Alfonso Aguiló, “Palabras de vida y de muerte”, Hacer Familia nº 184, 1.VI.2009

Un grupo de ranas viajaba por el campo y, de repente, dos de ellas cayeron en una zanja. Todas las demás se reunieron alrededor. Cuando se asomaron, gritaron entre llantos a las dos ranas que el agujero era demasiado profundo y no podrían salir. Las dos ranas no hicieron caso a los comentarios de sus amigas y siguieron tratando de saltar fuera con todas sus fuerzas. Las otras seguían insistiendo en que sus esfuerzos resultarían inútiles. Finalmente, una de las ranas se rindió después de oír tantas veces que no había solución, y pasado un poco de tiempo, se desvaneció y murió.

Sin embargo, la otra rana no se desanimaba. Continuó trepando y saltando tan fuerte como le era posible, sin desanimarse a pesar de los golpes y los arañazos. Las otras ranas seguían gritando y haciendo señas para que dejara de sufrir inútilmente y se dispusiera a morir, ya que no tenía sentido seguir agotándose y lastimándose de esa manera. Pero la rana saltaba cada vez con más ímpetu, hasta que, tras un esfuerzo supremo, logró salir, con gran sorpresa de todas.

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Alfonso Aguiló, “Cambiar el mundo”, Hacer Familia nº 183, 1.V.2009

«Cuando era joven y mi imaginación no tenía límites, soñaba con cambiar el mundo.

»Según fui haciéndome mayor, pensé que no había modo de cambiar el mundo, así que me propuse un objetivo más modesto e intenté cambiar sólo mi país.

»Pero, con el tiempo, me pareció también imposible. Cuando llegué a la vejez, me conformé con intentar cambiar a mi familia, a los más cercanos a mí.

»Pero tampoco conseguí casi nada. Ahora, en mi lecho de muerte, de repente he comprendido una cosa: si hubiera empezado por intentar cambiarme a mí mismo, tal vez mi familia habría seguido mi ejemplo y habría cambiado, y con su inspiración y aliento quizá habría sido capaz de cambiar mi país y —quien sabe— tal vez incluso hubiera podido cambiar el mundo.»

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Alfonso Aguiló, “El sufrimiento de los inocentes”, Hacer Familia nº 182, 1.IV.2009

Los SS parecían más preocupados, más inquietos que de costumbre. Colgar a un chaval delante de miles de personas no era un asunto sin importancia. El jefe del campo leyó el veredicto. Todas las miradas estaban puestas sobre el niño. Estaba lívido, casi tranquilo, mordisqueándose los labios. La sombra de la horca le recubría.

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Alfonso Aguiló, “Enredarse”, Hacer Familia nº 181, 1.III.2009

Una de las mejores novelas de Evelyn Waugh cuenta la historia de un periodista de la Inglaterra victoriana que es enviado por un diario londinense a cubrir las noticias de una guerra en el Este de África.

El reportero sale de la Victoria Station, atraviesa el continente, llega a Egipto y se sube a un tren que le tiene que conducir a su destino. El trayecto es incómodo y largo. Se duerme profundamente, las estaciones van pasando en la oscuridad de la noche, y al despertar se encuentra en una población de mala muerte y muy alejada del escenario de la guerra.

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Alfonso Aguiló, “No desfallecer aunque nos quedemos solos”, Hacer Familia nº 180, 1.II.2009

Llegó una vez un sabio itinerante a una ciudad y comenzó a gritar, en su plaza principal, que era necesario un cambio en la marcha de aquel país. El hombre hablaba y hablaba, y una multitud considerable acudió a escucharle, aunque quizá más por curiosidad que por verdadero interés. Y aquel hombre seguía poniendo toda su alma en aquellas palabras, pidiendo que cambiaran de una vez sus relajadas costumbres.

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Alfonso Aguiló, “Exigir con acierto”, Hacer Familia nº 179, 1.I.2009

Una mañana de primavera de 1991, Lorraine Monroe entra por vez primera en la Frederick Douglass School, una modesta escuela pública situada en la 149th Street de Harlem, en New York. El lugar no inspira mucho atractivo. Hay baldosas rotas, desperdicios por el suelo, cortinas desgarradas y otras muchas muestras de abandono.

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Alfonso Aguiló, “Educar la memoria”, Hacer Familia nº 178, 1.XII.2008

Gabriel García Márquez contaba aquel breve relato de un pobre desencantado que se arrojó a la calle desde el décimo piso, y a medida que caía iba viendo a través de las ventanas la intimidad de sus vecinos, las pequeñas tragedias domésticas, los breves instantes de felicidad, cuyas noticias no habían llegado nunca hasta la escalera común, de modo que en el instante de reventarse contra el pavimento de la calle había cambiado por completo su concepción del mundo, y había llegado a la conclusión de que aquella vida que abandonaba para siempre por la puerta falsa merecía la pena ser vivida.

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Alfonso Aguiló, “Criterio propio”, Hacer Familia nº 177, 1.XI.2008

Era otoño, y los indios de una remota reserva norteamericana preguntaron a su nuevo jefe si el próximo invierno iba a ser frío o apacible. Como aquel jefe había sido educado en una sociedad moderna, no conocía la vieja sabiduría de su raza. Así que, cuando miró el cielo, se vio incapaz de adivinar qué iba a suceder con el tiempo. Para no parecer inseguro o dubitativo, respondió que el invierno iba a ser verdaderamente frío y que los miembros de la tribu debían recoger leña para estar preparados.

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Alfonso Aguiló, “Decir la verdad”, Hacer Familia nº 176, 1.X.2008

Me lo contó hace años el protagonista de la anécdota y no se me ha olvidado. Un profesor de una prestigiosa institución educativa llega a su despacho, que comparte con otros compañeros. Nada más entrar, ve el cubilete de cerámica en el que pone los bolígrafos, que está roto en varios pedazos. Pero no están caídos en el suelo, sino recogidos los trozos y puestos en orden sobre la mesa. Alineados, los lápices, los bolígrafos y el abrecartas. Junto a ellos, una nota pidiendo disculpas: “Perdón. Se me ha caído. He sido yo.” Y su firma.

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Alfonso Aguiló, “Tachar de ingenuos”, Hacer Familia nº 175, 1.IX.2008

A sus 23 años, Erin Gruwell parecía dispuesta a comerse el mundo, un día de otoño de 1994, cuando empezaba a trabajar como profesora en el Woodrow Wilson High School, un conflictivo instituto de Long Beach, en California. Los experimentos de integración racial en las aulas de aquella escuela no parecían estar dando los resultados apetecidos. Como profesora en prácticas, le asignaron la peor clase del instituto, la que nadie quería. Se encontró con un grupo de chicos de diferentes etnias, con problemas familiares y de adaptación social, incapaces de progresar en el estudio y a los que el sistema daba ya por irrecuperables. Lo único que aquellos chicos parecían tener en común era la rivalidad entre ellos y el convencimiento de que el sistema educativo se limitaba a retenerlos allí como fuera hasta que llegaran a la edad legal necesaria para abandonar la escuela.

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Alfonso Aguiló, “No olvides lo principal”, Hacer Familia nº 173-174, 1.VII-VIII.2008

Cuenta la leyenda que una mujer pobre con un niño en los brazos pasaba delante de una caverna y escuchó una voz misteriosa que desde dentro le decía: “Entra y toma todo lo que desees, pero no te olvides de lo principal. Y recuerda que, después de que salgas, la puerta se cerrará para siempre. Por tanto, aprovecha la oportunidad, pero te repito: no olvides lo principal.”

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Alfonso Aguiló, “Implicarse”, Hacer Familia nº 172, 1.VI.2008

Una mañana del año 1974, Muhammad Yunus recorría las calles de Jobra, una modesta población de Bangladesh que sufría una feroz hambruna. Yunus era un inquieto profesor universitario de 34 años, formado brillantemente en Estados Unidos y que había vuelto a su país para colaborar en el proceso de construcción nacional que se puso en marcha tras su declaración de independencia en 1971. Era Director del Departamento de Economía de la Universidad de Chittagong, y ansiaba que sus clases se adaptaran a la realidad que tan trágicamente vivía su país. Recorría las aldeas buscando el contacto directo con la gente y se preguntaba constantemente cuál era la raíz de sus dificultades para progresar.

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Alfonso Aguiló, “Servir a los demás”, Hacer Familia nº 171, 1.V.2008

Una noche de tormenta, hace ya bastantes años, un matrimonio mayor entró en la recepción de un pequeño hotel en Filadelfia. Se aproximaron al mostrador y preguntaron: “¿Puede darnos una habitación?”.

El empleado, un hombre atento y de movimientos rápidos, les dijo: “Lo siento de verdad, pero hoy se celebran tres convenciones simultáneas en la ciudad. Todas nuestras habitaciones y las de los demás hoteles cercanos están ocupadas.” El matrimonio manifestó discretamente su agobio, pues era difícil que a esa hora y con ese tiempo tan horroroso pudieran encontrar dónde pasar la noche. El empleado entonces les dijo: “Miren…, no puedo dejarles marchar si más con este aguacero. Si ustedes aceptan la incomodidad, puedo ofrecerles mi propia habitación. Yo me arreglaré con el sillón de la oficina, pues tengo que estar toda la noche pendiente de lo que pase.”

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Alfonso Aguiló, “Resistencia ante lo aparentemente inevitable”, Hacer Familia nº 170, 1.IV.2008

Sophie Scholl había nacido en 1921 y era hija del alcalde de Forchtenberg am Kocher. En 1937 sus hermanos fueron arrestados por participar ilegalmente en el Movimiento Católico de las Juventudes Alemanas, y eso le hizo vivir muy de cerca la agresividad y la perversión del nazismo.

En mayo de 1942 se matriculó en la Universidad de Munich, como estudiante de Biología y Filosofía. Su hermano, Hans Scholl, también estudiaba Medicina en el mismo lugar. Ambos comenzaron enseguida a frecuentar el trato con artistas, escritores y filósofos, especialmente con Carl Muth y Theodor Haecker. La cuestión que más debatían era cómo debía actuar un cristiano bajo aquella dictadura. No era una resistencia fácil, pues, por ejemplo, su padre acababa de ingresar en prisión por un comentario crítico sobre Hitler que hizo ante un funcionario.

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Alfonso Aguiló, “Obediencia a la autoridad”, Hacer Familia nº 169, 1.III.2008

El experimento de Milgram fue un famoso ensayo científico de psicología social llevado a cabo por Stanley Milgram en la Universidad de Yale y descrito en 1974 en su libro “Obedience to authority”.

Sus experimentaciones comenzaron a raíz de que Adolf Eichmann fuera juzgado y sentenciado a muerte por crímenes contra la humanidad cometidos durante el régimen nazi en Alemania. Milgram se preguntaba cómo un hombre aparentemente normal, que no tenía nada contra los judíos, había podido ser tan activo partícipe del Holocausto y amparse siempre en la idea de que se limitaba a cumplir órdenes de sus legítimos superiores.
A través de anuncios en la prensa local de New Haven, Milgram buscó voluntarios para participar en un ensayo que se presentó como de “estudio de la memoria y el aprendizaje”. Les ofrecía cuatro dólares más una comida. Seleccionó a personas de diversas edades y estilos de educación. Un investigador explicaba la prueba al voluntario, junto con otra persona que se hacía pasar también por voluntario, pero que en realidad era un actor compinchado.

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Alfonso Aguiló, “Vivir de tópicos”, Hacer Familia nº 168, 1.II.2008

Un grupo de científicos colocó cinco monos en una jaula, en cuyo centro dispusieron una escalera y, sobre ella, un racimo de plátanos, de los que a los simios resultaban más apetitosos.

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Alfonso Aguiló, “La valentía premiada”, Hacer Familia nº 166, 1.XII.2007

Sucedió hace ya unos años y lo contaba el propio protagonista del relato. «Estaba caminando por una calle escasamente iluminada una noche, ya un poco tarde, cuando oí unos gritos que provenían de detrás de unos matorrales. Alarmado, aminoré el paso para escuchar mejor, y me asusté al comprobar que eran signos inconfundibles de una lucha en la que, a unos pocos metros de mí, una mujer joven estaba siendo atacada.

»¿Me debía involucrar? Yo estaba bastante asustado pensando en mi propia seguridad y maldije el dilema ante el que encontraba en aquel preciso momento. ¿No debía simplemente correr al teléfono más cercano y llamar a la policía?

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Alfonso Aguiló, “La decisión está en tus manos”, Hacer Familia nº 167, 1.I.2008

Hace casi dos mil años, había en una ciudad dos escuelas de enseñanza, dirigidas por dos sabios de renombre: Hilel y Shamai. Ambas eran exigentes y prestigiosas, y sus alumnos eran considerados por todos como una elite muy distinguida.

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Alfonso Aguiló, “Decidir en conciencia”, Hacer Familia nº 165, 1.XI.2007

Jean Bernard es un sacerdote luxemburgués de treinta y cinco años, cautivo en el campo de concentración de Dachau. Lleva diez meses en el “Pfarrerblock”, un pabellón en el que están prisioneros 2771 sacerdotes y religiosos de toda Europa.

Un día de febrero de 1942, Jean Bernard es liberado y devuelto a su Luxemburgo natal. No se le dan explicaciones hasta que ya está allí. En realidad, aquello son sólo nueve días de libertad para que visite a su Obispo y le convenza para que haga una declaración de apoyo a Hitler, con objeto de intentar romper así la total resistencia del clero católico local. A cambio, las autoridades alemanas le ofrecen respetar su vida, la de su familia y la de los demás clérigos prisioneros. Si huye, o si el objetivo no se logra, los veinte sacerdotes luxemburgueses de Dachau serán ejecutados.

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Alfonso Aguiló, “Sufrir por una buena causa”, Hacer Familia nº 164, 1.X.2007

El día 1 de diciembre de 1955, Rosa Parks regresaba a casa después de su jornada de trabajo como asistenta y costurera en Montgomery, capital del Estado de Alabama. Subió al autobús que recorría Cleveland Avenue. Vio unos sitios libres en la zona central y se sentó. Eran unos asientos que estaban permitidos a personas de color, pero que, de acuerdo con las leyes de segregación entonces vigentes, debían cederse a los blancos si estos no tenían asiento en los diez primeros puestos, que ya estaban reservados en exclusiva para ellos. Continuar leyendo “Alfonso Aguiló, “Sufrir por una buena causa”, Hacer Familia nº 164, 1.X.2007″

Alfonso Aguiló, “La fuerza del corazón. Educar los sentimientos”, Retamach, V.01

Aprender a educar los sentimientos sigue siendo hoy una de las grandes tareas pendientes. Muchas veces se olvida que los sentimientos son una poderosa realidad humana, y que —para bien o para mal— son habitualmente lo que con más fuerza nos impulsa o nos retrae en nuestro actuar.

Las personas que gozan de una buena educación afectiva suelen sentirse más satisfechas, son más eficaces y hacen rendir mejor su talento natural. En cambio, quienes no logran dominar bien su vida emocional, se debaten en constantes luchas internas que socavan su capacidad de pensar, de trabajar y de relacionarse con los demás.

EL OCASO DE UN MITO -¿Siendo tan importante la educación de los sentimientos, por qué tantas personas consideran el coeficiente intelectual como el principal indicador del talento personal? El asunto viene de antiguo. Desde comienzos del siglo XX, se difundió mucho la idea de que el coeficiente intelectual es un dato de partida invariable y decisivo en la vida de una persona. Afortunadamente, esa idea entró en crisis hace ya bastantes años, pues está claro que poseer un elevado coeficiente intelectual puede predecir tal vez quién obtendrá éxito académico —tal como suele evaluarse hoy en nuestro sistema educativo—, pero no mucho más. No es una garantía de éxito profesional, y mucho menos de una vida acertada y feliz.

Hay otras muchas capacidades que tienen más importancia, y entre ellas están las relativas a la educación de los sentimientos, como el conocimiento propio, el autocontrol y el equilibrio emocional, la capacidad de motivarse a uno mismo y a otros, el talento social, el optimismo, la capacidad para reconocer y comprender los sentimientos de los demás, etc.

-¿Y al prestar tanta atención a la educación de los sentimientos, no cabe el riesgo de caer en una educación excesivamente sentimental? Son cosas distintas. Ser persona de mucho corazón, o poseer una profunda capacidad afectiva, no constituye en sí ningún peligro. Y si lo constituye, será en la misma medida en que resulta peligroso tener una gran fuerza de voluntad o una portentosa inteligencia: depende de para qué se utilicen.

Como es lógico, no se trata de sustituir a la razón por los sentimientos, ni tampoco lo contrario. Se trata de reconciliar cabeza y corazón, tanto en la familia como en las aulas o en las relaciones humanas en general.

RECONCILIAR CABEZA Y CORAZÓN -¿Y cómo puede buscarse ese equilibrio? De entrada, no podemos desacreditar el corazón porque algunos lo consideren simple sentimentalismo; ni la inteligencia porque otros la vean como un simple racionalismo; ni la voluntad porque otros la reduzcan a un necio voluntarismo. La clave está en encontrar una buena armonía.

Por ejemplo, en las últimas décadas se han declarado diversas cruzadas contra diferentes problemas que amenazan nuestra sociedad: fracaso escolar, alcoholismo, embarazos de adolescentes, drogas, violencia juvenil, etc. Sin embargo, una y otra vez se comprueba que suele llegarse demasiado tarde, cuando la situación ha alcanzado ya grandes proporciones y está fuertemente arraigada en la vida de esas personas.

Y eso sucede porque la información, siendo importante, por sí sola suele resolver muy poco. La mayoría de las veces el problema no es propiamente la droga, ni el alcohol ni el fracaso escolar, sino las crisis afectivas que atraviesan esas personas, y que les llevan a buscar refugio en esos errores.

-¿La solución entonces es educar mejor los sentimientos? En gran parte sí. Al hombre no siempre le basta con comprender lo que es razonable para luego, sólo con eso, practicarlo. El comportamiento humano está lleno de sombras y de matices que escapan al rigor de la lógica, y que campan por sus respetos moviendo resortes subconscientes de la voluntad y los sentimientos.

-Pero tener mucho corazón a veces también traiciona…

Está claro que hay numerosos vicios y defectos que pueden coexistir con un gran corazón. Hay gente de mucho corazón que son alcohólicos, irascibles, mentirosos o poco honrados. Pero de modo general puede decirse que la riqueza y la plenitud de una persona dependen en gran medida de su capacidad afectiva.

Lo más propiamente humano es ser una persona de corazón, pero sin dejar que éste nos tiranice. Es decir, sin considerarlo la guía suprema de nuestra vida, sino logrando que sea la inteligencia quien se encargue de educarlo. Educarlo para que nos lleve a apasionarnos con cosas grandes, con ideales por los que merezca la pena luchar. Es verdad que las pasiones hacen llorar y sufrir, pero no por eso han de ser algo negativo, porque ¿acaso se puede dar una buena clase, o sacar adelante un proyecto importante, o amar de verdad a otra persona, desde la indiferencia? Sin apasionamiento, ¿habrían existido los grandes hombres que han llenado de luz y de fuerza nuestra historia, nuestra literatura, nuestra cultura? Educar bien nuestras pasiones nos hace más humanos, más libres, más valiosos.

-¿Y qué recomienda entonces a padres y educadores? Ser anticipativos y previsores, porque los errores en educación se pagan muy caros. Y aunque no siempre se pueden evitar, lo decisivo es intentar adelantarse y abordarlos antes de que lleguen a estallar abiertamente. Lograr, en la medida de lo posible, que no tengamos que esperar a haber tropezado y caído para que el dolor nos haga abrir los ojos a la realidad.

¿UNA REALIDAD OSCURA Y MISTERIOSA? -¿Y cree que la educación de los sentimientos es una tarea un tanto descuidada? Sí. Como ha señalado José Antonio Marina, la confusa impresión de que los sentimientos son una realidad oscura y misteriosa, poco racional, casi ajena a nuestro control, ha provocado en muchas personas un considerable desinterés por profundizar en su educación. Sin embargo, los sentimientos son influenciables, corregibles, estimulables. Pueden modelarse bastante más de lo que a primera vista parece.

Es cierto que la mayoría de los sentimientos no se pueden producir directa y libremente. No podemos generar sentimientos de alegría o de tristeza con la misma facilidad con que hacemos otros actos de voluntad (como gobernamos, por ejemplo, los movimientos de los brazos). Pero sí podemos influir en nuestra alegría o nuestra tristeza de modo indirecto, preparando el terreno en nuestro interior, estimulando o rechazando las respuestas afectivas que van surgiendo espontáneamente en nuestro corazón.

-Algunos consideran que eso es esconder los sentimientos espontáneos para sustituirlos por otros que en realidad no se tienen, y que por tanto son falsos, o al menos artificiales.

Pienso que no debe verse así, pues lo que se busca no es el falseamiento de los sentimientos, sino construir nuestro propio estilo emocional. Debemos ser protagonistas de nuestra propia vida, en vez de pensar que estamos atados a un inexorable destino sentimental.

Si una persona advierte, por ejemplo, que está siendo dominada por sentimientos de envidia, o de egoísmo, o de resentimiento, lo que debe hacer es procurar contener esos sentimientos negativos, al tiempo que procura estimular los correspondientes sentimientos positivos. De esa manera, con el tiempo logrará que éstos acaben imponiéndose sobre aquéllos, y así irá transformando positivamente su propia vida emocional.

-¿Y los sentimientos influyen en las virtudes? Cada estilo sentimental favorece unas acciones y entorpece otras. Por tanto, cada estilo sentimental favorece o entorpece una vida psicológicamente sana, y favorece o entorpece la práctica de las virtudes o valores que deseamos alcanzar. No puede olvidarse que la envidia, el egoísmo, la agresividad, o la pereza, son ciertamente carencias de virtud, pero también son carencias de la adecuada educación de los sentimientos que favorecen o entorpecen esa virtud. La práctica de las virtudes favorece la educación del corazón, y viceversa.

-¿Y a qué modelo afectivo debemos aspirar? Es algo difícil, muy personal, y decisivo para el resultado de nuestra vida. Vivimos una época sometida a una serie de problemas nuevos, sobre los que quizá no hemos tenido tiempo de reflexionar con calma. Hay muchas vidas arruinadas por la carcoma silenciosa e implacable de la mezquindad afectiva. Encontrar el modelo sentimental adecuado, comprenderlo, y después educar y educarse en él, es una tarea tan apasionante como trascendental para cualquier persona. Mi propósito al escribir Educar los sentimientos ha sido dar al lector algunas ideas para avanzar en ese camino.

SER BUENA PERSONA -¿Y qué relación piensa usted que hay entre educación de los sentimientos y educación moral? Voy a contestarle partiendo de un ejemplo. Recuerdo una ocasión, hace tiempo, en que un profesor amigo mío, refiriéndose a un alumno suyo de once años, de aspecto simpático y despierto, me decía: «Ese chico es realmente extraordinario. Una persona de mucho talento. Es una lástima que no tenga buen corazón. Le gusta distraer a los demás, meterles en líos y después zafarse él y quitarse de en medio. Suele ir a lo suyo, aunque, como es listo, lo sabe disimular. Pero si te fijas bien, te das cuenta de que es egoísta hasta extremos sorprendentes. Luego saca unas notas muy buenas, y hace unas redacciones impresionantes, y tiene grandes dotes para casi todo.

»Lo malo es que parece disfrutar humillando a los demás y haciéndoles daño. Es muy líder, pero en plan un poco matón. Le gusta atemorizar a los que son más débiles o menos inteligentes, y se muestra insensible ante su sufrimiento. Y no pienses que le tengo manía.

»Es el más brillante de la clase, pero no es una buena persona. Me impresiona su cabeza, pero me aterra su corazón.» Cuando observamos casos como el de ese chico, comprendemos enseguida que la educación debe prestar una atención muy particular a la educación moral, y no puede quedarse sólo en cuestiones como el desarrollo intelectual, la fuerza de voluntad o la estabilidad emocional (ninguna de ellas faltaba a aquel chico).

Por eso es preciso insistir en que una buena educación sentimental ha de ayudar, entre otras cosas, a aprender —en lo posible— a disfrutar haciendo el bien y sentir disgusto haciendo el mal.

-Eso no siempre es fácil. ¿Cómo puede lograrse? En nuestro interior hay sentimientos que nos empujan a obrar bien, y, junto a ellos, pululan también otros que son como insectos infecciosos que amenazan nuestra vida moral. Por eso debemos procurar modelar nuestros sentimientos para que nos ayuden lo más posible a sentirnos bien con aquello que nos ayuda a construir una vida personal armónica, plena, lograda. Y a sentirnos mal en caso contrario.

Porque, como ha señalado Ricardo Yepes, podría decirse que la ética es la ciencia que nos enseña —entre otras cosas— a sentir óptimamente. Y vista así, se convierte en algo quizá mucho más interesante de lo que pensábamos.

EL ATRACTIVO DEL BIEN -Pero hay ocasiones en que hacer el bien no resulta nada atractivo…

Es cierto, y por eso digo que hay que procurar educar los sentimientos para que ayuden lo más posible a la vida moral. Por ejemplo, si una persona siente desagrado al mentir, y satisfacción cuando es sincero, eso será una gran ayuda en su vida moral. Igual que si se siente molesto cuando es desleal, o egoísta, o perezoso, o injusto, porque todo eso le alejará de esos errores, y a veces con bastante más fuerza que muchos otros argumentos. De ahí la importancia de educar sabiendo mostrar con viveza el atractivo de la virtud y el bien.

-¿Por qué es tan importante esa imagen? Si una persona logra formarse una idea atractiva de las virtudes que desea adquirir, y procura tener bien presentes esas ideas, es mucho más fácil que llegue a poseer esas virtudes. Logrará, además, que ese camino sea menos penoso y más satisfactorio. Por el contrario, si piensa constantemente en el atractivo de los vicios que desea evitar (un atractivo pobre y rastrero, pero que siempre existe, y cuya fuerza no debe menospreciarse), lo más probable es que el innegable encanto que siempre tienen esos errores le haga más difícil despegarse de ellos.

Por eso, profundizar en el atractivo del bien, representarlo en nuestro interior como algo atractivo, alegre y motivador, es más importante de lo que parece. Muchas veces, los procesos de mejora se malogran simplemente porque la imagen de lo que uno se ha propuesto llegar no es lo bastante sugestiva o deseable.

-¿Entonces, con una óptima educación de los sentimientos, apenas costaría esfuerzo llevar una vida ejemplar? Está claro que de modo habitual costará menos. De todas formas, por muy buena que sea la educación de una persona, hacer el bien le supondrá con frecuencia un vencimiento, y a veces grande. Pero esa persona sabe bien que siempre sale ganando con el buen obrar.

-¿Y qué sucede si uno no se esfuerza en ese sentido? Si una persona no lucha contra sus defectos, y se entrega sin ofrecer resistencia a cualquier requerimiento de sus deseos, llegará un momento en que se oscurecerán en él hasta los valores y creencias más claras, y entonces quizá apenas sienta disgusto al obrar aun las mayores barbaridades.

Elegir el mal supone autoengañarse. Y lo peor es que esos engaños pueden llegar a dominarnos y esclavizarnos. Como decía la protagonista de aquella novela de Susanna Tamaro, «no se pueden ocultar las falsedades, las mentiras; o, mejor dicho, se pueden ocultar durante algún tiempo, pero después, cuando menos te lo esperas, vuelven a aflorar, y ya no son tan dóciles como en el primer momento, cuando eran aparentemente inofensivas; y entonces ves que se han convertido en monstruos horribles, con una avidez tremenda, y ya no es tan fácil deshacerse de ellas.» Los errores en la educación sentimental suelen producir errores en la vida moral, y viceversa. Y eso sucede aunque los errores sean sinceros, porque los errores sinceros, no por ser sinceros dejan de ser errores, ni de dañar a quien incurre en ellos.

Todo esto que digo ha de entenderse de modo positivo. Los valores éticos no han de entenderse habitualmente como limitación; es más, la mayoría de las veces serán precisamente lo contrario: un vigoroso estímulo que generará o impulsará otros sentimientos (de generosidad, de valentía, de honradez, de perdón, etc.), que en ese momento serán necesarios o convenientes. La ética no observa con recelo a los sentimientos. Se trata de construir sobre el fundamento firme de las exigencias de la dignidad del hombre, del respeto a sus derechos, de la sintonía con lo que exige su naturaleza y le es propio. Y el mejor estilo afectivo, el mejor carácter, será aquél que nos sitúe en una órbita más próxima a esa singular dignidad que al ser humano corresponde. En la medida que lo logremos, se nos hará más accesible la felicidad.

Alfonso Aguiló, “Conocerse a sí mismo”, Mundo Cristiano, nº 477, V.01

Si quieres conocerte,
observa la conducta de los demás;
si quieres conocer a los demás,
mira en tu propio corazón.
Friedrich Schiller
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Alfonso Aguiló, “El lecho de Procusto”, Hacer Familia nº 163, 1.IX.2007

Procusto era el apodo del mítico posadero de Eleusis, aquella ciudad de la antigua Grecia donde se celebraban los ritos misteriosos de las diosas Deméter y Perséfone. Era hijo de Poseidón, el dios de los mares, su estatura era gigantesca y poseía una fuerza descomunal.

Su verdadero nombre era Damastes, pero le apodaban Procusto, que significa “el estirador”, por su peculiar sistema de hacer amable la estancia a los huéspedes de su posada. Procusto les obligaba a acostarse en una cama de hierro, y a quien no se ajustaba a ella, porque su estatura era mayor que el lecho, le serraba los pies que sobresalían de la cama; y si el desdichado era de estatura más corta, entonces le estiraba las piernas hasta que se ajustaran exactamente al tamaño de aquel fatídico camastro.

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Alfonso Aguiló, “Vanidad”, Hacer Familia nº 161-162, 1.VII.2007

Una rana se preguntaba cómo podría alejarse un poco del clima frío del invierno de su tierra. Unos gansos le sugirieron que emigrara con ellos hacia el sur. El principal problema era que la rana no sabía volar. «Dejadme que piense un momento —dijo la rana—, tengo un cerebro privilegiado».

Pronto tuvo una idea. Pidió a dos gansos que le ayudaran a buscar una caña lo suficientemente ligera y fuerte. Les explicó que cada uno tenía que sostener la caña por un extremo, y que ella iría en medio, fuertemente agarrada por la boca a esa caña.

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Alfonso Aguiló, “Echar a volar”, Hacer Familia nº 160, 1.VI.2007

Un rey recibió como obsequio dos pequeños halcones y los entregó a uno de sus hombres para que los cuidara. Pasado un tiempo, el instructor comunicó al rey que uno de los halcones estaba ya perfectamente entrenado, pero al otro no sabía qué le pasaba, pues desde el primer día estaba posado en una rama y no había forma de que echara a volar, hasta el punto de que tenían que llevarle su alimento a ese lugar.

El rey mandó llamar a varios curanderos y sanadores, pero nadie lograba hacer volar a aquel pequeño animal. Pidió consejo a otros sabios de la corte, pero no hubo forma de moverlo de allí. Por la ventana de una de sus habitaciones, el monarca podía ver que el halcón permanecía inmóvil.

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Alfonso Aguiló, “Suficiencia o gratitud”, Hacer Familia nº 159, 1.V.2007

A finales del siglo XV, en una pequeña aldea cercana a Nüremberg, vivía una familia numerosa. Para poder poner pan en la mesa para tantos, el padre trabaja de la mañana a la noche en un pequeño taller de orfebrería. A pesar de las modestas condiciones en que viven, dos de los hijos demuestran desde muy pronto tener grandes dotes para el arte. Ambos quieren desarrollar ese talento, pero saben bien que su padre jamás podrá enviar a ninguno de ellos a estudiar a la Academia. Después de muchas noches de conversaciones calladas entre los dos, llegan a un acuerdo. Lanzarán al aire una moneda. El que pierda trabajará en las minas para pagar los estudios del que gane. Al terminar los estudios, se cambiarán las tornas y el otro sufragará los gastos del que ha quedado en casa.

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Alfonso Aguiló, “El paquete de galletas”, Hacer Familia nº 158, 1.IV.2007

Aquella tarde llegó a la vieja estación y le informaron de que el tren en que ella viajaba se retrasaría casi media hora. La elegante señora, bastante contrariada, compró una revista, un paquete de galletas y una botella de agua, se dirigió hacia el andén central, justo donde debía llegar su tren, y se sentó en un banco dispuesta para la espera.

Mientras hojeaba su revista, un chico joven se sentó a su lado y comenzó a leer el periódico. De pronto, la señora observó con asombro que aquel muchacho, sin decir una palabra, extendía la mano, agarraba el paquete de galletas, lo abría y comenzaba a comerlas, una a una, despreocupadamente. La mujer se sintió bastante molesta. No quería ser grosera, pero tampoco le parecía correcto dejar pasar aquella situación o hacer como si nada estuviera pasando. Así que, con un gesto manifiesto, quizá exagerado, tomó el paquete, sacó una galleta y se la comió manteniendo la mirada de aquel chico.

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Alfonso Aguiló, “La carreta vacía”, Hacer Familia nº 157, 1.III.2007

«Caminaba despacio con mi padre, cuando él se detuvo en una curva y, después de un pequeño silencio, me preguntó: “Además del canto de los pájaros, ¿escuchas alguna cosa más?”. Agucé el oído y le respondí: “Oigo el ruido de una carreta”. “Eso es —dijo mi padre—, una carreta, pero una carreta vacía”. Pregunté a mi padre: “¿Cómo sabes que está vacía, si aún no la hemos visto?”.

»Entonces mi padre respondió: “Es muy fácil saber cuándo una carreta está vacía, por el ruido. Cuanto más vacía va la carreta, mayor es el ruido que hace”.

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Alfonso Aguiló, “El riesgo de la desesperanza”, Hacer Familia nº 156, 1.II.2007

Según cuenta la conocida leyenda de la mitología griega, los dioses, celosos de la belleza de Pandora, una princesa de la antigua Grecia, le regalaron una misteriosa caja, advirtiéndole que jamás la abriera. Pero un día, la curiosidad y la tentación pudieron más que ella, y abrió la tapa para ver su contenido, liberando así en el mundo todas las grandes aflicciones que hoy existen. Pudo cerrarla justo a tiempo de evitar que se escapara también la esperanza, que es el único valor que hace soportables las numerosas penalidades de la vida.

Y no parece que faltara razón a los hombres de la antigua Grecia cuando valoraban en tanto la esperanza. Porque la esperanza no es una simple ilusión ingenua de que, al final, y no se sabe bien por qué, todo irá bien. Se trata más bien de tener fe en que uno puede, con la ayuda que sea precisa, superar las dificultades.

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Alfonso Aguiló, “La verdadera generosidad”, Hacer Familia nº 155, 1.I.2007

C. S. Lewis, en sus “Cartas del diablo a su sobrino”, describe admirablemente ese fenómeno por el que muchas veces en el noviazgo se incuban esas semillas que engendrarán años después el rencor doméstico. «El encanto del enamoramiento de los novios —explica el diablo veterano a su inexperto sobrino— hace que los humanos confundan esa atracción juvenil con el verdadero cariño. Aprovéchate de la ambigüedad de la palabra “amor” y déjales pensar que han resuelto mediante el amor problemas que de hecho sólo han apartado o pospuesto bajo la influencia de ese enamoramiento. Mientras dura, tienes la oportunidad de fomentar en secreto los problemas y hacerlos crónicos.»

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Alfonso Aguiló, “Redimir a un hombre”, Hacer Familia nº 154, 1.XII.2006

Una tarde de octubre de 1815 un hombre hambriento y cansado llega caminando a la ciudad. Desesperado porque en los albergues no le admiten y no sabe dónde pasar la noche, Jean Valjean llama a la puerta de una casa. Cuando le abren, se presenta: “Señores, soy un ex presidiario. He pasado diecinueve años en la cárcel.” El dueño de la casa, el obispo de Digne, se mueve a compasión y le hace pasar. Pide que en su propia mesa pongan un cubierto más y que se adorne para la ocasión con dos candelabros de plata.

Valjean era un modesto trabajador, analfabeto y solitario, que fue condenado a diecinueve años de trabajos forzados por haber roto un cristal y robado una barra de pan para alimentar a los siete hijos de su hermana viuda. En sus largos años de presidio en Tolón se había llenado de odio hacia una sociedad que le trataba de forma inhumana e injusta. Y al salir de la cárcel, se da cuenta de que su orden de libertad, de color amarillo, que debe mostrar dondequiera que vaya, le condena a ser en la práctica un marginado.

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Alfonso Aguiló, “Juventud de espíritu”, Hacer Familia nº 153, 1.XI.2006

Un día un niño vio como un elefante del circo, después de la función, era amarrado con una cadena a una pequeña estaca clavada en el suelo. Se asombró el niño de que un animal tan corpulento no fuera capaz de liberarse de aquella pequeña estaca. Lo estuvo contemplando durante un buen rato. Le sorprendió sobre todo que el elefante no hiciera el más mínimo esfuerzo por soltarse.

Decidió preguntar al hombre que lo cuidaba. Este le respondió: “Es muy sencillo, desde pequeño ha estado amarrado a una estaca como esa, y como entonces no era capaz de liberarse, ahora no sabe que esa estaca es muy poca cosa para él. Lo único que recuerda es que durante mucho tiempo no podía escaparse, y por eso ya ni siquiera lo intenta”.
Algo parecido nos sucede quizá a todos, al menos en algún aspecto de nuestra vida. Hay barreras que nos tienen sujetos, porque durante mucho tiempo las hemos visto como infranqueables, y aunque quizá ahora tengamos fuerzas suficientes para superarlas, no lo hacemos porque seguimos viendo esos obstáculos como algo fuera de nuestras posibilidades.

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Alfonso Aguiló, “Ponerse en el lugar de demás”, Hacer Familia nº 152, 1.X.2006

«Había un joven que llevaba tres o cuatro minutos paseando una y otra vez por delante de la oficina y mirando al interior. Por fin —cuenta William Saroyan— entró y fue al mostrador. Spangler lo vio y salió a atenderlo. El joven sacó un revólver del bolsillo derecho del abrigo y lo sostuvo con mano temblorosa: “Déme todo el dinero. Todo el mundo está matando a todo mundo, así que no me importa matarlo a usted. Ni tampoco me importa que me maten. Estoy nervioso y no quiero problemas, así que déme todo el dinero deprisa”.

»Spangler abrió el cajón del dinero y sacó el dinero de diversos compartimentos. Colocó el dinero, billetes, paquetes de monedas y monedas sueltas, sobre el mostrador, delante del chico: “Te daría el dinero de todos modos, pero no porque me estés apuntando con un arma. Te lo daría porque lo necesitas. Ten. Es todo el dinero que hay. Cógelo y luego toma un tren a casa. Vuelve con los tuyos. Yo no informaré del robo. Pondré el dinero de mi bolsillo. Aquí hay unos setenta y cinco dólares.”

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Alfonso Aguiló, “Moral de juventud”, Hacer Familia nº 151, 1.IX.2006

La profesora Jung Chang, que fuera guardia roja en la Revolución Cultural China e hija de uno de los funcionarios asistentes a la célebre Conferencia de los 7000, ha publicado junto con su marido Jon Halliday una biografía de Mao Zedong. ¿Cómo era la personalidad del tirano, los rasgos de temperamento que le definieron como político y estadista? Para Chang, hay que remontarse a un texto escrito cuando apenas tenía 24 años, en el que Mao dice: «Rechazo toda moralidad, rechazo la conciencia, rechazo cualquier responsabilidad hacia los demás. Soy absolutamente egoísta y no me importan los sentimientos de nadie».

Mao fue un gobernante de enorme crueldad. Tenía una fuerza de voluntad extraordinaria. Al mismo tiempo mostraba, cuando era joven, un gran sentido del humor, igual que Stalin. También era muy buen psicólogo para advertir los defectos y las virtudes de las personas, pero sobre todo sus debilidades, y no dudaba en someter a cualquiera a la presión necesaria para lograr sus objetivos, incluso amenazando con cometer atrocidades con su familia.

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Alfonso Aguiló, “El milagro de existir”, Hacer Familia nº 149-150, 1.VII.2006

«Se tienen dos padres, cuatro abuelos, ocho bisabuelos, dieciséis tatarabuelos, etc., y si vas calculando así, hacia atrás, llegarás pronto a una cifra inmensa. Piensa por ejemplo en los tiempos de la peste de 1349… la muerte iba de pueblo en pueblo, de casa en casa, y los más afectados fueron los niños. En algunas familias murieron todos, y en otras sobrevivieron quizá uno o dos. Miles de antepasados tuyos eran niños en aquel momento, pero ninguno de ellos murió. Si no, con que hubiera faltado uno solo de ellos, no estarías aquí, desde luego.

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Alfonso Aguiló, “¿Aristóteles o Rousseau?”, Hacer Familia nº 148, 1.VI.2006

Hace casi veinticinco siglos, Aristóteles recomendaba una serie de directrices para la educación moral de los niños, pues de otro modo acabarían convirtiéndose en seres rebeldes e incivilizados. Comparaba esa educación ética con el entrenamiento físico, y explicaba que igual que nos volvemos fuertes y diestros al hacer cosas que requieren fuerza y destreza, también nos volvemos buenos al practicar acciones buenas. Habituarse a un buen comportamiento nos hace ser buenos, y entonces estamos entonces en mejores condiciones de entender las ventajas y las razones de la bondad moral. Ese buen obrar moral sirve de entrenamiento para lograr el control sobre las inercias y malas inclinaciones de nuestra naturaleza y nos hace así seres humanos libres y capaces.

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Alfonso Aguiló, “El riesgo del acomodamiento”, Hacer Familia nº 147, 1.V.2006

Un maestro samurai paseaba por el bosque con su fiel discípulo, cuando vio a lo lejos un sitio de apariencia pobre, y decidió hacer una breve visita a aquel lugar. Al llegar, pudieron comprobar la pobreza de las construcciones y de sus habitantes: un matrimonio y tres hijos, una sencilla casa de madera, vestidos sucios y desgarrados, sin calzado. Preguntaron al padre de familia: “En este lugar no hay posibilidades de trabajo ni de comercio, ¿cómo hacen usted y su familia para sobrevivir aquí?” Aquel hombre calmadamente respondió: “Tenemos una vaquita que nos da varios litros de leche todos los días. Una parte la vendemos o la cambiamos por otros productos en la ciudad vecina y, con el resto, producimos queso, cuajada, etc., para nuestro consumo. Así vamos saliendo adelante.

El sabio agradeció la información, contempló el lugar por un momento más, luego se despidió y se fue. Siguieron su camino y, un rato después, se volvió hacia su discípulo y le dijo: “Busca esa vaquita, llévala hasta ese cortado y empújala al fondo del barranco.” El joven, espantado, cuestionó la orden recibida, pues la vaquita era el único medio de subsistencia de aquella pobre familia. Pero ante el silencio absoluto de su maestro, finalmente se dispuso a cumplirla. Empujó la vaquita por el precipicio y la vio morir.

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Alfonso Aguiló, “Rana de pozo”, Hacer Familia nº 146, 1.IV.2006

En un pozo profundo vivía una colonia de ranas. Llevaban su vida, tenían sus costumbres, encontraban su alimento y croaban a gusto haciendo resonar las paredes del pozo. Protegidas por su aislamiento, vivían en paz, y sólo tenían que guardarse del cubo que, de vez en cuando, alguien lanzaba desde arriba para sacar agua del fondo del pozo. Daban la alarma en cuanto oían el ruido de la polea, se sumergían bajo el agua, o se apretaban contra la pared, y allí esperaban hasta que el cubo era izado y pasaba el peligro.

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Alfonso Aguiló, “La satisfacción de los deseos”, Hacer Familia 145, 1.III.2006

«Había devorado todo lo que había podido, como un niño goloso, hasta la náusea. Pero tras la saciedad vienen la decepción y la apatía. Un día empezó a sentir un intenso resentimiento, no hacia mí o hacia el mundo, sino porque se había dado cuenta de que en la vida nadie puede competir con sus deseos y salir impune.» Así describe Sándor Márai en una de sus novelas ese fenómeno que a mi juicio está en la raíz de la mayoría de los problemas de convivencia entre las personas. Nuestro egoísmo, que siempre está presente, minando nuestra naturaleza, reclama de continuo la satisfacción de sus deseos. Y esos deseos interfieren con los deseos de los demás. Si no tenemos en cuenta las diferencias con esos deseos de los demás, si no hay un propósito firme de respeto y de ayuda, la convivencia acaba siendo una pugna entre las pretensiones de unos y de otros. La amistad o el amor pueden hacer coincidir inicialmente esos deseos, pero el paso del tiempo tiende a separarlos, y eso hace difícil la convivencia si no hay esfuerzo por superar el egoísmo.

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Alfonso Aguiló, “Los derechos de los demás”, Hacer Familia nº 144, 1.II.2006

Abraham Lincoln fue elegido miembro de la Cámara de Representantes del Estado de Illinois en 1834. A pesar de haber nacido en Kentucky, un estado donde se reconocía y ejercía la práctica de la esclavitud, siempre se opuso firmemente a ella. En 1837 fue uno de los dos miembros de la Cámara que firmó una propuesta abolicionista. Elegido miembro del Congreso de los Estados Unidos en 1846, pronto destacó por la formulación de un plan de emancipación gradual en el distrito federal de Columbia.

Al acabar su mandato como congresista federal, en 1849, regresó a Springfield para continuar ejerciendo su profesión como abogado. Pero en 1854, debido a su asombro ante la aprobación de la Ley Kansas-Nebraska, favorable a la esclavitud y promovida por el senador Stephen Arnold Douglas, decidió retornar a la política y se presentó contra él como candidato al Senado Federal, pero fue derrotado.

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Alfonso Aguiló, “El problema de ser tonto”, Hacer Familia nº 143, 1.I.2006

«Nos encontramos, pues, con la misma diferencia que eternamente existe entre el tonto y el perspicaz. El perspicaz se sorprende a sí mismo siempre a dos dedos de ser tonto; por ello hace un esfuerzo para escapar a la inminente tontería, y en ese esfuerzo consiste la inteligencia.

»El tonto, en cambio, no se sospecha a sí mismo: se parece sensatísimo, y de ahí la envidiable tranquilidad con que el necio se instala en su propia torpeza. Como esos insectos que no hay manera de extraer fuera del orificio en que habitan, no hay modo de desalojar al tonto de su tontería, llevarle de paseo un rato más allá de su ceguera y obligarle a que contraste su torpe visión habitual con otros modos de ver más sutiles.

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Alfonso Aguiló, “La voluntad humana”, Hacer Familia nº 142, 1.XII.2005

En las primeras décadas del siglo XIX, los pueblos y países se aproximan con más rapidez que antes en milenios. La llegada del ferrocarril, del buque a vapor y, poco después, del telégrafo, suponen un cambio gigante en el ritmo y la medida de la velocidad con que se mueven las personas o las noticias.

A ese avance imparable se opone, sin embargo, un gran obstáculo. Mientras las palabras se propagan al instante de un extremo a otro de Europa, e incluso de Asia, gracias a los aisladores de porcelana colocados en los postes telegráficos, es imposible transmitir a través del mar. Y aunque en 1851 se logra unir Inglaterra con el resto de Europa mediante un cable submarino, la posibilidad de hacer lo mismo cruzando todo el Atlántico parece a todos una utopía irrealizable. Cualquier comunicación entre Europa y América supone al menos dos o tres semanas de navegación.

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Alfonso Aguiló, “El duelo de la lectura”, Hacer Familia nº 141, 1.XI.2005

«Leía mucho. Pero con la lectura sólo obtienes algo si eres capaz de poner algo tuyo en lo que estás leyendo. Quiero decir que sólo aprovechas realmente lo que lees si te aproximas al libro con el ánimo dispuesto a herir y ser herido en el duelo de la lectura, a polemizar, a convencer y ser convencido, y luego, una vez enriquecido con lo que has aprendido, a emplearlo en construir algo en tu vida o en tu trabajo.» »Un día me di cuenta de que en realidad yo no ponía nada en mis lecturas. Leía como el que se encuentra en una ciudad extranjera y por pasar el rato se refugia en un museo cualquiera a contemplar con una educada indiferencia los objetos expuestos. Casi leía por sentido del deber: ha salido un libro nuevo que está boca de todos, hay que leerlo. O bien: esta obra clásica aún no la he leído, por lo tanto, mi cultura resulta incompleta y siento la necesidad de llenar esa laguna.» Este personaje de una novela de Sándor Márai nos invita a ser valientes en nuestras reflexiones, para así adquirir, con ocasión de la lectura, más coherencia y más profundidad interior. Vivir con deseos de ser interpelado por lo que observamos, escuchamos o leemos es quizá una de las cosas que más contribuyen a sacar al hombre de los estratos primeros de la vida, que más le impulsan por encima de la simple inercia de los comportamientos de su entorno, que le previenen ante un dócil encuadre en las costumbres de moda.

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Alfonso Aguiló, “La impaciencia de los hombres”, Hacer Familia nº 140, 1.X.2005

Una antigua leyenda noruega cuenta la historia de un anciano monje llamado Haakon, que cuidaba una ermita en la que había una imagen de un Cristo muy venerada y a la que acudía a rezar mucha gente. Un día, aquel buen monje, impulsado por un sentimiento generoso, se arrodilló ante la cruz y dijo: “Señor, quiero padecer por Ti. Déjame ocupar tu puesto. Quiero reemplazarte en la cruz.” Y se quedó fijo con la mirada puesta en la imagen, como esperando una respuesta. El Señor abrió sus labios y habló. Sus palabras cayeron de lo alto, susurrantes y amonestadoras: “Hermano mío, accedo a tu deseo, pero ha de ser con una condición.” “¿Cuál Señor? ¡Estoy dispuesto a cumplirla con tu ayuda!”. “Escucha. Suceda lo que suceda, y veas lo que veas, has de guardar silencio”. Haakon contestó: “¡Te lo prometo, Señor!”. Y se efectuó el cambio.

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Alfonso Aguiló, “Tirar para arriba de los demás”, Hacer Familia nº 139, 1.IX.2005

“Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay otros que luchan muchos años y son mucho mejores. Pero hay quienes luchan toda la vida: esos son los imprescindibles”.

Estas palabras de Bertolt Brecht nos invitan a pensar en lo necesarias que resultan esas personas que todos conocemos y que parece que nunca se cansan, que siempre están ahí, que siempre tiran hacia arriba del ambiente en el que están, que son un catalizador de todo lo positivo de quienes le rodean.

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Alfonso Aguiló, “La fuerza de la expectativa”, Hacer Familia nº 137-138, 1.VII.2005

Corría el curso 1968-69, en un colegio de California. El Doctor Robert Rosenthal cerró su portafolios y se dirigió a un grupo de profesores que le escuchaba con atención: «Los resultados de las pruebas realizadas no dejan lugar a dudas. Estoy en condiciones de asegurarles que este 20 por ciento de alumnos que les he señalado tiene unas capacidades intelectuales superiores a lo normal». Los profesores tomaron buena nota de todo aquello y regresaron a su trabajo habitual. Ocho meses más tarde, las calificaciones finales arrojaban un resultado contundente: el rendimiento de ese grupo de alumnos teóricamente más inteligente era notoriamente superior al del resto.

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Alfonso Aguiló, “La libertad interior”, Hacer Familia nº 136, 1.VI.2005

«Cuando la conocí tenía 16 años. Fuimos presentados en una fiesta, por uno que decía ser mi amigo. Fue amor a primera vista. Ella me enloquecía.

»Nuestro amor llegó a un punto en que ya no conseguía vivir sin ella. Pero era un amor prohibido. Mis padres no la aceptaron. Fui expulsado del colegio y empezamos a encontrarnos a escondidas. Pero ahí no aguanté más, me volví loco. Yo la quería, pero no la tenía. Yo no podía permitir que me apartaran de ella. Yo la amaba: destrocé el coche, rompí todo dentro de casa y casi maté a mi hermana. Estaba loco, la necesitaba.

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Alfonso Aguiló, “Tener conversación”, Hacer Familia nº 135, 1.V.2005

«Había otras causas de esa soledad –escribe Dorothy Parker– que se remontaban muy atrás, a cuando eran novios. Ella trató de recordar de qué hablaban antes de casarse, cuando estaban prometidos, y le pareció que nunca habían tenido gran cosa que decirse. Pero antes, eso no le preocupaba, e incluso experimentaba la satisfacción de que su noviazgo iba bien, pues siempre había oído decir que el verdadero amor no se expresa con palabras. Además, en aquel entonces los besos y tonteos les tenían siempre ocupados. Pero resultó que el verdadero matrimonio parecía ser igualmente silencioso, y al cabo de siete años de vida en común no es posible confiar en los besos y en todo lo demás para llenar los días y las noches.» Antonio Vázquez ha escrito que el matrimonio es, entre otras cosas, cincuenta años de conversación. Que es preciso cultivar el deseo de conocer y conocerse, de intercambiar impresiones, de comunicarse. Por eso, quienes desde el noviazgo centran sus aspiraciones en el atractivo físico, o en el sexo, y construyen sobre eso una relación sin mucho más cimiento, bien pronto se encuentran con el aburrimiento y la soledad.

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Alfonso Aguiló, “El milagro de no desistir”, Hacer Familia nº 134, 1.IV.2005

Una profesora llamada Anne Sullivan es contratada para educar a Hellen Keller, una niña de Alabama que sufre una grave discapacidad. A causa de unas fiebres que pasó en 1882, cuando tenía sólo 19 meses de edad, Hellen quedó sorda, ciega y muda, de tal forma que se fue convirtiendo poco a poco en un ser extraño e incapaz de comunicarse.

Cuando la profesora llega a la casa de Hellen se encuentra con una familia que vive esa desgracia de un modo equivocado y traumático. La niña está muy mal acostumbrada y consentida. La han mantenido siempre a su antojo, pensando que ya que es una desgraciada, que al menos haga siempre lo que le apetezca, sobre todo si además parece imposible comunicarse con ella para intentar ayudarla. Tan sólo la madre mantiene una leve esperanza, y por eso contratan a la maestra.

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Alfonso Aguiló, “Fortunas prestadas”, Hacer Familia nº 133, 1.III.2005

«Contemplaba su juventud y su belleza como algo que jamás fuera a agotarse. No comprendía aún que ningún amor debería apoyarse demasiado en la belleza. ¿Por qué nos negamos a admitir que la belleza y la juventud son fortunas prestadas? ¿Por qué imaginamos siempre que lo que nos encandila hoy nunca podrá convertirse en el peor de los desamores cuando llega el mañana? »Nuestra boda no fue por amor. Fue una boda por simple enamoramiento. Esos enamoramientos que son sensaciones que provocan intercambios de certezas, besos, abrazos y un sinfín de intuiciones proclives así al egoísmo de creernos dueños del mundo, con derecho a imaginar maravillas perpetuas y un continuo esperar lo que, cuando llega, nos deja fríos. En aquella época yo no sabía hasta qué punto ese enamoramiento puede ser simple egolatría, ganas de ver en el otro lo que nosotros queremos ver, y que al imaginar lo que vemos, todo se nos vuelve atracción, necesidad de fundir nuestros deseos a los de la persona de la cual nos enamoramos. Y es que, en el fondo, lo que hacemos es enamorarnos de nosotros mismos.

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