Juan Manuel de Prada, “Viejos desechables”, ABC, 19.I.2004

He detectado un cierto tufillo farisaico en la conmoción social causada por esa sentencia judicial que impone a los familiares de una viejecita que había sido abandonada en la vía pública una multa ínfima. Y esa hipocresía ha alcanzado su clímax cuando se ha comparado la citada sentencia con otra que castigaba más severamente a los dueños de un perro por dejarlo tirado en similares circunstancias. Pues, no nos engañemos, hoy por hoy un perro es mucho más digno de protección que un anciano. Cierto progresismo ambiental ha enarbolado como vindicación prioritaria los llamados «derechos de los animales»; en cambio, se acepta que la vejez sea una edad excedente, una prolongación ignominiosa de la vida que conviene recluir y esconder, para que no nos recuerde la inminencia de la muerte. Quienes defienden la eutanasia activa (con frecuencia, los mismos que vindican los «derechos de los animales») habrían considerado a esa viejecita octogenaria y aquejada de Alzheimer una víctima (perdón, una beneficiaria) idónea de la muerte dulce que predican, pues, según sus presupuestos, una vida humana de la que emigrado la consciencia no merece la pena ser vivida; no así una vida animal, que merece prolongarse aunque nunca haya sido consciente. La viejecita de la sentencia, náufraga en las nieblas de la desmemoria, se había convertido ya en un cachivache desechable. El novio de una de sus nietas lo ha expresado expeditivamente: «Si no participamos en la herencia, ¿por qué teníamos que limpiarle el culo?».

Y al chavalote, de retórica tan abrupta como menesterosa, le ha faltado añadir que, a fin de cuentas, no hicieron con la abuela nada más de lo que nuestra época les ha enseñado. La vejez se ha convertido en la lepra más abominable: nos esforzamos patéticamente en rehuir su imperio recurriendo a disfraces indumentarios bochornosos, aferrándonos al cultivo de aficiones juveniles, incluso rectificando nuestras arrugas en un quirófano. Vanos y desesperados intentos de interrumpir el curso de la mera biología, que sin embargo se explican si consideramos que la vejez constituye un baldón social. No sólo la desdeñamos como depositaria de una sabiduría ancestral, también nos esforzamos por segregarla de nuestra vida: así, encerramos a los viejos en lazaretos apartados de las ciudades, para no presenciar su decrepitud; nuestras empresas se desprenden de sus trabajadores más veteranos mediante el oprobioso recurso de la «prejubilación»; en el cine y la televisión está completamente prohibido otorgar el protagonismo a actores que sobrepasen los sesenta años (algunos menos si son actrices), para los que en todo caso se reservan papeles de relleno, pintorescos o atrabiliarios. Si algún viejo se atreve a rebelarse contra esta dictadura de la juventud, negándose al ostracismo y exponiendo sus achaques a los reflectores de la atención pública, como hace el Papa, apenas logramos reprimir nuestro disgusto, pues consideramos que en ese gesto, amén de un rasgo de rebeldía, subyace un obsceno desafío que nos amedrenta.

Pero este menosprecio de la vejez no habría calado tan hondo si previamente no nos hubiésemos ocupado de arrasar los vínculos que sostienen la familia. Pues es en la familia donde adquirimos una noción verdadera de lo que significa el paso de las generaciones como vehículo transmisor de valores, afectos, cultura, creencias y sufrimientos; una vez aprendida esa enseñanza vital, resulta imposible contemplar a un viejo como un mero armatoste desechable, menos valioso que un perro. Pero cada época lega a la posteridad los frutos de su clima moral; y esa sentencia que impone a los familiares de una vieja abandonada el pago de una multa ínfima se me antoja una expresión cabal, definitoria y coherente de la época que vivimos.

Alfonso Aguiló, “Dejarse convencer”, Hacer Familia nº 119, 1.I.2004

Platón, en uno de sus “Diálogos”, plantea una interesante discusión entre Sócrates y Calicles sobre la fuerza de la razón. Calicles rechaza la moralidad convencional y defiende otra basada en la ley del más fuerte. Asegura que esa ley es la que impera en la naturaleza, y la que realmente procede de ella. Hacer el mal –sostiene Calicles– puede ser vergonzoso desde el punto de vista de los convencionalismos sociales, pero esos convencionalismos proceden de una moral gregaria, establecida por los débiles para defenderse de los fuertes. Los débiles, que son la mayoría, se juntan para modelar y esclavizar a los mejores y más fuertes de los hombres y proclaman como justas las acciones más convenientes para ellos.

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Juan Manuel de Prada, “Pasiones cinematográficas”, ABC, 20.XII.2003

La Pasión de Jesús ha excitado la imaginación de los más altos creadores cinematográficos: David W. Griffith, Cecil B. De Mille, Nicholas Ray o Martin Scorsese. También la de artesanos bienintencionados o merengosos, como George Stevens o Franco Zeffirelli. Sin embargo, casi todos los intentos de plasmar en imágenes este acontecimiento que cambiaría el curso de la Humanidad han sucumbido a las tentaciones del acartonamiento, el edulcoramiento pazguato o el revisionismo de pretensiones escandalosas. Intolerancia, de Griffith, sigue siendo, casi noventa años después de su estreno, la mejor y más compleja aproximación al asunto; pero mucho me temo que las generaciones recientes no la hayan visto jamás, pues ya se sabe que la banalidad contemporánea ha arrumbado las joyas del cine mudo en los desvanes de la arqueología. Algo similar ocurrirá con el Rey de reyes de Cecil B. De Mille, un cineasta condenado al ostracismo por esos dispensadores de bulas que juzgan el arte con anteojeras ideológicas. Y el remake posterior de Nicholas Ray, que las televisiones han divulgado machaconamente, adolece de tedio y desgana, quizá porque su director nunca creyó en el encargo de Samuel Bronston, que aceptó por razones meramente alimenticias. Scorsese, en La última tentación de Cristo, logró el éxito, impulsado por los anatemas de la Iglesia; vista hoy sin enconamiento, su película se nos antoja una empanada mental bastante considerable, indigna del autor de Malas calles.

¿Por qué un asunto tan universal, tan ferozmente humano, tan arraigado en nuestro subconsciente iconográfico, ha deparado versiones tan insatisfactorias? Quizá porque quienes lo eligieron como argumento pretendieron endilgarnos una interpretación pretenciosa o doctrinaria, como si la desnuda elocuencia de la historia elegida no se bastase por sí misma; quizá porque la abordaron con un propósito colosalista que desvirtúa su esencia y su misterio. Ahora el actor australiano Mel Gibson, que ya demostrase condiciones nada nimias como director en Braveheart, se dispone a estrenar una nueva versión que procura soslayar los errores en que incurrieron la mayoría de sus predecesores: para ello, se propone contarnos desnudamente los episodios de la Pasión, ateniéndose a la narración evangélica. En un afán de verosimilitud y naturalismo, Gibson ha querido que sus actores reciten sus diálogos en latín, hebreo y arameo, lo que quizá constituya un rasgo de engreimiento que la taquilla no le perdone. Pero a Gibson no parece importarle esta menudencia; pues, según ha confesado, su intención primordial al desembolsar los veinticinco millones de dólares que ha costado la producción era propagar su fe, antes que hacer negocio.

Y, claro está, a Gibson no le van a perdonar esta osadía. El actor australiano se ha declarado en repetidas ocasiones católico, sin ambages ni cohibidos circunloquios. Tamaña enormidad la ha granjeado la inquina de los repartidores de bulas, que pueden aceptar (incluso encomiar, con solidaria simpatía) que un creador sea pederasta o estalinista recalcitrante, pero… ¡católico!, eso ni de coña. Puedo anticipar las recensiones que los dispensadores de bulas dedicarán a la película de Gibson, sin temor a equivocarme: se la tachará de ñoña y proselitista, de tendenciosa y antisemita, de tergiversadora y sonrojante. Lo que ignoran los dispensadores de bulas, pobrecitos, es que por cada recensión que evacuen, salpicada de espumarajos, el público de la película se multiplicará en progresión geométrica. Y es que la mala baba de los repartidores de bulas es la propaganda más eficaz e infalible. Quien lo probó lo sabe.

Alfonso Aguiló, “El arte del auriga”, ARVO, XII.2003

El hombre es un auriga que conduce un carro tirado por dos briosos caballos: el placer y el deber. El arte del auriga consiste en templar la fogosidad del corcel negro (placer) y acompasarlo con el blanco (deber) para correr sin perder el equilibrio.

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Juan Manuel de Prada, “Religión y signos ostentosos”, ABC, 13.XII.2003

Detecto una hipocresía de fondo en ese informe encargado por Chirac a una comisión de expertos, con la pretensión de impedir que las niñas musulmanas se presentasen en clase con el característico velo que les impone su religión. Para que dicho propósito quedase enmascarado y satisficiera las exigencias de la corrección política, los redactores del informe han extendido la prohibición a «otros signos ostentosos» característicos de las demás religiones. ¿Será que los niños franceses de familia cristiana acuden a clase coronados de espinas, o enfajados de cilicios, o disfrazados de penitentes, o cargando con cruces de tamaño natural, cual Cirineos redivivos? Si así fuera, me apresuraría a dictaminar la bondad del informe; aunque, sinceramente, sospecho que los niños franceses no son propensos a tales mortificaciones. Entonces, ¿a qué demonios de signos cristianos ostentosos se refiere dicho informe? ¿A las estampitas de San Antonio de Padua? ¿Al almanaque del Sagrado Corazón? ¿Quizá a las medallitas con la efigie de la Virgen? Por favor…

Pero la hipocresía máxima del informe consiste en designar como «signo ostentoso» el velo islámico, cuando sin duda representa algo más, mucho más. Prueba de ello la representa que Shirin Ebadi, reciente Premio Nobel de la Paz, decidiera recoger dicho galardón con la cabeza desnuda, suscitando la furia de las autoridades iraníes. Evidentemente, si Shirin Ebadi acudió a la ceremonia sueca sin velo no fue como señal de apostasía, sino de rebelión contra la discriminación de raíz religiosa que las mujeres sufren en los países islámicos. Mediante el velo, el burka y demás prendas ignominiosas, las mujeres musulmanas no hacen profesión de fe, sino que ocultan su «impureza» y acatan su sometimiento al hombre. Que yo sepa, ninguno de los «signos ostentosos» cristianos que el informe se propone nebulosamente suprimir en las escuelas incorpora este matiz peyorativo o misógino; que yo sepa, a las niñas cristianas no se les obliga a portar sambenitos, ni capirotes, ni otros apósitos que disimulen su feminidad. Así, los gabachos, en lugar de limitarse a reprimir costumbres ofensivas de la dignidad humana, aprovechan para lanzar indiscriminadamente sobre las religiones -especialmente contra la cristiana, que es la que más jode- una sombra de sospecha.

Pero, al trivializar el significado verdadero del velo islámico, los asesores de Chirac caen en su propia trampa. Pues, ¿desde cuándo ha de prohibirse a un chaval que luzca «signos» de identidad, mientras no avasalle al prójimo? ¿Por qué, si en verdad el velo de marras fuese tan sólo una prenda ostentosa, habría de prohibirse, si admitimos que se luzcan otros marchamos más llamativos? ¿Por qué permitir que los chavales se tatúen con motivos tabernarios, o que se perforen las ternillas con piercings, o que se dejen una cresta punkie coloreada con un tinte fosforescente, o que vistan pantalones que dejan asomar la raja del culo, o que se embutan en minifaldas que apenas les cubren el ombligo? Lo permitimos, simplemente, porque tatuajes, y piercings, y peinados, y pantalones, y minifaldas, son efusiones de un sarampión juvenil, aspavientos de rebeldía, gestos de sumisión a la moda… Signos ostentosos, en definitiva, y nada más. El velo islámico, en cambio, significa otra cosa más grave y pavorosa. Pero, ¡ah!, para no herir susceptibilidades, conviene cargarse de paso los crucifijos.

Frente a estos hipocritones que disfrazan su odio anticristiano con cataplasmas de corrección política, siempre nos quedará el poema de León Felipe: «Hazme una cruz sencilla, carpintero».

Alfonso Aguiló, “Rehacerse”, Hacer Familia nº 118, 1.XII.2003

Juan Manuel de Prada ha descrito, con su habitual agudeza, el admirable renacer de la ciudad de Dresde, comparable al resurgir del Ave Fénix. La noche del 13 de febrero de 1945, la aviación aliada sobrevoló la capital de Sajonia, como una banda de pajarracos apocalípticos, y descargó sobre ella una sementera de pólvora que la redujo cenizas y diezmó a sus habitantes. Sesenta mil personas fueron devoradas por la ceguera homicida de las bombas, mientras los palacios e iglesias de la ciudad se desmoronaban estrepitosamente, alumbrando la pira del odio. Se conservan fotografías que retratan la fisonomía de Dresde después de aquella noche pavorosa, con todo su esplendor versallesco reducido a ruinas, entre las que afloran, aquí y allá, como crisantemos calcinados, miles de cadáveres con los ojos aún apresados por el sueño y, sin embargo, abiertos a la epifanía de la crueldad. Los edificios quedaron convertidos en acantilados de pesadilla, entre el fragor del humo y el silencio de la muerte. Aquella noche las aguas del Elba desfilaron con esa lentitud mortuoria de los animales heridos, y la hierba que crece en sus riberas se agostó, condecorada por el luto y la lluvia de ceniza que durante días cayó sobre la ciudad.

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Alfonso Aguiló, “La pasividad”, Hacer Familia nº 117, 1.XI.2003

Christine se asombraba de lo fácil que le resultaba de pronto la conversación. Algo se estremecía bajo su piel. ¿Quién soy yo ahora, qué me está pasando? ¿Por qué puedo hacer de pronto todo esto? ¿Con qué soltura me muevo, y eso que siempre todos me decían que yo era rígida y patosa? Y con qué soltura hablo, y supongo que no digo ingenuidades, porque este importante caballero me escucha con interés. ¿Qué sucede? ¿Me habrán cambiado las circunstancias de hoy, o es que lo llevaba todo dentro y simplemente carecía de valor para lanzarme, estaba siempre demasiado pasiva y atemorizada? Mi madre me lo decía. A lo mejor no es todo tan difícil, a lo mejor la vida es infinitamente más llevadera de lo que creía, sólo hay que tener un poco más de arrojo, sentirse más segura, y la fuerza acude entonces de lugares insospechados.

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Juan Manuel de Prada, “La monja de Calcuta”, ABC, 20.X.2003

Escribió Borges que todo destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un sólo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es. El destino de aquella monja albanesa llamada Teresa se dirimió el día en que abandonó el convento y se arrojó a las calles de Calcuta. La guiaba un vasto propósito, tan infinito como el de aquel ángel que trató de encerrar el agua del mar en un hoyo excavado en la playa: quería prestar su alimento a los hambrientos, su salud a los enfermos, su aliento a los moribundos. Calcuta era un hormiguero de moribundos, de enfermos, de hambrientos; un temperamento menos acérrimo que el de aquella monja hubiese sucumbido, antes incluso de haber iniciado su misión, antes incluso de haberla calculado, al vértigo de la angustia. Nunca aquella frase evangélica que pondera la abundancia de la mies y la escasez de obreros había encontrado un refrendo más lacerante que en las calles de Calcuta: allá donde posase la vista, la monja Teresa se tropezaba con jirones de humanidad mendicante o leprosa, una legión de parias de toda tribu y nación, incontables como las estrellas del firmamento. Pero Teresa no se amilanó: había leído que Jesucristo esconde su rostro en las facciones injuriadas por el sufrimiento; y entendió que el mejor modo de demostrar a su Esposo su amor incondicional consistía en entregarse sin reticencias a sus criaturas más dolientes. Era menuda y enteca, de una fragilidad de búcaro; pero el fuego que incendiaba su tesón era inextinguible y le infundía la fuerza de una roca.

(…) La soledad no intimidó a Teresa; a falta de un hábito, se envolvió en un túnica blanca ribeteada de azul. Vestida de esta guisa, como una paria más entre las parias, inició una misión cuyo final no podía ni siquiera vislumbrar. La primera estación de su epopeya la condujo a un hospital de moribundos; allí, entre cuerpos famélicos o corrompidos por la lepra descubrió que la misericordia puede ser una forma de exultación. Mientras retiraba una venda purulenta, mientras limpiaba una pústula, mientras posaba la mirada en unos ojos febriles, esmaltados de agonía, veía camuflado el rostro de Jesucristo; y la certeza de que su Esposo vigilaba su labor y la aprobaba le infundía una trepidación gozosa, una suerte de entusiasmo que no admitía desmayo ni claudicación. Con perplejidad, descubrió que ese entusiasmo era insomne, que no se agotaba nunca, que día tras día se renovaba como el ave fénix; con alborozo descubrió que era, además, contagioso: pronto, las muchachas que oficiaban de enfermeras en aquel hospital cochambroso, asombradas de que una mujer de aspecto tan quebradizo escondiera tales yacimientos de energía, le rogaron que les hablara de aquel Dios crucificado que le prestaba su ímpetu. Teresa accedió gustosa a su solicitud, pero sin descuidar ni un instante el cuidado de los enfermos: «No sólo murió en la cruz; ahora está muriendo en cada uno de estos jergones», les dijo, como primera lección de una catequesis sucinta, señalando con un ademán abarcador los cuerpos quejumbrosos que se hacinaban en el pabellón. Y las enfermeras, al proseguir su trabajo, se sintieron invadidas de un júbilo que no admitía una explicación terrenal, un júbilo que llenaba sus días y alumbraba sus noches y les susurraba un vasto propósito, tan infinito como el de aquel ángel que trató de encerrar el agua del mar en un hoyo excavado en la playa.

Era el júbilo que contagia la santidad.

Alfonso Aguiló, “Dominio propio y coherencia”, Hacer Familia nº 116, 1.X.2003

Séneca apreciaba en mucho el dominio de uno mismo, y lamentaba que las personas se dejaran esclavizar por sus propias pasiones. En sus escritos solía poner como ejemplo de esta degradación a Alejandro Magno: «Alejandro devastaba y ponía en fuga a los persas, a los hircanos, a los indios y a todos los pueblos que se extendían por el Oriente hasta el océano, pero él mismo, unas veces por haber matado a un amigo, otras por haberlo perdido, yacía en las tinieblas, lamentando ya su crimen, ya su soledad, y el vencedor de tantos reinos y pueblos sucumbía a la ira y la tristeza. Porque se había comportado de modo que tenía potestad sobre todas las cosas, pero no sobre sus pasiones. En qué gran error están los hombres que desean llevar su dominio más allá de los mares y se consideran muy felices si obtienen guerreando muchas provincias y añaden otras nuevas a las antiguas, sin saber cuál es el reino más grande e igual al de los dioses. Dominarse a sí mismo es el mayor de los imperios. ¿A quién puedes admirar en mayor medida que a quien se gobierna a sí mismo, a quien se mantiene bajo su propio señorío? Es más fácil regir naciones bárbaras y rebeldes que contener la propia alma y entregarla a uno mismo.» Tenía razón Séneca al decir que gobernarse a sí mismo es el gobierno más difícil y necesario. Un gobierno que resulta imprescindible para ser buena persona, pues es utópico querer ser generoso y preocupado por los demás si no se pone empeño en tomar las riendas de las propias apetencias. Quien se deja dominar por ellas, quizá desee de corazón el bien a los demás, pero al final, la mayoría de las veces acabará poniendo por delante sus deseos e intereses, y será persona poco de fiar.

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Alfonso Aguiló, “Reacciones inteligentes”, Hacer Familia nº 115, 1.IX.2003

Un día, el burro de un aldeano se cayó a un pozo. El pobre animal estuvo rebuznando con amargura durante horas, mientras su dueño buscaba inútilmente una solución. Pasaron un par de días, y al final, desesperado el hombre al no encontrar remedio para aquella desgracia, pensó que como el pozo estaba casi seco, y el burro era ya muy viejo, realmente no valía la pena sacarlo, sino que era mejor enterrarlo allí. Pidió a unos vecinos que vinieran a ayudarle. Cada uno agarró una pala y empezaron a echar tierra al pozo, en medio de una gran desolación. El burro advirtió enseguida lo que estaba pasando y rebuznó entonces con mayor amargura.

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