Francisco J. Mendiguchía, “El pobre niño rico”

Hace ya más de cincuenta años, se estrenó en nuestro país una película que se titulaba “La pobre niña rica” y que estaba protagonizada por una célebre pequeña actriz llamada Shirley Temple. Siempre me pareció un título bastante pretencioso, manifiestamente injusto y aun algo demagógico, pues, ¿cómo compadecer a un niño que es rico? Lo lógico es que hay que tener mucha más compasión por uno que es pobre y, por lo tanto, carece de muchas cosas que el rico posee.

Sin embargo, y precisamente en el país donde viven más niños ricos por kilómetro cuadrado, en los Estados Unidos de América, un ilustre pediatra, el Dr. Ralph E. Minear, profesor de la Universidad de Harvard, ha acuñado un original término para designar un nuevo síndrome descubierto por él, la «ricopatía», es decir, la riqueza como factor patológico, que puede dañar el desarrollo de la personalidad y aun la salud física de los niños.

Posiblemente sea algo exagerado el término, pero lo que sí es cierto, es que podríamos hablar de «síndrome del niño rico», como algo que se presenta, no ya en Norteamérica, sino en nuestra propia sociedad consumista actual, con el agravante de que lo presentan, no sólo familias que pudiéramos llamar ricas, sino que se ha extendido a otras capas sociales más deprimidas, cultural y económicamente.

Veamos en qué consiste este nuevo síndrome. Lo he visto más de una vez en mi ejercicio profesional bajo la forma de una carencia de eso que podríamos llamar voluntad y que, en estos casos, no es más que una carencia de motivaciones. Los síntomas consisten en ausencia de ilusiones, estado de ánimo deprimido con apatía, desgana y tristeza, síntomas psicosomáticos del tipo de cefaleas, vómitos, diarreas, etcétera, o trastornos de la conducta con enfrentamientos con los padres, que creen ingenuamente tener comprado el amor y la obediencia de sus hijos, dándoles todo lo que piden, y aun lo que no piden.

Cuando investigaba estos casos a fondo, veía que lo único que les pasaba era que tenían un exceso de todo, ya no apetecían nada, estaban de vuelta de todo y hastiados de casi todo, en una palabra, se habían convertido en unos escépticos prematuros que más parecían viejos que niños.

Los juguetes infantiles Y ¿qué cosas son éstas que pueden tener en demasía? Empecemos por lo más infantil: los juguetes. Hace poco se ha inaugurado cerca de Madrid la tienda de juguetes «mayor del mundo», y efectivamente lo debe ser, pues en sus grandes estanterías se acumulan miles y miles de ellos perfectamente clasificados por sexos y edades, desde el bebé hasta el adolescente, de precios bastante elevados en general, y de complejo manejo la mayoría; lo curioso es que en el lugar donde resido, que no llega a los tres mil habitantes, también se ha inaugurado ¡otra juguetería! Estos dos hechos nos indican que la tendencia al consumo de juguetes es cada vez más alta y su fabricación y comercialización mueve grandes cantidades de dinero.

Yo, como buen abuelo, también fui a comprar los correspondientes regalos a mis nietos en las últimas fiestas y pude darme cuenta que, en los grandes almacenes sobre todo, la gente sacaba sus carritos repletos de juguetes. Se ha producido una verdadera rivalidad entre las familias, para ver cuál de ellas los compra más y mejores a sus hijos, pues ello es índice de buen nivel de vida y de prestigio social: «Nuestro hijo tiene tantos o más, y mejores, juguetes que el vuestro».

Y los niños, ¿qué piensan de todo ello? Naturalmente están encantados y casi no tienen tiempo de jugar con tantos. Sin embargo, a poco de comprada, la mitad de toda su juguetería está ya rota, generalmente por lo deleznable del material con que está hecha. Una cuarta parte no es utilizable porque han perdido la mitad de las piezas de los complicados aparatos en que se han convertido los juguetes y sólo juegan con la otra cuarta parte que, ¡vaya casualidad!, son casi los mismos con los que nosotros jugábamos hace sesenta años: pelotas, muñecas, coches, cocinas y construcciones En lo que realmente hemos avanzado en este capítulo, es en los conocidos con el nombre de «juguetes educativos», que estimulan el desarrollo sensorial e ideativo del niño. Sin embargo no hay que perder de vista que el juguete en sí, sin más adjetivos, para lo primero que tiene que servir es para divertir al niño, al mismo tiempo que estimula su imaginación y hacerle entrar en ese mundo maravilloso, fantástico e irrepetible de los juegos infantiles, y para esto sirven lo mismo los juguetes caros que los baratos. El niño es tan «general» encima de un precioso caballo de peluche, que subido en el bastón del abuelo, o por lo menos así era antes.

Hoy en día, y debido a esa gran cantidad de juguetes que tienen, los niños han empezado a despreciar enseguida los viejos, exigiendo uno nuevo al que no le falte nada; ya no le sirve el “pars pro toto” (la parte equivale al todo) de la vieja psicología del juego infantil y ahora, si a una muñeca le falta un dedo hay que tirarla. Antes, cuanto más vieja y rota estaba, más la quería la niña. Hoy un coche sin una rueda ya no es un coche. En pocas palabras, el niño se está haciendo tan materialista como el mundo en que vive, se va convirtiendo en un redomado consumista y se sentirá desgraciado y frustrado si no tiene más y mejores cosas que los demás.

¿Y los juguetes bélicos? ¿Deben prohibirse porque fomentan la agresividad infantil y son los responsables de la violencia de los adultos y de las guerras que éstos desencadenan? La verdad es que el niño tiene siempre una dosis de agresividad y más vale que haga su catarsis simulando batallas con soldados de plástico, que a pedradas, que sí que hacen heridos de verdad y, por ello, siempre ha jugado con juguetes bélicos, los etruscos con espadas y escudos de madera y los de ahora con vehículos intergalácticos.

En el fondo, la sociedad entera está asustada por la violencia que está desarrollando la infancia y la adolescencia y buscan un chivo expiatorio en los juguetes bélicos, para no admitir que es ella la verdadera culpable por su educación absolutamente permisiva, la visión diaria en la televisión de escenas de la más cruda violencia y la violencia real de agresiones, atentados y guerras de verdad que los adultos promueven.

A los hombres, lo que hay que decirles es: dejen ustedes de fabricar aviones, cañones y tanques, y los niños no podrán imitarlos en sus juegos, no hagan guerras y no jugarán a ellas.

Pero no son sólo juguetes lo que se puede dar al niño o adolescente en demasía, sino que son otras muchas cosas, tales como ropa (un adolescente, como cualquier dama elegante, necesita estrenar con frecuencia pantalones, camisas o zapatos de determinadas marcas, para no parecer menos que los demás), relojes y bolígrafos caros (que pierden indefectiblemente al poco tiempo), costosos equipos de deporte y tantas y tantas otras cosas que los anuncios, sobre todo los televisivos, les meten por los ojos y la voluntad.

Consecuencias en los hijos y en los padres Una pregunta inquietante que los padres deben hacerse, es si todo este dar demasiadas cosas a los hijos, no es porque es más fácil y más cómodo que dedicarles más atención y un poco más de tiempo para educarlos que, desde luego, es más incómodo.

Porque esta comodidad acabará volviéndose contra ellos, ya que el niño, acostumbrado a muchas y caras cosas, les pedirá cada vez más, en cantidad y calidad, llegando un día en que no podrán satisfacer sus deseos, y entonces los hijos se volverán contra ellos, culpándoles de haberles acostumbrado mal.

Quizá uno de los aspectos más negativos de este exceso de cosas que los hijos tienen, juguetes, ropa, golosinas, etc., es la distorsión que esto produce en su sentido ético de la justicia distributiva y el desarrollo de una filosofía en la que predomina la idea de que, en este mundo, lo ideal es tener siempre más y mejor de lo que tienen los demás.

En el futuro, el único objetivo de estos niños será este «más y mejor» y por ello carecerán del concepto moral de que no se debe tener siempre de todo en demasía, aunque se pueda, mientras haya otros que no tienen de nada o muy poco, es decir, se habrán convertido en unos seres básicamente egoístas e insolidarios.

Otro mal que se hace al niño, es acostumbrarle a recibir todo sin esfuerzo por su parte, y casi siempre sin merecerlo, por lo que, cuando se le empieza a exigir trabajo y sacrificios, como sucede muy tempranamente en la vida, se encuentran completamente en desventaja frente a los que saben, porque así se lo han enseñado, que lo que se desea, algo cuesta.

Numerosos fracasos escolares no tienen más base que esta imposibilidad para el esfuerzo del estudio. ¡Cuántas veces he oído a niños y jóvenes «es que no me gusta estudiar»! Y cuando les hago ver que es muy raro que a algún niño le guste estudiar, pero que lo hacen porque tienen que hacerlo aunque les cueste, acaban reconociendo que a ellos no le han acostumbrado a esforzarse por nada, porque siempre han tenido de todo, sin necesidad de mover un dedo.

Si miramos el problema desde otro punto de vista, el de los padres, no es infrecuente que éstos, que han proporcionado a sus hijos todo lo mejor, juguetes, vestidos, bicicletas, motos, colegios, estancias en el extranjero para aprender idiomas o para esquiar, acaben considerando a los hijos como una inversión. Lo mismo que si hubieran puesto su dinero en unas acciones o en unos bonos del Tesoro, y tienen que producir enseguida dividendos, devolviendo a los padres el capital que éstos han gastado.

Esto les lleva a exigir a los hijos que sean los primeros en todo, los más sobresalientes en clase, los mejores deportistas, los de más éxito social, en concreto que sean superiores a los demás, ¡ah! y además que les adoren porque han sido tan buenos con ellos.

Pero como todo esto sucede menos veces de lo que ellos creen, pues con su comportamiento están contribuyendo a que pase lo contrario, la frustración que esto les produce les lleva a considerar a sus hijos como unos monstruos desagradecidos indignos de que ellos se sigan «sacrificando». La frase: «Doctor, hemos procurado que siempre tenga lo mejor y mire cómo nos lo paga», la hemos oído muchas veces y cuesta mucho convencer a los padres de lo equivocado de su proceder y de que ellos son realmente los responsable de la conducta de sus hijos.

Otro problema importante es que los niños que tienen mucho de todo pierden la ilusión por las cosas y ya no esperan emocionados las fiestas propias para recibir regalo como su santo o cumpleaños, o las Navidades, por ejemplo y entonces tienden a buscar emociones nuevas. A esto se debe, en parte, que los niños se dediquen a robar cosas, aunque sean bolígrafos, que realmente no les sirven para nada. El caso es sentir la emoción de que les puedan coger y hasta organizan verdaderos campeonatos en los colegios para ver quién, o qué grupo, es capaz de robar más cosas o de más valor.

En relación con esto, pero ya en adolescentes, se está produciendo lo que los sociólogos conocen con el nombre de «áreas de delincuencia» o «zonas de conflictividad», pero no en zonas suburbiales o de marginación social, sino en núcleos habitados por familias de clase media o alta, en las que. el aburrimiento y el afán de experimentar nuevas sensaciones, genera la comisión de actos predelictivos o francamente delictivos, como rotura de farolas, consumo de drogas blandas, robos, agresiones o asaltos sexuales.

Francisco J. Mendiguchía, “La suerte de tener un hijo listo”

Algunos pensarán que con el título de este libro, “Los problemas psicológicos de los hijos”, este capítulo sobra, y sin embargo esto no es así, porque la superdotación también puede producir problemas.

A propósito de esto, recuerdo que una vez entró un niño de seis años en mi consulta, se sentó en una silla delante de mi mesa de trabajo, me miró fijamente y me espetó a modo de saludo: «¡Odio a los psiquiatras!» Se trataba de un niño superdotado que tenía ya importantes problemas en el colegio y de conducta. Por ello había sido visto anteriormente por otros profesionales y el niño estaba ya harto de entrevistas y exámenes psicológicos.

Este ejemplo nos muestra que los superdotados pueden tener problemas psicológicos, algunos porque son personas como todo el mundo y tienen conflictos afectivos, emocionales, de relación o de conducta y otros, porque sus problemas son debidos precisamente a que son superdotados.

Realmente la denominación de superdotado es un poco ambigua, pues la superdotación puede no ser intelectual, sino de alguna otra capacidad o cualidad como son el arte, la música, la mecánica o el deporte y, sin embargo, cuando se habla de que un niño es un superdotado, todo el mundo entiende que posee unas cualidades intelectuales superiores.

El concepto de superdotado tampoco es superponible al de «niño precoz» o «niño prodigio» pues, aunque la mayoría de las veces el superdotado es también precoz, no sucede lo mismo a la inversa, no todos los niños precoces son superdotados.

¿Cuáles son los criterios para el diagnóstico de la sobredotación intelectual? Nos podemos servir de varios: rendimientos escolares, capacidad de liderazgo, conducta correspondiente a niños de mayor edad, curiosidad y avidez por conocer cosas nuevas, desarrollo precoz del lenguaje, etc. Realmente éstos no son más que indicadores ya que, el método más seguro, son los tests que miden el nivel mental, es decir los tests psicométricos, los normales o los esencialmente elaborados para estos casos.

Con arreglo a los resultados obtenidos con estos tests se puede definir como superdotado al que alcanza un nivel de 140. Hasta no hace mucho tiempo el listón estaba en los 130, pero lo mismo que se amplió la banda normal por abajo, se hizo también por arriba, por lo que la proporción de niños normales (a mi ya desaparecido amigo Dr. Díaz Mor le gustaba más la palabra «normativos») ha aumentado bastante en estos últimos veinte años.

De todas maneras, aun estirando el límite superior hasta un C. I. de 120, ¿qué pasa con los que se encuentran entre 120 y 140? Que les llamamos simplemente «listos» o «brillantes». Y por arriba, ¿hasta dónde se llega? Parece ser que los «genios» como Einstein tienen un C.I. alrededor de 180, aunque a estos niveles los tests sirven ya para muy poco y las cifras son más bien convencionales. El número de superdotados no se conoce muy bien, pero la mayoría de las estadísticas dicen que entre el 1 y el 3% de la población infantil tienen un C. I., por encima de 130, aunque sólo el 0,1% llega a tener un C.I. de 150 o más, mientras que el 6% de esta población pasan de un C. I. de 120.

¿Se hereda o no? Un problema que ha preocupado mucho a la gente desde siempre, es el de si la superdotación intelectiva se hereda. La verdad es que no lo sabemos muy bien, a pesar de que, ya en 1869, sir Francis Galton publicó su obra “Heredetary Genius” en la que parecía llegar a la conclusión de que sí, que era hereditario, aunque también formuló su ley de la «regresión a la medianía» por la que, si bien el hijo de un hombre muy lista es más listo que los demás, sin embargo no lo es tanto como su padre y lo mismo sucede con el nieto; otro tanto ocurre al revés: el hijo de un hombre no muy listo lo es más que su padre y su nieto más listo que los dos, con lo que se consigue evitar que, al cabo de muchas generaciones la humanidad quedara dividida en dos grandes grupos, el de los listos y el de los tontos.

A esta teoría genética se opuso enseguida la ambientalista o culturalista, que sostiene que los buenos resultados que se obtienen en los parientes de personas sobresalientes son debidos al medio ambiente en que se han desarrollado. La familia Bach ¿había heredado una superior capacidad musical o es que desde sus primeros años estuvieron oyendo buena música a todas horas? Esta lucha entre geneticistas y culturalistas no ha terminado aún, pero quizá los actuales avances de la genética permitan el descubrimiento del gen o genes responsables de eso que llamamos inteligencia; lo que sí sabemos es que hay que cultivarla desde los primeros años de la vida y que una alimentación insuficiente, como la de los países del tercer mundo, constituye un grave “handicap” para su desarrollo.

Otra cosa que preocupó mucho en tiempos pasados fue la posible relación entre genio y locura y entre genio y muerte. En relación con la posible temprana muerte de los genios tenemos el caso del niño alemán Ch. H. Heiniken, nacido en 1721, que a los cuatro años sabía leer, citar mil quinientos proverbios latinos y responder a cualquier pregunta sobre historia, pero que a los cinco años murió. En contraste con esta macabra historia, los alemanes tienen otra menos deprimente, la del niño Karl Wite que, a los nueve años, sabía francés, griego, latín e italiano, además del alemán, claro, que a los catorce recibió el título de doctor en Filosofía y que, sin embargo, murió octogenario.

En otros casos no es el temor a la muerte sino a la locura lo que preocupa a la gente, aun en nuestros días, como se dice en inglés «early ripe, early rot» (pronto maduro, pronto podrido); y sin embargo, el único estudio serio de seguimiento de niños superdotados, el del norteamericano Terman, demostró que su salud mental no difería de la del resto de la población.

Es muy curioso que, en cuentos, historietas, cómics, chistes, etc., se describe siempre un tipo de niño listo, sabelotodo y empollón y, al mismo tiempo, escuchimizado, enclenque, con gafas y antipático, del que se burlan los demás niños. No es verdad en absoluto, estos niños son físicamente tan normales como los demás, constituyendo el origen de este estereotipo un simple mecanismo de compensación de los menos dotados intelectualmente.

Lo que sí es verdad es que estos niños suelen empezar a dar guerra desde que son pequeños, pues los padres se sienten muchas veces desconcertados frente a ellos «que se las saben todas» y que rechazan jugar con otros niños de su edad, prefiriendo la compañía de los mayores y aun la de los adultos, que les rechazan, unos porque físicamente son menores que ellos y los otros porque hablan y dicen cosas que un niño «no debe saber».

El resultado es que el superdotado acabe sintiendo su superdotación como una carga, y esto les hace ser un poco aislacionistas, egocéntricos, poco tolerantes con las frustraciones y, a veces, con rasgos obsesivos; sin embargo estos rasgos no se dan en todos y no constituyen realmente una caracterología constante en los superdotados.

En el colegio suelen ser alumnos de comprensión rápida, memoria excelente, muy curiosos y de gran afición a la lectura, por lo que, estudiando generalmente menos tiempo que sus compañeros, van uno o dos años por delante de ellos.

Inconvenientes de la superdotación Sin embargo, y a pesar de su superdotación, hay un cierto número de niños que fracasan en el colegio por diversas causas como son la subestimación del trabajo a realizar, el aburrimiento que sienten en clase al terminar los deberes antes que los demás, enfrascarse en sus propias elucubraciones sin atender lo que está explicando el profesor o, si son un poco inquietos, por ponerse a incordiar a los compañeros por sobrarles tiempo, así como por la dispersión de sus esfuerzos al querer abarcar demasiado fiándose en sus cualidades superiores. Una vez vi un caso de un superdotado que «rechazaba» su superioridad intelectiva y sus ventajas, procurando sacar malas notas, para no sentirse aislado de sus compañeros.

¿Estudios normales o estudios especiales? Entremos ahora en un tema muy debatido, la formación de estos niños. Ya en la antigua Grecia, Platón propiciaba en su “República” la aplicación de una serie de pruebas destinadas a descubrir los talentos del país para educarlos y convertirles en conductores del Estado.

Cuenta la leyenda que Carlomagno quiso hacer algo parecido; lo que sí es histórico es que, en el siglo XVI, Solimán el Magnífico mandaba emisarios a todos los rincones de su imperio para que seleccionasen los que más sobresalían en las escuelas, fueran mahometanos o cristianos, para hacerles los conductores religiosos, los científicos, los artistas y los guerreros del país.

En 1862, el director de las escuelas públicas de la ciudad de San Luis en EE.UU, inventó un método de promoción de niños superdotados que recibió el nombre de «skipping», que consistía en «saltar» las programaciones.

También en Norteamérica, en la última década del siglo pasado, surgen los dos métodos, que todavía se disputan el honor de ser el mejor para educar niños superdotados: La «aceleración», que consiste en hacer clases paralelas con un mismo programa, una de las cuales recorre el programa en ocho meses, mientras que la otra, a la que asisten los mejor dotados, lo hacen en seis.

La «profundización», que desde 1920 se conoce con el nombre de «enriquecimiento», que a su vez no es más que una densificación de los programas, no en el sentido de añadir nuevas materias, sino en el de ensanchar el horizonte de estos niños estimulando, al mismo tiempo, sus actividades creativas.

Sin embargo, no todo el mundo está de acuerdo en la conveniencia de agrupar a los superdotados en clases o centros especiales, pues dicen que así se puede desarrollar un «espíritu de casta» que puede ser perjudicial para la futura integración social y familiar.

Es evidente que estos colegios especializados no están al alcance de todo el mundo y es a los profesores a los que les incumbe la tarea, difícil tarea por otro lado, de conjugar los dos métodos antes descritos, sin que el niño salga de su ambiente normal, quizá opiniéndose al deseo de los propios padres, que preferirían únicamente el método acelerado por una comprensible ambición de demostrar que sus hijos son superiores, terminando los estudios antes que sus compañeros.

Por otra parte, los padres no deben nunca olvidar que el desarrollo afectivo de los hijos superdotados puede no correr paralelo al intelectivo y tener necesidades sentimentales o emocionales más acordes con su edad real que con la mental. Así un niño de cuatro años puede saber ya leer y hasta multiplicar, pero necesitará que alguna vez la madre le haga algún mimo o le acune para ayudarle a dormir.

Francisco J. Mendiguchía, “El acoso sexual… a la infancia”

Hoy en día está muy de moda el término «acoso sexual» para referirse a las mujeres que sufren algún tipo de persecución sexual por parte de los hombres y, casi todos los días, aparecen en periódicos, revistas, radio o televisión, noticias sobre este tema y son frecuentes los debates, en estos dos últimos medios de comunicación, entre personas más o menos conocidas de la sociedad que discuten apasionadamente sobre el mismo.

Es curioso, sin embargo, que nadie mencione el otro acoso sexual, el que sufren los niños, no ya en el sentido que se da a este tipo de «relaciones» entre adultos, que también lo hay y de consecuencias mucho más graves, sino en el del bombardeo de incitaciones a la sexualidad que la infancia sufre a todas horas y desde todas partes, aun en los sitios o en los medios más inesperados. Y ello está cambiando vertiginosamente, no sólo el comportamiento sexual de nuestros niños y adolescentes, sino también el modelo de familia y de sociedad vigentes hasta este último cuarto de siglo.

Hace no mucho tiempo vimos y oímos, en un programa de televisión en el que intervenían padres e hijos, aunque separadamente en ciertos momentos, cómo dos niños, dos hermanos de diez y doce años, a la pregunta de la presentadora de ¿cuál creéis vosotros que fue el motivo de que vuestros padres se enamoraran y casaran?, respondieron, uno detrás del otro, la misma cosa: que lo más importante fueron los atributos anatómicos de la madre (naturalmente los niños se expresaron en realidad con otras palabras).

Hay que decir que parecía una familia media acomodada, que había dado a sus hijos una educación aparentemente esmerada, aunque ya podemos figurarnos de dónde habían sacado las respuestas los dos niños y qué cualidades femeninas iban, bueno, ya lo eran, a ser las apreciadas en un futuro no muy lejano.

Esta escena que acabo de relatar hubiera sido impensable no más lejos de hace veinte años, no digamos cuarenta o cincuenta. ¿Qué ha pasado para que suceda? Entre otras muchas cosas se ha producido lo que, en conjunto, se conoce con el nombre de «revolución sexual», que comenzó con las teorías freudianas sobre el sexo, que se desarrolló después de la primera guerra mundial y, sobre todo, de la segunda y que hoy se encuentra en pleno apogeo. Esta revolución ha coincidido en el tiempo y en el espacio (el mundo occidental) con otra, el llamado «movimiento de la liberación de la mujer», que incluye, dentro de otras muy justas reivindicaciones sociales, el de una libertad sexual semejante a la que gozaba el hombre y que comenzaría ya en la infancia.

Todo ello ha producido que familia, escuela y sociedad estén invadidas de sexo. Todo es válido, no hay inhibiciones, no debe haber prohibiciones y los individuos que intentan substraerse a esta intoxicación masiva empiezan a ser considerados como marginados.

Este problema de la «sexualidad sin fronteras» preocupa ya seriamente a una parte de la sociedad, aunque es más inquietante para los padres de chicas adolescentes, por las consecuencias que, a pesar de todo, pueden derivarse para ellas y sus familias, pues parece que en España andamos ya por los treinta mil embarazos de menores al año. Pero, aun sin consecuencias, los padres advierten que en las adolescentes, la fractura generacional, el «gap» de los angloparlantes, ha sido abismal.

No hace mucho tiempo, una señora, que se encontraba muy inquieta por la conducta desordenada que llevaba una hija suya de diecisiete años, me preguntaba: «Doctor, ¿usted cree que mi hija habrá tenido ya relaciones íntimas con alguno de los chicos con quien sale». Yo, que todavía no había visto a la chica tuve que contestarle: «Señora, el 70% de las chicas de la edad de su hija ya las tienen, pero con la conducta que usted me dice que ella lleva, las probabilidades suben al 100%.» Efectivamente, cuando hablé a solas con la chica, se confirmó plenamente el pronóstico.

Estas mismas estadísticas nos dicen que a los quince años, cerca del 20% de las adolescentes han tenido ya la primera experiencia sexual completa. Por cierto, que los defensores de la igualdad total entre el hombre y la mujer, pueden sentirse plenamente satisfechos en el aspecto que ahora tratamos, pues estas estadísticas revelan absoluta paridad entre chicos y chicas.

Todo esto nos lleva a considerar el problema de la precocidad en las relaciones sexuales y su trivialización. Un ginecólogo amigo mío, me contaba que un día se le presentó, en su consulta de la Seguridad Social, una chica de quince años con la petición de que le recetara unos anovulatorios, y al preguntarle mi amigo que para qué los quería, la respuesta fue: «Es que ya he cumplido los quince años y, en cualquier momento, tendré mi primera relación sexual, por lo que quiero estar prevenida.» El problema no está sólo en el aumento galopante de los embarazos de adolescentes, con sus secuelas de abortos o maternidades precoces, amén del crecimiento de las enfermedades de transmisión sexual, sino también en los efectos que, a la larga, acaban produciendo en la personalidad, y aun en la propia sexualidad, de estos jóvenes inmaduros, física, emocional y psicológicamente para comenzar tan pronto una vida sexual que acaba siendo promiscua y que conduce a una conducta desinhibida que no se limita a lo sexual sino que se difunde a todo el ser del joven. Son los chicos y chicas del «todo vale», en cualquier circunstancia de la vida y ante cualquier problema. Lo malo es que de adulto, sus respuestas seguirán siendo las mismas.

Veamos ahora algunas de las circunstancias que están contribuyendo poco a poco a estos cambios de la conducta sexual de niños y adolescentes.

Consideremos en primer lugar el ambiente en el que se desarrollan los primeros años del niño, es decir, la familia.

Condicionamientos familiares En el capítulo dedicado al complejo de Edipo, comentaba la costumbre adquirida por algunos, bastantes, matrimonios, de exhibirse desnudos, parcial o completamente, delante de sus hijos pequeños. Esta desnudez puede ser física, pero también puede ser psicológica cuando hablan delante de ellos de sus intimidades, aun de las sexuales, tal como veíamos en el caso de los dos niños del programa de la TV.

A este respecto de las costumbres parentales, recuerdo que el único caso visto por mí de aberración sexual a una edad tan temprana como los tres años, fue el de una niña de este tiempo, cuyos padres me decían muy extrañados: «Doctor, no sabemos por qué hará eso la niña, pues en nuestra casa somos muy liberales en esto del sexo y ella nos ha visto desnudos muchas veces, y hasta nos bañamos toda la familia juntos.» Les hice ver, con el mayor tacto que pude, dónde residía el problema y, al poco tiempo, dejó de imitar lo que había visto e imitado.

Sin salir del hogar, trataremos ahora de ese personaje, parlanchín, omnipresente y podríamos decir que casi omnipotente, al que se le ve y escucha más que a cualquier miembro de la familia, incluidos los padres. Como habrán adivinado los lectores me estoy refiriendo a la televisión, y aunque este problema se trata más ampliamente en otro capítulo, es curioso el hecho de que se hayan producido protestas múltiples por la gran cantidad de escenas violentas que aparecen en la pantalla, porque se supone, y con razón, que pueden incitar a la violencia a los niños y adolescentes que las contemplan y, sin embargo, son muy pocos los que se han atrevido a hablar, quizá para que no se les tache de retrógrados, del gran número de escenas de la más cruda sexualidad que los niños pueden ver en TV.

Para muchos niños de seis o siete años, ya no tienen secretos las relaciones sexuales completas, no ya entre marido y mujer, que también se ven, sino entre hombres y mujeres y aun entre adolescentes, por ahora de distinto sexo, que no tienen más lazo común que el de acabar de conocerse, pareciendo que la relación sexual constituye un rito casi obligado para acabar los encuentros entre dos o más personas.

Ni qué decir tiene que los niños que ven mucha televisión acaban considerando normal que cuando un esposo o una esposa hacen un viaje solos, o se van simplemente unas horas fuera de casa, aprovechan unas y otros para cometer adulterio con algún amigo o amiga, o ni siquiera eso, con un simple conocido accidentalmente.

Se pueden ver series, como una muy conocida, dado la hora de la emisión, en la que unas señoras, que no sólo podrían ser las madres sino también las abuelas de los niños que la pueden estar viendo, no hablan más que de sexo y de sus respectivos líos amorosos, como si esto fuera lo más normal del mundo a esas edades. En otra serie, una señora y su hija comparten los favores de un apuesto joven, con escenas que ni los más atrevidos «vaudevilles» franceses de hace algunos años, se hubieran atrevido a sacar a un escenario. Y como éstas, montones y montones de series televisivas que los niños se tragan sin pestañear con la aprobación y el consentimiento de los padres. Yo creo que no hay una sola serie de las «especiales» para adolescentes, que no sea una invitación pura y simple al sexo libre.

Todo lo dicho se refiere a unas horas del día que pudiéramos llamar normales, porque después, sobre todo en algunos canales especializados en desnudismo y pornografía, se emiten numerosas series y películas eróticas que, en teoría, los niños y adolescentes no deberían ver, pero que el uso, cada vez más extendido, de que los chicos y chicas tenga un aparato de TV en su habitación, hace que la seguridad de que no las van a ver desaparece por completo, y lo que ven en esas películas acabará por entrar en su concepto de «normalidad».

A esto añadiremos que en muchos anuncios, y se ha calculado que al año se pueden ver hasta quince mil, hay claras insinuaciones y referencias sexuales y, como colofón, una propaganda «sanitaria» comercial y aun estatal, que invita a los jóvenes a tener relaciones sexuales completas, aunque eso si, utilizando medios mecánicos para evitar problemas.

Dentro de esta sexualización del mundo infantil, hay que señalar también el cambio que están sufriendo sus lecturas, esos denominados cómics, escritos y dibujados expresamente para ellos, que están plagados de escenas de violencia, sadismo y una sexualidad mal encubierta y que los padres compran a sus hijos como si de los antiguos e inocentes tebeos se tratara.

Para terminar con los problemas que se pueden encontrar en el hogar, tenemos el de las líneas telefónicas o páginas de internet eróticas, que por la facilidad del servicio, hace que sean utilizados por los niños sin que sus padres se enteren.

El factor colegio y la educación sexual Pasemos ahora a ocuparnos de otro factor importante en el problema que nos preocupa, la escuela y, dentro de ella, de la coeducación y de la educación sexual.

La coeducación, en sí, no es mala, pues los niños y niñas juegan juntos fueran de las horas escolares y durante las vacaciones. ¿Por qué no han de estudiar juntos? Esto parece tan razonable que hasta muchas órdenes religiosas tienen colegios mixtos. El problema reside en la clase de colegios al que los padres mandan a sus hijos, porque en algunos de ellos, naturalmente en nombre del progreso y de la liberación sexual, se hacen acampadas y otras actividades parecidas donde niños y niñas duermen en el mismo dormitorio.

Por supuesto que la educación monosexual, es decir, con chico y chica en distintos colegios, sigue teniendo los mismos valores que tuvo siempre; muchas generaciones de hombres y mujeres hemos sido así educados y no parece que nos haya ido tan mal.

Sobre el tema de la educación sexual se han escrito toneladas de papel, se han pronunciado miles de conferencias y se han dado cientos de cursillos para padres y educadores y parece que se ha llegado a un consenso sobre su utilidad para evitar la falta de información o, valga la paradoja, una información deformada.

Que el niño y la niña estén enterados de cómo funciona el organismo y de cómo se produce desde un principio la maternidad, ayudará a evitar muchas fantasías sobre estos temas que, sobre todo en las niñas, pueden originar angustias y sobresaltos. Ahora bien, de ahí a enseñar a preadolescentes de diez y doce años las técnicas de acoplamiento sexual va un abismo. Y eso es lo que en determinados países y determinados colegios se enseña, produciendo, casi matemáticamente, una precocidad en las relaciones sexuales, porque es muy tentador pasar de la teoría a la práctica. Humorísticamente podríamos comparar esta información con las clases de cocina, en las que las alumnas acaban comiéndose sus propios trabajos culinarios.

El problema reside en que, en muchos sitios se confunde la educación sexual con la información sexual y, si me apuran, con la información genital. La verdadera educación es la «formación», tanto en esta materia como en otras. Por ello no puede abordarse lo propiamente sexual sin tratar los aspectos afectivos, emocionales y éticos de la relación mujer-hombre, para evitar que se acabe considerando las personas del otro sexo como un «objeto de placen» y no como un «sujeto», con toda la riqueza que cada chico o chica posee en sus cualidades personales.

En relación con estos temas, es muy revelador el que, en una reciente reunión de la Asociación Médica Británica, sonó la alarma general cuando se reveló que, en Inglaterra, se producían ya 117.000 embarazos anuales en chicas de quince a diecinueve años. La solución que preconizaron algunos médicos fue la de comenzar la educación sexual «obligatoria» a partir de los seis años «lo más tarde», es decir, que para hacer frente a las consecuencias de una excesiva libertad sexual, lo mejor era aprender sexo antes de los seis años. Sin embargo, la mayoría opinó que el remedio iba a agravar más la enfermedad, pues los embarazos juveniles no eran más que el signo de que el sistema familiar inglés estaba desintegrándose y que lo que había que hacer era combatir el mal, no los síntomas, llegándose a la conclusión final de que, «si se trata de construir, hay que hacerlo a partir de los fundamentos de la fidelidad y no de la promiscuidad protegida».

El quién y el cuándo de la educación sexual son los otros dos temas importantes de ésta. Es incuestionable que toda esta información debe ser suministrada cuando la madurez intelectiva del niño lo permita, pues las cosas a medio entender producen unas fantasías erróneas, aún más perjudiciales que la pura ignorancia.

En cuanto al quién, creo que, salvo casos muy concretos de confianza en el profesorado, la educación sexual debe ser, por lo menos, comenzada en el propio hogar y por los propios padres, aunque éstos tengan que vencer, primero, su propia ignorancia en algunos aspectos, pues no todos tienen por qué saber donde está la Trompa de Falopio y segundo, cierto pudor de hablar «de estas cosas» a los hijos. Mi consejo es que se lean alguno de los manuales de confianza que hay en el mercado.

Una cosa muy importante que los padres deben inculcar a sus hijos es que los conceptos de virilidad y feminidad se refieren, no sólo a lo estrictamente sexual, sino también a un conjunto de cualidades psicológicas que configuran los prototipos hombre-mujer y que se puede ser muy viril o muy femenina dentro de una castidad libremente asumida.

Los condicionamientos sociales El tercer factor que interviene, también muy activamente, en lo que he llamado «acoso sexual a la infancia», es la sociedad en su conjunto. Veamos cómo.

Hace casi veinte años vi a una chica de diecisiete, que trabajaba en unos grandes almacenes, y cuya familia la llevaba a la consulta porque se estaba volviendo bastante rara: no quería salir de casa, parecía muy deprimida y no quería decir lo que le pasaba. Cuando quedó a solas conmigo me confesó que si no salla apenas de casa, iba reduciendo sus amistades y se encontraba un poco triste, era porque se iba encontrando cada vez más aislada, al hacer gala sus compañeras de una libertad sexual que a ella no le gustaba y, ante esta situación, no sabía qué hacer.

Fue la primera vez que se me presentaba un caso semejante pero, a partir de entonces, lo he visto en bastantes ocasiones y son un exponente del aislamiento social al que se ven sometidos los adolescentes de ambos sexos que se resisten a las costumbres actuales en materia de sexualidad. Sin embargo me ha parecido notar, en los últimos dos o tres años, que el sexo libre ya no está tan bien visto como antes y que la castidad empieza a ser otra vez valorada positivamente, al menos en las chicas.

Y es que nuestros adolescentes han cambiado, en estos últimos veinte años, sus hábitos sociales y se comportan según los dictados de una cultura dominante que ha uniformado a media humanidad juvenil. Todos visten los mismos vaqueros, escuchan la misma música, beben Coca Cola y comen hamburguesas, tal como lo ven en las películas, aparece en las pantallas de TV o les inducen los anuncios de las multinacionales. Dentro de esta uniformidad está la conducta sexual que, según estos medios de comunicación de masas, es de absoluta libertad.

Si ya es difícil substraerse a esta presión del medio ambiente, el Estado lo ha puesto aún más, al divulgar desde un ministerio y mediante folletos que reparten gratuitamente a los escolares, las excelencias de la masturbación solitaria o en comandita y lo beneficioso que es para su «realización sexual».

Por todo ello conviene aclarar dos cosas. Si es falso que la masturbación produce graves enfermedades de la médula o debilita la mente, no lo es menos que la continencia sexual puede ser causa de neurosis, depresiones o aun enfermedades mentales. Si un chico o una chica no desea mantener relaciones sexuales, no ha de ser mirado como un bicho raro o aun insultado más o menos veladamente con adjetivos como el de «reprimido», pues la represión no es una imposición de la que hay que liberarse, sino que el control de los instintos puede ser algo voluntario y activo, control que, naturalmente, debe empezar y acabar en uno mismo, sin intentar imponérselo a los demás por la fuerza, así como que los demás tampoco deben imponer su descontrol al que no quiere descontrolarse.

A propósito: ¿se acuerda alguien que fue el propio Freud el que desarrolló la teoría de la sublimación de los instintos? En resumen, que hay que huir de las exageraciones. Ni prohibir decir la palabra «pierna» delante de una señora, como dicen que pasaba en la corte de la Reina Victoria de Inglaterra, ni declarar las relaciones sexuales de uso obligatorio en la adolescencia, bajo pena de ostracismo.

Francisco J. Mendiguchía, “Los grandes síndromes”

Corresponden éstos a los cuadros clínicos que por su frecuencia e importancia han sido, y lo son todavía, fuente de angustia, temor y desesperanza para los padres, pero que éstos deben superar porque pueden y deben ser una gran ayuda para los hijos que los sufren.

La deficiencia mental Hace ya más de veinte años, fui buscado deprisa y corriendo para que acudiera a la televisión para que un famoso entrevistador me hiciera unas preguntas sobre el caso de un niño que había aparecido en el entonces Sahara Español, conviviendo con una manada de gacelas. Se preguntaban por la relación que podría haber entre éste y el ya famoso «niño salvaje de Aveyrólv», cuya vida ha sido llevada a la pantalla por el director de cine francés Trufaut.

Lo del niño gacela resultó ser absolutamente falso; no así el encontrado vagando por los bosques de Aveyrón. Con este caso suelen comenzar todos los libros que hablan del tratamiento de las deficiencias mentales, u oligofrenias como se llamaban por aquel entonces. En realidad no se sabe bien si este niño, al igual que las niñas indias Kamala y Amala, era deficiente mental, autista o niño que milagrosamente había sobrevivido en el medio animal, aunque eso sí, a costa de no haber podido desarrollar su inteligencia por falta de estimulación humana.

Sin embargo la verdadera historia de la deficiencia mental como grave problema sociológico empezó más de medio siglo más tarde. El gobierno francés, con motivo de la implantación de la escolarización obligatoria, encargó al profesor Binet que investigara la capacidad mental de los escolares, para lo cual éste, ayudado por su colaborador Simón, diseñó unas pruebas el célebre test que lleva su nombre para determinar esta capacidad, que midieron en «edades mentales».

Cuando les pasaron estas pruebas a los niños vieron que esta edad mental no coincidía en ocasiones con la edad real o cronológica, en unos porque era mayor y en otros porque era menor, determinando entonces que aquel escolar que tuviera una edad mental dos o más años inferior a la real, era un retrasado que no debía seguir una enseñanza normal. Debería recibir a cambio un tipo de enseñanza adaptada a sus facultades, naciendo así la Pedagogía Terapéutica, aunque ya con anterioridad se hubieran creado centros que «recogían» a los deficientes más profundos. A los nuevos retrasados de Binet se les llamó «débiles mentales» y empezaron a crearse escuelas para ellos en todo el mundo.

Para afinar más el diagnóstico, pues no es lo mismo tener dos años de retraso a los seis que a los diez, se inventó por Stern el conocidísimo Cociente Intelectual que se obtiene dividiendo la edad mental por la cronológica que, en caso de absoluta normalidad, debe ser uno; en realidad: cien, porque para facilitar las operaciones se le añadieron dos ceros. Como los hombres no somos robots, ni tan exactos, la coincidencia absoluta era rarísima, por lo que se consideró que la banda comprendida entre noventa y ciento diez era la que correspondía a la normalidad.

Si el niño obtenía un C. I. (Cociente Intelectual) por debajo de esa banda era un retrasado y si por encima un superdotado por lo que, y sin meternos en complejidades de desviaciones estándar, el concepto de normalidad, y por lo tanto de subnormalidad, es meramente estadístico, por lo menos dentro de ciertos límites.

Pronto se vio que había muchos niños con un C. I. por debajo de noventa a los que no se les podía considerar realmente retrasados, por lo que, los que tenían el C. I. entre ochenta y noventa pasaron a ser considerados simplemente «torpes» y en puridad debían, aunque les costara un poco más de esfuerzo, seguir una escolaridad normal, si bien la mayoría acababa sus estudios, si es que lo hacía, uno o dos años después que los demás.

Pero aún hay más, porque si consultamos cualquier clasificación de enfermedades mentales de tipo público e internacional (OMS, DSM) vemos que para calificar a un niño de deficiente mental ha de tener un C. I. por debajo de setenta. ¿Y los que están entre setenta y ochenta? Pues la cosa no está muy clara pero, en general, se les conoce con el nombre de «limites» y también «fronterizos» porque se encuentran en la frontera entre la normalidad y la subnormalidad.

Por debajo de un C. I. de setenta el diagnóstico ya es más fácil, porque la deficiencia suele ser claramente perceptible, no sólo por los tests, sino por su comportamiento general, que se aprecia que no está al nivel de los niños de su misma edad sino a otro inferior. Estas deficiencias se dividen a su vez en leves, moderadas, graves y profundas según su intensidad (estas dos últimas se corresponden con los «idiotas de Binet», término que es absolutamente científico y significa «el que no puede comunicarse de palabra»).

De todas maneras, estas clasificaciones tampoco dejan de ser algo artificioso, porque la deficiencia mental es un trastorno global de la personalidad y hay déficit moderados que tienen mejor pronóstico que otros leves por sus características personales, tal como sucede con los niños antes llamados mongólicos y ahora Síndromes de Down, que tienen muy buena integración familiar y social por su ductilidad y buen carácter.

Sin embargo, con esto de los C. I, nos trajo en su día de cabeza la Administración cuando decidió dar unas ayudas económicas, bien modestas por cierto, a las familias que tuvieran un hijo deficiente pero, y ahí estaba el problema, tenía que tener un C. I. por debajo de cincuenta. Confieso sin rubor que yo, que tenía que poner la firma final en los expedientes del centro que dirigía, cambié más de un cincuenta y cuatro por un cuarenta y siete, para que la familia pudiera recibir la ayuda, sobre todo en los citados Down que tienen la característica de tener un C. I. bastante alto en los primeros meses de vida y que después va bajando.

Fue precisamente en estos niños mongólicos en los que se aplicó por primera vez en Argentina, por la Dra. Coriat el método de la rehabilitación precoz para evitar esta caída del C. I.

Consecuencia inmediata del aumento del número de los deficientes mentales diagnosticados, no de su aumento real, fue la proliferación de centros educativos dedicados a estos niños, empezando naturalmente por los países más avanzados económica y culturalmente: Estados Unidos, Alemania, Suiza, Francia e Inglaterra.

Nosotros fuimos más tardíos en crearlos y además se debieron a la iniciativa privada, pues el Estado no hizo casi nada a este respecto, demostrándolo esta anécdota, que la considero absolutamente cierta: a principios de los años cuarenta el peluquero del entonces Ministro de la Gobernación, del que dependía la Sanidad Española, le pidió a éste una recomendación para que un niño pariente suyo, que era subnormal, pudiera ingresar en un centro estatal, pues los privados no los podían costear.

El ministro dijo que sí, que no faltaba más, y le pasó el encargo al Subsecretario, siendo mayúscula su sorpresa cuando éste, al cabo de unos días le informó ¡que no había ninguno!, a la vista de lo cual mandó rebañar unos presupuestos y construyó el Instituto Médico Pedagógico Fray Bernardino Álvarez, del que más tarde fui director durante veinte años.

Con el tiempo fueron creándose más centros, tanto estatales como privados y llegó un momento en que prácticamente todos los deficientes españoles se educaban en un Centro Especial. Mas he ahí que los países que antes habían comenzado y no sólo tenían centros educativos, sino también talleres, clubes y residencias para deficientes adultos (nosotros teníamos también algunos) empezaron a caer en la cuenta que el deficiente mental pasaba su vida, desde que nacía hasta que era viejo, completamente marginado del mundo en que vivía, sin integrarse en la vida laboral y social del mismo.

Esto provocó una revisión de los conceptos que hasta entonces se habían manejado sobre la educación de los niños deficientes y el nacimiento de la idea de que deberían ser educados con los demás niños, aunque recibiendo un apoyo pedagógico complementario. Así nacieron las llamadas «clases de integración», que ya han empezado a crearse en nuestro país en los colegios públicos y algún privado. En éstas estamos y ya veremos con el tiempo cuáles son los resultados.

Pero aparte de la pedagogía, ¿es que no hay tratamientos eficaces para curar la deficiencia mental? Al cabo de casi cincuenta años de dedicarme a estos problemas y de haber asistido al «descubrimiento» de técnicas que aseguraban que sí lo hacían (extractos de células, ácido glutámico, métodos psicomotrices intensivos) puedo asegurar que casi todos mejoran (excepto el de las células que puede ser peligroso), pero ninguno cura. Excepcionalmente hay uno que sí cura, pero sólo sirve para los hipotiroideos, a los que si se les administra cuando son pequeños extracto de tiroides, no aparece la deficiencia, y aun mejoran si no hace mucho que la padecen.

De todas formas han de aplicárseles todas las técnicas «auxiliares» como la musicoterapia, la reeducación psicomotriz, las técnicas conductuales, la farmacoterapia cuando es necesario y aun las psicoterapias, sobre todo las de grupo, pues todas ayudan. Se nota mucho la diferencia entre un deficiente tratado y otro que no lo ha sido, con gran ventaja para el primero.

Y a los padres ¿no les digo nada? Lo primero es que se asocien. En todos los sitios de España hay Asociaciones de Padres que han sabido luchar por los derechos de los hijos deficientes y han conseguido ir rompiendo las barreras que les separaban de la sociedad, que no los aíslen nunca y les hagan participar de todas las actividades vitales a que puedan tener acceso. Recuerdo con verdadera tristeza una chica mongólica de quince años que vivía en su casa como en una jaula de oro: tenía profesora de música y danza, otra de pintura y otra de pedagogía pero no tenía una sola amiga. Ella que lo notaba, me dijo un día: «Mis padres no se dan cuenta que yo sé que la chica que viene porque es amiga mía, en realidad la pagan ellos.» (Yo la vi porque hizo un cuadro delirante debido a su aislamiento.) Hay que educarles con amor, pero también con disciplina y que inculquen estos sentimientos en los hermanos que después serán los encargados de cuidarlos. En caso de que tengan que internarlos en algún centro por las características de su cuadro clínico, no deben sentirse culpables aunque, eso sí, viéndoles con frecuencia y sacándoles las veces que se pueda.

Para terminar les contaré lo que una madre, ya mayor, me contó respecto de su hija deficiente: «Doctor, ¿creerá usted que, a estas alturas de mi vida, esta hija es el único consuelo que tengo?».

El autismo Como he comenzado este capítulo con una historia continuaré con otra, un poco anterior a la del niño gacela. Un día se presentó en mi consulta un señor diciendo que iba a llevarme, para que lo viese, a un hijo suyo que había sido diagnosticado en Estados Unidos de «autismo infantil». Yo, por entonces, no había visto todavía ningún caso de este síndrome y sólo tenía las ideas que me proporcionó la lectura del libro, aún no traducido al castellano de Leo Kanner, en el que este autor describía dicho síndrome, descubierto por él en 1943, con el nombre de «early infantil autismus». Daba al cuadro un pronóstico más bien benigno y con muchas posibilidades de recuperación, optimismo que había contagiado a los padres que, como el señor que nos consultaba, se cuidaba mucho de separar a su hijo de los deficientes mentales («mi hijo es un autista, no un subnormal») dado que además, en los primeros tiempos, se pensaba que el origen era psicogenético.

Para el psicoanalista americano Bettelheim, que escribió un libro realmente impresionante llamado La Fortaleza Vacía, el autismo no consistía, en la mayoría de las veces, más que en un rechazo, consciente o inconsciente de los padres, sobre todo de la madre, a la que describía como fría, distante y con repugnancia para los contactos físicos.

Desgraciadamente hoy ya sabemos que sólo un 5% de los niños autistas no tienen retraso mental, de ellos el 50% con un C. I. por debajo de cincuenta, y que su pronóstico es malo, bastante peor que el de los deficientes leves y moderados.

Asimismo prácticamente nadie duda ya del origen orgánico (cerebral) del autismo, ligado en un pequeño número a factores genéticos y en una mayor proporción a problemas infecciosos o traumáticos del embarazo y del parto, y hasta se han descrito trastornos del metabolismo cerebral con una disminución de la tasa de serotonina en sangre. Últimamente he leído un trabajo que comentaba que mediante la exploración con resonancia magnética cerebral se había detectado una disminución del tamaño del cerebelo, aunque este dato está aún por confirmar con ulteriores investigaciones.

El número de niños autistas se calcula en tres o cuatro por diez mil niños, siendo cuatro veces más común en niños que en niñas.

De una forma somera señalaré que los síntomas que caracterizan a estos niños son los siguientes: trastornos de la relación social, de ahí su nombre de autismo, desde que son pequeñitos (no responden con sonrisas a los tres meses, no miran de frente, no se adaptan al cuerpo de la madre cuando ésta los cogen en brazos, están como ausentes), retraso en la aparición del lenguaje (llegan a los cuatro años o más sin decir más que alguna palabra suelta) y manierismos o movimientos estereotipados (agitación de brazos «como si fueran a volar», retorcimiento de manos).

Es muy característica la resistencia a los cambios en su entorno (ir siempre por el mismo camino, no comer si no les sirve la misma persona, crisis de llanto si se le cambia la cuidadora), apego a objetos inusitados (un trozo de plástico o de alambre), reacciones emocionales agudas frecuentes, con rabietas y automutilaciones, trastornos del sueño, juegos excéntricos e hiperactividad.

Curiosamente, algunos de estos niños muestran habilidades especiales como dibujar. (Tuve un enfermito que dibujaba motocicletas con una perfección que no tenían los niños de su edad pero… las repetía incansablemente decenas de veces y siempre con los mismos trazos.) Durante los años sesenta y setenta se publicaron multitud de trabajos sobre el autismo en las revistas especializadas y se celebraron congresos sobre este tema en exclusiva, dado el alto interés que despertó el cuadro en los medios científicos.

Hoy en día este interés ha disminuido bastante porque se llegó a la conclusión de que las posibilidades de curación son escasas y que el cuadro estaba ya perfectamente definido. No era ni siquiera una forma muy precoz de psicosis como al principio habíamos creído y hay ya autores, como el inglés Grahan, que en su tratado de Psiquiatría Infantil lo incluye en el capítulo de «Trastornos de la inteligencia». La última clasificación americana, la DSM-III-R, soslaya el problema describiéndolo como «Trastorno generalizado del desarrollo».

De todas formas los niños autistas siguen ahí y hay que intentar seguir investigando, tanto en su etiología, para que pueda llegarse a una prevención, que sería lo único realmente eficaz, como en los modos de tratarlos y educarlos, y así salvar lo que se pueda del naufragio pues, aunque pocos, las estadísticas de la mayoría de los países citan casos, un 10%, que pueden llegar a adquirir un cierto grado de independencia y alguno hasta conseguir un trabajo normal, dependiendo ello del grado del desarrollo intelectivo que tengan, de los cuidados de los padres y de los métodos educativos y conductuales aplicados para desarrollar sus potenciales y modificar sus conductas inadecuadas. En veinticuatro casos seguidos por mí durante diez años, ninguno de ellos había podido hacer una escolaridad normal y el 20% estaba internado en centros especializados para autistas.

Las psicosis He hablado un poco más arriba de que el autismo pudiera haber sido una forma temprana de psicosis. ¿Y qué son las psicosis? Para entendernos rápidamente diré que el ejemplo más claro de psicosis en el adulto es la esquizofrenia.

El que los niños puedan padecer una psicosis es algo conocido desde principios de siglo, cuando un psiquiatra italiano llamado Sanete de Sanctis describió el primer caso conocido de esta enfermedad, denominando al cuadro clínico «demencia precocísima», es decir una forma infantil de la recién descrita demencia precoz que más tarde se denominó esquizofrenia, nombre con el que hoy en día se conoce esta enfermedad, todavía llena de interrogantes sobre lo que realmente es pero perfectamente conocida en sus síntomas y aun en su tratamiento.

No puedo describirles detalladamente cómo es la esquizofrenia infantil, pues la mayoría de las personas conocen más o menos de qué se trata y por ello les voy a describir un caso que vi hace casi ya cuarenta años: se trataba de una familia que emigró a Inglaterra, padre, madre y un niño de seis años y que, al cabo de medio año de estar allí, notaron que el niño empezó a ponerse triste y luego a hablar solo, al principio menos y luego a todas horas. Después comenzó a aislarse poco a poco en una habitación y dejó de hablar hasta caer en un mutismo absoluto, a sufrir crisis de agitación en las que rompía todo lo que encontraba a mano, y a no dormir.

Asustados los padres se viene la madre a España con el niño y aquí lo veo yo, encontrándome con un niño inexpresivo, con la mirada vacía, perplejo, con una sonrisa sin contenido alguno y al que no logro arrancar ni una palabra, si bien seguía indicaciones como «ven aquí», «siéntate», etc. y que, de repente, se levanta de la silla en que estaba sentado, echa a correr por la habitación mirando hacia el techo, mientras musita algo ininteligible y hace ademán como de sacar unas pistolas y disparar con ellas; esto le dura un par de minutos y después vuelve a sentarse aparentemente tranquilo, repitiéndose la escena tres veces en una hora. Entonces le pongo un lápiz en la mano diciéndole que dibuje una casa y pinta una con aspecto fantasmagórico, luego que dibuje un hombre y resulta también una especie de fantasma encapuchado. Cuando hablo con la madre me cuenta que algunas noches golpea la almohada con los puños diciendo la palabra «sangre» como si realmente la estuviera viendo.

Le indico a la madre que creo que el niño padece una forma muy precoz de esquizofrenia y, como el diagnóstico en esa época era un poco insólito, se lo cree a medias y escribe al marido, que se traslada a Londres, donde consulta con varios psiquiatras y todos le dicen que el diagnóstico era correcto. El caso terminó bastante bien pues en seis meses le desaparecieron los síntomas después de un tratamiento con neurolépticos y psicoterapia.

Se trataba pues de un caso de una forma de psicosis infantil de tipo esquizofrénico, raro en esta edad pero mucho más frecuente entre los doce y quince años, edad en la que ya va tomando la enfermedad la forma del adulto. Hay otras formas descritas de psicosis infantiles, aún más precoces que nuestro caso, como son la psicosis simbiótica de Mahler, la forma deficitaria de Misés, la defectuosa de Bender y las psicosis disarmónicas, que deben distinguirse, lo que no es tan fácil, de las deficiencias mentales.

El tratamiento debe ser hecho siempre por un psiquiatra, pues la terapéutica realmente eficaz es la administración de neurolépticos; si debe acompañarse de técnicas de maternaje, musicoterapia y técnicas conductuales. Puede citarse como exponente de la gravedad de estos casos, el que una magnífica psiquiatra de niños, norteamericana, Lauretta Bender, llegó a tratar, antes de la aparición de los psicofármacos, cientos de ellos con electrochoque.

La epilepsia Del último «gran problema» del que quiero tratar, es el del niño que padece una epilepsia. Es curioso que todos los libros que tratan de esta enfermedad empiecen citando a los grandes hombres que fueron epilépticos como Julio César, Napoleón o Dostoievsky, quizá para darnos argumentos para convencer a los padres de que es una enfermedad sin importancia y no aquel terrible «mal divino» que hacía a los romanos suspender las reuniones públicas o comicios, cuando algún asistente sufría una crisis del «gran mal» epiléptico.

La verdad es que, hace no más de treinta años, ser epiléptico era desagradable, peligroso a veces, y conducente a una marginación social que llevaba en ocasiones a los manicomios. Los niños que sufrían estas crisis tan aparatosas del «gran mal» epiléptico, no podían ir a clase con los demás niños porque éstos podían asustarse y hasta se crearon centros especiales para ellos.

Afortunadamente en estos últimos treinta años, el problema ha ido dejando de serlo gracias a dos factores fundamentales: el primero ha sido el gran avance producido en el tratamiento farmacológico de esta enfermedad en todas sus formas: «gran mal», «pequeño mal» y «crisis parciales» (sólo sigue siendo una forma grave la conocida como «hipsarritmia» o síndrome de West), avance que ha permitido el control de las crisis en la gran mayoría de los casos.

Gracias a ello el niño ha dejado de estar siempre asustado por la posibilidad de sufrir un nuevo ataque, ha adquirido seguridad en sí mismo y ya no se produce deterioro mental ya que ni hay crisis ni la medicación que actualmente se da les atonta. Tan es así que ya es muy difícil de ver lo que antes se llamaba «carácter epiléptico» que producía un tipo de niño colérico, agresivo, de retorcidas ideas, poco fiable y enequético (esta palabreja quiere decir repetitivos, pesados, minuciosos y adherentes).

El segundo factor es el mejor conocimiento por parte de la gente de lo que es la enfermedad y de su poca peligrosidad para el niño o para los demás. Esto hace que los niños epilépticos sean admitidos en los colegios y hasta se instruyan a los compañeros de clase para que no se asusten y sepan qué hacer si se presenta alguna crisis, como no meterles cucharillas ni objetos duros entre los dientes en plena crisis, porque se pueden romper, y sólo colocarles en una posición cómoda en la que no puedan herirse en las convulsiones.

De todas formas los médicos, cuando se hace el diagnóstico de una epilepsia infantil, debemos tener una charla con los padres para explicarles en qué consiste la enfermedad: sus posibles y reales peligros; cómo prevenirlos (vigilar al niño mientras se baña en el mar o en una piscina porque puede ahogarse en una crisis y no hacer ejercicios tan violentos que produzcan jadeo durante minutos); la necesidad de seguir puntualmente las indicaciones terapéuticas con controles periódicos de nivel de medicación en sangre y repetir los electroencefalogramas de tiempo en tiempo. Hay que ponerles en guardia también con el exceso de superprotección que puede llegar a ahogar la iniciativa y personalidad del niño.

Francisco J. Mendiguchía, “La motricidad y sus trastornos”

El aparato locomotor también puede producir síndromes patológicos diversos, más o menos importantes, en los niños y voy a empezar por el que aparece en la edad más temprana y que además tiene un nombre rarísimo: «Offensa capitis.» Los angloparlantes le llaman «headbanging» y en castellano la verdad es que no sabemos cómo llamarlo. Consiste en una conjunción de balanceo del cuerpo y golpes de la cabeza contra los barrotes de la cuna o contra las paredes y que desaparece a los tres o cuatro años como mucho.

Se han buscado muchas explicaciones para este curioso fenómeno, tales como autoerotismo, carencia de cuidados maternales, insuficiencia de posibilidad de movimientos e insensibilidad al dolor. El caso es que se pasa solo, pero asusta mucho a los padres por los posibles daños que pueda hacerse en la cabeza y hasta molesta a los vecinos por los ruidos que hace el niño durante la noche, pues es a esta hora cuando más lo hace.

En algunos casos raros el fenómeno de balanceo, sin los golpes en la cabeza, puede prolongarse hasta la preadolescencia como uno que vi hace algunos años (hoy es una perfecta madre de familia) que, con doce años, tenía que balancearse para coger el sueño, al mismo tiempo que se metía los dedos índice y meñique en la nariz y el gordo en la boca, y que cedió rápidamente con un tratamiento de descondicionamiento.

Otro hábito muy conocido es el de la «onicofagia» o hábito de morderse las uñas, que se da en un 25% de la población infantil, con un máximo de frecuencia entre los diez y los doce años, preferentemente en niñas. Las terapéuticas coercitivas como castigos, regaños, colocación de esparadrapos o untar los dedos en acíbar u otros productos que saben mal, no suelen dar resultado en la mayoría de los casos, siendo lo más acertado tratar la tensión subyacente que existe en un buen número de ellos y utilizar también técnicas de descondicionamiento.

La «tricotilomanía» o hábito de tirarse de los pelos hasta arrancárselos y llegar a producir en ocasiones verdaderas calvas, no es tampoco una rareza y también mucho más frecuente en las niñas que en los niños. Los pelos que se arrancan suelen ser los de la cabeza, pero también los de las cejas y pestañas y, en menor proporción, los de axilas y pubis. Se han intentado mil explicaciones para esta conducta, pero ninguna resulta convincente del todo; lo que sí es cierto es que muchas veces coincide con estados depresivos o con conflictos familiares que hay que tratar adecuadamente, acompañándose de técnicas de descondicionamiento que son las más efectivas.

Con otra palabreja rara, «bruxomanía», se conoce el hecho mucho más vulgar, en niños pequeños, de rechinar los dientes, y que tan desagradable resulta para los que están alrededor y que, en cierto modo, está relacionado con estados de nerviosidad como el producido por el picor que producen las conocidas «lombrices» en el ano de los niños (esto y dormir con los ojos abiertos eran signos patognómicos para las madres de la presencia de estos parásitos intestinales). Lo mejor es tener paciencia y dejar que se pase solo, pero si dura mucho hay que descondicionar el hábito como se hace con los anteriores.

Los tics Por su frecuencia, consecuencias sociales y resistencia a los tratamientos son especialmente importantes los llamados «tics», conociéndose con este nombre los movimientos bruscos, rápidos, involuntarios, de presentación irregular y sin finalidad alguna. Su ejecución va precedida de un impulso irresistible cuya representación produce malestar, pero que, mediante un esfuerzo voluntario o una distracción involuntaria, pueden disminuir en frecuencia e intensidad al mismo tiempo que desaparecen casi totalmente durante el sueño.

Los tics se dan más en niños que en niñas, más en éstos que en adultos y pueden ser muy variados en su expresión. Tenemos tics de cara (parpadeo, guiños, muecas, sacar la lengua) que son los más frecuentes; de cuello y cabeza (afirmación, negación, saludo); de hombros (encogerse de hombros); de tronco (inclinarse); respiratorios (hipos, tos); fonatorios (carraspeos, gruñidos) y verbales (repetición de sílabas, palabras y aun frases, con tendencia a la coprolalia).

La edad en la que aparecen con más facilidad es la escolar y, en total, suponen de un quinto a un décimo de esta población. En unos casos aparecen durante una temporada y luego desaparecen, quizá se repitan alguna otra vez, pero acaban por quitarse; en otras ocasiones se cronifican y son muy difíciles de extirpar, si bien tienen temporadas de mejoría y empeoramiento.

El tratamiento consiste en técnicas de relajación y de descondicionamiento (poner al niño y a la madre delante de un espejo para que aquel repita voluntariamente los movimientos que hace involuntariamente) y en el uso de tranquilizantes y neurolépticos no muy incisivos.

Existe una forma especialmente grave de los tics que se conoce con el nombre de «Enfermedad de Gilles de La Tourette» en recuerdo de este psiquiatra francés que la describió en 1885 y que ahora los americanos la han rebautizado como T. S. (Tourette’s syndrome). Consiste este cuadro clínico en tics motóricos y verbales al mismo tiempo, con una especial relevancia de ruidos guturales y de emisión de palabras obscenas y malsonantes.

Aunque el síndrome en sí puede llegar a desaparecer, dura mucho más tiempo que los tics corrientes, a veces se puede ver hasta en la edad adulta y es frecuente que se acompañe de problemas de conducta como terquedad, rebeldía o agresividad. Parece ser que se debe a un trastorno genético relacionado con la enfermedad obsesivo-compulsiva. El único tratamiento a que obedece algo este grave síndrome es el farmacológico, aunque dada la gran cantidad de tiempo que hay que administrar el medicamento, se llegan a producir síntomas de intolerancia hepática.

Los niños «manazas» De vez en cuando aparece por la consulta, no muchas veces porque el problema suele preocupar poco a los padres, a no ser que sea de gran intensidad, un niño que es desmañado, torpe, rompe lo que cae en sus manos y, en conjunto, al que se le puede denominar patoso, pues ha presentado problemas de coordinación motora desde que era pequeño.

A este cuadro se le denomina «dispraxia evolutiva» y sus síntomas son los de que, desde sus primeros meses, han sido lentos para sentarse, gatear, guardar el equilibrio, andar, coger objetos, hacer torres con cubos de madera o plástico, meter objetos de diversas formas (bolas, cubos, rombos, etc.) en sus agujeros correspondientes, manejar el lápiz o el bolígrafo, cortar con tijeras, abrocharse y desabrocharse los botones, vestirse o hacerse los nudos de los cordones de los zapatos.

Más tarde se le va notando cada vez más su inhabilidad: se le caen los objetos de las manos y los rompe, claro, la plastilina se le resiste, sus dibujos están muy mal hechos, su escritura resulta casi ilegible y ¡ay!, cuando llega la hora de jugar y correr se cae al suelo más veces que los demás, le cuesta chutar al balón y no digamos regatear en el fútbol y, en fin, que no son capaces de meter una pelota en un aro de baloncesto.

Lo peor es que el niño, según va pasando el tiempo, se va dando cuenta de su problema, se va acomplejando y, o se deprime y aísla o se torna agresivo en defensa de su autoestima.

Su causa no es bien conocida, puede ser genética, yo vi este cuadro en dos gemelos hace algún tiempo, o puede obedecer a pequeñas lesiones cerebrales del momento del parto que afectan solamente al área de coordinación psicomotriz. El diagnóstico no es difícil y desde el viejo test de Oseretsky se han multiplicado las pruebas que ponen de manifiesto estas inhabilidades.

El tratamiento consiste en una reeducación psicomotriz hecha en un centro y por un personal muy bien cualificado y empezada lo más pronto posible, pues la precocidad en esta terapéutica es fundamental. Debe de hacerse una psicoterapia de apoyo en caso necesario cuando se presenten problemas emocionales.

La parálisis cerebral El gran problema motórico, aunque afortunadamente cada día va siendo menor su número, es el que constituye las «parálisis cerebrales», pues aún suponen entre el uno y medio y el tres por mil de la población general infantil.

La historia no comienza con un psiquiatra o un neurólogo, sino con un tocólogo inglés, J. L. Little, que describió el cuadro en 1853 y que, en un segundo trabajo en 1863, lo relacionó con dificultades en el parto, siendo curioso que S. Freud, antes de fundar el psicoanálisis, se ocupó detenidamente de él.

Su sintomatología es muy compleja pero lo principal son las parálisis, más bien paresias (parálisis incompletas), que pueden afectar a uno o a varios miembros (monoplejías, hemiplejías, paraplejías) que se acompañan generalmente de espasticidad, y por ello posteriormente de contracturas, rigidez, movimientos atetósicos (reptantes) de los dedos de las manos, ataxia o falta de equilibrio y, algunas veces, temblores. Estos síntomas principales se suelen acompañar de trastornos sensoriales como hipoacusia, estrabismo, nistagmus (movimientos horizontales rápidos de los ojos), trastornos del lenguaje del tipo de disartria por incoordinación bucolingual y crisis convulsivas en el quince a veinte por ciento de los casos. En casos raros puede haber hipotonia en vez de espasticidad.

Muy importante es la presencia o no de deficiencia mental, cosa que no sucede en todos los casos ni mucho menos, aunque en la mayoría de ellos lo parezca. Respecto a esto último puedo asegurar que en toda mi vida profesional he visto cometer tantos errores como en la determinación de la capacidad mental de estos niños, sobre todo si son menores de tres años. Veamos un ejemplo: un niño de dieciocho meses deberá, según los tests, hacer una torre de tres cubos o sacar una bolita de una botella. No lo harán, ni un deficiente mental ni un paralítico cerebral, el primero porque no sabe, el segundo porque no puede y por ello habrá que valorar como positiva la intencionalidad en la ejecución de lo que se le pide hacer, aunque no consiga hacerlo bien y del todo.

El tratamiento de estos niños ha de comenzarse desde el primer día que se diagnostican, va que la rehabilitación precoz es fundamental para que se pongan en funcionamiento las partes del cerebro que no están dañadas por la lesión y sustituyan a las lesionadas, además de evitar la aparición de contracturas y posturas viciosas que después son difíciles de corregir, siendo en este cuadro clínico en el que el famoso Método de Filadelfia o de Doman Delacato, encuentra su principal indicación.

Si importantísimo es el tratamiento físico no lo es menos el psicológico, sobre todo en los casos de normalidad del desarrollo intelectivo, pues se pueden producir conductas reactivas que marcarán profundamente la evolución de la personalidad. Estas reacciones pueden ser: de excesiva su misión y pasividad, de agresividad con conducta tiránica y colérica y de, y esto es lo más frecuente, depresión, apatía y tristeza.

A los padres hay que decirles que estas reacciones dependen en gran parte de su actitud, va que ésta puede ir, desde una hiperprotección que les anula aún más, hasta un rechazo, inconsciente las más de las veces, que se manifiesta en forma de una exigencia de perfeccionismo que pretende unos resultados que jamás se podrán alcanzar con ningún tratamiento.

Y ahora les contaré el caso de un niño afecto de esta enfermedad en un grado bastante intenso, pero muy inteligente, al que después de bastante tiempo de tratamiento conseguimos que anduviera solo aunque con alguna dificultad; un día, los padres de este niño, que parecían muy contentos con estos resultados, nos propusieron, cuando el niño tenía diez años, que lo preparáramos para que hiciera su Primera Comunión, cosa que así hicimos. Cuál no sería nuestra sorpresa cuando nos enteramos ¡que el niño había hecho su Primera Comunión completamente solo! No asistió más que la familia, ni hubo fiesta alguna. Era evidente que los padres, bajo la apariencia de un gran cariño, se avergonzaban del defecto físico del hijo y ocultaban al niño marginándolo de la sociedad con otros niños que, contra lo que creen muchos padres, son más comprensivos y cariñosos que muchos adultos.

Los problemas con la idea del cuerpo Hablemos por último de unos conceptos que tienen mucha relación con los problemas motóricos, los referentes al esquema corporal, es decir la noción que cada uno tiene de su propio cuerpo y los de la preferencia lateral, es decir si somos diestros o zurdos, cosa que depende de nuestros hemisferios cerebrales.

Un niño pequeño no sabe lo que es derecha o izquierda y eso lo va aprendiendo con los años, aunque a veces, en los niños disprácticos antes citados llegan a mayores sin saberlo muy bien. En el ejército había reclutas a los que se les ponía un ladrillo en la mano derecha para que no dieran media vuelta en sentido contrario, pues arrastraban ese trastorno espacial desde que eran niños y nadie se lo había corregido.

Lo normal, es decir, lo más frecuente, es que seamos diestros y utilicemos preferentemente nuestra mano, pierna y ojo derechos y, a los que les sucede lo contrario, se les llama zurdos, conociéndose como ambidextros a los que manejan igual de bien el hemicuerpo derecho que el izquierdo.

Antes se pensaba que ser zurdo era un defecto y hasta se consideraba de mala educación comer con la mano izquierda; en los colegios se les reprendía, hasta se les ataba esta mano izquierda, creándose así lo que después se han llamado zurdos contrariados, que acababan por no saber hacer nada bien ni con una mano ni con la otra. Hoy día este concepto peyorativo de la zurdería ha desaparecido prácticamente aunque no sea más que viendo lo bien que juegan al tenis algunos jugadores zurdos o los proyectos de arquitectos o ingenieros hechos con la mano izquierda. Bien es verdad que todavía tienen algunos problemas como el utilizar unas tijeras que normalmente tienen el filo al revés para ellos o el bajar una escalera agarrándose a la barandilla, que tendrá que hacerlo a contracorriente.

Para conocer cuál es la dominancia lateral se utilizan unas pruebas muy simples: hacer al niño que simule que clava un clavo, se lave los dientes y se peine o reparta cartas o enhebre una aguja realmente, todo ello para las manos. Chutar con una pelota, jugar a la raya o ir a la «pata coja» para las piernas. Mirar por un agujero hecho en un papel, o por un tubo de cartón y simular que apunta con una escopeta guiñando uno de los ojos para ver la preferencia ocular.

Una vez hechas las pruebas nos darán los tres posibles resultados de: – Lateralidad bien afirmada, diestra o zurda. – Lateralidad cruzada, por ejemplo: ojo y pierna de predominio derecho y mano de predominio izquierdo. – Lateralidad mal afirmada, cuando no hay un claro predominio ni derecho ni izquierdo (da cartas con la mano derecha y enhebra con la izquierda).

Si se encuentran lateralidades mal afirmadas o cruzadas conviene afirmar la que sea más dominante mediante ejercicios de psicomotricidad.

En esto de la lateralidad parece haber un factor hereditario, aunque no sea dominante (yo tengo una hermana y uno de mis cinco hijos zurdo, que por cierto es un jaquecoso, cosa que parece ser más frecuente en ellos, y yo mismo, que soy diestro, me pongo el cinturón al revés que todo el mundo).

Francisco J. Mendiguchía, “Los problemas aparentemente menores”

Trataré en este capítulo de un grupo de síndromes que aparentemente tienen muy poca importancia aunque, como veremos después, alguno puede complicarse mucho. Para los niños que los padecen sí tiene importancia y pueden amargar sus primeros años de vida.

Los niños enuréticos Veamos en primer lugar los niños que se orinan. Los franceses utilizan la palabra “pisseurs” para designar a estos niños, que no controlan, generalmente de noche, su emisión de orina; en castellano, que es un idioma menos fino, los llamamos “meones”, pero los médicos conocemos este síndrome con el nombre de “enuresis”, lo que viene a ser lo mismo, pues etimológicamente significa “mearse encima”.

Puede ser nocturna y mojan la cama, o diurna, mucho menos frecuente, y mojan los pantalones. A su vez, cada una de ellas puede ser primaria, si nunca se han controlado, o secundaria si el síntoma se presenta después, varios meses por lo menos, de haber conseguido el control.

Lo primero que hay que saber es que el niño ha de tener por lo menos cinco años para ser considerado enurético. Es mucho más frecuente en el niño que en la niña, prácticamente el doble, y va disminuyendo con la edad, aunque todavía a los diez años hay un 3% de niños y un 2% de niñas que lo padecen; su frecuencia varía de unos casos a otros: más de una vez al día, hasta una vez cada quince días, que es lo mínimo para ser considerado patológico.

Todos nacemos enuréticos y vamos aprendiendo, poco a poco, bajo la batuta de nuestros padres. ¿Por qué estos niños fallan en el control de su esfínter vesical? Hay mil teorías, desde las orgánicas que hablan de una inmadurez vesical por problemas de la musculatura y de la inervación de la vejiga, hasta las puramente psicológicas, como tensiones emocionales (miedo) o mecanismos de regresión. Es el caso de los niños que tienen un hermanito y vuelven a hacerse pis cuando ya no se lo hacían, pero la verdad es que no sabemos bien por qué se produce, lo que, como veremos después, se nota a la hora de intentar curar este problema.

Lo realmente importante no es la enuresis en sí, sino las consecuencias psicológicas que puede tener para el niño que se ve impotente frente a algo que le avergüenza y que puede llegar a ser de dominio público. Estas consecuencias pueden llegar a ser graves si hay unos padres poco comprensivos que se ríen de él, se lo echan en cara o lo castigan (recordemos el caso del niño al que su madre le ponía la sábana mojada en la ventana para que la vieran sus amigos).

¿Qué pasa con los niños enuréticos con el tiempo? En los casos vistos por mí, a los diez años de haber hecho su consulta, menos en tres con problemas de columna, en todos los demás había desaparecido a diferentes edades, con una media de doce años; en la mayoría había desaparecido espontáneamente, un día dejaron de hacérselo y ya está. En seis chicas con la primera menstruación, diez con tratamiento farmacológico, otros tantos con psicoterapia, alguno cuando visitó a un curandero, otro cuando fue por primera vez de acampada, y el otro ¡el día que se casó! Saquen ustedes las consecuencias.

De todas maneras hay que intentar siempre un tratamiento (psicoterapia, conductual, el pipí-stop, el método del calendario, poniendo estrellas de colores los días que se levanta seco, o con fármacos del tipo de la imipramina). Hablad siempre con el niño para quitarle sus sentimientos de culpabilidad y de inseguridad, y con los padres para situar el problema en su verdadera dimensión.

La encopresis Pasemos ahora a los niños «que se lo hacen encima». A estos niños se les llama «encopréticos» (los franceses no tienen una palabra adecuada y la española es demasiado descriptiva para ponerla por escrito) por padecer «encopresis», es decir, la no retención de las heces sin tener ninguna causa orgánica.

Es mucho menos frecuente que la enuresis (16% a los tres años, 3% a los cuatro, 1,5% a los siete y no llega al 1%, a los diez). Puede ser también primaria y secundaria, y tampoco sabemos muy bien a qué obedece, aunque aquí los problemas con el aprendizaje son más evidentes, y tanto la negligencia como la excesiva exigencia de los padres pueden ser perjudiciales.

También hay causas emocionales: miedo, ansiedad, situaciones de tensión, celos, la entrada en la escuela, etc., aunque en algunos casos existe un estado de agresividad tal en el niño, que se produce un tipo de encopresis semivoluntaria para fastidiar a los padres. En otros casos simplemente se trata sólo de que están jugando y no quieren ir al retrete para no dejar de jugar, hasta que acaban haciéndoselo encima.

La encopresis es casi exclusiva de varones (cuatro o cinco chicos por cada chica) y desaparece también a los doce años por término medio y por motivos parecidos a los descritos en la enuresis (también en caso de curandero) aunque en esta afección las técnicas conductuales suelen ser las que tienen más éxito, como también la psicoterapia cuando hay problemas emocionales o de relación padres-hijo.

El problema contrario al anteriormente descrito es el de los niños que retienen las heces. Este fenómeno puede ser debido a múltiples causas, una fisura anal por ejemplo; pero en la mayoría de los casos no hay tal organicidad, es simplemente que a los niños les puede resultar una sensación agradable o, más neuróticamente, porque no quiere «dar sus heces», ya que son suyas y de nadie más (el psicoanálisis dice que estos niños serán más adelante unos tacaños); sobre todo si lo tiene que hacer en el inodoro, donde éstas desaparecen rápidamente y la sensación que experimenta de que «algo suyo» se ha perdido es más intensa.

En otras ocasiones son los padres, generalmente bastante ansiosos, que colocan al niño durante horas en el orinal, le inducen a que «lo haga» con halagos y amenazas y el niño acaba como «un rey en su trono», trayendo de cabeza a toda la familia al utilizar sus heces como arma. De todas formas si los síntomas de «estreñimiento» son muy acusados o duran mucho tiempo conviene consultar con un pediatra por la posibilidad de alguna enfermedad como el megacolon congénito.

Los problemas con la alimentación Otro tipo diferente de problemas son los relacionados con la comida. Uno que trae de cabeza a muchos padres es el de los hijos que no tienen ganas de comer, es decir la «anorexia» o «inapetencia» y que alguien llamó la «cruz del pediatra» por lo frecuente que es.

Puede ser esta anorexia muy precoz. Puede aparecer ya en los primeros meses de la vida relacionada generalmente con madres ansiosas, rechazantes, apresuradas y demasiado rígidas con los horarios, o en el segundo semestre y entonces pueden ser producidas por el cambio de la alimentación que tiene distinto gusto, consistencia y modo de administración o por el, cada día menos frecuente, destete, que supone un alejamiento físico y psicológico de la madre.

En la segunda infancia la anorexia significa muchas veces una simple manifestación de rechazo y oposición por parte del niño, que la utiliza como arma contra los padres o, en niños menos agresivos, una llamada de atención sobre ellos si se sienten solos, desatendidos o tienen celos de otro hermano.

Cuando la anorexia se presenta en la edad puberal y juvenil adquiere una significación, frecuencia y gravedad que la hacen especialmente importante: es la «anorexia mental o anorexia nerviosa», que puede llegar a pérdidas de peso, que dejan a las adolescentes, pues se trata de un cuadro casi exclusivo de chicas, con menos de treinta kilos y aspecto cadavérico por la pérdida del panículo adiposo de la cara.

Suele comenzar de una forma insidiosa a consecuencia de un voluntario «dejar de comer» para no engordar (realmente no están gruesas, pero a ellas se lo parece por una deformación de su imagen corporal), bien por motivos estéticos y de moda (desde luego hoy no se lleva la Venus de Milo), bien por un rechazo de las formas femeninas (se llegan a poner vendas en el pecho para disimular las mamas) o bien por situaciones conflictivas familiares o de otro tipo.

En un principio la anoréxica domina su anorexia, pero pronto llega un día en que si quiere volver a comer ya no puede hacerlo, comprobando con ansiedad creciente que empieza a encontrarse verdaderamente mal y le han desaparecido las menstruaciones. Si el cuadro no cede, se llega a un estado de depresión, apatía e indiferencia que es sumamente peligroso, aun para la vida.

El tratamiento de esta forma grave de anorexia requiere la intervención de un psiquiatra y cuando el cuadro empieza a ser importante, la separación del medio familiar y el internamiento en una clínica.

Lo contrario de la anorexia es la «bulimia», que puede darse también en la infancia y que no es más que una compulsión a comer que lleva a la obesidad, con todos los inconvenientes que ésta tiene, desde ser una calamidad en los deportes hasta ser objeto de burlas y apelativos despectivos por parte de los compañeros. La causa de este ansia de comer puede ser la existencia de una ansiedad subyacente, con problemas familiares o escolares no resueltos. (Cuántas personas dicen: cuando me pongo nervioso no hago más que comer.) En la pubertad y juventud se da también un cuadro de «bulimia nerviosa» descrito por primera vez en los colegios femeninos norteamericanos. Consiste en episodios de verdadera voracidad, es decir, comer mucho, en poco tiempo y de una forma compulsiva, lo que naturalmente las llevaría a la obesidad si no se defendieran de ella tomando laxantes, vomitivos, diuréticos y haciendo kilómetros de «footing», todo lo cual puede llegar a afectar seriamente su salud.

Este cuadro no tiene la gravedad de la anorexia nerviosa, pero puede dar bastante guerra y hay que tratarlo preferentemente con psicoterapia para ayudar a estas chicas a solucionar su conflictividad más o menos inconscientes y con terapias de tipo conductual.

Recuerdo un caso de una adolescente que, cuando ella no podía dejar de comer, obligaba a su hermana pequeña a que lo hiciera, por un doble mecanismo de proyección-identificación.

Un trastorno curioso, pero relativamente frecuente en los niños, es la llamada «pica», nombre que viene de pica = urraca, animal de hábitos omnívoros, que consiste en la ingestión de sustancias no alimenticias como tierra, el yeso de las paredes, pinturas y hasta pastillas de jabón, como un caso que tuve yo y que por cierto duró hasta los veinte años, cosa rara, pues suelen pasarse antes. Puede presentarse en deficientes mentales y en psicóticos, pero también en niños sin estos problemas, aunque en mi experiencia, aun siendo normales, no son demasiado inteligentes.

La «coprofagia» o ingestión de heces es poco frecuente, sólo se ve en niños pequeños de uno a tres años y suele significar abandono y carencia afectiva, cosa que suele suceder también en los niños que padecen «mericismo o rumiación» que no es más que la regurgitación de los alimentos a la boca, masticándolos allí durante tiempo y tiempo, aunque en estos casos se te nota al niño una evidente relajación y placidez, que indica una cierta autosatisfacción oral.

Los niños que hablan mal Otros de los problemas, aparentemente menores, que son objeto de múltiples consultas, son los relacionados con el lenguaje.

Si empezamos por los niños de menor edad, tenemos los que tardan en hablar, o si va lo hacen, van retrasados respecto a los de su misma edad. Lo primero que hay que hacer en estos casos es descartar la posibilidad de uno de estos cuatro síntomas: sordera, deficiencia mental, autismo o un trastorno neurológico. Si el niño no padece ninguno de ellos y tiene menos de tres años, recomiendo a los padres un poco de paciencia, porque lo más probable es que el niño rompa a hablar el día menos pensado o se ponga al nivel de los demás, ya que se trata de una simple En el caso de que el problema no se resuelva en un tiempo prudencial, se deben tomar medidas logoterápicas, porque entonces ya podríamos hallarnos frente a lo que se llama «trastorno expresivo del lenguaje», que se caracteriza porque el niño, ya mayor de tres años, se expresa con un lenguaje que corresponde a uno de menor edad y su habla resulta poco inteligible.

Otro trastorno es el del niño que articula mal ciertos sonidos, y esto sí que es frecuente en la infancia: 10% antes de los seis años y 5% a los ocho. Esta alteración se conoce con el nombre de «dislalia», siendo la más conocida la dificultad para pronunciar el sonido de «rr» (el conocido perro de San Roque que no tiene rabo), pero hay otras muchas; la «1» que se pronuncia como «d», la «s» que se hace como «z» y viceversa (patológicamente mientras el niño no sea andaluz), la «ch» como «sh», los niños que sustituyen muchas consonantes por el sonido «t» (hotentotismo) y otros no tan frecuentes, pero ¡a cuántos niños les cuesta decir padre o blusa, pronunciando «pade» o «busa»! Todos estos problemas pueden pasarse espontáneamente con el paso del tiempo, pero conviene corregirlos cuanto antes, porque puede sufrir por su defecto y aun tener problemas con su aprendizaje ya que, como dicen algunos padres, «este niño escribe como habla». El tratamiento debe ser hecho por un logopeda y desde luego no hay que cortarles el frenillo de la lengua.

Distinto por completo es lo que le pasa al niño que no entiende bien lo que se le dice, sobre todo cuando se trata de palabras complejas y raras o frases enrevesadas y largas, trastorno que es más frecuente de lo que se cree, pues parece ser que afecta al 10% de los escolares. Se llama a esto «trastorno receptivo» y es particularmente grave, pero muy raro, que sea total; es decir, que el niño oiga sonidos, pues no es sordo, pero no puede interpretarlos, y la consecuencia es que tampoco aprende a hablar, dando la impresión de un sordomudo o de un autista (yo he visto sólo un caso).

A veces, lo que está alterado es el ritmo del lenguaje, va porque el niño hable muy deprisa, ya porque lo haga a saltos o sin pausas y es lo que se llama «farfullen». Más importancia tiene la «tartamudez que es, bien una repetición o prolongación de sonidos, sílabas o palabras, bien un verdadero bloqueo al comenzar a hablar o al pronunciar la primera sílaba (forma «clónica»).

La tartamudez suele aumentarse en los estados de nerviosismo o tensión y, por el contrario, desaparecer si se canta (yo tenía un adolescente en mi centro que cuando tenía que pedirme algo, lo hacía cantando), si se habla a objetos inanimados o si se hace lectura oral.

El pronóstico no es bueno, en mi estadística sólo desapareció del todo en el 30% de los casos, mejoró en otro 30% y permaneció igual en el 40% restante, aunque eso sí, los severos problemas de convivencia que tienen cuando son niños se vuelven retraídos y temen el contacto social desaparecen cuando son mayores: se reconciliara con su defecto y se vuelven más seguros y expansivos.

El tratamiento es logoterápico, combinado con técnicas conductuales y fármacos ansiolíticos si hay mucha ansiedad.

Francisco J. Mendiguchía, “Trastornos graves de la conducta”

Cuando yo era niño había en Madrid un colegio muy conocido llamado «Santa Rita», al que iban a parar los niños y adolescentes que se portaban mal o, simplemente que no querían estudiar y que debía ser muy riguroso por la fama que tenía. Al cabo de los años fue sustituido por otros que también tenían fama de duros y que servían para los mismos menesteres, no siendo infrecuente que yo viera en mi consulta a algún chico que ya había pasado por ellos por sus problemas importantes de conducta.

¿Hay niños psicópatas? ¿Qué quiere decir realmente esto de problemas de conducta? Pues nada más, pero también nada menos, que sus patrones de conducta no coinciden con los observados en los medios familiares y sociales en que viven.

A estos conductópatas que se desvían gravemente de lo que se puede considerar como normal, se les denominó «personalidades psicopáticas» o, más brevemente, «psicópatas», aunque hoy se tiende a disimular estos apelativos, por la mala fama que tenían y la hostilidad que despertaban, bajo el eufemismo apelativo de «distorsiones de la personalidad».

La verdad es que el término de personalidad psicopática lo heredó la Psiquiatría infantil de la Psiquiatría del adulto, heredando también su mala fama, su carácter constitucional y su mal pronóstico pues, «el que nacía psicópata se moría psicópata» eso sí, después de haber sido expulsado de varios colegios, enrolado en la Legión y haber visitado alguna cárcel.

A los psiquiatras infantiles nos costó mucho aceptar esta fatalidad etiológica y pronóstica, comenzando por dudar, al menos, de su origen constitucional. Pensamos que, por el contrario, algunos eran más bien formas de reacción frente a múltiples factores ambientales, es decir, «el psicópata no nace, se hace».

La experiencia nos dice que, aunque pueda haber algún factor constitucional y genético (parece ser, aunque la cosa no está muy clara, que la agresividad en el hombre va unida a tener un cromosoma Y de más en su fórmula genética), pues hay estudios en gemelos bastante demostrativos, en la mayoría de los casos el factor ambiental, sobre todo el familiar, es fundamental: hacinamiento, promiscuidad, alcoholismo de los padres, educación contradictoria o cruel, internamientos precoces a los dos-tres años, prostitución, etc., constituyen el caldo de cultivo en el que se van formando poco a poco las conductas antisociales, de tal forma, que si se comportaran decentemente casi sería un milagro.

Recuerdo a este respecto un caso muy desgraciado, en el que hubo tal conjunción de causas (madre prostituta, padre psicópata, abuelo alcohólico, abandono durante el primer año de vida en una cueva la mayor parte del día, ambiente familiar posterior desastroso), que el resultado no pudo ser más que una personalidad absolutamente psicopática que hizo fracasar todos los tratamientos que se le hicieron, para acabar quitándose la vida a los veinte años.

El problema está en que, aunque la causa no sea genética sino ambiental, este tipo de conducta aprendida puede llegar a calar tan hondo en la personalidad infantil que acaba estructurándose de una forma patológica. Por ello a estos niños se les llama también «caracterópatas».

¿Cuál es el núcleo que configura esta anomalía del carácter, congénita o adquirida? Son cuatro las principales características de la personalidad psicopática: 1) Incapacidad para amar o frialdad afectiva, que les hace inmunes a cualquier tipo de relación amorosa.

2) Ausencia del sentimiento de culpa. Nunca son ellos los culpables y de ahí se deriva la incapacidad para el arrepentimiento y una máxima dificultad para la corrección.

3) Ausencia de ansiedad. Sufre muy poco cuando le van mal las cosas, además de ser audaz y decidido.

4) Resolución de las situaciones conflictivas mediante el «paso al acto». En otras palabras, que sus problemas y tensiones los traducen en acciones, generalmente agresivas, sin que el pensamiento llegue casi nunca a jugar ningún papel.

Al llegar a este punto no puedo por menos de dedicar un recuerdo a un psiquiatra inglés llamado Prittchard que, nada menos que en 1835, describió el cuadro de la «moral insanity», del que decía que los que lo padecían «no podían conducirse con decencia y propiedad en los asuntos de la vida». Hoy estamos más cerca de este concepto que del de la Psiquiatría francesa de principios de este siglo que hablaba de «degenerados».

Afortunadamente, en muchos casos la personalidad del niño no llega a distorsionarse del todo, no se desarrollan completamente las características antedichas. Con un adecuado golpe de timón educativo, un cambio de ambiente, una psicoterapia individual o de grupo o una terapia conductual puede modificarse la conducta, cosa que antes se consideraba casi imposible.

Antes de proseguir con la descripción de los tipos más frecuentes de conducta disocial de estos niños y adolescentes, quiero hacer una reflexión sobre el modo de enfrentarse a este tipo de trastornos. Así como otros pacientes psiquiátricos, sobre todo niños, despiertan enseguida nuestros buenos sentimientos y nuestra compasión, éstos, casi indefectiblemente, producen un rechazo en padres («ya no sé qué hacer con él»), en educadores («es un caso perdido») y hasta en psicólogos y psiquiatras, que por nuestra formación deberíamos estar inmunes a este sentimiento, pues el nihilismo terapéutico, el «no se puede hacer nada», no es más que una forma encubierta de rechazo.

Sin embargo, todo el que trata con niños debe darles mucho cariño y comprensión y más a éstos, de los que no hay que esperar correspondencia en la mayoría de las veces, sobre todo al principio, y por lo tanto no hay que sentirse frustrado ni desanimado por esta carencia de «transferencia afectiva».

Agresividad y crueldad Una de las formas más frecuentes de mostrarse estas alteraciones del carácter y de la conducta es la del aumento de la agresividad. Sobre la agresividad humana se han escrito montones de libros y se han suscitado múltiples discusiones entre los teóricos de la misma. Como muestra de las cosas que han llegado a decirse y escribirse, copio de un trabajo aparecido en una revista de Psiquiatría Infantil: «Comienza la nidación del huevo en la pared uterina que se convierte en el campo de batalla… El sistema de nutrición del embrión es canibalístico y vampírico… desde la fecundación el embrión sufre la agresividad de la madre… cuando el niño nace ya lo sabe todo acerca de la agresividad… la actitud bestial más o menos consciente de la madre por su hijo… pone en evidencia una agresividad materna salvaje.» Es decir que la guerra entre la madre y el hijo, producto de la agresividad de ambos ¡comienza en la fecundación! Volviendo a la realidad, diré que los hijos hiperagresivos tienen fuertes crisis de ira y furor a la menor contrariedad; no pueden controlar sus impulsos destructores, y no se les puede llevar la contraria porque saltan a la menor oposición. Estas situaciones se producen lo mismo en el hogar que en el colegio o en el parque donde juegan con otros niños. Pronto llegan las quejas de los demás padres, el niño empieza a encontrarse solo porque los demás compañeros no quieren jugar con él y busca refugio en algún otro que es parecido a él, comenzando así, muy temprano, la formación de un grupo disocial, un «nosotros» muy reducido y enfrentado con los que no son como ellos.

Pronto viene la expulsión de un colegio, luego de otro, el niño se va haciendo cada vez más asocial y agresivo y acaba visitando algún «Santa Rita» de la actualidad.

La destructividad es otra de las características de estos niños y jóvenes, pero no con la destructividad de los niños hiperactivos, que rompen las cosas sin querer; aquí la destrucción es deliberada e intencionada, quieren hacer daño y por eso rompen el juguete apreciado de un compañero o de un hermano, el bolígrafo que recientemente le han regalado al que se sienta a su lado en clase, el objeto preferido de la madre o la bicicleta de un primo que le ha invitado a jugar con él.

Unida a la agresividad y a la destructividad va casi siempre la crueldad. Estos niños y adolescentes son crueles con compañeros a los que vejan, insultan, pegan, en ocasiones hieren con punzones o navajas, y con animales a los que llegan a matar, no sólo con gran sangre fría, sino con verdadero sadismo.

Un caso muy demostrativo a este respecto es el del niño al que vi hace algún tiempo que, con nueve años, después de dieciséis meses de haber sido reñido por su abuela por una fechoría de las que acostumbraba a hacer, volvió a casa de ésta, que vivía sola y tenía como única compañía la de un canario y, en un descuido, sacó el pájaro de la jaula y le retorció el cuello hasta matarle, contándomelo a los pocos días con absoluta frialdad.

Las estadísticas de todos los países muestran cómo las conductas agresivas infanto-juveniles crecen de un modo alarmante, aunque el problema no es sólo de cantidad de violencia sino de la precocidad y gravedad de la misma. ¿Cómo es que, no ya el joven, sino el niño, es capaz de cometer atracos y aun asesinar fríamente a un maestro que le ha puesto malas notas o se ha permitido reñirle? Dos ejemplos solamente: En Inglaterra dos niños de once y doce años secuestran y matan a otro de tres y en EE.UU. dos niños también de once y doce años matan a su amigo Poole de trece a balazos.

No es de extrañar que ya en 1975 un psiquiatra norteamericano se dijera angustiado «parece como si nuestra sociedad hubiera desarrollado una nueva cepa genética, el niño asesino». Evidentemente no es ésa la razón, el problema es educacional y social, y mientras sigamos sembrando permisividad y carencia de autoridad familiar, escolar y social, por un lado y marginación por el otro, las estadísticas seguirán subiendo.

Un tema especial es el de la violencia sexual. Hasta ahora, los niños y los adolescentes, con más frecuencia las niñas y las adolescentes, habían jugado siempre el papel de víctimas y cada día lo juegan más: raptos, violaciones, abusos sexuales, asesinatos son noticia casi habitual en los medios de comunicación (cuando escribo estas líneas, se acaba de descubrir un espantoso triple asesinato con violación y sadismo de tres adolescentes de catorce y quince años), pero es que también ha sido noticia hace poco tiempo que un niño de catorce años, en un pueblo de España, había asesinado, después de un intento de violación, a una compañera de colegio de diez años.

Alcoholismo juvenil Una de las circunstancias que aumentan la frecuencia de actos asociales ligados a la violencia, es el agrupamiento, en forma de bandas o pandillas que poseen una moral antisocial de grupo, con sus leyes no escritas, sus compromisos, su disciplina propia (y ¡ay! del que se atreva a conculcarla) y hasta su vestimenta especial.

Estas bandas suelen formarse a partir de los trece a catorce años y suelen ser más frecuentes en los varones (antes las chicas sólo se agrupaban para la delincuencia sexual o el robo de tiendas), pero en los últimos años va siendo cada vez más frecuente que las adolescentes formen parte de las bandas, con los mismos derechos y deberes que los chicos. Suelen estar jerarquizadas con uno o varios jefes y tienen sus particulares ritos de iniciación y lenguaje críptico convenido.

Por último, comentaré dos problemas que antes se trataban en este capítulo de las personalidades psicopáticas pero que ahora, y desgraciadamente, ya se salen de él, porque forman parte de una problemática general juvenil: el alcohol y las drogas.

Cuando comencé a escribir esta parte del capítulo, dediqué bastante tiempo en consultar estadísticas acerca del consumo de alcohol por niños y adolescentes, en España y fuera de España, y lo primero que salta a la vista es la progresiva ascensión de este consumo a estas edades pues «cada vez hay más bebedores, que beben más y que comienzan antes».

¿Dónde nos encontramos ahora? Pienso que no hace falta acudir a las estadísticas; no hay más que tener abiertos los ojos y salir de noche, sobre todo los viernes, para ver a centenares de adolescentes, y aun preadolescentes, de ambos sexos consumiendo alcohol, solo o con estimulantes, en esa subcultura de la «litrona» , hasta bien entrada la madrugada, hora en que vuelven a sus casas con un mayor o menor grado de intoxicación etílica, si es que vuelven, porque si están demasiado mal se quedan a dormir en casa de un amigo o una amiga.

La primera pregunta que se hace uno al ver estos hechos es: ¿Es que no hay aquí leyes que prohiban la venta de alcohol a menores como en todos los países civilizados del mundo? La respuesta es que sí, que las hay, pero que nadie cumple ni nadie las hace cumplir. Por eso es puro fariseísmo el que las autoridades sanitarias se quejen del consumo de alcohol en nuestro país, a estas edades o en el adulto. (Se calcula que el 12 a 15% de las alcoholemias de nuestro país se han consolidado ya en la infancia.) La segunda pregunta es: ¿Dónde están los padres de todos estos chicos y chicas que permiten que esto suceda? Ya sé que hay muchos que dicen que no pueden prohibírselo porque todos lo hacen y que si se lo prohiben da igual, lo hacen de todas maneras. Es que la autoridad paterna hay que ganársela día a día durante muchos años, no intentar imponerla cuando ya se ha perdido.

La tercera pregunta es la siguiente: ¿Y la escuela, no puede hacer nada? Pues claro que puede, impartiendo cursos de Educación Sanitaria en los que el tema del alcoholismo y sus peligros fuera ampliamente desarrollado por profesionales que conozcan bien este problema.

De todas maneras si quieren algunas cifras les diré que, en España, la media de edad del primer contacto del niño con el alcohol es de ocho a diez años y que, a los quince, un siete a ocho por ciento beben ya más de medio litro de vino al día. Como nota un poco más optimista tengo que decir que, salvo rarísimas excepciones, no se conocen a estas edades casos declarados de alcoholdependencia. Sin embargo, y como nota pesimista, también tengo que exponer un grave hecho: la conjunción sexo-alcohol produce embarazos en adolescentes, que siguen bebiendo durante el mismo y el final es el nacimiento de un hijo con un síndrome llamado feto-alcohol con anormalidades físicas y mentales.

El problema de las drogas Pero si el alcohol es uno de los más graves problemas, el más grave es, sin duda, el consumo de drogas. Ni los niños se libran, al apostarse los vendedores de las mismas a las puertas de los colegios donde, en un principio, la regalan para iniciar así a futuros clientes. Tampoco se libra ninguna clase social, habiéndose llegado a formar un mundo de contracultura que abarca a toda la sociedad juvenil.

El comienzo, «la iniciación», se produce en el 90% de los casos con las llamadas drogas blandas (concepto erróneo; no hay drogas blandas ni duras, todas producen efectos patológicos y unas llevan a otras): marihuana, grifa, hachís, etcétera, en conjunto el llamado vulgarmente chocolate y que no son más que derivados del cáñamo indio. Cuando se pregunta a los adolescentes cómo y por qué empezaron su consumo, más del 50% dice que por curiosidad, otros que por deseo de aventuras y algunos hasta por amistad. Mención especial merece la respuesta «para evadirme de mis problemas» porque, cuando se profundiza, se aprecia que no hay tales problemas; de lo que se evaden es de su propio vacío existencial producido por la pérdida de los valores éticos, morales y religiosos de la sociedad actual, la juvenil también.

Muchos, afortunadamente, no pasan de esta primera fase; pero para otros es el comienzo de un largo camino de anfetaminas, alucinógenos, cocaína o heroína (el consumo de ésta ha disminuido en los últimos años por miedo al Síndrome de Inmunodeficiencia adquirida, SIDA) que son ingeridos, fumados, esnifados o inyectados y que conducen al adolescente a la destrucción, la marginación y en último término a la muerte, previa desintegración de su propia familia, si es que ésta no lo abandona antes a su suerte.

Los jóvenes siempre creen en un principio que podrán dejar la droga cuando quieran pero, poco a poco, van quedando presos en el infernal carrusel de: satisfacción > carencia > búsqueda de droga > satisfacción > dependencia > dosis cada vez mayores > delincuencia para poder comprar la droga, del que ya no podrán salir jamás por sus propios medios.

Como en el alcoholismo, la conjunción droga-embarazo de adolescente es frecuente y el final es también un hijo que, ya desde el nacimiento, presenta los síntomas de abstinencia que presentan los drogadictos cuando se suprime bruscamente el suministro de droga.

Hay que hacer una especial llamada de atención sobre el uso por parte de preadolescentes, y aun niños de ocho a diez años, de pegamentos utilizados para la construcción de maquetas de aviones, coches, etc. y cuya aspiración tiene en un primer momento un efecto estimulante (euforia, alegría, excitación) para pasar más tarde a producir una ligera ataxia, lenguaje farfullante y, si la aspiración dura más de cuarenta minutos, estupor e inconsciencia. El uso continuado de pegamento puede llevar a un estado de depresión y agresividad que necesita más pegamento para que se le pase, es decir también produce dependencia, habiéndose descrito casos de muchachos que necesitaban aspirar el contenido de hasta cinco tubos.

Los padres han de estar muy atentos a los cambios de carácter de los hijos, a su progresivo estancamiento en los estudios, a la desaparición de dinero que no se sabe dónde ha ido a parar, a estados de depresión alternando con otros de euforia y, en general, a un cambio de conducta total, para poder detectar así una posible drogadicción que comienza.

El tratamiento ha de ser siempre en asociaciones y clínicas especializadas. Solos no lo lograrán nunca y los padres han de saber muy bien que, así corno los alcohólicos son sinceros, casi siempre, cuando dicen que quieren dejar el alcohol, el «enganchado» en la droga miente siempre cuando dice que está dispuesto a dejarlo sin ayuda de nadie.

El punto de inflexión en todos estos trastornos graves de la conducta que hasta aquí hemos descrito, es el paso de la predelincuencia a la delincuencia franca, es decir, cuando el niño o adolescente comete el primer delito y ha pasado de lo que aún es permitido por la ley, a lo que está penalizado por la misma, pues realmente el concepto de delincuencia juvenil es más sociológico que médico y más jurídico que sociológico.

No quiero terminar este capítulo sin señalar que el pronóstico de los trastornos de conducta, lo mismo que en el capítulo anterior, depende en gran manera de la estructura familiar; cuanto peor es ésta, peor es el pronóstico.

Francisco J. Mendiguchía, “Los comportamientos inadecuados”

En un capítulo precedente hablaba de los niños que parecen malos pero que no lo son, pero ¿es que hay realmente «niños malos»? En este otro capítulo voy a tratar de ciertos niños a los que los padres muchas veces adjudican este adjetivo, ciertamente peyorativo de «malos» porque, según dicen, cometen maldades como las de mentir, robar cosas en el colegio y otros problemas por el estilo, que tienen todos en común romper los esquemas y las normas establecidas de convivencia familiar y social.

Es por ello que han recibido apelativos como los de «asociales», «niños problema» o «niños difíciles», que indican por sí mismos la hostilidad y apatía que despiertan aunque yo prefiera llamar a estos casos «trastornos menores de conducta» porque, salvo raras excepciones, son perfectamente tratables. A lo que me niego es a denominarles, como hacía el viejo profesor Michaux «enfants perverses» y que hasta escribió un libro con este título, “El niño perverso” cuando, en bastantes casos, se trata de «niños pervertidos» por un ambiente malsano.

Los niños que roban Uno de los síntomas más frecuentes de esta «conductopatía» son los hurtos y robos. Constituyen quizá el motivo que más vemos los paidopsiquiatras en nuestras consultas. Para valorar debidamente este tipo de hechos hay que tener siempre muy en cuenta el factor edad pues, para considerarlos negativamente, el niño ha de tener ya un concepto real de lo que es la propiedad, y esto no se produce hasta los seis o siete años.

Antes de esta edad los niños se apoderan de golosinas, lápices, juguetes o cuentos sin tener la sensación de estar haciendo algo indebido. Por eso lo olvidan pronto o lo devuelven, porque la apropiación sólo tenía carácter temporal. También ha de tenerse en cuenta el valor de lo hurtado pues quitar bolígrafos, gomas de borrar, pastillas de chicle y cosas por el estilo, no debe tener, aun después de los siete años, la consideración de robo. Es más serio cuando lo que se sustrae es dinero, por muy pequeña que sea la cantidad o cuando los objetos son ya más valiosos, como relojes o balones.

La sustracción de dinero empieza siempre por el de los padres, sigue con el de los compañeros de clase y puede acabar con el de cualquier persona que tenga cerca. Sólo en medios familiares «muy especiales» se producen en estas edades robos a personas desconocidas.

Muchas veces, después de apoderarse de dinero, «el ladrón» lo reparte entre sus amigos o compra cosas que también reparte, constituyendo esto lo que se denomina «robo generoso» que, en muchas ocasiones, no tiene más objetivo que comprarse amigos cuando por alguna razón se siente rechazado o, sin serlo, es demasiado tímido para tenerlos de otra manera.

Como mecanismos inconscientes en la comisión de hurtos infantiles se citan: la llamada de atención; son niños que se sienten abandonados, con razón o sin ella, por padres o maestros. También el sentimiento mágico de que, al apoderarse de algo de otro, adquieren parte de su potencia y valor.

Para la valoración de este tipo de conductas y su importancia real a efectos de ponerlas en tratamiento psicológico, hay que considerar, no sólo la magnitud de lo sustraído sino también la reincidencia, pues es ésta precisamente la que da el carácter de antisocial al hurto infantil.

Más importantes son los robos en pandilla que generalmente se cometen en grandes almacenes, y que suelen tomar la forma de campeonatos para ver quién o qué grupo roba más objetos y de más valor. Lo más atrayente de esta conducta, ya predelictiva, es la emoción (miedo) de ser descubiertos y después castigados. Hay que valorar cuidadosamente este tipo de actividad que une el robo a la emoción del miedo de ser descubiertos, porque esta conjunción es precisamente el núcleo de la cleptomanía del adulto, aunque niños cleptómanos puede ser que los haya, pero yo no he visto ninguno.

Un tipo de robos más frecuentes a esta edad son los «robos por venganza», es decir los que cometen algunos chicos que quitan algo a algún compañero del que no pueden vengarse de otra manera. Más refinamiento supone cometer un hurto, por ejemplo, en el colegio, y achacárselo, a veces hasta con misivas anónimas a los profesores, al compañero de quien quieren vengarse (de éstos si que he tenido por lo menos un par de casos).

En los adolescentes, los robos tienen ya otro significado y se cometen la mayoría de las veces para obtener alguna utilidad, desde dinero hasta motocicletas o automóviles, aunque en ocasiones no sean más que robos de «autoafirmación», para probarse a sí mismos o a los demás, que ya es un hombre. Por otra parte las bandas juveniles pueden cometer robos perfectamente planeados y ejecutados como los de los adultos.

Fugas y vagabundeos Veamos ahora otro problema. Hay programas en TV en los que aparecen personas que buscan a quienes faltan del hogar. Muy frecuentemente se trata de padres que preguntan angustiados desde la pequeña pantalla: «Hijo, ¿por qué no vuelves a casa?, ¿qué te hicimos?, ¿por qué te fuiste?». Generalmente se trata de chicos y chicas de más de doce o trece años que se han marchado de casa sin ninguna explicación. Nos encontramos ante unos casos que se denominan en términos psiquiátricos «fugas y vagabundeo».

Las fugas pueden darse en niños más pequeños, pero éstas suelen terminar mejor. El niño vuelve a casa a las pocas horas, cuando empieza a sentir miedo o hambre, aunque puede haber otros más decididos que son capaces de coger un autobús o un tren y marcharse a otra ciudad de donde son generalmente devueltos al hogar por la policía. Estas fugas aisladas y cortas no suelen tener importancia, pero si son largas, y más aún, si son repetidas, habrá que estudiar en profundidad al niño y a la familia, porque algo está pasando en sus relaciones.

En el niño que se fuga pueden darse motivos que se aprecian fácilmente como son: haber tenido malas notas y no querer enfrentarse con los padres; haber tenido un castigo y marcharse de casa para hacer sufrir a los padres mientras le encuentran; o simplemente huyen porque su casa es un infierno donde los padres discuten o se pegan.

Otras veces lo hace únicamente para llamar la atención, por creer que nadie le hace caso o no le entienden, por mero mimetismo, porque lo ha visto en la TV y quiere probar en qué consiste y, en ocasiones, no sabe realmente por qué se ha fugado, es un acto compulsivo que, la mayoría de las veces, no representa más que una huida de sí mismo para reducir su tensión interna producida por algún conflicto del que ni siquiera es consciente.

El vagabundeo es ya más propio de adolescentes. Dura mucho tiempo y, en general, acaba convirtiéndose en un hábito que hace que el muchacho llegue a pasar más tiempo fuera de casa que en el hogar, cayendo así fácilmente en el mundo de la delincuencia y de la droga. Un tipo especial de vagabundeo es el solitario, propio de personalidades introvertidas, soñadoras, con malas relaciones sociales y de gran frialdad afectiva, que se conoce con el nombre de «ambulomanía autista».

Los pirómanos Otro tipo de trastorno de conducta es el de los niños provocadores de incendios que no siempre son pirómanos. Si repasamos las posibles causas de incendios infantiles nos encontramos con varios tipos de ellos: – El fuego es producido por un descuido o un desconocimiento de su capacidad para provocarlo. – El fuego es producido por juego, generalmente en grupo, que después ha escapado a su control. – Los incendios provocados conscientemente (niños o jóvenes incendiarios). – La verdadera piromanía en la que el fuego es debido a una fuerte compulsión imposible de vencer.

Lo cierto es que el fuego tiene un cierto atractivo. ¿Quién no se ha sentado delante de una chimenea contemplando durante mucho tiempo las caprichosas formas de las llamas y sus continuos cambios? Pero al mismo tiempo no hay nada que produzca más pánico que un incendio. Además el fuego es el símbolo del hogar y de la unión familiar, por lo que siempre ha estado cargado de una fuerte carga emotiva.

Las motivaciones de los incendios en niños y jóvenes cambian con el transcurso de la edad: Los niños menores de seis a siete años suelen provocar incendios por curiosidad o por el simple atractivo del fuego. A muchos niños les encanta encender cerillas y jugar con encendedores.

Los niños de ocho a doce años tienen ya otras motivaciones, como las de provocar fuegos con el único fin de llamar la atención o la venganza en situaciones de hostilidad familiar. Algunas veces desencadenan el incendio únicamente para poder comportarse después como héroes en las tareas de apagarlo.

Los adolescentes pueden hacerlo por el simple placer de la destructividad. Los verdaderos pirómanos pueden aparecer ya a esta edad, pero su número es realmente escaso.

Las mentiras infantiles Otro signo de que algo va mal en la conducta del niño es la tendencia a decir mentiras, sobre todo si éstas acaban convirtiéndose en un hábito hasta poder decir de él que «miente más que habla».

¿Por qué mienten los niños? En primer lugar hay que decir que por debajo de los tres años los niños no mienten, aunque digan cosas que no sean verdad, pues para ellos lo son y con ello les basta. Más tarde comienza un tipo de pensamiento llamado «mágico» en el que predomina lo subjetivo sobre lo objetivo, y en el que la realidad y la fantasía no tienen unas fronteras bien delimitadas, por lo que los padres no deben considerar sus fantasías como mentiras. De los cinco a los seis años, ya no cuentan sus fantasías, las siguen teniendo, pero ya saben distinguir bien éstas de la realidad.

Un buen día, a un niño ya de siete o más años le ponen una mala nota en el colegio y cuando llega a casa dice que ha perdido el cuaderno de notas. Aquí sí tenemos ya una verdadera mentira, quizá la primera de su vida. O tal vez la primera fue cuando, al romper un objeto de valor dijo que no había sido él sino su hermano más pequeño. La vida ofrece al niño de esta edad múltiples ocasiones para este tipo de actuaciones que, en conjunto, reciben el nombre de «mentiras de defensa». A veces no es su propia defensa sino la de otro, como cuando un profesor pregunta en clase: ¿quién ha sido?, y obtiene por respuesta un silencio sepulcral o, al revés, se acusan todos para que no haya ningún culpable, el ¡Todos a una! de Fuenteovejuna.

Otras veces resulta que el niño bravuconea de cosas que no ha hecho «para quedar bien», utilizando el ya comentado mecanismo de compensación. O, por el contrario utiliza el de proyección, acusando a otros de cosas como que le tienen rabia, cuando, en el fondo, es él quien tiene rabia a los demás.

Estas mentiras aisladas no tienen importancia y algunas como hemos visto son hasta meritorias, como las de no «chivarse» al profesor. Lo malo es cuando comienza ya a mentir por sistema, negando hasta las cosas más evidentes, convirtiéndose así en un desvergonzado «mentiroso», que puede llegar con el tiempo a «fabulador» y, cuando pierde el control de sus propias fabulaciones, en un «mitómano» que acaba por perder el sentido de la realidad.

Estos niños y adolescentes mitómanos pueden llegar a convertirse en una verdadera pesadilla para los jueces que intervienen en los casos de denuncias por malos tratos o abusos sexuales. Pueden producir graves perjuicios a los acusados que se enfrentan con la «inocencia» de los acusadores.

Los que hacen novillos o pellas Otra queja muy frecuente de los padres sobre la conducta de sus hijos es la de su «absentismo escolar». Este concepto se refiere a que los hijos dejan de asistir a clase cada vez con más frecuencia y se dedican a pasear, jugar, hacer pequeñas fechorías por el barrio o perder el tiempo y el dinero, primero el suyo, después el que roban en casa o a los compañeros, en los salones de juegos electrónicos. Este tipo de comportamiento puede ser cometido en solitario, pero lo más frecuente es que lo sea en forma de pandillismo, las famosas «malas compañías», que no son en realidad más que grupos de chicos con las mismas inclinaciones, en el noventa por ciento de los casos.

No deben confundirse estos casos con los de fobia escolar descrito en el capítulo dedicado a las fobias, ayudando a diferenciarlas las siguientes características: – Fobia escolar: Comienzo súbito; edad más frecuente ocho a doce años; igualdad entre varones y hembras; buena escolaridad previa, personalidad conformista y un hogar adecuado.

– Absentismo escolar: Comienzo insidioso; edad diez a quince años; predominio de varones (por el momento); deficiente escolaridad previa; personalidad rebelde y hogar muchas veces inadecuado.

Problemas con la sexualidad Por último voy a tratar unos asuntos especialmente espinosos para los padres y que casi nunca saben cómo manejarlos: los que se refieren a la esfera sexual.

Empezaré por la masturbación. Para su comprensión ha de tenerse en cuenta la inmadurez afectiva de la infancia y de la adolescencia y la angustia que por sí misma genera en los niños. No es propiamente una desviación de la conducta más que cuando se convierte en compulsiva y que por lo tanto debe tratarse como cualquier compulsión. Por lo tanto, excepto este caso que tiene que tratar un psiquiatra o un psicólogo, ni debe sobredimensionarse la masturbación, achacándole males físicos que no produce, ni banalizarlo absolutamente. Lo que no debe hacerse nunca es estimularla y menos aún desde instancias del Estado a través de los colegios.

Un pseudoproblema es el de las llamadas «desviaciones sexuales», como son el fetichismo, el voyeurismo, el exhibicionismo y el travestismo pues éstas forman parte del desarrollo psicosexual normal (Freud decía con cierto gracejo que el niño es un «reverso polimorfo») y suelen pasar sin más complicaciones, aunque sí son convenientes unas explicaciones de los padres para evitar que se conviertan en un hábito, señalando además los inconvenientes sociales de tales conductas.

Más frecuentes son las consultas sobre lo que la clasificación americana DSM-III-R llama «Trastornos de la identidad sexual en la niñez», es decir el niño al que le gustaría ser niña y la niña a la que le gustaría ser niño. Éstos no suelen expresarlo de una forma tan clara, pero los padres nos dicen que tienen un hijo que le gusta jugar con muñecas o que prefiere jugar con niñas o una hija a la que le gustan los juegos violentos, vestirse de chico y ser en general un poco «machota». En los casos que yo he visto de estos problemas, lo normal es que al cabo de los años sean unos chicos y chicas perfectamente normales en su desarrollo sexual, aunque tal vez los chicos son demasiado tranquilos y las chicas demasiado agresivas.

Mucha más importancia tiene el hecho de que niños y niñas rechacen sus atributos físicos sexuales, pues entonces sí se puede estar en camino de un transexualismo y exige una intervención terapéutica, psicoterápica y conductual intensa y duradera.

Los padres deben conocer, sin embargo, que hay una edad, entre los once y trece años poco más o menos, en la que el desarrollo sexual pasa por una fase, que pudiéramos llamar de «indeterminación», que termina en el momento en que la sexualidad se dirige definitivamente hacia el sexo opuesto y durante la cual hay que tener un exquisito cuidado para no fijar, haciéndola consciente, una orientación equivocada.

Francisco J. Mendiguchía, “El complejo de Edipo”

«Doctor, mi hijo de cinco años parece que no quiere a su padre y no desea más que estar conmigo. ¿Tendrá un complejo de Edipo?» Posiblemente no haya en toda la psicología infantil un concepto más conocido y más utilizado, no sólo por los técnicos, psiquiatras o psicólogos, sino también por el público en general y por los padres en particular, que el llamado complejo de Edipo o Situación edípica.

Todo el mundo habla de él, en las películas y televisión lo citan cada dos por tres, los periodistas lo explican en múltiples artículos de ilustración, los novelistas pontifican en sus novelas sobre el tal complejo y los biógrafos de personajes célebres bucean con frecuencia en la infancia de sus biografiados, en busca de su correspondiente Edipo.

Ello quiere decir que se supone constituye un acontecimiento vital en el desarrollo de la personalidad humana y no habrá hombre que ame a su madre, y además lo confiese, al que no se le achaque enseguida que padece un Edipo no resuelto y no digamos nada de una esposa celosa de las atenciones que tiene el marido con su madre.

Nociones teóricas ¿Qué es realmente un complejo de Edipo? Como principio contaremos a grandes rasgos la historia del tal Edipo: sabemos que, allá por el año 425 a. C., un gran dramaturgo griego llamado Sófocles escribió una tragedia en la que narraba la historia del rey Edipo. Este rey huyó de Corinto para que no se cumpliera un terrible augurio, el de que iba a matar a su padre y a desposarse con su madre, sin saber que en realidad él no era hijo de los que creía sus padres, sino que había sido adoptado por éstos. En su huida tropieza con su verdadero padre, Layo, lo mata involuntariamente y después se casa con la esposa de éste, Yocasta, que era su verdadera madre. Cuando ambos se enteran de que eran madre e hijo, Yocasta se ahorca y Edipo huye de Tebas después de arrancarse los ojos.

Pues bien, hace ya casi cien años, Sigmund Freud, el fundador del psicoanálisis, desarrolló la teoría de que el niño, después de pasar por las fases oral y anal, llegaba a la fase fálica hacia los tres o cuatro años y que, precisamente en esta fase, se producía el hecho capital del desarrollo infantil: el niño empieza a odiar al padre y a desear que desaparezca, es decir, que muera, porque se ha «enamorado» de la madre y desea poseerla para él solo (ni siquiera compartirla con los hermanos y de ahí el germen de otro famoso complejo, el de Caín), pero como, a pesar de todo, el niño también ama a su padre y no quiere que en realidad se muera, su alma entra en un grave conflicto, fuente de ansiedad y angustia: el niño odia a su padre y, al mismo tiempo, le ama.

Esto estaba muy bien para los niños pero, ¿qué pasa con las niñas? Para que el esquema resultara completo Freud describió a continuación el Edipo femenino. Como es natural, en éste sucedía lo contrario: las niñas se enamoran del padre y odian a la madre que, además, posee el pene del padre, objeto del que ellas carecen (la famosa “envie penis”). A este complejo su, por entonces, amigo y correligionario Jung, le denominó complejo de Electra.

A primera vista se percibe que el Edipo masculino tenía más facilidades de aparecer que el femenino, porque el primer objeto amoroso, tanto de los niños como de las niñas, en sus primeros años, es la madre y, por lo tanto, el niño no tiene que cambiar la dirección de sus deseos, mientras que la niña sí tiene que hacerlo. El psicoanálisis dio la explicación de que esto era fácil para la niña, dado que ésta acaba culpando a la madre de su carencia de pene, y su objetivo es conseguir del padre lo que la madre le ha negado.

La salida de esta situación edípica también es diferente para el niño que para la niña. El niño se siente culpable por sus deseos de muerte y teme ser castigado con la castración, por lo que renuncia a su odio hacia el padre y acaba identificándose con él para así poseer otra mujer cuando sea mayor. En las niñas el proceso es algo más largo, porque ellas no pueden tener miedo a la castración, aunque acaba resolviéndolo de la misma manera, identificándose con su madre.

Con la resolución del complejo de Edipo, los niños, según siempre el psicoanálisis, entran en un periodo de calma afectiva, que denomina «período de latencia», hasta que, en la pubertad vuelven las angustias edípicas.

Ana Freud, la hija del fundador del psicoanálisis, describe nuestro complejo con palabras que no resultan tan provocadoras (tal como se entiende hoy este término en el teatro o en la novela), aunque las consecuencias para el niño de sus sentimientos hostiles las describe casi de un modo apocalíptico: «El miedo que le inspira la procedencia de sus deseos hostiles, el temor de la venganza del padre y la pérdida de su cariño, la desaparición de toda inocencia y tranquilidad en relación con la madre, la mala conciencia y la mortal angustia…» En este camino de la descafeinización del complejo de Edipo, tenemos que, uno de los primeros psicoanalistas de la infancia, Baudouin, escribiera en 1930: «La sexualidad a la que nos referimos no es exactamente lo que todo el mundo entiende por tal nombre, se trata de elementos de sensualidad difusa, de afectividad y de amor, que son en el niño el germen de lo que será propiamente genital en el adulto» y, de hecho, acaba transformando el complejo de Edipo en una atracción hacia el progenitor del sexo opuesto y un cierto resentimiento hacia el del mismo sexo, pero sin más profundidades.

Lo que mucha gente se ha preguntado desde la primera descripción freudiana, es de dónde sacó el concepto y por qué le dio tanta importancia; hasta el extremo de generalizarlo como una evolución normal del niño en su vertiente psicológica. Dado que Freud se casó en 1986 y tuvo seis hijos, podría haber sido la observación de estos lo que le llevó a estas conclusiones, pero si fue así no lo mencionó nunca.

Parece ser que el complejo de Edipo fue mencionado por primera vez por su descubridor en una carta a su amigo Fliess el día 15 de octubre de 1897, en la que escribe: «Se me ha revelado una idea única de valor general. Me he encontrado, también en mi propio caso, enamorado de mi madre y celoso de mi padre y ahora considero esto como un acontecimiento universal en la primera infancia», es decir, lo sacó de vivencias de su propia infancia.

Debió de ser algo profundo y personal cuando un hombre genial, pero también bastante obsesivo como Freud cayó en la magnificación de estos sentimientos y formuló una teoría en la que, tal como la desarrolló él mismo, ya no creen la mayoría de los psiquiatras, y aun muchos psicoanalistas.

Volviendo al inicio de esta teoría freudiana, se vio enseguida que había niños a los que les sucedía lo contrario de lo que ésta presupone, esto es, que había niñas que estaban más unidas a su madre y niños que preferían a su padre y a este fenómeno se le llamó «complejo de Edipo invertido», con lo que la validez de la teoría comenzó a tambalearse. Para explicar esta anomalía el psicoanálisis alegó que en realidad, había dos complejos, el de Edipo y el de Electra, siendo el primero «más frecuente» en los niños y el segundo en las niñas.

Por otro lado, ya desde 1907, un colaborador de Freud y vienés como él, Alfredo Adler, empezó a no admitir la teoría de la libido, poniendo en cambio todo su acento en lo que denominaba «voluntad de poder». Por ello consideró que el Edipo no es más que un episodio de la lucha por el poder, es decir, un intento por parte del niño de apoderarse de la madre imponiéndose al padre, y un intento de la niña de superar a la madre y ser «la esposa del padre» pero no por otra cosa que para hallar seguridad.

Para Jung, el otro gran heterodoxo del psicoanálisis, lo importante es el instinto de nutrición, y el padre no es más que un obstáculo para conseguir lo que desean los hijos, pero que la sexualidad no tiene nada que ver en esto.

Karen Harney, una psicoanalista de tendencias sociales o ambientalistas, se pregunta: «¿El complejo de Edipo debe producirse forzosamente en todo niño o, por el contrario, es inducido por circunstancias determinadas? No hay pruebas de que las reacciones de celos destructivas y permanentes, como las del complejo de Edipo, sean en nuestra cultura tan comunes como acepta Freud, pero pueden, sin embargo, producirse artificialmente por la atmósfera en la que el niño evoluciona.» Tenemos además otros hechos importantes: ¿Cómo pasan su Edipo los niños que no tienen padre o no tienen madre o, lo que es aún peor, no tienen ni padre ni madre y se han criado en instituciones de asistencia? Según los psicoanalistas ortodoxos estos niños pasan la situación edípica imaginativamente o, en los casos de orfandad total, viven la experiencia con los cuidadores de distinto sexo que se ocupan de ellos. La verdad es que estas explicaciones no son muy creíbles.

Por último, hemos de pensar que la sociedad familiar que Freud conoció, aun en sus últimos años, no tiene nada que ver con la actual. Las madres ya no pasan tantas horas con sus hijos, porque casi todas trabajan y, por el contrario, el padre ya no es aquel señor todopoderoso que veía a los hijos solamente unos minutos al día y se permitía pocas familiaridades con ellos, sino que ahora conviven muchas horas con sus hijos: juegan con ellos, los lavan, les dan de comer y los transportan marsupialmente durante horas colgados de su pecho.

Mi concepto de Edipo Entonces, ¿por qué esta casi universalidad en la creencia del complejo de Edipo a lo largo de tantos años? Esto me recuerda un cuento infantil que se llamaba algo así como «El traje del rey» y relataba la historia de unos sastres que estafaron a su rey haciéndole creer que le habían confeccionado un traje que sólo podían ver los listos, pero no los tontos. Como es lógico, no había tal traje y el rey aparecía en público en paños menores, pero nadie se atrevía a decírselo por temor a pasar por tonto. Todo fue bien hasta que le vio un niño, que ya se sabe que son los que dicen las verdades, y exclamó: ¡pero si el rey va desnudo! Yo, como el niño del cuento (se dice que los viejos nos volvemos un poco niños) tampoco he visto complejos de Edipo en niños normales, tal como los definió Freud. Pero yo no he sido ni el primero ni el único en España, pues allá por el año 1957, otro viejo paidopsiquiatra, el Dr. Jerónimo de Moragas, escribió un libro titulado “Psicología del niño y del adolescente” en el que decía: «He conocido muchísimos niños que jamás han pasado por una situación edipiana. Nunca una persona, no empeñada en descubrir hechos concretos que demuestran teorías abstractas, y que haya tratado con niños de distintas categorías personales, familiares y sociales, ha podido encontrar en ellos ninguna tendencia a preferir al progenitor del sexo opuesto.» Sin embargo, yo estoy convencido de que, a esa edad de los tres a cuatro años, sí comienza una cierta mayor afinidad entre hija y padre y entre hijo y madre y hasta, en ocasiones, un rechazo por el progenitor del mismo sexo. Pero a mi modo de ver, la situación es inversa a la descrita por Freud; son los padres los que muestran estas preferencias, los padres por las hijas y las madres por los hijos, aunque, naturalmente, el cariño sea el mismo para todos y, por supuesto, no los odian en ningún caso, siempre que se trate de personas normales.

Lo que sucede es que los padres tienen una tendencia natural y espontánea a proteger a las niñas y a mimarlas por un reflejo atávico y educacional de respeto, deferencia y protección hacia el sexo opuesto, además de que el hombre, por no haber sido nunca niña, no acaba de entenderlas del todo y, por el contrario, sí han sido niños (cocineros antes que frailes) y conocen mejor sus trucos para evadirse de la autoridad paterna.

A las madres les pasa lo mismo con los hijos, ellas no han sido niños y tampoco los entienden muy bien, pero sí han sido niñas y saben mejor cómo manejarlas.

Los niños, que son más listos de lo que creemos, aprenden enseguida la lección y así, las niñas cortejan a los padres porque saben que son más fáciles de manejar que las madres, mientras que los hijos lo hacen con las madres por el mismo motivo.

Por todo ello se van produciendo, a lo largo de los años, unas relaciones afectivas, que algunos siguen llamando edipianas, pero que no tienen nada que ver ni con Edipo ni con Sófocles.

El complejo de Edipo como patología Pero si el complejo de Edipo hemos dicho que no constituye una fase del desarrollo normal infantil, he de admitir, porque así lo he visto en alguna ocasión, que en determinadas circunstancias pueden presentarse situaciones realmente edípicas en el sentido freudiano, tal como sucede cuando algunas madres, con carencias afectivas generalmente, se comportan respecto a sus hijos con una intimidad excesiva y los erotizan inconscientemente.

Un ejemplo de lo que acabo de exponer es lo que cuenta Stendhal en sus recuerdos: «Mi madre era una mujer encantadora y yo estaba enamorado de ella… ella me quería con pasión y me abrazaba sin cesar y yo detestaba a mi padre cuando venía a interrumpirnos.» Hay que tener en cuenta que esto tenía que sucederle a Stendhal cuando era menor de siete años, edad que tenía cuando murió su madre.

El caso inverso, es decir, el complejo de Electra, no lo he visto nunca, siendo muy curioso, pero su estudio nos llevaría demasiado lejos, el que en los casos de abusos sexuales y aun de verdadero incesto, se produce justamente lo contrario, es excepcional en la relación madre-hijo.

Otras circunstancias que pueden favorecer la aparición de verdaderas situaciones edípicas son las que cita un psicoanalista, nada sospechoso de heterodoxia freudiana, Otto Fenichel, que no sólo daba una gran importancia a la visión por parte de los hijos de la llamada «escena primaria» entre los padres (dato que hay que tener muy en cuenta para no dilatar demasiado tiempo la salida de los niños de los dormitorios paternos), sino que también hablaba de sustitutos de esta escena primaria y citaba entre ellos la observación de adultos desnudos, es decir, lo que muchos padres hacen hoy en día por considerarlo normal y aun beneficioso para su educación.

En resumen que, en contra de lo que sostiene el psicoanálisis, no es cierto que el complejo de Edipo forme parte de la evolución normal de la personalidad del niño y, por tanto, tampoco lo es que de su resolución dependa en gran parte el equilibrio psíquico del adolescente y aun del adulto. Ahora bien, en ocasiones sí que puede aparecer este complejo y, cuando esto sucede, revela una patología de las relaciones padres-hijos que hay que tratar adecuadamente.

Francisco J. Mendiguchía, “Del mimo al maltrato”

El niño mimado Que hay niños mimados, ahora se les llama hiperprotegidos, es una cosa sabida de siempre, todos hemos conocido más de uno en alguna circunstancia de nuestra vida.

Ahora bien, ¿en qué consiste el mimo? Simplemente que el padre o la madre, o los dos, tienen predilección por alguno o algunos de sus hijos, quizá por el primero, más frecuentemente por el último o, por no tener más que uno, éste es el que se lleva la hiperprotección. La consecuencia es que consienten todos los caprichos del hijo mimado y acceden a todos sus deseos, con lo que el niño se va transformando poco a poco en el rey y señor de la casa; a veces lo que sucede es que ninguno de los padres sirven para educadores y todos sus hijos acaban convirtiéndose en mimados, es decir, en tiranos a los que todo el mundo debe obedecer.

Evidentemente los niños mimados se sienten amados por los padres, y esto es bueno, pues sentirse querido es fundamental para el desarrollo afectivo de cualquier hijo, pero tiene también su parte mala, o al menos, poco deseable y los problemas no tardan en surgir. El niño se va haciendo cada vez más desobediente y agresivo y no puede tolerar que haya en casa o en el colegio otro rey más que él aunque, si no tiene la suficiente fuerza para mostrar su agresividad, se irá convirtiendo poco a poco en un redomado hipócrita que hace el mal a escondidas.

Como todo lo tiene sin ningún esfuerzo por su parte, irá perdiendo poco a poco su capacidad para sacrificarse por algo, acabará por desarrollar un Yo débil e inseguro bajo una apariencia de seguridad y, por su egocentrismo, su adaptación a la realidad será muy deficiente. Esta inadaptación no se notará mucho cuando el niño es todavía pequeño por la protección paterna que le sirve de escudo, pero saldrá poco a poco a la superficie cuando ésta desaparece y entonces tiene que enfrentarse él mismo en persona a unos problemas para los que no está suficientemente maduro y frente a los cuales no sabe cómo elaborar sus propias defensas. En pocas palabras, al llegar a la adolescencia, tendrá muchas posibilidades de convertirse en un joven fracasado.

Hay que hacer la observación de que, afortunadamente, no todos los niños a los que se les mima llegan a convertirse en «niños mimados», ya que algunos no se dejan ahogar en el exceso de cariño y de protección y elaboran un Yo suficientemente fuerte que organiza sus propios mecanismos defensivos.

En otros casos, chicos que ya se han convertido en mimados, o que van camino de ello, se dan cuenta de que, al ingresar en el colegio, se encuentran inermes ante los demás y se despierta en ellos el instinto de lucha del que parecía que carecían, al mismo tiempo que caen en la cuenta que el mundo, aunque sea un mundo tan reducido como es el colegio, no gira en derredor de ellos. Ésta es la causa de que el excesivo mimo constituya una de las pocas indicaciones de internamiento de niños en colegios, fuera del alcance de unos padres que no saben educar.

De todas maneras, hay que ser muy cauto para no caer en exageraciones, como la que ha aparecido recientemente en la prensa, en la que un matrimonio sueco había perdido la custodia de un hijo «retirándole de su hogar» por mimarle demasiado. Esta medida me parece desorbitada y constituye una brutal intromisión del Estado en la familia.

Hay padres que tienen más probabilidades de hacer de sus hijos unos niños mimados. Son casos que podríamos denominar de «familias de riesgo», y entre ellos tenemos los de los padres a los que les cuesta romper el «cordón umbilical psicológico» que les une a los hijos, aun cuando tengan ya diez o doce años; los que consideran al hijo como una propiedad exclusiva al que hay que aislar de todo contacto exterior; los que tienen los hijos, generalmente el hijo, cuando ya son un poco mayores y son mitad padres y mitad abuelos, y ya sabemos lo que miman éstos a sus nietos; y los que tienen algún hijo con algún tipo de inferioridad física o psíquica.

En otras ocasiones lo que sucede es que los padres son personas inseguras, ansiosas u obsesivas que hiperprotegen a los hijos para librarles de males que, en la mayoría de los casos, son imaginarios. Peor aún es cuando el hijo se convierte en el «único objeto amoroso» de los padres, por desplazamiento hacia él de una afectividad que no se satisface de otro modo por malas relaciones matrimoniales o simplemente porque, por divorcio o muerte, la relación afectiva se hace un dúo, cuando debería ser un trío o, mejor aún, un pequeño coro. También puede darse en los casos en los que se da la muerte prematura de alguno de los hijos y los padres, consciente o inconscientemente, se sienten culpables e hiperprotegen a los demás hijos.

Aunque parezca raro, puede suceder que la hiperprotección no sea auténtica, sino una reacción compensatoria de un real rechazo por parte de los padres hacia el hijo, sentimiento que es fuertemente reprimido por chocar contra su conciencia moral, y aun social, tal como sucede cuando los hijos frustran de alguna manera las ilusiones y aspiraciones de los padres.

Los lectores que me hayan seguido hasta aquí creerán que me he olvidado del prototipo de niño mimado, es decir, del hijo único. No es así, pero hablaremos de él en otro capítulo.

El maltrato infantil Una desafortunada consecuencia de la hiperprotección paterna puede ser aquella que los padres, ante la indisciplina del hijo mimado hasta entonces, se pasen, paradójicamente, al extremo opuesto y sometan al niño, al no poder hacer carrera de él, a un trato de rechazo, violencia psicológica y aun física. Es decir, que el exceso de permisividad puede conducir a todo lo contrario: al maltrato.

Y ¿qué es el maltrato infantil? La historia comenzó en Estados Unidos en 1946, cuando un radiólogo llamado Caffey describió un nuevo síndrome clínico (los médicos somos muy aficionados a describir nuevos síndromes para pasar a la posteridad) consistente en que los niños que lo padecían presentaban frecuentes fracturas óseas y hematomas subdurales. Desgraciadamente para su descubridor, otro médico americano, Silverman, descubrió que las tales fracturas y hematomas no eran producidas por ninguna enfermedad sino que su origen era traumático y los traumas producidos por los mismos padres, cosa que éstos ocultaban siempre, hasta que se descubría después de minuciosos interrogatorios. Así las cosas la revista «Newsweek» conmocionó a la opinión pública al dar a conocer la triste historia de una afamada niñera (una «nany» como la de la serie televisiva) que había matado a tres niños y herido a doce a fuerza de palizas. Todo ello llevó a que, en 1961, la Academia Americana de Pediatría acuñara el término de «Battered Child» o «Niño apaleado». A los síntomas físicos antes descritos se añadieron después la malnutrición producida por insuficiente alimentación, la carencia de cuidados, los abusos sexuales y el «maltrato psicológico», por lo que se dio al cuadro el nombre, menos restrictivo, de «maltrato infantil».

La inclusión del maltrato psicológico es muy importante porque así se hace ver a los padres que, quizá sin intencionalidad, se puede llegar a ser crueles con los hijos y producirles importantes daños psicológicos. Como ejemplo de ello tenemos la excelente película “El corredor solitario”, en la que se veía a la madre de un niño enurético exponerle a la humillación, casi diaria, de exhibir en la ventana de su dormitorio la sábana que había mojado durante la noche.

Más importancia tienen evidentemente los casos de intentos de suicidio o de suicidios consumados y las fugas de su hogar de hijos que tienen un verdadero pánico a presentar a los padres unas malas notas del colegio, cuando éstos ni siquiera son conscientes del miedo que producen y son los primeros sorprendidos por esta reacción del hijo. No digamos nada si además hay intencionalidad, vejaciones cuando no responden a sus demandas excesivas, encierros en habitaciones durante horas o en sitios obscuros, ridiculizarles delante de amigos, etc.

La sorpresa fue cuando resultó que en el mundo había miles de niños que eran maltratados por sus padres. Cuando se ha empezado a hacer estadísticas, éstas revelan que, desgraciadamente, el maltrato a los niños es una epidemia que va subiendo de año en año, llegándose a estimar que alrededor de seis por cada mil niños sufren de estos maltratos paternos. ¿Cuántos puede haber en España? ¿Seis mil, ocho mil? Probablemente más, quizá menos, pero lo importante no es el número, sino el hecho en sí.

Es evidente que lo primero que se nota en los casos de maltrato son los daños externos pero, aun sin éstos, se puede sospechar cuando se ven niños de aspecto triste y medroso, con dificultades para el contacto, agitación, llantos, gritos y una curiosa demanda de afecto, que se aprecia porque parecen felices cuando se les ingresa en el hospital en vez de demostrar tristeza y desconfianza como es lo normal. Si el cuadro se prolonga, aparece disminución del ritmo del peso y del crecimiento, son frecuentes trastornos psicosomáticos como cefaleas, diarreas, etc., y psicológicamente responden con la aparición de cuadros depresivos.

La edad en la que los niños están más expuestos a padecer maltrato es la de los dos a los seis años. Es curioso que haya niños que parecen especialmente predispuestos a padecerlo y que incluso atraen los malos tratos por parte de los adultos que con ellos conviven, ya sean padres, cuidadores, maestros, etc., por lo cual reciben el poco caritativo nombre de “niños para-rayos” o “niños esponjas”.

Dentro de este grupo tenemos en primer lugar a los niños hiperactivos que, por su constante inquietud, su poca habilidad motora que les convierte en constantes rompedores de objetos, su carencia de atención que les hace víctimas de continuos accidentes y su escaso rendimiento escolar, producen en los adultos que con ellos conviven reacciones de violencia ante sus incapacidades y molestias.

Otros son los niños compulsivos y agresivos que despiertan en los mayores conducta análogas que, a su vez, son motivo de nuevas compulsiones y agresiones infantiles, es decir, lo que en castellano antiguo decíamos un «círculo vicioso» y ahora se llama «feed back» o «retroalimentación».

A estos dos grupos habría que añadir los tercos, que acaban sacando de sus casillas a los que se empeñan en que vayan en la dirección que ellos desean; a los negativistas activos, que no sólo no van en esa dirección sino que quieren ir en la contraria; a los anoréxicos crónicos, que impacientan a los encargados de darles de comer; a los enuréticos o encopréticos a los que hay que estar limpiando a menudo. En niños más pequeños, a los clásicos niños llorones que no dejan dormir a los padres (hace poco apareció en los periódicos la noticia de que un hombre había matado a un hijo de pocos meses de su «compañera sentimental» por esta causa).

Los padres maltratadores Por otro lado también se han descrito tipos de padres más predispuestos a maltratar a sus hijos: padre o madre de inteligencia normal baja, inmaduro emocionalmente, sin ideales, con una infancia desgraciada por frecuencia de malos tratos, y sin conciencia de su problema. Estas personas van aumentando poco a poco sus agresiones y su impotencia para actuar de otra manera.

De todas maneras yo considero mucho más importantes las circunstancias que favorecen estos maltratos. La verdad es que se han hecho muchos estudios a este respecto y los resultados han sido más bien poco concordantes y aun opuestos (por ejemplo, cuando se pregunta: ¿quién pega más el padre o la madre?). Sí aparecen algunos hechos dignos de resaltar: el número de maltratos aumenta si las condiciones de la vivienda son malas y todas las estadísticas están de acuerdo en que, a menor número de habitaciones, más maltrato; los salarios bajos, el paro, el alcoholismo (la célebre paliza de los sábados por la noche), la conducta disocial, un nivel bajo de inteligencia o la presencia de verdaderas enfermedades mentales, también los aumentan.

Pero todo ello, siendo verdad, no debe hacernos olvidar que personas aparentemente normales, cultas y bien situadas en la vida pueden maltratar a sus hijos. Una vez un autor parisino hizo el siguiente retrato robot de una madre maltratadora: mujer divorciada, con hijos pequeños, secretaria de una oficina o empleada en unos almacenes que, después de un día de trabajo agotador, recoge a los niños del colegio, les hace la cena, les acuesta, arregla su casa, prepara la ropa limpia para el día siguiente y que, al ver que los niños se pegan y chillan, les pega una tunda, porque sus nervios se han roto al desbordarse su nivel de aguante.

Cuando se les pregunta a los padres el porqué del maltrato, las respuestas suelen ser muy variadas, desde que lo hacen por bien del niño («quien bien te quiere te hará llorar», «la letra con sangre entra»); porque se lo merecen por su mal comportamiento; porque vinieron al mundo sin ellos desearlo (sobre esto del niño no deseado habría mucho que hablar; antes no se programaban los hijos y a todos se les quería igual) o no saben qué contestar, porque se trata de padres psicópatas y sádicos.

Pero hay también motivaciones inconscientes que pueden causar, no sólo rechazo en quien las oye, sino también extrañeza, tal como que ciertas madres no aman a sus hijos más que cuando están enfermos (por ello, si no lo están, se ponen ellas). Algo de esto es lo que sucede en los casos llamado «síndrome de Múnchhausen por poderes» o «síndrome de Polle», pintorescos nombres que se refieren al célebre barón de los cuentos infantiles y a su hija Polle. Consiste en que hay ciertos padres que producen en sus hijos verdaderos síntomas patológicos fraudulentos, como fiebre, diarreas, etc., para lograr así que el niño sea hospitalizado y se le hagan todo tipo de exploraciones, aunque alguna de éstas sea peligrosa; como los niños no tienen ninguna enfermedad real, se les da de alta y parece que los padres se van tan contentos. Lo malo es que, al poco tiempo vuelven con los mismos o distintos síntomas, con lo que los médicos, al cabo de repetirse la historia varias veces, empiezan a sospechar y comprueban que los niños no se curan del todo hasta que no se les separa de los padres.

Las dimensiones reales del maltrato Realmente el conocimiento de que los hombres podemos ser más crueles que las fieras, que jamás hacen daño a sus crías en circunstancias normales, no es muy halagüeño para nosotros. Sin embargo, no puede llegarse a la exageración del psicoanalista Rascovsky, para quien «la cultura humana está construida sobre la dominación y el miedo de los hijos, mediante el falicidio o asesinato de los mismos». La asociación por él fundada, considera maltrato concebir hijos de una forma accidental, sin desearlo, no amamantar al recién nacido, separarle de la madre por algún tiempo en las primeras horas de la vida extrauterina o «¡cualquier tipo de regaño o reproche!».

No es de extrañar que cuando los padres se enteran de estas teorías se angustien, piensen que pueden ser unos malos padres y acaben hechos un lío, sin saber qué hacer con los hijos a los que se les prohibe regañar, aunque vean que sería necesario hacerlo cuando hacen alguna cosa mal.

No digamos nada si alguna vez han tenido que darle un cachete, ya que quedarán para siempre marcados por su sentimiento de culpabilidad. Pues bien, la experiencia nos dice que un cachete dado por una madre a su hijo, administrado inmediatamente después del hecho merecedor del castigo, no produce nunca el temido trauma infantil. Si se le da un manotón en su mano cuando la mete en un enchufe o la acerca a un brasero eléctrico que le puede quemar, tampoco. Además es el único modo de que no se repita la experiencia pues cuando el niño es pequeño no valen los razonamientos ya que no los entiende.

A este respecto una encuesta reciente del Centro de investigaciones Sociológicas revela que más de la mitad de los encuestados era partidaria de «dar un azote a tiempo» para evitar muchos problemas y males mayores. ¿Será que los españoles somos unos sádicos? Ahora bien, los castigos han de tener ciertas condiciones como son las de no ser violentos, ser oportunos y no prodigarse en demasía, pues no es bueno que los padres se acostumbren a ellos como único medio educativo, ni que los propios niños acaben haciendo lo mismo, pues puede empezar así una escalada de violencia que puede acabar en un verdadero maltrato.

Lo importante es que la relación de los padres con los hijos no consista solamente en esos «refuerzos negativos» (hablando en términos conductistas) que son los castigos y aun los cachetes, sino que han de darse también los «refuerzos positivos» que son los premios y las alabanzas cuando hacen las cosas bien, y «siempre» demostrando el amor que se les tiene. Lo que es verdaderamente dañino para la evolución de la personalidad infantil es la relación aséptica y fría de unos padres que jamás dieron un cachete, pero tampoco dieron besos ni pasaron horas jugando con ellos. El niño, al ver que no le regañan nunca, acaba teniendo un sentimiento inconsciente de culpa por no tener que «pagar» por lo que él sabe que está mal hecho, eso sin contar con que terminará por tener la sensación de que realmente no le importa nada a sus padres.

Naturalmente, conforme los niños se hacen mayores, las vías del diálogo y del razonamiento deben ir constituyendo la base de la educación. No son signo de debilidad de los padres, sino de firmeza, siempre que los padres tengan convicciones firmes.