30. Hay otros mejor preparados

Todos los hombres
son superiores a nosotros en algún aspecto,
y en eso podemos aprender de ellos.

Ralph W. Emerson

       
       Rabindranath Tagore cuenta la famosa historia de un mendigo que se encontró con el carruaje del rey. "Posaste tu mirada en mí y bajaste sonriente. Sentí llegada la suerte de mi vida. De repente, tendiste hacia mí tu mano derecha y dijiste: ¿qué vas a darme?". El mendigo se quedó confuso y perplejo ante la petición del rey. Y cedió a la tentación del egoísmo y de la pequeñez: le dio un grano de trigo. "Al declinar el día y vaciar mi saco, hallé una minúscula pepita de oro entre el puñado de granos vulgares. Entonces lloré amargamente y pensé: lástima no haber tenido la generosidad de dártelo todo".
      
       Aquel pobre mendigo consideraba que tenía poco y, ante aquella sorprendente petición, dio muy poco. Así nos sucede muchas veces a los hombres ante las peticiones de Dios. Y al final del día, de la vida, lamentamos no haber tenido la generosidad de darle más, de darle todo.
      
       -Pero supongo que Dios llama sobre todo a personas de especiales cualidades.
      
       Quizá pensamos siempre en ese otro que es más inteligente, mejor persona, con más simpatía o más fe que nosotros. ¿Por qué Dios va a elegirme precisamente a mí? ¿A Dios, qué más le da? ¿No podría, mejor, elegir a ese otro, que es mucho mejor que yo? ¿Por qué, entre millones y millones de personas, tengo que ser precisamente yo?
      
       No hay respuesta fácil a esa pregunta. En el Evangelio se lee bien claro que Jesucristo eligió a los que quiso, no a los mejores. Su elección forma parte del misterio insondable del designio divino, y es natural que muchas veces escape a nuestra comprensión.
      
       En el episodio de la vocación de Mateo, por ejemplo, puede verse que Dios llama a personas en situaciones bastante poco predecibles. Jesucristo llama a ser apóstol a un hombre que, según la concepción de aquel tiempo en Israel, era considerado un pecador público. Pero Jesucristo no excluye a nadie de su amistad. Quien se encontraba aparentemente más lejos de la santidad, se convierte en un gran apóstol y evangelista. Mateo responde inmediatamente a aquella llamada, pese a que suponía abandonar su trabajo, que era una ganancia de dinero seguro, aunque con frecuencia injusto. Entendió así que el seguimiento de Jesucristo es incompatible con una actividad que desagrada a Dios, como es el caso de las riquezas injustas.
      
       No debemos exigir explicaciones a Dios sobre el porqué de su llamada. Pero, sobre todo, debemos pensar por qué hacemos a veces un planteamiento negativo de esa llamada. Hay que pensar en lo que Dios nos da con nuestro sí, no tanto en lo que nosotros damos a Dios, que, además, tampoco es tanto. Cuando Dios llama, ese camino es el que nos otorgará mayor felicidad. No hace falta tener dotes extraordinarias, ni un nivel extraordinario de santidad.
      
       -Pero supongo que, para ser llamado por Dios, habrá que tener un cierto nivel de perfección personal.
      
       "Para responder a la llamada de Dios -afirma Benedicto XVI- y ponernos en camino, no es necesario ser ya perfectos. Sabemos que la conciencia del propio pecado permitió al hijo pródigo emprender el camino del retorno y experimentar así el gozo de la reconciliación con el Padre. La fragilidad y las limitaciones humanas no son obstáculo, con tal de que nos ayuden a hacernos cada vez más conscientes de que tenemos necesidad de la gracia redentora de Cristo. Ser santo no comporta ser superior a los demás; por el contrario, el santo puede ser muy débil, y contar con numerosos errores en su vida."
      
       No te preocupes por tu falta de cualidades personales. Basta con esforzarse por mejorar. En la Francia del siglo XIX había miles de jóvenes de grandes virtudes que buscaban a Dios y, de entre todos, la Virgen eligió a una aldeana enfermiza e ignorante de un lugar sin importancia del Pirineo llamado Lourdes. Bernadette Soubirous era una chica muy atrasada en los estudios para sus catorce años, pues aún no había aprendido a leer ni a escribir, solo hablaba en su dialecto local y no sabía nada de catecismo.
      
       Piensa también en los pastorcillos de Fátima. Los tres recibieron la misma gracia, aunque de un modo distinto para cada uno: Lucia hablaba, Jacinta escuchaba, Francisco solo veía. ¿Por qué Dios lo hizo así? No esperes una respuesta simple. Él sabe bien cómo debe hacer las cosas. Y los tres fueron santos, y no porque se les apareciera la Virgen, ni por sus grandes dotes personales, sino porque hicieron lo que Ella les dijo de parte de Dios.
      
       -Pero muchas veces será mejor esperar a tener más formación, dedicar unos años a profundizar un poco, antes de tomar esas decisiones, para así tener un conocimiento más detallado sobre el camino al que Dios parece que nos llama. Así sabremos más exactamente a qué nos comprometemos.
      
       En principio, son consideraciones muy razonables. Pero cada uno debe ver si no encubren un miedo a comprometerse, o si enmascaran un cierto egoísmo con la excusa de la falta de una formación adecuada. Porque todos necesitamos formación, pero procurando que eso no se convierta en un pretexto para decir que no, y procurando también que esa necesidad de formarse se concrete en medios concretos para lograrlo. Podríamos referirnos a la figura del Santo Cura de Ars, que luego veremos con más detalle: también advertía su falta de formación mientras hacía sus estudios teológicos, pero puso todos los medios para alcanzarla y acabó teniendo una gran sabiduría y siendo un gran santo.
      
       Hay que leer, pensar, preguntar, informarse, tomarse tiempo, pero siempre afrontando de cara los deseos de Dios, buscando la máxima rectitud por nuestra parte. Y todo eso quizá no lleve demasiado tiempo. Lo decisivo suele ser la fe y la cercanía a Dios: cuando se cultiva, cuando se ponen los medios, Dios hace el resto.
      
       Y en cuanto a saber exactamente a qué nos comprometemos, tampoco hay que exagerar. Cuando una persona piensa en casarse, es bueno que procure conocer con profundidad a la otra persona, para saber bien con quién se casa, pero si se detuviera demasiado a indagar a qué se compromete exactamente al casarse con ella, y quisiera saber con demasiado detalle a qué está obligado con el matrimonio y a qué no, y enumerara exhaustivamente qué es lo que la otra persona puede pedirle o no a lo largo de toda su vida matrimonial, a todos nos parecería que ése no es el lenguaje del amor y de la entrega.
      
       -Pero es natural que cueste dar ese paso, y que por eso se retrase la decisión. Al fin y al cabo, es entregar mi vida, toda mi vida, como quien tira una moneda al agua.
      
       Sí, es toda tu vida, pero tu vida y la mía son un regalo inmerecido de Dios. Y el mejor destino que podemos darle es averiguar cuanto antes qué ha pensado Dios para ella, y seguir su designio. Y no solo porque esa vida nos la ha dado Dios previamente -igual que el amor y la generosidad que hay en nuestro corazón-, sino porque Dios nos ha creado con una misión y es para esa misión para lo que mejor estamos dispuestos.
      
       Si al plantearnos responder a la llamada de Dios nos encontramos regateando el precio de la entrega, o contando y recontando la calderilla de la propia vida, o apurando la nostalgia de unos pequeños proyectos que nos cuesta cambiar, o una parcela de autonomía que nos cuesta perder, o un pedazo del corazón que nos cuesta entregar a Dios, entonces hemos de considerar si quizá nuestro problema no es de discernimiento de la vocación sino sobre todo de generosidad y de miedo al sacrificio.
      
       "Ser santo -afirma Benedicto XVI- significa vivir cerca de Dios, vivir en su familia. Esta es la vocación de todos nosotros. Para ser santos no es preciso realizar acciones y obras extraordinarias, ni poseer carismas excepcionales, sino que es necesario, ante todo, escuchar la llamada de Dios y seguirla sin desalentarse ante las dificultades. Y cualquier forma de santidad, aun siguiendo sendas diferentes, pasa siempre por el camino de la cruz, por el camino de la renuncia a uno mismo. Las biografías de los santos presentan hombres y mujeres que han afrontado a veces pruebas y sufrimientos, y su ejemplo es para nosotros un estímulo para seguir el mismo camino y experimentar la alegría de quien se fía de Dios, porque la única verdadera causa de tristeza e infelicidad para el hombre es vivir lejos de Él."
      
       -¿Y si digo que no, es un pecado, una ofensa a Dios?
      
       Entiendo que si ese rechazo es abierto y consciente, no puede dejar de suponer una ofensa. De todas formas, la vocación se presenta sobre todo como una invitación, no tanto como una exigencia moral. Pero su rechazo no dispone muy bien para responder a otras cosas que sí son exigencias morales.
      
       En todo caso, debe ser el amor y no el miedo lo que te lleve a decir que sí a la llamada de Dios. "La fe no quiere infundirnos miedo -continúa Benedicto XVI-, quiere llamarnos a la responsabilidad. No debemos desperdiciar nuestra vida, ni abusar de ella, ni conservarla solo para nosotros mismos."
      

31. La duda sobre las propias cualidades

Las causas perdidas son las únicas
que merece la pena defender;
porque las demás se defienden solas.

Alejandro Llano

       
       Juan Bautista María Vianney nace en Dardilly, cerca de Lyon, en 1786. A los diecisiete años, desea ser sacerdote. Su padre, aunque buen cristiano, le pone algunos obstáculos, que finalmente logra superar. El joven inicia sus estudios eclesiásticos en Ecully, dejando las tareas del campo a las que hasta entonces se había dedicado.
      
       Un santo sacerdote, el padre Balley, se presta a ayudarle. Pero el latín se hace muy difícil para aquel mozo campesino. Aunque es de inteligencia mediana, su capacidad y sus conocimientos son extremadamente limitados, por la insuficiencia de su primera escolarización y por la avanzada edad a la que comienza a estudiar. Llega un momento en que todo su entusiasmo y su tenacidad no bastan y empieza a sentir un enorme desaliento. Decide entonces hacer una peregrinación, a pie, a la tumba de San Francisco de Regis, en Louvesc, para pedir que logre superar esas dificultades, pero sus oraciones no parecen ser escuchadas y continúa aprendiendo con gran lentitud.
      
       Por entonces se presenta, además, un nuevo obstáculo. El joven Vianney es llamado a filas, pues la guerra de España y la urgente necesidad de reclutas llevan a Napoleón a retirar la exención de que disfrutan los estudiantes eclesiásticos. Después de casi dos años de numerosos peligros y peripecias, Juan Bautista reanuda sus estudios, primero en Verrières y después en el seminario mayor de Lyon. Todos sus superiores reconocen su admirable conducta, pero insisten en el poco provecho en los estudios, hasta que finalmente es despedido del seminario. Intenta entonces, sin éxito, entrar en los hermanos de las Escuelas Cristianas. Cuando ya parece no haber solución para sus deseos de ser sacerdote, se cruza de nuevo en su camino el padre Balley, que había dirigido sus primeros estudios. Se presta a continuar preparándole, habla con sus profesores y, después de un par de años de gran esfuerzo por parte de los dos, es ordenado sacerdote en Grenoble en 1815, a los veintinueve años de edad. Había acudido solo a esa ciudad, y nadie le acompaña tampoco en su primera Misa, que celebra al día siguiente. Sin embargo, se siente feliz de haber llegado a alcanzar lo que está convencido que Dios le pide, aunque haya supuesto tantos esfuerzos y humillaciones.
      
       -Desde luego, es un ejemplo de constancia. Supongo que muchas veces pensaría en abandonar, ¿no?
      
       Fue un ejemplo de tenacidad suya, y también de tenacidad de su maestro, el padre Balley. Juan María estuvo muchas veces a punto de abandonar, pero su maestro le alentó siempre. El tiempo pasaba y había que tomar una decisión. ¿Servía como sacerdote o no? Todos tenían sobrados motivos para desconfiar de la calidad de su formación teológica. Algunos se lo hicieron notar así al Vicario General de Grenoble, que preguntó: "¿Es piadoso? ¿Sabe rezar el Rosario? ¿Tiene devoción a la Virgen?". Le contestaron que era un hombre de profunda piedad y de vida santa. "Pues bien, yo lo recibo. Dios hará el resto." Y Dios lo hizo. Fue unos de los santos más grandes de la Iglesia.
      
       El padre Balley fue quien le animó a perseverar cuando los obstáculos en su camino le parecían insuperables. Intercedió ante los examinadores cuando suspendió el ingreso en el seminario mayor, le ayudó en sus estudios y fue su preceptor y protector. Además, no consideró cumplida su misión con la ordenación de Juan María, sino que logró que, como aún no había terminado sus estudios, fuera destinado a Ecully, con la consideración de coadjutor suyo. Allí estuvo durante tres años, repasando la teología y ayudándole en las labores parroquiales, hasta que el padre Balley falleció, en 1818.
      
       Fallecido su maestro, y terminados sus estudios, el arzobispo de Lyon le destinó a un minúsculo pueblecillo, a treinta y cinco kilómetros al norte de la capital, llamado Ars. No tenía siquiera la consideración de parroquia, ni había tenido nunca sacerdote. Era una simple aldea dependiente de la parroquia de Mizérieux, que distaba tres kilómetros. Tenía 370 habitantes. El nivel moral era bastante bajo y la práctica religiosa muy reducida: los domingos solo asistía a Misa un hombre y unas pocas mujeres.
      
       Comenzó enseguida a visitar a sus feligreses, casa por casa. Atendía a los niños y a los enfermos. Amplió y mejoró la iglesia. Ayudaba a los sacerdotes de los pueblos vecinos. Todo ello, acompañado de grandes penitencias personales, de intensa oración y de constantes obras de caridad. Se empleó a fondo en una labor de moralización del pueblo, y no le faltaron calumnias y persecuciones, incluidas acusaciones ante sus propios superiores diocesanos.
      
       Y en el ejercicio de las funciones de párroco de esa remota aldea francesa, fue como el Santo Cura de Ars se hizo conocido en el mundo entero. No llevaba mucho tiempo allí cuando la gente empezó a acudir a él desde otras parroquias, luego de lugares más distantes, después de otras regiones de Francia y finalmente desde países cada vez más lejanos. Su consejo era buscado por obispos, sacerdotes, religiosos y laicos de toda edad y condición. El número de los que acudían a escucharle y confesarse pronto superó los trescientos peregrinos diarios. Pasaba de dieciséis a dieciocho horas diarias en el confesonario. Personas distinguidas visitaban Ars para ver al santo cura y oír su predicación, en la que, con un lenguaje sencillo, lleno de imágenes sacadas de la vida diaria y de escenas campestres, transmitía una fe y un amor de Dios arrolladores.
      
       -¿No es entonces tanto una cuestión de talento como de esfuerzo personal?
      
       La vocación no va ligada necesariamente a grandes talentos, al menos según lo que muchos entienden por talento. Una buena prueba de ello es el ejemplo de este pobre sacerdote, que había hecho tan dificultosamente sus estudios, y a quien la autoridad diocesana había relegado a uno de los peores pueblos de la diócesis, pero que, sin embargo, acabó siendo consejero buscadísimo y guía espiritual de millares de almas.
      
       Desde luego, para la santidad es preciso el esfuerzo personal, junto a la gracia de Dios, que nunca nos falta, y hay que decir que el Santo Cura de Ars se levantaba a la una de la madrugada para ir a la iglesia a hacer oración, y antes de amanecer iniciaba su trabajo en el confesonario, y dedicaba todas las horas del día a la celebración de la misa, la atención de los peregrinos, la explicación del catecismo y las confesiones. Su dedicación era tal, que con frecuencia comía de pie en unos minutos, sin dejar de atender a las personas que solicitaban algo de él.
      
       San Pablo decía que Dios escogió a los necios según el mundo para confundir a los sabios, y la flaqueza del mundo para confundir a los fuertes, de manera que nadie pueda gloriarse insensatamente delante de Dios. Y Dios bendecía manifiestamente la entrega de aquel modesto sacerdote, en contra de toda posible previsión humana. Una vida que todos auguraban gris y olvidada, resultó ser asombrosamente fecunda y conocida. El que a duras penas había hecho sus estudios, se desenvolvía con maravillosa firmeza en el púlpito, con enorme soltura, sin haber tenido tiempo para prepararse. El que parecía de inteligencia limitada, demostró un notable don de discernimiento de conciencias y resolvía delicadísimos problemas de conciencia en el confesonario. Durante cuarenta y dos años, hasta el momento de su muerte, se entregó ardorosamente al cuidado de las almas en aquel pueblo perdido de Francia. Sin moverse de allí, logró, sin buscarla, una resonante celebridad.
      

32. Nunca lo había pensado

Las grandes ideas son aquellas
de las que lo único que nos sorprende
es que no se nos hayan ocurrido antes.

Noel Clarasó

       
       El 7 de julio de 1935, un estudiante asiste a un día de retiro espiritual en la Residencia universitaria de la calle de Ferraz, en Madrid, predicado por San Josemaría Escrivá. El estudiante se llama Álvaro del Portillo y ha conocido al Fundador del Opus Dei a través de Manuel Pérez Sánchez, un compañero suyo de la Escuela de Ingenieros de Caminos de Madrid.
      
       Un tiempo antes, Manolo, que estudia unos cursos por delante, ha facilitado la colaboración de Álvaro en las actividades asistenciales que llevan a cabo varios estudiantes universitarios en las Conferencias de San Vicente de Paúl. En ese grupo hay estudiantes de diversas carreras. Acuden sobre todo a la parroquia de San Ramón, en el Puente de Vallecas. La zona está rodeada de chabolas construidas a base de chapa y cartón, y prestan ayudas diversas, tanto de tipo educativo como asistencial. La situación no es precisamente idílica, pues desarrollan su labor entre gente que vive en condiciones difíciles y muchas veces también en un clima hostil hacia la Iglesia.
      
       Con frecuencia van juntos Álvaro y Manolo, pues les resulta muy fácil ponerse de acuerdo en la Escuela de Caminos. Manolo ha conocido a San Josemaría hace un tiempo, y varias veces le ha hablado de su compañero Álvaro del Portillo, y de su idea de presentárselo más adelante. Álvaro es uno de los alumnos más brillantes de la Escuela y, al tiempo, una persona amable y sencilla. Finalmente, Manolo se decide a decírselo un día en que los dos se dirigen hacia el Arroyo del Abroñigal, para visitar a una familia desvalida. A Manolo le cuesta un poco iniciar la conversación, pues es algo tímido. Siempre recordará esto después, al narrar esta escena, por la trascendencia que luego tuvo ese pequeño vencimiento personal. Pero Manolo piensa que debe invitarle a conocer a aquel sacerdote, y al final, bajando por aquel campo de cereales, le habla de Josemaría Escrivá, y le invita a visitarle unos días después.
      
       La primera entrevista con San Josemaría le impresiona profundamente. En aquella brevísima conversación, de apenas cinco minutos, siente que el Fundador del Opus Dei le toma en serio y trasluce gran afecto. Quedan en hablar más despacio, largo y tendido, cuatro o cinco días después. Pero cuando acude Álvaro, habían llamado a San Josemaría para atender a un moribundo, y no pudo avisarle, porque no tenía su teléfono. Sin embargo, la imagen de aquel joven sacerdote queda grabada en el alma de Álvaro y, cuando ya termina el curso académico 1934-35, decide ir a verle de nuevo, con la idea de saludarle antes de irse de vacaciones.
      
       "Me recibió -evocaría años después- y charlamos con calma de muchas cosas. Después me dijo: mañana tenemos un día de retiro espiritual, ¿por qué no te quedas a hacerlo, antes de ir de veraneo? No me atreví a negarme, aunque mucha gracia no me hacía."
      
       Durante ese día de retiro en la Residencia de la calle de Ferraz, ve con claridad una llamada divina que no esperaba, y decide comprometer su vida en el Opus Dei. A partir de aquel 7 de julio de 1935, tiene clara conciencia de que su sí a Dios le compromete para toda la vida. Ni en esos días, ni en los meses anteriores, hubo nada que le hiciera presagiar que el Señor estaba a punto de llamarle. Había crecido en un ambiente cristiano, comulgaba casi a diario, y rezaba el Rosario todos los días, pero no era hombre inclinado hacia asociaciones piadosas ni organizaciones eclesiásticas. No mantenía un trato habitual con sacerdotes, ni había advertido ninguna señal de una posible llamada de Dios.
      
       Sin embargo, aquel joven estudiante pronto fue el colaborador más directo de San Josemaría y, a partir de 1975, su sucesor al frente del Opus Dei. Falleció en 1994, después de una vida de gran fecundidad, y ahora está en marcha su proceso de beatificación.
      
       -¿Y no es curioso que Dios haga ver la vocación así, de un día para otro? Da la impresión de que algo tan precipitado no puede ser una vocación madura y meditada.
      
       Puede que no sea lo más habitual, pero así funcionan las cosas también en el amor humano. No es infrecuente que una persona se enamore de otra así, de un día para el siguiente. Y eso no tiene por qué significar inmadurez.
      
       -Pues supongo que eso sucederá a personas especialmente entusiastas, que se sienten impulsadas con mucha fuerza a seguir una vida de entrega a Dios.
      
       No tiene por qué ser así. Álvaro del Portillo comentó en alguna ocasión que Dios le dio al principio un notable entusiasmo por la vocación recibida, pero que, al cabo de los meses, fue apagándose, dejando paso a una ilusión más sobrenatural, que es la clave de la perseverancia. La entrega a Dios no se basa en el entusiasmo, como tampoco la entrega en el matrimonio. Ha de haber un fundamento más profundo, en el que no debe minusvalorarse la importancia de la conciencia del deber y la abnegación. La vocación no es un estado de ánimo, ni depende de la salud, ni de la situación profesional o familiar en que uno se encuentre. Por encima del oleaje de la vida, con sus altos y bajos, con sus dolores y sus alegrías, la vocación divina brilla siempre como un lucero en la noche, señalando el rumbo de nuestro caminar hacia Dios.
      
       El camino de la fe, o de la vocación, nunca es una marcha triunfal, sino un camino salpicado de sufrimientos y de amor, de pruebas y de fidelidad que hay que renovar todos los días. Es más, la conciencia de la propia debilidad, de la posibilidad de no ser fiel, es la mejor preparación para evitar la suficiencia y la presunción que suelen estar presentes en las grandes caídas. Todos tenemos que aprender que somos débiles y que necesitamos ayuda y perdón. De ahí nace la confianza en Dios, que nos hace capaces de seguirle hasta el final.
      
       -¿Y crees que es corriente que una persona descubra su vocación un buen día, sin haber pensado nunca en que pudiera ser su caso?
      
       No puedo decir que sea lo habitual, pero sí bastante frecuente en la historia de la Iglesia y la vida de los santos. Podríamos recordar cómo fue la vocación de bastantes de los Apóstoles, o, por ejemplo, la de San Lorenzo de Irlanda. Siendo un adolescente, un enemigo de su padre, Dermot MacMurrough, rey de Leinster, le mantenía como rehén. Su padre, el Sr. O'Toole, capturó a doce oficiales de su enemigo y, para entregarlos, puso como condición que le devolvieran a su hijo. MacMurrough aceptó, pero llevó al niño al monasterio de Glendalough, para que en cuanto le devolvieran a sus hombres, los monjes dejaran marchar a Lorenzo. Y sucedió que al chico le impresionó tanto la vida del monasterio que pidió a su padre que le dejara quedarse allí. Su padre accedió a los deseos de su hijo y con el tiempo Lorenzo llegó a ser un monje tan excelente y de comportamiento tan ejemplar, que al morir el superior del monasterio, en el año 1154, los monjes lo eligieron a él por unanimidad como nuevo superior, aunque tenía solo veinticinco años. Y cuando falleció el arzobispo de Dublín, en el año 1161, volvió a suceder lo mismo. Fue un gran santo, una figura egregia en la historia de la evangelización de su país y uno de los muchos santos que encontraron su camino de una forma totalmente inesperada.
      

33. Dejar pasar el tiempo

Aprender sin pensar es inútil.
Pensar sin aprender, peligroso.

Confucio

       
       -¿Y no es mejor dejar pasar el tiempo? Quizá esa inquietud luego se resuelva en nada. Si tiene que venir, ya vendrá.
      
       Pienso que es mejor tratar de resolver la duda, no dejarla correr sin más. C. S. Lewis, en sus "Cartas del diablo a su sobrino", explica con agudeza cómo la mayor parte de las buenas acciones de los hombres dejan de realizarse simplemente por la tendencia a no pensar seriamente en ellas, por dejarlas para después.
      
       "Es curioso -comenta el diablo veterano a su sobrino, un tentador menos experimentado- que los mortales nos pinten siempre dándoles ideas, cuando, en realidad, nuestro trabajo más eficaz consiste en evitar que se les ocurran." Y cuenta el caso de una persona que estaba enfrascada en una interesante lectura. Sus pensamientos iban acercándose a comprender sus obligaciones con Dios. Su tentador vio enseguida que sería inútil defender sus posiciones a base de razonamientos, y dirigió su ataque, inmediatamente, hacia aquella parte de aquel hombre que tenía mejor controlada: le sugirió que ya era hora de comer. El hombre se resistió inicialmente, argumentando que aquellos pensamientos eran mucho más importantes que la comida, a lo que el veterano diablo repuso que, efectivamente, aquello era demasiado importante como para abordarlo con el estómago vacío. Era mejor estudiarlo a fondo, con la mente despejada, después de comer. Una vez en la calle, el tentador había ganado la batalla. Bastó con hacerle fijarse en unas cuantas cosas del bullicio urbano para que a los pocos minutos estuviera convencido de que cualquier idea extraña que pudiera pasársele por la cabeza a un hombre encerrado a solas con sus libros, una sana dosis de "vida real" era suficiente para demostrarle que "ese tipo de cosas" no pueden ser verdad.
      
       Muchas veces, el principal trabajo de nuestros tentadores es, simplemente, alejarnos de la tarea de pensar. La fe, o la vocación, no corren peligro habitualmente, como muchos creen, por pensar demasiado, sino por sustituir el razonamiento por unas sencillas percepciones acerca de si esas ideas son actuales o superadas, modernas o convencionales, si se llevan o no se llevan, si "tienen futuro" o no lo tienen. La imagen sustituye a la argumentación, el flujo de experiencias sentimentales sustituye a la razón, y el barullo de la supuesta "vida real" -sin preguntarse qué entiende por "real"- sustituye a cualquier análisis profundo sobre el sentido de su vida.
      
       Toda tentación tiende a apartar a Dios en nuestra vida, a poner por delante otras cosas que en ese momento consideramos más urgentes o necesarias. Vemos entonces las cosas de Dios como un tanto irreales. Además, es muy propio de esa tentación adoptar una apariencia moral. Aparece siempre con la pretensión del verdadero realismo. No nos invita directamente a hacer el mal, porque eso sería muy burdo. Finge mostrarnos la mejor opción: abandonar lo ilusorio y emplear eficazmente nuestras fuerzas en unas tareas buenas, pero que no son las que Dios nos está pidiendo.
      
       -Es verdad que a veces rehuimos la tarea de pensar, pero puede darse el caso contrario, de que nos enredemos un poco de tanto darle vueltas a las cosas, y eso no es un buen modo de dilucidar cuál es nuestro camino.
      
       Por supuesto. Hay que conocerse a uno mismo. Si tenemos tendencia a complicarnos y a cargar nuestra cabeza con extremos, puede suceder eso que dices, y entonces hemos de procurar no complicarnos. Pero si tendemos más bien a ser demasiado tranquilos, o un poco despreocupados, es probable que, si tenemos esas inquietudes, no sean una obsesión ni un escrúpulo, sino una cuestión sobre la que debemos reflexionar con hondura.
      
       -Pero hay muy pocos que se entreguen por completo a Dios, y por tanto sería rarísimo que fuera precisamente mi caso.
      
       Quizá no sean tan pocos. Pero, aunque fueran muy pocos, si esos pocos siguieran esa argumentación que tú haces, y pensaran que por ser pocos no será su caso personal, eso les llevaría al error sobre su propio camino.
      
       Es mejor no ponerse a la defensiva. No debes ver la llamada de Dios como un riesgo que evitar. Si caes en ese planteamiento, pronto te encontrarás manteniendo distancias con Dios, con miedo a que te pida demasiado. Y te encontrarás entonces con una íntima insinceridad, con una sutil falsedad interior que empaña tu vida y te paraliza. La sinceridad con uno mismo es vital para tener paz interior.
      
       Si te enfrentas con serenidad y honradez a esas inquietudes tuyas, quizá compruebes que, a medida que avanzas, a medida que cotejas el relato de tu vida con el del Evangelio, todo se va llenando de claridad. Y quizá también de sorpresa. Esas preguntas que ayer te parecían para gentes extrañas o lejanas, están ahí, ahora, más cerca, acechando tu rostro y tu alma. "¿Y si me entregara a Dios?". Y te encuentras quizá respondiéndote de inmediato, algo nervioso: "¡Calla!". Pero luego vuelve el pensamiento: "¿No estará Dios queriendo decirme algo?". Son sugerencias, impresiones, interrogantes, a veces casi imperceptibles, porque Dios habla bajito, pero te está pidiendo respuesta.
      
       Quizá eludes la oración, o, cuando rezas, no quieres planteártelo a fondo. Hablas con Dios de mil cosas pero, como si fuese la soga en casa del ahorcado, pasas de puntillas sobre este tema. Y si comprendes que debes ser más templado, para purificar el alma y ver más claro, no te lo tomas en serio. Y si te das cuenta de que deberías comentarlo con una persona que pueda realmente ayudarte, vas dando largas al asunto y no lo haces. O ves que te convendría hacer un retiro espiritual, pero nunca tienes tiempo para eso. Y van pasando los días, los meses, los años. Y si te remuerde la conciencia, enseguida repones que no hay que meterse presión a uno mismo con el tema, que en las cosas importantes no debe haber prisas.
      
       Te cuesta acometer lo costoso presente, y quizá, casi sin darte cuenta, sacrificas a eso tu futuro. No es demasiado novedoso. Así sucedió a Esaú, según cuenta el libro del Génesis, aquel día que "llegó del campo, agotado, y dijo a su hermano Jacob: Te ruego que me des a comer de ese guiso tuyo, pues estoy muy cansado. Y Jacob respondió: Véndeme a cambio tu primogenitura. Entonces dijo Esaú: Estoy que me muero. ¿Qué me importa la primogenitura? Y dijo Jacob: Júramelo ahora mismo. Y él se lo juró, y vendió a Jacob su primogenitura. Jacob dio a Esaú el pan y el guiso de lentejas, y éste comió y bebió, se levantó y se fue. Así menospreció Esaú la primogenitura." El comportamiento de Esaú refleja que era un hombre centrado en las necesidades materiales inmediatas, sin pararse a pensar mucho en las consecuencias a largo plazo de sus acciones. Le pareció que la primogenitura, con todas sus bendiciones materiales y espirituales futuras, era de poco valor frente a aquel plato de lentejas, tan atractivo y seductor en el presente.
      
       -¿Qué aconsejas hacer, entonces?
      
       Asegurarse de que no vendemos nuestra primogenitura por un plato de lentejas. Juan Pablo II ofrecía un programa para esto: "Necesitaréis el consejo de vuestros sacerdotes, de vuestros padres, de vuestros maestros. Y necesitaréis de la guía divina. Orad. Confiad en Cristo. Abridle vuestros corazones. Abrid vuestros corazones de par en par a Cristo. No tengáis miedo. Sed generosos. Quien da poco, cosechará poco. El que da con generosidad, recogerá una cosecha abundante. Podéis contar con la gracia de Dios".
      
       "No hay que conformarse con rezar para que el Señor suscite vocaciones. Es preciso estar personalmente atentos a la llamada que Él quiera dirigiros; y es preciso también que no falte el valor de responder generosamente a esa llamada".
      
       A lo mejor ves la llamada de Dios como un rayo que está a punto de derribar algunas de tus ilusiones. Como algo que reclama una serie de cosas que te habías reservado para ti mismo. Como una intrusión que pone al descubierto apegamientos, flaquezas, reductos que te parecían intocables. Sientes como si la mano de Dios fuese a complicarte la vida, como muchos se apresuran a señalarte. Y todo eso te detiene. Estás dispuesto a dar la ropa usada a la parroquia, a emplear unas horas en alguna tarea piadosa, a colaborar con un generoso donativo en la campaña en favor del hambre, o de lo que sea, pero… ¿a dar tu vida?
      
       Es lógico que estés muy enamorado de tus proyectos y te cueste cambiarlos por los proyectos de Dios. Y quizá por eso te cuesta dedicar tiempo a Dios (aunque dispones generosamente de ese tiempo cuando se trata de tus ocupaciones preferidas), y todo eso hace que vayas tan despacio, lento, muy lento.
      
       San Jerónimo Emiliano tenía un palacio del Renacimiento espléndido, como convenía a su condición de aristócrata, lleno de obras de arte, criados y lujos palaciegos. Pero lo abandonó todo por amor a Dios. Y toda Venecia lo vio distribuyendo sus riquezas entre los pobres. Y San Francisco de Asís, y muchos otros, renunciaron a sus posesiones para llevar una vida llena de austeridad. A ti quizá no te pida eso. Pero te pide, desde luego, que te liberes de lo que te apega a las cosas que te apartan de Él. Quizá las riquezas que lastran tu camino sean tus ataduras a la comodidad, a tu tiempo, a unos proyectos buenos, pero distintos de los que Dios te plantea.
      

34. ¿Seré capaz de perseverar?

No creas que, para ser auténtico,
el amor tiene que ser extraordinario.

Madre Teresa de Calcuta

       
       -La inquietud sobre si perseveraré o no es un miedo que frena mucho, por la incertidumbre del futuro.
      
       Es una preocupación bastante lógica ante una decisión de importancia. Peter Seewald planteó al entonces Cardenal Joseph Ratzinger en 1996 una pregunta muy personal sobre esta cuestión: "Y, una vez decidido a ordenarse sacerdote, ¿nunca tuvo dudas, tentaciones, nostalgias?".
      
       La respuesta del futuro Papa fue franca y clara. "Sí. Claro que tuve dudas. Concretamente en el sexto año de estudios de Teología, uno se encuentra frente a cuestiones y problemas muy humanos. ¿Será bueno el celibato para mí? ¿Ser párroco será lo mejor para mí? Estas preguntas no siempre tienen respuesta fácil. En mi caso concreto, nunca dudé de lo fundamental, pero tampoco me faltaron las pequeñas crisis."
      
       "Pero, qué clase de crisis. ¿Le importaría citarme algún ejemplo?", insistía el periodista alemán. "Durante mis años de estudiante de teología en Munich -prosiguió el cardenal-, yo me planteaba dos posibilidades muy distintas. La teología científica me fascinaba. La idea de profundizar en el universo de la historia de la fe, era algo que me interesaba mucho; aquello me abriría extensos horizontes del pensamiento y de la fe, que me llevarían a conocer el origen del hombre y el de mi propia vida. Pero, al mismo tiempo, cada vez veía más claro que el trabajo en una parroquia, donde atendería todo tipo de necesidades, era mucho más propio de la vocación sacerdotal que el placer de estudiar teología. Eso suponía que ya no podría seguir estudiando para ser profesor de teología que era mi más íntimo deseo. Porque, si me decidía al sacerdocio, significaba una entrega plena a mis obligaciones, incluso en trabajos muy sencillos y poco gratificantes. Por otra parte yo era tímido y nada práctico, estaba más bien dotado para el deporte que para la organización o el trabajo administrativo, y también tenía la preocupación de si sabría llegar a las personas, si sabría comunicarme con ellas. Me preocupaba la idea de llegar a ser un buen párroco y dirigir a la juventud católica, o dar clases de religión a los pequeños, atender convenientemente a enfermos y ancianos, etc. Me preguntaba seriamente si estaba preparado para vivir toda la vida así, si aquella era realmente mi vocación.
      
       "A todo ello iba siempre unida la otra cuestión, de si yo podría hacer frente al celibato, a la soltería, de por vida. La Universidad estaba, por aquel entonces, medio en ruinas y no teníamos local para la Facultad de Teología. Estuvimos dos años en los edificios del Palacio de Fürstenried, en los alrededores de la ciudad. Aquello hacía que la convivencia -no solo entre alumnos y profesores, sino también entre alumnos y alumnas-, fuera muy estrecha, así que la tentación de dejarlo todo y seguir los dictados del corazón era casi diaria. Solía pensar en estas cosas paseando por aquellos espléndidos parques de Fürstenried. Pero, como es natural, también haciendo largas horas de oración en la capilla. Hasta que, por fin, en el otoño de 1950 fui ordenado diácono; mi respuesta al sacerdocio fue un rotundo sí, categórico y definitivo."
      
       Cualquier decisión de cierta importancia en la vida comporta un riesgo y entraña unas dudas. Los que contraen matrimonio no saben si serán fieles, si tendrán hijos o no, si serán muy afortunados o si las desgracias azotarán su hogar. Y no por eso dejan de casarse miles de personas cada día.
      
       Los que eligen una carrera no saben si triunfarán o fracasarán en ella. Los que emprenden un viaje no saben si regresarán o no. Y sin embargo, la vida sigue, y hay que estar tomando decisiones constantemente. Pero no podemos pedir a la llamada de Dios una seguridad que no pedimos para otras decisiones importantes de la vida. No podemos exigir unas garantías que no se exigen a otras decisiones humanas importantes.
      
       -Me has contestado antes con un ejemplo de una persona que tuvo dudas y finalmente se decidió, y le fue bien. Pero hay otros casos que no acaban bien.
      
       Es verdad, y no hay por qué ocultarlo. Por ejemplo, Salomón, de quien ya hemos hablado antes como ejemplo de prudencia y de sabiduría, se apartó de Dios en su vejez. "El más sabio de los hombres -comentaba Newman- se convirtió en el más brutal. El más fiel se hizo el más pervertido. El autor del Cantar de los Cantares acabó esclavizado por las afecciones más viles. ¡Qué contraste entre esta figura de cabello gris, cargado de años y de pecados, inclinado ante mujeres y ante ídolos, y aquella otra figura juvenil y brillante cuando dedicó a Dios el templo que acababa de construir, y aparecía como un mediador entre Dios y el pueblo! Su vida es una advertencia que se aplica también a nosotros. Cuanto más santo es un hombre, más necesita vigilar atentamente su proceder, no sea que caiga y se pierda. Una honda convicción de esta necesidad ha sido la gran protección de los santos. Si no hubieran temido a Dios, no habrían perseverado."
      
       Es verdad que algunos acaban mal. Es más, todos tenemos la posibilidad de acabar mal, y es natural que sea así, pues si estuviéramos seguros de nuestra fidelidad, ni tendría mérito nuestra entrega ni pondríamos celo por mantener vivo nuestro amor.
      
       Decir que sí es siempre afrontar un riesgo y una incertidumbre. Pero el riesgo, la incertidumbre y la duda se pueden presentar tanto al que dice que sí como al que dice que no. En ese sentido Joseph Ratzinger escribió en 1963, que "tanto el creyente como el no creyente comparten, cada uno a su manera, la duda y la fe"; y eso puede aplicarse también a la vocación: el que decide entregarse a Dios puede hacerlo con algunas dudas, pero el que decide no entregarse puede albergar igualmente esas dudas.
      
       Perseverar es una cuestión de coherencia y de empeño a lo largo de la vida, de mantener la palabra dada a Dios, y en particular, de mantener esa palabra cuando lleguen los días malos. Porque es fácil ser coherente por un día, o por una temporada. Pero lo importante es ser coherente toda la vida. Es fácil ser coherente a la hora del entusiasmo o de la exaltación, pero hay que serlo también en los días malos, a la hora de la tribulación. Y solo puede llamarse fidelidad a una coherencia que dure toda la vida. Así lo expresa, por ejemplo, la fórmula del matrimonio ("…prometo serte fiel, en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, y amarte y honrarte todos los días de mi vida"), y es lógico que sea así, por el carácter definitivo del amor humano, por la responsabilidad que se contrae con la entrega personal plena que supone el matrimonio. En esto hay una gran sabiduría y una tradición que, en definitiva, están respaldadas por la palabra del mismo Dios. Solo al darme por entero, sin reservarme una parte mí, sin aspirar a una revisión, a una rescisión, se responde plenamente a la dignidad humana. No es un experimento, ni un contrato de arrendamiento, sino la entrega del uno al otro. Y la entrega de una persona a otra solo puede ser acorde con la naturaleza humana si el amor es total, sin reservas.
      
       -Pero el empeño por ser fiel a la palabra dada no quita la duda antes de dar esa palabra, y ése es ahora mi problema.
      
       Quizá estás ahora en una encrucijada. Ante ti, dos caminos: uno que regresa hacia atrás, hacia la propia tierra, donde todo es quizá más conocido, más cómodo, menos arriesgado. Y otro camino, que exige más decisión, que supone un riesgo, que abre la vida hacia un horizonte nuevo, que reclama un caminar un poco más audaz.
      
       Y sabes que ese camino no será idílico, como no lo es el otro, ni ninguno. Tendrá sus días de paisajes maravillosos, de altas montañas nevadas, de ríos y lagos de agua cristalina, de música suave que nos envuelve de paz, pero habrá otros de polvo y de cansancio, de andar y de subir, de monotonía, de incertidumbre.
      
       Pero retrasar una decisión no siempre la resuelve. A veces, la complica, o hace que se acabe tomando contra nosotros por eliminación o por indecisión. Por eso debemos actuar de modo distinto según sea nuestro carácter. Si sabemos que tendemos a ser demasiado dubitativos, hemos de procurar lanzarnos un poco más de lo que nuestro espíritu perfeccionista nos pide. Si, por el contrario, tendemos a ser demasiado impulsivos o precipitados, será mejor que procuremos madurar un poco más la decisión.
      
       Pero no pienses que si la decisión es entregarse a Dios en celibato vas a tener menos apoyo que si la entrega es en el matrimonio. Cuando Dios ve que un alma está determinada a seguirle pase lo que pase, no la deja en la estacada. Una persona puede dudar sobre cuál es su camino, y debe hacer lo posible por aclarar esa duda, pero, una vez que lo ve razonablemente claro, no debe pensar tanto en si perseverará o no, porque la perseverancia es algo que debemos construir día a día, y eso es cuestión de decisión personal y de gracia de Dios. Y como la gracia de Dios no nos faltará, quizá lo más importante es aquello de Santa Teresa, de "que importa mucho y el todo una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar, venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, trabájese lo que se trabajare, murmure quien murmurare, siquiera llegue allá, siquiera muera en el camino o no tenga corazón para los trabajos que hay en él, siquiera se hunda el mundo, como muchas veces acaece con decirnos: "Hay peligros", "Fulana por aquí se perdió", "el otro se engañó"".
      
       Lo importante es tener claro el horizonte y seguirlo con perseverancia. Y, como dice el poeta, "si quieres que el surco te salga derecho, ata a tu arado una estrella". La consideración frecuente del ideal de servicio propio de nuestra misión, y de todas las personas que esperan nuestra ayuda, siempre supondrá un excelente estímulo para nuestra perseverancia.
      
       -Pero perseverar por las expectativas de servicio a otros parece un poco utilitarista, no algo propio del amor.
      
       Las expectativas legítimas de otros pueden urgir y facilitar nuestra fidelidad. Así ha sucedido siempre, en la familia, en la amistad, en cualquier ideal de servicio o de entrega. Lo expresa admirablemente Antoine de Saint-Exupéry en "Tierra de hombres", donde cuenta la historia de un piloto perdido en la montaña después de estrellarse su avión. Aquel hombre, Guillaumet, tenía un montón de razones para dejar de luchar por seguir adelante: no conocía el camino, era casi seguro que todo aquel esfuerzo sobrehumano no serviría para nada. Estaba solo, perdido, roto de golpes, de fatiga, de cansancio. Derribado a cada paso por la tormenta, en una zona de la que se decía que "Los Andes, en invierno, no devuelve a los hombres".
      
       La muerte por congelación es una muerte dulce: entra una especie de sopor, lleno de sensaciones agradables en las que uno se encuentra, incluso, optimista, y en medio de ese sueño se escapa el alma. Aquel hombre lo sabía. No le costaba nada dejarse llevar, recostado sobre el suelo helado, no levantarse después de una caída, decir ¡ya basta, se acabó!, y no volver a intentarlo de nuevo. "Perdidas, poco a poco, tu sangre, tus fuerzas, tu razón, seguías avanzando, obstinado como una hormiga, volviendo sobre tus pasos para rodear el obstáculo, volviendo a ponerte en pie después de las caídas, o volviendo a subir aquellas pendientes que solo conducen al abismo, sin concederte ningún descanso, pues, de haberlo hecho, ya no te hubieras levantado del lecho de nieve.
      
       "En efecto, cuando resbalabas, tenías que incorporarte deprisa para no ser transformado en piedra. El frío te petrificaba en cuestión de segundos, y disfrutar, después de una caída, de un minuto más de descanso, te suponía mover unos músculos muertos para poder reiniciar la marcha. Te resistías a las tentaciones. "En la nieve -me decías-, se pierde todo instinto de conservación. Después de dos, tres, cuatro días de marcha, uno solo quiere dormir. Era lo que yo deseaba". Y tú caminabas y, con la punta de la navaja, cada día te ensanchabas un poco más la abertura de los zapatos para que los pies, que se te congelaban y se hinchaban, cupiesen dentro…".
      
       Guillaumet piensa en su mujer, en sus hijos, en sus compañeros. ¿Quién podrá mantener a esa familia que le aguarda en algún lugar de Francia si él se para? No, no les puede fallar. Ellos le quieren, le esperan. ¿Qué pasaría si supieran que estaba vivo? "Si mi mujer cree que vivo, cree que camino. Los compañeros creen que camino. Todos tienen confianza en mí, y soy un canalla si no camino." Cuando volvía a caerse, repetía esas palabras. Cuando las piernas se negaban a avanzar más; cuando los huesos todos de su cuerpo gemían entumecidos por el frío y el cansancio; cuando después de bajar tenía que volver a subir, como en un carrusel que no acababa nunca, volvía a repetir el mismo estribillo: "Si creen que vivo, creen que camino, y soy un canalla si no sigo".
      
       El pensamiento de las personas que nos esperan y nos necesitan, nos comunica fuerza para ir adelante. Y eso es un ejercicio de responsabilidad y una estupenda manifestación de fidelidad. Hay muchas personas a nuestro alrededor que necesitan de nosotros, y quizá Dios espera que dediquemos a ellas nuestra vida, y si es así, no podemos defraudar ni a Dios ni a esas personas.
      

35. Veo que algunos han fracasado

El que ha naufragado
tiembla incluso ante las olas tranquilas.

Ovidio

       
       -A mí lo que más me frena es ver cómo algunos han abandonado su vocación.
      
       La experiencia personal de ver que otros abandonan el camino emprendido, y los conflictos a veces inherentes a ese tipo de situaciones, son siempre una experiencia dolorosa y difícil. Pero hay que saber sacar de todo ello una enseñanza. Cuando uno ve, por ejemplo, noviazgos o matrimonios que se rompen, lo mejor que puede hacer es intentar sacar alguna experiencia de aquello para mejorar el propio noviazgo o el propio matrimonio. Pero ver que otros se rompen no debe llevarnos a romper el nuestro, ni a renegar del noviazgo o del matrimonio, sino a madurar nosotros y a procurar acertar en nuestra elección.
      
       Además, no todos los abandonos son iguales. Hay personas que emprenden el periodo inicial de prueba que hay en todos los caminos de entrega completa a Dios y, con el tiempo, comprueban que aquella no era su llamada. Y no hacen mal en dejar entonces ese camino, igual que no hace mal quien rompe un noviazgo cuando comprende que no debe casarse con esa persona. Y no por eso ha sido infiel el uno con el otro, ni ha habido propiamente un fracaso sino un periodo de prueba que se inicia y se concluye con toda normalidad.
      
       -Pero se puede ser infiel también en el noviazgo.
      
       Por supuesto, un novio puede ser infiel a su novia, o al revés. Pero si en determinado momento deciden dejar de ser novios, no por eso han sido infieles, sino que simplemente han decidido suspender un compromiso mutuo que por su propia naturaleza era temporal.
      
       Lógicamente, si se rompe un noviazgo por infidelidad de uno de los dos, o por no haber puesto el empeño y la consideración necesarias el uno con el otro, quizá esa pareja estuviera llamada a ser un matrimonio feliz, pero no ha podido llegar a serlo porque uno de ellos, o los dos, han maltratado su noviazgo. De manera semejante, una vocación al celibato podría malograrse durante el periodo de prueba, y aunque no se hubiera llegado a asumir ningún compromiso definitivo, podría suponer una infidelidad si ese fracaso se debe a que se ha malogrado la vocación y se ha hecho imposible que fructificara y se abriera camino.
      
       -En muchos casos, el camino de la vocación se inicia con bastante poco conocimiento de lo que supone, y me imagino que esa debe ser la causa de bastantes fracasos.
      
       Es algo que sucede tanto con el noviazgo como con en las etapas de prueba en el inicio del celibato. De todas formas, tampoco debería llevarse al extremo la cuestión del conocimiento previo, pues todos sabemos que los matrimonios que han surgido de un "flechazo", es decir, de un amor descubierto de forma súbita y con poco conocimiento previo, no tienen por qué ser menos felices o menos estables que los demás. En el celibato, como en el matrimonio, muchas veces el corazón va más allá que la inteligencia, y aunque los filósofos digan aquello de que "nihil volitum nisi praecognitum", es decir, que nada se quiere si antes no se conoce, en el amor no siempre sucede así.
      
       Tanto el noviazgo como el periodo de prueba del celibato son etapas que, por su propia naturaleza, no tienen carácter definitivo. Todas las instituciones de la Iglesia tienen unos plazos para comprobar la madurez y la idoneidad de las personas que manifiestan una posible vocación. Así se les facilita una mayor libertad de decisión, para que su entrega sea siempre consecuencia de un querer seguro, consciente y responsable. Y el hecho de que no todos los noviazgos acaben en matrimonio no debe entenderse como algo trágico, igual que sucede con el celibato. Es más, Dios puede contar con esos tanteos para ir descubriendo su camino a una persona.
      
       -Pero la vocación no puede ser algo temporal.
      
       La vocación no es algo que venga y se vaya, pero quienes están en periodo de prueba son conscientes de que durante esa primera etapa están todavía en un periodo de discernimiento y descubrimiento de su vocación. Creer que Dios les llama, y desear seguir esa llamada y entregarse a Dios para toda la vida, es perfectamente compatible con el hecho de que, un tiempo después, algunos puedan comprobar que no era su camino. Y eso no debe considerarse como un fracaso, ni como un tiempo perdido, sino quizá lo contrario: durante ese tiempo han sido generosos, han avanzado en su trato con Dios, han recibido una formación y han luchado por vivir unas virtudes. Todo eso, si se han hecho bien las cosas y si los planteamientos han sido claros, será una etapa que sin duda les ayudará mucho durante toda su vida. Lo han intentado de buena fe, y al poco tiempo han comprendido que no era lo suyo. Bien, no es tan grave. Peor sería percibir una llamada de Dios, tener una vocación, y no hacer nada, no intentarlo siquiera.
      
       También es posible que al principio haya una entrega inicial no demasiado reflexiva, quizá bastante basada en el entusiasmo, pero que luego madura y se descubre con todo su calado. Dios premia muchas veces la generosidad de ese primer arrojo de la entrega algo inmadura con una claridad posterior grande sobre la propia misión. Así sucede también a quien inicia un noviazgo deslumbrado por algunos rasgos externos de la otra persona, y luego descubre su verdadera valía, más profunda, y se entrega a ella con gran madurez y convicción.
      
       Ahí está, por ejemplo, el caso de Santa Jacinta, una chica procedente de una familia adinerada de Viterbo a finales del siglo XVI. Era muy hermosa y aficionada a lujos y vanidades. Como era bastante superficial y orgullosa, tuvo varios desengaños amorosos y un buen día dijo que se hacía monja y que se marchaba a un convento de las hermanas franciscanas. Tenía veinte años. Fue una primera conversión, pero muy leve, pues en el convento quería seguir teniendo las mismas comodidades de antes y mostraba bastante poco interés por la vida religiosa. Cuando tenía treinta años, pasó por una grave enfermedad, con muchos dolores y grave peligro de muerte. Aquello, junto a la ayuda de un santo sacerdote, el padre Bernardo Bianchetti, que supo ayudarla a enfrentarse a sus propios defectos, hizo que se arrepintiera de su vida anterior, hiciera una confesión general y, desde aquel día, empezara otra vida totalmente distinta. Aquella sí fue una verdadera conversión. Desde entonces fue una religiosa ejemplar, muy humilde y sacrificada. Fundó dos asociaciones piadosas que tuvieron enseguida una gran difusión y por medio de sus escritos logró la conversión de muchas personas. Recibió muchas gracias extraordinarias de Dios, y después de su muerte, en 1640, se le atribuyeron numerosos favores y milagros. Su figura ha quedado para la posteridad como ejemplo de una gran santa que, aunque no fuera nada ejemplar en los inicios de su vocación, supo ser finalmente muy fiel a ella.
      
       -Por lo que cuentas, durante sus primeros diez años más bien se podría haber dicho de ella que no tenía vocación y que estaba en aquel convento desengañada por sus desilusiones amorosas.
      
       Es una prueba de que Dios puede hacer que una vocación se abra camino a través de unos comienzos bastante imperfectos, tanto en el discernimiento de la vocación como en la correspondencia a ella, y que, pese a todo eso, esa persona alcance después una gran santidad en ese camino.
      
       Así sucedió también a San Telmo, que, siendo aún un joven sacerdote, fue nombrado canónigo de la Catedral de Palencia, y enseguida elevado a la primera dignidad después del obispo. Era muy inteligente y bien parecido, y eso le hacía ser engreído y ambicioso. Quiso tomar posesión de su cargo como Deán el día de Navidad, y con cabalgata sonada, de manera que dispuso organizarlo todo en medio de un gran festejo. Se encaminaba hacia el templo en un elegante caballo, desenvuelto y arrogante. El aplauso y los gritos iban creciendo. Estando en el culmen de la aclamación, cerca ya de la catedral, queriendo lucir tanto el caballo como su pericia de jinete, clavó las espuelas, y entonces el corcel se encabritó y resbalaron, cayendo ambos aparatosamente en un lodazal, entre las risas y burlas de quienes, momentos antes, le aplaudían. El ridículo fue espantoso. Como contaba luego él mismo, Dios se sirvió de aquello para salir a su encuentro, quebrar un poco su orgullo, hacerle ver lo vanidoso que era y suscitar en él una fulminante conversión. Ingresó en el convento de dominicos que Santo Domingo de Guzmán había fundado poco antes en la ciudad y allí se entregó a la oración, al estudio y al servicio a los demás. Pasado un tiempo, con sus grandes dotes de predicador, alentó numerosas conversiones y dedicó mucho tiempo a los pobres y a los enfermos, hasta su muerte en el año 1246. A pesar de su falta de rectitud en la primera etapa, tuvo después una vida austera y ejemplar, y ha pasado a la historia como uno de los santos medievales más populares.
      
       Y no es solo que un comienzo menos generoso pueda ser enmendado, sino que Dios también puede ir descubriendo poco a poco sus designios a una persona. Ha sucedido así también innumerables veces a lo largo de la historia de la Iglesia y de la vida de los santos. Por ejemplo, San Juan Bautista de la Salle, fundador de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, solo llegó a entender aquello a lo que Dios le estaba llamando, por etapas, a medida que reflexionaba en la oración sobre su experiencia acerca de lo que, poco a poco, Dios le iba descubriendo. El futuro santo llegó a decir que Dios probablemente lo habría asustado si le hubiera mostrado desde el principio todo lo que quería de él, con el esfuerzo y las dificultades que supuso la fundación de las Escuelas Cristianas y toda una vida dedicada a la educación de los hijos de los pobres. Al principio, cuando su amigo el padre Nyel le pide ayuda para iniciar una escuela gratuita en Reims, en 1679, Dios le mostró solamente una pequeña parte de lo que quería de él. Y así empezó todo. Llevado por su generosidad, se implicó en ayudar a su amigo en esa pequeña obra, y acabó descubriendo que Dios quería que él iniciara otra fundación, mucho más grande, a la que dedicaría la totalidad de su vida y sus energías.
      
       Dios sale a nuestro encuentro en el lugar donde estamos y después nos guía hacia sitios que quizá nunca imaginamos y a compromisos en los que jamás habíamos pensado como posibles. Y en eso no hay ningún engaño, sino una forma de hacer de Dios, que nos descubre poco a poco nuestro papel y nuestra misión, como hizo con San Juan Bautista de la Salle, que revolucionó la concepción de la enseñanza, fundó una congregación que dirige hoy más de mil colegios en todo el mundo y es considerado por la Iglesia como el patrono universal de los maestros.
      
       -Dices que los fracasos o el mal ejemplo de otros no deben influirnos negativamente, pero lo cierto es que siempre pesan.
      
       Es verdad. La vocación es un compromiso con Dios. Si vemos el fracaso de otros, o si recibimos un mal ejemplo directo, todo eso nos duele, lo sentimos en el alma. Eso es algo totalmente normal. Pero cada uno debemos mirar sobre todo a nuestro compromiso personal con Dios, y no tanto a la persona que ha dejado determinado camino, o a la que nos da mal ejemplo, o nos parece que nos da mal ejemplo.
      
       Santa Teresa de Lisieux cuenta en su autobiografía el impacto que sufrió en este sentido cuando, a los catorce años, viajó a Roma en una peregrinación para ver al Papa. La convivencia durante esos días era estrecha, y como su agudeza juvenil era grande, fue testigo de los defectos de los sacerdotes que viajaban con ella. Nada escapaba a su implacable mirada. Pero lo que agobia a los débiles, galvaniza a los fuertes. ¿Qué la debilidad de los sacerdotes es a veces grande? Pues bien, precisamente por ellos será carmelita: "Comprendí mi vocación en Italia -escribiría tiempo después-. A nosotros nos corresponde, al Carmelo le corresponde conservar la sal de la tierra." La pequeña Teresa supo desde entonces afrontar de forma más madura las desilusiones que siempre produce el mal ejemplo.
      
       Por otra parte, hemos de ser prudentes al formarnos una opinión sobre las actuaciones de las personas, pues solo Dios conoce el interior de cada una. Todos tenemos defectos, y nuestro deber es procurar superar los nuestros, no limitarnos a señalar los de los demás, escandalizarnos de ellos, y concluir finalmente que eso devalúa nuestro compromiso con Dios. Por otra parte, como idea general, es mejor tender a fijarse en los buenos ejemplos de los demás. Si buscamos la referencia del buen ejemplo, del estímulo de otros que son mejores que nosotros, eso tirará hacia arriba de nuestra vida. Es verdad que también se puede aprender de lo que nos parece fracaso o mal ejemplo en otros, pero no debemos compararnos constantemente con otros menos generosos que nosotros para así sentirnos justificados en nuestra propia mediocridad. Sobre todo, porque siempre encontraremos gente peor que nosotros, salvo que seamos la persona más malvada del planeta.
      
       -Pero no debemos compararnos con otros, sino con lo que nosotros debemos ser, con lo que Dios espera de nosotros.
      
       Por supuesto. Me refiero a que no debemos entretenernos evaluando los errores o dificultades de otros, aunque a veces sean innegables y evidentes, si resulta que el verdadero problema de fondo es nuestra falta de generosidad. Podemos repasar una y mil veces la eterna lista de ejemplos de personas que abandonaron su camino, o de las que siguen en él pero de modo poco edificante, pero todo eso no debería enfriar nuestro diálogo vital con Dios.
      
       -¿Y cómo puede saberse si alguien ha sido infiel o no?
      
       Solo Dios puede juzgar la intimidad de un alma, y solo Él puede saber qué sucedió de verdad en la historia de una presunta infidelidad. Por eso, lo mejor es ocuparse cada uno sobre todo de la propia fidelidad. Cuando una persona piensa en casarse, no debe retraerse pensando en los muchos casos de roturas o fracasos matrimoniales que conoce, o de los que ha oído hablar, sino que debe fijarse sobre todo en cómo los matrimonios felices logran serlo. Y todos sabemos que eso depende mucho de cómo ambos se preocupan día a día de ser fieles a su vocación matrimonial.
      
       -¿Y si después de entregarnos a Dios se ponen las cosas difíciles, y la gente no nos escucha con el interés que esperábamos?
      
       Algo parecido sucedió a Jesucristo en su paso por la tierra: sabía lo que había que hacer, lo explicaba maravillosamente, pero se encontró con innumerables obstáculos. Los hombres se resistían a escucharle, le calumniaron, le persiguieron, le cargaron una cruz y lo mataron. También nosotros podemos sufrir el zarpazo de la incomprensión. No siempre, ni la mayoría de las veces, pero tampoco debería sorprendernos demasiado.
      
       -¿Crees que importa mucho el atractivo que tenga para nosotros una determinada institución?
      
       La institución en la que vivamos nuestra vocación y nuestra entrega es importante. Nos aporta seguridad, compañía, formación, ayuda espiritual, consejo. Pero lo más importante es que nos hemos comprometido con Dios en ese camino, y nuestra santidad pasa por esa institución, como la santidad de una persona casada pasa por la persona de su cónyuge. Pero siempre hay que tener claro que estamos comprometidos con Dios, que hemos de tener una relación diaria con Dios y que tenemos que ser amigos de Dios.
      
       -¿Y si es la institución la que pierde un poco su objetivo sobrenatural y se aleja de Dios?
      
       Lógicamente, ese peligro existe. Igual que en el matrimonio existen los celos, o el protagonismo personal, el egoísmo, o muchos otros posibles defectos que deterioran la convivencia familiar o la relación con otros, en las instituciones de la Iglesia también hay que estar en guardia ante posibles relajaciones, envidias, celos, exclusivismos o cualesquiera de las otras múltiples formas que puede tomar la soberbia o la falta de rectitud, y que también se pueden presentar en los superiores diocesanos o en los obispos.
      
       Como señaló el entonces Cardenal Ratzinger, existe también el riesgo de exagerar el mandato específico que tiene origen en un carisma particular, y vivir entonces la experiencia espiritual a la cual se pertenece, no como una de las muchas formas de existencia cristiana, sino como si fuera la más perfecta expresión del mensaje evangélico, y eso sería un error grave.
      
       Todos esos peligros son riesgos ligados a la soberbia humana, bastante elementales por otra parte, de los que todos debemos procurar guardarnos, y sobre los que han procurado alertar con contundencia casi todos los grandes fundadores a lo largo de la historia. Leyendo los testimonios de quienes han promovido las obras que más gloria han dado a la Iglesia, siempre se encuentran esas recomendaciones, que insisten en la importancia de que los deseos de crecimiento y extensión de esas fundaciones estén siempre basados en la caridad y en el servicio a Dios y a las almas, sin conceder protagonismo al propio desarrollo, y sabiendo alegrarse de que haya muchos otros que trabajen en servicio de Dios, y deseando que esos otros obtengan cada vez más y mejores frutos.
      
       -¿Y si, al final del periodo de prueba, sigo teniendo dudas, y no lo veo claro?
      
       Tienes que verlo suficientemente claro; si no, no debes seguir adelante. Pero debes hacerlo con toda la honestidad que te sea posible, considerando si esa falta de claridad que sientes se debe a que no es tu camino, o bien a que has seguido ese camino sin el empeño necesario. No dejes de considerar que muchos planes de Dios han quedado sin realizarse por una falta de generosidad enmascarada en un "no lo veo claro". Muchas personas han dejado de recibir ayuda porque quienes estaban llamados por Dios a una mayor entrega no fueron sensibles a esa llamada, que casi nunca es rotunda ni apantallante.
      
       Si esa desconocida adolescente albanesa llamada Ganxhe Bojaxhiu no hubiera respondido que sí a Dios cuando le pidió ser monja -y pasó a ser la Madre Teresa-, o cuando después le pidió esa otra "llamada dentro de la llamada", si no hubiera dicho que sí, hoy millones de manos necesitadas se alzarían inútilmente sin encontrar respuesta, porque no habría existido la Madre Teresa de Calcuta ni la institución que ella fundó.
      
       Y si Maximiliano Kolbe se hubiera dejado vencer por la crisis que en 1910 le empujaba a abandonar el seminario franciscano en el que se encontraba, el mundo no habría tenido su ejemplo heroico de santidad en Auschwitz en 1941, ni tampoco la institución que fundó y que hoy atiende a cientos de miles de personas en todo el mundo. Es bastante natural tener dudas, y que esas dudas se disipen con la ayuda, a veces inopinada, de otras personas. En el caso de Maximiliano Kolbe, fue una visita imprevista de su madre al seminario. El chico estaba decidido a explicar a su madre sus dudas y su deseo de dejar el camino franciscano para seguir la carrera militar, pero, antes de que lo hiciera, ella le habló con tanta ilusión de la vocación de sus otros hijos, que el pequeño Maximiliano se encontró fortalecido por el entusiasmo de su madre y aquello disipó sus dudas, y acabó siendo un gran santo, hoy patrono de Europa.
      
       Como decía Benedicto XVI a un grupo de jóvenes en Cracovia en 2006, "el miedo al fracaso a veces puede frenar incluso los sueños más hermosos. Puede paralizar la voluntad e impedir creer que exista una casa construida sobre roca. Puede persuadir de que la nostalgia de la casa es solamente un deseo juvenil y no un proyecto de vida. Como Jesús, decid a este miedo: "¡No puede caer una casa fundada sobre roca!". Como San Pedro, decid a la tentación de la duda: "Quien cree en Cristo, no será confundido". Sed testigos de la esperanza, de la esperanza que no teme construir la casa de la propia vida, porque sabe bien que puede apoyarse en el fundamento que le impedirá caer: Jesucristo, nuestro Señor."
      

36. ¿Es un camino cerrado?

Donde todo el mundo piensa igual,
casi nadie piensa demasiado.

Julián Marías

       
       -¿Entonces, solo somos libres para contestar que sí o que no?
      
       Nosotros no decidimos nuestra vocación, ni la elegimos, sino que la elige Dios. En ese sentido, es cierto que, a la vocación, se responde que afirmativa o negativamente, pues la vocación es una llamada de Dios desde la eternidad.
      
       Pero esa llamada no es un hecho aislado, que nos llega en un momento concreto de la vida, al que se responde que sí o que no, y que a partir de entonces es ya cuestión cerrada. Esa llamada es una actitud permanente de Dios, que nos va desvelando su querer con mil pequeñas llamadas cada día.
      
       En toda vida hay momentos de especial lucidez, en los que cada persona advierte con mayor claridad su posición ante Dios y, con ello, la misión que está llamada a desempeñar en el mundo. Son momentos en los que toma especial conciencia de su vocación, pero que han sido precedidos por otros momentos que han preparado el terreno, y seguidos después por otros que contribuirán a manifestar las implicaciones del querer divino, interpelando de nuevo a la libertad de esa persona.
      
       La vocación es una llamada a la que podemos responder en mayor o menor medida. Cuando respondemos a una llamada telefónica, abrimos un diálogo, pero si no tenemos teléfono, o no respondemos a la llamada, ni siquiera comienza el diálogo. Pero si respondemos, se abre entonces una conversación con el Señor, que dura toda nuestra vida. Un diálogo que está abierto a la libertad de nuestra respuesta, que está condicionado a cada momento por nuestra generosidad.
      
       En ese sentido, puede decirse que no hay dos vocaciones iguales, porque Dios pide a cada uno cosas distintas cada día, como escribió León Felipe: "Nadie fue ayer, ni va hoy, ni irá mañana hacia Dios por este mismo camino que yo voy." No está todo preconcebido y cerrado. No somos como unas marionetas de Dios, sino que nuestra vida estará siempre condicionada por la generosidad de nuestras respuestas. Cada "sí" nuestro abre la puerta a nuevos requerimientos de Dios, a nuevas aventuras de generosidad y de entrega, y con ello a una felicidad cada vez mayor.
      
       -¿Quieres decir entonces que ser fiel es algo más que simplemente perseverar?
      
       Exacto. Hay modos de perseverar que no son fidelidad. Se puede perseverar en el matrimonio pero no ser fiel. Se puede perseverar en el celibato de un modo que tampoco debería propiamente llamarse fidelidad. Es verdad que mientras se persevera, aunque sea mal, tenemos ocasión de convertirnos y ser fieles a nuestro camino, pero la perseverancia sin fidelidad es siempre un drama personal.
      
       Al responder que sí a la llamada inicial de Dios, iniciamos un diálogo: "Tú, Señor, me llamas, y yo me pongo en tus manos. ¿Qué debo hacer, qué hacemos?". Según cómo respondamos, esa conversación con Dios que es nuestra vocación alcanzará mayor o menor intimidad, mayor o menor fruto. Tenemos incluso la posibilidad de cortar ese diálogo, de rechazar la vocación. Pero lo que se pierde entonces no es la vocación, lo que se pierde es la respuesta. En ese caso, nosotros seremos los principales perjudicados, pues, como escribió Saint-Exupèry, "conoces lo que tu vocación pesa en ti, y si la traicionas, es a ti a quien desfiguras; pero sabes que tu verdad se hará lentamente, porque es nacimiento de árbol y no hallazgo de una fórmula." La vocación es como un árbol que germina y crece, no un hecho aislado que un día hemos descubierto.
      
       -Pero no siempre dejar un camino concreto de entrega supone abandonar la vocación.
      
       Lógicamente. Puede que ese diálogo con Dios nos lleve, con rectitud, a un cambio, a resituarnos respecto a lo que inicialmente percibimos. Pero eso no es abandonar la vocación, sino precisar mejor el discernimiento. Por eso, en todas las instituciones y caminos de la Iglesia existen esos plazos y etapas de prueba, de los que ya hemos hablado, que permiten ir confirmando ese discernimiento personal, de manera semejante a como existe el noviazgo antes del matrimonio. Pero, una vez que han concluido los periodos de prueba, hay un evidente deber de fidelidad. La llamada divina se percibe en un momento determinado, pero es desde siempre y para siempre, porque "los dones y la vocación de Dios son irrevocables" (Romanos 11, 28-29). Con la vocación, el Señor concede los medios para poder descubrirla y para responder afirmativamente; y después, a lo largo de la vida, otorga las gracias necesarias para llevar a cabo la misión confiada.
      
       -Pero una persona puede haber hecho inválidamente esos compromisos definitivos, por falta de madurez psicológica o de conocimiento.
      
       Eso puede suceder, por supuesto, como también puede suceder en el matrimonio, donde pueden darse casos de matrimonios nulos por vicio del consentimiento. Pero igual que en el matrimonio existe una presunción a favor del vínculo, también debe haberla en el caso del compromiso definitivo de celibato.
      
       -Entonces, igual que cuando una persona obtiene la nulidad ya no puede decirse que no sea fiel, quien obtiene la dispensa o la anulación de su vínculo de celibato ya no tiene obligación ninguna en ese sentido.
      
       La comparación entre el matrimonio y el celibato arroja habitualmente bastante luz, aunque tiene sus límites, como sucede con cualquier comparación, en la que siempre hay una parte de similitud y otra de diferencia. Desde luego, si se declara una nulidad matrimonial de forma honesta y legítima, ya no existe el vínculo matrimonial, porque en realidad nunca existió. Pero si se recurre a ese proceso como un subterfugio para obtener algo que no responde a la realidad, las cosas son bastante distintas. Y con la dispensa del celibato sucede algo parecido. Pienso que, en todo caso, es Dios quien debe juzgar a cada uno según sus obras, pues solo Él conoce de modo completo lo que sucede en el interior de las personas.
      
       -¿Crees entonces que, una vez que se ha adquirido un compromiso libre y definitivo con Dios, lo que procede en todo caso es luchar por ser fiel?
      
       Así lo decía Juan Pablo II en 1995, refiriéndose entonces al caso concreto del sacerdocio. "La vocación al celibato necesita ser defendida conscientemente con una vigilancia especial sobre los sentimientos y sobre toda la propia conducta. Cuando en el trato con una mujer peligrara el don y la elección del celibato, el sacerdote debe luchar para mantenerse fiel a su vocación. Semejante defensa no significaría que el matrimonio sea algo malo, sino que para el sacerdote el camino es otro. Dejarlo sería, en su caso, faltar a la palabra dada a Dios.
      
       "La oración del Señor: "No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal", cobra un significado especial en el contexto de la civilización contemporánea, saturada de elementos de hedonismo, egocentrismo y sensualidad. Se propaga por desgracia la pornografía, que humilla la dignidad de la mujer, tratándola exclusivamente como objeto de placer sexual. Estos aspectos de la civilización actual no favorecen ciertamente la fidelidad conyugal ni el celibato por el Reino de Dios. Si el sacerdote no fomenta en sí mismo auténticas disposiciones de fe, de esperanza y de amor a Dios, puede ceder fácilmente a los reclamos que le llegan del mundo. ¿Cómo no dirigirme, pues, a vosotros, queridos hermanos sacerdotes, para exhortaros a permanecer fieles al don del celibato, que nos ofrece Cristo? En él se encierra un gran bien espiritual para cada uno y para toda la Iglesia."
      
       -¿Y en los casos en que una persona ha abandonado una institución para fundar otra?
      
       Así han nacido numerosas fundaciones que han llenado de gloria la historia de la Iglesia. Pero en todos los casos, esas personas han buscado siempre la aprobación de los superiores jerárquicos competentes -sus autoridades diocesanas, o bien la Santa Sede- para dar ese paso. Y aunque haya habido con frecuencia dificultades e incomprensiones, que se dan en todas las grandes obras, al final han demostrado su rectitud y su origen sobrenatural, y han dado ese paso con la correspondiente aprobación.
      
       -¿Y a qué facetas de nuestra vida afecta la vocación?
      
       Con la vocación no nos hemos propuesto simplemente hacer unas cuantas cosas buenas. La vocación es algo que abarca todas las dimensiones de nuestra vida, y la envuelve por completo. No es unirse a otras personas buenas para hacer unas cuantas cosas buenas; es proponerse cambiar el mundo, mejorarlo, y no porque seamos superhombres, sino porque así entendemos que lo reclama Dios de nosotros.
      
       Con la vocación, cambia la visión de la vida. "Si me preguntáis -escribió San Josemaría Escrivá- cómo se nota la llamada divina, cómo se da uno cuenta, os diré que es una visión nueva de la vida. Es como si se encendiera una luz dentro de nosotros." "La vocación enciende una luz que nos hace reconocer el sentido de nuestra existencia. Es convencerse, con el resplandor de la fe, del porqué de nuestra realidad terrena. Nuestra vida, la presente, la pasada y la que vendrá, cobra un relieve nuevo, una profundidad que antes no sospechábamos. Todos los sucesos y acontecimientos ocupan ahora su verdadero sitio: entendemos adónde quiere conducirnos el Señor, y nos sentimos como arrollados por ese encargo que se nos confía."
      
       Esta idea nos recuerda una reflexión que, siendo aún una niña, se hacía Santa Teresa de Lisieux. Le gustaba divertirse tomando en sus manos un caleidoscopio, y se admiraba de cómo aquella especie de catalejo podía producir un fenómeno tan fascinante. Un día, tras examinar el interior del mecanismo, vio que se trataba simplemente de algunos pedacitos de papel y lana, echados acá y allá, cortados de cualquier manera, y tres cristales en el interior del tubo. "Esto fue para mí -escribiría en sus memorias- la imagen de un gran misterio. Nuestras acciones, aun las más pequeñas, mientras no se salgan del foco del amor, la Santísima Trinidad, figurada por los tres cristales convergentes, da sobre ellas un reflejo y una belleza admirables… Pero, si salimos de ese centro inefable del amor, ¿qué queda? Briznas de paja…". La vocación nos introduce en la óptica del amor, en una nueva perspectiva que llena de color y de atractivo lo más ordinario.
      
       La vocación es una luz de Dios que nos ayuda a ver de modo concreto, hoy y ahora, personalmente, lo que Dios quiere de nosotros. La vocación no es simplemente una idea que nos inspira, sino una determinación clara de la voluntad de Dios para nosotros. Dios quiere de nosotros algo grande, y lo hará si no ponemos obstáculos.
      
       -Pero si la luz es de Dios, y todo depende de que se encienda esa luz, no hay nada que hacer por nuestra parte, salvo esperar a verla.
      
       Santo Tomás de Aquino ponía una interesante comparación. Dios es como la luz del sol, y nosotros estamos dentro de una habitación en la que, si abrimos la ventana, Dios nos inunda con su luz y tenemos claridad. La luz solar que entra en la habitación no es efecto solo de que la ventana esté abierta: tiene que alumbrar el sol. Es Dios quien actúa, pero es preciso que nosotros lo facilitemos, que no cerremos la ventana, que no lo impidamos.
      
       -¿Y si uno se siente con dudas de si será capaz de mantener dignamente ese diálogo con el Señor que es la vocación?
      
       Lo importante es que cada uno estemos firmemente decididos a ser fieles a lo que Dios nos pida. Luego ya Dios suple nuestra debilidad. Así lo contaba Lázaro Linares, al narrar la historia de su vocación, cuando un día de abril de 1955 expuso esas dudas al director del centro donde deseaba pedir la admisión en el Opus Dei. El director le escuchó con atención, se aseguró de la claridad con que se había planteado dar ese paso, y finalmente le preguntó acerca de aquella duda: "Lázaro… ¿tú crees que podrías perseverar un día? ". "Hombre, sí; un día sí", le contestó. "¿Y una semana? " "Sí, una semana pienso que también." "¿Y un mes? " "Hombre, un mes puede ser muy largo, pero supongo que también". "Entonces -concluyó-, si eres capaz de perseverar un mes, eres capaz de perseverar toda la vida."
      
       Había en todo aquello, aparentemente simple, mucha profundidad y mucha sabiduría. Dios nos da en cada momento la gracia necesaria para ser fieles. Cada día tiene su propio afán y su propia gracia de Dios. Si no hay ningún obstáculo para vivir el día a día, no tiene por qué haberlos después. Se trata de mantener la palabra dada a Dios, de mantener vivo ese diálogo personal con el Señor, pues ese diálogo nos hace ser receptivos a sus requerimientos.
      
       Me recuerda lo que sucedió a San Enrique, príncipe heredero de Baviera. A la muerte de su padre, en el año 995, Enrique ocupó el trono con solo veintidós años. Era uno de los príncipes más instruidos de su tiempo, y su fama de buen gobernante se difundió enseguida por toda Baviera, ganándose la simpatía de sus súbditos. Había tenido como maestro a San Wolfgang, que le dio una esmerada educación cristiana. Al poco de morir su maestro, tuvo Enrique un sueño, la noche del 1 de enero del año 996. En el sueño, San Wolfgang escribía en una pared esta frase: "Después de seis". Enrique se imaginó que por medio de ese sueño le avisaba de que dentro de seis días iba a morir, y se dedicó con todo empeño a prepararse para ese momento. Pero pasaron lo seis días y no murió. Entonces, pensó que serían seis meses, y procuró obrar en todo momento con ese mismo pensamiento. Pero a los seis meses tampoco murió. Concluyó entonces que el plazo era de seis años, y durante ese tiempo siguió actuando, en su vida personal y en el gobierno de su reino, con la idea de que el tiempo que Dios le concedía era ese. Pero, a los seis años, justo el 1 de enero de 1002, lo que le llegó no fue la muerte sino su proclamación como Emperador de Alemania. Los seis años de preparación para el encuentro definitivo con Dios fueron la mejor preparación para su misión en tan alto cargo, en el que estuvo hasta que falleció en el año 1024. Fue un gobernante santo y prestó grandísimos servicios a la evangelización de Europa. Sin duda, aquel sueño le fue de gran ayuda. A nosotros también puede ayudarnos la idea de poner empeño en ser fieles a la llamada de Dios pensando que el tiempo que tenemos por delante es corto, pues si somos fieles ahora, estaremos bien preparados para serlo siempre.
      
       -¿Y crees que es especialmente difícil ser fiel al celibato en la sociedad de hoy?
      
       Juan Pablo II decía que para vivir el celibato de modo maduro y sereno, es particularmente importante desarrollar profundamente en uno mismo la imagen de la mujer como hermana o del varón como hermano. En Cristo, hombres y mujeres son hermanos y hermanas, independientemente de los vínculos de la sangre. Se trata de un vínculo universal, gracias al cual el célibe puede abrirse a cada ambiente nuevo, hasta el más diverso, con la conciencia del deber de ejercer en favor de los hombres y de las mujeres a quienes es enviado una auténtica paternidad espiritual, que le concede "hijos" e "hijas" en el Señor.
      
       Y ponderaba de modo especial la figura del celibato femenino, de esa entrañable "figura de la mujer-hermana, de tan notable importancia en nuestra civilización cristiana, donde innumerables mujeres se han hecho hermanas de todos, gracias a la actitud típica que ellas han tomado con el prójimo, especialmente con el más necesitado. Una "hermana" es garantía de gratuidad: en la escuela, en el hospital, en la cárcel y en otros sectores de los servicios sociales. Cuando una mujer permanece soltera, con su "entrega como hermana" mediante el compromiso apostólico o la generosa dedicación al prójimo, desarrolla una peculiar maternidad espiritual. Esta entrega desinteresada de "fraterna" femineidad ilumina la existencia humana, suscita los mejores sentimientos de los que es capaz el hombre y siempre deja tras de sí una huella de agradecimiento por el bien ofrecido gratuitamente."
      
       El celibato siempre ha sido un testimonio necesario. "Cuando Cristo afirmó que el hombre puede permanecer célibe por el Reino de Dios -continúa Juan Pablo II-, los Apóstoles quedaron perplejos (cfr. Mt. 19,10-12). Un poco antes había declarado indisoluble el matrimonio, y ya esta verdad había suscitado en ellos una reacción significativa: "Si tal es la condición del hombre respecto de su mujer, no trae cuenta casarse". Como se ve, su reacción iba en dirección opuesta a la lógica de fidelidad en la que se inspiraba Jesús. Pero el Maestro aprovecha también esta incomprensión para introducir, en el estrecho horizonte del modo de pensar de ellos, la perspectiva del celibato por el Reino de Dios. Con esto trata de afirmar que el matrimonio tiene su propia dignidad y santidad sacramental y que existe también otro camino para el cristiano: camino que no es huida del matrimonio sino elección consciente del celibato por el Reino de los cielos.
      
       "El apóstol Pablo, que vivía el celibato, escribe así en la Primera Carta a los Corintios: "Mi deseo sería que todos los hombres fueran como yo; mas cada cual tiene de Dios su gracia particular: unos de una manera, otros de otra" (I Cor. 7,7). Para él no hay duda: tanto el matrimonio como el celibato son dones de Dios, que hay que custodiar y cultivar con cuidado. Subrayando la superioridad de la virginidad, de ningún modo menosprecia el matrimonio. Ambos tienen un carisma específico; cada uno de ellos es una vocación, que el hombre, con la ayuda de la gracia de Dios, debe saber discernir en la propia vida."
      

37. A contraola

Vivir con los grandes hombres en sus biografías
y ser inspirados por su ejemplo
es vivir con cuanto hay de mejor en la humanidad.

Samuel Smiles

       
       John Henry Newman sintió desde muy joven una pasión por Dios y por las cosas del espíritu, que le llevaron a ordenarse sacerdote en 1825, en el seno de la Iglesia anglicana. Desempeñó durante catorce años su labor como vicario de la Iglesia de Santa María, junto a la Universidad de Oxford, punto de encuentro de los mejores intelectuales ingleses de la época.
      
       Al tratar de hacer su propia interpretación de los 39 artículos de la doctrina anglicana, comenzó a descubrir la verdad en la Iglesia católica, ganándose las críticas de la comunidad universitaria de Oxford y de la misma Iglesia de Inglaterra. Tras retirarse en el silencio de la oración y el estudio durante tres años, en 1845 abrazó el catolicismo.
      
       Por aquella época, en que las antiguas certidumbres se tambaleaban, los creyentes se encontraban con la amenaza del racionalismo, por una parte, y del fideísmo por otra. El racionalismo rechazaba la autoridad y la trascendencia, mientras el fideísmo resolvía los desafíos de la historia y las tareas de este mundo con una dependencia mal entendida de la autoridad y del gobierno. En un mundo así, Newman estableció una síntesis memorable entre fe y razón.
      
       Pero todo ese proceso supuso para él una etapa de mucho sufrimiento. La lucha por la verdad siempre es costosa. Y Newman tuvo que padecer todas las dificultades que suelen acompañar a quienes emprenden con seriedad esa búsqueda. El apasionado amor al anglicanismo de sus primeros años y su casi instintiva repugnancia hacia los planteamientos de la doctrina católica, le supusieron un verdadero despellejamiento cuando, a raíz de la lectura de los antiguos padres de la Iglesia, fue descubriendo que la verdad estaba en la Iglesia Católica y que, al tiempo, no todos sus miembros más destacados la servían con rectitud y brillantez.
      
       -Pienso que ese sentimiento es bastante habitual en el proceso de conversión de una persona, e incluso en el de la vocación.
      
       Ciertamente. Es frecuente que, al plantearse la incorporación a la Iglesia, o al considerar la incorporación a un seminario diocesano concreto, o la entrega a Dios en una determinada institución católica, a esa persona le vengan a la mente algunas imágenes que no le resultan gratas. Newman sentía un rechazo natural por todo lo católico, pues había sido educado en ese sentimiento. Tuvo que pasar por todo un proceso de purificación, en el que fue descubriendo lo que había de leyenda y de desconocimiento en esas impresiones suyas. Pero también tuvo que aprender a deslindar lo que era sustancial en la Iglesia de lo que eran los defectos de quienes pertenecían a ella, e incluso de quienes la gobernaban. Comprendió que los defectos de quienes servían a la Iglesia no debían ocultarle el verdadero rostro de ella.
      
       -¿No ves inconveniente entonces en entregarse a Dios en un entorno en el que no todo nos resulta grato o convincente?
      
       Me parece que es natural que haya siempre algunas sombras. Lo mismo sucede, por ejemplo, en el matrimonio. Cuando una persona se enamora y piensa en el noviazgo, o en casarse, es natural que haya detalles de la persona amada que no le gusten. Y si no los ve, es porque está cegada por el enamoramiento, pues siempre los hay. Pero enamorarse, y casarse, supone entregarse globalmente a esa persona en su conjunto, con lo que nos gusta más y con lo que nos gusta menos.
      
       Toda persona es inevitablemente limitada, y por eso, incluso en el matrimonio más armonioso, se ha de contar con una cierta medida de desilusión. Es natural, por otra parte, que nos propongamos ayudar a esa persona a superar esos defectos que observamos, pero contamos con que siempre tendrá defectos, como los tenemos nosotros, y sabemos que sería muy egoísta enamorarse solo de las cualidades positivas de una persona y rechazarla en lo demás, o escandalizarse de que no sea perfecta.
      
       -¿No ves inconveniente entonces en iniciar el camino vocacional en una institución con el propósito de hacer cambiar a esa institución?
      
       Si por cambiar se entiende mejorarla, no solo no veo inconveniente, sino que es nuestra natural obligación. Lo que no se debe querer cambiar es un espíritu o un carisma fundacional, que se puede tomar o no tomar, pero que no sería lícito ni leal querer alterar. Además, para mejorar algo, lo primero que hay que hacer es mejorarse a sí mismo. Y a veces proyectamos nuestros defectos en los demás. Por eso, solo las personas santas hacen mejorar realmente las instituciones.
      
       Newman encontró dentro de la Iglesia Católica mucha santidad y también bastante conservadurismo, algunas tradiciones espurias que encubrían una cierta pereza mental, una excesiva resistencia al cambio. Pero desde el principio supo reconocer que la verdad, aunque a veces tan mal servida por algunos, estaba allí. Entró en la Iglesia Católica entre penumbras, como quien entra en la noche, sabiendo que la luz estaba allí pero viéndola solo en destellos. Newman fue un modelo de fe, un crítico disciplinado, un rebelde paciente, un avanzado prudente, un hombre del mañana que soportaba serenamente el lento ritmo del cambio.
      
       -Siempre se ha dicho que los grandes hombres han sido un poco adelantados a su tiempo.
      
       Sí. Lo describe bien Pilar Urbano, al hilo de su biografía de San Josemaría Escrivá, otro hombre adelantado a su tiempo. "Los grandes hombres -género muy distinto del de las meras "celebridades"- ofrecen una interesante dificultad al biógrafo y al historiador: por una parte, son contemporáneos de la mentalidad, de los usos y de los sucesos de su propia época; por otra, son hombres anticipativos, animados por una clarividencia del futuro. Van por delante de su tiempo vital, a contracorriente de las modas de pensamiento, a contrapelo de las masas gregarias, a contraola de las inercias de su generación. Avanzan afrontando el viento de cara. Derriban fronteras. Destripan tópicos. Hacen saltar por los aires el cartón-piedra de rancios prejuicios. Roturan caminos sin trillar… Ese ir más deprisa, con las manecillas del reloj adelantadas, y mirando más allá, les hace ser extemporáneos entre los de su propio siglo.
      
       "Ante los problemas, ellos proponen soluciones audaces, imaginativas, atípicas. Saben ver en lo invisible. Por eso se atreven con lo imposible. Son, por anticipados, proféticos. Y, por desinstalados, rebeldes. A causa de todo ello, mientras atraviesan su tiempo, suelen ser mal comprendidos. Llevan en soledad el peso del liderazgo. Sus seguidores les van muy a la zaga. La opinión pública, o no les atiende, o no les entiende. Los que viven en la cómoda griseidad de lo vulgar y corriente se sienten perturbados, molestados, por esos trallazos de inquietud… En fin, si llegan a un conocimiento popular, se les negará el reconocimiento de su excelencia. Y si alguna fama les visita en vida, será la mala fama o esa fama de bolsillo que se llama "ser noticia".
      
       "Los personajes célebres, los famosos de cada temporada, pueden llevar una vida confortable y muelle. Los grandes hombres, no. Un hombre grande jamás se arrellana, jamás se instala, jamás se conforma, jamás se solaza en la autocomplacencia de la tarea realizada. Su actitud permanente es la de levantarse, para recorrer el camino con prisa…"
      
       -¿Y te parece que toda esa incomprensión del ambiente es un riesgo para la perseverancia en la vocación?
      
       La entrega a Dios siempre se enfrenta a una cierta incomprensión, porque siempre va un poco a contraola de su entorno. Los santos siempre han sido un poco incómodos para quienes estaban a su alrededor. Cuando el Santo Cura de Ars llegó a aquel pueblo, sus habitantes lo menospreciaban, porque se fijaban en la tosquedad de su porte, en lo burdo de su sotana de mal paño, en su calzado campesino, en sus pobres dotes oratorias. Solo con el paso de los años descubrirían el tesoro que tenían. Y eso fue posible porque él no se arredró. Se consideró siempre responsable de los feligreses que tenía encomendados y fue capaz de perseverar aunque pasó por todas las dificultades imaginables. "Dadme, Señor -clamaba a Dios- la conversión de mi parroquia. Consiento en sufrir cuanto queráis durante toda mi vida. Si es preciso, durante cien años dame los dolores más vivos, con tal que se conviertan." Fue esa perseverancia suya la que hizo brotar tanta fecundidad. Y esa perseverancia no estaba garantizada, ni podía estarlo, cuando decidió hacerse sacerdote. Porque la perseverancia se conquista día a día.
      

38. La noche oscura

La verdad padece,
pero no perece.

Santa Teresa de Ávila

       
       La Madre Teresa de Calcuta nació en 1910 en una pequeña ciudad albanesa llamada Skopje. "No había cumplido aún doce años cuando sentí el deseo de ser misionera", contó más tarde ella misma. "Seguir mi vocación fue un sacrificio que Cristo nos pidió a mi familia y a mí, pues éramos una familia muy unida y muy feliz.
      
       "Durante cerca de veinte años, en tanto permanecí en las Hermanas de Nuestra Señora de Loreto, mi misión fue la de enseñar en el Colegio St. Mary's, frecuentado en su mayoría por chicas de clase media. Era el único colegio católico de Secundaria que había por entonces en Calcuta. La enseñanza me gustaba mucho. Enseñar es algo que, hecho por Dios, constituye una hermosa forma de apostolado. Entre las Hermanas de Nuestra Señora de Loreto, yo era la monja más feliz del mundo."
      
       El momento crucial para su vida se produjo de improviso: "Ocurrió el 10 de septiembre de 1946, durante el viaje en tren que me llevaba al convento de Darjeeling para hacer los ejercicios espirituales. Mientras rezaba en silencio a nuestro Señor, advertí una "llamada dentro de la llamada". El mensaje era muy claro: debía dejar el convento de Loreto y entregarme al servicio de los pobres, viviendo entre ellos." Dios le pedía que saliese de la comodidad de su congregación para ir en busca de los más pobres de entre los pobres.
      
       Recibió el permiso desde la Santa Sede y empezó por llevar a los moribundos de las calles a un hogar donde pudieran morir en paz y dignidad. También abrió un orfanato. Gradualmente, otras mujeres se le unieron. En 1950, recibió la aprobación oficial para fundar una congregación de religiosas, las Misioneras de la Caridad, que se dedicarían a servir a los más pobres entre los pobres. Hoy, son casi cuatro mil religiosas, repartidas en quinientas casas establecidas en cerca de cien países.
      
       Todos los pontífices han expresado una especial admiración hacia esta valiente misionera. Recibió el Premio Nobel de la Paz en 1979. Y aunque no faltaron las calumnias, algunas especialmente malintencionadas e insidiosas, lo cierto es que cuando la Madre Teresa falleció, en 1997, el mundo entero se volcó en su despedida. Su proceso de beatificación ha sido de los más rápidos de la historia reciente de la Iglesia, lo que testimonia su gran fama de santidad.
      
       Sin embargo, un dato de especial interés es que una santidad tan deslumbrante no estuvo exenta de crisis interiores. Dios quiso que pasara, como sucedió también a Santa Teresa de Ávila o a San Juan de la Cruz, por la dolorosa experiencia de la "noche oscura del alma". En 1956, confiaba al Arzobispo de Calcuta: "Quiero ser apóstol de la alegría". Pero, por una misteriosa disposición de la Providencia, a veces tenía que llevar a cabo ese apostolado de la alegría en medio de una sequedad que le resultaba insoportable: "En ocasiones la agonía de la ausencia de Dios es tan grande, y es a la vez tan profundo el vivo deseo del Ausente, que la única oración que aún consigo recitar es "Sagrado Corazón de Jesús, confío en ti. Saciaré tu sed de almas.""
      
       Cuatro años más tarde, todavía aquella prueba le atormentaba, pero seguía buscando a Dios obstinadamente, confiadamente, segura de que obtendría respuesta: "He comenzado a amar la oscuridad. Porque ahora creo que es una parte, una pequeñísima parte, de la oscuridad y del dolor que Jesús conoció en la tierra". La Madre Teresa pasó largas etapas sin notar el amor de Dios en el corazón, sin escuchar sus respuestas. Las miles de personas que ella atendía, sentían consuelo, amor y acogida, mientras que ella continuaba en la oscuridad.
      
       En sus cartas personales, publicadas al término de su proceso de beatificación, puede observarse cómo su compromiso con Dios es el sustrato de su vocación. Ella sigue adelante porque sabe que Jesús lo quiere. Está motivada por el pensamiento del dolor de Jesús, porque los pobres no le conocen y por eso no le aman. Este fue uno de los pilares que la mantuvo en su camino a través de la prueba de la oscuridad. En una de las cartas escribe: "Estuve a punto de dejarlo todo y entonces recordé mi promesa, y esto me hizo levantarme".
      
       Siguió adelante por lealtad a la palabra dada a Dios. Gracias a eso, superó aquella dura prueba. Si no hubiera perseverado en su lucha, la humanidad se habría visto privada de una aportación extraordinaria. Por eso, su lucha es una referencia interesante a la hora de pensar en nuestra perseverancia en los momentos de oscuridad o de tribulación. Porque, muchas veces, el secreto de la fecundidad de los santos ha estado, simplemente, en que han sido capaces de perseverar en esos momentos difíciles, en los que otros se rinden. Y la dificultad muchas veces está, no tanto en resistir ataques, sino en superar esos momentos de oscuridad o de penumbra por los que todos pasamos en algún momento.
      
       Los momentos de oscuridad han estado presentes en la vida de casi todos los grandes santos. Las biografías de Santa Juana de Chantal, San Vicente de Paúl o el Santo Cura de Ars narran admirablemente sus luchas en esas etapas de perplejidad y de cansancio. Y Santa Teresa de Lisieux cuenta en sus escritos cómo en esos momentos de desmayo descubre, casi sin saber explicárselo, que el mejor antídoto contra la duda y el desaliento es olvidarse de uno mismo para pensar en los demás. Cuando los largos razonamientos, o incluso las largas oraciones, no llegan a aportar la ansiada claridad, lo mejor es buscar a nuestro alrededor un sufrimiento y aliviarlo, una herida que sangra y curarla. Y viene entonces la serenidad.
      
       También los Magos de Oriente tuvieron sus momentos oscuridad, según cuentan los Evangelios. Cuando llegaron a Jerusalén, habían abandonado sus tierras y sus reinos, guiados solamente por el signo confuso de una estrella. Habían asumido la aventura de lanzarse a buscar lo desconocido, arrastrados por algo que tampoco era una llamada llena de evidencias. Y probablemente tuvieron que soportar alguna que otra incomprensión por lanzarse a hacer semejante viaje solo por haber visto una estrella. Y al acercarse a la gran ciudad, se encuentran con que la ciudad dormía. Y ven que los mismos sacerdotes a quienes los Magos consultan, que sabían que el Salvador podía haber nacido a pocos kilómetros de allí, ni se habían molestado en ir a comprobarlo. Incluso después de conocer la historia de la estrella, se limitaron a encaminar hacia Belén a los Magos, pero ellos siguieron durmiendo.
      
       A pesar de todo, los Magos tuvieron la humildad de preguntar, mantuvieron su fe sin escandalizarse por la actitud de esos sacerdotes, llegaron hasta Belén y cumplieron su misión. Y traigo aquí este ejemplo, pensando en que quizá algunas personas que buscan el camino de su vocación pasan a veces por esto mismo. Han descubierto, tal vez entre oscuridades, el resplandor de una estrella. Han comenzado a caminar hacia ella, renunciando probablemente a la tierra firme de muchas certezas fáciles de este mundo. Han soportado los comentarios, simples o ingeniosos, de quienes consideran su entrega a Dios como algo disparatado. Y han tenido que sufrir, por último, el desconcierto de encontrar a su llegada, dentro de la Iglesia, algunos ejemplos que no resultan muy edificantes, de ciudad dormida, de desconfianza y de recelo, y quizá precisamente entre aquellos de quienes debían esperar ánimo y apoyo. Todo este tipo de contratiempos y decepciones son muchas veces difíciles de vencer. Pero no por eso debemos dejar de seguir nuestra estrella, como hicieron los Magos. Y eso aunque a veces nos sintamos rodeados del frío del ambiente, y aunque tengamos que dejar atrás la ciudad de Jerusalén y a sus dormidos habitantes.
      

39. ¿No es una lucha extenuante durante toda la vida?

Algunos luchan un día, y son buenos;
otros luchan un año, y son mejores;
unos pocos luchan toda la vida:
esos son imprescindibles.

Bertolt Brecht

       
       -Mantener la generosidad que exige ese diálogo con Dios supone una lucha constante durante toda la vida. ¿No es un poco extenuante ese planteamiento?
      
       Todas las personas tienen que luchar y esforzarse por ser cada día mejores. No se trata de plantearse grandes hazañas, sino de proponerse cada día pequeñas metas con las que mejorar. Quienes lo hacen, alcanzan mucha más satisfacción y felicidad en sus vidas. En cambio, quienes se abandonan y eluden la lucha personal por mejorar, acaban teniendo que luchar más todavía para arrastrar el lastre de sus apegos y miserias, y así pierden buena parte de su libertad. Quien tiene muchos vicios, señala Plutarco, tiene muchos amos.
      
       En ese sentido, podría decirse que luchar es un descanso, pues, al menos a largo plazo, la virtud alivia y el vicio en cambio no satisface, sino que es como una droga que crea adicción, que cada vez exige más y en contrapartida da menos. Hay que contar con el esfuerzo, con la lucha, con la cruz del Señor. El que no cuenta con la cruz, se la encuentra de todos modos, y entonces, además, encuentra en la cruz la desesperación. En cambio, cuando contamos con ella, aunque puedan venir momentos difíciles, estamos mucho más felices y seguros.
      
       Quiero con esto decir que no debe tenerse una imagen negativa de la lucha ascética o de la entrega a Dios. Estar en buena forma física supone un esfuerzo, pero esa misma buena forma hace que cada vez esos esfuerzos sean menores. Y de manera semejante podría decirse que cuidar el espíritu hace que cada vez nos cueste menos el camino de la virtud.
      
       -Pero a veces vienen momentos malos en que no es así.
      
       Es cierto. Igual que podemos estar en buena forma física pero, en determinado momento, pasar por una etapa peor, o por una enfermedad o una lesión. Pero eso no quita lo anterior.
      
       Todos sabemos que la vida tiene momentos de euforia y otros de abatimiento (a veces, dentro de un mismo día), y hemos de aprender a sobreponernos a los efectos negativos de esos ciclos de los estados de ánimo. Esos malos momentos pueden provenir de que Dios ha permitido una etapa de sequedad interior, sin culpa nuestra, por motivos que Él bien sabrá (purificarnos, mejorar nuestra rectitud de intención, hacernos partícipes de su cruz); o pueden provenir de nuestro descuido personal, porque estamos eludiendo el esfuerzo necesario por mejorar.
      
       A esto último se refería Santa Teresa, al rememorar una larga etapa de desasosiego interior, provocado precisamente por eludir lo que Dios le pedía: "Pasaba una vida trabajosísima… Por una parte me llamaba Dios; por otra yo seguía lo mundano. Dábanme gran contento las cosas de Dios; teníanme atada las mundanas. Paréceme que quería concertar estos dos contrarios, tan enemigos uno de otro, como es vida espiritual y contentos y gustos y pasatiempos mundanos. (…) Pasé en este mar tempestuoso casi veinte años… Sé decir que es una de las vidas más penosas que me parece se puede imaginar: porque ni yo gozaba de Dios, ni traía contento con lo mundano. Cuando estaba en los contentos mundanos, en acordarme de lo que debía a Dios, era con pena; cuando estaba con Dios, las afecciones mundanas me desasosegaban. Ello es una guerra tan penosa, que no sé cómo un mes la pude sufrir, cuanto más tantos años."
      
       -Pero, aunque te decidas a ser más generoso, vendrán esos días malos en los que costará mucho ser leal a la palabra dada a Dios.
      
       En nuestra vida tendremos muchas ocasiones de no ser leales, pero en esas ocasiones es precisamente donde se prueba nuestro amor a Dios. La lealtad, la fidelidad de una persona, se demuestran sobre todo ante las situaciones difíciles, cuando lo bueno se presenta rodeado de inconvenientes y lo malo nos atrae mucho. La honradez se demuestra, por ejemplo, cuando a uno le intentan sobornar y necesita mucho ese dinero; la fidelidad conyugal cuando se presenta una solicitación contra ella; o la valentía cuando sentimos miedo pero lo superamos. La virtud se reconoce cuando es capaz de obrar en la adversidad.
      
       -Eso suena un poco a tener que fastidiarte porque has dado antes tu palabra.
      
       Puede verse así, como si fuera una simple obligación consecuencia de un contrato, pero eso es vaciar de contenido la vocación. Porque el compromiso vocacional es un compromiso de amor, igual que lo es el matrimonio, que no es un simple contrato, aunque tenga la forma jurídica de un contrato. Ser llamado de modo específico por Dios es una gran suerte. Es estar entre ese grupo de discípulos que seguían más de cerca al Señor, porque Él llamaba a la santidad a todos, pero a ese grupo de un modo especial.
      
       Y el hecho de que haya momentos en que la fidelidad se sostenga sobre todo por un sentimiento de lealtad a la palabra dada, no quita mérito ni eficacia a esa fidelidad, sino más bien al revés. Sabemos por ejemplo, que Santa Teresa, una gran santa, pasó muchos años en los que con frecuencia le parecía como si Dios no existiese, y sin embargo ha sido guía y modelo para infinidad de personas, porque fue leal a Dios. Y la Madre Teresa de Calcuta, como ya hemos comentado, pasó también por largos años de oscuridad interior, y su fidelidad en esa etapa ha llenado de luz a millones de almas.
      
       -Entonces, ¿qué recomiendas para los altibajos de ánimo, para los momentos de crisis?
      
       Hay que tener en cuenta que en los períodos bajos, cuando nuestro mundo interior está frío y gris, cualquier pequeño problema tiende a ocupar toda la mente y adquiere un peso desproporcionado. Entonces, es fácil engañarse pensando que nuestro primer entusiasmo de los inicios de la conversión o de la vocación tendría que haberse mantenido siempre. O creemos que nuestra aridez actual será una situación igualmente permanente y nos amargará la existencia. Si esas ideas se fijan en la mente, dejamos entonces el campo abierto a la desesperanza, o a un voluntarismo que se empeña en recobrar los viejos sentimientos de entusiasmo por pura fuerza de voluntad, cosa siempre agotadora. Y quizá llegamos al convencimiento de que los primeros entusiasmos han sido un ingenuo acceso juvenil que el tiempo está poniendo en su sitio, y que en realidad todo ha sido una "fase" de la vida que ya ha pasado.
      
       -Pero es que algo de eso puede ser cierto.
      
       Indudablemente. Pero si aplicas ese planteamiento a cualquier meta o logro que una persona se haya planteado, y lo haces precisamente cuando está pasando por un momento bajo, no hay meta de largo alcance que pueda lograrse, pues siempre hay momentos malos, y la perseverancia y la fidelidad dependen precisamente de la capacidad para superarlos.
      
       "Para construir la propia vida -explicaba Benedicto XVI-, nuestro futuro exige también la paciencia y el sufrimiento. La Cruz no puede faltar en la vida de los jóvenes, y dar a entender esto no es fácil. Como el montañero sabe que para hacer una buena experiencia de escalada tendrá que afrontar sacrificios y entrenarse, así también el joven tiene que entender que en la escalada al futuro de la vida es necesario el ejercicio de una vida interior."
      
       Tanto en el celibato como en el matrimonio se pueden pasar momentos de crisis, en los que se presenten deseos o afectos que suponen infidelidad. La convivencia diaria puede traer momentos de desencanto o de desilusión, puede hacernos descubrir y experimentar vivamente lo poco que es el ser humano, nuestra capacidad de frialdad o de antipatía, de establecer distancias. Por eso es tan importante cultivar la propia mirada para ver con buenos ojos al otro, para comprender sus limitaciones, para aceptar que toda persona es un ser normal, quizá nada excepcional en su vertiente cotidiana de la convivencia ordinaria. Todo esto es ineludible, sea cual sea la opción que tomemos, y solo afrontaremos con éxito esa difícil realidad si sabemos hacerlo de forma madura, sin evadirnos de los retos diarios de la mejora personal.
      

40. El hijo pródigo

No nos hacemos libres por
negarnos a aceptar
nada superior a nosotros,
sino por aceptar lo que
está realmente por encima de nosotros.

Goethe

       
       Cuando el hijo pródigo pide a su padre la parte de herencia que le corresponde -explica Henri J. M. Nouwen-, no hay detrás de eso un simple deseo de un hombre joven por ver mundo. Hay un corte drástico con la forma de vivir y de pensar en que había sido educado, una rebelión desafiante, una huida hacia lugares lejanos en busca de otros ideales. Esa huida representa la gran tragedia de la vida de quienes de alguna forma se vuelven sordos, o nos volvemos sordos, a la voz de Dios que nos llama, y abandonamos el único lugar donde podemos oír esa voz, para marcharnos esperando encontrar en algún otro lugar lo que no somos capaces de encontrar en casa.
      
       -¿Y por qué dejan, o dejamos, ese lugar?
      
       Porque hay muchas otras voces, fuertes, llenas de promesas seductoras, que nos ofrecen éxito, reconocimiento, liberación. Además, cuanto más nos alejamos del lugar donde habita Dios, menos capaces somos de oír su voz que nos llama, y cuanto menos oímos esa voz, más nos enredamos en las manipulaciones y juegos de poder del mundo, y más alejados nos sentimos de Dios.
      
       Nosotros somos el hijo pródigo cada vez que buscamos amor donde no puede hallarse, cada vez que tomamos la vida y el talento que Dios nos ha dado y lo utilizamos para nuestro egoísmo, para reafirmarnos, para imponernos con un fondo de arrogancia, como le pasaba al hijo pródigo, que malgastó todo lo que le había dado su padre y dilapidó su fortuna en caprichos y en despilfarros hechos para impresionar, en vez de hacer rendir esos talentos en servicio de los demás.
      
       -¿Y por qué su padre permite que actúe de modo tan irresponsable?
      
       Su padre no podía obligarle a quedarse en casa. No podía forzar su amor. Tenía que dejarle marchar, sabiendo incluso el dolor que aquello causaría a los dos. Fue precisamente el amor lo que impidió retener a su hijo a toda costa, lo que le hizo dejarle que encontrara su propia vida, incluso a riesgo de perderla. Así actúa Dios con nosotros, siguiendo ese misterio de amor y libertad por el que somos libres de abandonar el hogar de Dios, aunque Él siempre nos espera con los brazos abiertos.
      
       El hijo pródigo, que dejó su casa lleno de orgullo y de dinero, decidido a vivir su propia vida lejos de su padre, vuelve ahora sin nada. Ni dinero, ni salud, ni reputación. Lo ha despilfarrado todo. Solo trae vaciedad, humillación y derrota. Y solo se hizo consciente de lo perdido que estaba cuando nadie a su alrededor demostró interés alguno por él. Le habían hecho caso en la medida en que podían utilizarlo para sus propios intereses. Pero cuando ya no le quedaba nada, dejó de existir para ellos. Entonces sintió toda la profundidad de su aislamiento, la soledad más honda que se puede sentir. Estaba realmente perdido, y precisamente eso fue lo que le hizo volver en sí. De repente, vio con claridad que el camino que había elegido le llevaba a la autodestrucción.
      
       -¿Piensas entonces que hay que pasar por una cierta privación para valorar lo que se tiene, también en lo espiritual?
      
       No es necesario en absoluto, pero muchas veces es lo que hace despertar a algunas personas. El hijo pródigo tuvo que perderlo todo para entrar en lo profundo de sí mismo. Cuando se encontró deseando que le dieran la comida de los cerdos, se dio cuenta entonces de que tenía una dignidad y de que debía procurar recuperarla. La confianza en el amor de su padre, aunque borrosa, le dio fuerzas para reclamar su condición de hijo, aunque esa reclamación no estuviera basada en mérito alguno.
      
       Su regreso está lleno de ambigüedades. Hay arrepentimiento, pero un arrepentimiento un poco interesado. Es un acercamiento a Dios en el que nos sentimos culpables, pero en el que nos cuesta recibir el perdón de Dios.
      
       Luego, a su llegada, hay un hecho que ensombrece la alegría de la vuelta a casa del hijo perdido durante años. En medio de aquella escena de alegría y de perdón, hay una mirada sombría y distante, la del hijo mayor que no estaba en casa cuando el padre abraza a su hijo y le muestra su misericordia, y que, cuando llega y ve la fiesta de bienvenida en honor a su hermano, se enfada y no quiere entrar.
      
       -¿Qué piensas que ocurría en el interior de aquel hombre?
      
       Estaba tan perdido como su hermano. No solo se había perdido el hijo menor, que se marchó de casa en busca de libertad y felicidad, sino que también el que se quedó en casa se perdió. Aparentemente, hizo todo lo que un buen hijo debía hacer, pero interiormente, estaba también lejos de su padre. Trabajaba mucho todos los días, y cumplía con sus obligaciones, pero en su interior cada vez era más desgraciado y menos libre.
      
       También es algo que puede suceder a quienes, como el hermano mayor, han permanecido aparentemente cerca de Dios, pero en realidad su corazón está tan frío como el del hermano menor. Es una tentación, la del hijo mayor, muy propia de quienes quieren cumplir con las expectativas de otros, y desean que se les considere cumplidores y ejemplares, pero que también experimentan, desde muy temprano, cierta envidia hacia esos hermanos pequeños que abandonan el hogar y viven en el despilfarro y la lujuria. Ellos siempre han actuado con corrección, y les asalta la idea de que lo hacen porque no han tenido el coraje de ser tan irresponsables como los otros. Les resulta extraño admitirlo, pero en el fondo tienen envidia del hijo desobediente, cuando le ven disfrutar haciendo cosas que ellos reprueban. La vida de entrega a Dios les agrada, pero a veces la ven como una carga que les oprime. La obediencia y el deber se han convertido en una carga, y el servicio en una esclavitud.
      
       Hay quizá bastantes hijos e hijas mayores que están un poco perdidos a pesar de seguir en casa. El extravío del hijo menor es visible y claro, pero se comprende e incluso se simpatiza con él. Sin embargo, el extravío del hijo mayor es más difícil de identificar. Al fin y al cabo, parecía hacerlo todo bien. Era obediente, servicial, cumplidor de la ley y muy trabajador. La gente le respetaba, le admiraba y le consideraba un hijo modélico. Aparentemente, no tenía fallos. Pero cuando vio la alegría de su padre por la vuelta de su hermano menor, un poder oscuro salió a la luz. De repente, aparece la persona severa y egoísta que estaba escondida y que con los años se había hecho más envidiosa y arrogante.
      
       -¿Quieres decir con esto que quien se queda más cerca de Dios tiene más riesgo de caer en esa soberbia?
      
       Quiero decir que todos tenemos que esforzarnos por ser mejores, y que el riesgo de perderse es un riesgo que nos afecta a todos. Todos estamos expuestos al peligro de acomodarnos y enfriarnos. Ninguno debemos considerarnos exentos de la tentación por el hecho de habernos entregado a Dios. Igual que el hijo menor se perdió por no escuchar la voz de su padre y marcharse, el hijo mayor se perdió igualmente por no escuchar esa misma voz, aunque estuviera más cerca. Porque, en determinado momento de la vida, una persona entregada a Dios puede sentirse como el hijo mayor, que ha trabajado mucho en la granja de su padre, pero en vez de estar agradecido por todo lo que ha recibido, se siente invadido por los celos de ese irresponsable hermano menor. Y el único remedio es reconocer que esos sentimientos proceden de la soberbia y el egoísmo.
      
       -¿Y crees que el hijo menor que vuelve es más querido por Dios que el hijo mayor?
      
       Pienso que el padre quiere igual a los dos, pero expresa ese amor de acuerdo con la trayectoria personal de cada uno. Conoce bien a ambos, y comprende sus cualidades y sus defectos. A los dos les habla con afecto y con claridad, sin enredarse en compararlos tontamente, y les invita a participar de la alegría de estar allí.
      
       -Entonces, si ninguno de los dos fue fiel, no queda claro qué opción es la mejor.
      
       La opción mejor es la de ser fiel a la voz de Dios. Esta escena del Evangelio narra dos formas de ser infiel, y, sobre todo, la posibilidad de volver cuando se ha desoído esa voz.
      
       El hijo menor desoyó la llamada de Dios al principio. Si seguimos con aquella comparación, no atendió esa llamada telefónica que Dios le hacía, a pesar de resonar muchas veces, o la atendió pero enseguida cortó. El hijo mayor, en cambio, respondió que sí, pero con el tiempo se fue acostumbrando a oír esa voz y no actuar en consecuencia, y al final quedó tan ajeno a esa voz como su hermano pequeño. El efecto es parecido, uno por cortar y otro por malacostumbrarse o distraerse. Son distintas formas de no ser fiel, y no se trata de ver cuál es mejor o peor, sino de aprender a detectar el daño que siempre produce alejarnos de la voz de Dios.
      

41. ¿Mi hijo Tomás, un simple fraile?

Mi conciencia tiene para mí
más peso que la opinión de todo el mundo.

Cicerón

       
       Teodora de Theate, la madre de Santo Tomás de Aquino, provenía de una ilustre familia, los Caraccioli. Llevaba en las venas la energía indomable de los jefes normandos. Era prima de los Hohenstaufen y estaba emparentada con el mismísimo Emperador Federico II. Sus biógrafos la retratan como una mujer resuelta y autoritaria. Tenía unos planes muy concretos y meditados para su hijo. Y su hijo había decidido entregarse a Dios como fraile dominico. ¡Fraile dominico! ¡Y ella, que soñaba con que fuera Abad Mitrado de Monte Cassino! ¡Un simple monje, de una orden de la que todos hablaban mal! No estaba dispuesta en absoluto. ¿Un hijo suyo, fraile mendicante? ¡Jamás!
      
       Hoy estas cóleras y estas aspiraciones maternas nos hacen sonreír. Pocos padres sueñan hoy con un hijo Abad Mitrado, pero es cuestión de cierta perspectiva histórica, de hacer algunas traslaciones mentales poniendo un poco de imaginación. Hoy Teodora, mujer de la alta sociedad, hubiera soñado quizá para su hijo, formado en Oxford, en Harvard o en el M.I.T., un futuro "acorde a nuestra posición". Y su sueño dorado sería, quizá, verlo presidente de un alto organismo internacional o directivo de un prestigioso banco en Manhattan.
      
       La historia continúa con una carta de Teodora a Tomás en la que le ordena que vuelva inmediatamente a casa. En vano. Y cuando vio que las cartas resultaban inútiles, formó una comitiva para "rescatarlo". ¿Dónde estaba Tomás? ¿En Roma? Pues allí se fue. Pero al llegar, Tomás ya había abandonado la ciudad eterna. Se había ido a Bolonia con el Maestre General. Su furia se hizo incontenible. Llamó a otros hijos suyos que militaban a las órdenes de Federico II y les mandó que fuesen en su búsqueda y lo trajesen preso, o como fuera, pero que se lo trajesen y lo encerrasen en la fortaleza de Monte San Giovanni.
      
       Sus hermanos lo encontraron camino de Bolonia, cerca de Aquapendente, mientras descansaba junto a un manantial. Llegaron al galope, lo apresaron y se lo llevaron por la fuerza a la torre del antiguo castillo familiar. Allí su madre lo tenía todo planeado. Después de la fuerza viril pondría en juego la habilidad femenina: sus hermanas Marotta y Teodora se encargarían de hacerle cambiar de opinión, no por la fuerza, sino mediante la persuasión. Pero las palabras de las dos hermanas resultaron también inútiles. Es más, una de ellas empezó a vacilar al ver la actitud de su hermano y finalmente resolvería entregarse también a Dios.
      
       Pasaban los días. Había que poner todos los medios, así que cambió de táctica. Se le ocurrió algo no muy original, pero que se viene poniendo en práctica a lo largo de los siglos en casos parecidos. Ya que no se podía vencer su inteligencia con palabras, habría que reducir su corazón con la seducción de una mujer. Trajeron de Nápoles a una cortesana a sueldo, y una noche se introdujo sigilosamente, provocadoramente, en la habitación del joven. Pero Tomás, en cuanto vio sus intenciones, se acercó a la chimenea, tomó un tizón ardiente y la pobre napolitana huyó despavorida.
      
       Su madre y sus hermanos se admiraban ante la obstinación de Tomás. Le rogaban y amenazaban, le hacían jirones el hábito blanco, le quitaban sus libros, se burlaban de él para que se avergonzara, pero no lograban disuadirle de la idea de seguir adelante con su vocación. Aquel encierro duraría dos años. La historia concluyó cuando Tomás, ayudado por sus hermanas, se descolgó un buen día por los muros de la fortaleza y saltó sobre un caballo que le habían traído. Lo volvieron a prender, pero Tomás resistió firme y finalmente hizo prevalecer su voluntad.
      
       Todo esto parece una novela, pero son hechos históricos. Tomás resistió y venció, pero pudo no haber sido así, y si hubieran triunfado los esfuerzos de su madre, quizá la Iglesia y la civilización occidental hubiesen sufrido un retraso intelectual de siglos.
      
       Teodora, como ciertos padres a lo largo de la historia -también de ahora-, no tenía de la libertad un concepto demasiado elevado. Aunque argumentara "razones cristianas", y aunque se justificara pensando que lo que ella perseguía era tener un hijo Abad Mitrado en Monte Cassino, olvidaba que toda esa ilusión de madre insatisfecha estaba oscureciendo en su mente otras razones cristianas más importantes, como el deber de respetar la libertad de su hijo, o el de procurar cumplir la voluntad de Dios en vez de pretender que Dios cumpliera la voluntad de ella.
      
       -Pero no siempre es toda la culpa de los padres.
      
       Es verdad que, en estos conflictos, a veces los hijos tienen parte de culpa, por el modo de plantear las cosas, pero cuando la vocación de un hijo provoca un escándalo de dimensiones exageradas en una familia, y se producen rupturas o distanciamientos excesivos, escándalos o presiones, es probable que, por encima de las contingencias y posibles errores (falta de prudencia en las actuaciones de unos y otros, de tacto por parte del hijo o de información suficiente por parte de los padres), todo eso sea una muestra de que en esa familia ha calado poco el espíritu cristiano.
      
       Cada vocación es como un dedo divino que rasgase todas las notas de un arpa, y si ese rasgueo produce un chirrido estridente, es que en esa familia falta sentido cristiano de la vida. Revela, quizá, el quebrantamiento no aceptado de un afán posesivo. O un deseo a veces patológico de dirigir la vida de los hijos, considerándolos como eternos adolescentes. Dicen buscar su bien, pero en muchas ocasiones lo que persiguen es más bien su proyección personal como padres, o el cumplimiento en sus hijos de proyectos que ellos no lograron realizar (olvidando que no siempre lo que les proporcionó felicidad a ellos se la dará ahora a sus hijos), o quizá la búsqueda egoísta de satisfacciones afectivas como la cercanía de los hijos, la seguridad en la vejez, nuestro buen nombre, los apellidos, los nietos…
      
       -Pero suelen pensar que sus hijos no están maduros para esa decisión y que la han tomado por influencia de otras personas.
      
       Indudablemente eso puede suceder. Pero también puede suceder lo contrario, es decir, que estén tomando esas decisiones pese a la fuerte influencia en contra que ejercen sobre ellos quienes tienen más cerca.
      
       Me parece que esto último es más frecuente. Hace siglos que se repite el viejo tópico de presentar la llamada de Dios como una alucinación, y se pinta a las personas que se entregan al Señor como hombres y mujeres de personalidad débil y fácilmente influenciables. Todos esos ataques no son una novedad de nuestra época. A lo largo de los siglos, muchos padres se han quejado de "haber perdido un hijo" cuando éste les anuncia que desea entregarse a Dios. "Cuando mi madre supo mi resolución -escribía San Juan Crisóstomo hace dieciséis siglos- me tomó de la mano, me llevó a su habitación, y habiéndome hecho que me sentase junto a la cama donde me había dado el ser, rompió a llorar y a decirme cosas más tristes que su llanto."
      
       -¿Y qué explicación das a todo este tipo de conflictos familiares en torno a la vocación de los hijos? Quizá en muchos casos deberían evitarse, retrasando lo que sea preciso la entrega, hasta que se calmen los ánimos y haya un entendimiento mayor. Porque todos esos conflictos no parecen muy compatibles con el anuncio de paz del Evangelio.
      
       El anuncio de paz del Evangelio es indudable. Y retrasar prudentemente esa entrega puede ser oportuno en algunos casos. Pero hay que leer el Evangelio fijándose también en otros pasajes, y no puede obviarse que al hablar sobre el seguimiento de la llamada de Dios, Jesucristo preanuncia, para quien le siga, la posibilidad de ser incomprendido por parte de la propia familia, y a eso probablemente se refiere cuando dice "He venido a enfrentar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra y enemigos de cada cual serán los que conviven con él. El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí […] El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará". (Mt 10, 34-40).
      
       Así ha pasado en infinidad de ocasiones en la vida de los santos. Por ejemplo, lo más duro que esperaba a Santa Edith Stein, recién conversa del judaísmo, era decírselo a su familia. Edith era un orgullo para su madre, una mujer judía de una alta exigencia personal y que había educado a sus hijos en unos principios de gran rectitud. Por eso mismo se derrumbó y se echó a llorar cuando su hija se reclinó en su regazo y le dijo: "Madre, soy católica". Edith la consoló como pudo, e incluso la acompañaba a la sinagoga. Su madre lo consideraba una traición, aunque no tuvo más remedio que admitir, viendo a su hija, que "todavía no he visto rezar a nadie como a Edith". Y aún le resultó más costoso aceptar que su hija se hiciera carmelita descalza. Fue una decisión que Edith meditó durante años y que se hizo realidad en 1935, en Colonia, cuando hizo sus votos y se convirtió en Sor Benedicta de la Cruz. Fue una gran pensadora, una gran santa y hoy es patrona de Europa.
      
       -Supongo que habrá todo tipo de reacciones, y a muchos padres les parecerá muy bien la entrega a Dios de sus hijos.
      
       Cuando hay un buen conocimiento de los hijos y de lo que sucede en su interior, los consejos de los padres suelen ser una gran ayuda para el discernimiento de la vocación, y para la perseverancia en ella.
      
       Margarita Occhiena, la madre del futuro San Juan Bosco, al conocer la vocación de su hijo, le dijo: "Has elegido tu camino, hijo mío. No me expliques más. Sé que has elegido a Dios. Por eso, solo te doy un consejo: abrázate a la Cruz y no la dejes nunca." Y cuando, más adelante, comentó con su madre la idea de hacerse franciscano, ella le dijo unas palabras que quedaron grabadas a fuego en su corazón: "Óyeme bien, Juan. Te aconsejo mucho que examines el paso que vas a dar y que, después, sigas tu verdadera vocación sin mirar atrás, sin preocuparte de nadie. Pon, delante de todo, la salvación de tu alma. El párroco me pedía que te disuadiese de esta decisión, teniendo en cuenta la necesidad de ti que yo pudiera tener en el futuro; pero yo te digo: en asunto así no entro porque está Dios por encima de todo. No tienes por qué preocuparte de mí. Nada quiero de ti, nada espero de ti. Tenlo siempre presente: nací pobre, he vivido pobre y quiero morir pobre. Más aún, te lo aseguro: si no siguieras tu camino y, por desgracia, llegaras a ser rico, ni una vez pondría los pies en tu casa. No lo olvides."
      
       Y algo parecido le repitió siete años más tarde, en 1841, después de celebrar su primera Misa en su aldea de Castelnuovo d'Asti. Llegaron a su casa cuando ya anochecía. Ella encendió el candil y sentándose frente a su hijo y poniendo sus manos sobre las rodillas del nuevo sacerdote, le miró cara a cara y le dijo: "¡Ya eres sacerdote! Estoy segura de que todos los días rezarás por mí, esté viva o muerta, y eso me basta. De ti no quiero más. Tú, en adelante, piensa solo en la salud de las almas."
      
       La madre de este gran santo está actualmente en proceso de canonización y es considerada cofundadora de la Familia Salesiana. En su memoria se creó, hace muchos años, la "Asociación Mamá Margarita", que agrupa a los padres de los salesianos, invitándoles a la oración y al impulso y apoyo de la vocación de sus propios hijos. El ejemplo de Margarita es una referencia que la Iglesia pone a los padres de quienes Dios llama más directamente a su servicio. Ella acompañó con un cariño especial a su hijo Juan Bosco en su camino hacia el sacerdocio. Y a los cincuenta y ocho años, abandonó su casita del Colle y le siguió en su misión entre los muchachos pobres y abandonados de Turín. Allí, durante diez años, madre e hijo unieron sus vidas con los inicios del Trabajo Salesiano. Ella fue la primera y principal cooperadora de Don Bosco, y con su amabilidad hecha vida aportó su presencia maternal a la fundación de su hijo. Era una mujer analfabeta, pero estaba llena de aquella sabiduría que viene de lo alto. Así consumió el final de su vida en el servicio de Dios, en la pobreza, la oración y el sacrificio, ayudando a tantos niños de la calle, hijos de nadie. Cuando murió en Turín, en 1858, una multitud de muchachos que lloraban por ella como por una madre, acompañó sus restos al cementerio.
      

42. El hijo del pobre alguacil de Riese

Si de verdad vale la pena hacer algo,
vale la pena hacerlo a toda costa.

G. K. Chesterton

       
       Juan Bautista Sarto era alguacil en Riese, un pueblecito del norte de Italia, pequeño y humilde como la mayoría de los que había en toda aquella zona a mediados del siglo XIX. Aquel hombre vivía de su modesto empleo en el Ayuntamiento, de su trabajo en un pequeño huerto y de lo que le proporcionaba el cuidado de una vaca. Su mujer, Margarita Sanson, trabajaba como costurera. Tenían diez hijos, aún pequeños. El mayor, Beppino, parecía un chico despierto. Era una pena, pensaba, que esa inteligencia se perdiera, pero él no tenía dinero para dar estudios a ninguno de sus hijos.
      
       Un día de 1844 se plantó en su casa el coadjutor de la parroquia. Le dijo que habría que enviar a Beppino a estudiar a Castelfranco, porque el chico quería ser sacerdote. Su padre se angustió un poco. ¿Qué podía hacer él, un pobre alguacil de pueblo, sin más recursos que su huerto y su vaca, con tantos hijos a la mesa? Él esperaba, además, que Beppino empezara a ayudarle pronto a sostener a la familia, pero también estaba dispuesto a hacer cualquier sacrificio para que su hijo pudiera ser sacerdote. No se le ocurrió mejor solución que redoblar su trabajo para costearlo, aunque de todas formas Beppino tendría que ir y volver a pie todos los días de Riese a Castelfranco.
      
       Dicho y hecho. Su hijo salía de madrugada y volvía de noche. Castelfranco estaba a siete kilómetros y Beppino venía con los pies magullados, porque se quitaba las sandalias para no gastarlas por el camino. A la madre se le partía el corazón al verle llegar así. Pero no había más remedio. Y pasó el tiempo. El chico terminó brillantemente sus estudios en Castelfranco y tenía que continuarlos. Acudió al párroco. Todos querían sacar adelante la vocación de Beppino, pero ¿qué más podían hacer? Don Fito Fusarini tuvo una idea: escribirían al Arzobispo de Venecia, que era de Riese y procedía también de una familia humilde, como él. ¡Mamma mia! ¡El Patriarca de Venecia! Aquellas palabras sonaban imponentes y casi inaccesibles en sus oídos: ¡El Patriarca de Venecia! Pero la escribió. ¿Qué hay -pensaba- que un padre no haga por un hijo que quiere ser sacerdote?
      
       Pasaron las semanas. Cuando llegó la carta no se atrevían a abrirla. Les temblaba el pulso. Fueron corriendo a buscar al párroco. Don Fito leyó: ¡el Cardenal de Venecia concedía una beca para que su hijo estudiara en Padua! Aquello era un portillo de luz en medio de su pobreza, que seguía siendo agobiante: para hacerle la sotana, su mujer tuvo que llevar un viejo colchón al Monte de Piedad de Castelfranco. Siguieron las desgracias, porque el pobre alguacil falleció poco tiempo después. Y Beppino vio, con el corazón destrozado, cómo su madre tuvo que trabajar aún más, de día y noche, para sostener a la numerosa familia sin contar con su ayuda. Pero ella lo hizo gustosa, por sacar adelante la vocación de su hijo. Un día el pequeño Beppino llegaría a ser Cardenal de Venecia; y más tarde Papa, con el nombre de Pío X, y santo.
      
       Una historia admirable, pero no un caso aislado. Como esta, podrían relatarse miles de historias en las que muchos padres cristianos han escrito, con sencillez, páginas admirables de heroísmo silencioso y de abnegación que han dado grandes frutos de santidad en toda la Iglesia. Su vida fue, en gran medida, la de sus hijos. Su vivir fue desvivirse por ellos, y la gloria de sus hijos es su mejor gloria.
      
       La santidad de la vida de los santos nos deslumbra y casi nos impide ver a sus padres, pero fueron ellos en multitud de ocasiones los que cuidaron de que esa luz, encendida por el Espíritu Santo en el alma de sus hijos, no se apagara.
      
       Me recuerda la historia de Montse Grases, una chica de dieciséis años que en 1957 escribe a San Josemaría Escrivá para manifestarle su deseo de pertenecer al Opus Dei. "Mis padres que ya lo saben están muy contentos", explica en su carta. Efectivamente, unos días antes le dijo a su madre: "Mamá, me parece que tengo vocación". "Pero, ¿te lo has pensado bien, Montse?". "Sí, sí, mamá. Quiero pedir la admisión como Numeraria". "Pero Montse, ¿lo has consultado ya con tu director espiritual?". "No, mamá, porque antes quiero estar segura". "Pues yo te sugiero que lo hagas, porque él puede ayudarte. ¿Qué te parece si se lo decimos a papá?". Montse no parecía muy dispuesta. Le insistió: "Mira, papá puede ayudarnos a encomendarlo más". Montse dudó unos instantes. No había contado con esto. Al final aceptó: "Bien, hablaremos con él". Su padre recibió la noticia con su calma habitual. Contuvo su emoción como pudo. La entrega de sus hijos a Dios, por los caminos a los que Dios les llamase, era algo por lo que había rezado siempre. Ya tenía un hijo en el seminario y ahora Dios le daba una nueva vocación. Quince meses después, Montse fallecía con fama de santidad. Hoy esta joven adolescente catalana está en proceso de beatificación, y el ejemplo de su vida, a pesar de ser tan breve, ha ayudado a muchísimas personas a descubrir la alegría de la entrega y la aceptación de la enfermedad.
      
       El Espíritu Santo suscita vocaciones para la Iglesia habitualmente en el seno de las familias cristianas. Se sirve del santo afán de esos padres cristianos, que aspiran a salvar miles de almas gracias al apostolado de sus hijos, muchas veces en lugares a donde ellos habían soñado llegar. Y para ellos es un motivo particular de gozo ver cómo la nueva evangelización que necesita el mundo es fruto de su respuesta generosa. Gracias a esa respuesta generosa -de los padres y de los hijos- la Iglesia está presente en nuevos lugares, se revitaliza la vida cristiana en muchos ambientes, y se aprecian signos esperanzadores en todo el mundo.
      
       Dios concede a los padres tantas veces una gracia pedida durante años en su oración. Esa decisión es un acto de libertad que germina en el seno de una educación cristiana. La familia se convierte así, gracias a la respuesta generosa de los padres, en una verdadera Iglesia doméstica, donde el Espíritu Santo suscita todo tipo de carismas y santifica así a toda la Iglesia.
      
       -¿A qué te refieres con los diversos tipos de carismas?
      
       A que Dios llama por caminos muy diversos. Como decía Juan Pablo II en 1988, ante un estadio abarrotado de jóvenes: "Con el corazón encendido, dialogando con el Señor, tal vez alguno de vosotros se dé cuenta de que Jesús le pide más, de que le llama a que, por su amor, se lo entregue todo. Queridos jóvenes, quisiera deciros a cada uno: si tal llamada llega a tu corazón, no la acalles. Deja que se desarrolle hasta la madurez de una auténtica vocación. Colabora con esa llamada a través de la oración y la fidelidad a los mandamientos. Hay -lo sabéis bien- una gran necesidad de vocaciones sacerdotales, religiosas y de laicos comprometidos que sigan más de cerca a Jesús. "La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies" (Mt 9, 37-38). Con este programa la Iglesia se dirige a vosotros, jóvenes. Rogad también vosotros. Y, si el fruto de esta oración de la Iglesia llega a nacer en lo íntimo de vuestro corazón, escuchad al Maestro que os dice: "Sígueme". No tengáis miedo y dadle, si os lo pide, vuestro corazón y vuestra vida entera."
      

43. Cuatro hijos sacerdotes

El ejemplo noble
hace fáciles
los hechos más difíciles.

Goethe

       
       Juan Antonio Granados tiene veinte años. Es el segundo de siete hermanos. Ha conocido una Congregación religiosa que inició sus pasos hace poco en España, los Discípulos de los Corazones de Jesús y de María. Hace con ellos unos ejercicios espirituales. Se plantea qué quiere Dios de su vida y no halla respuesta clara. No sabe si lo suyo es el matrimonio o el sacerdocio. Ha empezado la carrera de Ingeniero de Caminos. "En segundo de carrera estaba yo ya un tanto inquieto. Todo iba bien, pero en mi vida faltaba algo. Visito un día un convento de carmelitas con unos amigos. Estamos charlando con las hermanas en el refectorio. Una de ellas lanza una pregunta: "¿Y usted qué estudia?". "Caminos", digo. La monjita se descara: "Deje los caminos de los hombres y siga los caminos de Dios". Nos reímos todos. Cosas de monjas, pienso. Pero en el fondo había quedado herido, como si aquellas palabras me tocasen hondo. "Señor, ¿qué quieres que haga?"".
      
       Lo habla con un sacerdote amigo, que le fue aconsejando y que le señaló el camino de la oración, de los ejercicios espirituales, de los sacramentos. "Y sobre todo hice un descubrimiento fundamental: la vocación es amistad. El Señor, frente a ti, te fascina con su presencia, ofrece más que cualquier amor o pretensión humana: compartir su intimidad, su misión, siendo su discípulo… El Señor decía: "¿A quién enviaré, quién irá, quién les hablará?… ¡Si yo tengo mis brazos clavados…!". Tras muchos regateos, tras un largo tira y afloja, aposté todo, me jugué la vida a una carta: "Heme aquí, ¿qué quieres de mi?". Órdago a la grande. Dios vio mi órdago y me lo ganó. Cierto es que Él siempre tiene un as en la manga. Fue la mejor jugada porque en verdad ganamos los dos: dos vencedores, dos amigos, un proyecto común."
      
       Juan Antonio no quería dar a sus padres la noticia de sopetón. Pensó prepararles. La decisión la había tomado en Semana Santa y tenía todavía tiempo, unos tres meses. Un día le dice a su madre: "Mamá, lee esto, a ver qué te parece". Es un libro con las cartas del Hermano Rafael, un joven arquitecto que ingresó en la Trapa de San Isidro de Dueñas en los años treinta y que había sido beatificado recientemente. "Sobre todo esta parte". Y le señalaba dos o tres páginas en que el monje se despedía de su madre antes de marcharse de casa. ¡No hacía falta demasiada intuición femenina para entender de qué iba el asunto! Su madre se lo cuenta a su padre. Juan Antonio quiere decírselo pronto, pero su padre se le adelanta. Están los tres comiendo en casa cuando su padre le pregunta: "¿Qué va a ser de ti el año que viene?". Juan Antonio habla entonces claro: será sacerdote. Se hace un silencio. Enseguida, el padre se levanta y le dice: "¡Dame un abrazo! ".
      
       Luego vino su hermano mayor, José. "Mi vocación la llevaba en secreto. Era mejor así. Ni siquiera mis padres lo sabían. ¿Lo sospechaban? Desde cuarto de carrera tenía tomada la decisión. Dos o tres años de discernimiento me hacían ver claro que el Señor me llamaba a una vida de consagración total. No soy de los que tuvieron una iluminación prodigiosa. La luz se fue haciendo poco a poco. Me atraía la pobreza del Señor, su llamada a dejarlo todo. Había, claro, momentos de lucha, difíciles; quería esquivar una vía que implicaba renunciar a formar una familia. La luz fue viniendo poco a poco, hasta que en cuarto de carrera no había duda: había amanecido. Llegó el último año, sexto. Tenía hechos mis planes. Mejor hablar con mis padres ya al final, hacia mayo. En agosto había pensado marchar al noviciado. Pero mi padre lo adelantó todo, porque me habló de la posibilidad de empezar a trabajar en su empresa, y tuve finalmente que decirle que ya tenía "otra oferta de trabajo". Me entendieron sin muchas explicaciones. Ellos ya tenían experiencia, mi hermano Juan Antonio les había dicho lo mismo hacía apenas un año. Tras el abrazo de rigor, mi padre reconoció, emocionado: "Ante un contrincante así, ¡qué se puede hacer!". Luego nos sentamos y les expliqué con más detalle el fraguarse de mi vocación. Mi padre permaneció un rato absorto y acordándose de Juan Antonio, pronunció unas palabras que luego se desvelarían proféticas: "¿No será una racha?".
      
       Y efectivamente lo era. Carlos vino después. Estudiaba por aquel entonces tercero de Caminos. Había seguido más o menos la misma formación que sus hermanos. "Toda vocación es un proceso largo: el mío había comenzado tiempo atrás, pero siempre como algo que se puede aplazar, como una de esas grandes decisiones lejanas que en el correr cotidiano de la vida no inquietan. Tres hechos vinieron a turbar esa aparente calma. El primero fue la entrada de mis hermanos Juan Antonio y José en el noviciado. Su respuesta era también una llamada dirigida a mí: aquella decisión eternamente dilatable, se transformaba ahora en algo cercano y que me interpelaba directamente. El segundo fue el viaje a Manila con el Papa para participar en la Jornada Mundial de la Juventud. Fue en enero, en plenos exámenes parciales de tercero de Caminos. Recuerdo cómo me impresionó la llamada del Papa en la Vigilia del Luneta Park de Manila. Aquellas palabras me parecieron dirigidas a mí, eran como un fuego interior. A pesar de todo, todavía no se concretaron en nada: aquello fue un primer aldabonazo del Señor a entregarme de lleno. El golpe tercero y definitivo fueron los ejercicios espirituales en Villaescusa, en concreto la vigilia de la noche del Viernes Santo. El Señor con toda claridad me hizo ver que me quería junto a Él. Era, como ya me había anunciado mi hermano Juan Antonio años atrás, haciendo de profeta, tan claro como un elefante que se pasea por una chatarrería. Aquella luz iluminaba toda la vida pasada, dejando ver la mano del Señor en cada pequeño acontecimiento. Ahora ya no hacía falta elegir nada, yo era el que había sido elegido.
      
       "Faltaba dar a mis padres la noticia. Una noche, en que vi que mis padres estaban aún despiertos, me acerqué a su cuarto y entré sin llamar. Mi padre leía en la cama y mi madre estaba de pie trayendo un vaso de agua de la cocina. No sabía cómo decirlo. Me miraron. Les miré. Y entonces mi madre comenzó a reírse. En fin, el caso es que comencé. Debo decir que mis padres ya eran expertos en vocaciones, con lo cual se conocían la situación. Abrazos, besos, risas de mi madre. Eran las siete de la mañana cuando me despertó la voz de mi padre. Habría pasado la noche pensando en ello (la verdad es que no elegí un buen momento para decírselo): "¿Estás seguro de lo que vas a hacer?". Luego he pensado muchas veces en estas palabras. Era la voz de mi padre, era la voz de mi madre también, era la voz de Dios que me invitaba a poner toda la seguridad en Él."
      
       Eduardo estudiaba Arquitectura. Veía a sus hermanos abandonar el hogar y pasaba él a ocupar la "primogenitura". "Comencé a salir con una chica pero había un reducto de mi corazón que se quedaba vacío. Los últimos años de Arquitectura ya estaba haciendo un discernimiento vocacional. Fue un tiempo de muchas dudas. Esto no quitaba de mi interior la incertidumbre. Seguía enamorándome y desenamorándome. Pero, a pesar de todo, la voz interior era cada día más fuerte. Y responder a la llamada se convertía en la verdadera asignatura pendiente que yo tenía que cursar: "Dios mío, ¿qué quieres de mí? ¿Qué quieres de mi vida?". Mi madre notaba durante ese año mi preocupación. Sabía que no era por los estudios sino por algo más profundo. Muchas veces se acercaba a mí para indagar. Yo sentía su apoyo. Hablaba con ella de mi falta de claridad con respecto al futuro, incluso de mis amores y desamores. Pero nunca llegué a comentarle las dudas más hondas." Es entonces cuando Eduardo conoce en la Escuela de Arquitectura al nuevo capellán, un misionero colombiano de la fraternidad Verbum Dei. Se hacen amigos. Termina yendo a unos Ejercicios espirituales de tres días que dirige este sacerdote. Allí percibe una llamada de Dios. "Recuerdo cuando les dije a mis padres, en el coche, que había pensado en ser misionero y cómo había sido todo. Mi madre lloró y calló. Lágrimas y silencio. Dijo algo así como "Ya lo sabía yo…"".
      
       La cosa sonaba a efecto dominó: cae una ficha, luego otra, y otra… hasta la última. Luis, el pequeño, se resiste a ver así las cosas. Protesta. Insiste en que cada vocación es personal. Que no vale apropiarse de la llamada de otro. A decir verdad, si de alguien podía su madre sospechar una vocación, era de él. Fue el único que dio muestras de una llamada temprana. En el colegio se hacían encuestas para orientar en la elección de carrera. Muy pequeño debía de ser cuando le dieron aquel cuestionario en que se le hacía una pregunta clásica: "¿Qué te gustaría ser de mayor?". Luis mostró tres preferencias: ingeniero (como su padre), profesor de matemáticas y… sacerdote. Todos los niños suelen soñar con una vocación fantástica, astronauta o piloto de Fórmula Uno. La cosa no pasó de ahí. Pero Luis lo debió ir viendo cada vez más claro, y los campos de trabajo en verano, los campamentos y los ejercicios espirituales le mostraron su camino. Cuando su hermano Juan Antonio reúne a todos los hermanos en su habitación y empieza con un "tengo algo que deciros" (una frase que luego se haría célebre, a fuerza de repetirse), Luis tiene quince años y se le ponen ojos como platos porque su hermano se le ha adelantado en una vocación que él ya tenía clara. Cuando, año y pico después, su madre va al colegio a recoger las notas de Selectividad de Luis, el director le dice: "La mejor nota". A su madre le da un vuelco el corazón: "Dios mío -dejó escrito en unos recuerdos de aquellos meses-, qué cosas tienes. Salgo entre nubes, me dan ganas de saltar de alegría, de llorar. Porque él, Señor, Tú lo sabes, no necesita esa nota para la opción elegida: responder a tu llamada, seguirte. Es necesario mucho más, dejarlo todo, incluida la puntuación, la mejor, y lo que se divisa en el horizonte, para servirte en pobreza, castidad y obediencia. Pero, qué bonito, Dios mío, que sea para Ti, la mejor nota de Selectividad, que suba directa al Cielo como el sacrificio de Abel. Ayúdanos a presentarte los mejores frutos y desprendernos de ellos, ofrecértelos sin apegos, sin que nuestras manos se aferren a ellos. Gracias por todo, Señor, y también, por qué no, por la mejor nota de Selectividad, para Ti".
      
       "Quién sabe -concluía José- el dolor que costaba aquello a mi madre, por entonces ya enferma de aquel cáncer que le costó la vida. Nunca me lo hizo ver. Si se le escapaba alguna vez, había que estar atento para percibirlo. Mi madre no pudo verme de sacerdote. Tampoco de diácono. El día de su muerte, el 3 de junio de 1998, estaba yo en Roma, estudiante de tercer año de Teología. Entre un examen de Moral y otro de Derecho Canónico, tuve que correr al aeropuerto y volar a Madrid. Tiempo después, en la primera Misa de mi sacerdocio, tuve presente especialmente a mi madre. Tampoco vivió mi madre el sacerdocio primero, el de Juan Antonio. Pero toda la historia de nuestra vocación ha sido una racha de síes que fue precedida de muchos otros síes de mis padres.
      
       "Para nosotros, la llamada a la vida consagrada se aúna con la historia del sufrimiento de nuestra madre. Cuando diagnosticaron a mi madre aquel furioso cáncer, habíamos entrado ya los cuatro en el noviciado. No es, por tanto, que su sufrimiento nos ayudara a discernir el camino. Ocurrió, eso sí, que a su luz lo comprendimos mejor. Nuestro horizonte vocacional está vinculado radicalmente al horizonte familiar.
      
       "En los fines de semana, cuando la familia escapaba a la casa de campo de mis abuelos, entonces mi padre, antes de la cena, tomaba un Nuevo Testamento de tapas azules y algo raídas que todavía andará por allí. Ya sabíamos el pasaje que iba a buscar y que nos hacía repetir hasta que acabamos aprendiéndolo de memoria. "Si no tengo caridad, soy como bronce que suena o címbalo que retiñe… La caridad es paciente, es servicial, no se hincha…"
      
       "Cuando en una familia se vive la gracia de una vocación al sacerdocio, tiene que ser porque antes se ha vivido otra, más radical por ser más a las raíces. En el hogar cristiano se aprende la definición verdadera del amor. La vida es al mismo tiempo un regalo y una llamada a la entrega. Está abierta por esencia a que en ella quepan otros y, por esa apertura, se hace fecunda. El derroche de alegría que esta vida produce explica otro derroche, el de la vida sacerdotal puesta al servicio de Dios y de los demás. Entender esas palabras de San Pablo, lograr que calen hondo y muestren su fuerza y su verdad, eso ha sido tarea de la familia."
      
       Los cinco hijos varones iniciaron el camino de la entrega completa a Dios. Eduardo, un poco más adelante, vio que su camino era trabajar como arquitecto y formar una familia cristiana. Los otros cuatro se ordenaron sacerdotes, y el relato de su vocación nos trae a la memoria aquella carta de Juan Pablo II en la que habla de la figura de la madre del sacerdote: "La madre es la mujer a la cual debemos la vida. Nos ha concebido en su seno, nos ha dado a luz en medio de los dolores de parto con los que cada mujer alumbra una nueva vida. Por la generación se establece un vínculo especial, casi sagrado, entre el ser humano y su madre. ¡Cuántos de nosotros deben también a la propia madre la vocación sacerdotal! La experiencia enseña que muchas veces la madre cultiva en el propio corazón por muchos años el deseo de la vocación sacerdotal para el hijo y la obtiene orando con insistente confianza y profunda humildad. Así, sin imponer la propia voluntad, ella favorece, con la eficacia típica de la fe, el inicio de la aspiración al sacerdocio en el alma de su hijo, aspiración que dará fruto en el momento oportuno."
      

44. A él le debo la vocación

De un gran hombre
hay siempre algo que aprender
aunque esté callado.

Séneca

       
       "Nuestro Señor fue preparando las cosas -contaba San Josemaría Escrivá- para que mi vida fuese normal y corriente, sin nada llamativo. Me hizo nacer en un hogar cristiano, como suelen ser los de mi país, de padres ejemplares que practicaban y vivían su fe, dejándome una libertad muy grande desde chico, y vigilándome al mismo tiempo con atención. Trataban de darme una formación cristiana, y allí la adquirí más que en el colegio, aunque desde los tres años me llevaron a un colegio de religiosas, y desde los siete a uno de religiosos."
      
       De su padre, D. José Escrivá, recibió un constante ejemplo de laboriosidad. El pequeño Josemaría le vio trabajar incansablemente, día tras día, en la pequeña industria que poseía en Barbastro, con una gran preocupación por el bienestar material y espiritual de las personas que trabajaban a sus órdenes. También de él aprendió a llevar con serenidad las contrariedades grandes o pequeñas de la vida, sin impaciencia, con buen humor: "No le recuerdo jamás con un gesto severo; le recuerdo siempre sereno, con el rostro alegre. Y murió agotado: con solo cincuenta y siete años murió agotado, pero estuvo siempre sonriente (…).Y vi a mi padre como la personificación de Job. Perdieron tres hijas, una detrás de otra, en años consecutivos, y se quedaron sin fortuna (…). Y fuimos adelante. Mi padre, de un modo heroico, después de haber enfermado del clásico mal -ahora me doy cuenta- que según los médicos se produce cuando se pasa por grandes disgustos y preocupaciones. Le habían quedado dos hijos y mi madre; y se hizo fuerte, y no se perdonó humillación para sacarnos adelante decorosamente. Él, que habría podido quedar en una posición brillante para aquellos tiempos, si no hubiera sido un cristiano y un caballero, como dicen en mi tierra."
      
       "Le vi sufrir con alegría, sin manifestar el sufrimiento. Y vi una valentía que era una escuela para mí. Fue una providencia de Dios. El Opus Dei debía nacer en el más absoluto desamparo, sin ningún asidero terreno en el que apoyarse. Mi padre se arruinó totalmente, y cuando el Señor quiso que yo comenzara a trabajar en el Opus Dei, yo no tenía ni una virtud, ni una peseta; no tenía más que la gracia de Dios y buen humor.
      
       "Ahora quiero más a mi padre, y doy gracias a Dios de que no le fuera nada bien en los negocios, porque así sé lo que es la pobreza; si no, no lo hubiera sabido. Tengo un orgullo santo: amo a mi padre con toda mi alma, y creo que tiene un cielo muy alto porque supo llevar toda la humillación que supone quedarse en la calle, de una manera tan digna, tan maravillosa, tan cristiana."
      
       En ese clima familiar de generosidad, de cariño y de fortaleza, maduró la llamada que Dios comenzaba a dirigirle. Primero fue un suave requerimiento, que sacudió lo más íntimo de su ser: un barrunto de amores divinos, que empezó a sentir desde los quince o dieciséis años, al ver aquellas huellas en la nieve. "Yo nunca pensé en hacerme sacerdote -recordaba-, nunca pensé en dedicarme a Dios. No se me había presentado el problema porque creía que eso no era para mí. Pero el Señor iba preparando las cosas, me iba dando una gracia tras otra, pasando por alto mis defectos, mis errores de niño y mis errores de adolescente…".
      
       Un día de 1918, Josemaría le dice a su padre que desea ser sacerdote. D. José, que continúa entregado a su trabajo para que la familia pueda remontar la difícil situación en que se encuentran, se queda absolutamente sorprendido. De pronto, se vienen abajo los planes que soñaba para su único hijo varón. Y él, que no ha llorado nunca ante tanto acontecimiento doloroso, nota ahora, irremediables, las lágrimas que cruzan por su cara. "A él le debo la vocación -afirmó San Josemaría muchas veces-. Un buen día le dije a mi padre que quería ser sacerdote: fue la única vez que le vi llorar. Él tenía otros planes posibles, pero no se rebeló. Me contestó: hijo mío, piénsalo bien. Los sacerdotes tienen que ser santos. Es muy duro no tener casa, no tener hogar, no tener un amor en la tierra. Piénsalo un poco más, pero yo no me opondré. Y me llevó a hablar con un sacerdote amigo suyo, el abad de la colegiata de Logroño."
      
       D. José aceptó con generosidad el camino que el Señor trazaba para su hijo, cuando escuchó sus confidencias. No quiso Dios, sin embargo, que tuviera la dicha de ver a su hijo en el altar. El Señor le llamó pocos días después de que recibiera el subdiaconado, cuatro meses antes de su ordenación sacerdotal en Zaragoza. Marchó al Cielo, cumplida ya su tarea en la tierra, cuando su hijo se orientaba definitivamente por ese camino sacerdotal que culminaría con la fundación del Opus Dei.
      
       Peter Berglar, uno de los biógrafos de San Josemaría, se detiene a considerar precisamente ese modo de reaccionar del pequeño Josemaría ante la desgracia. Era un niño alegre, normal, ni mimado ni libre de problemas. ¿Qué sucede en el interior de un adolescente que, por tres veces en tres años, tiene que pasar por el fallecimiento de sus tres hermanas pequeñas, el dolor de los padres, las terribles horas y los días de la muerte, las lacerantes visitas al cementerio?
      
       Y, haciendo una comparación audaz, se refiere a otro chico de diecisiete años, en esa misma época, a unos miles de kilómetros de distancia. Ese chico se llamaba Lenin y, bajo la impresión del fusilamiento de su hermano mayor, perdió la fe cristiana, hasta el punto que, según cuentan testigos presenciales, en ese momento se arrancó la cruz del cuello, la escupió con desprecio y la arrojó lejos de sí.
      
       Estamos ante un profundo misterio. Un hombre, al ver en la muerte de su hermano la adversidad del destino, empieza a recorrer el camino del odio, un camino que acarreará terribles consecuencias para sí mismo y para millones de personas. Otro hombre, ante la dureza de otra tragedia familiar, se fortalece en su deseo de dar un sentido más alto a su vida, y los frutos serán, en este caso, una vida de santidad.
      
       Ignoramos el sentido profundo de estos hechos: es el misterio de la libertad para el bien y para el mal. Hay una anécdota que es quizá una muestra de esas luchas interiores del pequeño Josemaría. Es un pequeño episodio que recuerda una amiga de la familia Escrivá. En sus juegos de niños, les gustaba hacer castillos de naipes. Una tarde de 1913, al poco de morir la segunda de sus hermanas, "estaban absortos en torno a la mesa, conteníamos la respiración al colocar la última carta de uno de aquellos castillos de naipes, cuando Josemaría, que no acostumbraba a hacer cosas así, lo tiró con la mano. Nos quedamos medio llorando, y Josemaría, muy serio, nos dijo: "Eso mismo hace Dios con las personas: construyes un castillo y, cuando casi está terminado, Dios te lo tira"". Esta frase deja entrever que el alma del pequeño se encontraba en medio de una fuerte crisis. Había experimentado la imposibilidad de comprender lo que Dios a veces permitía que sucediera, y sufría ante la posibilidad de tener que aceptar una fría arbitrariedad. Pero su alma, estremecida, se apartó de esa interpretación. El pequeño Josemaría se apartó del terrible abismo negro en el que cayó el joven Lenin.
      
       La reacción ante la dolorosa presencia de mal en el mundo suele marcar la profundidad con que ha calado el espíritu cristiano en una persona. Hay un pasaje en el Evangelio de San Lucas en que se aborda esta cuestión. Según la mentalidad de aquella época, la gente tendía a pensar que las desgracias recaen sobre las víctimas a causa de sus culpas personales. Jesucristo, por el contrario, les dice: "¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos, porque han padecido esas cosas? O aquellos dieciocho sobre los que se desplomó la torre de Siloé y los mató, ¿pensáis que eran más culpables que los demás hombres que habitaban en Jerusalén? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo". "Este es el punto -comenta Benedicto XVI- al que Jesús quiere llevar a quienes le escuchaban: la necesidad de la conversión. No la presenta en términos moralistas, sino realistas, como única respuesta adecuada a sucesos que ponen en crisis las certezas humanas. Ante ciertas desgracias, advierte, no sirve de nada echar la culpa a las víctimas. Lo verdaderamente sabio consiste más bien en dejarse interpelar por la precariedad de la existencia y asumir una actitud de responsabilidad: hacer penitencia y mejorar nuestra propia vida.
      
       "Esta es la sabiduría, esta es la respuesta más eficaz al mal, a todos los niveles, interpersonal, social e internacional. Cristo invita a responder al mal ante todo con un serio examen de conciencia y con el compromiso de purificar la propia vida. De otro modo, pereceremos, dice, pereceremos de la misma manera. De hecho, las personas y las sociedades que viven con aire de suficiencia tienen como único destino final la ruina. La conversión, por el contrario, a pesar de que no preserva de los problemas y adversidades, permite afrontarlos de manera diferente. Ayuda a prevenir el mal, desactivando algunas de sus amenazas. Y, en todo caso, permite vencer al mal con el bien, y aunque no siempre sea a nivel de los hechos, que a veces son independientes de nuestra voluntad, ciertamente siempre es así a nivel espiritual. La conversión vence al mal en su raíz, que es el pecado, aunque no siempre pueda evitar sus consecuencias."
      
       El mal está indiscutiblemente presente ante la vista de todos, y su presencia es una invitación a la conversión personal. Las personas que han pasado por mayores dificultades tienen más oportunidades de madurar. Y quizá quienes han alcanzado una mayor madurez, suelen haberla logrado por su experiencia a la hora de afrontar de modo positivo unas dificultades superiores a los demás. Y la familia suele ser la fragua donde se aprende a abordar bien esas situaciones.
      
       El ejemplo de los padres ha constituido habitualmente, a lo largo de la historia de la Iglesia, una ayuda insustituible en los primeros pasos de la entrega de sus hijos. Su paternidad se ha abierto hacia horizontes insospechados, que han buscado lo mejor para Dios y lo mejor para sus hijos, aunque fuese costoso para ellos. La historia presenta una galería magnífica, y a veces desconocida, de padres de santos, que con su ejemplo y su entrega silenciosa en favor de sus hijos, hicieron, sin saberlo, un gran servicio a la humanidad.
      
       -¿Y qué piensas que deben hacer los padres por la vocación de sus hijos, una vez que ya han decidido entregarse a Dios?
      
       Cuando un hijo o una hija se entregan a Dios, los padres tienen por delante una tarea que no acaba nunca. No deben desentenderse, pensando que otros ya se ocupan de él o de ella, sino que han de ayudarles a seguir su camino, especialmente cuando aún son jóvenes. Tienen ante sí algo sobrenatural, misterioso y frágil. Deben acoger con una estima grande su actitud generosa, y apoyarles siempre con su oración y su cariño, estén cerca o lejos, de modo que, pase lo que pase, encuentren siempre en los padres acogida y comprensión. Su misión, antes y después de que los hijos sientan la llamada de Dios, es de gran importancia.
      
       -Además de los padres, están los hermanos y el resto de la familia. ¿Qué dices sobre su influencia en la vocación?
      
       La influencia de la familia, y en especial de los hermanos, puede ser muy grande, en un sentido o en otro. Sucede en la vocación profesional y en muchas cosas más, pues la referencia personal que supone un hermano o una hermana mayor tiene un peso grande, y es bien posible que Dios quiera contar con eso al llamar a una persona a determinado camino. Así lo explicaba, por ejemplo, Santa Teresa de Lisieux en su autobiografía: "Estaba yo muy orgullosa de mis dos hermanas mayores, pero mi ideal de niña era Paulina… Cuando estaba pensativa y mamá me preguntaba "¿En qué piensas?", la respuesta era invariable: "¡En Paulina…!". Oía decir con frecuencia que seguramente Paulina sería religiosa, y yo entonces, casi sin saber lo que era eso, pensaba: "Yo también seré religiosa". Es éste uno de mis primeros recuerdos, y desde entonces ya nunca cambié de intención…".
      

45. Hijos demasiados místicos

El ideal o el proyecto más noble
puede ser objeto de burla o de ridiculizaciones fáciles.
Para eso no se necesita la menor inteligencia.

Alexander Kuprin

       
       Pietro Bernardone, un rico comerciante de Asís, tenía uno de los mejores almacenes de ropa de la ciudad y la familia gozaba de una buena posición económica. Su hijo Francesco era muy culto, dominaba varios idiomas y era un gran amante de la música y los festejos. La sorpresa de Don Pietro fue mayúscula cuando, un buen día del año 1206, se encontró con que Francesco había decidido entregarse a Dios en una vida de pobreza y desprendimiento total.
      
       Don Pietro se presentó en la sede arzobispal y demandó a su hijo ante el obispo, declarando que lo desheredaba y que tenían que devolverle todo el dinero que había gastado en la reparación de la Iglesia de San Damián. El prelado le devolvió todo ese dinero, y Francesco se presentó también, escuchó las palabras de su padre, y como respuesta le dio toda la ropa que llevaba puesta, quedándose solo con una faja de cerdas a la cintura. Después se puso una sencilla túnica de tela basta, que era el vestido de los trabajadores del campo, anudada con un cordón a la cintura. Trazó con tiza una cruz sobre su nueva túnica, y con ella vistió el resto de su vida y sería en lo sucesivo el hábito de los franciscanos. Porque pronto se le unió uno, y luego otro, y cuando tenía doce compañeros se fueron a Roma a pedir al Papa que aprobara su comunidad.
      
       Al poco tiempo, una joven muy santa, también de Asís, que se llamaba Clara, se entusiasmó por esa vida de desprendimiento, oración y santa alegría que llevaban los seguidores de Francesco, y dejando a su familia se hizo monja y fundó con él las hermanas clarisas, que, como los franciscanos, pronto se extendieron muchísimo. Cuando Francesco falleció, en 1226, eran ya más de cinco mil franciscanos, y apenas dos años después el Papa lo declaró santo. En la actualidad, la familia franciscana cuenta con decenas de santos en los altares, las clarisas son más de veinte mil religiosas y los franciscanos y capuchinos más de cuarenta mil religiosos.
      
       -De todas formas, hay que disculpar un poco a su padre, pues sin duda fue muy singular lo de su hijo, aunque acabara siendo San Francisco de Asís y hoy sea uno de los santos más grandes de la historia.
      
       Sin duda hay que disculparle, pero también hay que pensar que Dios llama de modos muy diversos, y que el respeto que todo el mundo tiene por la libertad de elección de esposo o esposa debe trasladarse al seguimiento de Dios, con independencia de los planes que tengan los padres o del entusiasmo que les produzca esa elección.
      
       Algo parecido sucedió, por ejemplo, a Monna Lapa di Puccio di Piagente, una madre sorprendida por los "caprichos incomprensibles de una niña demasiado mística". Porque ella, como cualquier madre de Siena de buena familia, tenía preparado para su hija un buen partido: un joven de una familia acomodada de la ciudad, con la que además les venía muy bien emparentar.
      
       Y cuando estaban a punto de concertar el matrimonio entre las familias, a Catalina le dio por cortarse el pelo casi al completo. La madre no era una mujer de genio fácil, y la riñó y la gritó como solamente ella sabía hacerlo: "¡Te casarás con quien te digamos, aunque se te rompa el corazón!". La amenazó: "No te dejaremos en paz hasta que hagas lo que te mandamos".
      
       Todo fue inútil. La hizo sufrir. Sin querer, desde luego, porque no podía entender que su hija había decidido entregarse a Dios para siempre, y que, además, no tenía la menor intención de irse a un convento. Catalina pensaba vivir célibe, allí, en su propia casa. Lapa seguía empeñada con el casamiento y empleó todas sus tácticas, su genio y su ingenio: la gritaba, la hacía trabajar sin desmayo, la reñía constantemente. Todo en vano. Y un día, Catalina reunió a toda la familia y les habló con una claridad meridiana: "Dejad todas esas negociaciones sobre mi matrimonio, porque en eso jamás obedeceré a vuestra voluntad. Yo tengo que obedecer a Dios antes que a los hombres. Si vosotros no queréis tenerme en casa en estas condiciones, dejadme estar como criada, que haré con mucho gusto todo lo que buenamente me pidáis. Pero si me echáis por haber tomado esta resolución, sabed que esto no cambiará en absoluto mi corazón."
      
       Fue entonces cuando, ante su sorpresa, su padre, Jacobo Benincasa, dijo gravemente: "Querida hija mía, lejos de nosotros oponernos de ninguna manera a la voluntad de Dios, de quien viene esa resolución tuya. Ahora sabemos con seguridad que no te mueve la obstinación de la juventud sino la misericordia de Dios. Mantén tu promesa libremente y vive como el Espíritu Santo te diga que tienes que hacerlo. Jamás te molestaremos en tu vida de oración ni intentaremos apartarte de tu camino. Pide por nosotros para que seamos dignos del Esposo que has elegido a edad tan temprana."
      
       Lapa estaba desconcertada. Su propio marido se ponía de parte de la hija, cuando era evidente que era solo una niña, pues tenía diecisiete años. Pero no tuvo más remedio que ceder. Luego empezó a sospechar, horrorizada, las mortificaciones que hacía su hija. No estaba dispuesta a aquello. Gritaba, lloraba: "¡Ay, hija mía, que te vas a matar! ¡Que te estás quitando la vida! ¡Ay, quién me ha robado a mi hija! ¡Qué dolor tan grande! ¡Ay, qué desgracia!".
      
       Y luego vino esa incansable preocupación de su hija por los pobres, y sus constantes limosnas. Aquello le importaba menos: al fin y al cabo, ella también era caritativa. Pero a lo que no estaba dispuesta era a las maledicencias. Ah, no, eso no: ella era de familia distinguida, y todos envidiaban en Siena su vieja casa en la Via dei Tintori, junto a Fontebranda, y las ropas de sus hijos, y sus posesiones. No, ella nunca había dado que hablar. Y ahora el nombre de su hija corría de plaza en plaza, por culpa de las malas lenguas que arremetían contra ella.
      
       Catalina murió joven, con solo treinta y tres años. Pero le dio tiempo a ser una gran santa, conocida en todo el mundo: Santa Catalina de Siena. El día de su entierro, el 29 de abril de 1380, toda la ciudad se volcó con aquella mujer que había fallecido en la flor de la vida. Los comerciantes, los miserables de Siena a los que su hija había acogido siempre, los artesanos, los nobles, los gobernantes de aquella pequeña república, todos miraban pasar a la madre fervorosamente tras el féretro de su hija. Contaban sus milagros, sus obras de caridad, y relataban en voz baja cómo Catalina, una mujer joven, sin más poder que su amor a Dios, había logrado cerrar uno de los capítulos más tristes de la historia de la Iglesia. Su palabra pudo lo que no pudieron las influencias más poderosas: logró que el Papa volviera a Roma y abandonara definitivamente Aviñón. Aunque era analfabeta, desde muy pronto muchas personas se agruparon a su alrededor para escucharla. A los veinticinco años tenía ya una reconocida fama como conciliadora de la paz entre soberanos y como sabia consejera de príncipes. Gregorio XI y Urbano VI se sirvieron de ella como embajadora en asuntos gravísimos, y Catalina supo hacer esa labor con prudencia, inteligencia y eficacia.
      
       Su madre iba como ausente, mirando al suelo para no encontrarse con las miradas de la multitud. Temblaba al pensar que su hija, de haber sido débil, si le hubiera hecho caso… Ahora, paradójicamente, su orgullo y su gloria era haber sido derrotada por el amor de su hija. Su triunfo era su fracaso. Se daba cuenta de que ella, como madre, había sido una de las sombras en la vida de su hija -la sombra más amada por ella-, en la que ahora se proyectaba poderosamente su luz. De vez en cuando, alzaba la mirada y contemplaba, en el relicario, aquel rostro bellísimo, apagado a los treinta y tres años. Y su corazón de madre no podía reprimir el antiguo lamento: "pero si es todavía una niña…".
      
       -Me parece que hoy día el principal miedo de los padres ante la vocación de sus hijos es el temor a que fracasen en ese camino.
      
       Es fácil de entender esa inquietud, pero ese riesgo se da igualmente en la elección matrimonial, y en muchas cosas más, y por eso me parece que los padres no deben oponerse a la entrega a Dios de un hijo simplemente porque no tengan seguridad absoluta de que sea su camino, o ante la incertidumbre de que pueda no ser fiel a su vocación.
      
       -Quizá es que también a veces ven a sus hijos con muchos defectos, con las crisis propias de la adolescencia, y no les cuadra que, dentro de todas esas limitaciones, haya una verdadera vocación.
      
       No sería razonable culpar a la vocación de toda la rebeldía, el desaliento o los altibajos de ánimo que a veces son propios de la adolescencia, de la misma manera que tampoco estaría justificado considerar esos defectos como síntomas claros de falta de vocación. Ya hemos dicho que la vocación no es un premio a un concurso de méritos o de virtudes, y que Dios llama a quien quiere, y que, entre esos, unos son mejores y otros peores, pero todos con defectos. Y espera de los padres cristianos comprensión y acompañamiento en el camino vocacional de sus hijos.
      
       -Pero los padres no dan ni quitan la vocación, así que el único problema es que con su resistencia puedan retrasar un poco la entrega de sus hijos.
      
       El problema no es solo ese posible retraso, sino que los padres pueden favorecer o malograr el encuentro de sus hijos con Dios. Hay estilos de vida que facilitan ese encuentro, y hay otros que lo dificultan. Lo natural es que los padres cristianos se preocupen de que sus hijos tengan una cabeza y un corazón cristianos, y de que el hogar sea una escuela de virtudes donde cada hijo pueda tomar sus propias decisiones con madurez humana y espiritual, según su edad. Por eso decía San Josemaría Escrivá que el noventa por ciento de la vocación de los hijos se debe a los padres, pues una respuesta generosa germina habitualmente solo en un ambiente de libertad y de virtud.
      
       La Iglesia, maestra en humanidad, conoce y comprende las dudas e inquietudes que sufren a veces los padres ante la vocación de sus hijos: hay avances y retrocesos, vueltas y revueltas. Lo que les pide es que estén siempre al lado de sus hijos, comprendiendo y alentando. Sería una lástima que se sometieran ingenuamente a las voces de alarma que a veces se propugnan desde algunos ambientes que demuestran poco espíritu cristiano, bien por su actitud contraria a la entrega o bien por su tibieza al acogerla. El "ten cuidado", el "no te pases de bueno", el egoísmo de querer tener los hijos siempre cerca, o que hagan siempre lo que los padres quieren, o el deseo de tener nietos a toda costa, son con frecuencia manifestaciones del fracaso del espíritu cristiano en una familia.
      
       Algunos padres buenos desean que sus hijos sean buenos, pero sin pasarse, solo dentro de un orden. Los llevan a centros educativos de confianza, desean que se relacionen con gente buena, en un ambiente bueno, pero ponen todos los medios a su alcance para que esa formación no cuaje en un compromiso serio. Esas actitudes denotan un egoísmo solapado y una falta de rectitud que pueden desembocar en problemas serios a medio o largo plazo. Desgraciadamente, hay abundantes experiencias de padres que ponen el freno cuando un hijo suyo se plantea ideales más altos, o incluso hacen lo posible por dificultar una posible vocación, y más adelante se lamentan de cómo evoluciona el pensamiento y la conducta de su hijo, quizá como consecuencia del egoísmo que, sin querer, han introducido en su alma. No debe olvidarse que el mayor enemigo de la personalidad madura es el egocentrismo, y que el punto óptimo de bondad no es el que nosotros establecemos con un cálculo egoísta, sino el que establece la voluntad de Dios y la libertad de cada hijo.
      
       -¿Y es coherente que unos padres cristianos no deseen que alguno de sus hijos se entregue por completo a Dios?
      
       Ante la entrega total a Dios de un hijo o de una hija, la reacción lógica de quien se ha propuesto hacer de su matrimonio un camino de santidad, es agradecer a Dios ese don. Y cuando los padres han creado un verdadero ambiente de libertad y de virtud, no es infrecuente que Dios les bendiga de esa manera en sus hijos.
      
       Los buenos padres desean ideales altos para sus hijos: en lo profesional, en lo cultural, en lo afectivo, en todo. Se comprende que los padres cristianos deseen, dentro de eso, que sus hijos respondan plenamente a lo que Dios espera de ellos y no se queden en la mediocridad espiritual. Así lo explicaba Juan Pablo II en 1981: "Estad abiertos a las vocaciones que surjan entre vosotros. Orad para que, como señal de su amor especial, el Señor se digne llamar a uno o más miembros de vuestras familias a servirle. Vivid vuestra fe con una alegría y un fervor que sean capaces de alentar dichas vocaciones. Sed generosos cuando vuestro hijo o vuestra hija, vuestro hermano o vuestra hermana decida seguir a Cristo por este camino especial. Dejad que su vocación vaya creciendo y fortaleciéndose. Prestad todo vuestro apoyo a una elección hecha con libertad."
      
       -¿Y si solo desean que sus hijos retrasen un poco ese paso?
      
       Algunos padres se encuentran hoy con que sus hijos retrasan durante años determinadas decisiones (por ejemplo, casarse y formar una familia, abrirse camino en lo profesional, etc.). Otros se lamentan de que sus hijos ya mayores no dejan el hogar paterno porque encuentran allí todas las comodidades sin apenas responsabilidad. Una buena formación cristiana se orienta hacia la decisión y el compromiso, y logra que los hijos sean capaces de administrar rectamente su libertad y asumir pronto responsabilidades y compromisos que suponen esfuerzo. Eso suele ser una muestra de madurez.
      
       Los padres tienen sus propios planes, sus proyectos para cada uno de sus hijos. Pero lo que importa es que esos sueños coincidan con lo que Dios quiere. El gran proyecto ha de ser su felicidad, y no hay proyecto más maravilloso que el que Dios tiene previsto para cada alma. Por eso, con su oración y su cariño, los padres cristianos deben secundar la entrega libre y generosa de sus hijos. A veces, esa entrega del hijo supondrá también la entrega de los planes y proyectos personales que los padres habían hecho. Pero eso no es un simple imprevisto, sino que es parte de su vocación de padres. En ese sentido, podría decirse que toda vocación es doble: la del hijo que se da, y la de los padres que lo dan; y a veces puede ser mayor mérito de los padres, que han sido llamados por Dios para dar lo que más quieren, y para entregarlo con alegría.
      
       En abril de 1949, pidió la admisión en el Opus Dei un estudiante latinomericano llamado Juan Larrea. Su familia no veía con agrado su decisión, tal vez por desconocimiento de lo que realmente era el Opus Dei, o acaso porque tal decisión desbarataba planes e ilusiones familiares. "Por entonces -contaba el propio Juan Larrea- mi padre era embajador de Ecuador ante la Santa Sede y me dijo que consultase el caso con Mons. Montini, Sustituto de la Secretaría de Estado. Hablé con Mons. Montini, contándole mi historia, y después de una larga y cariñosa conversación, Mons. Montini me dijo: tendré una palabra de paz para su padre. Días después recibió a mi padre diciéndole que había hablado con Pío XII y que le había dicho: "Diga usted al embajador que en ningún sitio estará mejor su hijo que en el Opus Dei". Veinte años más tarde, siendo yo obispo, visité a Mons. Montini, que era entonces el Papa Pablo VI, y me recordó con amabilidad la audiencia antes descrita".
      
       -Pero es natural que a los padres les cueste la separación física que habitualmente supone el hecho de que un hijo se entregue a Dios.
      
       Teresa de Lisieux había sido siempre la hija preferida de su padre; era tan alegre, atractiva y amable, que los dos sufrieron intensamente cuando llegó el momento de la separación. Pero ninguno de los dos dudó de que ella debía seguir su camino e irse al Carmelo.
      
       Es ley de vida que los hijos tiendan a organizar su vida por su cuenta. A algunos padres les gustaría que sus hijos estuvieran continuamente a su lado. Sin embargo, buscando su bien, muchos les proporcionan una formación académica que exige a veces un distanciamiento físico (estudiar en otra ciudad, o ir al extranjero para que aprendan un idioma, por ejemplo). En otras ocasiones, son los hijos los que se separan físicamente de sus padres por razones académicas, de trabajo, de amistad o de noviazgo. Y cuando Dios bendice un hogar con la vocación de un hijo o una hija, a veces también les pide a los padres una cierta separación física.
      
       Sería ingenuo pensar que si esos hijos no se hubieran entregado a Dios estarían todo el día junto a sus padres. Además, bien sabemos que la mayoría de ellos, a esas edades, buscan de modo natural un alto nivel de independencia. Por eso, a veces pueden confundirse las exigencias de la entrega con el natural distanciamiento de los padres que suele traer consigo el desarrollo adolescente o, simplemente, el paso de los años. Lo vemos quizá en la vida de otros chicos o chicas de la misma edad, cuando, por unos motivos u otros, no participan en algunos planes familiares. Cuando pasan los años y se ven las cosas con más perspectiva, suele comprobarse que la entrega a Dios no separa a los hijos de los padres, aunque a veces haya supuesto inicialmente una distancia física mayor.
      
       Es verdad que, con frecuencia, la entrega a Dios supone en determinado momento dejar el hogar paterno, y es natural que a los padres les cueste ese paso, pues lo extraño sería que no les costara, y a veces mucho. Pero también aquí se manifiesta el espíritu cristiano de una familia. En esos momentos, los padres no deben olvidar que también a los hijos les cuesta esa separación, y que puede resultarles tanto o más dolorosa que a ellos. Sin darles excesivas facilidades, no harían bien en ponérselo difícil. Santa Teresa de Ávila ofrece en esto su propio testimonio: "Cuando salí de casa de mi padre, no creo será más el sentimiento cuando me muera; porque me parece que cada hueso se me apartaba por sí; que, como no había amor de Dios que quitase el amor del padre y parientes, era todo haciéndome una fuerza tan grande, que si el Señor no me ayudara, no bastaran mis consideraciones para ir adelante. Aquí me dio ánimo, contra mí, de manera que lo puse por obra."
      

46. Es todavía un niño

El hombre inteligente
habla con autoridad
cuando dirige su propia vida.

Platón

       
       Estanislao era el segundo hijo del príncipe Jan Kostka, un jefe militar y senador polaco. Cuando Estanislao tenía catorce años, fue enviado a Viena, junto con su hermano Paolo, para proseguir sus estudios. La ejemplaridad de Estanislao hizo que enseguida fuese respetado y querido por todos los colegiales. Sin embargo, se le hacía difícil la convivencia con su hermano Paolo, que era de temperamento inestable y dominante, y llevaba una vida cada vez más frívola.
      
       Desde muy pronto, Estanislao quiso ingresar en la Compañía de Jesús, pero no fue admitido por temor de indisponer a su padre contra la Compañía. Paolo se burlaba de su hermano pequeño, y sus ironías contra su modo cristiano de vivir se hicieron cada vez más frecuentes y más desagradables.
      
       Considerando insuperable la oposición de su familia, y harto del maltrato constante de su hermano, decidió huir. Una mañana de agosto de 1567, partió a escondidas. En las afueras de Viena, cambió sus vestidos por unas ropas de peregrino. Durante veinte días marchó a pie y solo hasta Alemania, primero a Augsburg y después a Dillingen. Allí fue acogido amablemente por San Pedro Canisio, que dispuso que se dedicara a los trabajos más humildes de la casa. El joven cumplió su cometido con tal esmero y alegría, que todos quedaron profundamente impresionados por Estanislao y, viéndole tan convencido de su vocación, le enviaron a Roma.
      
       En cuanto su padre supo de la fuga, le invadió la ira y escribió cartas de amenaza a los superiores de la Compañía, así como a obispos y cardenales, asegurando que haría cualquier cosa para expulsar a los jesuitas de Polonia, y que, respecto a su hijo, lo llevaría de vuelta a su patria, aunque tuviera que atarlo de pies y manos. Entre tanto, Estanislao había recibido también una dura carta de su padre, en la que repetía esas mismas amenazas y le reprendía por "haber tomado una sotana despreciable y haber abrazado una profesión indigna de tu alcurnia". Estanislao respondió con corrección, pero manifestando su firme decisión de servir a Dios en la vocación a la que se sentía llamado.
      
       Una vez en Roma, tras un viaje a pie de casi mil quinientos kilómetros, se entrevistó con San Francisco de Borja, que accedió a su petición y le admitió en el noviciado. Poco había de durar, sin embargo, la vida de Estanislao de Kostka, pues falleció al año siguiente, con solo dieciocho años de edad. Pero ese tiempo tan corto fue suficiente para dejar impresionados a todos los que conocieron a aquel joven novicio polaco. Enseguida se difundió su fama de santidad y muchas personas visitaban su tumba en Roma. Pronto se atribuyeron a su intercesión numerosos milagros, se multiplicaron sus biografías en diversas lenguas, así como la difusión de sus retratos, imágenes y estatuas. Fue canonizado, y se le venera como patrono de Polonia. En su honor se construyeron muchas iglesias y se bautizó con su nombre a un gran número de niños. El culto popular se extendió más allá de cualquier expectativa.
      
       Llama la atención cómo una vida tan corta pudo dar lugar a tanta fecundidad. Es quizá una muestra de que para ser llamado por Dios no hace falta una edad muy alta, ni haberlo probado todo. Es más, con la inocencia de su vida, alcanzó en poco tiempo la madurez y la fecundidad de una larga existencia.
      
       -De todas formas, si unos padres ven muy tierno a su hijo, es lógico que piensen que necesita más tiempo y más experiencia de la vida para plantearse cuestiones de esa trascendencia.
      
       En unos casos, Dios llama a personas con una larga experiencia humana; en otros, no. Y de la misma manera que no hace falta haber pasado por varios noviazgos para acercarse con madurez al matrimonio, tampoco hacen falta para decidirse por Dios. Tolstoi decía que quien ha conocido solo a su mujer y la ha amado, sabe más sobre la mujer que quien ha conocido mil. La calidad o la madurez de un amor no depende de las experiencias previas. Es verdad que hay que ser maduro para emprender un noviazgo o una etapa de prueba en un camino vocacional, pero no es preciso "haber conocido mucho mundo", ni haber superado pruebas a las que quizá es una temeridad someter a una persona, como quizá habría sido ponerlas para probar el noviazgo o el matrimonio de sus padres.
      
       Los padres deben ayudar a los hijos a decidir con libertad. Las decisiones que determinan el rumbo de una vida, ha de tomarlas cada uno personalmente, con libertad, sin coacciones. Si, por la razón que sea, unos padres piensan que su hijo carece de la madurez necesaria para la entrega, lo normal será comentarlo con confianza con el propio interesado, y quizá también con otras personas que le conozcan bien y posean la sensatez y el sentido sobrenatural necesarios, pues siempre es arriesgado pensar que uno mismo es el único que lo conoce bien.
      
       Hay que discernir en cada caso concreto, sin presuponer por principio que el deseo de entrega de un hijo es un ímpetu juvenil, pasajero y superficial. En la actualidad, es tan fuerte la presión que reciben en contra, que ellos saben bien que entregarse a Dios les supondrá ir contra corriente, así como renuncia y sacrificio. Por tanto, cuando un hijo está decidido a hacerlo, más bien habría que presuponer que es reflejo de una actitud generosa y madura, no un arranque infantil.
      
       "Los padres -comentaba San Josemaría Escrivá- pueden y deben prestar a sus hijos una ayuda preciosa, descubriéndoles nuevos horizontes, comunicándoles su experiencia, haciéndoles reflexionar para que no se dejen arrastrar por estados emocionales pasajeros, ofreciéndoles una valoración realista de las cosas.
      
       "Pero el consejo no quita la libertad, sino que da elementos de juicio, y esto amplía las posibilidades de elección, y hace que la decisión no esté determinada por factores irracionales. Después de oír los pareceres de otros y de ponderar todo bien, llega un momento en el que hay que escoger: y entonces nadie tiene derecho a violentar la libertad. Los padres han de guardarse de la tentación de querer proyectarse indebidamente en sus hijos -de construirlos según sus propias preferencias-, han de respetar las inclinaciones y las aptitudes que Dios da a cada uno. Si hay verdadero amor, esto resulta de ordinario sencillo. Incluso en el caso extremo, cuando el hijo toma una decisión que los padres tienen buenos motivos para juzgar errada, e incluso para preverla como origen de infelicidad, la solución no está en la violencia, sino en comprender y -más de una vez- en saber permanecer a su lado para ayudarle a superar las dificultades y, si fuera necesario, a sacar todo el bien posible de aquel mal.
      
       "Los padres que aman de verdad, que buscan sinceramente el bien de sus hijos, después de los consejos y de las consideraciones oportunas, han de retirarse con delicadeza para que nada perjudique el gran bien de la libertad, que hace al hombre capaz de amar y de servir a Dios.
      
       "Y no es un sacrificio para los padres que Dios les pida sus hijos. Ni para los que llama el Señor es un sacrificio seguirle. Por el contrario, es un honor inmenso, un orgullo grande y santo, una muestra de predilección, un cariño particularísimo, que ha manifestado Dios en un momento concreto, pero que estaba en su mente desde toda la eternidad…".
      
       Para los padres, que Dios llame a sus hijos supone una muestra de especial afecto, un verdadero privilegio. "Los padres -señala el Catecismo Iglesia Católica- deben acoger y respetar con alegría y acción de gracias el llamamiento del Señor a uno de sus hijos. Deben respetar esta llamada y favorecer la respuesta de sus hijos para seguirla." Por eso, los padres cristianos que han entendido la vocación misionera de la Iglesia, se esfuerzan por crear en sus hogares un clima en el que pueda germinar la llamada a una entrega total a Dios.
      
       "La familia -explica Juan Pablo II- debe formar a los hijos para la vida, de manera que cada uno cumpla con plenitud su cometido, de acuerdo con la vocación recibida de Dios. Efectivamente, la familia que está abierta a los valores trascendentes, que sirve a los demás con alegría, que cumple con generosa fidelidad sus obligaciones y es consciente de su participación en el misterio de la Cruz gloriosa de Cristo, se convierte en el primero y mejor semillero de vocaciones a la vida dedicada al Reino de Dios."
      
       -Pero con lo mal que están las cosas en muchos ambientes, es lógico que a los padres les dé un poco de miedo pensar en el futuro de sus hijos tan jóvenes entregados a Dios en medio de todo eso.
      
       Es una inquietud natural, pero no podemos quejarnos de tantos males como aquejan al mundo, de la falta de recursos morales en la sociedad, de la falta de ideales grandes en la vida de tantos chicos jóvenes, o de lo mal que están determinados ambientes, si luego no ponemos de nuestra parte todo el calor y el ánimo posibles para que haya personas que sean llamadas por Dios para regenerar esos ambientes. La solución a esos problemas está, en gran medida, en la mano de los padres con verdadero afán misionero y apostólico, que se esfuerzan por dar a sus hijos una verdadera educación cristiana y procuran sembrar en sus almas ideales de santidad, ensanchar su corazón con las obras de misericordia y crear en torno a ellos un ambiente de sobriedad y de trabajo.
      
       -Pero quizá no hay necesidad de que comiencen tan jóvenes su camino de entrega a Dios.
      
       No parece que fuera así en el caso de San Estanislao, pues, como acabamos de recordar, solo vivió hasta los dieciocho años. Dios tiene sus tiempos, que no siempre coinciden con los nuestros. Y hay ideales que, si no prenden en la primera juventud, es fácil que se pierdan para siempre. Es en la juventud cuando suelen nacer los grandes ideales de entrega, los deseos de ayudar a otros con la propia vida, de mejorar el mundo, de cambiarlo.
      
       Cuando una persona joven se plantea ideales altos de santidad y de apostolado, las familias verdaderamente cristianas lo reciben con un orgullo santo. Por eso, si has conseguido ponerte en el lugar de tu hija o de tu hijo, ya te habrá contagiado un poco de esa felicidad y de esa alegría suyas. Como madre, o como padre, que desde el primer momento has buscado lo mejor para tu hija o para tu hijo, debes sentir también esa satisfacción. ¿Cuál sería tu reacción si te dijeran que tu hija ha sido seleccionada para representar a tu país en los juegos olímpicos? ¿O si designan a tu hijo como componente del equipo nacional en unos campeonatos del mundo? ¿Y si alguno de ellos es elegido para desempeñar un cargo público de elevada responsabilidad? Nadie acoge esas noticias con pesar o indiferencia. ¿Y cómo debes sentirte si el que elige no es un seleccionador deportivo, o un gobernante, sino el mismo Dios? ¿Y si, además, la recompensa no es simplemente una medalla, unos honores o unos ingresos económicos, sino el ciento por uno y la vida eterna?
      

47. Una incomprensión inicial

El que tiene la verdad en el corazón
no debe temer jamás que a su lengua
le falte fuerza de persuasión.

John Ruskin

       
       -Es natural que a veces haya una inicial resistencia por parte de los padres. El hijo debe convencerlos con la madurez de su comportamiento y con la perseverancia en su determinación.
      
       Es verdad que los padres pueden necesitar un poco de tiempo para asimilar la vocación de sus hijos. Pero la madurez y la rectitud en el comportamiento deben estar presentes por parte de todos.
      
       Así sucedió, por ejemplo, con San Francisco de Sales. Había decidido entregarse a Dios, pero su padre, Francisco de Boisy, le tenía preparado un magnífico partido: una joven llamada Francisca Suchet de Vegy, hija del consejero del Duque de Saboya. Al pequeño Francisco le costaba mucho contrariar a su padre, pero un día del año 1593 finalmente le hizo saber sus propósitos y estalló la tormenta: "Pero, ¿quién te ha metido esa idea en la cabeza?", gritaba su padre. "¡Una elección de ese tipo de vida exige más tiempo que el que tú te tomas!", tronaba furioso. Francisco contestaba que había tenido ese deseo desde la niñez. Y así una vez y otra. De vez en cuando, su madre intentaba ayudarle, sin que se notara que estaba de su parte, y sugería tímidamente: "Ay, será mejor permitirle a este hijo que siga la voz de Dios…". Finalmente, el Señor de Sales, después de un tiempo, cedió: "Pues adelante, hijo mío, haz por Dios lo que dices que Él te inspira. Yo, en su nombre, te bendigo." Y a continuación se encerró en su despacho para que nadie viera las lágrimas que derramaba por el sacrificio que Dios le había pedido.
      
       No todos los padres que ponen dificultades tienen ese carácter ardoroso y rompedor. Los señores Bertrán, una de las mejores familias de Valencia, no querían en absoluto interferir en la vocación de su hijo Luis. Solo querían "orientarla". Estaban acostumbrados a que su hijo les obedeciera en todo, y por eso, se quedaron desconcertados cuando un día les dijo que tenía unos planes diferentes a los que habían previsto: quería irse de casa y entregarse a Dios como fraile dominico. ¡Qué locura! No tenía salud suficiente, no sabía lo que hacía.
      
       Y empezaron su batalla. Aceptaban que se fuera, pero ahora no. Quizá en un futuro. No pasaba nada por esperar. Debía comprenderlo, su postura era razonable. Pero el joven Luis obró con la misma libertad que hubiese pedido en el caso de elegir una mujer que no hubiera agradado a sus padres. Escuchó sus consejos, y luego actuó con la libertad que sus padres decididamente le negaban. Así que, un buen día del año 1544, en vista de la rotunda negativa paterna, decidió no volver a casa. Tenía dieciocho años. Y estalló el escándalo familiar, una pequeña tragedia que se repite con frecuencia, con rasgos parecidos, siglo tras siglo, en algunos de los hogares en que una persona decide dejarlo todo por Dios. Ni lo podían ni lo querían entender. Si hubieran vivido en nuestra época, habrían dicho que a su hijo "le habían comido el coco".
      
       Afortunadamente, la historia acabó como la gran mayoría de estas pequeñas tragedias familiares: con la aceptación de la vocación por parte de sus padres, que finalmente comprendieron que Dios quería ese camino para su hijo, que acabó siendo un gran santo de la Iglesia, San Luis Bertrán. Aquel hijo suyo, por cuya salud se preocupaban tanto, evangelizó durante años las regiones selváticas más difíciles, aprendió a hablar en los idiomas de los indígenas y convirtió miles de indios desde Panamá hasta el Golfo de Urabá. Aseguran las crónicas que bautizó a más de quince mil, que hizo numerosos milagros y que sirvió eficazmente y sin desfallecer a la Iglesia. Cuando su padre estaba en el lecho de muerte, sus últimas palabras fueron: "Hijo mío, una de las cosas que en esta vida me han dado más pena ha sido verte fraile, y lo que hoy más me consuela es que lo seas."
      
       San Bernardo de Claraval consuela en una de sus cartas a los padres de un joven del siglo XII, Godofredo, que había decidido entregarse a Dios en Claraval, y les dice: "Si a vuestro hijo, Dios se lo hace suyo, ¿qué perdéis vosotros en ello y qué pierde él mismo? Si le amáis, habéis de alegraros de que vaya al Padre, y a tal Padre. Cierto, se va a Dios; mas no por eso creáis perderlo; antes bien, por él adquirís muchos otros hijos. Cuantos estamos aquí en Claraval, y cuantos somos de Claraval, al recibirle a él como hermano, os tomamos a vosotros como padres. Pero quizá teméis que le perjudique el rigor de nuestra vida. Confiad, consolaos: yo le serviré de padre y le tendré por hijo, hasta que de mis manos lo reciba el Padre de las misericordias y el Dios de toda consolación."
      
       En el siglo XIX, Bernadette Soubirous, la vidente de Lourdes, escribe una carta al padre de una amiga suya, M. Mouret, que no entiende la vocación de su hija. Bernadette le pide que la deje ir con ella: "Sea generoso con Dios -le dice-, que Él nunca se deja vencer en generosidad. Algún día estará usted contento de haberle dado su hija, a quien no puede dejar en mejores manos que las del Señor. Quizás haría usted grandes sacrificios para confiarla a un hombre al que apenas conoce y que puede hacerla desgraciada, y, no obstante, ¿quiere negarla al que es el rey del cielo y de la tierra? ¡Oh, no, señor! Tiene usted muy buenos sentimientos para obrar de esa manera. En cambio, yo creo que debe dar gracias a Dios por el beneficio que le concede…".
      
       Por aquella misma época, un joven ecuatoriano llamado Miguel Febres desea ingresar en el noviciado de los Hermanos de las Escuelas Cristianas. Le encanta la enseñanza y desea dedicar a ella su vida. Sus padres se oponen frontalmente, pues ellos pertenecen a la alta sociedad y en cambio aquellos religiosos viven muy austeramente y se dedican a la educación de niños pobres. Para disuadirle, lo envían a otro instituto, pero allí enferma y tiene que volver a casa. Finalmente, cuando el chico tiene catorce años, en 1868, su madre accede a que sea religioso. Su padre cede inicialmente, pero no deja de presionar para que abandone ese camino y no escribe a su hijo ni una sola línea en cinco años. Aquel chico pronto destaca como un profesor muy querido y valorado. Posee una gran cultura, domina cinco idiomas y escribe numerosos textos escolares que pronto se difunden por todo el país. Demuestra una enorme capacidad de querer y de hacerse querer, adquiere una gran confianza con sus alumnos y logra sorprendentes mejoras en las personas. Cuando muere, en 1910, su fama de santidad se extiende por numerosos países de Europa y América. Sin su constancia para superar la oposición familiar inicial, no tendríamos hoy a San Miguel Febres, que la Iglesia propone como modelo de hombre culto, pero sencillo y humilde, totalmente entregado a la obra de la evangelización a través de la enseñanza.
      
       Son testimonios diversos que confirman el gozo de tantos padres que inicialmente se opusieron tenazmente a la vocación de sus hijos, pero que, al final, comprendieron su decisión. Además, el gozo de los padres que han sido generosos con la vocación de sus hijos no acabará aquí en la tierra, pues será aún mayor en la otra vida, cuando contemplen, con toda su grandeza, el influjo espiritual de la vida de sus hijos en miles y miles de almas.
      
       Podemos imaginar el gozo de Luis Martín, al ver desde el Cielo los grandes frutos que ha supuesto la entrega de su hija Santa Teresa de Lisieux. O la alegría de la madre de San Juan Bosco al contemplar el crecimiento de aquel hogar espiritual que nació gracias a su esfuerzo. O la satisfacción de Juan Bautista Sarto al comprobar cómo él, un pobre alguacil, contribuyó sin saberlo a enriquecer la Iglesia contemporánea con la aportación de San Pío X.
      
       También podemos imaginarnos a Teodora Theate, a Monna Lapa, a Juan Luis Bertrán, a Ferrante Gonzaga, a la madre de Juan Crisóstomo, a Pietro Bernardone y a tantos y tantos otros. También ellos gozarán al ver las maravillas que ha hecho Dios por medio de sus hijos. Y darán gracias porque, pese a sus lamentos, sus amenazas o sus "pruebas", sus hijos no les hicieron demasiado caso. Si hubieran llegado a hacerlo, la Iglesia y la humanidad no contarían ni con Santo Tomás de Aquino, ni con Santa Catalina de Siena, ni con San Luis Bertrán, ni con San Luis Gonzaga, ni con San Juan Crisóstomo, ni con San Francisco de Asís. La Iglesia habría sufrido enormes pérdidas, en el ámbito de la teología, del papado, de la evangelización, de la espiritualidad, de la doctrina.
      
       Gracias a Dios, sus hijos fueron fieles a su vocación, y las palabras de Jesús adolescente en el Templo resonaron con fuerza en sus oídos: "¿No sabíais que yo debo ocuparme en las cosas de mi Padre?". Con esas palabras, Jesús Niño quiso dejar su propio testimonio para dar fortaleza a quienes debían seguirle en el futuro. Y dejó también una referencia para los padres, pues María y José no protestaron, sino que supieron buscar, aun en lo inicialmente incomprensible y doloroso, la voluntad de Dios.
      
       "En este episodio evangélico -comenta Benedicto XVI- se revela la más auténtica y profunda vocación de la familia: la de acompañar a cada uno de sus miembros en el camino del descubrimiento de Dios y del proyecto que Él ha dispuesto para ellos. María y José educaron a Jesús ante todo con su ejemplo. En sus padres, Jesús conoció toda la belleza de la fe, del amor por Dios y por su Ley, así como las exigencias de la justicia, que halla pleno cumplimiento en el amor. De ellos aprendió que en primer lugar hay que hacer la voluntad de Dios, y que el vínculo espiritual vale más que el de la sangre. La Sagrada Familia de Nazaret es verdaderamente el prototipo de cada familia cristiana, que está llamada a llevar a cabo la estupenda vocación y misión de ser célula viva no solo de la sociedad, sino de la Iglesia, signo e instrumento de unidad para todo el género humano."
      
       Porque no siempre las cosas de Dios son fáciles de entender. Dice el Evangelio que María guardaba todas estas cosas, ponderándolas en su corazón. Y a la Virgen no le faltaba inteligencia, ni buena disposición, ni cercanía a Dios. Pero recibía contestaciones que le resultaban un tanto misteriosas, no fácilmente comprensibles, y que, sin embargo, aceptaba y meditaba en su corazón. "María y José -explicaba Juan Pablo II- le habían buscado con angustia, y en aquel momento no comprendieron la respuesta que Jesús les dio. (…) ¡Qué dolor tan profundo en el corazón de los padres! ¡Cuántas madres conocen dolores semejantes! A veces porque no entienden que un hijo joven siga la llamada de Dios; (…) una llamada que los mismos padres, con su generosidad y espíritu de sacrificio, seguramente contribuyeron a suscitar. Ese dolor, ofrecido a Dios por medio de María, será después fuente de un gozo incomparable para los padres y para los hijos."
      
       Para quienes están en el proceso de discernimiento de su propia vocación, o para sus padres, meditar la vida de la Virgen siempre resultará enriquecedor. Todos obtendremos nueva luz si ponderamos en nuestro corazón esas escenas, contemplando, por ejemplo, el momento del Nacimiento, con su esperanza alegre y su calor humano; o la huida a Egipto, en los momentos duros de la fe o de la vocación; o su vida en Nazaret, para que lo cotidiano de nuestra vida no se tiña de rutina mala. La Virgen es siempre un modelo de la disposición con que debemos escuchar a Dios, de confianza para preguntar lo que no entendemos, de generosidad y de diligencia en la respuesta, de humildad, de perseverancia en las horas difíciles, de fidelidad a la misión recibida.
      

48. Dar la vida

El tirano muere,
y su reino termina.
El mártir muere,
y su reino comienza.

Soren Kierkegaard

       
       Maximiliano Kolbe es hijo de unos modestos tejedores que viven en Zdunska Wola, una pequeña ciudad polaca. Un domingo, cuando el chico tiene doce años, escucha en la homilía de la Misa que los padres franciscanos abren un nuevo seminario en Lvov. Aquello hace despertar y madurar su vocación, y al inicio del curso siguiente, en octubre de 1907, marcha a ese seminario junto con su hermano Francisco.
      
       Pasa un tiempo y ambos hermanos entran en una fuerte crisis interior. Maximiliano se convence y convence a su hermano de que lo mejor es abandonar el seminario y seguir la carrera militar en aquella ciudad, que es por entonces el centro de la resistencia polaca. Un día antes de comenzar el noviciado, el 3 de septiembre de 1910, se disponen a comunicar su decisión al ministro provincial, pero en ese momento suena la campanilla del recibidor: es María Dabrowka, su madre, que viene, como otras veces, a visitar a sus hijos. Sin saber nada de todo aquello, ella les cuenta con gran ilusión que José, el hermano pequeño, también va a ingresar en la orden franciscana. Y como ella y su marido son terciarios franciscanos, ahora toda la familia estará presidida por el espíritu de San Francisco. Aquella visita disipa sus dudas. Al día siguiente, ambos hermanos reciben el hábito negro conventual. Es entonces cuando adopta el nombre de Fray Maximiliano María, y emite su profesión simple bajo la Regla de San Francisco con diecisiete años de edad.
      
       Ya no tendrá más dudas. Tiempo más tarde, en una carta a su madre, recuerda con emoción aquel memorable episodio, que siempre considerará salvador de su vocación: "La providencia, en su infinita misericordia, por medio de la Inmaculada, te envió a nosotros en aquel crítico momento. Han pasado ya nueve años desde aquel día, y pienso en ello con temor y gratitud hacia la Inmaculada. ¿Qué habría sido de nosotros si no nos sostuviese con su mano?".
      
       En 1912, a la vista de sus excelentes cualidades intelectuales, es enviado a Roma. Allí permanece siete años, hasta terminar sus doctorados en Filosofía y en Teología, y es ordenado sacerdote. Son unos años muy fecundos y decisivos, en los que funda un movimiento llamado "La Milicia de la Inmaculada". En 1919 vuelve a Polonia, con veinticinco años y bastante mala salud, aunque con una fuerza espiritual extraordinaria. No le faltan incomprensiones, calumnias y obstáculos. En 1922 comienza la publicación de una revista mensual llamada "Caballero de la Inmaculada", con la que se propone "forrar el mundo entero con papel impreso para devolver a las almas la alegría de vivir". En 1929 funda en Niepokalanów, a cuarenta kilómetros de Varsovia, un convento de sacerdotes y hermanos franciscanos comprometidos a promover la Milicia a través de los medios de comunicación. Bajo su dirección, Niepokalanów se desarrolla con gran fuerza y en pocos años llega a albergar novecientos frailes. La tirada de sus publicaciones supera el millón de revistas mensuales destinadas a los miembros de la Milicia en todo el mundo.
      
       Pero el padre Kolbe presiente su final y la proximidad del calvario para sus hijos espirituales. En marzo de 1938 les dice: "Hijos míos, sabed que un conflicto terrible se avecina. No sabemos cuáles serán las etapas. Pero, para nosotros en Polonia hay que esperar lo peor. En los primeros tres siglos de historia, la Iglesia fue perseguida. La sangre de los mártires hacía germinar el cristianismo. Cuando más tarde la persecución terminó, un Padre de la Iglesia comenzó a lamentar la mediocridad de los fieles y no vio con malos ojos la vuelta de las persecuciones. Debemos alegrarnos de lo que va a suceder, porque en las pruebas nuestro celo se hará más ardiente."
      
       Tres días antes de estallar la Segunda Guerra Mundial, prepara de nuevo sus corazones: "Trabajar, sufrir y morir heroicamente, y no como un burgués en la propia cama. Recibir una bala en la cabeza para sellar el propio amor a la Inmaculada. Derramar valientemente la sangre hasta la última gota, para acelerar la conquista de todo el mundo para Ella. Esto os deseo y me deseo a mí mismo. Nada más sublime puedo augurarme y auguraros. Jesús mismo lo dijo: "No hay amor más grande que dar la vida por el propio amigo"."
      
       Los nazis invaden Polonia y en pocas semanas toda la nación sufre la humillación de la derrota. La Luftwaffe alemana bombardea Niepokalanów y después las tropas lo saquean. Destrozan imágenes, queman ornamentos sagrados y requisan la maquinaria tipográfica. El padre Kolbe, pese al clima de odio al enemigo, no se deja dominar por el rencor y perdona como Cristo en la Cruz. Un día se presentan allí los soldados de la Wehrmacht con gritos de "¡Todos fuera!¡Todos en marcha!". Los frailes son reunidos en el patio y cargados en camiones rumbo a campos de concentración: de Lamsdorf a Amtitz, y de aquí a Ostrzeszow. En mayo de 1941, el padre Kolbe es conducido a Auschwitz, donde le corresponde trabajar como peón en el acarreo de materiales para la construcción de un muro.
      
       El 3 de agosto, un prisionero escapa. Por la tarde, al pasar lista, se descubre la fuga. El terror hiela los corazones de aquellos hombres. Todos saben la norma establecida como represalia: por cada evadido, diez de sus compañeros, escogidos al azar, son condenados a morir de hambre en el bunker de la muerte. A todos aterroriza el lento martirio del cuerpo, con un frío y un calor extremos, la tortura del hambre, la agonía de la sed. Al día siguiente, mientras los otros grupos siguen sus faenas diarias, el suyo queda formado en la explanada bajo el sol calcinante del verano, sin comer ni beber. Las horas pasan con enorme lentitud. Cuando se distribuye la comida, todos observan como sus raciones son tiradas de las ollas al desagüe. Al romper filas van a sus catres sabiendo que pronto diez de ellos estarán en el bunker de la muerte. Ya ha sucedido antes en dos ocasiones.
      
       Al día siguiente, a las seis de la tarde, el coronel Fritsch, comandante del campo, se planta de brazos cruzados ante sus víctimas. Hay un silencio de tumba sobre la inmensa explanada, con dos mil presos formados, sucios y macilentos. "El fugitivo no ha aparecido. De modo que diez de ustedes serán condenados al bunker de la muerte. La próxima vez serán veinte." Los condenados son escogidos al azar. "¡Este! ¡Aquel!", grita el comandante. El ayudante Palitsch anota los números de los condenados. Aterrorizado, cada uno de los señalados sale de la formación, sabiendo que es su final. Entre ellos hay un sargento polaco llamado Franciszek Gajowniczek, que lanza un grito de dolor: "Dios mío, tengo mujer e hijos. ¿Quién los va a cuidar?".
      
       Las palabras del sargento sin duda tocan el corazón de muchos presos, pero en el corazón del padre Kolbe sucede algo más. Mientras los diez condenados se van quitando los zapatos, pues deben ir descalzos al lugar del suplicio, de pronto ocurre lo que nadie podía imaginar. Maximiliano Kolbe sale de su fila, se quita la gorra y se planta delante del comandante. Señala con la mano hacia Gajownieczek y se ofrece a morir en su lugar: "Soy un sacerdote católico polaco, estoy ya viejo. Querría ocupar el puesto de ese hombre que tiene mujer e hijos." El comandante, tras un momento de duda, acepta el cambio.
      
       Después de ordenar a los presos que se desnuden, los empujan al bunker, del que ya solo salen cadáveres para el crematorio. Diariamente, los guardias inspeccionan el bunker y ordenan retirar los cuerpos de los fallecidos. Son días de angustia en los que aquel sacerdote enfermo de cuarenta y siete años anima a los demás y reza con ellos. Poco a poco, van muriendo todos. Al final, queda solo él. Como los guardias necesitan ese lugar para otros presos que están llegando, le ponen una inyección de ácido fénico y muere. Es el 14 de agosto de 1941.
      
       En 1982 es canonizado por Juan Pablo II en Roma. En la ceremonia está presente un testigo excepcional: el anciano Franciszek Gajowniczek, aquel hombre que, cuarenta y un años antes, había salvado su vida en Auschwitz gracias al nuevo santo.
      
       San Maximiliano Kolbe venció al mal con el poder del perdón, el amor y la generosidad. Murió tranquilo, rezando hasta el último momento. Cuenta un testigo, el Doctor Stemler, que en los campos de exterminio casi no se veían manifestaciones de amor al prójimo, y era corriente que un preso se peleara con otro por un mendrugo de pan, pero aquel hombre, en cambio, dio su vida por un desconocido. Aquello fue la más elocuente y eficaz respuesta al odio y la barbarie impuestos por la brutalidad nazi. De esa manera, dio un testimonio y un ejemplo de dignidad en medio de la más terrible adversidad: "No hay amor más grande que dar la vida por el propio amigo" (Jn 15, 13).
      
       Muchas personas han sido beneficiadas por el influjo de la vida de este santo. Juan Pablo II dejó escrito cuál fue la influencia que tuvo en su propia vocación sacerdotal. La Milicia de la Inmaculada cuenta con más de tres millones de miembros en casi cincuenta países. Caben muchas preguntas y reflexiones, pero hay una que quizá puede ayudar a muchos en algún momento de dificultad al comienzo de su camino: ¿Qué habría sucedido si Maximiliano hubiera abandonado el seminario cuando atravesó aquella crisis en su vocación? ¿Cómo habría cambiado la historia de tantas vidas si su madre no le hubiera impulsado hacia delante, casi sin saberlo?
      

49. Ponerse en marcha

No maldigas la oscuridad,
enciende una vela.

Proverbio

       
       "A mi colegio de monjas de la Congregación del Amor de Dios -escribe Juan Manuel de Prada- iba de vez en cuando a visitarnos alguna misionera recién llegada de Nigeria o Mozambique. Eran mujeres que habían entregado su juventud a Dios y que, después de profesar, habían solicitado voluntariamente un traslado a aquellas regiones fustigadas por el hambre y la pólvora y las epidemias más feroces, para inmolarse en una tarea callada. Eran mujeres enjutas, prematuramente encanecidas, calcinadas por un sol impío que había agostado los últimos vestigios de su belleza, y sin embargo risueñas, como alumbradas por unas convicciones indómitas. Habían renunciado a las ventajas de una vida regalada, habían renunciado al regazo protector de la familia y la congregación para agotarse en una labor tan numerosa como las arenas del desierto. Entregaban su vida fértil en la salvación de otras vidas con un denuedo que parecía incongruente con la fragilidad de sus cuerpecillos entecos, reducidos casi a la osamenta. Con cuatro duros y toneladas de entusiasmo, habían puesto en marcha comedores y hospitales y escuelas, habían repartido medicinas y viandas y consuelo espiritual, habían enseñado a los indígenas a labrar la tierra y a cocer el pan. También habían velado la agonía de muchos niños famélicos, habían apaciguado el dolor de muchos leprosos besando sus llagas, habían sentido la amenaza de un fusil encañonando su frente. ¿De dónde sacaban fuerzas para tanto?
      
       ""Un día descubrí que Dios no era invisible -recuerdo que me contestó una de aquellas misioneras-. Su rostro asoma en el rostro de cada hombre que sufre." Este descubrimiento las había obligado a rectificar su destino: "Si no atendía esa llamada, no merecía la pena seguir viviendo". Y así se fueron al África o a cualquier otro arrabal del atlas, con el petate mínimo e inabarcable de sus esperanzas, dispuestas a contemplar el rostro multiforme de Dios. A veces tardaban años en volver, tantos que, cuando lo hacían, sus rasgos resultaban irreconocibles incluso para sus familiares; luego, tras una breve visita, regresaban a la misión, para seguir repartiendo el viático de su sonrisa, la eucaristía de sus desvelos. Y así, en un ejercicio de caridad insomne, iban extenuando sus últimas reservas físicas, hasta que la muerte las sorprendía ligeras de equipaje, para llevarse tan solo su envoltura carnal, porque su alma acérrima y abnegada se quedaba para siempre entre aquellos a quienes habían entregado su coraje. Algunas, antes de dimitir voluntariamente de la vida, eran despedazadas por las epidemias que trataban de sofocar, o fusiladas por una partida de guerrilleros incontrolados.
      
       "Repartidos por los parajes más agrestes u hostiles del mapa, una legión de hombres y mujeres de apariencia humanísima y espíritu sobrehumano contemplan cada día el rostro de Dios en los rostros acribillados de moscas de los moribundos, en los rostros tumefactos de los enfermos, en los rostros llagados de los hambrientos, en los rostros casi transparentes de quienes viven sin fe ni esperanza. Son hombres y mujeres como aquellas monjas que iban a visitarme a mi colegio, enjutos y prematuramente encanecidos, en cuyos cuerpecillos entecos anida una fuerza sobrenatural, un incendio de benditas pasiones que mantiene la temperatura del universo. Un día descubrieron que Dios no era invisible, que su rostro se copia y multiplica en el rostro de sus criaturas dolientes, y decidieron sacrificar su vida en la salvación de otras vidas, decidieron ofrendar su vocación en los altares de la humanidad desahuciada. Que nos cuenten su epopeya silenciosa y cotidiana, que divulguen su peripecia incalculablemente hermosa, a ver si hay papel suficiente en el mundo."
      
       -Es un ejemplo admirable, desde luego, pero la mayoría de la gente lo ve como algo inimitable, demasiado costoso, el sacrificio de toda una vida.
      
       Sin duda es admirable, y es cierto que no todos, ni la mayoría, estamos llamados a ese camino. Pero una vocación de entrega especialmente exigente no debe verse como algo triste o negativo. La entrega supone esfuerzo, es verdad, pero eso sucede con cualquier ideal o proyecto en la vida de cualquier persona.
      
       Como ha señalado Benedicto XVI, el esfuerzo personal es algo esencial, y eludir esa evidencia es engañarse: "El futuro de la Iglesia solo puede venir y solo vendrá de la fuerza de aquellos que tienen raíces profundas y viven con plenitud su fe. No vendrá de aquellos que hacen solo teorías. No vendrá de aquellos que solo eligen el camino más cómodo. De los que esquivan la pasión de la fe y declaran falso y superado todo aquello que exige el esfuerzo del hombre, que le cuesta superarse y darse a sí mismo. El futuro de la Iglesia está marcado, siempre, por los santos. Por personas que captan más que las solas frases huecas que están de moda."
      
       -Es un ideal atractivo, ciertamente, pero debe ser necesaria una ayuda especial de Dios para vivirlo.
      
       Dios da siempre esa ayuda. Nos da una luz que nos hace ver que nuestra misión es necesaria, que hay muchas personas que esperan mucho de nosotros. Es una vida de entrega a los demás, que no solo es compatible con la alegría, sino que está en su fundamento. "Un santo triste es un triste santo", decía Santa Teresa de Ávila.
      
       "En los momentos de incertidumbre sobre mi vocación -decía por su parte la Madre Teresa de Calcuta-, hubo un consejo de mi madre que me resultó muy útil: "Cuando aceptes una tarea, hazla de buena gana, o no la aceptes", me decía. Una vez pedí consejo a mi director espiritual acerca de mi vocación. Le pregunté cómo podía saber que Dios me llamaba y para qué me llamaba. Él me contestó: "Lo sabrás por tu felicidad interior. Si te sientes feliz por la idea de que Dios te llama para servirle a él y al prójimo, ésa es la prueba definitiva de tu vocación. La alegría profunda del corazón es la brújula que nos marca el camino que debemos seguir en la vida. No podemos dejar de seguirla, aunque nos conduzca por un camino sembrado de espinas."
      
       Y lo decía una persona que, como hemos visto, pasó por largas etapas de aridez interior, por la famosa "noche oscura del alma". Su entrega nos muestra que esa alegría interior no se fundamenta en la ausencia de inquietudes o tribulaciones, ni en que ese camino nos resulte fácil, sino en una convicción profunda del alma que nos confirma que ese sacrificio merece la pena y que debemos dedicar a él nuestra vida.
      
       -Pero hablas siempre, a lo largo de todo el libro, de metas muy altas, que ahora mismo veo inalcanzables.
      
       Quizá lo ves como algo inasequible, y esa es la causa de tu indecisión y tu retraimiento, de tu inseguridad. No se trata de plantearse la vida como una escalada al Everest, sino como un largo caminar, paso a paso, y no hace falta que sean pasos de gigante, pueden ser pasos cortos, pero es fundamental ponerse en marcha. Después de un paso tienes que dar otro, no pararte. Eso es lo decisivo. Quizá los ejemplos que han salido en este libro te resultan estimulantes pero lejanos. Los ves como grandes hazañas que nada tienen que ver con tu vida. Pero puedes verlos como un modelo, como una guía para ponerte en marcha, con humildad, sin creerte llamado a grandes éxitos, sino a una gran tarea. Los grandes ideales siempre deben concretarse en pequeños pasos, pues, de lo contrario, se quedan en metas inaccesibles que acaban frustrando todo.
      
       Además, los grandes santos nunca supieron bien a dónde llegarían. Es Dios quien marca los tiempos. En este sentido podría aplicarse aquí, y es una paradoja, aquello de que nadie llega tan lejos como quien no sabe adonde va, pues las vidas de los santos ponen de manifiesto, como hemos visto a lo largo de estas páginas, que el hombre que se encamina hacia Dios no debe mirar tanto hacia su futuro como hacia su presente, porque es en el presente donde se desenvuelve su relación con Dios, y de ello depende un futuro que no es fácil de prever, pues el detallismo de los proyectos humanos minuciosos suele ser un estorbo para arrancar el impulso que corresponde a los planes de Dios.
      

50. Arreglar al hombre

No hay ningún viento favorable
para el que no sabe
a qué puerto se dirige.

Arthur Schopenhauer

       
       Un hombre sabio vivía preocupado con los muchos problemas que aquejaban a la humanidad. Pasaba los días en busca de respuestas para sus inquietudes sobre cómo mejorar el mundo. Una mañana, un hijo suyo de nueve años entró en su despacho y se ofreció a ayudarle a trabajar. El hombre, nervioso por la interrupción, pidió al niño que se fuera a otro sitio a jugar. Viendo que no lograba que se marchara, pensó en algo que pudiese mantenerle ocupado durante un rato. Vio una revista donde había un mapa del mundo, y con unas tijeras lo recortó en numerosos pedazos. Se lo entregó a su hijo, junto con un rollo de cinta adhesiva, y le dijo: "Como te gustan los rompecabezas, te voy a dar este mundo roto en pedazos, que es como está, para que lo recompongas tú solo, sin ayuda de nadie".
      
       Calculó que al pequeño le podría llevar varias horas rehacer aquel mapa, si es que llegaba a conseguirlo. Sin embargo, pasados unos minutos, escuchó la voz del niño: "Papá, ya lo he acabado". Al principio no se lo tomó en serio. Era imposible que, a su edad, hubiese logrado recomponer un mapa que apenas había visto antes. Levantó la vista con la certeza de que vería el trabajo propio de un niño. Pero, para su sorpresa, el mapa estaba perfecto. Todos los pedazos estaban en su debido lugar. ¿Cómo era posible que un niño hubiera podido hacerlo?
      
       Le dijo: "Hijo mío, tú no sabías cómo era el mundo, ¿cómo has logrado recomponerlo?". "Papá, yo no sabía cómo era el mundo, pero cuando sacaste el mapa de la revista para recortarlo, vi que en la otra cara del papel estaba la figura de un hombre. Así que di la vuelta a los recortes y comencé a recomponer al hombre, que sí sabía como era. Cuando conseguí arreglar el hombre, di vuelta la hoja y había arreglado el mundo."
      
       Arreglar el hombre es arreglar el mundo. Por eso son tan necesarios los santos. Los santos son la salvación de la Iglesia, el verdadero honor de la cristiandad, el hilo de oro que atraviesa la historia de los hombres, el canal limpio por el que llega a nosotros el testimonio vivo de Dios. Los santos remueven a quienes tienen alrededor y les ponen de cara a su responsabilidad delante de Dios.
      
       Una tarde de noviembre de 1942, en Madrid, San Josemaría Escrivá acude al único centro de mujeres del Opus Dei que por entonces existe. Todo el Opus Dei femenino se reduce por entonces a diez chicas jóvenes. Se reúne con las tres que a esa hora están en la casa. Desdobla un papel y lo extiende sobre la mesa. Es como un cuadro, un esquema donde se exponen las diversas labores de apostolado que habrán de realizar en el mundo entero. Al tiempo que explica con viveza su contenido, va señalando con el dedo cada uno de los rótulos del cuadro: escuelas para campesinas, residencias universitarias, clínicas, centros de capacitación profesional de la mujer en distintos ámbitos, actividades en el campo de la moda, librerías… Les dice también, antes y después, que lo más importante ha de ser el apostolado de amistad que cada una desarrolle con sus familias, con sus vecinas, con sus conocidas, con sus colegas. El Padre repite varias veces: "¡Soñad y os quedaréis cortas!".
      
       Aquellas tres le miran pasmadas, entre el asombro y el vértigo. Les parece que allí, sobre la mesa, se está desplegado un sueño. Un bello sueño para un lejano futuro. Ellas se sienten inexpertas, sin medios, sin recursos, incapaces. No se les ocurre pensar que todo eso tengan que hacerlo ellas mismas. San Josemaría capta en esas miradas la ilusión y la impotencia, el deseo y el temor, un acobardado ¡ya nos gustaría…! Muy despacio, recoge el papel y comienza a doblarlo. Su rostro ha cambiado. Ahora está serio. ¿Decepcionado? ¿Triste? Por la mente y por el corazón de San Josemaría ha cruzado, posiblemente, como un pájaro torvo, el pensamiento derrengador de que hace más de doce años que lucha por dar cuerpo y vida al Opus Dei de las mujeres, tal como vio que Dios lo quería, el 14 de febrero de 1930. Primero llegaron unas que parloteaban y trajinaban, pero no rezaban. Se fueron. Luego llegaron otras que sí rezaban, pero no trabajaban: no eran esa clase de mujeres que han de bregar en la sociedad civil para poner a Cristo en la cumbre de toda actividad humana. Eran muy buenas, pero de pasta mística. Tuvo que decirles que tampoco servían. Éstas de ahora son de la tercera hornada, ¿y es posible que, a la hora de fajarse con la realidad, se queden ahí, paralizadas por el miedo? Sin desafíos, va a ponerlas de cara a su responsabilidad. Escogiendo muy bien las palabras, les dice: "Ante esto, se pueden tener dos reacciones. Una, la de pensar que es algo muy bonito pero quimérico, irrealizable. Y otra, de confianza en el Señor que, si nos pide todo esto, nos ayudará a sacarlo adelante."
      
       Calla. Las mira, deteniéndose en cada una, como si con esa mirada pudiera trasvasarles su propia fe, inundarlas con su seguridad. Después, antes de marcharse, añade: "Espero que tengáis la segunda reacción". Y la tienen. No es una utopía. Ciertamente, no están abiertos los caminos. Los harán ellas, al golpe de sus pisadas. A la vuelta de cuarenta años, todo aquello era una realidad extendida por más de setenta países en los cinco continentes. Aquellas tres se han multiplicado por más de diez mil cada una. Desplegando sueños, pero arremangándose en la faena diaria. Sin decir basta. Sin amilanarse. Martilleando sobre las resistencias. Sin detenerse en lo fácil.
      
       Una sociedad cristiana se mide por su capacidad de engendrar santos, es decir, personas decididas a seguir con empeño los designios de Dios. Y no me refiero a lo que se describe en esas colecciones de biografías de santos en las que se les pinta blanditos, dulcecitos, demasiado místicos. Tomados en su realidad, los santos queman. Los santos no son como los centauros o las sirenas, no son una especie de seres mitológicos que salen solo en los libros, sino seres normales, con defectos, porque los santos tenían defectos, quizá más que otros que no lo fueron, pero su santidad se plasmó sobre todo en la maravilla de dominarlos. No nacieron santos, sino que llegaron a serlo gracias a su lucha diaria por superarse.
      
       "Mediante el ejemplo de la vida de los santos -decía Benedicto XVI en Colonia en 2005-, Dios nos ha abierto a lo largo de la historia el Evangelio, hojeando sus páginas, y lo sigue haciendo todavía. En las vidas de esas personas se revela la riqueza del Evangelio como en un gran libro ilustrado. Son la estela luminosa que Dios ha dejando en el transcurso de la historia, y sigue dejando aún.
      
       "Los santos han sido personas que no han buscado obstinadamente la propia felicidad, sino que han querido simplemente entregarse, porque han sido alcanzados por la luz de Cristo. De este modo, ellos nos indican el camino para ser felices y nos muestran cómo se consigue ser personas verdaderamente humanas.
      
       "En las vicisitudes de la historia, los santos han sido los verdaderos reformadores que tantas veces han remontado a la humanidad de los valles oscuros en los cuales está siempre en peligro de precipitar; y la han iluminado siempre de nuevo. Los santos son los verdaderos reformadores. Solo de los santos, solo de Dios, proviene la verdadera revolución, el cambio decisivo del mundo."
      
       En ese mismo año 2005, todo el mundo había contemplado con asombro el vendaval de emoción que supuso el fallecimiento de Juan Pablo II. Fue una extraordinaria muestra de la fecundidad de una vida santa, de una vida de entrega absoluta a la misión que tenía encomendada por Dios. Fueron millones de personas que se conmovieron, que pedían su urgente canonización, que con aquello decidieron dar un cambio en sus vidas. Toda la biografía de Karol Wojtyla fue una lucha titánica contra las dificultades que se afanaban en impedir su avance en el camino señalado por Dios, pero su fidelidad inquebrantable ha dado luz y esperanza a nuestro mundo cansado.
      
       Su vida, como la de tantos otros que han salido en estas páginas, y como la de tantos otros millones de almas desconocidas que pueblan la tierra, son vidas abiertas a la respuesta personal a los requerimientos de Dios. No son vidas cerradas. Santo Tomás Moro podría haber cedido a los deseos de Enrique VIII y hoy sería un triste personaje más de un lamentable reinado de la Inglaterra del siglo XVI. Santo Tomás de Aquino o Santa Catalina de Siena podrían haber cedido a los deseos de su madre, o San Luis Gonzaga o San Estanislao de Kostka ante los de su padre. El Santo Cura de Ars o San Clemente Hofbauer podrían haberse rendido a las dificultades que tuvieron para hacer sus estudios sacerdotales, o Santa Jacinta ante las dificultades de su carácter. San Agustín podía haberse quedado enredado en sus amoríos. San Maximiliano Kolbe podría no haber tenido aquel arranque de generosidad en Auschwitz. Pero ellos, y muchos otros, fueron fieles a la llamada que Dios les hacía y hoy el mundo es distinto gracias a ellos.

Alfonso Aguiló, “Saber hacerse preguntas”, Hacer Familia nº 271, 1.IX.2016

Reg Revans nació en Portsmouth en 1907. Entre sus recuerdos de niño está la figura de su padre, que era inspector marítimo y formó parte del equipo investigador del hundimiento del Titanic., hablando con supervivientes de la tragedia. Cuando más adelante le preguntó qué había aprendido de todo aquello, su padre respondió: “me ha servido para conocer la diferencia entre la inteligencia y la sabiduría”, y siempre recordó aquella frase como un principio que conservó durante toda su vida.

Reg hizo un doctorado en astrofísica en la Universidad de Cambridge, al tiempo que practicaba el atletismo, llegando a participar en las pruebas de salto de longitud y triple salto en los Juegos Olímpicos de 1928 en Amsterdam. Posteriormente obtuvo una beca para estudiar en Michigan. A su regreso a Cambridge trabajó en un departamento del Laboratorio Cavendish donde había cinco premios Nobel. Revans evocaba con frecuencia su recuerdo de Albert Einstein diciéndole: “Si usted piensa que está entendiendo un problema, asegúrese de que no se está engañando a sí mismo”, y explicaba cómo aquellas palabras de aquel hombre tan eminente le llevaron a desarrollar toda una serie de ideas, que le harían famoso, sobre el papel de la “persona no experta” como un factor decisivo para resolver problemas.

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Alfonso Aguiló, “Atreverse a cambiar”, Hacer Familia nº 269-270, 1.VII.2016

Los Juegos Olímpicos de México dejaron muchos momentos para el recuerdo, pero quizá uno de los más destacados fue la sorpresa que dio un atleta norteamericano de 21 años llamado Dick Fosbury.

Fosbury había nacido en Portland en 1947, estudiaba en la Universidad de Oregón y practicó el baloncesto y el fútbol americano antes de dedicarse al atletismo. Pronto le cautivó el salto de altura y, al ver que no lograba obtener buenos resultados mediante el procedimiento convencional, descubrió que le iba mejor saltar de espaldas al listón, pasando sucesivamente la cabeza, la espalda arqueada y las piernas flexionadas, que tenía que estirar en el último instante. Tomaba carrerilla de forma transversal y, poco antes de llegar al listón, se giraba y saltaba de espaldas. Era un estilo mucho más efectivo desde un punto de vista biomecánico, pues permitía dejar menos espacio entre el listón y el centro de gravedad del saltador, con lo que se gana altura.

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Alfonso Aguiló, “Buscar lo que une”, Hacer Familia nº 268, 1.VI.2016

Después de las atrocidades cometidas durante la Segunda Guerra Mundial, la Organización de las Naciones Unidas, a través de la UNESCO, estaba comprometida a preparar una Declaración Universal de los Derechos Humanos que sentara unas bases comunes que todo el mundo pudiera reconocer.

Pasaba el tiempo y en 1947 los trabajos preparatorios de la Declaración estaban en un callejón sin salida. Los desencuentros ideológicos entre las distintas posiciones de fondo presentes eran muy fuertes. Julian Huxley, un prestigioso científico británico que era por entonces Director General de la UNESCO, insistía en que esos derechos no podían basarse en convicciones religiosas. Se buscó una salida invitando a intelectuales de diversas culturas del mundo a interrogarse sobre el significado y la posibilidad de un acuerdo respecto a esos derechos.

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Alfonso Aguiló, “El asno de Buridán”, Hacer Familia nº 267, 1.V.2016

El venerable maestro francés Jean Buridán, nacido en Artois a comienzos del siglo XIV, abanderado de los nominalistas y dos veces rector de la Universidad de París, hizo en su vida más que suficientes méritos como para ganarse un puesto en los tratados de filosofía, por sus contribuciones acerca de la lógica y la gramática, o bien en los de otras ciencias, puesto que formuló con sorprendente acierto los principios básicos de la cinemática al descubrir que el “ímpetus” de un móvil es proporcional a la cantidad de materia que contiene y a la velocidad, lo que le hizo precursor directo, en este punto fundamental, de Copérnico, Galileo y Newton.
Pese a todo, Buridán no es apenas recordado por los filósofos del lenguaje, ni por los físicos, ni por los astrónomos, sino que su memoria ha quedado vinculada a una paradoja conocida como “El asno de Buridán”. Buridán era defensor del libre albedrío y de la posibilidad de ponderar toda decisión a través de la razón. Para satirizar su posición, algunos críticos imaginaron el caso absurdo de un asno que no sabe elegir entre dos montones de heno idénticos, y que como consecuencia de semejante perplejidad acaba muriéndose de hambre. La paradoja es que, pudiendo comer, no come porque no logra decidir qué montón es más conveniente, ya que ambos le parecen iguales.

Parece que el relato original procede nada menos que de Aristóteles, protagonizado por un perro que debe elegir entre dos comidas igualmente sabrosas, y que no llega a decidirse por ninguna de ellas, de modo que efectivamente acaba muriendo de hambre.

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Alfonso Aguiló, “Horror vacui”, Hacer Familia nº 266, 1.IV.2016

“Mamá, no puedo parar los pensamientos que me llegan a la cabeza”, asegura una niña de apenas cinco años de edad, sentada en su sillita, en el asiento trasero del coche, camino de una fiesta de cumpleaños. La madre se queda sorprendida con el comentario, porque ve a la pequeña agobiada y desconcertada, y sobre todo por el hecho, bastante significativo, de que la niña considera que los pensamientos le llegan desde fuera.

No parece tratarse de ninguna patología especial, sino, por lo que leo, quizá del efecto propio de una situación de sobreestimulación. Hasta hace pocas décadas, los estímulos que recibíamos del exterior eran muy limitados y moderados. Eran estímulos procedentes de nuestro entorno más inmediato, familia y amigos, y a las pocas horas a la semana que podíamos pasar viendo un casi único canal de televisión o escuchando algún programa de radio. Hoy, cualquier niño de diez años en el mundo occidental ha recibido mucha más información que nadie a lo largo de toda la historia pasada. Cosas con las que ningún sabio de la antigüedad se atrevió a soñar, un volumen de información no siempre fácil de gestionar. Estímulos dirigidos a todos sus sentidos: imágenes, sonidos y ritmos de todo tipo. Un tiempo siempre lleno de actividad. Un tiempo libre absolutamente copado, que se combina con numerosas series, largas y absorbentes partidas de videojuegos y todo tipo de aplicaciones para llenar sus móviles, tabletas y cabezas.

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1. ¿Qué razón de ser tiene la enseñanza diferenciada?

La enseñanza diferenciada es una opción pedagógica que busca atender más específicamente a la diversidad entre el hombre y la mujer.

El hombre y la mujer tienen la misma dignidad y los mismos derechos, pero presentan diferencias que afectan a toda su persona, y el modelo educativo de la enseñanza diferenciada apuesta por una atención especializada en esas características propias de cada sexo.

Chicos y chicas presentan diferencias en su ritmo de desarrollo, en su forma de aprender, en el procesamiento de la emociones y en sus motivaciones e intereses. Algunas de esas diferencias son de orden natural y otras proceden del entorno cultural y de estereotipos muy arraigados. En todo caso, la educación diferenciada facilita que se tengan en cuenta esas diferencias a la hora de definir y concretar las estrategias de enseñanza y aprendizaje más idóneas para alumnas y alumnos, también en todo lo que se refiere a la educación en la igualdad. La clave del éxito de la educación diferenciada radica precisamente en el equilibrio entre el reconocimiento de la diferencia entre hombres y mujeres y la búsqueda y la garantía de igualdad entre ambos.

Se trata de una apuesta pedagógica que en las últimas décadas han asumido con éxito instituciones educativas muy diversas en todo el mundo, con excelentes resultados académicos y de socialización, y que contribuye a una mayor diversidad de oferta que enriquece el panorama educativo.

Parece claro que un sistema educativo donde coexistan la educación mixta y la diferenciada será más plural y atenderá mejor la demanda de cada familia, que es quien tiene la principal responsabilidad en la educación de sus hijos.

2. ¿En qué son diferentes los chicos y las chicas, dejando aparte las diferencias físicas?

Dejando efectivamente aparte las diferencias físicas, hay datos estadísticos empíricos que muestran diferencias importantes, de diverso tipo.

Por ejemplo, los resultados PISA (evaluación internacional realizada cada tres años en países de la OCDE y otros asociados, sobre competencias a los 15 años en lectura, matemáticas y ciencias) muestran unas diferencias muy importantes entre chicos y chicas, en todos los países y en todas las áreas (PISA 2012, pp. 104-108). ¿A qué se deben? No hay una respuesta unívoca. Se pueden hacer hipótesis que ofrecen explicaciones más o menos convincentes, pero, en todo caso, los datos que evidencian esas diferencias son claras y están ahí.

Por ejemplo, los resultados de PISA de las chicas de España en lengua son bastante superiores a los resultados de los varones de Finlandia (el país europeo estrella en resultados académicos). Eso quiere decir que las diferencias entre los chicos y las chicas dentro de un país son mayores que las diferencias entre los países que están arriba o abajo en las tablas de resultados en una materia. ¿Por qué? No es fácil saberlo, pero es un hecho empírico comprobable.

Hay más datos interesantes. Por ejemplo, los últimos datos PISA muestran que la brecha entre chicos y chicas está aumentando, es decir, que las diferencias entre ellos y ellas no se acortan con el paso de los años, sino que, por el contrario, aumentan en todas las materias. Y todo ello en un escenario de enseñanza mixta en casi el 99% de todo el entorno internacional del estudio PISA. Quizá puede concluirse que la enseñanza en general, y la enseñanza mixta en particular, no está teniendo demasiado éxito en este punto en su lucha contra la desigualdad entre hombres y mujeres.

Los centros de educación diferenciada están más especializados en atender esas diferencias, y por eso, como veremos más adelante, esa brecha de género se amortigua considerablemente.

3. ¿Hay mucha diferencia en los resultados académicos entre chicos y chicas?

Hay diferencias bastante significativas, que están reflejadas claramente en los datos estadísticos oficiales en todo el mundo, y que son bien conocidas por todos los que trabajan en la enseñanza.

Según la Edición 2014 del Informe “Cifras de la Educación en España” del Ministerio de Educación, la tasa de idoneidad a los 15 años, es decir, quienes no habían repetido ningún curso, era un porcentaje del 66,8% en mujeres y del 56,9% en varones. Por cada 100 varones de 15 años que no hubieran repetido, había 117 mujeres.

Si nos fijamos en ese mismo dato en el resto de Europa, podemos ver que en la República Checa en 2009, los chicos que repitieron curso en primaria y secundaria representaban el 63% de la totalidad del alumnado repetidor (por cada 100 chicas repetidoras había 170 chicos repetidores). En Alemania el 58%. En Estonia, el 62%. En Italia el 69%. En Letonia, el 67%. En Lituania, el 70%. En Polonia el 66%. En Eslovenia, el 68% (EACEA P9 Eurydice, 2010, p. 76). Continuar leyendo “3. ¿Hay mucha diferencia en los resultados académicos entre chicos y chicas?”

4. ¿Cómo son esas diferencias entre chicos y chicas en cuanto a preferencias por unas u otras materias?

En cuanto a preferencias por materias, hay muchos datos estadísticos que apuntan considerables diferencias entre chicos y chicas. Por ejemplo, en el ya citado informe del Ministerio de Educación “Datos y Cifras del Sistema Universitario español. Curso 2014/2015”, puede verse que el número de chicos que cursan carreras técnicas es más del doble que de chicas, y que en las carreras de ciencias de la salud sucede lo contrario:

Fig. 5: Distribución de alumnos matriculados en las universidades españolas

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5. ¿No es una buena noticia que, por fin, la mujer vaya por delante del varón?

Puede sin duda considerarse una buena noticia el hecho de que, después de tanto tiempo en que la mujer ha sido postergada en tantos ámbitos, ahora veamos que obtiene mejores resultados académicos y que está cada vez más presente y de modo más brillante en la universidad y en la vida profesional, pública y social, donde tiene tanto que aportar en un mundo que durante siglos se ha construido demasiado sustentado sobre la sensibilidad y los intereses del varón.

Pero si se hace un análisis un poco más profundo, es una buena noticia con un recorrido limitado. Por ejemplo, no creo que sea satisfactorio para la mujer ver que sus hijos varones sean víctimas de un preocupante problema que cada vez se presenta con más claridad. O que sus hijas busquen pareja entre varones que cada vez pasan por más dificultades.

No debemos dejar de considerar que algo grave está pasando con el varón y es preciso pensar en cómo ayudarle a superar la crisis en que se encuentra inmerso. Si se busca la igualdad, debe estudiarse cuáles son las razones por las que sucede todo esto, aunque solo fuera porque llegará un momento, a no mucho tardar, en que la crisis del varón incidirá mucho en el conjunto y lastrará el avance de todos, también de la mujer. Así lo comentaba la investigadora alemanda Barbara Ischinger, directora de educación y competencias de la OCDE, en una visita a Nueva Zelanda con motivo de “El día de la mujer”:

En el día Internacional de la mujer, en mi vista a Nueva Zelanda, sugerí que deberíamos empezar a prestar más atención a los chicos. Los chicos andan perdidos y no sabemos realmente cuál es la razón. Fue interesante leer en un reciente informe cómo la mayoría de los chicos entrevistados sentían vergüenza al formular preguntas delante de sus compañeras. ¿No habían dicho ya las mujeres anteriormente que la presencia de chicos en clases les hacía participar menos? Hemos hecho ya mucho por las mujeres y los resultados están a la vista de todos. Las mujeres, de media, consiguen mejores resultados que los varones y ya son más mujeres que hombres las que se gradúan. Obviamente hay más espacio para la mejora: tan solo hay que echar un vistazo a los salarios o que en el sector privado aún es más común encontrar que las mujeres son una minoría. No pretendo decir que debamos mirar a los avances en los derechos de la mujer y decir que la batalla está ganada. No es así. Pero sí añadiría que el balance no será bueno si ganamos por un lado mientras perdemos por otro. ¿Estoy centrándome demasiado en los varones cuando es el día Internacional de la mujer? No lo creo. Es solo una cuestión de potenciación: si tenemos las mismas oportunidades todos seremos conscientes de nuestro potencial individual, y eso no es una cuestión de género (Barbara Ischinger, 2013)

6. ¿Es cierto que la educación diferenciada tiene mejores resultados académicos?

Hasta ahora hemos hablado de que las chicas tienen ordinariamente mejores resultados académicos que los chicos, sean las aulas mixtas o diferenciadas. Ahora entramos en otra cuestión diferente, de contraste académico de conjunto entre la escuela mixta y la escuela diferenciada.

Que la educación diferenciada tiene mejores resultados académicos es una realidad reconocida hasta por los mayores detractores de ese modelo. De hecho, suele ser la introducción de sus reticencias hacia la educación diferenciada: casi siempre empiezan diciendo que la educación diferenciada tiene mejores resultados académicos…, pero que los resultados académicos no lo son todo, ni siquiera lo más importante. En esto último podríamos estar de acuerdo, pues es cierto que los resultados académicos no son lo único ni lo más importante que se espera de la escuela, ni tampoco lo justifican todo, pues la educación debe atender a muchos otros aspectos, como la socialización, la educación en la igualdad y la transmisión de otros muchos valores muy importantes. Pero eso lo dejamos para un momento posterior, para responder ahora a la pregunta de si efectivamente los resultados académicos son mejores o no. Continuar leyendo “6. ¿Es cierto que la educación diferenciada tiene mejores resultados académicos?”

7. ¿Qué resultados de socialización tiene la educación diferenciada?

El tema de la socialización suele ser la primera objeción que muchos plantean ante los buenos resultados académicos de la educación diferenciada: El mundo de hoy –dicen– es mixto, abierto, inclusivo, diverso, integrador… y todo eso debe estar por encima de unas “pequeñas” ventajas académicas… Se argumenta, en definitiva, que la socialización es más importante que los resultados académicos.

A esa objeción, muchos padres responden que esas ventajas académicas no son, para ellos, tan pequeñas, puesto que una de las mejores formas de socializar a una chica o un chico es darles una buena formación académica que les permita tener pronto un buen trabajo y encontrar su sitio en la sociedad. Y esa preocupación de los padres se acentúa en países con altas tasas de fracaso escolar, que desembocan siempre en altas tasas de desempleo juvenil, que a su vez llevan a una socialización muy deficiente. El desempleo juvenil está muy vinculado a la falta de cualificación profesional, y produce múltiples problemas personales y sociales, porque, tristemente, hay una relación muy directa entre fracaso escolar, paro juvenil y mala socialización. Por eso tantos padres piensan que algo que contribuye mucho a socializar a sus hijos es lograr que aprendan mucho en la escuela y tengan luego un buen trabajo. Continuar leyendo “7. ¿Qué resultados de socialización tiene la educación diferenciada?”

8. ¿Son elitistas los colegios de educación diferenciada?

Hay quienes dicen que la razón por la que los colegios de enseñanza diferenciada obtienen buenos resultados es porque son colegios elitistas. Es una lástima que nunca aporten datos ni estudios que sustenten esa afirmación.

Si se analiza un poco la implantación actual de la enseñanza diferenciada en el mundo, en seguida se ve que se trata de un modelo que no es propio de progresistas ni de conservadores, ni de izquierdas o derechas, ni de una religión o de otra… y tampoco es ni de clases altas ni bajas.

Por ejemplo, en Madrid hay 16 centros concertados diferenciados, y 13 de ellos están en distritos o municipios cuyo nivel de renta es inferior a la media de Madrid. Si se cuentan también los centros no concertados, hay un total de 26 escuelas, y 14 de ellas están en zonas de renta inferior a la media.

En el resto de España, y fuera de España, la realidad no es muy diferente. Más adelante veremos que hay abundantes experiencias exitosas de centros de educación diferenciada en distritos de especial dificultad o dirigidos a minorías especialmente vulnerables.

Y en cuanto a mi experiencia personal, de once años como director del Colegio Tajamar (situado en el Puente de Vallecas, el distrito de menor renta de Madrid y uno de los de mayor índice de delincuencia, absentismo y fracaso escolar), y también por lo que conozco de otros muchos colegios similares (por ejemplo, Altair en Sevilla, Xaloc en Hospitalet del Llobregat, o de numerosas escuelas rurales single-sex), la experiencia es la misma que otros muchos casos en todo el mundo: los resultados académicos y de socialización de esas escuelas diferenciadas en contextos socioeconómicos difíciles son notoriamente superiores a la media de su entorno.

Algunos, cuando ven los buenos resultados académicos de los centros de educación diferenciada, y ven que la explicación no está en que sean elitistas, dicen que esos colegios van bien porque están llevados por personas muy comprometidas, no por ser de educación diferenciada. Es indudable que los buenos resultados normalmente se deben a un conjunto de factores y no a uno solo, pero no parece una explicación muy convincente, pues es obvio que en todos los países y en todos los modelos de enseñanza hay mucha gente muy comprometida, y no se puede descalificar de modo tan simple todo su esfuerzo frente al de los demás.

9. ¿La enseñanza mixta ha acabado con los problemas de igualdad en las aulas?

Después de decenios de enseñanza mixta en la mayor parte del mundo occidental, son ya bastantes las voces que desde distintos ámbitos señalan algunas debilidades en sus luchas a favor de la igualdad.

Por ejemplo, siendo las mujeres amplísima mayoría entre el profesorado de la escuela mixta, son los hombres quienes monopolizan frecuentemente los espacios de decisión y dirección escolar (EURYDICE, 2013). Para muchos sectores vinculados al feminismo, la creciente feminización de la profesión docente también apunta a un cierto “curriculum oculto” según el cual determinados trabajos son “más apropiados” para un determinado sexo, lo cual remarca algunos roles sociales de género tradicionales.

Como ya hemos comentado, el aula mixta tampoco está consiguiendo disminuir las diferencias por sexo en las asignaturas optativas ni en las opciones posobligatorias del alumnado, con lo que las decisiones académicas de futuro que toman chicos y chicas siguen perpetuando la brecha de género presente en el mundo laboral. Continuar leyendo “9. ¿La enseñanza mixta ha acabado con los problemas de igualdad en las aulas?”

10. ¿La educación diferenciada potencia los estereotipos de sexo o los amortigua?

Ya hemos hablado sobre las diferencias que se observan entre chicos y chicas en las escuelas de todos los países occidentales, tanto en los resultados académicos como en lo que se refiere a la elección de materias. Esas diferencias son un fenómeno casi universal, en un entorno generalizado de bastantes décadas de enseñanza mixta. ¿A qué se deben? Parece que en parte a preferencias o condicionantes naturales, pero en gran medida se deben también a reflejos del entorno cultural, y parte de ese empuje cultural se presenta con frecuencia en forma de imposición coercitiva de estereotipos de sexo, en el sentido más peyorativo de ese concepto.

Es corriente que los estudiantes de un determinado sexo perciban algunos campos profesionales como propios del otro sexo, y por ello sientan cierto desánimo o desidentificación para interesarse por esas materias. En ese sentido, el estereotipo no es solo una amenaza externa, sino que, con frecuencia, y de modo a veces difícilmente perceptible incluso para el propio sujeto, es uno mismo quien se autolimita por el hecho de pertenecer a un grupo al que se aplica dicho estereotipo. Los estereotipos restringen las expectativas naturales de las personas y limitan las conductas, empujándolas a encajar con ellos. Y cuanto más presentes estén los estereotipos, más mermadas quedan las oportunidades de cada sexo. Continuar leyendo “10. ¿La educación diferenciada potencia los estereotipos de sexo o los amortigua?”

11. Si la sociedad es mixta, ¿no debería la escuela reflejar lo que es la sociedad?

La sociedad es mixta, y la familia es mixta también, pero, por ejemplo, y a pesar de eso, en todas las culturas a lo largo de la historia ha sido y es habitual que, en las familias, chicos y chicas tengan dormitorios diferentes. ¿Por qué motivo? No es fácil saberlo, pero hay un sentir general de que resulta positivo para su desarrollo el hecho de que en determinados momentos tengan un cierto espacio de intimidad circunscrito a su propio sexo.

En otros ámbitos, como el deporte, también es corriente separar chicos y chicas, en casi todas las especialidades. Y nadie piensa que eso sea segregar a las personas, ni que vaya contra la igualdad: es más, en muchos casos, se hace precisamente para favorecer la igualdad.

Con frecuencia se critica a la enseñanza diferenciada diciendo que una clase solo de chicos o solo de chicas es algo artificial, ya que la escuela debe ser un espacio de socialización entre chicos y chicas, que facilite actitudes abiertas y libres. Continuar leyendo “11. Si la sociedad es mixta, ¿no debería la escuela reflejar lo que es la sociedad?”

12. ¿No es lo mismo coeducar que tener aulas mixtas?

Hay diferentes modos de definir lo que es coeducación, pero en general suele entenderse que es un método educativo que parte del principio de la igualdad y la no discriminación por razón de sexo. Coeducación significa no establecer relaciones de dominio que supediten un sexo a otro, sino incorporar en igualdad de condiciones las realidades y las trayectorias de las mujeres y de los hombres para educar en la igualdad desde la diferencia.

La mayoría de las afirmaciones que hacen los defensores de la coeducación son perfectamente asumibles por la educación diferenciada. Unos dicen, por ejemplo, que coeducar significa educar a los niños y a las niñas al margen de todos los roles y estereotipos que nos impone la sociedad, de manera que todas las personas tengan las mismas oportunidades. O que el profesorado sea consciente de la importancia de tener una escuela igualitaria que responda a criterios democráticos y de justicia. O que familia y escuela deben buscar juntos superar los estereotipos de varones activos y agresivos frente a mujeres sumisas, pasivas y encargadas de las tareas domésticas (Marian Moreno, “¿Por qué coeducar”, 2007). Continuar leyendo “12. ¿No es lo mismo coeducar que tener aulas mixtas?”

13. Separar chicos de chicas, ¿no supone segregar o discriminar?

Algunas personas argumentan que, al separar chicos de chicas en las aulas, la escuela diferenciada discrimina y segrega. Pero, según la lógica de ese razonamiento, también sucedería eso mismo en muchos otros muchos casos, que podemos señalar, de un modo ilustrativo, no exhaustivo.

Por ejemplo, la liga profesional de fútbol de Primera División es masculina en casi todos los países del mundo. ¿Eso significa que discrimina y segrega? ¿Habría que imponer cuotas de varones y mujeres en los equipos de fútbol?

En los Juegos Olímpicos hay equipos masculinos y femeninos en casi todos los deportes. ¿Serán también discriminatorios? ¿Qué sucedería si hombres y mujeres corrieran juntos los 100 metros lisos? Quizá eso sí sería una importante discriminación.

Hay diferentes exigencias en las pruebas físicas para hombres y mujeres en las pruebas de ingreso para academias o puestos dedicados a fuerzas de seguridad. ¿Suponen discriminación?

La legislación vigente en casi todos los países del mundo exige que haya vestuarios y baños separados para hombres y mujeres. ¿Son también leyes segregadoras?

En los centros comerciales suele haber departamentos para señoras y para caballeros. Hay moda de la mujer y del varón, revistas dirigidas a la mujer… y nadie lo considera discriminatorio.

Las familias suelen poner a hijos e hijas en habitaciones separadas. ¿También habría que considerarlo segregador?

En casi todos los países hay ministerios, consejerías, direcciones generales o institutos públicos dedicados a la mujer. ¿También suponen discriminación? Continuar leyendo “13. Separar chicos de chicas, ¿no supone segregar o discriminar?”

14. ¿La educación diferenciada puede resultar negativa para el liderazgo de la mujer en la sociedad?

Algunas personas argumentan que, aunque haya ventajas académicas o incluso de socialización, la educación diferenciada lleva a la mujer a educarse en estereotipos de falta de liderazgo social y en otros viejos atavismos de dominio por parte del varón.

Sin embargo, parece que en los colegios femeninos, al haber solo chicas en clase, y al no estar por tanto presente en el grupo el liderazgo más impulsivo y vehemente del varón, emerge con más facilidad el liderazgo femenino y se consolidan personalidades más activas que con el tiempo adquieren mayor desarrollo.

Si analizamos, por ejemplo, dónde han estudiando las mujeres que han adquirido un mayor liderazgo y relevancia social y profesional en las últimas décadas en Estados Unidos (Leonard Sax, “Separate but Better?”, 2007), podemos observar lo siguiente:

  • Nancy Pelosi, primera mujer portavoz de la Casa Blanca. Estudió en el Institute of Notre Dame, Catholic all-girls High School, una escuela solo para chicas de Baltimore, Maryland.
  • Sally Ride, primera mujer que viajó al espacio. Estudió en Westlake School for Girls, una escuela femenina de Los Ángeles.
  • Madeleine Albright, primera mujer Secretaria de Estado. Estudió en Wellesley College, universidad femenina en Boston, Massachusetts.
  • Drew Gilpin Faust, única mujer Presidente de Harvard University. Estudió en Concord Academy, escuela femenina de Concord, Massachusetts.
  • Condoleezza Rice, primera mujer responsable de la Seguridad Nacional y luego también Secretaria de Estado. Estudió en Mary’s Academy, all-girls Catholic High School, otra escuela solo para chicas en Cherry Hills Village, Colorado.
  • Christine Todd Whitman, primera mujer gobernadora de un Estado (New Jersey). Estudió en Wheaton College, escuela femenina de Norton, Massachusetts.
  • Hillary Clinton, Secretaria de Estado. Estudió en Wellesley College, universidad femenina en Boston, Massachusetts.

Todas esas mujeres, que son las que han demostrado el máximo nivel de liderazgo nacional e internacional, estudiaron en un colegio single-sex. Podría pensarse que esto es así porque la mayoría de los colegios privados norteamericanos, de donde salen las clases dirigentes, son single-sex, pero la realidad es que solo el 7% de esos colegios lo son. ¿Por qué esas mujeres de mayor liderazgo han estudiado precisamente en ese 7% de colegios diferenciados y no en el 93% de colegios mixtos de élite? Si hay catorce veces más de escuelas privadas mixtas que single-sex, ¿por qué luego hay tanta desproporción en cuanto al liderazgo de las mujeres que salen de esas escuelas en todas las esferas de la sociedad estadounidense? (Leonard Sax, “Separate but Better?”, 2007).

Por eso Hillary Clinton, al defender la reforma educativa aprobada en USA en 2002, decía:

“No debe haber ningún obstáculo para ofrecer opciones de un solo sexo dentro del sistema de escuelas públicas. Tenemos que admitir los logros de esas escuelas en todo el país. Sabemos que tienen estudiantes y padres llenos de energía. Deberíamos tener más escuelas así” (Hillary Clinton, 2001).

15. ¿Son compatibles educación diferenciada y feminismo?

La educación diferenciada del siglo XXI no es la misma que había hace unas décadas. Es importante insistir en esto y reconocer los enormes avances que se han dado gracias al impulso de las corrientes feministas y de su gran trabajo durante décadas a favor de la igualdad.

Cuando hablo de la escuela single-sex del siglo XXI, me refiero, por ejemplo, a modelos educativos como Hjalli, fundado por Margrét Pála Ólafsdóttir, que se ha extendido recientemente en Islandia y otros países nórdicos.

Como puede leerse en su web, se trata de un modelo de enseñanza muy activo en sus objetivos de igualdad. Y uno de sus elementos básicos son las clases single-sex, que consideran lo más efectivo para ayudar a alcanzar ese objetivo. Explican que en las clases mixtas las niñas y niños son constantemente bombardeados con mensajes sobre la forma en que se supone que deben comportarse como niñas y niños, mujeres y hombres. Estos mensajes crean diferencias de género artificiales a unas y otros. Su proyecto educativo busca combatir el hecho de que en las aulas y patios mixtos los varones suelen recibir casi tres cuartas partes de la atención de los profesores, y además casi siempre en clave negativa; y busca también evitar la polarización de género por el que chicas y chicos tienden a adaptarse a estilos y comportamientos que se consideran apropiados para su género. Afirman que los entornos mixtos pueden reforzar los roles tradicionales de género y que, por todo ello, es mejor disponer de clases de un solo sexo, precisamente para impulsar la igualdad: Continuar leyendo “15. ¿Son compatibles educación diferenciada y feminismo?”

16. ¿Qué diferencias de actitudes y de conducta entre chicos y chicas se observan en el aula?

Es difícil hablar sobre este tema sin caer en tópicos o estereotipos, pero hay una serie de rasgos que son fácilmente observables si uno se aproxima sin prejuicios a esa realidad.

Los chicos son más deductivos y las chicas más inductivas. Los chicos tienen más facilidad para el razonamiento abstracto, mejor capacidad de llevar algo real a algo simbólico representado por signos.

Las chicas tienen más facilidad en la expresión verbal y el uso del lenguaje, por lo que suelen obtener mejores resultados en lecto-escritura y en toda el área de humanidades.

Los chicos suelen ir mejor en inteligencia lógico-matemática y en capacidad espacial, por lo que suelen obtener mejores resultados en áreas matemáticas y científicas.

Las chicas normalmente son más receptivas, escuchan más y manejan mejor la conversación. Tienen más facilidad para el trabajo en equipo, las relaciones humanas y la interacción social.

Los chicos habitualmente son más competitivos y dan más importancia al orden jerárquico en el grupo. Suelen superar a las chicas en fuerza física y velocidad.

Los chicos se aburren con más facilidad y necesitan más estímulo para mantener la atención. Por eso responden mejor en ambientes de más disciplina.

Los chicos tienden a ocupar más espacio físico, moverse más, tener un comportamiento inquieto y controlar peor sus impulsos. Son menos ordenados, se concentran peor y encuentran mayores dificultades para expresar sus sentimientos. Continuar leyendo “16. ¿Qué diferencias de actitudes y de conducta entre chicos y chicas se observan en el aula?”

17. ¿Algunos han llegado a relacionar la educación diferenciada con la violencia de género?

Ya dijo Aristóteles que no había en el mundo idea absurda que no tuviera al menos algún filósofo para sostenerla, y quizá por eso ha habido efectivamente quien sostenga algo así. Por ejemplo, Rafael Simancas, portavoz del PSOE en la Asamblea de Madrid en 2005, dijo nada menos que

“la segregación en la educación conduce a la desigualdad, la desigualdad a la discriminación, y finalmente ambas conducen a la violencia de género” (ABC, 19-04-2005).

No he conseguido encontrar muchas más afirmaciones como esta, pero es quizá una idea que late en la mente de algunas personas, y por eso no está de más que hablemos sobre el tema, ya que nos hemos propuesto analizar todos los argumentos que se escuchan contra a la educación diferenciada, por inverosímiles que parezcan.

Apenas disponemos en España de datos fiables sobre violencia de género en décadas pasadas, pues hubo tiempos en que la mayoría de los casos no se denunciaban. Pero sí hay cifras bastante fiables al menos desde 1997, que pueden consultarse con todo detalle en la web del Instituto de la Mujer, organismo autónomo creado por el gobierno de Felipe González en 1983 y adscrito actualmente al Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad. Continuar leyendo “17. ¿Algunos han llegado a relacionar la educación diferenciada con la violencia de género?”

18. ¿Es diferente para un profesor el modo de llevar un aula de chicos, o de chicas, o mixta?

Los expertos en analizar estos temas señalan que en las clases de varones resulta favorable tener un ambiente más estructurado, con mayor énfasis en la lectura desde los primeros años. Han de ser clases con energía, animadas, incluso con suspense, que sorprendan, que no sea todo demasiado previsible. Los chicos son más propensos a la indisciplina, pero aceptan bien las normas claras, e incluso las sanciones, cuando se aplican con coherencia. No suelen aguantar quietos y en silencio demasiado tiempo, por lo que conviene canalizar su inagotable energía con actividades, pausas o juegos de todo tipo.

Las niñas no tienen necesidad de un entorno tan estructurado y con tanta variación. Ellas son más constantes y pacíficas, trabajan bien en pequeños grupos y necesitan menos supervisión. Se sienten mejor en aulas con más calma, tranquilas y creativas. Los profesores deben trabajar para que las niñas se interesen más por la práctica de deportes desde temprana edad. Formar parte de los equipos deportivos no es solo físicamente saludable, sino que les ayuda a desarrollar habilidades de trabajo en equipo que luego les serán útiles en la vida profesional (Christina Hoff Sommers, 2012).

Un estudio de la Ghent University realizado en 2002 en 68 escuelas secundarias de Flandes (Bélgica), de las que 25 eran mixtas y 43 eran de un solo sexo, dirigido a un total de 3.370 niñas y 3.057 niños de edades entre 14 y 15 años, indicaba que las niñas en las escuelas single-sex perciben sus aulas como lugares con más orden y disciplina que en las escuelas mixtas (Herman Brutsaert, “Pupils’ Perceptions of Discipline and Academic Standards in Belgian Coeducational and Single-Sex Schools”, 2002), cosa que agradecen y valoran notablemente, lo que se manifiesta entre otras cosas en que esas adolescentes presentan niveles más bajos de estrés que las de escuelas mixtas (Herman Brutsaert y Mieke Van Houtte, “Gender Context of Schooling and Levels of Stress among Early Adolescent Pupils”, 2004).

Chicos y chicas también difieren a la hora de asumir riesgos. Los chicos tienden a sobreestimar sus capacidades y habilidades, mientras que las chicas es más corriente que se subestimen y sean más críticas con ellas mismas (pese a que obtienen mejores resultados académicos). Ellas suelen ser más sensibles a las correcciones de los profesores, y tienen a percibirlas como que les han defraudado, mientras que los chicos suelen ver sus fallos como hechos más aislados, quizá por su menor disposición a agradar a los adultos. Las chicas suelen mostrar más cercanía al profesorado, mientras que los chicos solo recurren a sus maestros cuando no tienen otro recurso.

Cuando el aula es mixta, el profesor debe trabajar conociendo esas diferencias y procurando adaptarse a ellas, también para alcanzar los objetivos de igualdad, como debe hacer también en el aula de un solo sexo.

19. Algunos piensan que separar chicos y chicas supone segregar y discriminar, y dicen que así lo han afirmado sentencias de altos tribunales.

Algunas personas suelen emplear habitualmente la expresión de “educación segregada”, que en castellano tiene un matiz discriminatorio o de marginación, y lo hacen con un cierto afán de estigmatizar este modelo pedagógico.

De entrada, se podría decir que esa expresión de “segregar” resulta ofensiva para los padres y madres que eligen ese tipo de enseñanza, pues ninguno de ellos desea discriminar a sus hijos. La mayoría de los que optan por la educación diferenciada para sus hijos conocen bien ese tipo de educación, y en muchos casos ellos mismos han estudiado en ella (el hecho de que en esos colegios haya un alto porcentaje que son hijos de antiguos alumnos, revela que están contentos con ese modelo). Si esa enseñanza fuera segregadora o marginadora, no la elegirían para sus hijos.

Y en cuanto a jurisprudencia española sobre la educación diferenciada, podemos decir que hay numerosas sentencias de altos tribunales que han negado taxativamente que la educación diferenciada sea discriminatoria. Su argumentación se fundamenta en el ordenamiento constitucional y en los tratados internacionales suscritos. Hay diversas sentencias recientes del Tribunal Supremo, que dejan bien claro que la enseñanza diferenciada no supone ninguna discriminación. Por ejemplo, en la página 8 de la Sentencia del Tribunal Supremo 5492/2012 se afirma que

“la educación diferenciada es perfectamente constitucional, legítima y subvencionable y su impartición no supone incumplimiento del artículo 84.3 de la Ley Orgánica de Educación. No existe en la legislación vigente disposición alguna por la que se niegue el acceso de los centros con educación diferenciada a los conciertos educativos. La educación diferenciada está amparada por nuestra Constitución al reconocer el derecho fundamental a la libre elección de centro docente por los padres y a la creación de centros con ideario o carácter propio, como parte del contenido esencial del derecho a la educación previsto en el artículo 27 de la Constitución Española”.

Donde se ha centrado más recientemente el debate de esas sentencias es sobre el derecho a ser financiada con fondos públicos en igualdad de oportunidades con otras opciones. Por ejemplo, esas mismas sentencias hacen una interpretación bastante restrictiva del artículo 84.3 de la Ley Orgánica de Educación (LOE) de 2006, y afirman que las Comunidades Autónomas pueden decidir si la financian o no, pero esas sentencias están recurridas ante el Tribunal Constitucional y, sobre todo, dejaron de tener interés por quedar superadas por la Ley Orgánica de Mejora de la Educación (LOMCE) de 2013, donde la nueva redacción del artículo 84.3 deja ya claro que la educación diferenciada tiene los mismos derechos que cualquier otra a recibir financiación pública.

20. ¿Qué dice actualmente la legislación internacional sobre la educación diferenciada?

La Conferencia General de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), en su undécima reunión, celebrada en París del 14 de noviembre al 15 de diciembre de 1960, concluyó con la firma de una Convención relativa a la lucha contra las discriminaciones en materia de enseñanza.

El texto comienza recordando que la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948 afirma el principio de que no deben establecerse discriminaciones, y proclama después el derecho de todos a la educación. Explica que las discriminaciones en la esfera de la enseñanza constituyen una violación de derechos enunciados en dicha Declaración Universal de Derechos Humanos. Continúa insistiendo en asegurar el respeto universal de los derechos humanos y una igualdad de posibilidades de educación, proscribiendo todas las discriminaciones en la esfera de la enseñanza, y procurando la igualdad de posibilidades y de trato para todas las personas. Define “discriminación” como toda distinción, exclusión, limitación o preferencia, fundada en la raza, el color, el sexo, el idioma, la religión, las opiniones políticas o de cualquier otra índole, el origen nacional o social, la posición económica o el nacimiento, que tenga por finalidad o por efecto destruir o alterar la igualdad de trato en la esfera de la enseñanza. Continuar leyendo “20. ¿Qué dice actualmente la legislación internacional sobre la educación diferenciada?”

21. ¿Qué se deduce de lo que dice la Constitución de cara a la educación diferenciada?

La libertad de enseñanza se configura como el crisol de todo un haz de derechos humanos fundamentales, entre los que figuran la libertad ideológica, de pensamiento y de expresión.

La libertad de enseñanza que explícitamente reconoce la Constitución (artículo 27.1) es un concepto complejo que abarca el conjunto de libertades y derechos de la educación. Es una proyección de la libertad ideológica y religiosa, y del derecho a expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones que también garantizan y protegen otros preceptos constitucionales (especialmente los artículos 16.1 y 20.1.a), incluye el derecho de los padres a la libre elección de centros, la libre creación de los mismos y tiene como fin último el libre desarrollo de la personalidad (artículo 27.2). Continuar leyendo “21. ¿Qué se deduce de lo que dice la Constitución de cara a la educación diferenciada?”

22. Algunos dicen que el que quiera educación diferenciada, que se la pague, pero que no debe financiarse con dinero público.

Efectivamente, en este punto del debate surge con frecuencia ese fácil descarte, ignorando todos los razonamientos que antes hemos expuesto. Esas personas dicen, muy generosamente, que no ponen objeción ninguna a la enseñanza diferenciada, pero… ”el que la quiera, que se la pague; con dinero público, no; con mi dinero, no”.

Quizá podemos acudir a una sencilla comparación. Los sindicatos y los partidos políticos son organizaciones privadas y se financian con dinero público. Los poderes públicos facilitan financiación a todos ellos, de acuerdo con su nivel de demanda e implantación (número de votos, escaños, concejales, representantes sindicales, etc.), pero no según la simpatía o cercanía ideológica o política que tengan con el gobierno de turno. Son, o al menos deberían ser, criterios objetivos de financiación, marcados por las leyes.

Se entiende que esos partidos y sindicatos prestan servicios esenciales para la sociedad, y que por eso conviene financiarlos en régimen de igualdad de oportunidades, para enriquecer la pluralidad de opciones y hacer más libre y democrática la sociedad.

Pues bien, la enseñanza es también un servicio esencial para la sociedad, y es lógico que reciba financiación pública según sea demandada por las familias, y desde luego no según la cercanía a las ideas políticas o ideológicas de quien gobierna en cada momento.

Quienes dicen lo de que “el dinero público, para la escuela pública”, ¿acaso no tendrían también que decir entonces que un partido o un sindicato ha de ser de titularidad pública para poder recibir dinero público? Desde luego, eso sería volver a los tiempos de la dictadura, con sindicatos verticales públicos y partido público y único, y no creo que sea eso lo que quieran. Hay en ellos una considerable contradicción.

Los partidos políticos y los sindicatos son organizaciones privadas, y el hecho de que sean organizaciones privadas es algo fundamental para garantizar la pluralidad en una democracia. De manera semejante, sin una oferta educativa plural, adaptada a los deseos reales y demostrados de las familias, el futuro de la democracia quedaría comprometido. Una educación que no fuera plural, que se impusiera a todos según un modelo único, poco a poco dejaría de ser propiamente educación para deslizarse progresivamente en diversas formas de adoctrinamiento, de la misma manera que una información que no fuera plural poco a poco derivaría en propaganda. Por eso, una educación y una información plurales son claves para la pluralidad de pensamiento y para la preservación de la democracia.

Facilitar financiación pública a las escuelas privadas no debe ser una liberalidad ni una discrecionalidad de los gobiernos, sino un derecho de iniciativas civiles que crean espacios de pluralidad democrática. Lo natural es que se financien los proyectos educativos que funcionen bien y tengan demanda por parte de las familias, pues es el modo más sencillo de incentivar la mejora de la educación en un país.

Las familias que eligen un tipo u otro de enseñanza pagan impuestos igualmente todas ellas, y por tanto tienen completo derecho a acceder a la financiación pública en igualdad de oportunidades con todos los demás. Si no, se les estaría discriminando en ese acceso a la financiación pública de la enseñanza de sus hijos.

La financiación pública no debe limitar la pluralidad de modelos educativos, que es fundamental para evitar imposiciones ideológicas contrarias a la democracia. Y a quien dice que no está dispuesto a que con el dinero de sus impuestos se financien centros de enseñanza que a él no le gustan, quizá hay que hacerle ver que con los impuestos de todos (los de él, y los de quien lleva a sus hijos a un colegio que a él no le gusta) se financian muchas cosas que a ninguno de los dos les interesará o gustará (sean determinados partidos, sindicatos, obras públicas, manifestaciones culturales, etc.), pero que son perfectamente legales y tienen todo el derecho a poder ser financiados, nos caigan mejor o peor.

23. Otros dicen que si una escuela recibe financiación pública debe someterse a las mismas normas que las escuelas del sistema público.

Se trata efectivamente otro interesante punto de debate sobre la libertad e igualdad en educación: en qué medida el hecho de recibir financiación pública limita la autonomía de un centro educativo.

Prácticamente todas las democracias occidentales reconocen la libertad de enseñanza y el derecho a la educación, y en ellas los poderes públicos deben garantizar el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación que esté de acuerdo con sus propias convicciones. Por fortuna, se trata de un principio poco cuestionado en la actualidad, y casi nadie habla hoy de hurtar a los padres el derecho a decidir sobre la educación de sus hijos (salvo aquellos pocos casos en que hayan de ser privados de la patria potestad mediante resolución judicial).

Parece obvio que, para que sea viable ese derecho de los padres a decidir qué educación reciben sus hijos, debe haber una pluralidad de oferta educativa, pues de lo contrario ese derecho fundamental quedaría vacío. Debe existir una diversidad de centros docentes que desarrollen proyectos plurales y diversos, como garantía de una verdadera democracia, igual que debe haber partidos políticos o sindicatos o periódicos o televisiones diferentes. Continuar leyendo “23. Otros dicen que si una escuela recibe financiación pública debe someterse a las mismas normas que las escuelas del sistema público.”

24. ¿No hay en nuestro país una cierta animadversión hacia la educación diferenciada?

Es obvio que las escuelas diferenciadas funcionan bastante bien. Las eligen libremente decenas de miles de familias, tienen buenos resultados académicos, se dirigen en muchos casos a poblaciones desfavorecidas, y salen de sus aulas cada año miles de alumnos satisfechos, bastantes de los cuales, tiempo después, llevan allí a sus hijos. Además, nadie está obligado a estudiar en esos colegios, pues hay una amplia oferta que permite elegir otros buenos colegios mixtos en un entorno muy próximo.

Por otra parte, su implantación ha aumentado en los últimos años, y en la última década se han puesto en marcha con éxito bastantes nuevos centros que asumen el modelo de la educación diferenciada bajo diversas fórmulas y vinculados a diversas organizaciones educativas. Parece que la mejora de la transparencia en los resultados educativos y el avance en el acceso a la información a través de internet y las redes sociales, ha facilitado un mejor conocimiento de la educación diferenciada, y eso hace que esté creciendo su aceptación y se vayan diluyendo buena parte de los viejos estereotipos bajo los que muchos la conocían. Continuar leyendo “24. ¿No hay en nuestro país una cierta animadversión hacia la educación diferenciada?”