Rafael Navarro-Valls, “Clima artificial de pánico moral”, El Mundo, 21.III.2010

Un tribunal de la Haya decidió en julio de 2006 que el partido pedófilo Diversidad, Libertad y Amor Fraternal (PNVD, siglas holandesas) , “no puede ser prohibido, ya que tiene el mismo derecho a existir que cualquier otra formación”. Los objetivos de este partido político eran: reducir la edad de consentimiento (12 años) para mantener relaciones sexuales, legalizar la pornografía infantil, respaldar la emisión de porno duro en horario diurno de televisión y autorizar la zoofilia. El partido acaba de disolverse esta misma semana. Al parecer, ha contribuido decisivamente la “dura campaña” lanzada desde todos los frentes, internet incluido, por el sacerdote católico F.Di Noto, implacable en la lucha contra la pedofilia.

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Rafael Navarro-Valls, “Matar al mensajero” (sentencia sobre los crucifijos), El Mundo, 4.XI.09

Un Tribunal tiene la última palabra no porque tenga siempre la razón, sino más bien tiene la razón porque es la última instancia. Conviene tener presente esta elemental verdad para no convertir cada sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH) en una especie de icono mediático, que merece adoración indiscutida.

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Rafael Navarro-Valls, “Educación para la ciudadanía”, El Mundo, 5.IX.06

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Rafael Navarro-Valls, “El futuro de la familia”, El Mundo, 4.VII.06

Un Papa preocupado por cuál será el futuro de la familia Continuar leyendo “Rafael Navarro-Valls, “El futuro de la familia”, El Mundo, 4.VII.06″

Rafael Navarro-Valls, “El islam no está contra el Papa”, El Mundo, 22.IX.06

Acaba de concluir en Kazajastán el II Congreso de líderes de las religiones tradicionales del mundo. A la cita han asistido altos cargos de todas las grandes religiones, incluidos dos cardenales de la Iglesia católica y varios líderes musulmanes -entre estos últimos, el secretario general de la Liga Mundial de Muslim (Arabia Saudí), el gran muftí de Kazajastán, el rector de la Universidad Internacional Islámica de Pakistán y el ministro de Asuntos Religiosos de Egipto-. Como conclusiones de la Declaración Final que fue aprobada por el conjunto de participantes destacan las que apoyan el diálogo interreligioso e intercultural, el esfuerzo colectivo por una cultura de la paz y la utilización de la autoridad espiritual de los líderes para rechazar toda violencia y terrorismo.

El discurso que el Papa pronunció recientemente en el paraninfo de la Universidad de Ratisbona -y que ha despertado tan grande polémica- se movía en esos parámetros. ¿Dónde está, pues, el problema? Es decir, ¿cuál es la causa de esa marejada levantada en algunas zonas islámicas? Los que trabajamos habitualmente en medios académicos sabemos que un texto, sacado de su contexto, pronto se convierte en pretexto. Pretexto para laminar al adversario científico, político o teológico. Descalificar un mensaje haciendo una relectura inexacta supone una falta de fidelidad a las fuentes, lo que produce -los universitarios lo sabemos bien- un caos dialéctico cuando se introduce un elemento ideológico extraño.

Como ha dicho Umberto Eco refiriéndose al incidente de Ratisbona, un pequeño episodio es deformado «para desencadenar movimientos de protesta por los radicales de turno». Según el propio Eco, «habría podido el Pontífice enunciar el teorema de Pitágoras y hubieran sido capaces de demostrar que era un ataque racista». De ahí la insistencia de la Santa Sede -de su portavoz, del Secretario de Estado y del propio Papa- en recomendar «una lectura atenta de todo el discuso pontificio». Y de ahí también que la Comisión Europea haya manifestado que hay que tener en cuenta el discurso del Papa «en su conjunto» y no reaccionar a «frases fuera de contexto y menos aún a frases sacadas deliberadamente de contexto». Las recientes intervenciones del presidente iraní y de Rodríguez Zapatero haciendo una llamada al diálogo inciden positivamente en un panorama en que los radicales comienzan a ser desplazados.

Es sintomático que los académicos de origen musulmán presentes en el paraninfo de Ratisbona no encontraran nada especialmente estridente en el discurso de Benedicto XVI. Sin embargo, la primera televisión que dio noticia de la famosa cita del Papa en esa universidad fue Al Jazira. (En ámbitos en los que suele leerse poco, esta cadena qatarí -de gran difusión en todos los países islámicos- llena el vacío.) Pero no hubo una exégesis, una aclaración del contexto, una citación completa. Esta falta de ética periodística rebotó a Occidente, a través de la BBC, y con la actual sensibilidad hacia el islam los ecos se amplificaron. Se abrió paso la idea de la existencia de una acerba confrontación. Es sorprendente que las manifestaciones comenzaran incluso antes de que el discurso fuera traducido a un idioma comprensible por las personas que salieron de manifestación.

Vistas las cosas con más calma, la realidad es que no son estrictamente correctos titulares de prensa como éste: «El islam contra el Papa». Todas las Televisiones del mundo han buscado -en vano- imágenes de grandes masas islámicas en marchas contra el Papa. Pero, ¿qué han podido reflejar? Dos docenas de manifestantes en Estambul; una manifestación ordenada y silenciosa en Teherán; poca cosa en Indonesia, primer país del mundo en demografía musulmana… No ha habido ninguna manifestación en Sudán -país duro del islam-. Tampoco en Senegal, con mayoría islámica, ni en Nigeria -con una región integrista como Kaduna-. Nada en Malasia. Dos botellas de gasolina contra los muros exteriores de dos iglesias cristianas no católicas en Palestina. Ciertamente, ha sido asesinada una religiosa con su guardaespaldas, pero eso es más bien un acto del radicalismo yidahista que algo conectado con el sentir popular. Aunque éste puede encenderse en el futuro, desde luego, si se le manipula adecuadamente.

En cuanto a las manifestaciones verbales, las más llamativas han sido las del presidente Erdogan en Turquía, el rey Mohamed VI en Marruecos, el ministro de Exteriores de Pakistán y algún otro dirigente político. Según los analistas, se trata de líderes con problemas internos que han aprovechado para intentar incorporar o recuperar a sus posiciones movimientos integristas nacionales. Lo mismo se puede decir de algunos líderes religiosos musulmanes: daba la impresión de que competían por el liderazgo en una religión sin clara jerarquía.

En contraste, el gran muftí de Damasco, Ahmad Al-Din Hasoun, ha manifestado noblemente: «Después de lo que el Papa dijo el domingo pasado en el Angelus, no necesito otra clarificación. Lo que es necesario es hablar para evitar que los extremistas aticen el odio. He leído la totalidad de su discurso y no he encontrado la voluntad de levantar el odio religioso». Igualmente, el gran imán de al Azhar, el jeque Mohamed Sayed Tantaui, acaba de hacer un llamamiento a favor del diálogo y en contra de los conflictos. Estas intervenciones avalan la tesis de que no es el islam quien se opone al Papa sino sólo los extremistas, que son un peligro también -y quizás, sobre todo- contra el islam mismo.

Dejando al margen el incidente de Ratisbona, ¿qué hay en el fondo de estas incomprensiones? Probablemente más que una confrontación de culturas, como diría Hutchison, lo que existe es un choque de epistelmologías. Es decir, del modo de concebir el propio sentido de la razón. En Occidente se cree -y esto se debe a sus raíces cristianas- que la razón puede plantear cualquier cuestión, también de exégesis histórica. La teología cristiana -tanto la católica como la protestante- hace radicar su fuerza en el juego combinado de fe y razón. Ésta puede responder a preguntas sobre Dios en su relación con los hombres. La parte más integrista del islam -no la moderada- renuncia (cuando no prohibe) a plantearse cuestiones que tengan que ver con la literalidad del Corán o con el Profeta. La simple mención de esos temas en una cita académica -aunque sea para argumentar en contra- se transmuta en una ofensa o en una blasfemia. De ahí el malentendido con el discurso del Papa.

Quedaría un último punto para la reflexión: ¿cuál es en realidad el pensamiento de Benedicto XVI sobre el islam y su relación con el cristianismo? Sobre eso sí que no hay ninguna duda: basta leer cuanto ha escrito en los últimos 30 años el cardenal Josef Ratzinger para obtener una respuesta. Naturalmente, el estudioso, el periodista o el teólogo pueden renunciar a la lectura de esas páginas. Pero en este caso, se pierde la autoridad para entrar en el debate de estos días.

Rafael Navarro-Valls, “Globalizar la justicia y el amor”, El Mundo, 5.II.06

Frente al abuso de la religión hasta llegar a la «apoteosis del odio», la primera encíclica de Benedicto XVI («Deus caritas est») contrapone un Dios que crea por amor al ser humano y se inclina hacia él.

Esto explica que, recién elegido Papa, Ratzinger planteara como primer desafío de la humanidad la solidaridad entre las generaciones, la solidaridad entre los países y entre los continentes, «para una distribución cada vez más equitativa de las riquezas del planeta entre todos los hombres». Lo cual no es simple filantropía, sino un «impulso divino» que empuja a aliviar la miseria. Esta es la clave de la encíclica «Deus caritas est». Pocos comentarios han destacado que esta encíclica es claramente una encíclica «social». Un documento que se mueve en la estela de las grandes encíclicas sociales, iniciadas por la «Rerum Novarum» de León XIII.

Desde mediados del siglo XVIII, concretamente desde Benedicto XIV (1740), las encíclicas son cartas circulares impresas, dirigidas por el Papa a todo (o a parte) del episcopado, y a su través, a los fieles e incluso a todos los hombres de buena voluntad. Por lo común, suelen responder a cuestiones particulares de una época, y es una de las fuentes principales de la predicación de la Iglesia católica. La que acaba de publicar el Papa Ratzinger será la número 294 desde Benedicto XIV.

En el siglo XX, el Papa que más encíclicas publicó fue Pío XI (41) y el que menos, Juan XXIII (7). Catorce publicó Juan Pablo II. No parece que Benedicto XVI vaya a ser de los más prolíficos. Y no sólo por su edad. Piensa que los problemas de la Iglesia no se arreglan desde un escritorio. Insiste en que la Iglesia «habla demasiado de sí misma. No tenemos necesidad de una Iglesia más humana, sino de una Iglesia más divina». La primera encíclica de los papas del siglo XX tiende a ser programática. Marca el rumbo de fondo por el que desean conducir a la Iglesia. Así, Juan XXIII unió su primera encíclica («Ad Petri cathedram») a la finalidad que se había propuesto al anunciar la celebración del Concilio Vaticano II: promover el conocimiento de la verdad como camino para las restauración de la unidad y de la paz. Pablo VI igualmente conectó su primera encíclica («Ecclesiam suam») con el mismo Concilio, ya que su publicación coincidió con el final de su segunda sesión. En ella planteaba los tres caminos por los que se proponía conducir la Iglesia: conciencia, renovación y diálogo. En fin, Juan Pablo II en la «Redemptor hominis», también su primera encíclica, entiende que la cuestión del hombre no se puede separar de la cuestión de Dios. Por eso su objetivo -evidente en todo su largo pontificado- fue unir antropocentrismo con cristocentrismo. Es decir, resaltar que sólo es posible la comprensión del hombre mirando aquel de quien es imagen: Dios.

En sintonía con el programa de su antecesor, esta primera encíclica de Benedicto XVI comienza apuntando a la esencia de Dios: la caridad, el amor. Y, contra lo que viene afirmándose en los primeros comentarios que he leído, es también programática. Tan programática que, contra toda praxis, el propio Papa quiso explicar, dos días antes de su publicación, la finalidad que con ella se proponía. Y lo hizo tomando como punto de partida la «Divina Comedia». Al igual que Dante en su gira cósmica lleva al lector ante el rostro de Dios, que es «el amor que mueve a las estrellas», Ratzinger quiere enfrentar al hombre con un Dios que «asumió un rostro y un corazón humanos».

Cuando inició su pontificado, Benedicto XVI insistió en que su verdadero programa de gobierno no se centraría en seguir sus propias ideas, «sino en dejarme conducir por el Señor, de modo que sea él mismo quien guíe a la Iglesia en esta hora de nuestra historia». Leyendo su primera encíclica se confirma ese propósito.No es una exposición de alguno de los temas favoritos del cardenal Ratzinger, por ejemplo el relativismo. Es, más bien, un texto en que el autor pasa a segundo plano concentrando su atención en la primera palabra con la que empieza la encíclica : «Dios».Su programa parece como si viniera impuesto por una fuerza externa al propio Benedicto XVI, una fuerza que le impulsa a gravitar sobre los grandes temas de la justicia y la caridad.

Ratzinger en sus escritos intenta, de uno u otro modo, reivindicar la razón en el cristianismo. Lo que él mismo ha llamado «la victoria de la inteligencia» en el mundo de las religiones. En esta encíclica parece dejarse llevar por un impulso diferente: la reivindicación de la justicia y el amor como signo distintivo de su programa de acción. No se olvide que desde que Ratzinger publicara en 1954 su primer libro, su producción científica ha sido abrumadora: miles de trabajos y más de 50 libros. La inteligencia y claridad de lo que escribe le hace ser uno de los autores más leídos del siglo XX. «Me siento menos sola cuando leo los libros de Ratzinger», decía Oriana Fallaci a «The Wall Street Journal». «Soy una atea, añadía, y si una atea y un Papa creen las mismas cosas, hay mucho de verdad allí». Efectivamente, nadie -creyente o no- puede discutir el mensaje de Benedicto XVI en «Deus caritas est».

Resumiendo, yo diría que su encíclica pretender «globalizar la justicia y el amor». De modo que en la gran familia humana -y también en esa familia que es la Iglesia- no haya ningún miembro «que sufra por falta de lo necesario». Naturalmente, antes de hablar de amor hay que reivindicar la justicia en las relaciones humanas. Por eso Benedicto XVI utiliza una dura frase de San Agustín para calificar «de gran banda de ladrones» a un Estado que no se rigiera por la justicia. Con ello está diciendo que la justicia es el objeto y la medida de toda política. La política no es simplemente «una técnica» es, antes, una forma de ética. Naturalmente, eso es misión del Estado, pero no sólo de él. Es, ante todo, una gran tarea humana. Por eso Benedicto XVI reivindica para la Iglesia el deber de ofrecer, «mediante la purificación de la razón y de la ética», una contribución específica que haga a la justicia comprensible y políticamente realizable. De ahí, por ejemplo, la absoluta necesidad de la libertad religiosa.

Pero si la justicia es imprescindible, Benedicto XVI reivindica para la caridad (el amor) un puesto importante. El sufrimiento no sólo reclama justicia. Reclama, además, la amorosa atención personal. Y aquí, las fuerzas sociales -incluida la Iglesia- son insustituibles en su cercanía a la indigencia, material o espiritual. Sorprende el vigoroso aliento que de toda la encíclica se desprende hacia las nuevas formas de voluntariado social, que unen la espontaneidad con la cercanía a los hombres y mujeres necesitados de auxilio. La contraposición que el Papa hace del deterioro que entre los jóvenes produce la «anticultura de la muerte» (por ejemplo la droga) y, por contraste, la dignidad que en ellos mismos se trasluce en la «cultura de la vida», que se entrega a los demás en el voluntariado, es ciertamente uno de los pasajes más entrañables de la encíclica. No se crea, sin embargo, que el mensaje de Benedicto XVI es una simple exhortación «al activismo social». Es mucho más que eso, pues al fijarse en Teresa de Calcuta (probablemente la activista social más destacada de todo el siglo XX) hace notar que su fecundidad fue debida a su vida interior, a su unión con Dios en la atención a los más abandonados de todos. De ahí que el Papa Ratzinger siente como conclusión: «Ha llegado el momento de reafirmar la importancia de la oración ante el activismo y el secularismo de muchos cristianos comprometidos en el servicio caritativo».

El centro de gravedad de la Iglesia pasó durante el siglo XX y XXI de Europa al Tercer Mundo, con un 62% de los católicos viviendo actualmente en Iberoamérica, África y Asia. Es en estas zonas donde la miseria tiende sus tentáculos con más fuerza. Benedicto XVI parece querer apuntar hacia esos lugares como uno de los desafíos de su pontificado. Por eso he dicho que «Deus caritas est» es , primordialmente, una encíclica social.

Rafael Navarro-Valls, “¡Ya no es sólo la economía!”, El Mundo, 15.XI.05

Si prospera el nombramiento de Samuel Alito para el Tribunal Supremo de EEUU, la mayoría de magistrados serán de confesión católica: Antonin Scalia, Clarence Thomas, Anthony Kennedy, John Roberts y el propio Alito. Como anota James Davidson, los protestantes habían sido hasta ahora tan dominantes en el Tribunal que la mitad de los jueces han procedido de tres denominaciones distintas: episcopalianos, presbiterianos y congregacionales . En el otro lado del Atlántico, Francia se prepara para celebrar dentro de unos días el centenario de la famosa ley de 1905, aún vigente, en la que se estableció un sistema de relaciones Iglesias-Estado con un «núcleo duro» de laicismo puro, posteriormente dulcificado por el buen sentido común y jurídico. Las constituciones pasan por fases en que mantienen a los ciudadanos en una especie de letargo y otras en que los entregan a una agitación febril. En España una época de paz jurídica constitucional está siendo sustituida por otra de inquietud jurídica. En ella se detecta el resurgir de una cierta guerra fría religiosa. Por un lado están los fundamentalistas de nuevo cuño, variantes de ayatolás que necesitan comerse crudo un Salman Rusdhie un día sí y otro también. Por otro, exaltados ideócratas, representantes del nuevo clero laicista, que convierten en leprosos políticos a los hombres con determinadas convicciones y consideran intolerable cualquier colaboración entre el poder político y las Iglesias.

¿Qué hilo anuda estas tres situaciones? Veamos.

El modelo francés de relaciones Iglesias-Estado diseñado por la ley de 1905 aparece agotado y desde Régis Debray hasta Nicolás Sarkozy, pasando por Le Monde y Liberation buscan en el debate nuevas vías que den vigor «al bello cadáver».

España comienza a ser consciente de que lo último que le interesa es una nueva guerra de religión, ya que si no queremos elegir la vía del conflicto como norma hemos de escoger la vía de la colaboración como sistema. Conclusión: el hilo conductor de situaciones lejanas cultural y geográficamente es el alumbramiento de un nuevo concepto de laicismo. Un concepto que equilibre la necesaria independencia entre poderes con su inevitable colaboración. Al primer aspecto apuntaba Tocqueville con estas palabras: «Me pregunté cómo podía ser que, al disminuir la fuerza aparente de una religión, llegara a aumentar su poder real. Cuando se alía a un poder político, la religión aumenta su poder sobre unos cuantos, pero pierde la esperanza de reinar sobre todos». El segundo late en el art.9.2 de la Constitución Española cuando habla de «facilitar la participación de todos los ciudadanos en la vida política, económica, cultural y social». El verdadero laicismo huye como de la peste de ese «despotismo blando» del Estado que encierra a los ciudadanos en el gueto de sus corazones, discriminándolos por sus convicciones religiosas y mirando con desafecto a los que discrepan de lo políticamente correcto.

El laicismo positivo crea espacios de libre mercado de las ideas, respetando y estimulando todas: también las de los ciudadanos con fuertes convicciones religiosas. De ahí que el propósito de la separación entre las Iglesias y el Estado, a que apunta el laicismo, no es el de hacernos libres de la religión, sino el de hacernos oficialmente libres para la práctica de la religión (William McLoughlin).

España no es Estados Unidos, pero también aquí se detecta el resurgir de los valores (incluidos los religiosos) en la vida política. Todavía no ocurre lo que sucedió en Norteamérica a partir de 1996, donde la preocupación por la moral convirtió la religión en uno de los prioritarios focos de atención, como demuestran los sondeos realizados inmediatamente después de las elecciones presidenciales de 2000 (extrapolables a las del 2004).En esa ocasión, los norteamericanos concluyeron que «una mayor presencia de la religión era el mejor modo de fortalecer los valores familiares y la conducta moral» y el 70% declaró que querían que aumentara la influencia de la religión en ese país (The Public Interest, primavera de 2001). Pero también en España, por ejemplo, dos de las manifestaciones populares más numerosas desde la Transición han tenido como trasfondo problemas morales y religiosos: familia, matrimonio y educación. Millones de personas toman las calles no para pedir nuevas carreteras o la creación de puestos de trabajo, sino tutela de la familia, libertad de educación o una legislación que contribuya a la solidez de los matrimonios. Esto hace pensar que también aquí podría decirse lo que comienza a concluirse en otras zonas políticas: «¡Ya no es sólo la economía, estúpido!», que sustituye el memorable graffiti colocado por James Carville («It”s the economy, stupid!») en la puerta de la oficina electoral durante la campaña presidencial de Clinton en 1992. Efectivamente, las campañas electorales hoy ya no se ganan solamente con parámetros económicos, sino también planteando soluciones coherentes a los problemas sociales, muchos de ellos desde perspectivas de valores.

Antes he apuntado la conveniencia de elaborar un nuevo concepto de laicismo. Esta necesidad se acentúa cuando se observa de cerca el tipo de laicismo que subyace en la aludida ley francesa de 1905 y que tanta influencia sigue teniendo en alguna intelligentsia española. En realidad, lo que se descubre en ella es un proceso de mitificación del concepto, que oculta más sombras que claros. La moderna concepción francesa de laicismo se desarrolló principalmente durante dos períodos: los años siguientes a la revolución de 1789 y los años de la III República (particularmente desde 1870 hasta 1905). En estos dos periodos se identifican una serie de acontecimientos que ilustran que el laicismo no emerge de las nociones de tolerancia, neutralidad o separación, sino, como han demostrado desde enfoques distintos Jeremy Gunn y Michael Burleigh, del conflicto y de la hostilidad, casi siempre dirigida contra la Iglesia católica. Basten los ejemplos siguientes.

El 12 de julio de 1790, la Asamblea Constituyente adoptó la Constitución Civil del clero, que los historiadores han descrito como el principio de una «guerra santa» (Schama) y casi una «guerra civil» (McManners).

Durante los dos años posteriores a 1792, miles de clérigos y monjas fueron asesinados en París y otras partes de Francia . Al menos unos 20.000 fueron forzados a renunciar a sus votos.

En los tres años siguientes a la adopción de la Ley sobre asociaciones de 1901, el Estado francés rehusó reconocer personalidad jurídica a las congregaciones, miles de escuelas religiosas fueron cerradas y varios miles de monjes y monjas se vieron forzados al exilio. En fin, la propia ley de 1905 sobre la separación de la Iglesia y del Estado expropió masivamente los edificios de la Iglesia construidos antes de 1905. El nuevo laicismo, reclamada desde sectores diversos del pensamiento político y jurídico español, abandona sus resabios arqueológicos para reconocer en la dimensión religiosa de la persona puntos de encuentro en un contexto cada vez más multiétnico y pluricultural.Cuando Régis Debray, nada sospechoso de clericalismo, preconiza el paso de un laicismo de incompetencia o de combate a un laicismo de inteligencia en materia de educación religiosa apunta a un problema no sólo de Francia sino también de España. No se entiende bien la reticencia del Gobierno de Zapatero a conceder un puesto digno a la enseñanza de iniciativa social y a la enseñanza de la religión en un contexto europeo en el que hasta el laborista Blair en Inglaterra acaba de anunciar una reforma crucial de la enseñanza secundaria basada en la libertad: variedad de escuelas, libertad de elección, autonomía escolar, más poder para los padres y apertura a instituciones como iglesias, fundaciones, etcétera para que puedan hacerse cargo de colegios financiados por el Estado.

En fin, no puede ser obstáculo para este nuevo concepto de laicismo positivo la confusa idea (presente, por ejemplo, en la última película de Ridley Scott El reino de los cielos) de que la firmeza de convicciones religiosas lleva en sí el germen del fanatismo y la intolerancia. Robert A. Pape, de la Universidad de Chicago, acaba de compilar datos sobre los 315 ataques suicidas ocurridos en el mundo entre 1980 y 2003. Los números revelan que hay menos relación de lo que se cree entre terrorismo suicida y fundamentalismo religioso. La conclusión de Pape es que «lo que tienen en común casi todos los ataques suicidas es un objetivo estratégico y no religioso». En otras palabras, «si israelíes y palestinos, por ejemplo, llevan décadas combatiendo no es porque unos crean que Alá es mejor que Yahvé, sino porque se disputan una misma tierra». Y no pocas veces los que combaten son sionistas laicos contra palestinos no religiosos.

En síntesis: el Estado debe ser consciente de que necesita de las energías morales que él no puede aportar. Es decir, que uno de los núcleos de la cultura es precisamente «el culto» (de donde proviene la propia palabra), aquello que el ser humano aprecia y venera. Si lo intentamos arrumbar al desván de los recuerdos, nos quedamos entre las manos con lo que Weigel llama «un esqueleto sin vida». Y es que cuando el hombre huye de la trascendencia le persiguen otros dioses (la ambición, el orgullo, la insolidaridad, la discriminación y el lucro salvaje) que acaban alcanzándole.