Un elefante atado

Un día un niño vio como un elefante del circo, después de la función, era amarrado con una cadena a una pequeña estaca clavada en el suelo. Se asombró de que tan corpulento animal no fuera capaz de liberarse de aquella pequeña estaca, y que de hecho no hiciera el mas mínimo esfuerzo por conseguirlo. Decidió preguntarle al hombre del circo, que le respondió: “Es muy sencillo, desde pequeño ha estado amarrado a una estaca como esa, y como entonces no era capaz de liberarse, ahora no sabe que esa estaca es muy poca cosa para él. Lo único que recuerda es que no podía escaparse y por eso ni siquiera lo intenta”. Esto nos sucede a todos en algunos temas, en los que tenemos topes o barreras con las que chocamos porque siempre las hemos visto como insuperables, aunque ya hayamos crecido lo suficiente para vencerlas, y no lo hacemos solo por un porque en algún momento nos detuvieron.

Los siete magníficos

En la película “Los siete magníficos” (Director: John Sturges, 1960), Ixcatlan, pueblecito mejinano dominado por la banda de Calvera, decide buscar protección reclutando pistoleros para que los defienda. El primero que reclutan es Chris Adams, quien accede a ayudarles si se le encomienda la selección y el mando de los otros hombres. Ya había participado en muchos trabajos, y cobraba unos honorarios muy elevados. Cuando le proponen proteger a Ixcatlan, se sorprende al ver que lo que le van a pagar no es mucho, pero es todo lo que aquellos hombres tenían: “Muchas personas me han dado grandes sumas, pero hasta ahora nunca nadie me había dado todo”.

Presumir a destiempo

Una rana se preguntaba cómo podía alejarse del clima frío del invierno. Unos gansos le sugirieron que emigrara con ellos. Pero el problema era que la rana no sabía volar. “Déjenmelo a mí –dijo la rana–, tengo un cerebro espléndido”. Luego pidió a dos gansos que la ayudaran a recoger una caña fuerte, cada uno sosteniéndola por un extremo. La rana pensaba agarrarse a la caña por la boca. A su debido tiempo, los gansos y la rana comenzaron su travesía. Al poco rato pasaron por una pequeña ciudad, y los habitantes de allí salieron para ver el inusitado espectáculo. Alguien preguntó: “¿A quién se le ocurrió tan brillante idea?” Esto hizo que la rana se sintiera tan orgullosa y con tal sentido de importancia, que exclamó: “¡A mí!” Su orgullo fue su ruina, porque al momento en que abrió la boca, se soltó de la caña, cayó al vacío.

El Príncipe pasó por aquí

“¡Cómo quiere madre que eche cuenta en nada esta mañana, si el Príncipe va a pasar por aquí! Dime tú cómo me peino, madre. Qué vestido me voy a poner… Sí, madre, no me mires así. Ya sé que él no alzará sus ojos a mí ventana; ya sé yo que lo veré sólo un momento… Pero el príncipe va a pasar por aquí, madre, y yo quiero ponerme ese instante lo mejor que tengo”. (…) “Madre, ya el Príncipe pasó. Cómo brillaba el sol de la mañana en su carroza. Yo abrí el velo de mi casa, me arranqué del cuello la cadena de rubíes y la eché a su paso…”. “Sí, madre, no me mires tú así; ya sé que él no cogió mi cadena; ya sé que la aplastó una rueda de su carro; que sólo quedó de ella una mancha grana en el polvo; que nadie sabe que el regalo era el mío; ni para quien era… Pero el Príncipe pasó por aquí, madre, y yo le eché a su paso el mejor tesoro”. (Peekay, protagonista de “La potencia de uno”, de Courtenay)

La valentía premiada

Estaba caminando en una calle poco iluminada una noche ya tarde, cuando escuché unos gritos que trataban de ser silenciados y que venían de atrás de un grupo de arbustos. Alarmado, aflojé el paso para escuchar y me aterroricé cuando me dí cuenta de que lo que se escuchaba eran los inconfundibles signos de una lucha desesperada en la que a unos pocos metros de mí una mujer estaba siendo atacada. ¿Me debería involucrar? Yo estaba asustado pensando en mi propia seguridad y me maldije a mí mismo por el dilema ante el que estaba: ¿No debería tan solo correr al teléfono más cercano y llamar a la policía? Los gritos aumentaban. Tenía que actuar con rapidez. Finalmente me decidí. No podía darle la espalda a esa pobre mujer, aunque eso significara arriesgar mi propia vida. No soy un hombre valiente, ni soy un hombre fuerte ni atlético. No sé dónde encontré el coraje moral y la fuerza física, pero una vez que había decidido finalmente ayudar a la chica, me volví extrañamente transformado. Corrí detrás de los arbustos y salté sobre el asaltante. Forcejeando, caímos al suelo y luchamos durante unos minutos, hasta que el atacante se puso en pie de un salto y escapó. Jadeando fuertemente, me levanté con dificultad, y me acerqué a la chica, que estaba en cuclillas detrás de un árbol, llorando. En la oscuridad, apenas podía ver su silueta, temblando y en pleno shock nervioso. No quería asustarla de nuevo, así que le hablé a cierta distancia. “No te preocupes, ya se ha ido, estás a salvo”, dije en tono tranquilizador. Hubo una prolongada pausa, y entonces oí: “¿Papá, eres tú?”. Y entonces desde detrás del árbol salió caminando mi hija Katherine.

La decisión está en tus manos

Aproximadamente al principio del siglo I de nuestra era, existían dos escuelas de enseñanza, dirigidas por dos sabios de renombre: Hilel y Shamai. Cada escuela se dedicaba al estudio de la Torá y los alumnos eran el gran potencial de la misma. El gran problema que había entre ambas escuelas era que los alumnos no se llevaban bien entre sí, y a cada oportunidad que se presentaba hacían todo lo posible por desprestigiar a la otra escuela. Un día los alumnos de Shamal entendieron que la mejor manera de desacreditar a los de la otra escuela era humillar a Hilel el sabio e idearon una estratagema. Pensaron en cazar una mariposa y llevarla viva en la mano de uno de ellos y al llegar a la casa del sabio preguntarle: -Maestro Hilel, esta mariposa que tengo en mis manos, ¿está viva o muerta? Si Hilel respondía que estaba viva, entonces apretarían el puño y le demostrarían que estaba muerta. Si la respuesta era que la mariposa estaba muerta abrirían el puño y la dejarían escapar, demostrando así que estaba viva. El plan era infalible, y decidieron llevarlo a cabo. Cazaron la mariposa y uno de los alumnos de Shamal la tomó en sus manos, se acercaron a la casa de Hilel golpearon a su puerta y el sabio les preguntó: -¿Que les trae por aquí? Los alumnos respondieron: -Queremos saber cuán sabio eres. Hilel les dijo: -¿Y cómo lo comprobarán? -Le haremos una pregunta. -Adelante. -Esta mariposa que tengo en mis manos, ¿está viva o muerta? Hilel les miró despacio y respondió: -La decisión está en tus manos.

El rey y su halcón

Genghis Khan (1162-1227), cuyo imperio Mongol se extendía desde el este de Europa hasta el Mar de Japón, llegó un día con su ejército a China y a Persia, y conquistó muchas tierras. En todos los países, los hombres referían sus hazañas, y decían que desde Alejandro Magno no existía un rey como él. Una mañana, cuando descansaba de sus guerras, salió a cabalgar por los bosques. Lo acompañaban muchos de sus amigos. Cabalgaban jovialmente, llevando sus arcos y flechas. Sus criados los seguían con los perros. Era una alegre partida de caza. Sus gritos y sus risas resonaban en el bosque. Esperaban obtener muchas presas. En la muñeca, el rey llevaba su halcón favorito, pues en esos tiempos se adiestraba a los halcones para cazar. A una orden de sus amos, echaban a volar y buscaban las presas desde el aire. Si veían un venado o un conejo, se lanzaban sobre él con la rapidez de una flecha. Todo el día Genghis Khan y sus cazadores atravesaron el bosque, pero no encontraron tantos animales como esperaban. Al anochecer emprendieron de regreso. El rey cabalgaba a menudo por los bosques, y conocía todos los senderos. Así que mientras el resto de la partida tomaba el camino más corto, eligió un camino más largo por un valle entre dos montañas. Había sido un día caluroso, y el rey tenía sed. Su halcón favorito había echado a volar, y sin duda encontraría el camino de regreso. El rey cabalgaba despacio. Una vez había visto un manantial de aguas claras cerca de ese sendero. ¡Ojalá pudiera encontrarlo ahora! Pero los tórridos días de verano habían secado todos los manantiales de montaña. Al fin, para su alegría, vio agua goteando de una roca. Sabía que había un manantial más arriba. En la temporada de las lluvias, siempre corría por allí un río muy caudaloso, pero ahora bajaba una gota por vez. El rey se apeó del caballo. Tomó un tazón de plata de su morral, y lo sostuvo para recoger las gotas que caían con lentitud. Tardaba mucho en llenarse, y el rey tenía tanta sed que apenas podía esperar. En cuanto el tazón se llenó, se lo llevó a los labios y se dispuso a beber. De pronto oyó un silbido en el aire, y le arrebataron el tazón de las manos. El agua se derramó en el suelo. El rey alzó la vista para ver quien había hecho esto. Era su halcón. El halcón voló de aquí para allá varias veces, y al fin se posó en las rocas, a orillas del manantial. El rey recogió el tazón, y de nuevo se dispuso a llenarlo. Esta vez no esperó tanto tiempo. Cuando el tazón estuvo medio lleno, se lo acercó a la boca. Pero apenas lo intentó, el halcón se echó a volar y se lo arrebató de las manos. El rey empezó a enfurecerse . Lo intentó de nuevo, y por tercera vez el halcón le impidió beber. El rey montó en cólera. “¿Cómo te atreves a actuar así? ¡Si te tuviera en mis manos te retorcería el cuello!”. Llenó el tazón de nuevo. Pero antes de tratar de beber, desenvainó la espada: “Amigo halcón, esta es la última vez”. No acababa de pronunciar estas palabras cuando el halcón bajó y le arrebató el tazón de la mano. Pero el rey lo estaba esperando. Con una rápida estocada abatió al ave. El pobre halcón cayó sangrando a los pies de su amo. “¡Ahora tienes lo que mereces!”, dijo Genghis Khan. Pero cuando buscó su tazón, descubrió que había caído entre dos piedras, y que no podía recobrarlo. “De un modo u otro, beberé agua de esa fuente”, se dijo. Decidió trepar la empinada cuesta que conducía al lugar de donde goteaba el agua. Era un ascenso agotador, y cuanto más subía, más sed tenía. Al fin llegó al lugar. Allí había, en efecto un charco de agua ¿pero qué había en el charco? Una enorme serpiente muerta, de la especie más venenosa. El rey se detuvo. Olvidó la sed. Pensó sólo en el pobre pájaro muerto. “¡El halcón me salvó la vida! ¿Y cómo le pagué? ¡Era mi mejor amigo y lo he matado!”. Bajó la cuesta. Tomó suavemente al pájaro y lo puso en su morral. Luego montó a caballo y regresó deprisa, diciéndose: “Hoy he aprendido una lección, y es que nunca se debe actuar impulsado por la furia”.