Alfonso Aguiló, “Educación y nueva evangelización, Revista Palabra, 1.IV.2012

La importancia de la educación
Los niños y los jóvenes, en el transcurrir de la vida diaria, absorben el ejemplo y las enseñanzas de sus padres y profesores, casi sin darse cuenta, sobre todo al ver sus reacciones, los motivos y razones que determinan su comportamiento, el modo de tratar a las personas, de quererlas, de comprenderlas, de discrepar de ellas. 

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Tomás Trigo, “La existencia de Dios. Otra perspectiva”

«Si tú me dices: muéstrame a tu Dios; yo te diré a mi vez: muéstrame tú a al hombre que hay en ti y yo te mostraré a mi Dios. Muéstrame, por tanto, si los ojos de tu mente ven y si oyen los oídos de tu corazón»
(S. Teófilo de Antioquía)

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Alfonso Aguiló, “Psicologismo y vida interior”, Revista Palabra, 1.IX.2006

La necesidad de Dios Todos experimentamos que hay muchas cosas —quizá la mayoría— que escapan a nuestro control. Tenemos cierta capacidad de orientar lo que nos sucede mediante nuestras decisiones libres, pero muchas veces lo que nos sucede viene dado en gran parte por las coyunturas en que nos vemos envueltos, por las decisiones de otras personas o por condicionantes naturales a los que no nos queda más remedio que someternos.

Esa evidencia, junto al hecho también manifiesto de la presencia del mal en el mundo, y en particular el mal en nuestro propio interior y en el de los demás, son realidades innegables que nos empujan a comprender la necesidad del volver la mirada hacia Dios, a buscar su ayuda y su consuelo, a agradecer todo lo que nos ha sido dado y a pedirle perdón por tantas veces que no hemos sabido corresponder a su gracia y le hemos ofendido.

Esa necesidad de la ayuda de Dios, de su gracia, es patente y notoria para el hombre. A su vez, es necesario el esfuerzo personal. La síntesis entre ambos elementos es esencial para el acierto en el modo de plantear la vida interior de cualquier persona. No debe caerse en el extremo de un abandono cómodo o fatalista, como si nada dependiera del esfuerzo personal, pero tampoco el otro extremo de un voluntarismo o un psicologismo ajeno a las realidades sobrenaturales.

La vida interior es la realización personal de la vida sobrenatural. No puede, por tanto, ser reducida a simple psicología. La presencia de Dios, la filiación divina, la responsabilidad, el pecado, etc., son realidades objetivas (Dios está presente, soy hijo de Dios, soy responsable de mis actos, puedo caer en el pecado, etc.), y no pueden confundirse con vivencias psicológicas subjetivas, aunque lógicamente siempre van asociadas unas a otras.

Todos sabemos, por ejemplo, que se puede ser culpable de algo y no tener un claro sentimiento de culpabilidad. Y también es posible lo contrario: se pueden tener sentimientos patológicos de culpa sin un fundamento objetivo. Y sabemos también que se puede llevar una vida recta y cercana a Dios y, al tiempo, pasar por etapas de aridez interior o de desencanto. No siempre hay una relación directa entre hacer el bien y sentirse bien, pues a veces hacer el bien puede suponer un esfuerzo y un cansancio importantes, y en cambio hacer el mal puede traer un sentimiento pasajero de alivio o de liberación, aunque sea más o menos fugaz y a la larga desemboque siempre en una inevitable decepción.

Igual que en la salud del cuerpo no hay una relación directa entre la satisfacción con la que se come y el bien que ese alimento reporta al cuerpo (hay cosas que nos apetecen y no nos convienen, y al revés), en la vida interior tampoco se puede pretender establecer una relación directa entre la satisfacción psicológica inmediata y el bien de nuestra alma. Habrá ocasiones, por ejemplo, en que la oración no produzca apenas fervor o entusiasmo, pero no por eso deja de ser recomendable. Y habrá momentos de aridez en que Dios estará muy cerca de nosotros aunque parezca lejano. No quiere esto decir que esos contrastes deban ser lo normal, pues lo normal es que hacer el bien produzca satisfacción, y viceversa. De hecho, la buena educación de los sentimientos ha de buscar que el corazón aprenda a disfrutar haciendo el bien y a sentir disgusto haciendo el mal, que aprenda a querer lo que merece ser querido, es decir, a unir —en lo posible— el querer y el deber.

Si una persona, por ejemplo, siente desagrado al mentir y satisfacción cuando es sincera, eso sin duda le ayudará. Igual que si se siente molesta cuando es desleal, o egoísta, o perezosa, o injusta, porque eso le alejará de esos errores, y a veces con bastante más fuerza que muchos argumentos. Quiero con esto decir que hay que procurar educar los sentimientos para que ayuden lo más posible a la vida moral, pero sabiendo siempre que los sentimientos no son una guía moral segura.

Vida interior y psicología sana Se puede tener mucha vida interior a pesar de sufrir problemas psicológicos, pero la vida interior bien llevada y entendida debe contribuir a mejorar la propia psicología, puesto que proporciona equilibrio interior, facilita una mayor rectitud de vida, fortalece los resortes éticos, etc. En este sentido, hay numerosos estudios psicológicos que coinciden en señalar la influencia psicológica positiva que produce el hecho de tener un mayor sentido trascendente para la vida.

Durante las últimas décadas, hemos asistido en bastantes ambientes a un ascenso del individualismo y a un cierto declive de las creencias religiosas y del soporte moral proporcionado por la familia y la sociedad, y eso ha supuesto la pérdida de toda una serie de recursos útiles para amortiguar los reveses y fracasos de la vida. En la medida en que uno cuente con una perspectiva más amplia —como la creencia en Dios o en la vida después de la muerte—, los fracasos quedan inscritos en un contexto distinto, mucho más resistente al abatimiento y la desesperanza.

Psicologismo aséptico Muchas personas están preocupadas por sus propios defectos, que no logran superar. O por la educación moral de sus hijos, o de sus alumnos, o de los ciudadanos en general, pues ven que bastantes de esos problemas tienen la raíz en unas deficientes o insuficientes convicciones morales, criterios de conducta, ideales de vida, valores, etc. Pero muchas de esas personas, aun considerándose buenos creyentes, apenas cuentan con la fe a la hora de educarse o educar, y reducen todo a un psicologismo aséptico, lo cual me parece un error de graves consecuencias.

Es cierto que se puede tener una moral muy exigente sin creer en Dios. Y también es cierto que existen personas de gran rectitud moral que no son creyentes. Y se pueden encontrar doctrinas éticas respetables que excluyen la fe. Pero ninguna de esas razones hace aconsejable que una persona creyente aborde la lucha contra sus defectos o eduque a sus hijos como si no tuviera fe, o que ignore la importancia que tiene la religión en la educación moral de cualquier persona (incluido uno mismo).

De entrada, una ética sin Dios, sin un ser superior, basada sólo en el consenso social o en unas tradiciones culturales, ofrece pocas garantías ante la patente debilidad del hombre o ante su capacidad de ser manipulado. Una referencia a Dios sirve —y la historia parece empeñada en demostrarlo— no sólo para justificar la existencia de normas de conducta que hay que observar, sino también para mover a las personas a observarlas. Porque conocer la ley moral y observarla son cosas bien distintas, y por eso, si Dios está presente —sin pretender acomodarlo al propio capricho, se entiende—, será más fácil que se observen esas leyes morales.

En cambio, cuando se prescinde voluntariamente de Dios, es fácil que el hombre se desvíe hasta convertirse en la única instancia que decide lo que es bueno o malo, en función de sus propios intereses. ¿Por qué ayudar a una persona que difícilmente me podrá corresponder? ¿Por qué perdonar? ¿Por qué ser fiel a mi marido o mi mujer cuando es tan fácil no serlo? ¿Por qué no aceptar esa pequeña ganancia fácil? ¿Por qué arriesgarse a decir la verdad y no dejar que sea otro quien pague las consecuencias de mi error? Quien no tiene conciencia suficiente de que hay alguien superior a él que juzga sus acciones, se encuentra mucho más indefenso ante la tentación de erigirse como juez y determinador supremo de lo bueno y lo malo. Eso no significa que el creyente obre siempre rectamente, ni que no se engañe nunca; pero al menos no está solo. Está menos expuesto a engañarse a sí mismo diciéndose que es bueno lo que le gusta y malo lo que no le gusta. Sabe que tiene dentro una voz moral que, en determinado momento, le advertirá: basta, no sigas por ahí.

Sin religión es más fácil dudar si vale la pena ser fiel a la ética. Sin religión es más fácil no ver claro por qué se han de mantener conductas que suponen sacrificios. Cuando se niega que hay un juicio y una vida después de la muerte, es bastante fácil que las perspectivas de una persona se reduzcan a lo que en esta vida pueda suceder. Si no se cuenta con nada más, porque no se cree en el más allá, el sentido de última responsabilidad tiende a diluirse, y la rectitud moral se deteriora más fácilmente.

La realidad sobrenatural, además de ser objetiva, influye positivamente en la vida personal (proporcionando, por ejemplo, motivos eficaces para obrar bien), aunque está claro que la existencia de Dios no se reduce a una mera garantía para el valor de la moral.

Motivos humanos y motivos sobrenaturales Hay ocasiones en que los motivos de conveniencia natural para obrar bien nos impulsan con gran fuerza. Pero hay otras ocasiones —y no son pocas— en que esos motivos de conveniencia natural pierden peso en nuestra mente, por la razón que sea, y entonces son los motivos sobrenaturales los que toman un mayor protagonismo y nos ayudan a actuar como debemos. Prescindir de unos o de otros es un error moral y un error educativo de gran alcance. Por eso, los padres creyentes que dan poca importancia a la formación religiosa de sus hijos suelen acabar por darse cuenta de su error, pero casi siempre tarde y con amargura.

¿Y qué decir al que, a pesar de buscar a Dios, no tiene fe? Le diría que buscar a Dios es un paso importante y que, casi siempre, supone tener ya algo de fe. Si la búsqueda es sincera, tarde o temprano lo encontrará. Yo recomendaría a esa persona que pensara en su propia conducta y en la verdad, que reflexionara sobre qué está bien y qué está mal, y que procurara actuar conforme a ello, pues tal vez es Dios precisamente quien se lo está pidiendo, y al obrar bien se dispone a descubrir a quien es la fuente del bien.

Los santos, grandes conocedores del hombre “En las vicisitudes de la historia —explicaba Benedicto XVI en la Jornada Mundial de la Juventud en Colonia en 2005—, los santos han sido los verdaderos reformadores que tantas veces han remontado a la humanidad de los valles oscuros en los cuales está siempre en peligro de precipitar, y la han iluminado siempre de nuevo”. La historia muestra que los grandes evangelizadores, los que han protagonizado las grandes reformas en la Iglesia, los que han logrado mejoras notables en las costumbres en un país, los que han revitalizado instituciones… han sido los santos. Personas que han ofrecido un testimonio de vida, un ejemplo personal que remueve las inercias de la historia y de la debilidad personal.

Los grandes cambios en una colectividad humana suelen promoverlos las personas más santas, no las más sabias ni las más poderosas. Y, de manera semejante, podría decirse que los grandes cambios en una persona singular, los grandes avances en su mejora interior, vienen dados por su avance —aun incluso no advertido o no planteado a nivel consciente— en el camino de la santidad.

Transmitir el progreso científico o económico es relativamente fácil, pero transmitir los progresos morales siempre será difícil, pues requieren su asimilación personal y su empleo práctico. No basta con saber lo que es bueno, es necesario conducirse hacia el bien, habituarse a hacer el bien. De lo contrario, no hay mejora personal, sino un simple ilustrarse acerca de cómo se alcanza el bien. Es imprescindible, por tanto, el esfuerzo personal por adquirir esos hábitos que nos encaminan hacia el bien. Y eso resultará costoso siempre, en cualquier lugar o época, y necesitará del liderazgo de la santidad, del desarrollo de la vida de la gracia en el alma, de la iniciativa divina para despertar grandes ideales en el hombre.

Los santos, como grandes expertos en esas luchas interiores y como grandes comunicadores del evangelio, han sido de modo habitual grandes conocedores de lo que hay en el corazón del hombre. Quizá apenas hayan estudiado psicología pero son grandes psicólogos, conocedores de lo que conviene a las almas, pues el conocimiento de Dios arroja una luz insustituible para el conocimiento del hombre.

El atractivo del bien A muchos les inquieta la falta de sentimiento en su relación con Dios. Ven que los enamorados esperan su encuentro con ilusión, y en cambio los hombres no siempre anhelan de esa manera tratar a Dios o hacer el bien.

En el caso de los enamorados, la pasión cobra en esos momentos mucha fuerza, y les hace muy fácil sentirse atraídos por el bien deseado. También hay que decir que la pasión no es siempre una garantía ante la erosión del tiempo, y que incluso puede resultar peligrosa si no está bien gobernada por la inteligencia, pues no hay que olvidar que las pasiones también han producido muchos desatinos.

Pero es cierto que no siempre se anhela apasionadamente el bien. Muchas veces, simplemente porque no alcanzamos a ver la legítima recompensa asociada a ese bien. Pongamos un caso práctico de la vida diaria. Está claro, por ejemplo, que solo quienes alcanzan un buen nivel de formación y conocimientos, tras años de esfuerzo, pueden gozar de los bienes asociados a la cultura y la sabiduría. Cuando en el colegio un chico o una chica empiezan a estudiar unos datos de historia o de geografía, o unas leyes físicas o matemáticas, o ha de realizar cualquier otro esfuerzo propio de la vida escolar, esos chicos no siempre acertarán a vislumbrar de modo permanente la utilidad y los bienes asociados a esos estudios. O, por lo menos, no siempre los verán con tanta pasión como la del enamorado que espera ilusionadamente al objeto de sus amores. Algunos de esos chicos estudiarán con ilusión, y tendrán presente ese lejano bien que confían alcanzar. Pero muchos otros lo harán fundamentalmente por sacar buenas notas, agradar a sus padres, eludir un castigo o cosas semejantes. Son motivos que no parecen muy elevados. Y es cierto que hay que descubrirles bienes o fines más altos, pero no conviene ser utópicos. Ya irán descubriendo poco a poco la razón de esos estudios, y llegará un día en que comprenderán claramente su necesidad, y se alegrarán de haber aprovechado la oportunidad de no ser unos analfabetos. Nadie podrá indicar el día y la hora en que terminará una visión y comenzará la otra. Sin embargo, el cambio va teniendo lugar conforme se acerca a la posesión de la recompensa, que entonces ya desearán y agradecerán por sí misma.

Y algo parecido sucede con la llamada natural del hombre hacia el bien y hacia Dios. El anhelo de alcanzarlo está en nuestra naturaleza, aunque quizá no lo hayamos descubierto en muchos de sus aspectos, y nos falte motivación o conocimiento. Puede que haya momentos en que no veamos claras las ventajas de hacer el bien, o de tratar a Dios, que quizá se nos antoje vago y lejano, frente a las concretas y cercanas ventajas del mal. No es mala cosa en esos momentos pensar en el premio prometido. El acierto de nuestra vida depende radicalmente de nuestra capacidad de descubrir el bien y de decidirnos por él.

Por naturaleza, todo hombre busca el bien. El innato deseo humano de felicidad nos lleva hacia él. El mal en sí es algo negativo, y no puede, por tanto, ejercer atracción ninguna sobre el hombre. Lo que sucede es que el mal no suele presentarse químicamente puro, sino mezclado con cosas buenas, y nos atrae por los destellos de bien que lo recubren. Pero también en esto se demuestra la inteligencia, pues, al fin y al cabo, la manera más inteligente de utilizar la inteligencia es ser éticamente bueno.

Tenemos el mal pegado al cuerpo, y la lucha contra él no es nada sencilla. Por eso no debemos menospreciar ninguna ayuda. Y la de Dios es importante.

Julio de la Vega-Hazas, “El complejo mundo de las sectas”

 

1)¿QUÉ SON? Aunque parezca mentira, hay que empezar diciendo, en un trabajo dedicado a las sectas, que no existe ninguna definición completamente satisfactoria de “secta”. Las acepciones que proporciona el Diccionario de la Real Academia de la Lengua (como la primera: “conjunto de seguidores de una parcialidad religiosa o ideológica”) pueden servir para cualquier religión, e incluso, en otros casos, se pueden aplicar a grupos con un ideario común como partidos políticos o incluso asociaciones constituidas para defender una idea. De hecho, al tratar de este tema se suelen eludir las definiciones precisas, y se suelen sustituir por descripciones a partir de unas propiedades: “secta es un grupo religioso en el que se cumplen las siguientes características: …”. En realidad, es un concepto bastante ambiguo, del que se tienen los elementos, pero cuando se intenta definir resulta que siempre encontramos alguno de los elementos que queda fuera de la definición, e incluso que pueden entrar otros grupos no considerados como secta. O sea, que no están todos los que son, y puede que no sean algunos de los que están. Continuar leyendo “Julio de la Vega-Hazas, “El complejo mundo de las sectas””

Eleuterio Fernández, “El horizonte del hombre y Dios”

Se recoge a continuación una serie de tres artículos sobre la relación del hombre con Dios: primero la relación del hombre con sus semejantes (El hombre horizontal), después la relación del hombre con Dios (El hombre vertical) y, por último, un, a modo, de las dos cosas pero con el verdadero sentido de esta relación (El horizonte vertical del hombre).

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Ignacio Aréchaga, “La religión en Harvard”, Aceprensa, 1.XI.06

La religión en Harvard y en la escuela española ¿Se puede ser un hombre o una mujer educados hoy día sin tener conocimientos religiosos? En una universidad de elite como Harvard se lo acaban de plantear ante una reforma del plan de estudios. En la escuela pública española, que no destaca precisamente por su excelencia, parece que lo moderno es mantener las mentes de los alumnos lo más alejadas posible de la cultura religiosa. Continuar leyendo “Ignacio Aréchaga, “La religión en Harvard”, Aceprensa, 1.XI.06″

José María Barrio, “Antropología del hecho religioso”, 1.XI.06

Tal como se dice en la Presentación, “este libro trata de poner de relieve la influencia positiva que ha tenido la religión en el desarrollo de la civilización humana”. Para ello el autor –Profesor Titular de la Universidad Complutense– recorre un itinerario que pasa por tres fases: la descripción del hecho religioso desde la antropología filosófica y cultural, una breve relación de las principales tradiciones religiosas, tanto de las antiguas religiones orientales como de los tres grandes monoteísmos históricos y, por fin, un análisis de la respuesta al desafío que para la razón humana supone la propuesta religiosa.

La religión sale al paso de los grandes interrogantes acerca del origen y sentido de la vida humana, el problema del mal y la necesidad que el hombre experimenta de salvarse, a menudo de salvarse de sí mismo. Pero ante todo surge del saberse criatura, del radical no deberse a sí mismo y la consecuente actitud del agradecimiento. En algún momento de su vida, todo ser humano se tropieza inevitablemente con estos interrogantes y con la necesidad de darles alguna respuesta para hacer su vida más habitable y vivirla inteligentemente. Ya decían los griegos que no es humana una vida inanalizada.

Aunque el fenómeno religioso se ubica primeramente en la interioridad de cada ser humano que se vive instado a dar una respuesta a la cuestión del sentido, igualmente trasciende a la esfera social y pública a través del lenguaje verbal y gestual, mediante la palabra y el rito. “Quienes pretenden reducir la religión –o la ética– a la dimensión exclusivamente ‘privada’ de la existencia humana, no han entendido lo que es la religión, o la ética. Aristóteles sí lo entendió. Ninguna de estas dos cosas puede privatizarse”. En efecto, según el autor, la religión, por su propia naturaleza, tiende a profesarse, a declararse –naturalmente en formas muy variadas– pues constituye uno de los argumentos esenciales de la conversación humana realmente significativa. Por otro lado, toda cultura se constituye y articula, en sus elementos principales, en referencia al núcleo religioso de la misma. El fenómeno y la vivencia religiosa puede rastrearse en numerosas expresiones artísticas, filosóficas, sociales, institucionales, etc., que, sin esa referencia básica, simplemente serían ilegibles. Además de ser un elemento dinamizador esencial de toda cultura, de hecho no se conoce ninguna cultura atea o agnóstica. (Hay, por supuesto, individuos ateos, agnósticos o indiferentes a lo religioso en todos los espacios culturales, pero ninguna cultura, como tal, puede explicarse sin la religión que la ha constituido. Esto no es una hipótesis metafísica, sino una evidencia, digamos, empírica para la antropología cultural).

El autor pone de manifiesto cómo la religión se hace cultura, pero sin reducirse a ella. Ante todo ha de entenderse desde su dimensión cultual. Se analizan los elementos fundamentales del credo y el culto en las grandes religiones históricas. El libro dedica un capítulo especial a la aportación del cristianismo a Europa, donde hoy se cuestiona la presencia pública de lo religioso por parte de las instancias que detentan el poder cultural en beneficio de una laicidad entendida injustamente. A menudo se olvida: 1º) que la laicidad es precisamente un invento cristiano (“Dad al César lo que es del César”, pedía Jesucristo a sus seguidores); la laicidad cristiana promueve la libertad religiosa, entendiendo por ella no sólo la libertad de cada ciudadano para profesar la religión que crea verdadera sino también la “libertad frente a la religión” de quien no desee profesar ninguna; 2º) es enteramente inevidente que la profesión de una fe religiosa suponga un agravio para quienes profesan otro credo o para quienes no profesan ninguno; 3º) está aún por demostrar que el ateísmo o el agnosticismo sean “terreno común” para establecer a partir de ahí un diálogo social significativo en el que todos los ciudadanos puedan entenderse. La razón que aducen quienes pretenden hacer creer a todo el mundo –y enseñarlo a los niños y jóvenes en la escuela– que Europa nace con la revolución francesa es que el cristianismo ha sido la causa de mucha violencia e intolerancia en la historia europea. Pero pretender reducir la influencia cristiana en Europa tan sólo a eso exige, a su vez, obviar otros numerosos elementos mucho más positivos que ha aportado y, sobre todo, que en la historia contemporánea europea los mayores episodios de violencia política se han debido precisamente al influjo de las ideologías anticristianas.

La última parte del libro reivindica el carácter racional de las creencias religiosas y expone los principios básicos del diálogo entre fe y razón. Las creencias religiosas, y muy en particular las creencias monoteístas, afirman a Dios como “Logos” creador, y que la creación responde a un diseño inteligente, no al azar ni la casualidad. La inteligibilidad del mundo –idea que ha hecho posible la ciencia tal como la conocemos en Occidente– responde a la creación de un Dios sabio, que no “juega a los dados” cuando crea el mundo. El actual Papa católico se ha referido en numerosas ocasiones a Dios como alguien a cuya naturaleza repugna actuar contra la razón. Es sabido el revuelo que en ciertos sectores del mundo musulmán causaron las palabras que en este sentido pronunció Benedicto XVI en la Universidad de Regensburg.

Como apéndice, el libro incluye la versión castellana del diálogo que en enero del 2004 mantuvieron en torno al tema “Fundamentos morales prepolíticos del Estado liberal” el entonces Cardenal Joseph Ratzinger y el profesor Jürgen Habermas en la Academia Católica de Baviera. Se trata de una de las discusiones intelectuales más interesantes que se han producido últimamente. El autor incluye la presentación que hizo de los contertulios el director de la Academia, Dr. Florian Schuller y algunos comentarios de la prensa alemana de esos días, que ponen de manifiesto la sorpresa que en muchos ambientes produjo el discurso de Habermas. Referente fundamental de la tradición frankfurtiana y del pensamiento “postmetafísico” y postreligioso en Europa, el filósofo reconoce aquí que la supervivencia del Estado democrático y liberal únicamente será posible merced a ciertas actitudes y aptitudes morales y cívicas que hoy en día tan sólo atesoran las tradiciones religiosas, y en Europa particularmente el cristianismo. Por otro lado, afirma de manera inequívoca que es contrario a la esencia misma del Estado democrático y liberal promover el laicismo desde el poder político.

Juan Domínguez, “El Papa, la razón y el islam”, Aceprensa, 20.IX.06

¿Qué ha pasado para que el discurso más académico de Benedicto XVI en su visita a Baviera, pronunciado en la Universidad de Ratisbona, haya despertado un inesperado aluvión de críticas de portavoces musulmanes? Como suele ocurrir en estos casos, las primeras críticas suelen transmitir una idea simplificada –el Papa habría dicho que el islam es una religión violenta–, y los que vienen detrás se limitan ya a atacar a quien ha pronunciado tal «ofensa», sin preocuparse de conocer el texto y el contexto original.

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Andrés Ollero, “Tolerancia de vía única”, Aceprensa, 30.VIII.06

Andrés Ollero, catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad Rey Juan Carlos (Madrid), comenta cómo, con los dogmas políticamente correctos, se coarta la libertad de expresión en nombre de la tolerancia (“ABC”, 22 agosto 2006).

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El crucifijo en la escuela no viola la laicidad, Aceprensa, 8.III.06

El Consejo de Estado italiano, tribunal supremo en la jurisdicción administrativa, afirma en una sentencia publicada el 13 de febrero pasado que la presencia del crucifijo en las aulas de una escuela pública no es contraria a la laicidad. Resumimos la parte de la sentencia relativa al fondo del asunto.

El caso tiene su origen en el recurso de una madre finlandesa que invocaba el principio de la laicidad del Estado para que la escuela de Padua donde estudiaban dos hijos suyos retirara todos los símbolos religiosos. La sentencia del Consejo de Estado señala que, como ha definido el Tribunal Constitucional, la laicidad es un principio supremo del ordenamiento constitucional italiano. No figura expresamente en la Constitución, pero está implícito en varios de los preceptos que establecen los principios fundamentales de la República. Estas normas, por tanto, contienen las condiciones de aplicación de la laicidad, que de otro modo sería un principio abstracto sin virtualidad jurídica.

En concreto, la laicidad está implícita en los artículos que garantizan la inviolabilidad de los derechos fundamentales (art. 2); la igualdad de todos, con independencia de la religión y demás condiciones personales (art. 3); la autonomía recíproca del Estado y la Iglesia (art. 7); la igualdad de todas las confesiones religiosas ante la ley, y su derecho a organizarse libremente (art. 8); la libertad de culto (art. 19 y 20).

Por otro lado, las condiciones de aplicación de la laicidad se definen también con arreglo a la tradición cultural y a las costumbres de cada pueblo, como muestra la diversidad de determinaciones en distintos países. La sentencia menciona los casos de Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos.

Así pues, la cuestión es “si la exposición del crucifijo en las aulas (…) es contraria a las normas fundamentales de nuestros ordenamiento constitucional que dan forma y sustancia al principio de laicidad”. Para responder, el Consejo examina la función y el significado que tiene el crucifijo en la escuela, según la tradición italiana.

“En un lugar de culto, el crucifijo es propia y exclusivamente un símbolo religioso”, dice la sentencia. En cambio, “en una sede no religiosa, como la escuela, destinada a la educación de los jóvenes, el crucifijo podrá seguir revistiendo para los creyentes los antedichos valores religiosos, pero tanto para creyentes como para no creyentes, exponerlo estará justificado y tomará un significado no discriminatorio en el plano religioso, si es apto para representar y recordar de modo sintético, inmediatamente perceptible e intuitivo (como todo símbolo), valores civilmente relevantes, sobre todo los que sustentan e inspiran nuestro orden constitucional”. En tal caso, “el crucifijo podrá cumplir, aun en un contexto ‘laico’, distinto del religioso que le es propio, una función simbólica altamente educativa, con independencia de la religión que profese cada alumno”.

Pues bien, prosigue la sentencia, “en Italia, el crucifijo es apto para expresar –en clave simbólica, desde luego, pero de modo adecuado– el origen religioso de los valores de tolerancia, respeto mutuo, estima por la persona y afirmación de sus derechos y su libertad, autonomía de la conciencia moral ante la autoridad, solidaridad humana, rechazo de toda discriminación; valores característicos de la civilización italiana”.

“Recordar, por medio del crucifijo, el origen religioso de tales valores y su plena y radical conformidad con las enseñanzas cristianas sirve pues para poner de manifiesto su fundamento trascendente, sin poner en cuestión, más bien subrayando la autonomía del orden temporal con respecto al orden espiritual (no su contraposición basada en una interpretación ideológica de la laicidad que no encuentra confirmación alguna en nuestra Carta fundamental)”. Esos valores de origen cristiano “son vividos en la sociedad civil de modo autónomo (…) con respecto a la sociedad religiosa, de suerte que pueden ser aprobados ‘laicamente’ por todos, con independencia de que pertenezcan a la religión que los ha inspirado y propugnado”.

Si, por tanto, el crucifijo en la escuela tiene la función de expresar el fundamento de los citados valores civiles, “en el contexto cultural italiano parece en verdad difícil encontrar otro símbolo que se preste mejor a hacerlo”.

Tomado de Aceprensa 028/06, 08-03-2006

Jaime Nubiola, “¿Todas las opiniones igual respeto?”, La Gaceta, 26.III.06

No, por supuesto que no. Todas las opiniones no merecen el mismo respeto. Algunas no merecen ninguno, mientras que otras —las de los expertos en la materia— merecen de ordinario un respeto enorme. Veámoslo un poco más despacio, pues la tesis en boga en la cultura dominante viene a ser la de que en un sistema realmente democrático todas las opiniones son igualmente respetables.

El respeto tiene una gran importancia en la vida de cada uno y de la sociedad. Tal como describe Robin Dillon en la voz “respeto” de la valiosa Stanford Encyclopedia of Philosophy, desde niños se nos enseña —o al menos es lo que se espera— a respetar a nuestros padres, profesores y mayores en general, a respetar las normas escolares, las reglas de la circulación, las tradiciones culturales y familiares, los derechos y sentimientos de las demás personas, a los gobernantes y a la bandera (esto en Estados Unidos, pero mucho menos en España), y por supuesto a respetar la verdad y las diferentes opiniones de la gente. De hecho llegamos a adquirir un cierto respeto a todas estas cosas hasta el punto de que, ya de mayores, meneamos la cabeza con indignación cuando nos topamos con personas que parecen no haber aprendido a respetarlas. Sin embargo, en un sentido estricto, sólo la persona humana es realmente merecedora de respeto. Fue el filósofo alemán Immanuel Kant quien en el siglo XVIII puso el respeto a las personas, a todas y cada una, en el centro de la teoría moral. Desde entonces la clave del liberalismo político y del humanismo democrático ha sido la tesis de que las personas son fines en sí mismos con una dignidad absoluta que debe ser siempre respetada.

¡Cuántas veces al ver los rostros desencajados de los inmigrantes de las pateras nos asalta la duda de que en este mundo nuestro siga vigente aquel ideal kantiano! Quienes merecen absoluto respeto son las personas, cada una de ellas, independientemente de su nacionalidad, del color de su piel, su estatus social, el nivel de sus estudios, su edad y condición: desde el feto en las entrañas de su madre hasta el enfermo terminal en una UCI o en las calles de Calcuta. Cada una de esas personas, sea pobre o rica, sabia o ignorante, es acreedora de un respeto absoluto por parte de todos los demás. Esta convicción tiene enormes consecuencias en la vida de cada uno y en la organización misma de la sociedad. Pero tratar con un profundo respeto a todas y cada una de las personas no significa en ningún caso que las opiniones de todas y cada una de ellas merezcan respeto y menos aún que lo merezcan en igual medida.

Cuando hablamos de opiniones nos referimos de ordinario a los diferentes pareceres en materias discutibles y discutidas. Abarca desde la mejor manera de organizar la sociedad política, de resolver los problemas de la convivencia humana hasta las preferencias en materias deportivas, artísticas o culturales. No son materias opinables aquellas ya resueltas por la ciencia o por la experiencia acumulada de la humanidad. No es materia opinable ni el teorema de Pitágoras, la ley de la gravedad, la composición química del oro o que el fuego quema. Tampoco es materia opinable que la estricnina es un veneno: los venenos matan independientemente de nuestra opinión acerca de ellos. En cambio, en muchas otras áreas hay diversas maneras legítimas de pensar acerca de las cuestiones que están planteadas. En muchos campos no hay un consenso, o quizás aun cuando haya un consenso mayoritario no se excluye que las opiniones minoritarias divergentes tengan algún valor, esto es, que podamos aprender algo de ellas. En todos estos casos, esas opiniones merecen atención y consideración, pues de ordinario si están formuladas con seriedad, incluso aquellas que parezcan inicialmente más estrambóticas, encierran probablemente algo valioso.

Por el contrario, todos tenemos bien comprobado que no compensa invertir tiempo en tratar de aprender de una persona ignorante en una materia, que no tenga una especial cualificación o un conocimiento de primera mano. Lo peor es cuando el ignorante —tal como pasa a veces con los políticos— argumenta ideológicamente, esto es, defiende una opinión desde una posición preconcebida sin atenerse a los hechos ni a las opiniones opuestas. En este sentido muy a menudo los debates parlamentarios son la forma más contraria posible a un genuino diálogo, pues son una mera confrontación dialéctica resuelta finalmente por la mecánica de los votos. Para un diálogo racional, para un examen constructivo de las diversas opiniones sobre un asunto opinable, hace falta estar al menos de acuerdo sobre la naturaleza del desacuerdo y eso implica que si el oponente presenta mejores razones que las nuestras, cambiaremos de opinión, nos pasaremos de todo corazón a sostener, ahora con más fuerza, la posición que antes atacábamos.

Considerar una opinión, tratar de comprender las razones y los datos que la avalan significa abrirse a lo que de verdadero pueda ofrecer. Entre los medievales una opinión tenía título suficiente para ser considerada en una disputatio por su autoridad. Tal como mostró el filósofo oxoniense Christopher Martin, si un autor, considerado por su experiencia como una autoridad en un campo, formulaba una opinión sobre esa materia que sonaba novedosa, el argumento de autoridad sugería que valía la pena someter a examen a ese parecer. El New York Times on line ha aprendido esto mismo, pues desde hace unos meses distribuye gratuitamente la información, pero en cambio comienza a cobrar por sus artículos de opinión. Si uno desea leer a Krugman, Friedman o las demás luminarias de la prensa norteamericana, debe pagar una cantidad modesta, pero que vendrá a suponer al final una sustanciosa suma para el periódico y para los autores.

Para los españoles casi siempre es verdad lo contrario: pagamos por los datos, pero despreciamos las opiniones, quizá porque estamos acostumbrados a que en cada barbería o en cada tertulia los asistentes resuelvan los mayores problemas que tenemos mediante cuatro declaraciones grandilocuentes y —como suele decirse— se queden después tan panchos. Incluso a menudo se invita en los medios de comunicación a deportistas, artistas o diversos famosos a que opinen sobre cuestiones para las que no tienen ninguna especial preparación. Los lógicos medievales llamaban a este modo de proceder la falacia ad verecundiam: consiste en apelar al sentimiento favorable que se tiene hacia una persona famosa para mover a la audiencia en favor de una conclusión.

Hacer caso a un famoso para formarse una opinión en una cuestión debatida —para la que el famoso no tenga particular competencia— equivaldría a renunciar a pensar por nuestra cuenta; sería en ultima instancia una falta de respeto a nosotros mismos. Todas las personas merecen respeto, pero no merecen un mismo respeto todas las opiniones: hay, por supuesto, opiniones mejores y peores.

Andrés Ollero, “¿Es o no España un Estado «laico»?”, Zenit, 28.IV.2005

Con ayuda de cinco lustros de jurisprudencia del Tribunal Constitucional, Andrés Ollero –diputado durante más de 17 años y catedrático de Filosofía del Derecho en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid– afronta la problemática suscitada (enseñanza de la religión en la escuela pública, participación de instituciones en ceremonias religiosas, financiación de las confesiones, etc.) en su obra recién publicada «España: ¿un Estado laico?» (Editorial Civitas), y la aborda en esta entrevista concedida a Zenit.
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Fernando Sebastián, “El laicismo de la Navidad”, Véritas, 13.XII.04

El arzobispo de Pamplona, monseñor Fernando Sebastián, se pregunta en su última carta pastoral si es posible una “Navidad laica”, despojada de toda referencia religiosa y señala las “grietas” por las que “se nos mete el laicismo de Navidad”.

El prelado tiene en cuenta no sólo “la presión de quienes quieren eliminar las referencias religiosas de la vida pública y construir una sociedad estrictamente laica, sin tiempos ni lugares para Dios” sino también “la fiebre del consumismo y la debilidad religiosa de muchos cristianos”.

En este sentido, el arzobispo pide “a las familias católicas”, que se planteen “cómo quieren celebrar la Navidad”, si “como cristianos de verdad” o arrastrados por “el modelo laicista y consumista que lo está devorando todo”.

Respecto al propósito de los que quieren “una sociedad en la que todos hablemos, actuemos, vivamos y muramos como si Dios no existiera” niega que esto sea moderno y menos “la condición indispensable para que podamos vivir en paz en una sociedad pluralista”.

“¿Qué pluralismo es éste que nos impide vivir a cada uno según nuestras propias creencias?” pregunta monseñor Sebastián; para él se trata del “pluralismo del rodillo, de la uniformidad, y del silencio preventivo”.

El arzobispo se refiere en este contexto a “los pequeños caciquismos de quienes quieren aplicar estas ideas para ser más progresistas que nadie” por ejemplo en la escuela: “no se cantan villancicos porque hay veinte niños que no son cristianos”.

“Invocar la no confesionalidad del Estado es del todo impertinente. Primero que la aconfesionalidad del Estado significa que el Estado no tiene religión propia, precisamente para poder proteger y fomentar la religión o las religiones que libremente quieran profesar y vivir los ciudadanos”.

“Es obligación del Estado aconfesional respetar y apoyar las manifestaciones religiosas que los ciudadanos quieran tener, sin agravio de nadie, en ejercicio del derecho sagrado de su libertad religiosa”, afirma.

En este sentido, sugiere que “los niños cristianos hagan su fiesta cristiana en la escuela, dejando a los no cristianos que vengan si quieren o que se queden en casa” y dejando “que los niños musulmanes celebren su fiesta otro día, ilustrando y entreteniendo a sus compañeros cristianos”.

Por otra parte, monseñor Sebastián, dice que “el laicismo de la Navidad” se mete en los propios cristianos cuando prevalece “la fiebre del consumismo y la debilidad de la fe religiosa”.

“Las fiestas de Navidad se van en regalos, cenas, viajes y comilonas. Se juntan las familias, cosa que está muy bien, se juntan los amigos, santo y bueno también, se lo pasan muy bien, pero no van a Misa, ni rezan, ni dan gracias a Dios, ni hay un gesto o una sola palabra que invite a vivir religiosamente la Navidad”.

El contexto de libertad religiosa que favorece la sociedad democrática, debe servir -según el prelado- para “vivir la Navidad correctamente”, dedicando “un tiempo para dar gracias a Dios por habernos enviado a su Hijo Jesucristo, nacido de María Virgen, como Salvador nuestro y Salvador de todos los hombres”.

La celebración religiosa de la Navidad implica la preparación durante “los cuatro domingos de Adviento, con sus lecturas, sus cantos, sus símbolos propios, que van poniendo poco a poco nuestro espíritu en sintonía con la Navidad”.

“El día de la fiesta hay que ir a Misa, y si se puede ir a la Misa del Gallo, mejor. Conviene montar en casa un Belén, pequeño o grande. Mucho mejor que la figura de “Papá Noël” o el árbol de Navidad. Una cosa no quita la otra, pero en una casa cristiana no debería faltar el Nacimiento, grande o pequeño”.

Las familias católicas deberían en la “cena de Nochebuena o en la comida de Navidad, rezar un poco, dando gracias a Dios por el misterio de la Encarnación de su Hijo que viene a salvarnos, hay que tener un recuerdo para María y José, cantando villancicos y repartiendo los regalos que queramos”.

El arzobispo dice que la “Navidad es una fiesta digna de ser bien celebrada”, y afirma que “no es hora de diluir nuestro cristianismo, sino de afirmarlo y vivirlo con tranquilidad y alegría, dando gracias a Dios por lo mucho que nos ha dado y ofreciéndoselo a los demás por si quieren asomarse a conocer la fuente de nuestra alegría”.

“Esto es lo moderno, conservar nuestra fe, conocerla y vivirla mejor, y ser capaces de dar testimonio de ella con tranquilidad y espontaneidad, sin molestar a nadie, ni tener miedo de nada ni de nadie”, concluye.

Fernando Sebastián, “Iglesia en democracia”, Alfa y Omega nº 421, 21.X.04

Con frecuencia, los católicos tenemos que oír que no estamos acomodados a la vida democrática. Esta acusación puede producir inseguridad y malestar en algunos de nosotros. Vale la pena que nos preguntemos seriamente si la fe cristiana dificulta realmente el desarrollo de una cultura democrática…

Si esto fuera así, sería difícil de explicar que la democracia haya nacido precisamente en el seno de los países de cultura cristiana. Sin exageración, podemos decir que los principios que rigen la vida democrática han nacido del cristianismo. La igualdad y los derechos de las personas, la soberanía de los pueblos, el concepto de autoridad como servicio al bien común y no como simple dominio o imposición, la igualdad de todos ante la ley, todo esto, nace históricamente de la experiencia cristiana y de los valores morales del cristianismo. Incluso cuando semejantes ideas se afirman contra la Iglesia, quienes las defienden son hijos de la tradición y de la cultura cristianas.

No es difícil mostrar la compatibilidad entre la Iglesia y la vida cristiana con la organización democrática del Estado. El Estado democrático se organiza como defensor y protector de las libertades de los ciudadanos. Entre estas libertades o derechos de los ciudadanos están universalmente reconocidas como algo esencial la libertad de conciencia y la libertad religiosa. Ahora bien, la Iglesia, que ha sabido vivir en todas las épocas y situaciones de la Historia, entiende que, en las sociedades modernas y democráticas, puede y debe vivir en el espacio de la libertad religiosa plenamente reconocida, sin privilegios ni discriminaciones de ningna clase. Los ciudadanos son quienes, en virtud de su propia decisión personal, abren el espacio necesario para que la vida religiosa y moral tenga un lugar en la sociedad, y las instituciones civiles puedan legítimamente tratar con las instituciones religiosas, que representan en materia religiosa la voluntad y los derechos civiles de los ciudadanos.

Desde estos principios, en los momentos de transición política, asumimos los españoles la figura de un Estado no confesional. Algo bastante diferente del Estado laico de tradición francesa. El Estado democrático no confesional es aquel que, sin tener ninguna religión como propia, protege positivamente la práctica religiosa de sus ciudadanos como parte del bien común, sin imponer preferencias ni rechazos que no vengan impuestos por las exigencias del bien común o del orden público. Aunque el Estado no sea confesional, la sociedad sí puede serlo, tal como lo decidan libremente los ciudadanos en el legítimo derecho de su libertad en materias religiosas. Ellos son quienes, en el ejercicio de su libertad, dan un determinado tono religioso a la vida social. Dentro del patrimonio cultural y espiritual de una sociedad entran de manera relevante las tradiciones religiosas y las convicciones morales de sus ciudadanos, su propia historia espiritual y religiosa. El Estado sirve y protege la libertad de los ciudadanos y, por tanto, también la vida religiosa que ellos libremente quieran tener y desarrollar. Un Estado no beligerante en materias religiosas no puede imponer ni excluir una determinada confesión en contra de otra, ni tampoco ignorarlas a todas en favor de una pretendida confesión de laicismo. Esto es exactamente lo que dice el artículo 16 de la actual Constitución española.

En el momento de la transición, muchos pensábamos que, con la nueva situación social de la Iglesia, iría desapareciendo el anticlericalismo y las diferencias de sensibilidad religiosa dejarían de ser un problema en la nueva sociedad democrática. Pero parece que no es así. Un movimiento de reacción contra la antigua situación de confesionalidad estatal, en la que no se reconocía plenamente el derecho a la libertad religiosa, sigue dando argumentos a personas e instituciones para considerar a la Iglesia y a los católicos como un peligro para una sociedad verdaderamente democrática.

Lo que algunos consideramos tratamiento justo de la vida religiosa de los ciudadanos en el marco de la sociedad civil, otros lo consideran como confesionalismo remanente. Para remediarlo propugnan la laicización del Estado y pretenden configurar una sociedad laica, sin ninguna referencia religiosa ni moral, sin otra norma objetiva que el pleno reconocimiento de una omnímoda y quimérica libertad que termina siendo un auténtico nihilismo moral. Ante semejante propósito surgen inevitablemente muchas preguntas. Si el Estado está al servicio de una sociedad concreta, ¿no deben los gobernantes tener en cuenta y favorecer las decisiones y preferencias religiosas y morales de los ciudadanos? ¿Acaso la religión o las religiones libremente profesdas por los ciudadanos no forman parte del patrimonio cultural y espiritual de la sociedad tal como existe en realidad? ¿Acaso los ciudadanos no necesitan una referencia objetiva para encauzar su libertad por los caminos de un progreso auténticamente humano? ¿Es que el legislador no tiene el deber de discernir moralmente lo que verdaderamente favorece el bien común de los ciudadanos? + Fernando Sebastián Aguilar Arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela

Ignacio Sánchez Cámara, “Llamado a la misión”, Congreso Apostolado Seglar, 13.XI.2004

Cristianismo y cultura moderna. Las dificultades para la difusión del mensaje cristiano.

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Fernando Sebastián, “Vocación apostólica de los fieles laicos”, Congreso Apostolado Seglar, 12.XI.2004

En el discurso de apertura del Congreso de Apostolado Seglar, monseñor Fernando Sebastián, arzobispo de Pamplona, ofreció un marco general para encuadrar la acción apostólica de los seglares, y se refirió a este Congreso diciendo que “no se trata de un Congreso para estudiosos sino para apóstoles”.

El prelado destacó la importancia de los seglares como “zona de encuentro entre la sociedad y la Iglesia, como confluencia real de los sagrado y lo secular, de la fe y la cultura, de la Iglesia y el mundo”.

Para monseñor Sebastián, los seglares “son la presencia más cercana y más profunda de la Iglesia en el mundo y por eso mismo agentes principales del anuncio del evangelio en el mundo y de la construcción del Reino de Dios”.

Aunque admitió que los acuerdos entre la jerarquía de la Iglesia y los poderes civiles son “legítimos, convenientes y hasta necesarios”, sostuvo sin embargo que los instrumentos jurídicos serán “apostólicamente eficientes sólo en la medida en que estén respaldados por un número creciente de cristianos laicos, presentes y operantes en el mundo” que los hagan valer. Continuar leyendo “Fernando Sebastián, “Vocación apostólica de los fieles laicos”, Congreso Apostolado Seglar, 12.XI.2004″

César Alonso de los Ríos, “Nostalgia de la religión”, ABC, 9.XI.2004

El bautizo civil que acaba de celebrarse en Igualada es algo más que una ocurrencia o un atrevimiento. Al igual que las primeras comuniones festivas, es una muestra de la insatisfacción en la que se encuentran instalados los laicos. Este empeño en invocar lo religioso para justificar o dar realce a ciertos hechos viene a demostrar una inmensa nostalgia religiosa por parte de aquellos que dicen no tener fe. Se reconoce, asimismo, la fuerza seductora que tienen las tradiciones. Se intenta encontrar en los aledaños de la religión los remedios a la frustración que no es capaz de proporcionar el agnosticismo. Es un modo de acercarse a la sombra de la Iglesia, lo que no quita para que, objetivamente, haya que denunciar lo que todas estas prácticas tienen de desconsideración de los sacramentos. Por no decir de agresión. La típica de los bárbaros en un templo…
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Carlo Climati, “Los jóvenes y el rock satánico”, Zenit, 10.VI.04

Ciertos grupos de rock, así como la curiosidad y el relativismo moral, son actualmente puertas de acceso de los adolescentes al satanismo. Lo explica en esta entrevista Carlo Climati, periodista italiano y escritor, especializado en este tipo de fenómenos. Italia está conmocionada por el reciente hallazgo de los cuerpos sin vida de Chiara Marino y de Fabio Tollis, de 16 y 19 años respectivamente, pertenecientes a la banda de rock «Las Bestias de Satán». Los investigadores aseguran que han sido víctimas de un homicidio «ritual». Climati —autor del libro «Los jóvenes y el esoterismo: Magia, satanismo y ocultismo: la patraña del fuego que no quema» (Editorial Ciudad Nueva)— describe los pasos de acercamiento de los adolescentes al satanismo y propone las formas de detectarlo y prevenirlo.

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Jean Galot, “El sacerdote frente a las sectas”, 19.III.04

Intervención del padre Jean Galot, consultor de la Congregación para el Clero, profesor emérito de Teología de la Universidad Pontificia Gregoriana, pronunciada en la videconferencia mundial de teología organizada por la Congregación para el Clero (http://www.clerus.org) sobre «La Iglesia, la Nueva Era y las sectas», el 29.II.04. Continuar leyendo “Jean Galot, “El sacerdote frente a las sectas”, 19.III.04″

Luis María Anson, “Laicismo”, La Razón, 13.II.04

Establecer un Estado laico significa que, ante la ley, deben ser iguales los creyentes en las diversas religiones y, también, los que no tienen ninguna. El laicismo de Estado no consiste en imponer una nueva confesionalidad: la laicista. Los no creyentes en España constituyen una pequeña minoría que tiene derecho a ser respetada. Hebreos, budistas, musulmanes, protestantes, ortodoxos integran también grupos reducidos de fieles. En un Estado laico sus creencias no deben ser discriminadas. Todos iguales ante la ley. Los católicos, en fin, constituyen en nuestro país una abrumadora mayoría. Cada domingo acuden a misa un número de fieles superior a los votantes que, cada cuatro años, apoyan en España al partido mayoritario. El Papa congregó en su último viaje a Madrid a dos millones de personas. Y en el acto dedicado a la juventud le rodearon más de un millón de jóvenes.

Resulta obligado en nuestra democracia pluralista […] el respeto a los derechos de las minorías laica, hebrea, budista, protestante u ortodoxa. No es de recibo que una reducida minoría de laicos trate de imponer a las diversas confesiones religiosas y a la abrumadora mayoría de católicos una nueva confesionalidad, una especie de religión sin Dios, que es la laicidad.

Los católicos deben desembarazarse de esas nuevas cadenas, de tanta cínica opresión, y hacer valer su presencia mayoritaria en la sociedad española. Deben ser exquisitos con los que creen en otras religiones, también con los que no creen en ninguna, pero no dejarse avasallar como si tuvieran que avergonzarse de una fe que, aparte la dimensión espiritual, que es lo más importante, ha construido en gran medida Europa, ha alentado y conservado los bienes de la cultura, ha dado vida durante siglos a las Universidades, ha llevado el progreso real y las manifestaciones creadoras del espíritu a medio mundo.

Jaime Nubiola, “¿Guerras de religión?”, La Gaceta, 6.III.2004

Hace escasas semanas tuve ocasión de visitar la catedral de Barcelona y pude ver el famoso Cristo de Lepanto, que iba en la nave capitana en aquella singular batalla naval de 1571 que significó el declive del poder turco en el Mediterráneo. Llamó mi atención una lápida en el suelo de la capilla que testimonia que allí está enterrado el Obispo Irurita, asesinado en los primeros días de diciembre de 1936. Esos hechos -afortunadamente ya lejanos en el tiempo- cobraban ante mis ojos una especial actualidad, pues aquel mismo día el entonces conseller de Ensenyament, Josep Bargalló, declaraba en la prensa su empeño por cancelar los acuerdos vigentes con la Santa Sede y “luchar” -así decía- por la laicidad de la escuela pública. Al mismo tiempo decía sorprenderse porque, de todas las declaraciones que había hecho desde su nombramiento, las que causaban más reacciones y debate eran las relacionadas con la religión.
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Salvador Cervera, “La depresión, entre el malestar y la enfermedad”, Zenit, 23.XI.2003

Síntesis de la intervención pronunciada por el profesor Salvador Cervera Enguix, profesor de psiquiatría en la Facultad de Medicina de la Universidad de Navarra, en la XVIII Conferencia Internacional sobre «La depresión», convocada por el Consejo Pontificio para la Pastoral de la Salud del 13 al 14 de noviembre.

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María Elósegui, “Laicidad y clase de religión en la escuela pública”, Aceprensa, 19.XI.03

LA INCULTURA NO ES LAICA A raíz de la Ley de Calidad de la Enseñanza (LOCE), que introduce una enseñanza no confesional del hecho religioso alternativa a la versión confesional ya existente, ha vuelto a resurgir un debate típico en España: la polémica entre los defensores de un modelo de Estado laicista (que no laico) y quienes defienden un Estado no confesional, con separación entre la Iglesia y el Estado, pero con una laicidad positiva, que permite la manifestación de las creencias en la vida pública.

El derecho a la libertad religiosa y la laicidad del Estado pueden articularse de muchas maneras. El ordenamiento jurídico español, empezando por la Constitución, responde a un modelo de laicidad positiva, con cooperación entre el Estado y las distintas confesiones (art. 16, 3). Ese modelo ha sido refrendado democráticamente y quien desee cambiarlo deberá hacerlo a través de las urnas. Por eso es demagógico atribuir el mantenimiento de la enseñanza de la religión en el currículum escolar a una decisión unilateral del actual partido gobernante.

Con el respaldo de la Constitución La Constitución se votó con un gobierno de UCD en diciembre de 1978 y el Acuerdo entre el Estado español y la Santa Sede sobre Enseñanza y Asuntos culturales fue ratificado el 4 de diciembre de 1979 en el Pleno del Congreso por amplia mayoría. De manera que es perfectamente constitucional. Posteriormente, los acuerdos del Estado español con las confesiones islámica, hebrea y evangélica para la enseñanza religiosa específica, fueron realizados durante la legislatura socialista entre 1992 y 1996.

También se hizo también bajo dicha legislatura la regulación de las actividades de estudio alternativas a las enseñanzas de religión. Así que quienes ahora alegan que la enseñanza de la religión en la escuela es inconstitucional, porque ellos defienden un modelo de Estado que no es el vigente y lo hacen contra la opinión mayoritaria de la sociedad española, deberían saber perder y utilizar los cauces democráticos para demandar sus legítimas aspiraciones, en un legítimo disenso.

Normal en Europa Están en minoría en España, pero también lo están en Europa. Si nos fijamos en los países del entorno europeo, prácticamente todos establecen un modelo de laicidad positiva con cooperación entre las distintas confesiones y el Estado, que incluye la enseñanza en la escuela pública de las religiones mayoritarias. Bélgica, Italia, Escocia, Inglaterra, Alemania, con distintos sistemas, son un ejemplo de lo dicho. En todos ellos se imparte la asignatura de religión en la escuela pública. Por citar el caso de Bélgica, además está regulada la enseñanza del Corán con un convenio con el gobierno turco por el que se contratan laboralmente profesores con el título de teología coránica para impartir esa asignatura en la escuela pública.

Sólo Francia ostenta en solitario un modelo de separatismo y de laicismo de Estado. Y también es el país donde esta concepción de la laicidad en la escuela está dando lugar a mayores polémicas a raíz de la creciente presencia de alumnos musulmanes. Pero, incluso en Francia, en Primaria queda a disposición de las confesiones media jornada a la semana, para la enseñanza de la religión fuera de la escuela, y en Secundaria se deja libre una hora semanal dentro del propio centro para que un capellán pueda impartir esa enseñanza al que lo desee.

Después de una época en que el aspecto religioso fue proscrito de la escuela estatal, en los últimos tiempos se ha advertido que esto es una carencia cultural importante. Por este motivo, Jack Lang, ministro de Educación del anterior gobierno socialista, encargó al intelectual Régis Debray un estudio sobre cómo abordar el hecho religioso en los programas escolares. Régis Debray, antaño revolucionario con el Che Guevara en las montañas de Bolivia, defendió en su informe de marzo de 2002 sobre “La enseñanza del hecho religioso en la escuela laica” (ver servicio 45/02), que el hecho religioso es un hecho social, multidimensional, que también debe ser transmitido en la escuela. Debe ser estudiado con rigor y tomado absolutamente en serio, por pensable y vivible, por significativo y actual. Incluso quien no crea debe conocerlo en su dimensión exterior histórica.

Para entender el mundo La cultura religiosa, como asignatura específica y sometida a examen, es absolutamente necesaria en el mundo de hoy para no ser unos ignorantes. No basta que se trate transversalmente de esas cuestiones en otras materias. Sin conocer el fenómeno religioso no se puede entender con profundidad muchos temas. Por ejemplo, es imposible entender los derechos humanos y su interpretación sin conocer el contexto religioso y la religión profesada o criticada por sus protagonistas. Con mayor razón en el arte, la literatura, la historia y la filosofía. Es imposible entender la historia del pensamiento filosófico, jurídico y económico europeo sin conocer algo sobre la teología protestante (en sus versiones luterana y calvinista), la católica, y la anglicana.

No se llega a conocer con profundidad a Kant, Hegel o Marx sin saber algo sobre el pensamiento de Lutero, o entender a Adam Smith sin saber qué es el calvinismo, o a Hobbes y Locke sin conocer el anglicanismo. Todavía recuerdo la sabiduría oriental que demostró una economista japonesa con quien coincidí en la Universidad de Glasgow, que para entender la Economía clásica se matriculó, antes de leer La Riqueza de las Naciones, en una asignatura de estudio protestante de la Biblia.

La misma historia de España, el arte, la arquitectura, la pintura, la música están teñidas de religiosidad. Hasta para juzgar de los actuales conflictos mundiales hace falta conocer otras religiones como la islámica con mayor profundidad, sin caer en estereotipos ni prejuicios.

En la propia construcción de la Unión Europea el conocimiento del factor religioso se revela también importante. Así se reconoce en una declaración publicada en Le Monde (14-XI-2003) por una veintena de personalidades de procedencia muy diversa (escritores como Claudio Magris o el Premio Nobel de Literatura Imre Kertész; políticos como el socialista Mario Soares, ex presidente portugués, el democristiano italiano Emilio Colombo o el ex ministro de finanzas alemán Theo Waigel; un científico como el Premio Nobel de Física Carlo Rubbia; hombres religiosos como el cardenal Achille Silvestrini, o el ex gran rabino de Francia, René-Samuel Sirat). Hablando del espíritu común que puede animar la Europa unida, escriben: “Todo demuestra hoy las limitaciones de una visión estrechamente secularista de las sociedades europeas. El fin de la opresión ideológica y el ascenso de los fundamentalismos llevan entender mejor la realidad: uno de los rasgos más marcados de Europa es la separación flexible entre lo político y lo religioso, y el pleno ejercicio de la libertad de creencia como condición del desarrollo de la persona y del enriquecimiento de la vida social (…) Fenómenos tan diversos como la crisis de la transmisión entre las generaciones, las secuelas de la represión antirreligiosa y la invasión de una subcultura mediática y mercantil han llevado a los responsables más apegados a la laicidad a reconocer que la ignorancia sobre las religiones se ha convertido en una amenaza para la vida y para la cohesión de cada país, así como para el pleno desarrollo de la construcción europea”.

Lección del mundo protestante A tenor de la proporción de familias que escogen la enseñanza de la religión (ver cuadro en p. 4), se ve que el español medio quiere que sus hijos e hijas conozcan la religión que profesa y la historia de las religiones (aunque son cosas distintas, ambas necesarias). Después de 25 años de discusión sobre la enseñanza religiosa en la escuela, es ya hora de empezar una etapa en la que dediquemos las energías a proporcionar medios al profesorado que debe impartir la asignatura confesional y la de cultura religiosa. En los sucesivos años que he impartido cursos sobre interculturalidad en el Instituto de Ciencias de la Educación de la Universidad de Zaragoza a profesores de Secundaria y Bachillerato he sido testigo del malestar que ha creado la impartición de unas asignaturas alternativas a la religión mal planteadas, asignadas a los profesores recién llegados o a quienes debían completar su horario lectivo. Por su parte, el cuadro de profesores de enseñanza confesional se ha cubierto con profesorado de diversos niveles de preparación.

Es necesario que las personas encargadas de estas enseñanzas, como las de cualquier otra, estén bien preparadas. España sigue dividida muchas veces entre su clericalismo y su anticlericalismo. Una buena muestra del primero, a mi juicio, es que los estudios de teología se han contemplado sólo como parte de la formación de los sacerdotes. En ese punto, creo que debemos aprender una lección del mundo protestante, en el que los profesores que van a impartir las materias de cultura religiosa o historia de las religiones en la enseñanza secundaria y bachiller deben cursar en la Universidad del Estado una licenciatura pertinente, y otra licenciatura de teología confesional protestante o católica, o una especialidad dentro de la licenciatura o diplomatura de Magisterio para quienes impartan esas materias en primaria.

Esas carreras, incluida la confesional, denominada Divinity en las universidades anglosajonas, no es una carrera para clérigos, sino estudios cursados por profesores laicos que, por ejemplo en Alemania, Escocia e Inglaterra, opositarán como el resto de sus colegas para ser funcionarios de esas asignaturas en el sistema educativo estatal.

En España sólo algunas universidades de la Iglesia han articulado enseñanzas de la licenciatura de Teología a las que pueden acceder laicos. En cambio, los países europeos que he citado anteriormente ofrecen entre sus enseñanzas estatales dicha licenciatura. Hasta la republicana Francia conserva en Estrasburgo la licenciatura de Teología impartida en la Universidad del Estado, dándose el caso de que la alcaldesa de la ciudad es licenciada en esa materia.

Formación del profesorado En España, debido a la crispación del debate sobre la enseñanza de la religión, jalonado por una continua jurisprudencia del Tribunal Supremo, no se ha dado el clima adecuado hasta ahora para articular estas enseñanzas de mejor modo. En ocasiones, los profesores que imparten religión en los centros escolares públicos han sido víctimas de actitudes hostiles y sectarias en el claustro de docentes. Es ese sectarismo el que peca, en todo caso, de inconstitucionalidad.

En definitiva, hay que preparar adecuadamente el profesorado para impartir con rigor esas materias. De hecho, los programas de “Sociedad, Cultura y Religión” estaban en vigor en la legislación nacional y autonómica ya desde 1995 dentro de las materias alternativas a la religión, aunque en la práctica no se impartieran en casi ningún centro escolar.

En el futuro, cuando las aguas vuelvan a su cauce, y sean superados tanto el laicismo beligerante como el clericalismo de sacristía, habrá que articular en la Universidad estatal una licenciatura de ciencias teológicas (confesional) y una historia de las religiones (en este caso no doctrinal, sino descriptiva).

El siglo XXI será el de los laicos y no el del laicismo, y tampoco el del clericalismo, espero, pero eso está por hacer.

María Elósegui Itxaso (elosegui@posta.unizar.es) es Profesora Titular de Filosofía del Derecho en la Universidad de Zaragoza.

Jaime Nubiola, “La marea negra de la pornografía”, Aceprensa, 11.IX.2003

La pornografía es uno de esos temas de los que se habla poco, pero influye mucho. En la sociedad occidental solo se considera verdaderamente reprobable la denominada “pornografía infantil”, y, a juzgar por las reacciones que suscita cualquier intento de contener otras modalidades, hay más adicción de la que parece. También la “pornografía de lujo”, que pretende ser aceptada bajo el término de “erotismo”, se abre paso en los medios de comunicación, la publicidad o las modas. Por eso es interesante clarificar términos y deslindar campos, como lo hace el filósofo Jaime Nubiola en este texto, síntesis de una conferencia. Continuar leyendo “Jaime Nubiola, “La marea negra de la pornografía”, Aceprensa, 11.IX.2003″

Manuel Guerra, “La invasión de las sectas en el mundo hispánico”, Zenit, 14.IX.03

«La raíz principal de la difusión de las sectas radica en cada cristiano», alerta el especialista en historia de las religiones y sectas Manuel Guerra, autor de un nuevo libro en el que explica cuáles son las sectas y corrientes sectarias que acechan el mundo hispano. Guerra está convencido de que «sin una formación doctrinal, vibración interior y oración y dinamismo apostólico, el terreno puede quedar abonado para la penetración de las sectas». Manuel Guerra Gómez, experto en sectas, es el autor de un libro-guía para orientarse en este complejo mundo: «Las sectas y su invasión del mundo hispano: una guía», publicado por las Ediciones Universidad de Navarra (http://www.eunsa.es). Manuel Guerra es sacerdote de la diócesis de Burgos, profesor emérito en la Facultad de Teología del Norte de España, sede de Burgos, en la que sigue impartiendo Historia de las Religiones.

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Giovanni Lajolo, “La libertad religiosa, piedra angular de la dignidad humana”, Zenit, 7.II.05

Intervención del arzobispo Giovanni Lajolo, secretario de las relaciones de la Santa Sede con los Estados, en el congreso sobre la libertad religiosa celebrado el 3 de diciembre en la Universidad Pontificia Gregoriana por iniciativa de la embajada de Estados Unidos ante la Santa Sede.

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Julián Marías, “Males presentes”, ABC, 31.X.2002

HACE cosa de veinte años dije que tres males amenazadores del mundo actual, en especial de Occidente -el terrorismo organizado, la difusión universal de la droga y la aceptación social del aborto-, se habían constituido y consolidado en la decena de los años sesenta. Continuar leyendo “Julián Marías, “Males presentes”, ABC, 31.X.2002″

José Ramón Ayllón, “Entender el silencio de Dios eterno”, Arvo, 15.XI.02

Un niño judío, Elie Wiesel, llegó una noche a un campo de exterminio y más tarde escribió lo siguiente: “No lejos de nosotros, de un foso subían llamas gigantescas. Estaban quemando algo. Un camión se acercó al foso y descargo su carga: ¡eran niños! Si, lo vi con mis propios ojos. No podía creerlo. Tenia que ser una pesadilla. Me mordí los labios para comprobar que estaba vivo y despierto. ¿Cómo era posible que se quemara a hombres, a niños, y que el mundo callara? No podía ser verdad. Jamás olvidaré esa primera noche en el campo, que hizo de mi vida una larga noche bajo siete vueltas de llave. Jamás olvidaré esa humareda y esas caras de los niños que vi convertirse en humo. Jamás olvidaré esos instantes que asesinaron a mi Dios y a mi alma, y que dieron a mis sueños el rostro del desierto. Jamás olvidaré ese silencio nocturno que me quitó para siempre las ganas de vivir.” Aquel niño judío no pudo entender el silencio del Dios eterno en el que creía, del Señor del Universo, del Todopoderoso y Terrible. Tampoco pudo entender la plegaria sabática de los demás prisioneros. “Todas mis fibras se rebelaban. ¿Lo alabaría yo porque había hecho quemar a millares de niños en las fosas? ¿Porque hacia funcionar seis crematorios noche y día? ¿porque en su omnipotencia había creado Auschwitz, Birkenau, Buna y tantas fábricas de la muerte? Un Dios todopoderoso y bueno, ¿podía crear un mundo sin mal. Si no podía, no es todopoderoso; si podía, le falta bondad. Estamos ante el dilema clásico, desde Confucio hasta Voltaire; la existencia del mal y del sufrimiento es el principal obstáculo para la fe en Dios, y el argumento más importante en favor del ateísmo. Los hombres niegan a Dios porque observan que el mal triunfa, porque experimentan sufrimientos sin sentido. Sin embargo, la fe en Dios y en los dioses nació porque los hombres sufrían y sentían la necesidad de liberarse del mal. La existencia del mal se convierte en prueba de la existencia de Dios cuando provoca el descontento de este mundo y orienta a los hombres hacia otro mundo distinto. Los sofistas fueron los primeros en apreciar ese fundamento empírico de la conciencia religiosa.

Es oportuno volver a las palabras de Zeus y recordar que no es decente echar sobre Dios la responsabilidad de nuestros crímenes. Pero nos gustaría preguntarle por qué se ha concedido a los hombres la enorme libertad de torturar a sus semejantes; nos gustaría preguntar. Como Shakespeare, por qué el alma humana, que a veces lleva tanta belleza, tanta bondad, tanta savia de nobleza, puede ser el nido de los instintos más deshumanizados. Quizá sirva como respuesta la que ofrece Jean-Marie Lustiger, otro muchacho judío con una historia similar: “Yo tenía la sensación de que nos hundíamos en un abismo infernal, en una injusticia monstruosa. Hay en la experiencia humana abismos de maldad que la razón no puede ni siquiera calificar. Buenos virajes hacia lo irracional, donde las causas no están en proporción con los efectos. Y los hombres que encarnan esa maldad parecen pobres actores, porque el mal que sale de ellos les excede infinitamente. Son peleles, títeres insignificantes de un mal absoluto que los desborda. Y el rostro que se oculta no es el suyo es el de Satán. Sólo así se explica que una civilización que desea la razón y la justicia caiga en todo lo contrario: en la aniquilación y en el absurdo absoluto”.

Los dos adolescentes se salvaron de la barbarie nazi. Medio siglo después, a Wiesel le concedían el Premio Nobel de la Paz y Lustiger se convertía en arzobispo de París. La respuesta de Lustiger no es original. Desde antiguo, la magnitud del mal hace intuir, junto con un Dios bueno, la existencia de un principio maligno con poderes sobrehumanos. Pero, si el Dios bueno es todopoderoso, aparece como último responsable del triunfo del mal, al menos por no impedirlo. Sumergida en el mal, la historia humana se convierte a veces en un juicio a Dios, en su acusación por parte del hombre. Hay épocas en las que la opinión pública sienta a Dios en el banquillo; ya sucedió en el siglo de Voltaire, y sucede ahora. El periodista Vittorio Messori interpela al papa, representante y defensor del Dios bíblico: “¿Cómo se puede confiar en un Dios que se supone Padre misericordioso, a la vista del sufrimiento, de la injusticia, de la enfermedad, de la muerte, que parecen dominar la gran Historia del mundo y la pequeña historia cotidiana de cada uno de nosotros?” “La contestación del Pontífice es de una radicalidad proporcionada a la magnitud del problema: el Dios bíblico entregó a su Hijo a la muerte en la cruz. ¿Podía justificarse de otro modo ante la sufriente historia humana? ¿No es una prueba de solidaridad con el hombre que sufre? El hecho de que Cristo haya permanecido clavado en la cruz hasta el final, el hecho de que sobre la cruz haya podido decir como todos los que sufren: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, ha quedado en la historia del hombre como el argumento más fuerte. “Si no hubiera existido esa agonía en la cruz -dice Juan Pablo II-, la verdad de que Dios es Amor estaría por demostrar.” Cuando Ulises regresa a Ítaca -su patria-, se presenta disfrazado ante su porquero Eumeo con aspecto de anciano harapiento. Eumeo no le reconoce, pero se compadece y le acoge con hospitalidad. Ulises lo agradece de veras y el porquero le explica que “no es santo deshonrar a un extraño ni aunque viniera uno más miserable que tú, pues todos los forasteros y mendigos son de Zeus”. Desde Homero, la referencia a la Divinidad se ve como indispensable para dotar al hombre de inviolabilidad. El Libro Eterno, más explícito, define al hombre como hijo de Dios, y sabemos que cualquier otra definición rebaja peligrosamente su dignidad. Si ser considerado hijo de Dios no siempre ha sido suficiente para proteger al hombre, ser mero animal racional o animal social es dar demasiadas facilidades para pisotearlo.

André Frossard, “¿Y si la ciencia demostrara que Dios no existe?”, Arvo, 15.XI.02

“Esta pregunta se hace eco de un temor, muy habitual entre los creyentes, ante el auge de las ciencias naturales que contradicen en no pocos puntos su credo religioso, al tiempo que manifiesta una esperanza avivada periódicamente por el ateísmo militante. Ese temor fue el que indujo a los rectores de la Iglesia a condenara Galileo, no a la hoguera, ciertamente, sino a una especie de “arresto domiciliario”, castigo que no deja de tener su ironía referido á un hombre que se mostraba seguro de estar dando vueltas alrededor del sol. Para aquellos eclesiásticos, la tierra debía ocupar el centro del mundo universo, y pretender lo contrario suponía infligir a la Escritura santa un agravio lindante con la blasfemia. Tuvo que pasar un siglo para que se reconociera el error y para que se cayera en la cuenta de que la importancia de la tierra no dependía de su localización en el espacio. Los creyentes sufrieron mucho en el siglo XIX ante las declaraciones de Marcelin Berthelot en el sentido de que “en adelante, el universo no guardará secreto alguno para los sabios”. En esa línea, es razonable pensar que llegue el día en, que se prescinda de “la hipótesis de Dios” forjada en los siglos oscuros de la ignorancia.” Sin embargo, el objeto de la ciencia no es más que lo observable y lo medible, y Dios no es nulo uno ni lo otro.

Para demostrar que Dios no existe, sería menester que lo que vosotros llamáis “la ciencia” descubriera un primer elemento que no tuviera causa, que existiera por él mismo, y cuya presencia explicara todo lo demás sin dejar nada fuera. Y justamente ese elemento es lo que nosotros llamamos Dios.

Extracto de “Preguntas sobre Dios”, Rialp, Madrid 1991, pp. 70-71.

——————————————————————————– El autor, André Frossard André Frossard nació en Francia en 1915. Como su padre, Ludovic-Oscar Frossard, fue diputado y ministro durante la III República y primer secretario general del Partido Comunista Francés, Frossard fue educado en un ateísmo total. Encontró la fe a los veinte años, de un modo sorprendente, en una capilla del Barrio Latino, en la que entró ateo y salió minutos más tarde “católico, apostólico y romano”.

Ateo perfecto, ni se planteaba el problema de Dios El ateísmo en André Frossard y su posterior y repentina conversión se entienden un poco más contemplando su propia familia, como nos lo cuenta él mismo: “Eramos ateos perfectos, de esos que ni se preguntan por su ateísmo. Los últimos militantes anticlericales que todavía predicaban contra la religión en las reuniones públicas nos parecían patéticos y un poco ridículos, exactamente igual que lo serían unos historiadores esforzándose por refutar la fábula de Caperucita roja. Su celo no hacia más que prolongar en vano un debate cerrado mucho tiempo atrás por la razón. Pues el ateísmo perfecto no era ya el que negaba la existencia de Dios, sino aquel que ni siquiera se planteaba el problema. (…) El mundo: material y explicable Dios no existía. Su imagen o las que evocan su existencia no figuraban en parte alguna de nuestra casa. Nadie nos hablaba de Él. (…) No había Dios. El cielo estaba vacío; la tierra era una combinación de elementos químicos reunidos en formas caprichosas por el juego de las atracciones y de las repulsiones naturales. Pronto nos entregaría sus últimos secretos, entre los que no había en absoluto Dios.

¿Necesito decir que no estaba bautizado? Según el uso de los medios avanzados, mis padres habían decidido, de común acuerdo, que yo escogería mi religión a los veinte años, si contra toda espera razonable consideraba bueno tener una. Era una decisión sin cálculo que presentaba todas las apariencias de imparcialidad. ¿A los veinte años quiere creer? Que crea. De hecho, es una edad impaciente y tumultuosa en la que los que han sido educados en la fe acaban corrientemente por perderla antes de volverla a encontrar, treinta o cuarenta años más tarde, como una amiga de la infancia… Los que no la han recibido en la cuna tienen pocas oportunidades de encontrarla al entrar en el cuartel…

Mi padre era el secretario general del partido socialista. Yo dormía en la habitación que, durante el día, servía a mi padre de despacho, frente a un retrato de Karl Marx, bajo un retrato a pluma de Jules Guesde (socialista que colaboró en la redacción del programa colectivista revolucionario) y una fotografía de Jaurès.

Fascinado por Marx Karl Marx me fascinaba. Era un león, una esfinge, una erupción solar. Karl Marx escapaba al tiempo. Había en él algo de indestructible que era, transformada en piedra, la certidumbre de que tenía razón. Ese bloque de dialéctica compacta velaba mi sueño de niño. (…) El domingo El domingo era el día del Señor para los luteranos, que a veces iban al templo, y para los pietistas, que se reunían en pequeños grupos bajo la mirada falta de comprensión de otros. Para nosotros era el día del aseo general, en el agua corriente del arroyo truchero, después del cual mi abuelo mi friccionaba la cabeza con un cocimiento de manzanilla…” Navidad sin sentido En Navidad, las campanas de los pueblos cercanos, que no encontraban eco entre nosotros, extendían como un manto de ceremonia sobre la campiña muerta. Nosotros también nos poníamos nuestros trajes domingueros para ir a ninguna parte (…) Almorzábamos en la mejor habitación, sobre el blanco mantel de los días señalados.

Sus padres unidos por el socialismo Entre las izquierdas la política se consideraba como la más alta actividad del espíritu, el más hermoso de los oficios, después del de médico, sin embargo. A ella debían mis padres, por otra parte, el haberse encontrado. Mi madre de espíritu curioso, había escuchado a mi padre hablar del socialismo ante un auditorio obrero, con la fogosidad de sus veinticinco años, una inteligencia combativa, una voz admirable. Desde aquel día, ella le siguió de reunión en reunión, por amor al socialismo, hasta la alcaldía. Cuando me contaba esa historia, yo no comprendía gran cosa. Para mí, mis padres eran mis padres desde siempre y no imaginaba que hubiesen podido no serlo en un momento dado de su existencia. La honestidad, la natural decencia de su vida en común, me habían dado del matrimonio la idea de una cosa que no podía deshacerse y que, al no tener fin, no había tenido comienzo.

La política llenaba la vida familiar Mi madre vendía al pregón el periódico de la Federación Socialista, completamente redactado por mi padre, entonces maestro destituido por amaños revolucionarios y reducido a la miseria. Pero la política llenaba la vida de mi padre. (…) Jesucristo hubiera sido de los suyos Rechazábamos todo lo que venía del catolicismo, con una señalada excepción para la persona -humana- de Jesucristo, hacia quien los antiguos del partido mantenían (con bastante parquedad, a decir verdad) una especie de sentimiento de origen moral y de destino poético. No éramos de los suyos, pero él habría podido ser de los nuestros por su amor a los pobres, su severidad con respeto a los poderosos, y sobre todo por el hecho de que había sido la víctima de los sacerdotes, en todo caso de los situados más alto, el ajusticiado por el poder y por su aparato de represión”.

Encontró a Dios sin buscarlo Pero sin tener mérito alguno Frossard, porque Dios quiso y no por otra razón, fue el afortunado en recibir el regalo de la conversión. El no buscaba a Dios. Se lo encontró: “Sobrenaturalmente, sé la verdad sobre la más disputada de las causas y el más antiguo de los procesos: Dios existe. Yo me lo encontré.

Me lo encontré fortuitamente -diría que por casualidad si el azar cupiese en esta especie de aventura-, con el asombro de paseante que, al doblar una calle de París, viese, en vez de la plaza o de la encrucijada habituales, una mar que batiese los pies de los edificios y se extendiese ante él hasta el infinito.

Fue un momento de estupor que dura todavía. Nunca me he acostumbrado a la existencia de Dios. Habiendo entrado, a las cinco y diez de la tarde, en una capilla del Barrio Latino en busca de un amigo, salí a las cinco y cuarto en compañía de una amistad que no era de la tierra.

Habiendo entrado allí escéptico y ateo de extrema izquierda, y aún más que escéptico y todavía más que ateo, indiferente y ocupado en cosas muy distintas a un Dios que ni siquiera tenía intención de negar -hasta tal punto me parecía pasado, desde hacía mucho tiempo, a la cuenta de pérdidas y ganancias de la inquietud y de la ignorancia humanas-, volví a salir, algunos minutos más tarde, “católico, apostólico, romano”, llevado, alzado, recogido y arrollado por la ola de una alegría inagotable.

Al entrar tenía veinte años. Al salir, era un niño, listo para el bautismo, y que miraba entorno a sí, con los ojos desorbitados, ese cielo habitado, esa ciudad que no se sabía suspendida en los aires, esos seres a pleno sol que parecían caminar en la oscuridad, sin ver el inmenso desgarrón que acababa de hacerse en el toldo del mundo. Mis sentimientos, mis paisajes interiores, las construcciones intelectuales en las que me había repantingado, ya no existían; mis propias costumbres habían desaparecido y mis gustos estaban cambiados.

Cómo lo encontró No me oculto lo que una conversión de esta clase, por su carácter improvisado, puede tener de chocante, e incluso de inadmisible, para los espíritus contemporáneos que prefieren los encaminamientos intelectuales a los flechazos místicos y que aprecian cada vez menos las intervenciones de lo divino en la vida cotidiana. Sin embargo, por deseoso que esté de alinearme con el espíritu de mi tiempo, no puedo sugerir los hitos de una elaboración lenta donde ha habido una brusca transformación; no puedo dar las razones psicológicas, inmediatas o lejanas, de esa mutación, porque esas razones no existen; me es imposible describir la senda que me ha conducido a la fe, porque me encontraba en cualquier otro camino y pensaba en cualquier otra cosa cuando caí en una especie de emboscada: no cuento cómo he llegado al catolicismo, sino como no iba a él y me lo encontré. (…) Nada me preparaba a lo que me ha sucedido: también la caridad divina tiene sus actos gratuitos. Y si, a menudo, me resigno a hablar en primera persona, es porque está claro para mí, como quisiera que estuviese enseguida para vosotros, que no he desempeñado papel alguno en mi propia conversión. (…) Una revolución exraordinaria Ese acontecimiento iba a operar en mí una revolución tan extraordinaria, cambiando en un instante mi manera de ser, de ver, de sentir, transformando tan radicalmente mi carácter y haciéndome hablar un lenguaje tan insólito que mi familia se alarmó. Se creyó oportuno, suponiéndome hechizado, hacerme examinar por un médico amigo, ateo y buen socialista. Después de conversar conmigo sosegadamente y de interrogarme indirectamente, pudo comunicar a mi padre sus conclusiones: era la “gracia”, dijo, un efecto de la “gracia” y nada más. No había por qué inquietarse.

Hablaba de la gracia como de una enfermedad extraña, que presentaba tales y cuales síntomas fácilmente reconocibles. ¿Era una enfermedad grave? No. La fe no atacaba a la razón. ¿Había un remedio? No; la enfermedad evolucionaba por sí misma hacia la curación; esas crisis de misticismo, a la edad en que yo había sido atacado, duraban generalmente dos años y no dejaban ni lesión, ni huellas. No había más que tener paciencia.

Se me toleraría mi capricho religioso a condición de que fuese discreto, como lo serían conmigo. Se me rogó que me abstuviese de todo proselitismo en relación con mi hermana menor. Ella se convertiría a pesar de todo al catolicismo, y mi madre también, bastantes años después de ella”.

Best-seller mundial Frossard escribió el libro de su conversión, “Dios existe. Yo me lo encontré” (Editorial Rialp), que mereció el Gran Premio de la literatura Católica en Francia en 1969, y que se convertiría en un best-seller mundial.

En 1985 fue elegido miembro de la Academia y trabajó en la Comisión del Diccionario. Muere en París en 1995 a los 80 años de edad, tras haber sido uno de los intelectuales católicos franceses más influyentes de su país en el presente siglo.

Andrés Ollero, “Religiones y solidaridad”, El Grado, 20.IV.2002

Conferencia pronunciada en las III Jornadas del Voluntariado, promovidas por la ONG Cooperación Social en El Grado (Huesca, España).

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Informe sobre el estado de la libertad religiosa en el mundo, 26.X.02

WASHINGTON, 26 octubre 2002 (ZENIT).- El 7 de octubre el gobierno norteamericano hacía público su último informe sobre libertad religiosa en el mundo. A pesar de los muchos acuerdos internacionales que obligan a las naciones a garantizar la libertad religiosa, el informe observa: “Gran parte de la población mundial vive en países donde el derecho a la libertad de religión se ve restringido o prohibido”.

El informe internacional sobre libertad religiosa para el año 2002, prepab6987alf rado por el Departamento de Estado, es el cuarto informe de esta clase desde que entrara en vigor el Acta Internacional de Libertad Religiosa de 1998. El último informe cubre el periodo que va desde el 1 de julio de 2001 hasta el 30 de junio del 2002, y tiene información sobre más de 190 países.

La primera parte del informe se ocupa de las naciones donde se restringe la libertad religiosa. A la cabeza de la lista se encuentran los países considerados como totalitarios o autoritarios en sus intentos de controlar las creencias o la práctica religiosa. En Birmania, por ejemplo, “el gobierno generalmente se ha infiltrado o controlado los encuentros y actividades de prácticamente todas las organizaciones, incluyendo las religiosas”. Aunque las autoridades demuestran preferencia por el budismo, incluso el clero budista está severamente restringido en sus actividades, dice el informe.

Con respecto a China, el informe habla de la “dura represión” de aquellos grupos que carecen de aprobación oficial. Se ha intensificado en algunos lugares la campaña del gobierno para encauzar toda expresión religiosa en organizaciones que estén bajo supervisión, observa el informe.

La policía sigue cerrando mezquitas, templos y seminarios que no se someten a controles oficiales y “sobre todo los líderes de los grupos no autorizados, son con frecuencia objeto de hostigamiento, interrogatorio, detención y abuso físico, incluida la tortura”.

También recibe críticas Corea del Norte. “Los grupos confesionales y de derechos humanos fuera del país han mostrado numerosos informes sobre la manera en que los miembros de las Iglesias clandestinas son golpeados, arrestados y asesinados”, establece el informe.

Otros países asiáticos mencionados son Laos y Vietnam. El informe pone especial atención en la persecución de los protestantes Hmong en Vietnam, algunos de cuyos miembros han sido acusados de practicar la religión ilegalmente y han sido encarcelados con penas de más de tres años.

Cuba también está en la lista negra, pues según el informe, el gobierno mantiene “sus esfuerzos por mantener un fuerte grado de control sobre la religión”. El informe menciona la vigilancia a la que someten a los fieles las fuerzas de seguridad y añade: “La capacidad de las Iglesias para crear escuelas, formar a trabajadores religiosos, e imprimir material religioso está prohibida o severamente restringida”.

Naciones islámicas La siguiente categoría de países examinados incluye a aquellos que manifiestan hostilidad hacia las religiones minoritarias o no aprobadas. Muchos de estos países son islámicos. En Irán, por ejemplo, hay “una atmósfera de amenaza para algunas minorías religiosas”. Los grupos minoritarios sufren discriminación en áreas tales como empleo, educación y vivienda.

En Irak, continúa la persecución contra la minoría musulmana chií. El informe acusa al gobierno de “una brutal campaña de asesinatos, ejecuciones sumariales, arrestos arbitrarios, y detenciones prolongadas contra los líderes religiosos chiítas y sus seguidores”.

En cuanto a Pakistán, el Departamento de Estado de los Estados Unidos acusa al gobierno de ser incapaz de proteger los derechos de las minorías religiosas y de no estar dispuesto a actuar “contra las fuerzas sociales hostiles a quienes practican una fe diferente”. El informe también critica las leyes contra la blasfemia (cuyo castigo incluye la pena de muerte), que son usadas para acusar e intimidar a los musulmanes así como a otros creyentes.

El informe es incluso más duro cuando habla de Arabia Saudí. “No existe libertad de religión en Arabia Saudí”, establece. No se permite ninguna manifestación pública de creencias no musulmanas, constata. No se permite al clero de otras religiones entrar en el país para proporcionar servicios a sus fieles que viven en Arabia Saudí.

Ni siquiera los musulmanes se libran de la persecución. Los miembros de la minoría chií hacen frente “a una discriminación política y económica institucionalizada, incluyendo restricciones en la práctica de su fe”.

En Sudán, muchas de las víctimas de los ataques del gobierno en la larga guerra civil son miembros de grupos cristianos o de religiones indígenas, dice el informe. Los reclutamientos forzados y la esclavitud continúan en las zonas en guerra, al igual que la conversión forzada al Islam. “El reconocimiento del Islam por parte del gobierno como religión de Estado promueve una atmósfera en la que los no musulmanes son tratados como ciudadanos de segundo orden”, observa el informe.

También se critica a Turkmenistán y a Uzbekistán. El primero continúa restringiendo las manifestaciones religiosas; el gobierno impone severos límites a las actividades de las organizaciones no registradas. En Uzbekistán, los grupos islámicos no autorizados hacen frente a una “dura campaña”, mientras que las iglesias cristianas son toleradas solamente si no intentan lograr conversiones entre la población local.

Leyes no respetadas Otro grupo de países no son capaces de hacer cumplir las leyes existentes que supuestamente protegen la libertad religiosa. En Bangladesh, “con frecuencia la policía es lenta al tener que asistir a miembros de las minorías religiosas cuando son víctimas de crímenes, lo que contribuye a una atmósfera de impunidad”.

En Bielorrusia, la política gubernamental favorece a la Iglesia ortodoxa, mientras otros grupos hacen frente a un “creciente hostigamiento”. Una nueva ley en proceso de ser aprobada aumentaría las restricciones de la libertad religiosa. También se critica a Rusia por continuar utilizando la Ley sobre Libertad de Conciencia de 1997. El informe observa las dificultades que afronta el clero, especialmente los cristianos católicos y evangélicos, para obtener visados de entrada o permanencia en Rusia.

En Egipto se ha registrado cierta mejora, pero su gobierno continúa procesando a personas por creencias no ortodoxas. Y “el proceso de aprobación para la construcción de una Iglesia ha continuado siendo un desperdicio de tiempo y responde de manera insuficiente a las esperanzas de la comunidad cristiana”, dice el informe de Estados Unidos.

También se juzga la violencia religiosa en la India, particularmente los enfrentamientos de inicios de este año protagonizados por grupos hindúes en Gujarat. La hostilidad hacia los musulmanes en Gujarat ha estado relacionada con problemas en la coalición de gobierno, liderada por el Bharatiya Janata (BJP), partido nacionalista hindú “con lazos con grupos chauvinistas hindúes implicados en el pasado en ataques contra las minorías religiosas”.

Otro país criticado es Indonesia. Su gobierno “tolera en la actualidad los abusos contra la libertad de religión”, acusa el Departamento de Estado. Y en Nigeria, la introducción de la Sharia, o ley islámica, en varios estados del norte contradice cláusulas de la Constitución federal, observa el informe. Los miembros de las religiones minoritarias tienen que afrontar en muchas partes discriminaciones por parte de los funcionarios estatales.

Como en pasados informes, algunos países europeos –Bélgica, Francia y Alemania– son criticados por sus leyes que limitan las actividades de algunas sectas. El informe alega que estas leyes “anti-culto” podrían llevarse a la práctica “de forma que den como resultado la persecución de personas por su fe”. El informe también advierte que estas leyes, especialmente una francesa, podrían ser copiadas por otros países, donde las autoridades no serían tan cuidadosas a la hora de llevarlas a la práctica.

El 11 de octubre se cumplía el 40 aniversario del comienzo del Concilio Vaticano II. “La persona humana tiene derecho a la libertad religiosa”, establece Dignitatis Humanae, la declaración aprobada en el Concilio sobre libertad religiosa. La autoridad civil, observa el documento “excede sus límites si pretende dirigir o impedir actos religiosos”. Cuarenta años después, muchos hombres y mujeres del planeta esperan que este derecho básico se respete.

Tomado de Zenit, ZSI02102602

Massimo Introvigne, “La Nueva Era, respuesta equivocada a la búsqueda de sentido”, Zenit, 18.III.03

Entrevista al especialista en nuevos movimientos religiosos Massimo Introvigne.

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Mary Ann Glendon, “La fe, sin rebajas”, 23.I.2003

Mary Ann Glendon, nombrada doctor honoris causa por la Universidad de Navarra, propuso en su discurso un mayor arrojo de los católicos para defender en la sociedad los valores cristianos. Para ello, es necesario conocer la propia ‘tradición intelectual’.

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J. Olorunfemi Onaiyekan, “La falta de libertad religiosa y el terrorismo fanático”, 10.X.01

CIUDAD DEL VATICANO, 10 octubre 2001 ( ZENIT.org).- Un gran promotor del diálogo con el mundo musulmán ha elevado su voz en el Sínodo para pedir que la asamblea condene con fuerza la violación de los derechos humanos que se da en algunos Estados islámicos, especialmente en los que el fundamentalismo es influyente.

Monseñor John Olorunfemi Onaiyekan, presidente de la Conferencia Episcopal de Nigeria, constató este martes al tomar la palabra ante los casi 300 participantes en la asamblea: «aquellas naciones que han seguido haciendo de la intolerancia y del fanatismo la bases de su política de Estado, son naturalmente terreno fértil para ese tipo de terrorismo que conmocionó el mundo el pasado 11 de septiembre».

«Y esto no sólo se aplica a los Talibán de Afganistán –aclaró el arzobispo de Abuja–, sino también muchas naciones que han gozado y gozan de respeto político de la así llamada “comunidad internacional”».

«Cuando una nación niega a algunos de sus ciudadanos el derecho fundamental a la libertad de religión y a la igualdad ante la ley, ¿no es acaso culpable de terrorismo de Estado?», preguntó.

Como ejemplo típico de esta situación, mencionó en particular el caso de Sudán «¿Tendrá este Sínodo el coraje para proclamar la verdad que el resto del mundo parece tener el miedo de admitir? –siguió preguntando– ¿Durante cuánto tiempo continuará admitiendo el mundo algunos regímenes que aceptan grandes violaciones de los derechos humanos en el nombre de la religión?».

El arzobispo de Abuja es un convencido impulsor del diálogo con el Islam. En su país, de 120 millones, la mitad son cristianos y la otra mitad musulmanes, algo que considera como una «situación privilegiada» en este campo.

Considera que a pesar de las revueltas que en algunos Estados se han levantado a causa de la imposición de la ley islámica («sharia»), musulmanes y cristianos viven en armonía y afrontan juntos los desafíos del país.

Por eso, considera que es realmente triste el hecho de que los medios de comunicación hablen de su país sólo cuando hay enfrentamientos entre creyentes de las dos religiones.

Estos altercados, que en ese país han dejado centenares de muertos en los últimos meses, tienen dos razones principales, reveló: –Las actividades de fanáticos, de los dos lados, que provocan crisis y conflictos que después acaban involucrando a todos.

–La manipulación de políticos que manipulan la religión para sus propios objetivos. El intento de imponer la «sharia» como ley del Estado es un caso típico.

La respuesta cristiana en la convivencia con el Islam, según el arzobispo nigeriano implica tres elementos: –Profundizar en la fe de nuestros cristianos, para que sean firmes testigos de su fe y respetuosos de los demás.

–Seguir tendiendo nuestras manos al diálogo y la colaboración con la gran mayoría de nuestros conciudadanos musulmanes, hombres y mujeres, que están dispuestos a vivir en paz unos con otros.

–Para garantizar el bien común, resistir y condenar la injusticia, incluso y especialmente cuando se proclama blasfemamente en nombre de Dios.

Monseñor Onaiyekan terminó su intervención con el saludo musulmán en árabe y latín «In-sha-Allahu», «Deo Volente. Amen».

Tomado de Zenit, ZS01101008

Informe sobre el estado de la libertad religiosa a inicios del siglo XXI, 28.III.01

El estado de la libertad religiosa a inicios del siglo XXI
“Ayuda a la Iglesia Necesitada” presenta un nuevo informe Continuar leyendo “Informe sobre el estado de la libertad religiosa a inicios del siglo XXI, 28.III.01”

Joseph Ratzinger, “Europa, política y religión”, Berlín, 28.XI.2000

La Declaración de Derechos Fundamentales, aprobada por los jefes de Estado y de Gobierno de la Unión Europea, revela el deseo de dar un fundamento de valores comunes a la Europa unida. ¿Hasta qué punto es apropiada para dotar de un núcleo espiritual común al cuerpo económico de Europa? Esto es lo que planteaba el Cardenal Joseph Ratzinger en una conferencia pronunciada el pasado 28 de noviembre en Berlín, cuyo texto íntegro ha sido publicado en español por NUEVA REVISTA DE POLITICA, CULTURA Y ARTE, nº73 (enero-febrero 2001): www.nuevarevista.com Continuar leyendo “Joseph Ratzinger, “Europa, política y religión”, Berlín, 28.XI.2000″

José Ramón Ayllón, “La tolerancia”

En un arrebato de optimismo, Confucio soñó con una época de tolerancia universal en la que los ancianos vivirían tranquilos sus últimos días; los niños crecerían sanos; los viudos, las viudas, los huérfanos, los desamparados, los débiles y los enfermos encontrarían amparo; los hombres tendrían trabajo, y las mujeres hogar; no harían falta cerraduras, pues no habría bandidos ni ladrones, y se dejarían abiertas las puertas exteriores. Esto se llamaría la gran comunidad.

El mundo sueña con la tolerancia desde que es mundo, quizá porque se trata de una conquista que brilla a la vez por su presencia y por su ausencia. Se ha dicho que la tolerancia es fácil de aplaudir, difícil de practicar, y muy difícil de explicar. Aparece como una noción escurridiza que, ya de entrada, presenta dos significados bien distintos: permitir el mal y respetar la diversidad. Su significado clásico ha sido «permitir el mal sin aprobarlo». ¿Qué tipo de mal? El que supone no respetar las reglas de juego que hacen posible la sociedad. Si algunos no respetan esas reglas comunes, la convivencia se deteriora y todos salen perdiendo. Por ello, quien ejerce la autoridad -el gobernante, el padre de familia, el profesor, el policía, el árbitro- está obligado a defender el cumplimiento de la norma común.

Defender una ley, una norma o costumbre, implica casi siempre no tolerar su incumplimiento. Pero hay situaciones que hacen aconsejable permitir la posición de fuera de juego y «hacer la vista gorda». Esas situaciones constituyen la justificación y el ámbito de la tolerancia entendida como permisión del mal. Hacer la vista gorda es un giro insuperable, porque expresa algo tan complejo como disimular sin disimular, darse y no darse por enterado. Esa es precisamente la primera acepción de tolerancia, prerrogativa del que tiene la sartén por el mango, que libremente modera el ejercido del poder.

Los clásicos llamaron clemencia a la tolerancia política. Séneca escribió el tratado De clementia para influir sobre un Nerón que empezaba a mostrar su cara intolerante. El filósofo estoico profundiza en la naturaleza del poder y presenta un verdadero programa de gobierno: el príncipe, corno alma que informa y vivifica el cuerpo del Estado, debe gobernar con una justicia atemperada por la demencia, que es moderación y condescendencia del poderoso. En El mercader de Venecia, Shakespeare hace un elogio insuperable de la clemencia: bendice al que la concede y al que la recibe; es el semblante más hermoso del poder, porque tiene su trono en los corazones de los reyes; sienta al monarca mejor que la corona, y es un atributo del mismo Dios. De forma parecida, Cervantes hace decir a don Quijote que se debe frenar el rigor de la ley, pues «no es mejor la fama del juez riguroso que la del compasivo». Y da este sabio consejo a Sancho, Gobernador de la ínsula Barataria: «Si acaso doblares la vara de la justicia, no sea con el peso de la dádiva, sino con el de la misericordia».

Decidir cuándo y cómo conviene hacer la vista gorda es un arte difícil, que exige conocer a fondo la situación, evaluar lo que está en juego, sopesar los pros y los contras, anticipar las consecuencias, pedir consejo y tomar una decisión. Está en juego el propio prestigio de la autoridad, la posible interpretación de la tolerancia como debilidad o indiferencia, la creación de precedentes peligrosos. Por ello, el ejercicio de la tolerancia se ha considerado siempre como una manifestación muy difícil de prudencia en el arte de gobernar. Marco Aurelio reconoce que recibió de su antecesor, el emperador Antonino Pío, la experiencia para distinguir cuándo hay necesidad de apretar y cuándo de aflojar.

Hay una tolerancia propia del que exige sus derechos. La oposición de Gandhi al gobierno británico de la India no es visceral sino tolerante, fruto de una necesaria prudencia. En sus discursos repetirá incansable que, «dado que el mal sólo se mantiene por la violencia, es necesario abstenernos de toda violencia». Y que, «si respondemos con violencia, nuestros futuros líderes se habrán formado en una escuela de terrorismo». Además, «si respondemos ojo por ojo, lo único que conseguiremos será un país de ciegos».

¿Cuándo se debe tolerar algo? La respuesta genérica es: siempre que, de no hacerlo, se estime que ha de ser peor el remedio que la enfermedad. Se debe permitir un mal cuando se piense que impedirlo provocará un mal mayor o impedirá un bien superior. La tolerancia se aplica a la luz de la jerarquía de bienes. Ya en la Edad Media se sabia que «es propio del sabio legislador permitir las transgresiones menores para evitar las mayores». Pero la aplicación de este criterio no es nada fácil. Hay dos evidencias claras: que hay que ejercer la tolerancia, y que no todo puede tolerarse. Compaginar ambas evidencias es un arduo problema. ¿Deben tolerarse la producción y el tráfico de drogas, la producción y el tráfico de armas, la producción y el tráfico de productos radiactivos? ¿Es intolerante el Gobierno alemán cuando prohibe actos públicos de grupos neozazis? ¿Y el Gobierno francés cuando clausura dos periódicos musulmanes ligados al terrorismo argelino? ¿Son intolerantes las legislaciones que prohiben el aborto? Todos los análisis realizados con ocasión del Año Internacional de la Tolerancia aprecian la dificultad de precisar su núcleo esencial: los límites entre lo tolerable y lo intolerable. John Locke, en su Carta sobre la tolerancia, asegura que «el magistrado no debe tolerar ningún dogma adverso y contrario a la sociedad humana o a las buenas costumbres necesarias para conservar la sociedad civil». Un límite tan expreso como impreciso, pero quizá el único posible. Hoy lo traducimos por el respeto escrupuloso a los Derechos Humanos, pomposo nombre para un cajón de sastre donde también caben, si nos empeñamos, interpretaciones dispares.

Ante una realidad con tantas lecturas y conflictos como individuos, no queda más remedio que confiar a la ley el trazado de la frontera entre lo tolerable y lo intolerable. Y aceptar la interpretación del juez. En todo lo que la ley permite, hay que ser tolerante. En lo que la ley no permite, el juez y el gobernante pueden ejercer la tolerancia con prudencia. Pero hay leyes injustas que toleran la injusticia, y jueces y gobernantes que juegan con las leyes justas. En ese caso, mientras se espera y se lucha por tiempos mejores, conviene recordar que ya Platón consideraba la corrupción del gobernante como lo más desesperanzador que puede lamentarse en una sociedad. La violación de la justicia por el máximo responsable de protegerla no es una sorpresa para nadie, y sólo cabe evitarla si el gobernante es capaz de encarnar el consejo de Caro Baroja: «mientras no haya una conducta moral individual estrictamente limpia, todo lo demás son mandangas».

La segunda acepción de tolerancia es «respeto a la diversidad». Se trata de una actitud de consideración hacia la diferencia, de una disposición a admitir en los demás una manera de ser y de obrar distinta de la propia, de la aceptación del pluralismo. Ya no es permitir un mal sino aceptar puntos de vista diferentes y legítimos, ceder en un conflicto de intereses justos. Y como los conflictos y las violencias son la actualidad diaria, la tolerancia es un valor que necesaria y urgentemente hay que promover.

Ese respeto a la diferencia tiene un matiz pasivo y otro activo. La tolerancia pasiva equivaldría al «vive y deja vivir», y también a cierta indiferencia. En cambio, la tolerancia activa viene a significar solidaridad, una actitud positiva que se llamó desde antiguo benevolencia. Los hombres, dijo Séneca, deben estimarse como hermanos y conciudadanos, porque «el hombre es cosa sagrada para el hombre». Su propia naturaleza pide el respeto mutuo, porque «ella nos ha constituido parientes al engendrarnos de los mismos elementos y para un mismo fin». Séneca no se conforma con la indiferencia: «¿No derramar sangre humana? ¡Bien poco es no hacer daño a quien debemos favorecer!». Por naturaleza, «las manos han de estar dispuestas a ayudar», pues sólo nos es posible vivir en sociedad: algo «muy semejante al abovedado, que, debiendo desplomarse si unas piedras no sostuvieran a otras, se aguanta por este apoyo mutuo». La benevolencia nos prohibe ser altaneros y ásperos, nos enseña que un hombre no debe servirse abusivamente de otro hombre, y nos invita a ser afables y serviciales en palabras, hechos y sentimientos (Epístolas a Lucilio).

En sus Pensamientos, el emperador Marco Aurelio nos confía que «hemos nacido para una tarea común, como los pies, como las manos, como los párpados, como las hileras de dientes superiores e inferiores. De modo que obrar unos contra otros va contra la naturaleza». Igual que nuestros cuerpos están formados por miembros diferentes, la sociedad está integrada por muchas personas diferentes, pero todas llamadas a una misma colaboración. Por eso, «a los hombres con los que te ha tocado vivir, estímalos, pero de verdad». Esta comprensión hacia todos debe llevarnos a pasar por alto lo molesto y desagradable, no con desprecio, sino con intención positiva: «Si puedes, corrígele con tu enseñanza; si no, recuerda que para ello se te ha dado la benevolencia. También los dioses son benevolentes con los incorregibles». Con resonancias socráticas, Marco Aurelio también dirá que «se ultraja a sí mismo el hombre que se irrita con otro, el que vuelve las espaldas o es hostil a alguien».

Voltaire, al finalizar su Tratado sobre la tolerancia, eleva una oración en la que pide a Dios que nos ayudemos unos a otros a soportar la carga de una existencia penosa y pasajera; que las pequeñas diversidades entre los vestidos que cubren nuestros débiles cuerpos, entre todas nuestras insuficientes lenguas, entre todos nuestros ridículos usos, entre todas nuestras imperfectas leyes, entre todas nuestras insensatas opiniones, no sean motivo de odio y de persecución.

En la misma estela de los grandes clásicos, el discurso final de Charles Chaplin en El Gran Dictador, es un canto a la tolerancia donde parece que oímos la vieja melodía de Confucio: –Me gustaría ayudar a todo el mundo si fuese posible: a los judíos y a los gentiles, a los negros y a los blancos ( … ). La vida puede ser libre y bella, pero necesitamos humanidad antes que máquinas, bondad y dulzura antes que inteligencia ( … ). No tenemos ganas de odiarnos y despreciarnos: en este mundo hay sitio para todos ( … ). Luchemos por abolir las barreras entre las naciones, por terminar con la rapacidad, el odio y la intolerancia ( … ). Las nubes se disipan, el sol asoma, surgimos de las tinieblas a la luz, penetramos en un mundo nuevo, un mundo mejor, en el que los hombres vencerán su rapacidad, su odio y su brutalidad.

Las profecías de Confucio y de Charles Chaplin no se han cumplido. Al contrario: Naciones Unidas ha proclamado 1995 Año Internacional de la Tolerancia, después de medio siglo de Auschwitz e Hirosima, porque se ha roto el consenso del «nunca más». La condición de toda «educación tras Auschwitz», propuesta por Theodor Adorno, ha fracasado. ¿«Nunca más» campos de concentración en Alemania cuando otros se han llenado en Bosnia? ¿«Nunca más» genocidios cuando el mundo sabe y tolera que mujeres, ancianos y niños hayan sido de nuevo vejados, torturados, violados o deportados en vagones de ganado? En estos años de fervor tolerante apreciamos en la tolerancia tres patologías. Primera patología: el abuso de la palabra. Dicen los pedagogos que el grado de eficacia de un consejo paterno está en relación inversa al número de veces que se repite. La tolerancia también puede aburrir por saturación, devaluarse por tanta repetición y manoseo. La sensibilidad humana crece salvaje si no se cultiva, pero también puede estragarse por sobredosis. Además, en la tolerancia se cumple el refrán «del dicho al hecho hay un trecho». Es decir, si sólo hay declaración de buenas intenciones, sólo habrá palabrería ineficaz.

Segunda patología: la intolerancia enmascarada. Debajo de muchas exhibiciones de tolerancia se esconde la paradoja del «dime de qué presumes y te diré de qué careces». Voltaire se pasó media vida escribiendo sobre la tolerancia y avivando los odios contra judíos y cristianos. Se veía a sí mismo como patriarca de la tolerancia, pero su amigo, Diderot lo retrató como el Anticristo, y media Europa le rechazó por no ver en él más que el genio del odio. En una de sus perlas más conocidas asegura que si «Jesucristo necesitó doce apóstoles para propagar el Cristianismo, yo voy a demostrar que basta uno solo para destruirlo». Por último, en el deslizamiento de la tolerancia hacia el permisivismo encontramos la tercera patología. Las consecuencias de este falseamiento son más graves en el ámbito de la educación escolar. Cuando en una tragedia de Eurípides se dijo que en materia de virtud lo mejor era mirar todo con indulgencia, Sócrates se puso en pie, interrumpió a los actores y dijo que le parecía ridículo consentir que se corrompiera así la educación.

José Ramón Ayllón, “Desfile de modelos” Tomado de www.ecojoven.com

Vicente Huerta, “En busca de un sincero progreso democrático”, PUP, 23.VI.02

La prisa es un elemento característico de los tiempos que nos ha tocado vivir. La prisa y el consumo marcan en gran medida la pauta de nuestro acontecer diario. Si uno necesita un traje, nada de ir al sastre, tomar medidas, etc. se va a unos grandes almacenes, elige un traje “prêt a porter” y ya está. Si se trata de comer, nada de guisos complicados, en cualquier supermercado pueden encontrarse alimentos precocinados y listo; o más fácil aún, unas hamburguesas con “ketchup” y todos contentos. Cuando se trata de tener opiniones sobre temas de actualidad, nada de leer libros gordos, que es aburridísimo, uno pincha la “tele” o abre el periódico y encuentra toda una gama de ideas “prêt a porter”, unas cuantas frases hechas que quedan bastante bien y ahorran el esfuerzo de pensar. De no haber un mínimo control de calidad, nos arriesgamos a tragarnos hamburguesas con carne de canguro canceroso o argumentos elaborados con tópicos de la más baja calidad.

Quisiera advertir aquí del peligro que supone la actual puesta en circulación -en el mercado de las ideas- de algunos razonamientos adulterados. Veamos una muestra tomada del pensamiento laicista; se dice una y otra vez: “en una sociedad pluralista como la nuestra es inadmisible y antidemocrático pretender imponer las propias convicciones a los demás, por lo tanto no se puede legislar según las normas de la moral católica”. Ciertamente, estamos en una sociedad plural y democrática, y es lógico que puedan surgir discrepancias: unos sostienen normas o principios éticos relacionados con sus creencias religiosas mientras, que otros, por no compartir esas convicciones, pueden defender lo contrario. Hasta aquí todos de acuerdo, ahora bien ¿cómo solventar esta discrepancia? En un sistema democrático es evidente que hemos de descartar la imposición violenta de un bando, pero atención, porque aquí es donde se descubre el fraude de esta argumentación.

“Como no se puede imponer a nadie -dirán los laicistas- una creencia religiosa, busquemos una solución neutral, legislemos abstrayendo de toda posición religiosa”. He aquí el truco: curiosamente, la solución “neutral” viene a coincidir con la opinión de uno de los bandos en litigio. Es como si dijéramos: usted propone que ciertos principios acordes con su fe han de inspirar la vida social, y yo sostengo unos principios contrarios a los suyos. Como no podemos ponernos de acuerdo, prescindamos de sus principios y no nos peleemos más.

Evidentemente, los creyentes no tienen por qué aceptar semejante “pluralismo trucado” en virtud del cual se les da por perdedores antes de empezar a jugar. ¿Acaso es menos ciudadano alguien por el hecho de tener convicciones cristianas? Y si no es menos ciudadano ¿Por qué ha de tener menos derecho a influir en la configuración de la sociedad en la que vive? Tienen razón quienes sospechan de un planteamiento que sólo funciona para negar a los cristianos el derecho de afirmar sus propios valores o sus propias tradiciones, mientras que permite al no creyente conservar arbitrariamente y sin necesidad de justificación alguna su propia postura, en una especie de “cara, yo gano; cruz, usted pierde”.

La confusión engendra confusión, y así, partiendo de este sofisma, se llega a afirmaciones tan sorprendentes como las de aquellos que dicen: “personalmente estoy en contra del aborto, pero me parece antidemocrático imponer mis convicciones a quienes no piensan así”. Resulta tan sorprendente como afirmar “personalmente estoy en contra de la injusticia pero no haré nada por implantar la justicia en el mundo” ¿Puede uno considerarse más demócrata al pensar de este modo? Semejante actitud no es muestra de talante democrático, lo que evidencia es debilidad de las propias convicciones. Siempre que emplee medios lícitos puedo y debo luchar por implantar la justicia a mi alrededor ¿acaso se puede tachar de antidemocrática la actitud de los ecologistas que luchan por lograr una legislación severa contra aquellas industrias altamente contaminantes? ¿sería más acorde con la sociedad democrática no querer imponer esas ideas a los demás y aceptar pacíficamente el hecho de que muchas y poderosas industrias contaminen? Un precedente significativo lo tenemos en el siglo pasado con respecto a la polémica sobre la esclavitud. Estados Unidos, 1857, el juez Roger B. Taney firmaba una sentencia con la que se ratificó y extendió la esclavitud. Sin embargo se daba la circunstancia curiosa de que el propio Taney estaba en contra de la esclavitud y de hecho había liberado años antes a sus propios esclavos. Personalmente estaba en contra de la esclavitud, pero no quería imponer sus puntos de vista a otras personas. Su decisión pasó a la historia como una de las más desafortunadas del siglo XIX. Las convicciones firmes y los valores verdaderos nunca serán un peligro para la sociedad democrática, sino la garantía de un auténtico progreso.

Fernando Ocáriz, “Sobre la Declaración Dominus Iesus”, 28.IX.00

Señalar obstáculos no es crearlos.

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Ignacio Sánchez Cámara, “Relativismo dogmático”, ABC, 27.X.2001

Apenas pasa un día sin que podamos asistir a una demostración del dogmatismo de quienes profesan, más bien de boquilla, el más displicente de los relativismos. Esta actitud goza de una inmerecida buena fama, pues pretende ir asociada a la tolerancia, a la ausencia de dogmatismo, a la aceptación de la posible razón del discrepante, en suma, a la posesión de un talante civilizado, elegante y exquisito. La verdad es que todas estas virtudes carecen de verdadero mérito en el relativismo consecuente, pues nada más natural que admita la razón del adversario quien estima que su posición es relativa, discutible y dudosa. En última instancia, el relativismo radical es incompatible con la tolerancia, pues la vuelve superflua e imposible. Se tolera lo que se estima deficiente, erróneo o falso. Lo que puede ser verdadero y acertado no se tolera; se acepta o se discute. Pero lo curioso es la facilidad con la que tantos relativistas confesos desmienten con sus palabras y sus obras la doctrina que dicen profesar. En ocasiones superan en dogmatismo y descalificación del adversario a quienes pretenden imponer el carácter absoluto y objetivo de su verdad. Nadie más dogmático que un relativista radical. También algunos de los más violentos se encuentran en las filas de los pacifistas. En primer lugar, están tan seguros de estar en posesión de la verdad, a pesar de su relativismo, que exhiben la más feroz arrogancia contra los que tildan de dogmáticos. Dogmatismo por dogmatismo, el suyo tampoco está mal. Las personalidades más autoritarias suelen encontrarse entre estos ardorosos relativistas de salón. En esto, cierta izquierda alcanza auténtica maestría. Todo es relativo, pero Castro es un benefactor de la humanidad. Todo es relativo, pero los Estados Unidos son culpables de todo el mal del mundo. Todo es relativo, pero la religión es un engaño. Todo es relativo, menos la razón indeleble y eterna que les asiste. En lo único en lo que son coherentes con su relativismo es en lo que se refiere a las dictaduras. Ahí todo depende: unas son buenas y otras malas. En el fondo, se trata de un falso relativismo unidireccional, de una pura coartada. Son relativistas a la hora de combatir las tesis que rechazan, pero son dogmáticos cuando defienden las suyas propias. Sus oponentes son dogmáticos. Ellos lo saben bien, aunque todo es opinable. En lugar de argumentar, descalifican. Si no les gusta una ley, es injusta y se incumple. Es un relativismo fingido y estratégico. La ley democráticamente aprobada es la suprema expresión de la justicia, pero sólo cuando gobiernan ellos. Son unos extraños relativistas, siempre dispuestos a lapidar dialécticamente, y, en los peores casos, de manera literal, al adversario. Son los representantes de un relativismo frenético y visceral. En la España de hace unas décadas, buena parte de la izquierda abrazó la filosofía analítica y el neopositivismo lógico, pensando tal vez que constituían una excelente manera de combatir al pensamiento metafísico tradicional, especialmente el religioso, instaurando el escepticismo en materias morales, políticas y religiosas. Mas omitían el pequeño detalle de que si su interpretación de esas teorías era correcta, también quedaban reducidos a añicos y cenizas sus propios postulados y, especialmente, su idolatrado marxismo. Se trataba para ellos de una herramienta útil para combatir al adversario, pero que se desvanecía y volvía inútil cuando se trataba de aplicársela a ellos mismos. El episodio, aunque ya lejano, permite aclarar la condición nativa de esta tan curiosa especie que goza de excelente salud.

Paul Johnson, “Devolvamos a Dios su sitio”, Nueva Revista, VI-VII.96

Fuerzas aparentemente irresistibles se agotan de repente sin avisar y modas dominantes se desvanecen, mientras reliquias a medio deshacer sobreviven. Los hombres y las ideas del ayer siguen su camino paso a paso, sin detenerse.

El gran acontecimiento del siglo xx ha sido la Muerte de Dios. Y ha sido un acontecimiento frustrado. Los intelectuales decimonónicos no estaban de acuerdo con la idea de Nietzsche de que Dios ya había muerto, pero estaban seguros de que sí lo estaría hacia el año 2000. Durante el siglo XX, los intelectuales han dado por sentado que la idea de Dios desaparecería prácticamente en el mundo occidental, y que sólo las sociedades atrasadas conservarían esa “superstición” religiosa. Y sin embargo, aquí estamos, al final de lo que supuestamente iba a ser el primer siglo de ateísmo, con Dios vivo y coleando, reinando en los corazones de miles de millones de personas en todo el mundo. Por supuesto, que gracias al crecimiento de la población hoy hay más gente que cree en Dios que a comienzos de siglo, y evidentemente, también hay más agnósticos; pero también creo que no hay más ateos que antes. El número de personas dispuestas a afirmar con contundencia que Dios no existe se ha reducido significativamente desde aquellos “buenos tiempos” del ateísmo organizado, a finales del pasado siglo: la Universidad de Oxford, bastión de las causas perdidas, ha nombrado hace poco a Richard Dawkins primer catedrático de Ateísmo: todo un síntoma. A finales del siglo XX, el porvenir de Dios es, en efecto esperanzador; incluso podría convertirse en Su siglo por excelencia. En el siglo XIX venerábamos el Progreso. Era algo real, visible, avanzaba con rapidez y resultaba, por regla general, benéfico, pero las desastrosas consecuencias de la Primera Guerra Mundial le hicieron perder su sentido y orientación. El Progreso había defraudado a la humanidad. Así pues, volvimos el rostro hacia la Ideología -hacia el comunismo, el fascismo, el “freudianismo”, e incluso hacia otros “ismos” más sombríos-. El siglo XX ha sido “la Edad de la Ideología” como el XIX lo fue del Progreso. Pero la Ideología también decepcionó a sus partidarios, y finalmente se hizo añicos a comienzos de los 90..

Una de las cosas que enseña la Historia acerca del género humano es que no podemos vivir sin creer en algo: la falta de creencias nos resulta insoportable. Quizá Dios, después de luchar por su supervivencia a lo largo del siglo xx, llene el vacío del siglo XXI y se convierta así en el heredero universal de aquellos titanes muertos. Llevo tiempo reflexionando sobre esta posibilidad, porque estoy a punto de publicar un pequeño estudio sobre Dios titulado The Quest for God: A Personal Pilgrimage (A la busqueda de Dios: un peregrinaje personal), que no será primordialmente, una obra piadosa; es una investigación, una pesquisa, aunque soy el primero en reconocer que no del todo lograda. Lo he escrito para satisfacer algo que percibo como una necesidad generalizada. Cuando las conversaciones empiezan a girar -lo que suele suceder- en torno a qué nos creemos hoy, suelo preguntar a la gente si cree en Dios: normalmente me responden con un sí: pero si insisto en lo que quieren decir con eso, dan la callada por respuesta o apartan la pregunta con bromas del tipo “estás yendo demasiado lejos, querido Watson” o “detalla más tu pregunta”. A la gente no le gusta decir “no sé”, o admitir que, por el momento, han pospuesto su reflexión sobre el significado de Dios, o sobre el hecho de aceptar Su existencia. Procuran evitar pensar sobre Dios de la misma forma que preferirían no pensar en la muerte -en la de ellos, quiero decir-. Incluso si intentan reflexionar sobre Dios, no saben cómo hacerlo. Por eso, me decidí a escribir un libro, para ordenar mis ideas sobre Dios, con la esperanza de que su lectura ayudaría a otras gentes a hacer lo propio con las suyas..

He abarcado en él la mayoría de las cuestiones, incluso las más complicadas, como por ejemplo: quién es Dios, por qué creó el Universo, cómo lo gobierna -si es que realmente lo hace- y por qué permite que prospere el mal. Hablo de los animales y de la posibilidad de que tengan alma, de la tierra y su futuro, de la probabilidad de vida en otros mundos, y de cómo afectaría eso a la idea de “nuestro” Dios. Y me he ocupado de las Postrimerías: la Muerte, el Juicio Final, el Cielo y el Infierno, y finalmente, de la oración, el asunto de mayor trascendencia, pues constituye nuestra forma de ponernos en contacto con ese misterioso Ser..

Escribir este libro ha revestido más dificultades de las que hubiera podido imaginar, porque descubrí las carencias y los abismos de incertidumbre y duda que albergaba en mi interior. Creí que tendría respuesta para la mayoría de las preguntas, pero caí en la cuenta de las pocas que tenía, por lo que tuve que estudiar todo de nuevo y dedicar muchísimas horas a la lectura. Pero estoy satisfecho del esfuerzo realizado porque ahora tengo las cosas mucho más claras que antes. También mi fe es más firme y, sobre todo, estoy inmensamente satisfecho de haber conseguido conservar prácticamente intactas, de una forma u otra, y a través de los avatares sufridos durante seis décadas, las creencias que me enseñaron mis padres. La fe en un Dios justo y todopoderoso es el mayor de los regalos. Podemos preferir nacer guapos o ricos, listos o atractivos, pero la fe es una herencia mucho más valiosa que cualquiera de esos dones..

Cuando paso el fin de semana en Londres voy a misa de once al convento de los Carmelitas de la calle Kensington Church. Esta misa, cantada en latín, con una sencilla homilía, y en la que todos los asistentes comulgan, representa todo el esplendor y atractivo del catolicismo. Después de la misa suelo tomar café, con Antonia Fraser, mi amiga de siempre y colega, y a menudo hablamos de la suerte que es ser católicos y tener acceso a este sustento espiritual único; puede sonar a complacencia, pero no es más que humilde gratitud. Nuestra fe es una especie de armadura que, lo merezcamos o no, nos protege frente a los ataques y sinsabores de la vida, y nos hace sentirnos seguros y privilegiados en su seno.

Me gustaría que todo el mundo tuviera algo parecido, y aunque no hago proselitismo, sí rezo por la conversión de las personas que quiero y, por supuesto, por la de toda la humanidad. Estoy deseando medir mis fuerzas en un debate con los adalides del otro lado. Si Dawkins, el catedrático de Ateísmo de Oxford, quiere debatir conmigo, me da lo mismo discutir acerca de la existencia de Dios en la radio, en la televisión o en cualquier otro foro público: ya ha llegado el momento de asumir con firmeza las propias creencias y defenderlas. A medida que se acerca el nuevo milenio, tengo la impresión de que este fermento de religiosidad que ya existe se multiplicará. Muchos renacimientos religiosos han brotado de lo más profundo de la sociedad. El cristianismo mismo empezó como una religión para los pobres, para las mujeres, los desfavorecidos, los parias. Puede que ocurra de nuevo así, pero sospecho que más bien prenderá -al menos en mi país- entre las clases altas, entre los intelectuales y las gentes instruidas. A mi juicio, vamos a vivir tiempos apasionantes en los próximos años, al comienzo de un nuevo siglo en el que Dios encontrará de nuevo su plena justificación. La batalla será encarnizada. Si tengo fuerzas, estaré en primera línea de combate.

Tomado de NUEVA REVISTA, nº 45, Junio-Julio 1996, pp. 66-69.

Rafael Navarro-Valls, “La primera de las libertades” (libertad religiosa), El Mundo, 18.VIII.97

Lo que no se logró en las conferencias de El Cairo y de Beijing o en el debate sobre la ampliación de la OTAN lo ha conseguido la libertad religiosa. Me refiero a la coincidencia de Juan Pablo II, Clinton y Yeltsin frente al proyecto de ley sobre libertad de culto, aprobada hace unos días por el Parlamento ruso. Tengo delante el texto íntegro de la carta enviada por el Papa a Yeltsin, alentándole a dar una nueva redacción a la ley rusa. También, el ultimátum del Senado de EEUU a Rusia por la restricción de la actividad de las confesiones protestantes, el informe que acaba de hacer público el Departamento de Estado norteamericano sobre el estado de la libertad religiosa en el mundo, y los términos del veto del presidente ruso, que deja en suspenso la promulgación de la ley aprobada por la Duma. En los cuatro documentos, un punto de convergencia: la libertad religiosa es la primera de las libertades y su restricción supone una grave lesión de los derechos humanos.

La cuestión debatida en los medios nacionalistas rusos y en los foros internacionales es ésta: ¿el veto de Yeltsin es la lógica reacción de defensa frente a una lesión de las libertades básicas o, más bien, el fruto de una injerencia extranjera a través de una concertada presión internacional? El análisis de algunas actuaciones dispersas de las iglesias ortodoxas permitirá aclarar el interrogante.

Es sintomático que, mientras en las zonas musulmanas de Sarajevo los católicos y protestantes pudieron continuar practicando su culto, en la parte serbia se produjo una expulsión masiva de sacerdotes y ministros de otros cultos cristianos. En Grecia, la Constitución vigente dispone que «el proselitismo está prohibido». Esta cláusula es un medio de defensa de la Iglesia ortodoxa griega, que se remonta a la Constitución de 1844, donde se incluyó para frenar una campaña de la iglesia evangélica entre los estudiantes griegos. La intolerancia frente a otros cultos es tan evidente que no hace mucho el Tribunal de Derechos Humanos ha debido condenar a Grecia por reprimir penalmente el proselitismo intentado por un testigo de Jehová (caso Kokkinakis) sobre una mujer de religión ortodoxa.

Si ahora centramos la atención sobre la actuación de la Iglesia ortodoxa rusa se entiende algo más el veto de Yeltsin. La ley aprobada por el Parlamento ruso establece la primacía nacional de la Iglesia ortodoxa. Junto a ella, define confusamente como religiones «tradicionales» de Rusia -además de la ortodoxa- el islam, el budismo, el judaísmo y «otras religiones», que no precisa. Las religiones no explícitamente «tradicionales» deberán acudir a registrarse antes del 31 de diciembre de 1998. En el registro, para obtener el reconocimiento de «organización religiosa panrusa» y lograr plenos derechos públicos, una iglesia o confesión tendrá que presentar 100.000 firmas y demostrar que tiene «representaciones», hoy y desde hace más de 50 años, en al menos la mitad de las provincias rusas. Los que no consigan ese reconocimiento no gozarán de personalidad jurídica durante un mínimo de 15 años, de derechos de propiedad, de editar publicaciones, no podrán practicar culto público ni crear instituciones de enseñanza. Podrán ser sancionadas, entre otros supuestos, si hacen propaganda en favor de la objeción de conciencia.

Los términos restrictivos de esta ley -apoyada por el poderoso grupo comunista en la Duma- se explican por el contexto histórico ruso. El estado zarista y la Iglesia ortodoxa tuvieron un concepto monista de la autoridad. «Autocracia, ortodoxia y nacionalismo» fue el lema oficial del zar Nicolás I y sus sucesores. Aunque el sistema soviético proscribió la religión, Stalin utilizó la influencia de la Iglesia ortodoxa como elemento de cohesión del nacionalismo ruso. Y, más tarde, para acceder al estado clerical en la Iglesia ortodoxa había que firmar un documento de adhesión al KGB. Este dato -hecho público durante la glasnot de Gorbachov- ha erosionado el prestigio de la Iglesia ortodoxa, propiciando conversiones al catolicismo y al protestantismo. De ahí, entre otras razones, el temor ortodoxo a una ley que facilite el proselitismo de otras confesiones.

Ciertamente, no todo es juego limpio en el proselitismo. El peligro de manipulación o fraude es evidente. Pero en esta materia ocurre como con la libertad de expresión. Si se aceptan los valores de la prensa libre, es preciso también aceptar el riesgo de que parte de la prensa vaya a actuar irresponsablemente en un momento determinado. Como ha dicho Tom Wicker, no existe medio alguno con el que se pueda prevenir tal riego sin eliminar la libertad de prensa. También en materia religiosa el Estado tiene que correr el riesgo de la libertad. Es el ciudadano el que debe defenderse de la indoctrinación sectaria. No es bueno que el Estado intervenga -salvo especialísimos supuestos- creando zonas de incontaminación al amparo de influencias externas. El argumento de la «defensa del indefenso» suele ser, en esta materia, casi siempre la carta jugada por los Estados totalitarios.

Rafael Navarro Valls es Catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense de Madrid.

Joseph Pearce, “J.R.R. Tolkien o la lucha de la verdad contra el relativismo”, 19.XI.01

Entrevista a Joseph Pearce sobre el «Señor de los Anillos».

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Informe del Departamento de Estado de Estados Unidos sobre libertad religiosa, 17.XI.01

WASHINGTON, 17 noviembre 2001 (ZENIT.org).- El tercer “Informe sobre libertad religiosa en el mundo” elaborado por el Departamento de Estado norteamericano, recién publicado, hace mención especial a algunos países asiáticos, incluyendo, aunque no cause sorpresa, Afganistán.

La introducción al informe manifiesta que su propósito “es presentar el plan de acción de Estados Unidos para promover la libertad religiosa en el mundo”. El informe abarca el periodo que se extiende entre el 1 de julio del 2000 al 30 de junio del 2001.

Los países particularmente censurados son aquellos que son definidos como “regímenes totalitarios o autoritarios”, que buscan un monopolio de las ideas.

Asia en la mira Los talibán en Afganistán son culpables de una “marcado deterioro de la libertad religiosa” por la rígida aplicación de la “charia”, o ley islámica. El informe cita la represión de la minoría chiíta, la destrucción de las dos estatuas gigantes de Buda, y la prohibición de actividades religiosas a los no musulmanes.

Birmania es otro país asiático destacado por su gobierno totalitario. El informe acusa a las autoridades birmanas de imponer restricciones, al infiltrarse en las reuniones y actividades de las organizaciones religiosas. El régimen ha bloqueado también los esfuerzos para promover los derechos humanos y la libertad política llevados a cabo por el clero budista.

En China, la libertad religiosa ha empeorado, afirma el informe. Las autoridades se han mostrado especialmente duras en relación con el movimiento Falun Gong y con los monjes budistas tibetanos.

En algunas regiones, las iglesias católicas clandestinas leales a Roma, así como casas-iglesia protestantes han sufrido ataques más frecuentes y persecución. Las autoridades han tomado medidas enérgicas contra las iglesias no registradas, y las han amenazado con chantajes, detenciones y demolición de sus propiedades.

También Laos y Vietnam son puestos en la picota. El gobierno laosiano, dice el informe norteamericano, ha forzado a cientos de cristianos para que firmen escritos de renuncia de su fe, y ha cerrado más de 65 iglesias.

En Vietnam se ha reprimido los grupos carentes de reconocimiento oficial, y se han mantenido las restricciones que sufrían las jerarquías y el clero de los grupos que han sido oficialmente reconocidos. Vietnam “sigue limitando el número de ordenaciones sacerdotales, la publicación de materiales religiosos, y las actividades educativas y humanitarias” dice el informe. El Estado también controla los grupos a través de evaluaciones políticas de sus líderes y de quienes serán sacerdotes o monjes.

En Corea del Norte, el panorama es todavía de persecución total. El documento del Departamento de Estado norteamericano ha notar que “grupos religiosos” y de derechos humanos han elaborado numerosos informes sobre cómo se ha golpeado a los miembros de las iglesias clandestinas, se les ha arrestado o asesinado a causa de sus creencias religiosas.

Resulta difícil de encontrar una confirmación independiente de estos alegatos, pero “el peso colectivo de las evidencias de estos casos de cruel trato a que se ve sometida la actividad religiosa ilegal, da crédito a estas informaciones”, dice el informe.

Fuera de Asia, Cuba destaca por sus restricciones. El Ministerio del Interior desarrolla actividades que incluyen “la infiltración, el seguimiento y el acoso de los grupos religiosos. El gobierno en pocas ocasiones permite la construcción de nuevas iglesias, y fuerza a muchos de los fieles a que busquen autorizaciones para reunirse en sus propios hogares. Obtener un permiso y comprar materiales para reparar las iglesias existentes sigue siendo un proceso largo y costoso”.

Países islámicos El informe dedica una sección a cómo algunos gobiernos persiguen a religiones minoritarias. En este grupo se incluye a un cierto número de países islámicos. Se critica a Irán el haber provocado sentimientos anti-bahai y anti-judíos con propósitos políticos. “Bahais, judíos, cristianos, mazdeístas y musulmanes sufíes sufren prisiones, acosos o intimidaciones a causa de sus creencias religiosas” afirma el informe norteamericano.

En Irak, donde los árabes sunníes dominan la vida política y económica, el gobierno discrimina sistemáticamente a los chiítas, y así “se restringen o prohíben muchas prácticas religiosas chiítas”. Se acusa a las autoridades de haber desarrollado durante décadas “una campaña brutal de asesinatos, ejecuciones sumarias, arrestos arbitrarios y detenciones prolongadas contra los líderes religiosos chiítas y sus adeptos”.

En Pakistán, donde en un domingo pasado, un grupo de cristianos fue masacrado mientras asistían a una ceremonia en una iglesia católica, el gobierno ha fallado en la protección de los derechos de las minorías. Las minorías son registradas en un sistema electoral separado y con frecuencia se convierten en objetivos fáciles de las leyes contra la blasfemia.

Arabia Saudita no sale mejor parada. “La libertad religiosa no existe en Arabia Saudita”, dice el informe llanamente. Todos los ciudadanos son obligados a ser musulmanes, y están prohibidas las manifestaciones públicas de las religiones no musulmanas. Incluso se persiguen las ceremonias privadas no musulmanas. Las autoridades no permiten entrar al clero en el país para llevar a cabo servicios religiosos no musulmanes.

Sudán es otro régimen islámico acusado de actividades represoras, especialmente contra los cristianos y las creencias tradicionales indígenas. Con dificultad se renuevan los visados de los sacerdotes católicos extranjeros, anota el informe, y “los no musulmanes son tratados como ciudadanos de segunda clase”.

Dos antiguas repúblicas soviéticas de Asia central, Turkmenistán y Uzbekistán, se llevan también ataques en el informe. En Turkmenistán, el gobierno pide a todas las religiones que se registren, pero en realidad sólo se permite la inscripción al Islam Sunní y a la Ortodoxia rusa. En Uzbekistán, las autoridades continúan una “dura campaña contra los grupos islámicos no autorizados”.

Ofensas menos serias Se acusa a un cierto número de Estados de hacer muy poco para evitar violaciones de la libertad religiosa, llevadas a cabo por grupos privados u oficiales locales.

Entre esta clase de países se encuentra Egipto, donde cristianos y judíos sufren dificultades. En India, el gobierno central es acusado de impotencia en la salvaguarda de la libertad religiosa. Es evidente la falta de acción contra los grupos extremistas hindúes que atacan a las minorías. El gobierno de Indonesia viene considerado como “incapaz de controlar el extremismo religioso o de evitar la violencia cometida y motivada por grupos radicales que dicen representar ciertos puntos de vista religiosos”. El informe menciona, en particular, los asesinatos y las conversiones forzosas en las Molucas, y la introducción de ciertas partes de la ley islámica en la provincia de Aceh.

Se critica a Nigeria por sus tumultuosas relaciones entre musulmanes y cristianos. La introducción de la “charia” en cierto número de provincias norteñas ha elevado las tensiones.

No todo es negativo. El informe detecta progresos en México, Argentina, Azerbaiyán, Bosnia y Herzegovina, la República Checa, Guinea Ecuatorial, Eritrea, Hungría, Jordania, Kazajstán, Kenya, Mozambique, Perú, Polonia, Rusia y Ruanda. El llamamiento a la libertad religiosa parece que todavía se oye.

Tomado de Zenit, ZSI01111701

Robert Spaemann,”¿Qué es el fundamentalismo?”, Atlántida VII.1992

Qué es un fundamentalista? «Alguien que niega todo discurso, un fanático con el que no se puede hablar» Ésta sería la definición crítica del fundamentalismo. Otra de carácter apologético diría quizá: «Un hombre para el que algo es sagrado, y que no está dispuesto a negociarlo» De este modo podemos dibujar los contornos del problema que en nuestra civilización se esconde tras el término fundamentalismo. Origen del fundamentalismo El concepto ha dejado su ámbito de origen hace mucho tiempo. Pero hay que tener presente ese ámbito, para comprender este fenómeno universal. Fundamentalistas eran, en primer lugar, los protestantes americanos que—en contra de la ilustración científlca y la hermenéutica teológica—insistían en tomar al pie de la letra la Biblia y, especialmente, lo que dice sobre la creación, rechazando la teoría moderna de la evolución. El problema adquirió relevancia política con la cuestión de si el sistema educativo del Estado podía favorecer alguna de esas opiniones, concretamente, la teoría de la evolución. Es bueno dejar claro que un fundamentalismo suficientemente radical no entra en conflicto ni con la lógica ni con la experiencia. Desde David Hume sabemos que el common sense extrapola la validez de las leyes de la experiencia hacia el pasado y hacia el futuro, y esto hasta ahora nos ha ido bien. Pero no es posible hallar ni rastro de un argumento convincente contra aquellos que afirman que un día dejará de irnos bien, o que las leyes de la naturaleza empezaron a tener vigencia exactamente hace seis mil años, porque en aquel momento fue creado el vniverso, junto con su «pasado»—irreal—,es decir, junto con los fósiles. También en sueños vemos con frecuencia un pasado que trasciende la actualidad soñada, pero que es esencialmente pasado y nunca fue presente. E incluso dentro de la época en la que rigen nuestras leyes de la naturaleza, éstas no deciden sobre las excepciones, es decir, los milagros. Sólo dan la medida de su improbabilidad, pero esa medida carece de interés para lo que es esencialmente único. El sentido, visto como un todo, siempre es algo improbable, y una fe que se refiere al sentido de un acontecimiento se refiere por tanto, precisamente a lo inverosímil. El fundamentalismo cristiano es un fenómeno en gran medida protestante. «Que dejen prevalecer la Palabra y no se les dé las gracias por ello…» Este verso de Lutero presenta la Reforma como un movimiento fundamentalista, de regreso a los orígenes, lo que significa, sobre todo, regresar a las Sagradas Escrituras. Detrás de este movimiento latía la convicción de una falta de autenticidad de la corriente surgida en esa fuente, y de la falta de competencia de la instancia de interpretación que pretendía unir constantemente la evolución del cristianismo con su origen. Toda tradición es al mismo tiempo historia de la interpretación. Sócrates, preguntado acerca de por qué no escribió nunca un libro, respondió: «Un libro está indefenso, siempre precisa que su padre acuda en su ayuda.» Allí donde esta ayuda no se produce, mediante la delegación de poderes a una instancia que interprete—«quien a vosotros escucha, a mí me escucha»—,se puede cuestionar la legitimidad de la evolución de esa doctrina. Siempre puede y tiene que ver revisada por cada individuo. Pero la última instancia de revisión tiene que ser el propio texto, y a su vez éste sólo se da como interpretado, porque leer es ya interpretar. El fundamentalismo cree poder sustraerse a este círculo hermenéutico, que parece tornar todo arbitrario y todo —hasta el ateísmo compatible con la Biblia, mediante una literalidad del texto aparentemente libre de interpretaciones. «Que dejen prevalecer la Palabra…» La historia enseña que de tales lecturas literales de determinados textos siempre han emanado impulsos de revitalización y renovación de tradiciones. Como ejemplo, puede bastar San Francisco con su interpretación literal de algunas partes del Evangelio referidas a la pobreza. Pero igualmente claro es que cada una de estas reformas tenía a su vez que constituir algo así como una ortodoxia, es decir, una tradición interpretativa vinculante y fundante de una identidad. Naturalmente, en el protestantismo la ortodoxia siempre ha tenido un estatuto precario, porque los escritos en los que se basa no pueden apoyarse por su parte en una autoridad interpretativa específica, basada en la escritura. De este modo, la ortodoxia protestante siempre estuvo amenazada por dos lados: por el lado de la crítica histórica o la ilustración científica y por el lado del utopismo, que invoca directamente el testimonio del Espíritu Santo en el iluminado lector de la Escritura. La ortodoxia, en cambio, es una construcción intelectual católica. Presupone una instancia legitimadora de la evolución de la doctrina, es decir, una instancia que se remonte al origen y la tradición. El fundamentalismo es, por así decirlo, su contrafigura «protestante». El tradicionalismo católico La contraprueba de esta tesis es el tradicionalismo católico del arzobispo cismático Lefebvre. Él adoptó de hecho una postura fundamentalista, pero no en relación a la Biblia, sino en relación a antiguas manifestaciones doctrinales de la Iglesia que parecen difícilmente compatibles con las declaraciones del Concilio Vaticano II, sobre todo las referidas a la libertad religiosa. Sin duda, el Concilio ha declarado que «la doctrina, que nos ha sido transmitida de la obligación moral del hombre y las sociedades respecto de la verdadera religión y la única Iglesia de Jesucristo, permanece inalterada», pero no ha hecho intento alguno por garantizar la continuidad de la tradición y con ello la propia legitimidad haciendo que las nuevas manifestaciones mantuvieran una relación de re-interpretación con las antiguas. De este modo, era provisible el recurso fundamentalista a la validez «literal» de anteriores manifestaciones doctrinales eclesiásticas, aparentemente necesitadas de interpretación. Naturalmente, el fundamentalismo católico está en una situación tan trágicoparadójica como la ortodoxia protestante. Si el primero presupone de hecho un magisterio auténtico, esta última presupone el libre examen de los textos canónicos, es decir, un principio protestante. El fundamentalismo islámico Esta frase: «que dejen prevalecer la Palabra» podría servir también como grito de guerra de aquellos musulmanes que en Occidente se califica de fundamentalistas. También el fundamentalismo islámico es la reacción a la ruptura de una tradición y a la crisis de un identidad legitimadora de una evolución. Para que los cambios culturales puedan ser entendidos como progreso, hay que tener escalas que permitan distinguir las mejoras de los empeoramientos. Tales escalas aseguran la identidad, al unir la evolución a los propios orígenes, al entenderla como «cumplimiento» de lo que se ha dicho desde el principio. En sus tiempos de grandeza, el Islam desplegó un poderoso potencial creativo, filosófico y científicoartístico, superior en su época al del Occidente cristiano. Sin embargo, la moderna revolución científico-técnica no ha surgido en suelo islámico, sino que ha irrumpido en éste desde fuera, la mayoría de las veces bajo el signo del colonialismo. No fue casualidad que el tenebroso y sangriento fundamentalismo tuviera su centro en el país al que un déspota ilustrado había sido el primero en importar ideas occidentales de reforma agraria, tecnocracia, emancipación de la mujer y alfabetización. La truculencia del régimen iraní y el desafío a la comunidad de Estados civilizados producido por la llamada al asesinato de un escritor, no dejaron lugar a duda sobre la seriedad del fenómeno. La peligrosidad es tan sólo la otra cara de una pretensión seria. Un ciudadano occidental medio difícilmente puede imaginar que alguien se tome en serio el honor de Alá y el respeto a lo que los creyentes consideran una revelación divina. El hecho de que la revelación tenga en el Islam la forma de la transmisión de un libro, y no como en el cristianismo—la de la aparición de un hombre, hace del fundamentalismo, de la «literalidad», de la sola scriptura, un fenómeno genuinamente islámico, y de la cuestión de cómo «el padre puede venir en ayuda del libro» una cuestión abierta. Sólo una autoconciencia recobrada y fortalecida dará a los pueblos islámicos la tranquilidad, que es la única que puede hacer posible algunas respuestas creativas. Fanatismo y funcionalismo La civilización occidental preparó desde el siglo XVII el vocablo despreciativo «fanatismo» para aplicarlo a las convicciones incondicionadas, que escapaban al discurso universal. Al principio la palabra fue empleada por los católicos contra los protestantes, después por los protestantes ortodoxos contra los utopistas y, por último, por los protagonistas de la ilustración contra toda forma de fe revelada. El Islam pasaba por ser la forma de fe revelada más resistente a la transformación en «religión natural», y por tanto—como dijera Voltaire—,el prototipo del fanatismo. El fanatismo es la contrafigura del ideal del imperio de la razón, es decir, del discurso universal, racional y sin presupuestos sobre lo verdadero y lo falso, lo bueno y lo malo. Un discurso así debía ser posible y fecundo porque la razón, como escribió Descartes, es la cosa más uniformemente repartida del mundo. Imperio de la razón y derechos humanos parecían ser casi sinónimos. El historicismo del siglo XIX nos ha hecho conscientes de que el universalismo de la razón, los derechos humanos y la ciencia misma sólo pueden surgir en el territorio de una determinada cultura, con presupuestos muy específicos. El relativismo cultural del siglo xx afirma que estos postulados permanecen ligados a sus presupuestos históricos, es decir, que precisamente no pueden pretender una vigencia universal. En este sentido, hace algunos anos que Georg Picht salió al paso del universalismo de los derechos humanos como la expresión tardía de una metafisica fracasada en Europa. No tomaba en consideración que, para aquel que ha sido privado de ellos, la evidencia de los derechos humanos podría ser quizá un argumento a favor de la metafisica que llevan implícita. En la medida en que el universalismo europeo se emancipa de sus propios fundamentos, se autodisuelve. El resultado de esta autodisolución es un concepto teórico de racionalidad que se refleja sólo en la funcionalidad de los elementos del sistema y en los eventuales impulsos a la evolución producidos por las disfuncionalidades. El funcionalismo es una forma de pensar que, al entender todos los contenidos como funciones, los hace sustituibles por sus equivalentes funcionales. Convicciones dogmáticas, veredictos morales incondicionales —por ejemplo, frente a la tortura o el aborto , vínculos personales irrevocables, son cuerpos extraños en una civilización funcionalista. Sólo es capaz de entender los problemas morales que plantea la tecnología genética en términos de aceptación, pero no contribuye en nada a legitimar o impedir esa aceptación. Libertad y dignidad le parecen, a un cientifista ilustrado como Skinner, reliquias fundamentalistas que sólo pueden ser un impedimento en la construcción de una sociedad satisfecha y funcional. Se consideran obstáculos, como lo era para el teórico moderno de la soberanía, Thomas Hobbes, la frase bíblica «hay que obedecer más a Dios que a los hombres». Fundamentalismo y nacionalismo Una civilización que rompe de manera rotunda con sus orígenes provoca un fundamentalismo radical, que se remonta a toda la tradición histórica de Europa, y es el biológico. Este comienza ya a finales del siglo XIX. El cristianismo había pedido a los pueblos de Europa que se dejaran adoptar como «gentiles» por una nueva genealogía, que llamaran a Abraham «nuestro padre» e imitasen a sus reyes David y Salomón. El reino de los alemanes no había sido un reino alemán, sino el mismo Imperio Romano. Liberado de esta historia «colonial» e «invasora», el fundamentalismo biológico esperaba el despliegue del genuino potencial de la raza céltica o germánica. El nacionalsocialismo fue la primera toma de poder del fundamentalismo naturalista, que, aunque hijo de la ilustración cientifista, contemplaba su universalismo racional en materia de derechos humanos como parte de la herencia judeo-romana que había que superar. Por lo demás, el nacionalsocialismo fue una enseñanza respecto al destino que espera a todo fundamentalismo que alcanza el poder político: dejar de ser fundamentalismo (esto también es válido para el Islam). No por casualidad Hitler hizo reescribir la historia en la segunda mitad de su período de gobierno imperialista: Carlos, el «asesino de los sajones», volvió a ser «Carlomagno», y fueron precisamente los nacionalsocialistas los que eliminaron la antigua escritura germánica y la sustituyeron por la latina, usual en el resto de Europa, de forma que hoy los niños ya no saben leer las cartas de juventud de sus abuelos. El fundamentalismo verde El fundamentalismo biológico ha sobrevivido a su variante nacional, estatal-terrorista, y ha acogido en su seno nuevos motivos. También el fundamentalismo verde es un movimiento de deslegitimación. Se deslegitima una evolución civilizadora en nombre de algo originario, elemental, que en esta evolución no se desplegó, sino que fue reprimido y negado. Este algo originario ya no son las razas humanas, sino las especies naturales de la Tierra, y entre ellas la especie homo sapiens y sus amenazadas condiciones naturales de s pervivencia. Este movimiento es fu damentalista en tanto que recha. toda mediación social-históricojul dica para su escala de valores. El si tema social de las culturas más ava] zadas se basaba, desde su punto de vista, en la represión de la naturaleza y, por así decirlo, de la mujer como representante de la naturaleza dentro del sistema social. El racionalismo europeo no sería sino la culminación de tal historia de represión, que habría marcado y envenenado de forma sexista nuestras estructuras lingüisticas. La fuerza de este nuevo fundamentalismo estriba en un hecho indiscutible y en una opinión igualmente indiscutible. El hecho: el sistema industrial ha llevado al límite de lo tolerable nuestras condiciones naturales de vida. Eso ha hecho que por primera vez, éstas sean tematizadas, y que se tome conciencia de que todos los seres humanos estamos en el mismo barco en lo que a este peligro se refiere. La opinión: en este sentido, lo bueno y lo malo son magnitudes más o menos fijas. Son como son, independientemente del consenso o aceptación de que gocen. Si en relación a las condiciones de supervivencia tiene lugar un consenso y aceptación erróneos, posiblememte sea demasiado tarde para aprender del error. En este sentido, estamos ante uno de los muchos retornos inevitables del Derecho Natural, es decir, de lo correcto e incorrecto «por naturaleza». Cuando el fundamentalista no negocia algo es porque no está a su disposición. Rousseau decía que si los Estados infringían el Derecho Natural caerían en un estado de caos hasta que «la invencible naturaleza de las cosas vuelva a tomar el poder». Rousseau, al afirmar esto, pensaba en el caos social y político. Para los fundamentalistas verdes, el caos social es preferible, en determinadas circunstancias, a un orden social que produce tanto más caos externo cuanto más perfecta es su organización interna. Sin duda, también aquí vencerá al final «la invencible naturaleza de las cosas», pero en determinadas circunstancias eso llevará consigo la desaparición del homo sapiens de la superficie de la Tierra. Del hecho de que las condiciones de supervivencia no dependen de él, el fundamentalista deduce, equivocadamente por otra parte, que tampoco sus ideas al respecto están disponibles para ser corregidas, y del hecho de que la verdad no admite compromisos deduce que los compromisos siempre serán malos a la hora de alcanzar lo que cree correcto. En relación con esto, también es muy instructiva la forma de entender los derechos humanos del fundamentalismo verde. En primer lugar, está determinada por la tendencia a hacer desaparecer la diferencia entre derechos civiles y derechos humanos. Ni el pasado histórico común, ni la comunidad linguística, ni la disposición para formar parte de una comunidad solidaria con fines a largo plazo definen de manera relevante la unidad política, sino la categoría puramente natural de la «afectación» común actual. Esta concepción se vuelve explosiva cuando se une a una idea de los derechos humanos que no los entiende como derechos de defensa, sino como derechos de exigencia incondicionados de cada persona, ejecutables directamente. Por ejemplo, el derecho de ser acogido en nuestra comunidad—por princlpio en toda—mientras la acogida del «afectado» se vea como una mejora de su situación vital, es decir, mientras se eliminen los dec]ives de sus expectativas de vida, condicionados histórica y geográficamente, y la ley de la entropía de la sociedad mundial nivele todas las estructuras de la «buena vida». Fundamentalismo político El fundamentalismo político está en estrecho contacto con lo que Max Weber llamaba «ética de la convicción». En todo caso, parece que la distinción entre «ética de la convicción» y «ética de la responsabilidad» no existe en realidad. Weber llama «ética de la responsabilidad» a la que desarrolla una acción política que quiere alcanzar o provocar a medio plazo situaciones que considera deseables en el área limitada que le ha sido confiada. En cambio, la «ética de la convicción» es o bien la que contempla la responsabilidad como directa y limitada, es decir, que hay un responsable del resultado de una acción concreta, por ejemplo, la muerte de un hombre, o bien la que pone sus acciones al servicio de una estrategia a largo plazo en el marco de una visión global de los objetivos, y cuya justificación escapa, por tanto, a la valoración del common sense. Weber mostraba mayor respeto por la «ética de la convicción» en el primer sentido. Pero advertía que ésta no es una ética política. Sólo sería capaz de poner límites a la ética política. La segunda pretende ser ética política, pero tampoco lo consigue, porque, al fin y al cabo, sólo lleva a privar a las cosmovisiones políticas de su comprobación racional, y a exigir a su servicio una libertad de actuación ilimitada. Es por tanto, fanatismo en el sentido auténtico del término. La distinción entre las dos formas de «ética de la convicción» nos permite diferenciar también dos formas de fundamentalismo. El fundamentalismo es una postura esencialmente apolítica, porque el espacio de lo político es el espacio de la mediación, de la relativización funcional, de la ruptura con todas las exigencias de incondicionalidad. La absolutización del punto de vista político, la interpretación de todas las realizaciones humanas a través de su función política positiva o negativa es la característica del totalitarismo. Todo totalitarismo es antifundamentalista, aunque a menudo tenga un origen fundamentalista. Pero su antifundamentalismo no significa nihilismo, porque para la «humanidad común» podría decirse: cualquier persona es fundamentalista en algo. Hay símbolos de lo incondicionado que, aunque de naturaleza finita, contienen una exigencia incondicional para los seres finitos. Sin tales símbolos, la incondicionalidad se convierte en una palabra vacía y el hombre en un ser despreciable para el que nada es «sagrado», es decir, al que todo le está permitido. Por otra parte, lo incondicionado se presenta como objeto de respeto, no de imposición. Una política que impusiera los derechos humanos nunca podría tener la misma incondicionalidad que el mandato moral de respetar esos derechos. El análisis de estos temas es antiguo. Está expuesto insuperablemente en dos tragedias griegas, la Antigona de Sófocles y la Orestiada de Esquilo. Antígona es el prototipo insuperable de una fundamentalista negadora del discurso. La obligación de enterrar a su hermano se basa en una ley inmemorial de los dioses, que a la vez responde a la ley del corazón: «No estoy aquí para odiar, sino para amar.» Creón, el rey, fundamenta su prohibición en razones de Estado. Su insolencia radica en imponer un cálculo racional que no respeta como medida aquello que es más antiguo y «más fundamental» que el sistema político. Sin embargo, todavía no ha caído en la trampa de Hobbes de devaluar la frase «hay que obedecer más a Dios que a los hombres», declarándose como soberano y único intérprete auténtico de ese mandato divino. Pero en este caso el fundamentalismo que encierra esa frase, igual que el que hay detrás del comportamiento de Antígona no es directamente amenazador, desde el punto de vista político, por cuanto da pie a acciones sin duda desobedientes, de resistencia activa, de rebelión, pero no políticas. Antígona no quiere que su hermana Ismene tome parte en la empresa La actuación política sólo tiene sentido cuando es eficaz. Y sólo puede ser eficaz cuando sigue las leyes de la lógica política, cuando se aventura fuera de los muros de la fortaleza inexpugnable del fundamentalismo La tragedia clásica tiene también una obra maestra sobre el trato político legítimo con el fundamentalismo: la Orestiada de Esquilo. El poder político, el poder fundador de la polis de la paz, aparece aquí en la figura de Atenea, que ante el Areópago deposita su voto en la balanza a favor de Orestes, asesino de su madre: hay que poner fin a la cadena de muertes Pero las furias Erinias rugen. No quieren sacrificar su derecho fundamentalista y feminista a la vindicación del asesinato, a la nueva lógica de la paz. En realidad, Atenea no impone el derecho a las Erinias, sino que intenta, con éxito, apaciguarlas. Las invita a permanecer en la ciudad como «Euménides», como diosas benéficas, «despolitizadas» por así decirlo, y liga el bienestar de la ciudad a que estas diosas, que son más antiguas que ella misma, tengan siempre un lugar sagrado en su seno. Al ser privadas del poder político, su presencia se convierte en una garantía de que lo político no perderá su mesura y su respeto a lo «sagrado», que precede a toda política y que ella misma no puede generar. Tomado de http://www.unav.es/capellaniauniversitaria/

Joseph Ratzinger, “El fundamentalismo islámico”, 1993

Tomado de "Una mirada a Europa", Rialp, 1993.

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Antonio Argandoña, “La falta de valores y la empresa”, PUP, 11.II.2002

La falta de valores impide la buena marcha de la empresa.

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Joseph Ratzinger, “Debate sobre la existencia de Dios”, Zenit, 23.IX.2000

Debate entre Joseph Ratzinger y Flores d"Arcais. Continuar leyendo “Joseph Ratzinger, “Debate sobre la existencia de Dios”, Zenit, 23.IX.2000″

Juan Pablo II, “Ocho desafíos de la comunidad internacional”, 10.I.2002

CIUDAD DEL VATICANO, 10 enero 2002 (ZENIT.org).- Juan Pablo II expuso este jueves a los embajadores acreditados ante el Vaticano los ocho principales desafíos que, desde su punto de vista, tiene que afrontar en estos momentos la comunidad internacional.

Tras invitar a los gobiernos de los 172 países que mantienen relaciones diplomáticas con la Santa Sede a no dejarse «abatir por las dificultades del momento presente», hizo el elenco de estos retos que publicamos textualmente.

La defensa del carácter sagrado de la vida humana en toda circunstancia, en particular ante las manipulaciones genéticas; -la promoción de la familia, célula fundamental de la sociedad; -la eliminación de la pobreza, mediante esfuerzos constantes en favor del desarrollo, de la reducción de la deuda y de la apertura del comercio internacional; -el respeto de los derechos humanos en todas las situaciones, con especial atención a las categorías de personas más vulnerables, como los niños, las mujeres y los prófugos; -el desarme, la reducción de las ventas de armas a los países pobres y la consolidación de la paz una vez terminados los conflictos; -la lucha contra las grandes enfermedades y el acceso de los menos pudientes a las curas y los medicamentos básicos; -la salvaguardia del entorno natural y la prevención de las catástrofes naturales; -la aplicación rigurosa del derecho y de las convenciones internacionales.

Carlos Márquez, “Fondo cristiano de El Señor de los Anillos”, PUP, 21.XII.2001

Si hubiera que definir la personalidad de J.R.R. Tolkien, sería ineludible aludir a su condición de católico. Esta condición impregnó su obra de manera sutil pero indeleble. Su libro cumbre, «El Señor de los Anillos», cuya adaptación a la gran pantalla acaba de estrenarse, posee, según han constatado numerosos críticos literarios, un indiscutible poso cristiano. Tras quedar huérfano a los doce años, Tolkien fue acogido por el padre Francis Morgan, un jesuita de origen hispano-galés que tuvo una gran influencia en su vida. «Siempre tuve la súbita y milagrosa experiencia del amor, del cuidado y del humor de Fray Francis», dijo de él. ¿Se puede ver a la Virgen y al Espíritu Santo en su obra cumbre? Algunos así lo creen.

La madre de Tolkien se convirtió al catolicismo en 1900, cuando su hijo John Ronald Reuel tenía ocho años. La conversión de Mabel Tolkien le supuso un alejamiento de su familia y, por tanto, un acortamiento de sus medios económicos. Mabel Tolkien murió en 1904 y John Ronald, que entonces tenía 12 años, siempre atribuyó su muerte a la incomprensión y dureza de corazón de sus parientes anglicanos.

En una carta de 1958, en la que se definía a sí mismo, Tolkien sentenciaba: «Soy cristiano (lo que puede deducirse de mis historias), y católico apostólico romano». Sus convicciones religiosas las llevó a las páginas de sus libros, como ha recogido Humphrey Carpenter en la biografía que escribió de Tolkien. En ella, Carpenter reconstruye una de las múltiples conversaciones que mantuvieron Tolkien y Jack Lewis, ambos profesores de Oxford. «Venimos de Dios e inevitablemente los mitos que entretejamos, aunque contengan error, también reflejarán un fragmento desprendido de la auténtica luz, la verdad eterna que está con Dios. Nuestros mitos pueden estar errados, pero se encaminan, aunque temblorosamente, hacia el verdadero puerto, mientras que el progreso materialista sólo conduce a un abismo abierto y a la Corona de Hierro del poder del Mal», dijo Tolkien en aquella ocasión.

Similitudes con el cristianismo Son innumerables las similitudes que guardan «El Señor de los Anillos» y la teología católica. Por ejemplo, en una carta de 1971, Tolkien afirmaba que la imagen de Galadriel, un personaje de su libro, guardaba una semejanza con la Virgen María. «Creo que es verdad que este personaje debe mucho a la enseñanza cristiana y católica acerca de María y de la presentación de su imagen, pero en realidad Galadriel era una penitente», aseguró en aquella ocasión.

La Encarnación de Cristo encuentra un interesante paralelismo en «El Señor de los Anillos». En «El Anillo de Morgoth», Finrod, uno de los personajes, dice que «si Eru (Dios) no desea abandonar su obra a Melkor (el diablo), Eru debe venir a vencerle. Si Eru deseara hacer esto, no dudo que encontraría un modo, aunque no puedo predecirlo. Pues, así me parece a mí, incluso si Él en sí mismo hubiera de entrar en el mundo, Él debería también permanecer como es, el Autor en el exterior. Y sin embargo, Andreth, para hablar con humildad, no puedo concebir de qué otro modo podría alcanzarse la cura».

Algunos críticos también encuentran la huella del Espíritu Santo en el libro. En el Ainulindalë, cuando Eru muestra a los Ainur la visión generada a partir de su música, les dice: «¿Eä! ¿Que sean estas cosas! Y enviaré al vacío la Llama Imperecedera, y se convertirá en el corazón del Mundo, y el Mundo será».

La vida eterna, uno de los pilares del cristianismo, también cabe en la obra de Tolkien. La visión de Finrod en el mismo Athrabeth es elocuente: «Todo el tiempo que hablábamos de la muerte como la división de lo unido, yo pensaba en mi corazón en una muerte que no es así, sino el fin de ambos. […] Y entonces repentinamente contemplé como en una visión a Arda Rehecha. Y allí los Eldar, completa su historia, pero no finalizada, podían vivir para siempre en el presente, y caminar allí, quizás, con los Hijos de los Hombres, sus libertadores, y cantarles canciones que, incluso en el Gozo más allá del Gozo, hagan resonar los verdes valles y resonar como arpas».