Francisco J. Mendiguchía, “Guerra fría, convivencia pacífica y amor fraternal”

Desde la terminación de la última guerra mundial «caliente», han sido frecuentes en los medios de comunicación los términos de «guerra fría» para designar un estado de belicosidad cercano a la agresión, aunque sin utilizar armas de fuego y de «convivencia pacífica», que significa ya un paso adelante en las buenas relaciones interhumanas; se convive, sin guerras frías ni calientes, pero de ahí no se pasa, y convivir no es amar.

Esto viene a cuento de que, para muchos autores, la familia constituye también un campo de batalla entre los hermanos que la componen, unas veces caliente ¡cuántas bofetadas se dan, si son pequeños o cuántas broncas tienen, si son mayores, al cabo del tiempo! y otras fría (no se hablan, no quieren salir juntos). Hay también temporadas de convivencia pacífica en las que todo parece ir sobre ruedas y, cómo no, momentos de amor y fraternidad plena, que muestran que no en vano son hermanos y se aman entre ellos.

Se trata de una mezcla de amores, los más, y de odios, los menos, naturalmente a nivel infantil, que se encuentra bajo el arbitraje de esa especie de «Comité de Seguridad» que son los padres, aunque éstos sean los primeros, sobre todo la madre, que se ven involucrados en estos problemas de rivalidades infantiles.

Por ello, las relaciones entre hermanos, así como el orden de su colocación en la familia con arreglo a la fecha de su nacimiento (primogénito, benjamín, etc.), han sido objeto de una abundante literatura que ha llevado a la confección de esquemas y plantillas, que se han vuelto rígidas con el paso del tiempo: hijo mayor dominante, segundo envidioso, «niño sándwich» si son tres y él está en medio, aplastado entre los otros dos, etc.

Estos esquemas han de someterse a revisión en cada caso y, antes de colocar al niño apelativos prefabricados, ha de investigarse el conjunto de las relaciones intrafamiliares, la dinámica familiar en el transcurso del tiempo y la personalidad del niño. A veces ocurre que el niño que nos traen a que lo veamos es el más sano de todos y es otro el que necesitaría nuestra atención. Estos casos se conocen con el nombre de «niño equivocado» y no son infrecuentes en nuestra práctica profesional.

La estructura familiar Lo primero que hay que tener en cuenta es que la familia, que aparentemente es la misma, no lo es a lo largo de los años pues, por muy estática que parezca, sus miembros van teniendo distinta edad. No es lo mismo nacer cuando los padres tienen veinticinco años, que hacerlo cuando tienen cuarenta, cosa que explica en parte la diferencia entre los primogénitos y los benjamines. Asimismo pueden influir otra serie de circunstancias, como pueden ser los cambios de residencia, vaivenes económicos, cambios sociales, enfermedades, etc.

Para demostrar la influencia de estos condicionamientos sobre el niño, el americano Watson porfía un ejemplo que, aunque teórico y exagerado, puede ser muy ilustrativo: Nace el primer hijo y, como es varón, el padre le guía y tutela, le da su misma carrera y acaba siendo un triunfador.

Nace después el segundo pero, como la madre esperaba una hija, hace de él un elegante presumido, le casa con una rica heredera y también se sitúa muy bien en la vida.

Pero ¡ay! nace el tercero, también varón, cuando ya no era deseado, le maleduca una sirvienta que lo seduce a temprana edad y el chófer hace de él un ladrón.

Como se ve por el ejemplo, para el autor, que no en balde fue el creador del conductismo o behaviorismo, sólo cuentan las circunstancias ambientales. Sin embargo, hoy en día se va volviendo otra vez a considerar muy importantes los factores de personalidad, heredados o no, de origen constitucional, hoy llamados genéticos, que determinan que, si por ejemplo, el primogénito es un inseguro y dubitativo (los psiquiatras les llamamos anancásticos), será difícilmente un niño dominante, por muy privilegiada que sea la situación en la que se encuentra dentro del hogar.

Teniendo en cuenta estas salvedades, se pueden, sin embargo, esbozar unos cuadros en relación con las circunstancias familiares de cada hijo: Se ha dicho siempre que la primogenitura da, al hijo que la disfruta, un dominio sobre los demás, cosa que se traduce en una personalidad autoritaria y dominante. Realmente creo que se ha sobrevalorado esta situación, en recuerdo quizá de cuando el primogénito heredaba el patrimonio familiar, cosa que ya no sucede en casi ninguna parte. Por el contrario, el primer hijo tiene en su contra varios factores, como son los de que, durante algún tiempo, es también hijo único y, cuando nace el segundo sufre con más intensidad su «destronamiento». Además, como es el mayor, ha de ser ejemplo y guía para los que vienen detrás, contando por ello con menos benevolencia para sus defectos y fracasos.

Además de ello, el primogénito tiene que sufrir que sus padres hagan su aprendizaje con él, cayendo sobre sus espaldas su inexperiencia, sus dudas y titubeos educativos y su miedo a ser blandos en su manera de tratarle, ensayando en él «todo» lo que dicen los manuales de educación infantil, para estar así más seguros de lo que hacen.

Al benjamín de la familia, que suele nacer cuando los padres son ya más maduros y menos rígidos, se le suele exigir menos, se le hiperprotege y mima más y por ello puede convertirse en un pequeño tirano al que hay que darle siempre la razón, sobre todo si ha llegado un poco tardíamente y hay mucha diferencia de edad entre sus hermanos y él. Menos frecuentemente, pero posible, es que se desarrolle en él lo que pudiéramos llamar «complejo de enano» y que consiste en sentirse disminuido frente a los demás hermanos, a los que admira y envidia por ser mayores, más fuertes físicamente y con más privilegios que él.

Celos entre hermanos Con el horrendo nombre de “complejo de Caín” conoce el psicoanálisis los sentimientos de celos entre hermanos, envidias y celos que son, por otra parte, una constante en todas las relaciones humanas de cualquier edad y condición, sobre todo si existe una situación de competencia y las posibilidades de alcanzar lo disputado no son iguales para todos.

Evidentemente, en toda sociedad infantil se dan estas circunstancias y, por lo tanto, hay celos y envidias que se hacen más notorias cuanto más intimo es el contacto, tal como sucede en las pandillas, en la escuela y, sobre todo, en la familia, en la que las condiciones apuntadas son particularmente acusadas; existe desigualdad (uno es más torpe e inhábil que otro, parece que existe uno más preferido que los demás por el padre o por la madre, el regalo que uno ha recibido es peor que el de otro, etc.) y desde luego hay competencia (todos quieren, algunos más que otros, acaparar el cariño de uno de los padres, o quizá del abuelo, o quieren ser los primeros en alguna situación dada o bien uno se cree con más derechos que otros a que se les alabe por algo, etc.).

Esta situación de competencia es más evidente ante el nacimiento de un nuevo hermano que viene a destronar al hasta entonces rey de la casa, que era por supuesto el más pequeño de la familia. Se produce entonces una situación de tirantez que conocen bien los padres y en la que, el ya penúltimo, se vuelve más exigente, quiere que la madre le demuestre más cariño y le dedique más tiempo, que le den de comer cuando lo hacía ya él solo y, cuando no le ven, le quita el chupete al hermanito. En conjunto, sufre lo que se denomina una «regresión» a etapas infantiles ya pasadas, que puede llegar a la reaparición de una enuresis nocturna o la vuelta al empleo de un lenguaje que ya no utilizaba.

Esta situación de celos es pasajera si no se cristaliza por una desacertada actuación de los padres, bien por no hacer caso en absoluto de las demandas del niño, bien por doblegarse, también absolutamente, a su chantaje. Lo que hay que hacer ver al «desposeído» es que se le sigue queriendo igual, pero que tiene que compartir ese amor y esa madre con el recién venido.

El hecho que suele acabar con el problema es la llegada de otro nuevo, que viene a substituir en el trono al anterior destronador, repitiéndose el ciclo hasta que se interrumpen los nacimientos. Esta situación descrita es mínima, o no existe, cuando es grande la diferencia de edad entre el último y el recién nacido, por lo menos de cinco años, pues entonces el mayor sublima su envidia sintiéndose protector y paternal con el pequeño.

Estas reacciones celotípicas son tan naturales, que hasta se han podido observar en chimpancés que, ante un nuevo alumbramiento de la madre, los otros, sobre todo el más pequeño, se vuelven más agresivos, tercos y exigentes del contacto con la misma.

Para investigar esta problemática del niño, yo he aplicado mucho el test de «Las Fábulas» de Louisse Düss, pues una de ellas, la número tres, se dedica específicamente a detectar este problema. En este test proyectivo se le pide al niño que complete un cuento que le vamos a relatar. En nuestro caso la fábula es como sigue: «Una oveja tiene un corderito al que le da leche mañana y tarde; cuando la oveja tiene un corderito más pequeño, llama al mayor y le dice que no tiene bastante leche para los dos y que él se tiene que ir a comer hierba. ¿Qué hizo el corderito mayor?» Las respuestas, en la mayoría de los casos, son que el mayor se va a comer hierba, sin más complicaciones. Pero, cuando no se ha superado la situación de celos, éstos pueden manifestarse en respuestas que se agrupan del modo siguiente: a) Sustitución de la madre: «Se buscaría otra oveja para que le diera la leche.» b) Sustitución del hijo: «Se tomaría él la leche y que el pequeño se busque otra oveja.» c) Agresión: «Mataría al pequeño y se tomaría la leche de la madre.» Para el psicoanálisis, el complejo de Caín no es más que una proyección del complejo de Edipo, producido por el desplazamiento hacia el hermano del odio hacia el padre, por ello «los hermanos nacen ya enemigos», decía en su libro “El alma infantil y el psicoanálisis” el ya citado Dr. Baudouin, pero justamente pone el ejemplo de Víctor Hugo, quien desde los primeros años de su vida estuvo dominado por el afán de igualar y sobrepasar a sus hermanos mayores (para mayor ironía, el mayor de los tres que eran se llamaba Abel), lo que venía a dar la razón a Adler y su doctrina, para el que lo verdaderamente importante es el «instinto de poder», es decir, ser el primero en todo (en el cariño y atención de la madre, en inteligencia, en tener más juguetes).

A pesar de todo, hay que tranquilizar a los padres cuando nos consultan por estas problemas de rivalidades y celos entre los hermanos, pues hay que considerarlos normales, se superan fácilmente y hasta constituyen un excelente aprendizaje para la futura integración social del niño, que así va comprendiendo que hay que compartir con los demás y que esto se hace más fácilmente si, como entre hermanos, existe también amor.

No quiero terminar este tema, que se considera nada menos que en la Clasificación Internacional de Enfermedades bajo el título de «Trastornos de rivalidad entre hermanos», sin mencionar que fue magníficamente descrito por San Agustín, el Obispo de Hipona, quien hace ya más de mil quinientos años escribió lo siguiente: «He visto y observado un niño enfermo de celos, no hablaba todavía pero, muy pálido, dirigía miradas malévolas a su hermano de leche que mamaba.» Los hijos únicos Pero, ¿qué pasa si no existe más que Abel? Pues que lo puede haber ningún Caín, y esto es lo que sucede con los hijos únicos. El llamado «síndrome del hijo único» es descrito en todos los manuales de psicología y psicopatología infantiles, así como también es recogido por la sabiduría popular y es significativo que, tanto en el aspecto científico como en el otro, el hijo único es considerado muy peyorativamente, reconociéndosele pocos aspectos positivos y sí muchos negativos.

Se ha dicho de él: «el hijo único es demasiado egoísta, tiraniza a los que le rodean y no tolera otros dioses junto a él»; «el hijo único es un ser frágil, caprichoso, tímido, tiránico con los demás, indolente»; «tendrá dificultades de adaptación con sus compañeros y se integrará mal en un grupo», y otras lindezas por el estilo.

Sin embargo, también ha tenido algún defensor, como los profesores Tramer y Kanner que decían: «no debe entenderse que todo hijo único tenga que desarrollarse de un modo desfavorable» y «ser hijo único no es en sí una enfermedad». Si pasamos al terreno de lo patológico, vemos que la proporción de perturbaciones psicológicas necesitadas de algún tipo de tratamiento es, poco más o menos, igual en los hijos únicos que en el resto de los niños.

Sus rasgos negativos son achacados al hecho de que, al no tener hermanos, carece de la necesaria competitividad y ello aumenta su egocentrismo y le discapacita para tolerar las frustraciones. A esta situación se suma, la mayoría de las veces, otra de hiperprotección que les hace caprichosos y tiránicos y todo ello conduce a su inadaptación.

Estas características pueden darse, y de hecho se dan, en algunos hijos únicos, pero no las creo tan universales y definidas como para conformar un «síndrome de hijo Único» pues en otras muchas ocasiones no aparece en absoluto. La que sí es verdaderamente nefasta es la conjunción, hijo único-padres viejos, pues en ella sí que suele ser frecuente el desarrollo de todos estos rasgos negativos en el niño.

Algunos opinan que los hijos únicos son más inteligentes, yo no lo creo así; lo que sucede es que se produce una cierta precocidad en su desarrollo psicológico debida a que al vivir en el hogar solos entre personas mayores, acaban adoptando sus gustos, sus ideas, su lenguaje y hasta sus problemas.

En el plano afectivo puede producirse una situación de excesiva dependencia, de simbiosis padres-hijo, que hace más difícil la ruptura del «cordón umbilical psicológico» en la adolescencia, tanto por los unos como por el otro. El resultado es que o la dependencia afectiva dura más tiempo de lo debido, dificultándose así la futura integración psicosexual del hijo o la ruptura acaba produciéndose de una forma más violenta de lo normal.

Los actuales cambios de la familia De todas formas, todas estas descripciones clásicas de las relaciones entre hermanos, tienen que ser revisadas a la luz de un hecho nuevo: la familia ya no es lo que era y, salvo excepciones, en todo el mundo occidental el módulo familiar es de un padre, una madre y dos hijos, con lo que algunos problemas tienden a complicarse: así, a un primogénito le durarán más tiempo los celos respecto a su hermano que le sigue, porque éste será ya para siempre el niño pequeño y mimada, pero éste tendrá para siempre también la «losa» de su hermano mayor encima de él, sin que, a su vez, él pueda dominar a ninguno.

Si los dos hermanos se llevan poco tiempo, los problemas desaparecen pronto porque a los ocho o nueve años tendrán los mismos amigos, los mismos problemas y serán ya dos camaradas pero, si como es habitual en nuestro tiempo. los hijos vienen muy «programados» y se llevan tres o más años, todas estas situaciones pueden prolongarse hasta la adolescencia. De hecho, cuanto más numerosa es la familia, menos problemas hay y, los que existen, se superan mucho mejor.

Las estadísticas de las que dispongo no son demasiado fiables, porque los casos que consultan sólo lo suelen hacer por envidias y celos tan intensos que rozan ya lo patológico. De todas maneras, en los casos vistos por mí, la desaparición de estas situaciones celotípicas se produjo entre doce y dieciocho años en la mitad de los casos, mejoró en otra tercera parte y permanecía igual sólo en contadas ocasiones. Sólo tuve un caso de empeoramiento: la hermana menor odiaba a la mayor, cuando ambas tenían ya veinte años, más que cuando eran pequeñas. Claro que se trataba de una hermana mayor brillante y guapa y una hermana menor con un enorme complejo de «patito feo» (a los dieciocho años le habían tenido que hacer una operación de cirugía estética «a ver si mejoraba de carácter»).

Para terminar, sólo nos resta aconsejar a los padres que tengan paciencia, pues en la mayoría de los casos el problema desaparece solo, pero que, de todas maneras, actúen siempre con la máxima neutralidad en estas luchas y que repartan su cariño con la máxima equidad, aunque haya algún hijo que por su carácter apacible y bonachón se haga querer más que los demás, mientras que a otros, por todo lo contrario, sea más difícil manifestar el cariño hacia ellos. Por supuesto, ¡cuidado con las excesivas manifestaciones de cariño hacia el recién nacido delante de los otros!

Francisco J. Mendiguchía, “Los problemas aparentemente menores”

Trataré en este capítulo de un grupo de síndromes que aparentemente tienen muy poca importancia aunque, como veremos después, alguno puede complicarse mucho. Para los niños que los padecen sí tiene importancia y pueden amargar sus primeros años de vida.

Los niños enuréticos Veamos en primer lugar los niños que se orinan. Los franceses utilizan la palabra “pisseurs” para designar a estos niños, que no controlan, generalmente de noche, su emisión de orina; en castellano, que es un idioma menos fino, los llamamos “meones”, pero los médicos conocemos este síndrome con el nombre de “enuresis”, lo que viene a ser lo mismo, pues etimológicamente significa “mearse encima”.

Puede ser nocturna y mojan la cama, o diurna, mucho menos frecuente, y mojan los pantalones. A su vez, cada una de ellas puede ser primaria, si nunca se han controlado, o secundaria si el síntoma se presenta después, varios meses por lo menos, de haber conseguido el control.

Lo primero que hay que saber es que el niño ha de tener por lo menos cinco años para ser considerado enurético. Es mucho más frecuente en el niño que en la niña, prácticamente el doble, y va disminuyendo con la edad, aunque todavía a los diez años hay un 3% de niños y un 2% de niñas que lo padecen; su frecuencia varía de unos casos a otros: más de una vez al día, hasta una vez cada quince días, que es lo mínimo para ser considerado patológico.

Todos nacemos enuréticos y vamos aprendiendo, poco a poco, bajo la batuta de nuestros padres. ¿Por qué estos niños fallan en el control de su esfínter vesical? Hay mil teorías, desde las orgánicas que hablan de una inmadurez vesical por problemas de la musculatura y de la inervación de la vejiga, hasta las puramente psicológicas, como tensiones emocionales (miedo) o mecanismos de regresión. Es el caso de los niños que tienen un hermanito y vuelven a hacerse pis cuando ya no se lo hacían, pero la verdad es que no sabemos bien por qué se produce, lo que, como veremos después, se nota a la hora de intentar curar este problema.

Lo realmente importante no es la enuresis en sí, sino las consecuencias psicológicas que puede tener para el niño que se ve impotente frente a algo que le avergüenza y que puede llegar a ser de dominio público. Estas consecuencias pueden llegar a ser graves si hay unos padres poco comprensivos que se ríen de él, se lo echan en cara o lo castigan (recordemos el caso del niño al que su madre le ponía la sábana mojada en la ventana para que la vieran sus amigos).

¿Qué pasa con los niños enuréticos con el tiempo? En los casos vistos por mí, a los diez años de haber hecho su consulta, menos en tres con problemas de columna, en todos los demás había desaparecido a diferentes edades, con una media de doce años; en la mayoría había desaparecido espontáneamente, un día dejaron de hacérselo y ya está. En seis chicas con la primera menstruación, diez con tratamiento farmacológico, otros tantos con psicoterapia, alguno cuando visitó a un curandero, otro cuando fue por primera vez de acampada, y el otro ¡el día que se casó! Saquen ustedes las consecuencias.

De todas maneras hay que intentar siempre un tratamiento (psicoterapia, conductual, el pipí-stop, el método del calendario, poniendo estrellas de colores los días que se levanta seco, o con fármacos del tipo de la imipramina). Hablad siempre con el niño para quitarle sus sentimientos de culpabilidad y de inseguridad, y con los padres para situar el problema en su verdadera dimensión.

La encopresis Pasemos ahora a los niños «que se lo hacen encima». A estos niños se les llama «encopréticos» (los franceses no tienen una palabra adecuada y la española es demasiado descriptiva para ponerla por escrito) por padecer «encopresis», es decir, la no retención de las heces sin tener ninguna causa orgánica.

Es mucho menos frecuente que la enuresis (16% a los tres años, 3% a los cuatro, 1,5% a los siete y no llega al 1%, a los diez). Puede ser también primaria y secundaria, y tampoco sabemos muy bien a qué obedece, aunque aquí los problemas con el aprendizaje son más evidentes, y tanto la negligencia como la excesiva exigencia de los padres pueden ser perjudiciales.

También hay causas emocionales: miedo, ansiedad, situaciones de tensión, celos, la entrada en la escuela, etc., aunque en algunos casos existe un estado de agresividad tal en el niño, que se produce un tipo de encopresis semivoluntaria para fastidiar a los padres. En otros casos simplemente se trata sólo de que están jugando y no quieren ir al retrete para no dejar de jugar, hasta que acaban haciéndoselo encima.

La encopresis es casi exclusiva de varones (cuatro o cinco chicos por cada chica) y desaparece también a los doce años por término medio y por motivos parecidos a los descritos en la enuresis (también en caso de curandero) aunque en esta afección las técnicas conductuales suelen ser las que tienen más éxito, como también la psicoterapia cuando hay problemas emocionales o de relación padres-hijo.

El problema contrario al anteriormente descrito es el de los niños que retienen las heces. Este fenómeno puede ser debido a múltiples causas, una fisura anal por ejemplo; pero en la mayoría de los casos no hay tal organicidad, es simplemente que a los niños les puede resultar una sensación agradable o, más neuróticamente, porque no quiere «dar sus heces», ya que son suyas y de nadie más (el psicoanálisis dice que estos niños serán más adelante unos tacaños); sobre todo si lo tiene que hacer en el inodoro, donde éstas desaparecen rápidamente y la sensación que experimenta de que «algo suyo» se ha perdido es más intensa.

En otras ocasiones son los padres, generalmente bastante ansiosos, que colocan al niño durante horas en el orinal, le inducen a que «lo haga» con halagos y amenazas y el niño acaba como «un rey en su trono», trayendo de cabeza a toda la familia al utilizar sus heces como arma. De todas formas si los síntomas de «estreñimiento» son muy acusados o duran mucho tiempo conviene consultar con un pediatra por la posibilidad de alguna enfermedad como el megacolon congénito.

Los problemas con la alimentación Otro tipo diferente de problemas son los relacionados con la comida. Uno que trae de cabeza a muchos padres es el de los hijos que no tienen ganas de comer, es decir la «anorexia» o «inapetencia» y que alguien llamó la «cruz del pediatra» por lo frecuente que es.

Puede ser esta anorexia muy precoz. Puede aparecer ya en los primeros meses de la vida relacionada generalmente con madres ansiosas, rechazantes, apresuradas y demasiado rígidas con los horarios, o en el segundo semestre y entonces pueden ser producidas por el cambio de la alimentación que tiene distinto gusto, consistencia y modo de administración o por el, cada día menos frecuente, destete, que supone un alejamiento físico y psicológico de la madre.

En la segunda infancia la anorexia significa muchas veces una simple manifestación de rechazo y oposición por parte del niño, que la utiliza como arma contra los padres o, en niños menos agresivos, una llamada de atención sobre ellos si se sienten solos, desatendidos o tienen celos de otro hermano.

Cuando la anorexia se presenta en la edad puberal y juvenil adquiere una significación, frecuencia y gravedad que la hacen especialmente importante: es la «anorexia mental o anorexia nerviosa», que puede llegar a pérdidas de peso, que dejan a las adolescentes, pues se trata de un cuadro casi exclusivo de chicas, con menos de treinta kilos y aspecto cadavérico por la pérdida del panículo adiposo de la cara.

Suele comenzar de una forma insidiosa a consecuencia de un voluntario «dejar de comer» para no engordar (realmente no están gruesas, pero a ellas se lo parece por una deformación de su imagen corporal), bien por motivos estéticos y de moda (desde luego hoy no se lleva la Venus de Milo), bien por un rechazo de las formas femeninas (se llegan a poner vendas en el pecho para disimular las mamas) o bien por situaciones conflictivas familiares o de otro tipo.

En un principio la anoréxica domina su anorexia, pero pronto llega un día en que si quiere volver a comer ya no puede hacerlo, comprobando con ansiedad creciente que empieza a encontrarse verdaderamente mal y le han desaparecido las menstruaciones. Si el cuadro no cede, se llega a un estado de depresión, apatía e indiferencia que es sumamente peligroso, aun para la vida.

El tratamiento de esta forma grave de anorexia requiere la intervención de un psiquiatra y cuando el cuadro empieza a ser importante, la separación del medio familiar y el internamiento en una clínica.

Lo contrario de la anorexia es la «bulimia», que puede darse también en la infancia y que no es más que una compulsión a comer que lleva a la obesidad, con todos los inconvenientes que ésta tiene, desde ser una calamidad en los deportes hasta ser objeto de burlas y apelativos despectivos por parte de los compañeros. La causa de este ansia de comer puede ser la existencia de una ansiedad subyacente, con problemas familiares o escolares no resueltos. (Cuántas personas dicen: cuando me pongo nervioso no hago más que comer.) En la pubertad y juventud se da también un cuadro de «bulimia nerviosa» descrito por primera vez en los colegios femeninos norteamericanos. Consiste en episodios de verdadera voracidad, es decir, comer mucho, en poco tiempo y de una forma compulsiva, lo que naturalmente las llevaría a la obesidad si no se defendieran de ella tomando laxantes, vomitivos, diuréticos y haciendo kilómetros de «footing», todo lo cual puede llegar a afectar seriamente su salud.

Este cuadro no tiene la gravedad de la anorexia nerviosa, pero puede dar bastante guerra y hay que tratarlo preferentemente con psicoterapia para ayudar a estas chicas a solucionar su conflictividad más o menos inconscientes y con terapias de tipo conductual.

Recuerdo un caso de una adolescente que, cuando ella no podía dejar de comer, obligaba a su hermana pequeña a que lo hiciera, por un doble mecanismo de proyección-identificación.

Un trastorno curioso, pero relativamente frecuente en los niños, es la llamada «pica», nombre que viene de pica = urraca, animal de hábitos omnívoros, que consiste en la ingestión de sustancias no alimenticias como tierra, el yeso de las paredes, pinturas y hasta pastillas de jabón, como un caso que tuve yo y que por cierto duró hasta los veinte años, cosa rara, pues suelen pasarse antes. Puede presentarse en deficientes mentales y en psicóticos, pero también en niños sin estos problemas, aunque en mi experiencia, aun siendo normales, no son demasiado inteligentes.

La «coprofagia» o ingestión de heces es poco frecuente, sólo se ve en niños pequeños de uno a tres años y suele significar abandono y carencia afectiva, cosa que suele suceder también en los niños que padecen «mericismo o rumiación» que no es más que la regurgitación de los alimentos a la boca, masticándolos allí durante tiempo y tiempo, aunque en estos casos se te nota al niño una evidente relajación y placidez, que indica una cierta autosatisfacción oral.

Los niños que hablan mal Otros de los problemas, aparentemente menores, que son objeto de múltiples consultas, son los relacionados con el lenguaje.

Si empezamos por los niños de menor edad, tenemos los que tardan en hablar, o si va lo hacen, van retrasados respecto a los de su misma edad. Lo primero que hay que hacer en estos casos es descartar la posibilidad de uno de estos cuatro síntomas: sordera, deficiencia mental, autismo o un trastorno neurológico. Si el niño no padece ninguno de ellos y tiene menos de tres años, recomiendo a los padres un poco de paciencia, porque lo más probable es que el niño rompa a hablar el día menos pensado o se ponga al nivel de los demás, ya que se trata de una simple En el caso de que el problema no se resuelva en un tiempo prudencial, se deben tomar medidas logoterápicas, porque entonces ya podríamos hallarnos frente a lo que se llama «trastorno expresivo del lenguaje», que se caracteriza porque el niño, ya mayor de tres años, se expresa con un lenguaje que corresponde a uno de menor edad y su habla resulta poco inteligible.

Otro trastorno es el del niño que articula mal ciertos sonidos, y esto sí que es frecuente en la infancia: 10% antes de los seis años y 5% a los ocho. Esta alteración se conoce con el nombre de «dislalia», siendo la más conocida la dificultad para pronunciar el sonido de «rr» (el conocido perro de San Roque que no tiene rabo), pero hay otras muchas; la «1» que se pronuncia como «d», la «s» que se hace como «z» y viceversa (patológicamente mientras el niño no sea andaluz), la «ch» como «sh», los niños que sustituyen muchas consonantes por el sonido «t» (hotentotismo) y otros no tan frecuentes, pero ¡a cuántos niños les cuesta decir padre o blusa, pronunciando «pade» o «busa»! Todos estos problemas pueden pasarse espontáneamente con el paso del tiempo, pero conviene corregirlos cuanto antes, porque puede sufrir por su defecto y aun tener problemas con su aprendizaje ya que, como dicen algunos padres, «este niño escribe como habla». El tratamiento debe ser hecho por un logopeda y desde luego no hay que cortarles el frenillo de la lengua.

Distinto por completo es lo que le pasa al niño que no entiende bien lo que se le dice, sobre todo cuando se trata de palabras complejas y raras o frases enrevesadas y largas, trastorno que es más frecuente de lo que se cree, pues parece ser que afecta al 10% de los escolares. Se llama a esto «trastorno receptivo» y es particularmente grave, pero muy raro, que sea total; es decir, que el niño oiga sonidos, pues no es sordo, pero no puede interpretarlos, y la consecuencia es que tampoco aprende a hablar, dando la impresión de un sordomudo o de un autista (yo he visto sólo un caso).

A veces, lo que está alterado es el ritmo del lenguaje, va porque el niño hable muy deprisa, ya porque lo haga a saltos o sin pausas y es lo que se llama «farfullen». Más importancia tiene la «tartamudez que es, bien una repetición o prolongación de sonidos, sílabas o palabras, bien un verdadero bloqueo al comenzar a hablar o al pronunciar la primera sílaba (forma «clónica»).

La tartamudez suele aumentarse en los estados de nerviosismo o tensión y, por el contrario, desaparecer si se canta (yo tenía un adolescente en mi centro que cuando tenía que pedirme algo, lo hacía cantando), si se habla a objetos inanimados o si se hace lectura oral.

El pronóstico no es bueno, en mi estadística sólo desapareció del todo en el 30% de los casos, mejoró en otro 30% y permaneció igual en el 40% restante, aunque eso sí, los severos problemas de convivencia que tienen cuando son niños se vuelven retraídos y temen el contacto social desaparecen cuando son mayores: se reconciliara con su defecto y se vuelven más seguros y expansivos.

El tratamiento es logoterápico, combinado con técnicas conductuales y fármacos ansiolíticos si hay mucha ansiedad.

Francisco J. Mendiguchía, “La televisión y la infancia (la caja no tan tonta)”

Allá por los años cincuenta, estaba muy de moda una de esas canciones sencillas y pegadizas, cuyo estribillo comenzaba con la frase «la televisión pronto llegará», del resto ya no me acuerdo, pero cantaba las excelencias de un nuevo medio audiovisual, con el que lo íbamos a pasar muy bien y con el que tendríamos distracción asegurada para nuestros ratos de ocio. Todo ello, sin salir de casa y sentados en un cómodo sillón.

Mas he aquí que, cuarenta años después, en libros y revistas dedicados a la psicología y psiquiatría infanto-juveniles, se pueden leer cosas como las siguientes: «Las generaciones que crecieron bajo la total influencia de la televisión, se diferencian claramente de las anteriores por un desvío del pensamiento racional lógico y sano, por una manifiesta inclinación a la falta de continuidad, a lo mágico y sobrenatural, por poner especial énfasis en lo sensorial y por la entrega al éxtasis de la música y de la droga.» «Intentamos describir aquí un cuadro neurótico, rayando en la psicosis, que denominamos televiosis o televisitis, esto es, una neurosis causada por la televisión. Consideramos que se trata de una enfermedad mental bastante seria, que encuadramos como situación crítica, o sea, posible de sucumbir a la desorganización psicótica y transformarse en psicosis.» (Todo esto se refiere a niños.) «En este contingente de teleadictos (niños y adolescentes) se encuentra un alto índice de conductas obsesivo-compulsivas, ansiosas y delirantes, semejantes a las de los cleptómanos, exhibicionistas y ludópatas.» «La televisión envía al niño falsos mensajes como éstos: el contacto corriente entre hombres y mujeres conduce invariablemente a relaciones intimas de carácter sexual mientras que cuestiones morales, como la prohibición de las relaciones sexuales pre o extramatrimoniales, pocas veces se mencionan.» «Lo lamentable, lo verdaderamente terrible, es que la televisión ataca a traición.» Es decir que la TV (así la denominaremos a partir de ahora) ha pasado a constituir, para muchos psiquiatras, psicólogos y educadores, algo peligroso para la salud mental de los niños y de los adolescentes y, por lo tanto, de los hombres que serán mañana, en vez de la sana diversión que creíamos que iba a ser y el excelente medio educativo que después vimos que podía llegar a convertirse, y todo ello en menos de cincuenta años.

Parece como si el hombre hubiera creado un instrumento hecho para su entretenimiento y hasta para su formación, y, como el aprendiz de brujo, se le hubiera escapado su control y vuelto contra él, de tal forma que ya han empezado a crearse en todos los países, incluida España, asociaciones para «defender» a la infancia y la juventud del peligro que la TV supone para ellos.

Los Estados también empezaron a preocuparse, tal como lo demuestran los trabajos del Centro Internacional de la Infancia, que datan ya de 1962, la Comisión Eisenhower y la Comisión Nacional sobre las Causas y la Prevención de la Violencia del Presidente Johnson de 1968. Estas comisiones llegaron a la conclusión de que «los niños pueden aprender, y de hecho lo hacen, una conducta agresiva de lo que ven en la pantalla de TV» y, hasta en la misma Unión Soviética, se llegó a considerar que una censura previa podía ser útil para la prevención de la delincuencia en su país.

No deja de resultar curioso que lo único que preocupaba a estas comisiones, a la mayoría de los trabajos que iban apareciendo en las revistas médicas (JAMA y New Englad Journal of Medicine, de 1975) y a bastantes de estas asociaciones de «defensa contra la TV», era la violencia, y llevaban todos el mismo mensaje: poner fin a la violencia en la TV. Como veremos a lo largo de este capítulo, los problemas de la TV son bastante más complejos, y seguramente más graves, que el de la violencia.

El tiempo que los niños consumen viendo televisión Empecemos por uno de estos problemas: la «cantidad de TV que ven los niños.

En España disponemos de numerosos canales. Sus horarios son variables pero algunos de ellos empiezan ya a las siete de la mañana y terminan a las tres o las cuatro de la madrugada, o incluso transmiten las veinticuatro horas del día. Existe una cierta especialización, hay canales en los que domina lo cultural y lo deportivo, y otros que se han especializado en lo erótico y en lo pornográfico; pero la mayoría emiten noticias, películas, concursos, deportes, coloquios, etcétera en proporción variable según los canales.

¿Cuánta gente dispone ya de TV? Se ha extendido muchísimo la costumbre de tener dos, tres o más televisores por casa. Como un índice, aunque sea un poco anecdótico, de este crecimiento, se ha de señalar que en EE.UU. un millón de hogares tiene TV en los cuartos de baño.

Pero nuestro problema, en cuanto a cantidad, es determinar cuánta TV ven los niños. Sobre este asunto hay también bastantes estudios. Éstos son algunos datos: En EE.UU. se llega a las cuarenta horas semanales y de veinticinco a treinta en Francia. En España se puede calcular que, el término medio de tiempo de visión, se encuentra ya en las tres y media a cuatro horas diarias, cifra que se puede duplicar en sábados, domingos y vacaciones de invierno, es decir, un tercio del tiempo que están despiertos.

Se ha calculado que un escolar pasa, al cabo de un año, tres mil seiscientas horas en la cama, seiscientas en vestirse y arreglarse, setecientas en las comidas, novecientas en clases escolares, mil setecientas libres y mil doscientas viendo TV. (Datos del Instituto del Niño y de la Familia de Francia.) En relación con la edad, el número de horas que pasa el niño ante el televisor se va elevando desde los dos a los diez años y desciende después hasta los quince, en que se alcanzan las cifras de los adultos. Sin embargo, lo que se llama «visualización activa» aumenta rápidamente en los años preescolares, se mantiene estable entre los cinco y diez años y aumenta otra vez ligeramente entre los diez y los quince. Hoy día, un niño de dos a cinco años pasa 25 horas a la semana delante de la TV.

Como resumen de esta exposición de cifras, se ha calculado que un niño actual, cuando llegue a los sesenta años habrá pasado, si siguen las cosas como hasta ahora, ocho años, es decir, más de la décima parte de su vida delante del televisor.

Todos los datos expuestos hasta aquí son los que se pueden considerar normales, pero existen casos especiales de lo que se conoce con el nombre de «teleadicción», en los que el niño puede pasarse seis o más horas delante del televisor, si bien es verdad que estos casos son más frecuentes entre los adolescentes que en los niños, sobre todo en lo que hemos llamado televisión activa.

En estos casos de teleadicción llegan a producirse conductas que rayan casi en la anormalidad, ya que los chicos se recluyen en casa y, dentro de ésta, se aíslan en la habitación donde tienen la TV, dejan de salir a jugar y a divertirse con los amigos y se sumergen en el mágico y falso mundo de los programas televisados, con tal fuerza, que pueden pasarse horas inmóviles, con la habitación en penumbra y una ruptura casi total con el mundo exterior, por lo que acaban desarrollando una personalidad extraña de gran introversión e inafectividad, cercana a lo que los psiquiatras conocen con el nombre de personalidades esquizoides.

La denominación de adición no es exagerada pues, si por alguna causa, les falta su aparato de TV, se presentan verdaderos síntomas de abstinencia, que cesan cuando su querida TV vuelve a su habitación. Esto es lo que los americanos llaman «Plug-In Drug» o sea «droga del enchufar» y, para su tratamiento, hay que proceder a una disminución progresiva de la «dosis» de contemplación de TV y romper poco a poco su tendencia al aislamiento, haciendo que la vean en compañía del resto de la familia, metiéndoles así, poco a poco en una «visión compartida», mediante comentarios v° críticas de lo que se está viendo.

La influencia de la TV en la infancia es tan grande, que se ha comprobado que niños de doce a veinticuatro meses son ya capaces de imitar, a veces sólo en veinticuatro horas, los gestos y actitudes que han visto en la TV. Se me dirá que a esta edad los niños no ven TV, pues sí que la ven, porque son colocados, en muchas ocasiones, delante del televisor por los padres que así pueden dedicarse a otros menesteres. Además es conocido que hoy hay niñeras por horas, para cuando los padres se ausentan del hogar, las llamadas «baby sister» o «canguros» que, en cuanto los padres se marchan de casa, enchufan el televisor, colocan al niño delante y ellas se dedican a otras cosas, generalmente a leer o estudiar, dado que muchas son estudiantes.

La visión de televisión en el desarrollo psicológico Los efectos de TV han sido bien estudiados en niños pequeños y se han comprobado movimientos por inducción posturo-motriz y modificaciones emocionales, que pueden apreciarse a simple vista por sudoración o variaciones en el pulso, o más instrumentalmente, por alteraciones de los dermatogramas, de los trazados electrocardiográficos y del electroencefalograma. Desde un punto de vista psicológico, se ve que existe también una cierta pérdida de la organización temporal y espacial, pues acaban por no enterarse de dónde se encuentran ni del tiempo que ha pasado.

En algunos casos puede producirse retraso en la aparición del sueño, disminución de las horas de sueño nocturno y perturbación por ello de la vigilancia y atención diurnas. Estas alteraciones pueden llegar a ser realmente importantes en los casos de abuso del cambio rápido de canales, el conocido «zapping» impuesto por los adultos o por el mismo niño, pues llegan a modificar los procesos de aprendizaje en la escuela por atención saltígrada (enfermedad del «zapping»).

Independientemente de los fenómenos antes citados y después de varias horas de visualización televisiva, pueden aparecer alteraciones como fatiga visual, dolores de cabeza y, en niños predispuestos, crisis de jaqueca. Mención especial merece la posibilidad, afortunadamente no muy frecuente, de desencadenamiento de crisis epilépticas, como consecuencia directa de mirar la pantalla de TV, en niños que padecen un tipo especial de epilepsia llamada fotosensible. También se han descrito crisis psicomotoras desencadenadas por la temática de la emisión, sobre todo en niños con problemas familiares.

¿Interviene la TV en el desarrollo intelectivo del niño? Hay respuestas para todos los gustos. En un principio se pensó que lo aceleraría, dado el aumento de la estimulación sensorial y psíquica que produce, pero estudios posteriores han demostrado que el niño pequeño necesita que las imágenes de las personas y de los objetos tengan una cierta constancia y regularidad, a fin de mantenerlas en la memoria, y las de TV son, por el contrario, de una gran fugacidad. Por lo tanto, la visión excesiva de TV constituye una dificultad para la construcción de las imágenes en la memoria y es origen de una dispersión caótica de las mismas en la mente infantil, uniéndose a esto una perturbación de la atención acústica producida por los ruidos excesivos e inconexos, cosas ambas que se dan en alto grado en las películas de dibujos animados, que son las que más se visionan a estas edades.

Todo ello origina un barullo confusional que puede llevar a un trastorno en el aprendizaje, incluido el habla, y a una distorsión del desarrollo preoperatorio intelectivo y de las operaciones concretas. Asimismo la conciencia del mundo está enormemente deformada y, según algunos autores norteamericanos, las generaciones que van creciendo en su país bajo la influencia de la TV, muestran un desvío del pensamiento lógico y racional, una gran inclinación a todo lo mágico y una tendencia a la discontinuidad.

En relación específica con nuestro país, tenemos el que la mayoría de las películas y series que ven los niños en la TV, están dobladas del inglés, cuyos parlamentos son muy breves y muy limitados en cuanto al número y extensión de las palabras, en contraposición con la riqueza del castellano. Esto produce que las frases dobladas resulten breves, cortantes y, la mayoría de las veces, con un acento que no es el nuestro. Así, el niño termina por acostumbrarse a un léxico en el que predominan los monosílabos, de lo que resulta la pobreza actual del lenguaje de los jóvenes, aumentada a su vez por el hecho de que, cuanto más televisión se ve, menos se lee.

Todo lo expuesto hasta aquí en cuanto al desarrollo intelectivo, explica fácilmente que la adición a la TV sea una de las concausas, no la única por supuesto, del incremento del fracaso escolar, de tal forma, que ante cualquier niño que nos llega con este problema, es preceptivo preguntar a los padres sobre los hábitos televisivos del niño.

Sin llegar a los extremos de la teleadicción, la influencia de la TV en la personalidad del niño es también muy grande. El niño que ve mucha TV acaba siendo un poco introvertido, de escasa comunicación familiar y social, con un concepto distorsionado de la realidad y con tendencia a sumergirse en soliloquios imaginativos que pueden simular conductas semiautistas, habiéndose llegado a hablar de «perversión ecológica» por la falta de contacto con el entorno natural.

Más grave es el hecho de que pueda existir una cierta relación, por muy lejana que ésta sea, entre la dependencia televisiva y la adición a las drogas, pues, al fin y al cabo, en ambas se produce una evasión o escapismo de la realidad y, cuando por la edad el primer mecanismo no basta, se puede recurrir al segundo.

Otro aspecto negativo de la influencia de la TV, son las crisis de ansiedad y los miedos infantiles frente a las películas de terror. Estas películas les asustan, aunque al mismo tiempo no puedan resistirse a la tentación de verlas, en una relación ambivalente sadomasoquista típica de los años de la preadolescencia. Las reacciones de pánico y ansiedad, los terrores nocturnos y los miedos a quedarse solos en casa, son frecuentes después de haber visto una película terrorífica. Ha sido paradigmática la epidemia de miedos y terrores nocturnos provocados por la emisión en TV de la película “El exorcista”, de la cual vi yo más de un caso y que la revista «Time» calificó de «Exorcist fever».

Cuando las películas o series son realmente de terror, suelen visionarse por la noche y es fácil para los padres que sus hijos no las vean, lo malo es que hay películas de dibujos animados que, aun hechas específicamente para niños, son también terroríficas, pobladas de monstruos y personajes alucinantes y en las que se mezclan terror y violencia en gran proporción.

Con esta mención de las películas de terror hemos entrado en otro de los grandes problemas de la TV en relación con los niños y adolescentes: el contenido de los espacios televisivos.

Violencia y sexo en la televisión Empezaremos por uno que ya hemos mencionado anteriormente: la violencia. Hace ya más de veinticinco años que en Norteamérica se creó una «Comisión Nacional para el Estudio de las Causas y Prevención de la Violencia», y en ella se trataba extensamente de la influencia de la TV en la aparición de conductas violentas en niños y jóvenes. En 1972, un estudio de más de veinte años, mostraba que la preferencia por los programas violentos de TV estaba relacionada con agresiones concurrentes o subsiguientes y, en 1978, una investigación llevada a cabo en Inglaterra, delataba en forma inequívoca que los adolescentes que veían mayor número de programas violentos resultaban significativamente más agresivos que los que no veían tales programas.

En 1986 se realizó en Canadá un fascinante estudio en pequeñas poblaciones de aquel país, antes de la introducción de la TV en 1973 y después de la misma, y se vio un aumento de las conductas agresivas, tanto físicas como verbales, en los niños de las escuelas primarias, según iban teniendo acceso a la visión de programas televisivos.

Como los trabajos citados hay otros muchos y, aunque en algunos los resultados no son tan significativos, el informe norteamericano de su Instituto Nacional de Salud Mental es tajante: «Hay un consenso, entre la mayoría de los investigadores, en el sentido de que la violencia en TV provoca comportamientos agresivos en niños y adolescentes cuando ven los programas.» Todas estas investigaciones quieren decir que, mediante los programas de TV, se produce un verdadero aprendizaje de las conductas violentas y hasta se ha llegado a diseñar un tipo de «niño diana», que recibe más violencia que los demás por parte de sus compañeros y que coincide con el descrito preferentemente en las películas y series de TV.

Se dice también que la exposición prolongada de la TV durante la infancia multiplicaría por dos el riesgo de homicidio en la edad adulta y que asimismo podría ser responsable de la mitad de los diez mil que cada año se producen en Estados Unidos, ya que en este país se ven en TV una media de veinte mil actos violentos y once mil muertes en este mismo período de tiempo.

Un niño americano ve una media de siete actos de violencia por hora de visión; menos mal que en los jóvenes británicos la media es sólo de cuatro. Mucho nos tememos que el niño español esté más cerca del norteamericano que del británico, dada la procedencia de los filmes emitidos por las televisiones españolas.

Hemos visto que todos los estudios hasta ahora mencionados se refieren a la violencia hacia los demás, es decir, a la heteroagresividad; pero un estudio reciente ha mostrado que las tentativas de suicidio y los suicidios consumados, aumentan claramente en las dos semanas que siguen a emisiones televisivas que comportan escenas de suicidio. En nuestro caso son los adolescentes los más expuestos, dada su mayor sugestibilidad.

Pasando a otro tema sobre los contenidos de la TV, me referiré al sexual. En el capítulo sobre Acoso Sexual a la Infancia, he mostrado la gran influencia de la TV en el cambio de hábitos en la conducta sexual de niños y adolescentes. Este hecho ha sido mucho menos estudiado que el de la violencia, a pesar de la importancia que tiene para explicar las modificaciones que se están produciendo en las estructuras familiares y sociales de nuestros días. Por ello, no quiero pasar de largo sobre este tema sin citar dos opiniones de dos conocidos paidopsiquiatras: «Las conductas sexuales de los adolescentes pueden ser modificadas por ciertas emisiones televisivas y por los filmes retransmitidos, ya sean emisiones corrientes, eróticas o pornográficas, pudiendo estas últimas provocar el paso al acto’, sobre todo si van acompañadas de violencia» (P. Royer).

Publicidad, ética y cultura Otro aspecto muy estudiado en TV es el de la publicidad, dada la gran cantidad de spots publicitarios que el niño ve al cabo del año: de dieciséis a dieciocho mil para el norteamericano y de cuatro a seis mil para el europeo occidental, lo que supone que al graduarse de bachilleres, o el equivalente que haya en cada país, habrán visto más de cien mil de estos spots.

El impacto de la publicidad sobre los niños es tan grande, que muchos de ellos prefieren los espacios publicitarios a los demás y, dada su sugestibilidad y su capacidad para dejarse influenciar, lo normal es que sigan fielmente sus indicaciones y acaben comiendo lo que los anuncios les sugieren, jugando con juguetes, a veces absurdos, que los fabricantes les meten por los ojos y deseando lo que los spots les inducen a desear. Todo ello puede ser fuente de conflictos entre hijos y padres, cuando éstos no quieren, o no pueden, acceder a sus deseos, pero si acceden puede ser aún peor, como vimos al hablar sobre “El Pobre Niño Rico”.

Otro de los aspectos más negativos de la TV, tanto en España como en el resto de los países del mundo, es la distorsión de los valores culturales y morales. Según los especialistas, cuando un niño llega a la edad de tener opiniones propias, habrá visto por televisión más de treinta mil historias electrónicas y esta gran cantidad de conocimientos fantásticos habrá creado ya una mitología cultural, con unas normas y creencias que determinarán comportamientos apartados de los valores éticos y morales que, aún no hace muchos años, eran el fundamento de la sociedad.

La honradez, el respeto a los mayores, la consideración hacia el prójimo, la justicia, la caridad, el valor del trabajo y la consideración de la familia como base de la sociedad, han sido substituidos por el enriquecimiento a toda costa y como sea; el culto a la fuerza como arma para triunfar en la vida; el atropello de los derechos de los demás para lograr los objetivos apetecidos; el uso y abuso del alcohol como algo usual; la práctica del aborto como una cosa corriente y carente de toda significación moral, y hasta el uso de cocaína como algo natural y sin efecto negativo alguno.

De los valores religiosos más vale no hablar: Dios, las creencias religiosas, el modo cristiano de vivir, han desaparecido de las pantallas de TV y casi más vale que no aparezcan pues, cuando lo hacen es casi siempre como objeto de menosprecio y hasta ocasión para hacer un chiste o provocar una situación hilarante, cuando no suponen un ataque directo a las creencias religiosas y al modo cristiano de vivir. Al menos, esto es lo que ocurre actualmente en nuestro país.

Todo lo dicho hasta aquí de la TV normal, se complica con los vídeos, en los que la violencia y el sexo acaparan la mayoría de los títulos y que escapan al control de los padres mucho más fácilmente que las emisiones normales. En su favor hay que decir que se dispone también de vídeos para niños que pueden seleccionarse previamente, cosa que no se puede hacer con las emisiones normales, que ya están programadas de antemano.

Aspectos físicos Para terminar con los efectos negativos del uso y, sobre todo, del abuso de la TV, mencionaremos la alerta dada por los pediatras del peligro de la aparición de la obesidad en los niños, producida por la disminución de la actividad y del gasto energético que la visión de horas de TV conlleva, obesidad que se aumenta con la costumbre de consumir durante este tiempo todo tipo de golosinas.

Últimamente se ha señalado la posibilidad, aún no demostrada de una forma rotunda, de un aumento de la tasa de colesterol, que crece en proporción directa de las horas que pasa el niño ante el televisor. Se ha descrito también la aparición de alteraciones posturales (cifosis, escoliosis, etc.) por la adopción de posturas viciosas para ver la TV, si éstas se prolongan durante mucho tiempo.

La TV es también culpable, aunque no sola, del fomento del «culto al cuerpo» que ha invadido la juventud, y lo que no es la juventud, propiciado por el triunfo en sus pantallas de chicas esculturales o chicos apolíneos y el fracaso, y aun la burla, de los que no lo son. Esto ha producido una verdadera obsesión por la figura y ha llevado al seguimiento de unas dietas alimenticias que pueden acabar en algo que se ha convertido en una verdadera plaga entre los adolescentes, la llamada «anorexia nerviosa», que es un cuadro clínico realmente importante y a veces grave. Paradójicamente se produce también otro cuadro obsesivo, la «bulimia», u obsesión por comer en cantidades ingentes, pero a escondidas y con maniobras para defenderse de la obesidad como provocación del vómito, el uso de laxantes o el abuso del «footing».

La televisión también puede ser positiva Después de leer todo lo escrito hasta aquí sobre la televisión, el lector se preguntará si ésta tiene algo de bueno, porque todo parece malo e indeseable. La respuesta es que sí, que claro que tiene cosas buenas y más que podría tener. Si se ha hecho hincapié en lo malo es para poder evitarlo.

Es evidente que la TV es una gran distracción para personas que viven solas, para los enfermos, para los ancianos, etcétera, para los cuales constituye un gran consuelo en su soledad y aun para adultos que no les pasa nada, pero que les sirve para relajarse, en este mundo cada vez más conflictivo y duro.

Si nos ceñimos a los niños, vemos que la TV puede ser, no sólo un medio de distracción, que lo es mediante los programas infantiles adecuados a sus mentes, sino que además están los programas educativos que enseñan a los niños el amor a la naturaleza, a las bellas artes, a las costumbres de otros pueblos y razas, a la convivencia humana, al compañerismo y aun a facilitar al niño su aprendizaje escolar (un programa modélico en este sentido fue, tiempo atrás, uno que se llamaba «Barrio Sésamo»).

De lo que hoy no disponemos, y sigo hablando de nuestro país, son espacios dedicados a la exaltación de los valores éticos, morales y religiosos específicos para niños y adolescentes, como aquel inolvidable “Siempre alegres para hacer felices a los demás”, de los años sesenta.

Consejos a los padres Así las cosas, ¿qué pueden hacer los padres respecto a la TV y a sus hijos? Responderé planteando y respondiendo las siguientes preguntas: ¿Cuánta TV? En un principio se pensó que los niños menores de cinco años no deberían verla en absoluto, de cinco a ocho años, la contemplación de programas televisivos debería ser ocasional, y de los ocho a los diez sólo tres o cuatro veces por semana. Esto es imposible de cumplir hoy en día, pero sí hay que procurar que los niños no vean entre semana más de media o una hora diaria y no pasar de dos o tres horas los sábados y domingos.

¿Cómo contemplarla? Evitando en lo posible la contemplación pasiva y hacer que los niños participen, entre ellas y con adultos, con comentarios sobre lo que están viendo u oyendo. No ver nunca TV en habitaciones completamente a obscuras, ni demasiado cerca del televisor, ni tampoco desde el mismo sitio o la misma postura. ¡Cuidado con el mando a distancia y el abuso del «zapping»! ¿El qué? Los padres deben elegir y supervisar cuidadosamente los programas que los niños han de ver y no dejarse llevar por la comodidad de aceptar, «por no discutir», que vean toda clase de programas, especialmente los indicados para adultos.

No quiero terminar este capítulo sin hacer una pequeña aclaración sobre algo que se dice en el comienzo del mismo y que, acaso, pudiera asustar a los padres: la TV no produce nunca «per se» ideas delirantes. Sólo puede convertirse en objeto de delirio en personas, adolescentes incluidos, que están predispuestas a delirar por alguna enfermedad mental.

Francisco J. Mendiguchía, “Trastornos graves de la conducta”

Cuando yo era niño había en Madrid un colegio muy conocido llamado «Santa Rita», al que iban a parar los niños y adolescentes que se portaban mal o, simplemente que no querían estudiar y que debía ser muy riguroso por la fama que tenía. Al cabo de los años fue sustituido por otros que también tenían fama de duros y que servían para los mismos menesteres, no siendo infrecuente que yo viera en mi consulta a algún chico que ya había pasado por ellos por sus problemas importantes de conducta.

¿Hay niños psicópatas? ¿Qué quiere decir realmente esto de problemas de conducta? Pues nada más, pero también nada menos, que sus patrones de conducta no coinciden con los observados en los medios familiares y sociales en que viven.

A estos conductópatas que se desvían gravemente de lo que se puede considerar como normal, se les denominó «personalidades psicopáticas» o, más brevemente, «psicópatas», aunque hoy se tiende a disimular estos apelativos, por la mala fama que tenían y la hostilidad que despertaban, bajo el eufemismo apelativo de «distorsiones de la personalidad».

La verdad es que el término de personalidad psicopática lo heredó la Psiquiatría infantil de la Psiquiatría del adulto, heredando también su mala fama, su carácter constitucional y su mal pronóstico pues, «el que nacía psicópata se moría psicópata» eso sí, después de haber sido expulsado de varios colegios, enrolado en la Legión y haber visitado alguna cárcel.

A los psiquiatras infantiles nos costó mucho aceptar esta fatalidad etiológica y pronóstica, comenzando por dudar, al menos, de su origen constitucional. Pensamos que, por el contrario, algunos eran más bien formas de reacción frente a múltiples factores ambientales, es decir, «el psicópata no nace, se hace».

La experiencia nos dice que, aunque pueda haber algún factor constitucional y genético (parece ser, aunque la cosa no está muy clara, que la agresividad en el hombre va unida a tener un cromosoma Y de más en su fórmula genética), pues hay estudios en gemelos bastante demostrativos, en la mayoría de los casos el factor ambiental, sobre todo el familiar, es fundamental: hacinamiento, promiscuidad, alcoholismo de los padres, educación contradictoria o cruel, internamientos precoces a los dos-tres años, prostitución, etc., constituyen el caldo de cultivo en el que se van formando poco a poco las conductas antisociales, de tal forma, que si se comportaran decentemente casi sería un milagro.

Recuerdo a este respecto un caso muy desgraciado, en el que hubo tal conjunción de causas (madre prostituta, padre psicópata, abuelo alcohólico, abandono durante el primer año de vida en una cueva la mayor parte del día, ambiente familiar posterior desastroso), que el resultado no pudo ser más que una personalidad absolutamente psicopática que hizo fracasar todos los tratamientos que se le hicieron, para acabar quitándose la vida a los veinte años.

El problema está en que, aunque la causa no sea genética sino ambiental, este tipo de conducta aprendida puede llegar a calar tan hondo en la personalidad infantil que acaba estructurándose de una forma patológica. Por ello a estos niños se les llama también «caracterópatas».

¿Cuál es el núcleo que configura esta anomalía del carácter, congénita o adquirida? Son cuatro las principales características de la personalidad psicopática: 1) Incapacidad para amar o frialdad afectiva, que les hace inmunes a cualquier tipo de relación amorosa.

2) Ausencia del sentimiento de culpa. Nunca son ellos los culpables y de ahí se deriva la incapacidad para el arrepentimiento y una máxima dificultad para la corrección.

3) Ausencia de ansiedad. Sufre muy poco cuando le van mal las cosas, además de ser audaz y decidido.

4) Resolución de las situaciones conflictivas mediante el «paso al acto». En otras palabras, que sus problemas y tensiones los traducen en acciones, generalmente agresivas, sin que el pensamiento llegue casi nunca a jugar ningún papel.

Al llegar a este punto no puedo por menos de dedicar un recuerdo a un psiquiatra inglés llamado Prittchard que, nada menos que en 1835, describió el cuadro de la «moral insanity», del que decía que los que lo padecían «no podían conducirse con decencia y propiedad en los asuntos de la vida». Hoy estamos más cerca de este concepto que del de la Psiquiatría francesa de principios de este siglo que hablaba de «degenerados».

Afortunadamente, en muchos casos la personalidad del niño no llega a distorsionarse del todo, no se desarrollan completamente las características antedichas. Con un adecuado golpe de timón educativo, un cambio de ambiente, una psicoterapia individual o de grupo o una terapia conductual puede modificarse la conducta, cosa que antes se consideraba casi imposible.

Antes de proseguir con la descripción de los tipos más frecuentes de conducta disocial de estos niños y adolescentes, quiero hacer una reflexión sobre el modo de enfrentarse a este tipo de trastornos. Así como otros pacientes psiquiátricos, sobre todo niños, despiertan enseguida nuestros buenos sentimientos y nuestra compasión, éstos, casi indefectiblemente, producen un rechazo en padres («ya no sé qué hacer con él»), en educadores («es un caso perdido») y hasta en psicólogos y psiquiatras, que por nuestra formación deberíamos estar inmunes a este sentimiento, pues el nihilismo terapéutico, el «no se puede hacer nada», no es más que una forma encubierta de rechazo.

Sin embargo, todo el que trata con niños debe darles mucho cariño y comprensión y más a éstos, de los que no hay que esperar correspondencia en la mayoría de las veces, sobre todo al principio, y por lo tanto no hay que sentirse frustrado ni desanimado por esta carencia de «transferencia afectiva».

Agresividad y crueldad Una de las formas más frecuentes de mostrarse estas alteraciones del carácter y de la conducta es la del aumento de la agresividad. Sobre la agresividad humana se han escrito montones de libros y se han suscitado múltiples discusiones entre los teóricos de la misma. Como muestra de las cosas que han llegado a decirse y escribirse, copio de un trabajo aparecido en una revista de Psiquiatría Infantil: «Comienza la nidación del huevo en la pared uterina que se convierte en el campo de batalla… El sistema de nutrición del embrión es canibalístico y vampírico… desde la fecundación el embrión sufre la agresividad de la madre… cuando el niño nace ya lo sabe todo acerca de la agresividad… la actitud bestial más o menos consciente de la madre por su hijo… pone en evidencia una agresividad materna salvaje.» Es decir que la guerra entre la madre y el hijo, producto de la agresividad de ambos ¡comienza en la fecundación! Volviendo a la realidad, diré que los hijos hiperagresivos tienen fuertes crisis de ira y furor a la menor contrariedad; no pueden controlar sus impulsos destructores, y no se les puede llevar la contraria porque saltan a la menor oposición. Estas situaciones se producen lo mismo en el hogar que en el colegio o en el parque donde juegan con otros niños. Pronto llegan las quejas de los demás padres, el niño empieza a encontrarse solo porque los demás compañeros no quieren jugar con él y busca refugio en algún otro que es parecido a él, comenzando así, muy temprano, la formación de un grupo disocial, un «nosotros» muy reducido y enfrentado con los que no son como ellos.

Pronto viene la expulsión de un colegio, luego de otro, el niño se va haciendo cada vez más asocial y agresivo y acaba visitando algún «Santa Rita» de la actualidad.

La destructividad es otra de las características de estos niños y jóvenes, pero no con la destructividad de los niños hiperactivos, que rompen las cosas sin querer; aquí la destrucción es deliberada e intencionada, quieren hacer daño y por eso rompen el juguete apreciado de un compañero o de un hermano, el bolígrafo que recientemente le han regalado al que se sienta a su lado en clase, el objeto preferido de la madre o la bicicleta de un primo que le ha invitado a jugar con él.

Unida a la agresividad y a la destructividad va casi siempre la crueldad. Estos niños y adolescentes son crueles con compañeros a los que vejan, insultan, pegan, en ocasiones hieren con punzones o navajas, y con animales a los que llegan a matar, no sólo con gran sangre fría, sino con verdadero sadismo.

Un caso muy demostrativo a este respecto es el del niño al que vi hace algún tiempo que, con nueve años, después de dieciséis meses de haber sido reñido por su abuela por una fechoría de las que acostumbraba a hacer, volvió a casa de ésta, que vivía sola y tenía como única compañía la de un canario y, en un descuido, sacó el pájaro de la jaula y le retorció el cuello hasta matarle, contándomelo a los pocos días con absoluta frialdad.

Las estadísticas de todos los países muestran cómo las conductas agresivas infanto-juveniles crecen de un modo alarmante, aunque el problema no es sólo de cantidad de violencia sino de la precocidad y gravedad de la misma. ¿Cómo es que, no ya el joven, sino el niño, es capaz de cometer atracos y aun asesinar fríamente a un maestro que le ha puesto malas notas o se ha permitido reñirle? Dos ejemplos solamente: En Inglaterra dos niños de once y doce años secuestran y matan a otro de tres y en EE.UU. dos niños también de once y doce años matan a su amigo Poole de trece a balazos.

No es de extrañar que ya en 1975 un psiquiatra norteamericano se dijera angustiado «parece como si nuestra sociedad hubiera desarrollado una nueva cepa genética, el niño asesino». Evidentemente no es ésa la razón, el problema es educacional y social, y mientras sigamos sembrando permisividad y carencia de autoridad familiar, escolar y social, por un lado y marginación por el otro, las estadísticas seguirán subiendo.

Un tema especial es el de la violencia sexual. Hasta ahora, los niños y los adolescentes, con más frecuencia las niñas y las adolescentes, habían jugado siempre el papel de víctimas y cada día lo juegan más: raptos, violaciones, abusos sexuales, asesinatos son noticia casi habitual en los medios de comunicación (cuando escribo estas líneas, se acaba de descubrir un espantoso triple asesinato con violación y sadismo de tres adolescentes de catorce y quince años), pero es que también ha sido noticia hace poco tiempo que un niño de catorce años, en un pueblo de España, había asesinado, después de un intento de violación, a una compañera de colegio de diez años.

Alcoholismo juvenil Una de las circunstancias que aumentan la frecuencia de actos asociales ligados a la violencia, es el agrupamiento, en forma de bandas o pandillas que poseen una moral antisocial de grupo, con sus leyes no escritas, sus compromisos, su disciplina propia (y ¡ay! del que se atreva a conculcarla) y hasta su vestimenta especial.

Estas bandas suelen formarse a partir de los trece a catorce años y suelen ser más frecuentes en los varones (antes las chicas sólo se agrupaban para la delincuencia sexual o el robo de tiendas), pero en los últimos años va siendo cada vez más frecuente que las adolescentes formen parte de las bandas, con los mismos derechos y deberes que los chicos. Suelen estar jerarquizadas con uno o varios jefes y tienen sus particulares ritos de iniciación y lenguaje críptico convenido.

Por último, comentaré dos problemas que antes se trataban en este capítulo de las personalidades psicopáticas pero que ahora, y desgraciadamente, ya se salen de él, porque forman parte de una problemática general juvenil: el alcohol y las drogas.

Cuando comencé a escribir esta parte del capítulo, dediqué bastante tiempo en consultar estadísticas acerca del consumo de alcohol por niños y adolescentes, en España y fuera de España, y lo primero que salta a la vista es la progresiva ascensión de este consumo a estas edades pues «cada vez hay más bebedores, que beben más y que comienzan antes».

¿Dónde nos encontramos ahora? Pienso que no hace falta acudir a las estadísticas; no hay más que tener abiertos los ojos y salir de noche, sobre todo los viernes, para ver a centenares de adolescentes, y aun preadolescentes, de ambos sexos consumiendo alcohol, solo o con estimulantes, en esa subcultura de la «litrona» , hasta bien entrada la madrugada, hora en que vuelven a sus casas con un mayor o menor grado de intoxicación etílica, si es que vuelven, porque si están demasiado mal se quedan a dormir en casa de un amigo o una amiga.

La primera pregunta que se hace uno al ver estos hechos es: ¿Es que no hay aquí leyes que prohiban la venta de alcohol a menores como en todos los países civilizados del mundo? La respuesta es que sí, que las hay, pero que nadie cumple ni nadie las hace cumplir. Por eso es puro fariseísmo el que las autoridades sanitarias se quejen del consumo de alcohol en nuestro país, a estas edades o en el adulto. (Se calcula que el 12 a 15% de las alcoholemias de nuestro país se han consolidado ya en la infancia.) La segunda pregunta es: ¿Dónde están los padres de todos estos chicos y chicas que permiten que esto suceda? Ya sé que hay muchos que dicen que no pueden prohibírselo porque todos lo hacen y que si se lo prohiben da igual, lo hacen de todas maneras. Es que la autoridad paterna hay que ganársela día a día durante muchos años, no intentar imponerla cuando ya se ha perdido.

La tercera pregunta es la siguiente: ¿Y la escuela, no puede hacer nada? Pues claro que puede, impartiendo cursos de Educación Sanitaria en los que el tema del alcoholismo y sus peligros fuera ampliamente desarrollado por profesionales que conozcan bien este problema.

De todas maneras si quieren algunas cifras les diré que, en España, la media de edad del primer contacto del niño con el alcohol es de ocho a diez años y que, a los quince, un siete a ocho por ciento beben ya más de medio litro de vino al día. Como nota un poco más optimista tengo que decir que, salvo rarísimas excepciones, no se conocen a estas edades casos declarados de alcoholdependencia. Sin embargo, y como nota pesimista, también tengo que exponer un grave hecho: la conjunción sexo-alcohol produce embarazos en adolescentes, que siguen bebiendo durante el mismo y el final es el nacimiento de un hijo con un síndrome llamado feto-alcohol con anormalidades físicas y mentales.

El problema de las drogas Pero si el alcohol es uno de los más graves problemas, el más grave es, sin duda, el consumo de drogas. Ni los niños se libran, al apostarse los vendedores de las mismas a las puertas de los colegios donde, en un principio, la regalan para iniciar así a futuros clientes. Tampoco se libra ninguna clase social, habiéndose llegado a formar un mundo de contracultura que abarca a toda la sociedad juvenil.

El comienzo, «la iniciación», se produce en el 90% de los casos con las llamadas drogas blandas (concepto erróneo; no hay drogas blandas ni duras, todas producen efectos patológicos y unas llevan a otras): marihuana, grifa, hachís, etcétera, en conjunto el llamado vulgarmente chocolate y que no son más que derivados del cáñamo indio. Cuando se pregunta a los adolescentes cómo y por qué empezaron su consumo, más del 50% dice que por curiosidad, otros que por deseo de aventuras y algunos hasta por amistad. Mención especial merece la respuesta «para evadirme de mis problemas» porque, cuando se profundiza, se aprecia que no hay tales problemas; de lo que se evaden es de su propio vacío existencial producido por la pérdida de los valores éticos, morales y religiosos de la sociedad actual, la juvenil también.

Muchos, afortunadamente, no pasan de esta primera fase; pero para otros es el comienzo de un largo camino de anfetaminas, alucinógenos, cocaína o heroína (el consumo de ésta ha disminuido en los últimos años por miedo al Síndrome de Inmunodeficiencia adquirida, SIDA) que son ingeridos, fumados, esnifados o inyectados y que conducen al adolescente a la destrucción, la marginación y en último término a la muerte, previa desintegración de su propia familia, si es que ésta no lo abandona antes a su suerte.

Los jóvenes siempre creen en un principio que podrán dejar la droga cuando quieran pero, poco a poco, van quedando presos en el infernal carrusel de: satisfacción > carencia > búsqueda de droga > satisfacción > dependencia > dosis cada vez mayores > delincuencia para poder comprar la droga, del que ya no podrán salir jamás por sus propios medios.

Como en el alcoholismo, la conjunción droga-embarazo de adolescente es frecuente y el final es también un hijo que, ya desde el nacimiento, presenta los síntomas de abstinencia que presentan los drogadictos cuando se suprime bruscamente el suministro de droga.

Hay que hacer una especial llamada de atención sobre el uso por parte de preadolescentes, y aun niños de ocho a diez años, de pegamentos utilizados para la construcción de maquetas de aviones, coches, etc. y cuya aspiración tiene en un primer momento un efecto estimulante (euforia, alegría, excitación) para pasar más tarde a producir una ligera ataxia, lenguaje farfullante y, si la aspiración dura más de cuarenta minutos, estupor e inconsciencia. El uso continuado de pegamento puede llevar a un estado de depresión y agresividad que necesita más pegamento para que se le pase, es decir también produce dependencia, habiéndose descrito casos de muchachos que necesitaban aspirar el contenido de hasta cinco tubos.

Los padres han de estar muy atentos a los cambios de carácter de los hijos, a su progresivo estancamiento en los estudios, a la desaparición de dinero que no se sabe dónde ha ido a parar, a estados de depresión alternando con otros de euforia y, en general, a un cambio de conducta total, para poder detectar así una posible drogadicción que comienza.

El tratamiento ha de ser siempre en asociaciones y clínicas especializadas. Solos no lo lograrán nunca y los padres han de saber muy bien que, así corno los alcohólicos son sinceros, casi siempre, cuando dicen que quieren dejar el alcohol, el «enganchado» en la droga miente siempre cuando dice que está dispuesto a dejarlo sin ayuda de nadie.

El punto de inflexión en todos estos trastornos graves de la conducta que hasta aquí hemos descrito, es el paso de la predelincuencia a la delincuencia franca, es decir, cuando el niño o adolescente comete el primer delito y ha pasado de lo que aún es permitido por la ley, a lo que está penalizado por la misma, pues realmente el concepto de delincuencia juvenil es más sociológico que médico y más jurídico que sociológico.

No quiero terminar este capítulo sin señalar que el pronóstico de los trastornos de conducta, lo mismo que en el capítulo anterior, depende en gran manera de la estructura familiar; cuanto peor es ésta, peor es el pronóstico.

Francisco J. Mendiguchía, “El pobre niño rico”

Hace ya más de cincuenta años, se estrenó en nuestro país una película que se titulaba “La pobre niña rica” y que estaba protagonizada por una célebre pequeña actriz llamada Shirley Temple. Siempre me pareció un título bastante pretencioso, manifiestamente injusto y aun algo demagógico, pues, ¿cómo compadecer a un niño que es rico? Lo lógico es que hay que tener mucha más compasión por uno que es pobre y, por lo tanto, carece de muchas cosas que el rico posee.

Sin embargo, y precisamente en el país donde viven más niños ricos por kilómetro cuadrado, en los Estados Unidos de América, un ilustre pediatra, el Dr. Ralph E. Minear, profesor de la Universidad de Harvard, ha acuñado un original término para designar un nuevo síndrome descubierto por él, la «ricopatía», es decir, la riqueza como factor patológico, que puede dañar el desarrollo de la personalidad y aun la salud física de los niños.

Posiblemente sea algo exagerado el término, pero lo que sí es cierto, es que podríamos hablar de «síndrome del niño rico», como algo que se presenta, no ya en Norteamérica, sino en nuestra propia sociedad consumista actual, con el agravante de que lo presentan, no sólo familias que pudiéramos llamar ricas, sino que se ha extendido a otras capas sociales más deprimidas, cultural y económicamente.

Veamos en qué consiste este nuevo síndrome. Lo he visto más de una vez en mi ejercicio profesional bajo la forma de una carencia de eso que podríamos llamar voluntad y que, en estos casos, no es más que una carencia de motivaciones. Los síntomas consisten en ausencia de ilusiones, estado de ánimo deprimido con apatía, desgana y tristeza, síntomas psicosomáticos del tipo de cefaleas, vómitos, diarreas, etcétera, o trastornos de la conducta con enfrentamientos con los padres, que creen ingenuamente tener comprado el amor y la obediencia de sus hijos, dándoles todo lo que piden, y aun lo que no piden.

Cuando investigaba estos casos a fondo, veía que lo único que les pasaba era que tenían un exceso de todo, ya no apetecían nada, estaban de vuelta de todo y hastiados de casi todo, en una palabra, se habían convertido en unos escépticos prematuros que más parecían viejos que niños.

Los juguetes infantiles Y ¿qué cosas son éstas que pueden tener en demasía? Empecemos por lo más infantil: los juguetes. Hace poco se ha inaugurado cerca de Madrid la tienda de juguetes «mayor del mundo», y efectivamente lo debe ser, pues en sus grandes estanterías se acumulan miles y miles de ellos perfectamente clasificados por sexos y edades, desde el bebé hasta el adolescente, de precios bastante elevados en general, y de complejo manejo la mayoría; lo curioso es que en el lugar donde resido, que no llega a los tres mil habitantes, también se ha inaugurado ¡otra juguetería! Estos dos hechos nos indican que la tendencia al consumo de juguetes es cada vez más alta y su fabricación y comercialización mueve grandes cantidades de dinero.

Yo, como buen abuelo, también fui a comprar los correspondientes regalos a mis nietos en las últimas fiestas y pude darme cuenta que, en los grandes almacenes sobre todo, la gente sacaba sus carritos repletos de juguetes. Se ha producido una verdadera rivalidad entre las familias, para ver cuál de ellas los compra más y mejores a sus hijos, pues ello es índice de buen nivel de vida y de prestigio social: «Nuestro hijo tiene tantos o más, y mejores, juguetes que el vuestro».

Y los niños, ¿qué piensan de todo ello? Naturalmente están encantados y casi no tienen tiempo de jugar con tantos. Sin embargo, a poco de comprada, la mitad de toda su juguetería está ya rota, generalmente por lo deleznable del material con que está hecha. Una cuarta parte no es utilizable porque han perdido la mitad de las piezas de los complicados aparatos en que se han convertido los juguetes y sólo juegan con la otra cuarta parte que, ¡vaya casualidad!, son casi los mismos con los que nosotros jugábamos hace sesenta años: pelotas, muñecas, coches, cocinas y construcciones En lo que realmente hemos avanzado en este capítulo, es en los conocidos con el nombre de «juguetes educativos», que estimulan el desarrollo sensorial e ideativo del niño. Sin embargo no hay que perder de vista que el juguete en sí, sin más adjetivos, para lo primero que tiene que servir es para divertir al niño, al mismo tiempo que estimula su imaginación y hacerle entrar en ese mundo maravilloso, fantástico e irrepetible de los juegos infantiles, y para esto sirven lo mismo los juguetes caros que los baratos. El niño es tan «general» encima de un precioso caballo de peluche, que subido en el bastón del abuelo, o por lo menos así era antes.

Hoy en día, y debido a esa gran cantidad de juguetes que tienen, los niños han empezado a despreciar enseguida los viejos, exigiendo uno nuevo al que no le falte nada; ya no le sirve el “pars pro toto” (la parte equivale al todo) de la vieja psicología del juego infantil y ahora, si a una muñeca le falta un dedo hay que tirarla. Antes, cuanto más vieja y rota estaba, más la quería la niña. Hoy un coche sin una rueda ya no es un coche. En pocas palabras, el niño se está haciendo tan materialista como el mundo en que vive, se va convirtiendo en un redomado consumista y se sentirá desgraciado y frustrado si no tiene más y mejores cosas que los demás.

¿Y los juguetes bélicos? ¿Deben prohibirse porque fomentan la agresividad infantil y son los responsables de la violencia de los adultos y de las guerras que éstos desencadenan? La verdad es que el niño tiene siempre una dosis de agresividad y más vale que haga su catarsis simulando batallas con soldados de plástico, que a pedradas, que sí que hacen heridos de verdad y, por ello, siempre ha jugado con juguetes bélicos, los etruscos con espadas y escudos de madera y los de ahora con vehículos intergalácticos.

En el fondo, la sociedad entera está asustada por la violencia que está desarrollando la infancia y la adolescencia y buscan un chivo expiatorio en los juguetes bélicos, para no admitir que es ella la verdadera culpable por su educación absolutamente permisiva, la visión diaria en la televisión de escenas de la más cruda violencia y la violencia real de agresiones, atentados y guerras de verdad que los adultos promueven.

A los hombres, lo que hay que decirles es: dejen ustedes de fabricar aviones, cañones y tanques, y los niños no podrán imitarlos en sus juegos, no hagan guerras y no jugarán a ellas.

Pero no son sólo juguetes lo que se puede dar al niño o adolescente en demasía, sino que son otras muchas cosas, tales como ropa (un adolescente, como cualquier dama elegante, necesita estrenar con frecuencia pantalones, camisas o zapatos de determinadas marcas, para no parecer menos que los demás), relojes y bolígrafos caros (que pierden indefectiblemente al poco tiempo), costosos equipos de deporte y tantas y tantas otras cosas que los anuncios, sobre todo los televisivos, les meten por los ojos y la voluntad.

Consecuencias en los hijos y en los padres Una pregunta inquietante que los padres deben hacerse, es si todo este dar demasiadas cosas a los hijos, no es porque es más fácil y más cómodo que dedicarles más atención y un poco más de tiempo para educarlos que, desde luego, es más incómodo.

Porque esta comodidad acabará volviéndose contra ellos, ya que el niño, acostumbrado a muchas y caras cosas, les pedirá cada vez más, en cantidad y calidad, llegando un día en que no podrán satisfacer sus deseos, y entonces los hijos se volverán contra ellos, culpándoles de haberles acostumbrado mal.

Quizá uno de los aspectos más negativos de este exceso de cosas que los hijos tienen, juguetes, ropa, golosinas, etc., es la distorsión que esto produce en su sentido ético de la justicia distributiva y el desarrollo de una filosofía en la que predomina la idea de que, en este mundo, lo ideal es tener siempre más y mejor de lo que tienen los demás.

En el futuro, el único objetivo de estos niños será este «más y mejor» y por ello carecerán del concepto moral de que no se debe tener siempre de todo en demasía, aunque se pueda, mientras haya otros que no tienen de nada o muy poco, es decir, se habrán convertido en unos seres básicamente egoístas e insolidarios.

Otro mal que se hace al niño, es acostumbrarle a recibir todo sin esfuerzo por su parte, y casi siempre sin merecerlo, por lo que, cuando se le empieza a exigir trabajo y sacrificios, como sucede muy tempranamente en la vida, se encuentran completamente en desventaja frente a los que saben, porque así se lo han enseñado, que lo que se desea, algo cuesta.

Numerosos fracasos escolares no tienen más base que esta imposibilidad para el esfuerzo del estudio. ¡Cuántas veces he oído a niños y jóvenes «es que no me gusta estudiar»! Y cuando les hago ver que es muy raro que a algún niño le guste estudiar, pero que lo hacen porque tienen que hacerlo aunque les cueste, acaban reconociendo que a ellos no le han acostumbrado a esforzarse por nada, porque siempre han tenido de todo, sin necesidad de mover un dedo.

Si miramos el problema desde otro punto de vista, el de los padres, no es infrecuente que éstos, que han proporcionado a sus hijos todo lo mejor, juguetes, vestidos, bicicletas, motos, colegios, estancias en el extranjero para aprender idiomas o para esquiar, acaben considerando a los hijos como una inversión. Lo mismo que si hubieran puesto su dinero en unas acciones o en unos bonos del Tesoro, y tienen que producir enseguida dividendos, devolviendo a los padres el capital que éstos han gastado.

Esto les lleva a exigir a los hijos que sean los primeros en todo, los más sobresalientes en clase, los mejores deportistas, los de más éxito social, en concreto que sean superiores a los demás, ¡ah! y además que les adoren porque han sido tan buenos con ellos.

Pero como todo esto sucede menos veces de lo que ellos creen, pues con su comportamiento están contribuyendo a que pase lo contrario, la frustración que esto les produce les lleva a considerar a sus hijos como unos monstruos desagradecidos indignos de que ellos se sigan «sacrificando». La frase: «Doctor, hemos procurado que siempre tenga lo mejor y mire cómo nos lo paga», la hemos oído muchas veces y cuesta mucho convencer a los padres de lo equivocado de su proceder y de que ellos son realmente los responsable de la conducta de sus hijos.

Otro problema importante es que los niños que tienen mucho de todo pierden la ilusión por las cosas y ya no esperan emocionados las fiestas propias para recibir regalo como su santo o cumpleaños, o las Navidades, por ejemplo y entonces tienden a buscar emociones nuevas. A esto se debe, en parte, que los niños se dediquen a robar cosas, aunque sean bolígrafos, que realmente no les sirven para nada. El caso es sentir la emoción de que les puedan coger y hasta organizan verdaderos campeonatos en los colegios para ver quién, o qué grupo, es capaz de robar más cosas o de más valor.

En relación con esto, pero ya en adolescentes, se está produciendo lo que los sociólogos conocen con el nombre de «áreas de delincuencia» o «zonas de conflictividad», pero no en zonas suburbiales o de marginación social, sino en núcleos habitados por familias de clase media o alta, en las que. el aburrimiento y el afán de experimentar nuevas sensaciones, genera la comisión de actos predelictivos o francamente delictivos, como rotura de farolas, consumo de drogas blandas, robos, agresiones o asaltos sexuales.

Francisco J. Mendiguchía, “Los comportamientos inadecuados”

En un capítulo precedente hablaba de los niños que parecen malos pero que no lo son, pero ¿es que hay realmente «niños malos»? En este otro capítulo voy a tratar de ciertos niños a los que los padres muchas veces adjudican este adjetivo, ciertamente peyorativo de «malos» porque, según dicen, cometen maldades como las de mentir, robar cosas en el colegio y otros problemas por el estilo, que tienen todos en común romper los esquemas y las normas establecidas de convivencia familiar y social.

Es por ello que han recibido apelativos como los de «asociales», «niños problema» o «niños difíciles», que indican por sí mismos la hostilidad y apatía que despiertan aunque yo prefiera llamar a estos casos «trastornos menores de conducta» porque, salvo raras excepciones, son perfectamente tratables. A lo que me niego es a denominarles, como hacía el viejo profesor Michaux «enfants perverses» y que hasta escribió un libro con este título, “El niño perverso” cuando, en bastantes casos, se trata de «niños pervertidos» por un ambiente malsano.

Los niños que roban Uno de los síntomas más frecuentes de esta «conductopatía» son los hurtos y robos. Constituyen quizá el motivo que más vemos los paidopsiquiatras en nuestras consultas. Para valorar debidamente este tipo de hechos hay que tener siempre muy en cuenta el factor edad pues, para considerarlos negativamente, el niño ha de tener ya un concepto real de lo que es la propiedad, y esto no se produce hasta los seis o siete años.

Antes de esta edad los niños se apoderan de golosinas, lápices, juguetes o cuentos sin tener la sensación de estar haciendo algo indebido. Por eso lo olvidan pronto o lo devuelven, porque la apropiación sólo tenía carácter temporal. También ha de tenerse en cuenta el valor de lo hurtado pues quitar bolígrafos, gomas de borrar, pastillas de chicle y cosas por el estilo, no debe tener, aun después de los siete años, la consideración de robo. Es más serio cuando lo que se sustrae es dinero, por muy pequeña que sea la cantidad o cuando los objetos son ya más valiosos, como relojes o balones.

La sustracción de dinero empieza siempre por el de los padres, sigue con el de los compañeros de clase y puede acabar con el de cualquier persona que tenga cerca. Sólo en medios familiares «muy especiales» se producen en estas edades robos a personas desconocidas.

Muchas veces, después de apoderarse de dinero, «el ladrón» lo reparte entre sus amigos o compra cosas que también reparte, constituyendo esto lo que se denomina «robo generoso» que, en muchas ocasiones, no tiene más objetivo que comprarse amigos cuando por alguna razón se siente rechazado o, sin serlo, es demasiado tímido para tenerlos de otra manera.

Como mecanismos inconscientes en la comisión de hurtos infantiles se citan: la llamada de atención; son niños que se sienten abandonados, con razón o sin ella, por padres o maestros. También el sentimiento mágico de que, al apoderarse de algo de otro, adquieren parte de su potencia y valor.

Para la valoración de este tipo de conductas y su importancia real a efectos de ponerlas en tratamiento psicológico, hay que considerar, no sólo la magnitud de lo sustraído sino también la reincidencia, pues es ésta precisamente la que da el carácter de antisocial al hurto infantil.

Más importantes son los robos en pandilla que generalmente se cometen en grandes almacenes, y que suelen tomar la forma de campeonatos para ver quién o qué grupo roba más objetos y de más valor. Lo más atrayente de esta conducta, ya predelictiva, es la emoción (miedo) de ser descubiertos y después castigados. Hay que valorar cuidadosamente este tipo de actividad que une el robo a la emoción del miedo de ser descubiertos, porque esta conjunción es precisamente el núcleo de la cleptomanía del adulto, aunque niños cleptómanos puede ser que los haya, pero yo no he visto ninguno.

Un tipo de robos más frecuentes a esta edad son los «robos por venganza», es decir los que cometen algunos chicos que quitan algo a algún compañero del que no pueden vengarse de otra manera. Más refinamiento supone cometer un hurto, por ejemplo, en el colegio, y achacárselo, a veces hasta con misivas anónimas a los profesores, al compañero de quien quieren vengarse (de éstos si que he tenido por lo menos un par de casos).

En los adolescentes, los robos tienen ya otro significado y se cometen la mayoría de las veces para obtener alguna utilidad, desde dinero hasta motocicletas o automóviles, aunque en ocasiones no sean más que robos de «autoafirmación», para probarse a sí mismos o a los demás, que ya es un hombre. Por otra parte las bandas juveniles pueden cometer robos perfectamente planeados y ejecutados como los de los adultos.

Fugas y vagabundeos Veamos ahora otro problema. Hay programas en TV en los que aparecen personas que buscan a quienes faltan del hogar. Muy frecuentemente se trata de padres que preguntan angustiados desde la pequeña pantalla: «Hijo, ¿por qué no vuelves a casa?, ¿qué te hicimos?, ¿por qué te fuiste?». Generalmente se trata de chicos y chicas de más de doce o trece años que se han marchado de casa sin ninguna explicación. Nos encontramos ante unos casos que se denominan en términos psiquiátricos «fugas y vagabundeo».

Las fugas pueden darse en niños más pequeños, pero éstas suelen terminar mejor. El niño vuelve a casa a las pocas horas, cuando empieza a sentir miedo o hambre, aunque puede haber otros más decididos que son capaces de coger un autobús o un tren y marcharse a otra ciudad de donde son generalmente devueltos al hogar por la policía. Estas fugas aisladas y cortas no suelen tener importancia, pero si son largas, y más aún, si son repetidas, habrá que estudiar en profundidad al niño y a la familia, porque algo está pasando en sus relaciones.

En el niño que se fuga pueden darse motivos que se aprecian fácilmente como son: haber tenido malas notas y no querer enfrentarse con los padres; haber tenido un castigo y marcharse de casa para hacer sufrir a los padres mientras le encuentran; o simplemente huyen porque su casa es un infierno donde los padres discuten o se pegan.

Otras veces lo hace únicamente para llamar la atención, por creer que nadie le hace caso o no le entienden, por mero mimetismo, porque lo ha visto en la TV y quiere probar en qué consiste y, en ocasiones, no sabe realmente por qué se ha fugado, es un acto compulsivo que, la mayoría de las veces, no representa más que una huida de sí mismo para reducir su tensión interna producida por algún conflicto del que ni siquiera es consciente.

El vagabundeo es ya más propio de adolescentes. Dura mucho tiempo y, en general, acaba convirtiéndose en un hábito que hace que el muchacho llegue a pasar más tiempo fuera de casa que en el hogar, cayendo así fácilmente en el mundo de la delincuencia y de la droga. Un tipo especial de vagabundeo es el solitario, propio de personalidades introvertidas, soñadoras, con malas relaciones sociales y de gran frialdad afectiva, que se conoce con el nombre de «ambulomanía autista».

Los pirómanos Otro tipo de trastorno de conducta es el de los niños provocadores de incendios que no siempre son pirómanos. Si repasamos las posibles causas de incendios infantiles nos encontramos con varios tipos de ellos: – El fuego es producido por un descuido o un desconocimiento de su capacidad para provocarlo. – El fuego es producido por juego, generalmente en grupo, que después ha escapado a su control. – Los incendios provocados conscientemente (niños o jóvenes incendiarios). – La verdadera piromanía en la que el fuego es debido a una fuerte compulsión imposible de vencer.

Lo cierto es que el fuego tiene un cierto atractivo. ¿Quién no se ha sentado delante de una chimenea contemplando durante mucho tiempo las caprichosas formas de las llamas y sus continuos cambios? Pero al mismo tiempo no hay nada que produzca más pánico que un incendio. Además el fuego es el símbolo del hogar y de la unión familiar, por lo que siempre ha estado cargado de una fuerte carga emotiva.

Las motivaciones de los incendios en niños y jóvenes cambian con el transcurso de la edad: Los niños menores de seis a siete años suelen provocar incendios por curiosidad o por el simple atractivo del fuego. A muchos niños les encanta encender cerillas y jugar con encendedores.

Los niños de ocho a doce años tienen ya otras motivaciones, como las de provocar fuegos con el único fin de llamar la atención o la venganza en situaciones de hostilidad familiar. Algunas veces desencadenan el incendio únicamente para poder comportarse después como héroes en las tareas de apagarlo.

Los adolescentes pueden hacerlo por el simple placer de la destructividad. Los verdaderos pirómanos pueden aparecer ya a esta edad, pero su número es realmente escaso.

Las mentiras infantiles Otro signo de que algo va mal en la conducta del niño es la tendencia a decir mentiras, sobre todo si éstas acaban convirtiéndose en un hábito hasta poder decir de él que «miente más que habla».

¿Por qué mienten los niños? En primer lugar hay que decir que por debajo de los tres años los niños no mienten, aunque digan cosas que no sean verdad, pues para ellos lo son y con ello les basta. Más tarde comienza un tipo de pensamiento llamado «mágico» en el que predomina lo subjetivo sobre lo objetivo, y en el que la realidad y la fantasía no tienen unas fronteras bien delimitadas, por lo que los padres no deben considerar sus fantasías como mentiras. De los cinco a los seis años, ya no cuentan sus fantasías, las siguen teniendo, pero ya saben distinguir bien éstas de la realidad.

Un buen día, a un niño ya de siete o más años le ponen una mala nota en el colegio y cuando llega a casa dice que ha perdido el cuaderno de notas. Aquí sí tenemos ya una verdadera mentira, quizá la primera de su vida. O tal vez la primera fue cuando, al romper un objeto de valor dijo que no había sido él sino su hermano más pequeño. La vida ofrece al niño de esta edad múltiples ocasiones para este tipo de actuaciones que, en conjunto, reciben el nombre de «mentiras de defensa». A veces no es su propia defensa sino la de otro, como cuando un profesor pregunta en clase: ¿quién ha sido?, y obtiene por respuesta un silencio sepulcral o, al revés, se acusan todos para que no haya ningún culpable, el ¡Todos a una! de Fuenteovejuna.

Otras veces resulta que el niño bravuconea de cosas que no ha hecho «para quedar bien», utilizando el ya comentado mecanismo de compensación. O, por el contrario utiliza el de proyección, acusando a otros de cosas como que le tienen rabia, cuando, en el fondo, es él quien tiene rabia a los demás.

Estas mentiras aisladas no tienen importancia y algunas como hemos visto son hasta meritorias, como las de no «chivarse» al profesor. Lo malo es cuando comienza ya a mentir por sistema, negando hasta las cosas más evidentes, convirtiéndose así en un desvergonzado «mentiroso», que puede llegar con el tiempo a «fabulador» y, cuando pierde el control de sus propias fabulaciones, en un «mitómano» que acaba por perder el sentido de la realidad.

Estos niños y adolescentes mitómanos pueden llegar a convertirse en una verdadera pesadilla para los jueces que intervienen en los casos de denuncias por malos tratos o abusos sexuales. Pueden producir graves perjuicios a los acusados que se enfrentan con la «inocencia» de los acusadores.

Los que hacen novillos o pellas Otra queja muy frecuente de los padres sobre la conducta de sus hijos es la de su «absentismo escolar». Este concepto se refiere a que los hijos dejan de asistir a clase cada vez con más frecuencia y se dedican a pasear, jugar, hacer pequeñas fechorías por el barrio o perder el tiempo y el dinero, primero el suyo, después el que roban en casa o a los compañeros, en los salones de juegos electrónicos. Este tipo de comportamiento puede ser cometido en solitario, pero lo más frecuente es que lo sea en forma de pandillismo, las famosas «malas compañías», que no son en realidad más que grupos de chicos con las mismas inclinaciones, en el noventa por ciento de los casos.

No deben confundirse estos casos con los de fobia escolar descrito en el capítulo dedicado a las fobias, ayudando a diferenciarlas las siguientes características: – Fobia escolar: Comienzo súbito; edad más frecuente ocho a doce años; igualdad entre varones y hembras; buena escolaridad previa, personalidad conformista y un hogar adecuado.

– Absentismo escolar: Comienzo insidioso; edad diez a quince años; predominio de varones (por el momento); deficiente escolaridad previa; personalidad rebelde y hogar muchas veces inadecuado.

Problemas con la sexualidad Por último voy a tratar unos asuntos especialmente espinosos para los padres y que casi nunca saben cómo manejarlos: los que se refieren a la esfera sexual.

Empezaré por la masturbación. Para su comprensión ha de tenerse en cuenta la inmadurez afectiva de la infancia y de la adolescencia y la angustia que por sí misma genera en los niños. No es propiamente una desviación de la conducta más que cuando se convierte en compulsiva y que por lo tanto debe tratarse como cualquier compulsión. Por lo tanto, excepto este caso que tiene que tratar un psiquiatra o un psicólogo, ni debe sobredimensionarse la masturbación, achacándole males físicos que no produce, ni banalizarlo absolutamente. Lo que no debe hacerse nunca es estimularla y menos aún desde instancias del Estado a través de los colegios.

Un pseudoproblema es el de las llamadas «desviaciones sexuales», como son el fetichismo, el voyeurismo, el exhibicionismo y el travestismo pues éstas forman parte del desarrollo psicosexual normal (Freud decía con cierto gracejo que el niño es un «reverso polimorfo») y suelen pasar sin más complicaciones, aunque sí son convenientes unas explicaciones de los padres para evitar que se conviertan en un hábito, señalando además los inconvenientes sociales de tales conductas.

Más frecuentes son las consultas sobre lo que la clasificación americana DSM-III-R llama «Trastornos de la identidad sexual en la niñez», es decir el niño al que le gustaría ser niña y la niña a la que le gustaría ser niño. Éstos no suelen expresarlo de una forma tan clara, pero los padres nos dicen que tienen un hijo que le gusta jugar con muñecas o que prefiere jugar con niñas o una hija a la que le gustan los juegos violentos, vestirse de chico y ser en general un poco «machota». En los casos que yo he visto de estos problemas, lo normal es que al cabo de los años sean unos chicos y chicas perfectamente normales en su desarrollo sexual, aunque tal vez los chicos son demasiado tranquilos y las chicas demasiado agresivas.

Mucha más importancia tiene el hecho de que niños y niñas rechacen sus atributos físicos sexuales, pues entonces sí se puede estar en camino de un transexualismo y exige una intervención terapéutica, psicoterápica y conductual intensa y duradera.

Los padres deben conocer, sin embargo, que hay una edad, entre los once y trece años poco más o menos, en la que el desarrollo sexual pasa por una fase, que pudiéramos llamar de «indeterminación», que termina en el momento en que la sexualidad se dirige definitivamente hacia el sexo opuesto y durante la cual hay que tener un exquisito cuidado para no fijar, haciéndola consciente, una orientación equivocada.

Francisco J. Mendiguchía, “El acoso sexual… a la infancia”

Hoy en día está muy de moda el término «acoso sexual» para referirse a las mujeres que sufren algún tipo de persecución sexual por parte de los hombres y, casi todos los días, aparecen en periódicos, revistas, radio o televisión, noticias sobre este tema y son frecuentes los debates, en estos dos últimos medios de comunicación, entre personas más o menos conocidas de la sociedad que discuten apasionadamente sobre el mismo.

Es curioso, sin embargo, que nadie mencione el otro acoso sexual, el que sufren los niños, no ya en el sentido que se da a este tipo de «relaciones» entre adultos, que también lo hay y de consecuencias mucho más graves, sino en el del bombardeo de incitaciones a la sexualidad que la infancia sufre a todas horas y desde todas partes, aun en los sitios o en los medios más inesperados. Y ello está cambiando vertiginosamente, no sólo el comportamiento sexual de nuestros niños y adolescentes, sino también el modelo de familia y de sociedad vigentes hasta este último cuarto de siglo.

Hace no mucho tiempo vimos y oímos, en un programa de televisión en el que intervenían padres e hijos, aunque separadamente en ciertos momentos, cómo dos niños, dos hermanos de diez y doce años, a la pregunta de la presentadora de ¿cuál creéis vosotros que fue el motivo de que vuestros padres se enamoraran y casaran?, respondieron, uno detrás del otro, la misma cosa: que lo más importante fueron los atributos anatómicos de la madre (naturalmente los niños se expresaron en realidad con otras palabras).

Hay que decir que parecía una familia media acomodada, que había dado a sus hijos una educación aparentemente esmerada, aunque ya podemos figurarnos de dónde habían sacado las respuestas los dos niños y qué cualidades femeninas iban, bueno, ya lo eran, a ser las apreciadas en un futuro no muy lejano.

Esta escena que acabo de relatar hubiera sido impensable no más lejos de hace veinte años, no digamos cuarenta o cincuenta. ¿Qué ha pasado para que suceda? Entre otras muchas cosas se ha producido lo que, en conjunto, se conoce con el nombre de «revolución sexual», que comenzó con las teorías freudianas sobre el sexo, que se desarrolló después de la primera guerra mundial y, sobre todo, de la segunda y que hoy se encuentra en pleno apogeo. Esta revolución ha coincidido en el tiempo y en el espacio (el mundo occidental) con otra, el llamado «movimiento de la liberación de la mujer», que incluye, dentro de otras muy justas reivindicaciones sociales, el de una libertad sexual semejante a la que gozaba el hombre y que comenzaría ya en la infancia.

Todo ello ha producido que familia, escuela y sociedad estén invadidas de sexo. Todo es válido, no hay inhibiciones, no debe haber prohibiciones y los individuos que intentan substraerse a esta intoxicación masiva empiezan a ser considerados como marginados.

Este problema de la «sexualidad sin fronteras» preocupa ya seriamente a una parte de la sociedad, aunque es más inquietante para los padres de chicas adolescentes, por las consecuencias que, a pesar de todo, pueden derivarse para ellas y sus familias, pues parece que en España andamos ya por los treinta mil embarazos de menores al año. Pero, aun sin consecuencias, los padres advierten que en las adolescentes, la fractura generacional, el «gap» de los angloparlantes, ha sido abismal.

No hace mucho tiempo, una señora, que se encontraba muy inquieta por la conducta desordenada que llevaba una hija suya de diecisiete años, me preguntaba: «Doctor, ¿usted cree que mi hija habrá tenido ya relaciones íntimas con alguno de los chicos con quien sale». Yo, que todavía no había visto a la chica tuve que contestarle: «Señora, el 70% de las chicas de la edad de su hija ya las tienen, pero con la conducta que usted me dice que ella lleva, las probabilidades suben al 100%.» Efectivamente, cuando hablé a solas con la chica, se confirmó plenamente el pronóstico.

Estas mismas estadísticas nos dicen que a los quince años, cerca del 20% de las adolescentes han tenido ya la primera experiencia sexual completa. Por cierto, que los defensores de la igualdad total entre el hombre y la mujer, pueden sentirse plenamente satisfechos en el aspecto que ahora tratamos, pues estas estadísticas revelan absoluta paridad entre chicos y chicas.

Todo esto nos lleva a considerar el problema de la precocidad en las relaciones sexuales y su trivialización. Un ginecólogo amigo mío, me contaba que un día se le presentó, en su consulta de la Seguridad Social, una chica de quince años con la petición de que le recetara unos anovulatorios, y al preguntarle mi amigo que para qué los quería, la respuesta fue: «Es que ya he cumplido los quince años y, en cualquier momento, tendré mi primera relación sexual, por lo que quiero estar prevenida.» El problema no está sólo en el aumento galopante de los embarazos de adolescentes, con sus secuelas de abortos o maternidades precoces, amén del crecimiento de las enfermedades de transmisión sexual, sino también en los efectos que, a la larga, acaban produciendo en la personalidad, y aun en la propia sexualidad, de estos jóvenes inmaduros, física, emocional y psicológicamente para comenzar tan pronto una vida sexual que acaba siendo promiscua y que conduce a una conducta desinhibida que no se limita a lo sexual sino que se difunde a todo el ser del joven. Son los chicos y chicas del «todo vale», en cualquier circunstancia de la vida y ante cualquier problema. Lo malo es que de adulto, sus respuestas seguirán siendo las mismas.

Veamos ahora algunas de las circunstancias que están contribuyendo poco a poco a estos cambios de la conducta sexual de niños y adolescentes.

Consideremos en primer lugar el ambiente en el que se desarrollan los primeros años del niño, es decir, la familia.

Condicionamientos familiares En el capítulo dedicado al complejo de Edipo, comentaba la costumbre adquirida por algunos, bastantes, matrimonios, de exhibirse desnudos, parcial o completamente, delante de sus hijos pequeños. Esta desnudez puede ser física, pero también puede ser psicológica cuando hablan delante de ellos de sus intimidades, aun de las sexuales, tal como veíamos en el caso de los dos niños del programa de la TV.

A este respecto de las costumbres parentales, recuerdo que el único caso visto por mí de aberración sexual a una edad tan temprana como los tres años, fue el de una niña de este tiempo, cuyos padres me decían muy extrañados: «Doctor, no sabemos por qué hará eso la niña, pues en nuestra casa somos muy liberales en esto del sexo y ella nos ha visto desnudos muchas veces, y hasta nos bañamos toda la familia juntos.» Les hice ver, con el mayor tacto que pude, dónde residía el problema y, al poco tiempo, dejó de imitar lo que había visto e imitado.

Sin salir del hogar, trataremos ahora de ese personaje, parlanchín, omnipresente y podríamos decir que casi omnipotente, al que se le ve y escucha más que a cualquier miembro de la familia, incluidos los padres. Como habrán adivinado los lectores me estoy refiriendo a la televisión, y aunque este problema se trata más ampliamente en otro capítulo, es curioso el hecho de que se hayan producido protestas múltiples por la gran cantidad de escenas violentas que aparecen en la pantalla, porque se supone, y con razón, que pueden incitar a la violencia a los niños y adolescentes que las contemplan y, sin embargo, son muy pocos los que se han atrevido a hablar, quizá para que no se les tache de retrógrados, del gran número de escenas de la más cruda sexualidad que los niños pueden ver en TV.

Para muchos niños de seis o siete años, ya no tienen secretos las relaciones sexuales completas, no ya entre marido y mujer, que también se ven, sino entre hombres y mujeres y aun entre adolescentes, por ahora de distinto sexo, que no tienen más lazo común que el de acabar de conocerse, pareciendo que la relación sexual constituye un rito casi obligado para acabar los encuentros entre dos o más personas.

Ni qué decir tiene que los niños que ven mucha televisión acaban considerando normal que cuando un esposo o una esposa hacen un viaje solos, o se van simplemente unas horas fuera de casa, aprovechan unas y otros para cometer adulterio con algún amigo o amiga, o ni siquiera eso, con un simple conocido accidentalmente.

Se pueden ver series, como una muy conocida, dado la hora de la emisión, en la que unas señoras, que no sólo podrían ser las madres sino también las abuelas de los niños que la pueden estar viendo, no hablan más que de sexo y de sus respectivos líos amorosos, como si esto fuera lo más normal del mundo a esas edades. En otra serie, una señora y su hija comparten los favores de un apuesto joven, con escenas que ni los más atrevidos «vaudevilles» franceses de hace algunos años, se hubieran atrevido a sacar a un escenario. Y como éstas, montones y montones de series televisivas que los niños se tragan sin pestañear con la aprobación y el consentimiento de los padres. Yo creo que no hay una sola serie de las «especiales» para adolescentes, que no sea una invitación pura y simple al sexo libre.

Todo lo dicho se refiere a unas horas del día que pudiéramos llamar normales, porque después, sobre todo en algunos canales especializados en desnudismo y pornografía, se emiten numerosas series y películas eróticas que, en teoría, los niños y adolescentes no deberían ver, pero que el uso, cada vez más extendido, de que los chicos y chicas tenga un aparato de TV en su habitación, hace que la seguridad de que no las van a ver desaparece por completo, y lo que ven en esas películas acabará por entrar en su concepto de «normalidad».

A esto añadiremos que en muchos anuncios, y se ha calculado que al año se pueden ver hasta quince mil, hay claras insinuaciones y referencias sexuales y, como colofón, una propaganda «sanitaria» comercial y aun estatal, que invita a los jóvenes a tener relaciones sexuales completas, aunque eso si, utilizando medios mecánicos para evitar problemas.

Dentro de esta sexualización del mundo infantil, hay que señalar también el cambio que están sufriendo sus lecturas, esos denominados cómics, escritos y dibujados expresamente para ellos, que están plagados de escenas de violencia, sadismo y una sexualidad mal encubierta y que los padres compran a sus hijos como si de los antiguos e inocentes tebeos se tratara.

Para terminar con los problemas que se pueden encontrar en el hogar, tenemos el de las líneas telefónicas o páginas de internet eróticas, que por la facilidad del servicio, hace que sean utilizados por los niños sin que sus padres se enteren.

El factor colegio y la educación sexual Pasemos ahora a ocuparnos de otro factor importante en el problema que nos preocupa, la escuela y, dentro de ella, de la coeducación y de la educación sexual.

La coeducación, en sí, no es mala, pues los niños y niñas juegan juntos fueran de las horas escolares y durante las vacaciones. ¿Por qué no han de estudiar juntos? Esto parece tan razonable que hasta muchas órdenes religiosas tienen colegios mixtos. El problema reside en la clase de colegios al que los padres mandan a sus hijos, porque en algunos de ellos, naturalmente en nombre del progreso y de la liberación sexual, se hacen acampadas y otras actividades parecidas donde niños y niñas duermen en el mismo dormitorio.

Por supuesto que la educación monosexual, es decir, con chico y chica en distintos colegios, sigue teniendo los mismos valores que tuvo siempre; muchas generaciones de hombres y mujeres hemos sido así educados y no parece que nos haya ido tan mal.

Sobre el tema de la educación sexual se han escrito toneladas de papel, se han pronunciado miles de conferencias y se han dado cientos de cursillos para padres y educadores y parece que se ha llegado a un consenso sobre su utilidad para evitar la falta de información o, valga la paradoja, una información deformada.

Que el niño y la niña estén enterados de cómo funciona el organismo y de cómo se produce desde un principio la maternidad, ayudará a evitar muchas fantasías sobre estos temas que, sobre todo en las niñas, pueden originar angustias y sobresaltos. Ahora bien, de ahí a enseñar a preadolescentes de diez y doce años las técnicas de acoplamiento sexual va un abismo. Y eso es lo que en determinados países y determinados colegios se enseña, produciendo, casi matemáticamente, una precocidad en las relaciones sexuales, porque es muy tentador pasar de la teoría a la práctica. Humorísticamente podríamos comparar esta información con las clases de cocina, en las que las alumnas acaban comiéndose sus propios trabajos culinarios.

El problema reside en que, en muchos sitios se confunde la educación sexual con la información sexual y, si me apuran, con la información genital. La verdadera educación es la «formación», tanto en esta materia como en otras. Por ello no puede abordarse lo propiamente sexual sin tratar los aspectos afectivos, emocionales y éticos de la relación mujer-hombre, para evitar que se acabe considerando las personas del otro sexo como un «objeto de placen» y no como un «sujeto», con toda la riqueza que cada chico o chica posee en sus cualidades personales.

En relación con estos temas, es muy revelador el que, en una reciente reunión de la Asociación Médica Británica, sonó la alarma general cuando se reveló que, en Inglaterra, se producían ya 117.000 embarazos anuales en chicas de quince a diecinueve años. La solución que preconizaron algunos médicos fue la de comenzar la educación sexual «obligatoria» a partir de los seis años «lo más tarde», es decir, que para hacer frente a las consecuencias de una excesiva libertad sexual, lo mejor era aprender sexo antes de los seis años. Sin embargo, la mayoría opinó que el remedio iba a agravar más la enfermedad, pues los embarazos juveniles no eran más que el signo de que el sistema familiar inglés estaba desintegrándose y que lo que había que hacer era combatir el mal, no los síntomas, llegándose a la conclusión final de que, «si se trata de construir, hay que hacerlo a partir de los fundamentos de la fidelidad y no de la promiscuidad protegida».

El quién y el cuándo de la educación sexual son los otros dos temas importantes de ésta. Es incuestionable que toda esta información debe ser suministrada cuando la madurez intelectiva del niño lo permita, pues las cosas a medio entender producen unas fantasías erróneas, aún más perjudiciales que la pura ignorancia.

En cuanto al quién, creo que, salvo casos muy concretos de confianza en el profesorado, la educación sexual debe ser, por lo menos, comenzada en el propio hogar y por los propios padres, aunque éstos tengan que vencer, primero, su propia ignorancia en algunos aspectos, pues no todos tienen por qué saber donde está la Trompa de Falopio y segundo, cierto pudor de hablar «de estas cosas» a los hijos. Mi consejo es que se lean alguno de los manuales de confianza que hay en el mercado.

Una cosa muy importante que los padres deben inculcar a sus hijos es que los conceptos de virilidad y feminidad se refieren, no sólo a lo estrictamente sexual, sino también a un conjunto de cualidades psicológicas que configuran los prototipos hombre-mujer y que se puede ser muy viril o muy femenina dentro de una castidad libremente asumida.

Los condicionamientos sociales El tercer factor que interviene, también muy activamente, en lo que he llamado «acoso sexual a la infancia», es la sociedad en su conjunto. Veamos cómo.

Hace casi veinte años vi a una chica de diecisiete, que trabajaba en unos grandes almacenes, y cuya familia la llevaba a la consulta porque se estaba volviendo bastante rara: no quería salir de casa, parecía muy deprimida y no quería decir lo que le pasaba. Cuando quedó a solas conmigo me confesó que si no salla apenas de casa, iba reduciendo sus amistades y se encontraba un poco triste, era porque se iba encontrando cada vez más aislada, al hacer gala sus compañeras de una libertad sexual que a ella no le gustaba y, ante esta situación, no sabía qué hacer.

Fue la primera vez que se me presentaba un caso semejante pero, a partir de entonces, lo he visto en bastantes ocasiones y son un exponente del aislamiento social al que se ven sometidos los adolescentes de ambos sexos que se resisten a las costumbres actuales en materia de sexualidad. Sin embargo me ha parecido notar, en los últimos dos o tres años, que el sexo libre ya no está tan bien visto como antes y que la castidad empieza a ser otra vez valorada positivamente, al menos en las chicas.

Y es que nuestros adolescentes han cambiado, en estos últimos veinte años, sus hábitos sociales y se comportan según los dictados de una cultura dominante que ha uniformado a media humanidad juvenil. Todos visten los mismos vaqueros, escuchan la misma música, beben Coca Cola y comen hamburguesas, tal como lo ven en las películas, aparece en las pantallas de TV o les inducen los anuncios de las multinacionales. Dentro de esta uniformidad está la conducta sexual que, según estos medios de comunicación de masas, es de absoluta libertad.

Si ya es difícil substraerse a esta presión del medio ambiente, el Estado lo ha puesto aún más, al divulgar desde un ministerio y mediante folletos que reparten gratuitamente a los escolares, las excelencias de la masturbación solitaria o en comandita y lo beneficioso que es para su «realización sexual».

Por todo ello conviene aclarar dos cosas. Si es falso que la masturbación produce graves enfermedades de la médula o debilita la mente, no lo es menos que la continencia sexual puede ser causa de neurosis, depresiones o aun enfermedades mentales. Si un chico o una chica no desea mantener relaciones sexuales, no ha de ser mirado como un bicho raro o aun insultado más o menos veladamente con adjetivos como el de «reprimido», pues la represión no es una imposición de la que hay que liberarse, sino que el control de los instintos puede ser algo voluntario y activo, control que, naturalmente, debe empezar y acabar en uno mismo, sin intentar imponérselo a los demás por la fuerza, así como que los demás tampoco deben imponer su descontrol al que no quiere descontrolarse.

A propósito: ¿se acuerda alguien que fue el propio Freud el que desarrolló la teoría de la sublimación de los instintos? En resumen, que hay que huir de las exageraciones. Ni prohibir decir la palabra «pierna» delante de una señora, como dicen que pasaba en la corte de la Reina Victoria de Inglaterra, ni declarar las relaciones sexuales de uso obligatorio en la adolescencia, bajo pena de ostracismo.