Alfonso Aguiló, “Educar en humildad”, Hacer Familia nº 277, 1.III.2017

No hace mucho podía leerse en la prensa una curiosa noticia: “Pagar 30.000 libras para que enseñen humildad a tu hijo: Avenues llega a Londres”. Hubo un tiempo en que los colegios más exclusivos ofrecían ese valor añadido a través de sus instalaciones deportivas, idiomas o cursos de intercambio. Sin embargo, lo que ahora parece que muchos buscan en las escuelas de élite es que enseñen humildad. Y las familias más pudientes hacen cola para poder pagar esas cantidades en Avenues, The World School.

El primer campus fue inaugurado en septiembre de 2012 en Nueva York, en el selecto barrio de Chelsea, con una inversión de 60 millones de dólares. Hay muchos otros colegios prestigiosos, como Eton donde la matricula ronda los 37.000 libras anuales, pero esto de la humildad aparece ahora como algo novedoso. La pregunta es: ¿es fácil enseñar humildad a unos alumnos cuyos padres pagan esas cuotas? Los fundadores de Avenue no lo explican con mucha claridad, pero cada año hay lista de espera para poder acceder al centro.

Según ‘The New York Times’, Manhattan se ha transformado en un mercado para la creación de futuros líderes globales. Los jóvenes son emocionalmente inteligentes, pero poco humildes. Cuando se solicitó un informe para estudiar la creación de nuevas escuelas, preguntaron a las universidades más reputadas cuál era la carencia que encontraban entre los solicitantes de la Gran Manzana. Casi todas las respuestas giraron en torno a la idea de los valores, el compromiso cívico, la inclusión y la diversidad. En una palabra, la humildad. Y fue entonces cuando los fundadores de Avenues vieron la oportunidad de negocio.

No deja de ser extraño hacer negocio en torno a la humildad, pero parece que se trata de una virtud que todos apreciamos bastante. A nadie nos gusta trabajar o convivir con personas arrogantes, vanidosas o engreídas. Cuando vemos a alguien que se considera superior, que está siempre presumiendo, que no deja pasar ocasión de intentar quedar por encima de los demás, de contarnos todo lo que ha hecho o sabe hacer, lo normal es que esa persona nos cause bastante mala impresión. Sin embargo, él o ella lo hacen pensando que con eso quedan muy bien. Y ahí está una de las primeras paradojas de la soberbia: ciega tanto a las personas que les hace mostrarse de modo contrario a lo que desean.

Pienso que no está de más enseñar a todos desde pequeños, en la escuela y en la familia, a ser menos orgullosos, menos altivos, menos engolados. Que nos ayuden a entender que ser jactancioso o fanfarrón es algo penoso y, además, claramente contraproducente. Todo esto puede ser un poco más difícil para quien procede de las capas más altas de la sociedad, pero lo cierto es que siempre es difícil para todos, porque ninguno escapamos de los engaños de la vanidad o la soberbia. Por eso es una suerte poder desarrollar la propia psicología en un entorno de sencillez, modestia y humildad. Porque solo cuando esas actitudes calan en nuestro interior se abre camino la verdadera lucidez de la mente. Cuando nos hacemos fuertes ante la adulación desarrollamos mejor nuestra propia identidad. Solo construimos de verdad nuestro carácter cuando resistimos ante la indignación que tantas veces nuestro ego se encarga de alimentar equivocadamente. Solo avanzamos en la buena dirección si sabemos contener ese excesivo afán de protagonismo, o esa tendencia a sentirnos agraviados por cualquier cosa, o ese sutil deseo de despertar envidias, o de quedar siempre por encima de los demás. Solo entonces nos hacemos fuertes frente a los celos, los resentimientos o la altanería.

Todo ello es compatible con un sano deseo de agradar a los demás, de ser valorado, de ser reconocido, de gozar de una buena imagen ante los demás. Son sentimientos sanos y legítimos, pero les sucede como a cualquier órgano de nuestro cuerpo, que pueden funcionar de forma sana pero también pueden arruinarse porque un tumor los haga desarrollarse desordenada y anormalmente.

Alfonso Aguiló, “No lo sé”, Hacer Familia nº 276, 1.II.2017

Leo un simpático relato sobre un docente que cierto día se atrevió a responder con un “no lo sé” a un alumno. Proviene de un libro escrito por el profesor de economía Steven Levitt y el periodista Stephen Dubner, y que lleva por título “Piensa como un freak”.

El escenario es una clase en la que se propone a los alumnos la siguiente narración: “Una niña llamada Mary va a la playa con su madre y su hermano. Viajan en un coche rojo. En la playa nadan, comen un helado, juegan en la arena y almuerzan unos sándwiches.” Y estas son las preguntas que se plantean al hilo de esta narración: 1) ¿De qué color era el coche? 2) ¿Comieron pescado con patatas para almorzar? 3) ¿Escucharon música en el coche? 4) ¿Tomaron limonada en el almuerzo?

Un extenso grupo de escolares británicos, de edades comprendidas entre los cinco y los nueve años, respondieron a esas cuatro preguntas. ¿Cuál fue el resultado? Afortunadamente, casi todos los niños respondieron correctamente a las dos primeras preguntas. Pero lo sorprendente es que el 76% de los alumnos respondió a las dos últimas preguntas con un sí o un no, con toda seguridad.

Habría que preguntarse qué les llevó a responder sí o no a preguntas a las que no podían tener respuesta.

Quizá es porque parece que una de las frases más difíciles de pronunciar es “no lo sé”.

Un 76% es mucho. A lo mejor por eso hay tanto “experto” que opina sobre muchas cosas de las que sabe muy poco. Y a veces nosotros mismos nos encontramos opinando con bastante seguridad sobre cosas que no conocemos bien. ¿Por qué? ¿Será porque el coste de decir “no lo sé” nos parece más elevado que el de equivocarnos? Es una prueba de que muchas veces la inseguridad, la presión del grupo, el miedo al ridículo o a perder estatus… nos hace hablar de lo que no sabemos, aparentar lo que no somos, aun sabiendo que esa es una de las mejores maneras de hacer el ridículo y acabar perdiendo nuestra reputación.

Y hay una cuestión añadida. Mientras no se reconoce lo que todavía no se sabe, es bastante más difícil aprender. No debería ser ninguna humillación decir que no conocemos bien determinado asunto, pero que nos ha interesado y nos vamos a enterar bien. Es lo característico, por ejemplo, de un buen docente. Los profesores más sabios son los que saben que les queda mucho por aprender, y precisamente por eso aprenden tanto. Cuando sale un tema que no dominamos por completo, lo natural y lo constructivo es manifestar que no lo sabemos todo, pero que el tema es muy interesante y que, en ese momento, o más adelante, buscaremos el modo de profundizar en él.

Tener la valentía y la naturalidad necesarias para decir que no sabemos algo, es una muestra de autenticidad. Además, si nos dedicamos a enseñar y no sabemos algo, o no lo recordamos con precisión, lo más pedagógico es reconocerlo sin hacer aspavientos. Y manifestar interés por saberlo o recordarlo, y efectivamente después hacerlo: esa es la mejor enseñanza. De lo contrario, engañamos, no aprendemos, hacemos el ridículo y contribuimos a propagar la insensatez.

Un poco de sinceridad, de humildad y de ganas de aprender, seguramente nos viene bien a todos. En eso conviene ser un poco freak, un poco friki, salir de la burbuja, aprender a decir “no lo sé”, pensar con independencia, y profundizar más en el conocimiento y las razones de las cosas. Estar dispuesto a cambiar de opinión si nos ofrecen razones, a renunciar a lo que nos hagan ver que no es digno de nosotros, y a aprender a explicar bien por qué somos cómo somos y decimos lo que decimos.

Alfonso Aguiló, “Nudo gordiano”, Hacer Familia nº 275, 1.I.17

Cuenta una vieja leyenda griega que los habitantes de Frigia (en la actual Anatolia, Turquía) necesitaban elegir rey. Según su costumbre, consultaron al oráculo, que les respondió asegurando que el nuevo rey vendría por la Puerta del Este acompañado de un cuervo que se posaría en su carro, y que debían escoger a ese hombre como rey.

Ese hombre fue Gordias, un labrador que tenía por toda riqueza una carreta con sus bueyes. Cuando le proclamaron rey fundó la ciudad de Gordio y, en señal de agradecimiento, ofreció su carro al templo de Zeus, atando la lanza y el yugo con un nudo cuyos cabos se escondían en el interior del propio nudo. Tan complicado resultó el nudo, al decir de la leyenda, que nunca nadie lo pudo soltar, y se aseguraba que quien lo consiguiese desatar se haría dueño de toda Asia.

Cuando Alejandro Magno se disponía a conquistar el Imperio persa, ya en el año 333 a. C., tras cruzar el Helesponto, conquistó Frigia, y allí se enfrentó al difícil reto de desatar el famoso nudo gordiano. Para sorpresa de todos, resolvió el problema de un modo rápido e inesperado, y lo hizo segando el nudo de un tajo con su espada. Esa noche hubo una tormenta de rayos que simbolizó, según Alejandro, que Zeus estaba de acuerdo con la solución, y dijo: «tanto monta cortar como desatar» (da lo mismo cortarlo que desatarlo). Y parece que de ahí proviene el lema de Fernando el Católico, “tanto monta, monta tanto”, que hace alusión a este nudo: «tanto monta cortar como desatar», es decir, da igual cómo se haga, con tal de que se consiga.

Desde entonces, y siguiendo con la leyenda, la expresión “nudo gordiano” ha quedado asociada a un obstáculo de imposible superación, un misterio indescifrable o una disyuntiva cuyas salidas que son todas igualmente indeseables.

Lo habitual de los nudos gordianos es que necesitan soluciones fuera de su propia disyuntiva, es decir, soluciones diferentes, propias de lo que algunos llaman “pensamiento lateral”. Cortar el nudo gordiano es, por ejemplo, remontarse por encima de una discusión inacabable o improductiva y resolver la cuestión de una manera que se sale un poco de lo esperado, que cambia las reglas del juego, o en la que nadie había pensado pero que una vez aplicada se demuestra una buena solución.

Todos recordamos problemas que en su momento nos parecían irresolubles, pero que, pasado el tiempo, se arreglaron de un modo que nadie podía prever. Y sabemos que hay personas que tienen una especial capacidad para vislumbrar soluciones diferentes, para intuir salidas que se escapan de los dilemas en que a veces nos encontramos aprisionados.

Quizá en la educación todos tendríamos que poner mayor empeño en reflexionar sobre cómo reenfocar los problemas, para encontrar así soluciones más creativas, soluciones que superen esos desencuentros que tantas veces parecen irremediables. Soluciones que abran nuevos espacios de encuentro, que generen ideas nuevas que no choquen tanto con las ideas previas, que no pongan a los demás innecesariamente a la defensiva. Igual que los nudos no se desatan normalmente metiendo más presión, los problemas no suelen resolverse confrontándose con más energía sino encontrando nuevos caminos en los que caminar juntos.

Todos tenemos muchos nudos que cortar, tensiones que aflojar, empeños que renunciar, orgullos que superar, humillaciones que asumir y aceptar. Cuestiones que nos invaden y nos agobian pero que no se van a resolver por darles muchas más vueltas o dedicarles más energías. Cuestiones que quizá se arreglan dejando de pensar en lo que nos bloquea y abriéndonos a nuevas perspectivas, nuevos paradigmas que enmarquen de otra manera el problema, quizá descubriendo su esencia para entender mejor todas sus implicaciones.

Alfonso Aguiló, “Los malos tienen también su papel”, Hacer Familia nº 274, 1.XII.2016

Frodo y Sam lograron escapar de las cavernas de Ella-Laraña y llegaron a la caldera volcánica de Sammath Naur en el Orodruin (el Monte del Destino). Gollum los siguió durante todo este camino, esperando una oportunidad de tomarlos por sorpresa y robar el Anillo. Cuando Frodo y Sam casi llegaban a su destino, él los atacó, pero falló. Momentos más tarde, Frodo estaba parado en el borde de la grieta de la montaña y, en ese momento, casi con sorpresa para sí mismo, no se mostró dispuesto a destruir el Anillo, sino que lo reclamó como suyo y se lo puso en su dedo.

Entonces Gollum le atacó de nuevo. Ambos lucharon y finalmente Gollum le arrancó a Frodo el dedo de un mordisco. Para celebrar su logro, Gollum bailó al borde del abismo, levantando en alto su tan preciado tesoro. Fue entonces cuando dio un paso en falso al borde del gran pozo, perdió el equilibrio y cayó mientras sujetaba el dedo de Frodo junto con el Anillo, y cayendo daba un último grito de “¡Tessssssorooo!”.

Así, el Anillo, Gollum y el dedo de Frodo fueron destruidos en la lava del Monte del Destino. Gollum cayó junto con el Anillo al fuego del que había sido forjado, y al morir cumplió, por medio de su mala acción, la buena misión que Frodo y Sam no habían logrado culminar: destruir el Anillo y con él, el poder de Sauron en la Tierra Media.

Se podría decir que Gollum terminó involuntariamente haciendo el bien, pues si no hubiera atacado a Frodo, éste se habría quedado con el Anillo y eso le habría convertido en un nuevo Señor Oscuro; sin embargo, gracias a la maligna intervención de Gollum, el Anillo fue destruido.

Esta historia nos puede hacer pensar en todas esas ocasiones en que comprobamos cómo “los malos” tienen también su papel, y que muchas veces, sin querer, acaban facilitando o provocando cosas buenas, o incluso decisivamente buenas.

Quizá la primera enseñanza es que “los buenos”, por el hecho de serlo, no lo hacen todo bien: tienen fragilidades, errores, incoherencias. Frodo había sido fiel a su misión hasta el final, a lo largo de innumerables peripecias, siempre al borde de la muerte. Pero cuando logra llegar al borde mismo de la infernal grieta de la montaña, y ya solo tiene que dejar caer el Anillo al fondo del abismo, su voluntad se quiebra. Se descubre entonces la ancha fractura que había permanecido oculta a lo largo de su azarosa y heroica historia. Se encuentra sorprendido a sí mismo por una impetuosa fuerza interior que le impulsa a no dejar caer el anillo, y decide quedarse con él. Enloquecido, el virtuoso Frodo se ve entonces como el nuevo amo. No quiere o no puede ver en ese momento que, al hacer eso, quedará eternamente esclavizado bajo el poder de Saurón, condenado a la soledad y el odio eternos. Es entonces cuando Gollum le ataca súbitamente, ambos luchan a muerte, con feroz determinación, y el monstruo inicialmente vence, pero a continuación resulta vencido porque, víctima de su propia presunción y su maldad interior, oscila al borde del abismo y cae.

Frodo se salva en el último instante, a pesar de él mismo, aun habiendo tomado una mala decisión. Y se salva gracias precisamente a que alguien peor que él, queriendo hacer y hacerle el mal, le arrebata el anillo y, celebrándolo, cae al abismo y hace y le hace un gran bien. Y entonces Frodo se encuentra ante la oportunidad de rectificar y aceptar con resignación un grave contratiempo a sus deseos pero que en realidad le salva la vida y le reencamina hacia el bien. Es esto quizá algo cotidiano de todos los mortales, en situaciones diarias grandes o pequeñas que nos contrarían y que nos cuesta entender, pero que a lo mejor nos traen un bien que en ese momento desconocemos, y todo eso constituye un misterio de los distintos efectos del ansia de posesión y de poder que nos acechan a todos, por buenos que nos consideremos o seamos.

Alfonso Aguiló, “Hombres perdidos”, Hacer Familia nº 273, 1.XI.2016

En el cementerio parisino de Thiais hay una tumba con una frase que revela al paseante curioso la identidad de su inquilino: “Escritor austriaco muerto en París”. Es una lápida sobria, fría, granítica. Allí descansa Joseph Roth, uno de los mejores escritores que dio el siglo XX, que vivió solo 44 años.

Joseph Roth había nacido en 1894 en Brody, una población de Galitzia, entonces en el Imperio Austrohúngaro. De familia judía, su padre los abandonó antes de nacer. Su infancia y adolescencia fueron difíciles. Acabó sus estudios de literatura y filosofía en Viena. Sirvió en el ejército austríaco durante la Primera Guerra Mundial. Después trabajó como periodista en diversas capitales europeas. Pronto empezó a publicar unas novelas que le proporcionaron una merecida fama como escritor, aunque la enfermedad, el alcohol y las penurias económicas nunca le abandonarían hasta su prematuro fallecimiento.

En 1939 publicó “La leyenda del Santo Bebedor”, muy poco antes de su muerte. Por la lucidez con que describe la perdición a la que nos arrastra irreparablemente la ebriedad, tiene una sobrecogedora carga de sinceridad. El protagonista se llama Andreas Kartak, un borracho sin oficio ni beneficio que acampa bajo los puentes del Sena. Es allí, en las escalinatas de piedra de uno de esos puentes, donde un caballero bien trajeado sale de las tinieblas y le ofrece doscientos francos, sin más, a cambio de nada, para que pueda cambiar y llevar una vida digna. Andreas es un hombre de honor, y aunque necesita el dinero, está dispuesto a restituirlo en cuanto pueda. El caballero no quiere que se lo devuelva a él, pero dada su reciente conversión, le pide que lo entregue al párroco de Sainte Marie des Batignolles. Allí, cuando acabe una misa, podrá dárselo al sacerdote. En pocos segundos, el caballero, igual que aparece, se vuelve a esfumar en las tinieblas de la noche.

Para Andreas, este suceso es como un milagro que irá dando sus frutos poco a poco, conforme pasen los días. Pero acaba derrochando el dinero en cafeterías y tugurios. Además, se suceden inesperados rencuentros con antiguas amantes y viejos conocidos que le sacan hasta el último franco. Junto a eso, se repiten golpes de suerte por los que recupera una y otra vez el dinero, manteniendo hasta el final la esperanza de poder devolverlo y redimirse.

No parece haber una moraleja directa en nada de lo que sucede. Sin embargo, hay en esta historia una lucidez extraña. Es como el testamento narrativo de Roth. Kartak, al igual que el escritor que le ha dado vida, malvive en París con la única compañía de una botella de alcohol. El relato es la crónica de una derrota tras otra, de la caída en la ignominia del ser humano, de las garras inescrutables de la adicción. Al igual que su creador, Karstak se ve arrastrado por las circunstancias, y el único recodo de su alma que queda en pie es su honradez.

Es un retrato conmovedor de los bajos fondos del alma humana. Andreas era un borracho irremediable que, en su indigencia, era un hombre de honor. Un borracho generoso y honrado que en su inocencia parece contener dentro toda la ternura, toda la inocencia del mundo. Una historia que quizá nos ayuda a comprender la tragedia humana que encierra cualquier adicción, los arranques de bondad que hay dentro de los hombres que todos consideran unos hombres perdidos. Un grito que quiere mostrar los deseos frustrados de quien se precipita en el error. Una llamada a comprender lo difícil que es juzgar al otro, quien quiera que sea y le pase lo que le pase.

Alfonso Aguiló, “No lo sé”, Hacer Familia nº 272, 1.X.2016

Leo un simpático relato sobre un docente que cierto día se atrevió a responder con un “no lo sé” a un alumno. Proviene de un libro escrito por el profesor de economía Steven Levitt y el periodista Stephen Dubner, y que lleva por título “Piensa como un freak”.

El escenario es una clase en la que se propone a los alumnos la siguiente narración: “Una niña llamada Mary va a la playa con su madre y su hermano. Viajan en un coche rojo. En la playa nadan, comen un helado, juegan en la arena y almuerzan unos sándwiches.” Y estas son las preguntas que se plantean al hilo de esta narración: 1) ¿De qué color era el coche? 2) ¿Comieron pescado con patatas para almorzar? 3) ¿Escucharon música en el coche? 4) ¿Tomaron limonada en el almuerzo?

Un extenso grupo de escolares británicos, de edades comprendidas entre los cinco y los nueve años, respondieron a esas cuatro preguntas. ¿Cuál fue el resultado? Afortunadamente, casi todos los niños respondieron correctamente a las dos primeras preguntas. Pero lo sorprendente es que el 76% de los alumnos respondió a las dos últimas preguntas con un sí o un no, con toda seguridad.

Habría que preguntarse qué les llevó a responder sí o no a preguntas a las que no podían tener respuesta.

Quizá es porque parece que una de las frases más difíciles de pronunciar es “no lo sé”.

Un 76% es mucho. A lo mejor por eso hay tanto “experto” que opina sobre muchas cosas de las que sabe muy poco. Y a veces nosotros mismos nos encontramos opinando con bastante seguridad sobre cosas que no conocemos bien. ¿Por qué? ¿Será porque el coste de decir “no lo sé” nos parece más elevado que el de equivocarnos? Es una prueba de que muchas veces la inseguridad, la presión del grupo, el miedo al ridículo o a perder estatus… nos hace hablar de lo que no sabemos, aparentar lo que no somos, aun sabiendo que esa es una de las mejores maneras de hacer el ridículo y acabar perdiendo nuestra reputación.

Y hay una cuestión añadida. Mientras no se reconoce lo que todavía no se sabe, es bastante más difícil aprender. No debería ser ninguna humillación decir que no conocemos bien determinado asunto, pero que nos ha interesado y nos vamos a enterar bien. Es lo característico, por ejemplo, de un buen docente. Los profesores más sabios son los que saben que les queda mucho por aprender, y precisamente por eso aprenden tanto. Cuando sale un tema que no dominamos por completo, lo natural y lo constructivo es manifestar que no lo sabemos todo, pero que el tema es muy interesante y que, en ese momento, o más adelante, buscaremos el modo de profundizar en él.

Tener la valentía y la naturalidad necesarias para decir que no sabemos algo, es una muestra de autenticidad. Además, si nos dedicamos a enseñar y no sabemos algo, o no lo recordamos con precisión, lo más pedagógico es reconocerlo sin hacer aspavientos. Y manifestar interés por saberlo o recordarlo, y efectivamente después hacerlo: esa es la mejor enseñanza. De lo contrario, engañamos, no aprendemos, hacemos el ridículo y contribuimos a propagar la insensatez.

Un poco de sinceridad, de humildad y de ganas de aprender, seguramente nos viene bien a todos. En eso conviene ser un poco freak, un poco friki, salir de la burbuja, aprender a decir “no lo sé”, pensar con independencia, y profundizar más en el conocimiento y las razones de las cosas. Estar dispuesto a cambiar de opinión si nos ofrecen razones, a renunciar a lo que nos hagan ver que no es digno de nosotros, y a aprender a explicar bien por qué somos cómo somos y decimos lo que decimos.

0. Introducción

LA LLAMADA DE DIOS

Anécdotas, relatos y reflexiones sobre la vocación

Vocación no es algo que tienen algunos, sino todos. La vocación es el encuentro con la verdad sobre uno mismo. Un encuentro que proporciona una inspiración básica en la vida, de la que nace el compromiso, el cometido principal que cada persona tiene, y que quien es creyente percibe como los planes de Dios para él.

Por eso, saber cuál es nuestra misión en la vida es la cuestión más importante que debemos plantearnos cada uno, y que podemos plantear a quienes queremos ayudar a vivir con acierto.

Dios busca la felicidad del hombre, y la vocación es el descubrimiento de ese designio y ese plan que Dios ha previsto para que cada uno alcance la máxima realización personal. La vocación es como el reto que nos plantea nuestra vida. Es una nueva luz, un acontecimiento que nos da una nueva visión de la vida, y la llena de sentido.

A través de relatos, ejemplos y anécdotas de la vida cotidiana y de la historia de los santos, en estas páginas se ofrecen algunas ideas sobre cómo conocer cada vez mejor ese designio de Dios y sobre cómo incorporarlo a nuestra vida. Mediante un diálogo con el lector, se abordan las principales dudas y cuestiones que se plantean en torno a esa gran pregunta del hombre que es la vocación, un enigma que a cada uno toca descifrar.