobre determinados temas.

Esta anécdota, conocida como la “paradoja de Abilene”, fue narrada en 1988 por Jerry B. Harvey en su libro “The Abilene Paradox and other Meditations on Management”. Se recurre a ella generalmente para ayudar a explicar malas decisiones de trabajo que son consecuencia de las culturas de grupo que retraen de expresar la propia opinión en público por miedo a estar en minoría y a que todo el mundo se nos eche encima. El fenómeno ocurre sobre todo cuando una situación particular de un grupo nos empuja a continuar con decisiones o actividades desacertadas que la mayoría del grupo no quiere, pero sobre la que ningún miembro está dispuesto a expresar objeciones.

El fenómeno es una forma clásica del llamado pensamiento grupal. Se explica por fenómenos de conformidad de la psicología de grupo, que desaniman a actuar en contra de la supuesta opinión de los demás. No me estoy refiriendo al sano respeto a las tradiciones, que vinculan a las personas, crean lazos entre ellas y forman colectivos fuertes ante las erosiones del tiempo. Ni a la existencia de “frenos sociales”, que tienen también su sentido y no que no tienen por qué ser negativos. Me refiero a que es necesario promover en los equipos de personas una cultura de confianza, que facilite a cada uno expresar libremente su opinión sobre los asuntos que se debaten, sin que, por una mal entendida prudencia, se acabe cayendo en alguna de las muy diversas formas del pensamiento gregario, que casi siempre llevan a tomar decisiones poco acertadas.

Alfonso Aguiló, “La estrategia de la desunión”, Hacer Familia nº 263, 1.I.2016

La batalla de Trafalgar tuvo lugar el 21 de octubre de 1805, en el marco de la tercera coalición iniciada por Inglaterra, Austria, Rusia, Nápoles y Suecia para intentar derrocar a Napoleón del trono imperial y debilitar así la influencia militar francesa en Europa.

Al mando de la flota hispano-francesa se encontraba el almirante Villeneuve, que ordenó a sus barcos formar una extensa hilera en forma de arco muy tendido en aguas próximas al cabo Trafalgar. Esa línea tan alargada facilitó a la flota británica, al mando del Almirante Nelson, atacar contra ella en forma de dos rápidas columnas perpendiculares.

Era un día de vientos flojos, y la flota hispano-francesa navegaba a sotavento, lo que también daba ventaja a los británicos y, para colmo de desdichas, Villeneuve dio la orden de virar hacia el noreste para poner rumbo a Cádiz. Intentaba huir casi sin presentar batalla, cuando la flota franco-española era superior en número de navíos a la británica. La virada se realizó desordenadamente, y al ser débil el viento llevó mucho tiempo a algunas unidades muy pesadas y poco maniobreras. La nueva línea de combate no pudo formarse ni con rapidez ni con precisión: unos navíos andaban muy aprisa y se precipitaban sobre el delantero; otros se rezagaban o se desviaban, dejando grandes claros que rompían la línea, antes de que el enemigo se tomase el trabajo de hacerlo.

La estrategia de Nelson desorganizó completamente la línea enemiga, que quedó partida en tres. La vanguardia se había convertido en retaguardia, y la escuadra de reserva, que era la mejor, quedó a la cola. Ya había llegado el mediodía y la escuadra de Nelson, sin disparar un solo cañón, había obtenido una enorme superioridad sobre los barcos franceses y españoles, a los que pudo batir con artillería por proa y popa, los puntos más vulnerables de este tipo de embarcaciones.

La escuadra de vanguardia había quedado aislada del combate y considerablemente alejada del centro de la batalla. La mayoría de esos buques viraron para volver hacia la zona de combate, pero cuatro barcos franceses prefirieron huir y fueron apresados por la flota británica doce días después, cuando intentaban ganar la costa francesa a la altura de cabo Ortegal, en la parte norte de Galicia.

A las seis y media de la tarde finalizó la batalla de Trafalgar, quedando aniquilada la flota franco-española. La mayoría de los barcos fueron apresados y llevados a Gibraltar. Esa noche se desató una tormenta y algunos barcos se hundieron con los heridos; unos pocos pudieron llegar a las costas del golfo de Cádiz. La derrota significó el fin del intento napoleónico de domino marítimo, así como el ocaso de España como potencia colonial y marítima.

Benito Pérez Galdós ha escrito una memorable narración de esta batalla, perdida entre otras causas por la desmesurada longitud de la línea de batalla y por el sistema de luchas parciales forzado por los ingleses. Resulta de sumo interés leer esta y otras crónicas del combate, donde pueden apreciarse actitudes y estrategias muy frecuentes en la vida diaria de cualquier persona o institución.

Todos, de una manera o de otra, tenemos que defender ante otros nuestros intereses o nuestros principios. Y con frecuencia esas batallas se pierden por hacerse demasiado vulnerables a las maniobras de división que nuestros oponentes saben propiciar. Cuando marcamos demasiado nuestras diferencias, y presentamos con ello demasiados flancos al enemigo, nos hacemos bastante más vulnerables. Cuando actuamos cobardemente, como aquellos cuatro barcos que huyeron de la batalla, solemos ser derrotados un poco más tarde, de forma más humillante y con más facilidad.

La desunión, el miedo y la cobardía nos hace con frecuencia perder lo que podríamos haber ganado manteniéndonos unidos. Si nos retiramos o nos escondemos un poco, quizá pensando que serán otros los que sufrirán las iras del enemigo y no nosotros, es fácil que otros hagan lo mismo y demos un espectáculo tan triste y tan trágico como el que acabamos de relatar. No nos vendría mal, cuando tenemos que hacer frente a un enemigo común, comprender la importancia de superar las rivalidades internas, casi siempre fruto de tonterías, y no ceder ante los intentos de dividirnos, en los que tan fácil resulta caer, pues siempre hay motivos para ser convencidos de algo negativo de quien tenemos de nuestro lado.

Alfonso Aguiló, “Espíritu de innovación”, Hacer Familia nº 262, 1.XII.2015

Clermont-Ferrand, zona central de Francia, año 1891. Un ciclista pincha su rueda y se dirige a una fábrica cercana en busca de ayuda. Allí encuentra a Edouard Michelin. Es un pequeño empresario dedicado al caucho vulcanizado. Cambiar una rueda de bicicleta a finales del siglo XIX es una tarea ardua que puede ocupar varias horas. Pero Edouard Michelin es una persona inquieta y creativa, y al hacer la reparación intuye un posible modo de diseñar unas nuevas llantas desmontables que podrían reemplazarse en menos de media hora.

La llanta desmontable será un éxito desde el mismo momento de su creación. La velocidad de difusión del invento se debió en gran parte a Charles Terront, un ciclista que usó ese prototipo en la clásica París-Brest-París ya en ese mismo año 1891. Su victoria en la prueba conquistó al público y sólo un año después ya había más de diez mil ciclistas franceses que usaban las llantas de Michelin.

El ingenio de Michelin parecía inagotable. En 1895 presentó otra novedad, un automóvil equipado con llantas. Más adelante, desarrolló la llanta desmontable, que daría lugar a la rueda de repuesto que pronto todos llevarían en su automóvil. Un tiempo después inventó la rueda de caucho negro con surcos, que aumentaba la adherencia y reducía el desgaste del neumático. Luego vino la llanta de estructura radial, y muchas cosas más.

Antes de que sucediera todo esto, Edouard Michelin era un joven e inquieto licenciado en Derecho con un gran interés por la pintura, hasta el punto de que se había matriculado en la Escuela de Bellas Artes de París, en la que tuvo como profesor a Bouguereau. Su talento y su ilusión parecían conducirle a una apasionada carrera artística, pero de pronto se vio precisado a tomar las riendas de la pequeña empresa familiar de Clermont-Ferrand, dedicada al caucho vulcanizado, cuando apenas tenía 30 años. Fue un viraje radical en su vida. Podía haberse sentido fracasado en su ansiado horizonte profesional en el mundo de la pintura, pero no fue así, como muestra el hecho de que en poco tiempo relanzó la empresa de neumáticos de un modo espectacular. Dirigió la compañía durante 51 años, a lo largo de los cuales transformó la modesta fábrica en un grupo de dimensión internacional, con 25.000 empleados en la fecha de su muerte, en 1940.

La trayectoria de Edouard Michelin resulta muy interesante. Estudia Derecho, pero después tiene el valor de reorientar su trayectoria profesional para dedicarse a su gran pasión de la pintura. Cuando surge la necesidad de hacerse cargo de la fábrica, tiene la capacidad de renunciar a sus ilusiones de juventud, sin sentirse frustrado y sin dejar de poner todo su empeño en algo para lo que no parecía tener inclinación ni preparación. Cuando, al poco tiempo, aquel ciclista aparece frente a su fábrica buscando remedio para un pinchazo, en vez de desentenderse o sentirse importunado, se compromete de tal modo en ayudarle que hace el descubrimiento que antes hemos comentado. Y así muchas veces en lo sucesivo. Su trayectoria es muy sugerente. Quizá otros habrían trabajado con desgana, pensando que habían tenido que renunciar a sus proyectos, pero Edouard se entrega con pasión y sin victimismos a lo que la vida le ha deparado. Y demuestra que todos valemos para muchas cosas muy diferentes. Y que un revés puede convertirse en una oportunidad. Y que un contratiempo puede ser ocasión de un gran avance.

También es estimulante su ejemplo incansable de innovación. El avance de las empresas, y del conjunto de la sociedad, está ligado muy frecuentemente a la generación de nuevas ideas, a esos saltos que abren nuevos horizontes, que permiten hacer más y mejor con los mismos o menos recursos. Las personas necesitamos también, de algún modo, ese espíritu de innovación, para no ser absorbidos por la rutina o el acostumbramiento. Es necesario tener el oído atento a las oportunidades que nos presenta la vida. Oportunidades que pasan inadvertidas para muchos, y también para nosotros mismos si no tenemos la suficiente agilidad. La mediocridad es un enemigo formidable, que todos tenemos que combatir buscando cada día nuevas oportunidades de mejorar.

Alfonso Aguiló, “Aires de suficiencia”, Hacer Familia nº 261, 1.XI.2015

Arnold Bennett fue un prolífico autor británico que en sus 63 años de vida le dio tiempo para hacer multitud de cosas y en casi todas fue bastante reconocido. Destacaba por su carácter emprendedor, que le hizo embarcarse en numerosos proyectos. Escribió un buen número de novelas, un guión cinematográfico, una ópera e incluso ideó un plato gastronómico: la tortilla Arnold Bennett. Le gustaba mucho Francia, donde trabajó y vivió en varias etapas de su vida, hasta el punto de que durante la Primera Guerra Mundial el Ministerio de Información francés lo contrató para dirigir el Departamento de Propaganda.

Y fue precisamente en París donde, años más tarde y de una manera bastante estúpida, contrajo la enfermedad que le llevaría a la muerte. Todo se debió a su empeño en desoír los consejos de un camarero que le advertía de que no era conveniente beber agua del grifo, que con seguridad estaba contaminada. Pero Arnold Bennet, en un alarde de superioridad, se bebió un vaso entero para demostrar a todos los presentes que no pasaba absolutamente nada, y todo aquello eran prevenciones procedentes de la incultura popular. Enseguida cayó enfermo de fiebre tifoidea, coincidiendo con su retorno a Londres, donde falleció en su casa de Baker Street el 27 de marzo de 1931.

La absurda muerte de Arnold Bennet ha pasado la historia como un buen ejemplo de lo poco recomendable que resulta ese aire de suficiencia que a veces nos lleva a desoír consejos llenos de sentido común que otros nos dan con toda sencillez. Un ejemplo antológico de lo absurda que puede resultar esa arrogancia sutil que nos lleva a hacer algo precisamente porque nos recomiendan no hacerlo. O esa vanidad simple que nos hace pensar que nuestra independencia de criterio nos exige desmarcarnos de lo que nos recomiendan, aún en temas sobre los que no tenemos por qué saber nada. O ese afán de aparecer ante los demás como una persona decidida que minusvalora el saber de los demás, o que habla de un modo que tiene tanto de autoescucha como de deseo de impresionar.

No es infrecuente que cuando nos preocupamos demasiado por quedar bien acabemos haciendo el ridículo de modo notable, o tomando opciones claramente poco ventajosas. Es interesante aprender a detectar cuándo nos pasa. Porque suelen ser errores tristes, pero más triste aún es caer en ellos y ni siquiera advertirlo. Las personas tendemos a pensar que nuestras motivaciones apenas son visibles ante los ojos de los demás, pero en realidad no suele ser así. Nuestros objetivos y nuestras intenciones son más transparentes de lo que pensamos, por lo que la mejor (o quizá la única) solución es rectificar nuestros intereses y hacer un esfuerzo para no dejarse manejar demasiado por nuestra vanidad.

Lo normal es que cuando nos mostramos prepotentes o arrogantes pensemos que estamos quedando bien, pero el resultado suele ser lo contrario: queriendo parecer superiores nos mostramos como personas de baja categoría; queriendo parecer muy seguros dejamos entrever nuestra inseguridad hipercompensada; pretendiendo dar lecciones a los demás demostramos saber muy poco de la vida. Ponerse en un escaparate o subirse a un pedestal es propio de personas no solo orgullosas sino ridículas y poco inteligentes; y es difícil saber, en esos casos, si es más grande el orgullo o la estupidez.

La presunción difícilmente podrá hacer grande a una persona. La inteligencia se lleva mal con arrogancia y la prepotencia. Una persona sensata siempre tiene clara la necesidad de aconsejarse, de intercambiar experiencias y pareceres. Saber escuchar con interés es un eficaz antídoto contra muchas formas de orgullo que son causa de numerosos errores y fracasos.

Alfonso Aguiló, “Cambiar el entorno emocional”, Hacer Familia nº 260, 1.X.2015

Sonya Carson abandonó muy joven sus estudios y se casó siendo aún adolescente. El matrimonio se rompió y pronto ella se encontró a cargo de sus dos hijos pequeños, por lo que tuvo que simultanear varios empleos para salir adelante.

El más pequeño de los hijos, Benjamin, que había nacido en Detroit en 1951, manifestó tempranamente dificultades en su educación primaria. Parecía el peor alumno de su clase y era objeto de burlas e insultos por parte de sus compañeros. Todo eso le hizo desarrollar un temperamento un tanto agresivo e incontrolable.

La señora Carson se encontraba sumida en una espiral de negros presagios. Se había visto envuelta en ellos toda su vida, y ahora parecía que iba a suceder lo mismo con sus hijos. Ella apenas tenía formación académica, y en eso poco podía ayudarles. Pero estaba decidida a que las cosas cambiaran, pese a que todo parecía estar en contra. Lo primero que se planteó fue limitar el tiempo que su hijo Ben pasaba frente a la televisión. Tampoco le dejaba salir a jugar hasta que tenía hechas todas sus tareas. Eran normas sencillas pero se iban mostrando efectivas. Le exigió leer en casa dos libros cada semana y redactar un resumen escrito sobre cada uno, a pesar de que ella, debido a su propia falta de preparación, apenas podía entenderlos.

Pronto Ben empezó a sorprender a sus compañeros y profesores. El último de la clase empezaba a despertar. Todos lo observaban con asombro. “Fue entonces cuando me di cuenta que yo no era tonto”, recordaba Ben años después. Al curso siguiente, Ben Carson era, sin lugar a dudas, el mejor alumno de su clase.

Carson se graduó con honores de la escuela secundaria. Fue admitido en la Universidad de Yale, donde obtuvo una licenciatura en Psicología. A continuación, estudió en la Facultad de Medicina de la Universidad de Michigan, donde su interés se desplazó hacia la neurocirugía. Su esfuerzo y sus excelentes capacidades hicieron de él un extraordinario cirujano. Fue el primer afroamericano residente de neurocirugía en el Hospital Johns Hopkins en Baltimore. A los 32 años fue nombrado Director del Departamento de Neurocirugía Pediátrica, siendo el médico más joven en ocupar ese puesto.

Ben Carson llegó a ser conocido por acceder a tratar casos desesperados o de alto riesgo, y por su capacidad de combinar sus propias habilidades quirúrgicas con el conocimiento del funcionamiento del cerebro gracias a innovadoras tecnologías. Fue el primero en operar a un feto dentro del útero. En 1985 se especializó en la hemisferectomía, y poco después se hizo famoso como un experto en uno de los tipos de cirugía más difíciles: la separación de gemelos siameses.

Ha recibido numerosos honores y premios, incluyendo más de 50 doctorados honoris causa. En 2001 fue considerado uno de los 20 principales médicos y científicos de Estados Unidos y también seleccionado por la Biblioteca del Congreso como una de las 89 «leyendas vivientes» de la nación. También recibió en 2006 la Medalla Spingarn, el más alto honor otorgado por la Asociación Nacional por el Progreso de la Gente de Color (NAACP), y en 2008 de la Medalla Presidencial de la Libertad, el más alto honor civil en el país.

La historia de Ben Carson, y quizá sobre todo la de su madre, son una muestra más de la importancia de sobreponerse a lo que parece un destino fatal e inexorable. Es cierto, por ejemplo, que la falta de cultura de los padres es un lastre para la educación los hijos. Pero eso es un efecto pequeño frente a lo que puede lograr una madre decidida. Un chico mal encaminado puede rehacer su vida. Puede cambiar lo que parece estar ya sentenciado. Hace falta convicción, oportunidades y esfuerzo en la formación del carácter. Y para ello, entender las circunstancias emocionales que rodean a cada uno, porque para despertar talentos adormecidos hay que actuar sobre los entornos emocionales. Todos vivimos rodeados de emociones y estados de ánimo, y quien se sobrepone y cada mañana busca nuevas oportunidades, las encuentra. Pero si se abandona a los estados de ánimo negativos, se bloquean las expectativas, tanto del educador como del que es educado.

Alfonso Aguiló, “El buen y el mal ejemplo”, Hacer Familia nº 259, 1.IX.2015

Alfonso Aguiló, "El buen y el mal ejemplo", Hacer Familia nº 259, 1.IX.2015
Hay mucha literatura sobre los efectos que produce en el aula la presencia de otros compañeros diferentes, mejores o peores, y es interesante observar la diversidad de posibilidades en que se puede traducir esa influencia. Una diversidad y unos efectos que igualmente pueden observarse fuera de la escuela: en la vida familiar, en la empresa, o entre vecinos o amigos.

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Alfonso Aguiló, “El enemigo más fuerte”, Hacer Familia nº 257-258, 1.VII.2015

El historiador romano Tito Livio, educador del emperador Claudio, se lamentaba con amargura de la decadencia de la sociedad en que vivía, y lo resumía en una frase lapidaria: “Hemos llegado a un punto en el que ya no podemos soportar, ni nuestros vicios, ni los remedios que de ellos nos curarían”.
 

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Alfonso Aguiló, “¿Intereses o principios?”, Hacer Familia nº 256, 1.VI.2015

Los Acuerdos de Múnich fueron aprobados y firmados durante la noche del 30 de septiembre de 1938. Ante la escalada de violencia y el inminente estado de guerra, el primer ministro británico Neville Chamberlain y el presidente francés Édouard Daladier acudieron dispuestos a darle a Hitler lo que pedía -los Sudetes- para que el Führer dejara en paz a franceses y británicos. Abandonaron a sus aliados, sin formular siquiera una consulta al gobierno checoslovaco, y, como es sabido, Hitler tardó muy poco en incumplir su palabra y anexionarse todo el país. 
 

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Alfonso Aguiló, “La verdad, de donde venga”, Hacer Familia nº 255, 1.V.2015

El 18 de marzo de 2015, casi veinte años después de haberse cometido los crímenes, el Gobierno de Serbia ordenó la detención de ocho ciudadanos suyos por haber participado en la matanza de Srebrenica el 11 de julio de 1995. Estos ocho ex-miembros de la temida Policía especial serbobosnia estaban acusados de haber participado directamente en la ejecución sumaria de unos mil varones bosnios musulmanes, de los ocho mil que murieron durante los tres días de exterminio ordenados por el general serbio Ratko Mladic. 
 

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Alfonso Aguiló, “Recibir feedback”, Hacer Familia nº 254, 1.IV.2015

La falta de valor para abordar conversaciones difíciles suele ser uno de los mayores obstáculos en la comunicación entre las personas. No es fácil aprender a dar feedback de un modo que resulte positivo, pero parece que es aún más difícil aprender a recibirlo. Y por muy persuasivo y empático que sea el emisor del mensaje, el destinatario es finalmente quien decide si lo acepta o si se pone a la defensiva y lo rechaza.
 

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Alfonso Aguiló, “Conciliar derechos”, Hacer Familia nº 253, 1.III.2015

Charlie Hebdo es el nombre un semanario satírico francés fundado en 1992, que tomó su nombre de una publicación satírica que existió entre 1969 y 1981 (primero como Hara-kiri y Hara-kiri hebdo). Con sus publicaciones consiguió sucesivamente la indignación de musulmanes, judíos y cristianos. Pero cuando la revista cobró relevancia internacional fue al involucrarse en la controversia sobre las caricaturas de Mahoma en el año 2006. Charlie Hebdo republicó las caricaturas aparecidas en el periódico danés Jyllands-Posten. Fue también el medio que publicó el manifiesto de doce intelectuales como Salman Rushdie o Bernard-Henri Lévy a favor de la libertad de expresión y en contra de la autocensura, y fue demandado por autoridades islámicas francesas, acusándole de un delito de "injurias públicas contra un grupo de personas en razón de su religión". 

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Alfonso Aguiló, “Optimismo en tiempos difíciles”, Hacer Familia nº 252, 1.II.2015

De Norman Foster dicen sus biógrafos que nació en el lado equivocado de las vías de ferrocarril que separan el centro de Manchester de los húmedos y fríos suburbios de la ciudad. 
 

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Alfonso Aguiló, “Historia de un desafío”, Hacer Familia nº 251, 1.I.2015

Malala Yousafzai nació en 1997 en Mingora (Pakistán), y en octubre de 2014, a los 17 años, recibió el Premio Nobel de la Paz y pasó a ser la persona más joven premiada con este galardón en cualquiera de sus categorías en toda la historia.
 

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Alfonso Aguiló, “Equilibrar la confianza”, Hacer Familia nº 249, 1.XI.2014

En una de las Historias Magrebíes de Rezzori, un padre anima a su pequeño hijo a saltar a sus brazos abiertos, desde el árbol al que se había subido. El niño salta, el padre se aparta y le deja caer al suelo. El niño llora y el padre le explica: “Eso es para que aprendas a no fiarte ni de tu padre”. 

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Alfonso Aguiló, “La mariposa de Austin”, Hacer Familia nº 250, 1.XII.2014

Austin es un estudiante de seis años, que estudia primer grado en una escuela norteamericana llamada Charter Anser, en Boise, en el estado de Idaho. La escuela busca que sus alumnos aprendan a elaborar trabajos de calidad y que se acostumbren a recibir de sus compañeros un feedback sincero que les ayude a mejorar sus tareas, sin conformarse antes de tiempo. 
Su profesor les ha pedido que hagan un proyecto en el que tienen que dibujar cada uno una mariposa a partir de una fotografía, pero debe tener la calidad propia de un estudio científico. Austin escoge una mariposa que responde al nombre de tiger swallowtail.

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Alfonso Aguiló, “La iniciativa social en la educación”, Nueva Revista nº 149, 1.X.2014

Alfonso Aguiló, "La iniciativa social en la educación", Nueva Revista nº 149, 1.X.2014 
Hoy, el núcleo principal del debate sobre la libertad de enseñanza está en la pluralidad y  igualdad de oportunidades. Y eso nos lleva de inmediato a la cuestión de la financiación, pues la igualdad de oportunidades en la financiación es la única forma de lograr una efectiva igualdad de oportunidades para todos, no solo para los que tienen más recursos. Y esa igualdad de oportunidades en la financiación, para que sea justa, plantea de inmediato la necesidad de una adecuada rendición de cuentas.

Continúa leyendo Alfonso Aguiló, “La iniciativa social en la educación”, Nueva Revista nº 149, 1.X.2014

Alfonso Aguiló, “Reconocer la propia debilidad”, Hacer Familia nº 248, 1.X.2014

Un rabino judío decidió poner a prueba sus discípulos. ¿Qué es lo que haríais, hijos míos, si os encontraseis un saco de dinero en el camino? 
 
El primero respondió de inmediato y dijo: “Lo devolvería a su dueño, maestro”. "Ha respondido muy rápido y muy seguro –pensó el rabino–, me pregunto si será realmente sincero." 

Continúa leyendo Alfonso Aguiló, “Reconocer la propia debilidad”, Hacer Familia nº 248, 1.X.2014

Alfonso Aguiló, “La terapia del perdón”, Hacer Familia nº 247, 1.IX.2014

 Cuenta Roland Joffé el impacto que le produjo una entrevista en la CNN en la que una mujer hutu de Ruanda estaba tomando el té con un hombre al que ella misma presentaba como miembro de una tribu tutsi que había asesinado a su familia. El entrevistador, muy sorprendido, le decía: “¿Y por qué toma el té con él…? ¿Le ha perdonado?”. “Sí –respondía ella–, le he perdonado”. Y explicaba a continuación que aquel hombre iba todas las semanas a tomar el té con ella. “Lo hace para vivir en mi perdón”, añadía. 
 

Continúa leyendo Alfonso Aguiló, “La terapia del perdón”, Hacer Familia nº 247, 1.IX.2014

Alfonso Aguiló, “Desmarcarse”, Hacer Familia nº 245-246, 1.VII.2014

 Cuando en 1961 se celebró en Jerusalén el juicio contra el líder nazi Adolf Eichmann, la revista The New Yorker escogió como enviada especial a Hannah Arendt, una filósofa judía de origen alemán exiliada en Estados Unidos. Arendt parecía un perfil muy adecuado para escribir un reportaje sobre el juicio al miembro de las SS responsable de la “solución final” del Holocausto. Sin embargo, los artículos que la filósofa redactó acerca de aquel proceso despertaron una gran polémica. Y cuando luego publicó esos reportajes en forma de libro con el título “Eichmann en Jerusalén”, se desató una fuerte campaña contra ella, organizada por varias asociaciones judías norteamericanas e israelíes.

Continúa leyendo Alfonso Aguiló, “Desmarcarse”, Hacer Familia nº 245-246, 1.VII.2014

Alfonso Aguiló, “Paciencia para educar”, Hacer Familia nº 244, 1.VI.2014

 Hay algo muy curioso que, según parece, sucede con algunas especies de bambú como el Guadua Agustifolia o el Dendrocalamus Giganteus, plantas originarias de China y Japón. Sus hojas son de color verde claro, bastante alargadas. Con el tallo de bambú se construyen muebles, objetos de artesanía, cañerías, viviendas, e incluso puentes. Es un material muy ligero y resiste tensiones muy altas. Pero quizá lo más curioso de esta especie vegetal es que… se siembra la semilla, se abona, se riega, se cuida… y durante los primeros meses no sucede nada apreciable, y durante los primeros años su crecimiento es tremendamente lento. Un cultivador inexperto pensaría que las semillas no son buenas, o que hay cualquier otro problema. Sin embargo, pasados unos años, en un período de solo seis u ocho semanas, la planta de bambú puede crecer bastantes metros. ¿Tarda entonces solo unas semanas en crecer? No exactamente, en realidad se ha tomado también los años anteriores, de aparente inactividad, para poder llegar al desarrollo que iba a tener después. 

Continúa leyendo Alfonso Aguiló, “Paciencia para educar”, Hacer Familia nº 244, 1.VI.2014

Alfonso Aguiló, “Defender la razón”, Hacer Familia nº 243, 1.V.2014

Entre 1910 y 1935 Gilbert Keith Chesterton escribió cerca de cincuenta relatos sobre el legendario Padre Brown, un sacerdote de apariencia ingenua pero cuya agudeza psicológica lo convertía en un formidable detective. El Padre Brown era un hombre de baja estatura que se movía con soltura y energía por las calles de Londres, siempre con un enorme paraguas, y conseguía resolver los crímenes más enigmáticos gracias a su certero conocimiento de la naturaleza y la psicología humanas. 

Continúa leyendo Alfonso Aguiló, “Defender la razón”, Hacer Familia nº 243, 1.V.2014

Alfonso Aguiló, “Educación y nivel económico”, Hacer Familia nº 242, 1.IV.2014

Los niños británicos de clase media-alta tienen peor rendimiento académico que alumnos asiáticos que viven en el umbral de la pobreza. Ese ha sido un destacado titular reciente en los principales diarios británicos, a raíz de un estudio internacional de la OCDE. Los hijos de los trabajadores manuales de las fábricas de numerosas áreas del Lejano Oriente tienen un rendimiento que está al menos un año por delante de los hijos de los médicos y abogados británicos.

Continúa leyendo Alfonso Aguiló, “Educación y nivel económico”, Hacer Familia nº 242, 1.IV.2014

Alfonso Aguiló, “Reflejos humanos”, Hacer Familia nº 241, 1.III.2014

El lunes 20 de enero de 2014 era festivo en EEUU porque se conmemoraba el nacimiento de Martin Luther King. Ese día, Tyler Doohan, aprovechando el puente, preguntó a su madre si podía pasar la noche en el remolque donde vivía su abuelo.
 
Su madre se lo permitió y aquel día fue a dormir a la caravana donde residía Louis Beach, el abuelo de Tyler, en Penfield, un suburbio de Rochester, en el estado de Nueva York. Con aquel hombre, de 57 años, vivían diversos parientes en situación de necesidad y él los acogía en su modesta vivienda. A veces llegaban a ser diez o más personas las que habitaban aquel tráiler, incluidos varios nietos y bisnietos suyos.

Continúa leyendo Alfonso Aguiló, “Reflejos humanos”, Hacer Familia nº 241, 1.III.2014

Alfonso Aguiló, “Postureo”, Hacer Familia nº 240, 1.II.2014

Observo que la palabra “postureo" es un término acuñado recientemente y usado especialmente en el contexto de las redes sociales y las nuevas tecnologías, para expresar formas de comportamiento y de pose que suelen ser más por imagen o por las apariencias que por otras motivaciones. 
Parece que este neologismo aún no tiene registro en los diccionarios, pero no por eso deja de tener una amplia presencia, sobre todo en la plaza pública virtual, para impresionar a quienes te ven, te leen o te escuchan, y llegar al mayor número posible de personas.

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Alfonso Aguiló, “El fantasma de Canterville”, Hacer Familia nº 239, 1.I.2014

“El fantasma de Canterville” es una simpática parodia de los relatos de terror escrita por Oscar Wilde en 1887.
 
Un embajador norteamericano llamado Hiram B. Otis se traslada con su familia a un castillo recién comprado en un hermoso lugar en la campiña inglesa a siete millas de Ascot, al sur de Londres. El dueño anterior, Lord Canterville, que no quería engañarle, le avisa de que en el castillo habita un fantasma desde hace más de trescientos años, y que en todo ese tiempo nadie ha logrado vivir en paz en aquel lugar.
 

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Alfonso Aguiló, “Saberse vulnerables”, Hacer Familia nº 238, 1.XII.2013

 
“El caudal de las noches vacías” es la última novela de Mercedes Salisachs, que ha escrito con gran dificultad, a sus 96 años y aquejada de una grave enfermedad. La autora ha explicado que quiso escribir esta obra postrera porque tenía necesidad de hablar sobre una situación que observa cada vez con más frecuencia en las relaciones entre hombre y mujer.
 

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Alfonso Aguiló, “El pensamiento automático”, Hacer Familia nº 237, 1.XI.2013

Suele llamarse “pensamiento automático” a ese conjunto de ideas que surgen en nosotros de forma espontánea, son de formulación sencilla y están profundamente arraigadas, de modo que afloran en nuestra mente sin apenas deliberación y sin oponer sentido crítico. Es muy habitual que esos pensamientos no se reconozcan como tales sino se profundiza bastante en el propio conocimiento, normalmente con la ayuda del contraste con personas que nos conocen bien y nos ayudan a descubrirlos.
 

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Alfonso Aguiló, “Enfadarse”, Hacer Familia nº 236, 1.X.2013

Un chico joven tenía un carácter bastante violento. Quería corregirse pero no lo lograba. Un día su padre, que tenía mucha confianza con él, le propuso una idea. Le dijo que clavara un clavo en la cerca del jardín cada vez que perdiera la paciencia y se enfadara con alguien. El primer día, llegó a clavar 37 clavos. Durante las semanas siguientes, a medida que aprendía a controlar su mal genio, tenía que clavar cada vez un número menor. Fue descubriendo que no era tan difícil controlar su carácter. 

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Alfonso Aguiló, “El hombre que no tenía camisa”, Hacer Familia nº 235, 1.IX.13

En las lejanas tierras del norte, hace mucho tiempo, vivía un zar que enfermó gravemente. Reunió a los mejores médicos de todo el imperio, que le aplicaron todos los remedios que conocían y otros nuevos que se fueron inventando, pero, lejos de mejorar, el estado del zar parecía cada vez peor. Le hicieron tomar jarabes y baños de lo más curiosos, aplicaron bálsamos y ungüentos con los ingredientes más insólitos, pero su salud no mejoraba. 

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Alfonso Aguiló, “El abuelo y el nieto”, Hacer Familia nº 233-234, 1.VII.13

El abuelo se había hecho muy viejo. Sus piernas flaqueaban, veía y oía cada vez peor, babeaba y tenía serias dificultades para tragar. 
A su hijo y a su nuera, esto les desagradaba cada día más. En una ocasión —prosigue la escena de aquel cuento de los Hermanos Grimm—, cuando le servían la cena, al abuelo se le cayó el plato y se hizo añicos contra el suelo. 
La mujer comenzó a quejarse de la torpeza de su suegro, diciendo que lo rompía todo, y que a partir de aquel día le darían de comer en una cubeta de plástico. El anciano suspiraba asustado, sin atreverse a decir nada.
Un rato después, vieron al hijo pequeño manipulando en el armario. Movido por la curiosidad, su padre le preguntó: "¿Qué haces, hijo?" El chico, sin levantar la cabeza, repuso: "Estoy preparando una cubeta para daros de comer a mamá y a ti cuando seáis viejos." 

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Alfonso Aguiló, “Cenizos”, Hacer Familia nº 232, 1.VI.13

Una vieja tradición china cuenta la historia de un viejo campesino, pobre pero sabio, que labraba trabajosamente la tierra, con su hijo y con la ayuda de un viejo caballo. 
 
Un día, el caballo escapó a las montañas. Su hijo le dijo: "Padre, qué desgracia, se nos ha ido el caballo". Su padre respondió: "Ten paciencia, hijo mío, saldremos adelante, veremos lo que nos trae el paso del tiempo…". A los pocos días el caballo regresó, acompañado de otro caballo. 

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Alfonso Aguiló, “Cómo nos cambia la tecnología”, Hacer Familia nº 231, 1.V.13

Internet es un mundo bastante reciente y que evoluciona con una enorme rapidez. Todos nos maravillamos de los avances que ha supuesto, nos sorprendemos con novedades que hace bien poco nos parecían ciencia-ficción, y también quizá nos preocupamos ante algunos de los riesgos que se vislumbran.
Vemos como se introduce en nuestras vidas, que se llenan de artilugios y aplicaciones que hacen variar nuestras costumbres, nuestro modo de trabajar, de comunicarnos, de vivir la actualidad, y hasta de hacer amistad. No sabemos bien hacia dónde va a evolucionar, dónde estarán sus nuevas aportaciones o por dónde se avecinan posibles peligros. 

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Alfonso Aguiló, “Construir bulos”, Hacer Familia nº 230, 1.IV.13

Corría el año 1708 cuando el escritor irlandés Jonathan Swift empezó a usar como pseudónimo el nombre de Isaac Bickerstaff, un personaje inventado con el que planeó una venganza que tendría lugar justo antes del Día de los Inocentes (el 1 de abril en el calendario anglosajón).
El adversario era un conocido astrólogo inglés, John Partridge, que había cometido el error de mofarse de él en su Merlinus Almanac. 
La réplica del ficticio Isaac Bickerstaff se publicó en otro almanaque que fue titulado Predictions for the Year 1708 by Isaac Bickerstaff. 

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Alfonso Aguiló, “Religión y espiritualidad”, Hacer Familia nº 229, 1.III.13

Un reciente estudio de la Unidad de las Ciencias de Salud Mental de la University College London Medical School publicado en el British Journal of Psychiatry y firmado por Michael King, Louise Marston, Sally McManus, Terry Brugha, Howard Meltzer y Paul Bebbington, concluye con una afirmación tan provocadora como la siguiente: las personas que se consideran espirituales pero no ligadas a la regularidad y disciplina de una religión sufren más neurosis, adicciones, desórdenes de alimentación y fobias.
El estudio se ha realizado a partir de 7.000 entrevistas en Gran Bretaña. Un 35% declaraban tener "una visión religiosa de la vida"; un 19% se autoconsideraba "espiritual pero no religioso" y un 46% se declaraba indiferente, es decir, "ni espiritual ni religioso". 

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Alfonso Aguiló, “El contexto importa”, Hacer Familia nº 228, 1.II.13

Viernes, 12 de enero de 2007, a las 7.51 de la mañana. Hora punta en una estación de Metro en la ciudad de Washington. Un músico toca el violín vestido con unos vaqueros, una camiseta de manga larga y una gorra de béisbol. El instrumento es nada menos que un Stradivarius de 1713. El violinista toca piezas magistrales durante 43 minutos. Es Joshua Bell, uno de los mejores intérpretes del mundo, nacido en Bloomington, Indiana, en 1967. Tres días antes había llenado el Boston Symphony Hall, a 100 euros la butaca sencilla. No es que hubiera caído en desgracia en solo tres días, sino que estaba protagonizando un experimento planeado por el diario The Washington Post: comprobar si la gente está preparada para reconocer la belleza en un contexto inesperado.

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Alfonso Aguiló, “Sobrevivir para contarlo”, Hacer Familia nº 227, 1.I.2013

Ruanda es un pequeño país muy densamente poblado de la región de los Grandes Lagos de África. Es conocido por su fauna salvaje, por sus ciudades típicas y por los preciosos parajes naturales que ofrece su terreno fértil y montañoso. Pero sobre todo es conocido y recordado por la sangrienta guerra civil que se desató en 1994, tras una larga historia de diferencias raciales y de discriminación entre las dos principales etnias del país. La etnia dominante en aquel momento, los hutus, se dejó arrastrar por el odio acumulado desde muchas generaciones atrás y desencadenó uno de los genocidios más intensos y sangrientos de la historia, con más de 800.000 tutsis asesinados en un espacio de apenas tres meses.

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Alfonso Aguiló, “Ética del carácter”, Hacer Familia nº 226, 1.XII.2012

Stephen Covey ha fallecido a los 79 años de edad en Idaho (USA) y es universalmente conocido desde que en 1989 publicó “Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva”, un libro que fue desde el primer momento un bestseller mundial y que será difícil de superar.
En el prólogo explica cómo se gestó la redacción del libro. Covey se encontraba inmerso en un estudio sobre todo lo publicado acerca del éxito en Estados Unidos a lo largo de doscientos años. Leía centenares de libros, artículos y ensayos sobre autoperfeccionamiento, psicología popular y autoayuda. Observaba la evolución que, a lo largo de la historia de su país, se había producido en que lo que se consideraban las claves de una vida exitosa.
 

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Alfonso Aguiló, “Un enemigo para ser mejor”, Hacer Familia nº 225, 1.XI.2012

 
Un adversario que siempre nos gana, con quien nos resulta imposible competir, puede resultar frustrante. Pero no tener competencia es casi peor. No puede decirse que tener adversarios y competencia sea siempre malo. Es más, muchos piensan que puede ser positivo. No es que haya que buscarlos constantemente, pero que existan puede llegar a ser una ayuda, curiosamente. 

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Alfonso Aguiló, “Detalles nimios”, Hacer Familia, nº 224, 1.X.2012

«Así se inició el paseo aquella tarde. De cuando en cuando ella se detenía para retirar de la carretera, empujándolas con su cachavita negra, algún cristal o alguna piedra de mayor tamaño. “En detalles tan nimios como este se conoce a los personas”, pensé; y luego me entretuve meditando si alguna vez en mi vida me había guiado este instinto de caridad hacia mis semejantes. Comprendí que no y me avergoncé de ello. 
 

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Alfonso Aguiló, “Honestidad y progreso social”, Hacer Familia nº 223, 1.IX.2012

 
Aunque para muchos resulte extraño, en la honestidad está buena parte de las claves por las que —como ha explicado Juan Planes—  unas naciones han progresado económica, cultural y socialmente bastante más que otras. 
Dos estudios realizados hace ya unos años por Stephen Knack, Philip Keffer y Paul J. Zak muestran que existe una fuerte correlación entre honestidad y desarrollo económico. La primera investigación valoró los niveles de confianza estudiando las respuestas dadas por personas de 29 países a la pregunta “¿cree usted que puede fiarse de la mayoría de la gente?”, y la segunda investigación estudió también si las personas de esos mismos países consideraban aceptables las siguientes situaciones: cobrar un beneficio social sin merecerlo, no pagar el billete del metro, defraudar a Hacienda, quedarse con una cartera perdida y ocultar un golpe que damos a un vehículo aparcado.

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Alfonso Aguiló, “Constancia y convicción”, Hacer Familia nº 221-222, 1.VII.12

Cuando Kenneth Waters es condenado a cadena perpetua sin libertad condicional por el asesinato de una mujer en 1980 en Massachusetts, su hermana, Betty Anne Waters, empleada en una cafetería, con 28 años y dos hijos pequeños, decide luchar con todas sus fuerzas para demostrar que su hermano es inocente. 

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