La educación de 0 a 3 años

La educación en los primeros años de vida de los niños tiene una trascendencia grande. Invertir en una educación infantil de calidad es una forma muy eficiente de mitigar las desigualdades sociales, pues, aunque esa etapa tiene efectos positivos en todos los niños, su relevancia es mayor para las familias de entornos desfavorecidos. Además del impacto de la educación infantil en las habilidades cognitivas, hay también una amplia evidencia empírica de su efecto en la mejora de habilidades no cognitivas, como la constancia, el autocontrol de los impulsos o la capacidad de demorar la gratificación o gestionar la incertidumbre.

Está bien documentado que la escolarización en el primer ciclo de educación infantil (de 0 a 3 años) reduce las tasas de fracaso escolar, y que, junto a eso, es un modo claro y directo de facilitar la conciliación familiar, y con ello la maternidad y la natalidad, aspectos todos ellos que tienen hoy una importancia decisiva.

Esto significa que en esta etapa debería tenderse a unas proporciones similares de educación (pública y sostenida con fondos públicos) similares al resto de las etapas educativas. Si el Gobierno impulsa un crecimiento excesivo de plazas públicas y no existe financiación para el resto de los puestos escolares de 0 a 3 años, es obvio que con eso perjudican gravemente a la educación concertada, pues muchas familias que prefieren concertada se verán obligadas a ir a un centro público en esa etapa y eso facilita que después ya no se planteen el cambio al centro concertado en el que pensaban inicialmente.

Lo natural es facilitar una financiación pública del tramo de 0 a 3 años en unas proporciones similares de enseñanza pública y privada financiada con fondos públicos.
Y por eso resulta preocupante que la Adicional 3ª de la LOMLOE hable de «un plan de ocho años para la extensión del primer ciclo de educación infantil de manera que avance hacia una oferta pública suficiente». Sería más propio que hablara de que haya una oferta suficiente, pero no solo pública, sino adecuada a la demanda de las familias.

Alfonso Aguiló, “Educar en una sociedad plural”, Editorial Palabra, 2021

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La Formación Profesional

La Formación Profesional (FP) en España ha mejorado y se ha desarrollado mucho. Un total de 862.000 estudiantes se matricularon en esas enseñanzas en el curso 2020/21: 428.300 en grado superior, 358.600 en grado medio y 75.000 en FP básica. Son cifras que han aumentado un 77% con respecto al curso 2008-2009, donde solo había 487.000 estudiantes. A pesar de estos buenos augurios y aunque el interés por esta formación va en aumento, solo el 18,7% del alumnado español de 17 años elige esta opción en la segunda etapa de la Educación Secundaria, frente a la media de la OCDE que alcanza el 31%.

La Formación Profesional necesita con urgencia de un plan estratégico ambicioso, con medidas claras que permitan estar en el lugar que merece dentro del sistema educativo y como enseñanza de primera categoría, fundamental para el desarrollo económico del país, la formación de talento y la competitividad de las empresas.

Por primera vez en 2019 las ofertas de empleo para titulados de FP sobrepasaron a las destinadas a graduados universitarios. Y algunos estudios indican que para el año 2025 el 50% de los empleos serán para personas con una cualificación como la que proporciona la FP.

Citando a Santiago García, secretario general de CECE, los principales retos que ha de afrontar la FP para su modernización son:

• Actualización del catálogo de títulos, para hacer frente a las necesidades reales de los sectores productivos, impartiendo una formación que se adecue a los perfiles profesionales que demanda el mercado de trabajo.
• Esta actualización, bien mediante nuevos títulos o la revisión de los existentes, debe ser ágil para responder a esas necesidades de cualificación en un tiempo razonable, no como actualmente.
• Es necesario ampliar la oferta de plazas de FP en aquellas especialidades que van a ser más demandadas por los sectores productivos.
• Las enseñanzas de FP han de ser flexibles, con una oferta a distancia (online), modular y a la carta.
• Es necesario avanzar en la integración de la FP del sistema educativo y del empleo.
• También hay que poner en marcha un sistema de reconocimiento y acreditación de competencias básicas y profesionales, que funcione mejor que el actual.
• Hay que potenciar la formación del profesorado mediante el intercambio de experiencias, los proyectos de innovación junto con empresas, las estancias en empresas y en otros centros punteros de FP.
• Es necesario hacer una nueva ordenación de la FP, con especial atención a la regulación de la FP Dual, para armonizar su desarrollo en las diferentes comunidades autónomas.
• Otro punto importante es la internacionalización de los centros de FP, potenciando la movilidad de alumnos y profesores, las alianzas con centros de otros países para formar redes y ofertar enseñanzas conjuntas.
• Se debe hacer un esfuerzo en la orientación profesional, que permita a las personas tomar decisiones informadas, y que rompa con los estereotipos asociados a las enseñanzas de FP. En España no se ha implantado aún de modo general el perfil del orientador profesional, que resulta completamente imprescindible y ha de ser una persona con sólidos conocimientos de la realidad del mercado de trabajo, las tendencias futuras, los nichos de empleo, etc.
• Todo esto ha de hacerse en un ámbito de estrecha colaboración entre lo público y lo privado. Sin la participación de las empresas y los agentes sociales no será posible alcanzar los ambiciosos objetivos que necesita el futuro de la Formación Profesional.

Alfonso Aguiló, “Educar en una sociedad plural”, Editorial Palabra, 2021

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¿Solo entidades sin ánimo de lucro?

En los últimos años se ha planteado con cierta frecuencia el debate sobre si los centros sostenidos con fondos públicos deberían ser siempre entidades sin ánimo de lucro. ¿Es legítimo que haya empresas que opten por gestionar centros concertados? ¿No deberían ser siempre entidades benéfico-docentes?

Por mi parte, soy firme partidario de las instituciones sin ánimo de lucro en la educación, y hay que decir que la gran mayoría lo son, pero no por eso el ánimo de lucro debe considerarse pernicioso ni se debe impedir su presencia en la educación. Además, por ejemplo, como no existen las personas físicas sin ánimo de lucro, según esa propuesta, las personas físicas no podrían promover ninguna iniciativa educativa que tenga financiación pública, lo cual supondrían un enorme recorte de derechos personales que jamás se ha planteado en ninguna democracia occidental.

La mayoría de los grandes avances en los últimos siglos, tanto científicos como sociales o de prestación de servicios esenciales, se han desarrollado gracias a empresas con ánimo de lucro, que han hecho avanzar el desarrollo de los países, han generado riqueza y han creado empleo, y todo ello ha permitido unos ingresos fiscales que sostienen los servicios públicos de los que hoy disfrutamos.

Las obras públicas son siempre realizadas por empresas mercantiles, igual que por ejemplo la mayoría de los servicios de catering en hospitales o ministerios, o los servicios de mantenimiento en edificios públicos, y el hecho de que las entidades que prestan esos servicios tengan ánimo de lucro nunca se ha visto como un impedimento. Lo importante es que presten un buen servicio a un buen precio, no tanto lo que gane o pierda quien presta ese servicio. Si una empresa da un buen servicio a un buen precio, y con eso gana algo de dinero, y hubiera otra que no tiene ánimo de lucro pero que lo hace más caro o con peor servicio… ¿qué preferimos? Lo sustancial de la prestación de un servicio es su calidad y su coste, no lo que internamente suceda en quien lo presta. No quiero con esto decir que no tenga su importancia, pero el criterio para que los poderes públicos contraten prestaciones de bienes o servicios es su calidad y su precio. Se podría objetar que la educación no es lo mismo que construir una carretera, y en efecto es así, pero entonces, si fuera malo el lucro por referirnos a la educación, también sería malo el lucro en entidades educativas privadas que no reciben fondos públicos, lo cual sería un límite aún menos claro.

Lo que quizá hace falta es que todos, también los centros públicos, rindan cuentas del dinero público recibido, de manera que el dinero público se destine a las personas e instituciones que mejor lo hagan rendir en servicio de los ciudadanos, con independencia de que sean instituciones públicas o privadas, con ánimo de lucro o sin él.

Alfonso Aguiló, “Educar en una sociedad plural”, Editorial Palabra, 2021

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Innovación y atención personalizada

Necesitamos educar a toda una generación para profesiones que ahora no existen, para enfrentarse a escenarios que en este momento no podemos prever, para resolver cuestiones que ahora ni conocemos.

Es cierto que lo esencial de la educación se mantiene. Que seguimos buscando luz para las mismas grandes cuestiones de siempre. Que lo más sustancial de la educación siempre tendrá vigencia. Que la figura del profesor siempre será decisiva, y su trabajo será cada vez más necesario.

Pero ese trabajo del profesor será en el futuro un tanto diferente a como ha sido desde muchos años atrás. Decía John Henry Newman que a veces hay que cambiar para continuar siendo uno mismo. Porque se mantiene nuestra misión, pero cambia nuestro entorno, y hay que hacer cosas diferentes. Porque cambian las personas que nos escuchan, cambian sus expectativas y sus sensibilidades. Y quizá no debemos seguir haciendo lo mismo, aunque en esencia sigamos viajando en la misma dirección.

Hay que afrontar todos esos cambios con inteligencia, conociendo bien el escenario en que nos movemos. La vida escolar, con su permanente contacto entre toda la comunidad educativa, nos ayuda a diario a conocer cómo han cambiado las mentalidades y sensibilidades. No debemos refugiarnos en una actitud defensiva, de seguir haciendo todo «como siempre lo hemos hecho». Es preciso discernir bien esos cambios que se han producido, o que se están produciendo, sin fiarse demasiado de los análisis precocinados que nos presentan desde muy diversos ámbitos.

Se respira en la escuela en estos últimos años un gran interés por la innovación, un interés que genera optimismo. Y es obvio que no se trata de innovar por innovar, como si algo, simplemente por el hecho de ser nuevo, fuera ya mejor. Innovar es un proceso constante de adaptación, de constante personalización de la enseñanza, de adecuación a quienes queremos servir.

Innovamos para adaptarnos y adelantarnos al cambio, para no ser arrollados por él. Por ejemplo, la escuela ha girado durante mucho tiempo en torno al saber contenido en el libro de texto, que ha sido la concreción fundamental de leyes educativas y planes de estudio. Pero hoy el profesor y el libro de texto ya no son, como antes, fuente y cauce casi únicos del conocimiento, y eso supone un gran cambio en el rol del profesor.

La escuela ya no es tanto transmitir lo que conocemos, aunque siga siendo una parte y una base, sino preparar y entrenar para hacer frente a lo que no conocemos. Los docentes y las familias queremos hacer más llevadera la tarea de aprender. Queremos generar ilusión por aprender. Aligerar la carga de los aprendizajes tediosos. Los niños (y los adultos) ya no aguantan estoicamente tanto como quizá antes. Hace falta más resiliencia, es verdad, pero también aprendizajes más motivantes.

Hay resistencias al cambio. Nuestras y de todos. Hay que combatir el conformismo, el aislamiento, el miedo, la pereza, la rutina, la mediocridad… nuestras y de todos. Las personas con visión valoran mucho la tradición, pero saben también adelantarse a su tiempo. No se acomodan. Saben hacer frente a los cambios y ponerlos a su favor.

Otro ejemplo es la tecnología, que ha irrumpido y cambiado nuestra vida diaria. Y ha venido para quedarse, con todo lo positivo y lo negativo que pueda acarrear. En ese sentido, hay que saber gestionar ese gran cambio, encontrar soluciones muy proactivas para la escuela (que no debe quedar al margen de ese cambio), soluciones centradas en impulsar las competencias, habilidades y conocimientos.

La tecnología nos ha traído nuevas formas de obtener información, nuevos modos de evaluar. La tecnología hace posible una mejor interactuación entre alumno y profesor, permite dinamizar el aula y la escuela, facilita la intervención de la familia, y todo ello empuja hacia una renovación metodológica. Se pueden crear de modo sencillo comunidades de aprendizaje. Se puede abrir la escuela a un entorno global, internacional e intercultural. Hay excelentes aplicaciones didácticas, que hacen más fácil adaptarse a mayor o menor velocidad de aprendizaje.

Es decisivo el ambiente de innovación. A veces, los efectos positivos proceden más del entusiasmo que pone el profesor cuando promueve una innovación, que de la innovación misma. Y no les funciona a quienes no tengan ese nivel de vinculación emocional con la innovación. Por eso es preciso unir la idea de innovación y de creatividad con la educación emocional. La innovación siempre tiene una propia marca personal. No se debe copiar sin analizar bien cada novedad, sin encontrar una vinculación emocional con el entorno en que nos movemos.

Todo esto puede ser un gran elemento transformador de la escuela. No basta ser buenos gestores, hacen falta líderes con capacidad de transformar. Los procesos de transformación suelen fracasar por falta de liderazgo, de metodología o de disciplina. Hace falta una cierta audacia para atreverse a cambiar. Si hacemos lo mismo de siempre, quizá no podemos esperar resultados muy diferentes.

La velocidad del cambio es vertiginosa, la estimulación para el cambio es alta, y la reflexión y análisis sobre el cambio deben ser permanentes. Son muchos los retos a los que se expone la sociedad y el individuo, y por eso la presión transmitida a los profesores y la escuela cada vez es mayor. La escuela no debe eludir su responsabilidad y debe por tanto buscar caminos para su transformación. Es una necesidad permanente. Hay que adaptarse a los cambios sociales, a las nuevas sensibilidades, a las nuevas necesidades que se plantean, a las nuevas posibilidades pedagógicas de que disponemos. Recordando siempre que la innovación no es una simple producción de novedad, que es preciso evaluar su impacto para comprobar que aporta un nuevo valor, que realmente aporta una mejora.

Queremos que los alumnos estén siempre aprendiendo. Para contagiar ese espíritu y ese talante, todos tenemos que tenerlo, tenemos que querer estar siempre aprendiendo. Tenemos que estar abiertos al cambio, a la mejora personal e institucional. Cambiar el alumno, el profesor, la familia. Cambiar todo el conjunto de la escuela. Cambiar en las organizaciones empresariales y los sindicatos. Cambiar en las autoridades educativas y en la acción política. La educación necesita personas que tengan el liderazgo necesario para superar viejas confrontaciones. ¿Cómo vamos a educar en el trabajo colaborativo si no colaboramos todos los que tenemos responsabilidades a la hora de educar?

Alfonso Aguiló, “Educar en una sociedad plural”, Editorial Palabra, 2021

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Urgente necesidad de un pacto por la educación

Hace unos pocos años, en torno al 2015, la fragmentación política que supuso el alejamiento del bipartidismo en España, así como el cansancio de la politización del debate educativo, generó la esperanza de un nuevo escenario en el que todos podían pensar más en un gran pacto por la educación, como resultado de un gran acuerdo de Estado apoyado en la responsabilidad general de todos los partidos cara a la educación de las nuevas generaciones, que fuera capaz de prescindir de los intereses momentáneos de cada grupo político.

Todos los partidos encabezaron por entonces sus programas con llamamientos al pacto nacional por la educación. Se hizo mucho énfasis, también en las organizaciones sociales, en ser responsables y generosos a la hora de alcanzar acuerdos, pensando siempre en el bien de la educación y no en otros objetivos. Estaba claro entonces, y ahora, que las principales barreras contra ese pacto provienen de intereses ajenos a la educación, y que quienes usan la educación para lucrar réditos políticos demuestran una notable falta de rectitud.

La realidad del devenir de los siguientes años no ha sido muy exitosa en ese sentido. La sociedad está cansada de la ideologización del debate educativo y de los frentismos políticos en los que parece que importa más rebatir las ideas de otros que buscar solución a los problemas. Por eso el debate sobre educación en nuestro país mantiene un sesgo político e ideológico que lleva a debatir asuntos colaterales y acaba impidiendo abordar los temas realmente importantes.

La educación no necesita ir contra nadie. No sobra nadie en esta grande y noble tarea de educar. Hay que evitar ese frentismo del que hemos hablado, que se manifiesta en dualidades del tipo pública versus concertada, o laico versus confesional, o izquierdas versus derechas, o conservador versus progresista. Porque al final son retóricas maniqueas que contaminan los debates y quitan del horizonte la verdadera búsqueda del bien del alumno, de las familias, de los profesores, de los centros, de toda la comunidad educativa y la sociedad en general. El pacto educativo debe proteger la diversidad de centros, que garantiza una oferta plural.

Es preciso apostar por una educación de calidad, plural, accesible a todos. Apostar por la equidad, por la igualdad de oportunidades, por la mejora continua de la educación, una buena educación sin apellidos, sea pública, privada o concertada.

Quienes trabajamos en la enseñanza privada o concertada debemos ser también personas con un profundo aprecio por la escuela pública, precisamente porque tenemos un profundo aprecio por la pluralidad y queremos trabajar codo con codo con todos. Queremos poder mirar a la cara a la gente y decirles que ponemos la educación en primer lugar, por encima de los intereses de nadie.

Me gusta citar a Ángel Gabilondo, cuando decía que para alcanzar un pacto lo que hace falta es «más generosidad y más amor a la educación». Dejar en segundo plano los intereses políticos particulares y centrarse con generosidad en lo que de verdad necesita la educación.

Alfonso Aguiló, “Educar en una sociedad plural”, Editorial Palabra, 2021

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¿Esto se resuelve con una buena nueva ley, o mejorando la financiación?

Tener una buena ley, y tener una mejor financiación, sería sin duda una gran ayuda. Pero tampoco debe pensarse que basta con eso para encontrar una buena y rápida solución a nuestros problemas.

Con la misma ley, tenemos en España territorios con unos resultados magníficos (equiparables o superiores a los de Finlandia, por ejemplo) y otros territorios con resultados que se acercan a lo desastroso. Por tanto, parece que el problema para tener buenos resultados no depende demasiado de las leyes.

También podemos ver que tenemos comunidades autónomas con una financiación muy generosa de la educación pero que arrojan resultados medianos en las evaluaciones internacionales. Y otras comunidades autónomas con una financiación de aproximadamente la mitad que las anteriores, que tienen unos resultados excelentes. Luego tampoco parece que una buena financiación garantice buenos resultados. En esto sucede como en las familias: tener más dinero no asegura que eduques mejor a tus hijos, porque depende mucho de cómo emplees ese dinero. No quiero caer en simplificaciones con esto, me limito a señalar que es importante tener presupuesto, pero es igualmente importante administrar bien ese presupuesto.

Una buena ley, con un buen acuerdo de Estado por la educación, permitiría enfriar la contienda ideológica en torno a la educación, y sobre todo permitiría que todos nos centráramos más en los problemas reales de la educación.

Hace falta personas que tengan el liderazgo necesario para superar viejas confrontaciones. Personas que piensen en mejorar la educación y no en enfrentar posiciones. Personas que no quieran legislar contra los demás sino crear marcos normativos en los que quepan todos. Personas que no piensen que se arregla la educación cambiando una ley: es preciso cambiar el ambiente en torno a la educación, crear un clima de colaboración, de no excluir al otro. La solución está sobre todo en crear nuevas actitudes, no simplemente en un texto publicado en el Boletín Oficial del Estado. Lo más importante del pacto es lograr un espacio de calma que aleje de la escuela los intereses y vaivenes políticos.

Debe haber un acuerdo sobre temas como la evaluación, la autonomía de los centros, la enseñanza concertada, la selección y formación del profesorado, la asignatura de religión, etc. Pero lo importante es que la educación deje de ser arma arrojadiza en el debate político.

La seguridad, la convivencia, la innovación, la evaluación, la comunicación… son ejemplos de puntos concretos en los que mejorar. Un buen educador siempre debe albergar un espíritu de renovación, una cierta insatisfacción con el presente, un deseo de mejorar, de no acomodarse, de despertarse y despertar a otros. Es preciso reflexionar con profundidad sobre el escenario actual y futuro de la educación. Reflexionar sobre las demandas reales de las familias y la efectividad de cada uno de los aspectos de cada oferta educativa. Aprender a evaluar mejor, a trabajar con criterios más profesionales, a hacer la excelencia más accesible a todos, seguir apostando por la equidad y la igualdad de oportunidades, hacer que la escuela sea más eficiente, más solidaria, más segura, más excelente, más innovadora.

Alfonso Aguiló, “Educar en una sociedad plural”, Editorial Palabra, 2021

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Debates serios, sin polarizaciones ideológicas

Quien conozca un poco a fondo los debates sobre derechos y libertades en la enseñanza sabe bien que no son cuestiones sencillas ni obvias. Y sabe también que con facilidad se constituyen bloques ideológicos en los que apenas hay apertura a las ideas de otros sino una simple defensa poco meditada de los estereotipos que tradicionalmente se han alineado en uno u otro lado.

Quizá por eso en educación importa especialmente reconocer la complejidad de las cosas y evitar la tendencia a simplificar las opiniones de otros para rebatirlas fácilmente. No suele haber respuestas sencillas para problemas difíciles. Y en educación tampoco suele haber cuestiones sencillas ni respuestas fáciles.

Todos debemos ser personas comprometidas con la educación, personas con un profundo sentido social, que dedican grandes esfuerzos al servicio de la educación de las jóvenes generaciones, conscientes de la enorme responsabilidad que con ello asumimos.

Necesitamos seguridad jurídica para hacer proyectos ambiciosos a largo plazo que añadan valor a la educación en nuestra sociedad. Necesitamos seguridad para poder hacer planes a largo plazo sin estar temiéndonos la enésima reforma política de la educación. Necesitamos que cada reforma no haga tierra quemada con lo anterior. Necesitamos que no se legisle contra nadie, porque nadie sobra en educación, hacemos falta todos, hay que sumar todas las fuerzas y desenmascarar a los que buscan beneficios personales dividiendo a los que trabajamos por la educación, una estrategia verdaderamente infame.

Establecer frentes es equivocar el enemigo. El enemigo es el fracaso escolar, el abandono escolar, los modestos resultados en las evaluaciones internacionales, las clases mal impartidas, la mala atención a los alumnos o familias, el empleo ineficiente del dinero público, un dinero que es de todos y no de quien lo administra. No es tiempo ya de descalificaciones simples que solo descalifican a quienes las hacen. No es tiempo ya de enfrentar a pública y concertada en vez de afrontar los verdaderos problemas que cada uno tenemos. Todos sabemos que esos elevados índices de fracaso escolar y abandono temprano generan múltiples problemas sociales, muy dolorosos y muy bien conocidos por quienes trabajamos en el mundo de la educación.

La educación en España tiene muchos problemas. Basta con ver unos cuantos de los principales indicadores internacionales. Es preciso admitirlo y no negar la realidad. Tenemos que dar ejemplo de unidad ante esos problemas. Juntos podemos mejorar la educación. Lo que no debe haber son luchas de egos, disputas por ridículos protagonismos políticos o sociales, estrategias que se alimentan de resentimientos o revanchismos.

Hay que estar dispuestos a ceder todos un poco, por amor a la educación. Es necesario para desmarcarse de retóricas vacías. Para pactar no hace falta que todos pensemos lo mismo. Basta un poco de amor por la pluralidad, un poco de respeto a la diversidad y un poco de tolerancia y de espíritu democrático. Saber trabajar con los que piensan diferente sin pretender su progresiva exterminación. Confiar en los demás para otorgar más autonomía. Estar dispuestos a ser evaluados para rendir cuentas del dinero (público o privado) que recibimos, de la autonomía que nos dan.

Quizá parece que hablo demasiado de alcanzar acuerdos. Cada día que pasa veo más necesario hacerlo. Veo cómo se producen debates ficticios sobre problemas inexistentes. Y, al mismo tiempo, cómo se orillan los problemas reales. Todo por ese frentismo del que hemos hablado. Por buscar en el otro las causas de los problemas en vez preocuparse en cómo mejorar cada uno: cada alumno (es importante no dejar de nombrarlo en primer lugar, pues es quien debe tomar las riendas de su recorrido personal), cada familia, cada profesor, cada centro, cada administración educativa, cada responsable político.

Hay bastante coincidencia en lo principal. Renunciemos a victorias políticas en detalles que son un flaco servicio a la educación. No añadamos problemas nuevos inventando conflictos que ya han sido resueltos pacíficamente y no obligan a nadie. No queramos imponernos sobre la voluntad de las familias cuando desean acudir a un centro o a otro. Busquemos un modelo plural, abierto, tolerante. Es lo que demanda nuestra sociedad y lo que espero que todos sepamos hacer.

Debemos centrarnos en un mensaje y un enfoque siempre proactivo, de clara esperanza, de esfuerzo, de superación. Centrarnos en un relato que resulte realmente inspirador para toda la comunidad educativa, lograr entre todos prestigiar la figura del educador, trabajar desde la familia para que el profesorado tenga cada vez mejor consideración y reconocimiento social. Un empeño de todos que permita atraer el mejor talento para la educación.

Insistiría en eso, en que debe atraer a los mejores. Tenemos que hacer ver a toda la sociedad la importancia que tiene dar una mejor formación a la siguiente generación. Los que tenemos cierta edad hemos sido testigos de innumerables avances científicos y técnicos, de un gran desarrollo social. No podemos fracasar en la educación de la nueva generación, de quienes tomarán nuestro relevo. Tenemos que trabajar todos ─familias, profesores, alumnos, autoridades educativas y toda la sociedad─ con un profundo sentido de servicio, con una gran conciencia de nuestra responsabilidad en la transmisión de valores democráticos, éticos, ciudadanos, de convivencia. Tenemos que poder mirar a la cara a la gente y decirles que ponemos la educación en primer lugar, que queremos servir a los intereses de nuestra sociedad y que tenemos un papel importante en ayudar a las nuevas generaciones a estar a la altura de los grandes retos que tenemos en el horizonte.

Alfonso Aguiló, “Educar en una sociedad plural”, Editorial Palabra, 2021

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