Francisco J. Mendiguchía, “Fobias y obsesiones”

¿Qué son las fobias? Un diccionario de psiquiatría define las fobias del modo siguiente: «Repulsión o temor angustioso específicamente ligado a la presencia de un ser, un objeto o una situación cuyos caracteres no justifican tal emoción.» Como se ve por esta definición, es difícil separar en la infancia los miedos que he expuesto en el capítulo precedente, de las verdaderas fobias.

Por ello, los psiquiatras de niños, cuando hablamos de fobias infantiles, nos referimos a miedos exagerados, que no presentan mecanismos adaptativos, que aparecen o persisten a edades inadecuadas (el miedo a los perros es normal a los tres años, pero es una fobia a los quince), que se repiten ante la misma situación u objeto preciso, no ceden al desarrollo, son persistentes y, sobre todo, alteran la vida familiar y social del niño y son fuente de sufrimiento para él.

¿Cómo se generan las fobias? Cada escuela psiquiátrica tiene sus propias versiones de cómo nacen. Para unos existe una cierta predisposición natural, las más de las veces unida al padecimiento de obsesiones, que produce un tipo de personalidad que se llama «anancástica» o insegura de sí misma.

El psicoanálisis ha dedicado, ya desde Freud, numerosos estudios a estos problemas, y sostiene que siempre existe una ansiedad primaria que es proyectada a objetos o situaciones externas, que se convierten así en los aparentemente productores de las fobias.

Los conductistas explicaron el porqué de las mismas a partir de un famoso experimento del fundador de esta teoría, el norteamericano Watson que, en 1920, consiguió provocar una fobia en un niño llamado Albert, mediante un apareamiento entre la presencia de una rata blanca y un fuerte ruido que, a la séptima vez de haberse producido, provocó la aparición de la fobia del niño hacia la rata, a la que antes del experimento no tenía ningún temor.

Este mismo psicólogo logró, en otro experimento posterior, justamente lo contrario que en el primero: hacer que desapareciera la fobia asociando al objeto fobógeno un estímulo que evocara una reacción placentera, por ejemplo un dulce.

Desde aquellos años se han multiplicado experiencias que han confirmado la teoría del condicionamiento de las fobias y su tratamiento mediante técnicas de descondicionamiento y, aunque las cosas son algo más complicadas de lo que aquí se han expuesto, la terapia conductual sigue siendo la mejor para estos casos.

Fobias infantiles más frecuentes Las fobias infantiles son muy variadas en su contenido y así, en cincuenta niños con este problema, los temas a que se referían fueron los siguientes: El más frecuente fue el de los animales, en unos los grandes como perros, lobos, etc.; en otros los pequeños como hormigas o cucarachas y en uno la contestación fue la de pájaros, pero ésta en un niño que había visto hacía poco la famosa película de Hitchcock. Las enfermedades, y aun la muerte, son también, ya en estos años de la infancia temas bastante frecuentes, sucediendo lo mismo con dos fobias muy conocidas de los adultos: la agorafobia o temor a los espacios abiertos y la acrofobia o miedo a las alturas.

En los adolescentes es frecuente la fobia por su propio cuerpo, al que llegan a odiar, por no encontrarlo suficientemente atractivo, odio que se mezcla con el temor de que no cambie nunca y que apareció en cuatro casos de esta muestra de cincuenta.

Menos frecuentes fueron las siguientes respuestas: comidas y exámenes en dos casos cada una y aviones, puertas cerradas, personas deformes, ascensores, ruido desagradable, bomberos, máscaras, locura (en un adolescente) e inyecciones, con un caso por respuesta.

Un caso raro fue el de una niña de dos años que, a la vista de su propia cuna, se echaba a llorar y se negaba a meterse en ella, cosa que le pasaba desde que había ingresado en un hospital y dormía en una cuna parecida a la suya. La explicación es la de que esta fobia se había condicionado por una situación traumática anterior.

Una cosa que salió también en este estudio es que la mayoría de los casos de condicionamiento muy claro y evidente se producía en niños con edades entre los dos y seis años, mientras que en los mayores era más difícil de ver, lo que significa que con la edad aumenta la resistencia al condicionamiento.

En una cosa muy importante se diferencian los miedos normales de las fobias, pues así como los primeros tienen muy buen pronóstico y desaparecen con el tiempo, no sucede así con las fobias que tienen una cierta tendencia a persistir en la juventud y aun en la edad adulta, aunque a veces puedan cambiar de contenido. De todas maneras, hay casos en que desaparecen también por completo y los exfóbicos presentan una total normalidad.

Una fobia un poco especial, que puede producir muchos quebraderos de cabeza a los padres, es la llamada «fobia escolar», que consiste en que hay niños o adolescentes que se niegan a ir al colegio sin motivos reales y conocidos, reaccionando con cuadros de ansiedad y pánico cuando se intenta obligarlos.

Se trata de algo muy diferente a lo que vulgarmente se conoce con los nombres de «hacer novillos» o «hacer pellas», pues realmente el fóbico desea ir a clase y tiene ambiciones escolares, mientras que los otros no tienen ningún interés por el colegio ni por los estudios y suelen ser niños rebeldes, al revés que el fóbico que es un chico angustiado y conformista en todo, menos en lo de asistir a clase.

Esta ansiedad se manifiesta en forma de llantos, súplicas, depresión y hasta agitación cuando llega la hora de ir a clase o bien sufre una conversión psicosomática con aparición de dolores de cabeza o abdominales, náuseas, vómitos o diarreas, síntomas que desaparecen los sábados y domingos y en vacaciones.

Algunos adolescentes encubren muy bien la ansiedad y son capaces de salir de casa para el colegio sin que se les note nada pero, en vez de entrar en clase, se ponen a deambular por las calles hasta la hora de terminación de la jornada escolar, regresando después a su casa como si no hubiera pasado nada. Naturalmente la superchería acaba por descubrirse.

En los niños pequeños la fobia escolar, más que una fobia en sí, es un cuadro que se conoce con el nombre de «ansiedad de separación», producido por el temor del niño, no a ir al colegio, sino a separarse de su madre.

En los chicos mayores se trata más bien de una sobrevaloración de sí mismos que no coincide con la realidad y el muchacho, para mantener su autoestima, el famoso «self», opta por huir a su casa, en la que se encuentra a salvo. Por ello es frecuente fobias escolares a esta edad cuando se ha producido un cambio de colegio, de uno que tiene pocas exigencias a otro que las tiene mayores o simplemente, cuando ha sufrido una humillación en clase o fuera de ella, pero siempre dentro del colegio.

Es evidente que la fobia escolar desaparece sola con el tiempo, cuando al chico se le pasa la edad de asistir al colegio, pero para entonces habrá producido un fracaso escolar, y con él, el cercenamiento de muchas posibilidades vitales. Además de este grave problema la experiencia me dice que, por lo general, aparecen posteriormente signos neuróticos más o menos acentuados y tienen una integración familiar y social no demasiado buena.

De todo ello se deduce que las fobias infantiles deben ser tratadas siempre, por muy banales que parezcan, por un especialista y ya hemos dicho que son las técnicas conductuales las que dan mejor resultado, aunque, sobre todo en la fobia escolar, ha de unirse una psicoterapia que, en este último caso, puede ser larga y costosa.

Obsesiones y compulsiones Bastante relacionadas con las fobias se encuentran las llamadas «obsesiones», que si bien son menos frecuentes, también se pueden ver en la infancia y que, en la adolescencia, pueden aparecer en forma de verdaderas neurosis obsesivas.

Todo el mundo habla de obsesiones y de estar obsesionado, pero ¿qué son realmente las obsesiones? Pues las podemos definir como «ideas que se imponen a la conciencia a pesar de no ser aceptadas por ella (si lo fueran se trataría de ideas fijas) vivenciándolas el niño como algo extraño a él, que se le impone por la fuerzas. En muchas ocasiones, estas ideas obsesivas conducen a la ejecución forzada de actos, llamados «compulsiones» y que no son más que una defensa para evitar la angustia que tales ideas le producen.

El primer caso infantil de que tenemos noticia fue descrito por el psiquiatra francés Moreau de Tours, en un tratado que se llamaba nada menos que “La locura en los niños”, que fue publicado en 1888 y en que relataba el caso de un niño que fracasó en sus estudios porque tenía que estar repitiendo constantemente el número trece.

En el niño pequeño, antes de los cinco o seis años, es posible ver actos que, en un adulto, podrían ser considerados como obsesivos pero que, a esta edad, son completamente normales. De este tipo son los «rituales» de la comida (la misma cuchara, la misma silla, la misma persona que tiene que dársela), del sueño (dormirse abrazado al mismo muñeco, oír la misma canción, chupar el mismo pañuelo) o de los juegos (hacer y deshacer repetidamente las mismas torres de tacos, colocar y descolocar el mismo número de coches sin que pueda faltar ninguno, pasar y repasar las hojas del mismo cuento) y que, si no se cumplen, despiertan la ira y el llanto del niño.

Estos rituales pseudo-obsesivos pasan sin dejar ninguna huella y es solamente a los siete u ocho años cuando empiezan los verdaderos síntomas obsesivo-compulsivos.

Las ideas obsesivas son de muy diversa temática y dependen en parte de las circunstancias y condicionamientos exteriores. Antes, por ejemplo, eran muy frecuentes los «escrúpulos» o ideas de pecado, tanto en niños como en adultos, y a este propósito recuerdo muy bien el caso de un chico que tenía una imagen de la Virgen clavada en la cara interna de su pupitre y que, a lo mejor en mitad de una clase, se acordaba que había dejado encima de todos los libros el de Historia Sagrada, que tenía un dibujo de Adán y Eva desnudos y, rápidamente, levantaba la tapa del pupitre, quitaba el libro y lo metía debajo de todo «para que no tocara la estampa» y así se quedaba tranquilo por el momento aunque, al poco tiempo empezaba a pensar que ahora el libro que estaba arriba era el de Historia, que también tenía hombres primitivos no muy vestidos y comenzaba otra vez la misma operación, pasándose así la clase para desesperación de los profesores y la ansiedad del niño que racionalmente comprendía que era una tontería, pero no podía dejar de hacerlo.

Es frecuente también el miedo a las enfermedades y la idea obsesiva de que puede contagiarse de mil modos diferentes, tal como sucedía en varios casos vistos por mí, en los que, cada vez que se hacían un arañazo corrían angustiados a que se les pusiera la inyección antitetánica.

La misma muerte es también motivo de obsesiones, aun en los niños, como es el caso de una niña de siete años que empezó a hablar continuamente de la muerte y a hacer preguntas del tipo de «Y si me meten en una caja, ¿ya no respiro?» o «¿Qué pasa cuando se muere uno?» y vivía con el continuo temor de que se le muriera su madre y la dejara sola.

Las compulsiones son también frecuentes acompañantes de estas ideas obsesivas, tal como la de lavarse las manos muchas veces por la creencia de que están sucias y pueden enfermar (cuando digo muchas veces me estoy refiriendo a treinta o cuarenta), recorrer con un dedo las cuatro paredes de un cuarto para que a su padre no le pase nada porque está de viaje o, como un niño de nueve años que vi en cierta ocasión, que comenzó a pasarse horas y horas moviendo rítmicamente una cuerda, que se metía en la boca si se intentaba quitársela y que, solo al cabo de mucho tiempo, confesó que lo hacía para que le aprobaran en el colegio, mejor dicho, para que no le suspendieran, porque estos rituales suelen ser de evitación de cosas desagradables.

Durante la pubertad aparecen preocupaciones obsesivas de tipo metafísico o filosófico como la existencia de Dios, el origen del hombre, la locura, el infierno, pero siguen persistiendo las anteriores y otras muchas, más o menos extravagantes, como el de un chico de catorce años que me confesaba angustiado que le invadía el pensamiento de que podía estrangular a su madre.

Estos dos últimos ejemplos son un exponente de lo que se llaman «obsesiones por contraste», es decir, que lo último que querrían hacer es precisamente el objeto de las mismas.

Y así multitud de ideas, que a los demás nos parecen extravagantes, pero que para ellos son de una certeza absoluta. ¿Qué les parece el caso de un niño de doce años que tenía miedo a comer por si la comida tuviera algún pequeño trozo de cristal, por haberse roto algún vaso cerca? En los niños, pero sobre todo en adolescentes, además de las ideas y de las compulsiones, puede verse lo que se conoce con el nombre de «carácter obsesivo», caracterizado por una meticulosidad y un orden tan excesivos, que se hace muy difícil convivir con ellos.

Una de las características de los niños y adolescentes obsesivos, que les diferencian de los obsesivos adultos, es la de que, así como éstos «rumian» sus ideas sin comunicárselas casi nunca a nadie, aquellos las exponen una y otra vez a los padres buscando que les liberen del suplicio de la idea o del acto impuestos, pero como éstos recurren al raciocinio para convencerles de lo infundado de los temores, no hacen sino aumentar su ansiedad, pues los primeros convencidos de lo infundado de su irracionalidad son los propios niños.

Uno de los casos en que con más crudeza se manifestaba lo último que acabo de describir, fue el de un adolescente de trece años, que obligaba a su madre a pasar dos y tres horas todas las noches junto a él, cogiéndole la mano cuando estaba ya acostado, para contarle sus obsesiones, con la esperanza de que ella se las disipara, terminando siempre con una crisis de ansiedad en que culpaba a la madre de lo que le pasaba.

Naturalmente no todas las obsesiones son tan intensas, hay toda una gradación. ¿Qué chico no ha sentido alguna vez el impulso de no pisar las rayas de una acera o quizá contar los escalones de una escalera? Y esto es absolutamente banal. Más importantes son ya los síntomas obsesivos aislados de los siete a diez años, pero también suelen pasar sin dejar ninguna huella, no así los que van estructurando una personalidad obsesiva, que se manifiesta ya con toda su fuerza en la adolescencia, en la que estas ideas y actos llegan a constituir una verdadera neurosis obsesiva.

Para terminar esta descripción de lo que son los trastornos obsesivo-compulsivos en estas edades, hay que alertar a los padres cuando éstos son muy intensos y duraderos, sobre todo a la edad de la adolescencia, pues pueden constituir los primeros síntomas de una psicosis que comienza.

Para su tratamiento hay que consultar a un especialista psiquiatra pues, aunque se debe hacer también una psicoterapia profunda y una terapia conductual, hay que recurrir en el 90% de los casos a un tratamiento con imipramina.

Francisco J. Mendiguchía, “Educar es difícil…, pero hay que hacerlo”

Es bien sabido que la educación perfecta no existe, pues es obra de hombres, y éstos no son nunca perfectos. Si pudiera serlo, los hijos de los educadores, psicólogos, psiquiatras y sociólogos, estarían perfectamente educados pues, en general, conocen la teoría de la educación y el modo de aplicarla a cada tipo de niño y, sin embargo, esto no es así al interferirse una serie de variables, como son la propia personalidad de los educadores, sus problemas, sus circunstancias, etc., que condicionan esta educación.

Es más, ni en teoría puede existir la educación perfecta porque se conocen muchos modos educativos, algunos de ellos contrapuestos, que pretenden serlo, lo cual quiere decir que no lo es ninguno, aunque posiblemente todos tengan su parte aprovechable.

De todas maneras, los padres deben conocer unos principios educativos y la realidad es que la mayoría los desconocen, pues el más difícil oficio del hombre, el de educador de sus hijos, no tiene un aprendizaje previo.

Para paliar este desconocimiento de los padres y evitar que se encuentren con unos hijos a los que se puede maleducar, o ineducar en el mejor de los casos, se han creado Escuelas de Padres, Centros de Orientación Familiar, Institutos de Estudios Familiares y otros de parecido nombre, la mayoría buenos, aunque algunos no estén exentos de inconvenientes.

Voy a comenzar por lo más fácil, que es comentar lo que «no se debe hacer» para no caer en unos estereotipos educativos que generalmente no van bien, porque lo primero que debe tener una educación es ser «personalizada».

Veamos en primer lugar cómo los padres no tienen que considerar al hijo: Como un «enano»: según este criterio el niño no es más que un adulto que no se ha desarrollado todavía, pero que siente, padece, piensa como él y sus motivaciones son parecidas (adultomorfismo).

Como una «marioneta»: que debe responder en todo momento a sus deseos (si tiro de un hilo tiene que hacer esto, si tiro de otro lo contrario).

Como un «robot»: que se programa y no puede pensar por su cuenta.

Como un «ángel»: al que hay que adorar como un ídolo porque no tiene defecto alguno.

Como un «demonio»: que no tiene más que defectos y ha de ser corregido continuamente.

Como un «cachorro»: del que no tenemos que preocuparnos más que de su salud física sin caer en la cuenta de que tiene un desarrollo psicológico y espiritual que hay que seguir atentamente.

Cómo educar mal Asimismo existen unos tipos de educación particularmente erróneos que conviene conocer, pues son bastante frecuentes en algunos hogares: Educación excesivamente permisiva: se produce ésta, bien por el criterio de los padres, al creer que es la más idónea, bien porque es más cómodo no oponerse a los deseos y caprichos de los hijos. Un niño así educado carecerá del sentido de la disciplina necesaria para amoldarse a las exigencias sociales y tendrá una pobre idea de lo que se puede o no se puede hacer, de lo que está bien y de lo que está mal y, en definitiva, su conciencia moral o Superyo tiene muy pocas posibilidades de desarrollarse como es debido.

Hace ya casi cuarenta años que dos psiquiatras franceses, Sutter y Luccioni, describieron lo que denominaron «síndrome de carencia de autoridad», que suele presentarse en estructuras familiares anárquicas. Los efectos de esta carencia de autoridad pueden manifestarse en los niños de tres modos: a) debilidad e inconsistencia de la personalidad, con carencia de líneas directrices y con un sentido moral deficiente y anárquico; b) sequedad afectiva, con incapacidad para comprometerse auténticamente y con falta de perseverancia en las actividades emprendidas; c) sensación casi permanente de inseguridad. Al hablar del tratamiento de este síndrome preconizaban estos psiquiatras unos cambios en la conducta familiar que, ya en 1959, reconocían como difíciles «por ir a contracorriente de los métodos educativos y aun de las concepciones psicológicas al uso».

Cuando los padres comienzan a darse cuenta de que han educado a los hijos con excesiva permisividad, por haberla confundido con la libertad, es cuando éstos empiezan a fumar porros, beber alcohol, llegar tarde a casa, aislarse de los padres, tener relaciones sexuales completas, gastar excesivo dinero y cosas parecidas, pero generalmente ya es tarde para enderezar una conducta.

Educación permisivo-autoritaria: en estos casos la educación va, como el péndulo de un reloj, del autoritarismo a la permisividad, desconcertando al niño que no sabe a qué carta quedarse. Esta diferencia de trato puede ser debida a que cada progenitor tenga su propio criterio sobre la educación: madre permisiva, padre autoritario o viceversa o a los cambios de humor y de talante de unos padres inestables que reaccionan impulsivamente ante los problemas de la conducta de los hijos, sin acabar de encontrarse nunca en el fiel de la balanza.

Educación ansiogena: los padres inseguros, ansiosos y obsesivos, acaban haciendo a los hijos iguales que ellos a fuerza de prohibiciones. No les dejan salir solos, no pueden montar en bicicleta porque se pueden caer, tienen que regresar a casa en cuanto se hace de noche, tienen que tener cuidado con quien hablan, sobre todo si son niños, porque no se sabe qué intenciones pueden tener (aunque este último punto, en realidad, no es tan descabellado, dado el número de violaciones y asesinatos de niñas que se producen actualmente en nuestro país).

Educación pseudoperfecta: es el tipo de educación que sigue las normas y reglas de un manual, de los muchos que existen para educar bien a los hijos, aplicándolas, vengan o no a cuento y convengan o no, sin tener en cuenta que cada niño es diferente y cada momento puede requerir una respuesta distinta (de todas maneras, peor aún es no tener la menor idea de lo que hay que hacer).

Educación sin afectividad: se produce este tipo de educación, bien cuando los padres son ellos mismos fríos, poco afectivos, y no pueden dar lo que no tienen, bien cuando alguna circunstancia hace que el hijo constituya un estorbo (hijos no deseados, ilegítimos, hogares rotos, etc.), llegando a producirse verdaderos cuadros de carencia afectiva.

Educación hiperafectiva: contraria a la anterior puede darse este tipo de educación cuando el niño representa el único «objeto amoroso» de los padres, de uno de ellos o de los dos, debido a un desplazamiento hacia el hijo de una afectividad que no puede satisfacerse de otro modo. Esto suele ocurrir cuando no hay unas buenas relaciones matrimoniales o en personas que han sufrido frustraciones o carencias afectivas en su infancia.

Educación para el éxito: «ganar no es todo, es lo único» decía un famoso preparador de fútbol americano, al que pudiéramos llamar «el antiolímpico», cita que viene a cuento de que cada vez es mayor el número de padres que ejercen sobre los hijos unas enormes presiones para que sean unos triunfadores. Esta actitud se da lo mismo entre los padres triunfadores, para que los hijos también lo sean, que entre los fracasados, para que consigan lo que no tuvieron, forzándolos así, aun en contra de sus propias inclinaciones, a tener éxito en la vida. Si el triunfo no llega, convierten al niño en el «chivo expiatorio» («eres una calamidad, no nos haces caso, eres un perezoso»), lo que a veces produce que no lleguen siquiera a un rendimiento normal.

Educación delegada: antes era muy frecuente entre las clases acomodadas ceder la responsabilidad educativa a personas a sueldo (fraulein, nurse, mademoiselle). Hoy tenemos a las «seños», no sólo en clases acomodadas, sino en familias en las que, por trabajar los dos padres, tienen que recurrir a ellas. Lo más frecuente es que haya muchos padres que, por comodidad, deleguen «toda» la educación en los profesores de los colegios de sus hijos. Tanto en unos casos como en otros, los padres no saben realmente cuál es la educación que reciben los hijos, con el agravante de que todas estas personas, aunque puedan ser muy valiosas y dignas de confianza, cambian constantemente y no hay continuidad en el proceso educativo.

Peor aún es delegar por completo la educación en el Estado y en sus estructuras educativas y sanitarias, como comprobé visitando un centro sueco de Higiene Mental Infantil en el que me enseñaron un niño de seis años, que estaba allí porque el primer día de ir a la escuela se había negado a ello y el padre le llevaba para que le convencieran, en vez de hacerlo él mismo; por cierto que, en donde estaba, convivía en la misma habitación con una niña de doce años con un proceso psicótico grave.

Educación positiva Terminada la parte negativa, entremos en la parte más difícil: cómo educar «positivamente» a los hijos.

Lo primero que tienen que meterse los padres dentro de su cabeza es que los valores morales, éticos y, por supuesto, los religiosos, con los que pretendan educar a sus hijos deben estar firmemente asumidos y tener la profunda convicción de que constituyen lo mejor para ellos, principios y valores que han de ser siempre defendidos y, por lo mismo, actuar en conformidad con ellos, sin que haya nada más pernicioso que el «doble mensaje» de decir «debes hacer y pensar esto» mientras ellos hacen y piensan lo contrario o, como mucho, son indiferentes.

Lo segundo es que para educar hay que dedicar tiempo a los hijos. Esto, dicho así, parece superfluo. ¡Pues claro que a cualquier labor hay que dedicarle el tiempo necesario para que fructifique! y más si se trata de algo para los hijos. Sin embargo, los padres se van dejando envolver por la tela de araña de la vida moderna que nos va atrapando poco a poco en sus redes y de la que no es fácil escapar. Hay tiempo para viajes, para cenas, para reuniones, pero ¡ay! para los hijos vamos teniendo cada vez menos, quizá sólo unos minutos y, a veces, ni eso porque, aferrándonos a ese mecanismo de defensa que se llama racionalización, encontramos pronto las justificaciones: llegan muy tarde del colegio, nosotros volvemos a casa muy cansados, los sábados y los domingos hay que ir al campo y allí, ya se sabe, no hay tiempo para nada y sólo vamos para liberarnos de nuestras preocupaciones tensiones.

Pues, a pesar de ello, los padres son los verdaderos, iba escribir únicos, responsables de la educación de sus hijos y no puede ser delegada en los demás por muy buenos y competentes que éstos nos parezcan. Hay unos signos precoces que nos avisan que empezamos a desentendernos d nuestros hijos, como son: no controlar sus tareas escolares, no saber quiénes son realmente sus amigos, no querer influir en la elección de los mismos si ello es necesario, no saber dónde se encuentran en sus ratos libres. Si esto ocurre es que estamos perdiendo el hilo educativo de nuestros hijos.

Una cosa muy importante es la espontaneidad en las relaciones padres-hijos. Los niños sometidos desde muy temprana edad a programas muy rígidos y pormenorizados acaban en muchas ocasiones mintiendo para quedar bien y tener algo de qué hablar, mientras que la espontaneidad lleva a unas relaciones fluidas y éstas, desde hace miles de años, están jerarquizadas con los padres en la cúspide, y no fueron nunca democráticas (cada miembro de la familia igual, a un voto de la misma calidad) aunque, según los miembros van ascendiendo en la pirámide porque van siendo mayores, van teniendo más derechos y por supuesto, más responsabilidades.

En relación con esta espontaneidad en las relaciones paterno-filiales citaré los casos en que los padres, estimulados por libros educativos, emisiones radiofónicas de «cuénteme usted su caso» o tertulias televisivas se empeñan a toda costa en ser «los amigos de sus hijos» para conocer todos sus secretos. Esto, en principio, y en el sentido de que haya una mayor confianza entre padres e hijos es una buena cosa y puede evitar que haya «muros de Berlín» que separen sus ideas, afectos, proyectos, etc., y que en la familia haya comportamientos estancos sin comunicación entre ellos.

Pero lo cierto es que hay, a pesar de todo, unos límites que están producidos por la diferencia de edad y por el natural sentimiento de respeto de los hijos a los padres, límites que no deben forzarse para no producirse el efecto contrario, el rechazo del adolescente. Por ello los padres no deben sentirse frustrados porque haya «secretos» entre los jóvenes a los que ellos no tienen acceso, además de que lo que los chicos necesitan son imágenes paternas fuertes, que les den seguridad y sean objeto de identificación, pudiendo sentirse gravemente frustrados cuando se les cambia esta imagen por la de un amigo que no necesitan.

Los métodos educativos El «cómo» educar sigue siendo, al cabo de los años mil, el caballo de batalla de la cuestión. ¿El látigo del viejo sumerio o la compra de la conducta del niño con dinero, regalos o viajes?, es decir: ¿castigos o premios? La solución salomónica es la de los que dicen: no premiemos ni castiguemos, dejemos que el niño vaya haciendo lo que pueda o quiera y así irá aprendiendo por sí solo.

A este respecto el psicólogo Hulock hizo un interesante experimento, que si bien se hizo en la escuela, puede aplicarse perfectamente a la educación familiar. Separó tres grupos de niños y los trató de tres modos diferentes: al primero se lo alababa todo, al segundo se lo censuraba por sistema y al tercero, ni una cosa ni otra, no les decía nada. Los peores resultados los obtuvo con los niños a los que ni se les alababa ni se les censuraba.

Otro psicólogo, Lewin, hizo también otro interesante ensayo: éste utilizó un solo grupo de niños, pero experimentó en ellos tres métodos educativos, el autoritario, el liberal anteintervencionista y del trabajo en equipo, obteniendo los mejores resultados con este último.

Sin embargo, no es bueno dar normas generalizadas porque cada niño es diferente y la educación familiar, dentro de un contexto común, debe ser personalizada. A unos les irá bien un mayor grado de autoridad, otros se motivarán mejor con incentivos positivos (así se llama ahora a los premios) y también los habrá a los que se le pueda dar más libertad por apreciarse en ellos un gran sentido de responsabilidad.

De todas maneras, educar no es obtener resultados, es formar la personalidad del niño, motivándole con los mejores incentivos que tengamos a nuestra disposición para alcanzar la meta de que, al final del proceso educativo, sea un ser libre y responsable.

Para conseguir esto hay que educar en libertad para que de forma paralela vaya desarrollándose la responsabilidad, teniendo en cuenta que no hay conflicto entre la autoridad de los padres y la libertad de los hijos, siempre que se persiga el bien de éstos, y eso no se consigue si en la educación no entra algo tan simple como es el amor, que quiere decir entrega, sacrificio, lealtad, justicia y constancia.

El doble proceso de la libertad-responsabilidad tiene un carácter evolutivo: a un niño de dieciocho meses habrá que vigilarle estrechamente, coartando su libertad, para que no se caiga por las escaleras pero, si rompe alguna cosa, no se le podrá reñir porque no es responsable en absoluto. A los ocho años todavía habrá que vigilarle para que haga sus deberes escolares, pero ya habrá que dejarle ir a jugar a casa de un amigo.

Por otra parte, la libertad puede tener unos condicionamientos internos que mediatizan la responsabilidad (el fóbico escolar que quiere, pero no puede ir al colegio, el hiperactivo que molesta a todo el que está a su lado por su movimiento continuo) y otros externos como son la conocida libertad de los demás, las costumbres, los hábitos familiares, las posibilidades culturales y, hoy en día, los estímulos constantes de esa «contraeducación paralela» que es la televisión que impone, por vía consciente e inconsciente, pedir determinados juguetes cuando son pequeños, determinadas bebidas si son algo mayores y determinadas costumbres si son adolescentes.

Los padres deben ser siempre muy conscientes de que hay que preparar a los hijos para que puedan elegir el bien y la verdad y no lo contrario porque en último término, él tendrá que ser el responsable de sus actos. Lo que sucede es que, a veces, lo que el niño «debe» hacer no es lo que «le gustaría hacer» (los viejos principios freudianos del placer y de la realidad) y, como al final se impone la realidad, los padres han de procurar que lo que al niño «le guste hacer», coincida con lo que «debe hacer», y éste es, en muy pocas palabras, el meollo del proceso educativo.

No quiero terminar estas digresiones sobre la educación sin recordar unas palabras del psiquiatra vienés Víctor Frankl: «El hombre no está motivado por el principio del placer (Freud) ni por la voluntad del poder (Adler), sino por la necesidad de encontrar un sentido a la propia vida, por lo que tiende a “salir de sí”, a trascenderse, a encontrar el significado fuera de él mismo, mediante el amor» y ése es el camino que, utilizando el lenguaje del mismo autor, lleva a hacer consciente ese Dios inconsciente que todo ser humano lleva dentro.

Francisco J. Mendiguchía, “Los miedos infantiles”

Es evidente que los hombres podemos tener miedo, y ésta es una experiencia por la que todos hemos pasado, no siendo el valor nada más que una superación del mismo. Los niños también lo tienen, como es natural, aunque de otro modo y de otras cosas que los adultos.

Los miedos infantiles han sido muy estudiados desde que, ya en 1895, el francés Binet escribió una obra sobre ellos, “La peur chez les enfants” y, a partir de entonces, la psicología evolutiva ha desarrollado el tema y elaborado unas tablas en las que se describen estos miedos con arreglo a la edad del niño, llegándose al extremo de describir miedos prenatales y paranatales.

Los miedos precoces Se han descrito, y experimentado, los miedos que puede sufrir el recién nacido, pues se ha comprobado que éste no sólo tiene sentimientos de placer (al mamar) y de displacer (al estar mojado) sino también de temor, como el que se produce si se le retira al bebé bruscamente su base de sustentación (reacción de sobresalto).

Para la moderna etología del austríaco Lorenz, los miedos tienen una base genética, con esquemas innatos de desencadenamiento frente a determinadas señales, en nuestro caso de peligro, que determinan un código de conducta de temor.

Los miedos infantiles van aumentando de frecuencia a partir del nacimiento, son ya muy visibles a los tres años, alcanzan un máximo de cuatro a siete, comenzando a descender, aun con alternativas, desde esta edad hasta la adolescencia, edad en la que casi desaparecen como tales y son sustituidos por los temores propios de la edad adulta.

Un niño de tres a seis meses puede asustarse cuando una persona o cosa (un juguete, una jeringuilla), con la que ha tenido una experiencia displacentera, vuelve a ponerse otra vez delante de él. A los ocho meses se puede producir lo que se conoce con el nombre de «temor del octavo mes» que se desencadena como reacción frente a caras extrañas cuando la madre está ausente y no puede, por tanto, identificarla.

He de señalar que algunos autores han criticado bastante la universalidad de estos miedos precoces, considerando que son producto de «laboratorio psicológico» pues, si se observa al niño en el propio hogar, o no aparecen, a lo hacen en mucha menor proporción, viéndose por ello que muchos niños de ocho meses reaccionan con una sonrisa en presencia de una persona que no conocen, si se encuentran en su hábitat habitual y conocido.

Con dos años, los niños pueden demostrar ya miedos a ruidos, movimientos bruscos, luces y sombras y animales.

De los 3 a los 10 años A los tres años, manifiestan sus miedos con mucha mayor claridad y dan señales de temor frente a cambios repentinos de “status”, como una nueva cara, un nuevo aposento o un nuevo sitio de recreo. Estos temores son todavía bastante fragmentarios y focalizados, es decir, muy concretos, tal como puede suceder cuando un padre, lleno de ilusión, compra un bonito juguete mecánico a su hijo y éste empieza a llorar porque siente miedo ante este nuevo objeto, lo que produce una gran decepción en el progenitor.

Con cuatro o cinco años aparecen ya unos miedos que podríamos calificar de «naturales», como son los que se desencadenan con los truenos, la oscuridad, el fuego o los animales salvajes. Estos miedos no son, para los junguianos (del psiquiatra suizo Jung) más que una huella hereditaria de las angustias sufridas por la humanidad desde sus albores, es decir forman parte de nuestro «inconsciente colectivo».

Cuando el niño llega a los seis años, sigue con sus miedos anteriores, pero se le suman otros nuevos como hombres malvados, ladrones y secuestradores. Aparecen los miedos a los personajes irreales como brujas, fantasmas y otros con los que todavía, en ambientes un poco primitivos, se asusta a los niños y cuyo paradigma es el «coco», aunque afortunadamente hayan desaparecido ya figuras tan siniestras como «el hombre del saco» o «el sacamantecas». En cambio han aparecido otros personajes tan irreales como los anteriores, pero igualmente atemorizantes, bueno, más aún, porque no sólo son oídos, sino vistos, y me estoy refiriendo a algunos que aparecen en algunas películas de dibujos animados que ven en la TV.

Todos ellos pueden entrar en el cuarto del niño por la noche, a favor de la oscuridad, él no sabe por dónde, ni cómo, ni por qué, pero sí para qué: para hacerle daño. Lo curioso es que no entran en el cuarto donde duermen sus padres o cuando la madre se va a dormir con él.

También los médicos, y más aún los que llevan bata blanca, despertamos bastante temor a los niños de esta edad, sobre todo si han tenido experiencias penosas con anterioridad; es decir, se han condicionado negativamente, cosa que puede suceder con cualquier persona, animal, objeto o situación, que pasan inmediatamente a convertirse en productores de temor si se repite la experiencia.

A los siete y ocho años siguen con sus miedos anteriores, a la oscuridad, a quedarse solos y a los animales, pero con éstos sucede un hecho curioso, van perdiendo el miedo a los animales grandes como lobos, leones o tigres y empiezan a tenerlo de los pequeños como cucarachas y otros insectos.

Sobre estas edades o un poco más tarde, a los nueve años, en la mayoría de los niños se produce una ambivalencia emocional, siguen temiendo a sus miedos, pero al mismo tiempo se sienten atraídos por ellos, tal como sucede con las películas de terror, que les asustan, pero no pueden dejar de verlas. También a esta edad comienzan a utilizar un mecanismo defensivo contra la angustia del miedo, consistente en meter miedo a niños más pequeños.

Con el paso del tiempo todos estos temores van disminuyendo, pero no cesan del todo y pueden aparecer otros nuevos, tal como sucede en las niñas en las que empiezan a sentir miedo a ser raptadas o violadas, pues noticias de este tipo aparecen todos los días en periódicos y televisión. A esta edad de la preadolescencia comienzan a desarrollarse miedos a las enfermedades, tal como que se les pare el corazón y cosas por el estilo, y es seguro que el 80% o más de estos chicos y chicas muestran todavía algún temor específico.

Tipos más frecuentes de miedos Hace ya bastantes años publiqué los resultados obtenidos con el test proyectivo (estos tests son los que revelan, por las respuestas que se obtienen al ser aplicados, rasgos y problemas personales que, a veces, se quieren ocultar) de las «Fábulas» de Louise Düss. Este test tiene dos preguntas referidas a los miedos infantiles: –«Había una vez un niño que dijo muy bajito: ¡Oh, qué miedo tengo! ¿De qué tenía miedo ese niño?» –«Una vez un niño despertó por la mañana muy cansado. Al despertar dijo: ¡Ay que sueño tan feo he tenido! ¿Qué es lo que soñó el niño?» A la primera pregunta las respuestas más frecuentes fueron: lobos, quedarse solos, el infierno, la oscuridad, una agresión externa, el coco, las brujas, toros y truenos. Me chocó que no aparecieran diferencias significativas entre chicos y chicas.

Estas diferencias sí aparecieron con la segunda fábula, pues las respuestas «el demonio» y «la muerte», fueron mucho más frecuentes en las niñas que en los niños. En cambio no había apenas diferencias en otras respuestas, también frecuentes, como que «les cogía un hombre» o «cosas feas».

Salta a la vista la diferencia de estas respuestas a unas preguntas que no han sido hechas directamente, sino achacadas a otros personajes ficticios, con las que se suelen obtener por medio de inventarios que hacen la pregunta directamente (¿De qué tienes miedo?), pues las respuestas, que pueden variar de unos autores a otros, se refieren a unos temas básicos como son los factores meteorológicos (truenos, rayos, terremotos); los animales (leones, tigres, perros); la muerte, miedo social (encontrarse en determinadas situaciones, hacer el ridículo); lugares cerrados, etc.

En un estudio que hice posteriormente hace muy pocos años, pero hecho en ciento dieciocho niños (el anterior lo fue con trescientos escolares de cinco a doce años), que habían sido llevados a consulta por los padres debido a la intensidad de sus miedos, encontré lo siguiente: Lo más frecuente eran los miedos nocturnos con ochenta y un casos, viniendo después el miedo a la oscuridad aun siendo de día (cuartos oscuros), a la soledad (quedarse solos en un cuarto), a ir solos de una habitación a otra, a los ruidos extraños, a las tormentas y a las calificaciones escolares. Hubo dos casos que decían que tenían miedo «sin saber por qué», aunque en el curso de la psicoterapia si lo supimos.

Frente al frecuente miedo nocturno, los niños se defendían de diferente manera: durmiendo con la luz encendida, yéndose a dormir a la cama de los padres, haciendo que viniera otra persona a dormir con ellos (aunque algunas veces fueran hermanos más pequeños), teniendo una persona, generalmente la madre, al lado hasta que se dormía, dejando abierta la puerta del dormitorio o tapándose la cabeza con sábanas o mantas. Había trece de ellos que se pasaban su miedo solos, sin hacer ningún ritual defensivo.

Los niños que no tienen miedo Como hemos ido viendo, los miedos pueden considerarse normales en las distintas etapas del desarrollo, por lo que quizá, y sin quizá, el niño que no los presenta es más patológico que el que los presenta, pues al fin y al cabo, el miedo es un mecanismo defensivo y carecer completamente de él puede hacer que el niño se exponga a unos peligros que una cierta dosis de miedo puede evitar: el miedo a separarse de la madre produce ansiedad, no tener este miedo puede facilitar que el niño se pierda en un parque público.

El pediatra y psicoanalista inglés Winnicot decía: «Un niño que no tiene miedo en las calles de Londres e incluso en una tempestad, está enfermo, y padres y profesores se engañan pensando que es un niño razonable y valeroso.» Es más, una de las peculiaridades de los niños y adolescentes caracteriales con problemas de conducta, es precisamente su ausencia de temor hacia los posibles castigos.

Sin embargo, la carencia de temor puede resultar beneficiosa en algún caso excepcional, como sucedió en el caso que les voy a relatar: se trata de un deficiente mental de doce años que, en una excursión colectiva, se perdió al anochecer en unos pinares al pie de una montaña y no apareció hasta la mañana siguiente en la cima de la misma, sonriente, tranquilo y sin la menor señal de ansiedad. Se había pasado la noche andando sin miedo a la oscuridad, a caerse por algún barranco, a la soledad, al frío o a algún animal que pudiera atacarle; otro chico de su edad probablemente se habría asustado, se hubiera quedado quieto y, posiblemente, ni hubiera sobrevivido.

Actitud ante un hijo miedoso A los adultos nos parece, olvidándonos de que hemos sido niños, que los miedos infantiles son injustificados la mayoría de las veces; a los niños, claro, les parece lo contrario, por ello hay que mitigarlos en lo que se pueda hasta que desaparezcan con el paso del tiempo. Las explicaciones racionales sirven para poco y lo mejor es hacer que venzan sus miedos poco a poco y sin brusquedades.

Veamos un simple ejemplo: el niño tiene que dormir con la luz encendida, porque si no tiene miedo. Después se va disminuyendo la potencia de la bombilla, luego se le pone una azul y más tarde se tapa con algo, hasta que se acostumbra poco a poco a la oscuridad; si hay que dejar encendida algún tiempo la luz del pasillo, pues se deja y no pasa nada.

Si los miedos son muy intensos se hace una psicoterapia individual o en grupo o se emplean técnicas de descondicionamiento más sofisticadas. Sólo en casos de verdadero pavor, se hará uso de tranquilizantes, controlados siempre por un médico, y por poco tiempo.

Francisco J. Mendiguchía, “La suerte de tener un hijo listo”

Algunos pensarán que con el título de este libro, “Los problemas psicológicos de los hijos”, este capítulo sobra, y sin embargo esto no es así, porque la superdotación también puede producir problemas.

A propósito de esto, recuerdo que una vez entró un niño de seis años en mi consulta, se sentó en una silla delante de mi mesa de trabajo, me miró fijamente y me espetó a modo de saludo: «¡Odio a los psiquiatras!» Se trataba de un niño superdotado que tenía ya importantes problemas en el colegio y de conducta. Por ello había sido visto anteriormente por otros profesionales y el niño estaba ya harto de entrevistas y exámenes psicológicos.

Este ejemplo nos muestra que los superdotados pueden tener problemas psicológicos, algunos porque son personas como todo el mundo y tienen conflictos afectivos, emocionales, de relación o de conducta y otros, porque sus problemas son debidos precisamente a que son superdotados.

Realmente la denominación de superdotado es un poco ambigua, pues la superdotación puede no ser intelectual, sino de alguna otra capacidad o cualidad como son el arte, la música, la mecánica o el deporte y, sin embargo, cuando se habla de que un niño es un superdotado, todo el mundo entiende que posee unas cualidades intelectuales superiores.

El concepto de superdotado tampoco es superponible al de «niño precoz» o «niño prodigio» pues, aunque la mayoría de las veces el superdotado es también precoz, no sucede lo mismo a la inversa, no todos los niños precoces son superdotados.

¿Cuáles son los criterios para el diagnóstico de la sobredotación intelectual? Nos podemos servir de varios: rendimientos escolares, capacidad de liderazgo, conducta correspondiente a niños de mayor edad, curiosidad y avidez por conocer cosas nuevas, desarrollo precoz del lenguaje, etc. Realmente éstos no son más que indicadores ya que, el método más seguro, son los tests que miden el nivel mental, es decir los tests psicométricos, los normales o los esencialmente elaborados para estos casos.

Con arreglo a los resultados obtenidos con estos tests se puede definir como superdotado al que alcanza un nivel de 140. Hasta no hace mucho tiempo el listón estaba en los 130, pero lo mismo que se amplió la banda normal por abajo, se hizo también por arriba, por lo que la proporción de niños normales (a mi ya desaparecido amigo Dr. Díaz Mor le gustaba más la palabra «normativos») ha aumentado bastante en estos últimos veinte años.

De todas maneras, aun estirando el límite superior hasta un C. I. de 120, ¿qué pasa con los que se encuentran entre 120 y 140? Que les llamamos simplemente «listos» o «brillantes». Y por arriba, ¿hasta dónde se llega? Parece ser que los «genios» como Einstein tienen un C.I. alrededor de 180, aunque a estos niveles los tests sirven ya para muy poco y las cifras son más bien convencionales. El número de superdotados no se conoce muy bien, pero la mayoría de las estadísticas dicen que entre el 1 y el 3% de la población infantil tienen un C. I., por encima de 130, aunque sólo el 0,1% llega a tener un C.I. de 150 o más, mientras que el 6% de esta población pasan de un C. I. de 120.

¿Se hereda o no? Un problema que ha preocupado mucho a la gente desde siempre, es el de si la superdotación intelectiva se hereda. La verdad es que no lo sabemos muy bien, a pesar de que, ya en 1869, sir Francis Galton publicó su obra “Heredetary Genius” en la que parecía llegar a la conclusión de que sí, que era hereditario, aunque también formuló su ley de la «regresión a la medianía» por la que, si bien el hijo de un hombre muy lista es más listo que los demás, sin embargo no lo es tanto como su padre y lo mismo sucede con el nieto; otro tanto ocurre al revés: el hijo de un hombre no muy listo lo es más que su padre y su nieto más listo que los dos, con lo que se consigue evitar que, al cabo de muchas generaciones la humanidad quedara dividida en dos grandes grupos, el de los listos y el de los tontos.

A esta teoría genética se opuso enseguida la ambientalista o culturalista, que sostiene que los buenos resultados que se obtienen en los parientes de personas sobresalientes son debidos al medio ambiente en que se han desarrollado. La familia Bach ¿había heredado una superior capacidad musical o es que desde sus primeros años estuvieron oyendo buena música a todas horas? Esta lucha entre geneticistas y culturalistas no ha terminado aún, pero quizá los actuales avances de la genética permitan el descubrimiento del gen o genes responsables de eso que llamamos inteligencia; lo que sí sabemos es que hay que cultivarla desde los primeros años de la vida y que una alimentación insuficiente, como la de los países del tercer mundo, constituye un grave “handicap” para su desarrollo.

Otra cosa que preocupó mucho en tiempos pasados fue la posible relación entre genio y locura y entre genio y muerte. En relación con la posible temprana muerte de los genios tenemos el caso del niño alemán Ch. H. Heiniken, nacido en 1721, que a los cuatro años sabía leer, citar mil quinientos proverbios latinos y responder a cualquier pregunta sobre historia, pero que a los cinco años murió. En contraste con esta macabra historia, los alemanes tienen otra menos deprimente, la del niño Karl Wite que, a los nueve años, sabía francés, griego, latín e italiano, además del alemán, claro, que a los catorce recibió el título de doctor en Filosofía y que, sin embargo, murió octogenario.

En otros casos no es el temor a la muerte sino a la locura lo que preocupa a la gente, aun en nuestros días, como se dice en inglés «early ripe, early rot» (pronto maduro, pronto podrido); y sin embargo, el único estudio serio de seguimiento de niños superdotados, el del norteamericano Terman, demostró que su salud mental no difería de la del resto de la población.

Es muy curioso que, en cuentos, historietas, cómics, chistes, etc., se describe siempre un tipo de niño listo, sabelotodo y empollón y, al mismo tiempo, escuchimizado, enclenque, con gafas y antipático, del que se burlan los demás niños. No es verdad en absoluto, estos niños son físicamente tan normales como los demás, constituyendo el origen de este estereotipo un simple mecanismo de compensación de los menos dotados intelectualmente.

Lo que sí es verdad es que estos niños suelen empezar a dar guerra desde que son pequeños, pues los padres se sienten muchas veces desconcertados frente a ellos «que se las saben todas» y que rechazan jugar con otros niños de su edad, prefiriendo la compañía de los mayores y aun la de los adultos, que les rechazan, unos porque físicamente son menores que ellos y los otros porque hablan y dicen cosas que un niño «no debe saber».

El resultado es que el superdotado acabe sintiendo su superdotación como una carga, y esto les hace ser un poco aislacionistas, egocéntricos, poco tolerantes con las frustraciones y, a veces, con rasgos obsesivos; sin embargo estos rasgos no se dan en todos y no constituyen realmente una caracterología constante en los superdotados.

En el colegio suelen ser alumnos de comprensión rápida, memoria excelente, muy curiosos y de gran afición a la lectura, por lo que, estudiando generalmente menos tiempo que sus compañeros, van uno o dos años por delante de ellos.

Inconvenientes de la superdotación Sin embargo, y a pesar de su superdotación, hay un cierto número de niños que fracasan en el colegio por diversas causas como son la subestimación del trabajo a realizar, el aburrimiento que sienten en clase al terminar los deberes antes que los demás, enfrascarse en sus propias elucubraciones sin atender lo que está explicando el profesor o, si son un poco inquietos, por ponerse a incordiar a los compañeros por sobrarles tiempo, así como por la dispersión de sus esfuerzos al querer abarcar demasiado fiándose en sus cualidades superiores. Una vez vi un caso de un superdotado que «rechazaba» su superioridad intelectiva y sus ventajas, procurando sacar malas notas, para no sentirse aislado de sus compañeros.

¿Estudios normales o estudios especiales? Entremos ahora en un tema muy debatido, la formación de estos niños. Ya en la antigua Grecia, Platón propiciaba en su “República” la aplicación de una serie de pruebas destinadas a descubrir los talentos del país para educarlos y convertirles en conductores del Estado.

Cuenta la leyenda que Carlomagno quiso hacer algo parecido; lo que sí es histórico es que, en el siglo XVI, Solimán el Magnífico mandaba emisarios a todos los rincones de su imperio para que seleccionasen los que más sobresalían en las escuelas, fueran mahometanos o cristianos, para hacerles los conductores religiosos, los científicos, los artistas y los guerreros del país.

En 1862, el director de las escuelas públicas de la ciudad de San Luis en EE.UU, inventó un método de promoción de niños superdotados que recibió el nombre de «skipping», que consistía en «saltar» las programaciones.

También en Norteamérica, en la última década del siglo pasado, surgen los dos métodos, que todavía se disputan el honor de ser el mejor para educar niños superdotados: La «aceleración», que consiste en hacer clases paralelas con un mismo programa, una de las cuales recorre el programa en ocho meses, mientras que la otra, a la que asisten los mejor dotados, lo hacen en seis.

La «profundización», que desde 1920 se conoce con el nombre de «enriquecimiento», que a su vez no es más que una densificación de los programas, no en el sentido de añadir nuevas materias, sino en el de ensanchar el horizonte de estos niños estimulando, al mismo tiempo, sus actividades creativas.

Sin embargo, no todo el mundo está de acuerdo en la conveniencia de agrupar a los superdotados en clases o centros especiales, pues dicen que así se puede desarrollar un «espíritu de casta» que puede ser perjudicial para la futura integración social y familiar.

Es evidente que estos colegios especializados no están al alcance de todo el mundo y es a los profesores a los que les incumbe la tarea, difícil tarea por otro lado, de conjugar los dos métodos antes descritos, sin que el niño salga de su ambiente normal, quizá opiniéndose al deseo de los propios padres, que preferirían únicamente el método acelerado por una comprensible ambición de demostrar que sus hijos son superiores, terminando los estudios antes que sus compañeros.

Por otra parte, los padres no deben nunca olvidar que el desarrollo afectivo de los hijos superdotados puede no correr paralelo al intelectivo y tener necesidades sentimentales o emocionales más acordes con su edad real que con la mental. Así un niño de cuatro años puede saber ya leer y hasta multiplicar, pero necesitará que alguna vez la madre le haga algún mimo o le acune para ayudarle a dormir.

Francisco J. Mendiguchía, “El niño malo… que no lo es”

¡En cuántas ocasiones he oído en mi consulta!: “Doctor, le traemos este niño (o niña, aunque éstas menos veces) que no podemos más con él, ¡es malísimo, no se puede estar quieto ni un momento»!; y luego continúan: «y no sólo somos nosotros, ha empezado a ir al colegio y ya tenemos quejas de sus profesores, dicen que no hay quien haga carrera de él, no obedece a nada, es muy inquieto y además no avanza en sus estudios».

Los padres van acompañados de un niño de siete u ocho años, aunque los hay (los padres) que aguantan menos y ya nos los llevan a los tres o cuatro, o más pacientes y lo hacen a los diez, más tarde casi nunca.

El niño se sienta muy seriecito en la silla que le indicamos y permanece en ella quieto y callado, mirándonos atentamente a sus padres y a mí, sólo que… esta actitud le dura poco tiempo, primero empieza a moverse inquieto en su asiento, luego alarga una mano y coge algo de la mesa, el bolígrafo, un papel, cualquier cosa que le llame la atención y entonces el padre, o la madre, le da un cachete y dice: «¡Ve usted como es un diablo!». Yo les digo que le dejen hacer y el niño se contiene, pero por poco tiempo, enseguida coge otra cosa (yo tengo encima de la mesa un timbre en forma de tortuga e indefectiblemente el niño empieza a hurgar en ella hasta que suena).

Pronto se cansa de estar sentado, se levanta de la silla y va a tocar otro objeto o indica que quiere marcharse, cosas que colman la paciencia de los padres y, aunque les indico que no me molesta y que el niño puede hacer lo que quiera, más aún, que lo prefiero, van por él para volver a sentarlo y el niño lo hace de momento, para volver a las andadas en algunos segundos. Entonces, uno de los padres le coge de la mano y se lo lleva para que el otro pueda contarme tranquilamente lo que les pasa al niño y a ellos, que ya no saben cómo controlarse.

Los niños hiperactivos Yo les oigo, pero ya he hecho «in mentís» un diagnóstico, provisional naturalmente y sujeto a confirmación posterior, pero que falla muy pocas veces: nos hallamos ante un niño hiperactivo.

¿Y qué es un niño hiperactivo? Pues se trata de un trastorno infantil conocido ya hace mucho tiempo, pues nada menos que en 1896, un conocido psiquiatra francés llamado Bourneville, describió un tipo de niño caracterizado por su intranquilidad, destructividad y escasa capacidad para controlar sus impulsos y al que bautizó con el nombre de «niño inestable».

Treinta años después, un paidopsiquiatra, Herni Wallón, les adjudicó un nombre muy gráfico que desgraciadamente ya no se utiliza, «niño turbulento», del que dice que cada impresión la convierte en tema de actividad, y la descarga hacia la esfera motriz. Para completar el cuadro, otro autor, Demoor, señaló la disminución, la carencia tal vez, de la atención, lo que hace que estos niños fracasen en sus aprendizajes escolares.

Para darse cuenta de la importancia de este cuadro, no hay más que leer las estadísticas que se han publicado, pues se dan cifras de hasta un 20% de todos los escolares, aunque creo que la realidad no es tan mala y que, con un 5% a un 10%, ya tenemos suficiente. Lo que es por todos admitido es su frecuencia mayor en los niños que en las niñas, cuatro a nueve niños por cada niña.

Ahora bien, ¿por qué son así estos niños? En un principio, siguiendo las corrientes científicas de la época, se pensó que lo que pasaba era que nacían así, por tratarse de un defecto constitucional, hoy diríamos mejor genético, pues hay estudios en gemelos bastante convincentes y hasta unos autores rusos describieron, allá por los años treinta, la «constitución inestable», base de la hiperactividad. En mi experiencia hay muchos padres que señalan que el niño es inquieto «desde que nació», «siempre fue así», «en los primeros meses ya se le notaba» u otras expresiones parecidas.

Sin embargo, y también muy pronto, en 1923, un célebre paidopsiquiatra italiano, el profesor Sancte de Sanctis, (célebre entre otras cosas por haber descrito el primero la esquizofrenia infantil) apuntó también la posibilidad de que la causa no fuera constitucional sino psicológica: «El síndrome de la inestabilidad puede ser la expresión de la personalidad en formación del niño.» Así las cosas, unos autores alemanes emigrados a Estados Unidos (Werner y Strauss), anunciaron la teoría de que la causa podría ser un daño cerebral, pero un daño mínimo, porque no aparecen signos neurológicos, ni aun en su electroencefalograma, evidentes, por lo que se pensó en cambiar la palabra «daño» por la de «disfunción», es decir que el cerebro no estaba dañado, sino que no funcionaba adecuadamente y por ello, durante bastantes años, el cuadro se ha conocido con el nombre de «disfunción cerebral mínima». Parece ser que la disfunción consiste en que el cerebro infantil no filtra adecuadamente los estímulos sensoriales que recibe.

Hoy día, con el avance de la Psiquiatría Social, se está poniendo mucho énfasis en la influencia del entorno: dificultades económicas, viviendas inadecuadas, promiscuidad, paro, malos tratos, en una palabra, ambientes inadecuados y caóticos.

La escuela también desempeña un importante papel: la carencia o pequeñez de espacios para el juego, las aulas pequeñas, o lo que es peor, las muy grandes, pero llenas hasta rebosar de alumnos, son el caldo de cultivo en las que un niño, que ya es inquieto de por sí, desarrolle al máximo su conducta hiperactiva.

Por la magnitud del problema se han hecho bastantes estudios de tipo metabólico y se ha achacado el síndrome a la falta de zinc en las comidas, al exceso de azúcar y a los aditivos y colorantes que se añaden a los productos alimenticios. La realidad es que seguimos sin saber muy bien lo que pasa en estos niños, aunque hay algunos datos para suponer que puede ser la manifestación de un desorden en el metabolismo de ciertos cuerpos químicos que intervienen en la neurotransmisión cerebral.

La desgraciada historia de un hiperactivo Pero volvamos al niño que ha salido del despacho con uno de sus progenitores y veamos lo que nos suele contar el que se queda: Durante la lactancia y la primera infancia presentó rasgos de un niño llorón, que rechazaba los alimentos, intranquilo y negativista (aunque también es posible que a esta edad no presentara ningún signo fuera de lo corriente).

En el parvulario comienzan ya las quejas de sus cuidadores y maestras por su impulsividad, destructividad, desobediencia, torpeza para las manualidades, carencia de atención, presentación de dibujos con trazos desmañados, ruptura frecuente de lápices y papeles, imprevisibilidad de sus reacciones y un mal sometimiento a las reglas comunes de trabajos y juegos. El niño suele llegar a casa bastante sucio, con algún desgarrón en su vestimenta y algún que otro arañazo o moratón.

Estas características se van haciendo más evidentes y se manifiestan en toda su crudeza cuando el niño empieza a ir al colegio. Su intranquilidad, torpeza e indisciplina llegan al máximo y aparece una complicación importante: el niño tiene dificultades en el aprendizaje de la lectura y escritura y se va retrasando respecto a sus compañeros, cosa que los profesores achacan a que el niño no pone atención a lo que se le explica. No es extraño que ya, algún director de colegio, les haya rogado a los padres que trasladen al niño de colegio, «a ser posible que tenga pocos alumnos por clase».

En casa es un niño insoportable, con saltos continuos y correrías sin rumbo fijo, no puede permanecer sentado mucho tiempo y habla acompañándose de gesticulaciones.

En sus relaciones sociales es muy desinhibido y no parece darse cuenta de las inconveniencias sociales que comete, tales como no saber esperar turno cuando hay que hacerlo, interrumpir conversaciones o contestar a las preguntas cuando están a medio formular. Además trae de cabeza a los padres porque no tiene idea del peligro y tiene continuos accidentes, como meter los dedos en los enchufes o cortarse con cualquier instrumento afilado.

En sus juegos es muy inconstante, pasa de uno a otro sin terminar ninguno y, como no sabe respetar las reglas de los juegos comunitarios, los demás chicos no quieren jugar con él y el niño se va encontrando cada vez más solo. Lo único que le sostiene la atención es la TV, que es tan inquieta y saltígrada como él, lo que supone un alivio para los padres, que le dejan todo el tiempo que quiera delante del televisor para poder así descansar ellos.

Algunos padres, no en todos los casos, nos cuentan que el niño es, además, agresivo, terco, destructivo, mentiroso y desobediente, es decir, presenta lo que se conoce con el nombre de «trastorno de conducta».

En términos cibernéticos, lo que sucede en su conducta es que se produce un mecanismo de retroalimentación («feed back») que mantiene y empeora el cuadro progresivamente: como el niño tiene dificultad para filtrar la información que le llega, su atención se dispersa, su aprendizaje esto aumenta su inmadurez cerebral (primer bucle de retroacción); a causa de su agitación se produce una relación caótica con su entorno que es causa de ansiedad que, a su vez, aumenta su intranquilidad (segundo bucle); ante la conducta del niño los padres se sienten muy decepcionados y reaccionan con agresividad («eres un demonio, una calamidad»), agresividad que es devuelta por el niño y la hiperactividad se convierte en parte en intencionada, lo que aumenta su ansiedad por sus sentimientos de culpa (tercer bucle); por fin aparecen sentimientos depresivos («soy un caso», «no tengo arreglo») que producen más conductas difíciles que aumentan la irritabilidad y decepción de los padres (cuarto bucle) y así hasta que se deciden los padres a consultar para ver de romper este circuito que va empeorando la situación cada día más.

Lo cierto es que, cuando se ve el niño a solas, se aprecian enseguida en él rasgos de ansiedad debidos a que se va dando cuenta de que tiene problemas que no puede dominar, de que es diferente a los demás niños y que el entorno, incluido los padres, le mira con una cierta hostilidad de la que se va sintiendo día a día más culpable.

El diagnóstico de la hiperactividad se hace fácilmente por la historia del niño y por su observación, aunque pueden utilizarse las consabidas escalas y cuestionarios para padres y maestros en caso de grandes grupos de población. Alguien inventó también un curioso artilugio, que llamó silla «balistográfica», que no era más que una silla que medía los movimientos del niño sentado en ella y también tenemos los «cuadrantes de observación», que es una sala que está dividida en cuadrados y, en cada uno de ellos, que están separados por unas rayas pintadas en el suelo, una mesa con lápices, plastilina, cuentos, juguetes, etc., y una silla para cada mesa, midiéndose la actividad por el número de veces que el niño cambia de cuadrante al pasar la raya que los separa.

Todos estos síntomas van remitiendo poco a poco, aunque haya autores que opinen que puede quedar un cuadro residual en el adulto. Todavía a los dieciséis años permanecen igual la tercera parte pero, ya a los dieciocho, han mejorado mucho la mayoría y ha desaparecido del todo en una cuarta parte.

No se conocen casos de empeoramiento, aunque en los niños que además tienen problemas de conducta, ésta sí puede empeorar, aunque la hiperactividad y la atención mejoren. Un problema de más difícil solución es el de los retrasos escolares que el cuadro puede llevar consigo, pues son difíciles de superar y llevan en muchas ocasiones al abandono de los estudios en edades tempranas.

Cómo tratar a estos niños Veamos ahora qué se puede hacer con estos niños, pues se han intentado muchos métodos, desde los propiamente pedagógicos hasta el uso de psicofármacos.

En algunos países se han proyectado, y hecho, aulas especiales para estos niños, con paredes desnudas sin adornos, mapas, dibujos y todo lo que se suele colocar sobre ellas, pintadas en tonos suaves, luz tamizada, parcialmente insonorizadas y con las mesas de los alumnos mirando a la pared, separadas unas de otras por mamparas para que no se distraigan unos con otros.

No está mal la idea en teoría, pero mucho me temo que, como el problema dura mucho tiempo, el niño acabará por adquirir una claustrofobia que le llevará más tarde a una fobia escolar. Como aquí no disponemos de este tipo de clases, los buenos maestros ponen a estos hiperactivos en la primera fila para poder atenderlos mejor en sus problemas de inestabilidad y distraibilidad, los malos los colocan en las últimas para que no molesten.

Son también muy útiles los tratamientos psicomotrices como la relajación y el control de movimientos, terapias conductuales que modifiquen su comportamiento impulsivo y la psicoterapia individual, de grupo y familiar, esta última para modificar los patrones de respuesta que los padres han desarrollado frente al hijo hiperactivo.

Un doctor americano se hizo bastante popular con un régimen alimenticio, la «Dieta Feingold», que consistía en eliminar los alimentos que contuvieran aditivos y colorantes, pero la verdad es que es una dieta difícil de realizar, tal como está hoy la industria alimenticia y además supondría un cambio de hábitos en la alimentación de toda la familia, eso sin contar que los estudios hechos sobre los resultados de este método, han sido bastante mediocres.

Pasemos por último al tratamiento con psicofármacos, ése que tanto temen los padres y, que sin embargo, es el único realmente eficaz. Allá por el año 1937, un psiquiatra, también americano llamado Bradley, ante el hecho paradójico de que a estos niños, los barbitúricos, que entonces eran los únicos tranquilizantes que se conocían, en vez de tranquilizarles les ponían más nerviosos, pensó que, si les daba estimulantes, a lo mejor se estaban más quietos. Tal como lo pensó lo hizo y utilizó la anfetamina o benzedrina (la conocida simpatina), para pasar después a la dexedrina, comprobando que de doscientos ochenta niños había mejorado el 60%. A partir de 1960 lo que se suele utilizar es otro estimulante que produce muy pocos efectos secundarios (insomnio o anorexia), llamado metilfenidato.

Yo he utilizado este último fármaco en niños de hasta doce-trece años de edad durante más de veinticinco años y sólo tuve que suspender la medicación en dos casos por la anorexia que producía. Insomnio no lo encontré nunca a las dosis por mí utilizadas.

Para evitar el acostumbramiento a la medicación, es de gran utilidad practicar el método del «fin de semana terapéutico», es decir, suspender la misma los sábados y domingos y, asimismo, no administrarla durante los meses de verano en los que el niño tiene más tiempo y espacio para descargar sus impulsos a la acción mediante juegos, deportes, excursiones, etc. y no tienen que estar tanto tiempo metidos en casa o en el colegio.

No hace mucho un chico de diez años me decía unos días antes de empezar el curso: «Doctor, ¿puedo empezar a tomar otra vez las pastillas que me hacen estarme quieto?».

Algunos autores, por eso del rechazo a los psicofármacos, han utilizado café o compuestos de cola, pero los resultados no son ni mucho menos tan convincentes y además son muy difíciles de dosificar. También se han probado otros fármacos, pero tampoco las mejorías han sido tan evidentes.

Francisco J. Mendiguchía, “Los grandes síndromes”

Corresponden éstos a los cuadros clínicos que por su frecuencia e importancia han sido, y lo son todavía, fuente de angustia, temor y desesperanza para los padres, pero que éstos deben superar porque pueden y deben ser una gran ayuda para los hijos que los sufren.

La deficiencia mental Hace ya más de veinte años, fui buscado deprisa y corriendo para que acudiera a la televisión para que un famoso entrevistador me hiciera unas preguntas sobre el caso de un niño que había aparecido en el entonces Sahara Español, conviviendo con una manada de gacelas. Se preguntaban por la relación que podría haber entre éste y el ya famoso «niño salvaje de Aveyrólv», cuya vida ha sido llevada a la pantalla por el director de cine francés Trufaut.

Lo del niño gacela resultó ser absolutamente falso; no así el encontrado vagando por los bosques de Aveyrón. Con este caso suelen comenzar todos los libros que hablan del tratamiento de las deficiencias mentales, u oligofrenias como se llamaban por aquel entonces. En realidad no se sabe bien si este niño, al igual que las niñas indias Kamala y Amala, era deficiente mental, autista o niño que milagrosamente había sobrevivido en el medio animal, aunque eso sí, a costa de no haber podido desarrollar su inteligencia por falta de estimulación humana.

Sin embargo la verdadera historia de la deficiencia mental como grave problema sociológico empezó más de medio siglo más tarde. El gobierno francés, con motivo de la implantación de la escolarización obligatoria, encargó al profesor Binet que investigara la capacidad mental de los escolares, para lo cual éste, ayudado por su colaborador Simón, diseñó unas pruebas el célebre test que lleva su nombre para determinar esta capacidad, que midieron en «edades mentales».

Cuando les pasaron estas pruebas a los niños vieron que esta edad mental no coincidía en ocasiones con la edad real o cronológica, en unos porque era mayor y en otros porque era menor, determinando entonces que aquel escolar que tuviera una edad mental dos o más años inferior a la real, era un retrasado que no debía seguir una enseñanza normal. Debería recibir a cambio un tipo de enseñanza adaptada a sus facultades, naciendo así la Pedagogía Terapéutica, aunque ya con anterioridad se hubieran creado centros que «recogían» a los deficientes más profundos. A los nuevos retrasados de Binet se les llamó «débiles mentales» y empezaron a crearse escuelas para ellos en todo el mundo.

Para afinar más el diagnóstico, pues no es lo mismo tener dos años de retraso a los seis que a los diez, se inventó por Stern el conocidísimo Cociente Intelectual que se obtiene dividiendo la edad mental por la cronológica que, en caso de absoluta normalidad, debe ser uno; en realidad: cien, porque para facilitar las operaciones se le añadieron dos ceros. Como los hombres no somos robots, ni tan exactos, la coincidencia absoluta era rarísima, por lo que se consideró que la banda comprendida entre noventa y ciento diez era la que correspondía a la normalidad.

Si el niño obtenía un C. I. (Cociente Intelectual) por debajo de esa banda era un retrasado y si por encima un superdotado por lo que, y sin meternos en complejidades de desviaciones estándar, el concepto de normalidad, y por lo tanto de subnormalidad, es meramente estadístico, por lo menos dentro de ciertos límites.

Pronto se vio que había muchos niños con un C. I. por debajo de noventa a los que no se les podía considerar realmente retrasados, por lo que, los que tenían el C. I. entre ochenta y noventa pasaron a ser considerados simplemente «torpes» y en puridad debían, aunque les costara un poco más de esfuerzo, seguir una escolaridad normal, si bien la mayoría acababa sus estudios, si es que lo hacía, uno o dos años después que los demás.

Pero aún hay más, porque si consultamos cualquier clasificación de enfermedades mentales de tipo público e internacional (OMS, DSM) vemos que para calificar a un niño de deficiente mental ha de tener un C. I. por debajo de setenta. ¿Y los que están entre setenta y ochenta? Pues la cosa no está muy clara pero, en general, se les conoce con el nombre de «limites» y también «fronterizos» porque se encuentran en la frontera entre la normalidad y la subnormalidad.

Por debajo de un C. I. de setenta el diagnóstico ya es más fácil, porque la deficiencia suele ser claramente perceptible, no sólo por los tests, sino por su comportamiento general, que se aprecia que no está al nivel de los niños de su misma edad sino a otro inferior. Estas deficiencias se dividen a su vez en leves, moderadas, graves y profundas según su intensidad (estas dos últimas se corresponden con los «idiotas de Binet», término que es absolutamente científico y significa «el que no puede comunicarse de palabra»).

De todas maneras, estas clasificaciones tampoco dejan de ser algo artificioso, porque la deficiencia mental es un trastorno global de la personalidad y hay déficit moderados que tienen mejor pronóstico que otros leves por sus características personales, tal como sucede con los niños antes llamados mongólicos y ahora Síndromes de Down, que tienen muy buena integración familiar y social por su ductilidad y buen carácter.

Sin embargo, con esto de los C. I, nos trajo en su día de cabeza la Administración cuando decidió dar unas ayudas económicas, bien modestas por cierto, a las familias que tuvieran un hijo deficiente pero, y ahí estaba el problema, tenía que tener un C. I. por debajo de cincuenta. Confieso sin rubor que yo, que tenía que poner la firma final en los expedientes del centro que dirigía, cambié más de un cincuenta y cuatro por un cuarenta y siete, para que la familia pudiera recibir la ayuda, sobre todo en los citados Down que tienen la característica de tener un C. I. bastante alto en los primeros meses de vida y que después va bajando.

Fue precisamente en estos niños mongólicos en los que se aplicó por primera vez en Argentina, por la Dra. Coriat el método de la rehabilitación precoz para evitar esta caída del C. I.

Consecuencia inmediata del aumento del número de los deficientes mentales diagnosticados, no de su aumento real, fue la proliferación de centros educativos dedicados a estos niños, empezando naturalmente por los países más avanzados económica y culturalmente: Estados Unidos, Alemania, Suiza, Francia e Inglaterra.

Nosotros fuimos más tardíos en crearlos y además se debieron a la iniciativa privada, pues el Estado no hizo casi nada a este respecto, demostrándolo esta anécdota, que la considero absolutamente cierta: a principios de los años cuarenta el peluquero del entonces Ministro de la Gobernación, del que dependía la Sanidad Española, le pidió a éste una recomendación para que un niño pariente suyo, que era subnormal, pudiera ingresar en un centro estatal, pues los privados no los podían costear.

El ministro dijo que sí, que no faltaba más, y le pasó el encargo al Subsecretario, siendo mayúscula su sorpresa cuando éste, al cabo de unos días le informó ¡que no había ninguno!, a la vista de lo cual mandó rebañar unos presupuestos y construyó el Instituto Médico Pedagógico Fray Bernardino Álvarez, del que más tarde fui director durante veinte años.

Con el tiempo fueron creándose más centros, tanto estatales como privados y llegó un momento en que prácticamente todos los deficientes españoles se educaban en un Centro Especial. Mas he ahí que los países que antes habían comenzado y no sólo tenían centros educativos, sino también talleres, clubes y residencias para deficientes adultos (nosotros teníamos también algunos) empezaron a caer en la cuenta que el deficiente mental pasaba su vida, desde que nacía hasta que era viejo, completamente marginado del mundo en que vivía, sin integrarse en la vida laboral y social del mismo.

Esto provocó una revisión de los conceptos que hasta entonces se habían manejado sobre la educación de los niños deficientes y el nacimiento de la idea de que deberían ser educados con los demás niños, aunque recibiendo un apoyo pedagógico complementario. Así nacieron las llamadas «clases de integración», que ya han empezado a crearse en nuestro país en los colegios públicos y algún privado. En éstas estamos y ya veremos con el tiempo cuáles son los resultados.

Pero aparte de la pedagogía, ¿es que no hay tratamientos eficaces para curar la deficiencia mental? Al cabo de casi cincuenta años de dedicarme a estos problemas y de haber asistido al «descubrimiento» de técnicas que aseguraban que sí lo hacían (extractos de células, ácido glutámico, métodos psicomotrices intensivos) puedo asegurar que casi todos mejoran (excepto el de las células que puede ser peligroso), pero ninguno cura. Excepcionalmente hay uno que sí cura, pero sólo sirve para los hipotiroideos, a los que si se les administra cuando son pequeños extracto de tiroides, no aparece la deficiencia, y aun mejoran si no hace mucho que la padecen.

De todas formas han de aplicárseles todas las técnicas «auxiliares» como la musicoterapia, la reeducación psicomotriz, las técnicas conductuales, la farmacoterapia cuando es necesario y aun las psicoterapias, sobre todo las de grupo, pues todas ayudan. Se nota mucho la diferencia entre un deficiente tratado y otro que no lo ha sido, con gran ventaja para el primero.

Y a los padres ¿no les digo nada? Lo primero es que se asocien. En todos los sitios de España hay Asociaciones de Padres que han sabido luchar por los derechos de los hijos deficientes y han conseguido ir rompiendo las barreras que les separaban de la sociedad, que no los aíslen nunca y les hagan participar de todas las actividades vitales a que puedan tener acceso. Recuerdo con verdadera tristeza una chica mongólica de quince años que vivía en su casa como en una jaula de oro: tenía profesora de música y danza, otra de pintura y otra de pedagogía pero no tenía una sola amiga. Ella que lo notaba, me dijo un día: «Mis padres no se dan cuenta que yo sé que la chica que viene porque es amiga mía, en realidad la pagan ellos.» (Yo la vi porque hizo un cuadro delirante debido a su aislamiento.) Hay que educarles con amor, pero también con disciplina y que inculquen estos sentimientos en los hermanos que después serán los encargados de cuidarlos. En caso de que tengan que internarlos en algún centro por las características de su cuadro clínico, no deben sentirse culpables aunque, eso sí, viéndoles con frecuencia y sacándoles las veces que se pueda.

Para terminar les contaré lo que una madre, ya mayor, me contó respecto de su hija deficiente: «Doctor, ¿creerá usted que, a estas alturas de mi vida, esta hija es el único consuelo que tengo?».

El autismo Como he comenzado este capítulo con una historia continuaré con otra, un poco anterior a la del niño gacela. Un día se presentó en mi consulta un señor diciendo que iba a llevarme, para que lo viese, a un hijo suyo que había sido diagnosticado en Estados Unidos de «autismo infantil». Yo, por entonces, no había visto todavía ningún caso de este síndrome y sólo tenía las ideas que me proporcionó la lectura del libro, aún no traducido al castellano de Leo Kanner, en el que este autor describía dicho síndrome, descubierto por él en 1943, con el nombre de «early infantil autismus». Daba al cuadro un pronóstico más bien benigno y con muchas posibilidades de recuperación, optimismo que había contagiado a los padres que, como el señor que nos consultaba, se cuidaba mucho de separar a su hijo de los deficientes mentales («mi hijo es un autista, no un subnormal») dado que además, en los primeros tiempos, se pensaba que el origen era psicogenético.

Para el psicoanalista americano Bettelheim, que escribió un libro realmente impresionante llamado La Fortaleza Vacía, el autismo no consistía, en la mayoría de las veces, más que en un rechazo, consciente o inconsciente de los padres, sobre todo de la madre, a la que describía como fría, distante y con repugnancia para los contactos físicos.

Desgraciadamente hoy ya sabemos que sólo un 5% de los niños autistas no tienen retraso mental, de ellos el 50% con un C. I. por debajo de cincuenta, y que su pronóstico es malo, bastante peor que el de los deficientes leves y moderados.

Asimismo prácticamente nadie duda ya del origen orgánico (cerebral) del autismo, ligado en un pequeño número a factores genéticos y en una mayor proporción a problemas infecciosos o traumáticos del embarazo y del parto, y hasta se han descrito trastornos del metabolismo cerebral con una disminución de la tasa de serotonina en sangre. Últimamente he leído un trabajo que comentaba que mediante la exploración con resonancia magnética cerebral se había detectado una disminución del tamaño del cerebelo, aunque este dato está aún por confirmar con ulteriores investigaciones.

El número de niños autistas se calcula en tres o cuatro por diez mil niños, siendo cuatro veces más común en niños que en niñas.

De una forma somera señalaré que los síntomas que caracterizan a estos niños son los siguientes: trastornos de la relación social, de ahí su nombre de autismo, desde que son pequeñitos (no responden con sonrisas a los tres meses, no miran de frente, no se adaptan al cuerpo de la madre cuando ésta los cogen en brazos, están como ausentes), retraso en la aparición del lenguaje (llegan a los cuatro años o más sin decir más que alguna palabra suelta) y manierismos o movimientos estereotipados (agitación de brazos «como si fueran a volar», retorcimiento de manos).

Es muy característica la resistencia a los cambios en su entorno (ir siempre por el mismo camino, no comer si no les sirve la misma persona, crisis de llanto si se le cambia la cuidadora), apego a objetos inusitados (un trozo de plástico o de alambre), reacciones emocionales agudas frecuentes, con rabietas y automutilaciones, trastornos del sueño, juegos excéntricos e hiperactividad.

Curiosamente, algunos de estos niños muestran habilidades especiales como dibujar. (Tuve un enfermito que dibujaba motocicletas con una perfección que no tenían los niños de su edad pero… las repetía incansablemente decenas de veces y siempre con los mismos trazos.) Durante los años sesenta y setenta se publicaron multitud de trabajos sobre el autismo en las revistas especializadas y se celebraron congresos sobre este tema en exclusiva, dado el alto interés que despertó el cuadro en los medios científicos.

Hoy en día este interés ha disminuido bastante porque se llegó a la conclusión de que las posibilidades de curación son escasas y que el cuadro estaba ya perfectamente definido. No era ni siquiera una forma muy precoz de psicosis como al principio habíamos creído y hay ya autores, como el inglés Grahan, que en su tratado de Psiquiatría Infantil lo incluye en el capítulo de «Trastornos de la inteligencia». La última clasificación americana, la DSM-III-R, soslaya el problema describiéndolo como «Trastorno generalizado del desarrollo».

De todas formas los niños autistas siguen ahí y hay que intentar seguir investigando, tanto en su etiología, para que pueda llegarse a una prevención, que sería lo único realmente eficaz, como en los modos de tratarlos y educarlos, y así salvar lo que se pueda del naufragio pues, aunque pocos, las estadísticas de la mayoría de los países citan casos, un 10%, que pueden llegar a adquirir un cierto grado de independencia y alguno hasta conseguir un trabajo normal, dependiendo ello del grado del desarrollo intelectivo que tengan, de los cuidados de los padres y de los métodos educativos y conductuales aplicados para desarrollar sus potenciales y modificar sus conductas inadecuadas. En veinticuatro casos seguidos por mí durante diez años, ninguno de ellos había podido hacer una escolaridad normal y el 20% estaba internado en centros especializados para autistas.

Las psicosis He hablado un poco más arriba de que el autismo pudiera haber sido una forma temprana de psicosis. ¿Y qué son las psicosis? Para entendernos rápidamente diré que el ejemplo más claro de psicosis en el adulto es la esquizofrenia.

El que los niños puedan padecer una psicosis es algo conocido desde principios de siglo, cuando un psiquiatra italiano llamado Sanete de Sanctis describió el primer caso conocido de esta enfermedad, denominando al cuadro clínico «demencia precocísima», es decir una forma infantil de la recién descrita demencia precoz que más tarde se denominó esquizofrenia, nombre con el que hoy en día se conoce esta enfermedad, todavía llena de interrogantes sobre lo que realmente es pero perfectamente conocida en sus síntomas y aun en su tratamiento.

No puedo describirles detalladamente cómo es la esquizofrenia infantil, pues la mayoría de las personas conocen más o menos de qué se trata y por ello les voy a describir un caso que vi hace casi ya cuarenta años: se trataba de una familia que emigró a Inglaterra, padre, madre y un niño de seis años y que, al cabo de medio año de estar allí, notaron que el niño empezó a ponerse triste y luego a hablar solo, al principio menos y luego a todas horas. Después comenzó a aislarse poco a poco en una habitación y dejó de hablar hasta caer en un mutismo absoluto, a sufrir crisis de agitación en las que rompía todo lo que encontraba a mano, y a no dormir.

Asustados los padres se viene la madre a España con el niño y aquí lo veo yo, encontrándome con un niño inexpresivo, con la mirada vacía, perplejo, con una sonrisa sin contenido alguno y al que no logro arrancar ni una palabra, si bien seguía indicaciones como «ven aquí», «siéntate», etc. y que, de repente, se levanta de la silla en que estaba sentado, echa a correr por la habitación mirando hacia el techo, mientras musita algo ininteligible y hace ademán como de sacar unas pistolas y disparar con ellas; esto le dura un par de minutos y después vuelve a sentarse aparentemente tranquilo, repitiéndose la escena tres veces en una hora. Entonces le pongo un lápiz en la mano diciéndole que dibuje una casa y pinta una con aspecto fantasmagórico, luego que dibuje un hombre y resulta también una especie de fantasma encapuchado. Cuando hablo con la madre me cuenta que algunas noches golpea la almohada con los puños diciendo la palabra «sangre» como si realmente la estuviera viendo.

Le indico a la madre que creo que el niño padece una forma muy precoz de esquizofrenia y, como el diagnóstico en esa época era un poco insólito, se lo cree a medias y escribe al marido, que se traslada a Londres, donde consulta con varios psiquiatras y todos le dicen que el diagnóstico era correcto. El caso terminó bastante bien pues en seis meses le desaparecieron los síntomas después de un tratamiento con neurolépticos y psicoterapia.

Se trataba pues de un caso de una forma de psicosis infantil de tipo esquizofrénico, raro en esta edad pero mucho más frecuente entre los doce y quince años, edad en la que ya va tomando la enfermedad la forma del adulto. Hay otras formas descritas de psicosis infantiles, aún más precoces que nuestro caso, como son la psicosis simbiótica de Mahler, la forma deficitaria de Misés, la defectuosa de Bender y las psicosis disarmónicas, que deben distinguirse, lo que no es tan fácil, de las deficiencias mentales.

El tratamiento debe ser hecho siempre por un psiquiatra, pues la terapéutica realmente eficaz es la administración de neurolépticos; si debe acompañarse de técnicas de maternaje, musicoterapia y técnicas conductuales. Puede citarse como exponente de la gravedad de estos casos, el que una magnífica psiquiatra de niños, norteamericana, Lauretta Bender, llegó a tratar, antes de la aparición de los psicofármacos, cientos de ellos con electrochoque.

La epilepsia Del último «gran problema» del que quiero tratar, es el del niño que padece una epilepsia. Es curioso que todos los libros que tratan de esta enfermedad empiecen citando a los grandes hombres que fueron epilépticos como Julio César, Napoleón o Dostoievsky, quizá para darnos argumentos para convencer a los padres de que es una enfermedad sin importancia y no aquel terrible «mal divino» que hacía a los romanos suspender las reuniones públicas o comicios, cuando algún asistente sufría una crisis del «gran mal» epiléptico.

La verdad es que, hace no más de treinta años, ser epiléptico era desagradable, peligroso a veces, y conducente a una marginación social que llevaba en ocasiones a los manicomios. Los niños que sufrían estas crisis tan aparatosas del «gran mal» epiléptico, no podían ir a clase con los demás niños porque éstos podían asustarse y hasta se crearon centros especiales para ellos.

Afortunadamente en estos últimos treinta años, el problema ha ido dejando de serlo gracias a dos factores fundamentales: el primero ha sido el gran avance producido en el tratamiento farmacológico de esta enfermedad en todas sus formas: «gran mal», «pequeño mal» y «crisis parciales» (sólo sigue siendo una forma grave la conocida como «hipsarritmia» o síndrome de West), avance que ha permitido el control de las crisis en la gran mayoría de los casos.

Gracias a ello el niño ha dejado de estar siempre asustado por la posibilidad de sufrir un nuevo ataque, ha adquirido seguridad en sí mismo y ya no se produce deterioro mental ya que ni hay crisis ni la medicación que actualmente se da les atonta. Tan es así que ya es muy difícil de ver lo que antes se llamaba «carácter epiléptico» que producía un tipo de niño colérico, agresivo, de retorcidas ideas, poco fiable y enequético (esta palabreja quiere decir repetitivos, pesados, minuciosos y adherentes).

El segundo factor es el mejor conocimiento por parte de la gente de lo que es la enfermedad y de su poca peligrosidad para el niño o para los demás. Esto hace que los niños epilépticos sean admitidos en los colegios y hasta se instruyan a los compañeros de clase para que no se asusten y sepan qué hacer si se presenta alguna crisis, como no meterles cucharillas ni objetos duros entre los dientes en plena crisis, porque se pueden romper, y sólo colocarles en una posición cómoda en la que no puedan herirse en las convulsiones.

De todas formas los médicos, cuando se hace el diagnóstico de una epilepsia infantil, debemos tener una charla con los padres para explicarles en qué consiste la enfermedad: sus posibles y reales peligros; cómo prevenirlos (vigilar al niño mientras se baña en el mar o en una piscina porque puede ahogarse en una crisis y no hacer ejercicios tan violentos que produzcan jadeo durante minutos); la necesidad de seguir puntualmente las indicaciones terapéuticas con controles periódicos de nivel de medicación en sangre y repetir los electroencefalogramas de tiempo en tiempo. Hay que ponerles en guardia también con el exceso de superprotección que puede llegar a ahogar la iniciativa y personalidad del niño.

Francisco J. Mendiguchía, “El niño que se rebela”

Un gran número de consultas que se nos hace a los especialistas en psicología y psiquiatría infantiles, están motivadas por una conducta que desazona a los padres, quizá no inmediatamente, pero sí al cabo de un cierto tiempo de su aparición.

La primera entrevista suele comenzar así: «Doctor, ¿qué podemos hacer con este niño, o esta niña, que desde hace algún tiempo dice a todo que no? No quiere obedecer, se rebela cuando queremos imponer nuestra autoridad y el “no quiero” lo tiene siempre en la punta de la lengua, y el caso es que antes era muy obediente.» Cuando les pregunto ¿cuántos años tiene?, la respuesta más corriente es que tiene alrededor de cuatro años.

En la mayoría de los casos sucede que nos encontramos ante un niño en esa primera edad difícil, caracterizada por el negativismo y la terquedad y que ha recibido diversos nombres, como «primer período tempestuoso», «primera edad rebelde» y hasta «primera pubertad» por lo conflictiva que resulta para los padres y que, en realidad, no es más que una característica del desarrollo psicológico normal del niño.

Es en esta etapa cuando se produce un fortalecimiento del Yo infantil, que es lo que le lleva precisamente a este negativismo en un intento de afianzar su personalidad frente a los adultos, sus leyes y sus órdenes.

Los padres se extrañan ante ese primer «no quiero» del niño, sin pararse a pensar en la gran cantidad de «yo quiero que», «haz esto» o «no hagas lo otro» que le han dicho y seguirán diciéndole.

Este «no quiero», no es más que una forma que el niño tiene para decir, «hay que contar conmigo a partir de ahora», y esto no es malo en sí, porque cuando un niño se resiste activa y francamente a ciertas órdenes, aunque estén bien dadas, muestra que ni la hiperprotección, generalmente materna, le ha abrumado, ni el tratamiento duro, generalmente del padre, le ha aplastado hasta el punto de no atreverse, en ambos casos a «luchar en defensa propia».

La rebeldía del hijo, el «no quiero» por sistema, primero sorprende a los padres que no lo esperaban y luego acaba constituyendo una amenaza para su amor propio, pues no entienden que, habiéndose portado muy razonablemente con él, éste se rebele, al parecer sin razón ninguna pues, como dicen ellos: ¡si no le pedimos nada que no se le pueda pedir a un niño de su edad! Francamente, se sienten desilusionados y un tanto confusos, confusión que aumenta cuando, al preguntar en la guardería o colegio al que acude el hijo, les dicen que allí el niño se porta bien, no es negativo y no tienen ningún problema de rebeldía.

Lo mismo sucede si va a pasar la tarde en casa de un amigo o de unos primos, pues los padres de éstos comentan que es un chico adorable y obediente.

Todo ello acaba produciendo una cierta inseguridad y ansiedad en los padres, que piensan: ¿en qué estamos fallando? Y es que los niños parece que tienen muy desarrollado el sentido de la oportunidad y del dónde, cómo y cuándo pueden hacer las pruebas de su naciente personalidad y hacer valer sus derechos, sin peligro y con provecho.

He hablado del dónde y cuándo, pero también hay un «cómo», pues la resistencia infantil no se muestra sólo por medio de palabras, el «no» y el «no quiero», sino que también puede hacerlo bajo otras formas.

Una de ellas es la de utilizar su conducta y así, se resiste a la comida o la vomita voluntariamente (hay niños que son realmente unos virtuosos en esto de provocar el vómito), simula no oír o comprender las órdenes que se le dan, se queda sentado cuando tiene que moverse o viceversa, no obedece las órdenes que ya se habían hecho rutina con anterioridad, se niega a orinar hasta que ya no puede más o llega a hacerlo encima, lo mismo pasa con la defecación, no quiere irse a la cama a la hora acostumbrada y mil formas más de manifestar su negación ante los mayores, cosa que desconcierta a sus padres más aún que las palabras.

No se le oculta a nadie que en esto de la rebeldía, como en todo lo que se refiere a la conducta infantil, no todos los niños son iguales, y los hay más tercos y negativistas que otros, que son más dúctiles y conformistas ya desde que nacen, y esto ocurre porque no todos los temperamentos, N_ después los caracteres, son iguales.

Los mayores y la rebelión de los hijos Claro es que también los mayores podemos contribuir a fomentar la resistencia del niño si, valga la expresión, se le «provoca» acompañando nuestras órdenes de gritos y malos tratos, si se le dan instrucciones contradictorias (por la misma persona o por otras) o con «doble mensaje» («haz esto porque si no se lo contaré a papá cuando llegue») o se le comunican demasiados mandatos, aunque éstos sean acertados, al mismo tiempo.

Cuando a un niño de esta edad se le dicen cosas como “ven aquí inmediatamente”, “come sin hacer ruido”, “no hables en voz tan alta”, “no toques los alfileres” o “deja la TV y vete a dormir”, hay que evitar los «porque sí», «porque yo lo mando» y acompañarlas de los razonamientos pertinentes del porqué de las prohibiciones, naturalmente en un lenguaje apropiado a la edad del niño. También hay que ser un poco dúctil al dar órdenes a los hijos y no exigir, salvo en raras excepciones, su cumplimiento inmediato pues hay que darles algún tiempo para que venzan la inercia del cambio y madure interiormente lo que se le exige.

Hay que tener también mucho cuidado en no prohibirles cosas que nosotros nos permitimos hacer delante de ellos, tales como «niño, sal de la habitación que tú no puedes ver esta película» y nosotros nos quedamos viéndola o, en caso de hacerlo, como cuando le prohibimos beber vino y nosotros lo bebemos, se debe explicar el por qué de la prohibición.

A veces, lo que sucede es que un niño, que hasta entonces no se había mostrado más rebelde de lo normal para su edad, aumenta su negativismo y terquedad hasta hacerse verdaderamente molesto para los padres, los cuales reaccionan aumentando los castigos y las reprimendas, que no hacen más que incrementar aún más la conducta negativa del hijo. En realidad, lo que el niño hace no es más que un intento de llamar la atención sobre él porque ha sucedido algo que le hace sentirse desgraciado, como puede ser el nacimiento de un hermanito, que su madre se haya puesto a trabajar y ya no está tanto tiempo con él o, simplemente, que cree que los padres atienden demasiado a un primito que ha venido a pasar una temporada con ellos.

Este primer período de terquedad suele desaparecer hacia los cinco o seis años, por lo menos en su forma más llamativa, porque el niño es ya una personita más segura de sí misma y no tiene que recurrir al negativismo como sistema, aparte de que va aprendiendo a ser realista y a adaptarse a las circunstancias.

El segundo período de rebeldía A los nueve o diez años, tanto en los niños como en las niñas, se suele producir una segunda fase de rebeldía y ello debido a dos hechos fundamentales: a) El niño traslada sus intereses de la familia al grupo, del que acepta unas normas que no obedece en casa, y al colegio, en el que sucede lo mismo. Por ello, a esta edad, son más frecuentes los casos de niños que son rebeldes en casa y casi modélicos fuera de ella.

b) Nace su espíritu critico y, gracias a él, comienza a juzgar las cosas, los hechos y las personas con criterios propios. Como este sentido crítico alcanza a los padres, a los que empieza a ver como realmente son y no como los tenía idealizados, los bajan del pedestal en el que les tenían colocados, y esta frustración le hace enfrentarse con ellos en una lucha que empieza ahora y no terminará hasta que pasen a la fase siguiente de su desarrollo psicológico.

La gran rebeldía: la adolescencia Y con esto llegamos a la fase de «la gran rebeldía»: la adolescencia. Ésta comienza a los doce años por término medio y termina hacia los dieciséis o diecisiete (la edad de los «teen» de los americanos) y que, por la problemática que suele resultar, se le dan los apelativos de «crisis», «época de tormenta y tensión» y otros parecidos, todos con un cierto tinte peyorativo, que no hacen más que señalar que el adulto considera esta edad como algo peligroso ante la que adoptan una aptitud defensiva y aun medrosa. Títulos de libros como “Socorro, tengo un hijo adolescente” muestran cuál es el estado actual de la cuestión, siendo lo peor que los padres, «por si acaso», adoptan sistemáticamente una actitud de prevención, y aun de hostilidad, frente a los chicos que llegan a esta edad.

Esta rebeldía juvenil está motivada fundamentalmente por dos razones: inseguridad del niño que empieza a dejar de serlo, pero todavía no es un hombre, y el enfrentamiento con un mundo desconocido y amenazador con más interrogantes que respuestas.

Ya no le valen las de los padres y él todavía no ha encontrado las suyas, lo que le hace ir en una busca desesperada de una identidad que todavía no tiene; si ya no soy un niño, pero tampoco soy un adulto, ¿qué soy? Y entonces acude al mismo mecanismo que tan buenos resultados le dio cuando era más pequeño: ¡Me opongo!, pero ¿a qué?, pues a todo o casi todo, empezando por las normas familiares y acabando por las sociales.

Para no sentirse demasiado culpables por su rebeldía, se sienten víctimas. ¡Cuidado, lo sienten verdaderamente, no es una comedia!, por lo que resulta que son los padres los culpables, los que no les comprenden. Pero es que tampoco les comprenden en el colegio y mucho menos la sociedad, que está podrida y a la que hay que cambiar radicalmente y, si llega el caso, destruirla tal como es.

Los padres pierden su condición de guías y mentores y se sienten frustrados e impotentes frente a la nueva situación y ante los hijos que les rechazan, y a su vez éstos, que todavía les aman, se sienten culpables de su desvío y de su comportamiento rebelde.

Se produce así una situación en la que ni los padres ni los hijos están seguros de si su comportamiento es correcto, lo que genera una confusión de sentimientos, temor, amor, admiración, rechazo, rivalidad, hostilidad, que aumentan aún más la inseguridad del adolescente y la situación de conflicto en que vive y que sólo el paso del tiempo será el encargado de atenuar, pues precisamente tiempo es lo que el chico a esta edad necesita para alcanzar su identidad y adquirir la seguridad en si mismo, que haga innecesario recurrir a los mecanismos de oposición.

Si nos centramos ahora en su comportamiento social, vemos que también tiene el adolescente que hacer frente a una situación insegura, pues ya no se siente protegido, ni él lo desea, por la familia y por ello se agrupa en lo que se denominan «grupos de pares», es decir, grupos o pandillas formados por chicos y chicas de la misma edad. Estos grupos tienen a su vez reglas de conducta pero, que por ser suyas, son más satisfactorias y se someten gustosamente a ellas.

Se produce así una identificación con unos valores nuevos, que van desde el modo de vestir hasta las ideas políticas, desesperando a unas madres que no conciben que sus hijas se nieguen a vestirse como a ellas les gusta y vayan, en su criterio, hechas unos adefesios o a unos padres que se horrorizan porque sus hijos se hagan un moño o se pongan pendientes en una oreja.

Tampoco entienden los padres que sus hijos adolescentes opinen en política justamente lo contrario que ellos, no siempre claro está, progres si son conservadores y conservadores cuando son progres. A este respecto recuerdo dos casos muy ilustrativos: El primero es el de un coronel del ejército que, hace treinta años, me llevó a consulta a su hijo de diecisiete porque se había metido en una organización política demócrata, lo que era indicio de que estaba mal de la cabeza; y el segundo es el de una madre, que era militante maoísta y que hace un par de años me consultó porque se llevaba muy mal con una hija de trece años que, entre otras tosas, se burlaba de ella diciendo: «¿Y tú eras de las que, hace unos años, se manifestaba haciendo el tonto levantando el puñito?».

Naturalmente no todos los adolescentes se comportan así, ni es lo mismo pasar la adolescencia en un pueblo de pocos habitantes que en una gran ciudad, ser obrero o pertenecer a la «jet», haberse criado en una familia en la que los padres saben cómo ocuparse de los hijos o haberlo hecho en otra en la que los padres se llevan mal, están divorciados o no se ocupan de ellos. Si quisiéramos forzar un poco las cosas, diría que no hay dos adolescentes iguales, a pesar del estereotipo «rebelde» que he descrito.

Hace ya bastantes años, un injustamente olvidado filósofo alemán llamado Spranger, agrupaba a los adolescentes según los «valores» que éstos prefieren, lo cual me parece un excelente punto de vista y me ha servido a lo largo de mi ya dilatado ejercicio profesional.

Este autor dice que hay adolescentes «intelectuales» que se interesan por el mundo de las ideas; «estetas», que experimentan una fuerte atracción por lo bello; «activos», siempre necesitados de acción, sea la que sea; «sociales», altruistas y con fuertes sentimientos de solidaridad; «entusiastas», de grandes ideales políticos o religiosos; «místicos», que buscan a Dios en el recogimiento y la soledad, etc.

Realmente es difícil encontrar tipos puros con un solo valor dominante, pudiendo servir de ejemplo a este respecto, el de un campeón de España de atletismo que ya «iba» para sacerdote al mismo tiempo.

Por ello, la misión de los padres en esta difícil edad, es la del cultivo de alguno de estos valores, para así «individualizar» al adolescente y evitar su gregarismo hasta que logre su identificación y la adquisición de la seguridad tan anhelosamente buscada, y ello aunque los valores del hijo no coincidan exactamente con los de los padres, siempre que haya unos valores éticos morales y religiosos de los que no se debe prescindir.

Los rebeldes patológicos Todo lo escrito hasta aquí sobre la rebeldía de los hijos se ha referido a una rebeldía normal, pero las hay también que, por su extremosidad, caen en lo que pudiéramos llamar «rebeldía patológica», tan patológica que en la última revisión de la Clasificación de Enfermedades Mentales de la Academia Americana de Psiquiatría (DMSIIIR) se incluye con el nombre de «Negativismo desafiante», describiéndolo del modo siguiente: «Comienza a los ocho años y no pasa de la temprana adolescencia usualmente, es más frecuente en niños que en niñas y dentro del hogar que fuera de él y, por lo menos durante seis meses, se encoleriza a menudo, discute con los adultos, rechaza las peticiones o reglas de los mismos, hace deliberadamente cosas que molestan a los demás, reprocha o acusa a los demás de sus propios errores, es resentido, rencoroso, vindicativo y, a menudo, reniega o usa un lenguaje obsceno.» Cuando el cuadro rebelde llega a adquirir esta importancia, es conveniente consultar con un especialista, porque el pronóstico puede no ser demasiado bueno. En un estudio de seguimiento que hice en dieciocho chicos y catorce chicas encontré que la evolución no fue, en general, favorable, pues ya con veinte o veinticinco años el 40% de ellos estaba igual o peor y la integración familiar sólo se consideraba buena en trece de los treinta y dos casos.

Los niños que no se rebelan Con esto acabamos con los chicos que se rebelan, pero ¿qué pasa con los que no se rebelan nunca? A estos niños no solemos verlos por nuestras consultas porque, en nuestra sociedad, los niños que son obedientes, tranquilos, poco exigentes y no protestan por nada, no molestan ni incordian a padres ni maestros y son muy bien aceptados. Sólo si esta pasividad es muy llamativa, acaba llamando la atención de los padres, sobre todo si se trata de chicos, a los que parece que se les exige agresividad, pues las chicas, por definición, son más juiciosas y tranquilas.

Esta pasividad bien puede ser un rasgo caracterológico: los niños «apáticos» y «amorfos» de la antigua tipología de Le Senne Heymans, cosa que se aprecia prácticamente desde la cuna, bien puede ser un producto de su educación y circunstancias ambientales, cuando unos padres rígidos y dominantes aplastan la personalidad del niño. A estos padres el psicoanálisis les conoce, como es su costumbre, con otro horrendo nombre: padres «castradores».

También se puede producir este tipo de reacción pasiva cuando hay, por el contrario, una ausencia tal de control paterno, que el niño se refugia en su pasividad y bondad para sentirse así más seguro y evitar enfrentarse con problemas, frente a los que no sabe cómo reaccionar porque no se lo han enseñado. Otras veces lo que pasa es que el medio en el que ha vivido, la familia, ha sido preparado tan artificialmente por los padres a fin de protegerlo y evitarle fricciones que, al dárselo todo hecho, caerá indefectiblemente en dificultades cuando los problemas se presenten, cosa que sucede siempre, tarde o temprano.

Estos niños pasivos suelen jugar solos y no forman parte de grupos, así como tienden a refugiarse en fantasías compensatorias, que de momento les ayudan, pero que, a la postre, aumentan aún más su aislamiento.

La última oportunidad de los niños pasivos es la etapa de la segunda rebeldía, la de los ocho-nueve años, cuando su personalidad se afirma, su afán de expansión es mayor y sienten más la necesidad de romper la excesiva vinculación que les ata a los padres porque, si llegan así a la adolescencia, no es ésta la edad más apropiada para salir de esta situación y ya serán, en la mayoría de los casos, unos jóvenes y adultos pasivos que se dejarán arrastrar por los avatares de la vida (Le Senne ponía de ejemplo el caso del rey Luis XVI de Francia) o harán su rebeldía tardíamente, cuando ya no son niños y la sociedad la tolera mucho peor.

Como colofón a este problema de los niños pasivos he de decir que, por lo menos en lo que a mí concierne, la mayoría de los casos en los que he tenido que intervenir ha sido porque los padres consultaban, no por su personalidad sino por los malos resultados escolares obtenidos, pues estos niños casi siempre están entre los malos o, como mucho, entre los medianos dentro del colegio. Y esto porque entre otras muchas causas, conformismo, pereza, parvedad de sus motivaciones, incapacidad para reaccionar ni a premios ni castigos, está la de que carecen de esa «agresividad intelectual» necesaria para aventurarse por los caminos de la abstracción y prefieren la comodidad de lo concreto.