Alfonso Aguiló, “No lo sé”, Hacer Familia nº 272, 1.X.2016

Leo un simpático relato sobre un docente que cierto día se atrevió a responder con un “no lo sé” a un alumno. Proviene de un libro escrito por el profesor de economía Steven Levitt y el periodista Stephen Dubner, y que lleva por título “Piensa como un freak”.

El escenario es una clase en la que se propone a los alumnos la siguiente narración: “Una niña llamada Mary va a la playa con su madre y su hermano. Viajan en un coche rojo. En la playa nadan, comen un helado, juegan en la arena y almuerzan unos sándwiches.” Y estas son las preguntas que se plantean al hilo de esta narración: 1) ¿De qué color era el coche? 2) ¿Comieron pescado con patatas para almorzar? 3) ¿Escucharon música en el coche? 4) ¿Tomaron limonada en el almuerzo?

Un extenso grupo de escolares británicos, de edades comprendidas entre los cinco y los nueve años, respondieron a esas cuatro preguntas. ¿Cuál fue el resultado? Afortunadamente, casi todos los niños respondieron correctamente a las dos primeras preguntas. Pero lo sorprendente es que el 76% de los alumnos respondió a las dos últimas preguntas con un sí o un no, con toda seguridad.

Habría que preguntarse qué les llevó a responder sí o no a preguntas a las que no podían tener respuesta.

Quizá es porque parece que una de las frases más difíciles de pronunciar es “no lo sé”.

Un 76% es mucho. A lo mejor por eso hay tanto “experto” que opina sobre muchas cosas de las que sabe muy poco. Y a veces nosotros mismos nos encontramos opinando con bastante seguridad sobre cosas que no conocemos bien. ¿Por qué? ¿Será porque el coste de decir “no lo sé” nos parece más elevado que el de equivocarnos? Es una prueba de que muchas veces la inseguridad, la presión del grupo, el miedo al ridículo o a perder estatus… nos hace hablar de lo que no sabemos, aparentar lo que no somos, aun sabiendo que esa es una de las mejores maneras de hacer el ridículo y acabar perdiendo nuestra reputación.

Y hay una cuestión añadida. Mientras no se reconoce lo que todavía no se sabe, es bastante más difícil aprender. No debería ser ninguna humillación decir que no conocemos bien determinado asunto, pero que nos ha interesado y nos vamos a enterar bien. Es lo característico, por ejemplo, de un buen docente. Los profesores más sabios son los que saben que les queda mucho por aprender, y precisamente por eso aprenden tanto. Cuando sale un tema que no dominamos por completo, lo natural y lo constructivo es manifestar que no lo sabemos todo, pero que el tema es muy interesante y que, en ese momento, o más adelante, buscaremos el modo de profundizar en él.

Tener la valentía y la naturalidad necesarias para decir que no sabemos algo, es una muestra de autenticidad. Además, si nos dedicamos a enseñar y no sabemos algo, o no lo recordamos con precisión, lo más pedagógico es reconocerlo sin hacer aspavientos. Y manifestar interés por saberlo o recordarlo, y efectivamente después hacerlo: esa es la mejor enseñanza. De lo contrario, engañamos, no aprendemos, hacemos el ridículo y contribuimos a propagar la insensatez.

Un poco de sinceridad, de humildad y de ganas de aprender, seguramente nos viene bien a todos. En eso conviene ser un poco freak, un poco friki, salir de la burbuja, aprender a decir “no lo sé”, pensar con independencia, y profundizar más en el conocimiento y las razones de las cosas. Estar dispuesto a cambiar de opinión si nos ofrecen razones, a renunciar a lo que nos hagan ver que no es digno de nosotros, y a aprender a explicar bien por qué somos cómo somos y decimos lo que decimos.

0. Introducción

LA LLAMADA DE DIOS

Anécdotas, relatos y reflexiones sobre la vocación

Vocación no es algo que tienen algunos, sino todos. La vocación es el encuentro con la verdad sobre uno mismo. Un encuentro que proporciona una inspiración básica en la vida, de la que nace el compromiso, el cometido principal que cada persona tiene, y que quien es creyente percibe como los planes de Dios para él.

Por eso, saber cuál es nuestra misión en la vida es la cuestión más importante que debemos plantearnos cada uno, y que podemos plantear a quienes queremos ayudar a vivir con acierto.

Dios busca la felicidad del hombre, y la vocación es el descubrimiento de ese designio y ese plan que Dios ha previsto para que cada uno alcance la máxima realización personal. La vocación es como el reto que nos plantea nuestra vida. Es una nueva luz, un acontecimiento que nos da una nueva visión de la vida, y la llena de sentido.

A través de relatos, ejemplos y anécdotas de la vida cotidiana y de la historia de los santos, en estas páginas se ofrecen algunas ideas sobre cómo conocer cada vez mejor ese designio de Dios y sobre cómo incorporarlo a nuestra vida. Mediante un diálogo con el lector, se abordan las principales dudas y cuestiones que se plantean en torno a esa gran pregunta del hombre que es la vocación, un enigma que a cada uno toca descifrar.

1. El encuentro con la verdad sobre uno mismo

Dios no habla,
pero todo habla de Dios.

Julien Green

Cuenta Gorki la historia de un pensador ruso que pasaba por una etapa de cierta crisis interior y decidió ir a descansar unos días a un monasterio. Allí le asignaron una habitación que tenía en la puerta un pequeño letrero en el que estaba escrito su nombre. Por la noche, no lograba conciliar el sueño y decidió dar un paseo por el imponente claustro. A su vuelta, se encontró con que no había suficiente luz en el pasillo para leer el nombre que figuraba en la puerta de cada dormitorio.

Fue recorriendo el claustro y todas las puertas le parecían iguales. Por no despertar a los monjes, pasó la noche dando vueltas por el enorme y oscuro corredor. Con la primera luz del amanecer distinguió al fin cuál era la puerta de su habitación, por delante de la cual había pasado tantas veces, sin reconocerla.

Aquel hombre pensó que todo su deambular de aquella noche era una figura de lo que a los hombres nos sucede con frecuencia en nuestra vida. Pasamos muchas veces por delante de la puerta que conduce al camino que estamos llamados, pero nos falta luz para verlo.

Saber cuál es nuestra misión en la vida es la cuestión más importante que debemos plantearnos cada uno, y que podemos plantear a quienes queremos ayudar a vivir con acierto. La vocación es el encuentro con la verdad sobre uno mismo. Un encuentro que proporciona una inspiración básica en la vida, de la que nace el compromiso, el cometido principal que cada persona tiene, y que quien es creyente percibe como los planes de Dios para él. La vocación incluye todo aquello que una persona se ve llamada a hacer, lo que da sentido a su vida.

-¿Y si no quisiera conocerla?

Quizá la mayor desgracia que puede sufrir una persona sea la de desconocer la voluntad de Dios para ella. La vocación es como el reto que el Señor nos plantea en nuestra vida, lo que nos hará más felices que cualquier otra opción. Por eso, la ayuda que pueda darse a otra persona para encontrar la voluntad de Dios, sea probablemente el mejor servicio que se le puede prestar. Porque no se trata de una cuestión accesoria o puntual de la que dependa solo un poco más de felicidad en la vida de esa persona, sino algo que afecta al resultado global de su existencia.

-¿Te refieres a la felicidad en la vida eterna?

Me refería a la felicidad aquí en la tierra, aunque, al fin y al cabo, son cuestiones muy relacionadas, pues quienes buscan la felicidad del Cielo encuentran también el ciento por uno aquí en la tierra.

Cualquier ideal humano, cualquier cambio en la vida de un hombre, nace del descubrimiento de una verdad. El encuentro más profundo con la verdad, después de la fe, es la vocación. La vocación es una nueva luz, un acontecimiento que nos da una visión nueva de la vida. Una luz para acertar con nuestro camino y para no tropezar en él.

La vocación es una llamada que pide respuesta dentro de nosotros. Y dentro de nosotros hay muchas respuestas, que pueden encarnar muchos modos de desarrollar nuestra vida, con más o menos generosidad. Nuestra vida puede ser muy distinta, según sean esas respuestas, porque, como dice un proverbio indio, allí donde el hombre pone su pie, pisa mil caminos. La libertad solo recorre uno, pero está abierta a muchos.

Por esa razón, los relatos y reflexiones que irán saliendo a lo largo de estas páginas no pretenden convencer dialécticamente acerca de lo que Dios pueda pedir a una persona, sino ayudar a que cada uno tenga ese encuentro con Jesucristo, ya que, en definitiva, eso es la vocación. He procurado recoger muchos testimonios y textos, provenientes de muchas fuentes, así como algunas de las muchas preguntas que ordinariamente se plantean en torno a este tema. Las ideas, las anécdotas o los ejemplos de la vida de los santos, nos abren un panorama que nos invita a buscar ese encuentro. Y las consideraciones que se hacen, nunca pretenden ser exhaustivas, sino meras pautas de reflexión, consideraciones, nunca respuestas concluyentes.

-¿Pero la vocación es encontrar una verdad, o es encontrar a Jesucristo?

Para quien es cristiano y creyente, viene a ser lo mismo, pues en el Nuevo Testamento puede leerse bien claro que Él es la Verdad. Por eso, conocer cada vez mejor a Jesucristo es algo central para el discernimiento de la vocación. No se suele comenzar a ser cristiano, ni a entregarse a Dios, por una decisión ética, o por una gran idea, sino más bien por el encuentro con la persona de Jesucristo, o al menos con lo que ese encuentro ha supuesto para otras personas.

Conocer a Jesucristo no es una mera curiosidad piadosa, o un grado más en el camino de la vida ascética. Es algo que afecta muy seriamente a nuestra existencia. “Porque -como ha escrito José Luis Martín Descalzo- con Jesús no ocurre como con otros personajes de la historia. Que César pasara el Rubicón o no lo pasara, es un hecho que puede ser verdad o mentira, pero que en nada cambia el sentido de mi vida. Que Carlos V fuera emperador de Alemania o de Rusia, nada tiene que ver con mi salvación como hombre. Que Napoleón muriera derrotado en la isla de Santa Elena o que llegara siendo emperador hasta el final de sus días, no moverá hoy a un solo ser humano a dejar su casa, su comodidad y su amor y marcharse a hablar de él a una aldehuela del corazón de África.

“Pero Jesús no, Jesús exige respuestas absolutas. Él asegura que, creyendo en él, el hombre salva su vida e, ignorándole, la pierde. Este hombre se presenta como el camino, la verdad y la vida. Por tanto -si esto es verdad- nuestro camino, nuestra vida, cambian según sea nuestra respuesta a la pregunta sobre su persona. ¿Y cómo responder sin conocerle, sin haberse acercado a su historia, sin contemplar los entresijos de su alma, sin haber leído y releído sus palabras?”.

La convicción de que Dios existe no es una idea más. Creer no es añadir una opinión a otras. El hecho de creer, cambia nuestra vida, la llena de luz, nos da una orientación para saber cómo vivir. Creer es seguir la senda señalada por la palabra de Dios. Y la elección de Dios que supone la vocación, es una elección de amor, una iniciativa de Dios, que ha pensado lo mejor para cada uno de nosotros.

En los Evangelios pueden leerse numerosas escenas en las que el Señor pasa y llama. Llama y espera una respuesta. “Llamó a los que quiso”, recalcan los evangelistas. Y relatan el caso de alguno que se ofrece a seguir determinado camino  y no es admitido. Han pasado veinte siglos, y hoy el Señor sigue llamando, y sigue llamando a cada uno según quiere.

Una mirada al mundo muestra enseguida la inmensidad del trabajo pendiente. “Alzad los ojos y ved los campos, dispuestos para la siega”. El campo está listo, las necesidades son enormes, pero los trabajadores son escasos. ¿Cómo van a conocer a Dios si no hay quien dé testimonio de Él? Hacen falta personas que entreguen su vida para llevar la luz del Evangelio a todo el mundo, a los dirigentes de la sociedad, a los empresarios, a los intelectuales, a los abatidos, a los enfermos, a las zonas más remotas de la tierra, a quienes viven sin esperanza.

2. Palabras que hieren

La mediocridad, posiblemente,
consiste en estar delante de la grandeza
y no darse cuenta.

G. K. Chesterton

Como en otras jornadas anteriores, Mateo el publicano estaba sentado en su banco, cobrando impuestos. Pero aquel día todo cambió. La voz de Jesucristo, que pasaba a su lado, sonó escueta e imperiosa: “Vio Jesús a un hombre sentado en el telonio, llamado Mateo, y le dijo: Sígueme”. Jesucristo se adentró en su vida para siempre, pidiéndole la entrega de todo cuanto era y cuanto tenía. Quizá no había pensado nunca en otro porvenir que el que le deparaba su trabajo. Pero ante la llamada del Señor, responde inmediatamente y acoge en su alma la vocación divina: “Se levantó y le siguió”.

Es una escena que desde entonces hasta hoy se ha repetido, de manera semejante, en la vida de muchas personas. El Señor ha salido al encuentro de ellas con ocasión de las cosas más cotidianas, y les ha llamado. Esa llamada, la vocación, es la gran pregunta del hombre, un interrogante que compromete toda su existencia: qué quiere Dios que sea yo. Dios da la vocación y, con ella, las luces necesarias para verla. Por nuestra parte, debemos allanarle el camino, salir a su encuentro con la oración y la rectitud de vida.

-Pero lo difícil es saber cómo en concreto podemos percibir cuál es la llamada de Dios para nosotros.

Podremos percibir esa llamada de Dios de un modo apabullante y maravilloso, con una gran conmoción, como quizá nos gustaría. O bien, y quizá esto es lo más corriente, con ese aire cotidiano, bajo el rostro de las cosas sencillas, de un amigo, de una noticia, de una conversación, de un libro.

Para cultivar una buena disposición hacia la llamada de Dios, es fundamental el espíritu de oración. La piedad popular ha representado a la Virgen haciendo oración, cuando recibe la embajada del ángel. Es indudable que Nuestra Señora guardaría un recogimiento habitual, y que tenía un espíritu de oración que la dispuso para recibir el mensaje divino y aceptarlo. Para percibir las llamadas de Dios es preciso tener esa orientación habitual hacia lo divino, saber escuchar la voz del Señor en medio de los afanes de la vida diaria, y después, contestar, como ella, con un “Hágase en mí según tu palabra”.

-¿Y qué tipo de cosas sencillas y cotidianas debemos observar en nuestra oración?

Examina tu corazón, en el que bulle quizá, desde hace tiempo, la ilusión de algo grande. Piensa si no será Dios el que te está hablando bajito, con las palabras de un libro, de un amigo, tras la aparente monotonía de la vida. Considera quién golpea suavemente tu alma. Quizá lleve tiempo hablándote, y no lo hayas descubierto todavía, como les sucedió a aquellos dos discípulos que caminaban con Él hacia Emaús. Jesús caminaba a su lado, alejándose de Jerusalén, como un peregrino más. Les hablaba con el acento de su tierra. Solo cuando rezaron con Él se dieron cuenta de que habían estado largo tiempo junto al Señor sin saberlo. Y exclamaron: “¿No ardía nuestro corazón cuando nos hablaba en el camino?”.

Piensa qué palabras te han impactado últimamente, casi sin saber por qué. No repares demasiado en quién te las ha dicho. Mira si hay recuerdos, inquietudes, deseos, afanes, que te encienden el alma y te llenan de alegría. Y pregúntate si no será Jesucristo el que hace que arda tu corazón en el camino. Mientras tanto, vive alerta. Interroga los rostros y los sucesos. Ahí, entre la monotonía de los días iguales, te puede estar llamando Dios.

Quizá ahora te haces preguntas que nunca te habías hecho: ¿Qué sentido tiene esto que hago? ¿Vale la pena vivir así? ¿Vale la pena mi vida? ¿Por qué Dios permite esta circunstancia, y aquélla, y aquella otra? Y hay anécdotas, situaciones, sugerencias, vivencias, comentarios que antes pasaban inadvertidos y que ahora, en cambio, te llegan, te calan, te hieren. Adviertes, bajo esas circunstancias, un lenguaje un poco enigmático con el que quizá Dios quiere decirte algo por medio de unos signos inesperados y a la vez cotidianos.

-¿A qué te refieres con lo de los signos y el lenguaje enigmático?

Podemos recordar, por ejemplo, la historia de la vocación de San Francisco de Borja. Desde los dieciocho años estaba en la corte de Carlos V, y a los veintinueve fue nombrado virrey de Cataluña. Ese mismo año, recibió la misión de conducir los restos mortales de la emperatriz Isabel hasta la sepultura real de Granada. Él había visto muchas veces a la deslumbrante emperatriz rodeada de aduladores y de todas las riquezas de la corte. Al abrir el féretro para reconocer el cuerpo, el rostro de la que fue bellísima emperatriz estaba ya en proceso de descomposición. Cuando vio el terrible efecto de la muerte, aquello le impresionó vivamente. Comprendió la caducidad de la vida terrena, y tomó entonces su famosa resolución: “¡Nunca más servir a señor que se me pueda morir!”.

Todo aquello fue un gran aldabonazo en su alma. Cuando falleció su esposa, y sus hijos estuvieron ya emancipados, renunció a sus títulos y posesiones en favor de sus hijos, tomó el hábito y recibió la ordenación sacerdotal en 1551. La noticia de que el Duque de Gandía se había hecho jesuita tuvo un gran impacto en aquella época. Fue destinado a la casa de los jesuitas de Oñate y empezó a trabajar como ayudante del cocinero. Sus tareas eran acarrear agua y leña, encender la estufa, limpiar la cocina y atender la mesa, y lo hacía con gran humildad, sin dar muestras de la menor impaciencia.

A los pocos años fue nombrado Superior de la Compañía de Jesús en España, y después fue elegido Padre General. Durante los seis años que desempeñó ese cargo, hasta su muerte en 1572, sus logros al frente de los jesuitas le valieron por parte de los historiadores la consideración de ser el más grande general tras el fundador San Ignacio de Loyola. Fundó lo que sería luego la Universidad Gregoriana, envió misioneros a los más lejanos puntos del planeta, asesoró a reyes y papas, e impulsó con gran acierto los numerosos asuntos de la Compañía en rápida expansión. A pesar del gran poder que tuvo en sus manos, siguió un estilo de vida sencillo y fue ampliamente reconocido como santo aun antes de morir. Todo empezó por aquel episodio ante el féretro de la hermosa emperatriz. No fue el único que estaba allí presente en aquel momento, pero Dios se sirvió de ese signo para remover su alma.

La llamada divina puede presentarse de maneras muy diversas. Por ejemplo, unos siglos antes, en Florencia, un joven de familia noble y poderosa llamado Juan Gualberto ve como su único hermano muere asesinado. Un tiempo después, el día de Viernes Santo del año 1003, cuando tiene solo dieciocho años, cabalga rodeado de varios hombres armados, camino de Siena. En una revuelta del camino, se encuentra con un hombre al que reconoce de inmediato como el asesino de su hermano. No tiene escapatoria, ni posibilidad de hacer frente a aquella tropa. No le queda más remedio que someterse a la ley inexorable de la venganza, que exige su sangre. Todo ocurre muy deprisa. En un súbito arranque, inspirado por el sentimiento religioso, aquel desdichado baja del caballo, se arrodilla con los brazos en cruz, le dice: “Juan, hoy es Viernes Santo. Por Cristo que murió por nosotros en la cruz, perdóname la vida”. Juan se disponía a asestarle el golpe mortal, cuando aquel hombre, viéndose ya perdido, musitó: “Jesús, Hijo de Dios, perdóname Tú al menos”. Al oír esto, Juan arrojó la espada, bajó de su caballo, levantó al asesino, le abrazó y le dijo: “Por amor a Cristo, por la sangre que hoy derramó Jesús en la cruz, te perdono”.

La lucha entre la sed de venganza y la conciencia de su deber de cristiano, aunque duró breves instantes, debió de ser muy fuerte en el alma de aquel joven caballero. Estaba por allí cerca, a orillas del Arno, la abadía de San Miniato. Entró en la iglesia y se arrodilló ante la imagen de Cristo crucificado. La mirada de aquel Cristo quedó clavada en su alma. Así pasó varias horas. Desde aquel día, Juan Gualberto no fue el mismo de antes. Sus aspiraciones mundanas le parecían vanas. No pasó mucho tiempo antes de que llamara a la puerta de ese monasterio y pidiera al abad vestir el hábito benedictino. Fue un gran monje, y poco después fundó en los bosques de Vallumbrosa una nueva orden religiosa, con muchos monasterios en Italia, y hoy es San Juan Gualberto. Dios salió a su encuentro de aquel modo tan singular, y él supo reconocerlo.

Podrían citarse muchos otros ejemplos. Si nos fijamos en alguno más de nuestra época, podríamos referirnos a Ruth, una chica que a los veinte años ingresó en el Instituto de Hermanas de la Cruz, y cuyo testimonio conmovió a Juan Pablo II y al millón de jóvenes que le acompañaban en Cuatro Vientos el año 2003. “Antes de ingresar en el Instituto -explicaba la joven religiosa- llevaba una vida normal. Me gustaba la música, las cosas bellas, el arte, la amistad, la aventura. Había soñado muchas veces con mi futuro, pero un día vi por la calle a dos hermanas que me llamaron la atención por su recogimiento, su paso ligero y la paz de su semblante. Eran jóvenes como yo. Me sentí vacía y en mi interior y oí una voz que me decía: “¿Qué haces con tu vida?”. Quise justificarme: “Estudio, saco buenas notas, tengo muchos amigos”. Me quedé mirándolas hasta que desaparecieron de mi vista mientras yo me preguntaba: “¿Quiénes son? ¿Adónde van?”.

“Como Nicodemo, invité a Jesús en la noche de mi inquieto corazón, y en la oración entré en diálogo con Él. Con Él, sentí la llamada de tantos hermanos que me pedían mi tiempo, mi juventud, el amor que había recibido del Señor. Y busqué. Y me encontré con la mujer que estaba más cerca del misterio de la cruz de Jesús junto a María, Sor Ángela de la Cruz. Ella se había configurado tanto con la cruz de Jesús que se hizo amor para los pobres que sufren. Me cautivó y quise ser de las suyas. Y aquí estoy, Santidad, consciente de lo que he dejado.

“He dejado todo lo que los jóvenes que están con nosotros esta tarde poseen: la libertad, el dinero, un futuro tal vez brillante, el amor humano, quizá unos hijos. Todo lo he dejado por Jesucristo, que cautivó mi corazón para hacer presente el amor de Dios a los más débiles en mi pobre naturaleza de barro.

“Tengo que confesarle, Santidad, que soy muy feliz y que no me cambio por nada ni por nadie. Vivo en la confianza de que quien me llamó a ser testigo me acompaña con su gracia. Gracias, Santo Padre, por su vida entregada sin reservas como testigo fiel del Evangelio, por fortalecer nuestra fe, avivar nuestra esperanza y abrir nuestro corazón al amor ardiente del que sabe perder su vida para que los demás la ganen. Gracias por su vida, que a muchos de nosotros nos ha marcado. Gracias por venir a decirnos a los jóvenes que el mundo necesita testigos vivos del Evangelio, que cada uno de nosotros podemos ser uno de esos valientes que se arriesguen a construir la nueva civilización del amor, porque lo que nosotros no hagamos, se quedará sin hacer.”

-Has puesto tres ejemplos y todos son de frailes y monjas. ¿Acaso es la vocación más habitual?

La mayor parte de los cristianos están llamados por Dios a vivir en las condiciones normales de la vida. Así lo ha proclamado el Concilio Vaticano II, al recordar a todos la llamada universal a la santidad. Y aunque a lo largo de este libro salgan bastantes anécdotas o relatos de la vida consagrada o sacerdotal, ya verás que hay muchos otros ejemplos en que no es así. Y en todo caso, está claro que Dios llama a toda persona a ser santa, y que lo más corriente es que deba serlo en medio de su trabajo y sus ocupaciones habituales.

3. Cómo acertar

Si quieres conocer a una persona,
no le preguntes lo que piensa
sino lo que ama.

San Agustín

La pregunta sobre qué quiere Dios de mí es una pregunta personalísima, de respuesta también personalísima. No hay recetas hechas. No hay fórmulas exactas para saber cuál es la propia vocación. Dios no se repite. No hay un atlas donde, como sucede con las estrellas, uno pueda buscar y reconocer la suya. Dios llama de modos tan distintos como modos hay de enamorarse. Nos llama y nos habla de forma singular. A algunos santos, Dios les sugirió oscuramente su vocación desde la niñez: a Santa Catalina de Siena con una visión, a San Juan Bosco con un sueño. Pero fueron la excepción, y además, ellos no descubrieron el significado de aquello hasta bastante tiempo más tarde.

A veces, Dios da su gracia de un modo llamativo, casi estruendoso, como hizo con San Pablo. También fue excepcional la conversión de Paul Claudel, un literato francés que había perdido la fe muy joven, y a quien, la noche de Navidad de 1886, un taxi lo dejó, por casualidad, a la puerta de Notre Dame, en París. Se quedó solo en la gran explanada, frente a la catedral. Contempló la imponente fachada gótica con el gran rosetón central, fulgurante y multicolor en la oscuridad. Se escuchaban los cantos que celebraban la Nochebuena. Decidió entrar. El templo estaba abarrotado. Se fue abriendo paso entre la multitud, hasta llegar junto a la imagen de la Virgen.

Y fue entonces, mientras escuchaba el “Magníficat”, cuando se produjo su conversión. “Yo estaba de pie entre la muchedumbre, cerca del segundo pilar a la entrada del coro, a la derecha del lado de la sacristía. Fue entonces cuando se produjo el acontecimiento que ha dominado toda mi vida. En un instante mi corazón fue tocado y creí. Creí, con tal fuerza de adhesión, con tal agitación de todo mi ser, con una convicción tan fuerte, con tal certidumbre, que no dejaba lugar a ninguna clase de duda; que después, todos los libros, todos los razonamientos, todos los avatares de mi agitada vida, no han podido sacudir mi fe, ni, a decir verdad, tocarla. De repente, tuve el sentimiento desgarrador de la inocencia, de la eterna infancia de Dios, de una verdadera revelación inefable. Al intentar, como he hecho muchas veces, reconstruir los minutos que siguieron a este instante extraordinario, encuentro los siguientes elementos que, sin embargo, formaban un único destello, una única arma, de la que la divina Providencia se servía para alcanzar y abrir finalmente el corazón de un pobre niño desesperado: “¡Qué feliz es la gente que cree! ¿Si fuera verdad? ¡Es verdad! ¡Dios existe, está ahí! ¡Es alguien, es un ser tan personal como yo! ¡Me ama! ¡Me llama!”. Las lágrimas y los sollozos acudieron a mí y el canto tan tierno del Adeste Fideles aumentaba mi emoción.”

En su interior se mezclaban sentimientos contrapuestos. “La religión católica seguía pareciéndome el mismo tesoro de absurdas anécdotas. Sus sacerdotes y fieles me inspiraban la misma aversión, que llegaba hasta el odio y el asco. Esta resistencia mía duró cuatro años. Me atrevo a decir que realicé una defensa valiente. Y la lucha fue leal y completa. Nada se omitió. Utilicé todos los medios de resistencia imaginables y tuve que abandonar, una tras otra, las armas que de nada me servían. Esta fue la gran crisis de mi existencia, esta agonía del pensamiento sobre la que Arthur Rimbaud escribió: “El combate espiritual es tan brutal como las batallas entre los hombres. ¡Dura noche!”. Los jóvenes que abandonan tan fácilmente la fe, no saben lo que cuesta reencontrarla, y a precio de qué torturas.”

Había en el interior de Paul Claudel un “hombre nuevo” que le empujaba a cambiar de vida. Pero seguía también el “hombre viejo”, que resistía con todas sus fuerzas y no quería entregarse a esta nueva vida que se abría ante él. “¿Debo confesarlo? El sentimiento que más me impedía manifestar mi convicción era el miedo a la opinión de los demás. El pensamiento de revelar a todos mi conversión y decírselo a mis padres…, manifestarme como uno de los tan ridiculizados católicos…, todo eso me producía un sudor frío. Y, de momento, me sublevaba incluso la violencia interior que se me había hecho. Pero sentía sobre mí una mano firme. (…) No conocía un solo sacerdote. No tenía un solo amigo católico. (…) Pero el gran libro que se me abrió y en el que hice mis estudios, fue la Iglesia. ¡Sea eternamente alabada esta Madre grande y majestuosa, en cuyo regazo lo he aprendido todo!”.

Decidió entregarse a Dios. Al principio, pensaba que la vida religiosa era lo suyo. Pero al poco de estar en un convento le dijeron que probablemente aquel no era su camino. Volvió a insistir en otro lugar, un tiempo más tarde, y volvieron a decirle lo mismo. Le aconsejaron que pensara si quizá Dios no lo quería como fraile, sino en el ejercicio de la diplomacia y en el cultivo de la literatura. Entendió entonces que aquella era la voz de Dios, que le llegaba por encima de sus deseos e impresiones iniciales. Y fue un gran diplomático y una de las glorias literarias de Francia. Sirvió eficacísimamente a la Iglesia con su trabajo y con su pluma. Con el tiempo, comprendió que sus primeras decisiones fueron solo recodos de un camino que le llevaba derechamente hacia la voluntad de Dios.

Esta suele ser la situación en la que se encuentra el alma antes de decidirse. No ve con nitidez, no escucha con claridad. Solo se tiene una inquietud, una intuición. Es quizá una llamada aún poco perceptible, pero muchas veces no por eso menos real. ¿Dónde me quiere Dios? ¿Para qué? Hay que aguzar el oído, rezar, insistir al Espíritu Santo que nos dé luz, pedir consejo.

-Pero quizá es mejor decidir por uno mismo estas cosas tan personales, sin dejarse influir por consejos de nadie.

Las decisiones personales importantes han de tomarse de modo personal, por supuesto, pero no deja de ser una muestra de inteligencia y hasta de sensatez saber escuchar los consejos de aquellos a quienes podemos considerar dignos de nuestra confianza. A veces, desde fuera se ven las cosas con más objetividad. Y no porque desde fuera se vea mejor la vocación, sino porque quizá pueden ayudarnos mejor a reflexionar sobre cómo son nuestras disposiciones o nuestras actitudes. También pueden decirnos si, por su experiencia, les parece que tenemos o no las condiciones necesarias para seguir un determinado camino en una determinada institución de la Iglesia.

La clave es a quién se pide ese consejo, y cómo se recibe. Hay que buscarlo en personas que posean la ecuanimidad y la rectitud necesarias para una cuestión tan importante. Y hay que recibirlo sin dejarse influir por quienes nos empujan a seguir con precipitación un entusiasmo pasajero, pero tampoco por quienes nos invitan a guiarnos por el egoísmo o a dejar siempre las cosas para más adelante.

-¿Y qué puede hacer el que no cuenta con personas de confianza? ¿No se bastará a sí mismo?

Pienso, como Alejandro Llano, que cuando el aprendiz está maduro, encuentra siempre a su maestro. Puede costar más o menos, pero al final siempre se encuentra. Debemos pedir consejo a personas que tengan la necesaria rectitud y consideración hacia lo sagrado de la conciencia. A personas que entiendan que la labor de consejo y de orientación espiritual es una tarea encaminada a situar a cada uno frente a su propia responsabilidad delante de Dios, una ayuda que nunca supone menoscabo de la autonomía individual.

Toda ayuda espiritual, igual que toda acción de apostolado o de proselitismo, es siempre dar luz a las personas para que, cada una, día a día, vaya descubriendo su camino y lo siga. Quien da consejo sobre la vocación, debe tenerlo presente; y quien lo recibe, debe comprender que, lógicamente, no basta con el consejo para resolver nuestro discernimiento, pues el discernimiento de la vocación es siempre personal.

El consejo espiritual ha estado presente en la historia personal de los santos a lo largo de la historia de la Iglesia. Así sucedió, por ejemplo, a Santa Juana Francisca de Chantal. En el año 1601 falleció su marido, el Barón de Chantal, y quedó viuda con veintinueve años y cuatro hijos. Juana Francisca pedía a Dios que pusiera en su camino un director espiritual verdaderamente santo, capaz de ayudarla a encontrar su vocación en aquellas nuevas circunstancias. En 1604 conoció a San Francisco de Sales, y enseguida comprendió que era la persona que ella buscaba. Juana Francisca se dedicó a educar a sus hijos, a administrar los muchos bienes que le había dejado su marido y a hacer numerosas obras de caridad con los pobres y enfermos que ella visitaba o que acudían a verla al Castillo de Monthelon, donde vivía. Pasados los años, cuando sus hijos estuvieron ya preparados para valerse por sí mismos, decidió hacerse religiosa, y San Francisco de Sales vio en ella la persona ideal para comenzar la fundación de una nueva comunidad de religiosas que visitaran a los pobres, de ahí su nombre de Hermanas de la Visitación de la Santísima Virgen. Era una mujer con grandes dotes de gobierno, que caminaba de ciudad en ciudad organizando nuevas comunidades por todas las provincias de Francia. En 1622 falleció San Francisco de Sales y quedó ella sola al frente de la numerosa comunidad recién fundada. Buscó entonces la ayuda de San Vicente de Paúl, que sería en lo sucesivo su director espiritual. Cuando falleció Juana Francisca, en 1641, había ya ochenta y tres conventos de la Visitación en varios países de Europa. Ella siempre estuvo muy agradecida a la ayuda y el consejo que recibió de esas dos personas tan santas, que supieron orientarla con sabiduría y fueron decisivas para conocer su propia vocación y para seguirla con fidelidad.

 

4. ¿Dejarse aconsejar?

Poca observación y muchas teorías llevan al error.
Mucha observación y pocas teorías llevan a la verdad.

Alexis Carrel

La vocación suele presentarse al principio como una serie de pequeñas inquietudes, de conmociones interiores. Quieres hacer algo grande en tu vida. Sientes que Dios espera algo más de ti. Te preocupa el dolor de los hombres. Te gusta la vida que ahora llevas, pero sientes que falta algo. Son signos que parecen el oleaje de un mar interior, como susurros lejanos de una llamada más clara, que llegará a su hora.

-¿A qué hora?

A la mejor hora, a la que Dios haya pensado. Son atisbos de amor que preparan el alma hacia la generosidad de la entrega. Esas inquietudes quizá son indicios de la vocación, señales que sirven para alertar el corazón y urgirle a luchar, a rezar, a esperar con el oído atento a lo que Dios quiera decirnos. Cada uno debe asegurarse de que actúa con diligencia, que no se duerme mientras Dios habla, que no hace oídos sordos a sus llamadas.

-¿Y puede que esos indicios sean un poco cambiantes, que “vayan y vengan”?

Cuenta Santa Teresa cómo en su alma adolescente le venían “estos buenos pensamientos de ser monja”, pero “luego se quitaban, y no podía persuadirme a serlo”. Es un fenómeno natural. Quizá hemos oído hablar ya muchas veces sobre la entrega a Dios, y nunca hemos visto claro que sea nuestro camino, pero tampoco lo hemos descartado. Se trata de algo habitual en la mayoría de las decisiones de cierta relevancia en cualquier persona. ¿Debo orientar en este sentido mi vida profesional? ¿Será ésta la persona con quien debo casarme? ¿No debería cortar con esta mala costumbre que se ha introducido en mi vida?

Es frecuente que la voz de Dios tarde en esclarecerse, que no se escuche al principio con nitidez, quizá porque precisamos de una mejora en nuestra sensibilidad interior, y eso a veces lleva su tiempo. Debemos hablarlo con Dios en la oración, y mejorar nuestras condiciones personales para que esa semilla pueda germinar, quizá intensificando nuestra vida sacramental. Y quizá también pedir consejo a quien realmente nos ayude a exigirnos y nos oriente para descubrir la voluntad de Dios, y no a quien siempre nos dice que no nos compliquemos la vida.

-Pero hay que escuchar los consejos de unos y de otros, no solo los que nos animan en un sentido.

Es bueno escuchar a todos, y debemos tener la madurez necesaria para escuchar opiniones a favor o en contra. Pero el acierto en una decisión no proviene de la media aritmética de las opiniones de los que están a favor o en contra. Por eso, hay que estar en guardia, tanto contra el entusiasmo precipitado o ingenuo, como contra el sutil engaño de ampararnos en lo que justifica las decisiones cómodas y egoístas.

-Quizá es mejor entonces no consultar con nadie y decidir por uno mismo.

Es una opción respetable. Pero las personas con cierto nivel de responsabilidad en la vida profesional, o social, o política, suelen buscar el consejo de personas experimentadas. Para llegar a buen puerto es buena cosa contar con un buen guía, tanto si es puerto de montaña, o de mar, o de la vida espiritual.

A veces, ante la perplejidad de la duda, nos refugiamos en el aturdimiento de la frivolidad, de los días vacíos o del vértigo del atolondramiento. Y quizá entonces, aunque casi inconscientemente, eludimos las conversaciones o las lecturas que nos hacen afrontar esas inquietudes.

No es un fenómeno nuevo ni extraño. Así ha sucedido a los santos. San Juan Bosco quería ser franciscano, pero en el fondo lo que le movía a pensarlo era el temor a no perseverar en otro lugar. Y escuchó, durante uno de sus sueños: “Otra mies te prepara Dios.” Se lo contó a su confesor, que le dijo que en esos temas él no entraba. Bosco quedó sumido en la perplejidad. Pero Dios no abandona nunca a los que le buscan con sincero corazón, y un herrero amigo suyo le sugirió consultarlo con Don Cafasso, un sacerdote conocido por su buen juicio y su sentido sobrenatural. Don Cafasso le dio un consejo decisivo para su vida, pues le animó a seguir con sus estudios en el seminario y a esperar una luz del Cielo que no le habría de faltar, como no le faltó. Y fue un gran santo, fundador de una de las órdenes religiosas que mayores servicios ha prestado a la Iglesia.

-Pero es importante asegurar que el consejo que pedimos sobre la vocación no resulte ser un consejo interesado.

Por supuesto. Es muy grande la responsabilidad de los que aconsejan a las personas que se plantean la posibilidad de entregarse a Dios. Quienes aconsejan sobre estos temas deben cuidar mucho su rectitud, para no confundir sus propios deseos con los del Espíritu Santo.

-¿Y crees entonces que una persona puede aconsejar con rectitud sobre la vocación a su propia institución?

Pienso que sí. Si esa persona es sensata, no querrá orientar hacia su camino a alguien equivocadamente, pues ese deseo no recto haría daño al interesado, a sí mismo y a la institución a la que teóricamente favorece.

Los grandes fundadores han solido recomendar mucha prudencia a la hora de aconsejar sobre la vocación. Por ejemplo, San José de Calasanz decía: “No temáis abrir cien puertas en lugar de una para que salgan todos y cerrar noventa y nueve y media para permitir la entrada a los que se presenten”. Y el propio San Pablo, en su primera carta a Timoteo, recalca la importancia del discernimiento: “No te precipites en imponer a nadie las manos, no te hagas partícipe de los pecados ajenos”.

Me parece que no hace falta mucha perspicacia para advertir si una persona nos aconseja con rectitud o no. Y estar siguiendo un camino no invalida para aconsejar sobre él, sino que quizá es al revés, como lo demuestra el hecho de que la mayoría de las vocaciones fieles y felices han nacido del consejo de alguien que ha servido de referencia para seguir ese mismo camino. Igual sucede, por ejemplo, con la vocación profesional, donde es muy normal que el testimonio de la vida de una persona sirva para despertar ese mismo deseo en otra, y para ayudar a discernir si se trata o no de su camino. No puede olvidarse que Dios, para dar a conocer su voluntad, se sirve ordinariamente de las personas que tenemos a nuestro alrededor.

Como es lógico, lo que nadie puede atribuirse es ningún tipo de exclusiva, o de infalibilidad, o de iluminaciones especiales sobre el discernimiento de la vocación de los demás. Como decía Benedicto XVI en un encuentro con sacerdotes: “No pretendo ser aquí ahora como un “oráculo” que responda de modo satisfactorio a todas las cuestiones. San Gregorio Magno dice que cada uno debe conocer sus limitaciones, y esas palabras valen también para el Papa. O sea, que también el Papa, día tras día, debe conocer y reconocer sus límites. Debe reconocer que solo colaborando todos, en el diálogo, en la cooperación común, en la fe, como cooperadores de la Verdad, de la Verdad que es Jesucristo, podemos cumplir juntos nuestro servicio, cada uno en la parte que le corresponde. En este sentido, mis respuestas no serán exhaustivas, sino fragmentarias.”

Cuando alguien aconseja sobre la vocación de otro, no debe seguir sus propias opiniones, ni sus propios deseos, sino que por encima de todo debe ayudar a averiguar el deseo de Dios. Así lo explicaba también Benedicto XVI en la homilía de inicio de su pontificado, aludiendo a que no tenía programa propio de gobierno, y a que su papel no era imponer sus ideas: “Mi verdadero programa de gobierno es no hacer mi voluntad, no seguir mis propias ideas, sino ponerme, junto con toda la Iglesia, a la escucha de la palabra y de la voluntad del Señor y dejarme conducir por Él.”

Nadie puede asegurar o negar con rotundidad sobre el discernimiento de una determinada vocación en otra persona. Pero sí puede ayudar en ese discernimiento. Puede realizar una labor de acompañamiento espiritual que arroje luz en esa tarea personal de encontrar el camino que marca Dios. Porque Dios tiene pensado algo para cada uno, y tiene pensado también un modo de hacérnoslo saber, y da igual el modo por el que Dios siembre en nuestra alma esa inquietud.

5. Casualidades

Si no esperas lo inesperado
no lo reconocerás cuando llegue.

Heráclito

“Durante cinco años -cuenta el filósofo francés Jean Guitton- fui prisionero de guerra en un campo de concentración destinado a oficiales, cuyo número ascendía a cinco o seis mil hombres.

“Aquellos hombres, obligados a la reclusión, privados de la familia que habían formado o esperaban formar, no podían evitar las reflexiones sobre la condición humana. Recuerdo que, durante un triste atardecer, no sabíamos qué hacer, y uno de nosotros imaginó un extraño juego: cada uno debía contar de qué modo su padre había conocido a su madre.

“Como fácilmente se adivinará, todas las historias, pese a ser muy distintas, se parecían. Lo que había provocado el amor del hombre por la mujer o de la mujer por el hombre era, a menudo, un pequeño detalle: el hecho de perder un tren, una mirada, una simple palabra, un silencio más prolongado…

“Tras estas confidencias, en el barracón de los prisioneros se produjo un silencio metafísico. Cada uno de nosotros comprendía que aquello en virtud de lo cual uno mismo existía, había sido originado por algo insignificante, por un encuentro, por un rasgo en un rostro, por el color de unas pupilas. Cada uno de nosotros comparaba la desproporción entre el origen de su ser -una casualidad, un movimiento emotivo-, y su propio ser, y comprendía que estaba ante un misterio, ante la desproporción entre algo fugaz y aleatorio, por una parte, y el universo espiritual, surgido de este hecho accidental, por otra.”

El desarrollo de un amor, o de la lealtad a una decisión, suele comenzar de modo tan modesto y casual como el recogido por Guitton en este recuerdo autobiográfico. Hay frecuentemente una notable desproporción entre los inicios sencillos, y en apariencia quizá intrascendentes, de un afecto, y el amor ardiente e incondicionado que después ese afecto está llamado a ser. El amor humano, como el sobrenatural, ha de atravesar necesariamente un conjunto de etapas e incidencias, que son parte de la biografía de la persona, y forman la historia de la fidelidad a lo que Dios le pide. Sucede con el amor, y sucede también, por ejemplo, con el proceso de muchas conversiones. Se podrían contar miles de casos.

“Me llegó una carta -contaba la Madre Teresa de Calcuta- de un brasileño muy rico. Me decía que había perdido la fe; pero no solo la fe en Dios sino también la fe en los hombres. Estaba harto de su situación y de todo lo que le rodeaba, y había adoptado una decisión radical: suicidarse. Un día, en que aquel hombre iba de paso por una abarrotada calle del centro, vio un televisor en el escaparate de una tienda. El programa que estaban transmitiendo en aquel momento había sido rodado en nuestro Hogar del Moribundo Abandonado de Calcuta. Se veía a nuestras Hermanas cuidando a los enfermos y moribundos. El remitente me aseguraba que, al ver aquello, se sintió empujado a caer de rodillas y rezar, tras muchos años en que no había hecho ninguna de ambas cosas: orar arrodillado. A partir de aquel día recobró su fe en Dios y en la humanidad, y se convenció de que Dios lo seguía amando.”

Las llamadas de Dios son distintas para cada uno. Y no faltan ocasiones en que la llamada se presenta bajo la apariencia de un error. Un día del año 1588, un joven napolitano llamado Ascanio Caracciolo recibe por error una carta de Agostino Adorno, pidiéndole consejo acerca de la idea de fundar una nueva comunidad religiosa y proponiendo su colaboración. En realidad, la carta estaba dirigida a otra persona, que tenía idéntico nombre y apellido, pero él, al leerla, comprende que eso era precisamente lo que había deseado desde hacía años. Fue a entregar la carta a su destinatario, estuvo charlando con él y decidió formar parte de esa nueva institución, los Clérigos Regulares Menores, de la que fue prácticamente su cofundador. Dios se sirvió de aquel error humano para dar a conocer su vocación a aquel joven, que acabaría siendo San Francesco Caracciolo.

Dios habla a cada alma con un lenguaje distinto, personal. Tiene una llave distinta, un “password” personal para el alma de cada uno. Y evoca recuerdos y situaciones que solo cobran sentido para cada uno. A Natanael le dice: “Antes que Felipe te llamase, te vi yo, cuando estabas debajo de la higuera”. Nunca sabremos qué sucedió exactamente en su interior, pero aquello fue lo que le movió a seguir al Señor. Por eso, no debemos menospreciar las pequeñas insinuaciones de Dios que provienen de cosas que leemos, o que se nos ocurren, o que recordamos, o que nos dicen. Pueden ser pequeños oleajes interiores, bajo la superficie aparentemente calmada de nuestra vida, un mar de fondo con el que quizá Dios esté queriendo decirnos algo.

-¿Crees entonces que en el descubrimiento de la propia vocación son frecuentes las casualidades…?

Se puede ver de otro modo, pensando no tanto en casualidades sino en buscar el designio de Dios a través de las cosas ordinarias que la Providencia pone en nuestro camino. Y eso ya no es tanto “casualidad” como “causalidad”.

No es propiamente casualidad, por ejemplo, que San Maximiliano Kolbe escuchara en una homilía de domingo de 1906 la noticia de que se abría un nuevo seminario franciscano en Lvov, y que aquello removiera sus inquietudes vocacionales y se decidiera a ingresar allí a los pocos meses. O que San Juan de Dios escuchara en Granada en 1539 la predicación de San Juan de Ávila y que aquello le hiciera cambiar de vida por completo. O que San Camilo de Lelis tuviera que acudir en 1582 al Hospital de Santiago, en Roma, para curar una herida, y que allí descubriera su llamada a fundar una congregación dedicada al cuidado de los enfermos. Podrían citarse multitud de aparentes casualidades de las que Dios se sirvió para hacer ver sus designios a una persona.

Un día de agosto de 1930, un joven ingeniero industrial llamado Isidoro Zorzano viaja de Málaga a Madrid. Pasea por la calle Nicasio Gallego mientras hace tiempo hasta la salida del tren que le llevará a pasar unos días de vacaciones en Logroño. San Josemaría Escrivá, antiguo compañero suyo del colegio, vuelve en ese momento a casa por un recorrido que no era el habitual. Al doblar una esquina, se encuentra con Isidoro, cuya llegada a Madrid ignoraba. Charlan un rato e Isidoro le cuenta enseguida sus inquietudes de entrega a Dios, que arrancan de unos años atrás pero que no sabe cómo orientar. San Josemaría le habla del Opus Dei, recién fundado y en el que se encuentra todavía prácticamente solo. Isidoro queda muy impresionado y ve en todo aquello un claro designio de Dios. Desde aquel día tiene total seguridad de su vocación, a la que es ejemplarmente fiel hasta que fallece, en 1943, con fama de santidad.

-Pero no todas las casualidades que nos acontecen en la vida serán un designio de Dios, porque entonces podríamos ver signos por todas partes.

No debemos interpretar cada pequeña cosa como una señal divina que nos indica qué debemos hacer. Pero también es cierto que nada de lo que nos sucede es simple casualidad. Todo sucede por algo y para algo. Dios no dispone las cosas, la vida de una persona, para que esté ahí, sin más, sin sentido: nacer, vivir, morir, sin un porqué ni un para qué.

Dios acompaña cada uno de nuestros pasos, tantas veces vacilantes. Nos descubre lo necesario para que a su vez nosotros descubramos el sentido de nuestra vida. Suele hacerlo poco a poco, sin avasallar, buscando en nosotros una respuesta paulatina, un diálogo de generosidad entre sus llamadas y nuestras respuestas. Quizá ha esperado durante mucho tiempo y ahora empieza a descubrirte su querer, o quizá lo intenta desde hace tiempo y ahora empiezas a verlo. Lo decisivo es la resonancia que esos sucesos alcanzan en nuestra alma, despertando una sensibilidad nueva.

-Pero esas casualidades pueden ser simplemente medios de los que se sirve Dios para hacernos ver cuestiones en las que mejorar.

Sí. Y si respondemos con generosidad, seremos cada vez mejores, y quizá Dios nos irá haciendo nuevas llamadas hasta desvelar cada vez más su designio para con nosotros.

-¿Y a Dios no le basta con que seamos “buenas personas”, nada más?

Toda persona con un mínimo de formación tiene sus proyectos de futuro, su ilusión profesional, sus deseos de mejorar el mundo, de hacer algo por luchar contra la pobreza, contra la ignorancia, contra la injusticia. Cuando alguien dice que se conforma con ser buena persona, sin más, da la impresión de que pone unos límites bastante cortos a esos horizontes; que alberga buenos deseos, pero no está dispuesto a perder comodidades.

Toda vocación comporta una llamada a desprenderse del pequeño horizonte de la vida actual, para comprometerse en una obra más grande. Es cierto que la concreción de esos grandes ideales se presenta a veces como algo incómodo, con demasiadas responsabilidades y exigencias, y lo vemos como algo lejano. Pero quizá un día, de repente, casi sin darte cuenta, en el momento y en el lugar más insospechados, te encuentras delante de un Dios que quiere decirte algo, no sabes bien qué.