Alfonso Aguiló, “Vivir con humor”, Hacer Familia nº 281-282, 1.VII.2017

Ha fallecido Carles Capdevila con 51 años, y recuerdo con agrado sus charlas, sobre todo cuando hablaba de su tema favorito, “vivir con humor”. No hablaba de estar de broma todo el día, porque ni es posible ni se trata de eso. Decía que tener humor significa tener unos valores y un sentido de la vida que te hacen tener una buena disposición, que te hacen ser positivo. Y si a esa actitud se añade de vez en cuando un poco de ironía y de ingenio, podemos encontrar un cierto retorno a nuestro alrededor, con esas complicidades y esas risas o sonrisas que siempre ayudan a superar los malos momentos. Y lo decía él, que llevaba tiempo luchando contra un cáncer que estaba arruinando su salud.

En tiempos difíciles (y todas las épocas han considerado difíciles sus propios tiempos), es la actitud lo que marca la diferencia. Y la actitud depende mucho de la psicología que cada uno se ha ido forjando, del balance que hacemos con nosotros mismos cuando nos pasamos cuentas de cada cosa que nos sucede. Todos tendemos a cargar o descargar la autoestima en función de lo que dicen o piensan quienes tenemos alrededor. Y si estamos rodeados de gente que tiende a hacer valoraciones negativas de las cosas, es fácil que nos contaminemos de sus ganas de quejarse de todo, de su afán por considerarse víctimas y de su triste afición a buscar siempre y a toda costa culpables que carguen con la responsabilidad de cada cosa que no les gusta (o sea, de casi todo).

Quizá lo más importante, lo más decisivo, lo más transformador, es todo eso que nos decimos a nosotros mismos ante cada cosa que nos sucede. No se trata de decirnos constantemente cosas bonitas para halagarnos (aunque a veces no estaría de más), sino sobre todo salirnos un poco de esa moda cansina de la queja, procurar no pensar tanto en que los demás tienen más suerte, o que nosotros nunca recibimos lo que merecemos, o dejar de meternos en la cama cargados de reproches contra todo el mundo.

Si procuramos pensar un poco mejor de los demás y de nosotros mismos, si trabajamos por tener una psicología limpia y clara, si cada día sumamos a nuestra memoria balances positivos, algunos aprendizajes nuevos y enriquecedores, de ese modo iremos amueblando nuestra memoria con buenos recuerdos, sabremos ir hilando un relato real sobre la parte positiva de lo que nos pasó ayer, y así nos sentiremos con fuerza para vivir hoy con mejor actitud y más ganas.

Lo mismo puede decirse de los recuerdos de más atrás. No soy de los que dicen o consideran que todo tiempo pasado fue mejor, pero tampoco peor. Cada tiempo tiene su encanto, su atractivo, su nostalgia, sus aciertos y sus errores. Y hay muchas formas de valorar nuestras vivencias y nuestro pasado. Algunos quizá rumian tanto sus antiguos malos momentos que consiguen que esas impresiones ensucien toda su memoria.

Tengo para mí que cada uno se construye bastante a sí mismo al destilar sus propios recuerdos. Si centras tu atención y te fijas sobre todo en lo negativo, y piensas casi siempre en lo negativo, y hablas casi siempre de lo negativo, y quizá incluso lo exageras un poco, para dejar claro no se sabe qué, y estás casi siempre trayendo a tu memoria esos malos recuerdos… es probable que al final toda tu memoria y toda tu psicología sean negativas. Y en esa patológica búsqueda de culpables, ¿quién crees que es el culpable último de que te sientas así? Quizá esa actitud, que lleva años devorándote y tienes que vencer. ¿Cómo? Aprendiendo a ser positivos, a ser agradecidos, a ver con mejores ojos las situaciones y las personas, también las que peor consideramos. No es fácil, es verdad. Pero cambia por completo la perspectiva de una vida.

Alfonso Aguiló, “¿Una sociedad adolescente?”, Hacer Familia nº 280, 1.VI.2017

En la novela de Philip Roth, “La mancha humana”, la vida del decano Coleman Silk se viene abajo tras preguntar un día por dos estudiantes que han faltado a todas sus clases, “¿Conoce alguien a estos alumnos? ¿Tienen existencia real o se han desvanecido como humo negro?”, pregunta en el aula. Desgraciadamente para Coleman, uno de los aludidos resulta ser afroamericano y, cuando llega a sus oídos la pregunta, la interpreta como un ataque racista. Aunque no había ánimo ofensivo en las palabras de Silk, pues jamás había visto al estudiante, el profesor es acusado de racista, cesado como decano y despedido. En poco tiempo se encuentra rechazado por la comunidad universitaria y rehuido por sus amigos y conocidos.

Aunque se trata solo de una novela, su figura refleja el drama de no pocos profesores norteamericanos que han sido censurados o expulsados de la universidad porque sus palabras no se ajustaron en algún momento a lo políticamente correcto y molestaron a un alumnado cada vez más sobreprotegido e infantilizado.

No hace mucho, Judith Shulevitz contaba que unos estudiantes de la Universidad de Brown organizaron un debate abierto sobre el acoso sexual. Inmediatamente, algunos alumnos protestaron ante la dirección diciendo que la universidad debía ser un “espacio seguro” donde nada hiciera revivir los traumas de las víctimas. Las autoridades académicas pusieron a disposición de los asistentes una sala contigua donde cualquiera podía acudir para recuperarse de algún punto de vista turbador, y, si se sentía con fuerzas, regresar al debate. La estancia estaba equipada con cuadernos para colorear, juegos, cojines, chuches, música y vídeos relajantes, además de personal cualificado para atención psicológica, y pasaron por ella dos docenas de personas.

En otra ocasión, un profesor del Columbia College recomendó la visita a una interesante exposición de arte samurai japonés. Inmediatamente, uno de sus estudiantes protestó porque aquello podía herir la sensibilidad de los alumnos chinos. La invasión de China por el ejército imperial japonés había finalizado setenta años atrás. Siguiendo su lógica, el arte alemán ofendería en Francia, o el francés en España por la invasión napoleónica, o el español en Flandes.

Obviamente, las palabras son importantes, y no está bien herir la sensibilidad de nadie. Pero parece que la corrección política se extiende rápidamente por el mundo desarrollado y quizá ese fenómeno nos advierte de una cierta infantilización de la sociedad occidental. Tanto que llevó a Richard Dawkins, profesor la Universidad de Cardiff, a advertir un día a sus estudiantes, con cierta indignación: “La universidad no puede ser un ‘espacio seguro’ para todo. El que lo busque, que se vaya a casa, abrace a su osito de peluche y se ponga el chupete hasta que se encuentre listo para volver. Los estudiantes que se ofenden por escuchar opiniones contrarias a las suyas, quizá no estén preparados para venir a la universidad”.

La maduración personal cuenta con descubrir que el mundo no es siempre bueno ni perfecto, en advertir que el mal existe, en aceptar y encajar ideas que se oponen a las nuestras y aprender a rebatirlas sin indignarse más de la cuenta.

Hacer que los estudiantes se sientan cómodos y seguros es un deseo loable, pero quizá algunos lo exageran y están sacrificando en ese empeño la credibilidad y el rigor del discurso intelectual, impidiendo que las personas maduren. Y en algunos casos parece que se llega a un régimen autoritario que dictamina con rotundidad lo que es políticamente correcto y lo que no (casi siempre a favor del ‘establishment’ y de los grupos de presión mejor organizados).

Da la impresión de que todo esto se extiende como una mancha de aceite, prohibiendo palabras, ideas o actuaciones, estableciendo una siniestra policía del pensamiento. Aparece a veces como una nueva forma de censura, cada vez más parecida a otras más antiguas y que parecían hace tiempo superadas, y que, ante la dificultad de abordar los problemas, o ante la fatiga que implica el empeño por transformar el mundo, optan por una cruzada ideológica o lingüística de la que, me parece, nuestra sociedad empieza a estar ya un poco cansada.

Alfonso Aguiló, “La presión del grupo y el deseo de ser aceptado”, Hacer Familia nº 279, 1.V.2017

Jill es la primera novela del escritor británico, escrita entre 1943 y 1944, cuando tenía solo veintiún años y era un inadaptado estudiante de St John’s College, en Oxford. Tiempo después, en 1946, consiguió que se publicara.

La novela es como un autorretrato de esos primeros tiempos que el autor pasó como estudiante de literatura inglesa durante los años de la Segunda Guerra Mundial. El protagonista se llama John Kemp y es un joven provinciano de familia obrera, que llega a la universidad más prestigiosa de Inglaterra y le toca compartir habitación con Christopher Warner, un londinense adinerado y aficionado al alcohol. John es la figura típica del chico inteligente, responsable y aplicado, cuyo talento le ha permitido recibir una beca sin la cual jamás hubiera soñado con estudiar en Oxford, pero al llegar allí se siente atraído por la vida imprudente y disipada de su compañero, hasta el punto de que enseguida se deja seducir por los vicios de su amigo y los asume él mismo con toda su pasión.

John ha llegado a Oxford en tren, en un vagón de tercera, desde su casa en Huddlesford, en Lancashire. Tiene dieciocho años y el privilegio de ser el primero de su familia que tiene esa oportunidad. Siente el nerviosismo y la ansiedad de ser joven e inexperto. No sabe cómo hacer frente a los asuntos más triviales y se siente amenazado por toda una serie de complejos que de pronto surgen con una fuerza que le sorprenden. Tiene hambre, y lleva en su cartera unos bocadillos preparados por su madre, pero le da vergüenza comer delante de desconocidos y se esconde a hacerlo en los servicios del vagón, a solas, hasta que alguien llama a la puerta, se pone nervioso y decide tirarlos por la ventanilla. Cuando regresa al compartimento sus compañeros de viaje están comiendo… y acaban compartiendo con él su comida.

John quiere, por encima de todo, formar parte de su grupo de compañeros, y la inseguridad su vida social se vuelve cada vez más agobiante. Hace favores y recibe a cambio ingratitud. Sus colegas le ven tímido e irresoluto, y se aprovechan de su actitud complaciente y casi servil, al tiempo que le desplazan intencionadamente.

La novela describe desde muchos ángulos los sentimientos de unos y de otros. Comienza con la aparente seguridad de John, con sus hábitos metódicos, que se vienen abajo en cuanto aparecen sus primeros complejos. Lo que en realidad le perjudica, más que su procedencia humilde en comparación con sus colegas de internado, es su ciego rechazo a aceptarlo. De ahí viene el autoanálisis permanente, la conciencia de su propia torpeza y la obsesión por ser aceptado en un grupo de personas tan diferentes a él.

John era un alumno aplicado y sin conflictos que en poco tiempo se ve consumido por un torbellino de preocupaciones y ansiedades. El poder que ante él irradia el grupo que forman sus amigos, así como el ansia por alternar con ellos, acentúa su debilidad, sus inseguridades, la constante lucha que sostiene consigo mismo, su progresiva decadencia.

Todos necesitamos una cierta independencia del entorno para desarrollar la propia identidad, para tener perspectiva, para poder evolucionar y adaptarnos a las nuevas circunstancias, o para transformarlas si es preciso. El ansia por ser aceptado puede llegar a desestabilizarnos. Por eso, reflexionar sobre los sentimientos de pertenencia es sumamente interesante. Todos los necesitamos, pero manteniendo un posicionamiento individual de la propia identidad. De la observación del entorno surge la reflexión sobre la necesaria renovación de la propia identidad, que siempre tiene algo de esencial y algo de cambiante. El cambio es necesario, pero hemos de ser protagonistas reflexivos de él, porque la renovación no es una simple producción de novedad, ni un mimetismo con el entorno, ni un reflejo de los intereses de cada momento.

Alfonso Aguiló, “El triunfo y el fracaso, esos dos impostores”, Hacer Familia nº 278, 1.IV.2017

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Del escritor Rudyard Kipling (Premio Nobel de Literatura en 1907) se decía que, después de Shakespeare, era el único británico que escribía con todo el diccionario. Sabía administrar una inmensa profusión léxica sin caer en la pedantería. Cada línea y cada palabra suya habían sido sopesadas con todo cuidado.

Fue autor de poemas, relatos y cuentos. Quizá su obra más conocida fue “El libro de la selva”. Sus relatos han inspirado y siguen inspirando muchas películas de éxito. De la misma manera, casi todos sus escritos han sido objeto recurrente de citas y frases lapidarias. Sin buscarlo, ha inspirado multitud de recomendaciones que hoy encontramos en los libros de autoayuda.

Uno de sus éxitos más relevantes fue el poema titulado “If”, que apareció por vez primera en el «Brother Square Toes» en 1910. Está escrito en un tono paternal, como una serie de consejos para su hijo John. Es un ejemplo del estilo de la época victoriana, pero su reconocimiento ha sido enorme y duradero, hasta el punto de que numerosas encuestas lo han señalado durante décadas como el poema favorito de los británicos. Entresacamos algunos de sus versos:

Si puedes mantener la cabeza en su sitio cuando a tu alrededor todos la han perdido y te cubren de reproches.
Si puedes seguir creyendo en ti mismo cuando todos dudan de ti, pero también aceptas que tengan dudas.
Si puedes esperar y no cansarte de la espera. Si siendo engañado no respondes con engaños. Si siendo odiado no incurres en el odio. Y aun así, no te las das de bueno ni de sabio.
Si puedes soñar sin que los sueños te dominen. Si puedes pensar y no dejas que tus pensamientos sean tu único horizonte.
Si puedes hablar con éxito a las masas y conservar tu virtud. O caminar junto a los poderosos sin menospreciar por ello a la gente común.
Si puedes encararte con el triunfo y el desastre, y a esos dos impostores los tratas de la misma manera.

Este último verso está escrito en la pared de la entrada de jugadores de la pista central de Wimbledon, y es quizá el más conocido.

Los logros y derrotas se repiten de modo continuo en la vida de todos. Convivimos a diario con esos dos impostores, que aparecen y desaparecen de nuestras vidas cada vez que acometemos cualquier tarea, y con frecuencia nos confunden y nos ofuscan. Si los vemos con un poco de perspectiva, aceptaremos las victorias con humildad y las derrotas con ánimo y fortaleza, sin ver como permanentes ni a la una ni a la otra.

El éxito no es la medida ni el valor de lo realizado. Necesitamos tolerancia a la frustración, porque siempre habrá muchos fracasos. El dinero, el poder, la victoria, la popularidad, o todas las posibilidades de reconocimiento que presenta la vida, no son la mejor medida de las cosas, porque sabemos que muchas veces aparecen como un impostor bajo la máscara de logros efímeros y pasajeros.

En los años que nos queden de vida pasarán por nuestro lado una enormidad de éxitos y fracasos, de reconocimientos más o menos merecidos, de adulaciones de oportunistas, de fracasos en los que quizá pocos permanecerán a nuestro lado. Triunfo y derrota pueden ser efectivamente unos grandes impostores. Es fácil estar comprometido con una causa cuando las cosas van bien, cuando el viento sopla a favor, pero no es lo mismo cuando se complican las cosas, y es entonces cuando se muestra la calidad de las personas y su compromiso con los valores que las inspiran. Por eso Kipling recomienda la misma templanza ante los fracasos o ante los triunfos, pues ambos tienen una gran capacidad de deslumbrarnos o seducirnos.

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Alfonso Aguiló, “Educar en humildad”, Hacer Familia nº 277, 1.III.2017

No hace mucho podía leerse en la prensa una curiosa noticia: “Pagar 30.000 libras para que enseñen humildad a tu hijo: Avenues llega a Londres”. Hubo un tiempo en que los colegios más exclusivos ofrecían ese valor añadido a través de sus instalaciones deportivas, idiomas o cursos de intercambio. Sin embargo, lo que ahora parece que muchos buscan en las escuelas de élite es que enseñen humildad. Y las familias más pudientes hacen cola para poder pagar esas cantidades en Avenues, The World School.

El primer campus fue inaugurado en septiembre de 2012 en Nueva York, en el selecto barrio de Chelsea, con una inversión de 60 millones de dólares. Hay muchos otros colegios prestigiosos, como Eton donde la matricula ronda los 37.000 libras anuales, pero esto de la humildad aparece ahora como algo novedoso. La pregunta es: ¿es fácil enseñar humildad a unos alumnos cuyos padres pagan esas cuotas? Los fundadores de Avenue no lo explican con mucha claridad, pero cada año hay lista de espera para poder acceder al centro.

Según ‘The New York Times’, Manhattan se ha transformado en un mercado para la creación de futuros líderes globales. Los jóvenes son emocionalmente inteligentes, pero poco humildes. Cuando se solicitó un informe para estudiar la creación de nuevas escuelas, preguntaron a las universidades más reputadas cuál era la carencia que encontraban entre los solicitantes de la Gran Manzana. Casi todas las respuestas giraron en torno a la idea de los valores, el compromiso cívico, la inclusión y la diversidad. En una palabra, la humildad. Y fue entonces cuando los fundadores de Avenues vieron la oportunidad de negocio.

No deja de ser extraño hacer negocio en torno a la humildad, pero parece que se trata de una virtud que todos apreciamos bastante. A nadie nos gusta trabajar o convivir con personas arrogantes, vanidosas o engreídas. Cuando vemos a alguien que se considera superior, que está siempre presumiendo, que no deja pasar ocasión de intentar quedar por encima de los demás, de contarnos todo lo que ha hecho o sabe hacer, lo normal es que esa persona nos cause bastante mala impresión. Sin embargo, él o ella lo hacen pensando que con eso quedan muy bien. Y ahí está una de las primeras paradojas de la soberbia: ciega tanto a las personas que les hace mostrarse de modo contrario a lo que desean.

Pienso que no está de más enseñar a todos desde pequeños, en la escuela y en la familia, a ser menos orgullosos, menos altivos, menos engolados. Que nos ayuden a entender que ser jactancioso o fanfarrón es algo penoso y, además, claramente contraproducente. Todo esto puede ser un poco más difícil para quien procede de las capas más altas de la sociedad, pero lo cierto es que siempre es difícil para todos, porque ninguno escapamos de los engaños de la vanidad o la soberbia. Por eso es una suerte poder desarrollar la propia psicología en un entorno de sencillez, modestia y humildad. Porque solo cuando esas actitudes calan en nuestro interior se abre camino la verdadera lucidez de la mente. Cuando nos hacemos fuertes ante la adulación desarrollamos mejor nuestra propia identidad. Solo construimos de verdad nuestro carácter cuando resistimos ante la indignación que tantas veces nuestro ego se encarga de alimentar equivocadamente. Solo avanzamos en la buena dirección si sabemos contener ese excesivo afán de protagonismo, o esa tendencia a sentirnos agraviados por cualquier cosa, o ese sutil deseo de despertar envidias, o de quedar siempre por encima de los demás. Solo entonces nos hacemos fuertes frente a los celos, los resentimientos o la altanería.

Todo ello es compatible con un sano deseo de agradar a los demás, de ser valorado, de ser reconocido, de gozar de una buena imagen ante los demás. Son sentimientos sanos y legítimos, pero les sucede como a cualquier órgano de nuestro cuerpo, que pueden funcionar de forma sana pero también pueden arruinarse porque un tumor los haga desarrollarse desordenada y anormalmente.

Alfonso Aguiló, “No lo sé”, Hacer Familia nº 276, 1.II.2017

Leo un simpático relato sobre un docente que cierto día se atrevió a responder con un “no lo sé” a un alumno. Proviene de un libro escrito por el profesor de economía Steven Levitt y el periodista Stephen Dubner, y que lleva por título “Piensa como un freak”.

El escenario es una clase en la que se propone a los alumnos la siguiente narración: “Una niña llamada Mary va a la playa con su madre y su hermano. Viajan en un coche rojo. En la playa nadan, comen un helado, juegan en la arena y almuerzan unos sándwiches.” Y estas son las preguntas que se plantean al hilo de esta narración: 1) ¿De qué color era el coche? 2) ¿Comieron pescado con patatas para almorzar? 3) ¿Escucharon música en el coche? 4) ¿Tomaron limonada en el almuerzo?

Un extenso grupo de escolares británicos, de edades comprendidas entre los cinco y los nueve años, respondieron a esas cuatro preguntas. ¿Cuál fue el resultado? Afortunadamente, casi todos los niños respondieron correctamente a las dos primeras preguntas. Pero lo sorprendente es que el 76% de los alumnos respondió a las dos últimas preguntas con un sí o un no, con toda seguridad.

Habría que preguntarse qué les llevó a responder sí o no a preguntas a las que no podían tener respuesta.

Quizá es porque parece que una de las frases más difíciles de pronunciar es “no lo sé”.

Un 76% es mucho. A lo mejor por eso hay tanto “experto” que opina sobre muchas cosas de las que sabe muy poco. Y a veces nosotros mismos nos encontramos opinando con bastante seguridad sobre cosas que no conocemos bien. ¿Por qué? ¿Será porque el coste de decir “no lo sé” nos parece más elevado que el de equivocarnos? Es una prueba de que muchas veces la inseguridad, la presión del grupo, el miedo al ridículo o a perder estatus… nos hace hablar de lo que no sabemos, aparentar lo que no somos, aun sabiendo que esa es una de las mejores maneras de hacer el ridículo y acabar perdiendo nuestra reputación.

Y hay una cuestión añadida. Mientras no se reconoce lo que todavía no se sabe, es bastante más difícil aprender. No debería ser ninguna humillación decir que no conocemos bien determinado asunto, pero que nos ha interesado y nos vamos a enterar bien. Es lo característico, por ejemplo, de un buen docente. Los profesores más sabios son los que saben que les queda mucho por aprender, y precisamente por eso aprenden tanto. Cuando sale un tema que no dominamos por completo, lo natural y lo constructivo es manifestar que no lo sabemos todo, pero que el tema es muy interesante y que, en ese momento, o más adelante, buscaremos el modo de profundizar en él.

Tener la valentía y la naturalidad necesarias para decir que no sabemos algo, es una muestra de autenticidad. Además, si nos dedicamos a enseñar y no sabemos algo, o no lo recordamos con precisión, lo más pedagógico es reconocerlo sin hacer aspavientos. Y manifestar interés por saberlo o recordarlo, y efectivamente después hacerlo: esa es la mejor enseñanza. De lo contrario, engañamos, no aprendemos, hacemos el ridículo y contribuimos a propagar la insensatez.

Un poco de sinceridad, de humildad y de ganas de aprender, seguramente nos viene bien a todos. En eso conviene ser un poco freak, un poco friki, salir de la burbuja, aprender a decir “no lo sé”, pensar con independencia, y profundizar más en el conocimiento y las razones de las cosas. Estar dispuesto a cambiar de opinión si nos ofrecen razones, a renunciar a lo que nos hagan ver que no es digno de nosotros, y a aprender a explicar bien por qué somos cómo somos y decimos lo que decimos.

Alfonso Aguiló, “Nudo gordiano”, Hacer Familia nº 275, 1.I.17

Cuenta una vieja leyenda griega que los habitantes de Frigia (en la actual Anatolia, Turquía) necesitaban elegir rey. Según su costumbre, consultaron al oráculo, que les respondió asegurando que el nuevo rey vendría por la Puerta del Este acompañado de un cuervo que se posaría en su carro, y que debían escoger a ese hombre como rey.

Ese hombre fue Gordias, un labrador que tenía por toda riqueza una carreta con sus bueyes. Cuando le proclamaron rey fundó la ciudad de Gordio y, en señal de agradecimiento, ofreció su carro al templo de Zeus, atando la lanza y el yugo con un nudo cuyos cabos se escondían en el interior del propio nudo. Tan complicado resultó el nudo, al decir de la leyenda, que nunca nadie lo pudo soltar, y se aseguraba que quien lo consiguiese desatar se haría dueño de toda Asia.

Cuando Alejandro Magno se disponía a conquistar el Imperio persa, ya en el año 333 a. C., tras cruzar el Helesponto, conquistó Frigia, y allí se enfrentó al difícil reto de desatar el famoso nudo gordiano. Para sorpresa de todos, resolvió el problema de un modo rápido e inesperado, y lo hizo segando el nudo de un tajo con su espada. Esa noche hubo una tormenta de rayos que simbolizó, según Alejandro, que Zeus estaba de acuerdo con la solución, y dijo: «tanto monta cortar como desatar» (da lo mismo cortarlo que desatarlo). Y parece que de ahí proviene el lema de Fernando el Católico, “tanto monta, monta tanto”, que hace alusión a este nudo: «tanto monta cortar como desatar», es decir, da igual cómo se haga, con tal de que se consiga.

Desde entonces, y siguiendo con la leyenda, la expresión “nudo gordiano” ha quedado asociada a un obstáculo de imposible superación, un misterio indescifrable o una disyuntiva cuyas salidas que son todas igualmente indeseables.

Lo habitual de los nudos gordianos es que necesitan soluciones fuera de su propia disyuntiva, es decir, soluciones diferentes, propias de lo que algunos llaman “pensamiento lateral”. Cortar el nudo gordiano es, por ejemplo, remontarse por encima de una discusión inacabable o improductiva y resolver la cuestión de una manera que se sale un poco de lo esperado, que cambia las reglas del juego, o en la que nadie había pensado pero que una vez aplicada se demuestra una buena solución.

Todos recordamos problemas que en su momento nos parecían irresolubles, pero que, pasado el tiempo, se arreglaron de un modo que nadie podía prever. Y sabemos que hay personas que tienen una especial capacidad para vislumbrar soluciones diferentes, para intuir salidas que se escapan de los dilemas en que a veces nos encontramos aprisionados.

Quizá en la educación todos tendríamos que poner mayor empeño en reflexionar sobre cómo reenfocar los problemas, para encontrar así soluciones más creativas, soluciones que superen esos desencuentros que tantas veces parecen irremediables. Soluciones que abran nuevos espacios de encuentro, que generen ideas nuevas que no choquen tanto con las ideas previas, que no pongan a los demás innecesariamente a la defensiva. Igual que los nudos no se desatan normalmente metiendo más presión, los problemas no suelen resolverse confrontándose con más energía sino encontrando nuevos caminos en los que caminar juntos.

Todos tenemos muchos nudos que cortar, tensiones que aflojar, empeños que renunciar, orgullos que superar, humillaciones que asumir y aceptar. Cuestiones que nos invaden y nos agobian pero que no se van a resolver por darles muchas más vueltas o dedicarles más energías. Cuestiones que quizá se arreglan dejando de pensar en lo que nos bloquea y abriéndonos a nuevas perspectivas, nuevos paradigmas que enmarquen de otra manera el problema, quizá descubriendo su esencia para entender mejor todas sus implicaciones.