Francisco J. Mendiguchía, “Los grandes síndromes”

Corresponden éstos a los cuadros clínicos que por su frecuencia e importancia han sido, y lo son todavía, fuente de angustia, temor y desesperanza para los padres, pero que éstos deben superar porque pueden y deben ser una gran ayuda para los hijos que los sufren.

La deficiencia mental Hace ya más de veinte años, fui buscado deprisa y corriendo para que acudiera a la televisión para que un famoso entrevistador me hiciera unas preguntas sobre el caso de un niño que había aparecido en el entonces Sahara Español, conviviendo con una manada de gacelas. Se preguntaban por la relación que podría haber entre éste y el ya famoso «niño salvaje de Aveyrólv», cuya vida ha sido llevada a la pantalla por el director de cine francés Trufaut.

Lo del niño gacela resultó ser absolutamente falso; no así el encontrado vagando por los bosques de Aveyrón. Con este caso suelen comenzar todos los libros que hablan del tratamiento de las deficiencias mentales, u oligofrenias como se llamaban por aquel entonces. En realidad no se sabe bien si este niño, al igual que las niñas indias Kamala y Amala, era deficiente mental, autista o niño que milagrosamente había sobrevivido en el medio animal, aunque eso sí, a costa de no haber podido desarrollar su inteligencia por falta de estimulación humana.

Sin embargo la verdadera historia de la deficiencia mental como grave problema sociológico empezó más de medio siglo más tarde. El gobierno francés, con motivo de la implantación de la escolarización obligatoria, encargó al profesor Binet que investigara la capacidad mental de los escolares, para lo cual éste, ayudado por su colaborador Simón, diseñó unas pruebas el célebre test que lleva su nombre para determinar esta capacidad, que midieron en «edades mentales».

Cuando les pasaron estas pruebas a los niños vieron que esta edad mental no coincidía en ocasiones con la edad real o cronológica, en unos porque era mayor y en otros porque era menor, determinando entonces que aquel escolar que tuviera una edad mental dos o más años inferior a la real, era un retrasado que no debía seguir una enseñanza normal. Debería recibir a cambio un tipo de enseñanza adaptada a sus facultades, naciendo así la Pedagogía Terapéutica, aunque ya con anterioridad se hubieran creado centros que «recogían» a los deficientes más profundos. A los nuevos retrasados de Binet se les llamó «débiles mentales» y empezaron a crearse escuelas para ellos en todo el mundo.

Para afinar más el diagnóstico, pues no es lo mismo tener dos años de retraso a los seis que a los diez, se inventó por Stern el conocidísimo Cociente Intelectual que se obtiene dividiendo la edad mental por la cronológica que, en caso de absoluta normalidad, debe ser uno; en realidad: cien, porque para facilitar las operaciones se le añadieron dos ceros. Como los hombres no somos robots, ni tan exactos, la coincidencia absoluta era rarísima, por lo que se consideró que la banda comprendida entre noventa y ciento diez era la que correspondía a la normalidad.

Si el niño obtenía un C. I. (Cociente Intelectual) por debajo de esa banda era un retrasado y si por encima un superdotado por lo que, y sin meternos en complejidades de desviaciones estándar, el concepto de normalidad, y por lo tanto de subnormalidad, es meramente estadístico, por lo menos dentro de ciertos límites.

Pronto se vio que había muchos niños con un C. I. por debajo de noventa a los que no se les podía considerar realmente retrasados, por lo que, los que tenían el C. I. entre ochenta y noventa pasaron a ser considerados simplemente «torpes» y en puridad debían, aunque les costara un poco más de esfuerzo, seguir una escolaridad normal, si bien la mayoría acababa sus estudios, si es que lo hacía, uno o dos años después que los demás.

Pero aún hay más, porque si consultamos cualquier clasificación de enfermedades mentales de tipo público e internacional (OMS, DSM) vemos que para calificar a un niño de deficiente mental ha de tener un C. I. por debajo de setenta. ¿Y los que están entre setenta y ochenta? Pues la cosa no está muy clara pero, en general, se les conoce con el nombre de «limites» y también «fronterizos» porque se encuentran en la frontera entre la normalidad y la subnormalidad.

Por debajo de un C. I. de setenta el diagnóstico ya es más fácil, porque la deficiencia suele ser claramente perceptible, no sólo por los tests, sino por su comportamiento general, que se aprecia que no está al nivel de los niños de su misma edad sino a otro inferior. Estas deficiencias se dividen a su vez en leves, moderadas, graves y profundas según su intensidad (estas dos últimas se corresponden con los «idiotas de Binet», término que es absolutamente científico y significa «el que no puede comunicarse de palabra»).

De todas maneras, estas clasificaciones tampoco dejan de ser algo artificioso, porque la deficiencia mental es un trastorno global de la personalidad y hay déficit moderados que tienen mejor pronóstico que otros leves por sus características personales, tal como sucede con los niños antes llamados mongólicos y ahora Síndromes de Down, que tienen muy buena integración familiar y social por su ductilidad y buen carácter.

Sin embargo, con esto de los C. I, nos trajo en su día de cabeza la Administración cuando decidió dar unas ayudas económicas, bien modestas por cierto, a las familias que tuvieran un hijo deficiente pero, y ahí estaba el problema, tenía que tener un C. I. por debajo de cincuenta. Confieso sin rubor que yo, que tenía que poner la firma final en los expedientes del centro que dirigía, cambié más de un cincuenta y cuatro por un cuarenta y siete, para que la familia pudiera recibir la ayuda, sobre todo en los citados Down que tienen la característica de tener un C. I. bastante alto en los primeros meses de vida y que después va bajando.

Fue precisamente en estos niños mongólicos en los que se aplicó por primera vez en Argentina, por la Dra. Coriat el método de la rehabilitación precoz para evitar esta caída del C. I.

Consecuencia inmediata del aumento del número de los deficientes mentales diagnosticados, no de su aumento real, fue la proliferación de centros educativos dedicados a estos niños, empezando naturalmente por los países más avanzados económica y culturalmente: Estados Unidos, Alemania, Suiza, Francia e Inglaterra.

Nosotros fuimos más tardíos en crearlos y además se debieron a la iniciativa privada, pues el Estado no hizo casi nada a este respecto, demostrándolo esta anécdota, que la considero absolutamente cierta: a principios de los años cuarenta el peluquero del entonces Ministro de la Gobernación, del que dependía la Sanidad Española, le pidió a éste una recomendación para que un niño pariente suyo, que era subnormal, pudiera ingresar en un centro estatal, pues los privados no los podían costear.

El ministro dijo que sí, que no faltaba más, y le pasó el encargo al Subsecretario, siendo mayúscula su sorpresa cuando éste, al cabo de unos días le informó ¡que no había ninguno!, a la vista de lo cual mandó rebañar unos presupuestos y construyó el Instituto Médico Pedagógico Fray Bernardino Álvarez, del que más tarde fui director durante veinte años.

Con el tiempo fueron creándose más centros, tanto estatales como privados y llegó un momento en que prácticamente todos los deficientes españoles se educaban en un Centro Especial. Mas he ahí que los países que antes habían comenzado y no sólo tenían centros educativos, sino también talleres, clubes y residencias para deficientes adultos (nosotros teníamos también algunos) empezaron a caer en la cuenta que el deficiente mental pasaba su vida, desde que nacía hasta que era viejo, completamente marginado del mundo en que vivía, sin integrarse en la vida laboral y social del mismo.

Esto provocó una revisión de los conceptos que hasta entonces se habían manejado sobre la educación de los niños deficientes y el nacimiento de la idea de que deberían ser educados con los demás niños, aunque recibiendo un apoyo pedagógico complementario. Así nacieron las llamadas «clases de integración», que ya han empezado a crearse en nuestro país en los colegios públicos y algún privado. En éstas estamos y ya veremos con el tiempo cuáles son los resultados.

Pero aparte de la pedagogía, ¿es que no hay tratamientos eficaces para curar la deficiencia mental? Al cabo de casi cincuenta años de dedicarme a estos problemas y de haber asistido al «descubrimiento» de técnicas que aseguraban que sí lo hacían (extractos de células, ácido glutámico, métodos psicomotrices intensivos) puedo asegurar que casi todos mejoran (excepto el de las células que puede ser peligroso), pero ninguno cura. Excepcionalmente hay uno que sí cura, pero sólo sirve para los hipotiroideos, a los que si se les administra cuando son pequeños extracto de tiroides, no aparece la deficiencia, y aun mejoran si no hace mucho que la padecen.

De todas formas han de aplicárseles todas las técnicas «auxiliares» como la musicoterapia, la reeducación psicomotriz, las técnicas conductuales, la farmacoterapia cuando es necesario y aun las psicoterapias, sobre todo las de grupo, pues todas ayudan. Se nota mucho la diferencia entre un deficiente tratado y otro que no lo ha sido, con gran ventaja para el primero.

Y a los padres ¿no les digo nada? Lo primero es que se asocien. En todos los sitios de España hay Asociaciones de Padres que han sabido luchar por los derechos de los hijos deficientes y han conseguido ir rompiendo las barreras que les separaban de la sociedad, que no los aíslen nunca y les hagan participar de todas las actividades vitales a que puedan tener acceso. Recuerdo con verdadera tristeza una chica mongólica de quince años que vivía en su casa como en una jaula de oro: tenía profesora de música y danza, otra de pintura y otra de pedagogía pero no tenía una sola amiga. Ella que lo notaba, me dijo un día: «Mis padres no se dan cuenta que yo sé que la chica que viene porque es amiga mía, en realidad la pagan ellos.» (Yo la vi porque hizo un cuadro delirante debido a su aislamiento.) Hay que educarles con amor, pero también con disciplina y que inculquen estos sentimientos en los hermanos que después serán los encargados de cuidarlos. En caso de que tengan que internarlos en algún centro por las características de su cuadro clínico, no deben sentirse culpables aunque, eso sí, viéndoles con frecuencia y sacándoles las veces que se pueda.

Para terminar les contaré lo que una madre, ya mayor, me contó respecto de su hija deficiente: «Doctor, ¿creerá usted que, a estas alturas de mi vida, esta hija es el único consuelo que tengo?».

El autismo Como he comenzado este capítulo con una historia continuaré con otra, un poco anterior a la del niño gacela. Un día se presentó en mi consulta un señor diciendo que iba a llevarme, para que lo viese, a un hijo suyo que había sido diagnosticado en Estados Unidos de «autismo infantil». Yo, por entonces, no había visto todavía ningún caso de este síndrome y sólo tenía las ideas que me proporcionó la lectura del libro, aún no traducido al castellano de Leo Kanner, en el que este autor describía dicho síndrome, descubierto por él en 1943, con el nombre de «early infantil autismus». Daba al cuadro un pronóstico más bien benigno y con muchas posibilidades de recuperación, optimismo que había contagiado a los padres que, como el señor que nos consultaba, se cuidaba mucho de separar a su hijo de los deficientes mentales («mi hijo es un autista, no un subnormal») dado que además, en los primeros tiempos, se pensaba que el origen era psicogenético.

Para el psicoanalista americano Bettelheim, que escribió un libro realmente impresionante llamado La Fortaleza Vacía, el autismo no consistía, en la mayoría de las veces, más que en un rechazo, consciente o inconsciente de los padres, sobre todo de la madre, a la que describía como fría, distante y con repugnancia para los contactos físicos.

Desgraciadamente hoy ya sabemos que sólo un 5% de los niños autistas no tienen retraso mental, de ellos el 50% con un C. I. por debajo de cincuenta, y que su pronóstico es malo, bastante peor que el de los deficientes leves y moderados.

Asimismo prácticamente nadie duda ya del origen orgánico (cerebral) del autismo, ligado en un pequeño número a factores genéticos y en una mayor proporción a problemas infecciosos o traumáticos del embarazo y del parto, y hasta se han descrito trastornos del metabolismo cerebral con una disminución de la tasa de serotonina en sangre. Últimamente he leído un trabajo que comentaba que mediante la exploración con resonancia magnética cerebral se había detectado una disminución del tamaño del cerebelo, aunque este dato está aún por confirmar con ulteriores investigaciones.

El número de niños autistas se calcula en tres o cuatro por diez mil niños, siendo cuatro veces más común en niños que en niñas.

De una forma somera señalaré que los síntomas que caracterizan a estos niños son los siguientes: trastornos de la relación social, de ahí su nombre de autismo, desde que son pequeñitos (no responden con sonrisas a los tres meses, no miran de frente, no se adaptan al cuerpo de la madre cuando ésta los cogen en brazos, están como ausentes), retraso en la aparición del lenguaje (llegan a los cuatro años o más sin decir más que alguna palabra suelta) y manierismos o movimientos estereotipados (agitación de brazos «como si fueran a volar», retorcimiento de manos).

Es muy característica la resistencia a los cambios en su entorno (ir siempre por el mismo camino, no comer si no les sirve la misma persona, crisis de llanto si se le cambia la cuidadora), apego a objetos inusitados (un trozo de plástico o de alambre), reacciones emocionales agudas frecuentes, con rabietas y automutilaciones, trastornos del sueño, juegos excéntricos e hiperactividad.

Curiosamente, algunos de estos niños muestran habilidades especiales como dibujar. (Tuve un enfermito que dibujaba motocicletas con una perfección que no tenían los niños de su edad pero… las repetía incansablemente decenas de veces y siempre con los mismos trazos.) Durante los años sesenta y setenta se publicaron multitud de trabajos sobre el autismo en las revistas especializadas y se celebraron congresos sobre este tema en exclusiva, dado el alto interés que despertó el cuadro en los medios científicos.

Hoy en día este interés ha disminuido bastante porque se llegó a la conclusión de que las posibilidades de curación son escasas y que el cuadro estaba ya perfectamente definido. No era ni siquiera una forma muy precoz de psicosis como al principio habíamos creído y hay ya autores, como el inglés Grahan, que en su tratado de Psiquiatría Infantil lo incluye en el capítulo de «Trastornos de la inteligencia». La última clasificación americana, la DSM-III-R, soslaya el problema describiéndolo como «Trastorno generalizado del desarrollo».

De todas formas los niños autistas siguen ahí y hay que intentar seguir investigando, tanto en su etiología, para que pueda llegarse a una prevención, que sería lo único realmente eficaz, como en los modos de tratarlos y educarlos, y así salvar lo que se pueda del naufragio pues, aunque pocos, las estadísticas de la mayoría de los países citan casos, un 10%, que pueden llegar a adquirir un cierto grado de independencia y alguno hasta conseguir un trabajo normal, dependiendo ello del grado del desarrollo intelectivo que tengan, de los cuidados de los padres y de los métodos educativos y conductuales aplicados para desarrollar sus potenciales y modificar sus conductas inadecuadas. En veinticuatro casos seguidos por mí durante diez años, ninguno de ellos había podido hacer una escolaridad normal y el 20% estaba internado en centros especializados para autistas.

Las psicosis He hablado un poco más arriba de que el autismo pudiera haber sido una forma temprana de psicosis. ¿Y qué son las psicosis? Para entendernos rápidamente diré que el ejemplo más claro de psicosis en el adulto es la esquizofrenia.

El que los niños puedan padecer una psicosis es algo conocido desde principios de siglo, cuando un psiquiatra italiano llamado Sanete de Sanctis describió el primer caso conocido de esta enfermedad, denominando al cuadro clínico «demencia precocísima», es decir una forma infantil de la recién descrita demencia precoz que más tarde se denominó esquizofrenia, nombre con el que hoy en día se conoce esta enfermedad, todavía llena de interrogantes sobre lo que realmente es pero perfectamente conocida en sus síntomas y aun en su tratamiento.

No puedo describirles detalladamente cómo es la esquizofrenia infantil, pues la mayoría de las personas conocen más o menos de qué se trata y por ello les voy a describir un caso que vi hace casi ya cuarenta años: se trataba de una familia que emigró a Inglaterra, padre, madre y un niño de seis años y que, al cabo de medio año de estar allí, notaron que el niño empezó a ponerse triste y luego a hablar solo, al principio menos y luego a todas horas. Después comenzó a aislarse poco a poco en una habitación y dejó de hablar hasta caer en un mutismo absoluto, a sufrir crisis de agitación en las que rompía todo lo que encontraba a mano, y a no dormir.

Asustados los padres se viene la madre a España con el niño y aquí lo veo yo, encontrándome con un niño inexpresivo, con la mirada vacía, perplejo, con una sonrisa sin contenido alguno y al que no logro arrancar ni una palabra, si bien seguía indicaciones como «ven aquí», «siéntate», etc. y que, de repente, se levanta de la silla en que estaba sentado, echa a correr por la habitación mirando hacia el techo, mientras musita algo ininteligible y hace ademán como de sacar unas pistolas y disparar con ellas; esto le dura un par de minutos y después vuelve a sentarse aparentemente tranquilo, repitiéndose la escena tres veces en una hora. Entonces le pongo un lápiz en la mano diciéndole que dibuje una casa y pinta una con aspecto fantasmagórico, luego que dibuje un hombre y resulta también una especie de fantasma encapuchado. Cuando hablo con la madre me cuenta que algunas noches golpea la almohada con los puños diciendo la palabra «sangre» como si realmente la estuviera viendo.

Le indico a la madre que creo que el niño padece una forma muy precoz de esquizofrenia y, como el diagnóstico en esa época era un poco insólito, se lo cree a medias y escribe al marido, que se traslada a Londres, donde consulta con varios psiquiatras y todos le dicen que el diagnóstico era correcto. El caso terminó bastante bien pues en seis meses le desaparecieron los síntomas después de un tratamiento con neurolépticos y psicoterapia.

Se trataba pues de un caso de una forma de psicosis infantil de tipo esquizofrénico, raro en esta edad pero mucho más frecuente entre los doce y quince años, edad en la que ya va tomando la enfermedad la forma del adulto. Hay otras formas descritas de psicosis infantiles, aún más precoces que nuestro caso, como son la psicosis simbiótica de Mahler, la forma deficitaria de Misés, la defectuosa de Bender y las psicosis disarmónicas, que deben distinguirse, lo que no es tan fácil, de las deficiencias mentales.

El tratamiento debe ser hecho siempre por un psiquiatra, pues la terapéutica realmente eficaz es la administración de neurolépticos; si debe acompañarse de técnicas de maternaje, musicoterapia y técnicas conductuales. Puede citarse como exponente de la gravedad de estos casos, el que una magnífica psiquiatra de niños, norteamericana, Lauretta Bender, llegó a tratar, antes de la aparición de los psicofármacos, cientos de ellos con electrochoque.

La epilepsia Del último «gran problema» del que quiero tratar, es el del niño que padece una epilepsia. Es curioso que todos los libros que tratan de esta enfermedad empiecen citando a los grandes hombres que fueron epilépticos como Julio César, Napoleón o Dostoievsky, quizá para darnos argumentos para convencer a los padres de que es una enfermedad sin importancia y no aquel terrible «mal divino» que hacía a los romanos suspender las reuniones públicas o comicios, cuando algún asistente sufría una crisis del «gran mal» epiléptico.

La verdad es que, hace no más de treinta años, ser epiléptico era desagradable, peligroso a veces, y conducente a una marginación social que llevaba en ocasiones a los manicomios. Los niños que sufrían estas crisis tan aparatosas del «gran mal» epiléptico, no podían ir a clase con los demás niños porque éstos podían asustarse y hasta se crearon centros especiales para ellos.

Afortunadamente en estos últimos treinta años, el problema ha ido dejando de serlo gracias a dos factores fundamentales: el primero ha sido el gran avance producido en el tratamiento farmacológico de esta enfermedad en todas sus formas: «gran mal», «pequeño mal» y «crisis parciales» (sólo sigue siendo una forma grave la conocida como «hipsarritmia» o síndrome de West), avance que ha permitido el control de las crisis en la gran mayoría de los casos.

Gracias a ello el niño ha dejado de estar siempre asustado por la posibilidad de sufrir un nuevo ataque, ha adquirido seguridad en sí mismo y ya no se produce deterioro mental ya que ni hay crisis ni la medicación que actualmente se da les atonta. Tan es así que ya es muy difícil de ver lo que antes se llamaba «carácter epiléptico» que producía un tipo de niño colérico, agresivo, de retorcidas ideas, poco fiable y enequético (esta palabreja quiere decir repetitivos, pesados, minuciosos y adherentes).

El segundo factor es el mejor conocimiento por parte de la gente de lo que es la enfermedad y de su poca peligrosidad para el niño o para los demás. Esto hace que los niños epilépticos sean admitidos en los colegios y hasta se instruyan a los compañeros de clase para que no se asusten y sepan qué hacer si se presenta alguna crisis, como no meterles cucharillas ni objetos duros entre los dientes en plena crisis, porque se pueden romper, y sólo colocarles en una posición cómoda en la que no puedan herirse en las convulsiones.

De todas formas los médicos, cuando se hace el diagnóstico de una epilepsia infantil, debemos tener una charla con los padres para explicarles en qué consiste la enfermedad: sus posibles y reales peligros; cómo prevenirlos (vigilar al niño mientras se baña en el mar o en una piscina porque puede ahogarse en una crisis y no hacer ejercicios tan violentos que produzcan jadeo durante minutos); la necesidad de seguir puntualmente las indicaciones terapéuticas con controles periódicos de nivel de medicación en sangre y repetir los electroencefalogramas de tiempo en tiempo. Hay que ponerles en guardia también con el exceso de superprotección que puede llegar a ahogar la iniciativa y personalidad del niño.

Francisco J. Mendiguchía, “El niño que se rebela”

Un gran número de consultas que se nos hace a los especialistas en psicología y psiquiatría infantiles, están motivadas por una conducta que desazona a los padres, quizá no inmediatamente, pero sí al cabo de un cierto tiempo de su aparición.

La primera entrevista suele comenzar así: «Doctor, ¿qué podemos hacer con este niño, o esta niña, que desde hace algún tiempo dice a todo que no? No quiere obedecer, se rebela cuando queremos imponer nuestra autoridad y el “no quiero” lo tiene siempre en la punta de la lengua, y el caso es que antes era muy obediente.» Cuando les pregunto ¿cuántos años tiene?, la respuesta más corriente es que tiene alrededor de cuatro años.

En la mayoría de los casos sucede que nos encontramos ante un niño en esa primera edad difícil, caracterizada por el negativismo y la terquedad y que ha recibido diversos nombres, como «primer período tempestuoso», «primera edad rebelde» y hasta «primera pubertad» por lo conflictiva que resulta para los padres y que, en realidad, no es más que una característica del desarrollo psicológico normal del niño.

Es en esta etapa cuando se produce un fortalecimiento del Yo infantil, que es lo que le lleva precisamente a este negativismo en un intento de afianzar su personalidad frente a los adultos, sus leyes y sus órdenes.

Los padres se extrañan ante ese primer «no quiero» del niño, sin pararse a pensar en la gran cantidad de «yo quiero que», «haz esto» o «no hagas lo otro» que le han dicho y seguirán diciéndole.

Este «no quiero», no es más que una forma que el niño tiene para decir, «hay que contar conmigo a partir de ahora», y esto no es malo en sí, porque cuando un niño se resiste activa y francamente a ciertas órdenes, aunque estén bien dadas, muestra que ni la hiperprotección, generalmente materna, le ha abrumado, ni el tratamiento duro, generalmente del padre, le ha aplastado hasta el punto de no atreverse, en ambos casos a «luchar en defensa propia».

La rebeldía del hijo, el «no quiero» por sistema, primero sorprende a los padres que no lo esperaban y luego acaba constituyendo una amenaza para su amor propio, pues no entienden que, habiéndose portado muy razonablemente con él, éste se rebele, al parecer sin razón ninguna pues, como dicen ellos: ¡si no le pedimos nada que no se le pueda pedir a un niño de su edad! Francamente, se sienten desilusionados y un tanto confusos, confusión que aumenta cuando, al preguntar en la guardería o colegio al que acude el hijo, les dicen que allí el niño se porta bien, no es negativo y no tienen ningún problema de rebeldía.

Lo mismo sucede si va a pasar la tarde en casa de un amigo o de unos primos, pues los padres de éstos comentan que es un chico adorable y obediente.

Todo ello acaba produciendo una cierta inseguridad y ansiedad en los padres, que piensan: ¿en qué estamos fallando? Y es que los niños parece que tienen muy desarrollado el sentido de la oportunidad y del dónde, cómo y cuándo pueden hacer las pruebas de su naciente personalidad y hacer valer sus derechos, sin peligro y con provecho.

He hablado del dónde y cuándo, pero también hay un «cómo», pues la resistencia infantil no se muestra sólo por medio de palabras, el «no» y el «no quiero», sino que también puede hacerlo bajo otras formas.

Una de ellas es la de utilizar su conducta y así, se resiste a la comida o la vomita voluntariamente (hay niños que son realmente unos virtuosos en esto de provocar el vómito), simula no oír o comprender las órdenes que se le dan, se queda sentado cuando tiene que moverse o viceversa, no obedece las órdenes que ya se habían hecho rutina con anterioridad, se niega a orinar hasta que ya no puede más o llega a hacerlo encima, lo mismo pasa con la defecación, no quiere irse a la cama a la hora acostumbrada y mil formas más de manifestar su negación ante los mayores, cosa que desconcierta a sus padres más aún que las palabras.

No se le oculta a nadie que en esto de la rebeldía, como en todo lo que se refiere a la conducta infantil, no todos los niños son iguales, y los hay más tercos y negativistas que otros, que son más dúctiles y conformistas ya desde que nacen, y esto ocurre porque no todos los temperamentos, N_ después los caracteres, son iguales.

Los mayores y la rebelión de los hijos Claro es que también los mayores podemos contribuir a fomentar la resistencia del niño si, valga la expresión, se le «provoca» acompañando nuestras órdenes de gritos y malos tratos, si se le dan instrucciones contradictorias (por la misma persona o por otras) o con «doble mensaje» («haz esto porque si no se lo contaré a papá cuando llegue») o se le comunican demasiados mandatos, aunque éstos sean acertados, al mismo tiempo.

Cuando a un niño de esta edad se le dicen cosas como “ven aquí inmediatamente”, “come sin hacer ruido”, “no hables en voz tan alta”, “no toques los alfileres” o “deja la TV y vete a dormir”, hay que evitar los «porque sí», «porque yo lo mando» y acompañarlas de los razonamientos pertinentes del porqué de las prohibiciones, naturalmente en un lenguaje apropiado a la edad del niño. También hay que ser un poco dúctil al dar órdenes a los hijos y no exigir, salvo en raras excepciones, su cumplimiento inmediato pues hay que darles algún tiempo para que venzan la inercia del cambio y madure interiormente lo que se le exige.

Hay que tener también mucho cuidado en no prohibirles cosas que nosotros nos permitimos hacer delante de ellos, tales como «niño, sal de la habitación que tú no puedes ver esta película» y nosotros nos quedamos viéndola o, en caso de hacerlo, como cuando le prohibimos beber vino y nosotros lo bebemos, se debe explicar el por qué de la prohibición.

A veces, lo que sucede es que un niño, que hasta entonces no se había mostrado más rebelde de lo normal para su edad, aumenta su negativismo y terquedad hasta hacerse verdaderamente molesto para los padres, los cuales reaccionan aumentando los castigos y las reprimendas, que no hacen más que incrementar aún más la conducta negativa del hijo. En realidad, lo que el niño hace no es más que un intento de llamar la atención sobre él porque ha sucedido algo que le hace sentirse desgraciado, como puede ser el nacimiento de un hermanito, que su madre se haya puesto a trabajar y ya no está tanto tiempo con él o, simplemente, que cree que los padres atienden demasiado a un primito que ha venido a pasar una temporada con ellos.

Este primer período de terquedad suele desaparecer hacia los cinco o seis años, por lo menos en su forma más llamativa, porque el niño es ya una personita más segura de sí misma y no tiene que recurrir al negativismo como sistema, aparte de que va aprendiendo a ser realista y a adaptarse a las circunstancias.

El segundo período de rebeldía A los nueve o diez años, tanto en los niños como en las niñas, se suele producir una segunda fase de rebeldía y ello debido a dos hechos fundamentales: a) El niño traslada sus intereses de la familia al grupo, del que acepta unas normas que no obedece en casa, y al colegio, en el que sucede lo mismo. Por ello, a esta edad, son más frecuentes los casos de niños que son rebeldes en casa y casi modélicos fuera de ella.

b) Nace su espíritu critico y, gracias a él, comienza a juzgar las cosas, los hechos y las personas con criterios propios. Como este sentido crítico alcanza a los padres, a los que empieza a ver como realmente son y no como los tenía idealizados, los bajan del pedestal en el que les tenían colocados, y esta frustración le hace enfrentarse con ellos en una lucha que empieza ahora y no terminará hasta que pasen a la fase siguiente de su desarrollo psicológico.

La gran rebeldía: la adolescencia Y con esto llegamos a la fase de «la gran rebeldía»: la adolescencia. Ésta comienza a los doce años por término medio y termina hacia los dieciséis o diecisiete (la edad de los «teen» de los americanos) y que, por la problemática que suele resultar, se le dan los apelativos de «crisis», «época de tormenta y tensión» y otros parecidos, todos con un cierto tinte peyorativo, que no hacen más que señalar que el adulto considera esta edad como algo peligroso ante la que adoptan una aptitud defensiva y aun medrosa. Títulos de libros como “Socorro, tengo un hijo adolescente” muestran cuál es el estado actual de la cuestión, siendo lo peor que los padres, «por si acaso», adoptan sistemáticamente una actitud de prevención, y aun de hostilidad, frente a los chicos que llegan a esta edad.

Esta rebeldía juvenil está motivada fundamentalmente por dos razones: inseguridad del niño que empieza a dejar de serlo, pero todavía no es un hombre, y el enfrentamiento con un mundo desconocido y amenazador con más interrogantes que respuestas.

Ya no le valen las de los padres y él todavía no ha encontrado las suyas, lo que le hace ir en una busca desesperada de una identidad que todavía no tiene; si ya no soy un niño, pero tampoco soy un adulto, ¿qué soy? Y entonces acude al mismo mecanismo que tan buenos resultados le dio cuando era más pequeño: ¡Me opongo!, pero ¿a qué?, pues a todo o casi todo, empezando por las normas familiares y acabando por las sociales.

Para no sentirse demasiado culpables por su rebeldía, se sienten víctimas. ¡Cuidado, lo sienten verdaderamente, no es una comedia!, por lo que resulta que son los padres los culpables, los que no les comprenden. Pero es que tampoco les comprenden en el colegio y mucho menos la sociedad, que está podrida y a la que hay que cambiar radicalmente y, si llega el caso, destruirla tal como es.

Los padres pierden su condición de guías y mentores y se sienten frustrados e impotentes frente a la nueva situación y ante los hijos que les rechazan, y a su vez éstos, que todavía les aman, se sienten culpables de su desvío y de su comportamiento rebelde.

Se produce así una situación en la que ni los padres ni los hijos están seguros de si su comportamiento es correcto, lo que genera una confusión de sentimientos, temor, amor, admiración, rechazo, rivalidad, hostilidad, que aumentan aún más la inseguridad del adolescente y la situación de conflicto en que vive y que sólo el paso del tiempo será el encargado de atenuar, pues precisamente tiempo es lo que el chico a esta edad necesita para alcanzar su identidad y adquirir la seguridad en si mismo, que haga innecesario recurrir a los mecanismos de oposición.

Si nos centramos ahora en su comportamiento social, vemos que también tiene el adolescente que hacer frente a una situación insegura, pues ya no se siente protegido, ni él lo desea, por la familia y por ello se agrupa en lo que se denominan «grupos de pares», es decir, grupos o pandillas formados por chicos y chicas de la misma edad. Estos grupos tienen a su vez reglas de conducta pero, que por ser suyas, son más satisfactorias y se someten gustosamente a ellas.

Se produce así una identificación con unos valores nuevos, que van desde el modo de vestir hasta las ideas políticas, desesperando a unas madres que no conciben que sus hijas se nieguen a vestirse como a ellas les gusta y vayan, en su criterio, hechas unos adefesios o a unos padres que se horrorizan porque sus hijos se hagan un moño o se pongan pendientes en una oreja.

Tampoco entienden los padres que sus hijos adolescentes opinen en política justamente lo contrario que ellos, no siempre claro está, progres si son conservadores y conservadores cuando son progres. A este respecto recuerdo dos casos muy ilustrativos: El primero es el de un coronel del ejército que, hace treinta años, me llevó a consulta a su hijo de diecisiete porque se había metido en una organización política demócrata, lo que era indicio de que estaba mal de la cabeza; y el segundo es el de una madre, que era militante maoísta y que hace un par de años me consultó porque se llevaba muy mal con una hija de trece años que, entre otras tosas, se burlaba de ella diciendo: «¿Y tú eras de las que, hace unos años, se manifestaba haciendo el tonto levantando el puñito?».

Naturalmente no todos los adolescentes se comportan así, ni es lo mismo pasar la adolescencia en un pueblo de pocos habitantes que en una gran ciudad, ser obrero o pertenecer a la «jet», haberse criado en una familia en la que los padres saben cómo ocuparse de los hijos o haberlo hecho en otra en la que los padres se llevan mal, están divorciados o no se ocupan de ellos. Si quisiéramos forzar un poco las cosas, diría que no hay dos adolescentes iguales, a pesar del estereotipo «rebelde» que he descrito.

Hace ya bastantes años, un injustamente olvidado filósofo alemán llamado Spranger, agrupaba a los adolescentes según los «valores» que éstos prefieren, lo cual me parece un excelente punto de vista y me ha servido a lo largo de mi ya dilatado ejercicio profesional.

Este autor dice que hay adolescentes «intelectuales» que se interesan por el mundo de las ideas; «estetas», que experimentan una fuerte atracción por lo bello; «activos», siempre necesitados de acción, sea la que sea; «sociales», altruistas y con fuertes sentimientos de solidaridad; «entusiastas», de grandes ideales políticos o religiosos; «místicos», que buscan a Dios en el recogimiento y la soledad, etc.

Realmente es difícil encontrar tipos puros con un solo valor dominante, pudiendo servir de ejemplo a este respecto, el de un campeón de España de atletismo que ya «iba» para sacerdote al mismo tiempo.

Por ello, la misión de los padres en esta difícil edad, es la del cultivo de alguno de estos valores, para así «individualizar» al adolescente y evitar su gregarismo hasta que logre su identificación y la adquisición de la seguridad tan anhelosamente buscada, y ello aunque los valores del hijo no coincidan exactamente con los de los padres, siempre que haya unos valores éticos morales y religiosos de los que no se debe prescindir.

Los rebeldes patológicos Todo lo escrito hasta aquí sobre la rebeldía de los hijos se ha referido a una rebeldía normal, pero las hay también que, por su extremosidad, caen en lo que pudiéramos llamar «rebeldía patológica», tan patológica que en la última revisión de la Clasificación de Enfermedades Mentales de la Academia Americana de Psiquiatría (DMSIIIR) se incluye con el nombre de «Negativismo desafiante», describiéndolo del modo siguiente: «Comienza a los ocho años y no pasa de la temprana adolescencia usualmente, es más frecuente en niños que en niñas y dentro del hogar que fuera de él y, por lo menos durante seis meses, se encoleriza a menudo, discute con los adultos, rechaza las peticiones o reglas de los mismos, hace deliberadamente cosas que molestan a los demás, reprocha o acusa a los demás de sus propios errores, es resentido, rencoroso, vindicativo y, a menudo, reniega o usa un lenguaje obsceno.» Cuando el cuadro rebelde llega a adquirir esta importancia, es conveniente consultar con un especialista, porque el pronóstico puede no ser demasiado bueno. En un estudio de seguimiento que hice en dieciocho chicos y catorce chicas encontré que la evolución no fue, en general, favorable, pues ya con veinte o veinticinco años el 40% de ellos estaba igual o peor y la integración familiar sólo se consideraba buena en trece de los treinta y dos casos.

Los niños que no se rebelan Con esto acabamos con los chicos que se rebelan, pero ¿qué pasa con los que no se rebelan nunca? A estos niños no solemos verlos por nuestras consultas porque, en nuestra sociedad, los niños que son obedientes, tranquilos, poco exigentes y no protestan por nada, no molestan ni incordian a padres ni maestros y son muy bien aceptados. Sólo si esta pasividad es muy llamativa, acaba llamando la atención de los padres, sobre todo si se trata de chicos, a los que parece que se les exige agresividad, pues las chicas, por definición, son más juiciosas y tranquilas.

Esta pasividad bien puede ser un rasgo caracterológico: los niños «apáticos» y «amorfos» de la antigua tipología de Le Senne Heymans, cosa que se aprecia prácticamente desde la cuna, bien puede ser un producto de su educación y circunstancias ambientales, cuando unos padres rígidos y dominantes aplastan la personalidad del niño. A estos padres el psicoanálisis les conoce, como es su costumbre, con otro horrendo nombre: padres «castradores».

También se puede producir este tipo de reacción pasiva cuando hay, por el contrario, una ausencia tal de control paterno, que el niño se refugia en su pasividad y bondad para sentirse así más seguro y evitar enfrentarse con problemas, frente a los que no sabe cómo reaccionar porque no se lo han enseñado. Otras veces lo que pasa es que el medio en el que ha vivido, la familia, ha sido preparado tan artificialmente por los padres a fin de protegerlo y evitarle fricciones que, al dárselo todo hecho, caerá indefectiblemente en dificultades cuando los problemas se presenten, cosa que sucede siempre, tarde o temprano.

Estos niños pasivos suelen jugar solos y no forman parte de grupos, así como tienden a refugiarse en fantasías compensatorias, que de momento les ayudan, pero que, a la postre, aumentan aún más su aislamiento.

La última oportunidad de los niños pasivos es la etapa de la segunda rebeldía, la de los ocho-nueve años, cuando su personalidad se afirma, su afán de expansión es mayor y sienten más la necesidad de romper la excesiva vinculación que les ata a los padres porque, si llegan así a la adolescencia, no es ésta la edad más apropiada para salir de esta situación y ya serán, en la mayoría de los casos, unos jóvenes y adultos pasivos que se dejarán arrastrar por los avatares de la vida (Le Senne ponía de ejemplo el caso del rey Luis XVI de Francia) o harán su rebeldía tardíamente, cuando ya no son niños y la sociedad la tolera mucho peor.

Como colofón a este problema de los niños pasivos he de decir que, por lo menos en lo que a mí concierne, la mayoría de los casos en los que he tenido que intervenir ha sido porque los padres consultaban, no por su personalidad sino por los malos resultados escolares obtenidos, pues estos niños casi siempre están entre los malos o, como mucho, entre los medianos dentro del colegio. Y esto porque entre otras muchas causas, conformismo, pereza, parvedad de sus motivaciones, incapacidad para reaccionar ni a premios ni castigos, está la de que carecen de esa «agresividad intelectual» necesaria para aventurarse por los caminos de la abstracción y prefieren la comodidad de lo concreto.

Francisco J. Mendiguchía, “La motricidad y sus trastornos”

El aparato locomotor también puede producir síndromes patológicos diversos, más o menos importantes, en los niños y voy a empezar por el que aparece en la edad más temprana y que además tiene un nombre rarísimo: «Offensa capitis.» Los angloparlantes le llaman «headbanging» y en castellano la verdad es que no sabemos cómo llamarlo. Consiste en una conjunción de balanceo del cuerpo y golpes de la cabeza contra los barrotes de la cuna o contra las paredes y que desaparece a los tres o cuatro años como mucho.

Se han buscado muchas explicaciones para este curioso fenómeno, tales como autoerotismo, carencia de cuidados maternales, insuficiencia de posibilidad de movimientos e insensibilidad al dolor. El caso es que se pasa solo, pero asusta mucho a los padres por los posibles daños que pueda hacerse en la cabeza y hasta molesta a los vecinos por los ruidos que hace el niño durante la noche, pues es a esta hora cuando más lo hace.

En algunos casos raros el fenómeno de balanceo, sin los golpes en la cabeza, puede prolongarse hasta la preadolescencia como uno que vi hace algunos años (hoy es una perfecta madre de familia) que, con doce años, tenía que balancearse para coger el sueño, al mismo tiempo que se metía los dedos índice y meñique en la nariz y el gordo en la boca, y que cedió rápidamente con un tratamiento de descondicionamiento.

Otro hábito muy conocido es el de la «onicofagia» o hábito de morderse las uñas, que se da en un 25% de la población infantil, con un máximo de frecuencia entre los diez y los doce años, preferentemente en niñas. Las terapéuticas coercitivas como castigos, regaños, colocación de esparadrapos o untar los dedos en acíbar u otros productos que saben mal, no suelen dar resultado en la mayoría de los casos, siendo lo más acertado tratar la tensión subyacente que existe en un buen número de ellos y utilizar también técnicas de descondicionamiento.

La «tricotilomanía» o hábito de tirarse de los pelos hasta arrancárselos y llegar a producir en ocasiones verdaderas calvas, no es tampoco una rareza y también mucho más frecuente en las niñas que en los niños. Los pelos que se arrancan suelen ser los de la cabeza, pero también los de las cejas y pestañas y, en menor proporción, los de axilas y pubis. Se han intentado mil explicaciones para esta conducta, pero ninguna resulta convincente del todo; lo que sí es cierto es que muchas veces coincide con estados depresivos o con conflictos familiares que hay que tratar adecuadamente, acompañándose de técnicas de descondicionamiento que son las más efectivas.

Con otra palabreja rara, «bruxomanía», se conoce el hecho mucho más vulgar, en niños pequeños, de rechinar los dientes, y que tan desagradable resulta para los que están alrededor y que, en cierto modo, está relacionado con estados de nerviosidad como el producido por el picor que producen las conocidas «lombrices» en el ano de los niños (esto y dormir con los ojos abiertos eran signos patognómicos para las madres de la presencia de estos parásitos intestinales). Lo mejor es tener paciencia y dejar que se pase solo, pero si dura mucho hay que descondicionar el hábito como se hace con los anteriores.

Los tics Por su frecuencia, consecuencias sociales y resistencia a los tratamientos son especialmente importantes los llamados «tics», conociéndose con este nombre los movimientos bruscos, rápidos, involuntarios, de presentación irregular y sin finalidad alguna. Su ejecución va precedida de un impulso irresistible cuya representación produce malestar, pero que, mediante un esfuerzo voluntario o una distracción involuntaria, pueden disminuir en frecuencia e intensidad al mismo tiempo que desaparecen casi totalmente durante el sueño.

Los tics se dan más en niños que en niñas, más en éstos que en adultos y pueden ser muy variados en su expresión. Tenemos tics de cara (parpadeo, guiños, muecas, sacar la lengua) que son los más frecuentes; de cuello y cabeza (afirmación, negación, saludo); de hombros (encogerse de hombros); de tronco (inclinarse); respiratorios (hipos, tos); fonatorios (carraspeos, gruñidos) y verbales (repetición de sílabas, palabras y aun frases, con tendencia a la coprolalia).

La edad en la que aparecen con más facilidad es la escolar y, en total, suponen de un quinto a un décimo de esta población. En unos casos aparecen durante una temporada y luego desaparecen, quizá se repitan alguna otra vez, pero acaban por quitarse; en otras ocasiones se cronifican y son muy difíciles de extirpar, si bien tienen temporadas de mejoría y empeoramiento.

El tratamiento consiste en técnicas de relajación y de descondicionamiento (poner al niño y a la madre delante de un espejo para que aquel repita voluntariamente los movimientos que hace involuntariamente) y en el uso de tranquilizantes y neurolépticos no muy incisivos.

Existe una forma especialmente grave de los tics que se conoce con el nombre de «Enfermedad de Gilles de La Tourette» en recuerdo de este psiquiatra francés que la describió en 1885 y que ahora los americanos la han rebautizado como T. S. (Tourette’s syndrome). Consiste este cuadro clínico en tics motóricos y verbales al mismo tiempo, con una especial relevancia de ruidos guturales y de emisión de palabras obscenas y malsonantes.

Aunque el síndrome en sí puede llegar a desaparecer, dura mucho más tiempo que los tics corrientes, a veces se puede ver hasta en la edad adulta y es frecuente que se acompañe de problemas de conducta como terquedad, rebeldía o agresividad. Parece ser que se debe a un trastorno genético relacionado con la enfermedad obsesivo-compulsiva. El único tratamiento a que obedece algo este grave síndrome es el farmacológico, aunque dada la gran cantidad de tiempo que hay que administrar el medicamento, se llegan a producir síntomas de intolerancia hepática.

Los niños «manazas» De vez en cuando aparece por la consulta, no muchas veces porque el problema suele preocupar poco a los padres, a no ser que sea de gran intensidad, un niño que es desmañado, torpe, rompe lo que cae en sus manos y, en conjunto, al que se le puede denominar patoso, pues ha presentado problemas de coordinación motora desde que era pequeño.

A este cuadro se le denomina «dispraxia evolutiva» y sus síntomas son los de que, desde sus primeros meses, han sido lentos para sentarse, gatear, guardar el equilibrio, andar, coger objetos, hacer torres con cubos de madera o plástico, meter objetos de diversas formas (bolas, cubos, rombos, etc.) en sus agujeros correspondientes, manejar el lápiz o el bolígrafo, cortar con tijeras, abrocharse y desabrocharse los botones, vestirse o hacerse los nudos de los cordones de los zapatos.

Más tarde se le va notando cada vez más su inhabilidad: se le caen los objetos de las manos y los rompe, claro, la plastilina se le resiste, sus dibujos están muy mal hechos, su escritura resulta casi ilegible y ¡ay!, cuando llega la hora de jugar y correr se cae al suelo más veces que los demás, le cuesta chutar al balón y no digamos regatear en el fútbol y, en fin, que no son capaces de meter una pelota en un aro de baloncesto.

Lo peor es que el niño, según va pasando el tiempo, se va dando cuenta de su problema, se va acomplejando y, o se deprime y aísla o se torna agresivo en defensa de su autoestima.

Su causa no es bien conocida, puede ser genética, yo vi este cuadro en dos gemelos hace algún tiempo, o puede obedecer a pequeñas lesiones cerebrales del momento del parto que afectan solamente al área de coordinación psicomotriz. El diagnóstico no es difícil y desde el viejo test de Oseretsky se han multiplicado las pruebas que ponen de manifiesto estas inhabilidades.

El tratamiento consiste en una reeducación psicomotriz hecha en un centro y por un personal muy bien cualificado y empezada lo más pronto posible, pues la precocidad en esta terapéutica es fundamental. Debe de hacerse una psicoterapia de apoyo en caso necesario cuando se presenten problemas emocionales.

La parálisis cerebral El gran problema motórico, aunque afortunadamente cada día va siendo menor su número, es el que constituye las «parálisis cerebrales», pues aún suponen entre el uno y medio y el tres por mil de la población general infantil.

La historia no comienza con un psiquiatra o un neurólogo, sino con un tocólogo inglés, J. L. Little, que describió el cuadro en 1853 y que, en un segundo trabajo en 1863, lo relacionó con dificultades en el parto, siendo curioso que S. Freud, antes de fundar el psicoanálisis, se ocupó detenidamente de él.

Su sintomatología es muy compleja pero lo principal son las parálisis, más bien paresias (parálisis incompletas), que pueden afectar a uno o a varios miembros (monoplejías, hemiplejías, paraplejías) que se acompañan generalmente de espasticidad, y por ello posteriormente de contracturas, rigidez, movimientos atetósicos (reptantes) de los dedos de las manos, ataxia o falta de equilibrio y, algunas veces, temblores. Estos síntomas principales se suelen acompañar de trastornos sensoriales como hipoacusia, estrabismo, nistagmus (movimientos horizontales rápidos de los ojos), trastornos del lenguaje del tipo de disartria por incoordinación bucolingual y crisis convulsivas en el quince a veinte por ciento de los casos. En casos raros puede haber hipotonia en vez de espasticidad.

Muy importante es la presencia o no de deficiencia mental, cosa que no sucede en todos los casos ni mucho menos, aunque en la mayoría de ellos lo parezca. Respecto a esto último puedo asegurar que en toda mi vida profesional he visto cometer tantos errores como en la determinación de la capacidad mental de estos niños, sobre todo si son menores de tres años. Veamos un ejemplo: un niño de dieciocho meses deberá, según los tests, hacer una torre de tres cubos o sacar una bolita de una botella. No lo harán, ni un deficiente mental ni un paralítico cerebral, el primero porque no sabe, el segundo porque no puede y por ello habrá que valorar como positiva la intencionalidad en la ejecución de lo que se le pide hacer, aunque no consiga hacerlo bien y del todo.

El tratamiento de estos niños ha de comenzarse desde el primer día que se diagnostican, va que la rehabilitación precoz es fundamental para que se pongan en funcionamiento las partes del cerebro que no están dañadas por la lesión y sustituyan a las lesionadas, además de evitar la aparición de contracturas y posturas viciosas que después son difíciles de corregir, siendo en este cuadro clínico en el que el famoso Método de Filadelfia o de Doman Delacato, encuentra su principal indicación.

Si importantísimo es el tratamiento físico no lo es menos el psicológico, sobre todo en los casos de normalidad del desarrollo intelectivo, pues se pueden producir conductas reactivas que marcarán profundamente la evolución de la personalidad. Estas reacciones pueden ser: de excesiva su misión y pasividad, de agresividad con conducta tiránica y colérica y de, y esto es lo más frecuente, depresión, apatía y tristeza.

A los padres hay que decirles que estas reacciones dependen en gran parte de su actitud, va que ésta puede ir, desde una hiperprotección que les anula aún más, hasta un rechazo, inconsciente las más de las veces, que se manifiesta en forma de una exigencia de perfeccionismo que pretende unos resultados que jamás se podrán alcanzar con ningún tratamiento.

Y ahora les contaré el caso de un niño afecto de esta enfermedad en un grado bastante intenso, pero muy inteligente, al que después de bastante tiempo de tratamiento conseguimos que anduviera solo aunque con alguna dificultad; un día, los padres de este niño, que parecían muy contentos con estos resultados, nos propusieron, cuando el niño tenía diez años, que lo preparáramos para que hiciera su Primera Comunión, cosa que así hicimos. Cuál no sería nuestra sorpresa cuando nos enteramos ¡que el niño había hecho su Primera Comunión completamente solo! No asistió más que la familia, ni hubo fiesta alguna. Era evidente que los padres, bajo la apariencia de un gran cariño, se avergonzaban del defecto físico del hijo y ocultaban al niño marginándolo de la sociedad con otros niños que, contra lo que creen muchos padres, son más comprensivos y cariñosos que muchos adultos.

Los problemas con la idea del cuerpo Hablemos por último de unos conceptos que tienen mucha relación con los problemas motóricos, los referentes al esquema corporal, es decir la noción que cada uno tiene de su propio cuerpo y los de la preferencia lateral, es decir si somos diestros o zurdos, cosa que depende de nuestros hemisferios cerebrales.

Un niño pequeño no sabe lo que es derecha o izquierda y eso lo va aprendiendo con los años, aunque a veces, en los niños disprácticos antes citados llegan a mayores sin saberlo muy bien. En el ejército había reclutas a los que se les ponía un ladrillo en la mano derecha para que no dieran media vuelta en sentido contrario, pues arrastraban ese trastorno espacial desde que eran niños y nadie se lo había corregido.

Lo normal, es decir, lo más frecuente, es que seamos diestros y utilicemos preferentemente nuestra mano, pierna y ojo derechos y, a los que les sucede lo contrario, se les llama zurdos, conociéndose como ambidextros a los que manejan igual de bien el hemicuerpo derecho que el izquierdo.

Antes se pensaba que ser zurdo era un defecto y hasta se consideraba de mala educación comer con la mano izquierda; en los colegios se les reprendía, hasta se les ataba esta mano izquierda, creándose así lo que después se han llamado zurdos contrariados, que acababan por no saber hacer nada bien ni con una mano ni con la otra. Hoy día este concepto peyorativo de la zurdería ha desaparecido prácticamente aunque no sea más que viendo lo bien que juegan al tenis algunos jugadores zurdos o los proyectos de arquitectos o ingenieros hechos con la mano izquierda. Bien es verdad que todavía tienen algunos problemas como el utilizar unas tijeras que normalmente tienen el filo al revés para ellos o el bajar una escalera agarrándose a la barandilla, que tendrá que hacerlo a contracorriente.

Para conocer cuál es la dominancia lateral se utilizan unas pruebas muy simples: hacer al niño que simule que clava un clavo, se lave los dientes y se peine o reparta cartas o enhebre una aguja realmente, todo ello para las manos. Chutar con una pelota, jugar a la raya o ir a la «pata coja» para las piernas. Mirar por un agujero hecho en un papel, o por un tubo de cartón y simular que apunta con una escopeta guiñando uno de los ojos para ver la preferencia ocular.

Una vez hechas las pruebas nos darán los tres posibles resultados de: – Lateralidad bien afirmada, diestra o zurda. – Lateralidad cruzada, por ejemplo: ojo y pierna de predominio derecho y mano de predominio izquierdo. – Lateralidad mal afirmada, cuando no hay un claro predominio ni derecho ni izquierdo (da cartas con la mano derecha y enhebra con la izquierda).

Si se encuentran lateralidades mal afirmadas o cruzadas conviene afirmar la que sea más dominante mediante ejercicios de psicomotricidad.

En esto de la lateralidad parece haber un factor hereditario, aunque no sea dominante (yo tengo una hermana y uno de mis cinco hijos zurdo, que por cierto es un jaquecoso, cosa que parece ser más frecuente en ellos, y yo mismo, que soy diestro, me pongo el cinturón al revés que todo el mundo).

Francisco J. Mendiguchía, “Guerra fría, convivencia pacífica y amor fraternal”

Desde la terminación de la última guerra mundial «caliente», han sido frecuentes en los medios de comunicación los términos de «guerra fría» para designar un estado de belicosidad cercano a la agresión, aunque sin utilizar armas de fuego y de «convivencia pacífica», que significa ya un paso adelante en las buenas relaciones interhumanas; se convive, sin guerras frías ni calientes, pero de ahí no se pasa, y convivir no es amar.

Esto viene a cuento de que, para muchos autores, la familia constituye también un campo de batalla entre los hermanos que la componen, unas veces caliente ¡cuántas bofetadas se dan, si son pequeños o cuántas broncas tienen, si son mayores, al cabo del tiempo! y otras fría (no se hablan, no quieren salir juntos). Hay también temporadas de convivencia pacífica en las que todo parece ir sobre ruedas y, cómo no, momentos de amor y fraternidad plena, que muestran que no en vano son hermanos y se aman entre ellos.

Se trata de una mezcla de amores, los más, y de odios, los menos, naturalmente a nivel infantil, que se encuentra bajo el arbitraje de esa especie de «Comité de Seguridad» que son los padres, aunque éstos sean los primeros, sobre todo la madre, que se ven involucrados en estos problemas de rivalidades infantiles.

Por ello, las relaciones entre hermanos, así como el orden de su colocación en la familia con arreglo a la fecha de su nacimiento (primogénito, benjamín, etc.), han sido objeto de una abundante literatura que ha llevado a la confección de esquemas y plantillas, que se han vuelto rígidas con el paso del tiempo: hijo mayor dominante, segundo envidioso, «niño sándwich» si son tres y él está en medio, aplastado entre los otros dos, etc.

Estos esquemas han de someterse a revisión en cada caso y, antes de colocar al niño apelativos prefabricados, ha de investigarse el conjunto de las relaciones intrafamiliares, la dinámica familiar en el transcurso del tiempo y la personalidad del niño. A veces ocurre que el niño que nos traen a que lo veamos es el más sano de todos y es otro el que necesitaría nuestra atención. Estos casos se conocen con el nombre de «niño equivocado» y no son infrecuentes en nuestra práctica profesional.

La estructura familiar Lo primero que hay que tener en cuenta es que la familia, que aparentemente es la misma, no lo es a lo largo de los años pues, por muy estática que parezca, sus miembros van teniendo distinta edad. No es lo mismo nacer cuando los padres tienen veinticinco años, que hacerlo cuando tienen cuarenta, cosa que explica en parte la diferencia entre los primogénitos y los benjamines. Asimismo pueden influir otra serie de circunstancias, como pueden ser los cambios de residencia, vaivenes económicos, cambios sociales, enfermedades, etc.

Para demostrar la influencia de estos condicionamientos sobre el niño, el americano Watson porfía un ejemplo que, aunque teórico y exagerado, puede ser muy ilustrativo: Nace el primer hijo y, como es varón, el padre le guía y tutela, le da su misma carrera y acaba siendo un triunfador.

Nace después el segundo pero, como la madre esperaba una hija, hace de él un elegante presumido, le casa con una rica heredera y también se sitúa muy bien en la vida.

Pero ¡ay! nace el tercero, también varón, cuando ya no era deseado, le maleduca una sirvienta que lo seduce a temprana edad y el chófer hace de él un homosexual y un ladrón.

Como se ve por el ejemplo, para el autor, que no en balde fue el creador del conductismo o behaviorismo, sólo cuentan las circunstancias ambientales. Sin embargo, hoy en día se va volviendo otra vez a considerar muy importantes los factores de personalidad, heredados o no, de origen constitucional, hoy llamados genéticos, que determinan que, si por ejemplo, el primogénito es un inseguro y dubitativo (los psiquiatras les llamamos anancásticos), será difícilmente un niño dominante, por muy privilegiada que sea la situación en la que se encuentra dentro del hogar.

Teniendo en cuenta estas salvedades, se pueden, sin embargo, esbozar unos cuadros en relación con las circunstancias familiares de cada hijo: Se ha dicho siempre que la primogenitura da, al hijo que la disfruta, un dominio sobre los demás, cosa que se traduce en una personalidad autoritaria y dominante. Realmente creo que se ha sobrevalorado esta situación, en recuerdo quizá de cuando el primogénito heredaba el patrimonio familiar, cosa que ya no sucede en casi ninguna parte. Por el contrario, el primer hijo tiene en su contra varios factores, como son los de que, durante algún tiempo, es también hijo único y, cuando nace el segundo sufre con más intensidad su «destronamiento». Además, como es el mayor, ha de ser ejemplo y guía para los que vienen detrás, contando por ello con menos benevolencia para sus defectos y fracasos.

Además de ello, el primogénito tiene que sufrir que sus padres hagan su aprendizaje con él, cayendo sobre sus espaldas su inexperiencia, sus dudas y titubeos educativos y su miedo a ser blandos en su manera de tratarle, ensayando en él «todo» lo que dicen los manuales de educación infantil, para estar así más seguros de lo que hacen.

Al benjamín de la familia, que suele nacer cuando los padres son ya más maduros y menos rígidos, se le suele exigir menos, se le hiperprotege y mima más y por ello puede convertirse en un pequeño tirano al que hay que darle siempre la razón, sobre todo si ha llegado un poco tardíamente y hay mucha diferencia de edad entre sus hermanos y él. Menos frecuentemente, pero posible, es que se desarrolle en él lo que pudiéramos llamar «complejo de enano» y que consiste en sentirse disminuido frente a los demás hermanos, a los que admira y envidia por ser mayores, más fuertes físicamente y con más privilegios que él.

Celos entre hermanos Con el horrendo nombre de “complejo de Caín” conoce el psicoanálisis los sentimientos de celos entre hermanos, envidias y celos que son, por otra parte, una constante en todas las relaciones humanas de cualquier edad y condición, sobre todo si existe una situación de competencia y las posibilidades de alcanzar lo disputado no son iguales para todos.

Evidentemente, en toda sociedad infantil se dan estas circunstancias y, por lo tanto, hay celos y envidias que se hacen más notorias cuanto más intimo es el contacto, tal como sucede en las pandillas, en la escuela y, sobre todo, en la familia, en la que las condiciones apuntadas son particularmente acusadas; existe desigualdad (uno es más torpe e inhábil que otro, parece que existe uno más preferido que los demás por el padre o por la madre, el regalo que uno ha recibido es peor que el de otro, etc.) y desde luego hay competencia (todos quieren, algunos más que otros, acaparar el cariño de uno de los padres, o quizá del abuelo, o quieren ser los primeros en alguna situación dada o bien uno se cree con más derechos que otros a que se les alabe por algo, etc.).

Esta situación de competencia es más evidente ante el nacimiento de un nuevo hermano que viene a destronar al hasta entonces rey de la casa, que era por supuesto el más pequeño de la familia. Se produce entonces una situación de tirantez que conocen bien los padres y en la que, el ya penúltimo, se vuelve más exigente, quiere que la madre le demuestre más cariño y le dedique más tiempo, que le den de comer cuando lo hacía ya él solo y, cuando no le ven, le quita el chupete al hermanito. En conjunto, sufre lo que se denomina una «regresión» a etapas infantiles ya pasadas, que puede llegar a la reaparición de una enuresis nocturna o la vuelta al empleo de un lenguaje que ya no utilizaba.

Esta situación de celos es pasajera si no se cristaliza por una desacertada actuación de los padres, bien por no hacer caso en absoluto de las demandas del niño, bien por doblegarse, también absolutamente, a su chantaje. Lo que hay que hacer ver al «desposeído» es que se le sigue queriendo igual, pero que tiene que compartir ese amor y esa madre con el recién venido.

El hecho que suele acabar con el problema es la llegada de otro nuevo, que viene a substituir en el trono al anterior destronador, repitiéndose el ciclo hasta que se interrumpen los nacimientos. Esta situación descrita es mínima, o no existe, cuando es grande la diferencia de edad entre el último y el recién nacido, por lo menos de cinco años, pues entonces el mayor sublima su envidia sintiéndose protector y paternal con el pequeño.

Estas reacciones celotípicas son tan naturales, que hasta se han podido observar en chimpancés que, ante un nuevo alumbramiento de la madre, los otros, sobre todo el más pequeño, se vuelven más agresivos, tercos y exigentes del contacto con la misma.

Para investigar esta problemática del niño, yo he aplicado mucho el test de «Las Fábulas» de Louisse Düss, pues una de ellas, la número tres, se dedica específicamente a detectar este problema. En este test proyectivo se le pide al niño que complete un cuento que le vamos a relatar. En nuestro caso la fábula es como sigue: «Una oveja tiene un corderito al que le da leche mañana y tarde; cuando la oveja tiene un corderito más pequeño, llama al mayor y le dice que no tiene bastante leche para los dos y que él se tiene que ir a comer hierba. ¿Qué hizo el corderito mayor?» Las respuestas, en la mayoría de los casos, son que el mayor se va a comer hierba, sin más complicaciones. Pero, cuando no se ha superado la situación de celos, éstos pueden manifestarse en respuestas que se agrupan del modo siguiente: a) Sustitución de la madre: «Se buscaría otra oveja para que le diera la leche.» b) Sustitución del hijo: «Se tomaría él la leche y que el pequeño se busque otra oveja.» c) Agresión: «Mataría al pequeño y se tomaría la leche de la madre.» Para el psicoanálisis, el complejo de Caín no es más que una proyección del complejo de Edipo, producido por el desplazamiento hacia el hermano del odio hacia el padre, por ello «los hermanos nacen ya enemigos», decía en su libro “El alma infantil y el psicoanálisis” el ya citado Dr. Baudouin, pero justamente pone el ejemplo de Víctor Hugo, quien desde los primeros años de su vida estuvo dominado por el afán de igualar y sobrepasar a sus hermanos mayores (para mayor ironía, el mayor de los tres que eran se llamaba Abel), lo que venía a dar la razón a Adler y su doctrina, para el que lo verdaderamente importante es el «instinto de poder», es decir, ser el primero en todo (en el cariño y atención de la madre, en inteligencia, en tener más juguetes).

A pesar de todo, hay que tranquilizar a los padres cuando nos consultan por estas problemas de rivalidades y celos entre los hermanos, pues hay que considerarlos normales, se superan fácilmente y hasta constituyen un excelente aprendizaje para la futura integración social del niño, que así va comprendiendo que hay que compartir con los demás y que esto se hace más fácilmente si, como entre hermanos, existe también amor.

No quiero terminar este tema, que se considera nada menos que en la Clasificación Internacional de Enfermedades bajo el título de «Trastornos de rivalidad entre hermanos», sin mencionar que fue magníficamente descrito por San Agustín, el Obispo de Hipona, quien hace ya más de mil quinientos años escribió lo siguiente: «He visto y observado un niño enfermo de celos, no hablaba todavía pero, muy pálido, dirigía miradas malévolas a su hermano de leche que mamaba.» Los hijos únicos Pero, ¿qué pasa si no existe más que Abel? Pues que lo puede haber ningún Caín, y esto es lo que sucede con los hijos únicos. El llamado «síndrome del hijo único» es descrito en todos los manuales de psicología y psicopatología infantiles, así como también es recogido por la sabiduría popular y es significativo que, tanto en el aspecto científico como en el otro, el hijo único es considerado muy peyorativamente, reconociéndosele pocos aspectos positivos y sí muchos negativos.

Se ha dicho de él: «el hijo único es demasiado egoísta, tiraniza a los que le rodean y no tolera otros dioses junto a él»; «el hijo único es un ser frágil, caprichoso, tímido, tiránico con los demás, indolente»; «tendrá dificultades de adaptación con sus compañeros y se integrará mal en un grupo», y otras lindezas por el estilo.

Sin embargo, también ha tenido algún defensor, como los profesores Tramer y Kanner que decían: «no debe entenderse que todo hijo único tenga que desarrollarse de un modo desfavorable» y «ser hijo único no es en sí una enfermedad». Si pasamos al terreno de lo patológico, vemos que la proporción de perturbaciones psicológicas necesitadas de algún tipo de tratamiento es, poco más o menos, igual en los hijos únicos que en el resto de los niños.

Sus rasgos negativos son achacados al hecho de que, al no tener hermanos, carece de la necesaria competitividad y ello aumenta su egocentrismo y le discapacita para tolerar las frustraciones. A esta situación se suma, la mayoría de las veces, otra de hiperprotección que les hace caprichosos y tiránicos y todo ello conduce a su inadaptación.

Estas características pueden darse, y de hecho se dan, en algunos hijos únicos, pero no las creo tan universales y definidas como para conformar un «síndrome de hijo Único» pues en otras muchas ocasiones no aparece en absoluto. La que sí es verdaderamente nefasta es la conjunción, hijo único-padres viejos, pues en ella sí que suele ser frecuente el desarrollo de todos estos rasgos negativos en el niño.

Algunos opinan que los hijos únicos son más inteligentes, yo no lo creo así; lo que sucede es que se produce una cierta precocidad en su desarrollo psicológico debida a que al vivir en el hogar solos entre personas mayores, acaban adoptando sus gustos, sus ideas, su lenguaje y hasta sus problemas.

En el plano afectivo puede producirse una situación de excesiva dependencia, de simbiosis padres-hijo, que hace más difícil la ruptura del «cordón umbilical psicológico» en la adolescencia, tanto por los unos como por el otro. El resultado es que o la dependencia afectiva dura más tiempo de lo debido, dificultándose así la futura integración psicosexual del hijo o la ruptura acaba produciéndose de una forma más violenta de lo normal.

Los actuales cambios de la familia De todas formas, todas estas descripciones clásicas de las relaciones entre hermanos, tienen que ser revisadas a la luz de un hecho nuevo: la familia ya no es lo que era y, salvo excepciones, en todo el mundo occidental el módulo familiar es de un padre, una madre y dos hijos, con lo que algunos problemas tienden a complicarse: así, a un primogénito le durarán más tiempo los celos respecto a su hermano que le sigue, porque éste será ya para siempre el niño pequeño y mimada, pero éste tendrá para siempre también la «losa» de su hermano mayor encima de él, sin que, a su vez, él pueda dominar a ninguno.

Si los dos hermanos se llevan poco tiempo, los problemas desaparecen pronto porque a los ocho o nueve años tendrán los mismos amigos, los mismos problemas y serán ya dos camaradas pero, si como es habitual en nuestro tiempo. los hijos vienen muy «programados» y se llevan tres o más años, todas estas situaciones pueden prolongarse hasta la adolescencia. De hecho, cuanto más numerosa es la familia, menos problemas hay y, los que existen, se superan mucho mejor.

Las estadísticas de las que dispongo no son demasiado fiables, porque los casos que consultan sólo lo suelen hacer por envidias y celos tan intensos que rozan ya lo patológico. De todas maneras, en los casos vistos por mí, la desaparición de estas situaciones celotípicas se produjo entre doce y dieciocho años en la mitad de los casos, mejoró en otra tercera parte y permanecía igual sólo en contadas ocasiones. Sólo tuve un caso de empeoramiento: la hermana menor odiaba a la mayor, cuando ambas tenían ya veinte años, más que cuando eran pequeñas. Claro que se trataba de una hermana mayor brillante y guapa y una hermana menor con un enorme complejo de «patito feo» (a los dieciocho años le habían tenido que hacer una operación de cirugía estética «a ver si mejoraba de carácter»).

Para terminar, sólo nos resta aconsejar a los padres que tengan paciencia, pues en la mayoría de los casos el problema desaparece solo, pero que, de todas maneras, actúen siempre con la máxima neutralidad en estas luchas y que repartan su cariño con la máxima equidad, aunque haya algún hijo que por su carácter apacible y bonachón se haga querer más que los demás, mientras que a otros, por todo lo contrario, sea más difícil manifestar el cariño hacia ellos. Por supuesto, ¡cuidado con las excesivas manifestaciones de cariño hacia el recién nacido delante de los otros!

Francisco J. Mendiguchía, “Los problemas aparentemente menores”

Trataré en este capítulo de un grupo de síndromes que aparentemente tienen muy poca importancia aunque, como veremos después, alguno puede complicarse mucho. Para los niños que los padecen sí tiene importancia y pueden amargar sus primeros años de vida.

Los niños enuréticos Veamos en primer lugar los niños que se orinan. Los franceses utilizan la palabra “pisseurs” para designar a estos niños, que no controlan, generalmente de noche, su emisión de orina; en castellano, que es un idioma menos fino, los llamamos “meones”, pero los médicos conocemos este síndrome con el nombre de “enuresis”, lo que viene a ser lo mismo, pues etimológicamente significa “mearse encima”.

Puede ser nocturna y mojan la cama, o diurna, mucho menos frecuente, y mojan los pantalones. A su vez, cada una de ellas puede ser primaria, si nunca se han controlado, o secundaria si el síntoma se presenta después, varios meses por lo menos, de haber conseguido el control.

Lo primero que hay que saber es que el niño ha de tener por lo menos cinco años para ser considerado enurético. Es mucho más frecuente en el niño que en la niña, prácticamente el doble, y va disminuyendo con la edad, aunque todavía a los diez años hay un 3% de niños y un 2% de niñas que lo padecen; su frecuencia varía de unos casos a otros: más de una vez al día, hasta una vez cada quince días, que es lo mínimo para ser considerado patológico.

Todos nacemos enuréticos y vamos aprendiendo, poco a poco, bajo la batuta de nuestros padres. ¿Por qué estos niños fallan en el control de su esfínter vesical? Hay mil teorías, desde las orgánicas que hablan de una inmadurez vesical por problemas de la musculatura y de la inervación de la vejiga, hasta las puramente psicológicas, como tensiones emocionales (miedo) o mecanismos de regresión. Es el caso de los niños que tienen un hermanito y vuelven a hacerse pis cuando ya no se lo hacían, pero la verdad es que no sabemos bien por qué se produce, lo que, como veremos después, se nota a la hora de intentar curar este problema.

Lo realmente importante no es la enuresis en sí, sino las consecuencias psicológicas que puede tener para el niño que se ve impotente frente a algo que le avergüenza y que puede llegar a ser de dominio público. Estas consecuencias pueden llegar a ser graves si hay unos padres poco comprensivos que se ríen de él, se lo echan en cara o lo castigan (recordemos el caso del niño al que su madre le ponía la sábana mojada en la ventana para que la vieran sus amigos).

¿Qué pasa con los niños enuréticos con el tiempo? En los casos vistos por mí, a los diez años de haber hecho su consulta, menos en tres con problemas de columna, en todos los demás había desaparecido a diferentes edades, con una media de doce años; en la mayoría había desaparecido espontáneamente, un día dejaron de hacérselo y ya está. En seis chicas con la primera menstruación, diez con tratamiento farmacológico, otros tantos con psicoterapia, alguno cuando visitó a un curandero, otro cuando fue por primera vez de acampada, y el otro ¡el día que se casó! Saquen ustedes las consecuencias.

De todas maneras hay que intentar siempre un tratamiento (psicoterapia, conductual, el pipí-stop, el método del calendario, poniendo estrellas de colores los días que se levanta seco, o con fármacos del tipo de la imipramina). Hablad siempre con el niño para quitarle sus sentimientos de culpabilidad y de inseguridad, y con los padres para situar el problema en su verdadera dimensión.

La encopresis Pasemos ahora a los niños «que se lo hacen encima». A estos niños se les llama «encopréticos» (los franceses no tienen una palabra adecuada y la española es demasiado descriptiva para ponerla por escrito) por padecer «encopresis», es decir, la no retención de las heces sin tener ninguna causa orgánica.

Es mucho menos frecuente que la enuresis (16% a los tres años, 3% a los cuatro, 1,5% a los siete y no llega al 1%, a los diez). Puede ser también primaria y secundaria, y tampoco sabemos muy bien a qué obedece, aunque aquí los problemas con el aprendizaje son más evidentes, y tanto la negligencia como la excesiva exigencia de los padres pueden ser perjudiciales.

También hay causas emocionales: miedo, ansiedad, situaciones de tensión, celos, la entrada en la escuela, etc., aunque en algunos casos existe un estado de agresividad tal en el niño, que se produce un tipo de encopresis semivoluntaria para fastidiar a los padres. En otros casos simplemente se trata sólo de que están jugando y no quieren ir al retrete para no dejar de jugar, hasta que acaban haciéndoselo encima.

La encopresis es casi exclusiva de varones (cuatro o cinco chicos por cada chica) y desaparece también a los doce años por término medio y por motivos parecidos a los descritos en la enuresis (también en caso de curandero) aunque en esta afección las técnicas conductuales suelen ser las que tienen más éxito, como también la psicoterapia cuando hay problemas emocionales o de relación padres-hijo.

El problema contrario al anteriormente descrito es el de los niños que retienen las heces. Este fenómeno puede ser debido a múltiples causas, una fisura anal por ejemplo; pero en la mayoría de los casos no hay tal organicidad, es simplemente que a los niños les puede resultar una sensación agradable o, más neuróticamente, porque no quiere «dar sus heces», ya que son suyas y de nadie más (el psicoanálisis dice que estos niños serán más adelante unos tacaños); sobre todo si lo tiene que hacer en el inodoro, donde éstas desaparecen rápidamente y la sensación que experimenta de que «algo suyo» se ha perdido es más intensa.

En otras ocasiones son los padres, generalmente bastante ansiosos, que colocan al niño durante horas en el orinal, le inducen a que «lo haga» con halagos y amenazas y el niño acaba como «un rey en su trono», trayendo de cabeza a toda la familia al utilizar sus heces como arma. De todas formas si los síntomas de «estreñimiento» son muy acusados o duran mucho tiempo conviene consultar con un pediatra por la posibilidad de alguna enfermedad como el megacolon congénito.

Los problemas con la alimentación Otro tipo diferente de problemas son los relacionados con la comida. Uno que trae de cabeza a muchos padres es el de los hijos que no tienen ganas de comer, es decir la «anorexia» o «inapetencia» y que alguien llamó la «cruz del pediatra» por lo frecuente que es.

Puede ser esta anorexia muy precoz. Puede aparecer ya en los primeros meses de la vida relacionada generalmente con madres ansiosas, rechazantes, apresuradas y demasiado rígidas con los horarios, o en el segundo semestre y entonces pueden ser producidas por el cambio de la alimentación que tiene distinto gusto, consistencia y modo de administración o por el, cada día menos frecuente, destete, que supone un alejamiento físico y psicológico de la madre.

En la segunda infancia la anorexia significa muchas veces una simple manifestación de rechazo y oposición por parte del niño, que la utiliza como arma contra los padres o, en niños menos agresivos, una llamada de atención sobre ellos si se sienten solos, desatendidos o tienen celos de otro hermano.

Cuando la anorexia se presenta en la edad puberal y juvenil adquiere una significación, frecuencia y gravedad que la hacen especialmente importante: es la «anorexia mental o anorexia nerviosa», que puede llegar a pérdidas de peso, que dejan a las adolescentes, pues se trata de un cuadro casi exclusivo de chicas, con menos de treinta kilos y aspecto cadavérico por la pérdida del panículo adiposo de la cara.

Suele comenzar de una forma insidiosa a consecuencia de un voluntario «dejar de comer» para no engordar (realmente no están gruesas, pero a ellas se lo parece por una deformación de su imagen corporal), bien por motivos estéticos y de moda (desde luego hoy no se lleva la Venus de Milo), bien por un rechazo de las formas femeninas (se llegan a poner vendas en el pecho para disimular las mamas) o bien por situaciones conflictivas familiares o de otro tipo.

En un principio la anoréxica domina su anorexia, pero pronto llega un día en que si quiere volver a comer ya no puede hacerlo, comprobando con ansiedad creciente que empieza a encontrarse verdaderamente mal y le han desaparecido las menstruaciones. Si el cuadro no cede, se llega a un estado de depresión, apatía e indiferencia que es sumamente peligroso, aun para la vida.

El tratamiento de esta forma grave de anorexia requiere la intervención de un psiquiatra y cuando el cuadro empieza a ser importante, la separación del medio familiar y el internamiento en una clínica.

Lo contrario de la anorexia es la «bulimia», que puede darse también en la infancia y que no es más que una compulsión a comer que lleva a la obesidad, con todos los inconvenientes que ésta tiene, desde ser una calamidad en los deportes hasta ser objeto de burlas y apelativos despectivos por parte de los compañeros. La causa de este ansia de comer puede ser la existencia de una ansiedad subyacente, con problemas familiares o escolares no resueltos. (Cuántas personas dicen: cuando me pongo nervioso no hago más que comer.) En la pubertad y juventud se da también un cuadro de «bulimia nerviosa» descrito por primera vez en los colegios femeninos norteamericanos. Consiste en episodios de verdadera voracidad, es decir, comer mucho, en poco tiempo y de una forma compulsiva, lo que naturalmente las llevaría a la obesidad si no se defendieran de ella tomando laxantes, vomitivos, diuréticos y haciendo kilómetros de «footing», todo lo cual puede llegar a afectar seriamente su salud.

Este cuadro no tiene la gravedad de la anorexia nerviosa, pero puede dar bastante guerra y hay que tratarlo preferentemente con psicoterapia para ayudar a estas chicas a solucionar su conflictividad más o menos inconscientes y con terapias de tipo conductual.

Recuerdo un caso de una adolescente que, cuando ella no podía dejar de comer, obligaba a su hermana pequeña a que lo hiciera, por un doble mecanismo de proyección-identificación.

Un trastorno curioso, pero relativamente frecuente en los niños, es la llamada «pica», nombre que viene de pica = urraca, animal de hábitos omnívoros, que consiste en la ingestión de sustancias no alimenticias como tierra, el yeso de las paredes, pinturas y hasta pastillas de jabón, como un caso que tuve yo y que por cierto duró hasta los veinte años, cosa rara, pues suelen pasarse antes. Puede presentarse en deficientes mentales y en psicóticos, pero también en niños sin estos problemas, aunque en mi experiencia, aun siendo normales, no son demasiado inteligentes.

La «coprofagia» o ingestión de heces es poco frecuente, sólo se ve en niños pequeños de uno a tres años y suele significar abandono y carencia afectiva, cosa que suele suceder también en los niños que padecen «mericismo o rumiación» que no es más que la regurgitación de los alimentos a la boca, masticándolos allí durante tiempo y tiempo, aunque en estos casos se te nota al niño una evidente relajación y placidez, que indica una cierta autosatisfacción oral.

Los niños que hablan mal Otros de los problemas, aparentemente menores, que son objeto de múltiples consultas, son los relacionados con el lenguaje.

Si empezamos por los niños de menor edad, tenemos los que tardan en hablar, o si va lo hacen, van retrasados respecto a los de su misma edad. Lo primero que hay que hacer en estos casos es descartar la posibilidad de uno de estos cuatro síntomas: sordera, deficiencia mental, autismo o un trastorno neurológico. Si el niño no padece ninguno de ellos y tiene menos de tres años, recomiendo a los padres un poco de paciencia, porque lo más probable es que el niño rompa a hablar el día menos pensado o se ponga al nivel de los demás, ya que se trata de una simple En el caso de que el problema no se resuelva en un tiempo prudencial, se deben tomar medidas logoterápicas, porque entonces ya podríamos hallarnos frente a lo que se llama «trastorno expresivo del lenguaje», que se caracteriza porque el niño, ya mayor de tres años, se expresa con un lenguaje que corresponde a uno de menor edad y su habla resulta poco inteligible.

Otro trastorno es el del niño que articula mal ciertos sonidos, y esto sí que es frecuente en la infancia: 10% antes de los seis años y 5% a los ocho. Esta alteración se conoce con el nombre de «dislalia», siendo la más conocida la dificultad para pronunciar el sonido de «rr» (el conocido perro de San Roque que no tiene rabo), pero hay otras muchas; la «1» que se pronuncia como «d», la «s» que se hace como «z» y viceversa (patológicamente mientras el niño no sea andaluz), la «ch» como «sh», los niños que sustituyen muchas consonantes por el sonido «t» (hotentotismo) y otros no tan frecuentes, pero ¡a cuántos niños les cuesta decir padre o blusa, pronunciando «pade» o «busa»! Todos estos problemas pueden pasarse espontáneamente con el paso del tiempo, pero conviene corregirlos cuanto antes, porque puede sufrir por su defecto y aun tener problemas con su aprendizaje ya que, como dicen algunos padres, «este niño escribe como habla». El tratamiento debe ser hecho por un logopeda y desde luego no hay que cortarles el frenillo de la lengua.

Distinto por completo es lo que le pasa al niño que no entiende bien lo que se le dice, sobre todo cuando se trata de palabras complejas y raras o frases enrevesadas y largas, trastorno que es más frecuente de lo que se cree, pues parece ser que afecta al 10% de los escolares. Se llama a esto «trastorno receptivo» y es particularmente grave, pero muy raro, que sea total; es decir, que el niño oiga sonidos, pues no es sordo, pero no puede interpretarlos, y la consecuencia es que tampoco aprende a hablar, dando la impresión de un sordomudo o de un autista (yo he visto sólo un caso).

A veces, lo que está alterado es el ritmo del lenguaje, va porque el niño hable muy deprisa, ya porque lo haga a saltos o sin pausas y es lo que se llama «farfullen». Más importancia tiene la «tartamudez que es, bien una repetición o prolongación de sonidos, sílabas o palabras, bien un verdadero bloqueo al comenzar a hablar o al pronunciar la primera sílaba (forma «clónica»).

La tartamudez suele aumentarse en los estados de nerviosismo o tensión y, por el contrario, desaparecer si se canta (yo tenía un adolescente en mi centro que cuando tenía que pedirme algo, lo hacía cantando), si se habla a objetos inanimados o si se hace lectura oral.

El pronóstico no es bueno, en mi estadística sólo desapareció del todo en el 30% de los casos, mejoró en otro 30% y permaneció igual en el 40% restante, aunque eso sí, los severos problemas de convivencia que tienen cuando son niños se vuelven retraídos y temen el contacto social desaparecen cuando son mayores: se reconciliara con su defecto y se vuelven más seguros y expansivos.

El tratamiento es logoterápico, combinado con técnicas conductuales y fármacos ansiolíticos si hay mucha ansiedad.

Francisco J. Mendiguchía, “La televisión y la infancia (la caja no tan tonta)”

Allá por los años cincuenta, estaba muy de moda una de esas canciones sencillas y pegadizas, cuyo estribillo comenzaba con la frase «la televisión pronto llegará», del resto ya no me acuerdo, pero cantaba las excelencias de un nuevo medio audiovisual, con el que lo íbamos a pasar muy bien y con el que tendríamos distracción asegurada para nuestros ratos de ocio. Todo ello, sin salir de casa y sentados en un cómodo sillón.

Mas he aquí que, cuarenta años después, en libros y revistas dedicados a la psicología y psiquiatría infanto-juveniles, se pueden leer cosas como las siguientes: «Las generaciones que crecieron bajo la total influencia de la televisión, se diferencian claramente de las anteriores por un desvío del pensamiento racional lógico y sano, por una manifiesta inclinación a la falta de continuidad, a lo mágico y sobrenatural, por poner especial énfasis en lo sensorial y por la entrega al éxtasis de la música y de la droga.» «Intentamos describir aquí un cuadro neurótico, rayando en la psicosis, que denominamos televiosis o televisitis, esto es, una neurosis causada por la televisión. Consideramos que se trata de una enfermedad mental bastante seria, que encuadramos como situación crítica, o sea, posible de sucumbir a la desorganización psicótica y transformarse en psicosis.» (Todo esto se refiere a niños.) «En este contingente de teleadictos (niños y adolescentes) se encuentra un alto índice de conductas obsesivo-compulsivas, ansiosas y delirantes, semejantes a las de los cleptómanos, exhibicionistas y ludópatas.» «La televisión envía al niño falsos mensajes como éstos: el contacto corriente entre hombres y mujeres conduce invariablemente a relaciones intimas de carácter sexual mientras que cuestiones morales, como la prohibición de las relaciones sexuales pre o extramatrimoniales, pocas veces se mencionan.» «Lo lamentable, lo verdaderamente terrible, es que la televisión ataca a traición.» Es decir que la TV (así la denominaremos a partir de ahora) ha pasado a constituir, para muchos psiquiatras, psicólogos y educadores, algo peligroso para la salud mental de los niños y de los adolescentes y, por lo tanto, de los hombres que serán mañana, en vez de la sana diversión que creíamos que iba a ser y el excelente medio educativo que después vimos que podía llegar a convertirse, y todo ello en menos de cincuenta años.

Parece como si el hombre hubiera creado un instrumento hecho para su entretenimiento y hasta para su formación, y, como el aprendiz de brujo, se le hubiera escapado su control y vuelto contra él, de tal forma que ya han empezado a crearse en todos los países, incluida España, asociaciones para «defender» a la infancia y la juventud del peligro que la TV supone para ellos.

Los Estados también empezaron a preocuparse, tal como lo demuestran los trabajos del Centro Internacional de la Infancia, que datan ya de 1962, la Comisión Eisenhower y la Comisión Nacional sobre las Causas y la Prevención de la Violencia del Presidente Johnson de 1968. Estas comisiones llegaron a la conclusión de que «los niños pueden aprender, y de hecho lo hacen, una conducta agresiva de lo que ven en la pantalla de TV» y, hasta en la misma Unión Soviética, se llegó a considerar que una censura previa podía ser útil para la prevención de la delincuencia en su país.

No deja de resultar curioso que lo único que preocupaba a estas comisiones, a la mayoría de los trabajos que iban apareciendo en las revistas médicas (JAMA y New Englad Journal of Medicine, de 1975) y a bastantes de estas asociaciones de «defensa contra la TV», era la violencia, y llevaban todos el mismo mensaje: poner fin a la violencia en la TV. Como veremos a lo largo de este capítulo, los problemas de la TV son bastante más complejos, y seguramente más graves, que el de la violencia.

El tiempo que los niños consumen viendo televisión Empecemos por uno de estos problemas: la «cantidad de TV que ven los niños.

En España disponemos de numerosos canales. Sus horarios son variables pero algunos de ellos empiezan ya a las siete de la mañana y terminan a las tres o las cuatro de la madrugada, o incluso transmiten las veinticuatro horas del día. Existe una cierta especialización, hay canales en los que domina lo cultural y lo deportivo, y otros que se han especializado en lo erótico y en lo pornográfico; pero la mayoría emiten noticias, películas, concursos, deportes, coloquios, etcétera en proporción variable según los canales.

¿Cuánta gente dispone ya de TV? Se ha extendido muchísimo la costumbre de tener dos, tres o más televisores por casa. Como un índice, aunque sea un poco anecdótico, de este crecimiento, se ha de señalar que en EE.UU. un millón de hogares tiene TV en los cuartos de baño.

Pero nuestro problema, en cuanto a cantidad, es determinar cuánta TV ven los niños. Sobre este asunto hay también bastantes estudios. Éstos son algunos datos: En EE.UU. se llega a las cuarenta horas semanales y de veinticinco a treinta en Francia. En España se puede calcular que, el término medio de tiempo de visión, se encuentra ya en las tres y media a cuatro horas diarias, cifra que se puede duplicar en sábados, domingos y vacaciones de invierno, es decir, un tercio del tiempo que están despiertos.

Se ha calculado que un escolar pasa, al cabo de un año, tres mil seiscientas horas en la cama, seiscientas en vestirse y arreglarse, setecientas en las comidas, novecientas en clases escolares, mil setecientas libres y mil doscientas viendo TV. (Datos del Instituto del Niño y de la Familia de Francia.) En relación con la edad, el número de horas que pasa el niño ante el televisor se va elevando desde los dos a los diez años y desciende después hasta los quince, en que se alcanzan las cifras de los adultos. Sin embargo, lo que se llama «visualización activa» aumenta rápidamente en los años preescolares, se mantiene estable entre los cinco y diez años y aumenta otra vez ligeramente entre los diez y los quince. Hoy día, un niño de dos a cinco años pasa 25 horas a la semana delante de la TV.

Como resumen de esta exposición de cifras, se ha calculado que un niño actual, cuando llegue a los sesenta años habrá pasado, si siguen las cosas como hasta ahora, ocho años, es decir, más de la décima parte de su vida delante del televisor.

Todos los datos expuestos hasta aquí son los que se pueden considerar normales, pero existen casos especiales de lo que se conoce con el nombre de «teleadicción», en los que el niño puede pasarse seis o más horas delante del televisor, si bien es verdad que estos casos son más frecuentes entre los adolescentes que en los niños, sobre todo en lo que hemos llamado televisión activa.

En estos casos de teleadicción llegan a producirse conductas que rayan casi en la anormalidad, ya que los chicos se recluyen en casa y, dentro de ésta, se aíslan en la habitación donde tienen la TV, dejan de salir a jugar y a divertirse con los amigos y se sumergen en el mágico y falso mundo de los programas televisados, con tal fuerza, que pueden pasarse horas inmóviles, con la habitación en penumbra y una ruptura casi total con el mundo exterior, por lo que acaban desarrollando una personalidad extraña de gran introversión e inafectividad, cercana a lo que los psiquiatras conocen con el nombre de personalidades esquizoides.

La denominación de adición no es exagerada pues, si por alguna causa, les falta su aparato de TV, se presentan verdaderos síntomas de abstinencia, que cesan cuando su querida TV vuelve a su habitación. Esto es lo que los americanos llaman «Plug-In Drug» o sea «droga del enchufar» y, para su tratamiento, hay que proceder a una disminución progresiva de la «dosis» de contemplación de TV y romper poco a poco su tendencia al aislamiento, haciendo que la vean en compañía del resto de la familia, metiéndoles así, poco a poco en una «visión compartida», mediante comentarios v° críticas de lo que se está viendo.

La influencia de la TV en la infancia es tan grande, que se ha comprobado que niños de doce a veinticuatro meses son ya capaces de imitar, a veces sólo en veinticuatro horas, los gestos y actitudes que han visto en la TV. Se me dirá que a esta edad los niños no ven TV, pues sí que la ven, porque son colocados, en muchas ocasiones, delante del televisor por los padres que así pueden dedicarse a otros menesteres. Además es conocido que hoy hay niñeras por horas, para cuando los padres se ausentan del hogar, las llamadas «baby sister» o «canguros» que, en cuanto los padres se marchan de casa, enchufan el televisor, colocan al niño delante y ellas se dedican a otras cosas, generalmente a leer o estudiar, dado que muchas son estudiantes.

La visión de televisión en el desarrollo psicológico Los efectos de TV han sido bien estudiados en niños pequeños y se han comprobado movimientos por inducción posturo-motriz y modificaciones emocionales, que pueden apreciarse a simple vista por sudoración o variaciones en el pulso, o más instrumentalmente, por alteraciones de los dermatogramas, de los trazados electrocardiográficos y del electroencefalograma. Desde un punto de vista psicológico, se ve que existe también una cierta pérdida de la organización temporal y espacial, pues acaban por no enterarse de dónde se encuentran ni del tiempo que ha pasado.

En algunos casos puede producirse retraso en la aparición del sueño, disminución de las horas de sueño nocturno y perturbación por ello de la vigilancia y atención diurnas. Estas alteraciones pueden llegar a ser realmente importantes en los casos de abuso del cambio rápido de canales, el conocido «zapping» impuesto por los adultos o por el mismo niño, pues llegan a modificar los procesos de aprendizaje en la escuela por atención saltígrada (enfermedad del «zapping»).

Independientemente de los fenómenos antes citados y después de varias horas de visualización televisiva, pueden aparecer alteraciones como fatiga visual, dolores de cabeza y, en niños predispuestos, crisis de jaqueca. Mención especial merece la posibilidad, afortunadamente no muy frecuente, de desencadenamiento de crisis epilépticas, como consecuencia directa de mirar la pantalla de TV, en niños que padecen un tipo especial de epilepsia llamada fotosensible. También se han descrito crisis psicomotoras desencadenadas por la temática de la emisión, sobre todo en niños con problemas familiares.

¿Interviene la TV en el desarrollo intelectivo del niño? Hay respuestas para todos los gustos. En un principio se pensó que lo aceleraría, dado el aumento de la estimulación sensorial y psíquica que produce, pero estudios posteriores han demostrado que el niño pequeño necesita que las imágenes de las personas y de los objetos tengan una cierta constancia y regularidad, a fin de mantenerlas en la memoria, y las de TV son, por el contrario, de una gran fugacidad. Por lo tanto, la visión excesiva de TV constituye una dificultad para la construcción de las imágenes en la memoria y es origen de una dispersión caótica de las mismas en la mente infantil, uniéndose a esto una perturbación de la atención acústica producida por los ruidos excesivos e inconexos, cosas ambas que se dan en alto grado en las películas de dibujos animados, que son las que más se visionan a estas edades.

Todo ello origina un barullo confusional que puede llevar a un trastorno en el aprendizaje, incluido el habla, y a una distorsión del desarrollo preoperatorio intelectivo y de las operaciones concretas. Asimismo la conciencia del mundo está enormemente deformada y, según algunos autores norteamericanos, las generaciones que van creciendo en su país bajo la influencia de la TV, muestran un desvío del pensamiento lógico y racional, una gran inclinación a todo lo mágico y una tendencia a la discontinuidad.

En relación específica con nuestro país, tenemos el que la mayoría de las películas y series que ven los niños en la TV, están dobladas del inglés, cuyos parlamentos son muy breves y muy limitados en cuanto al número y extensión de las palabras, en contraposición con la riqueza del castellano. Esto produce que las frases dobladas resulten breves, cortantes y, la mayoría de las veces, con un acento que no es el nuestro. Así, el niño termina por acostumbrarse a un léxico en el que predominan los monosílabos, de lo que resulta la pobreza actual del lenguaje de los jóvenes, aumentada a su vez por el hecho de que, cuanto más televisión se ve, menos se lee.

Todo lo expuesto hasta aquí en cuanto al desarrollo intelectivo, explica fácilmente que la adición a la TV sea una de las concausas, no la única por supuesto, del incremento del fracaso escolar, de tal forma, que ante cualquier niño que nos llega con este problema, es preceptivo preguntar a los padres sobre los hábitos televisivos del niño.

Sin llegar a los extremos de la teleadicción, la influencia de la TV en la personalidad del niño es también muy grande. El niño que ve mucha TV acaba siendo un poco introvertido, de escasa comunicación familiar y social, con un concepto distorsionado de la realidad y con tendencia a sumergirse en soliloquios imaginativos que pueden simular conductas semiautistas, habiéndose llegado a hablar de «perversión ecológica» por la falta de contacto con el entorno natural.

Más grave es el hecho de que pueda existir una cierta relación, por muy lejana que ésta sea, entre la dependencia televisiva y la adición a las drogas, pues, al fin y al cabo, en ambas se produce una evasión o escapismo de la realidad y, cuando por la edad el primer mecanismo no basta, se puede recurrir al segundo.

Otro aspecto negativo de la influencia de la TV, son las crisis de ansiedad y los miedos infantiles frente a las películas de terror. Estas películas les asustan, aunque al mismo tiempo no puedan resistirse a la tentación de verlas, en una relación ambivalente sadomasoquista típica de los años de la preadolescencia. Las reacciones de pánico y ansiedad, los terrores nocturnos y los miedos a quedarse solos en casa, son frecuentes después de haber visto una película terrorífica. Ha sido paradigmática la epidemia de miedos y terrores nocturnos provocados por la emisión en TV de la película “El exorcista”, de la cual vi yo más de un caso y que la revista «Time» calificó de «Exorcist fever».

Cuando las películas o series son realmente de terror, suelen visionarse por la noche y es fácil para los padres que sus hijos no las vean, lo malo es que hay películas de dibujos animados que, aun hechas específicamente para niños, son también terroríficas, pobladas de monstruos y personajes alucinantes y en las que se mezclan terror y violencia en gran proporción.

Con esta mención de las películas de terror hemos entrado en otro de los grandes problemas de la TV en relación con los niños y adolescentes: el contenido de los espacios televisivos.

Violencia y sexo en la televisión Empezaremos por uno que ya hemos mencionado anteriormente: la violencia. Hace ya más de veinticinco años que en Norteamérica se creó una «Comisión Nacional para el Estudio de las Causas y Prevención de la Violencia», y en ella se trataba extensamente de la influencia de la TV en la aparición de conductas violentas en niños y jóvenes. En 1972, un estudio de más de veinte años, mostraba que la preferencia por los programas violentos de TV estaba relacionada con agresiones concurrentes o subsiguientes y, en 1978, una investigación llevada a cabo en Inglaterra, delataba en forma inequívoca que los adolescentes que veían mayor número de programas violentos resultaban significativamente más agresivos que los que no veían tales programas.

En 1986 se realizó en Canadá un fascinante estudio en pequeñas poblaciones de aquel país, antes de la introducción de la TV en 1973 y después de la misma, y se vio un aumento de las conductas agresivas, tanto físicas como verbales, en los niños de las escuelas primarias, según iban teniendo acceso a la visión de programas televisivos.

Como los trabajos citados hay otros muchos y, aunque en algunos los resultados no son tan significativos, el informe norteamericano de su Instituto Nacional de Salud Mental es tajante: «Hay un consenso, entre la mayoría de los investigadores, en el sentido de que la violencia en TV provoca comportamientos agresivos en niños y adolescentes cuando ven los programas.» Todas estas investigaciones quieren decir que, mediante los programas de TV, se produce un verdadero aprendizaje de las conductas violentas y hasta se ha llegado a diseñar un tipo de «niño diana», que recibe más violencia que los demás por parte de sus compañeros y que coincide con el descrito preferentemente en las películas y series de TV.

Se dice también que la exposición prolongada de la TV durante la infancia multiplicaría por dos el riesgo de homicidio en la edad adulta y que asimismo podría ser responsable de la mitad de los diez mil que cada año se producen en Estados Unidos, ya que en este país se ven en TV una media de veinte mil actos violentos y once mil muertes en este mismo período de tiempo.

Un niño americano ve una media de siete actos de violencia por hora de visión; menos mal que en los jóvenes británicos la media es sólo de cuatro. Mucho nos tememos que el niño español esté más cerca del norteamericano que del británico, dada la procedencia de los filmes emitidos por las televisiones españolas.

Hemos visto que todos los estudios hasta ahora mencionados se refieren a la violencia hacia los demás, es decir, a la heteroagresividad; pero un estudio reciente ha mostrado que las tentativas de suicidio y los suicidios consumados, aumentan claramente en las dos semanas que siguen a emisiones televisivas que comportan escenas de suicidio. En nuestro caso son los adolescentes los más expuestos, dada su mayor sugestibilidad.

Pasando a otro tema sobre los contenidos de la TV, me referiré al sexual. En el capítulo sobre Acoso Sexual a la Infancia, he mostrado la gran influencia de la TV en el cambio de hábitos en la conducta sexual de niños y adolescentes. Este hecho ha sido mucho menos estudiado que el de la violencia, a pesar de la importancia que tiene para explicar las modificaciones que se están produciendo en las estructuras familiares y sociales de nuestros días. Por ello, no quiero pasar de largo sobre este tema sin citar dos opiniones de dos conocidos paidopsiquiatras: «Las conductas sexuales de los adolescentes pueden ser modificadas por ciertas emisiones televisivas y por los filmes retransmitidos, ya sean emisiones corrientes, eróticas o pornográficas, pudiendo estas últimas provocar el paso al acto’, sobre todo si van acompañadas de violencia» (P. Royer).

«En verdad estamos enfrentándonos cada vez más con jóvenes que no piensan, que actúan como muñecos mecánicos y en quienes, lenta pero sistemáticamente, se van infiltrando la droga, la corrupción sexual y la homosexualidad» (R. Soifer, psicoanalista argentina).

Publicidad, ética y cultura Otro aspecto muy estudiado en TV es el de la publicidad, dada la gran cantidad de spots publicitarios que el niño ve al cabo del año: de dieciséis a dieciocho mil para el norteamericano y de cuatro a seis mil para el europeo occidental, lo que supone que al graduarse de bachilleres, o el equivalente que haya en cada país, habrán visto más de cien mil de estos spots.

El impacto de la publicidad sobre los niños es tan grande, que muchos de ellos prefieren los espacios publicitarios a los demás y, dada su sugestibilidad y su capacidad para dejarse influenciar, lo normal es que sigan fielmente sus indicaciones y acaben comiendo lo que los anuncios les sugieren, jugando con juguetes, a veces absurdos, que los fabricantes les meten por los ojos y deseando lo que los spots les inducen a desear. Todo ello puede ser fuente de conflictos entre hijos y padres, cuando éstos no quieren, o no pueden, acceder a sus deseos, pero si acceden puede ser aún peor, como vimos al hablar sobre “El Pobre Niño Rico”.

Otro de los aspectos más negativos de la TV, tanto en España como en el resto de los países del mundo, es la distorsión de los valores culturales y morales. Según los especialistas, cuando un niño llega a la edad de tener opiniones propias, habrá visto por televisión más de treinta mil historias electrónicas y esta gran cantidad de conocimientos fantásticos habrá creado ya una mitología cultural, con unas normas y creencias que determinarán comportamientos apartados de los valores éticos y morales que, aún no hace muchos años, eran el fundamento de la sociedad.

La honradez, el respeto a los mayores, la consideración hacia el prójimo, la justicia, la caridad, el valor del trabajo y la consideración de la familia como base de la sociedad, han sido substituidos por el enriquecimiento a toda costa y como sea; el culto a la fuerza como arma para triunfar en la vida; el atropello de los derechos de los demás para lograr los objetivos apetecidos; el uso y abuso del alcohol como algo usual; la práctica del aborto como una cosa corriente y carente de toda significación moral, y hasta el uso de cocaína como algo natural y sin efecto negativo alguno.

De los valores religiosos más vale no hablar: Dios, las creencias religiosas, el modo cristiano de vivir, han desaparecido de las pantallas de TV y casi más vale que no aparezcan pues, cuando lo hacen es casi siempre como objeto de menosprecio y hasta ocasión para hacer un chiste o provocar una situación hilarante, cuando no suponen un ataque directo a las creencias religiosas y al modo cristiano de vivir. Al menos, esto es lo que ocurre actualmente en nuestro país.

Todo lo dicho hasta aquí de la TV normal, se complica con los vídeos, en los que la violencia y el sexo acaparan la mayoría de los títulos y que escapan al control de los padres mucho más fácilmente que las emisiones normales. En su favor hay que decir que se dispone también de vídeos para niños que pueden seleccionarse previamente, cosa que no se puede hacer con las emisiones normales, que ya están programadas de antemano.

Aspectos físicos Para terminar con los efectos negativos del uso y, sobre todo, del abuso de la TV, mencionaremos la alerta dada por los pediatras del peligro de la aparición de la obesidad en los niños, producida por la disminución de la actividad y del gasto energético que la visión de horas de TV conlleva, obesidad que se aumenta con la costumbre de consumir durante este tiempo todo tipo de golosinas.

Últimamente se ha señalado la posibilidad, aún no demostrada de una forma rotunda, de un aumento de la tasa de colesterol, que crece en proporción directa de las horas que pasa el niño ante el televisor. Se ha descrito también la aparición de alteraciones posturales (cifosis, escoliosis, etc.) por la adopción de posturas viciosas para ver la TV, si éstas se prolongan durante mucho tiempo.

La TV es también culpable, aunque no sola, del fomento del «culto al cuerpo» que ha invadido la juventud, y lo que no es la juventud, propiciado por el triunfo en sus pantallas de chicas esculturales o chicos apolíneos y el fracaso, y aun la burla, de los que no lo son. Esto ha producido una verdadera obsesión por la figura y ha llevado al seguimiento de unas dietas alimenticias que pueden acabar en algo que se ha convertido en una verdadera plaga entre los adolescentes, la llamada «anorexia nerviosa», que es un cuadro clínico realmente importante y a veces grave. Paradójicamente se produce también otro cuadro obsesivo, la «bulimia», u obsesión por comer en cantidades ingentes, pero a escondidas y con maniobras para defenderse de la obesidad como provocación del vómito, el uso de laxantes o el abuso del «footing».

La televisión también puede ser positiva Después de leer todo lo escrito hasta aquí sobre la televisión, el lector se preguntará si ésta tiene algo de bueno, porque todo parece malo e indeseable. La respuesta es que sí, que claro que tiene cosas buenas y más que podría tener. Si se ha hecho hincapié en lo malo es para poder evitarlo.

Es evidente que la TV es una gran distracción para personas que viven solas, para los enfermos, para los ancianos, etcétera, para los cuales constituye un gran consuelo en su soledad y aun para adultos que no les pasa nada, pero que les sirve para relajarse, en este mundo cada vez más conflictivo y duro.

Si nos ceñimos a los niños, vemos que la TV puede ser, no sólo un medio de distracción, que lo es mediante los programas infantiles adecuados a sus mentes, sino que además están los programas educativos que enseñan a los niños el amor a la naturaleza, a las bellas artes, a las costumbres de otros pueblos y razas, a la convivencia humana, al compañerismo y aun a facilitar al niño su aprendizaje escolar (un programa modélico en este sentido fue, tiempo atrás, uno que se llamaba «Barrio Sésamo»).

De lo que hoy no disponemos, y sigo hablando de nuestro país, son espacios dedicados a la exaltación de los valores éticos, morales y religiosos específicos para niños y adolescentes, como aquel inolvidable “Siempre alegres para hacer felices a los demás”, de los años sesenta.

Consejos a los padres Así las cosas, ¿qué pueden hacer los padres respecto a la TV y a sus hijos? Responderé planteando y respondiendo las siguientes preguntas: ¿Cuánta TV? En un principio se pensó que los niños menores de cinco años no deberían verla en absoluto, de cinco a ocho años, la contemplación de programas televisivos debería ser ocasional, y de los ocho a los diez sólo tres o cuatro veces por semana. Esto es imposible de cumplir hoy en día, pero sí hay que procurar que los niños no vean entre semana más de media o una hora diaria y no pasar de dos o tres horas los sábados y domingos.

¿Cómo contemplarla? Evitando en lo posible la contemplación pasiva y hacer que los niños participen, entre ellas y con adultos, con comentarios sobre lo que están viendo u oyendo. No ver nunca TV en habitaciones completamente a obscuras, ni demasiado cerca del televisor, ni tampoco desde el mismo sitio o la misma postura. ¡Cuidado con el mando a distancia y el abuso del «zapping»! ¿El qué? Los padres deben elegir y supervisar cuidadosamente los programas que los niños han de ver y no dejarse llevar por la comodidad de aceptar, «por no discutir», que vean toda clase de programas, especialmente los indicados para adultos.

No quiero terminar este capítulo sin hacer una pequeña aclaración sobre algo que se dice en el comienzo del mismo y que, acaso, pudiera asustar a los padres: la TV no produce nunca «per se» ideas delirantes. Sólo puede convertirse en objeto de delirio en personas, adolescentes incluidos, que están predispuestas a delirar por alguna enfermedad mental.

Francisco J. Mendiguchía, “Trastornos graves de la conducta”

Cuando yo era niño había en Madrid un colegio muy conocido llamado «Santa Rita», al que iban a parar los niños y adolescentes que se portaban mal o, simplemente que no querían estudiar y que debía ser muy riguroso por la fama que tenía. Al cabo de los años fue sustituido por otros que también tenían fama de duros y que servían para los mismos menesteres, no siendo infrecuente que yo viera en mi consulta a algún chico que ya había pasado por ellos por sus problemas importantes de conducta.

¿Hay niños psicópatas? ¿Qué quiere decir realmente esto de problemas de conducta? Pues nada más, pero también nada menos, que sus patrones de conducta no coinciden con los observados en los medios familiares y sociales en que viven.

A estos conductópatas que se desvían gravemente de lo que se puede considerar como normal, se les denominó «personalidades psicopáticas» o, más brevemente, «psicópatas», aunque hoy se tiende a disimular estos apelativos, por la mala fama que tenían y la hostilidad que despertaban, bajo el eufemismo apelativo de «distorsiones de la personalidad».

La verdad es que el término de personalidad psicopática lo heredó la Psiquiatría infantil de la Psiquiatría del adulto, heredando también su mala fama, su carácter constitucional y su mal pronóstico pues, «el que nacía psicópata se moría psicópata» eso sí, después de haber sido expulsado de varios colegios, enrolado en la Legión y haber visitado alguna cárcel.

A los psiquiatras infantiles nos costó mucho aceptar esta fatalidad etiológica y pronóstica, comenzando por dudar, al menos, de su origen constitucional. Pensamos que, por el contrario, algunos eran más bien formas de reacción frente a múltiples factores ambientales, es decir, «el psicópata no nace, se hace».

La experiencia nos dice que, aunque pueda haber algún factor constitucional y genético (parece ser, aunque la cosa no está muy clara, que la agresividad en el hombre va unida a tener un cromosoma Y de más en su fórmula genética), pues hay estudios en gemelos bastante demostrativos, en la mayoría de los casos el factor ambiental, sobre todo el familiar, es fundamental: hacinamiento, promiscuidad, alcoholismo de los padres, educación contradictoria o cruel, internamientos precoces a los dos-tres años, prostitución, etc., constituyen el caldo de cultivo en el que se van formando poco a poco las conductas antisociales, de tal forma, que si se comportaran decentemente casi sería un milagro.

Recuerdo a este respecto un caso muy desgraciado, en el que hubo tal conjunción de causas (madre prostituta, padre psicópata, abuelo alcohólico, abandono durante el primer año de vida en una cueva la mayor parte del día, ambiente familiar posterior desastroso), que el resultado no pudo ser más que una personalidad absolutamente psicopática que hizo fracasar todos los tratamientos que se le hicieron, para acabar quitándose la vida a los veinte años.

El problema está en que, aunque la causa no sea genética sino ambiental, este tipo de conducta aprendida puede llegar a calar tan hondo en la personalidad infantil que acaba estructurándose de una forma patológica. Por ello a estos niños se les llama también «caracterópatas».

¿Cuál es el núcleo que configura esta anomalía del carácter, congénita o adquirida? Son cuatro las principales características de la personalidad psicopática: 1) Incapacidad para amar o frialdad afectiva, que les hace inmunes a cualquier tipo de relación amorosa.

2) Ausencia del sentimiento de culpa. Nunca son ellos los culpables y de ahí se deriva la incapacidad para el arrepentimiento y una máxima dificultad para la corrección.

3) Ausencia de ansiedad. Sufre muy poco cuando le van mal las cosas, además de ser audaz y decidido.

4) Resolución de las situaciones conflictivas mediante el «paso al acto». En otras palabras, que sus problemas y tensiones los traducen en acciones, generalmente agresivas, sin que el pensamiento llegue casi nunca a jugar ningún papel.

Al llegar a este punto no puedo por menos de dedicar un recuerdo a un psiquiatra inglés llamado Prittchard que, nada menos que en 1835, describió el cuadro de la «moral insanity», del que decía que los que lo padecían «no podían conducirse con decencia y propiedad en los asuntos de la vida». Hoy estamos más cerca de este concepto que del de la Psiquiatría francesa de principios de este siglo que hablaba de «degenerados».

Afortunadamente, en muchos casos la personalidad del niño no llega a distorsionarse del todo, no se desarrollan completamente las características antedichas. Con un adecuado golpe de timón educativo, un cambio de ambiente, una psicoterapia individual o de grupo o una terapia conductual puede modificarse la conducta, cosa que antes se consideraba casi imposible.

Antes de proseguir con la descripción de los tipos más frecuentes de conducta disocial de estos niños y adolescentes, quiero hacer una reflexión sobre el modo de enfrentarse a este tipo de trastornos. Así como otros pacientes psiquiátricos, sobre todo niños, despiertan enseguida nuestros buenos sentimientos y nuestra compasión, éstos, casi indefectiblemente, producen un rechazo en padres («ya no sé qué hacer con él»), en educadores («es un caso perdido») y hasta en psicólogos y psiquiatras, que por nuestra formación deberíamos estar inmunes a este sentimiento, pues el nihilismo terapéutico, el «no se puede hacer nada», no es más que una forma encubierta de rechazo.

Sin embargo, todo el que trata con niños debe darles mucho cariño y comprensión y más a éstos, de los que no hay que esperar correspondencia en la mayoría de las veces, sobre todo al principio, y por lo tanto no hay que sentirse frustrado ni desanimado por esta carencia de «transferencia afectiva».

Agresividad y crueldad Una de las formas más frecuentes de mostrarse estas alteraciones del carácter y de la conducta es la del aumento de la agresividad. Sobre la agresividad humana se han escrito montones de libros y se han suscitado múltiples discusiones entre los teóricos de la misma. Como muestra de las cosas que han llegado a decirse y escribirse, copio de un trabajo aparecido en una revista de Psiquiatría Infantil: «Comienza la nidación del huevo en la pared uterina que se convierte en el campo de batalla… El sistema de nutrición del embrión es canibalístico y vampírico… desde la fecundación el embrión sufre la agresividad de la madre… cuando el niño nace ya lo sabe todo acerca de la agresividad… la actitud bestial más o menos consciente de la madre por su hijo… pone en evidencia una agresividad materna salvaje.» Es decir que la guerra entre la madre y el hijo, producto de la agresividad de ambos ¡comienza en la fecundación! Volviendo a la realidad, diré que los hijos hiperagresivos tienen fuertes crisis de ira y furor a la menor contrariedad; no pueden controlar sus impulsos destructores, y no se les puede llevar la contraria porque saltan a la menor oposición. Estas situaciones se producen lo mismo en el hogar que en el colegio o en el parque donde juegan con otros niños. Pronto llegan las quejas de los demás padres, el niño empieza a encontrarse solo porque los demás compañeros no quieren jugar con él y busca refugio en algún otro que es parecido a él, comenzando así, muy temprano, la formación de un grupo disocial, un «nosotros» muy reducido y enfrentado con los que no son como ellos.

Pronto viene la expulsión de un colegio, luego de otro, el niño se va haciendo cada vez más asocial y agresivo y acaba visitando algún «Santa Rita» de la actualidad.

La destructividad es otra de las características de estos niños y jóvenes, pero no con la destructividad de los niños hiperactivos, que rompen las cosas sin querer; aquí la destrucción es deliberada e intencionada, quieren hacer daño y por eso rompen el juguete apreciado de un compañero o de un hermano, el bolígrafo que recientemente le han regalado al que se sienta a su lado en clase, el objeto preferido de la madre o la bicicleta de un primo que le ha invitado a jugar con él.

Unida a la agresividad y a la destructividad va casi siempre la crueldad. Estos niños y adolescentes son crueles con compañeros a los que vejan, insultan, pegan, en ocasiones hieren con punzones o navajas, y con animales a los que llegan a matar, no sólo con gran sangre fría, sino con verdadero sadismo.

Un caso muy demostrativo a este respecto es el del niño al que vi hace algún tiempo que, con nueve años, después de dieciséis meses de haber sido reñido por su abuela por una fechoría de las que acostumbraba a hacer, volvió a casa de ésta, que vivía sola y tenía como única compañía la de un canario y, en un descuido, sacó el pájaro de la jaula y le retorció el cuello hasta matarle, contándomelo a los pocos días con absoluta frialdad.

Las estadísticas de todos los países muestran cómo las conductas agresivas infanto-juveniles crecen de un modo alarmante, aunque el problema no es sólo de cantidad de violencia sino de la precocidad y gravedad de la misma. ¿Cómo es que, no ya el joven, sino el niño, es capaz de cometer atracos y aun asesinar fríamente a un maestro que le ha puesto malas notas o se ha permitido reñirle? Dos ejemplos solamente: En Inglaterra dos niños de once y doce años secuestran y matan a otro de tres y en EE.UU. dos niños también de once y doce años matan a su amigo Poole de trece a balazos.

No es de extrañar que ya en 1975 un psiquiatra norteamericano se dijera angustiado «parece como si nuestra sociedad hubiera desarrollado una nueva cepa genética, el niño asesino». Evidentemente no es ésa la razón, el problema es educacional y social, y mientras sigamos sembrando permisividad y carencia de autoridad familiar, escolar y social, por un lado y marginación por el otro, las estadísticas seguirán subiendo.

Un tema especial es el de la violencia sexual. Hasta ahora, los niños y los adolescentes, con más frecuencia las niñas y las adolescentes, habían jugado siempre el papel de víctimas y cada día lo juegan más: raptos, violaciones, abusos sexuales, asesinatos son noticia casi habitual en los medios de comunicación (cuando escribo estas líneas, se acaba de descubrir un espantoso triple asesinato con violación y sadismo de tres adolescentes de catorce y quince años), pero es que también ha sido noticia hace poco tiempo que un niño de catorce años, en un pueblo de España, había asesinado, después de un intento de violación, a una compañera de colegio de diez años.

Alcoholismo juvenil Una de las circunstancias que aumentan la frecuencia de actos asociales ligados a la violencia, es el agrupamiento, en forma de bandas o pandillas que poseen una moral antisocial de grupo, con sus leyes no escritas, sus compromisos, su disciplina propia (y ¡ay! del que se atreva a conculcarla) y hasta su vestimenta especial.

Estas bandas suelen formarse a partir de los trece a catorce años y suelen ser más frecuentes en los varones (antes las chicas sólo se agrupaban para la delincuencia sexual o el robo de tiendas), pero en los últimos años va siendo cada vez más frecuente que las adolescentes formen parte de las bandas, con los mismos derechos y deberes que los chicos. Suelen estar jerarquizadas con uno o varios jefes y tienen sus particulares ritos de iniciación y lenguaje críptico convenido.

Por último, comentaré dos problemas que antes se trataban en este capítulo de las personalidades psicopáticas pero que ahora, y desgraciadamente, ya se salen de él, porque forman parte de una problemática general juvenil: el alcohol y las drogas.

Cuando comencé a escribir esta parte del capítulo, dediqué bastante tiempo en consultar estadísticas acerca del consumo de alcohol por niños y adolescentes, en España y fuera de España, y lo primero que salta a la vista es la progresiva ascensión de este consumo a estas edades pues «cada vez hay más bebedores, que beben más y que comienzan antes».

¿Dónde nos encontramos ahora? Pienso que no hace falta acudir a las estadísticas; no hay más que tener abiertos los ojos y salir de noche, sobre todo los viernes, para ver a centenares de adolescentes, y aun preadolescentes, de ambos sexos consumiendo alcohol, solo o con estimulantes, en esa subcultura de la «litrona» , hasta bien entrada la madrugada, hora en que vuelven a sus casas con un mayor o menor grado de intoxicación etílica, si es que vuelven, porque si están demasiado mal se quedan a dormir en casa de un amigo o una amiga.

La primera pregunta que se hace uno al ver estos hechos es: ¿Es que no hay aquí leyes que prohiban la venta de alcohol a menores como en todos los países civilizados del mundo? La respuesta es que sí, que las hay, pero que nadie cumple ni nadie las hace cumplir. Por eso es puro fariseísmo el que las autoridades sanitarias se quejen del consumo de alcohol en nuestro país, a estas edades o en el adulto. (Se calcula que el 12 a 15% de las alcoholemias de nuestro país se han consolidado ya en la infancia.) La segunda pregunta es: ¿Dónde están los padres de todos estos chicos y chicas que permiten que esto suceda? Ya sé que hay muchos que dicen que no pueden prohibírselo porque todos lo hacen y que si se lo prohiben da igual, lo hacen de todas maneras. Es que la autoridad paterna hay que ganársela día a día durante muchos años, no intentar imponerla cuando ya se ha perdido.

La tercera pregunta es la siguiente: ¿Y la escuela, no puede hacer nada? Pues claro que puede, impartiendo cursos de Educación Sanitaria en los que el tema del alcoholismo y sus peligros fuera ampliamente desarrollado por profesionales que conozcan bien este problema.

De todas maneras si quieren algunas cifras les diré que, en España, la media de edad del primer contacto del niño con el alcohol es de ocho a diez años y que, a los quince, un siete a ocho por ciento beben ya más de medio litro de vino al día. Como nota un poco más optimista tengo que decir que, salvo rarísimas excepciones, no se conocen a estas edades casos declarados de alcoholdependencia. Sin embargo, y como nota pesimista, también tengo que exponer un grave hecho: la conjunción sexo-alcohol produce embarazos en adolescentes, que siguen bebiendo durante el mismo y el final es el nacimiento de un hijo con un síndrome llamado feto-alcohol con anormalidades físicas y mentales.

El problema de las drogas Pero si el alcohol es uno de los más graves problemas, el más grave es, sin duda, el consumo de drogas. Ni los niños se libran, al apostarse los vendedores de las mismas a las puertas de los colegios donde, en un principio, la regalan para iniciar así a futuros clientes. Tampoco se libra ninguna clase social, habiéndose llegado a formar un mundo de contracultura que abarca a toda la sociedad juvenil.

El comienzo, «la iniciación», se produce en el 90% de los casos con las llamadas drogas blandas (concepto erróneo; no hay drogas blandas ni duras, todas producen efectos patológicos y unas llevan a otras): marihuana, grifa, hachís, etcétera, en conjunto el llamado vulgarmente chocolate y que no son más que derivados del cáñamo indio. Cuando se pregunta a los adolescentes cómo y por qué empezaron su consumo, más del 50% dice que por curiosidad, otros que por deseo de aventuras y algunos hasta por amistad. Mención especial merece la respuesta «para evadirme de mis problemas» porque, cuando se profundiza, se aprecia que no hay tales problemas; de lo que se evaden es de su propio vacío existencial producido por la pérdida de los valores éticos, morales y religiosos de la sociedad actual, la juvenil también.

Muchos, afortunadamente, no pasan de esta primera fase; pero para otros es el comienzo de un largo camino de anfetaminas, alucinógenos, cocaína o heroína (el consumo de ésta ha disminuido en los últimos años por miedo al Síndrome de Inmunodeficiencia adquirida, SIDA) que son ingeridos, fumados, esnifados o inyectados y que conducen al adolescente a la destrucción, la marginación y en último término a la muerte, previa desintegración de su propia familia, si es que ésta no lo abandona antes a su suerte.

Los jóvenes siempre creen en un principio que podrán dejar la droga cuando quieran pero, poco a poco, van quedando presos en el infernal carrusel de: satisfacción > carencia > búsqueda de droga > satisfacción > dependencia > dosis cada vez mayores > delincuencia para poder comprar la droga, del que ya no podrán salir jamás por sus propios medios.

Como en el alcoholismo, la conjunción droga-embarazo de adolescente es frecuente y el final es también un hijo que, ya desde el nacimiento, presenta los síntomas de abstinencia que presentan los drogadictos cuando se suprime bruscamente el suministro de droga.

Hay que hacer una especial llamada de atención sobre el uso por parte de preadolescentes, y aun niños de ocho a diez años, de pegamentos utilizados para la construcción de maquetas de aviones, coches, etc. y cuya aspiración tiene en un primer momento un efecto estimulante (euforia, alegría, excitación) para pasar más tarde a producir una ligera ataxia, lenguaje farfullante y, si la aspiración dura más de cuarenta minutos, estupor e inconsciencia. El uso continuado de pegamento puede llevar a un estado de depresión y agresividad que necesita más pegamento para que se le pase, es decir también produce dependencia, habiéndose descrito casos de muchachos que necesitaban aspirar el contenido de hasta cinco tubos.

Los padres han de estar muy atentos a los cambios de carácter de los hijos, a su progresivo estancamiento en los estudios, a la desaparición de dinero que no se sabe dónde ha ido a parar, a estados de depresión alternando con otros de euforia y, en general, a un cambio de conducta total, para poder detectar así una posible drogadicción que comienza.

El tratamiento ha de ser siempre en asociaciones y clínicas especializadas. Solos no lo lograrán nunca y los padres han de saber muy bien que, así corno los alcohólicos son sinceros, casi siempre, cuando dicen que quieren dejar el alcohol, el «enganchado» en la droga miente siempre cuando dice que está dispuesto a dejarlo sin ayuda de nadie.

El punto de inflexión en todos estos trastornos graves de la conducta que hasta aquí hemos descrito, es el paso de la predelincuencia a la delincuencia franca, es decir, cuando el niño o adolescente comete el primer delito y ha pasado de lo que aún es permitido por la ley, a lo que está penalizado por la misma, pues realmente el concepto de delincuencia juvenil es más sociológico que médico y más jurídico que sociológico.

No quiero terminar este capítulo sin señalar que el pronóstico de los trastornos de conducta, lo mismo que en el capítulo anterior, depende en gran manera de la estructura familiar; cuanto peor es ésta, peor es el pronóstico.