Juan Manuel de Prada, “Tan lacayos y tan felices”, ABC, 7.VIII.2006

Hubo un tiempo en que juventud era sinónimo de inconformismo, irreverencia, rebeldía, heterodoxia y demás benditos síntomas de la vitalidad. Al calor de la revolución hormonal que se desataba en su organismo, el joven aspiraba a desmontar los andamios de un mundo heredado, a trastornar las convenciones instituidas por sus mayores, a revolverse contra el pensamiento dominante. Ciertamente, en muchos jóvenes estas tendencias ariscas y subversivas eran casi una actitud refleja, nacida del puro instinto de llevar la contraria; pero en ese instinto subsistía algún residuo de aquella sagrada insensatez que animó a Prometeo a robar el fuego a los dioses del Olimpo, que eran el gabinete ministerial de la época. De este modo, los jóvenes se convirtieron en la conciencia de la sociedad, en esa avanzadilla de «divinos locos» que mantenía encendida la antorcha de la rebelión, siquiera hasta que la revolución hormonal aplacaba sus furores; pero, para entonces, ya habían llegado otros a tomarles el relevo, y así se aseguraba la permanencia de un minoría dispuesta a impedir que las cosas siguiesen como estaban, dispuesta a prender la mecha del polvorín.

Pero ese tiempo ya quedó abolido. Según una encuesta divulgada por el Instituto Nacional de la Juventud, nueve de cada diez jóvenes se declaran satisfechos o muy satisfechos con su vida. Y, mientras retozan en el redil de su felicidad cautiva y gregaria, que los pobrecitos -acostumbrados a no mirar otro horizonte que el de su propio ombligo- confunden con un prado sin vallados, se adhieren con entusiasmo y fervor a los Principios del Movimiento: la experimentación con embriones les mola mazo, la eutanasia y el aborto también, aunque a renglón seguido se proclamen denodados defensores de la naturaleza y de los derechos humanos. A saber qué entenderán por naturaleza y por derechos humanos estos catecúmenos del Nuevo Régimen: en el primer concepto imagino que no incluirán los ciclos de la vida y la muerte; del segundo, por supuesto, excluirán el derecho a nacer, que es el único que verdaderamente deberían defender sin restricciones, ya que cuando se niega los demás se convierten en meros pronunciamientos retóricos y pomposidades hueras. Pero estos jóvenes reviejos y apoltronados han hecho del retoricismo vano una forma de placidez: aunque la encuesta no registra este dato, estoy seguro de que si les hubiesen preguntado por los derechos de los animales se habrían declarado también sus paladines más encendidos. Abortar no les provoca mayor reparo que explotarse un grano; en cambio, eso de que en la perreras maten a un perrito rabioso, aunque sea con una inyección indolora, se les antoja el colmo de la felonía y la inhumanidad.

Y eso que la encuesta no les pone en el brete de pronunciarse sobre asuntos de índole política; pero, de haber sido inquiridos, se habrían mostrado igualmente satisfechos con las iniciativas del Nuevo Régimen: la paparrucha de la memoria histórica, la búsqueda de la paz (aunque sea de rodillas), el buen rollito de la alianza de civilizaciones, el potaje plurinacional. ¡Pues claro que sí, faltaría más! La encuesta podría llevar cómo título ese lema coñón y lastimado que el maestro Burgos ha adoptado como diagnóstico sarcástico de nuestro tiempo: «No Passssa Nada». Ya ves, querido Burgos, que eres una voz que clama en el desierto. Tu percepción de la realidad no conecta con la sensibilidad de las nuevas generaciones; lo cual demuestra que, amén de bajito, eres un carca gruñón y aguafiestas. Aprende de estos jóvenes, orgullo del solar hispano, que en el colmo de la presunción optimista, se atreven a asegurar «que su vida mejorará en los próximos meses». Aprende de su conformismo, de su complacencia lamerona con el que manda, de su ortodoxia pacífica y risueña, de su vocación de acatamiento y sumisión. Míralos qué lacayos y qué felices son, míralos qué muertecitos están.

Juan Manuel de Prada, “Birrias”, Reserva natural, p. 231

Nos enteramos ahora de la respuesta que José Antonio Aguirre, lendakari en el exilio, le asestó a Picasso, cuando éste amenazó con donar al Gobierno vasco el Guernica, esa reliquia que sesenta años después se disputan las diócesis de Madrid y Bilbao. “¿Para qué quiero yo esa birria?”, dijo el desdeñoso lendakari, con una mezcla de laconismo e irreverencia que ninguno de nuestros actuales mandatarios hubiese osado emplear. La corrección política aconseja emplear el fárrago y la santurronería como coartadas que disimulen nuestro estupor ante las birrias artísticas. ¿Se imaginan a nuestra Esperanza Aguirre pronunciándose tan sacrílegamente sobre un potaje de Tàpies? La someteríamos a un proceso inquisitorial, la untaríamos de brea, la emplumaríamos y alimentaríamos con sus huesos una bonita hoguera. Ni siquiera a Arzallus, monarca del regüeldo, le consentiríamos tamaño desliz: como mínimo, lo arrojaríamos al Nervión con una piedra de molino atada al cuello.

Y no me preocupa tanto que la corrección o el tacto político enquisten el juicio de nuestros mandatarios como que ese enquistamiento se haya extendido a las gentes de sentido común. Con desoladora frecuencia, me tropiezo con personas de amenísimo trato que, ante la contemplación de una birria, experimentan una suerte de epilepsia estética y empiezan a entonar sus alabanzas en una jerga muy campanuda. La causa de esta metamorfosis suele ser un lienzo escalfado de colores excrementicios, a veces pintarrajeado con inscripciones párvulas o condecorado con tornillos y calcetines. Si les dices que no entiendes el pasmo que esa birria les suscita, te administran una homilía de palabras abstrusas y terminan censurando tu incapacidad para penetrar los misterios insondables del arte.

Aun a riesgo de parecer filisteo o reaccionario o meramente palurdo, confesaré que no creo en el arte que requiere para su disfrute de sesudas elaboraciones intelectuales. El arte conmueve o no conmueve, y no hay método más infalible para detectar una birria que situarnos ante ella y comprobar cómo ni siquiera roza nuestro sentimiento. El arte es una religión del sentimiento, y todo lo que escapa a esa primera mirada son monsergas y zarandajas. Existe ahora un contubernio alentado por las élites más proclives al jeroglífico, que preconiza un arte rodeado de conceptos alambicados y tostones trascendentes, como si la percepción de la belleza necesitase algo más que unos ojos sin legañas y una sangre no demasiado pálida. ¿Requiere alguna exégesis un cuadro –pongo por caso– de Tintoretto? Parece evidente que no. Un cuadro de Pollock, en cambio, exigirá de nosotros un grave derramamiento de neuronas; de lo contrario, lo confundiríamos con el trapo que Tintoretto utilizaba para limpiar sus pinceles. En medio de tanto esnobismo cultural, habría que recuperar el veredicto cazurro de aquel lendakari en el exilio: “¿Para qué quiero yo esa birria?”.

Juan Manuel de Prada, “Las antípodas”, Reserva natural, p. 235

Esta noche he soñado con Borges; me hablaba con una voz de salmodia que resbalaba entre sus labios ciegos: “Imaginémonos –me decía– dos personas de caracteres opuestos y hábitos inconciliables. Dos personas que vivan en lugares distantes y cultiven aficiones y virtudes, vicios y veleidades contradictorios. Denominémoslas espíritus antípodas. Pues bien, yo sostengo que estas dos personas precisarían la una de la otra, habría un hilo secreto, un indescifrable sistema de acciones y omisiones, de pecados y penitencias que las vinculase. Serían el anverso y el reverso de una misma moneda. Sostengo que esos dos espíritus antípodas no podrían subsistir sin la otra presencia que los complementa. A la muerte de una se sucedería, irremediablemente, la extinción de la otra”. En mi sueño, Borges hojeaba con exhausta ironía la prensa más reciente, que sólo hablaba de asuntos necrológicos.

Me he despertado oprimido por una vaga desazón metafísica. Una vez despejadas las últimas hilachas del sueño, he comprendido que las muertes de esa principesa rubia y esa anciana arrugada no han acaecido casi simultáneamente por capricho del azar, sino que obedecen a una pavorosa simetría. La Madre Teresa, virgen esquilmada por la artrosis, ha expirado después de que lo hiciera su “espíritu antípoda”, esa muñequita con furor uterino, y lo ha hecho después de dedicarle palabras de gratitud, quizá porque intuía que sin personas de corazón pálido como lady Di no podrían existir personas como ella, con una antorcha en llamas en mitad del pecho. Han muerto, sí, el anverso y el reverso de una misma moneda, y lo han hecho ante los ojos unánimes de una multitud que no ha entendido el mensaje de esa muerte conjunta, porque nos ha tocado vivir una época de papanatismo moral, en la que se encomia la caridad profiláctica de la principesa, su bondad de relumbrón y papel celofán, y se la encumbra a los altares tontorrones de nuestra mitología.

Han muerto dos mujeres antípodas. Por un lado, la principesa rubia, depositaria de esa gangrena de oropeles e hipocresías que hoy nos corroe, samaritana postiza que acariciaba a los enfermos conteniendo la respiración, para no contagiarse, y reservaba sus jadeos para los magnates más irreprochablemente higiénicos. Por otro, la virgen rugosa y jibarizada, quizá la concentración más químicamente pura de heroísmo que ha producido la humanidad: sólo con ver su rostro injuriado de arrugas y abnegación entraban ganas de hacerse católico, apostólico y calcutano. Quizá nuestra época prefiera recordar el haz de papel cuché, pero permítanme hoy llorar por el envés callado y nada vistoso de una mujer que había hecho de su carne y de su sangre y de sus huesos una eucaristía sagrada.

Juan Manuel de Prada, “Pasarelas”, Reserva natural, p. 251

Nos están dando muchísimo la brasa con la Pasarela Cibeles, siguiendo una receta informativa que ya repite en los estómagos y cuyo exceso de levadura acabará por hacernos estallar. ¿No les parece que tanto desfile de alta costura ya se nos sale por las orejas? Yo estaría dispuesto a soportar este coñazo de la Pasarela Cibeles, incluso el coñazo homólogo de la Pasarela Gaudí, como manifestaciones del esnobismo autóctono, si no me atormentasen con desfiles foráneos, pero vivimos en la aldea global, y eso impone que el empacho tenga su prolongación cosmopolita. Como la moda no es una preocupación espontánea de la gente (del común de la gente) se han inventado esa patraña alevosa según la cual cualquier mamarrachada incubada por un modisto atufado de megalomanía es una creación artística. Hemos visto desfilar por las pasarelas muchas creaciones artísticas cuyo destino natural era el vertedero o la chatarrería que han sido saludadas como el advenimiento de una nueva vanguardia estética.

Con los engendros de la alta costura ocurre lo mismo que con las eyaculaciones mentales de los poetastros en el ámbito literario: no interesan a casi nadie, pero quienes los perpetran consiguen convocar una atención mediática que sólo se explica como una manifestación de mala conciencia colectiva. Han logrado convencernos de que cuatro trapos mal cosidos constituyen una emanación del espíritu y no una mera frivolidad para ociosos, y de este modo nos han hecho sentir inferiores o subalternos, por no seguir su dictadura bobalicona. Yo espero que algún día se desmonte esta impostura y dejen de darnos la tabarra con la moda, que lleva camino de convertirse en religión, con su martirologio presidido por Armani y su harén de diosecillas repetidas y prisioneras de la báscula.

Como la moda que padecemos es gregaria e imitativa, resulta que sus adeptos terminan también prisioneros de la báscula y combatiendo patéticamente su decadencia con potingues y cirugías. Está causando en estas fechas mucho revuelo la violencia física que se ejerce sobre las mujeres, pero un feminismo más sutil se opondría también a esta violencia espiritual que se impone desde las pasarelas y territorios limítrofes. ¿Alguien se ha parado a contar los casos de anorexia que se evitarían, si cesase esta tiranía de la moda? ¿Alguien se ha detenido a pensar por qué en las revistas de moda, que tantas chicas esgrimen como si fuesen un devocionario, nunca aparecen mujeres maduras, mancilladas por la edad o la celulitis? ¿Qué sibilinos mecanismos de sometimiento nos están inoculando? Los hombres, aunque no tardaremos en sucumbir a la epidemia, parecemos algo más reticentes a esta esclavitud. Yo, a las chicas que me recomiendan que jubile mis desfasadísimas gafas de carey, las excomulgo de mi corazón.

Juan Manuel de Prada, “Blanca Navidad”, Reserva natural, p. 45

La nieve caía legendariamente sobre el asfalto, caía sobre los tejados con un equilibrio casi suicida, caía con levedad de sábana sobre el patio del colegio, convirtiendo el mundo en un largo poema de versos blancos, pero enseguida sonaba el timbre anunciando la hora del recreo, y el patio se llenaba de una multitud confusa de niños que profanaban la nieve con botas katiuskas. La nieve perdía entonces su prestigio de sábana, se iba entremezclando de barro, hasta parecer una mortaja sucia, alegórica de la vejez que nos aguarda. Yo me resistía a participar en aquella algarabía unánime de los otros niños: prefería quedarme en clase, mientras la nieve perdía su color sagrado, o volver a casa por calles poco concurridas, por arrabales deshabitados, pisando de puntillas sobre la nieve que tenía una consistencia de animal invertebrado. Yo tenía la sensación, al pisar aquella nieve, de estar reatando alguna especie en peligro de extinción, quizá mi propia inocencia, quizá la inocencia del mundo. Aquellas nevadas legendarias ya no volverán a repetirse.

La Navidad, en cambio, se repite cada año, ahora que se ha muerto la inocencia. Veo llegar la Navidad a través de las ventanas, agazapada y secreta, cayendo con levedad de sábana sobre el mundo, como un infinito poema de versos blancos, y asisto con vaga tristeza al estropicio que los hombres le tenemos preparado, un estropicio concienzudo y torpe, mucho más torpe que el de aquellos niños que calzaban botas katiuskas y se arrojaban bolas de nieve corno piedras inofensivas.

Estropeamos el poema de la Navidad con ripios que incluyen caridades efímeras, alegrías que se anuncian por altavoz y sonrisas que asoman entre los dientes corno un aguinaldo de moneda falca. Uno quisiera que la Navidad irrumpiera como un milagro inesperado, como una lotería arbitraria que florece dentro del pecho, pero el calendario y la ferocidad colectiva lo impiden. Uno quisiera, al menos por un año, que la Navidad descendiera legendariamente sobre los cuerpos, lavándonos la piel, penetrando hasta las vísceras, germinando en mitad de la carne. Uno quisiera, al menos por un año, que la Navidad cayera con lentitud de sábana sobre el paisaje que habitamos, uno quisiera impedir la profanación de esa nieve que se posa sobre la geografía arrasada del mundo y lo fecunda de silencio e introspecciones. Uno quisiera sentir el frío intacto de la nieve sobre las manos abiertas, para recuperar la grandeza diminuta de la niñez, pero cuando terminamos de formular este deseo, la nieve ya está llena de barro, el aire ya está lleno de músicas delictivas, la vida ya está llena de miserias y fingimientos y promesas de buena voluntad. Uno quisiera refugiarse en alguna habitación íntima y cerrar los ojos, al final de la fiesta, para sentir ese sustrato de nieves derretidas que llevamos dentro. Uno quisiera cerrar los ojos y escuchar el rumor de la vida que desciende por no sé qué desagües. Uno quisiera volver a abrirlos y encontrar nieve en la calle, nieve inocente y purísima. Pero no volveremos a ver esa nieve hasta después de muertos.

Juan Manuel de Prada, “Catedral”, Reserva natural, p. 83

Entrábamos, mi abuelo y yo, en la catedral de aquella ciudad castellana, mientras el sol se desangraba al fondo, como un disco de bronce. La vieja catedral románica, tenebrosa de humedad y pecados, acogía nuestros pasos, y los multiplicaba en una reverberación de columnas y ábsides. Recorríamos, mi abuelo y yo, las naves laterales, parándonos en cada capilla, como exploradores deslumbrados de sombra, y acercábamos el oído a la piedra, resquebrajada de siglos, para escuchar el mensaje susurrado de la Historia. Nos deteníamos ante un Cristo de Becerra, ante una pila bautismal, ante un capitel historiado, y yo me sentía traspasado de sacralidad, confidente de un Dios que me calentaba con su presencia grande y patriarcal. Había feligreses que musitaban una letanía, y sacristanes que se afanaban en el altar, encendiendo cirios o cambiando el vino de las vinajeras, ese vino dulcísimo y de un color como de lágrima que los monaguillos beben a escondidas. El altar se incendiaba con una luz casi cárdena que descendía desde el cimborrio, trazando en el aire una caligrafía de polvo o incienso.

Yo iba de la mano de mi abuelo, y sentía por entre los dedos el contacto de una piel, recia y rugosa corno la corteza de un árbol, que cubría la geografía arborescente de sus venas. Las manos de mi abuelo me recordaban las de aquel ermitaño de la calavera, San Jerónimo, que algún pintor tenebrista había retratada por encargo del Cabildo, ese mismo San Jerónimo que aparecía al fondo de una capilla, alumbrado por una lámpara exigua que las beatas alimentaban de aceite. Las manos mi abuelo tenían la textura de la madera, la prestancia de una talla de Berruguete, el color moreno y brillante de las silleras labradas, el olor rancio y oscuro de los retablos. Mientras caminábamos por pasillos y sacristías, yo pensaba secretamente que la catedral se sostenía sobre los hombros de mi abuelo más que sobre pilares o cimientos o arbotantes. La catedral crecía dentro de mi abuelo, en su pecho de plata enferma, en su corazón milenario, en su alma habitada de religiones y genealogías.

Salíamos de la catedral, mientras la tarde se debatía entre rescoldos. Yo caminaba feliz, pensando que las catedrales no se desplomarían nunca, mientras hubiese hombres que las llevasen dentro, cobijadas en su pecho. Hoy, casi veinte años después, esos hombres empiezan a escasear, y las catedrales se derrumban, agonizantes de turistas que las recorren sin fervor, acribillándolas de fotografías y risotadas. Hoy, casi veinte años después, las catedrales mueren en una gangrena de desidias, abandonadas de Dios y de los hombres, mientras Europa crece sobre sus escombros, en medio de una obscenidad atea y tecnológica. Yo, de vez en cuando, reclino la cabeza sobre el pecho de mi abuelo y escucho el rumor herrumbroso de un mundo en vías de extinción, ese mundo habitado de catedrales, edificado de una sustancia más resistente aún que la piedra o el olvido.

Juan Manuel de Prada, “Dresde”, Reserva natural, p. 87

En Dresde, capital de Sajonia, anida el Ave Fénix. La noche del 13 de febrero de 1945, la aviación inglesa sobrevoló la ciudad, como una banda de pajarracos apocalípticos, y descargó sobre sus calles una sementera de pólvora que la redujo cenizas y diezmó a sus habitantes. Sesenta mil personas fueron devoradas por la ceguera homicida de las bombas, mientas los palacios e iglesias de la ciudad se desmoronaban estrepitosamente, alumbrando la pira del odio. Existen fotografías que retratan la fisonomía de Dresde después de aquella noche pavorosa, todo su esplendor versallesco quedó reducido a ruinas, entre las que afloran, aquí y allá, como crisantemos calcinados, miles de cadáveres con los ojos aún apresados por el sueño y, sin embargo, abiertos a la epifanía de la crueldad. Los edificios quedaron convertidos en acantilados de pesadilla, entre el fragor del humo y el silencio exacto de la muerte. Aquella noche del 13 de febrero de 1945, las aguas del Elba desfilaron con esa lentitud mortuoria de los animales heridos, y la hierba que crece en sus riberas se agostó, condecorada por el luto y la lluvia de ceniza que durante días cayó sobre Dresde, como una nieve obscena.

Pero la vida es obstinada corno un péndulo, y Dresde resucitó de aquella mortandad. Sus habitantes, guiados por ese fervor unánime que enaltece a las razas perseguidas, supieron sobreponerse a los sucesivos caducos (primero el saqueo nazi, que desvalijó sus pinacotecas por considerar que albergaban un “arte degenerado”; después el saqueo beodo y cainita de las tropas aliadas; ya por último el saqueo soviético, que aprovisionó sus museos a costa de empobrecer Dresde), y supieron transformar el rencor en una sustancia fértil que, sin renegar de la memoria, impulsase su renacimiento. Mediante suscripción popular, las iglesias y palacios infamados por la pólvora fueron nuevamente erguidos, hasta que la ciudad recuperó su aspecto primigenio. Hoy, los edificios más emblemáticos de Dresde mezclan, como en un puzzle mixto de esperanza y dolor, las piedras limpias de la restauración con las piedras anteriores a la Guerra, teñidas de un humo muy negro y espeso, tan espeso como el alquitrán o las blasfemias. Contemplando este panorama incesante de pundonor ciudadano, el visitante se convierte a las mitologías paganas; en efecto, el Ave Fénix existe, y anida en Dresde.