Alfonso Aguiló, “Atreverse a cambiar”, Hacer Familia nº 269-270, 1.VII.2016

Los Juegos Olímpicos de México dejaron muchos momentos para el recuerdo, pero quizá uno de los más destacados fue la sorpresa que dio un atleta norteamericano de 21 años llamado Dick Fosbury.

Fosbury había nacido en Portland en 1947, estudiaba en la Universidad de Oregón y practicó el baloncesto y el fútbol americano antes de dedicarse al atletismo. Pronto le cautivó el salto de altura y, al ver que no lograba obtener buenos resultados mediante el procedimiento convencional, descubrió que le iba mejor saltar de espaldas al listón, pasando sucesivamente la cabeza, la espalda arqueada y las piernas flexionadas, que tenía que estirar en el último instante. Tomaba carrerilla de forma transversal y, poco antes de llegar al listón, se giraba y saltaba de espaldas. Era un estilo mucho más efectivo desde un punto de vista biomecánico, pues permitía dejar menos espacio entre el listón y el centro de gravedad del saltador, con lo que se gana altura.

Con ese estilo venció en los campeonatos de la National Collegiate Athletic Association, se clasificó para los Juegos Olímpicos y se presentó aquel memorable 20 de octubre de 1968 en el Estadio Olímpico de Ciudad de México.

Cuando el público vio a aquel chico con pantalón blanco y camiseta de tirantes azul marino dar su primer salto de una forma “tan poco natural”, la mayoría lo consideró una excentricidad. Pero al ver los resultados de los saltos siguientes, se convirtió en la gran atracción. Ya nadie prestaba atención más que a ese rubio pecoso, con una zapatilla blanca y otra negra, que acabó demostrando que su técnica era muy válida, puesto que, tras 12 saltos, logró la medalla de oro con 2,24 metros, derrotando a los grandes favoritos, su compatriota Edward Caruthers y el ruso Valentin Gavrilov.

Hasta ese momento, todos los saltadores de la historia habían aprendido la técnica de saltar hacia adelante, encogiendo todo lo posible las piernas para superar el listón: el rodillo ventral, el rodillo occidental o el estilo tijera. Pero ese día Fosbury pulverizó aquellos modos de saltar que parecían incuestionables. El debate sobre la superioridad de uno u otro estilo duró muy poco. Hoy en día todos emplean el Fosbury Flop, y su mayor eficacia está totalmente demostrada.

Dick Fosbury se retiró tras no lograr la clasificación para los Juegos Olímpicos de Múnich en 1972, pese a ser muy joven aún. Quedó claro que no era el saltador más dotado de su época, pero gracias a su innovación consiguió ser campeón olímpico y cambió para siempre la forma de entender el salto de altura. No tenía mejores cualidades para el atletismo que sus competidores, pero quizá descubrió ese estilo revolucionario precisamente por eso. Su proeza no estuvo basada en sus condiciones físicas: no era el más rápido, ni más alto, ni el más fuerte (como señalaba el famoso lema “Citius, altius, fortius” del barón Pierre de Coubertin con el que arrancaron los Juegos de 1896 en Atenas), pero fue capaz de superar a sus adversarios gracias a su perseverancia y a su pensamiento “outside the box”, a esa capacidad de pensar de manera diferente, poco convencional, desde una perspectiva nueva. Volvió a mostrar lo que todos sabemos, que muchas barreras que nos retienen se pueden sortear con mayor creatividad y mayor esfuerzo.

Pensar “outside the box” es mirar un poco más lejos y tratar de no quedarse en lo de siempre, sino ir más allá. Fosbury supo hacerlo sin rendirse cuando se reían de él por su original idea. Años después, lo explicaba así: “la popularidad actual de mi estilo es un premio maravilloso a cuanto tuve que aguantar al principio con un estilo que no gustaba a nadie. El salto de espaldas ya lo practicaba en el instituto y todos se reían de mí, considerándome un chiflado y algunos como un snob por salirme de las normas establecidas.”

La mayoría de las veces, para mejorar, basta con hacer las cosas un poco mejor de cómo se venían haciendo. Pero hay otras ocasiones en que, para mejorar, es preciso hacer algo diferente. Y a veces hay que actuar completamente al revés de como hace todo el mundo.

Alfonso Aguiló, “Buscar lo que une”, Hacer Familia nº 268, 1.VI.2016

Después de las atrocidades cometidas durante la Segunda Guerra Mundial, la Organización de las Naciones Unidas, a través de la UNESCO, estaba comprometida a preparar una Declaración Universal de los Derechos Humanos que sentara unas bases comunes que todo el mundo pudiera reconocer.

Pasaba el tiempo y en 1947 los trabajos preparatorios de la Declaración estaban en un callejón sin salida. Los desencuentros ideológicos entre las distintas posiciones de fondo presentes eran muy fuertes. Julian Huxley, un prestigioso científico británico que era por entonces Director General de la UNESCO, insistía en que esos derechos no podían basarse en convicciones religiosas. Se buscó una salida invitando a intelectuales de diversas culturas del mundo a interrogarse sobre el significado y la posibilidad de un acuerdo respecto a esos derechos.

El Gobierno francés encargó al filósofo y embajador Jacques Maritain encabezar la delegación francesa a la II Conferencia General de la UNESCO, celebrada en México en noviembre de 1947. Le correspondió el discurso inaugural, como Presidente de la Conferencia, con una intervención que marcaría de modo decisivo su resultado. Insistió en que para resolver los problemas de la posguerra se necesitaba una organización supranacional de los pueblos, de modo que quienes estaban divididos por convicciones ideológicas muy diferentes pudieran colaborar en un común compromiso práctico.

Maritain aseguraba estar convencido que su manera personal de fundamentar los derechos humanos era la única asentada sólidamente en la verdad. Pero eso no impedía estar de acuerdo con quienes llegaban a esos mismos derechos a partir de presupuestos muy diferentes a los suyos pero igualmente convencidos de ser los únicos bien fundados. “¡Y Dios me guarde –concluía– de decir que no importa saber cuál de ellos tiene la razón! ¡Importa y mucho! Pero sobre esta afirmación práctica de los derechos humanos se podrán formular juntos muchos principios comunes de acción”.
Según cuentan los cronistas de la época, los delegados de las naciones representadas escuchaban en silencio, cautivados. Sobre la escena internacional, que no era rica en personalidades fuertes, aparecía un hombre nuevo y unas ideas nuevas. Su llamada a todos los hombres de buena voluntad resultaba una brillante solución al estéril debate que les había precedido.

Tras su intervención, se comienza a hablar de una cooperación más efectiva entre los hombres de distintas visiones religiosas. La “conversión” propuesta por Maritain fue, en definitiva, aceptada por todos. Todos quedaron sorprendidos de que los grupos más radicales de oposición acabaran estando de acuerdo con la lista de los derechos: “estamos de acuerdo con los derechos, con la condición de que nadie nos pregunte por qué”. Al principio les resultaba difícil ponerse de acuerdo en cuáles eran los derechos, pero era bastante más fácil coincidir en qué es lo que rechazaban, y así, poco a poco, salió la lista completa. El propio Huxley dejó de insistir en su línea de pensamiento, netamente materialista, y mostrando en esto nobleza y altura de miras, encargó a Maritain la redacción de la introducción del informe final.

Aunque Maritain partía de un planteamiento filosófico muy distinto al de Huxley, en su discurso no planteaba un duelo especulativo con él. Al contrario, su objetivo era mostrar que, aunque la humanidad se encontraba dividida sobre la base de desacuerdos intelectuales, era posible la cooperación práctica.

Han pasado muchos años, pero la escena se repite constantemente. Muchos debates se enconan de modo estéril porque falta voluntad de buscar lo que une, de trabajar y convivir pacíficamente. Muchos problemas quedan sin resolver porque prima el deseo de imponerse y avasallar a los demás. Porque se plantean las conversaciones como duelos a muerte en cuestiones en las que se podría disentir y al tiempo convivir pacíficamente. Porque hay demasiada gente empeñada en que los demás piensen en todo como ellos.

Puede que las ideas provoquen distancia entre los seres humanos, pero tenemos en común nuestra naturaleza humana, y eso es muchísimo. Con independencia de nuestras ideas, muchas veces tan diferentes, los hombres podemos vivir en armonía, pues, al fin y al cabo, el hecho de ser humanos nos hace miembros de una misma familia universal.

Alfonso Aguiló, “El asno de Buridán”, Hacer Familia nº 267, 1.V.2016

El venerable maestro francés Jean Buridán, nacido en Artois a comienzos del siglo XIV, abanderado de los nominalistas y dos veces rector de la Universidad de París, hizo en su vida más que suficientes méritos como para ganarse un puesto en los tratados de filosofía, por sus contribuciones acerca de la lógica y la gramática, o bien en los de otras ciencias, puesto que formuló con sorprendente acierto los principios básicos de la cinemática al descubrir que el “ímpetus” de un móvil es proporcional a la cantidad de materia que contiene y a la velocidad, lo que le hizo precursor directo, en este punto fundamental, de Copérnico, Galileo y Newton.
Pese a todo, Buridán no es apenas recordado por los filósofos del lenguaje, ni por los físicos, ni por los astrónomos, sino que su memoria ha quedado vinculada a una paradoja conocida como “El asno de Buridán”. Buridán era defensor del libre albedrío y de la posibilidad de ponderar toda decisión a través de la razón. Para satirizar su posición, algunos críticos imaginaron el caso absurdo de un asno que no sabe elegir entre dos montones de heno idénticos, y que como consecuencia de semejante perplejidad acaba muriéndose de hambre. La paradoja es que, pudiendo comer, no come porque no logra decidir qué montón es más conveniente, ya que ambos le parecen iguales.
Parece que el relato original procede nada menos que de Aristóteles, protagonizado por un perro que debe elegir entre dos comidas igualmente sabrosas, y que no llega a decidirse por ninguna de ellas, de modo que efectivamente acaba muriendo de hambre.

En todo caso, Buridán no escribió nada sobre eso. Se trata de un relato satírico difundido contra él, pero que se hizo muy famoso, hasta el punto de que desde entonces –y han pasado casi siete siglos– se ha hablado siempre del asno de Buridán para referirse a la perplejidad que producen las decisiones difíciles, cuando parece imposible discernir si son mayores las ventajas o los inconvenientes a la hora de elegir entre dos opciones posibles.
Hay efectivamente ocasiones en la vida diaria en que no resulta fácil saber qué elección es mejor, y eso hace que retrasemos nuestra decisión. Y muchas veces, retrasar la decisión es en sí mismo otra nueva opción, y a veces es la peor.

Los indecisos son personas que nunca sabe bien qué hacer, que están siempre dudando sobre sus actuaciones futuras, y que cuando por fin se deciden pasan a dudar de sus actuaciones pasadas. Son complicados, problemáticos, atormentados, están siempre perdiendo oportunidades. Jamás se sienten seguros y conformes con lo que han elegido.
Hay que empezar por decir que sentirse indeciso no es en sí mismo nada malo. Y que la rapidez en las decisiones no siempre es buena, pues cabe el error contrario, el de ser precipitados. Y también puede añadirse que muchas veces la duda es el gran motor del cambio personal, lo que nos hace repensar las cosas, corregir errores, mejorar nuestros planteamientos o nuestras actitudes.

Lo que no conviene es que la indecisión se convierta en el eje de nuestra conducta. Tenemos que ver si el hecho de prolongar el tiempo de análisis nos aportan un mejor conocimiento o si, por el contrario, lo único que hace es prolongar patológicamente nuestro miedo a equivocarnos. Cada uno tenemos que conocernos, y considerar si tendemos a ser demasiado decididos o más bien tendemos a ser demasiado indecisos, para así, en función de eso, autoestimularnos en la dirección que necesitemos.

A veces, para combatir la indecisión, es útil buscar feedback de otras personas: verbalizar las razones, a favor o en contra, en presencia de alguien que nos ayude a objetivarlas, a centrarlas, a ver si verdaderamente están alineadas con lo que buscamos. Todos tenemos experiencia de cómo una maraña de ideas en la cabeza puede desenredarse en cuanto esas ideas salen de su encierro y se contrastan con las de otros.

Alfonso Aguiló, “Horror vacui”, Hacer Familia nº 266, 1.IV.2016

“Mamá, no puedo parar los pensamientos que me llegan a la cabeza”, asegura una niña de apenas cinco años de edad, sentada en su sillita, en el asiento trasero del coche, camino de una fiesta de cumpleaños. La madre se queda sorprendida con el comentario, porque ve a la pequeña agobiada y desconcertada, y sobre todo por el hecho, bastante significativo, de que la niña considera que los pensamientos le llegan desde fuera.

No parece tratarse de ninguna patología especial, sino, por lo que leo, quizá del efecto propio de una situación de sobreestimulación. Hasta hace pocas décadas, los estímulos que recibíamos del exterior eran muy limitados y moderados. Eran estímulos procedentes de nuestro entorno más inmediato, familia y amigos, y a las pocas horas a la semana que podíamos pasar viendo un casi único canal de televisión o escuchando algún programa de radio. Hoy, cualquier niño de diez años en el mundo occidental ha recibido mucha más información que nadie a lo largo de toda la historia pasada. Cosas con las que ningún sabio de la antigüedad se atrevió a soñar, un volumen de información no siempre fácil de gestionar. Estímulos dirigidos a todos sus sentidos: imágenes, sonidos y ritmos de todo tipo. Un tiempo siempre lleno de actividad. Un tiempo libre absolutamente copado, que se combina con numerosas series, largas y absorbentes partidas de videojuegos y todo tipo de aplicaciones para llenar sus móviles, tabletas y cabezas.

No es de extrañar que los niños, en ese hábitat, se encuentran con facilidad sobreestimulados. Toda una industria del entretenimiento que ha sido diseñada para absorber la atención de los niños hasta límites próximos a la adicción. Un breve espacio de tiempo sin nada que reclame su atención les produce enseguida un sentimiento de ansiedad. Es el llamado “horror vacui”, horror al vacío, al silencio, a tener unos segundos sin una pantalla en la que ver o hacer algo, una ocupación que calme la tan temprana aparición de la ansiedad en sus vidas. Incapacidad de pasar unos minutos reflexionando sobre algo, contemplando algo o atendiendo sin prisas a alguien. Su psicología se acostumbra a recibir un elevado ritmo de estímulos, y con frecuencia se encuentra con que esa dosis no le satisface y le demanda una mayor. Se hacen menos sensibles a los estímulos y necesitan más. Se vuelven extremadamente activos o se muestran desmotivados, mientras su imaginación y creatividad se van mermando. Su capacidad de atención y de concentración se reduce. Les cuesta centrarse mucho tiempo en una misma actividad y sienten que sus pensamientos se atropellan unos a otros y no son dueños de su imaginación.

Puede resultar un poco paradójico, pero quizá los niños y niñas necesitan algo de tiempo para aburrirse. El horizonte del aburrimiento es lo que siempre ha empujado a los niños a estimular su imaginación y su creatividad, a salir de sí mismos y buscar relaciones humanas, aficiones, intereses nuevos. Si siempre tienen el fácil escape de las pantallas, esa reacción no se produce o se produce mucho menos.

Sin embargo, nadie piense que soy de los que abominan de las pantallas en la vida de los niños, sino quizá lo contrario, creo que las pantallas deben estar en el aula desde muy temprano, inmersas de modo natural en un ámbito de estudio, de trabajo, de cultura, de enriquecimiento personal, y no de ocio, de entretenimiento casi adictivo o de relaciones vacuas.

“Nunca hemos vivido mejor, y nunca nos hemos sentido peor”, oí decir hace poco. Los niños deben aprender a divertirse, a automotivarse, a relacionarse físicamente con otros. La ilusión no está en las cosas, la ilusión se pone. No estás aburrido porque las cosas sean aburridas, sino que todo te parece aburrido porque no has aprendido afrontar el aburrimiento. Los adultos sabemos hasta qué punto podemos ser enganchados por esos estímulos, y precisamente por eso tenemos que ayudarnos todos, a los niños y a los adultos, a establecer hábitos sanos de gestionar la creciente estimulación en que vivimos. Una estimulación que es digna de celebrar casi siempre, pero que debemos mantener en unos límites razonables, que cada uno debe considerar y establecer.