Alfonso Aguiló, “Creer en los demás”, Hacer Familia nº 82, 1.XII.2000

Cuenta Anthony Robbins cómo en la escuela tuvo un profesor de oratoria que, un buen día, le dijo que quería verle después de la clase. El chico se preguntaba si habría hecho algo malo.

Sin embargo, cuando hablaron, el profesor le dijo: “Señor Robbins, creo que usted tiene condiciones para ser un buen orador, y quiero invitarle a un certamen de oratoria con otras escuelas”.

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Alfonso Aguiló, “Los ideales de la juventud”, Hacer Familia nº 81, 1.XI.2000

«Hete aquí, pues, cerca de los cuarenta y dos años… ¿Qué pensaría de ti el muchacho que eras a los dieciséis, si pudiera juzgarte? »¿Qué diría de eso que has llegado a ser? ¿Hubiera simplemente consentido en vivir para verse transformado así? ¿Acaso valía la pena? ¿Qué secretas esperanzas no has decepcionado, de las que ni siquiera te acuerdas? »Sería extraordinariamente interesante, aunque triste, poder enfrentar a estos dos seres, de los que uno prometía tanto y el otro ha cumplido tan poco. Me figuro al joven apostrofando al mayor sin indulgencia: “Me has engañado, me has robado. ¿Dónde están los sueños que te había confiado? ¿Qué has hecho con toda la riqueza que tan locamente puse en tus manos? Yo respondía de ti, había prometido por ti. Y has hecho bancarrota. Más me hubiera valido marcharme con todo lo que aún poseía, y que también has dilapidado…” »¿Y qué diría el mayor para defenderse? Hablaría de experiencia adquirida, de ideas inútiles echadas por la borda, mostraría algunos libros, hablaría de su reputación, buscaría febrilmente en sus bolsillos, en los cajones de su mesa, para justificarse. Pero se defendería mal, y creo que se avergonzaría.» Estos párrafos del Diario de Julien Green son una interesante reflexión, tanto para el pasado como para el futuro de cualquier vida. Porque –como ha escrito de Martín Descalzo– toda vida tendría que ser la cosecha de la gran siembra de los años juveniles. Vivir es fructificar. Y no simplemente avanzar y envejecer. La vida es apostar decididamente cuando se es joven, y mantener y mejorar esa apuesta cuando se madura.

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Alfonso Aguiló, “Mantenerse firme: aprender a decir que no”, Hacer Familia nº 80, 1.X.2000

«Yo quiero mucho a mi hija pequeña —explicaba una mujer bastante sensata en una conversación con otros matrimonios amigos—; y procuro manifestarlo de modo concreto cada día. Pero hay veces en que realmente mi hija se porta mal.

»Tengo amigas que me dicen que a esa edad nadie se porta mal, sino que hace inocentemente algo que todavía no ha aprendido a saber que está mal. Pero yo no estoy de acuerdo. Aunque sea pequeña, he visto a mi hija comportarse mal y saberlo.

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Alfonso Aguiló, “Vivir mejor con menos”, Hacer Familia nº 79, 1.IX.2000

Muchas veces nos sorprendemos de cómo nuestra casa va poco a poco llenándose de multitud de cosas de utilidad más que dudosa, que hemos ido comprando sin apenas necesidad.

Quizá en su momento parecía muy necesario. Parece, por ejemplo, que cualquier máquina que reduzca un poco el esfuerzo físico resulta enseguida indispensable. Tomamos el ascensor para subir o bajar uno o dos pisos, o el coche para recorrer sólo unos cientos de metros, y, al tiempo, con frecuencia nos proponemos hacer un poco más de ejercicio o practicar todas las semanas un rato de deporte.

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Alfonso Aguiló, “Enfermedades de la voluntad”, Hacer Familia nº 77-78, 1.VII.2000

Hemos hablado ya del voluntarismo, y ahora seguimos con algunos otros errores en la educación de la voluntad. Todos ellos pueden darse de forma más o menos intensa o permanente en cualquier persona sin llegar a suponer una patología importante.

La impulsividad se manifiesta en diversos rasgos: tendencia a cambiar demasiado de una actividad a otra; propensión a actuar con frecuencia antes de pensar; dificultad para organizar las tareas pendientes; excesiva necesidad de supervisión de lo que uno hace; dificultad para guardar el turno en la conversación o en cualquier situación de grupo; tendencia a levantar la voz o perder el control ante algo que contraría; etc.

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Alfonso Aguiló, “Voluntarismo”, Hacer Familia nº 76, 1.VI.2000

El voluntarismo es un error en la educación de la voluntad. No es un exceso de fuerza de voluntad, sino una enfermedad –entre las muchas posibles– de la voluntad.

Una enfermedad, además, que a todos nos afecta en alguna faceta o en algún momento de nuestra vida. Porque, al pensar en el voluntarismo, quizá imaginamos una persona tensa y agarrotada, y ciertamente las hay, y no pocas, pero eso no quita que el voluntarismo es algo que, de una manera o de otra, en unas circunstancia u otras, nos concierne a todos.

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Alfonso Aguiló, “Los golpes de la vida”, Hacer Familia nº 75, 1.V.2000

William Shakespeare dejó escrito que no hay otro camino para la madurez que aprender a soportar los golpes de la vida.

Porque la vida de cualquier hombre, lo quiera o no, trae siempre golpes. Vemos que hay egoísmo, maldad, mentiras, desagradecimiento. Observamos con asombro el misterio del dolor y de la muerte. Constatamos defectos y limitaciones en los demás, y lo constatamos igualmente cada día en nosotros mismos.

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Alfonso Aguiló, “Soluciones sencillas”, Hacer Familia nº 74, 1.IV.2000

Se cuenta que en una ocasión Cristóbal Colón fue invitado a un banquete donde se le había asignado, como es natural, un puesto de honor.

Uno de los invitados era un cortesano que se sentía muy celoso con el gran descubridor. En cuanto tuvo ocasión, se dirigió hacia él y le preguntó de forma un tanto altiva: —Si usted no hubiera descubierto América, ¿acaso no hay otros hombres en España que habrían podido hacerlo? Colón prefirió no responder directamente a aquel hombre. Le propuso un juego de ingenio. Se levantó, tomó un huevo de gallina fresco e invitó a todos los presentes a que intentaran colocarlo de forma que se mantuviera en pie sobre uno de sus extremos.

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Alfonso Aguiló, “El control de la ira”, Hacer Familia nº 73, 1.III.2000

Cuando alguien recibe un agravio, o algo que le parece un agravio, si es persona poco capaz de controlarse, es fácil que eso le parezca cada más ofensivo, porque su memoria y su imaginación avivan dentro de él un gran fuego gracias a que da vueltas y más vueltas a lo que ha sucedido.

La pasión de la ira tiene una enorme fuerza destructora. La ira es causa de muchas tragedias irreparables. Son muchas las personas que por un instante de cólera han arruinado un proyecto, una amistad, una familia. Por eso conviene que antes de que el incendio tome cuerpo, extingamos las brasas de la irritación sin dar tiempo a que se propague el fuego.

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Alfonso Aguiló, “Corresponder”, Hacer Familia nº 72, 1.II.2000

«Mi madre —me decía hace ya tiempo un buen padre de familia— es muy absorbente. Y siento tener que decir que desde que la hemos traído a casa hemos empezado a tener un montón de problemas nuevos.

»Tiene setenta y ocho años y está bastante enferma. Y la enfermedad le afecta ya un poco a la cabeza, y se ha hecho bastante absorbente, como te decía, por no decir que a veces —con perdón— está insoportable.

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Juan Manuel de Prada, “RU-486”, ABC, 10.II.2000

Acabo de escuchar en la radio un comentario radiofónico que no sé si calificar de calumnioso o felón. Alguien glosó el editorial que ABC dedicaba ayer a la RU-486, esa píldora que parece bautizada por Karel Capek; en ese editorial se lee que la píldora en cuestión «transmite la imagen de un aborto fácil y sin riesgos». El rudimentario escoliasta, después de calificar el editorial de «alucinado», profirió: «A lo que se ve, ABC prefiere un aborto difícil y con riesgos». Cualquiera que haya leído sin anteojeras la pieza citada sabe que lo que ABC defendía ayer era la necesidad de solucionar los conflictos que sufren las mujeres embarazadas mediante recursos menos retrógrados que el aborto. Lo que ABC defendía y vindicaba era la vida, principio rector de cualquier ordenamiento jurídico civilizado, y lo hacía con elocuencia diáfana. Pero ya se sabe que quienes esgrimen la bajeza moral como único argumento no reparan en transparencias y diafanidades: su hábitat natural es el agua revuelta del fango, donde siempre es más fácil recolectar algún pececillo confundido con el anzuelo de la demagogia. Continuar leyendo “Juan Manuel de Prada, “RU-486”, ABC, 10.II.2000″

Alfonso Aguiló, “Felicidad y dinero”, Hacer Familia nº 71, 1.I.2000

En una entrevista a la multimillonaria Barbara Hutton, un periodista se dirigió a ella comenzando con la típica frase hecha: “Aunque sabemos que el dinero no da la felicidad, díganos, por favor…”. La entrevistada no le dejó terminar: “Oiga, joven, ¿pero quien le ha dicho a usted esa tontería?”.

Aunque haya infinidad de dichos populares que sostienen que el dinero no asegura nada, es frecuente ver que luego en la vida práctica son pocos los que se lo creen. La respuesta de aquella mujer, y lo cortado que debió quedarse el entrevistador, son un buen reflejo de ello.

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Alfonso Aguiló, “La espiral de la queja”, Hacer Familia nº 70, 1.XII.1999

A menudo quizá nos descubrimos quejándonos de pequeños rechazos, de faltas de consideración o de descuidos de los demás. Observamos en nuestro interior ese murmullo, ese gemido, ese lamento que crece y crece aunque no lo queramos. Y vemos que cuanto más nos refugiamos en él, peor nos sentimos; cuanto más lo analizamos, más razones aparecen para seguir quejándonos; cuanto más profundamente entramos en esas razones, más complicadas se vuelven.

Es la queja de un corazón que siente que nunca recibe lo que le corresponde. Una queja expresada de mil maneras, pero que siempre termina creando un fondo de amargura y de decepción.

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Alfonso Aguiló, “El poder del lenguaje”, Hacer Familia nº 69, 1.XI.1999

Mercedes Salisachs cuenta en su última novela la historia de Lucía, una niña de once años, huérfana, que después de una infancia azarosa se lanza a la aventura de aprender a leer.

«Lo cierto es que a medida que Lucía se iba adentrando en el mundo de las letras todo cuanto la rodeaba parecía dilatarse, se volvía más comprensivo y luminoso.

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Alfonso Aguiló, “La soledad moral”, Hacer Familia nº 68, 1.X.1999

«Aquel chico —contaba el profesor Robert Coles— tenía quince años, le iban muy mal los estudios, y solía pasar horas y horas en su habitación escuchando música con la puerta cerrada.

»Un día le pregunté por su vida y sus problemas, y se negó a hablar de ellos, con un gesto de desdén. “¿A qué se debe ese gesto?”, le pregunté. “A nada”, contestó. “¿Y no será quizá a ti mismo?”, aventuré yo. Al oír eso, se volvió, me miró con atención, y esperó unos segundos antes de musitar: “¿Por qué dice usted eso?”.

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Alfonso Aguiló, “Jugar en equipo”, Hacer Familia nº 67, 1.IX.1999

Si a cualquiera nos preguntaran cuáles han sido las experiencias más enriquecedoras de nuestra vida, las que mejor conservamos en la memoria y recordamos con mayor satisfacción, casi siempre nos referiremos a vivencias personales dentro de un conjunto de personas a las que apreciamos. Quizá sea la familia, o un equipo de trabajo, o un grupo de personas dentro de un determinado ámbito cultural, o de un deporte, o de lo que sea.

Saber compartir, hacer equipo, sentirse unido a otras personas, es siempre gratificante, y también de ordinario un buen acicate para esforzarse, para mejorar. La presencia de otros nos inspira y estimula a un nivel quizá difícilmente accesible para nosotros yendo en solitario. De los demás aprendemos muchas cosas que nos enriquecen enormemente, y por ayudarles a veces nos sorprendemos haciendo cosas que quizá incluso no haríamos ni por nosotros mismos.

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Jérôme Lejeune, “Un mensaje que está en la vida y es la vida”

Este texto fue escrito por Jérôme Lejeune en 1973. Resume toda la fuerza de certeza científica de uno de los padres de la genética moderna, gran médico y gran científico, descubridor de numerosas enfermedades de origen genético, de las que la trisomia es la mas conocida.

“La genética moderna se resume en un credo elemental que es éste: en el principio hay un mensaje, este mensaje está en la vida y este mensaje es la vida”. Este credo, verdadera paráfrasis del inicio de un viejo libro que todos ustedes conocen bien, es también el credo del médico genetista más materialista que pueda existir. ¿Por qué? Porque sabemos con certeza que toda la información que definirá a un individuo, que le dictará no sólo su desarrollo, sino también su conducta ulterior, sabemos que todas esas características están escritas en la primera célula. Y lo sabemos con una certeza que va más allá de toda duda razonable, porque si esta información no estuviera ya completa desde el principio, no podría tener lugar; porque ningún tipo de información entra en un huevo después de su fecundación. (…). Continuar leyendo “Jérôme Lejeune, “Un mensaje que está en la vida y es la vida””

Alfonso Aguiló, “El riesgo de la lentitud”, Hacer Familia nº 65-66, 1.VII.1999

Hay gente que un día le salen diez cosas bien y sólo una mal, y llega a su casa en estado de desánimo total. ¿Por qué? Porque permite que esa pequeña cosa que resultó mal deje flotando en su memoria una imagen negativa que llena casi por completo la “pantalla” de su mente. Ha pasado ese día por muchas cosas positivas, pero tiene la habilidad —la desgracia— de no considerarlo apenas. Es como si todo lo positivo quedara de inmediato arrinconado en su memoria. Sólo lo negativo queda bien grabado. Lo demás, pasa sin pena ni gloria, y en poco tiempo queda reducido a imágenes borrosas, grises, lejanas, como viejas fotos desvaídas.

A veces, por ejemplo, se deteriora una amistad, o un matrimonio, o una relación profesional, simplemente porque uno tiende a recordar y almacenar experiencias desagradables sufridas en la relación con esa persona, mientras que las agradables enseguida pierden relieve en la memoria.

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Alfonso Aguiló, “El atractivo de la virtud”, Hacer Familia nº 64, 1.VI.1999

A veces uno tiende equivocadamente en su interior a etiquetar como desagradables, por ejemplo, determinadas personas, o determinadas tareas, o determinados aspectos relacionados con la mejora del carácter, y no se da cuenta de hasta qué punto le perjudican esos vínculos mentales que se han ido estableciendo en su mente, de manera más o menos consciente.

Ante posibles puntos concretos de mejora personal que advertimos en nuestra vida (vemos, por ejemplo, que deberíamos ser más pacientes, o menos egoístas, más ordenados, menos irascibles, o lo que sea), es frecuente que tendamos a ver esos objetivos como metas muy lejanas, o como algo poco asequible a nuestras fuerzas. Lo vemos quizá como avances apetecibles, sí, pero que alcanzarlos requeriría tal esfuerzo que sólo pensarlo nos produce ya un notable rechazo. Lo percibimos como algo fatigoso y agotador, o que nos llevaría a un estilo de vida de demasiada tensión.

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Alfonso Aguiló, “Sentimientos de insatisfacción”, Hacer Familia nº 63, 1.V.1999

Se dice que los dinosaurios se extinguieron porque evolucionaron por un camino equivocado: mucho cuerpo y poco cerebro, grandes músculos y poco conocimiento.

Algo parecido amenaza al hombre que desarrolla en exceso su atención hacia el éxito material, mientras su cabeza y su corazón quedan cada vez más vacíos y anquilosados. Quizá gozan de un alto nivel de vida, poseen notables cualidades, y todo parece apuntar a que deberían sentirse muy dichosos; sin embargo, cuando se ahonda en sus verdaderos sentimientos, con frecuencia se descubre que se sienten profundamente insatisfechos. Y la primera paradoja es que ellos mismos muchas veces no saben explicar bien por qué motivo.

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Alfonso Aguiló, “Soluciones inteligentes”, Hacer Familia nº 62, 1.IV.1999

Ya hemos dicho en otras ocasiones que, por lo general, el problema de la mayoría de las personas no es que carezcan de recursos. Su principal dificultad suele ser que carecen del necesario control sobre los recursos personales que ya poseen.

Acudamos a una comparación. El director de una película, o de un reportaje televisivo, puede obtener efectos muy distintos de una misma realidad que está filmando. El ángulo y el movimiento de la cámara, el tipo de música de fondo y su volumen, el color y la calidad de la imagen, etc., pueden crear en el espectador impresiones enormemente diferentes. Hay todo un conjunto de detalles que influye mucho en los sentimientos que una misma realidad puede generar en quien la vive o la presencia.

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Alfonso Aguiló, “¿A qué puedo llegar?”, Hacer Familia nº 61, 1.III.1999

Imaginemos una persona convencida de que no sirve para algo determinado. Por ejemplo, se ha convencido de que es un mal estudiante. Con esa expectativa de fracaso, ¿qué proporción de sus recursos personales será capaz de movilizar? Parece obvio que la mayor parte de su potencial quedará inactivo. Esa persona ya se ha dicho así mismo que no sabe, que no se le da bien eso de estudiar, que nunca podrá ser un estudiante brillante. Lo malo es que el problema se agrava con su primera consecuencia: si comienza las clases o las horas de estudio con esas perspectivas, ¿qué actitudes tomará? ¿Serán actitudes seguras, positivas, firmes, enérgicas? ¿Reflejarán sus verdaderas posibilidades? Lo más probable es que no.

Cuando una persona está convencida de que va a fracasar, ¿qué motivos tiene para poner un esfuerzo intenso y constante? Empieza con unas convicciones que subrayan lo que no puede hacer, y esas convicciones refuerzan actitudes de pasividad, de titubeo, de falta de firmeza. Movilizará una parte muy pequeña del potencial de sus recursos personales. ¿Qué resultados se derivarán de todo esto? Con toda seguridad serán unos resultados mediocres, en el mejor de los casos. Y esos resultados mediocres muy posiblemente reforzarán su convencimiento negativo inicial, la mala valoración que esa persona hace de sí misma, que estuvo en el origen del problema: no sirvo para estudiar, y esto no cambiará.

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Alfonso Aguiló, “La admiración”, Hacer Familia nº 60, 1.II.1999

Como ha escrito Miguel Angel Martí en su ensayo titulado “La admiración” (Eunsa, 1997), todo hombre, por el mero hecho de serlo, se siente llamado a interpelarse y a interpelar la realidad que le rodea; y sin admiración, su vida se convierte en algo anodino, termina perdiendo sentido.

No es la vida quien enseña, lo que realmente enseña es la lectura que nosotros hagamos de ella. No es suficiente ver las cosas, es necesario mirarlas bien para descubrir ese algo de nuevo que siempre llevan consigo, y se necesita tener un alma joven y una sensibilidad bien cultivada para mantener el espíritu receptivo a esos guiños con que la realidad nos sorprende de continuo.

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Alfonso Aguiló, “¿Por qué esperar?”, Hacer Familia nº 59, 1.I.1999

«Pienso así desde que tenía 14 años. Por aquel entonces ya había observado adónde llevaba la frivolidad sexual a bastantes de mis compañeros de escuela.

»Desde mi adolescencia pensé que la libertad sexual que yo más deseaba es la de estar un día felizmente casada. Y pensé que tenía que guardarme para el matrimonio, y nunca he tenido la más mínima duda sobre mi decisión.

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Alfonso Aguiló, “La prueba del dolor”, Hacer Familia nº 58, 1.XII.1998

«Yo siempre he sido considerado en mi ambiente profesional —me decía no hace mucho un viejo amigo— como una persona muy exigente. Me he exigido siempre mucho a mí mismo y he exigido también siempre mucho a los demás.

»Me costaba mucho comprender que había gente a la que no le era posible seguir mi ritmo, y a veces, tengo que reconocerlo, los maltrataba. Y en casa me pasaba un poco igual. Echaba en cara las cosas a mi mujer y a mis hijos con muy poca consideración.

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Alfonso Aguiló, “Repertorio emocional”, Hacer Familia nº 57, 1.XI.1998

Para establecer una relación positiva con los demás, y poder así decirse las cosas de forma fluida y sin acritud, es preciso cultivar toda una serie de capacidades destinadas a combatir la negatividad y a establecer una relación no defensiva con los demás.

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Alfonso Aguiló, “Balance de la propia vida”, Hacer Familia nº 56, 1.X.1998

Hay vidas llenas de aparente éxito que son profundamente infelices y están dominadas por el desencanto ante ese estilo de vida, quizá espléndido en sus resultados, pero que se percibe como suplantador del que se hubiera debido tomar.

A muchas personas les cuesta abordar esa pregunta tan sencilla y tan crucial como es ¿por qué y para qué vivo?, ¿qué sentido debe tener mi vida? Tienden a eludir esa cuestión, a aplazarla continuamente, como esperando a que la misma vida se lo acabe descubriendo.

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Alfonso Aguiló, “Explicaderas y entenderas”, Hacer Familia nº 55, 1.IX.1998

Todos hemos observado cómo algunas personas poseen unas cualidades que les hacen conectar más fácilmente con los demás. No me refiero a los grandes líderes, o a esas personalidades geniales que poseen un carácter tan singular que poco podemos aprender de ellos las personas corrientes. Me refiero más bien a esas personas que viven a nuestro alrededor y tienen una buena capacidad de congeniar con los demás, saben captar sus sentimientos y logran mantener una buena relación habitual con casi todo el mundo.

La capacidad que las personas tienen de entenderse guarda una profunda relación con la educación afectiva, pues las personas no expresamos verbalmente la mayoría de nuestras ideas o sentimientos, sino que emitimos continuos mensajes emocionales no verbales, mediante gestos, expresiones de la cara o de las manos, el tono de voz, la postura corporal, o incluso los silencios, tantas veces tan elocuentes. Cada persona es un continuo emisor de mensajes afectivos del más diverso género (de aprecio, desagrado, cordialidad, hostilidad, etc.) y, al tiempo, es también un continuo receptor de los mensajes que irradian los demás.

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Alfonso Aguiló, “Miedo a la intromisión”, Hacer Familia nº 53-54, 1.VII.1998

«Aquel episodio —pensaba para sí la protagonista de aquella novela de Susanna Tamaro— vuelve a presentarse a menudo en mis pensamientos porque es el único momento en que tuve la posibilidad de hacer que las cosas cambiaran.

»Ella —su hija— había roto a llorar, me había abrazado: en ese momento se había abierto una grieta en su coraza, una hendidura mínima por la que yo hubiera podido entrar. Una vez dentro habría podido actuar como esos clavos que se abren apenas entran en la pared: poco a poco se ensanchan, ganando algo más de espacio. Habría logrado adentrarme un poco en su intimidad y convertido quizá en un punto firme en su vida.

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Alfonso Aguiló, “Sentido de autoridad”, Hacer Familia nº 52, 1.VI.1998

El mes pasado hablábamos de los diversos modos de ejercer la autoridad, y de cómo, aunque las personas y las situaciones sean muy distintas, hay bastantes rasgos de carácter que casi siempre confieren autoridad y son muy positivamente valorados por casi todo el mundo.

Por ejemplo, son importantes la paciencia, la sensibilidad y la consideración con los demás. O la disposición a aprender de otros, que hace que actuar con clara conciencia de que no solemos tener todos los datos, ni todos los puntos de vista, ni todas las experiencias que pueden aportarnos los demás. O la aceptación de las personas como son, sin pretender que todos tengan los mismos gustos y preferencias que nosotros. O la corrección en el trato, ajena a actitudes habitualmente tensas o cortantes.

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Alfonso Aguiló, “Autoridad y autoritarismo”, Hacer Familia nº 51, 1.V.1998

Hay personas que logran ganarse una posición de gran respeto por la vía de la fuerza o el miedo: tienden a utilizar un poder coercitivo para lograr lo que se proponen. Su eficacia a corto plazo suele ser alta, pero no es fácil de mantener por mucho tiempo, pues produce una sumisión tensa y provoca actitudes de resistencia que pueden llegar a ser enormemente activas e ingeniosas.

Este tipo de poder es el que ejercen algunas personas —en el trabajo, la escuela, la familia, etc.—, con resultados a largo plazo generalmente deplorables, pues entran con facilidad en una dinámica que alienta la simulación, la sospecha, la mentira y la inmoralidad.

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Alfonso Aguiló, “Autoestima y estado de ánimo”, Hacer Familia nº 50, 1.IV.1998

Cuando alguien se encuentra desanimado, se ve peor a sí mismo, y eso suele llevarle a un menor aprecio hacia sí mismo. Autoestima y estado de ánimo suelen ascender o descender de modo paralelo.

Una autoestima demasiado baja suele generar actitudes de frecuente desánimo, de no atreverse a casi nada, de desarrollar poco las propias capacidades y ver casi todo como inasequible. Con esa actitud, la derrota viene dada de antemano, antes de entrar en batalla, por esa injustificada infravaloración de uno mismo.

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Alfonso Aguiló, “Autoestima y afán por mejorar”, Hacer Familia nº 49, 1.III.1998

Es preciso proponerse aspiraciones e ideales altos, pero hay que hacerlo sobre una escala de valores y de expectativas acertada. Y una buena forma de progresar en autoestima es avanzar en la propia mejora personal. El hombre puede y debe aspirar a mejorar cada día a lo largo de su vida. Se trata de una tarea que siempre produce grandes satisfacciones, y que, en cierta manera, llenará de sentido nuestra existencia.

Nunca se llegará a ser perfecto, es verdad, y por eso no debe confundirse el ideal de buscar la propia mejora con un enfermizo afán perfeccionista. Querer aproximarse lo más posible a un ideal de perfección es muy diferente del perfeccionismo, o de embarcarse en la utópica pretensión de llegar a no tener defecto alguno (o la más peligrosa aún, de querer que los demás tampoco los tengan).

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Alfonso Aguiló, “Sentimientos de inferioridad”, Hacer Familia nº 48, 1.II.1998

Como ha señalado Javier de las Heras, el sentimiento de inferioridad se debe a la existencia de un defecto que se vive como algo vergonzoso, humillante, indigno de uno mismo e inaceptable. En no pocos casos, además, se trata sólo de un presunto defecto, ya que, cuando se conoce y se analiza con un mínimo de objetividad, se comprueba que no hay motivos de peso para considerarlo tal, o que, en cualquier caso, se le está dando una importancia subjetiva desmesurada.

Lo habitual es que todo esto se lleve en el secreto de la propia intimidad, y que tenga una importante carga subjetiva. Son evidencias interiores que muchas veces no resultan nada previsibles ni evidentes desde el exterior, pero que suelen constituir un intenso y profundo motivo de desasosiego y condicionar bastante la personalidad y el comportamiento de quien las sufre.

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Alfonso Aguiló, “El confort de la derrota (II)”, Hacer Familia nº 47, 1.I.1998

Tratar de eliminar el sufrimiento a toda costa significa casi siempre agravarlo, pues a medida que se huye de él nos va ganando terreno.

Hay un curioso fatalismo en esa obsesiva alergia al más mínimo dolor (no muy distinto al de la resignación pasiva y tonta ante la desgracia), pues, aun siendo lógico y sensato evitar el sufrimiento inútil, hay una dificultad vital inherente a nuestra condición de hombres, una dosis de riesgo y de dureza sin los que la existencia humana no puede desarrollarse con plenitud.

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Alfonso Aguiló, “El confort de la derrota (I)”, Hacer Familia nº 46, 1.XII.1997

El victimista suele ser un modelo humano mezquino, de poca vitalidad, dominado por su afición a renegar de sí mismo, a retirarse un poco de la vida. Una mentalidad que —como ha señalado Pascal Bruckner— hace que todas las dificultades del vivir del hombre, hasta las más ordinarias, se vuelvan materia de pleito.

El victimista se autocontempla con una blanda y consentidora indulgencia, tiende a escapar de su verdadera responsabilidad, y suele acabar pagando un elevado precio por representar su papel de maltratado habitual.

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Alfonso Aguiló, “Necesidad de ser aceptado”, Hacer Familia nº 45, 1.XI.1997

El miedo a no ser aceptado es uno de los principales factores que retraen a un niño a la hora de aproximarse a un grupo de compañeros de clase que están enfrascados en un juego. Se trata de una inquietud que produce en él un cierto grado de ansiedad, que habitualmente potencia su falta de habilidades sociales y aumenta el riesgo de que actúe con torpeza cuando se acerque al grupo –si finalmente se atreve– e intente incorporarse a él aparentando una total naturalidad.

Es ése un momento crítico, en el que esa falta de soltura y de habilidad social se hace patente con toda su crudeza. Como apunta Daniel Goleman, resulta tan ilustrativo como doloroso ver a un niño dar vueltas en torno a un grupo de compañeros que están jugando y que no le permiten participar. Además, los niños pequeños suelen ser cruelmente sinceros en los juicios que llevan implícitos tales rechazos.

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Alfonso Aguiló, “Control de la preocupación”, Hacer Familia nº 44, 1.X.1997

Bastantes estudiantes, por ejemplo, son muy proclives a preocuparse y caer en estados de ansiedad durante las épocas de exámenes, y esto afecta negativamente a sus resultados académicos.

Sin embargo, para otras muchas personas, el estado de preocupación ante un examen estimula su intensidad en el estudio, y gracias a ello logran un rendimiento mucho mayor.

La cuestión clave es por qué la preocupación a unos les estimula y a otros les paraliza.

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Alfonso Aguiló, “El talento social”, Hacer Familia nº 43, 1.IX.1997

Es la hora del recreo en la guardería y un grupo de niños está corriendo por el patio. Varios tropiezan, y uno de ellos se hace daño en una rodilla y comienza a llorar. Todos los demás siguen con sus juegos, sin prestarle atención…, excepto Roger.

Roger se detiene junto a él, le observa, espera a que se calme un poco, y después se agacha, frota con la mano su propia rodilla y comenta, con un tono comprensivo y conciliador: “¡vaya, yo también me he hecho daño!” Esta escena es observada por un equipo investigador que dirigen Tomas Hatch y Howard Gardner, en una escuela norteamericana.

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Alfonso Aguiló, “Fortaleza y generosidad”, folleto MC, 1991

Entre muy pocos

Junto a las aguas del Pacífico, un día de otoño de 1523, un grupo de soldados cansados y harapientos marcha errante en busca de un gran imperio que no aparece. Hasta ahora no han encontrado mas que dificultades. Sus compañeros de conquista han sido el hambre, enfermedades, unas horribles emboscadas, traiciones… y la muerte.

Muchos llevan tiempo hablando de renunciar. La situación se hace insostenible. Hay que volverse, dicen; no tiene sentido continuar así; es una locura.

Pero Pizarro no es hombre de rendiciones. Sabe lo que quiere y tiene una decisión y un empuje a toda prueba. Cuando parece perdida toda esperanza y nadie piensa ya sino en dar marcha atrás, protagoniza aquel episodio de inesperada audacia que ha quedado como uno de los gestos más gloriosos que se recuerdan.

Desenvaina su espada, traza con ella una larga línea en la tierra, de oriente a occidente, y lanza su reto: —”Amigos, allí está el Sur. Por ahí se va hacia la muerte y hacia la gloria. Por este otro lado, hacia la comodidad y la molicie. ¡El que tenga corazón, que me siga!” (1).

Hubo instantes de duda. Nadie se atrevía a traspasar esa raya que tanto significaba. Pero finalmente unos pocos superaron el miedo y continuaron con aquella empresa que verdaderamente era una locura. Fueron trece, los trece de la fama, cuya audacia fue premiada con una hazaña que asombraría al mundo.

No todos los gestos de audacia a lo largo de los tiempos han sido premiados igualmente, pero es indudable que el mundo se mueve arrastrado por personas con carácter. Las mejores páginas de la Historia se han escrito entre muy pocos. Las han protagonizado personalidades geniales que han dado un estilo propio a cada lugar y a cada época. Son biografías que emergen llenando de colorido civilizaciones enteras, modelos de conducta en los que hay mucho que admirar e imitar. Y estos grandes personajes conocieron en su vida —como cualquiera— momentos de aridez o de desastre en los que todo les parecía inútil o imposible; pero su espíritu inquebrantable y su grandeza de ánimo hicieron posibles esos imposibles, las realizaciones más elevadas, las más grandes empresas de todos los tiempos.

En este folleto hablaremos de fortaleza y de generosidad, de templar la voluntad, de tener carácter, de ser magnánimos. De aspectos que son fundamento sobre el que construir una persona, cimiento firme para ser soporte del resto de las virtudes y cualidades, y que se logran con un continuado ejercicio de la voluntad: un entrenamiento que nunca acaba y que dice mucho de la valía de la persona.

El atractivo de lo exigente

Todos sospechamos cuando algo es sorprendentemente fácil. Vemos anuncios de prodigiosos métodos para aprender inglés en 15 días sin salir de casa, o de magníficos sistemas de ganar dinero sin riesgos ni apenas trabajo, o de adelgazar sin esfuerzo, o de misteriosos masters que casi pueden hacerse por correspondencia… y, casi siempre, desconfiamos de tales promesas, porque casi nada se puede conseguir en 15 días, ni sin riesgos, ni por correspondencia, ni sin esfuerzo.

Todos sabemos que lo que vale, cuesta; y que, además, generalmente cuesta bastante. Y sabemos que cualquier objetivo medianamente serio en la vida lleva aparejado un esfuerzo y una renuncia de los que difícilmente se puede escapar.

Por eso, cada vez se entiende mejor que para prepararse bien profesionalmente haga falta cursar unos estudios costosos o sujetarse a unas normas duras; o que en beneficio del adecuado tono de una empresa o de un ambiente, sea preciso funcionar con arreglo a unos criterios, a veces muy estrictos; o que tengas que aguantarte sin fumar y cueste cumplirlo. La gente sensata lo entiende, y no considera que por ello pierda la libertad, porque, pese a la natural inclinación a la comodidad, los valores verdaderos siempre han tenido un atractivo superior. Son personas que no se dejan seducir por esas promesas electoralistas que algunos hacen a la gente de poca voluntad, por esos paraísos fáciles al alcance de la mano.

No se trata de sufrir por sufrir. Lo que sucede es que quien evita a toda costa lo que contraría sus gustos o le supone esfuerzo, precisamente por no querer renunciar a nada inmediato placentero, tarde o temprano acaba sumergiéndose en la pereza o el egoísmo.

A veces no nos damos cuenta del daño que nos hacemos con la excesiva indulgencia con nosotros mismos. Es un problema de planteamiento ante la vida. Hay quien dijo que la pereza seduce; el trabajo satisface. Y puede decirse lo mismo de casi todos los vicios: ejercen un fuerte poder de seducción, pero no resuelven nada; lo que satisface realmente es la virtud.


Libertad y voluntad

La fuerza de voluntad libera a las personas de las cadenas de su propia debilidad, como son la pereza, el mal genio, o la inconstancia. Hace a la persona más libre. La libertad exige posesión, es decir, señorío de sí mismo, porque quien no logra dominarse a sí mismo tampoco es libre: la incapacidad de controlarse a sí mismo es la peor de las tiranías.

Parece que precisamente serás libre cuando hagas lo que te dé la gana, pero no es así exactamente. Es una interesante paradoja de la vida del hombre. Si en uso de la libertad eliges el mal, el vicio correspondiente acabará por atraparte y, entonces, esa libertad no es tal libertad.

La verdadera libertad es la que es capaz de elegir dentro del bien. Cuando no goza de esa adhesión habitual a lo bueno, sufre una tremenda esclavitud. Y esa esclavitud suele nacer de la falta de una voluntad firme que conduzca nuestros actos hacia donde la cabeza nos indica. ¿Y si a veces la cabeza te pide que vayas a por algo malo…? Por naturaleza, todo hombre busca el bien. El innato deseo humano de felicidad te llevará hacia él. Lo que sucede es que el mal no suele presentarse químicamente puro, y puede también atraerte por los destellos de bien que lo recubren.

Se trata, pues, de que estés lo suficientemente formado e informado como para identificar lo malo y lo bueno, o lo mejor y lo peor, y, después, una vez que sabes lo que de verdad te conviene, tengas suficiente fuerza de voluntad para alcanzarlo.

Si algo es malo y tú pensabas que era bueno, también te haces daño a ti mismo. Por eso, si a la hora de decidir qué vas a hacer, no te enfrentas con valentía a la realidad de las cosas para calibrar su verdadera conveniencia, estás engañándote a ti mismo, que siempre es algo triste. Esto es lo que sucede, por ejemplo, si rehuyes la necesaria formación de tu conciencia, o si practicas el escapismo.

Ha dado en llamarse así a un modo de comportarse que es propio del mundo del alcohol y de las drogas, pero que es aplicable a todo. El escapista busca vías de escape frente a los problemas, pero no los resuelve; se evade, esquiva la incomodidad a toda costa e ignora sus consecuencias futuras: si el problema no desaparece, será él quien desaparezca.

“A mí no me gusta comprometerme con nada ni con nadie”, dirá. O “no sé si está bien o mal, pero me gusta y lo hago”. Y al final acaba comprometido con su propia flojedad, contra la que apenas puede hacer nada.

Así sucede al drogadicto, al alcohólico, al adicto al sexo o al juego, y —a su nivel— al apático con su pereza Son adicciones que aguan la fiesta del placer. Personas que acaban descubriendo que, si no se practica la templanza, la propia naturaleza se encarga de castigarles con esa dura dependencia de su fragilidad.

Es estupendo tener una gran fuerza de voluntad, pero ¿qué hacen, o qué hacemos, los que hemos nacido con menos voluntad? La voluntad crece con su ejercicio continuado y cuando se va entrenando en direcciones determinadas. Es cuestión de esforzarse para que se robustezca, y eso se logra venciendo en la lucha que —queramos o no— vamos librando de día en día.

Esta consolidación de la voluntad admite una sencilla comparación con la fortaleza física: unos tienen de natural más fuerza de voluntad que otros; pero sobre todo influye la educación que se ha recibido y el planteamiento que uno se haga de la vida.

Una voluntad recia no se consigue de la noche a la mañana. Hay que seguir una tabla de ejercicios para fortalecer los músculos de la voluntad, haciendo ejercicios repetidos, y que supongan esfuerzo.

Si no suponen esfuerzo, son inútiles: ahora hago esto porque es mi deber; y ahora esto otro, aunque no me apetece, para agradar a esa persona que trabaja conmigo; y en casa cederé en ese capricho o en esa manía, en favor de los gustos de quienes conviven conmigo; y me propongo luchar contra ese egoísmo de fondo para ocuparme de aquél; y superar la pereza que me lleva a abandonar mi formación o mi práctica religiosa; y estudiar ese examen, aunque esté aún lejos.

Sin dejar esa tabla a la primera de cambio, pensando que no tiene importancia. Con constancia y tenacidad, con la mirada en el objetivo que nos lleva a seguirla. Porque ¿qué se puede hacer, si no, con una persona cuyo drama sea ya simplemente el hecho de levantarse en punto cada mañana, o estudiar esas pocas horas que se había propuesto? ¿Qué soporte de reciedumbre humana tendrá para cuando haya de tomar decisiones costosas?

Y aunque estamos hablando mucho de la voluntad, en el fondo es cuestión también de inteligencia porque, quien es realmente listo, sabe bien lo importante que es para él curtir su propia voluntad.

Todos habremos oído alguna vez el clásico comentario, normalmente poco objetivo, que la madre del niño perezoso hace a su profesor: “sabe usted, si el chico es muy inteligente… lo que pasa es que es un poco vago”. Y, tantas veces, cabría contestar: “pues si fuera tan listo, ya se habría dado cuenta de que así no va a llegar a ningún sitio… y habría estudiado algo”.

Voluntad decidida

Dicen que la muerte blanca —la muerte por congelación— es una muerte dulce: entra una especie de sopor, lleno de sensaciones agradables en las que uno se encuentra, incluso, optimista… y entre dos sueños se escapa el alma. Aquel hombre, Guillaumet, lo sabía. No le costaba nada dejarse estar, recostado sobre el suelo helado, no levantarse después de una caída, decir ¡ya basta, se acabó!, y no volver a intentarlo de nuevo.

La historia es de Antoine de Saint-Exupéry, en uno de sus mejores libros (2). La cuenta penetrando en la mente del protagonista y dialogando con él.

Tenía además un montón de excusas a su favor: no conocía el camino, no sabía si el esfuerzo que estaba haciendo podría servirle de algo. Su avión, llevado por la tormenta, se había posado junto a la Laguna Diamante, sobre la vertiente chilena de Los Andes, en un embudo flanqueado por uno de los lados por el volcán Miapú, de seis mil novecientos metros. Solo. Perdido. Derribado a cada paso por la tormenta, en una zona de la que se decía: “los Andes en invierno, no devuelven a los hombres”. Roto de golpes, de fatiga, de cansancio.

“He hecho lo que he podido y ya no tengo esperanzas, ¿por qué obstinarse en este martirio?” Te bastaba cerrar los ojos para lograr la paz en el mundo. Para borrar del mundo las rocas, los hielos y las nieves. Y ya no habrá golpes, ni caídas, ni músculos desgarrados, ni quemantes hielos, ni ese peso de la vida que hay que arrastrar. Ya gustabas ese frío transformado en veneno y que, semejante a la morfina, te colmaba, ahora, de felicidad…

Pero este hombre piensa en su mujer, en sus hijos, en sus compañeros. ¿Quién podrá mantener a esa familia que le aguarda en algún lugar de Francia si él se para? No, no les podía fallar. Ellos le querían, le esperaban. ¿Qué pasaría si supieran que estaba vivo? “Si mi mujer cree que vivo, cree que camino. Los compañeros creen que camino. Todos tienen confianza en mí y soy un canalla si no camino”.

Cuando volvía a caerse, repetía estas palabras. Cuando las piernas se negaban a avanzar más; cuando los huesos todos de su cuerpo gemían entumecidos por el frío y la humedad; cuando después de bajar tenía que volver a subir, como en un carrusel que no acababa nunca, volvía a repetir el mismo estribillo, “si creen que vivo, creen que camino, y soy un canalla si no sigo”.

Cuando lo encontraron, su primera frase inteligible, llena de orgullo fue: “Lo que hice, te lo juro, ningún animal lo hubiera hecho”.

“Ningún animal lo hubiera hecho”. Los animales no tienen voluntad ni libertad. Les mueven unos apetitos, siempre en la misma dirección. No saben de amor. Tienen sólo instintos, instintos ciegos, como son ciegos los sentimientos cuando no están dirigidos por la razón. Pero los hombres tenemos inteligencia y voluntad, y cuanto más uso hagamos de ellas, más nos alejaremos de los seres irracionales.

Este episodio, profundamente humano, es un elocuente ejemplo de sometimiento heroico de los sentimientos a la fuerza imperiosa de la voluntad. Una subordinación que no significa prescindir de ellos, sino saber encauzarlos hacia donde deben ir. Un objetivo presentado por la razón, que mueve a una voluntad decidida a arrostrar las dificultades que se presenten, por amor a los suyos.

La voluntad ha de tomar conciencia de su papel y remolcar de nuestro ánimo cuando sea preciso. Muchas veces habrá de hacerlo en solitario, sin la compañía de sentimiento favorable alguno. Esto, que ningún animal puede hacerlo, es paradigma de la grandeza de la condición humana.

San Agustín ponía en la voluntad el precio del hombre. Santa Teresa hablaba de cómo “el demonio tiene gran miedo a las almas decididas y determinadas, que tiene ya experiencia le hacen gran daño”. No seas tú de esos que se entusiasman con las primeras piedras y luego se desinflan, de esas personas que oscilan entre la euforia y el abatimiento en inacabable vaivén. Grandes ímpetus, fabulosos proyectos, altísimos ideales… y, luego, todo queda en nada. Condimenta esos afanes con la constancia, para que no resulten inútiles.

Pero peor aún son los que ni siquiera llegan a ilusionarse, aquellos se debaten en la duda permanente y habitual y no terminan de decidirse sobre si merece la pena luchar por algo.

O aquellos otros que quizá acaban decidiéndose, y dicen que sí, que quieren, pero luego los hechos demuestran que quieren sólo en teoría. No suelen pensar mucho, y si piensan, no se deciden; si se deciden, no se lanzan; y si se lanzan, no perseveran. Prometen y no cumplen. Miran obsesivamente hacia atrás.

O el inseguro y vacilante, que para todo duda: para elegir carrera, la ropa que se va a poner, o lo que va a hacer el fin de semana. Siempre está descontento de su decisión: le apetece lo que ve en los demás pero, cuando ya lo tiene, suele quedar insatisfecho y desear otra cosa. El resultado es una espiral de atormentamiento propio, consecuencia de no haber sabido autoeducar la voluntad.

Todo lo que es valioso resulta difícil de alcanzar. Con razón decía Séneca que no es que nos falte valor para emprender las cosas porque sean difíciles, sino que son difíciles precisamente porque nos falta valor para emprenderlas. Para todo hace falta vencer dificultades, superar obstáculos, tener decisión.

El carácter y la falta de carácter

Cada uno tiene su personalidad, una forma de ser que le es propia, que configura su carácter. Cada uno es a su manera. Afortunadamente no somos todos iguales: hay aspectos que nos distinguen de otros, cualidades, aptitudes, rasgos que componen nuestra personalidad, de la que podemos y debemos estar orgullosos.

Muy distinto es sin embargo lo que sucede con los defectos. Ya no son cosas del carácter, sino mas bien de la falta de carácter. No se puede considerar como un rasgo positivo el ser perezoso, o patológicamente curioso, o un egoísta redomado. Tampoco, por ejemplo, el ser arrogante o envidioso. Son defectos que es bueno conocer, y saber que existen, pero como tales hay que proponerse eliminarlos.

A su vez, hay aspectos del carácter que siempre serán positivos y en los que convendrá ir mejorando. Es una labor que hay que comenzar desde temprana edad porque, cada día que pasa, cuesta más. No se reconducen igual los defectos a los cincuenta años que a los quince.

Es verdad que el tiempo es sabio y atempera el carácter… Pero el tiempo arregla a los que se esfuerzan por mejorar y estropea a los que se dejan llevar por su falta de carácter. Su mero transcurso, sin más factores, no hace cambiar el sentido de una evolución; simplemente la hace mayor o menor.

Si no se hace nada, el tiempo pasa y seguimos igual, o peor. Y a partir de cierta edad, se puede decir que uno es ya responsable de su cara, de su talante, de su trato agradable o desagradable. Y si tiene mal carácter es porque no ha sabido o no ha querido corregirse.

Hay que enfrentarse al tema del carácter, antes de que sea tarde y haya cristalizado en defectos difíciles de superar. Es una pena ver a personas que por su edad debieran ser otra cosa, y que se reconocen impotentes ante su cobardía, o sus arranques de mal genio, o su apatía permanente… cuando ya, a esas alturas, el arreglo es muy fatigoso.

¿No es un poco antinatural esa lucha? ¿Cada uno es como es y ya está? Creo que ninguno estamos totalmente satisfechos de cómo somos, y deseamos mejorar. Tener deseos de mejorar es lo más natural del mundo. Y para mejorar, primero hay que conocerse, y para eso hay que hacer un poco de autocrítica, de introspección. También te será de gran utilidad el consejo de alguien que te aprecie, de ése que sabe decirte las cosas de verdad, a la cara, lealmente, aunque de primeras a veces no te guste. A todo el mundo le hace mucho bien que le digan cómo es, y que le hablen de ello con afecto y claridad.

Y después de conocerte tendrás que saber aceptarte como eres, sin soberbia —cosa a veces nada fácil— aunque con deseos de mejorar. Entonces ya es sencillo trazarse metas con las que finalmente superarse.

Audacia y valentía

Los hombres, muchas veces, tenemos miedo. El inventario de los miedos humanos sería inacabable. No nos extrañaría descubrir que un paracaidista, o un boxeador, a lo mejor tiene miedo de intervenir en una tertulia donde hay siete u ocho personas. Otras veces, un hombre que tiene una gran fuerza para los debates públicos y habla ante unas muchedumbres que a cualquier otro le resultarían abrumadoras, se asusta, a lo mejor, cuando el coche adquiere un poco de velocidad, o al encontrarse con un perro inofensivo.

Cada uno tiene su propio miedo. El temor es algo natural, ante lo desconocido, ante lo que supone dificultad y exige sacrificio. Cada uno sabemos lo que nos aterra; a veces nos avergüenza pensar cómo pueden dominarnos cosas tan tontas.

Piensa en qué cosas te dan miedo, y si debes o no superarlo. Piensa en aquello de que no aprenderá las lecciones de la vida quien diariamente no vaya venciendo algún temor.

Hay que, por ejemplo, evitar el desmedido afán de seguridad: perder el miedo a comprometerse en empresas que merezcan la pena, superar el exacerbado sentido del ridículo propio de muchas formas de ser. El riesgo al fracaso es un condimento que da sabor al triunfo. La vida es un juego maravilloso en el que hace falta apostar por las cosas en las que creemos y por las personas a las que amamos. Sin temeridades, pero con valentía, invirtiendo con generosidad los propios bienes y talentos. Si alguna vez se pierde, tampoco es una tragedia: cada fracaso enseña al hombre algo que necesitaba aprender.

A veces los hombres buenos, pero apocados, se acobardan ante la agresividad del ambiente y se dejan influir demasiado por él.

Piensa en la tradicional persona poco coherente, y que en realidad no le importaría serlo si fuera fácil, y sobre todo, si se llevara más. Por no contrariar el ambiente de su entorno, tiene una personalidad mudable, una especie de doblez que le lleva a presentar una cara distinta dependiendo de dónde y ante quién esté. Ser coherente no es tan fácil como decirlo.

Felicidad y egoísmo

Es curioso cómo muchas personas piensan que la felicidad es algo reservado para otros, y muy difícil en sus propias circunstancias. A lo mejor el pobre, si oye hablar de felicidad, piensa que es cosa que se está diciendo para los ricos, que sólo los ricos son, quizá, felices. Y los ricos, poderosos y afamados, quizá de su propia grandeza prisioneros, pensarán que se refiere a la gente sencilla, a los que ellos, inexplicablemente, ven tantas veces disfrutar y reír con cosas a las que su condición les impide acceder.

Corremos el peligro de pensar que la felicidad es como una ensoñación que no tiene que ver con el vivir ordinario y concreto. La relacionamos quizá con grandes acontecimientos, con poder disponer de una gran cantidad de dinero, o tener un triunfo profesional o afectivo deslumbrante, o protagonizar hazañas enormes…; y no suele lograrse con eso.

La prueba es que la gente más rica, o poderosa, o que mejor juega al fútbol… no coincide con la gente más feliz. No es que para ser feliz hubiera que ser pobre, miserable y desafortunado… Ni una cosa ni la otra. De entre los pobres, miserables y desafortunados, unos son felices y otros no. Y entre los ricos y poderosos, los hay también felices e infelices. Eso demuestra que la felicidad y la infelicidad provienen de otras cosas, de cosas que están más en el interior de la persona.

Son cuestiones íntimas, y si investigamos llegamos a descubrir que están causadas por nosotros mismos. Y muchas de las quejas que tenemos contra la vida, si nos examinamos con sinceridad y valentía, nos damos cuenta de que provienen de nuestro estado interior, de congojas por las cosas secundarias que nos apartan de proyecto principal de nuestra vida, del egoísmo. Pueden venir por acostumbrarse a ver con demasiado dramatismo pequeñas derrotas; derrotas, además, que con el paso del tiempo y vistas en el conjunto de la vida, pueden resultar victorias.

Cuántas veces pasamos penas grandes por contratiempos mínimos. Cuántas veces un seguidor de fútbol es un hombre que está triste, que está desanimado, y que tiene una tristeza y un desaliento que duran, a lo mejor, varios días, porque resulta que su equipo, que parecía imbatible, ha perdido —o a lo mejor simplemente empatado— en su campo con uno de los colistas. O los pequeños contratiempos de la oficina, del trabajo, de la clase; o esos disgustos familiares que, por separado, se ve que no son cosas que tengan gravedad para producir en el corazón del hombre tanta pena o tanto disgusto.

El egoísmo y la soberbia son los grandes enemigos de la felicidad. El egoísta vive ensimismado, emborrachado en su propia contemplación. Vivir en egoísmo es como vivir en un calabozo: oímos sólo nuestra propia voz; hablamos sólo de nosotros mismos; sólo escuchamos los lamentos de nuestro propio dolor; únicamente captamos la gloria de nuestra propia victoria personal. Cualquier otro interés está mediatizado por el interés propio. Ser egoísta es una desgracia. La generosidad y la felicidad están indefectiblemente ligadas, tanto como el egoísmo y la amargura.

Todos, con nuestra capacidad de hacer el bien a quienes nos rodean, tenemos un tesoro que repartir; y, si no lo entregamos, se pierde, para nosotros y para los demás. Por eso, buscar la felicidad de los demás es uno de los caminos más directos para lograr la propia.

Deberíamos preguntarnos con frecuencia si reparamos en los sufrimientos de los demás, porque es ése uno de los grandes secretos de la felicidad: trascender de uno mismo, descubrir al prójimo, darse cuenta de que hay a nuestro alrededor hombres que sufren, siquiera un poco, pero a los que podemos ayudar mucho.

Cualquiera de nosotros que no encontrase en su camino hombres que sufren debiera pensar si no será un egoísta encerrado en sí mismo. Porque la vida está llena de gente falta de compañía, de afecto, de verdad; de gente herida por la traición, por su propio difícil corazón. A nuestro alrededor hay personas que necesitan alivio, y sería interesante que cada uno de nosotros viese si no se ha acostumbrado tanto a disculparse, a estar atento sólo a sus propias heridas, que tiene tan arraigado ya el hábito de dar un rodeo y pasar de largo, que le parece que a su alrededor no hay nadie necesitado.

Hay que aprender a no vivir centrado en uno mismo, a procurar interesarse sinceramente por lo ajeno… Pero, ¿y si no sientes un interés sincero, no sería hacer el hipócrita?  Ser educado o pensar en los demás no es hacer el hipócrita. Si uno se habitúa a preocuparse por los demás y a procurar ser agradable, y desarrolla su vida en esas coordenadas, le saldrá natural ser así, y sin hacer el hipócrita. Ese es el objetivo.

Debemos esforzarnos por ser afables. Es triste que tantos hombres y mujeres hagan grandes sacrificios para poder lucir un coche o un traje un poco mejor, o adelgazar unos kilos, y sin embargo apenas se esfuercen por ser agradables, que es gratis y de mucho mejor efecto ante los demás.

Para ser agradable es preciso salir de uno mismo y ser un buen observador de los demás. Todos tenemos en la cabeza la imagen de hombres o mujeres, quizás de apariencia modesta y de cualidades corrientes, pero perseverantes en la amistad, leales, que contagian a su alrededor alegría y serenidad; y su vida aparece como una luz, como una claridad, como un estímulo. Todos aseguraríamos que esos sí que son felices. Y si intentamos encontrar un algo común a todos ellos, quizás descubrimos que su secreto es que no están centrados en sí mismos.

Algo parecido a lo que sucedía con Momo, la pequeña protagonista de ese libro de Michael Ende (3). Una niña surgida un buen día en la vida de unas personas sencillas. Nadie sabe quién es, ni de dónde viene, ni nada. Vive en unas ruinas de un antiguo teatro griego o romano. Pero todo el mundo quiere a la chiquilla. Las gentes se han dado cuenta de que han tenido mucha suerte por haber conocido a Momo. Se les hace la niña algo imprescindible. ¿Cómo han podido antes vivir sin ella? A su lado cualquiera está a gusto.

A la hora de hacer balance de su atractivo, no es fácil decir qué cualidad especial le adorna. No es que sea lista. No. Tampoco pronuncia frases sabias. No se puede afirmar que sepa cantar o bailar o hacer acrobacias. ¿Qué tiene entonces? La pequeña Momo sabe escuchar; algo que no es tan frecuente como a veces se cree.

Momo sabe escuchar con atención y simpatía. Ante ella, la gente tonta tiene ideas inteligentes. Ante ella, el indeciso sabe de inmediato lo que quiere. El tímido se siente de súbito libre y valeroso. El desgraciado y agobiado se vuelve confiado y alegre. El más infeliz descubre que es importante para alguien en este mundo. Y es que Momo sabe escuchar.

Educación del sentimiento

“La experiencia de la vida —dice Enrique Rojas (4)— es siempre dolorosa y difícil. Cualquier biografía está surcada por cordilleras de obstáculos y frustraciones. Asomarse a la vida ajena es descubrir sus desgarros, las señales de la lucha con uno mismo y con su entorno, pero también la grandeza del esfuerzo por salir adelante, por eso que se llama vivir. La vida es un forcejeo permanente con las adversidades, un intento por solucionar las dificultades, apoyado por el amor y el trabajo”.

Cualquier historia personal pasa por momentos de dolor, y lo habitual es que sean frecuentes y que llenen la vida de cicatrices que van curtiendo al hombre. Pretender que la vida transcurra sin penalidades ni agobios de ninguna clase, es una ingenuidad. Por eso, cuando para actuar queramos esperar siempre a la llegada de sentimientos favorables, nos exponemos a entrar en una dinámica de gran dependencia de los estados de ánimo; sería como un cándido deseo de prolongar indefinidamente las diversiones y la falta de responsabilidad infantiles.

La persona sentimental se siente casi incapaz de sacrificarse por algo que no suponga un beneficio a muy corto plazo: no se pondrá seriamente a estudiar un examen hasta poco antes del día fijado; para que consiga leer un libro tendrá que ser muy entretenido desde las primeras páginas; para animarse a hacer cualquier plan, tiene que apetecerle muchísimo; si una relación de amistad o de convivencia pasa por algún altibajo, probablemente no sepa superarlo.

No será capaz de continuar en cuanto unas nubes de tormenta emborronen un poco el horizonte. “Parece como si el sentimiento hubiese ocupado en esas personas el lugar de la facultad de pensar. En vez de razonar, de entender…, ellos sienten. Sólo puede convencerles lo que agrade sus sentimientos.” (5)

A golpe de sentimiento no se puede edificar. No es que el ideal fuera ser persona sin sentimientos, estoica, espartana, sin corazón… Hay que encontrar un equilibrio entre este extremo y su contrario. Tan peligroso es el hombre frío, racional y sin sentimientos, como aquél que es todo un monumento al sentimentalismo romántico. Es un equilibrio difícil, pero del que depende en mucho el acierto en el vivir.

Ante el peligro del sentimentalismo, la primera reacción podría ser de rechazo de los sentimientos. Sin embargo, está comprobado que sin la ayuda de los sentimientos bien orientados, el intelecto es débil frente al ambiente. No se trata, pues, de prescindir de ellos, sino de saber encauzarlos.

“Por cada persona que necesita ser protegido de un frágil exceso de sensibilidad —dice Lewis (6)— hay tres que necesitan ser despertados del letargo de la fría mediocridad. La correcta precaución contra el sentimentalismo es la de inculcar sentimientos adecuados. Un corazón duro no es protección infalible si va acompañado de una mente débil.”

No se trata, pues, de ser frío, ni calculador, ni deshumano. Para educar la propia afectividad hay que cultivar esos sentimientos de persona de buen corazón y profundamente humana; que desea ayudar a quien lo necesita, consolar al que está triste, acompañar al que ha sido despreciado, perdonar a ése que le ofendió, querer a todos; que se siente afectado por el sufrimiento de los demás, que comprende, que perdona.

Y conviene también poner entusiasmo en las cosas. Las pasiones —hemos dicho— no son malas, si las sabemos orientar hacia el bien, si están bajo el señorío del entendimiento: hemos de soñar, aunque sin ser soñadores; saber encontrar ilusiones en las cosas de cada día, pero sin ser ilusos ni irreflexivos. Se trata de que las cosas no se hagan sólo por ilusión o sólo por entusiasmo: el entusiasmo no puede ser el motor, sino una valiosa ayuda, como una vela que nos empuja cuando el viento sopla a favor, pero de la que no podemos depender en exclusiva.

Amor y sexualidad

Decíamos que el amor no es sólo sentimiento; es algo más. Es también —glosando de nuevo ideas de E. Rojas— una tendencia a compartir la vida, a desear el bien de la persona amada casi por encima del propio, alegría compartida que alivia las tensiones y dificultades que convivir trae consigo.

Como los sentimientos fundamentales son perennes y no pasan de moda, el amor será siempre un tema eterno, por mucho que cambie la humanidad, porque no hay felicidad sin amor. El amor, y no la comodidad o la fama o el dinero, es lo que hace felices a las personas.

Y para no trivializar el amor, debe prestarse una gran atención a la educación de la propia afectividad. Es una autoeducación en la que hay que comprometerse personalmente, y que lleva a entender en profundidad cómo dos seres humanos dan y reciben amor, a comprender que el sexo pertenece a la intimidad humana y que lo natural es que se ejerza en el marco de una donación personal. Si hay un exceso de sexualización del amor, todo esto tiende a difuminarse y puede haber mucho de sexo y poco de amor.

Señor de uno mismo

Combatir contra uno mismo es la batalla más difícil y, junto a ello, vencerse a sí mismo es la victoria más importante. Al intelecto corresponde regir la conducta humana, y esto constituye una pelea diaria contra todo lo que en nuestra vida debe mejorar, o contra lo que nos aleja de los objetivos que nos hemos marcado. Sin excesiva formalidad, pero debemos conocernos un poco y tener claro cuáles son nuestros defectos dominantes para ir superándolos.

Debemos otorgar, en definitiva, a la inteligencia y a la voluntad, ese señorío sobre los actos todos de nuestra vida. Repasemos unos cuantos detalles prácticos sobre señorío personal.

Serenidad y equilibrio. Tiene múltiples manifestaciones en la vida diaria. Las personas serenas saben mantener la lucha en varios frentes sin azorarse, son capaces de tener dos cosas a la vez en la cabeza. No se vienen abajo cuando sufren un contratiempo.

Paciencia. Hay que aprender a esperar, a dar tiempo al tiempo. Como siempre, además, suelen ser precisamente los más impacientes y que más exigen a los demás quienes luego más transigen consigo mismo y con más facilidad justifican todo lo que hacen, incluso aquello que verían mal si lo hicieran otros.

Elegancia ante el fracaso o el triunfo. También es señorío saber hacer frente con elegancia al fracaso y al triunfo. No ser de esos que se les suben a la cabeza los primeros éxitos y se hunden luego al mínimo contratiempo. Si se viene abajo lo que estamos haciendo, hemos de ser capaces de volver a empezar sin nerviosismos; o conservar la calma cuando todo va mal, y los demás pierden los papeles.

Quienes mantienen el aplomo y la entereza en circunstancias difíciles, tienen un especial atractivo humano; y los que no, dan pena: en cuanto algo no sale conforme a sus previsiones pierden su habitual buen talante y no hay quien les soporte.

Nobleza. Lealtad. Señorío ante el agravio. Ser leal, mantener la palabra dada, no recurrir al insulto ante una afrenta; son también manifestaciones de señorío y clase humana. Igual que aprender a defenderse del inicuo agresor sin entrar en su sucio juego de injurias y de mentiras; y también en su ausencia: hemos de tener horror a la murmuración, que produce unos efectos demoledores en cualquier ambiente.

Acostumbrarse a hablar bien de los demás, en cambio, es una costumbre muy recomendable. Todavía recuerdo con emoción el funeral de aquel amigo, excelente profesional fallecido en accidente de tráfico; al terminar, uno de sus compañeros me decía: “mira, le tenía una gran estima porque sabía hablar bien de la gente; llevaba dieciocho años trabajando a su lado y jamás le oí murmurar de nadie”.

Control de la imaginación. A lo mejor empezamos a leer una página y tenemos que volverla a leer porque no nos enteramos de lo que dice… por falta de atención. Quizá, ante algo con lo que soñamos, mostramos una inquietud grande, que raya en la ansiedad. O somos distraídos y fantasiosos, con tendencia al desánimo. Todas esas señales pueden ser consecuencia de la falta de un suficiente control personal de la propia imaginación; una difícil batalla contra esa potencia humana que a veces se convierte en un enemigo íntimo que hace daño.

A todo el mundo le llegan momentos más o menos largos de desánimo o de pesimismo, y cada uno de nosotros debemos saber que no somos excepción. En muchos casos esas crisis provienen de un excesivo darse vueltas alrededor de uno mismo con la imaginación, y desaparecerían con un poco de disciplina mental, sabiendo orientar —como un guardia de circulación— esos pensamientos inútiles que a veces tanto estorban. Ese sano dominio sobre la fantasía y de la memoria será una protección ante los peligros del pesimismo, la tristeza y la vanidad.

Rechazo de la envidia. A cuántos les viene la tristeza por las rendijas de la envidia, porque se alegran de los fracasos de los demás y en absoluto sufren con sus dolores o preocupaciones. No les sucedería si cortaran de raíz cualquier asomo de desazón o de celos por esta causa.

Borrar el resentimiento. Otro de los peligros de ese mundo interior enrarecido de que hablamos es que sirve de caldo de cultivo de agravios y rencores de todo tipo. Es un ambiente cerrado donde a veces sólo se mantiene el recuerdo de las afrentas y de los desplantes. Hemos de aprender a perdonar y a olvidar, que son llaves de entrada a esa preciada paz interior.

Ante un enfado hay que preguntarse: ¿vamos a mantener en la memoria estas palabras de hoy que nos separan ? Si alguien tiene una queja contra mí, si yo tengo una queja contra alguien…¡vamos a olvidarla o vamos a arreglarla! Parece a lo mejor difícil, pero muchas veces la paz está en el olvido y en el mutuo entendimiento.

Orden. Otro punto importante es el orden en la cabeza, ser dueños del propio tiempo y de la agenda, tener un claro orden de prioridades en lo que hemos de hacer, no empezar siempre por lo que más apetece o reviste una urgencia momentánea sin pararse a pensar si eso es lo más importante. El mundo está lleno de hombres perezosos que no paran de trabajar y de moverse…

Es la pereza activa: hacer cosas constantemente, pero no las que deberían hacerse. Hay estudiantes que cuando tenían que estar estudiando despliegan otras grandes actividades, de por sí buenas, pero inoportunas; padres de familia que no paran de ir de un lado a otro cuando deberían estar con su mujer y sus hijos; trabajadores maniáticos que se entretienen en detalles inútiles dejando escapar lo principal de su tarea. Es la común tentación de hacer lo urgente antes que lo importante, lo fácil antes que lo difícil, lo que se termina pronto antes que lo que requiere un esfuerzo continuado.

Con un poco de orden se puede sacar tiempo para todo. Es evidente que no se puede llegar a hacer en la vida todo lo que uno quisiera, porque no hay tiempo; el problema es por dónde se recorta, y esa decisión no la debe tomar el capricho.

Escuchar la corrección. Otra gran cualidad del hombre sensato es saber escuchar la corrección del amigo leal. No ser de esos que sólo admiten adulaciones, que no se les puede decir nada; que si, a solas y con caridad, un buen amigo les advierte de algún detalle que afea su conducta, jamás lo admiten, o lo toman a mal. Son personas que parece que todo lo tuvieran que hacer bien por definición. Nunca reconocen su error; no se aplican aquello de que “de sabios es rectificar” y, en el fondo, son muy ignorantes por culpa de su cerrazón ante toda idea que no sale de su propia cabeza.

Por el contrario, debemos guardar un especial afecto y estima a las personas que alguna vez han tenido el valor necesario para advertirnos de algo que en nosotros no iba bien, y agradecérselo.

Querer de verdad

A veces hay que pedir ayuda para no abandonar. Recordemos la historia de Ulises y las sirenas. Las sirenas eran unos grandes pájaros de enormes plumas y cabeza de mujer. Fue una tradición tardía, del siglo VI, la que las describió como criaturas mitad mujer mitad con cuerpo de pez… En la Odisea se cuenta cómo este famoso personaje mitológico, al pasar por delante de aquel lugar en el que todos quedaban embaucados por el canto de las sirenas y acababan perdiéndose contra los arrecifes por culpa de ese encantamiento, pidió a los suyos que se taparan con cera los oídos y que a él le ataran al mástil, y que no le soltaran por mucho que luego lo pidiera.

Así lo hizo; quienes estaban con él no le desataron y, gracias a esa ayuda, logró salir vencedor de aquel difícil trance.

Es un ejemplo. Te puedo poner otro, el de un opositor, sin ir más lejos. Suele pagar a un preparador que le va tomando las lecciones, le echa broncas si no ha cumplido el plan de estudio que le ha puesto, que suele ser muy duro… y te repito que además le paga por ello. Y es muy difícil aprobar una oposición sin ese sistema.

Lo mismo sucede si vas o has ido a clase, ¿no? Pues también pagas para que te suelten un rollo, te pregunten, te hagan estudiar, madrugar bastante, soportar a profesores que te caen mal o asignaturas que no te gustan… y podrías haber hecho el bachillerato por libre desde tu casa, pero seguramente te habría ido peor.

Es muy sensato sujetarse a algo que te obligue a hacer lo que quieres conseguir; como eres tú quien te obligas, no dejas de ser libre; al contrario: eres más libre porque de esta manera consigues hacer lo que te propones y de la otra no.

Querer el fin es querer los medios necesarios para alcanzar ese fin. Querer, es querer de verdad, con todas sus consecuencias; porque, si no, no se quiere. No se puede pretender vencer sin entrenamiento, ni llegar a ser algo en la vida sin hacer nada costoso, o ser buena persona sin esforzarse. Hace falta poner los medios, día a día, y para ello tener fortaleza.

Hay demasiado idealista que sueña con grandes proyectos que, luego, a la hora de la verdad, quedan en nada. Son personas que se forjan un ideal, pero en cuanto se les hace algo costoso lo abandonan. Son esos que quieren ser premios Nobel sin estudiar, ricos sin dar ni golpe, ganarse la amistad de todos sin hacerles un favor, o ingenuidades por el estilo. Son incapaces de enfrentarse con la realidad de la vida porque están muy limitados por su falta de fortaleza interior, porque están enormemente mediatizados por la comodidad.

No distinguen entre lo que es propiamente querer algo con todas sus consecuencias, y lo que es sencillamente una ilusión, un apetecerles, un soñar soltando la imaginación.

Quieren triunfar en la vida, como todo el mundo, pero olvidan el esfuerzo continuado que esto supone: para hacer bien una carrera son precisas muchas jornadas de clases y estudio que no siempre apetecen; para ser un buen atleta hay que perseverar en un entrenamiento muchas veces agotador; para dominar un idioma no bastan cuatro clases o unas semanas en el extranjero. Para casi todo hace falta esfuerzo y, si éste se rechaza, supone rechazar el fin, no querer de verdad.

Esta ingenuidad a veces se disfraza de una auténtica fiebre por cambiar de objetivo. Típico ejemplo infantil: chico que ve anunciado en la televisión un eficacísimo método de aprendizaje de inglés, que pasa inmediatamente a resultar absolutamente imprescindible… consigue que su madre le dé el dinero para comprarlo. Lo compra. La primera decepción es que los manuales apenas tienen fotos; además el método es muy laborioso, hay que ir grabando unos ejercicios en cada lección… De todos modos, comienza…, le cansa, sigue, lo deja. Lo retoma, se aburre… y finalmente lo deja en el olvido… en la lección 4ª…

Y quizá no sea un ejemplo tan infantil, porque puede ser de la juventud o de la madurez. Como aquél que se propone hacer footing todos los días y no pasa de tres o cuatro; a la semana siguiente comienza a leer una novela interesantísima, y enseguida se le hace pesada y queda abandonada en los primeros capítulos; al poco fantaseará con ser un insigne virtuoso de aquel instrumento musical, pero pronto le parecerá inútil o imposible; quizás más adelante empiece con otra afición, y será un nuevo hobby que se sumará a la serie de ilusiones que nunca se alcanzan, a ese continuo devaneo presidido por la inconstancia.

El que se mima a sí mismo se vuelve blanducho. Las flores de mejor aroma son precisamente las expuestas a los vientos y a la intemperie. No podemos refugiarnos en esa moral tonta y blanda de los buenos sentimientos. Cuántos, después de ver una película o de leer un libro en los que se exalta la figura de un personaje, con quien se identifican, se llenan de proyectos buenos y de ilusiones sanas… pero que se desvanecen en cuanto respiran el aire de la calle… en cuanto aterrizan de su sentimentalismo sin sentido.

Esto también tiene que ver con lo de hacer rendir los talentos. Hay personas que aunque a veces estén menos dotadas por la naturaleza, salen siempre triunfantes. Recuerdan a la fábula de la liebre y la tortuga. Con su trabajo y su tesón acaban por superar a otros mucho más capacitados.

Esa humilde perseverancia es todo un ejemplo de cómo hay que hacer rendir los talentos que cada uno hemos recibido. La gente muy brillante despierta admiración, pero quienes han sabido suplirlo con una mayor fuerza de voluntad tienen aún más atractivo y se hacen también acreedores de un mérito mucho más grande.

Sorprende cómo tantos se apuntan a ser como ese siervo de la parábola que sólo recibió un talento, lo enterró, y esperó cómodamente la vuelta de su señor. A la hora de la vanidad, todo son alardes; a la hora de dar cuenta, todo es falsa humildad, excusas; dicen que no pueden hacer más. No te refugies en esa caricatura de la modestia.

El premio de la generosidad

Cada uno cosecha lo que siembra. Recuerda lo que sucedió con aquel príncipe insensato del cuento. Había un rey que deseaba edificar un gran palacio y encargó a uno de sus hijos que lo construyera. Le entregó la suma de dinero necesaria, y el muchacho, que era un vivo, pensó: “construiré el palacio con malos materiales y me quedaré con el dinero que ahorre. Poco me importa si luego se viene abajo”.

Así lo hizo y, cuando lo hubo terminado, se presentó ante su padre y le dio la noticia: “El palacio que me encargaste ya está terminado. Puedes disponer del él cuando gustes”.

El rey tomó las llaves y las devolvió a su hijo con estas palabras: “Te entrego el palacio que construiste. Es para ti. Esa es tu herencia.”

Cuando uno actúa habitualmente con esa mentalidad de buscar el provecho propio por encima de casi todo, suele sucederle como a este personaje: en cierto momento de su vida recibe el pago a su falta de generosidad, se encuentra con que, con su egoísmo, se ha hecho mucho daño a sí mismo; que mientras pensaba que disfrutaba de su juventud aprovechando al máximo el presente, no ha logrado otra cosa que arruinar su futuro.

El egoísta es una persona destinada a sufrir, que es presa de su difícil corazón. El hombre generoso, por el contrario, es feliz precisamente porque no regatea tiempo, sacrificio ni afecto para los demás. Siempre ha habido más dicha en dar que en recibir.

Grandeza de ánimo

Existe una leyenda entre los indios norteamericanos —cuenta J. Eugui— que narra cómo un bravo guerrero, en cierta ocasión, encontró un huevo de águila y lo puso en un nido de chochas. El aguilucho nació y creció con las chochas y terminó por ser una más entre ellas.

Para comer no cazaba como las águilas, sino que escarbaba la tierra buscando semillas e insectos. Cacareaba y cloqueaba. Correteaba y volaba a saltos cortos, como las chochas.

Un día vio un magnífico pájaro, a gran altura, en un cielo azul intenso. Su aspecto era majestuoso, aristocrático, real, imponente. —”¡Qué pájaro tan hermoso! ¿Qué es?”, preguntó el águila cambiada mientras sentía rebullir su sangre de un modo muy íntimo.

—”¡Ignorante! ¿No lo sabes?, cloqueó el vecino. Es un águila: la reina de las aves. Pero no sueñes, nunca podrás ser como ella.”

El águila cambiada lanzó un profundo suspiro nostálgico… bajó la cabeza… picoteó el suelo… y se olvidó del águila majestuosa. Pasado el tiempo, murió creyendo que era una chocha.

A muchas personas les sucede como a esta pobre águila inconsciente de su noble origen y de sus posibilidades. Han venido al mundo y hacen lo que ven hacer a los que tienen a su alrededor. No se sienten llamados a nada grande. Cuando observan en otros algo digno de imitación, lo ven siempre como algo lejano e inasequible para ellos. No trascienden, no aspiran a más, se contentan con el aburrido transcurrir de las costumbres de su entorno. No entienden de magnanimidad.

La magnanimidad es grandeza de ánimo, es virtud que inclina a lo grande, fuerza que nos dispone a salir de nosotros mismos para emprender obras valiosas en beneficio de todos. El hombre magnánimo ayuda a los demás con gusto, no se asusta ante la adversidad, no desea la adulación ni se deleita en los honores recibidos. Dedica sus fuerzas a aquello que cree que vale la pena, y lo hace sin reservas. Recibirá multiplicado —en esta vida y en la otra— el premio a su desinteresada generosidad.

Esta grandeza de ánimo empuja a luchar por causas que se consideran justas y a empeñarse en proyectos audaces. Es algo que siempre satisface profundamente; el vacío de ideales, por el contrario, resulta la más amarga de las carencias.

La magnanimidad es virtud de personas que desean abandonar la transitada senda de la medianía y recorrer otros caminos, caminos de almas grandes…, siguiendo el ejemplo de aquella alma prócer, Santa Teresa, a quien “espanta lo mucho que hace en este camino animarse a cosas grandes”; son palabras que animan a avanzar por el camino de la vida sin detenerse en lo fácil, sin mentalidades tacañas, sin horizontes pequeños.

El pusilánime, por el contrario, piensa que todo está por encima de sus posibilidades. Se disfraza de una falsa humildad que es cobardía y comodidad. Es ése que espera sentado su oportunidad, que aguarda pacientemente tiempos mejores mientras se lamenta de lo difícil que está ahora todo.

 

 

(1) Citado por Jesús Urteaga, Ahora comienzo, Libros MC, p.81

(2) José Benito Cabaniña, folletos MC 240, p.18.

(3) Julio Eugui, Anécdotas y virtudes, n. 83.

(4) Enrique Rojas, Remedios para el desamor, p. 99.

(5) José Benito Cabaniña, folletos MC 240, p.7.

(6) C.S.Lewis, The abolition men, p. 18.