Juan Manuel de Prada, “Sexo a la carta”, Blanco y Negro, 14.X.2001

¿No se puede detener el progreso? Un dictamen del presunto Comité Ético de la Sociedad Americana de Medicina Reproductiva desconfíen de tantas mayúsculas seguidas acaba de declarar “aceptable” que las parejas puedan elegir el sexo de sus hijos mediante la selección de embriones. Así, por ejemplo, no se consideraría reprobable que una pareja cuyo primogénito fuese varón utilizase la técnica de fecundación in vitro para obtener un embrión cuya combinación de cromosomas garantizase el nacimiento de una hembra; los embriones que no resultasen agraciados en la tómbola genética pasarían directamente a la trituradora. El dictamen de este presunto comité ético es emitido cuando la sociedad se debate en una dolorosa polémica moral sobre la experimentación con embriones: ¿es lícito progresar en el estudio de las enfermedades que desafían los remedios convencionales de la medicina a costa de aniquilar una spes vitae, una esperanza de vida?; y a la inversa: ¿es lícito aferrarse a la protección de esa spes vitae cuando se dirime la salvación de vidas ya consolidadas? Este debate, tan peliagudo y abismal, nos pilla, además, en una incómoda situación de desvalimiento, en la que la precariedad de nuestros fundamentos morales se alía con un pavoroso vacío legal, puesto que el estatuto jurídico del embrión humano no ha sido suficientemente establecido por el Derecho. Pero héte aquí que, mientras este debate se dirime, surge este dictamen del presunto comité ético estadounidense, que admite la posibilidad de destruir embriones, ya no por necesidad científica, sino por capricho. Por el puro antojo de incorporar a la prole un hijo de uno u otro sexo. Uno entendería que la selección del sexo de los embriones se realizara para evitar en la descendencia la perpetuación de taras o enfermedades hereditarias (pensemos en la sífilis, por ejemplo, aunque de nuevo nos tropezaríamos con insalvables dilemas morales. Pero, ¿qué argumentos pueden asistir a la pareja que acude a la medicina reproductiva con el deseo de elegir el sexo de su hijo? Permitirles elegir el sexo de su vástago infringe los códigos más elementales de la vida, que se rige mediante azarosas combinaciones. Quebrantar ese azar constituye, además de una postulación de la eugenesia, la antesala de una aberrante aceptación del aborto indiscriminado, siempre que el sexo del nasciturus no concuerde con las preferencias o gustos de los padres.

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Juan Manuel de Prada, “Desaliento en las aulas”, ABC, 8.X.2001

No hace falta recurrir a las encuestas para percibir el desaliento que postra a la mayoría de los maestros y profesores. Sus quejas, que ya suenan desesperadas y agónicas de tanto repetirse, se han convertido en esa marejada de fondo a la que nadie hace demasiado caso, al menos hasta que se produzca el definitivo maremoto que nos ahogue a todos. Si cada época propicia el heroísmo secreto y el sacrificio de una clase o grupo social, sobre cuyos hombros se arroja el peso de una responsabilidad sobrehumana, nadie dudará que ese papel poco remunerado (al menos, poco remunerado espiritualmente) se le ha asignado en nuestro tiempo a los maestros y profesores, cada vez más desatendidos en sus tareas educativas. Hemos logrado despojar de significado aquel adagio popular que asociaba la labor docente con la pobreza («pasa más hambre que un maestro de escuela»), pero a cambio hemos volcado sobre quienes la ejercitan la misión demasiado gravosa de servir de parapeto y muro de contención frente a la inepcia de nuestra política pedagógica y a la descomposición de los modelos familiares establecidos. Padres, profesores y alumnos coinciden en destacar la influencia insustituible que la institución familiar ejerce sobre el niño. Pero la desmembración de la familia, así como el asedio al que se ha visto sometida desde muy diversos frentes, dejan al niño expuesto a la intemperie del desamparo, huérfano de ese cimiento afectivo y cultural sin el cual resulta imposible levantar el edificio educativo. Algún día, cuando por fin se escriba la crónica veraz de nuestro tiempo, habrá que empezar a señalar con el dedo a los miserables que han jugado insensata y alevosamente a destruir el cimiento familiar, convencidos de que era el último baluarte donde se refugiaba la «reacción». Estos miserables, a quienes guía el afán de profanar lo sagrado y el más turbio resentimiento (no habría más que escarbar en las alcantarillas de su pasado), han logrado, mediante el recurso sistemático de la insidia, minar la piedra angular sobre la que se afirmaba nuestra convivencia y nuestra cultura. Ahora, la familia -o los jirones que de ella restan- ya no es aquella placenta en la que el niño asimilaba, mediante herencia secular, unos códigos de conducta y una forma de estar en el mundo, sino el páramo despavorido (¡sálvese quien pueda!) donde el niño crece sin brújula, expuesto a influencias que dejan en su piel, maleable como la arcilla, la huella de la vileza.

Desgajados de ese tejido familiar que antaño los nutría, los niños ya no van a la escuela para completar el alimento espiritual que recibían en casa. Ahora, los niños -y esto bien lo saben los desalentados maestros- son enviados allí por los padres remolones para que se desfoguen y desbraven; puesto que nadie de su familia se ha preocupado de ensayar esta labor de doma -que, convenientemente entreverada de cariño, constituye el más sano aprendizaje-, el niño llega a la escuela asilvestrado y enemigo, poco dispuesto a acatar las recomendaciones del maestro (mucho menos sus órdenes, que el acoquinado maestro ya ni siquiera se atreve a formular) y, a poco que éste se descuide, preparado para subírsele a las barbas. Súmese a esta pavorosa intemperie familiar que el niño arrastra la indigencia y la babosería de unos planes de estudio que premian la mediocridad y castigan la excelencia, que aborregan al estudiante y maniatan al maestro, que impiden la reprensión y el castigo, que estimulan la algarabía cejijunta del «todo vale» (hasta la promoción automática, no importa el número de asignaturas suspensas) y reprimen la enseñanza de esas disciplinas que conforman nuestro código genético y explican nuestro lugar en el mundo, a través del espejo insustituible del pasado. Con tanta vileza promovida por los miserables y los tontos, ¿a quién puede sorprenderle el desaliento de los maestros?

Juan Manuel de Prada, “América”, ABC, 15.IX.2001

Así denominan los estadounidenses a su patria, con sinécdoque algo abusiva o presuntuosa. Sin embargo, tras la designación acaparadora (que algunos identifican con un irreprimible achaque imperialista), se ampara algo más que una mera realidad geográfica. América es una idea, un sueño -quizá algo equivocado- de libertad; y para defender ese sueño, los americanos han sido bendecidos por un don muy especial, que ningún otro pueblo occidental ha recibido en tan abundantes dosis: el patriotismo. Este don nos sorprende muy especialmente, puesto que el pueblo americano está formado por agregación de pueblos foráneos, por sucesivas oleadas de pioneros más o menos mendicantes que cruzaron el charco en pos de una tierra -de una idea- virgen que les permitiera inventar otra vez el mundo. El patriotismo americano es una fuerza formidable, aglutinante, ingenua y si se quiere hasta irracional que, a diferencia de otros patriotismos más titubeantes o postizos, se robustece en las circunstancias adversas. Creo que ha sido este sentimiento vinculado a la tierra -a la idea- que les brindó su hospedaje lo que ha convertido a América en la nación más poderosa del orbe; creo que ha sido esta adhesión sin fisuras a esa tierra -a esa idea- que tuvieron que ganarse palmo a palmo lo que los hace más fuertes. Cualquier persona que desee entender este sentimiento, aliado con una confianza a prueba de bomba en las posibilidades del hombre, debería repasar la filmografía de uno de los más grandes cineastas americanos de todos los tiempos, Frank Capra (quien, como todo el mundo sabe, nació en Sicilia). Viendo las películas de Frank Capra -tan risueñamente libertarias, en el fondo- se entiende mejor este sentimiento poderosísimo, en el que participan el júbilo y la utopía, el tesón y la franqueza, la religiosidad y una exultante vindicación del hombre, a quien se supone capaz de sobreponerse a las más titánicas adversidades y a los sistemas más corruptos. Con esta aleación de idealismo y ganas de arrimar el hombro que descubrimos en las películas de Frank Capra, el pueblo americano logró remontar, de la mano de Roosevelt, la mayor crisis económica y espiritual de su Historia, mientras la vieja y claudicante Europa se entregaba a las orgías insensatas del comunismo y el fascismo.

Las tres o cuatro lectoras que aún me soportan saben bien como abomino del peculiar american way of life, cómo me acongoja su sincretismo pseudocultural, que desdeña lo antiguo y rinde sus ofrendas en los altares botarates de la modernidad y el progreso. Pero, a la vez que repudio tantas invenciones americanas (del motor de explosión al perrito caliente), admiro su patriotismo incesante, que siempre ha prevalecido sobre otras pasiones disolventes y que, en circunstancias tan dramáticas como las actuales, galvaniza a un pueblo y lo arma de un indestructible vigor moral. Quienes ironizan sobre el patriotismo de los americanos quieren reducirlo a un asunto de banderas ondeantes, celebraciones colectivas de regusto fascistilla y folclores irrisorios; pero ese patriotismo, que a veces los atrinchera frente al mundo y los hace creerse elegidos y únicos, ha sido también en otras ocasiones el motor que ha propiciado la salvación del mundo. Lo más paradójico y milagroso de este sentimiento es que, en contra de lo que pregonan sus detractores, no nace de la uniformidad gregaria, sino de una diversidad inabarcable de razas y credos religiosos que, cuando el momento lo exige, entierran sus diferencias y se funden en un mismo magma humano. Admirable sentimiento que los obliga a renunciar a vindicaciones particulares y que, ante asedios atroces como el que ahora sufren, los empuja a adoptar decisiones tan acertadas como la de vedar pudorosamente a las cámaras los resultados de la carnicería.

Los analistas, a la hora de examinar la hegemonía de los Estados Unidos a lo largo de las décadas, suelen invocar razones económicas o militares, pero olvidan este sentimiento arraigadísimo. Un sentimiento que, según los catequistas autóctonos, es cosa de fachas; vale, tíos, vale.

Juan Manuel de Prada, “Apoteosis del estridentismo” (profesores de religión), ABC, 10.IX.2001

El sensacionalismo, el amarillismo, todas aquellas estrategias charcuteras que postulaban la deformación cochina de la realidad, palidecen ante las nuevas técnicas desarrolladas por los medios de adoctrinamiento de masas. Al menos, aquellas antiguas tretas del periodismo se sustentaban sobre la existencia de una noticia, o siquiera de un atisbo de noticia, que se engordaba con delirantes y calumniosas carnazas. Ahora la treta consiste en inventar, en «producir» la noticia, y en cocinarla muy cuidadosamente, para que su irrupción en la realidad provoque un clima de histeria disparatada y estridente; no hace falta añadir que esta invención nunca es ingenua, sino que anhela la ruina de personas o instituciones, apelando a los bajos instintos de la masa manipulada, a sus sentimientos más ofuscados, a veces mediante coartadas dudosamente compasivas. Ejemplos de este estridentismo los hay a patadas; pero sin duda una de sus víctimas más asediadas, por razones de odio atávico o simple ojeriza cantamañanas, es la Iglesia católica. Nada más higiénico y saludable que mantener sobre la Iglesia una labor vigilante de escrutinio que repruebe sus abusos de poder; nada tan abyecto y demagógico como someter a zafarrancho periodístico el uso legítimo de sus atribuciones.

Este asunto de los profesores de Religión destituidos cumple a machamartillo todos los requisitos del estridentismo más cochambroso. Se trata de un caso en el que los medios de adoctrinamiento de masas, con avilantez y desparpajo, utilizan la tribulación particular de los profesores destituidos para lanzar un mensaje avieso a la sociedad, sin importarles que dicho mensaje pisotee la letra y el espíritu de las leyes, amén del sentido común. No importa que esa atribulación particular de los profesores destituidos sea fruto de una decisión voluntaria y contraria a las más elementales «reglas del juego» que pretenden jugar; no importa tampoco que existan unos tratados internacionales que obligan a dos Estados soberanos, España y El Vaticano. El estridentismo de los medios de adoctrinamiento de masas se pasa por el forro de los cojones (perdón, quiero decir escroto) todas estas premisas, en su anhelo de hacer sangre y causar escándalo; sólo interesa la «producción» de una noticia.

Repasemos un poquito el especial marco jurídico en el que se desenvuelve la labor docente de los profesores de religión. El Estado español reconoce a la Iglesia su competencia para elegir a las personas idóneas en el desempeño de esta labor; también su facultad para removerlos de su puesto, cuando esas condiciones de idoneidad se infringen o incumplen. Que yo sepa, a nadie se le obliga a dar clase de religión con una pistola en el pecho; así que se da por sobrentendido que quien se postula a este puesto está dispuesto a transmitir las enseñanzas de la Iglesia y a predicar con el ejemplo. Si la Iglesia enseña que el matrimonio es un sacramento indisoluble (lo cual puede parecernos un axioma o una paparrucha irrisoria, pero nuestra opinión no importa, puesto que las enseñanzas de la Iglesia sólo vinculan a quienes profesan su fe), ¿por qué demonios ha de mantener en su labor docente a quien no acata esa enseñanza? Un asunto tan de perogrullo ha sido encumbrado a la categoría de noticia mediante argumentos chuscos o estrafalarios en los que se invocan Derechos Fundamentales y Demás Grandilocuencias Relumbrantes. A esta munición de argumentos turulatos ha contribuido, incluso, este periódico con un editorial en el que se fundamentaba el rapapolvo a los obispos en razones de conveniencia social y en la aplicación urbi et orbi del artículo 14 de la Constitución. Aprovechando este clima de estridentismo, mañana podría encontrar apoyo en los medios de adoctrinamiento de masas un soldado profesional que, tras jurar bandera, se negase a empuñar un arma y fuese expulsado del Ejército. ¡Igualdad a granel, que la Constitución nos ampara!

Juan Manuel de Prada, “¡Que legislen ellos!” (clonación), ABC, 4.VIII.2001

La cobardía, si no oliese a cagalera, resultaría conmovedora. Prueben a taparse las narices y comprobarán que las palabras de la ministra Ana Birulés, anunciando que el Gobierno español no promoverá una legislación sobre el uso de embriones en laboratorios, poseen una especie de grandeza lastimosa que ablanda el moquillo y las glándulas lacrimales. Un sentimiento similar debió de embargar a la multitud que aguardaba el veredicto de Poncio Pilatos, cuando el gobernador de Judea solicitó un aguamanil para ejecutar sus abluciones. La hipocresía disfrazada de ecuanimidad, el miedo emboscado de triquiñuelas dilatorias y, en definitiva, ese propósito tan mequetrefe de contentar a todos y no molestar a nadie, vuelven a impulsar la labor de este «gobierno de pasmados» (Carlos Herrera dixit) que deambula groggy por la lona, suplicando que suene la campanilla que anuncia el final del combate. ¿Hasta dónde llevarán su virtuosismo de escamoteadores, su vocación de escapistas profesionales? Diríase que, al menos desde hace algunos meses, su única preocupación fuese zafarse de los asuntos enojosos o peliagudos, postergar indefinidamente la adopción de medidas controvertidas, soslayar cualquier atisbo de litigio. Esta estrategia de lavamanos y sálvese quién pueda amenaza con dejar al país empantanado, pero nuestros gobernantes parecen cómodos en medio de este marasmo de plácida inoperancia que ellos mismos han creado. Parece como si, convencidos de que la anunciada retirada de Aznar marca el final de un ciclo, su lema fuese: «El que venga detrás, que arree».

La ministra Birulés, fiel a su papelón de comparsa en la tragicomedia, ha asegurado que el Gobierno español esperará «al marco jurídico que se desarrolle dentro de la Unión Europea», para decidir la suerte de los embriones congelados que aguardan en nuestros laboratorios. A nadie con una mínima provisión de neuronas se le escapa que este subterfugio dilatorio (que pisotea, además, el principio de soberanía nacional) encubre un anhelo chabacano y pueril de caer simpáticos a todo el mundo, de remediar con cataplasmas y anestesias lo que exige una inmediata intervención quirúrgica. Temen nuestros gobernantes, por un lado, que se les tache de retrógrados si prohíben la experimentación con embriones; pero también les sofoca pensar que una parte nada nimia de su electorado se subleve ante una práctica que merodea peligrosamente la infracción del derecho a la vida. La cobardía moral, esa cochambre de tibieza y estolidez que caracteriza a nuestra derecha centrípeta, empieza a adquirir ribetes de esperpento. Prefieren propiciar la alegalidad antes que enfrentarse a la solución de asuntos espinosos que podrían desequilibrar sus hábiles ejercicios de autismo.

La primera misión de un gobierno consiste en garantizar a los ciudadanos que se hallan bajo su mandato un ámbito de seguridad jurídica («un marco jurídico de seguridad», hubiera dicho la ministra Birulés, para que la frase quede mejor enmarcada). En cambio, el Gobierno presidido por Aznar, embarrancado en los arrecifes de la dejación de responsabilidades, preconiza la instauración de la alegalidad como método para seguir tirando. Hoy son los embriones congelados en laboratorios los que se quedan sin regulación, en espera de que la Unión Europea del Imperio Romano pontifique. Pero ayer mismo fueron otros asuntos no menos perentorios los que navegaron por este limbo al que nuestros gobernantes arrojan cualquier patata caliente. Recordemos, por ejemplo, que tampoco se atrevieron a ofrecer ninguna solución legislativa a los homosexuales que demandan un reconocimiento de sus uniones. Si ahora, con los embriones, han descargado la responsabilidad en la Unión Europea del Imperio Romano, entonces idearon la triquiñuela de auspiciar leyecitas regionales (perdón, autonómicas) de dudoso encaje constitucional, para que distrajeran la atención. El caso es arrojar balones fuera, para no tener que infringir su estrategia de pasividad. La cobardía, ya digo, resultaría conmovedora, si no oliese a cagalera.

Juan Manuel de Prada, “Memoria de Induráin”, ABC, 23.VII.2001

Parece que fue ayer mismo, y ya han transcurrido diez años desde que ganó su primer Tour. Miguel Induráin no ha sido tan sólo el más portentoso deportista español del que uno guarde memoria, sino también un ejemplo para todos esos zascandiles, borrachos de fama y de dinero, que se pavonean por las secciones deportivas de los periódicos, como asteroides sin rumbo que a la temporada siguiente ya ha sepultado el olvido, u otro asteroide que llega con la cartera mejor provista de billetes. Creo que si Miguel Induráin nos entusiasmó no fue tan sólo por sus dotes físicas apabullantes, por su cosecha monótona de triunfos, ni siquiera por mero fervor patriótico, sino porque en él habían encontrado cobijo algunas de esas pasiones antiguas que encumbran al deportista a una categoría mítica: la austeridad, la modestia, el tesón, la magnanimidad sin alharacas. ¿Recuerdan cómo nos sublevábamos cada vez que cedía la victoria a un contrincante ante la mismísima línea de meta? Entonces, en el calor del momento, lamentábamos que Induráin no estuviese poseído por el «instinto asesino» que exaltaba a otros ilustres predecesores suyos, como el omnívoro Merckx. Hoy, sin embargo, la memoria enaltece la figura de aquel campeón tranquilo, y agradecemos aquellos gestos de obstinada generosidad. ¡Cuánto crece en la nostalgia la figura de aquel deportista irrepetible! En estos días en que el estadounidense Armstrong pasea su supremacía por las carreteras francesas, nos acordamos de aquel mocetón de Villava, tan diverso en estrategias y modales. Induráin jamás hubiese fingido un desfallecimiento para después triunfar avasallador en L´Alpe d´Huez. Esa innoble incursión en la pantomima, seguida de un presuntuoso alarde, jamás hubiese manchado la ejecutoria de un campeón como Induráin; el obsceno exhibicionismo, el taimado fingimiento no figuraban en el manual de conducta de aquel hombre que, en el sufrimiento y en el triunfo, adoptaba la misma máscara de impavidez, la misma humilde actitud de abnegación callada. Su elenco de victorias, amplísimo y mareante, se queda chiquito, sin embargo, ante la lista mucho más concurrida de victorias cedidas a sus rivales. O incluso a sus compañeros. Aquel espíritu de renuncia casi heroico alcanzó su cúspide en cierto mundial de fondo en el que otro corredor sometido a su disciplina, pisoteando las ilusiones largamente soñadas por Induráin, aprovechó el miedo venerable que el pentacampeón del Tour infundía a sus rivales para lanzarse hacia la meta. Induráin pudo haber reprimido aquel ardid arribista, pero dejó marchar al postulante; luego, en la meta, cuando entró segundo, Induráin alzó los brazos en señal de victoria. Fue la única vez que le vi realizar un gesto ostentoso de triunfo; pero no lo hizo para sí, sino en honor del compañero oportunista, al que cedió graciosamente los laureles. ¿Cabe mayor muestra de sacrificio? Nunca nadie llevó con mayor aplomo y honrado sosiego su superioridad inatacable. Nunca nadie se mostró más humanamente discreto; cuando llegó la hora de la despedida, lo hizo como de puntillas, dejándonos a todos un nudo en la garganta y un revoloteo de mariposas en el estómago. ¿Recuerdan que, siempre que hablaba de sus triunfos, lo hacía en un plural de modestia, precisamente él, que podría haberse permitido el plural mayestático? ¿Recuerdan que rehuía el escrutinio de la cámara, con una especie de incomodidad vergonzosa? Se había casado con su novia de toda la vida -otro ejemplo para tanto chisgarabís que confunde el éxito con el nomadismo de la ingle- y se retiró a su pueblo, para envejecer con la misma serena parsimonia con que antes había paseado por los territorios de la leyenda. Fue el héroe de mi juventud, y uno de los pocos hombres que me han permitido comprender la épica callada del deporte. Fue único y supremo; hoy, además, sabemos que era irrepetible. Por eso lloramos su ausencia.

Juan Manuel de Prada, “Tan sólo una alubia”, ABC, 21.VII.2001

Así me lo ha descrito mi mujer, como una alubia que palpita en sus entrañas, como un corazón diminuto que crece noche y día, como un nudo de sangre que anhela el futuro vertiginoso, la vida incalculable que le aguarda tras nueve meses de gestación. Yo no he podido acompañarla al médico, porque me encontraba lejos de casa, pero la noticia -tan deseada, tan fervorosamente deseada- a través del teléfono me ha llenado de una alegría que tiene algo de ebriedad y también algo de espanto. Ebriedad porque el mundo vuelve a inaugurarse ante mis ojos, con un súbito fuego y un aleteo de aturdida paloma; espanto porque ese hijo que crece en el vientre de mi mujer, invulnerable y lento como una estrella, me convertirá en un hombre que ya no se agota en sí mismo, sino que se prolonga a través de ese rescoldo de carne que mañana sostendré en mis brazos, como una ofrenda a esa inteligencia suprema que rige la órbita de los planetas y el itinerario de la sangre. De repente, el calendario ha dejado de registrar un cómputo de días monótonos como la arena y ha empezado a acompasar su latido con el latido de ese corazón rudimentario que mi mujer atisbó a través de la ecografía. Ahora el tiempo es la música que acompaña ese recóndito sueño de espuma que es nuestro hijo; ahora el tiempo es el nido que cobija ese rumor de lejana caracola que es nuestro hijo, creciendo noche y día.

Tras recibir la noticia, he sentido un inédito asombro. Durante muchos años, pensé que mis libros serían los únicos testimonios de mi paso por la tierra, pero ahora que ya sé que voy a prolongarme en otra carne he creído inundarme de una luz nueva y he salido al monte, porque la habitación del hotel donde me hospedo no podía albergar ese tumultuoso alud de pasiones que me golpeaba. Allí, en la soledad del monte, convertido en un ser tan diminuto como esa vida que crece dentro de mi mujer, he oído el nombre de nuestro hijo repetido por el viento, he visto su rostro esculpido en cada piedra, he respirado el olor de su trémula carne en la sombra de cada árbol, he escuchado su primer sollozo en el sol rugiente que bautizaba la mañana. Luego, aplacada tanta exultación, he vuelto al hotel, para pensar a ese hijo que vendrá cuando la primavera ya se anuncie en el aire. ¿Cómo podré hacerme digno de él? ¿Cómo será el mundo que acoja su andadura? ¿Conseguiré que aprenda a amar las mismas cosas que yo he amado? ¿Crecerá en esa intemperie que anuncian algunos apocalípticos, sin religión y sin libros, o, por el contrario, encontrará alivio espiritual ante la imagen de Dios crucificado, ante el bosque de palabras que soñaron otros hombres, para espantar el fantasma de la muerte? ¿Estará poseído por el estigma del arte? ¿Llorará, como yo lloro, cada vez que lea la despedida de Héctor y Andrómaca en La Iliada, cada vez que contemple la agonía de Espartaco en la película de Kubrick? ¿Le gustará cazar mariposas en verano, escuchar viejas historias de los labios de su bisabuelo casi centenario, descifrar los sagrados parajes del latín? ¿Se enamorará desde niño de una compañera de clase que le dará calabazas, pero él seguirá insistiendo hasta casarse con ella, como yo he hecho con su madre? ¿Cómo serán nuestras broncas y peleas? ¿Tendrá una adolescencia hermética y taciturna? ¿Querrá matarme simbólicamente, como propugnan los discípulos de Freud? ¿Nos abandonará muy pronto, a su madre y a mí, para alzar su propio vuelo, dejándonos solos con nuestros recuerdos? Las preguntas se abalanzan sobre mí como un enjambre que me nubla la vista. Quizá sea demasiado pronto para darles respuesta. De momento, cuento los minutos que restan para reunirme con mi mujer y tenderme a su lado, pegar una oreja a su vientre y escuchar la germinación jubilosa de la carne, ese lentísimo desentumecimiento de una vida que crece, frágil como una lágrima pero ya dispuesta a respirar, ya dispuesta a levantarse para tomar el relevo y empezar a indagar la aurora. En esa aurora presentida, en esa respiración mínima pero creciente se contiene el inmenso tamaño de mi esperanza.

Juan Manuel de Prada, “Primera comunión”, ABC, 21.V.2001

Ayer, mientras mi ahijada Sara recibía su Primera Comunión, me acordaba de una sublime película (como casi todas las suyas) de Max Ophüls, «El placer», basada en relatos de Guy de Maupassant. En uno de los episodios, la madama de un concurrido burdel parisino cerraba su establecimiento para asistir a la Primera Comunión de su sobrina, hija de un jocundo campesino interpretado por el grandioso Jean Gabin, y se llevaba con ella a todas sus pupilas, un gineceo de muchachas bulliciosas a quienes su oficio no había logrado arrebatar la alegría. Cuando las putas, muy peripuestas y alborozadas, acuden a la misa en la que la sobrina de su jefa va a recibir a Dios, Ophüls nos acaricia la víscera de la emoción y nos remueve ese fondo de pureza que los hombres albergamos, allá al fondo de la memoria, bajo la maleza de los años. Las niñas comulgantes unen sus voces blancas para cantar el milagro de la Eucaristía, y la cámara se alza para captar la luz polinizada, casi comestible, que invade la iglesia rural; flotando en el aire, mecido por el ímpetu de esas gargantas que aún no conocen el pecado, Dios entra de puntillas, invisible y balsámico, en la iglesia, y se posa en el corazón de esas putas bondadosas, que por un momento, con los ojos arrasados de lágrimas, vuelven a ser niñas como antaño.

Una sensación similar me asaltaba ayer, mientras mi ahijada Sara se convertía en morada de Dios. La veía desfilar por el pasillo central de la iglesia, con su vestido blanco velado de organdí, con sus mitones blancos, con su alma blanca y su cuerpo blanco y su oración blanca en los labios, y me acordaba del niño que fui, del niño que habitaba dentro de mí, como un ángel que de pronto se desperezase, para lavarme de pecados y herirme con la herida de la nostalgia, que nunca cicatriza. Veía a mi ahijada Sara en el altar, flanqueada por otras niñas tan blancas como ella, embalsamadas de blanco, cuajadas de blanco, como una primavera unánime que espantase el acecho de las sombras, y me acordaba de mí mismo, cuando en un tiempo que ya creía enterrado (pero que, de pronto, se congregaba, pujante y vívido, en mi carne) formulaba con infinita veneración e infinito temblor aquellas palabras de la liturgia: «Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme». Veía a mi ahijada Sara unir su voz de luna a las voces de las otras niñas, en una hoguera blanca que se enroscaba en torno al sagrario, como una voluta de fuego purísimo, y me acordaba del niño que fui, encandilado de misterio, crédulo y fervoroso, aureolado de una pureza que ya creía reducida a cenizas, pero que de repente me ha calentado con su rescoldo, con una delgadísima reminiscencia que me ha atravesado, como una espada incruenta, ese rincón de la memoria donde se guarece lo mejor de nosotros. Veía a mi ahijada Sara alargar la lengua para recibir a Dios, y la veía cobijarlo hospitalariamente en su boca, pegadito al paladar, para que allí se fuera disolviendo lentamente, silenciosamente, con esa parsimoniosa beatitud que tiene la vida sostenida sobre el filo del milagro, y he recordado que un día ya muy lejano yo también fui por primera vez anfitrión de Dios, para mostrarle las estancias de mi castillo interior, que eran transparentes e inundadas por una luz cenital, limpias e inoxidables como una patena.

Hoy, en esas cámaras se aloja el polvo decrépito del pecado, las telarañas cansadas del desengaño, la mugre anciana que la vida va arrojando sobre nosotros, pero mientras veía a mi ahijada Sara reclinada en el altar, en diálogo mudo con su Huésped, he sentido, de repente, que un aire invisible entraba en mis estancias sin ventilar, para orear la ropa guardada en los armarios, para hacer restallar, otra vez blancas y otra vez orgullosas de su pureza, las sábanas de los recuerdos, en las que está estampada el alma de un niño que nunca muere. Yo también, junto a mi ahijada Sara, he vuelto a hacer la Primera Comunión.

Juan Manuel de Prada, “Adecuarse a los tiempos” (píldora), ABC, 8.V.2001

Escuchaba el otro día, por azar, un programa radiofónico en el que se ponderaban las virtudes de las pildorita llamada, con sintagma bastante inepto, del «día después». Uno siempre ha cultivado la creencia de que el lenguaje ha sido inventado para pronunciar verdades; cuando, por el contrario, el lenguaje se hunde en los atolladeros de la sintaxis forzada, es porque quien lo usa está preparando meticulosamente el advenimiento de la mentira. El programa discurría por estos atolladeros sin rebozo alguno; los contertulios, unánimes y apologéticos, no dudaban en comparar la comercialización de la pildorita con el descubrimiento de la penicilina. Para estímulo de mi hilaridad, se empleaban locuciones tan delirantes como «prevención del embarazo» y otros dislates lingüísticos de parecido jaez que fui apuntando en una libreta, para incorporarlos a mi antología del eufemismo cínico. Cuando se aproximaba el desenlace del programa, el locutor invitó a los contertulios a compendiar lapidariamente sus posiciones; uno de ellos soltó esta frase: «Yo recomendaría a la Iglesia que sepa adecuarse a los tiempos que corren, que no vaya siempre a la zaga de las demandas de la sociedad».

Esta recomendación me produjo cierta perplejidad, sobre todo porque había sido formulada en un tono ecuánime o, como diría un cursi, «conciliador». No parecía delatar ningún agrio anticlericalismo, sino más bien una invitación generosa al acomodo de los usos sociales. Y de inmediato pensé que esas palabras eran una expresión nítida de cierta estupidez contemporánea, muy propagada y admitida, según la cual las convicciones ideológicas y morales pueden amoldarse a la circunstancia concreta, como si fuesen tabletas de chicle que se estiran y encogen elásticamente, al gusto del consumidor. Hasta hace poco, la deslealtad a esas convicciones era tildada de oportunismo; hoy, a quienes la profesan se les tacha de intransigentes, inmovilistas, retrógrados y no sé cuántas lindezas más. El relativismo en que plácidamente nos hemos instalado propicia la confusión entre convicciones y meros usos sociales; así, se considera igualmente carca a quien se resiste a abdicar de prejuicios anacrónicos y a quien defiende valerosamente sus ideas. Este relativismo comodón se ha extendido a todos los ámbitos de la vida, aun a los más sagrados; lo que antes eran consideradas componendas innobles o veleidades de tontaina hoy se reputan como síntomas de «tolerancia», de «amplitud de miras», de «inteligencia práctica». Hay que empezar a reivindicar la intransigencia como virtud; porque la transigencia ha dejado de ser aquella capacidad para consentir en parte con lo que se cree justo, razonable y verdadero, y se ha convertido en sinónimo de tragaderas, de lasitud ideológica, de sincretismo moral, de mistificación y endeblez, de papanatismo y sumisión a las modas que convienen.

La figura del veleta, antaño tan execrada, se erige hoy en modelo de conducta. No importa que los comportamientos fácilmente mudables se apliquen a asuntos menores o a principios incontrovertibles; importa, ante todo, «adecuarse a los tiempos». Cada vez con mayor frecuencia me tropiezo con personas a las que creía amigas que, ante la defensa apasionada de una idea por mi parte, atribuyen ese apasionamiento a circunstancias de la edad: «Es que todavía eres muy joven —me dicen—. Ya cambiarás». No entienden que el cambio biológico en nada puede afectar a una serie de convicciones que justifican una vida; sobre su cimiento se asienta lo que uno es, para bien o para mal, y sobre ese cimiento crece el hombre que uno quiere ser. Todas estas reflexiones me vinieron a la cabeza, en indignado tropel, mientras escuchaba a aquel chisgarabís radiofónico que aconsejaba «adecuación a los tiempos», como si la pildorita llamada del «día después» fuese lo mismo que la minifalda o el top-less. Quizá los politicastros que autorizan o desautorizan su venta, después de «pulsar la demanda social», así lo crean; nosotros, los intransigentes, no.

Juan Manuel de Prada, “Ergástulo” (inmigración), ABC, 23.IV.2001

Así llamaban los romanos al cuchitril inmundo donde vivían hacinados los esclavos, rebozados en la mugre de sus propias defecaciones, como bestias que aguardan el alivio de la muerte. La gloria de Roma se levantó sobre el sometimiento de los pueblos conquistados, a cuyos pobladores ni siquiera se les reconocía el estatuto jurídico de persona; también hoy nuestro bienestar de países prósperos, ensimismados en la opulencia, se erige sobre una ciénaga similar. Acaban de descubrir, en la provincia de Huelva, unos ergástulos donde se apretujaban hasta cien hombres llegados desde los extrarradios del Imperio. He escrito cien hombres, pero quizá debiera haber escrito cien fantasmas sin existencia jurídica, condenados a extenuarse en un trabajo sin remuneración, para después recluirse en estos ergástulos sin aire ni agua corriente, como letrinas en las que lentamente se va pudriendo la carne, hasta quedar reducida a puro excremento. Quizá el descubrimiento de estos ergástulos carezca de novedad; pero el mayor peligro de la abyección es que, cuando se convierte en rutina, deja de repugnarnos. La abyección, que al principio nos perfora la inteligencia y el sentimiento con su fetidez, acaba conviviendo con nosotros, como un animal doméstico, y cuando queremos reaccionar contra ella ya es demasiado tarde, porque se ha enquistado en nuestros hábitos.

Los esclavos confinados en los ergástulos onubenses se dedicaban a la recolección de la fresa. Desde hacía semanas o meses habían dejado de cobrar el estipendio misérrimo que les había prometido su dueño, pero seguían doblegando la espalda ante la tierra, con la esperanza quizá de morir reventados, porque la muerte es la única recompensa que anhela el esclavo. Al anochecer, se recluían en sus ergástulos y se derrumbaban sobre unos jergones renegridos de llanto, sobre los que dormían, aletargados por los miasmas que desprendían sus cuerpos, hasta que el dueño de la finca aporreaba las paredes de chapa del ergástulo, advirtiéndoles que el sol ya bautizaba el suelo. Desde sus barracones de sombra, los esclavos regresaban a la vigilia, maldiciéndose por haber llegado a creer, mientras dormían, que no iban a despertar nunca, que sus almas habían emigrado al paraíso de los esclavos, dejando tras de sí unos cadáveres exhaustos. Pero ese sueño de beatitud se disipaba, mañana tras mañana, para devolverlos a una vida que no merecía la pena ser vivida, emparedada en un ergástulo.

Si la gloria de Roma, que abarcó por igual el esplendor arquitectónico, la invención del derecho y las más refinadas cúspides de la literatura, nos repugna porque se abasteció con el sudor y la sangre de hombres sojuzgados, ¿qué sentimiento debe convocarnos la existencia de estos ergástulos onubenses? En ellos se cobija la leprosería moral de una sociedad que respira el aire de su propia abyección, inmunizada ya contra la piedad, inmunizada también contra el espectáculo sórdido de la vida reducida a esclavitud. El problema de la inmigración, que tantas proclamas partidarias suscita, no puede solventarse sólo con regulaciones más o menos restrictivas, con una vigilancia más o menos relajada, con pronunciamientos más o menos altisonantes. Lo que se está dirimiendo es algo mucho más importante, nada más y nada menos que la esencial dignidad del hombre. Occidente no puede seguir fingiendo que los ergástulos son invisibles; la marea de los hambrientos se ha puesto en marcha, y contra ese movimiento arrasador es inútil interponer diques y aduanas. La solución de volver el rostro hacia otro lado sólo contribuirá a que la abyección se enquiste, pero los ergástulos siempre acabarán asomando, aquí y allá, como chancros que supuran podredumbre y desenmascaran nuestras falsas beaterías solidarias. Podremos urdir cientos de leyes, podremos idear miles de estrategias conjuntas con nuestros socios de la Unión Europea del Imperio Romano, pero a la postre, las razas del hambre sólo admitirán dos destinos: el ergástulo de la esclavitud o el reparto de nuestra riqueza. En la elección de ese destino se debate la vergüenza de Occidente.

Juan Manuel de Prada, “Tombolitis” (televisión basura), ABC, 3.III.2001

El gesto paladino de Francisco Giménez-Alemán, al retirar de la programación esa latosa cabalgata de aberraciones humanoides llamada «Tómbola», debería ser el detonante de una discusión profunda sobre los objetivos y los límites de cualquier medio de comunicación financiado con fondos públicos. También sobre su dudoso encaje en una economía de mercado, donde las televisiones y radios públicas son obligadas a disputar la audiencia a unas empresas privadas cuya finalidad inmediata es la obtención de beneficios. Se quejan, seguramente con razón, estas empresas privadas del trato favorable que reciben las televisiones públicas, puesto que juegan con dos barajas: por un lado, entran en la batalla por la audiencia, obteniendo a cambio la recompensa de los ingresos publicitarios; pero, por el otro, reciben dineros del erario que se destinan al patrocinio de programas sin utilidad pública. Y es que no debemos olvidar que la única finalidad legítima de un medio de comunicación sufragado con presupuestos públicos es el enaltecimiento espiritual de sus destinatarios. O instruir deleitando, que diría un clásico.

Pero esta función de utilidad pública ha sido perturbada por intereses espurios que aspiran al embrutecimiento de los ciudadanos, a su conversión en una masa gregaria que comulga las directrices del poder. Para que esa comunión sea plena y fructífera, quienes ostentan el poder, y sus correveidiles con mando en platós televisivos y estudios radiofónicos, no han vacilado en halagar los más turbios instintos de los ciudadanos, arrojando al pesebre de sus apetencias un batiburrillo de programas de incalculable grosería intelectual que corrompen sus neuronas. Así, atacada por una galopante encefalopatía espongiforme, la audiencia se refocila en el fango y suspira por nuevas remesas de podredumbre que abastezcan su adicción; a cambio, esa misma audiencia garantiza adhesiones lacayas. A este proceso de depauperación colectiva o tombolitis aguda debe ponerse freno con gestos como el que acaba de realizar Giménez-Alemán; pero, si esos gestos no se continúan con una metódica abolición de la morralla que aflige la programación, corremos el riesgo de que degeneren en aspavientos huecos.

Nuestros gobernantes no pueden seguir manteniendo ese doble juego sobre el que se asienta el funcionamiento actual de radios y televisiones públicas. Si se decide a favor de su mantenimiento, tendrán que abandonar la disputa por la audiencia; tendrán que establecer sin ambages una distancia con la programación que ofrecen las empresas privadas, descaradamente enderezada hacia el superávit. Una radio o una televisión públicas deben aspirar al ennoblecimiento intelectual de los ciudadanos, a la divulgación cultural y científica; deben, en definitiva, aspirar al arquetipo platónico de la perfección espiritual. En una televisión pública no pueden interferir el chismorreo de corrala, el espectáculo chabacano, el entretenimiento chusco, la bazofia cinematográfica, el empacho futbolero. A estos síntomas de tombolitis aguda debe oponerse un tratamiento de choque que desinfecte para siempre el entendimiento de unos espectadores habituados al regodeo en lo bajuno. Y quien no desee desinfectarse, que cambie de canal y aloje su vulgaridad en otros lodazales, que nunca faltarán en la programación diaria. Recuerdo que, en cierta ocasión, al jubilado Anguita le preguntaron en una entrevista cómo era la televisión pública que imaginaba; sin titubeo, contestó que era una televisión en la que se exhibiera el teatro de Chejov. Supongo que su respuesta fue acogida con ese mismo choteo con que las gentes de alma cetrina niegan la posibilidad de la utopía. Pero la obligación de nuestros gobernantes es aspirar a una televisión que exhiba el teatro de Chejov; si persevera en su afán de halagar los anhelos más mostrencos del público, acabará ofreciendo maratones de pornografía y concursos de pedos, o lo que demanden unos espectadores idiotizados que, a cambio de un voto dócil, exigen la satisfacción de sus apetitos más bajos. La función de una televisión pública no es amarrar los votos, sino enseñar a los hombres a votar.

Juan Manuel de Prada, “Clonación a granel”, ABC, 29.I.2001

Se veía venir. Todas esas chorradas de la oveja Dolly y demás animalitos clonados no eran sino el circunloquio de lo que vendría después. Los apóstoles de la clonación sabían perfectamente adónde querían llegar; pero sabían también que la finalidad de sus investigaciones no podía desenmascararse abruptamente. Primero hubo que marear la perdiz con revelaciones parciales que mitigaran el revuelo y fomentaran el consumo de tinta y saliva en discusiones estériles; luego, en un alarde de avilantez, se sacaron de la manga el cuento chino de la llamada «clonación terapéutica». Nos presentaron la inmolación de embriones como la panacea médica del futuro y nos aseguraron que el alzheimer, el cáncer y hasta la encefalopatía espongiforme se convertirían en males tan fácilmente extirpables como una verruga. La regeneración de células que se vislumbraba tras la llamada «clonación terapéutica» auguraba unas ganancias apoteósicas, de ahí que Estado y Capital (dos personas distintas y un sólo dios verdadero) se apresuraran a sumar esfuerzos en una empresa que se adivinaba pingüe. ¿Se acuerdan de aquellas proclamas en que Blair y Clinton y demás mandatarios satélites, erigidos en paladines del progreso, invocaban pomposos fines humanitarios para justificar sus torpes manejos? Aquellas zarandajas demagógicas prendieron en el espíritu del pueblo sojuzgado, que llegó a creerse la milonga. Los apóstoles de la clonación se frotaban las manos: habían conseguido hacernos comulgar con la rueda de molino de su avaricia, servida bajo la apariencia de una eucaristía laica y altruista. Su estrategia de desgaste y confusión había rendido el resultado esperado: la llamada «opinión pública» (esa amalgama de opiniones gregarias que suplantan el desprestigiado sentido común), después de dispersarse en discusiones bizantinas, había adquirido el grado suficiente de docilidad para encajar la revelación definitiva. Por si acaso aún se tropezasen con algún resabio de resistencia, los apóstoles de la clonación han preferido lanzarnos una penúltima andanada envuelta en los afeites de la piedad. Resulta que el doctor Severino Artinori (repárese en la sonoridad sadiana de su nombre) ha anunciado su intención de clonar embriones humanos para implantarlos en la matriz de mujeres infecundas. Para mitigar el repudio que la clonación descarada y a granel promueve en los espíritus más sensibles, se comercia con el instinto de maternidad de las mujeres y con la compasión que la esterilidad despierta entre nosotros. (¡Ah, paradojas de las sociedades progresadas, que se apiadan de quienes han sido desposeídos por Natura de la capacidad para reproducirse, al tiempo que reprimen con saña esa misma capacidad en quienes la poseen!). Pero hasta las sensibilidades más escrupulosas acaban criando callo, a fuerza de recibir pisotones y descarnaduras. Otro de los esbirros del cotarro, el doctor Panayotis Zavos, recurre al tópico literario (demostrando, de paso, que su dominio de los tópicos literarios es bastante calamitoso), para comparar los avances de la clonación con «un genio que ya ha salido de la botella y que controlaremos». Si el doctor Zavos se hubiese molestado en frecuentar las bibliotecas sabría que, desde la caja de Pandora hasta la redoma de Stevenson, pasando por la lámpara de Aladino, los genios que abandonan la botella no se avienen de buen grado a encierros y controles.

Es, precisamente, la clonación descontrolada el finisterre que persiguen estos apóstoles de la ciencia degenerada en negocio. Los hábiles circunloquios que empleen, hasta que su aspiración se consume, no son sino los aspavientos más o menos hipnóticos con que los prestidigitadores disfrazan sus trucos, para que pasen desapercibidos ante el público. Y, hoy por hoy, el público, mareado de falsas artimañas altruistas, ya está suficientemente anestesiado y madurito para acatar la catástrofe. ¿A qué esperan, para quitarse la máscara?

Juan Manuel de Prada, “Animalitos”, ABC, 22.I.2001

En «Náufrago» hay una secuencia en que el robinsón Tom Hanks ensarta con un palo el caparazón de un cangrejo. Vemos cómo el cangrejo patalea en su agonía; a continuación, vemos cómo Hanks socarra al fuego de una hoguera el cangrejo, cómo desmiembra sus patas y cómo ávidamente se come su carne. Sin embargo, si aguantamos hasta el final de la película, una vez que han desfilado los títulos de crédito, descubriremos una leyenda avalada por no sé qué sociedad protectora de animales, en donde se asegura que ningún animal ha sido sometido a crueldades durante el rodaje, y que las imágenes en que aparecen animales en peligro han sido fingidas mediante maquetas animadas. O sea, que el cangrejo ensartado con el palo era un artilugio mecánico gobernado mediante control remoto; pero el cangrejo que a continuación se zampa el protagonista tiene toda la pinta de ser real. Se deduce, pues, que los productores de la película, después de gastarse un pastón en la maqueta animada, se han dirigido al mercado de la esquina y han comprado un cangrejo de verdad. Pudiera ocurrir, incluso, que ese cangrejo haya sido pescado con redes ilegales, o fuera de temporada. Pero lo que ocurra fuera del rodaje de la película carece de importancia.

La misma película que recurre a subterfugios y fingimientos tan disparatados, para evitarle a un cangrejo el sufrimiento, contiene secuencias en que vidas humanas son expuestas al peligro de escalar un risco o nadar en mitad del océano, pues la verosimilitud del cine actual aconseja que dichas secuencias no sean rodadas en decorados. Sabemos que, de vez en cuando, un extra perece durante el rodaje de una película, decapitado por las hélices de un helicóptero o despeñado al fondo de un barranco; sabemos que, sin llegar a estos extremos de fatalidad, no hay rodaje que no registre un saldo venial de costillas rotas y magulladuras entre los miembros más sufridos del elenco. Y mientras los extras se afanan en cabriolas y contorsiones que ponen en peligro su vida, los cangrejos son suplantados por «maquetas animadas», para que no sufran.

Esta inversión del orden natural (la vida humana relegada a un arrabal subalterno, frente a la intangible vida animal) no merecería mayor glosa si restringiera su ámbito a la anécdota cinematográfica. Pero mucho me temo que esta alteración de valores forma parte de una perversión social mucho más extendida. Ayer mismo publicaba ABC una fotografía de unos manifestantes londinenses que reclamaban la prohibición de la caza del zorro (uno sospecha que, cuando por fin lo consigan, se manifestarán contra la caza del gamusino); algunos enarbolaban, a guisa de pancartas, retratos de zorritos con la misma convicción con que la madre de un desaparecido alzaría el retrato de su hijo ante el Palacio de la Moneda de Santiago de Chile. Esta fotografía me obligó a reflexionar sobre los mecanismos de suplantación y circunloquio que puede llegar a urdir una sociedad enferma; cuando asuntos mucho más graves y perentorios aún no se han solucionado, cuando la codicia o el marasmo espiritual nos impiden pronunciarnos sobre asuntos que atañen mucho más directamente a la dignidad del hombre, la mala conciencia social acaba desaguándose a través de reclamaciones pintorescas. Ciertamente, la caza del zorro constituye un residuo abominable de señoritismo, pero, ¿merece acaso que la califiquemos, pomposamente, de «inmoral»? Los estudiosos de las perversiones sexuales definen el fetichismo como un «andarse por las ramas», a través del cual muchos hombres soslayan la angustia que les produce enfrentarse con el coño; manifestarse contra la caza del zorro es un «andarse por las ramas», a través del cual soslayamos la vergüenza que nos produce enfrentarnos con la caza del hombre (desde su estado embrionario hasta sus postrimerías); una caza que plácidamente aceptamos, aunque sea, incluso, un poquito más inmoral que cazar zorros o gamusinos.

Juan Manuel de Prada, “Dilemas éticos”, ABC, 11.XII.2000

En un esmerado reportaje aparecido en el suplemento de Salud de este periódico, Nuria Ramírez nos proponía una lista de los diez grandes dilemas éticos con que la medicina se tropezará a lo largo del siglo que ahora empieza. Algunos, como la eutanasia, son antiguos como el mundo; otros, surgidos con el auge vertiginoso de la genética, nos arrojan a un páramo de perplejidad que tardaremos mucho tiempo en dilucidar. ¿O no? La mera utilización defectuosa del término «dilema» como sinónimo de «debate» o «controversia» revela nuestra actitud derrotista ante los implacables avances de la ciencia. Dilema, según proclama el diccionario, es aquel argumento formado disyuntivamente por dos proposiciones contrarias con tal artificio que, negada o concedida cualquiera de las dos, queda demostrado lo que se intenta probar. Como las metamorfosis del lenguaje siempre arrastran consigo algún inconsciente desplazamiento social, podríamos interpretar que, al otorgar el rango de dilema a lo que formalmente se nos presenta como controversia, estamos claudicando tácitamente y negando la posibilidad de una solución distinta a la que dicta el llamado «Progreso». Creo que este, sin duda, constituye el signo más preocupante de nuestra época: el hombre parece haber dimitido de su capacidad para ponderar los beneficios que la ciencia le puede reportar; sus dotes polémicas y reflexivas han sido suplantadas por una suerte de resignación más o menos risueña o pesimista. ¿Para qué vamos a debatir sobre asuntos tan acuciantes si, a la postre, no importa cuál sea la proposición que elijamos, el dilema quedará demostrado? Este derrotismo social ha propiciado el advenimiento de dos fenómenos que desmienten nuestra genealogía ilustrada. El primero consiste en la transformación de la ciencia en una superstición incontestable, que rechazamos o asumimos bovinamente. Con la ciencia ocurre hoy lo que antaño ocurría con las disciplinas esotéricas: aunque su perfume o resonancia alcance a cualquier persona anónima —lo cual le proporciona una coartada democrática—, sólo unos pocos iniciados se reservan el derecho de juzgar su desarrollo. Aniquilado ese ámbito de discusión intelectual con que toda sociedad sana debería acoger sus avances científicos, las únicas reacciones posibles ante dichos avances son el rechazo intransigente o la aceptación sin ambages. Huelga añadir que la beatería laica imperante ha conseguido adoctrinar nuestro subconsciente de tal modo que el rechazo sea entendido como un signo de tenebroso reaccionarismo.

El otro fenómeno propiciado por este derrotismo social es un mero corolario del que acabo de exponer. Habiendo dimitido de sus posibilidades dialécticas, la sociedad que acata los designios de la ciencia como si de una superstición se tratase está ya madurita para convertirse en una gran cobaya, en eso que los holandeses, tan engreídos de su condición pionera o roedora, denominan un «laboratorio social». Puesto que las discusiones previas han sido anuladas, la idoneidad de los avances científicos se decide mediante su aplicación. Los defensores de esta práctica abrupta sostienen con cierto optimismo sarcástico que la sociedad posee suficientes «defensas» (léase sentido común) para rechazar aquellos avances que puedan perjudicarla como especie; pero esta es una afirmación perversa, porque el sentido común del hombre es, por desgracia, egoísta, y sólo anhela la preservación de sí mismo como individuo, sin importarle lo que venga después. Sin importarle, desde luego, los abismos de abyección moral que se abren a ambos lados de ese camino expedito que nos brinda la ciencia. Así, resignados a que las controversias éticas cristalicen en dilemas irresolubles, aceptamos por puro egoísmo lo que nos echen encima. El silencio risueño de los corderos clonados es nuestro horizonte.

Juan Manuel de Prada, “Amor estéril”, ABC, 11.IX.2000

Desde su cátedra de la cárcel de Reading, Oscar Wilde nos enseñó que todos los hombres matan lo que aman; a veces, lo hacen mediante un circunloquio, para que su crimen sea más demoradamente cruel y la víctima sienta un dolor más pujante que la mera extinción física. El asesinato de Rocío Wanninkhof, que en estos días abarrota las crónicas de sucesos, reúne los requisitos de ensañamiento y fría premeditación que reclama el horror. También ese abominable regodeo que la maldad experimenta ante el exterminio de la belleza. La joven Rocío Wanninkhof, a juzgar por los retratos divulgados por la Prensa, era una muchacha de belleza infrecuente, esbelta como el agua, fúlgida como el oro, de facciones que podrían haber celebrado los poetas y figura que reclamaba el homenaje del mármol. El asesinato de la belleza resulta siempre más perturbador que el asesinato a secas, porque en cierto modo es un agravio a la armonía del mundo, una negación obscena de la claridad que rige el orden de la naturaleza. Asesinar la belleza constituye una vindicación del caos y de las tinieblas.

La mujer que, según apuntan las indagaciones policiales, eligió como víctima de su crueldad a Rocío Wanninkhof lo hizo con el propósito de matar en vida a quien más amaba, que era la madre de la muchacha. Y lo hizo borrando el aliento de la belleza, que era algo que su amor estéril jamás podría incorporar al mundo. Al asesinar a Rocío Wanninkhof, esa mujer estaba excluyendo la posibilidad de un amor distinto al suyo, un amor que fuese fecundo y perdurara en otra carne. La asesina de Rocío Wanninkhof viviría su amor estéril con esa obcecación de quienes aman sin esperanza, y la presencia jovial de tanta belleza encarnada en el cuerpo de una adolescente la mortificaba como un ultraje. Ella jamás podría regalarle a la mujer amada una prueba tan acendradamente hermosa de su amor, y creyó que asesinando a Rocío iba a lograr imponer su pasión enferma y ofuscada a la realidad. En las crónicas de sucesos se alude elípticamente a un «móvil pasional» más o menos turbio, pero en ese móvil convive un cenagal de pasiones tumultuosas en el que, quizás, la más atroz y obturada sea el despecho de quien mata a la persona que la rechaza matando el testimonio de belleza que esa persona ha dejado en el mundo. Esta perversión del amor que se sabe incapaz de competir con la belleza y asesina para recuperar sus privilegios, envuelve la muerte de Rocío Wanninkhof en un sudario de sórdida tragedia que conmueve y repugna a partes iguales, porque abre a nuestros pies ese abismo de locura a que puede conducirnos un amor estéril.

La palabra que menciona ese amor estéril no ha sido aún pronunciada, en parte por respeto a la madre doliente, pero también por ese remilgo tan contemporáneo que se resiste a reconocer los peligros de degradación que encierran ciertas variantes del amor. Rocío Wanninkhof murió por culpa de un amor degradado (y uso el adjetivo en su pura acepción etimológica); un amor que jamás podría haber rendido un fruto tan sencillamente hermoso como esa muchacha que nos sonríe desde ultratumba. La mera existencia de Rocío Wanninkhof era un agravio insoportable para la mujer que la mató, y también un recordatorio pertinaz que le mostraba la naturaleza degradada de su amor, incapaz de perpetuarse en otro ser. Al destruir tanta belleza, la asesina de Rocío Wanninkhof se hacía la ilusión de que su amor era perfecto y condenaba a la madre doliente a conformarse con ese amor devaluado y enfermo que ella le brindaba. No le importaba que, con la muerte de Rocío, también hubiese aniquilado espiritualmente a la madre: a un amor degradado le basta con un mero envoltorio carnal. Pero la belleza fluvial y dorada de Rocío Wanninkhof la perseguirá para siempre, recordándole la esterilidad de su amor.

Juan Manuel de Prada, “Clonación a plazos”, ABC, 19.VIII.2000

Tiene razón el maestro Campmany cuando afirma que el progreso científico es algo sencillamente imparable. Pero le faltó preguntarse si ese progreso científico persevera en su función originaria, de servicio a la Humanidad, o si, por el contrario, en su carrera alocada en pos de nuevos finisterres de espectacularidad, lo guían propósitos obscenamente mercantiles. Las proclamas sensacionalistas, los métodos poco escrupulosos, la utilización espuria de datos poco concluyentes que enseguida son divulgados por los medios de adoctrinamiento de masas han suplantado el tradicional cauce de exploración científica. Esta «aceleración» de la ciencia ha adquirido ribetes de descaro en el desciframiento del genoma humano, que una empresa llamada sin pudor «Celera» utilizó para su prosperidad bursátil. Antes, los descubrimientos científicos eran expuestos a un escrutinio ético; ahora, su comunicación es casi instantánea, de tal manera que el barullo o fanfarria mediática sustituye y aniquila las consideraciones morales, la decencia, la probidad, el rigor, en fin, esos requilorios del pasado.

Antes, quienes osaban infringir estos trámites, eran de inmediato desterrados al arrabal del descrédito; hoy, esos mismos apóstoles del guirigay mediático, esos ventajistas que aspiran a convertir la ciencia en una gran atracción de barraca con cotización en bolsa, reciben el tratamiento de héroes. El grato tintineo del dinero se antepone así a cualquier consideración ética; y mientras el dinero prosigue su incesante fluir, nos vamos convirtiendo en una sociedad aturdida, ensordecida por el mogollón, desarmada de principios morales. Sólo así se explica el genuflexo beneplácito con que se ha acogido el designio británico de modificar su legislación sobre clonación humana. La premiosidad de este designio delata sus propósitos puramente económicos; la biología celular, como el auge del Internet, asegura pelotazos bursátiles sin cuento, y la Gran Bretaña no puede quedarse al margen del gran banquete universal. Poco importa que nuestro precario conocimiento del genoma humano nos impida saber a ciencia cierta qué enfermedades pueden remediarse mediante la clonación; poco importa que esas células madre que, según se intuye, podrían remediar taras hoy incurables, puedan obtenerse sin necesidad de crear artificialmente embriones que luego serán destruidos. Poco importa que los cimientos sean endebles; de lo que se trata es de levantar a la mayor velocidad posible un edificio, aunque sea de humo, aprovechando la revalorización del terreno genético. Lo de menos es que luego el edificio se derrumbe; para entonces, el negocio -o el timo- ya habrá rendido sus beneficios.

¿Qué más da si entretanto nos cargamos unos millares de embrioncitos de nada? Esta reducción de los embriones en los que alienta vida humana a meras empanadillas que aguardan en el frigorífico su inmolación sólo puede ser admitida por una sociedad que antes ha claudicado una y mil veces en exigencias éticas que atañen a su misma dignidad. No obstante, y por si todavía anidara algún residuo de escrúpulo en esa sociedad, los urdidores del pelotazo genético se han cuidado de especificar que jamás experimentarán con embriones de más de dos semanas; incluso, en su canallesca propensión al eufemismo, hablan ya de «pre-embriones», los muy cabritos. ¿Pero a quién se proponen engañar estos matarifes de la asepsia? ¿Qué más da que el embrión tenga catorce días o catorce semanas, si lo que se destruye es lo mismo, un organismo con combinación genética propia? ¿O es que lo que pretenden, cepillándoselo tan pronto, es que al embrión no le hayan crecido todavía ojos en el rostro, para no tener que arrostrar su mirada recriminatoria? La mala conciencia propicia estas hilarantes distinciones de plazos; y la sociedad gregaria las acepta como si fuesen dogmas de fe, sin atreverse siquiera a discutirlas. Antes, los plazos servían para pagar nuestras deudas con el banco; hoy, se han convertido en un cómodo sistema para soslayar nuestras deudas con la moral.

Juan Manuel de Prada, “La fuerza de la oración”, ABC, 12.VIII.2000

Jaromir Hladík, escritor de sangre judía, es aprehendido por la Gestapo y, tras un interrogatorio sumario, condenado a ser fusilado. «Fuera de algunas amistades y de muchas costumbres, el problemático ejercicio de la literatura constituía su vida», nos refiere Borges, en una frase que, desde niño, pensé que iba secretamente dirigida a mí. Hladík impetra a Dios que le permita concluir el drama que está escribiendo: «Para llevar a término ese drama, que puede justificarme y justificarte, requiero un año más. Otórgame esos días, Tú de Quien son los siglos y el tiempo». A la mañana siguiente, Hladík es conducido ante el piquete. Entonces el universo físico se detiene; la omnipotencia divina ha concedido a Hladík ese año solicitado. Sin otro sostén que la memoria, Hladík va agregando mentalmente los hexámetros que componen su drama; cuando el último epíteto es dirimido, suena la descarga que le borra la vida. «El milagro secreto», se titula el cuento de prosa cincelada y exacta que tan torpemente acabo de resumir.

Me he acordado de Jaromir Hladík después de leer las reacciones sarcásticas, burlonas o meramente ofensivas que han suscitado las declaraciones de Rouco, en las que animaba a los católicos a que emprendiesen «una campaña de oración», solicitando a Dios la abdicación del plomo y de la sangre. Enseguida han surgido folicularios de medio pelo que se descojonaban de Rouco y le ordenaban con chulería o matonismo que se dedicara a sus pejigueras diocesanas y dejase los asuntos serios a personas serias como ellos, que solucionan el mundo cada mañana, ensartando rutinarias condenas en sus artículos o repitiendo las mismas banalidades cada vez que les arriman un micrófono a los belfos. Ciertamente, no podemos esperar que la oración detenga el itinerario de las balas y suspenda el universo físico durante el tiempo necesario para acabar con el drama del terrorismo; los milagros, secretos o escandalosos, ya sólo acaecen en los cuentos de Borges. Pero pitorrearse tan obscenamente de la fuerza de la oración me parece una injuria contra la palabra, que curiosamente es el mismo recurso que emplean –tan devaluadamente, pobrecitos– esos plumillas que han arremetido contra Rouco. ¿Qué consuelo le queda a la víctima inerme, sino la palabra que conforta y ayuda a exorcizar el temor? ¿Acaso son más eficaces las manifestaciones de protesta o las expresiones archisabidas de condena? Si nos burlamos de la palabra musitada en soledad, si encontramos irrisorio el coloquio con Dios, en el que el hombre emplea todas sus potencias intelectuales (la inmaginación y la memoria, la inteligencia y la voluntad), a las que suma el fervoroso deseo, ¿no deberíamos también carcajearnos de cualquier otra reacción pacífica? Dirá un incrédulo que la oración es inútil, porque no hay un destinatario que la escuche. Entonces lo mejor sería no ofrecer ningún tipo de resistencia a la barbarie, porque, si existe algún destinatario sordo, es el terrorista que empuña la pistola, a quien nuestras quejas e imprecaciones se la sudan. ¿Por qué ese regodeo en negar y pisotear la posibilidad del misterio? Un rezo no va a imponer nuestros anhelos a la realidad, pero puede que, al conjuro de esas palabras, nuestra pobre naturaleza humana, desvalida y apabullada, ascienda sobre el barro de sus debilidades y halle una luz no usada que le infunda fortaleza y convicciones. Esas palabras que pujan por encontrar un interlocutor sobrenatural no son ridículas, ni estériles, ni pazguatas; son la expresión de hombres que se resisten a desfallecer y claman justicia y enarbolan la voz, como un incienso votivo, para contrarrestar el olor de la pólvora. ¿Qué hay de chistoso en esta hermosa decisión? Comenzaba recordando a Borges y concluyo citando a Lucas, que a mí no se me caen los anillos revelando mis lecturas: «¿Y Dios no hará justicia a sus elegidos, que claman a Él día y noche, aun cuando los haga esperar? Os digo que hará justicia prontamente. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?».

Juan Manuel de Prada, “Buñuel”, ABC, 22.II.2000

«Lo he reconocido ya: culturalmente, soy cristiano. Habré rezado dos mil rosarios y no sé cuántas veces habré comulgado. Eso ha marcado mi vida. Comprendo la emoción religiosa y hay ciertas sensaciones de mi infancia que me gustaría volver a tener: la liturgia en mayo, las acacias floridas, la imagen de la Virgen rodeada de luces. Son experiencias inolvidables, profundas». De este modo tan elocuente y rotundo responde Buñuel a Tomás Pérez Torrent y José de la Colina cuando le inquieren por la naturaleza de su obsesión hacia la figura de Cristo. Luis Buñuel, insurrecto creador de poemas visuales, buceador en las alcantarillas del subconsciente, debelador de los códigos morales burgueses, heresiarca que hizo de la más radical libertad imaginativa una suerte de religión, no se recata en declararse, sentimental y culturalmente, católico. En esa añoranza de la emoción religiosa que palpita en los yacimientos sumergidos de su memoria, ¿no se adivina una búsqueda de la inocencia primigenia, similar a la que azuzaba la existencia del «Ciudadano Kane», cuando invocaba el nombre de «Rosebud»? Y, yendo todavía un poco más lejos, ¿no podría entenderse el cine de Buñuel, tan despiadadamente fustigador de la religión, tan socarronamente crítico con las cortapisas sociales que sojuzgan al hombre, tan indagador de patologías y monstruosidades, como una nostalgia de un tiempo en el que aún era posible aspirar el perfume de las acacias floridas? «Mi imaginación está siempre presente y me sostendrá en su inocencia inatacable hasta el fin de mis días. Horror a comprender. Felicidad de recibir lo inesperado», declarará en otra ocasión Buñuel, tratando de expresar el meollo de su poética. ¿No se detecta también aquí una concepción religiosa del arte? En esa vindicación de la inocencia creativa, en esa felicidad que produce lo inesperado, en ese horror a comprender, ¿no se están enumerando las condiciones que hacen posible el milagro? Despachar la obsesión religiosa de Buñuel con el calificativo de «blasfema» constituye una banalidad intolerable. El cura quijotesco de Nazarín que, impulsado por una locura divina, trata de extender el evangelio y se topa con la incomprensión de pobres y ricos (los primeros, porque necesitan un consuelo más efectivo; los segundos, porque lo consideran un subversivo peligroso), no personifica tanto una burla de la religión como un sarcasmo desolado ante la inutilidad de una misión que se tropieza con la oposición del hombre. Algo parecido ocurre en Simón del desierto, donde el anacoreta que vive encaramado en una columna ejecuta con rutinaria normalidad el milagro de devolverle las manos a un amputado; lo primero que hará el beneficiario del milagro es propinarle un mojicón a su hijo. La ferocidad de Buñuel no cuestiona la intromisión de lo sobrenatural, sino la intrínseca maldad del hombre, que hace estéril el milagro y lo aprovecha para consolidar una relación de dominio.

Las irreverencias y ultrajes de la religión católica que recorren la filmografía buñueliana se engloban dentro de un proyecto sistemático de pisotear las convenciones sociales. En La edad de oro, Buñuel no desdeña el sacrilegio, pero tampoco la impiedad (un ciego es pateado por el protagonista) ni el pavoroso crimen: cuando el protagonista y la hija de un marqués alcanzan el orgasmo, mientras se chupetean los dedos de los pies y se clavan las uñas en los ojos hasta hacerse sangrar, gritan con exultación: «¡Qué alegría haber asesinado a nuestros hijos!». Todo este carrusel de atónita barbarie rechaza una lectura literal: Buñuel no profiere «un apasionado llamamiento al crimen» (otra de sus célebres boutades que tanto han contribuido a trivializar la comprensión de su obra), sino un desesperado grito de rebelión social. En La edad de oro, como en todo el cine de Buñuel, la irreverencia adquiere un sentido metafórico y liberatorio, una fuerza subversiva y catártica: el hombre tiene que desprenderse de atávicas hipocresías si desea conquistar su libertad plena, ese residuo indómito que sepultan las plurales formas de dominación instituidas por la sociedad.

Este ímpetu de catarsis y subversión que guía el proyecto estético de Buñuel se confabula con una suerte de despiadado escepticismo. Buñuel, en su descreimiento amargo y corrosivo, niega al hombre toda posibilidad de salvación y desdeña la misión redentora de Cristo, suplantando su figura por la de un ciego lujurioso y voraz, en aquella célebre secuencia de Viridiana donde se parodia la Última Cena de Leonardo. El sacrificio de la Cruz se perfila así como una quijotada baldía, tan baldía como los milagros de los anacoretas o la aparición providencial de los restos de un avión, en La muerte en el jardín; cuando el sacerdote que forma parte de la extenuada expedición agradece a Dios ese signo de misericordia que les permitirá abastecerse con los víveres que encuentren, otro de los miembros de la expedición le recordará, con apabullante brutalidad, que para lograr su salvación, antes Dios ha tenido que adjudicar la muerte al puñado de inocentes que viajaban en ese avión.

Este sarcasmo teológico tiene la fuerza de una increpación dirigida contra el mismo Dios. Una intención similar anima esa gran parábola religiosa que es La vía láctea. La cita que ilustra la película («No he venido a la Tierra para traer la paz, sino la espada») adquiere una resonancia ominosa a medida que se desgrana ante nosotros un rosario de episodios signados por la destrucción y el triunfo de la muerte. Pero aún en medio de tanto caos, Buñuel nos ofrece una última lección de perplejidad: los episodios que se refieren al peregrinaje de los mendigos protagonistas componen un repertorio de herejías y bacanales y heterodoxias; en cambio, los episodios dedicados a la vida de Jesús, lejos de participar de la mistificación, se revisten de una fidelidad casi documental a los Evangelios, dejándonos en el paladar un regusto ambiguo. El mismo que ese episodio final de la película, paradójico y socarrón, en que Jesús devuelve la vista a dos ciegos; cuando esos ciegos tienen que salvar una zanja que se interpone en su camino, uno de ellos lo hará limpiamente, mientras el otro tantea con el bastón, inseguro del terreno que pisa.

Buñuel, una vez más, no niega el misterio, pero cuestiona su eficacia y su capacidad redentora. El humor impío y burlón que clausura La vía láctea no logra anular la sospecha que, una vez más, emerge ante nosotros: quizá a ese ciego que libró el obstáculo de la zanja lo guiase el mismo perfume de acacias florecidas que a Buñuel le traía reminiscencias de la niñez. Llegados a este punto de desconcierto y estupor, sólo nos queda recordar aquellas palabras de reproche que Régis Debray le dirigió a Buñuel, mientras lo zarandeaba con despecho: «No lo soporto a usted, Buñuel. Gracias a usted la gente sigue hablando de la Santísima Trinidad y de la Inmaculada Concepción de María. Usted ha mantenido viva toda la cultura del catolicismo con sus malditas obsesiones. ¡Yo le detesto, Buñuel!». Nosotros, en cambio, lo amamos arrebatadamente.

Juan Manuel de Prada, “Condones transversales” (preservativos en el aula), ABC, 12.II.2000

Hace ya algunas semanas, los padres de alumnos matriculados en el cuarto curso de ESO en un instituto del madrileño Barrio del Pilar recibían una carta. En ella se especificaba que unos voluntarios de la Cruz Roja, con la connivencia del Ministerio de Sanidad, se disponían a impartir a sus vástagos unas clases en horario lectivo. Los discípulos de Florence Nightingale incluían en su ambicioso temario anzuelos tan convincentes como la bulimia y la anorexia, pero ya advertían que el grueso de sus enseñanzas atañían a la educación sexual. El desquiciamiento pedagógico que sufrimos hace posibles estas paradojas grotescas: nuestros jóvenes abandonan las aulas sin tener ni puñetera idea de su ubicación en el mundo, pero en cambio se les informa exhaustivamente sobre sus coordenadas genitales. Hasta hoy, una de las muestras más inequívocas de orfandad cultural era la propensión a contemplarse el propio ombligo; a partir de ahora, esa propensión descenderá hasta las partes pudendas. Como se ve, algo hemos progresado, aunque sea hacia abajo.

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Juan Manuel de Prada, “RU-486”, ABC, 10.II.2000

Acabo de escuchar en la radio un comentario radiofónico que no sé si calificar de calumnioso o felón. Alguien glosó el editorial que ABC dedicaba ayer a la RU-486, esa píldora que parece bautizada por Karel Capek; en ese editorial se lee que la píldora en cuestión «transmite la imagen de un aborto fácil y sin riesgos». El rudimentario escoliasta, después de calificar el editorial de «alucinado», profirió: «A lo que se ve, ABC prefiere un aborto difícil y con riesgos». Cualquiera que haya leído sin anteojeras la pieza citada sabe que lo que ABC defendía ayer era la necesidad de solucionar los conflictos que sufren las mujeres embarazadas mediante recursos menos retrógrados que el aborto. Lo que ABC defendía y vindicaba era la vida, principio rector de cualquier ordenamiento jurídico civilizado, y lo hacía con elocuencia diáfana. Pero ya se sabe que quienes esgrimen la bajeza moral como único argumento no reparan en transparencias y diafanidades: su hábitat natural es el agua revuelta del fango, donde siempre es más fácil recolectar algún pececillo confundido con el anzuelo de la demagogia. Continuar leyendo “Juan Manuel de Prada, “RU-486”, ABC, 10.II.2000″

Juan Manuel de Prada, “Aborto progresista”, ABC, 5.II.2000

Más execrable que el crimen del aborto me resulta la anuencia sorda, la complicidad cetrina de una sociedad que lo acepta como un mal menor, o incluso como un remedio benéfico. Una sociedad capaz de convivir silenciosamente con su oprobio es una sociedad enferma; si, además, ese oprobio se erige en mercancía de chalaneo electoral, quizá debamos preguntarnos si esa sociedad no está demandando una autopsia urgente. Vuelvo a referirme al aborto, esa incalculable abyección moral, desoyendo los consejos de mis editores, agentes y demás promotores de mi carrera literaria, que me solicitan que calle y me lave las manos, para no crearme rencillas y animadversiones. Cuando me adjudicaron el premio Planeta, varias revistas culturales propagaron mi beligerancia contra el aborto y solicitaron a sus lectores que no compraran los libros de alguien que se atrevía a pronunciar tamaña inconveniencia. Al parecer, denunciar la condición criminal del aborto constituye un síntoma de adhesión a la «derecha ultramontana»; lo progresista es acatar la barbarie, bendecirla o al menos transigir pudorosamente con ella, como si la barbarie fuese algo que no nos atañe, como si el aire que respiramos no estuviese infectado con sus miasmas. Continuar leyendo “Juan Manuel de Prada, “Aborto progresista”, ABC, 5.II.2000″

Juan Manuel de Prada, “Otra clase de religión”, ABC, 30.IX.1999

«La religión es la frondosa catedral cultural y moral que nos cobija de la intemperie de los siglos». Publicaba ayer ABC, en su sección de «Cartas al director», una queja bastante razonable de Luis Riesgo Ménguez, en la que, ante la sucesiva displicencia (remolona u hostil, es lo de menos) con que nuestros Gobiernos abordan el problema de la enseñanza de la religión en las escuelas concluía: «Suprimir la clase de Religión es condenar a los jóvenes a una supina ignorancia del hecho más trascendental de la Historia, de nuestra cultura y nuestra idiosincrasia». Si por religión entendemos «un conjunto de dogmas o creencias acerca de la divinidad, de sentimientos de veneración y temor hacia ella, de normas morales para la conducta individual y social y de prácticas rituales», según definición del mamotreto de la Real Academia, parece evidente que un Estado laico no tendría por qué incluir esta disciplina en sus planes educativos, salvo acaso en lo que se refiere a esas «normas morales» que la religión cristiana prestó a Occidente. Resultaría incongruente con la libertad de culto que acoge nuestra Constitución inculcar «dogmas o creencias acerca de la divinidad», «sentimientos de veneración» o «prácticas rituales». Pero la religión cristiana -hablar, en términos abstractos, de «Religión» se me antoja un eufemismo demasiado difuso- es mucho más que un mero repertorio de dogmas y liturgias. Constituye el sustrato fecundo sobre el que se edifica nuestra civilización, nuestra cultura, nuestra moral. Impedir que ese venero incesante de conocimientos esté al alcance de los niños, de los alevines de hombre, equivale a condenarlos a la orfandad espiritual.

De nuevo nos tropezamos aquí con la bajeza y la mezquindad de nuestros politicastros, que se obstinan en confundir el rábano con las hojas, y que además no osan rozar ni las unas ni el otro, por temor a que los tachen de beatorros y vaticanistas, y se malogre su cruzada centrípeto-reformista. Por temor a que la oposición les salte a la yugular y los acuse de pasear bajo palio, han preferido dejar que ese infinito caudal formativo quede arrumbado en los arrabales del olvido, ignorantes o quizá no tan ignorantes, lo cual sería mucho más delictivo, porque a la negligencia se uniría la alevosía de que, al desterrar de las escuelas el esqueleto de nuestra cultura, se está condenando a las generaciones futuras a una existencia invertebrada. Parece como si el moderno ideal educativo se redujese al aprendizaje de la cartilla y de Internet (pronto se suprimirá la primera, para evitar engorrosos trámites); lo que queda en medio, ese profuso y pavoroso vacío, es lo que a partir de ahora tendremos que resignamos a denominar «hombre», aunque sólo merezca la designación de pelele.

Convendría despiojar este asunto de toda la hojarasca demagógica que lo sepulta. Convendría aclarar que la enseñanza de la religión no consiste en inculcar doctrina ni en apedrear las mentes infantiles con los preceptos del padre Astete. La religión cristiana es el barro que nos construye por dentro, la sustancia de nuestros sueños, la argamasa sobre la que han crecido el pensamiento y el arte occidentales, también el fabuloso legado moral sin el cual serían incomprensibles conquistas como la abolición de la esclavitud o la condena de la pena de muerte. Privar interesadamente a un chaval de este continente de revelaciones es como privarlo de su filiación genética. La moral cristiana instituyó la piedad como regla de conducta, el respeto y el amor al prójimo como pilares indubitables de nuestra convivencia. Sustituyó una órbita de valores que gravitaba en tomo al concepto de castigo por otra que gravitaba en tomo al concepto de perdón. ¿Es legítimo ocultar este milagroso acontecimiento histórico que nos cambió para siempre? ¿Es admisible escamotear que hubo un hombre que, para los, además, participó de la sustancia divina que se subió a una montaña para proclamar el más bello poema de bienaventuranza, que se negó a lapidar a una mujer adúltera, que no dudó en aceptar el agua que le ofreció una samaritana? Y, además de fundar una nueva moral, el cristianismo fundó una nueva cultura, refundiendo la heredada cultura pagana y metamorfoseándola en una nueva aleación que ha trascendido los siglos e inspirado las más altas creaciones, de Dante al Greco, de San Agustín a Unamuno. ¿Puede existir una enseñanza que niegue o arrincone el mundo (pues, sin duda, la religión cristiana es una sinécdoque del mundo? ¿No es sonrojante que nuestros niños visiten los museos, en «visitas programadas y con guía» (según el odioso gregarismo de la época), y no sepan interpretar los motivos bíblicos que guiaron los pinceles de Tintoreto o Caravaggio? ¿Qué monstruoso analfabetismo estamos instaurando entre todos? ¿Hasta dónde llegaremos en este proceso de degradación sin fondo? ¿O es que seguimos creyendo que una clase de religión debe consistir en cuatro alardes nemotécnicos con olor a sacristía? La religión es el hombre, la frondosa catedral cultural y moral que nos cobija de la intemperie de los siglos; si perseveramos en el papanatismo, quizá esa intemperie acabe por anularnos.

Juan Manuel de Prada, “De ratones y hombres”, ABC, 9.IX.1999

La secuencia que describo ya ha ingresado en la mitología del celuloide. Rutger Hauer interpreta a un replicante con fecha de caducidad que, en pleno delirio vesánico, se dispone a exterminar a Harrison Ford sobre las azoteas de una ciudad apocalíptica, arrasada por la lluvia ácida y la propaganda de neón. Rutger Hauer, que acaba de atrapar una aterida paloma y de cobijarla en su pecho, acaricia su plumaje mientras contempla con dilatada crueldad los esfuerzos desesperados de su enemigo; entonces, siente el frío hálito de la muerte infiltrándose en su respiración y se apiada de él. Luego, mientras se va quedando sin aliento, Rutger Hauer fija su mirada azul e hiperbórea en el gurruño de carne trémula en que ha quedado reducido Harrison Ford y le recita las bellezas irrepetibles que han desfilado ante sus retinas. «Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir», concluye, con alivio e impotencia, y doblega el cuello, mientras la paloma que resguardaba entre sus inertes manos vuela hacia lo alto, como un alma ebria de luz. De este modo tan sintético y desaforadamente bello, el replicante Rutger Hauer proclama su humanidad y demuestra que la memoria -como la piedad- es una facultad del alma.

El símil que Rutger Hauer elige para designar la extinción de sus recuerdos no parece fortuito. Podría haberlos comparado a briznas de hierba o motas de polvo, pero al otorgarles el rango de lágrimas está, a la vez que reconociendo su precariedad, vinculándolos con las pasiones, con los anhelos, con toda esa argamasa de sentimientos contradictorios que anida en algún recodo del hombre, más allá de los genes y las neuronas. Ahora unos científicos de Massachussetts nos proponen justamente lo contrario: según ellos, la memoria es una mera cuestión de neurotransmisores instalados en el córtex y el hipotálamo. Una manipulación genética infligida a unos ratoncitos ha bastado para mejorar sus dotes nemotécnicas, y ya se especula con la posibilidad de aplicar este experimento a los humanos, para combatir las enfermedades degenerativas de la memoria.

No hace falta profesar el creacionismo para entender que la memoria meramente utilitaria de un animal en nada se parece a la memoria emocional de los hombres, cuyos recuerdos no son meros mecanismos que regulen nuestros hábitos o rutinas, sino también expresiones perennes de una capacidad que nos permite organizar nuestras percepciones según la intensidad con que rozaron nuestra alma (¿debo pedir perdón por emplear esta palabra?). El hombre, a diferencia de los ratones, no recuerda las rutinas que ejecutó hace apenas unas horas o unos días, pero en cambio recuerda el sabor efímero de unos labios, el arañazo lento de la soledad, el sol dorado de la infancia, el ardor repentino del odio. En Massachussetts han conseguido hacer más vívida la percepción que unos ratones poseen de sus rutinas, pero no veo en qué se parece esto a la memoria lírica del hombre, capaz de conservar en ámbar el rescoldo de un amor de adolescencia o el dolor con que nos vapulea la muerte de un ser querido. Esta memoria emocional no creo que pueda depender nunca de genes manipulados, pues es patrimonio del alma, y no sigo con la cita calderoniana porque mis lectores ateos se me rebotarían.

Quizá algún día consigan sintetizar en algún laboratorio de Massachussetts o Pernambuco una droga que estimule nuestra memoria utilitaria, de tal modo que los viejecitos enfermos de alzheimer, en lugar de zurrarse en la ropa, aprendan el camino del retrete, pero nunca conseguiremos rescatar esos continentes hermosos que, como lágrimas en la lluvia, se van disgregando lentamente, mientras viajamos hacia la eterna noche. Esa memoria lírica permanecerá impermeable a la química, y seguirá volando libre, ebria de luz, hacia regiones que no figuran en ningún atlas genético.

Juan Manuel de Prada, “El Papa está viejo”, ABC, 14.VI.1999

De unos años acá, se ha desatado un debate mediático (si el oxímoron es tolerable) sobre la salud del Papa Wojtyla. Aprovechando cada una de sus comparecencias públicas, nos obsequian con primerísimos planos de su rostro golpeado por el cansancio, de sus manos agitadas por el parkinson, de sus andares torpes y vacilantes. Se han filmado, con intachable obscenidad, sus desvanecimientos súbitos, sus incursiones en la somnolencia, sus dificultades para articular un discurso en voz recia y elocuente. Las cámaras pertrechadas de «zoom» y teleobjetivo se han dedicado a explorar con tesón topográfico el mapa pobladísimo de sus arrugas, la palidez exhausta que a veces asoma a su rostro, el vitíligo que infama su piel, el brillo herido de su mirada. En toda esa avalancha de imágenes uno no descubre sino pornografía y vileza, casi tanta como en las observaciones malévolas o jocosas que algunos exegetas de esas mismas imágenes deslizan, regodeándose en la endeble salud del Papa, en su ancianidad esquilmada y casi moribunda. Parece que, por debajo de toda esta avilantez chusca, se estuviese insinuando: ¿qué signos de vitalismo podemos esperar de una institución que confía su jefatura a un viejo chocho? Cada uno de sus viajes pastorales, se convierte en una excusa renovada para que esta legión de carroñeros lancen sus pullitas; el último tropezón del Papa en Polonia, saldado con una brecha que condecora su cráneo, ha desatado un nuevo cafarnaum de comentarios chistosos o mostrencos. Prescindiendo de adhesiones religiosas, quisiera hoy mostrar mi admiración por ese viejo que agota sus días en el cumplimiento de la misión que le ha sido asignada. Como el soldado que siente una y otra vez el beso cruento de la espada pero se niega a abandonar el campo de batalla, Wojtyla merece el aplauso y la reverencia que se profesa a los héroes, esa especie en peligro de extinción. Que, en pleno desprestigio de la vejez (una edad que la agresividad analfabeta de nuestras sociedades ha desterrado a un arrabal de piadosa desidia), un hombre decida exponer al escrutinio público las heridas minuciosas que los años le han ido dejando y se levante cada mañana, sobreponiéndose al reúma y a las cicatrices del alma y de la carne, para seguir pronunciando su verdad refractaria a las modas, me parece un espectáculo de incalculable belleza. Esa vejez fecunda que se inmola ante las multitudes constituye uno de los emblemas más esperanzadores de una civilización que ya agoniza. Quizá no creamos en el evangelio que propaga, ni en la jerarquía que lidera, ni en la raíz divina de su mandato, pero la valentía de un viejo que carga con la cruz de una existencia extenuadora, para seguir ejercitando su vocación, no puede ser despachada con una sonrisita sarcástica. Hay demasiada abnegación en su gesto, hay demasiado heroísmo en su figura desvencijada, hay demasiado entusiasmo en la actitud de un viejo que prefiere el polvo y los abrojos del camino a la molicie de su palacio vaticano.

Los griegos, que fueron los progenitores de nuestra cultura, cantaron la cólera de Aquiles, pero también la elocuencia de Néstor. Sin los discursos de Néstor, no hubiese sido posible la conquista de Troya, porque las palabras de aquel anciano inclinado sobre su bastón supieron templar las pasiones que agitaban los pechos aqueos. Hoy, cuando tantos politicastros y titiriteros de la demagogia se esfuerzan por preservar un aire juvenil, temerosos de que los sondeos de popularidad anuncien su declive, se agiganta la figura de Wojtyla, ese viejo fatigador del atlas. No se me ocurre imagen más enaltecedora y vitalista que la de un anciano queriendo morir con las sandalias puestas y los labios bautizados de palabras.