Francisco J. Mendiguchía, “Trastornos graves de la conducta”

Cuando yo era niño había en Madrid un colegio muy conocido llamado «Santa Rita», al que iban a parar los niños y adolescentes que se portaban mal o, simplemente que no querían estudiar y que debía ser muy riguroso por la fama que tenía. Al cabo de los años fue sustituido por otros que también tenían fama de duros y que servían para los mismos menesteres, no siendo infrecuente que yo viera en mi consulta a algún chico que ya había pasado por ellos por sus problemas importantes de conducta.

¿Hay niños psicópatas? ¿Qué quiere decir realmente esto de problemas de conducta? Pues nada más, pero también nada menos, que sus patrones de conducta no coinciden con los observados en los medios familiares y sociales en que viven.

A estos conductópatas que se desvían gravemente de lo que se puede considerar como normal, se les denominó «personalidades psicopáticas» o, más brevemente, «psicópatas», aunque hoy se tiende a disimular estos apelativos, por la mala fama que tenían y la hostilidad que despertaban, bajo el eufemismo apelativo de «distorsiones de la personalidad».

La verdad es que el término de personalidad psicopática lo heredó la Psiquiatría infantil de la Psiquiatría del adulto, heredando también su mala fama, su carácter constitucional y su mal pronóstico pues, «el que nacía psicópata se moría psicópata» eso sí, después de haber sido expulsado de varios colegios, enrolado en la Legión y haber visitado alguna cárcel.

A los psiquiatras infantiles nos costó mucho aceptar esta fatalidad etiológica y pronóstica, comenzando por dudar, al menos, de su origen constitucional. Pensamos que, por el contrario, algunos eran más bien formas de reacción frente a múltiples factores ambientales, es decir, «el psicópata no nace, se hace».

La experiencia nos dice que, aunque pueda haber algún factor constitucional y genético (parece ser, aunque la cosa no está muy clara, que la agresividad en el hombre va unida a tener un cromosoma Y de más en su fórmula genética), pues hay estudios en gemelos bastante demostrativos, en la mayoría de los casos el factor ambiental, sobre todo el familiar, es fundamental: hacinamiento, promiscuidad, alcoholismo de los padres, educación contradictoria o cruel, internamientos precoces a los dos-tres años, prostitución, etc., constituyen el caldo de cultivo en el que se van formando poco a poco las conductas antisociales, de tal forma, que si se comportaran decentemente casi sería un milagro.

Recuerdo a este respecto un caso muy desgraciado, en el que hubo tal conjunción de causas (madre prostituta, padre psicópata, abuelo alcohólico, abandono durante el primer año de vida en una cueva la mayor parte del día, ambiente familiar posterior desastroso), que el resultado no pudo ser más que una personalidad absolutamente psicopática que hizo fracasar todos los tratamientos que se le hicieron, para acabar quitándose la vida a los veinte años.

El problema está en que, aunque la causa no sea genética sino ambiental, este tipo de conducta aprendida puede llegar a calar tan hondo en la personalidad infantil que acaba estructurándose de una forma patológica. Por ello a estos niños se les llama también «caracterópatas».

¿Cuál es el núcleo que configura esta anomalía del carácter, congénita o adquirida? Son cuatro las principales características de la personalidad psicopática: 1) Incapacidad para amar o frialdad afectiva, que les hace inmunes a cualquier tipo de relación amorosa.

2) Ausencia del sentimiento de culpa. Nunca son ellos los culpables y de ahí se deriva la incapacidad para el arrepentimiento y una máxima dificultad para la corrección.

3) Ausencia de ansiedad. Sufre muy poco cuando le van mal las cosas, además de ser audaz y decidido.

4) Resolución de las situaciones conflictivas mediante el «paso al acto». En otras palabras, que sus problemas y tensiones los traducen en acciones, generalmente agresivas, sin que el pensamiento llegue casi nunca a jugar ningún papel.

Al llegar a este punto no puedo por menos de dedicar un recuerdo a un psiquiatra inglés llamado Prittchard que, nada menos que en 1835, describió el cuadro de la «moral insanity», del que decía que los que lo padecían «no podían conducirse con decencia y propiedad en los asuntos de la vida». Hoy estamos más cerca de este concepto que del de la Psiquiatría francesa de principios de este siglo que hablaba de «degenerados».

Afortunadamente, en muchos casos la personalidad del niño no llega a distorsionarse del todo, no se desarrollan completamente las características antedichas. Con un adecuado golpe de timón educativo, un cambio de ambiente, una psicoterapia individual o de grupo o una terapia conductual puede modificarse la conducta, cosa que antes se consideraba casi imposible.

Antes de proseguir con la descripción de los tipos más frecuentes de conducta disocial de estos niños y adolescentes, quiero hacer una reflexión sobre el modo de enfrentarse a este tipo de trastornos. Así como otros pacientes psiquiátricos, sobre todo niños, despiertan enseguida nuestros buenos sentimientos y nuestra compasión, éstos, casi indefectiblemente, producen un rechazo en padres («ya no sé qué hacer con él»), en educadores («es un caso perdido») y hasta en psicólogos y psiquiatras, que por nuestra formación deberíamos estar inmunes a este sentimiento, pues el nihilismo terapéutico, el «no se puede hacer nada», no es más que una forma encubierta de rechazo.

Sin embargo, todo el que trata con niños debe darles mucho cariño y comprensión y más a éstos, de los que no hay que esperar correspondencia en la mayoría de las veces, sobre todo al principio, y por lo tanto no hay que sentirse frustrado ni desanimado por esta carencia de «transferencia afectiva».

Agresividad y crueldad Una de las formas más frecuentes de mostrarse estas alteraciones del carácter y de la conducta es la del aumento de la agresividad. Sobre la agresividad humana se han escrito montones de libros y se han suscitado múltiples discusiones entre los teóricos de la misma. Como muestra de las cosas que han llegado a decirse y escribirse, copio de un trabajo aparecido en una revista de Psiquiatría Infantil: «Comienza la nidación del huevo en la pared uterina que se convierte en el campo de batalla… El sistema de nutrición del embrión es canibalístico y vampírico… desde la fecundación el embrión sufre la agresividad de la madre… cuando el niño nace ya lo sabe todo acerca de la agresividad… la actitud bestial más o menos consciente de la madre por su hijo… pone en evidencia una agresividad materna salvaje.» Es decir que la guerra entre la madre y el hijo, producto de la agresividad de ambos ¡comienza en la fecundación! Volviendo a la realidad, diré que los hijos hiperagresivos tienen fuertes crisis de ira y furor a la menor contrariedad; no pueden controlar sus impulsos destructores, y no se les puede llevar la contraria porque saltan a la menor oposición. Estas situaciones se producen lo mismo en el hogar que en el colegio o en el parque donde juegan con otros niños. Pronto llegan las quejas de los demás padres, el niño empieza a encontrarse solo porque los demás compañeros no quieren jugar con él y busca refugio en algún otro que es parecido a él, comenzando así, muy temprano, la formación de un grupo disocial, un «nosotros» muy reducido y enfrentado con los que no son como ellos.

Pronto viene la expulsión de un colegio, luego de otro, el niño se va haciendo cada vez más asocial y agresivo y acaba visitando algún «Santa Rita» de la actualidad.

La destructividad es otra de las características de estos niños y jóvenes, pero no con la destructividad de los niños hiperactivos, que rompen las cosas sin querer; aquí la destrucción es deliberada e intencionada, quieren hacer daño y por eso rompen el juguete apreciado de un compañero o de un hermano, el bolígrafo que recientemente le han regalado al que se sienta a su lado en clase, el objeto preferido de la madre o la bicicleta de un primo que le ha invitado a jugar con él.

Unida a la agresividad y a la destructividad va casi siempre la crueldad. Estos niños y adolescentes son crueles con compañeros a los que vejan, insultan, pegan, en ocasiones hieren con punzones o navajas, y con animales a los que llegan a matar, no sólo con gran sangre fría, sino con verdadero sadismo.

Un caso muy demostrativo a este respecto es el del niño al que vi hace algún tiempo que, con nueve años, después de dieciséis meses de haber sido reñido por su abuela por una fechoría de las que acostumbraba a hacer, volvió a casa de ésta, que vivía sola y tenía como única compañía la de un canario y, en un descuido, sacó el pájaro de la jaula y le retorció el cuello hasta matarle, contándomelo a los pocos días con absoluta frialdad.

Las estadísticas de todos los países muestran cómo las conductas agresivas infanto-juveniles crecen de un modo alarmante, aunque el problema no es sólo de cantidad de violencia sino de la precocidad y gravedad de la misma. ¿Cómo es que, no ya el joven, sino el niño, es capaz de cometer atracos y aun asesinar fríamente a un maestro que le ha puesto malas notas o se ha permitido reñirle? Dos ejemplos solamente: En Inglaterra dos niños de once y doce años secuestran y matan a otro de tres y en EE.UU. dos niños también de once y doce años matan a su amigo Poole de trece a balazos.

No es de extrañar que ya en 1975 un psiquiatra norteamericano se dijera angustiado «parece como si nuestra sociedad hubiera desarrollado una nueva cepa genética, el niño asesino». Evidentemente no es ésa la razón, el problema es educacional y social, y mientras sigamos sembrando permisividad y carencia de autoridad familiar, escolar y social, por un lado y marginación por el otro, las estadísticas seguirán subiendo.

Un tema especial es el de la violencia sexual. Hasta ahora, los niños y los adolescentes, con más frecuencia las niñas y las adolescentes, habían jugado siempre el papel de víctimas y cada día lo juegan más: raptos, violaciones, abusos sexuales, asesinatos son noticia casi habitual en los medios de comunicación (cuando escribo estas líneas, se acaba de descubrir un espantoso triple asesinato con violación y sadismo de tres adolescentes de catorce y quince años), pero es que también ha sido noticia hace poco tiempo que un niño de catorce años, en un pueblo de España, había asesinado, después de un intento de violación, a una compañera de colegio de diez años.

Alcoholismo juvenil Una de las circunstancias que aumentan la frecuencia de actos asociales ligados a la violencia, es el agrupamiento, en forma de bandas o pandillas que poseen una moral antisocial de grupo, con sus leyes no escritas, sus compromisos, su disciplina propia (y ¡ay! del que se atreva a conculcarla) y hasta su vestimenta especial.

Estas bandas suelen formarse a partir de los trece a catorce años y suelen ser más frecuentes en los varones (antes las chicas sólo se agrupaban para la delincuencia sexual o el robo de tiendas), pero en los últimos años va siendo cada vez más frecuente que las adolescentes formen parte de las bandas, con los mismos derechos y deberes que los chicos. Suelen estar jerarquizadas con uno o varios jefes y tienen sus particulares ritos de iniciación y lenguaje críptico convenido.

Por último, comentaré dos problemas que antes se trataban en este capítulo de las personalidades psicopáticas pero que ahora, y desgraciadamente, ya se salen de él, porque forman parte de una problemática general juvenil: el alcohol y las drogas.

Cuando comencé a escribir esta parte del capítulo, dediqué bastante tiempo en consultar estadísticas acerca del consumo de alcohol por niños y adolescentes, en España y fuera de España, y lo primero que salta a la vista es la progresiva ascensión de este consumo a estas edades pues «cada vez hay más bebedores, que beben más y que comienzan antes».

¿Dónde nos encontramos ahora? Pienso que no hace falta acudir a las estadísticas; no hay más que tener abiertos los ojos y salir de noche, sobre todo los viernes, para ver a centenares de adolescentes, y aun preadolescentes, de ambos sexos consumiendo alcohol, solo o con estimulantes, en esa subcultura de la «litrona» , hasta bien entrada la madrugada, hora en que vuelven a sus casas con un mayor o menor grado de intoxicación etílica, si es que vuelven, porque si están demasiado mal se quedan a dormir en casa de un amigo o una amiga.

La primera pregunta que se hace uno al ver estos hechos es: ¿Es que no hay aquí leyes que prohiban la venta de alcohol a menores como en todos los países civilizados del mundo? La respuesta es que sí, que las hay, pero que nadie cumple ni nadie las hace cumplir. Por eso es puro fariseísmo el que las autoridades sanitarias se quejen del consumo de alcohol en nuestro país, a estas edades o en el adulto. (Se calcula que el 12 a 15% de las alcoholemias de nuestro país se han consolidado ya en la infancia.) La segunda pregunta es: ¿Dónde están los padres de todos estos chicos y chicas que permiten que esto suceda? Ya sé que hay muchos que dicen que no pueden prohibírselo porque todos lo hacen y que si se lo prohiben da igual, lo hacen de todas maneras. Es que la autoridad paterna hay que ganársela día a día durante muchos años, no intentar imponerla cuando ya se ha perdido.

La tercera pregunta es la siguiente: ¿Y la escuela, no puede hacer nada? Pues claro que puede, impartiendo cursos de Educación Sanitaria en los que el tema del alcoholismo y sus peligros fuera ampliamente desarrollado por profesionales que conozcan bien este problema.

De todas maneras si quieren algunas cifras les diré que, en España, la media de edad del primer contacto del niño con el alcohol es de ocho a diez años y que, a los quince, un siete a ocho por ciento beben ya más de medio litro de vino al día. Como nota un poco más optimista tengo que decir que, salvo rarísimas excepciones, no se conocen a estas edades casos declarados de alcoholdependencia. Sin embargo, y como nota pesimista, también tengo que exponer un grave hecho: la conjunción sexo-alcohol produce embarazos en adolescentes, que siguen bebiendo durante el mismo y el final es el nacimiento de un hijo con un síndrome llamado feto-alcohol con anormalidades físicas y mentales.

El problema de las drogas Pero si el alcohol es uno de los más graves problemas, el más grave es, sin duda, el consumo de drogas. Ni los niños se libran, al apostarse los vendedores de las mismas a las puertas de los colegios donde, en un principio, la regalan para iniciar así a futuros clientes. Tampoco se libra ninguna clase social, habiéndose llegado a formar un mundo de contracultura que abarca a toda la sociedad juvenil.

El comienzo, «la iniciación», se produce en el 90% de los casos con las llamadas drogas blandas (concepto erróneo; no hay drogas blandas ni duras, todas producen efectos patológicos y unas llevan a otras): marihuana, grifa, hachís, etcétera, en conjunto el llamado vulgarmente chocolate y que no son más que derivados del cáñamo indio. Cuando se pregunta a los adolescentes cómo y por qué empezaron su consumo, más del 50% dice que por curiosidad, otros que por deseo de aventuras y algunos hasta por amistad. Mención especial merece la respuesta «para evadirme de mis problemas» porque, cuando se profundiza, se aprecia que no hay tales problemas; de lo que se evaden es de su propio vacío existencial producido por la pérdida de los valores éticos, morales y religiosos de la sociedad actual, la juvenil también.

Muchos, afortunadamente, no pasan de esta primera fase; pero para otros es el comienzo de un largo camino de anfetaminas, alucinógenos, cocaína o heroína (el consumo de ésta ha disminuido en los últimos años por miedo al Síndrome de Inmunodeficiencia adquirida, SIDA) que son ingeridos, fumados, esnifados o inyectados y que conducen al adolescente a la destrucción, la marginación y en último término a la muerte, previa desintegración de su propia familia, si es que ésta no lo abandona antes a su suerte.

Los jóvenes siempre creen en un principio que podrán dejar la droga cuando quieran pero, poco a poco, van quedando presos en el infernal carrusel de: satisfacción > carencia > búsqueda de droga > satisfacción > dependencia > dosis cada vez mayores > delincuencia para poder comprar la droga, del que ya no podrán salir jamás por sus propios medios.

Como en el alcoholismo, la conjunción droga-embarazo de adolescente es frecuente y el final es también un hijo que, ya desde el nacimiento, presenta los síntomas de abstinencia que presentan los drogadictos cuando se suprime bruscamente el suministro de droga.

Hay que hacer una especial llamada de atención sobre el uso por parte de preadolescentes, y aun niños de ocho a diez años, de pegamentos utilizados para la construcción de maquetas de aviones, coches, etc. y cuya aspiración tiene en un primer momento un efecto estimulante (euforia, alegría, excitación) para pasar más tarde a producir una ligera ataxia, lenguaje farfullante y, si la aspiración dura más de cuarenta minutos, estupor e inconsciencia. El uso continuado de pegamento puede llevar a un estado de depresión y agresividad que necesita más pegamento para que se le pase, es decir también produce dependencia, habiéndose descrito casos de muchachos que necesitaban aspirar el contenido de hasta cinco tubos.

Los padres han de estar muy atentos a los cambios de carácter de los hijos, a su progresivo estancamiento en los estudios, a la desaparición de dinero que no se sabe dónde ha ido a parar, a estados de depresión alternando con otros de euforia y, en general, a un cambio de conducta total, para poder detectar así una posible drogadicción que comienza.

El tratamiento ha de ser siempre en asociaciones y clínicas especializadas. Solos no lo lograrán nunca y los padres han de saber muy bien que, así corno los alcohólicos son sinceros, casi siempre, cuando dicen que quieren dejar el alcohol, el «enganchado» en la droga miente siempre cuando dice que está dispuesto a dejarlo sin ayuda de nadie.

El punto de inflexión en todos estos trastornos graves de la conducta que hasta aquí hemos descrito, es el paso de la predelincuencia a la delincuencia franca, es decir, cuando el niño o adolescente comete el primer delito y ha pasado de lo que aún es permitido por la ley, a lo que está penalizado por la misma, pues realmente el concepto de delincuencia juvenil es más sociológico que médico y más jurídico que sociológico.

No quiero terminar este capítulo sin señalar que el pronóstico de los trastornos de conducta, lo mismo que en el capítulo anterior, depende en gran manera de la estructura familiar; cuanto peor es ésta, peor es el pronóstico.

Francisco J. Mendiguchía, “El pobre niño rico”

Hace ya más de cincuenta años, se estrenó en nuestro país una película que se titulaba “La pobre niña rica” y que estaba protagonizada por una célebre pequeña actriz llamada Shirley Temple. Siempre me pareció un título bastante pretencioso, manifiestamente injusto y aun algo demagógico, pues, ¿cómo compadecer a un niño que es rico? Lo lógico es que hay que tener mucha más compasión por uno que es pobre y, por lo tanto, carece de muchas cosas que el rico posee.

Sin embargo, y precisamente en el país donde viven más niños ricos por kilómetro cuadrado, en los Estados Unidos de América, un ilustre pediatra, el Dr. Ralph E. Minear, profesor de la Universidad de Harvard, ha acuñado un original término para designar un nuevo síndrome descubierto por él, la «ricopatía», es decir, la riqueza como factor patológico, que puede dañar el desarrollo de la personalidad y aun la salud física de los niños.

Posiblemente sea algo exagerado el término, pero lo que sí es cierto, es que podríamos hablar de «síndrome del niño rico», como algo que se presenta, no ya en Norteamérica, sino en nuestra propia sociedad consumista actual, con el agravante de que lo presentan, no sólo familias que pudiéramos llamar ricas, sino que se ha extendido a otras capas sociales más deprimidas, cultural y económicamente.

Veamos en qué consiste este nuevo síndrome. Lo he visto más de una vez en mi ejercicio profesional bajo la forma de una carencia de eso que podríamos llamar voluntad y que, en estos casos, no es más que una carencia de motivaciones. Los síntomas consisten en ausencia de ilusiones, estado de ánimo deprimido con apatía, desgana y tristeza, síntomas psicosomáticos del tipo de cefaleas, vómitos, diarreas, etcétera, o trastornos de la conducta con enfrentamientos con los padres, que creen ingenuamente tener comprado el amor y la obediencia de sus hijos, dándoles todo lo que piden, y aun lo que no piden.

Cuando investigaba estos casos a fondo, veía que lo único que les pasaba era que tenían un exceso de todo, ya no apetecían nada, estaban de vuelta de todo y hastiados de casi todo, en una palabra, se habían convertido en unos escépticos prematuros que más parecían viejos que niños.

Los juguetes infantiles Y ¿qué cosas son éstas que pueden tener en demasía? Empecemos por lo más infantil: los juguetes. Hace poco se ha inaugurado cerca de Madrid la tienda de juguetes «mayor del mundo», y efectivamente lo debe ser, pues en sus grandes estanterías se acumulan miles y miles de ellos perfectamente clasificados por sexos y edades, desde el bebé hasta el adolescente, de precios bastante elevados en general, y de complejo manejo la mayoría; lo curioso es que en el lugar donde resido, que no llega a los tres mil habitantes, también se ha inaugurado ¡otra juguetería! Estos dos hechos nos indican que la tendencia al consumo de juguetes es cada vez más alta y su fabricación y comercialización mueve grandes cantidades de dinero.

Yo, como buen abuelo, también fui a comprar los correspondientes regalos a mis nietos en las últimas fiestas y pude darme cuenta que, en los grandes almacenes sobre todo, la gente sacaba sus carritos repletos de juguetes. Se ha producido una verdadera rivalidad entre las familias, para ver cuál de ellas los compra más y mejores a sus hijos, pues ello es índice de buen nivel de vida y de prestigio social: «Nuestro hijo tiene tantos o más, y mejores, juguetes que el vuestro».

Y los niños, ¿qué piensan de todo ello? Naturalmente están encantados y casi no tienen tiempo de jugar con tantos. Sin embargo, a poco de comprada, la mitad de toda su juguetería está ya rota, generalmente por lo deleznable del material con que está hecha. Una cuarta parte no es utilizable porque han perdido la mitad de las piezas de los complicados aparatos en que se han convertido los juguetes y sólo juegan con la otra cuarta parte que, ¡vaya casualidad!, son casi los mismos con los que nosotros jugábamos hace sesenta años: pelotas, muñecas, coches, cocinas y construcciones En lo que realmente hemos avanzado en este capítulo, es en los conocidos con el nombre de «juguetes educativos», que estimulan el desarrollo sensorial e ideativo del niño. Sin embargo no hay que perder de vista que el juguete en sí, sin más adjetivos, para lo primero que tiene que servir es para divertir al niño, al mismo tiempo que estimula su imaginación y hacerle entrar en ese mundo maravilloso, fantástico e irrepetible de los juegos infantiles, y para esto sirven lo mismo los juguetes caros que los baratos. El niño es tan «general» encima de un precioso caballo de peluche, que subido en el bastón del abuelo, o por lo menos así era antes.

Hoy en día, y debido a esa gran cantidad de juguetes que tienen, los niños han empezado a despreciar enseguida los viejos, exigiendo uno nuevo al que no le falte nada; ya no le sirve el “pars pro toto” (la parte equivale al todo) de la vieja psicología del juego infantil y ahora, si a una muñeca le falta un dedo hay que tirarla. Antes, cuanto más vieja y rota estaba, más la quería la niña. Hoy un coche sin una rueda ya no es un coche. En pocas palabras, el niño se está haciendo tan materialista como el mundo en que vive, se va convirtiendo en un redomado consumista y se sentirá desgraciado y frustrado si no tiene más y mejores cosas que los demás.

¿Y los juguetes bélicos? ¿Deben prohibirse porque fomentan la agresividad infantil y son los responsables de la violencia de los adultos y de las guerras que éstos desencadenan? La verdad es que el niño tiene siempre una dosis de agresividad y más vale que haga su catarsis simulando batallas con soldados de plástico, que a pedradas, que sí que hacen heridos de verdad y, por ello, siempre ha jugado con juguetes bélicos, los etruscos con espadas y escudos de madera y los de ahora con vehículos intergalácticos.

En el fondo, la sociedad entera está asustada por la violencia que está desarrollando la infancia y la adolescencia y buscan un chivo expiatorio en los juguetes bélicos, para no admitir que es ella la verdadera culpable por su educación absolutamente permisiva, la visión diaria en la televisión de escenas de la más cruda violencia y la violencia real de agresiones, atentados y guerras de verdad que los adultos promueven.

A los hombres, lo que hay que decirles es: dejen ustedes de fabricar aviones, cañones y tanques, y los niños no podrán imitarlos en sus juegos, no hagan guerras y no jugarán a ellas.

Pero no son sólo juguetes lo que se puede dar al niño o adolescente en demasía, sino que son otras muchas cosas, tales como ropa (un adolescente, como cualquier dama elegante, necesita estrenar con frecuencia pantalones, camisas o zapatos de determinadas marcas, para no parecer menos que los demás), relojes y bolígrafos caros (que pierden indefectiblemente al poco tiempo), costosos equipos de deporte y tantas y tantas otras cosas que los anuncios, sobre todo los televisivos, les meten por los ojos y la voluntad.

Consecuencias en los hijos y en los padres Una pregunta inquietante que los padres deben hacerse, es si todo este dar demasiadas cosas a los hijos, no es porque es más fácil y más cómodo que dedicarles más atención y un poco más de tiempo para educarlos que, desde luego, es más incómodo.

Porque esta comodidad acabará volviéndose contra ellos, ya que el niño, acostumbrado a muchas y caras cosas, les pedirá cada vez más, en cantidad y calidad, llegando un día en que no podrán satisfacer sus deseos, y entonces los hijos se volverán contra ellos, culpándoles de haberles acostumbrado mal.

Quizá uno de los aspectos más negativos de este exceso de cosas que los hijos tienen, juguetes, ropa, golosinas, etc., es la distorsión que esto produce en su sentido ético de la justicia distributiva y el desarrollo de una filosofía en la que predomina la idea de que, en este mundo, lo ideal es tener siempre más y mejor de lo que tienen los demás.

En el futuro, el único objetivo de estos niños será este «más y mejor» y por ello carecerán del concepto moral de que no se debe tener siempre de todo en demasía, aunque se pueda, mientras haya otros que no tienen de nada o muy poco, es decir, se habrán convertido en unos seres básicamente egoístas e insolidarios.

Otro mal que se hace al niño, es acostumbrarle a recibir todo sin esfuerzo por su parte, y casi siempre sin merecerlo, por lo que, cuando se le empieza a exigir trabajo y sacrificios, como sucede muy tempranamente en la vida, se encuentran completamente en desventaja frente a los que saben, porque así se lo han enseñado, que lo que se desea, algo cuesta.

Numerosos fracasos escolares no tienen más base que esta imposibilidad para el esfuerzo del estudio. ¡Cuántas veces he oído a niños y jóvenes «es que no me gusta estudiar»! Y cuando les hago ver que es muy raro que a algún niño le guste estudiar, pero que lo hacen porque tienen que hacerlo aunque les cueste, acaban reconociendo que a ellos no le han acostumbrado a esforzarse por nada, porque siempre han tenido de todo, sin necesidad de mover un dedo.

Si miramos el problema desde otro punto de vista, el de los padres, no es infrecuente que éstos, que han proporcionado a sus hijos todo lo mejor, juguetes, vestidos, bicicletas, motos, colegios, estancias en el extranjero para aprender idiomas o para esquiar, acaben considerando a los hijos como una inversión. Lo mismo que si hubieran puesto su dinero en unas acciones o en unos bonos del Tesoro, y tienen que producir enseguida dividendos, devolviendo a los padres el capital que éstos han gastado.

Esto les lleva a exigir a los hijos que sean los primeros en todo, los más sobresalientes en clase, los mejores deportistas, los de más éxito social, en concreto que sean superiores a los demás, ¡ah! y además que les adoren porque han sido tan buenos con ellos.

Pero como todo esto sucede menos veces de lo que ellos creen, pues con su comportamiento están contribuyendo a que pase lo contrario, la frustración que esto les produce les lleva a considerar a sus hijos como unos monstruos desagradecidos indignos de que ellos se sigan «sacrificando». La frase: «Doctor, hemos procurado que siempre tenga lo mejor y mire cómo nos lo paga», la hemos oído muchas veces y cuesta mucho convencer a los padres de lo equivocado de su proceder y de que ellos son realmente los responsable de la conducta de sus hijos.

Otro problema importante es que los niños que tienen mucho de todo pierden la ilusión por las cosas y ya no esperan emocionados las fiestas propias para recibir regalo como su santo o cumpleaños, o las Navidades, por ejemplo y entonces tienden a buscar emociones nuevas. A esto se debe, en parte, que los niños se dediquen a robar cosas, aunque sean bolígrafos, que realmente no les sirven para nada. El caso es sentir la emoción de que les puedan coger y hasta organizan verdaderos campeonatos en los colegios para ver quién, o qué grupo, es capaz de robar más cosas o de más valor.

En relación con esto, pero ya en adolescentes, se está produciendo lo que los sociólogos conocen con el nombre de «áreas de delincuencia» o «zonas de conflictividad», pero no en zonas suburbiales o de marginación social, sino en núcleos habitados por familias de clase media o alta, en las que. el aburrimiento y el afán de experimentar nuevas sensaciones, genera la comisión de actos predelictivos o francamente delictivos, como rotura de farolas, consumo de drogas blandas, robos, agresiones o asaltos sexuales.

Francisco J. Mendiguchía, “Los comportamientos inadecuados”

En un capítulo precedente hablaba de los niños que parecen malos pero que no lo son, pero ¿es que hay realmente «niños malos»? En este otro capítulo voy a tratar de ciertos niños a los que los padres muchas veces adjudican este adjetivo, ciertamente peyorativo de «malos» porque, según dicen, cometen maldades como las de mentir, robar cosas en el colegio y otros problemas por el estilo, que tienen todos en común romper los esquemas y las normas establecidas de convivencia familiar y social.

Es por ello que han recibido apelativos como los de «asociales», «niños problema» o «niños difíciles», que indican por sí mismos la hostilidad y apatía que despiertan aunque yo prefiera llamar a estos casos «trastornos menores de conducta» porque, salvo raras excepciones, son perfectamente tratables. A lo que me niego es a denominarles, como hacía el viejo profesor Michaux «enfants perverses» y que hasta escribió un libro con este título, “El niño perverso” cuando, en bastantes casos, se trata de «niños pervertidos» por un ambiente malsano.

Los niños que roban Uno de los síntomas más frecuentes de esta «conductopatía» son los hurtos y robos. Constituyen quizá el motivo que más vemos los paidopsiquiatras en nuestras consultas. Para valorar debidamente este tipo de hechos hay que tener siempre muy en cuenta el factor edad pues, para considerarlos negativamente, el niño ha de tener ya un concepto real de lo que es la propiedad, y esto no se produce hasta los seis o siete años.

Antes de esta edad los niños se apoderan de golosinas, lápices, juguetes o cuentos sin tener la sensación de estar haciendo algo indebido. Por eso lo olvidan pronto o lo devuelven, porque la apropiación sólo tenía carácter temporal. También ha de tenerse en cuenta el valor de lo hurtado pues quitar bolígrafos, gomas de borrar, pastillas de chicle y cosas por el estilo, no debe tener, aun después de los siete años, la consideración de robo. Es más serio cuando lo que se sustrae es dinero, por muy pequeña que sea la cantidad o cuando los objetos son ya más valiosos, como relojes o balones.

La sustracción de dinero empieza siempre por el de los padres, sigue con el de los compañeros de clase y puede acabar con el de cualquier persona que tenga cerca. Sólo en medios familiares «muy especiales» se producen en estas edades robos a personas desconocidas.

Muchas veces, después de apoderarse de dinero, «el ladrón» lo reparte entre sus amigos o compra cosas que también reparte, constituyendo esto lo que se denomina «robo generoso» que, en muchas ocasiones, no tiene más objetivo que comprarse amigos cuando por alguna razón se siente rechazado o, sin serlo, es demasiado tímido para tenerlos de otra manera.

Como mecanismos inconscientes en la comisión de hurtos infantiles se citan: la llamada de atención; son niños que se sienten abandonados, con razón o sin ella, por padres o maestros. También el sentimiento mágico de que, al apoderarse de algo de otro, adquieren parte de su potencia y valor.

Para la valoración de este tipo de conductas y su importancia real a efectos de ponerlas en tratamiento psicológico, hay que considerar, no sólo la magnitud de lo sustraído sino también la reincidencia, pues es ésta precisamente la que da el carácter de antisocial al hurto infantil.

Más importantes son los robos en pandilla que generalmente se cometen en grandes almacenes, y que suelen tomar la forma de campeonatos para ver quién o qué grupo roba más objetos y de más valor. Lo más atrayente de esta conducta, ya predelictiva, es la emoción (miedo) de ser descubiertos y después castigados. Hay que valorar cuidadosamente este tipo de actividad que une el robo a la emoción del miedo de ser descubiertos, porque esta conjunción es precisamente el núcleo de la cleptomanía del adulto, aunque niños cleptómanos puede ser que los haya, pero yo no he visto ninguno.

Un tipo de robos más frecuentes a esta edad son los «robos por venganza», es decir los que cometen algunos chicos que quitan algo a algún compañero del que no pueden vengarse de otra manera. Más refinamiento supone cometer un hurto, por ejemplo, en el colegio, y achacárselo, a veces hasta con misivas anónimas a los profesores, al compañero de quien quieren vengarse (de éstos si que he tenido por lo menos un par de casos).

En los adolescentes, los robos tienen ya otro significado y se cometen la mayoría de las veces para obtener alguna utilidad, desde dinero hasta motocicletas o automóviles, aunque en ocasiones no sean más que robos de «autoafirmación», para probarse a sí mismos o a los demás, que ya es un hombre. Por otra parte las bandas juveniles pueden cometer robos perfectamente planeados y ejecutados como los de los adultos.

Fugas y vagabundeos Veamos ahora otro problema. Hay programas en TV en los que aparecen personas que buscan a quienes faltan del hogar. Muy frecuentemente se trata de padres que preguntan angustiados desde la pequeña pantalla: «Hijo, ¿por qué no vuelves a casa?, ¿qué te hicimos?, ¿por qué te fuiste?». Generalmente se trata de chicos y chicas de más de doce o trece años que se han marchado de casa sin ninguna explicación. Nos encontramos ante unos casos que se denominan en términos psiquiátricos «fugas y vagabundeo».

Las fugas pueden darse en niños más pequeños, pero éstas suelen terminar mejor. El niño vuelve a casa a las pocas horas, cuando empieza a sentir miedo o hambre, aunque puede haber otros más decididos que son capaces de coger un autobús o un tren y marcharse a otra ciudad de donde son generalmente devueltos al hogar por la policía. Estas fugas aisladas y cortas no suelen tener importancia, pero si son largas, y más aún, si son repetidas, habrá que estudiar en profundidad al niño y a la familia, porque algo está pasando en sus relaciones.

En el niño que se fuga pueden darse motivos que se aprecian fácilmente como son: haber tenido malas notas y no querer enfrentarse con los padres; haber tenido un castigo y marcharse de casa para hacer sufrir a los padres mientras le encuentran; o simplemente huyen porque su casa es un infierno donde los padres discuten o se pegan.

Otras veces lo hace únicamente para llamar la atención, por creer que nadie le hace caso o no le entienden, por mero mimetismo, porque lo ha visto en la TV y quiere probar en qué consiste y, en ocasiones, no sabe realmente por qué se ha fugado, es un acto compulsivo que, la mayoría de las veces, no representa más que una huida de sí mismo para reducir su tensión interna producida por algún conflicto del que ni siquiera es consciente.

El vagabundeo es ya más propio de adolescentes. Dura mucho tiempo y, en general, acaba convirtiéndose en un hábito que hace que el muchacho llegue a pasar más tiempo fuera de casa que en el hogar, cayendo así fácilmente en el mundo de la delincuencia y de la droga. Un tipo especial de vagabundeo es el solitario, propio de personalidades introvertidas, soñadoras, con malas relaciones sociales y de gran frialdad afectiva, que se conoce con el nombre de «ambulomanía autista».

Los pirómanos Otro tipo de trastorno de conducta es el de los niños provocadores de incendios que no siempre son pirómanos. Si repasamos las posibles causas de incendios infantiles nos encontramos con varios tipos de ellos: – El fuego es producido por un descuido o un desconocimiento de su capacidad para provocarlo. – El fuego es producido por juego, generalmente en grupo, que después ha escapado a su control. – Los incendios provocados conscientemente (niños o jóvenes incendiarios). – La verdadera piromanía en la que el fuego es debido a una fuerte compulsión imposible de vencer.

Lo cierto es que el fuego tiene un cierto atractivo. ¿Quién no se ha sentado delante de una chimenea contemplando durante mucho tiempo las caprichosas formas de las llamas y sus continuos cambios? Pero al mismo tiempo no hay nada que produzca más pánico que un incendio. Además el fuego es el símbolo del hogar y de la unión familiar, por lo que siempre ha estado cargado de una fuerte carga emotiva.

Las motivaciones de los incendios en niños y jóvenes cambian con el transcurso de la edad: Los niños menores de seis a siete años suelen provocar incendios por curiosidad o por el simple atractivo del fuego. A muchos niños les encanta encender cerillas y jugar con encendedores.

Los niños de ocho a doce años tienen ya otras motivaciones, como las de provocar fuegos con el único fin de llamar la atención o la venganza en situaciones de hostilidad familiar. Algunas veces desencadenan el incendio únicamente para poder comportarse después como héroes en las tareas de apagarlo.

Los adolescentes pueden hacerlo por el simple placer de la destructividad. Los verdaderos pirómanos pueden aparecer ya a esta edad, pero su número es realmente escaso.

Las mentiras infantiles Otro signo de que algo va mal en la conducta del niño es la tendencia a decir mentiras, sobre todo si éstas acaban convirtiéndose en un hábito hasta poder decir de él que «miente más que habla».

¿Por qué mienten los niños? En primer lugar hay que decir que por debajo de los tres años los niños no mienten, aunque digan cosas que no sean verdad, pues para ellos lo son y con ello les basta. Más tarde comienza un tipo de pensamiento llamado «mágico» en el que predomina lo subjetivo sobre lo objetivo, y en el que la realidad y la fantasía no tienen unas fronteras bien delimitadas, por lo que los padres no deben considerar sus fantasías como mentiras. De los cinco a los seis años, ya no cuentan sus fantasías, las siguen teniendo, pero ya saben distinguir bien éstas de la realidad.

Un buen día, a un niño ya de siete o más años le ponen una mala nota en el colegio y cuando llega a casa dice que ha perdido el cuaderno de notas. Aquí sí tenemos ya una verdadera mentira, quizá la primera de su vida. O tal vez la primera fue cuando, al romper un objeto de valor dijo que no había sido él sino su hermano más pequeño. La vida ofrece al niño de esta edad múltiples ocasiones para este tipo de actuaciones que, en conjunto, reciben el nombre de «mentiras de defensa». A veces no es su propia defensa sino la de otro, como cuando un profesor pregunta en clase: ¿quién ha sido?, y obtiene por respuesta un silencio sepulcral o, al revés, se acusan todos para que no haya ningún culpable, el ¡Todos a una! de Fuenteovejuna.

Otras veces resulta que el niño bravuconea de cosas que no ha hecho «para quedar bien», utilizando el ya comentado mecanismo de compensación. O, por el contrario utiliza el de proyección, acusando a otros de cosas como que le tienen rabia, cuando, en el fondo, es él quien tiene rabia a los demás.

Estas mentiras aisladas no tienen importancia y algunas como hemos visto son hasta meritorias, como las de no «chivarse» al profesor. Lo malo es cuando comienza ya a mentir por sistema, negando hasta las cosas más evidentes, convirtiéndose así en un desvergonzado «mentiroso», que puede llegar con el tiempo a «fabulador» y, cuando pierde el control de sus propias fabulaciones, en un «mitómano» que acaba por perder el sentido de la realidad.

Estos niños y adolescentes mitómanos pueden llegar a convertirse en una verdadera pesadilla para los jueces que intervienen en los casos de denuncias por malos tratos o abusos sexuales. Pueden producir graves perjuicios a los acusados que se enfrentan con la «inocencia» de los acusadores.

Los que hacen novillos o pellas Otra queja muy frecuente de los padres sobre la conducta de sus hijos es la de su «absentismo escolar». Este concepto se refiere a que los hijos dejan de asistir a clase cada vez con más frecuencia y se dedican a pasear, jugar, hacer pequeñas fechorías por el barrio o perder el tiempo y el dinero, primero el suyo, después el que roban en casa o a los compañeros, en los salones de juegos electrónicos. Este tipo de comportamiento puede ser cometido en solitario, pero lo más frecuente es que lo sea en forma de pandillismo, las famosas «malas compañías», que no son en realidad más que grupos de chicos con las mismas inclinaciones, en el noventa por ciento de los casos.

No deben confundirse estos casos con los de fobia escolar descrito en el capítulo dedicado a las fobias, ayudando a diferenciarlas las siguientes características: – Fobia escolar: Comienzo súbito; edad más frecuente ocho a doce años; igualdad entre varones y hembras; buena escolaridad previa, personalidad conformista y un hogar adecuado.

– Absentismo escolar: Comienzo insidioso; edad diez a quince años; predominio de varones (por el momento); deficiente escolaridad previa; personalidad rebelde y hogar muchas veces inadecuado.

Problemas con la sexualidad Por último voy a tratar unos asuntos especialmente espinosos para los padres y que casi nunca saben cómo manejarlos: los que se refieren a la esfera sexual.

Empezaré por la masturbación. Para su comprensión ha de tenerse en cuenta la inmadurez afectiva de la infancia y de la adolescencia y la angustia que por sí misma genera en los niños. No es propiamente una desviación de la conducta más que cuando se convierte en compulsiva y que por lo tanto debe tratarse como cualquier compulsión. Por lo tanto, excepto este caso que tiene que tratar un psiquiatra o un psicólogo, ni debe sobredimensionarse la masturbación, achacándole males físicos que no produce, ni banalizarlo absolutamente. Lo que no debe hacerse nunca es estimularla y menos aún desde instancias del Estado a través de los colegios.

Un pseudoproblema es el de las llamadas «desviaciones sexuales», como son el fetichismo, el voyeurismo, el exhibicionismo y el travestismo pues éstas forman parte del desarrollo psicosexual normal (Freud decía con cierto gracejo que el niño es un «reverso polimorfo») y suelen pasar sin más complicaciones, aunque sí son convenientes unas explicaciones de los padres para evitar que se conviertan en un hábito, señalando además los inconvenientes sociales de tales conductas.

Más frecuentes son las consultas sobre lo que la clasificación americana DSM-III-R llama «Trastornos de la identidad sexual en la niñez», es decir el niño al que le gustaría ser niña y la niña a la que le gustaría ser niño. Éstos no suelen expresarlo de una forma tan clara, pero los padres nos dicen que tienen un hijo que le gusta jugar con muñecas o que prefiere jugar con niñas o una hija a la que le gustan los juegos violentos, vestirse de chico y ser en general un poco «machota». En los casos que yo he visto de estos problemas, lo normal es que al cabo de los años sean unos chicos y chicas perfectamente normales en su desarrollo sexual, aunque tal vez los chicos son demasiado tranquilos y las chicas demasiado agresivas.

Mucha más importancia tiene el hecho de que niños y niñas rechacen sus atributos físicos sexuales, pues entonces sí se puede estar en camino de un transexualismo y exige una intervención terapéutica, psicoterápica y conductual intensa y duradera.

Los padres deben conocer, sin embargo, que hay una edad, entre los once y trece años poco más o menos, en la que el desarrollo sexual pasa por una fase, que pudiéramos llamar de «indeterminación», que termina en el momento en que la sexualidad se dirige definitivamente hacia el sexo opuesto y durante la cual hay que tener un exquisito cuidado para no fijar, haciéndola consciente, una orientación equivocada.

Francisco J. Mendiguchía, “El acoso sexual… a la infancia”

Hoy en día está muy de moda el término «acoso sexual» para referirse a las mujeres que sufren algún tipo de persecución sexual por parte de los hombres y, casi todos los días, aparecen en periódicos, revistas, radio o televisión, noticias sobre este tema y son frecuentes los debates, en estos dos últimos medios de comunicación, entre personas más o menos conocidas de la sociedad que discuten apasionadamente sobre el mismo.

Es curioso, sin embargo, que nadie mencione el otro acoso sexual, el que sufren los niños, no ya en el sentido que se da a este tipo de «relaciones» entre adultos, que también lo hay y de consecuencias mucho más graves, sino en el del bombardeo de incitaciones a la sexualidad que la infancia sufre a todas horas y desde todas partes, aun en los sitios o en los medios más inesperados. Y ello está cambiando vertiginosamente, no sólo el comportamiento sexual de nuestros niños y adolescentes, sino también el modelo de familia y de sociedad vigentes hasta este último cuarto de siglo.

Hace no mucho tiempo vimos y oímos, en un programa de televisión en el que intervenían padres e hijos, aunque separadamente en ciertos momentos, cómo dos niños, dos hermanos de diez y doce años, a la pregunta de la presentadora de ¿cuál creéis vosotros que fue el motivo de que vuestros padres se enamoraran y casaran?, respondieron, uno detrás del otro, la misma cosa: que lo más importante fueron los atributos anatómicos de la madre (naturalmente los niños se expresaron en realidad con otras palabras).

Hay que decir que parecía una familia media acomodada, que había dado a sus hijos una educación aparentemente esmerada, aunque ya podemos figurarnos de dónde habían sacado las respuestas los dos niños y qué cualidades femeninas iban, bueno, ya lo eran, a ser las apreciadas en un futuro no muy lejano.

Esta escena que acabo de relatar hubiera sido impensable no más lejos de hace veinte años, no digamos cuarenta o cincuenta. ¿Qué ha pasado para que suceda? Entre otras muchas cosas se ha producido lo que, en conjunto, se conoce con el nombre de «revolución sexual», que comenzó con las teorías freudianas sobre el sexo, que se desarrolló después de la primera guerra mundial y, sobre todo, de la segunda y que hoy se encuentra en pleno apogeo. Esta revolución ha coincidido en el tiempo y en el espacio (el mundo occidental) con otra, el llamado «movimiento de la liberación de la mujer», que incluye, dentro de otras muy justas reivindicaciones sociales, el de una libertad sexual semejante a la que gozaba el hombre y que comenzaría ya en la infancia.

Todo ello ha producido que familia, escuela y sociedad estén invadidas de sexo. Todo es válido, no hay inhibiciones, no debe haber prohibiciones y los individuos que intentan substraerse a esta intoxicación masiva empiezan a ser considerados como marginados.

Este problema de la «sexualidad sin fronteras» preocupa ya seriamente a una parte de la sociedad, aunque es más inquietante para los padres de chicas adolescentes, por las consecuencias que, a pesar de todo, pueden derivarse para ellas y sus familias, pues parece que en España andamos ya por los treinta mil embarazos de menores al año. Pero, aun sin consecuencias, los padres advierten que en las adolescentes, la fractura generacional, el «gap» de los angloparlantes, ha sido abismal.

No hace mucho tiempo, una señora, que se encontraba muy inquieta por la conducta desordenada que llevaba una hija suya de diecisiete años, me preguntaba: «Doctor, ¿usted cree que mi hija habrá tenido ya relaciones íntimas con alguno de los chicos con quien sale». Yo, que todavía no había visto a la chica tuve que contestarle: «Señora, el 70% de las chicas de la edad de su hija ya las tienen, pero con la conducta que usted me dice que ella lleva, las probabilidades suben al 100%.» Efectivamente, cuando hablé a solas con la chica, se confirmó plenamente el pronóstico.

Estas mismas estadísticas nos dicen que a los quince años, cerca del 20% de las adolescentes han tenido ya la primera experiencia sexual completa. Por cierto, que los defensores de la igualdad total entre el hombre y la mujer, pueden sentirse plenamente satisfechos en el aspecto que ahora tratamos, pues estas estadísticas revelan absoluta paridad entre chicos y chicas.

Todo esto nos lleva a considerar el problema de la precocidad en las relaciones sexuales y su trivialización. Un ginecólogo amigo mío, me contaba que un día se le presentó, en su consulta de la Seguridad Social, una chica de quince años con la petición de que le recetara unos anovulatorios, y al preguntarle mi amigo que para qué los quería, la respuesta fue: «Es que ya he cumplido los quince años y, en cualquier momento, tendré mi primera relación sexual, por lo que quiero estar prevenida.» El problema no está sólo en el aumento galopante de los embarazos de adolescentes, con sus secuelas de abortos o maternidades precoces, amén del crecimiento de las enfermedades de transmisión sexual, sino también en los efectos que, a la larga, acaban produciendo en la personalidad, y aun en la propia sexualidad, de estos jóvenes inmaduros, física, emocional y psicológicamente para comenzar tan pronto una vida sexual que acaba siendo promiscua y que conduce a una conducta desinhibida que no se limita a lo sexual sino que se difunde a todo el ser del joven. Son los chicos y chicas del «todo vale», en cualquier circunstancia de la vida y ante cualquier problema. Lo malo es que de adulto, sus respuestas seguirán siendo las mismas.

Veamos ahora algunas de las circunstancias que están contribuyendo poco a poco a estos cambios de la conducta sexual de niños y adolescentes.

Consideremos en primer lugar el ambiente en el que se desarrollan los primeros años del niño, es decir, la familia.

Condicionamientos familiares En el capítulo dedicado al complejo de Edipo, comentaba la costumbre adquirida por algunos, bastantes, matrimonios, de exhibirse desnudos, parcial o completamente, delante de sus hijos pequeños. Esta desnudez puede ser física, pero también puede ser psicológica cuando hablan delante de ellos de sus intimidades, aun de las sexuales, tal como veíamos en el caso de los dos niños del programa de la TV.

A este respecto de las costumbres parentales, recuerdo que el único caso visto por mí de aberración sexual a una edad tan temprana como los tres años, fue el de una niña de este tiempo, cuyos padres me decían muy extrañados: «Doctor, no sabemos por qué hará eso la niña, pues en nuestra casa somos muy liberales en esto del sexo y ella nos ha visto desnudos muchas veces, y hasta nos bañamos toda la familia juntos.» Les hice ver, con el mayor tacto que pude, dónde residía el problema y, al poco tiempo, dejó de imitar lo que había visto e imitado.

Sin salir del hogar, trataremos ahora de ese personaje, parlanchín, omnipresente y podríamos decir que casi omnipotente, al que se le ve y escucha más que a cualquier miembro de la familia, incluidos los padres. Como habrán adivinado los lectores me estoy refiriendo a la televisión, y aunque este problema se trata más ampliamente en otro capítulo, es curioso el hecho de que se hayan producido protestas múltiples por la gran cantidad de escenas violentas que aparecen en la pantalla, porque se supone, y con razón, que pueden incitar a la violencia a los niños y adolescentes que las contemplan y, sin embargo, son muy pocos los que se han atrevido a hablar, quizá para que no se les tache de retrógrados, del gran número de escenas de la más cruda sexualidad que los niños pueden ver en TV.

Para muchos niños de seis o siete años, ya no tienen secretos las relaciones sexuales completas, no ya entre marido y mujer, que también se ven, sino entre hombres y mujeres y aun entre adolescentes, por ahora de distinto sexo, que no tienen más lazo común que el de acabar de conocerse, pareciendo que la relación sexual constituye un rito casi obligado para acabar los encuentros entre dos o más personas.

Ni qué decir tiene que los niños que ven mucha televisión acaban considerando normal que cuando un esposo o una esposa hacen un viaje solos, o se van simplemente unas horas fuera de casa, aprovechan unas y otros para cometer adulterio con algún amigo o amiga, o ni siquiera eso, con un simple conocido accidentalmente.

Se pueden ver series, como una muy conocida, dado la hora de la emisión, en la que unas señoras, que no sólo podrían ser las madres sino también las abuelas de los niños que la pueden estar viendo, no hablan más que de sexo y de sus respectivos líos amorosos, como si esto fuera lo más normal del mundo a esas edades. En otra serie, una señora y su hija comparten los favores de un apuesto joven, con escenas que ni los más atrevidos «vaudevilles» franceses de hace algunos años, se hubieran atrevido a sacar a un escenario. Y como éstas, montones y montones de series televisivas que los niños se tragan sin pestañear con la aprobación y el consentimiento de los padres. Yo creo que no hay una sola serie de las «especiales» para adolescentes, que no sea una invitación pura y simple al sexo libre.

Todo lo dicho se refiere a unas horas del día que pudiéramos llamar normales, porque después, sobre todo en algunos canales especializados en desnudismo y pornografía, se emiten numerosas series y películas eróticas que, en teoría, los niños y adolescentes no deberían ver, pero que el uso, cada vez más extendido, de que los chicos y chicas tenga un aparato de TV en su habitación, hace que la seguridad de que no las van a ver desaparece por completo, y lo que ven en esas películas acabará por entrar en su concepto de «normalidad».

A esto añadiremos que en muchos anuncios, y se ha calculado que al año se pueden ver hasta quince mil, hay claras insinuaciones y referencias sexuales y, como colofón, una propaganda «sanitaria» comercial y aun estatal, que invita a los jóvenes a tener relaciones sexuales completas, aunque eso si, utilizando medios mecánicos para evitar problemas.

Dentro de esta sexualización del mundo infantil, hay que señalar también el cambio que están sufriendo sus lecturas, esos denominados cómics, escritos y dibujados expresamente para ellos, que están plagados de escenas de violencia, sadismo y una sexualidad mal encubierta y que los padres compran a sus hijos como si de los antiguos e inocentes tebeos se tratara.

Para terminar con los problemas que se pueden encontrar en el hogar, tenemos el de las líneas telefónicas o páginas de internet eróticas, que por la facilidad del servicio, hace que sean utilizados por los niños sin que sus padres se enteren.

El factor colegio y la educación sexual Pasemos ahora a ocuparnos de otro factor importante en el problema que nos preocupa, la escuela y, dentro de ella, de la coeducación y de la educación sexual.

La coeducación, en sí, no es mala, pues los niños y niñas juegan juntos fueran de las horas escolares y durante las vacaciones. ¿Por qué no han de estudiar juntos? Esto parece tan razonable que hasta muchas órdenes religiosas tienen colegios mixtos. El problema reside en la clase de colegios al que los padres mandan a sus hijos, porque en algunos de ellos, naturalmente en nombre del progreso y de la liberación sexual, se hacen acampadas y otras actividades parecidas donde niños y niñas duermen en el mismo dormitorio.

Por supuesto que la educación monosexual, es decir, con chico y chica en distintos colegios, sigue teniendo los mismos valores que tuvo siempre; muchas generaciones de hombres y mujeres hemos sido así educados y no parece que nos haya ido tan mal.

Sobre el tema de la educación sexual se han escrito toneladas de papel, se han pronunciado miles de conferencias y se han dado cientos de cursillos para padres y educadores y parece que se ha llegado a un consenso sobre su utilidad para evitar la falta de información o, valga la paradoja, una información deformada.

Que el niño y la niña estén enterados de cómo funciona el organismo y de cómo se produce desde un principio la maternidad, ayudará a evitar muchas fantasías sobre estos temas que, sobre todo en las niñas, pueden originar angustias y sobresaltos. Ahora bien, de ahí a enseñar a preadolescentes de diez y doce años las técnicas de acoplamiento sexual va un abismo. Y eso es lo que en determinados países y determinados colegios se enseña, produciendo, casi matemáticamente, una precocidad en las relaciones sexuales, porque es muy tentador pasar de la teoría a la práctica. Humorísticamente podríamos comparar esta información con las clases de cocina, en las que las alumnas acaban comiéndose sus propios trabajos culinarios.

El problema reside en que, en muchos sitios se confunde la educación sexual con la información sexual y, si me apuran, con la información genital. La verdadera educación es la «formación», tanto en esta materia como en otras. Por ello no puede abordarse lo propiamente sexual sin tratar los aspectos afectivos, emocionales y éticos de la relación mujer-hombre, para evitar que se acabe considerando las personas del otro sexo como un «objeto de placen» y no como un «sujeto», con toda la riqueza que cada chico o chica posee en sus cualidades personales.

En relación con estos temas, es muy revelador el que, en una reciente reunión de la Asociación Médica Británica, sonó la alarma general cuando se reveló que, en Inglaterra, se producían ya 117.000 embarazos anuales en chicas de quince a diecinueve años. La solución que preconizaron algunos médicos fue la de comenzar la educación sexual «obligatoria» a partir de los seis años «lo más tarde», es decir, que para hacer frente a las consecuencias de una excesiva libertad sexual, lo mejor era aprender sexo antes de los seis años. Sin embargo, la mayoría opinó que el remedio iba a agravar más la enfermedad, pues los embarazos juveniles no eran más que el signo de que el sistema familiar inglés estaba desintegrándose y que lo que había que hacer era combatir el mal, no los síntomas, llegándose a la conclusión final de que, «si se trata de construir, hay que hacerlo a partir de los fundamentos de la fidelidad y no de la promiscuidad protegida».

El quién y el cuándo de la educación sexual son los otros dos temas importantes de ésta. Es incuestionable que toda esta información debe ser suministrada cuando la madurez intelectiva del niño lo permita, pues las cosas a medio entender producen unas fantasías erróneas, aún más perjudiciales que la pura ignorancia.

En cuanto al quién, creo que, salvo casos muy concretos de confianza en el profesorado, la educación sexual debe ser, por lo menos, comenzada en el propio hogar y por los propios padres, aunque éstos tengan que vencer, primero, su propia ignorancia en algunos aspectos, pues no todos tienen por qué saber donde está la Trompa de Falopio y segundo, cierto pudor de hablar «de estas cosas» a los hijos. Mi consejo es que se lean alguno de los manuales de confianza que hay en el mercado.

Una cosa muy importante que los padres deben inculcar a sus hijos es que los conceptos de virilidad y feminidad se refieren, no sólo a lo estrictamente sexual, sino también a un conjunto de cualidades psicológicas que configuran los prototipos hombre-mujer y que se puede ser muy viril o muy femenina dentro de una castidad libremente asumida.

Los condicionamientos sociales El tercer factor que interviene, también muy activamente, en lo que he llamado «acoso sexual a la infancia», es la sociedad en su conjunto. Veamos cómo.

Hace casi veinte años vi a una chica de diecisiete, que trabajaba en unos grandes almacenes, y cuya familia la llevaba a la consulta porque se estaba volviendo bastante rara: no quería salir de casa, parecía muy deprimida y no quería decir lo que le pasaba. Cuando quedó a solas conmigo me confesó que si no salla apenas de casa, iba reduciendo sus amistades y se encontraba un poco triste, era porque se iba encontrando cada vez más aislada, al hacer gala sus compañeras de una libertad sexual que a ella no le gustaba y, ante esta situación, no sabía qué hacer.

Fue la primera vez que se me presentaba un caso semejante pero, a partir de entonces, lo he visto en bastantes ocasiones y son un exponente del aislamiento social al que se ven sometidos los adolescentes de ambos sexos que se resisten a las costumbres actuales en materia de sexualidad. Sin embargo me ha parecido notar, en los últimos dos o tres años, que el sexo libre ya no está tan bien visto como antes y que la castidad empieza a ser otra vez valorada positivamente, al menos en las chicas.

Y es que nuestros adolescentes han cambiado, en estos últimos veinte años, sus hábitos sociales y se comportan según los dictados de una cultura dominante que ha uniformado a media humanidad juvenil. Todos visten los mismos vaqueros, escuchan la misma música, beben Coca Cola y comen hamburguesas, tal como lo ven en las películas, aparece en las pantallas de TV o les inducen los anuncios de las multinacionales. Dentro de esta uniformidad está la conducta sexual que, según estos medios de comunicación de masas, es de absoluta libertad.

Si ya es difícil substraerse a esta presión del medio ambiente, el Estado lo ha puesto aún más, al divulgar desde un ministerio y mediante folletos que reparten gratuitamente a los escolares, las excelencias de la masturbación solitaria o en comandita y lo beneficioso que es para su «realización sexual».

Por todo ello conviene aclarar dos cosas. Si es falso que la masturbación produce graves enfermedades de la médula o debilita la mente, no lo es menos que la continencia sexual puede ser causa de neurosis, depresiones o aun enfermedades mentales. Si un chico o una chica no desea mantener relaciones sexuales, no ha de ser mirado como un bicho raro o aun insultado más o menos veladamente con adjetivos como el de «reprimido», pues la represión no es una imposición de la que hay que liberarse, sino que el control de los instintos puede ser algo voluntario y activo, control que, naturalmente, debe empezar y acabar en uno mismo, sin intentar imponérselo a los demás por la fuerza, así como que los demás tampoco deben imponer su descontrol al que no quiere descontrolarse.

A propósito: ¿se acuerda alguien que fue el propio Freud el que desarrolló la teoría de la sublimación de los instintos? En resumen, que hay que huir de las exageraciones. Ni prohibir decir la palabra «pierna» delante de una señora, como dicen que pasaba en la corte de la Reina Victoria de Inglaterra, ni declarar las relaciones sexuales de uso obligatorio en la adolescencia, bajo pena de ostracismo.

Francisco J. Mendiguchía, “Los niños pueden ser menos alegres de lo que creemos”

Las depresiones infantiles Nada menos que en 1845 un psiquiatra alemán llamado Griesinger escribía: «También las formas melancólicas, con todas sus variedades, se presentan, aunque con más rareza, en la edad infantil.» La verdad es que debió hacérsele poco caso porque, hasta hace unos veinticinco o treinta años, las depresiones infantiles eran poco tenidas en cuenta; porque ¿cómo va a estar melancólico un niño si su edad es la de la alegría? Si acaso se admitía que podían tener alguna tristeza, pero sólo por poco tiempo, dada la volubilidad emocional de la infancia.

Sin embargo, la concienciación de que el niño puede tener depresiones saltó donde menos se esperaba: del primer año de la vida. En 1946, un psicoanalista americano llamado Spitz, publicó unos datos obtenidos en un orfanato y en una institución penitenciaria para muchachas delincuentes con hijos. Presentó un cuadro depresivo puramente infantil, sin parecido alguno con las depresiones del adulto, que llamó «depresión anaclítica», que aparece antes de los doce meses. Estaba provocada por la separación de la madre, durante un tiempo de tres a seis meses, produciéndose en el niño una apatía tal que podía llevarle hasta la muerte por un verdadero marasmo.

Es muy curioso que, mucho antes de describirse este síndrome de la depresión anaclítica, las Hermanas de la Caridad que cuidaban de los niños ingresados en la Inclusa de Madrid, ya lo conocían y le daban el nombre de «entrar en pena» y sabían también su infausto pronóstico.

El problema puede pasarse si se le proporcionan al niño cuidados maternales, bien por su verdadera madre o por una madre sustituta. A este respecto, recuerdo que en el libro en el que yo estudié Pediatría en 1944, y para entonces ya era un poco anticuado, el pediatra alemán Ibrahin comentaba, sin darle más importancia a la cosa, que cuando un niño pequeñito se les iba de las manos y no sabían cómo mejorarle, se lo entregaban a una vieja enfermera que, sólo con acunarle, darle el alimento y tenerle en brazos durante horas, lograba salvar a algunos.

Poco tiempo después otro, americano (Bowly), describía un cuadro parecido, pero más benigno; aparecía sólo en niños de más de dos años, en los que también se apreciaba apatía, inhibición, indiferencia y tristeza, conformando un tipo de personalidad sui generis y que también se debía a la carencia de cuidados maternos.

Por otro lado se conocían bastante bien los estados depresivos de los adolescentes pero, de los cinco a los doce años eran considerados como una rareza. Sólo, y casi por puro mimetismo de lo que sucede en los adultos, se describían «personalidades infantiles depresivas»: eran niños retraídos, hipersensibles, tristones, pesimistas y que rumiaban durante días cualquier desgracia que les hubiera acaecido.

Sin embargo, y poco a poco, fueron describiéndose estados depresivos en niños de estas edades hasta que, hace veinte años, se celebró en Estocolmo un congreso que tenía como tema preferente «Las depresiones infantiles». A partir de entonces, las aportaciones de casos y los estudios del síndrome fueron haciéndose cada vez más frecuentes, hasta tal punto que en la revista de nuestra Sociedad Española de Psiquiatría Infanto-Juvenil, es el tema del que más artículos se han publicado en estos últimos años.

Con lo expuesto queda claro que, aunque no lo conocemos todo acerca de este tema, sí sabemos más que hace tres décadas. Una de las cosas de las que nos vamos enterando es su frecuencia y, aunque hay estadísticas para todos los gustos, parece ser que la mayoría de los autores dan cifras entre el dos y el cinco por ciento de la población general infantil, lo cual constituye una cifra bastante alta.

En cuanto a los síntomas, éstos se refieren a: estados de ánimo deprimidos (tristeza, aburrimiento); dificultades en la comunicación (aislamiento, silencios); baja autoestima (se creen peores de lo que son y más malos que los demás); sentimientos de culpabilidad; fracaso escolar en chicos que antes iban bien en los estudios; trastornos del sueño (insomnio, pesadillas) y, sobre todo en los más pequeños, dolores de cabeza, problemas digestivos y otros síntomas de la serie psicosomática.

Una cosa que puede sorprender es que en algunos niños, de seis a diez años preferentemente, la depresión toma la forma de inquietud, irritabilidad, reacciones agresivas y trastornos de conducta como fugas y robos. Esto hace que sean más difíciles de diagnosticar al no entrar en el estereotipo de «pobre niño triste y acobardado» que se supone que es el del niño depresivo. De todas maneras, en un caso u otro, los niños se sienten siempre rechazados y poco queridos.

Por qué se deprimen los niños ¿Cuáles son los motivos por los que un niño puede deprimirse? Veamos algunos casos ilustrativos: Se trata de una niña que a los nueve años, y sin ningún motivo aparente, empezó con una conducta extraña que persiste todavía a los catorce. No quiere salir de casa, se aísla en una habitación, no quiere jugar, casi no habla, está muy apagada y dice que no sabe lo que le pasa y que tiene pena. Bajo rendimiento escolar desde entonces. Esto decía la historia cuando fue vista por primera vez, estuvo en tratamiento con antidepresivos y psicoterapia durante dos años, mejoró y a los veinticuatro todavía seguía bastante bien. Había antecedentes de depresiones en la familia y nunca se pudo determinar el origen de la suya, parece como «si hubiera brotado de dentro». ¿Es una forma de las que llamamos endógenas? El tiempo nos lo aclarará, pues si es así, lo más seguro es que vuelva a tener más episodios depresivos.

El segundo caso es el de un niño de diez años que tiene un padre alcohólico y problemas familiares graves, pues hay frecuentes escenas de violencia entre el padre y la madre. Cuando se le vio llevaba unos meses en los que se encontraba triste, tenía frecuentes crisis de agitación con llanto, había bajado mucho en sus notas escolares y había empezado a orinarse por la noche en la cama, cosa que no hacía desde los cuatro años. Al cabo de dos años la situación familiar mejoró al dejar el padre el alcohol. El niño adelantó en su rendimiento escolar, su enuresis pasó y su carácter cambió haciéndose un niño sociable y alegre. «No parece el mismo», decían los padres. A los veinte años era un estudiante de Derecho sin ningún problema. Es un caso de «trastorno adaptativo con estado de ánimo deprimido», que cesó cuando cesaron las causas.

El tercero es el de una adolescente de catorce años que, desde que murió, hacía ya un año, un hermano algo mayor que ella, estaba muy triste y desanimada, no quería salir con los amigos y no hacía más que hablar de su hermano muerto. Hizo psicoterapia durante un año y, a los veinticuatro era una chica normal, aunque quizá no demasiado alegre y algo tímida. Aquí nos encontramos con la elaboración de una situación de duelo por la muerte de un ser querido, ha pasado la crisis, pero parece que ha dejado una huella en su personalidad, pues antes del suceso era una niña muy alegre.

Podríamos seguir poniendo mil ejemplos de por qué los niños y adolescentes se pueden deprimir, como tener malas notas en el colegio o como una niña que vi con ocho años, que tuvo una fase depresiva porque su maestra la había acusado injustamente de un robo. En los adolescentes pueden verse ya depresiones por desengaños amorosos que son especialmente peligrosas porque, dada la inestabilidad emocional típica de esta edad, pueden conducir a intentos de suicidio con facilidad.

Para el diagnóstico de las depresiones infantiles se han desarrollado una serie de inventarios (éstos están muy de moda en la Psiquiatría Infantil) que los niños, los padres, los maestros y aun los propios compañeros tienen que rellenar. De sus respuestas se deduce, no sólo si tienen depresión o no, sino de «cuánta» depresión tienen. Estos inventarios se suelen utilizar en forma grupal (colegios, núcleos de población) y tienen este tipo de cuestiones: — «Tengo ganas de llorar.» – «Creo que no vale la pena vivir.» – «Me siento muy solo.» El niño deberá responder: «siempre», «a veces», «ninguna». O son los padres los que tienen que elegir entre: – «Es un niño optimista.» – «A veces expresa temores respecto de cosas futuras.» – «Siempre está temiendo que sucedan cosas terribles.» Los psiquiatras y los psicólogos también tenemos nuestros inventarios, pero en este caso se llaman «entrevistas semiestructuradas» y nos sirven para conocer el estado de ánimo o el humor del niño a través de su comunicación, tanto verbal como no verbal.

Las depresiones infantiles y juveniles deben ser tratadas siempre por un especialista. Tal vez haya que hacer pruebas biológicas como el test de la dexametasona, y la mayoría necesitan tratamiento farmacológico con antidepresivos, aunque deban acompañarse siempre de psicoterapia y aun de terapias conductuales. A pesar de ello, las verdaderas depresiones dejan secuelas, más o menos importantes, en más de la mitad de los casos.

¿Puede haber niños maníacos? La mayoría de los lectores saben que, en el adulto, existe un trastorno contrario al depresivo que se conoce con el nombre de «exaltación maníaca» o «manía» (no en el sentido vulgar de rareza). ¿Puede aparecer también en los niños? Realmente son raras, pero es que a su escasa frecuencia se une la dificultad de detectarlas porque el estado de ánimo alegre, la labilidad emocional, la hiperactividad y la logorrea (hablar demasiado) es el estado normal de la mayoría de los niños.

Sin embargo hay algún caso que se denomina «manía fantástica infantil», que por cierto fue muy bien descrita por un paidopsiquiatra holandés, el profesor van Krevelen, gran amigo de todos los que en España nos dedicábamos a esta especialidad hace algunos años.

El cuadro se manifiesta con una hiperactividad progresiva que llega a la agitación psíquica; su lenguaje se hace logorreico y coprolálico (palabrotero que diría mí nieta); su sueño va haciéndose cada vez más corto y su ideación más rápida, cosa que al principio le gusta, hasta que advierte que no puede controlar su mente, apareciendo ideas de grandeza, que naturalmente son infantiles, y que se pueden acompañar de alucinaciones visuales.

Tal es el caso de un niño de doce años, violento e irritable, de difícil convivencia por su continua agitación y verborrea, inquieto, inestable, con una gran fantasía que le llevaba a inventarse cuentos e historias que dibujaba él mismo. Y me confesaba con bastante ansiedad: «Doctor, ¿por qué veo yo cosas en la pared que no ve nadie?» A los veintitrés años había sido ya internado en más de una ocasión con el diagnóstico de psicosis maníaco-depresiva, de predominio maníaco.

Los niños y adolescentes que se suicidan En relación con los trastornos del estado de ánimo depresivos, voy a tratar de un tema tabú hasta hace no mucho tiempo: el suicidio infanto-juvenil.

En primer lugar he de decir que las estadísticas de los casos que terminaron en muerte no son muy fiables. Los padres, y ello me parece muy natural y disculpable, suelen ocultarlos y camuflarlos bajo la denominación de accidentes. Y además no sabemos si los casos de accidentes reales (atropellos, caídas de una altura, etc.) no fueron suicidios en la intención del niño o joven.

Mucho mejor conocidos son los intentos de suicidio. Éstos acaban casi todos en un hospital para su recuperación, ya que el pequeño suicida no consigue lo que quiere, morir, si es que no pretendía asustar a los padres o chantajearlos para conseguir algo. Hay otro tipo de chantaje que ése sí lo vemos en la consulta, es el del niño que amenaza que se va a tirar por la ventana, pero nunca lo hace.

Decía que éste era un tema tabú, pero lo cierto es que, hace ya más de un siglo, en 1885, él francés Duran Fardez publicó el primer libro sobre el suicidio infantil y en 1933 un alemán, Gaup, estudió nada menos que doscientos ochenta y cuatro casos. Desde entonces se han publicado ya muchos suicidios de niños y adolescentes. Se aprecia que éstos aumentan de una forma escalofriante de año en año, llegando a constituir en bastantes países del mundo occidental la segunda o tercera causa de muerte entre los adolescentes.

En España sucede lo mismo desde hace veinte años y así en una estadística publicada por un hospital de Madrid, los intentos de suicidio en menores de quince años constituían, en 1976 el seis y medio por ciento del total. Es seguro que esta proporción habrá subido ya considerablemente.

El número de suicidios infantiles aumenta con la edad. De cero a diez años sólo se suicidan el 5% del total, de diez a catorce años el 25% y de quince a dieciocho años el 70% restante. (Por debajo de cinco años no se conoce más que un terrorífico caso de un niño de tres años que publicó el francés Launay.) A este propósito la pregunta que muchos lectores se harán es ésta: ¿Tiene el niño una idea cabal de lo que es la muerte y de sus consecuencias? Antes de los cinco a seis años el niño no es consciente de lo que es la muerte y no sabe lo que significa. Más tarde la vive como una separación, a veces hasta con posibilidad de retorno (es famoso el niño que dijo «ya sé que mi padre ha muerto, pero ¿por qué no viene a cenar?»). A los ocho años ya son conscientes de lo que realmente significa y de la posibilidad de morir ellos mismos, por muy remota que ésta sea.

Quizá le parezca a algún lector que estas edades que doy pequen un poco de precoces, dado que, además, ahora se procura que el niño no tenga contacto alguno con la muerte real, no como antes que, en cualquier entierro, estaban los niños en primera fila, muy vestiditos de negro. Por contra los niños, ya a estas edades de cinco o seis años, han visto centenares de muertes ficticias en la TV, si bien la mayoría de éstas se presentan tan «light» que no suelen producirles gran impresión.

¿Quiénes se suicidan más, los chicos o las chicas? Las estadísticas también son variables, pero en conjunto, si son menores de doce años hay un predominio de varones, aunque últimamente se van igualando las cifras. A partir de esta edad, las chicas comienzan a ganar terreno y en la adolescencia es bastante mayor el número de chicas que de chicos.

¿Y por qué se suicidan o intentan suicidarse? Son muchos los motivos. Es frecuente que entre los familiares de estos niños y jóvenes haya familiares suicidas, siendo el caso del padre el más peligroso porque se produce un mecanismo de identificación que es fatal para el hijo; además los casos son más frecuentes en familias mal avenidas con graves altercados, violencia, etc.

Los problemas escolares y el miedo a la reacción de los padres ocupan también un lugar preferente.

La pérdida del «objeto amoroso» es con frecuencia la desencadenante de actos suicidas. Si el niño es pequeño puede ser la pérdida de la madre o el padre. Si se ha llegado a la adolescencia es la ruptura con el novio o la novia.

Un estado depresivo de los que hemos hablado anteriormente o el simple «contagio» por el suicidio de algún amigo o simplemente por haberlo leído en el periódico (de ahí la conveniencia de no hacer demasiada exhibición de estos casos) pueden ser también causas importantes.

En los casos en los que se producen varias tentativas se puede apreciar una terrible compulsión obsesiva que, de una forma fatal, conduce al niño o al adolescente a la consecución de su propósito. Recuerdo a este respecto a una niña de catorce años que, ya a esta edad, había tenido varios intentos, siempre por defenestración, por lo que tenía rotos varios huesos de su cuerpo, y que a los quince realizó su idea tirándose también por una ventana.

En el fondo se puede resumir que el niño que se suicida o intenta suicidarse lo hace por: – Una huida, como un modo de escapar de una situación de ansiedad o amenaza. – Una llamada de atención, en los intentos y chantajes de suicidio, hacia unos problemas de los que no hace caso nadie. – Una agresión reivindicativa, sobre todo frente a los padres, con fantasías de «cómo llorarán cuando muera», «cómo se sentirán culpables». – En los niños más pequeños, un deseo de reunirse en el «más allá» con algún ser querido que han perdido. – Una autopunición por graves sentimientos de culpabilidad, aunque éstos sean totalmente infundados.

En cuanto a los modos de suicidarse, la mayor parte de ellos, sobre todo los adolescentes, lo hace: por ingestión de fármacos que encuentran en casa (tranquilizantes, neurolépticos, analgésicos, etc.); defenestración o precipitación desde alguna altura; cortarse las venas de las muñecas y por ahorcamiento, que junto con ahogarse en un río, eran antes los métodos preferidos en el medio rural.

En los casos de chantaje de suicidio suele haber una distorsión de la personalidad, la del jugador con ventaja: «¡Si no me consientes esto me tiro por la ventana!» Alguna madre me lo ha contado así y también añadía que ya se había cansado y que había contestado a su hijo: «¡Pues tírate si te atreves, ahí tienes la ventana!» y que, desde entonces, no la había vuelto a amenazar. En este caso la reacción de la madre tuvo el éxito apetecido y la cosa salió muy bien, pero hay que tener mucho cuidado y medir bien el grado de compulsividad del niño, pues si éste es alto, puede saltar sin pensar siquiera un segundo en sus consecuencias.

Como última consideración tengo que decir que, prácticamente en todos los casos de intentos de suicidio frustrado, al hablar después con los adolescentes (se trata sólo de adolescentes) sobre qué habían pensado antes de hacerlo y preguntarles si creían en una vida más allá de la muerte, me contestaban algo así como «no hay nada, me tomo las pastillas, desaparezco y todo se acabó», es decir, ya a su edad, eran unos perfectos agnósticos.

Por esto considero que una de las causas del aumento galopante de los suicidios en la sociedad occidental, tanto en jóvenes como en adultos, es su progresiva descristianización, ya que las creencias religiosas habían constituido hasta ahora un potente freno al «paso al acto» del suicidio.

Francisco J. Mendiguchía, “Las dificultades emocionales”

Hay una tendencia natural a considerar que la infancia es la edad del paraíso perdido y, ya que no es fácil ser completamente feliz en la edad adulta, se idealizan los primeros años. Lo cierto es que, si uno se analizara su propia infancia, se vería que hay también ratos amargos y que la ansiedad puede aparecer antes de la adolescencia.

Los tímidos «Mire usted, es un niño al que no le gusta salir, tiene dificultades para relacionarse y tener amigos, es muy inseguro y se “corta” fácilmente ante extraños.» ¡Cuántas veces hemos oído este relato en la consulta! Es la triste historia de la timidez o, como ahora se dice, del trastorno «por evitación», trastorno que aparece en algunas ocasiones en niños que hasta ese momento no habían presentado ningún problema pero que, las más de las veces, es que son así desde que eran pequeños.

La principal característica del cuadro es la de rehuir todo contacto con la gente que no le es familiar al niño y que, si es lo suficientemente severa, puede llegar a trastornar sus relaciones sociales, mientras que en la propia familia o en un grupo reducido de amigos se encuentra perfectamente.

Son niños que se encuentran violentos ante personas poco conocidas, no digamos ante las desconocidas, y que tienen miedo a hablar por temor a decir alguna tontería o no saber alguna cosa que le pregunten. Tienen además un inmenso pavor a hacer el ridículo y más si sabe que, en determinadas ocasiones, puede ponerse colorado al «subírsele el pavo».

A estos tímidos no debe forzárseles a que se relacionen con extraños porque inmediatamente surgen los síntomas de una ansiedad que les lleva al rechazo, al escape o a la huida. A veces, su reacción consiste en dejar de hablar cayendo en un mutismo que suele tomar la forma de lo que se conoce con el nombre de «mutismo electivo», llamado así porque sólo se produce en determinadas situaciones que pueden ser conflictivas para el niño.

Su susceptibilidad se pone de manifiesto en el siguiente ejemplo: se trataba de un niño cojo a causa de una poliomelitis (esto sucedió cuando esta enfermedad era un verdadero azote para los niños), del que se reían sus compañeros de colegio que le apodaban por ello «patachula». El niño en un principio se negó a asistir a clase, pero al obligarle sus padres, cayó en un mutismo completo en cuanto puso los pies en la calle. En un par de sesiones logré que hablara conmigo pero, a los pocos días, tuve que mandarle aviso de que no podía recibirle el día señalado y le di hora para el siguiente; pues bien, debido a la frustración que le produje por haberle pospuesto a él, estuvo toda la hora sin hablarme.

¿No les recuerda a los lectores esta actitud a la que adoptan las ostras cuando sienten algún peligro a su alrededor y se cierran herméticamente? Pues precisamente a estos niños se les conocía con este nombre: «niños ostras».

Casi todos los autores dicen que este síndrome es más frecuente en las niñas que en los niños y, sin embargo, en el fichero de mi consulta tengo más chicos que chicas, la verdad es que no sé por qué, aunque supongo que es porque, por lo menos en nuestro país, los padres toleran peor la timidez de los hijos que la de las hijas, quizá porque piensan que deben ser más tímidas y recatadas, y por eso consultan.

Unas veces la timidez es temperamental, pero otras es producto de una educación demasiado restrictiva y asustadiza: «niño bájate de ahí que te puedes caer», «niño no toques eso que te puedes hacer daño», «niño ten cuidado con…», etcétera, con lo que el niño acaba teniendo miedo a todo y, al final, creyéndose una calamidad. Entonces el niño se lo prohibe todo a sí mismo («no soy capaz de hacerlo»), se produce el fracaso y, como consecuencia, la reacción de retirada.

En otras ocasiones el síndrome de evitamiento se puede desarrollar en niños que hasta entonces no eran así, bien de una forma espontánea (no lo es nunca, siempre hay un motivo que habrá que investigar y sacarlo a la luz), bien después de haber sufrido alguna importante decepción o frustración o bien algún episodio doloroso como la muerte de un ser querido. En el fondo, siempre nos encontramos un sentimiento de inferioridad.

Toda esta sintomatología suele ir atenuándose con el tiempo y al llegar a los veinte años desaparece completamente en una cuarta parte de los casos; otros, en mayor proporción, mejoran ostensiblemente, aunque siempre quedándoles algo de insociabilidad y tendencia al aislamiento; y otros, los menos, permanecen igual de tímidos y retraídos toda la vida, por ser ya la timidez algo anclado profundamente en su personalidad.

La ansiedad de separación Otras veces la historia que oímos es diferente: «Le traemos este niño que, cuando era pequeñito, le costó mucho empezar a ir al colegio, se negaba a ir, lloraba, tenía una pataleta y muchas veces, aun llevándole de la mano su madre hasta la puerta, se negaba a entrar y tenían que volverse a casa.» Aquello se le pasó al niño con el tiempo, pero, dicen los padres, «ahora es peor, somos nosotros los que no podemos salir de casa, pues nuestro hijo se angustia mucho pensando que nos puede pasar algo malo y, si alguno de nosotros sale y tarda en volver, sufre una verdadera crisis de ansiedad por creer que hemos tenido un accidente o nos ha dado un ataque o cosas parecidas».

Aquí tenemos un mayor grado de ansiedad que se manifiesta de otro modo, bajo la forma de lo que se denomina «angustia de separación», que se produce cuando el niño tiene que estar lejos de las personas a las que ama y le dan seguridad, los padres en la mayoría de los casos.

Otras veces el temor es que sea él mismo al que le pase algo que le pueda separar de los padres, por ejemplo, que le rapten, cosa que, aunque puede suceder por el día, es por la noche cuando tiene más posibilidades o que se pierda y no sepa volver a casa.

Todo este comportamiento empieza halagando a los padres, pues significa que su hijo les quiere mucho, pero acaban verdaderamente fastidiados porque no pueden hacer una vida normal.

Estamos hablando de ansiedad, pero no hemos explicado lo que es y conviene hacerlo antes de seguir: es un sentimiento de peligro inminente, una sensación de que algo malo va a suceder y que se traduce en una actitud expectante ante un peligro que no sabe ni cómo, ni cuándo, ni por qué va a llegar. Un término parecido es el de angustia, pero en ésta hay una sensación de opresión en el pecho, de estrechamiento (angor) y de encogimiento que se acompañan de sudor y palpitaciones.

En contraste con la ansiedad y la angustia, en el miedo, que también es un sentimiento displacentero, sí se sabe que viene de algo concreto y conocido. De todas formas, estos tres estados, que se diferencian muy bien en el adulto, en el niño es más difícil de establecer una separación entre ellos.

Siguiendo con la ansiedad de separación en el niño vemos que ésta se puede manifestar bajo la forma de llanto, rabietas, violencia contra las personas que quieren forzar la separación en sus fases agudas o con apatía y tristeza en sus fases intercríticas. Otras veces se manifiesta con el aspecto de síntomas psicosomáticos como cefaleas, vómitos, diarreas, etc.

La mayoría de todos estos síntomas suele desaparecer con el tiempo, pero todavía es posible verlos en la adolescencia o más tarde, como un chico de veintitrés años que tenía que dormir en la misma habitación que la abuela. De todas maneras, no es extraño que, estos niños con ansiedad de separación, muestren de mayores rasgos obsesivos e hipocondríacos.

Mecanismos de defensa y ansiedad manifiesta Para liberarse de la ansiedad el niño, y el adulto, de una forma inconsciente recurre a unos mecanismos que conocemos con el nombre de «defensas del Yo» que los padres deben conocer para entender así muchas de las reacciones de sus hijos. Describiré dos de los más usados en la infancia: -Mecanismo de proyección: Todo lo que pueda tener un aspecto negativo, se expulsa del Yo y se adscribe a otra persona. Tal es el caso de un niño que se acerca con su abuelo a la jaula de los leones y de pronto se para y dice «vámonos abuelo que ‘te’ da miedo el león».

-Mecanismo de compensación: Está perfectamente resumido en el dicho «Dime de lo que presumes y te diré de lo que careces».

Estos mecanismos pueden tener un éxito completo y el niño no siente ansiedad, pueden tenerlo parcial y entonces aparece en cuadros como los anteriormente descritos, pero también pueden fracasar y aparecer la ansiedad en toda su crudeza.

Esto es lo que sucede en los «terrores nocturnos», durante los cuales el niño se incorpora en la cama bañado en sudor, aterrorizado, tembloroso, pide se le defienda de animales o monstruos y hace ademanes de defenderse de algo. Todo este cuadro tan aparatoso se pasa en pocos minutos, el niño vuelve a dormirse y, a la mañana siguiente, no se acuerda de nada. La ansiedad también puede aparecer en forma de pesadillas pero en ellas no se despierta por completo y, al despertarse al día siguiente, puede ser recordado como un «sueño feo».

Cuando la ansiedad no se manifiesta de una forma aguda, aparece lo que los americanos llaman «overanxious disorder» o «estado de ansiedad excesiva», en el que se aprecia una ansiedad de fondo manifestada por preocupaciones excesivas y poco realistas por cosas del futuro, que a lo mejor no van a sucederle nunca, como tener algún accidente o enfermedad o que sí pueden pasarle, como los próximos exámenes, tener que hacer una cosa en grupo o tener que ir al médico, o aun por cosas que ya han pasado pero siguen preocupándole, como haberse perdido en una playa.

Todo ello lleva al niño a un estado de ánimo depresivo, bajo rendimiento escolar, tendencia al aislamiento, sentimientos de autorreproche y estado de continua alerta por lo que le pueda pasar. Si el estado de ansiedad es muy grande se puede manifestar en una gran inquietud, viéndose al niño ir y venir sin sentido, como buscando algo que no encuentra y que no significa más que el sentimiento inconsciente de que «mientras me muevo no me pasa nada».

La terapéutica de la ansiedad pasa por la psicoterapia de apoyo y de resolución de conflictos, por la modificación de actitudes y por la utilización de ansiolíticos.

Las formas de histeria infantiles Pero antes de seguir con los trastornos emocionales infantiles, quiero contar la historia de una vez que hice un «milagro»: Me llevaron un día a la consulta a una adolescente de trece años porque se había quedado ciega al día siguiente de tener un accidente de bicicleta, la consulta era pública y tuvo que pasar por delante de mucha gente que hicieron numerosos comentarios sobre la tragedia de aquella familia. Como en el examen neurológico no encontré nada anormal, eché a la niña en un diván, hice que cerrara los ojos y que respirara rápida y profundamente al mismo tiempo que le agarraba por las muñecas y le decía: «cuando haya pasado un minuto empezarás a ver poco a poco» y, efectivamente, cuando al cabo de un rato le pregunté: «¿ves ya algo de mi cara?», me contestó: «sí, le voy viendo ya»; «¿qué ves en ella?», «un lunar» (efectivamente yo tengo un lunar al lado de la nariz) y así, en cinco minutos recobró totalmente la visión, con gran contento de los padres y estupor de los que le habían visto llegar andando como una persona ciega.

Realmente ella no veía nada, no simulaba que no vea, aunque, y esto fue lo primero que me hizo entrar en sospecha, no parecía demasiado asustada por lo que pasaba. A esto los franceses le dan un nombre muy poético, «la belle indifference» y es un síntoma de histeria, que es lo que realmente tenía esta chica, una ceguera histérica.

Era pues un caso de la vieja y conocida histeria, aquella que los antiguos creían era debida a los vapores uterinos que subían hasta la cabeza y por ello sólo la podían padecer las mujeres. Después se ha visto que, aunque en menor proporción, también la pueden padecer los hombres.

¿Y las niñas y los niños, también pueden ser histéricos? Durante bastantes años se creyó que no, que aparecía solamente a la edad de la pubertad, hasta que un inglés llamado Landor describió el primer caso de histeria infantil y desde entonces se han descrito bastantes, aunque no dejan de ser poco frecuentes, pues no llega ni al uno por ciento de la población infantil que consulta en las clínicas psiquiátricas infantiles.

Lo curioso de este tipo de padecimientos es que puede desarrollarse en forma de epidemias, como aquel famoso Baile de San Vito que se curaba invocando a este santo, y que todavía se ven de vez en cuando, como la aparecida en Alemania en 1955 en un colegio de niñas cuya profesora se había presentado en clase con un brazo en cabestrillo y que motivó que, al cabo de algunos días, casi toda la clase tuviera paralizado un brazo.

Los síntomas de la histeria pueden aparecer bajo la forma de los llamados «síntomas de conversión» debido a lo que el psiquiatra francés Dupré, hace ya más de sesenta años, llamaba «ideoplastia», o «psicoplastia» y que no es más que la capacidad que tienen los histéricos de transformar representaciones e ideas en síntomas somáticos.

Los síntomas de conversión más frecuentes son parálisis, contracturas, temblores, claudicación en la marcha con imposibilidad de mantenerse en pie y trastornos sensitivos del tipo de anestesias en forma de calcetín o de guante, es decir, que no pueden obedecer a una lesión de los nervios porque éstos no se distribuyen así.

Otros trastornos son los sensoriales como sorderas, cegueras o afonías. A veces se manifiesta como hipo incoercible o como ese curioso fenómeno llamado «bolo histérico», menos frecuente en los niños que en los mayores y que consiste en una sensación de que algo sube del estómago a la garganta. Por último tenemos el «gran ataque histérico» con gritos, pataletas, tirones de pelo y llanto fonal, que a personas poco expertas puede confundir con crisis epilépticas.

Ahora, como en la famosa cancioncilla, voy a contar otra historia: Es la de un niño de nueve años que desde hacía meses presentaba unas crisis extrañas, durante las cuales se quedaba como sin conciencia, pero sin perderla del todo, decía cosas ininteligibles y tenía pseudoalucinaciones pues veía «cosas raras» en el techo. La duración de las crisis era de unos veinte minutos y después no se acordaba de nada.

Esta especie de «estado de trance» se llama «estado disociativo», que también es histérico y que pueden ser mucho más complejos, como es el caso de las «fugas», durante las que el niño se marcha de casa, deambula por las calles sin llamar en absoluto la atención y de pronto se despierta en un sitio desconocido para él; es como una especie de sonambulismo, pero despierto.

Como no hay dos sin tres, contaré la tercera historia. Ésta es la de un niño de doce años que sufría, sin motivo aparente, una extraña vivencia que no sabía muy bien cómo describir, decía que era «como perder la conciencia sin perderla», al mismo tiempo que sentía una extraña sensación, «como si no fuera yo y fuera otro», lo cual le angustiaba mucho. Vuelto a ver cuando tenía veintidós años todavía le pasaba muy de tarde en tarde, y ya no se angustiaba, porque como él decía «tengo que vivir con ellas». Por supuesto, los electroencefalogramas eran todos normales. Esto se llama «trastorno de despersonalización» y también forma parte del cuadro de la histeria.

A veces, muchas, los niños no presentan ninguno de los síntomas descritos hasta ahora y sin embargo los padres nos dicen «este niño es un histérico». ¿A qué están refiriéndose? Pues se refieren a ciertos rasgos de carácter, como el teatralismo, la exaltación imaginativa y la sugestibilidad (la niña de la ceguera se curó simplemente por sugestión) que descansan sobre un fondo de retraso afectivo, un deseo ávido y primitivo de afecto y atención por parte de los demás y una escasa tolerancia a las frustraciones.

Este tipo de personalidad lo retrató de mano maestra Künkel y le dio el nombre de «niño enredadera» describiéndolo del modo siguiente: «Siempre está pidiendo protección y busca que se apiaden de él, necesita apoyarse en los demás para sobrevivir pero eso sí, exigiendo este apoyo como una obligación de todos los que están a su alrededor, huyendo de toda situación de responsabilidad.» Lo malo de estos niños enredaderas es que, como éstas, acaban ahogando a los que le sirven de apoyo provocando su rechazo, de ahí el tono despectivo de los que le llaman histérico.

¿Qué pueden hacer los padres en estos casos? Cuando hay una sintomatología florida tienen que llevar a sus hijos a un especialista que les tratará con psicoterapia, sugestión y hasta se ha utilizado la hipnosis, cuando son ya adolescentes, antes no. Si se trata del carácter histérico ahí sí que pueden actuar porque éste se forma por «una educación débil sobre un temperamento también débil», por lo que su educación deberá ser todo lo contrario, es decir, enérgica y fuerte.

Como se ha demostrado que, en algunos casos, los niños aprenden este tipo de conducta de sus padres, sobre todo de su madre, éstos han de tener mucho cuidado en mostrar este tipo de comportamiento que el niño acaba imitando.

Francisco J. Mendiguchía, “Cuando los niños van mal en el colegio”

Cada día son más frecuentes en nuestras consultas las visitas de padres en busca de asesoramiento, porque no saben qué hacer con sus hijos que van mal en el colegio y quieren saber qué es lo que les pasa.

Unas veces son los propios padres los primeros en darse cuenta del problema por las continuas malas calificaciones o por la pérdida de algún curso, otras son los profesores los que les llaman para decirles que sus hijos no aprenden lo que debieran y, en alguna ocasión, es la propia dirección del colegio que les envía una nota recomendando que el niño vaya a otro colegio, «con pocos alumnos por clase», a ver si así consigue avanzar más en sus estudios.

Cuando los vemos, advertimos enseguida un cierto grado de ansiedad, tanto en el niño, que ya es consciente de su situación, como en los padres, que temen que su hijo tenga algún retraso en su desarrollo intelectivo o, en el mejor de los casos, que tenga algún otro problema que produzca su fracaso escolar y frustre así las esperanzas puestas en él.

El pseudofracaso y el fracaso verdadero Pero antes de proseguir conviene hacer hincapié en la existencia de lo que podríamos denominar «pseudofracasos escolares». Tales son los casos de niños cuyos padres no se conforman con que sus hijos obtengan notas medias y consideran que son lo suficientemente inteligentes para ser los primeros de la clase, como lo fueron ellos, o quizá porque no lo fueron nunca.

Este tipo de padres suele forzar el ritmo del aprendizaje de, sus hijos que, en un principio, a lo mejor pueden responder a estas exigencias, pero que con el tiempo no pueden seguir el esfuerzo y acaban rechazando el colegio y todo lo que signifique estudiar.

Los profesores, ellos en particular o el colegio en general, son a veces también los responsables de estos pseudofracasos al no tolerar más que alumnos brillantes, tachando de incapaces a los que no son tan gratificantes para ellos, pero que en otros colegios menos elitistas, se desenvuelven perfectamente.

Pero ¿qué es realmente el fracaso escolar? Existen muchas definiciones más o menos complicadas aunque, en definitiva, no es otra cosa que el problema que se presenta cuando el niño no obtiene los resultados que se espera de él, es decir, cuando no alcanza los objetivos señalados para su nivel y edad.

Muchos padres, y por supuesto los abuelos, piensan que en sus tiempos no existía este gran problema que, hoy en día, según las estadísticas de casi todos los países occidentales puede alcanzar hasta a la tercera parte de los alumnos. ¿Qué es entonces lo que ha pasado? Aparentemente sólo hay tres respuestas posibles: los niños son ahora más torpes, los planes de estudio son cada vez más difíciles o a los maestros se les ha olvidado enseñar.

Sin embargo hay que fijarse en una cosa: el fracaso escolar aparece cuando la enseñanza se hace obligatoria. ¿Y esto que quiere decir? Pues que el niño que antes no podía estudiar, lo dejaba y se dedicaba a otros menesteres, pero ahora tiene que seguir estudiando porque así lo exige la ley, y van pasando de curso en curso a trancas y barrancas, hasta que al final tiene que arrojar la toalla y dejar los estudio. Lo malo es que, en este momento, se ha creado un fracasado escolar.

Si repasamos en conjunto las posibles causas que se han aducido para explicar este cuadro vemos que, en un principio, fueron valorados primordialmente los factores intelectuales, y el niño que no progresaba en los estudios era simplemente porque tenía una infradotación intelectiva.

Más tarde pasaron a un primer plano los factores afectivo-emocionales y no había fracaso escolar que no se intentara vencer mediante psicoterapia, y ahora son los factores socioculturales los más tenidos en cuenta, pues un entorno desfavorable da lugar a un mayor número de estos fracasos, que son además los más difíciles de corregir.

También es conocida la gran importancia que han tenido en estos últimos años los llamados déficits instrumentales, sobre todo la tan socorrida dislexia, diagnóstico que ha saturado las fichas de psiquiatras, psicólogos y pedagogos en época muy cercana.

Asimismo, la escuela y los profesores han sido objeto de muchas investigaciones y estudios, y últimamente parece que hay una cierta tendencia a considerar los planes de estudio como los máximos responsables del fracaso escolar.

Factores intelectivos y de aprendizaje Vamos a empezar el repaso de estas causas por lo primero que temen los padres: efectivamente los niños no aprenden porque no pueden hacerlo ya que, sin llegar a deficientes mentales, son un poco más cortos de inteligencia que sus compañeros de edad y clase, constituyendo el grupo bastante numeroso de los llamados torpes (en un grupo de niños con fracaso escolar estudiado por mí, la mitad correspondía precisamente a los que tenían el nivel mental más bajo).

Haciendo un inciso, considero muy importante el que los padres sean, en estos casos, informados realísticamente de la capacidad de sus hijos, sin camuflar el problema bajo términos eufemísticos como el de «inmadurez», con el fin de que puedan valorar debidamente los esfuerzos que hace el hijo y que, aunque los resultados no sean muy brillantes, puedan ayudarles a mantener la confianza en sí mismos al no estar continuamente echándoles en cara que son unos vagos y que no estudian porque no quieren.

Un caso especial es el de los niños que padecen lo que se conoce hoy con el nombre un poco enrevesado de «disarmonías cognitivas», concepto que expresa que los procesos intelectivos pueden no tener un desarrollo armónico y, en las sucesivas fases evolutivas, mostrar unos niveles de organización más primitivos y otros más desarrollados con lo que, aun sin ser muy malo el conjunto, hay retrasos en determinadas áreas.

Sin embargo, en otro grupo de cincuenta niños, que también consultaron por problemas escolares, pero tenían un nivel intelectivo normal, al final se produjo un fracaso escolar prácticamente igual al que presentaban los menos dotados intelectivamente.

¿Qué nos quiere decir esto? Pues que efectivamente, en el fracaso escolar intervienen otros factores que no son los puramente intelectivos, totales ni parciales.

A propósito de estos factores recuerdo que, hace ya algunos años, entró en mi consulta una señora con su hijo de unos diez años y me dijo con aire desafiante: «Vengo de Suiza y allí le han diagnosticado a mi hijo algo que usted no sabrá seguramente lo que es: ¡Legastenia!» Yo me sonreí y le dije: «Pues sí que sé lo que es, pero aquí se le suele llamar dislexia.» (Estuve a punto de añadir que también se llama estrofosimbolia, pero me pareció demasiado ensañamiento.

Lo que padecía ese niño, la dislexia, junto con la disgrafía o dificultad para escribir correctamente y la discalculia o tener problemas con las operaciones aritméticas (ésta en mucha menor proporción) constituyen otro gran grupo causante de numerosos fracasos escolares, el de los llamados «trastornos instrumentales» o, para los americanos, «trastornos de las habilidades académicas».

Como hemos dicho, las discalculias son francamente raras, pero en mi experiencia son las de más difícil corrección, pues persisten prácticamente toda la vida. Las disgrafías puras son también poco frecuentes, siéndolo más la dificultad para dibujar las letras por trastorno de la psicomotricidad y de la coordinación, es decir, lo que se llama «dispraxia».

Las dislexias, en cambio, son muy frecuentes, casi siempre acompañadas de disgrafías, y sobre cuya causa hay muchas opiniones (trastorno del oído director, problemas de lateralidad con confusión derecha-izquierda o, y esto parece lo más seguro, disfunción de los hemisferios cerebrales).

Aunque el pronóstico de las dislexias es bastante bueno, ya que el 90% de ellas desaparecen o mejoran notablemente, no hay que dejar por ello de tratarlas lo más pronto posible, pues el estudio en los niños que la padecen llega a hacerse muy penoso, al tener que gastar mucha parte de su tiempo y de sus energías en descifrar lo escrito en los libros. Lo que todavía no sabemos es por qué el trastorno es mucho más frecuente en los niños que en las niñas.

Influencia de la personalidad Hace ya algunos años, más de treinta, un autor francés apellidado Le Gall estudió la correlación que había entre la personalidad de los niños y su éxito en la escuela, y descubrió que ciertas formas de ser temperamentales influían negativamente en los estudios, mientras que otras lo hacían positivamente.

La peor parte la llevaban los llamados «amorfos», también los «apáticos» y, en menor grado, los «nerviosos o inestables». Pues bien, en el grupo antes citado de los fracasos escolares con inteligencia normal, la tercera parte eran pasivos y retraídos y la cuarta parte inquietos y nerviosos, o sea, que Le Gall tenía mucha razón.

El que el fracaso sea producido por un trastorno temperamental no quiere decir que haya que cruzarse de brazos, ya que se puede, y se debe, actuar sobre él, y cuanto antes mejor; a los amorfos y apáticos estimulándoles a la acción mediante el deporte, el scoutismo, dándoles responsabilidades de grupo, etc., y a los inquietos mediante métodos conductuales, de relajación y, en casos muy extremos, hasta con medicación.

Otras veces de lo que se quejan padres y maestros es de la escasa atención del niño, que parece que está siempre «en babia» y que por ello no aprende. Cuando esto sucede, y no es un hiperactivo o inestable de los que hemos descrito en un capítulo anterior, es porque el niño tiene un bajo estado de lo que se conoce con el nombre de «tensión psicológica» o «estado de alerta psicológica permanente» que es la que pone en marcha los mecanismos intelectivos, justo lo contrario del «ensueño» o estado en el que se dejan vagar imágenes e ideas. Sin embargo, hay que considerar que este niño fracasado escolar por excesiva ensoñación, puede que algún día se convierta en un inspirado poeta o un gran novelista y por ello no debe valorarse demasiado negativamente.

Otro problema que se ve con relativa frecuencia es el que se refiere a los niños tímidos y poco agresivos, que cuando en el colegio tienen que enfrentarse solos con las dificultades del aprendizaje escolar, se declaran vencidos ante las primeras contrariedades serias, se refugian en sí mismos y toman una actitud retraída que puede acabar en una inadaptación y, con el tiempo, en un fracaso escolar. Éstos son los clásicos niños que se pierden en una clase muy numerosa y que se salva cuando encuentra un profesor que le ayuda, anima y comprende.

Mucho se ha hablado y escrito de la «inhibición intelectual», término que se refiere a que un bloqueo en el aprendizaje es causa de que el niño, aunque intenta trabajar y obtener buenos resultados, la carga emocional que pone en ello se lo impide y éstos son cada vez más frustrantes, con lo que se aumenta el bloqueo y el estado de ansiedad subsiguiente.

En ocasiones, el bloqueo se produce solamente en determinada materia que tiene un especial significado para el niño, como ser precisamente en la que su padre quiere que triunfe o en la que un hermano ya ha triunfado y él desea o teme superarlo.

No hay que confundir estos cuadros con el de la «inhibición en la expresión» de lo ya aprendido y que se ve también en niños muy tímidos. Esta inhibición les lleva a tartamudear o a callar completamente cuando les preguntan en clase, siendo mejores los resultados en los exámenes escritos. Afortunadamente los profesores suelen darse cuenta pronto del problema.

En otros casos nos encontramos con un tipo de niño al que los franceses denominan «enfant bebe» que, en la mayoría de sus procesos psicológicos no intelectuales, muestran unas características que corresponden a edades inferiores y que ya deberían haber superado. Estos niños suelen ser inconstantes e inquietos, siguen en la edad del juego y desesperan a los padres porque no se toman en serio sus tareas escolares. Suelen ser de buen pronóstico pues, aunque tarde, acaban madurando (éstos sí que son verdaderamente inmaduros), aparece su sentido de la responsabilidad y se toman en serio sus estudios.

Dejando a un lado los niños oposicionistas que se describen en otro lugar, que no estudian porque no quieren y que rechazan el colegio dentro de un cuadro de general rechazo a cualquier deber y norma, tenemos un cuadro que recibe el curioso nombre de «desinterés escolar» y que es una especie de «inapetencia» para los estudios (algunos autores le han comparado con la anorexia nerviosa) y que yo creo que está ligado al mundo de las motivaciones.

Si el niño no tiene motivo para aprender el fracaso final es casi seguro. Un punto muy importante a considerar es que, como el éxito es en sí mismo un motivo de primer orden, las excesivas exigencias en los primeros años de escolaridad son más bien perjudiciales ya que, cuando el niño empieza a ir al colegio, lo suele hacer con una gran ilusión para aprender pero, si surge pronto el «no puedo», puede pasar rápidamente al «no quiero» o al «me tiene sin cuidado».

Lo que yo he visto con relativa frecuencia en estos últimos años es que niños, que hasta entonces no iban mal en sus estudios, al llegar a la adolescencia se «desmotivan», no ya por el bache normal de los chicos y chicas a esta edad, sino porque las motivaciones que antes tenían pierden su prestigio para ellos; así las chicas quieren dejar los estudios para ser modelos de alta costura o los chicos para meterse pronto en negocios, profesiones ambas en las que creen que se gana el dinero fácilmente, sin mucho trabajo y pronto.

Enfermedades físicas y psíquicas Un capítulo muy importante era antes el de los fracasos escolares por defectos sensoriales, tales como defectos de !a audición y de la visión. Hoy tienen una menor importancia dado que en todos los colegios se hacen exámenes médicas frecuentes y estos defectos se detectan pronto.

En cambio los psiquiatras hemos de llamar la atención sobre el hecho de que el retraso y fracaso escolar pueden constituir la manifestación precoz de una enfermedad psíquica que comienza, tal como sucede con una depresión o una psicosis.

El colegio y los métodos de enseñanza Los cambios repetidos de colegio pueden ser causa también de retraso o fracaso escolar debido al esfuerzo que tiene que hacer el niño para adaptarse a sus nuevos compañeros, a sus nuevos profesores y a distinta pedagogía. Asimismo la discontinuidad en la asistencia al colegio, debido en muchas ocasiones a enfermedades de larga duración, son también causa de que el niño pierda el hábito de estudiar después le cueste mucho volver a coger los libros.

Veamos ahora el papel jugado por el colegio en este asunto que nos interesa. Hay opiniones para todo y lo cierto es que los hay magníficos y cada vez mejor dotados de aulas, campos de deporte, profesorado eficiente y hasta equipos psicológicos que estudian el desarrollo intelectivo y de la personalidad del alumno, pero… algunos, en vez de ser centros en los que se atiende a la «formación» global de los niños y a su maduración, tanto intelectiva como afectiva, ética y moral, se preocupan tan sólo meter en sus cabezas un conjunto de saberes en un ambiente de competitividad. Competir es la palabra clave de este tipo de educación y el que no sepa o no pueda hacerlo se quedará en el camino, aunque alguna vez aparezca en los periódicos que un niño se ha fugado en casa o ha intentado suicidarse porque tenía malas notas en el colegio.

En cuanto a los métodos de enseñanza, sólo quiero trasladar aquí lo que oí en un congreso dedicado exclusivamente al fracaso escolar: «Es bueno que haya tantos alumnos que rechazan los actuales planteamientos escolares, pues ello pone en evidencia que son seres psicológicamente sanos y coherentes.» Esto es evidentemente una exageración, pero constituía un aldabonazo para los que tienen el deber de confeccionar los planes de estudio y una llamada de atención para los que tienen que aplicarlos.

La colaboración de los padres Y los padres ¿qué pueden hacer? Lo primero que deben saber es que el «ambiente» educativo familiar es fundamental a la hora de la adaptación del hijo al colegio. Un niño educado en un hogar en el que predominen el orden y la disciplina adecuada se integrará mucho mejor, ya que la mayoría de los colegios están así estructurados.

Asimismo, sobre todo cuando ya son un poco mayores, es también muy importante el ambiente familiar que el niño «respira», y estudiará mucho más motivado en uno en el que el estudio y el saber son altamente valorados y los demás miembros de la familia leen, estudian y se disciplinan en el trabajo.

Creo que es un buen consejo a los padres el que procuren organizar debidamente el estudio de los hijos, sin dejarlo al capricho y a la improvisación de éstos. Debe establecerse un horario, siempre el mismo en lo posible, y un lugar, también siempre el mismo, tranquilo y bien iluminado y, desde luego sin radio ni televisor. Por supuesto han de evitarse las interrupciones de hermanos, amigos o producidas por llamadas telefónicas frecuentes.

Aunque sea un poco pesado e incordiante para los padres, deben seguir muy de cerca los progresos y dificultades escolares y ayudarles dentro de lo que se pueda y deba pero; y ahí está lo más difícil, sin convertir la casa en una cárcel ni el estudio en trabajos forzados.

Por último, cuando se vea que las cosas no marchan bien, hay que buscar ayuda, primero en el mismo colegio y si en él no pueden resolverlo consultar con un psiquiatra o un psicólogo, preferiblemente especializados en problemas de infancia, hasta llegar al fondo del problema y poner los medios adecuados para resolverlo. Todo menos rechazar la realidad y racionalizarla con un «ya aprenderá» o «todavía es muy pequeño», porque en este problema el tiempo es de decisiva importancia.