Alfonso Aguiló, “El asno de Buridán”, Hacer Familia nº 267, 1.V.2016

El venerable maestro francés Jean Buridán, nacido en Artois a comienzos del siglo XIV, abanderado de los nominalistas y dos veces rector de la Universidad de París, hizo en su vida más que suficientes méritos como para ganarse un puesto en los tratados de filosofía, por sus contribuciones acerca de la lógica y la gramática, o bien en los de otras ciencias, puesto que formuló con sorprendente acierto los principios básicos de la cinemática al descubrir que el “ímpetus” de un móvil es proporcional a la cantidad de materia que contiene y a la velocidad, lo que le hizo precursor directo, en este punto fundamental, de Copérnico, Galileo y Newton.
Pese a todo, Buridán no es apenas recordado por los filósofos del lenguaje, ni por los físicos, ni por los astrónomos, sino que su memoria ha quedado vinculada a una paradoja conocida como “El asno de Buridán”. Buridán era defensor del libre albedrío y de la posibilidad de ponderar toda decisión a través de la razón. Para satirizar su posición, algunos críticos imaginaron el caso absurdo de un asno que no sabe elegir entre dos montones de heno idénticos, y que como consecuencia de semejante perplejidad acaba muriéndose de hambre. La paradoja es que, pudiendo comer, no come porque no logra decidir qué montón es más conveniente, ya que ambos le parecen iguales.
Parece que el relato original procede nada menos que de Aristóteles, protagonizado por un perro que debe elegir entre dos comidas igualmente sabrosas, y que no llega a decidirse por ninguna de ellas, de modo que efectivamente acaba muriendo de hambre.

En todo caso, Buridán no escribió nada sobre eso. Se trata de un relato satírico difundido contra él, pero que se hizo muy famoso, hasta el punto de que desde entonces –y han pasado casi siete siglos– se ha hablado siempre del asno de Buridán para referirse a la perplejidad que producen las decisiones difíciles, cuando parece imposible discernir si son mayores las ventajas o los inconvenientes a la hora de elegir entre dos opciones posibles.
Hay efectivamente ocasiones en la vida diaria en que no resulta fácil saber qué elección es mejor, y eso hace que retrasemos nuestra decisión. Y muchas veces, retrasar la decisión es en sí mismo otra nueva opción, y a veces es la peor.

Los indecisos son personas que nunca sabe bien qué hacer, que están siempre dudando sobre sus actuaciones futuras, y que cuando por fin se deciden pasan a dudar de sus actuaciones pasadas. Son complicados, problemáticos, atormentados, están siempre perdiendo oportunidades. Jamás se sienten seguros y conformes con lo que han elegido.
Hay que empezar por decir que sentirse indeciso no es en sí mismo nada malo. Y que la rapidez en las decisiones no siempre es buena, pues cabe el error contrario, el de ser precipitados. Y también puede añadirse que muchas veces la duda es el gran motor del cambio personal, lo que nos hace repensar las cosas, corregir errores, mejorar nuestros planteamientos o nuestras actitudes.

Lo que no conviene es que la indecisión se convierta en el eje de nuestra conducta. Tenemos que ver si el hecho de prolongar el tiempo de análisis nos aportan un mejor conocimiento o si, por el contrario, lo único que hace es prolongar patológicamente nuestro miedo a equivocarnos. Cada uno tenemos que conocernos, y considerar si tendemos a ser demasiado decididos o más bien tendemos a ser demasiado indecisos, para así, en función de eso, autoestimularnos en la dirección que necesitemos.

A veces, para combatir la indecisión, es útil buscar feedback de otras personas: verbalizar las razones, a favor o en contra, en presencia de alguien que nos ayude a objetivarlas, a centrarlas, a ver si verdaderamente están alineadas con lo que buscamos. Todos tenemos experiencia de cómo una maraña de ideas en la cabeza puede desenredarse en cuanto esas ideas salen de su encierro y se contrastan con las de otros.

Alfonso Aguiló, “Horror vacui”, Hacer Familia nº 266, 1.IV.2016

“Mamá, no puedo parar los pensamientos que me llegan a la cabeza”, asegura una niña de apenas cinco años de edad, sentada en su sillita, en el asiento trasero del coche, camino de una fiesta de cumpleaños. La madre se queda sorprendida con el comentario, porque ve a la pequeña agobiada y desconcertada, y sobre todo por el hecho, bastante significativo, de que la niña considera que los pensamientos le llegan desde fuera.

No parece tratarse de ninguna patología especial, sino, por lo que leo, quizá del efecto propio de una situación de sobreestimulación. Hasta hace pocas décadas, los estímulos que recibíamos del exterior eran muy limitados y moderados. Eran estímulos procedentes de nuestro entorno más inmediato, familia y amigos, y a las pocas horas a la semana que podíamos pasar viendo un casi único canal de televisión o escuchando algún programa de radio. Hoy, cualquier niño de diez años en el mundo occidental ha recibido mucha más información que nadie a lo largo de toda la historia pasada. Cosas con las que ningún sabio de la antigüedad se atrevió a soñar, un volumen de información no siempre fácil de gestionar. Estímulos dirigidos a todos sus sentidos: imágenes, sonidos y ritmos de todo tipo. Un tiempo siempre lleno de actividad. Un tiempo libre absolutamente copado, que se combina con numerosas series, largas y absorbentes partidas de videojuegos y todo tipo de aplicaciones para llenar sus móviles, tabletas y cabezas.

No es de extrañar que los niños, en ese hábitat, se encuentran con facilidad sobreestimulados. Toda una industria del entretenimiento que ha sido diseñada para absorber la atención de los niños hasta límites próximos a la adicción. Un breve espacio de tiempo sin nada que reclame su atención les produce enseguida un sentimiento de ansiedad. Es el llamado “horror vacui”, horror al vacío, al silencio, a tener unos segundos sin una pantalla en la que ver o hacer algo, una ocupación que calme la tan temprana aparición de la ansiedad en sus vidas. Incapacidad de pasar unos minutos reflexionando sobre algo, contemplando algo o atendiendo sin prisas a alguien. Su psicología se acostumbra a recibir un elevado ritmo de estímulos, y con frecuencia se encuentra con que esa dosis no le satisface y le demanda una mayor. Se hacen menos sensibles a los estímulos y necesitan más. Se vuelven extremadamente activos o se muestran desmotivados, mientras su imaginación y creatividad se van mermando. Su capacidad de atención y de concentración se reduce. Les cuesta centrarse mucho tiempo en una misma actividad y sienten que sus pensamientos se atropellan unos a otros y no son dueños de su imaginación.

Puede resultar un poco paradójico, pero quizá los niños y niñas necesitan algo de tiempo para aburrirse. El horizonte del aburrimiento es lo que siempre ha empujado a los niños a estimular su imaginación y su creatividad, a salir de sí mismos y buscar relaciones humanas, aficiones, intereses nuevos. Si siempre tienen el fácil escape de las pantallas, esa reacción no se produce o se produce mucho menos.

Sin embargo, nadie piense que soy de los que abominan de las pantallas en la vida de los niños, sino quizá lo contrario, creo que las pantallas deben estar en el aula desde muy temprano, inmersas de modo natural en un ámbito de estudio, de trabajo, de cultura, de enriquecimiento personal, y no de ocio, de entretenimiento casi adictivo o de relaciones vacuas.

“Nunca hemos vivido mejor, y nunca nos hemos sentido peor”, oí decir hace poco. Los niños deben aprender a divertirse, a automotivarse, a relacionarse físicamente con otros. La ilusión no está en las cosas, la ilusión se pone. No estás aburrido porque las cosas sean aburridas, sino que todo te parece aburrido porque no has aprendido afrontar el aburrimiento. Los adultos sabemos hasta qué punto podemos ser enganchados por esos estímulos, y precisamente por eso tenemos que ayudarnos todos, a los niños y a los adultos, a establecer hábitos sanos de gestionar la creciente estimulación en que vivimos. Una estimulación que es digna de celebrar casi siempre, pero que debemos mantener en unos límites razonables, que cada uno debe considerar y establecer.

Alfonso Aguiló, “Aquellos que no te imaginas”, Hacer Familia nº 265, 1.III.16

De repente, descubres una historia sorprendente y desconocida. Te asombras y te preguntas cómo algo así ha podido pasar oculto durante tanto tiempo. Es quizá la sensación después de ver “The Imitation Game”, sobre la tremenda historia del matemático y criptólogo británico Alan Turing, cuya misión fue descifrar los códigos secretos de los nazis durante la Segunda Guerra Mundial.
Los nazis contaban con una máquina llamada “Enigma” para codificar los mensajes secretos con que dirigían sus operaciones militares. Alan Turing recibe en Londres el encargo de de descifrar ese código liderando un pintoresco equipo de expertos en criptografía, matemáticos, lingüistas e incluso un campeón de ajedrez. El éxito final de la misión, y la inteligente gestión posterior de ese logro, permitió a los aliados anticiparse a muchas operaciones del ejército de Hitler y así ganar la guerra. Se estima que gracias a Turing la guerra terminó dos años antes y se salvaron catorce millones de vidas. Además, el prodigioso ingenio que construyó sirvió para sentar las bases de lo que después sería la informática.
El motivo por el que esta historia es conocida desde hace relativamente poco es porque toda ella ha sido un secreto de estado celosamente guardado durante cincuenta años. Es una película bélica vista desde la retaguardia, que retrata tanto lo que ocurría detrás del frente como, sobre todo, la conflictiva personalidad del protagonista y los complejos procesos por los que finalmente se producen los grandes avances de la ciencia o los grandes cambios de la historia. Turing se presenta como un genio antisocial e incomprendido, perdido en un mundo al que presta un valiosísimo servicio pero que le acaba destruyendo. Y hay una frase, repetida en varios momentos, que resume el mensaje que se quiere resaltar: «a veces son aquellos que no te imaginas, quienes hacen aquello que nadie puede imaginar».

Quizá estamos acostumbrados a historias que recorren la biografía de una celebridad señalando sus habilidades, ya desde la infancia, como si estuviera predestinado, mostrando sus logros como un chispazo genial, siempre lleno de inspiración, que supera grandes dificultades y al final triunfa y es reconocido por todos. Pero muchas veces no es así. Y son personas desconocidas, con un carácter difícil, personas quizá nada normales, con una genialidad que nadie reconoce, incluso que ellas mismas desearían ser más normales pero no lo son, y resulta que son precisamente esas personas que nadie imagina las que son capaces de hacer grandes cosas, cosas que nadie podía imaginar.

Así lo resume Joan Clarke en un diálogo final con Alan Turing: «Nadie normal podría haber hecho eso. ¿Sabes? Esta mañana… yo estaba en un tren que pasó por una ciudad que no existiría… si no fuera por ti. Compré un billete a un hombre… que probablemente estaría muerto, si no fuera por ti. He leído luego… que hay todo un nuevo campo de investigación científica… que existe gracias a ti. Ahora, si lo quisieras, podrías haber sido normal… Te puedo prometer que yo no. El mundo es un lugar infinitamente mejor… precisamente, porque tú no lo fuiste. Yo creo que… a veces es la gente… de la que nadie imagina nada… son quienes hacen las cosas que nadie puede imaginar».

Quizá efectivamente solemos ansiar una normalidad, en nosotros o en los demás, que es una normalidad más o menos buena o deseable, pero es cierto que, muchas veces, es la gente que se aleja de esos estándares quienes luego son capaces de hacer lo que otros nunca habrían logrado. Quizá juzgamos y valoramos a las personas por cuestiones y aspectos que, luego, con una perspectiva mayor, se demuestran un error de apreciación. Quizá tenemos que aprender a querer más a la gente como es, a respetarla y admirarla en su peculiaridad, en su diversidad, en sus diferencias con nosotros, o en sus diferencias con lo que nos gusta a nosotros. Quizá tenemos que ser más agradecidos y más justos con el esfuerzo de cada uno por hacer el mundo un poco mejor, aunque se salga de los estándares que nosotros consideramos normales. También con eso podemos hacer este planeta más humano y más habitable.

Alfonso Aguiló, “Pensamiento de grupo”, Hacer Familia nº 264, 1.II.2016

Una calurosa tarde en Coleman (Texas), una familia compuesta un matrimonio y sus suegros están muy animados jugando al dominó cómodamente a la sombra en su pequeño jardín. De repente, el suegro propone hacer un viaje a Abilene, ciudad distante 80 kilómetros. La mujer dice «Suena muy bien, una gran idea», pese a tener sus reservas porque el viaje promete ser largo y caluroso, pero piensa que sus preferencias personales no coinciden con las del resto del grupo. Su marido dice: «A mí me parece bien. No sé si tu madre tendrá ganas de ir.» La suegra después asegura: «¡Por supuesto que quiero ir. Hace mucho que no vamos a Abilene!».

Así, todos de acuerdo, emprenden viaje. Hay mucho tráfico y mucho calor, por lo que el desplazamiento resulta largo y pesado. Cuando por fin llegan a Abilene, dan una vuelta por el poblado y no encuentran ningún sitio interesante para disfrutar, ni para hacer una parada. Entran en una cafetería y acaban disgustados por el mal servicio y la pésima comida. Finalmente deciden regresar y, después de varias horas de camino, están de nuevo en casa, totalmente agotados y decepcionados.

A la llegada, uno de ellos, con cierta intención, dice: «¿Fue un gran viaje, no?». La suegra explica entonces que, de hecho, hubiera preferido quedarse en casa, pero apoyó la idea porque los otros tres parecían estar muy entusiasmados. El marido dice: «Vaya, pues yo solo fui para satisfaceros a vosotros». La mujer añade: «Pues yo igual, solo fui para agradaros. No me apetecía nada salir con el calor que hace». El suegro por último confiesa que él lo había sugerido únicamente porque le pareció que los demás lo estaban deseando.

El grupo se queda perplejo por haber decidido en común hacer un viaje que ninguno de ellos quería hacer. Cada cual hubiera preferido quedarse sentado cómodamente en el jardín, como estaban, pero no llegaron a decirlo cuando todavía tenían tiempo para quedarse a disfrutar de la tarde allí.

La situación narrada se presenta con cierta frecuencia en los equipos de trabajo. Se debe a una sutil inseguridad que cohíbe la expresión sincera de nuestros juicios y pensamientos acerca de las propuestas o decisiones que se toman en conjunto, impidiendo así su libre análisis y produciendo las consiguientes consecuencias negativas para todos los involucrados. Y es un fenómeno que se presenta también en equipos altamente cohesionados pero en los que falta seguridad y confianza para hablar sobre determinados temas.

Esta anécdota, conocida como la “paradoja de Abilene”, fue narrada en 1988 por Jerry B. Harvey en su libro “The Abilene Paradox and other Meditations on Management”. Se recurre a ella generalmente para ayudar a explicar malas decisiones de trabajo que son consecuencia de las culturas de grupo que retraen de expresar la propia opinión en público por miedo a estar en minoría y a que todo el mundo se nos eche encima. El fenómeno ocurre sobre todo cuando una situación particular de un grupo nos empuja a continuar con decisiones o actividades desacertadas que la mayoría del grupo no quiere, pero sobre la que ningún miembro está dispuesto a expresar objeciones.

El fenómeno es una forma clásica del llamado pensamiento grupal. Se explica por fenómenos de conformidad de la psicología de grupo, que desaniman a actuar en contra de la supuesta opinión de los demás. No me estoy refiriendo al sano respeto a las tradiciones, que vinculan a las personas, crean lazos entre ellas y forman colectivos fuertes ante las erosiones del tiempo. Ni a la existencia de “frenos sociales”, que tienen también su sentido y no que no tienen por qué ser negativos. Me refiero a que es necesario promover en los equipos de personas una cultura de confianza, que facilite a cada uno expresar libremente su opinión sobre los asuntos que se debaten, sin que, por una mal entendida prudencia, se acabe cayendo en alguna de las muy diversas formas del pensamiento gregario, que casi siempre llevan a tomar decisiones poco acertadas.